jueves, 28 de mayo de 2026

CUANDO CAE LA NOCHE. LISOU Y MYLAINE

En septiembre de 1943 vivían en una casa de madera aislada en las montañas cerca de Grenoble. Desde la región de Lorena habían pasado por Indre, en el centro de Francia, y habían acabado en los Alpes debido al avance de la ocupación alemana. Los dos hermanos mayores habían pasado a Suiza, mientras que Lisou y Mylaine se habían quedado con sus padres, pensando que allí, lejos de todo, estarían a salvo. Pero el invierno les reservaba una dura sorpresa. 

Estos dos cómics, pensados para un público juvenil (pero que creo que pueden encantar a cualquier persona adulta también), reconstruyen con una plasticidad y belleza cautivadoras las vidas de Lisou y Mylaine, las tías abuelas de Marion Achard, la guionista, durante los dos últimos años de la segunda guerra mundial. En 1943 Lisou tiene diez años y Mylaine veintiuno. Viven esperando que la guerra acabe para poder reencontrarse con sus hermanos y que la vida, esa vida puesta entre paréntesis con la invasión alemana en 1940, por fin pueda continuar. Un día nevado en que sus padres han bajado al pueblo, oyen un coche negro acercarse. Son alemanes. Y preguntan por su padre. 

A partir de ese momento los caminos de las dos hermanas se bifurcan. Lisou huye a través del bosque para alertar a sus padres de que los han descubierto. Y Mylaine se queda para destruir todas las pruebas que pueda y darles tiempo de esconderse. El volumen 1 sigue los pasos de Lisou por el bosque nevado, mientras que el volumen 2 se queda con Mylaine y su lucha por la supervivencia. 

Es una historia que hemos oído, visto y leído muchas veces, con sus múltiples y pequeñas variaciones. Pero cuando se cuenta tan bien como lo hacen Achard y Galmés, parece totalmente nueva. Y así la he leído: intuyendo todo el rato lo que iba a pasar, pero disfrutando de cada una de las bellas ilustraciones y pequeñas piruetas de la historia. Y me ha cautivado el profundo amor que desprende el vínculo entre estas dos hermanas, durante y después de la guerra, y el cariño que su sobrina nieta ha puesto en cada detalle de este gran homenaje. 




lunes, 25 de mayo de 2026

UN HIMNO A LA VIDA

Tendemos a asociar la palabra humano con algo positivo. Cuando hablamos de una persona muy humana, o de un gesto de gran humanidad, estamos ensalzando a la persona y al gesto. Sin embargo, en su acepción más literal, humano describe simplemente nuestra especie como seres racionales. Dominique Pelicot es un hombre sin duda racional. Es un hombre que, hasta la edad de 67 años, todos sus amigos, colegas y familiares no dudaban en describir como jovial, alegre, atento, incluso cariñoso. Decididamente humano. Y siguió siendo decididamente humano, con toda la complejidad de la humanidad que nos hermana a todos como especie, cuando se supo que, durante diez años, había estado sedando a su mujer para violarla y para que la violaran hasta cincuenta hombres en distintos lugares. 

Este libro muestra la humanidad de este hombre, la terrible, insoportable, atroz humanidad de un hombre que por momentos es imposible no calificar de monstruo inhumano, pero cuya conducta no dejar de ser producto de una cultura humana en la que vivimos todos, la cultura de la violación, y de una mente incapaz de responsabilizarse de sus actos. Una mente que también es perturbadoramente humana. 

¿Cómo se reacciona ante este horror? ¿Qué mecanismos de defensa desarrolla una mujer cuando se entera por la policía de lo que su marido le ha estado haciendo durante tanto tiempo? 

Gisèle Pelicot ha sido nombrada como la mujer más influyente en 2025 por medios como la BBC, Time Magazine o The Independent y ha recibido la Legión de Honor, la más alta distinción civil de Francia. En palabras de su hija: «parece una reina medieval. Cuello recto, barbilla alta y ni una queja. Ella es la verdadera heroína, de pie en medio de las ruinas». Su juicio abierto al público la convirtió en un referente, en un icono de la lucha contra la cultura de la violación en el mundo entero. Y en este libro cuenta, no solo el horror por el que tuvo que pasar desde que se enteró de lo que le habían hecho, sino toda su vida, una vida marcada por la voluntad de entender, de aferrarse a la alegría y a la esperanza pese a todo. 

