jueves, 29 de febrero de 2024

LA CASA DE EL GATO JUGUETÓN

A menudo he pensado, al leer libros de historia o pasearme por lugares que evocan pasados fascinantes: ojalá tuviéramos una historia de la vida privada para cada época. Una historia que contara cómo vivía la gente común, y no solo las gestas de los reyes y las guerras y hechos más crueles. Una historia sencilla e íntima del calor que habitaba en cada casa, de las expectativas de las personas similares a nosotros, que miramos ciertas ruinas y tenemos que recurrir trabajosamente a una imaginación poco fiable para convertirlas en algo más que dura piedra. Uno de los escritores que sintió ese vacío fue Honoré de Balzac. Y se propuso cubrirlo. Al menos, el tiempo que le tocó vivir. Su intención fue clara desde el principio: hacer una historia de la vida privada en la Francia de la primera mitad del siglo XIX. Y desde entonces quien no llena de vida palpitante los fríos vestigios materiales de esa época es porque no lo ha leído. 

Balzac fue el maestro de los que después, siguiendo su ejemplo, buscaron capturar "la infinita variedad de la naturaleza humana". Pienso en Galdós, por ejemplo. O en Zweig. Dos de mis escritores favoritos, que caminaron por la senda abierta por el francés y trataron de escribir la historia olvidada por los historiadores, la historia de las costumbres, haciendo inventario de los vicios y virtudes, reuniendo las pasiones y los caracteres. 

Leo a Balzac y veo su estela también en escritores del siglo XX como Irène Némirovsky, por esas vidas enteras condensadas en unas pocas páginas, con toda su exaltación y su decadencia, su esplendor y su ruina, explicadas con la maestría de quien posee una capacidad privilegiada para comprender los profundos y delicados mecanismos que determinan las relaciones humanas. 

Empezar a leer a Balzac siempre es un desafío. Qué hacer, ¿elegir alguna de sus novelas más conocidas o seguir el orden con el que las publicó, bajo el título de La Comedia humana? Hace más de veinte años leí varias novelas suyas al azar, y tras tantos años, ahora he decidido volver a él desde el principio, como hice recientemente con los Episodios nacionales de Galdós. Y gracias a la buena labor de los editores de Hermida, que han emprendido la publicación de toda la obra en volúmenes muy cuidados, he leído y disfrutado muchísimo su primera novela, La casa de El Gato Juguetón. 

Es una novela corta sobre el enamoramiento fulgurante y la decepción posterior. Sobre el fulgor que arrebata prometiendo toda una vida de delicias y el aburrimiento y la traición a los dos años. También sobre el amor como éxtasis del creador, sublime y efímero y sujeto a la emoción y a la experiencia, frente al amor como proyecto de vida del burgués ligado a un deber social y una obediencia familiar. Me ha encantado la reflexión sobre la felicidad conyugal y el equilibrio de poder. Sobre la libertad que se da y se recibe, y sobre las jaulas en las que entramos voluntariamente pensando que eso es el amor porque así se ha hecho siempre. 

Incluso hay un momento en el que la amante de un personaje se permite aconsejar a la esposa traicionada sobre cómo evitar que los maridos se aparten de la senda monógama. Las que lo consiguen son mujeres que dominan a sus maridos encontrando las cualidades de las que carecen para hacerles ver que nunca saldrán adelante sin ellas. Y que dependerán de ellas para siempre. Los encadenan a la dependencia. Eso sí, dejando que crean que son ellos los que deciden, y haciéndoles ver lo mucho que ellas se preocupan por ellos y los cuidan y los veneran y admiran. 

Para 1828 me parece de una modernidad asombrosa. Con qué facilidad la idea del amor puede hacer entrar a un alma confiada en un matrimonio y transformar el paraíso soñado y prometido en un infierno. Cuántos retratos conyugales del siglo XXI he visto reflejados en estos buenos burgueses de hace dos siglos. 





lunes, 26 de febrero de 2024

LOS DIEZ MITOS DE ISRAEL

Israel tiene derecho a defenderse. Este es el mantra que se lleva repitiendo desde hace décadas ante cada acto violento cometido por los palestinos. Y que no ha dejado de repetirse, día sí día también, en los medios de comunicación desde el 7 de octubre de 2023. Pero, curiosamente, nunca hemos escuchado en esos mismos medios, ni hace años ni ahora, que Palestina tenga derecho a defenderse. Por cada israelí muerto han muerto seis palestinos en las últimas décadas. Quién sabe cómo se ensanchará esa desproporción cuando acabe el genocidio empezado hace cuatro meses. Y no deja de llamarme la atención que la lógica sea que a quien más muere, menos derecho se le concede a defenderse. Que esto lleva siendo así desde hace casi un siglo ya es innegable y solo se explica con una política racista y violenta: la que ha utilizado Israel, sirviéndose de su condición de víctima del Holocausto, para oprimir, maltratar, encerrar y, ante la imposibilidad de expulsar definitivamente de su tierra, exterminar al pueblo palestino. 

Ilan Pappé es uno de los historiadores israelíes más reconocidos internacionalmente. En este libro de lectura sencilla y brevedad irresistible, enuncia diez mitos, diez mentiras que han usado Israel y la comunidad internacional de países ricos para mantener un sistema de apartheid en Palestina y que han calado tanto en nuestra forma de entender el conflicto que muchos ni nos los cuestionamos. Los diez mitos son: que Palestina era una tierra vacía antes de la creación del estado de Israel, que los judíos eran un pueblo sin tierra, que el sionismo es lo mismo que el judaísmo, que el sionismo no es colonialista, que los palestinos abandonaron voluntariamente su tierra en 1948, que la guerra de 1967 fue inevitable, que Israel es la única democracia de su entorno, que los acuerdos de Oslo fracasaron por culpa de Arafat, que Gaza es un nido de terroristas y que la solución de los dos estados es el único camino hacia la paz. 

Mediante estos mitos, Israel ha logrado convencer a una mayoría de los israelíes y a una parte importante de los países más ricos del mundo, de que el pueblo palestino no tiene el mismo derecho que el pueblo israelí a vivir en su tierra. Que el pueblo palestino no tiene derecho moral a la tierra, porque el derecho de los israelíes es superior. La aceptación tácita de estos mitos por parte de la mayoría de los países occidentales explica por qué no hay genocidio capaz de hacer que se movilicen en favor del pueblo palestino, por qué los palestinos nunca podrán ser reconocidos como víctimas, por qué siempre recaerá sobre ellos la sospecha del terrorismo, la culpa última de su situación. Es la misma táctica que usa el patriarcado contra las mujeres víctimas de agresión sexual: cuestionar su actitud, su ropa, su respuesta, su vida privada, su rabia o su apatía y cualquier aspecto imaginable para proyectar la sospecha de culpa, para poner en duda su derecho a la reparación y a la justicia. 

El objetivo del sionismo fue claro desde el principio: "apoderarse de la mayor cantidad posible de territorio palestino con la menor cantidad posible de palestinos". "Al negarles la ciudadanía por un lado y no permitirles la independencia por otro, condenaba a los palestinos de Cisjordania y la franja de Gaza a una vida sin derechos civiles y humanos básicos". 

La calidad democrática de una nación se mide por la tolerancia y la inclusión de sus minorías y de los grupos que confrontan sus gobiernos y sus instituciones. La calidad democrática en Israel nunca ha sido muy buena. Y ha ido degradándose hasta ir pareciéndose cada vez más a un estado autoritario de etnia homogénea en el que se reprimen a las minorías hasta el punto de negarles derechos fundamentales, de expulsarlas, de confinarlas en guetos y, en último extremo, de exterminarlas. 

La solución de los dos estados, esa que defienden tantos líderes mundiales constantemente, es inviable hoy en día, con una Gaza en ruinas y un genocidio en marcha. Pero ya lo era para Ilan Pappé en 2017, cuando se publicó este libro. ¿Qué pueblo acepta que otro ocupe su tierra y lo expulse de más de la mitad de su territorio? ¿Qué pueblo acepta que se le niegue el derecho al regreso a su lugar de origen cuando se le ha expulsado de él y se le ha condenado a una vida de refugiado desde 1948? Pero también es inviable para los palestinos por la fragmentación de los núcleos de población palestina en Cisjordania provocada por los asentamientos de colonos israelíes. Crearía un estado palestino sin soberanía propia, incapaz de protegerse de un Estado israelí que lleva ochenta años demostrando que no considera a los palestinos personas con derechos. Los palestinos con nacionalidad israelí seguirían siendo ciudadanos de segunda y los refugiados seguirían sin poder regresar a la tierra de la que sus antepasados fueron expulsados (sin que Israel haya asumido nunca su responsabilidad). 

Pero la solución de los dos estados, vendida a la comunidad internacional como un castillo de humo que ningún gobierno israelí está dispuesto a hacer realidad, no solamente es inviable, sino que representa un obstáculo para la paz. Pappé lo explica así para concluir su ensayo: "Los pueblos colonizados, afirma la Carta Fundacional de la ONU, tienen derecho a luchar por su liberación, incluso con un ejército, y el final exitoso de su lucha radica en la creación de un estado democrático que incluya a todos sus habitantes. Una discusión sobre el futuro, liberada de los diez mitos sobre Israel, no solo ayudará a traer la paz a Israel y Palestina, sino que también ayudará a Europa a cerrar adecuadamente los horrores de la segunda guerra mundial y la época oscura del colonialismo". 






lunes, 19 de febrero de 2024

DEMON COPPERHEAD

Ficha de Demon Copperhead. Madre: huérfana, casas de acogida, politoxicómana a los dieciocho, ningún pariente conocido, muerta por sobredosis de OxyContin. Padre: muerto. O directamente "no existente", según el certificado de nacimiento. Y Demon: desde los diez años en casas de acogida, trabajos clandestinos en plantaciones de tabaco y en vertederos ilegales, altas probabilidades de seguir el camino de sus padres. 

No recordaba un narrador como este. ¡Qué maravilla! Qué voz tan especial, tan directa, divertida, salvaje, tierna. Demon Copperhead ya ha pasado a formar parte en mi cabeza del grupo de personajes elegidos, esos cuya personalidad es tan arrolladora que titulan las novelas que protagonizan. Pienso en la Regenta, el Conde de Montecristo, Jane Eyre, Lolita, Madame Bovary, la señora Dalloway, y por supuesto, David Copperfield, inspiración directa de la que se ha servido Barbara Kingsolver para crear este demonio cabeza de cobre que me ha robado el corazón. 

Demon Copperhead puede leerse como el David Copperfield del siglo XXI: a pesar del siglo y medio largo transcurrido entre las dos novelas, la pobreza infantil y la violencia institucional a la que todavía se somete a los niños huérfanos en nuestras sociedades provocan rabia y una empatía dolorosa que nos puede cambiar la forma de ver el mundo. Esta historia es dura y terrible, despiadada como la vida en las comunidades más pobres de Estados Unidos. También es emocionante y divertida. Cada página desgarraría si no fuera por la ternura y el humor que amortiguan los golpes. Y es una historia cotidiana, tan cotidiana como en la Inglaterra de Dickens, con su plaga del capitalismo más puntero que llegó para salvarnos del dolor: los opioides. 

He pensado en muchas cosas leyendo esta novela. Es una historia llena de ramificaciones que me han llevado por caminos imprevistos dentro de mi cabeza. Esa es la magia, también, que consigue Kingsolver: hacer que un chico de barrio rico se convierta mientras lee en un niño desahuciado por el sistema y la música de la historia le resuene con fuerza por dentro. He pensado, por ejemplo, que si desde niño te intentan disciplinar con las palabras adecuadas y el tono preciso, aunque sea sin violencia explícita, es muy probable que ya no puedas sacarte nunca esa voz de la cabeza. Y la presión ejercida no necesitará repetirse: tú la ejercerás sobre ti mismo, tú mismo serás la voz que te castigue, porque ya no sabrás diferenciar tu propia voz de la voz que te maltrató. He pensado en ese gusano insaciable que te persigue por los sueños y se hace pasar por ti y te castra como un día quisieron castrarte y, peor aún, no contento contigo, trata a su vez de castrar a los demás. Y he pensado en la liberación y en la gloria cuando un día dices basta. Un fuego prende en tu interior y te atreves, oh, terrible transgresión, a decir basta. La liberación y la gloria cuando te prometes usar el incendio abrasador que te alimenta para vengarte de quien te metió esa violencia en la cabeza. 

Esta es la infancia de un niño de diez años que sueña con ver el mar, pero cuyo horizonte es la jaula del sistema de acogida. Pasando de una asistente social a la siguiente. Enamorándose de todas, porque todas le ofrecen estabilidad, cariño, lealtad: hermosos castillos en el aire. Todas son jóvenes y equilibradas como le habría gustado que fuese su madre y van por la vida muy seguras de sí mismas. Y todas desaparecen al cabo de unos meses, sin despedirse. Y vuelta a empezar con la siguiente. Y la paciencia, la paciencia de sonrisa rota mientras la nueva se lee tu expediente y se aprende tu nombre y la rueda de la dependencia vuelve a girar con su chirrido disfuncional. ¿Qué quieres ser de mayor? ¿Lo has pensado ya? No, no lo ha pensado. Con el daño que hace soñar con castillos en el aire. Con seguir vivo de momento ya le vale.  

A través de su héroe inolvidable, Barbara Kingsolver también ha hecho un retrato de ese segmento social estadounidense llamado despectivamente white trash, basura blanca, esa comunidad rural blanca y pobre que vive en la América profunda, que sufre un clasismo salvaje y siente que el mundo la ha dejado atrás. "De pie sobre un pequeño montículo de mierda, luchando por no perder lo único que te sostiene", que también es lo que te lleva directo a la tumba. Vidas que no dejan marca, barridas por el olvido y el OxyContin. Vidas destruidas para que los millonarios de turno, como los Sackler y su empresa Purdue Pharma, se forren vendiéndoles adicción, agonía y muerte. 

Demon Copperhead es una novela sobre la búsqueda de dignidad y de reconocimiento de un chaval tratado desde niño como una mercancía intercambiable entre los servicios sociales y las casas de acogida. Un chaval sin amarres, sin esas cuerdas que a los que hemos crecido en entornos seguros nos unen a la familia y a los amigos. Esos apegos firmes y estables que damos por hecho y nos mantienen en pie para él son cabos sueltos y descontrolados que no solo no le sirven de asidero sino que en cualquier momento pueden convertirse en látigos que le dejan el cuerpo en carne viva. Con que busques en tu interior una pizca de empatía y de la imaginación necesaria para leer con humildad, este libro no solo te va a llevar a un viaje alucinante, sino que te va a traer de vuelta con el mar en los ojos y el corazón blandito. 






jueves, 15 de febrero de 2024

PEQUEÑAS HERIDAS MORTALES

"Los personajes no pueden salir de los libros a no ser que alguien les convoque. Alguien me ha convocado y escapo cada mañana de mi novela". Así empieza este libro de Belén Gopegui, una conversación " a modo de propuesta de amistad" que transita por el ensayo y el juego, que dialoga y propone y se lee como quien se toma algo en una terraza mientras mira la calle y juega a cambiar el mundo. Gopegui es el personaje. Y nosotros, lectores, su novela. Durante 123 páginas tendremos el privilegio de acoger a una protagonista de excepción. 

Me han gustado muchas ideas de este libro. Ha sido como pasear por una ciudad con algo interesante que descubrir en cada calle. Por ejemplo, ideas como la decadencia del placer provocada por la necesidad del propósito. Somos muchos los que sentimos, creo, que nuestro presente a menudo es sacrificado en el altar de un futuro incierto y dogmático. Y qué importante es tratar de defender la idea de un presente con las ventanas abiertas, esa idea de que "la vida y el amor dejan de interpretarse como un viaje con objetivos y destinos que alcanzar, y se ven como un baile que no buscan el aplauso sino el placer". No el reconocimiento, sino la libertad. 

Belén Gopegui hilvana los hilos de la poesía en un tapiz de filosofía y nos habla de la importancia del trato que damos a los demás, de cómo los vemos y qué esperamos de ellos. "Casi toda la vida se nos va en esto, no en saber, ni en entender, sino en lograr imaginar que quien está a tu lado es verdaderamente distinto a ti, aunque también sea igual a ti". Y aquí viene lo difícil (y lo imprescindible): imaginar que quien está a tu lado es distinto a ti para no dar por hecho que si no actúa como tú se equivoca o se desvía del camino correcto; aceptar que es igual a ti para no caer en la trampa de la superioridad. 

Siempre hay menos hechos incontestables de los que desearíamos. Aceptarlo es de sabios, pero es un riesgo. Te expone a la intemperie de la duda. Te quita la comodidad de las certezas. De los juicios morales inmediatos y fulminantes. "El sentido común es el menos común de los sentidos", decimos, ufanos, quejándonos de que la gente (esos otros que nunca somos nosotros) sea tan poco razonable. Sin embargo, no es así. No existe un único sentido común. El sentido común es una multitud de sentidos dispares que hemos aprendido a conjugar lo mejor que podemos y que a veces convergen en una supuesta unanimidad que está sujeta a un cambio constante y que nunca es tan unánime como nos parece. Usamos muletillas como "es lógico que" o "evidentemente" cuando argumentamos para tratar de convencer y convencernos de que lo que decimos no admite réplica. Sin embargo, casi todo admite réplica y casi nada es tan evidente ni lógico. Es difícil argumentar mirando a los demás y no al espejo de nuestra propia convicción. Si sacamos la mirada de nosotros mismos y nos arriesgamos a mirar desde el lugar del otro es muy probable que dejemos de resguardarnos bajo el paraguas de la lógica o la evidencia. 

Damos valor a cosas distintas. Tenemos distintas prioridades. Y sin embargo nos entendemos. Encontrar el camino del entendimiento a través de la espesura de lo que nos diferencia es la única forma de vivir en sociedad. Aunque esa espesura a menudo se vuelva una selva impenetrable. También es verdad que no hace falta entenderse por completo. Que un caminito de comunicación a veces ya basta. Y no hace falta una carretera. Que la espesura es saludable. Que discrepar es vital. Y que si dos personas están siempre de acuerdo en todo y en todo piensan igual, es porque una ha secuestrado la voluntad de la otra y está pensando en su lugar. 

He leído este libro apuntando y apuntando. Es una conversación, así que ¿cómo leerlo sin dar la réplica? Y apuntando citas literales: "Todas las personas somos frágiles. A todas nos pueden ocurrir roturas leves y también tragedias. Pero no todas las tragedias se convierten en desgracias. La desgracia tiene un componente de clase. La desgracia es lo que sucede cuando no hay respaldo patrimonial ni una red pública que dé apoyo". Me ha gustado el punto de vista de clase social. Difícil no entender el rencor de clase contra quienes han nacido a salvo de desgracias y, sin embargo, miran por encima del hombro a quien desde siempre vive a la intemperie de una precariedad inmutable. Y también me he vuelto a encontrar alusiones al mito de la meritocracia, y a cómo algunos se escandalizan cuando se les pide que argumenten sus comportamientos, especialmente cuando se cuestionan estereotipos de género o dinámicas de dominación, dinámicas tan repetidas e interiorizadas que no entienden cómo pueden ser cuestionadas. 