Cuenta que no reconocía las versiones de su vida que oía en boca de sus hijos, de la policía o de los psicólogos. «Había sido feliz, estaba segura. No era solo una víctima». Que su marido la hubiera maltratado de esa forma no borraba cincuenta años de matrimonio. Si hubiera tenido que hacerlo, que borrar su memoria de su vida, se habría tenido que borrar a sí misma también. No habría vivido. Y no quiso renunciar a toda la felicidad familiar que había atesorado a lo largo de medio siglo de matrimonio, pese a todo. 

Es difícil leer algunas partes. Como ella misma dice, supone «un salto a otra dimensión, a un lugar donde la humanidad ha dejado de existir y el lenguaje se detiene». El caso pronto se convierte también en una carcoma para la familia, nos cuenta. Envenena sus vínculos. La hija no entiende el aplomo de la madre, que confunde con aceptación sumisa. Pero la madre no sabe cómo protegerse de otra forma. Cada uno de sus otros dos hijos reconfigura su historia como puede y sienten que la unidad familiar ha implosionado y ahora tienen que dirigir su deriva por separado. ¿Cómo pudieron vivir una infancia feliz al lado de ese monstruo? ¿Cómo no recordaban ni un aspecto oscuro de él? Se sienten «traicionados y culpables por haberse reído tanto con su padre, por haber jugado y cantado tanto con él, y sucios por ser hijos de semejante criminal. Preferían crear un vacío. Y ese vacío se extendía a mí». 

En vez de aniquilar su recuerdo, Gisèle Pelicot iba cortando, como una cirujana, pedazos de la memoria de su marido. Como se amputan miembros cuando se gangrenan. «Salvar un poco de él era salvar un poco de nosotros, salvar nuestra piel y todo lo que pudiera salvarse de los escombros de nuestra vida». Esa mujer «violada doscientas veces» de la que hablaban en la televisión no podía ser ella. Distanciarse de esa víctima expuesta a la morbosa voracidad del público la mantenía cuerda. 

He tenido este libro en el mostrador de la librería, sobre todo mientras lo iba leyendo a ratitos. Alguna persona lo miraba y me preguntaba. Recuerdo especialmente los comentarios de dos mujeres, de la misma generación que Gisèle Pelicot. Decían: vamos, tantísimas violaciones y nunca se dio cuenta, es que no hay quien se lo crea. Decían: si estaba casada con un monstruo, ella un poco se lo estaba buscando, ¿no? Decían: ¿y por qué no se divorció? Decían: ¿cómo es que nunca sospechó nada? Decían: ¿y viste lo bien que estaba, ahí sonriendo y todo? La ponían en duda. A pesar de las pruebas abrumadoras, a pesar de que, a diferencia de la inmensa mayoría de juicios por violación, aquí el acusado había confesado y había múltiples pruebas gráficas de sus crímenes, cuestionaban a la víctima. Dudaban de su dolor. La señalaban a ella. Como tantísimas personas todavía en todo el mundo, se erigían en censoras y la trataban de tonta. Sin decirlo, también decían: a nosotras nunca nos pasaría. 

Escritas junto a la premiada periodista y novelista Judith Perrignon, estas memorias son un ejemplo admirable, casi inverosímil, de coraje y pundonor, y una enorme inspiración para hombres y mujeres. Me ha sobrecogido la profundidad de algunas reflexiones, el retrato tan dolorosamente humano de este matrimonio roto sobre el que Gisèle Pelicot ha construido, palabra a palabra, un monumento a la dignidad. 




jueves, 21 de mayo de 2026

SIGO AQUÍ

Vuelvo a Maggie O'Farrell después de Hamnet y El retrato de casada con prudencia. No sé si volveré a encontrar esa emoción profunda, esa necesidad de quedarme en los libros, de no querer separarme de sus personajes. El listón está tan alto que me da vértigo asomarme desde allí arriba. Pero veo a P. llorar con las últimas páginas de Sigo aquí, el libro de relatos autobiográficos sobre experiencias cercanas a la muerte que O'Farrell escribió antes que Hamnet, y no necesito más recomendación. Su gratitud hacia los libros que la conmueven es una emoción en la que siempre nos encontramos. 

Maggie O'Farrell sufre ciertos problemas de coordinación y orientación espacial derivados de una enfermedad infantil. Le cuesta percibir correctamente las cosas en relación a su cuerpo. Por ejemplo, no puede agarrar un bolígrafo a la vez que habla con alguien. Debe pararse, mirar y dirigir la mano para conseguir ponerla en contacto con el bolígrafo. Privada del sentido de la vista, se desorienta inmediatamente. La autora cuenta en este libro las dificultades y los peligros que esta discapacidad le ha provocado en distintos momentos de la vida, junto con otros momentos límite que le podrían haber sucedido a cualquiera. Y esa vulnerabilidad es la joya brillante en el corazón de cada relato. 