Belén Gopegui advierte sobre las consecuencias impredecibles del uso de la violencia. Los ecos de la violencia. El golpe o el grito que recibes de tu superior, tú se lo das a tu subordinado, que a su vez se lo da a su hijo, que a su vez se lo da a un compañero de clase, y así la violencia reverbera en una cadena de agresividad desplazada con víctimas impredecibles. Y, al revés: ¿quién sabe de qué larga cadena de transmisión viene la bondad que recibimos y hasta dónde puede llegar la que damos?

En nosotros conviven el huracán y el entusiasmo por la vida. La indignación y la risa. Y no son contradictorios. Pobre de la rabia que no encuentre aire fuera de su jaula. Pobre de la risa que no tenga una conciencia que la canalice. Cuidémonos las dos. 






lunes, 12 de febrero de 2024

AMOR SIN FIN

Un chaval de diecisiete años le prende fuego a una casa con su novia y su familia dentro. Ese sería el titular amarillista que resumiría el armazón de esta novela. Y todos pensaríamos encontrar una historia de desvarío y asesinato. Y todos descubriríamos una historia de amor.  

Esta novela brilla y quema. Es de una intensidad agotadora, de una belleza arrebatadora. Es vehemente, monumental, trágica. Neurótica y obsesiva, un torbellino. Cuenta la historia de un amor que se sale de los márgenes de la cordura para navegar en aguas desconocidas. Y apunta con un dedo a cualquiera que haya estado enamorado alguna vez y haya visto cómo su amor se escapaba o se rompía y le dice: dime si no te reconoces en esto, dime si esto no ha sido así, tal y como lo cuento, alguna vez en tu vida. Dime si esta locura no es verdad. Y dime si alguna vez podrás arrepentirte. 

Estar enamorado es ceder a la parte más ingobernable, más viva y loca de nuestra identidad. Es ver significados ocultos y extraños en todas las cosas, es sentir que todas las cosas están irresistiblemente conectadas contigo, que todo tiene profundidad y emoción, que el mundo vibra al compás de una música que solo suena en tu cabeza. Estar enamorado es vivir permanentemente, como dice el narrador, en "un estado lacerante de conciencia". Lacerante, porque la intensidad abruma y el daño acecha en cada palabra, en cada silencio. Porque esa parte loca de nosotros nos hace entrar en una espiral de obsesión que por momentos nos conduce hacia una locura real aterradora. Es una sensación de euforia sobrenatural, de sensibilidad extrema, de vibración. Sí, de vibración interior: "si mi mente pudiese haber emitido algún sonido, habría reventado una hilera de copas de vino". 

"Nada me pasaba inadvertido y todo portaba en sí una especie de drama". Esto: ser el centro de una historia excepcional, el protagonista de un poema, de un cuento, una novela, una película. Sentir que cada gesto cuenta, que el mundo es un escenario, que hay un público que te mira y mirarte con sus miradas, y construir un mundo imaginario que es un escenario gigante lleno de espejos en los que tu reflejo se multiplica hasta el infinito y que todo, absolutamente todo lo que haces, está dirigido a ese amor que es el fuego inventado en el que te consumes de verdad. Porque ese fuego inventado es más real que la realidad, es la única realidad válida, "más real que el tiempo, más real que la muerte", que cualquier cosa queda supeditada a ese bien supremo, incluso la salud, la razón y hasta la vida. 

Me ha encantado cómo esta novela describe la sensación de heroicidad, de transgresión, de ser un revolucionario rompiendo todas las reglas, un poeta descubriendo un nuevo lenguaje, inventando el amor. Qué ridículo parece este adanismo, y lo seriamente que uno se lo cree. Y lo irrazonable que se vuelve. Hay una parte de la lógica que se rompe y uno se refugia ahí y cierra los oídos a todo lo que no sea el deslumbramiento interior, el fogonazo y el dolor y la euforia constante. Y se aísla de cualquier sensatez y desprecia cualquier sensatez, y la sensatez se vuelve lo inconcebible, la monotonía, una camisa de fuerza, la muerte. 

Amor sin fin es una novela extremadamente fluida e inteligente. Seductora y precisa. Hurga en las emociones, las disecciona con la delicadeza de un coleccionista de mariposas. Recuerda por momentos la prosa envolvente de Dominick Dunne. Y por el amor salvaje que rompe todas las costuras, Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga. De un incendio, ambos protagonistas no dudarían en dejar todo lo demás y salvar el fuego. 

La he leído pensando que no voy a poder recomendársela a nadie. ¿Cómo defiendo la barbaridad que es esta historia? Cómo convenzo a alguien de leer 560 páginas de obsesión angustiosa y belleza opresiva, la belleza de esas flores voraces y excesivas en su exuberancia que crecen en ambientes cuya humedad se vuelve casi incompatible con la vida. Esta novela derrocha emociones e intensidad en cada página, fluctúa, se pierde, se encuentra y divaga "con el abandono de los piratas borrachos que se tambalean por los puertos con un saco lleno de oro". Si alguien decide adentrarse en ella, que vaya preparado para un viaje arriesgado. Puede volver convertido en otra cosa. 





jueves, 8 de febrero de 2024

ALISON

Alison no aprendió a soñar hasta los veinte años. O, mejor dicho, sí soñó, pero no se daba verdadera cuenta. Siempre pensó que no tenía personalidad. Que mientras los demás se volvían resolutivos, atrevidos, desenvueltos, ella seguía encerrada en su burbuja de timidez que le impedía sentir el mundo y ser vista por los demás. A los veinte años, después de una vida demasiado tranquila en Dorset y sus acantilados blancos y de un temprano matrimonio que la había convertido imperceptiblemente en una versión joven de su madre, un pintor de renombre se fijó en ella. La cortejó. Le enseñó a posar. Le enseñó a pintar. Le enseñó a verse como la veía él. Y ella sucumbió al hechizo. 

Alison llegó a Londres y sintió que empezaba a vivir. Pero el pájaro que llevaba dentro todavía no se atrevía a volar de verdad. Había otro pájaro más grande que le decía que no podía. Que el nido era su hábitat natural. Que adónde quería ir, si él podía traerle lo que necesitara. Que sus plumas no eran suficientemente fuertes, que su pintura no era aún suficientemente buena. Que tenía que seguir practicando. Practicando. Era tan joven, todavía. Tan inexperta. Una niña. 

Patrick, el pintor famoso, "se declaraba antisistema con ese orgullo que solo podía permitirse una persona tan adorada por ese mismo sistema, que ponía en sus manos el dinero, y con él, la libertad para consagrar su vida a la pintura. Patrick no tenía tiempo para quienes no vivían exactamente como querían, igual que él; no concebía por qué los demás se ceñían a las convenciones. Ignoraba que a la mayoría de la gente no le queda otra, que el margen de maniobra solo existe para unos pocos escogidos". 

En Londres, Alison aprendió a amar y a que el amor se transformara en una jaula. Aprendió a luchar por su libertad. Aprendió que la lógica, el rigor y la precisión no tienen que ser el único enfoque para alcanzar algo que merezca la pena en el arte. Cada uno tiene que buscar su propio enfoque. Uno que no sea una jaula, una camisa de fuerza que te obligue a ser alguien que no eres, que te castre la improvisación, el deambular fuera del camino marcado. Si el enfoque sacrifica la alegría, entonces no merece la pena. 

Esta es una historia sobre encontrar tu propio lugar en el mundo y negarte a permitir que dependa de otras personas y se diluya en las necesidades ajenas. Me ha gustado mucho la reflexión sobre el talento y la meritocracia, que conecta con el ensayo de Michael J. Sandel: cómo pensar que puedes ser bueno en algo si te has criado en un entorno en el que nadie es especialmente bueno en nada, y en el que cualquier talento especial se sofoca y se minusvalora para que no se salga de la norma ni deje a los demás en evidencia. 

Me ha recordado a la historia de la pintora sueca Berta Hansson en el libro El pájaro que llevo dentro vuela adonde quiere. La historia de Alison es una aventura de vuelos y caídas. Y de búsqueda incesante de libertad personal a través de los colores y las formas. Es una forma radical de vivir libre. Parece muy obvia y muy simple, pero poca gente logra ponerla verdaderamente en práctica: el aire es de todos y todos tenemos derecho a que nuestro pájaro interior vuele adonde quiera. 




lunes, 5 de febrero de 2024

LA TIRANÍA DEL MÉRITO

Si en 2023 Menos es más, de Jason Hickel, fue el ensayo que me cambió la vida, en 2024 difícilmente voy a leer otro ensayo más transformador para mí que La tiranía del mérito, de Michael J. Sandel. ¡Y acabamos de empezar el año! Cuando digo que tal o cual libro me han cambiado la vida, algunas personas me miran con guasa: ¿pero tú cuántas vidas tienes que las cambias tan a menudo? Muchas, pienso, gracias a los libros tengo muchas, y aunque tuviera una sola, estaría constantemente cambiándola, transformándola, y, sobre todo, deconstruyéndola: sacando con cuidado todas esas piezas del puzle que ya no me gustan, que me estropean el dibujo, que ya no me aportan nada y que me incomodan, para poner otras en su lugar que me hagan ser más consciente de lo que hago y pienso y en las que pueda reconocerme. Con este libro he empezado a desaprender el mérito. Y creo que ese camino ya no tiene vuelta atrás. 

"Yo no le debo nada a nadie, todo lo que tengo me lo he ganado a pulso". Yo crecí con este mantra. Mucha gente a mi alrededor lo repetía. Como afirmación orgullosa, pero también como lección. Si yo pude, tú también podrás. Solo tienes que esforzarte. Es la promesa del sueño americano. Y no hay nada más empoderador que esta idea. También, demasiadas veces, nada más falso.  

Este libro le da la vuelta a esa idea con este otro mantra: "Yo soy un privilegiado. Y casi nada de lo que he conseguido en mi vida ha sido mérito mío". Decirse esto todos los días debería estar prescrito por la seguridad social para los que se lo crean, porque es imprescindible escucharlo, un poco como hacían los generales y emperadores romanos en sus desfiles triunfales, cuando un esclavo les susurraba al oído repetidamente "recuerda que eres mortal", para que el éxito no se les subiera a la cabeza y se creyeran dioses. Y es que en los últimos cuarenta años ha proliferado una ética meritocrática que nos ha hecho creernos merecedores, para bien y para mal, de todo lo que nos sucede. A los que en algún momento nos ha ido bien en la vida nos ha endiosado, borrando de un plumazo todos los condicionantes externos (sociales, azarosos, biológicos), y ha hecho florecer una soberbia insolidaria en las personas exitosas y una humillación resentida en las personas desfavorecidas, polarizando la sociedad y destruyendo la confianza en el bien común. 

En una sociedad meritocrática, las personas que no alcanzan cierta estabilidad o cierto éxito son juzgadas como merecedoras de su fracaso. A ninguna clase desfavorecida la habían dejado nunca en semejante grado de vulnerabilidad moral como a la actual. La total incomprensión de clase de las élites, a menudo las élites progresistas, que han aprendido desde la infancia a mirar por encima del hombro a cualquiera sin estudios superiores o un trabajo intelectual, es el caldo de cultivo en el que ha explotado la política del resentimiento de la extrema derecha. Una de las razones del descontento de la clase trabajadora, capitalizado en los últimos años por partidos de extrema derecha de muchos países, viene precisamente de la pérdida de estima social de sus trabajos y capacidades provocada por unas sociedades regidas por una meritocracia desaforada. 

"En nuestros días, vemos el éxito como los puritanos veían la salvación: no como un producto de la suerte o de la gracia, sino como algo que nos ganamos con nuestro propio esfuerzo y afán". 
El éxito, la riqueza, la buena salud, se han convertido en medidas de virtud: nos las merecemos por haber hecho bien las cosas. Con su corolario inevitable: si no tienes la riqueza, el éxito y la salud que tengo yo, es que no has hecho las cosas igual de bien que yo. 

Esta forma de pensar es tentadora para mucha gente, sin duda tiene un aura empoderadora. Anima a las personas a responsabilizarse de su situación y no rendirse al derrotismo del todo es azar y circunstancia y no puedo hacer nada para cambiar mi situación. Pero tiene una vertiente perversa: si pensamos que nada es azar y circunstancia y que los desgraciados son los únicos culpables de sus propias desgracias, la ética del bien común deja de tener sentido. "Cuanto más nos concebimos como seres hechos a sí mismos y autosuficientes, más difícil nos resulta aprender gratitud y humildad. Y, sin estos dos sentimientos, cuesta mucho preocuparse por el bien común". 

El lema "si te esfuerzas lo bastante, podrás conseguir lo que te propongas" es mentira. El ascensor social lleva décadas que no funciona: el mérito importa mucho menos que el nivel socio-económico familiar para tus logros. La idea "tenemos lo que merecemos" es doblemente perversa: confirma a la persona exitosa de que su poder emana de su mérito y señala a la persona desfavorecida haciéndole creer que si no tiene más es porque no lo vale. Es la excusa moral perfecta para perpetuar la desigualdad. 

Si no desvinculamos mérito de recompensa, tenderemos a pensar que el dinero es el único parámetro que nos valida como seres humanos. Yo he sido recompensado mil veces más como librero que como pianista. Y aun así, a día de hoy sigo convencido de que soy mejor pianista que librero. La explicación de por qué vivo de lo primero y nunca me daría para vivir de lo segundo no tiene nada que ver con el mérito y sí con aspectos tan alejados de él como el mercado, la demanda, la herencia, los contactos, la suerte y el valor social y económico que se atribuye en nuestra sociedad actual a estas dos profesiones. 

Este ensayo ofrece muchos ejemplos de la vida cotidiana, en la educación y en el trabajo, sobre la toxicidad de la meritocracia y propone medidas para revertir el daño que ha ocasionado en la sociedad y recuperar el bien común como prioridad innegociable. 

Al terminar de leer este ensayo tenía la cabeza en centrifugado rápido y la pobre P. ha aguantado estoicamente las parrafadas con las que trataba de organizar la revolución que Sandel me había montado por sorpresa. Adoro los libros que me montan revoluciones. Ahora toca inventarme un mundo nuevo post-meritocrático. A ver qué sale. 





lunes, 29 de enero de 2024

GOLPE DE GRACIA

Estamos en Boston, 1974. Para fomentar la igualdad y luchar contra la segregación racial que divide la ciudad en barrios parecidos a guetos, la comunidad educativa ha decidido mezclar a estudiantes negros y blancos, trasladándolos de unos barrios a otros. La medida es controvertida y suscita una repulsa inmediata entre la comunidad irlandesa de la ciudad, que no puede tolerar compartir espacios públicos con gente a la que considera chusma. Si les preguntas, te dirán que no tienen nada en contra de los negros. Siempre que se queden en sus barrios y no vengan a mezclarse en los nuestros, claro. 

Al igual que en novelas anteriores de Dennis Lehane, como Cualquier otro día, el racismo es el tema fundamental de Golpe de gracia. O, más bien, la crítica de un racismo estructural y omnipresente, enraizado en una forma de pensar y de vivir que no ha cambiado tanto en cincuenta años. La historia de Auggie Williamson, un chico negro de veinte años al que se le estropea el coche en el barrio equivocado en el momento equivocado, es la historia de tantas y tantas personas negras que son humilladas, golpeadas y asesinadas en todo el mundo por el color de su piel. 

"¿Qué pasará con nuestras tradiciones, nuestro estilo de vida, nuestra sensación de seguridad?", se pregunta un personaje irlandés de Boston en esta novela ante la posibilidad de que sus hijos se mezclen en el instituto con chavales negros. Y es la misma pregunta que se hacen tantos millones de personas, aquí en España, cuando sienten que los otros, los de afuera, los que no visten como nosotros ni hablan ni compran como nosotros, los que tienen nombres raros y a los que se les llama por su origen porque nombrarles por su nombre sería una familiaridad que no merecen, es la misma pregunta que se hacen cuando sienten que esos extranjeros quieren ser respetados e integrados como ellos, tratados como españoles como ellos, como seres humanos como ellos.

Esta es una novela negra eléctrica, rapidísima, con una tensión fulgurante en cada línea de diálogo. La protagonista es una madre de armas tomar que está dispuesta a enfrentarse a cualquier cosa con tal de no dar por buena la desaparición de su hija. Una mujer cuyo racismo interiorizado va poco a poco resquebrajándose, como sucede con cualquier prejuicio, cuando va conociendo los detalles, crudos y desoladores, de la realidad que lo sustenta. Golpe de gracia es dura, estimulante y apela al presente con tanta fuerza que no se puede soltar. 




jueves, 25 de enero de 2024

NO QUEDA NADIE

Empecé 2024 leyendo una novela un tanto enigmática. Me fui con el narrador a un Nueva York asfixiado por el calor, y con él busqué documentación para una tesis sobre la colonización de zonas rurales y desplazamientos forzosos de población durante el franquismo. Aprendí que hasta cincuenta mil personas (¡cincuenta mil personas!) tuvieron que dejar sus casas y trasladarse a otro lugar por motivos diversos, a menudo por las construcciones de embalses y presas (el sueño de la modernidad franquista) que condenaban las raíces de toda esa gente a una muerte por ahogamiento. Entre búsqueda y búsqueda, entre voz y voz de esas migraciones interiores olvidadas, disfruté mucho perdiéndome entre líneas, "orbitando en torno a intuiciones diversas", divagando por los márgenes del tema, prestando más atención a "las reverberaciones secretas de algunas palabras" que a cualquier otro propósito. 

Esta es una novela sobre emigrantes. Sobre la emigración como huida y también como destierro. Como expulsión y arrancamiento. Sobre la emigración como silencio. "Los emigrantes nos familiarizamos enseguida con los silencios y, por ello, un libro de emigrantes es siempre un libro cercado de silencio, como el paseo tranquilo de un padre y un hijo a la orilla del mar". 

La mayoría de las personas que hemos vivido un tiempo lejos de nuestro lugar de origen hemos pensado en cómo nos afectan las raíces. En lo difícil que es echar raíces en otro país, en la suave hostilidad que nos encontramos cuando tenemos suerte, suave porque en la amabilidad, e incluso en el entusiasmo por la inclusividad, también se esconde un señalamiento: nos gustas porque eres distinto, porque vienes de fuera, porque no eres de los nuestros y nunca lo serás. Hay lugares fantásticos para vivir, el París que me acogió o el Nueva York de esta novela, que, sin embargo, son hostiles a la permanencia. Son tierra fértil para todo tipo de maravillas, pero arisca para nuevas raíces. Al final, para tener derecho a un lugar, unas raíces, un sitio donde vivir y que reivindicar como propio, hay que adaptarse a lo que el poder (el urbanismo, la empresa, la cultura, la burocracia, la familia) impone. 