Aunque no siempre nos hayamos dado cuenta, la gran mayoría hemos experimentado alguna experiencia cercana a la muerte. Pararse a pensar en ellas y percibir la trascendencia de esos momentos te cambia. «Aunque intentes olvidarlos, darles la espalda, ningunearlos con un encogimiento de hombros, se cuelan dentro de ti pese a todo. Se instalan en tu interior y forman parte de lo que eres, como un stent coronario o una grapa que sujeta un hueso roto». 

Todos estamos vivos por algo que se parece mucho al azar. Este libro rescata con delicadeza esos azares, esas grapas de nuestros huesos rotos, para mostrarnos la fragilidad, la bendita y aterradora y luminosa fragilidad de la que estamos hechos. Admiro mucho a Maggie O'Farrell. Yo quiero aprender a mirar como ella. A encontrar las palabras adecuadas para construir una sensibilidad valiente y libre como hace ella. Muy pocas personas consiguen transformar el miedo y el dolor en pura gratitud. 





lunes, 18 de mayo de 2026

LA AMIGA QUE ME DEJÓ

Las amigas no se dejan. Los amantes, las amantes, sí. Las relaciones románticas funcionan o se rompen. Son más rígidas. ¿Pero las amistades? Las amistades acompañan. Se pueden distanciar. Pausar durante semanas, meses, años incluso. Pero el vínculo de alguna forma se mantiene. Permanece en la memoria y en el presente como esa puerta difusa que siempre se puede volver a abrir. Esa ventana por la que se puede volver a mirar. ¿Pero cambiarle la cerradura a la puerta? ¿Tapiar la ventana? Pues aunque no se suela hablar de ello, la realidad es que sí, las amistades también se rompen. Las amigas se dejan. Se terminan. Hasta aquí, portazo y para siempre. 

Cuando esto sucede, como cuenta Nuria Labari en este pequeño ensayo, es una red que desaparece. Y después toca aprender a caminar con más cuidado. Toca negociar con el vértigo: ya no hay red entre tú y el suelo. Esta es una historia que viaja de la intimidad de dos mujeres a la abstracción y a conceptos universales para tratar de darle vueltas a qué es eso de la amistad y por qué nos llena y nos eleva, y luego nos hace tanto daño cuando acaba. 

La autora habla de la dificultad para hablar de ello. Si te deja tu pareja, si te echan del trabajo, si un familiar deja de hablarte, la queja parece que se acepta mejor. El desahogo, las horas de terapia, darle vueltas y vueltas para construir un relato que tenga sentido y amortigüe el golpe: todo se acepta bien. Es un palo, se entiende perfectamente. Pero si te deja una amiga no parece tan serio. De hecho, el mismo verbo, dejar, no termina de encajar con el concepto de la amistad. 

Frente a la familia tradicional, que subordina todos los afectos a los vínculos de sangre, cada vez se alzan más voces defendiendo las amistades como relaciones profundamente significativas, verdaderas familias elegidas que conforman nuestra identidad de una forma mucho más libre, profunda y enriquecedora. Desde la pérdida, Nuria Labari defiende la amistad como un plural fértil sin barreras, sin épicas ni obligaciones, imprescindible para la vida. Una amistad ética con el potencial para cambiar el mundo. 




jueves, 14 de mayo de 2026

UNOS CUANTOS SUEÑOS

¿Cuántas cosas dejamos de decir a lo largo de los años? ¿Cuántas veces pensamos en los futuros que no se hicieron realidad? ¿En qué habría pasado si? ¿Cuántos sueños podemos tener en la vida? ¿Cómo los sueños que alimentamos definen quiénes somos? ¿Qué pasa cuando renunciamos a un sueño importante? ¿Hasta qué punto una expectativa vital puede convertirse en una cárcel si nunca se cumple?

Unos cuantos sueños es la nueva novela de Chimamanda Ngozi Adichie, una década después del éxito mundial de Americanah. En ella reúne a cuatro mujeres africanas, muy distintas entre sí, pero unidas por unos sueños que no siempre logran cumplir. El peso de las expectativas familiares es tremendo en las cuatro: casarse y tener hijos, y hacerlo de la manera adecuada, parece todavía una losa ineludible en pleno siglo XXI. Y todo entre dos mundos contrapuestos: la Guinea y la Nigeria de sus orígenes frente al sueño de Estados Unidos, cuya promesa puede convertirse en cualquier momento en pesadilla. 