Me han gustado los meandros de esta novela. Las vueltas que da. Es reflexiva, poética y divagante. Deambula por ideas haciéndose preguntas, buscando respuestas como un entomólogo descubriendo mariposas. Me ha parecido impresionista en la belleza estática de ciertas imágenes, como el pelo rubio de una chica "que brilla como la paja seca a punto de incendiarse". Es una novela sobre partir y buscar un nuevo lugar, con todo el sufrimiento y la expectativa que supone. Y también sobre volver a casa, un regreso que, cuando has estado fuera el tiempo suficiente, nunca terminas de completar del todo: "volver a casa no se parece a recuperar algo intacto, sino a dejar un rastro más de sedimento, como un río que sigue fluyendo". 

 


lunes, 22 de enero de 2024

BAJO LA NIEVE

La editorial Hoja de Lata me gusta por muchos motivos, y uno de ellos es sin duda sus novelas policiacas clásicas. Autoras como Margery Sharp (que me descubrió mi querida P.) o Josephine Tey ya pertenecen a mi red de salvamento imprescindible para cuando me adentro en lecturas demasiado profundas o tormentosas. Son elegantes, irónicas, agudas, despliegan una engañosa sencillez para atraparte en tramas inteligentes con distintos niveles de lectura y hacen que el tiempo vuele y se esfume como un girón de niebla en primavera. 

Mi último descubrimiento es Helen McCloy (1904-1994) con su primera novela, Bajo la nieve, que ha llegado después de la publicación en español en 2021 de Un reflejo velado en el cristal. En esta primera entrega conocemos a su protagonista, el doctor Basil Willing, un psiquiatra que trabaja para el fiscal del distrito en Nueva York y cuyo cometido consiste en "valorar la cordura de los acusados y la fiabilidad de los testigos". Aunque, por lo que he podido comprobar, cuando un caso llama su atención, no se limita a asesorar a los inspectores, sino que investiga por su cuenta y, con la sola capacidad deductiva de su privilegiada lógica, llega a profundizar en la psicología de los personajes de una manera asombrosa. 

De madre rusa, carácter un tanto susceptible, "más comprensivo, irascible e intuitivo que el de aquellas nacionalidades en las cuales la coraza de la civilización había tenido tiempo de endurecerse", este Basil Willing "era una prueba viviente de la teoría de que un médico de los locos debe estar un poco loco él mismo para entender a sus pacientes". Y cuando le dicen que, tras la presentación en sociedad de la bella heredera Kitty Joycelin, ha aparecido el cadáver de una chica bajo la nieve que se parece muchísimo a ella y que, a pesar del frío evidente y tras horas de la muerte, el cuerpo sigue sorprendentemente caliente, su mente empieza a hilvanar hipótesis tras hipótesis. 

Esta es una novela sobre el impacto de la publicidad en los cuerpos de las mujeres, sobre el engaño y las apariencias, sobre los tejemanejes de una madrastra de "dulzura mortífera", sobre un Nueva York que vibra con el bullicio y las luces y la nieve mágica que sigue encandilándonos hoy en día y sobre un psiquiatra tímido y elegante al que le voy a seguir la pista de cerca a partir de ahora. 





jueves, 18 de enero de 2024

EL ABISMO DEL OLVIDO

"Cuando los arqueólogos occidentales abrían las tumbas del antiguo Egipto, se decía que las almas de sus ocupantes se liberaban tras milenios de silencio. En cierta forma, lo mismo ocurre con nosotros. No hemos hecho más que esperar en silencio durante más de setenta años. Esperamos casi cuarenta años que muriese la dictadura y volviese la democracia. Y esperamos cuarenta años más para que la democracia se preocupase por devolver la dignidad a sus muertos". 

En la librería recomiendo mucho este cómic desde que se publicó a finales del 2023 y, cuando la gente me pregunta de qué va, digo que trata sobre las fosas de la guerra civil. Es una apuesta arriesgada decir eso, hay gente que arruga el ceño. Imposible, por otro lado, obviar esas palabras. Fosa. Guerra civil. Realidades tangibles e históricas que, ochenta años después, nos siguen manchando de sangre las manos. 

Mucha gente querría dejar a los muertos en paz. Asumir lo que ocurrió y pasar página. Es la misma táctica que en las discusiones familiares, en las meteduras de pata y en cualquier conflicto de cualquier tipo: volver la cabeza y a otra cosa, como si no hubiera ocurrido. Pero ningún conflicto se resuelve ignorándolo. Ninguna herida sana si no se empeña uno mínimamente en tratar de curarla. Y la tierra de nuestro país está sembrada de decenas de miles de heridas que nunca sanaron porque nunca nadie tuvo la voluntad (ni la valentía) de hacerlo. 

Sí, de valentía. Para sanar una herida hace falta repartir responsabilidades. Culpas. Hace falta que alguien asuma que se equivocó, que hirió, que provocó dolor. Hace falta que alguien pida disculpas por lo que hizo. O que, en su ausencia, haya una verdad consensuada sobre la que construir la reconciliación. 

Esta historia de Rodrigo Terrasa convertida en viñetas por Paco Roca habla sobre el consuelo de poder despedirse al fin con dignidad de un padre asesinado y arrojado a una fosa junto a otros cientos represaliados. Y también, de la angustia de no poder hacerlo. Durante la reciente pandemia de covid todos lo tuvimos muy presente cuando a tantos miles de personas se les negó la posibilidad de morir cerca de sus seres queridos y a estos, el consuelo de despedirse y apoyarse en los rituales básicos de cariño y aceptación sobre los que se sustentan las raíces del duelo. 

Esta es la historia de un héroe discreto, uno de tantos que sobrevivieron a la dictadura callando y conservando la dignidad mediante pequeñas sublevaciones que además ayudaron a mucha gente a conservar la suya. Un héroe republicano que trabaja de sepulturero tras la guerra, enterrando a otros republicanos con peor suerte, y que se dedica a guardar clandestinamente objetos personales y ropa de los muertos para dárselos a sus familiares a escondidas y que así puedan guardar algo tangible de ellos junto a sus recuerdos. Y que, además, lleva un registro meticuloso de la localización de los cuerpos que entierra en las fosas, por si algún día alguien pregunta por ellos y se les permite enterrarlos con dignidad. 

Un régimen asesino quiso condenar al abismo del olvido a todas las personas que no se sometieran a sus dogmas. Y muchas nunca consiguieron volver de él. La lucha por conservar la memoria y restituir la verdad de lo que ocurrió es una tarea diaria que nos dignifica. En 1940 en España, en 1945 en toda Europa, en 1995 en Bosnia y en 2023 en Gaza. 





lunes, 15 de enero de 2024

MAX BURBUJA

¡Cómo mola Max Burbuja!
¡Es que me parto con él!
No sé cómo lo hacía, pero El Hematocrítico era capaz de sacar el humor hasta debajo de las piedras y decir cosas importantes, muy importantes, desde la carcajada. Raro don, ese. 

Max Burbuja es un niño especial. Nueve años, hijo único, nieto único, de padres separados, su madre le dice que se llama Burbuja porque es "especial, delicado, fantástico, maravilloso y porque le gusta a todo el mundo". Y bueno, quizá todo eso sea verdad, jeje, pero la verdad es que Burbuja es su apellido real. Y claro, con un apellido así, un niño no puede ser otra cosa que extraordinario. 

Y para extraordinario, el horario semanal de clases y actividades que le preparan sus padres. Excursiones, mindfulness, clase de ajedrez, de música, natación, el pobre Max no para quieto ni los domingos. ¡Está agotado! Y para su cumpleaños, que está al caer, decide que no quiere más cosas, que ya no sabe qué hacer con ellas, si ni siquiera tiene tiempo para prestarles atención. Para su cumpleaños se pide... ¡Tiempo! ¡Tiempo libre! Quiere aburrirse un ratito en su vida. Quiere no hacer nada. ¿Es tanto pedir? 

De esto trata la primera aventura de Max Burbuja, pero hay cinco más con las que pasártelo bomba y ver el mundo desde la perspectiva del único e incomparable Max y su grupito de amigos, a cada cual más especial. Otro regalo maravilloso que nos dejó El Hematocrítico para no parar de reír y de iluminar la vida con otras formas de mirar el mundo. 




jueves, 11 de enero de 2024

OH, QUÉ ESPLÉNDIDA MÚSICA

Este es un libro para quedarse a vivir en él. Sé que es una frase hecha, pero no leo tantos libros en los que me quedaría a vivir. Casi ninguno, de hecho, si me paro a pensarlo bien. Las vidas paralelas que me prestan mis lecturas no suelen ser lo que se dice muy plácidas. Hay crímenes, pasados tormentosos, pasiones que acaban como el rosario de la aurora, vidas complicadísimas que me procuran un placer inmenso precisamente porque no son la mía, porque cierro el libro y todo lo que veo a mi alrededor es un paraíso comparado con lo que acabo de leer. Sin embargo, muchos aspectos de este libro no solo están a la altura de lo que ya pasa en mi vida, sino que son parte de lo que quiero que pase. Esta historia, con su candidez, con su inocencia, con su luz, su asombro, su serenidad, su sensibilidad, su transparencia, su belleza, su curiosidad, esta historia es toda ella un ejemplo de las cosas buenas que hacen que la vida merezca la pena. 

La autora la escribió en los años cuarenta, en lo más crudo de la guerra, en la mesa de la cocina mientras afuera caían bombas. Y consiguió crear un refugio maravilloso de imaginación, una burbuja de infancia dorada, que sigue brillando en la imaginación de los lectores con la misma dulce intensidad. 

Si pienso un poco en la literatura de la época, especialmente en la literatura española, no encuentro nada ni remotamente parecido a esta novela. Todos los escritores que me vienen a la cabeza (Carmen Laforet, Blas de Otero, Gabriel Celaya, Camilo José Cela, Ramón J. Sender o Buero Vallejo) escriben, con todo el sentido, desde el desgarro, desde la introspección dolorosa y desencantada, nunca desde el amor luminoso y la bondad y la generosidad inocente. Por eso todavía me admira más esta novela, por proceder del mundo en ruinas del que procede y haber salido intacta de él, así de pura y prodigiosa, como si viniera de otro planeta. 

Hay muchas escenas de esta infancia feliz, trasunto de la infancia de la autora en la Inglaterra rural anterior a la primera guerra mundial, que se me han quedado grabadas, y que sé que se me irán poco a poco olvidando, cristalizando en esa sensación o ese color con el que recordamos en abstracto muchas lecturas felices. Pero hay una escena que se repite varias veces que no quiero olvidar, porque me ha ensanchado los pulmones y me ha hecho llorar, y por eso la voy a recordar aquí: 

Ruan es una niña solitaria que pasa la mayor parte de sus días hablando con un amigo imaginario. Pero un día su padre, un pastor protestante, le dice que ya es una niña mayor y tiene que despedirse de él. ¿Pero adónde irá sin ella? ¿Cómo sabrá ella que estará bien? No encuentra la solución hasta que le cuenta su angustia a David, un amigo un poco mayor que ella, que la escucha muy serio y le ofrece hacerse cargo de su amigo. Lo llevará siempre en el bolsillo de la chaqueta, cerca del corazón, y así se sentirá cuidado y acompañado. Y cuando se despide de ella, con una sonrisa, se toca la solapa, en un gesto que repetirá siempre que se despida de ella, y que mantendrá año tras año, como forma de sostener en el tiempo un vínculo desligado ya de la infancia, un hilo irrompible de confianza, imaginación y amor entre los dos. 

Y así recuerdo ahora esta novela. Con la sonrisa de un chico que se toca la solapa de la chaqueta y una chica más pequeña que le devuelve la sonrisa, callados los dos, sin necesidad de decir nada para saber que todo está bien, que, pase lo que pase, el mundo dorado de su infancia está a salvo entre los dos. 




lunes, 8 de enero de 2024

UNA MONTAÑA LEJANA

Los editores de Amok, especialistas en traernos maravillas de la literatura asiática, me han hecho descubrir el cómic que más me ha impactado últimamente por la impresionante belleza de sus ilustraciones. ¿Cómo lo hace Chongrui Nie? ¿Cómo consigue, con lo que parece que son unas simples rayas negras y grises perpendiculares y paralelas, transmitir tantísima expresividad? Este libro no suelo recomendarlo como los otros. Se lo tiendo a la persona con la que estoy hablando y le digo: ábrelo. Normalmente no suele hacer falta mucho más. 



Pero se puede contar mucho más, por supuesto. Porque la historia es fascinante. El autor retrata escenas de la revolución cultural china en una zona de montaña llamada Guancen, en la que vivió durante años trabajando en una fábrica de armamento. Son escenas a veces tranquilas, pero otras violentas, de una crueldad gratuita, propia del fanatismo religioso que imperaba a finales de los años sesenta en China. Y que tan bien contó Juan Gabriel Vásquez en Volver la vista atrás. 

El autor transmite ante todo la alegría de dibujar, perdido en las montañas, todo lo que le rodea. El dibujo se vuelve un refugio, un escape de un mundo a menudo difícil de comprender. Siente fascinación por la naturaleza salvaje, con su belleza y su peligro. Y también por esos templos milenarios escondidos en los valles que los guardias rojos se empeñan en destruir. Esos guardias rojos, jóvenes de la ciudad que causan alboroto, peleas y todo tipo de desórdenes allá donde van. Legitimados por la ideología dominante, son unos canallas fanáticos que arrasan con todo, a menudo por el simple placer de ostentar el poder y destruir a voluntad. 

El autor mantiene un vínculo profundo con las montañas Guancen durante toda su vida. Volverá a ellas una y otra vez y no dejará de recordar todo lo que allí vivió, la gente que conoció y todo lo que ya solo puede volver a ver cuando cierra los ojos, se zambulle en los recuerdos y los abre en la realidad paralela, bellísima, de sus dibujos. 

Este es un libro para guardar cerca. Para tener siempre a mano y poder recurrir a él cuando el mundo se vuelva insoportable y necesitemos belleza, raudales de belleza, para poder sobrellevarlo. 




jueves, 4 de enero de 2024

ABUELASAURIO

¿Quién quiere irse a la cama? ¡Es lo más aburrido del mundo! Las luces se apagan, los colores se van, el mundo se queda callado y quieto y la diversión se aleja como un tren en la noche. ¡No mola nada irse a dormir! 

A menos, claro está, que quien te lo proponga sea tu abuela. Y diga: ¡Soy tan mayor y tan grande como los dinosaurios, soy una abuelasaurio! ¡Así que más vale que te vayas corriendo a la cama! ¡Grrr! Y ahí sí que nos ponemos a correr, ¿verdad? Subimos las escaleras de tres en tres, nos zambullimos en el pijama, nos arrebujamos bajo las mantas y nos quedamos atentos con los ojos como platos a los rugidos que suben del piso de abajo: "La abuelasaurio se muere de hambre. ¿Hay por aquí algún niño tierno y jugoso que esté todavía despierto?"

Y nos dormimos, vaya si nos dormimos. Hasta que algo nos despierta y oímos ruidos raros. Un retumbar extraño. Música vibrando y luces de colores que se cuelan por debajo de la puerta. ¿Será un sueño? ¿Será real? ¡Pero si es una dinofiesta! ¡Y está organizada por la abuelasaurio más molona del mundo!

Abuelasaurio es un álbum infantil para troncharte de risa, con las peripecias más locas y fantasiosas e imposibles que te puedas imaginar para pasar una dinonoche IN-OL-VI-DA-BLE. 






martes, 2 de enero de 2024

OCTUBRE, OCTUBRE

Llorando a lágrima viva. Así he terminado las últimas páginas de esta preciosidad de novela, todo un descubrimiento y un sorpresón y la mejor de las noticias posibles para este buscador de tesoros literarios que llevo dentro. Y de eso va la historia, de buscar tesoros. En las orillas del Támesis y en lo profundo de los bosques. En la mirada de una lechuza y en el olor de la nieve antes de caer. 

"Octubre es el mejor mes cuando vives en el bosque, y a lo mejor también cuando no, pero eso ya no lo sé con seguridad. Es cuando los árboles empiezan a desprenderse de sus hojas y estas caen a la tierra parcheada, que refulge como el fuego. El aire cruje con el susurro de la escarcha y el cielo huele a humo. Todo parece nuevo y emocionante". 

Octubre, Octubre. Oigo una voz que dice: Octubre, Octubre. Como si pronunciara un conjuro o pidiera un deseo. Octubre, Octubre. Una voz que huele a miel y a barro y crepita como el fuego. Una voz que llama a una niña por su nombre. "Papá dice que él y la mujer que es mi madre se pusieron a soltar nombres a voleo deambulando por la habitación, pero que estos rebotaban en las paredes y caían al suelo de golpe porque ninguno era el bueno. Y que, cuando me llevaron de vuelta al bosque, la estufa que tiene fuego en la panza y los pájaros y los tejones y las hojas caídas y papá dijeron "Octubre" y el nombre echó a volar. Así que este es mi mes". 

Cuando terminé el primer capítulo cerré el libro y pensé: un solo capítulo leído, uno solo, y madre mía, por favor ¿pero qué maravilla es esta? Entre las hojas latía un corazón y crujía el hielo y una lechuza me miraba con ojos de descubrir tesoros y dejarte sin respiración. Esta novela es poética, intensa, de una sencillez preciosísima. Consigue que el vuelo libre de una lechuza te haga llorar. A veces le leo algún párrafo a P. en voz alta y siento lo mismo que Octubre cuando aprendió a leer, porque es "como si cada sonido fuera un matorral que debía atravesar para llegar al final". 

Y tiene tantas lecturas. Es un libro que grita libertad. Libertad para vivir sin las ataduras del gris asfalto y el ruido de gente y el humo y el plástico y los edificios que matan la vida y nos quitan la alegría. Libertad para vivir salvajes en contacto con la naturaleza, porque por más que nos eduquen en espacios cerrados, obligándonos a estarnos quietos y sentados durante horas y a obedecer y obedecer y obedecer normas que no entendemos, la corteza de un árbol o el canto de un pájaro se parecen más a nosotros que cualquier tecnología que inventemos para vivir. 

Es una historia cuya belleza duele. Duele la fragilidad. Hay escenas que brillan y acarician dañando, como cuando Octubre se enfrenta por primera vez en su vida al impacto del ruido de un recreo en el colegio y "la pared de sonido casi la derrumba". Hay escenas que son espejos para mi sensibilidad. Y me veo ahí, mudo y agredido, con el mundo detenido y rompiéndose a pedazos, me veo en todas las veces en mi vida en que el volumen de ruido, ya sea en un colegio, en un concierto o en una comida familiar, me ha resultado incompatible con la vida. Con mi vida. 