Esta es una novela sobre el amor y la felicidad, sobre el peso de las expectativas heredadas y cómo lo que tu familia espera de ti determina lo que tú anhelas para ti y lo que esperas del mundo. También es una historia de sororidad y de búsqueda de la felicidad en la amistad. Madres e hijas, mundo interconectado, supersticiones, amores pasajeros, corrupción y honestidad, mujeres privilegiadas cuya riqueza no colma una insatisfacción crónica, esta novela ilumina las zonas en sombra de las relaciones humanas con belleza y fuerza y esa compasión conmovedora que siempre encontramos en los libros de Adichie. 




lunes, 11 de mayo de 2026

M. EL HIJO DEL SIGLO

Se acaba de publicar la quinta y última parte de la colosal biografía novelada sobre la vida de Mussolini, de Antonio Scurati. Llevaba años queriendo leerla y posponiendo el momento, quizá esperando a tener la obra completa, para poder devorarla del tirón. Aunque un atracón de tal calibre entraña sus riesgos: la exposición prolongada al fascismo no es muy recomendable para la salud mental. Puede producir desasosiego, abatimiento e, incluso, erupciones de ira extemporáneas difíciles de combatir. Pero con el veneno, Scurati nos regala también el antídoto, pues su prosa es a la vez retrato fiel y advertencia: todo lo que una vez pasó puede volver a ocurrir. No bajemos la guardia. 

Esta historia monumental me ha removido mucho. Por muchos motivos. Y he aprendido hasta qué punto la historia del siglo XX sigue furiosamente viva en el siglo XXI. Por ejemplo, en todo lo que tiene que ver con la misoginia. Scurati cuenta que, tras la primera guerra mundial, las manifestaciones lideradas por mujeres dejaban a los hombres como Mussolini profundamente consternados. Que ellas se sumaran al debate político, que ambicionaran una participación en la vida pública resultaba intolerable para la dignidad masculina tal y como la entendían ellos. «A ese macho comerciante, autoritario, patriarcal, misógino, el grito antimilitarista y antipatriótico de mujeres y niños le hacía presagiar algo aterrador e inaudito: un futuro sin él». 

Pero no solo veían a las mujeres como un peligro. Estos «jóvenes impregnados del romanticismo de la guerra» consideraban que los socialistas ponían en peligro el futuro que anhelaban. La victoria en la guerra les había sabido a derrota, porque no había habido nadie en su país para recibirlos con honores, y ahora no sabían qué hacer con la vergüenza, la frustración y la ira. Mussolini les daba una salida y un sentido de pertenencia que conectaba con una gloria ansiada y nunca alcanzada: la de una victoria triunfal en un país que los acogiera como héroes.

El fin de la guerra más devastadora que se recordaba había acelerado la historia. Europa estaba conmocionada ante la dimensión de la destrucción y de la muerte que ella misma había provocado. Y ahora, además, se veía atacada por todos los frentes por la gripe española, la peor pandemia desde la Edad Media. Se respiraba un aire a apocalipsis, a mundo nuevo que estaba naciendo con sangre, violencia y utopías. Revoluciones proletarias se incendiaban al sur y también al norte de los Alpes. Las mujeres salían a las calles a reclamar una igualdad inaudita. Los mapas cambiaban de la noche a la mañana. La inflación se disparaba. Los imperios desaparecían. Y millones de hombres jóvenes buscaban certezas en un nuevo sentido de patria. En esa patria de la que hablaban los fascistas. 

Pero ¿qué eran los fascistas? Nadie lo sabía a ciencia cierta. Tampoco hoy. Se sabe qué no son. No son burgueses, no son socialistas, no son monárquicos. Son patriotas. Pero practican la antipolítica. Y la búsqueda de una identidad debe detenerse ahí. Así lo piensa Mussolini y sus secuaces. O lo deducen sin darle muchas vueltas. Tampoco son grandes pensadores. Se jactan de actuar sin pensar demasiado. La mayoría solo responden a la fuerza. Se emocionan cuando cantan sobre el honor y la muerte, y necesitan el odio para mantener el rumbo. Y a veces ni con esas se sabe qué pretenden. «Lo importante es ser algo que permita evitar los obstáculos de la coherencia, el lastre de los principios. Las teorías, y su consiguiente parálisis, Benito Mussolini se la deja de buena gana a los socialistas». 

Scurati ha hecho una genial descripción de la posguerra europea: una época convulsa, inestable, «pura borrasca», caos constante, una época fértil para un movimiento como el fascismo italiano que renegaba de cualquier etiqueta y basaba su fuerza en la acción, en la explotación del rencor y en la impulsividad agresiva. 