Octubre, Octubre es un libro mágico. Va sembrando tesoros en la tierra de cada lector con la esperanza de que algún día, alguna frase germine y se convierta en vida. En mi tierra, ya ha florecido y se ha vuelto bosque. 



 

viernes, 29 de diciembre de 2023

PIRINEO NOIR

Hace poco, no sé si P. o yo pronunciamos la palabra ominoso y, como buenos filóloga y librero, nos pusimos a darle vueltas a sus posibles significados. ¿No os pasa que ciertas palabras difíciles de definir proyectan imágenes muy claras en vuestra cabeza, o colores, o incluso sonidos? A mí me pasa con ominoso. Azul oscuro sucio casi negro. Una calle oscura de madrugada y la sombra de tres hombres acercándose por tu misma acera. La chirriante y rítmica música de cuerda de Psicosis, que lo mismo semeja las puñaladas que los gritos. Eso es ominoso para mí. Cualquier cosa sombría que prometa más sombra. Y eso es esta novela. 

La protagonista y narradora es una mujer que viaja con su marido a resolver un crimen. A eso se dedican ambos. A los asesinos en serie. Ella los estudia y él los atrapa. Y resulta que ha aparecido un posible caso en el pueblo del Pirineo aragonés del que ella salió huyendo de adolescente. Su intención inicial es acompañar a su marido al pueblo de sus pesadillas y, mientras él resuelve el crimen con su eficacia habitual, contribuir a su trabajo desde la habitación del hotel, como una detective victoriana. Sin embargo, en el fondo siempre ha sabido que acabaría metiéndose de lleno en todos los problemas, "en el fango de la muerte", hasta aclarar el asunto por sí misma. 

Esta es la historia de una espiral de obsesión en la mente de la protagonista que va creciendo y creciendo hasta hacerla perder el contacto con la realidad, la prudencia, la sensatez e, incluso, el instinto de supervivencia. Me ha recordado mucho a las novelas de Gillian Flynn, Perdida y Heridas abiertas, con sus mentiras y manipulaciones psicológicas y secretos turbios del pasado que les explotan a los personajes cuando menos se lo esperan. Y esas madres narcisistas, por favor: ("eso lo aprendí cuando era muy pequeña: si le daba la razón a mi madre, lo único que conseguía con ello era hacerla cada vez más y más grande, y yo sabía que, si ella crecía un poco más, tarde o temprano me haría desaparecer del todo"). Tiene todos los ingredientes del buen thriller psicológico: es perverso, retorcido y te acelera el pulso. Una novela de agarrarse al sofá. 


 

martes, 26 de diciembre de 2023

PALESTINA. DE LOS ACUERDOS DE OSLO AL APARTHEID

Abro las noticias y aparece el espanto. Cadáveres entre las ruinas de un bloque de viviendas. Rostros ensangrentados. Niños muertos. Mujeres alzando las manos a un cielo ennegrecido por el humo de las bombas. Hombres rotos, doblados en dos de dolor. Abro las noticias y leo sobre la necesidad de defenderse de Israel. Sobre su legítima defensa. Y le doy vueltas a la palabra. Legítima defensa. Hasta dónde llega la legitimidad. ¿Hasta la ley del Talión? ¿Ojo por ojo, diente por diente? ¿En 2023? ¿Es eso legítimo? En los países civilizados no respondemos a la muerte con más muerte. Y no solo porque lo consideremos inmoral, sino porque la violencia nunca se soluciona con violencia. No sólo es perverso, es que agrava el problema en lugar de resolverlo. ¿Por qué, entonces? ¿Por qué este octubre negro? ¿Por qué? 

Este ensayo fluido, ameno, documentado, riguroso y actualizado a septiembre de 2023, trata de responder a esta pregunta. Desde su fundación en 1948, Israel ha transmitido con éxito la idea de que su supervivencia como nación está en peligro. En peligro permanente. Y por lo tanto, considera que es su deber protegerse contra cualquiera que cuestione su identidad. Una identidad basada en su condición de víctima histórica que merece reparación y compensación. Una piedra lanzada por un chaval palestino a un tanque israelí no es solo una piedra. Es un ultraje. Es una herida abierta que conecta con las cámaras de gas de los campos de concentración, con las estrellas amarillas y el terror nazi. Y, por lo tanto, merece una respuesta ejemplar. Dentro de la lógica de esta identidad victimizada, responder a una piedra con una bala se vuelve un acto legítimo y preventivo. La ley del talión quedó muy desfasada en Israel. Desde la primera intifada en 1988, han muerto seis palestinos por cada israelí. Quién sabe qué proporcionalidad se buscará a partir de ahora para salvaguardar la supervivencia de Israel. 

Estos días se habla mucho de nuestro papel como espectadores de esta barbarie, si nos sentimos o no cómplices de lo que está ocurriendo. Y este libro explica muy bien cómo la comunidad internacional hace mucho que abandonó sus esfuerzos para resolver el conflicto, especialmente tras la retirada de Israel de Gaza en 2005 y el triunfo de Hamás en 2007, con el consiguiente bloqueo israelí de la franja. Desde entonces, parece que Estados Unidos y la Unión Europea se han limitado a aceptar la situación, con sus picos de violencia en aumento, esperando que sus generosas aportaciones de ayuda humanitaria a los palestinos compensaran su inacción ante la creciente presión israelí sobre los territorios ocupados. Unas aportaciones que, en una lógica perversa, han terminado subvencionando la ocupación, al reconstruir las infraestructuras dañadas y aportar los recursos que Israel niega a los palestinos sin exigir rendición de cuentas, liberando a Israel de su responsabilidad con la población civil como potencia ocupante. 

Uno de los aspectos más perversos del conflicto es el uso de la religión, y en concreto de la Biblia, como inspiración y fuente última de legitimación del colonialismo, la limpieza étnica, el apartheid y el asesinato masivo. Y es que sin mitos que respalden la superioridad de un grupo sobre otro es imposible sostener políticas criminales a gran escala con un apoyo mayoritario de la población. El derecho divino a bombardear Palestina es un argumento cada vez más usado por la política de ultraderecha de un gobierno israelí cuyo objetivo real es expulsar a los palestinos de Israel de forma definitiva e instaurar finalmente un país basado en la idea de homogeneidad étnica. Un país de judíos hecho por y para los judíos. Los paralelismos con las políticas raciales del apartheid Sudafricano o del Tercer Reich son estremecedores. 

¿Qué va a pasar con Gaza cuando cesen los bombardeos? ¿Qué va a ser de los palestinos? ¿Hamas resistirá como grupo terrorista? ¿Y como ideología política? ¿Cómo se podrá encaminar la convivencia pacífica después de setenta y cinco años de violencia planeada y de este estallido de atentados y asesinatos masivos?

Pongámonos en el mejor de los casos soñados: imaginemos un alto al fuego, unas nuevas conversaciones de paz, la creación de un estado palestino reconocido por Israel con su soberanía y sus fronteras, Gaza y Cisjordania conectadas libremente, con gobiernos democráticos y sin injerencias israelíes, una renuncia explícita a la violencia por ambas partes y Jerusalén como capital compartida, y todo lo necesario para una convivencia pacífica. Bien, aunque es una idea utópica hoy en día, si se alcanzara nuestra civilización daría un paso adelante de gigante. Pero me resulta inevitable preguntarme: ¿qué pasaría con el odio al otro en ese paraíso? ¿Cómo encajan los decenas de miles de heridos con sus secuelas de por vida? ¿Cómo se reparan setenta y cinco años de exilio y desarraigo, de humillaciones y bombardeos, de desprecio y expropiación? ¿Cómo se convence a la militarizada población israelí de que reconocer la humanidad de los palestinos y convivir en paz con ellos es la única manera de asegurar para siempre su supervivencia como nación? ¿Qué se hace con el odio al otro en ese paraíso si para unos es la única forma de mirar a sus ocupantes y para otros es la armadura con la que protegen su identidad colectiva? ¿Qué se hace con las secuelas de cuatro o cinco generaciones que han ido acumulando trauma sobre trauma y que no saben lo que significa vivir en paz?

Los israelíes viven atrapados por gobiernos que defienden una espiral de odio y violencia supremacista que solo conduce a más violencia. Y los palestinos ya no aspiran a que el mundo les reconozca su humanidad, es la humanidad del resto del mundo la que cuestionan. En el mejor de los casos posibles, el trabajo de reparación de la convivencia va a ser ingente. Cuanto antes nos pongamos a ello, israelíes, palestinos y el resto de la comunidad internacional, antes podremos volver a mirarnos en el espejo de nuestra humanidad y reconocernos como iguales. 




miércoles, 20 de diciembre de 2023

NUESTROS DIEZ FAVORITOS 2023

Siempre nos han atraído especialmente las literaturas de otros países y por eso nuestras recomendaciones tienden a ser de escritoras y escritores extranjeros. Este año, seis traducciones y cuatro originalmente en español, con un especial enfoque en la calidad literaria y en el compromiso social para denunciar injusticias y proponer alternativas constructivas. Hay novelas, un libro de viajes, un ensayo social, un libro testimonio de no ficción y una novela juvenil que no puede ser más universal. De nuestro país viajamos a los Estados Unidos de los años cincuenta, a la Toscana de los Medici, a la India colonial, a los Pirineos durante las guerras de los años treinta y cuarenta, a la Argentina de la dictadura, al Congo actual a través de su río, sin olvidarnos de explorar el Madrid periférico de los años ochenta y noventa.

Lo decimos siempre, pero no está de más recordarlo: pensamos que jerarquizar el gusto es un despropósito. Así que nuestra lista de favoritos, año tras otro, no sólo no es jerárquica (tan bueno es el primero como el décimo) sino que ha estado cambiando hasta el último momento y seguirá cambiando a partir de enero, a medida que vayamos enamorándonos de nuevas lecturas.

Aquí están, por méritos propios, nuestros diez favoritos de 2023. 
¡Cosecha Benedetti!



1. El retrato de casada, de Maggie O'Farrell (Libros del Asteroide, 23,95€).

Estamos a mediados del siglo XVI y Lucrezia de Médicis es una niña noble de imaginación desbordante. Frenética, hiperactiva. Desbocada, llena de temores extraños. Ve tesoros en cualquier detalle y significados ocultos en cualquier historia. Como en Hamnet, la anterior novela de O'Farrell, esta historia rezuma la viveza, inmediatez y cercanía en la descripción de la vida cotidiana, de las mujeres en la cocina, del roce de los vestidos de las señoritas bajando por las escaleras hacia su clase de historia y de latín. Y vives cada instante con una intensidad que pone la piel de gallina. El retrato de casada es un libro como una cajita valiosa donde se guardan palabras secretas, palabras que nos hablan a nosotros, en voz baja, y nos dicen cosas que no sabíamos, que ni siquiera sospechábamos, con imágenes engarzadas de una belleza que nuestros ojos nunca habían visto. 


2. Lecciones de química, de Bonnie Garmus (Salamandra, 21,00€).

Estamos en los años cincuenta en California y la vida no es fácil para las mujeres. Especialmente, para las mujeres científicas que quieren estudiar en la universidad y trabajar en laboratorios, igual que sus colegas hombres. 
Este es un libro feliz. Y, como todo buen libro feliz, está lleno de desgracias. Porque ¿qué es la felicidad sino el contraste con lo que duele, la luz que emerge del dibujo y solo se ve porque a su lado hay un color oscuro que la hace aparecer? Está lleno de desgracias, pero contadas todas ellas con estoicismo y un punto de ternura, con ironía y rabia, con ganas de cambiarlas, incluso las más inamovibles. Porque, como Elizabeth Zott sabe muy bien, la química es transformación y la vida es química.



3. El pacto del agua, de Abraham Verghese (Salamandra, 24,00€).

Esta es una novela para detener el tiempo, sentarse tranquilamente, una tarde de frío, en el lugar más cómodo de la casa, y dejarse llevar tranquilamente por su corriente imparable. Comienza en Kerala, en la costa de las especias, al sur de la India, a principios del siglo XX. Y cuenta la evolución de la India colonial desde el punto de vista de un aspirante a cirujano inglés y de una matriarca india inolvidables. 
Al igual que Hijos del ancho mundo, la anterior novela de Abraham Verghese, El pacto del agua es delicado, evocador y jocoso. Y, como aquel, uno de sus temas centrales es la práctica de la medicina, y los vínculos profundos y duraderos que se establecen entre las personas cuya vida depende de la suerte y de la genética, y aquellas médicas y médicos que ofrecen sus manos y su conocimiento para dignificar sus vidas y aplacar su dolor. 



4. La mala costumbre, de Alana Portero (Seix Barral, 19,00€).

Hay una niña que juega a enredar alrededor de su índice los mechones ensortijados de la mujer sentada delante de ella en el transporte público. Es una niña que tiene miedo de que sus padres dejen de quererla si descubren el secreto que esconde. Es una niña que no es enteramente ella, que sufre cuando su madre la abraza y la llama "mi machote" con orgullo. Que baila canciones de Madonna como si estuviera emitiendo señales luminosas en la oscuridad, "sacudidas de libertad que lanza al cielo esperando, asustada y esperanzada que alguien sepa descifrarlas". Una niña que sueña con fundirse en ese reino de las mujeres en el que siempre encuentra un lugar seguro. Este libro me ha acogido como un lugar seguro. Es una hermosura con sabor a revolución. De esas que producen gratitud y brazos abiertos y curan cosas que uno ni siquiera sabía que dolían.



5. Menos es más, de Jason Hickel (Capitán Swing, 23,00€). 

No crecer. No tratar de vender cada día más libros como sea. No aspirar a acumular cada año más dinero. No ampliar la empresa. No invertir en publicidad. No "optimizar" mejor los estantes para poner más libros de cara y menos de canto y, reduciendo el stock, vender más bestsellers. No anteponer nunca el beneficio al contenido del producto que lo produce. No ponerse objetivos de ventas. No crecer. Qué disparate, ¿verdad? Papá capitalismo se llevaría las manos a la cabeza. Papá capitalismo quiere que crezcamos sin parar. Nos ha inculcado un apetito voraz. Nos ha enseñado que ese apetito es saludable. Necesario. ¡Imprescindible para la prosperidad del mundo entero! Pero es un apetito que nos va a matar. Y la única forma de sobrevivir es acabando con la bestia. 
El ensayo del año. Y de los que vienen. Acabar con el crecimiento a ultranza es uno de los retos más transversales y decisivos que tenemos por delante. Y no nos queda otra que asumirlo, porque nos va la vida en ello. 



6. Tu nombre no es tu nombre, de Federico Bianchini (Libros del K.O., 18,90€).

¿Qué sentirías si te dijeran que tu nombre no es tu nombre, que tus padres no son tus verdaderos padres, que tu origen es una mentira, que tu fecha de nacimiento es falsa, que esa mujer y ese hombre a los que llamas papás, esos que te cuidaron, te educaron y te amaron, y te siguen queriendo hoy como desde el primer día, fueron cómplices del secuestro y del asesinato de tus verdaderos padres y te adoptaron robándote tu identidad?
Esto es lo que le dijo un juez en el año 2000 a una chica de veinte años llamada Mercedes Landa. Y, reconstruyendo este caso particular, Federico Bianchini ha escrito un libro sobre los crímenes de la dictadura argentina y sobre cómo el terrorismo de estado no solo mata sino que hiere la memoria y la identidad de las personas. 
 


7. Maddi y las fronteras, de Edurne Portela (Taurus, 20,90€). 

Durante la primera guerra mundial, la frontera vasca vio cómo hombres franceses la cruzaban de noche para huir del reclutamiento obligatorio. Apenas veinte años después, la migración iría en sentido contrario y serían los españoles los que se refugiarían en Francia de las bombas y la represión franquista. Y de nuevo, inmediatamente, la dirección volvería a cambiar y las bordas españolas volverían a ser refugio (refugio precario y peligrosísimo por la sintonía entre España y la Alemania nazi) de miembros de la resistencia y combatientes aliados tras la ocupación. Y Maddi siempre estaba ahí. Desde el mostrador de su hotel, ofreciendo cobijo a resistentes y pasando a clandestinos por una frontera cada vez menos porosa.
Esta novela reconstruye la historia real de una mujer asombrosa con un lenguaje cautivador que te atrapa y no te suelta. 


8. Quijote en el Congo, de Xavier Aldekoa (Península, 19,90€). 

Navegar el Congo es como salir a luchar contra gigantes. Morder el polvo y volver a levantarse. Y volverse a caer en un mundo que parece detenido por una belleza salvaje salida de otro mundo, de una canción. O de una gesta de caballería. Navegar el Congo es detener el tiempo, o acelerarlo si la muerte asoma el hocico. Porque la muerte siempre está rondando, ya sea en carreteras impracticables, en selvas controladas por grupos rebeldes o en corrientes asesinas del río que te atacan como serpientes. Y los gigantes nunca vuelven a su forma de molinos, aunque sí que se pueden amansar muchas fieras si uno sabe cómo. Y Xavier Aldekoa suele saber cómo. Con un ejemplar de El Quijote a cuestas (grandes viajes requieren grandes libros), el autor se propuso navegar todo el río Congo, desde su nacimiento en el centro de África hasta su desembocadura, 4.700 kilómetros, algo así como de Lisboa a Moscú.
Y esta es su historia. 


9. Octubre, Octubre, de Katya Balen (Errata Naturae, 20,00€). 

Llorando a lágrima viva. Así he terminado las últimas páginas de esta preciosidad de novela, todo un descubrimiento y un sorpresón y la mejor de las noticias posibles para este buscador de tesoros literarios que llevo dentro. Y de eso va la historia, de buscar tesoros. En las orillas de Támesis y en lo profundo de los bosques. En la mirada de una lechuza y en el olor de la nieve antes de caer. De eso, y de la vida salvaje y de cómo duele domesticar cada instinto, impulso y sensibilidad que llevamos dentro. 
Cuando terminé el primer capítulo cerré el libro y pensé: un solo capítulo leído, uno solo, y madre mía, por favor ¿pero qué maravilla es esta? Entre las hojas latía un corazón y crujía el hielo y una lechuza me miraba con ojos de descubrir tesoros y dejarte sin respiración. Esta novela es poética, intensa, de una sencillez preciosísima.


10. El abismo del olvido, de Paco Roca y Rodrigo Terrasa (Astiberri, 25€).

Decía Mario Benedetti que "el olvido está lleno de memoria", y este cómic de Paco Roca y Rodrigo Terrasa viene a corroborarlo: por más que se intente enterrar la violencia y la infamia con mentiras y olvido, la verdad siempre pugna por salir a la luz. Los seres humanos vivimos porque recordamos, nuestra memoria es nuestra identidad. Y este cómic cuenta la historia de una mujer y su búsqueda por restaurar la dignidad de su padre, asesinado en 1940 y enterrado en una fosa común, destino que compartió con decenas de miles de republicanos represaliados en los inicios de la dictadura. Como todo lo que hace Paco Roca, este cómic es un derroche de humanidad y compromiso. Una joya.