Describe algo terriblemente actual: cómo la retórica de la crueldad ensancha el marco de lo aceptable. Mientras sean otros los que dan palizas, los que matan, los que se ensucian las manos para que nosotros mantengamos nuestros privilegios, nosotros seguiremos mirando para otro lado o participando activamente desde la distancia, con la complicidad de las palabras, de los silencios y de los votos. Es una crueldad no solo normalizada, sino despreocupada. Juvenil, entusiasta, contestataria, afirmada desde emociones positivas de camaradería y espíritu alegre. Por eso cautiva. Porque para la mayoría, todo lo que provenga del entusiasmo cohesiona y atrae. 

Es sobrecogedor el momento en el que la clase burguesa, que posee la riqueza, el ejército, la judicatura y la policía, se desmarca de la legalidad y se arma contra el proletariado para preservar sus privilegios. La violencia se ha dado por buena, todos los que no simpatizan con los comunistas consideran a los fascistas como un mal menor, un agente patógeno, virulento pero necesario para la supervivencia del organismo social. «Una especie de vacuna inoculada bajo la piel contra el socialismo». Esta «vacuna» tardaría apenas dos años en destruir por completo la democracia que pretendía salvar. 

Mussolini les vendió a los italianos la idea de que solo los fascistas podían acabar con la violencia que ellos mismos habían promovido y desencadenado. Y que lo harían convirtiendo a los matones y a los asesinos en garantes de la justicia y custodios de la paz. Y la mayoría de los italianos bajaron la cabeza y le compraron la idea. 

El desenlace de esta historia fue de los más terribles de la historia universal. Todos lo conocemos. ¿Qué ideas compraremos en un futuro para apaciguar nuestra angustia? ¿Ante qué violencias bajaremos la cabeza? ¿Qué nos obligará a mirar para otro lado una y otra vez hasta que no haya ningún otro lado en el que esconder la mirada? 


 

jueves, 7 de mayo de 2026

MARCELINO

Llorando. Así he terminado esta novela. Intentando que no se me notara mucho, porque estaba en la librería, en uno de esos momentos tranquilos en los que los libreros cumplimos el tópico romántico y nos ponemos a leer detrás del mostrador. Disimulando, pero sí, llorando. A ver qué palabras encuentro ahora para explicarlo. Para explicar qué es esto que acabo de leer y presentaros a Marcelino. Ay, Marcelino. 

Marcelino es un hombre callado. Muy callado. Sufre un silencio que no sabe muy bien cómo gestionar, un «maldito dolor del habla. Esa sensación de estirar el brazo y no llegar a la balda de las palabras». A los hombres de su generación no les han enseñado a hablar de emociones. Ni a preguntar por ellas a nadie. Y menos a las mujeres. Pero, a diferencia de otros hombres y de otras mujeres, Marcelino sí sabe que esa balda existe y que algo tendría que hacer para alcanzarla. 

Le inquieta estar con mucha gente y se le ve casi siempre en silencio. Solo quiere estar tranquilo y que estén tranquilos los demás. «Que vivir ya es mucho esfuerzo, como para irlo complicando». Le gustaría romper su mutismo «como la mata rompe la tierra». Pero no lo consigue y se le cierra la boca y la luz de la cabeza. Piensa que tiene algo estropeado dentro. Quién le va a aceptar sus silencios. Esa forma de callarse y no decir nada y mirarlo todo con ojos de agua. Quién si no su Encarna. 

Esta es una novela de amor entre un hombre callado y una mujer bulliciosa en un pueblo de gente humilde, atosigado por la miseria, que llora más por una alpargata rota que por un amor despechado —«zagalas hay muchas, me dijo, pero calzado no tengo más que este»—. Tras sus Yeguas exhaustas, que me resonó de muchas maneras, Bibiana Collado Cabrera me ha vuelto a embrujar con una historia rural protagonizada por una voz noble, delicadísima en su aparente aspereza, inocente y sabia. La voz de una masculinidad vulnerable que habla de sexo, de dolor, de vejez y de una férrea voluntad de comprender que me ha dejado temblando de emoción. Vaya despliegue de lenguaje sensorial, apretado a la tierra, a sus rigores y dulzuras. Qué belleza. Después de leer esta novela, cualquier otra de pronto me va a saber a poco. Creo que me voy a pasar mucho tiempo echando de menos a este Marcelino en cada esquina. Sus decires y sus silencios se quedan aquí ya conmigo para siempre.