Tendemos a asociar la palabra humano con algo positivo. Cuando hablamos de una persona muy humana, o de un gesto de gran humanidad, estamos ensalzando a la persona y al gesto. Sin embargo, en su acepción más literal, humano describe simplemente nuestra especie como seres racionales. Dominique Pelicot es un hombre sin duda racional. Es un hombre que, hasta la edad de 67 años, todos sus amigos, colegas y familiares no dudaban en describir como jovial, alegre, atento, incluso cariñoso. Decididamente humano. Y siguió siendo decididamente humano, con toda la complejidad de la humanidad que nos hermana a todos como especie, cuando se supo que, durante diez años, había estado sedando a su mujer para violarla y para que la violaran hasta cincuenta hombres en distintos lugares.
Este libro muestra la humanidad de este hombre, la terrible, insoportable, atroz humanidad de un hombre que por momentos es imposible no calificar de monstruo inhumano, pero cuya conducta no dejar de ser producto de una cultura humana en la que vivimos todos, la cultura de la violación, y de una mente incapaz de responsabilizarse de sus actos. Una mente que también es perturbadoramente humana.
(¿Cómo se reacciona ante este horror? ¿Qué mecanismos de defensa desarrolla una mujer cuando se entera por la policía de lo que su marido le ha estado haciendo durante tanto tiempo?
Gisèle Pelicot ha sido nombrada como la mujer más influyente en 2025 por medios como la BBC, Time Magazine o The Independent y ha recibido la Legión de Honor, la más alta distinción civil de Francia. En palabras de su hija: «parece una reina medieval. Cuello recto, barbilla alta y ni una queja. Ella es la verdadera heroína, de pie en medio de las ruinas». Su juicio abierto al público la convirtió en un referente, en un icono de la lucha contra la cultura de la violación en el mundo entero. Y en este libro cuenta, no solo el horror por el que tuvo que pasar desde que se enteró de lo que le habían hecho, sino toda su vida, una vida marcada por la voluntad de entender, de aferrarse a la alegría y a la esperanza pese a todo.
Cuenta que no reconocía las versiones de su vida que oía en boca de sus hijos, de la policía o de los psicólogos. «Había sido feliz, estaba segura. No era solo una víctima». Que su marido la hubiera maltratado de esa forma no borraba cincuenta años de matrimonio. Si hubiera tenido que hacerlo, que borrar su memoria de su vida, se habría tenido que borrar a sí misma también. No habría vivido. Y no quiso renunciar a toda la felicidad familiar que había atesorado a lo largo de medio siglo de matrimonio, pese a todo.
Es difícil leer algunas partes. Como ella misma dice, supone «un salto a otra dimensión, a un lugar donde la humanidad ha dejado de existir y el lenguaje se detiene». El caso pronto se convierte también en una carcoma para la familia, nos cuenta. Envenena sus vínculos. La hija no entiende el aplomo de la madre, que confunde con aceptación sumisa. Pero la madre no sabe cómo protegerse de otra forma. Cada uno de sus otros dos hijos reconfigura su historia como puede y sienten que la unidad familiar ha implosionado y ahora tienen que dirigir su deriva por separado. ¿Cómo pudieron vivir una infancia feliz al lado de ese monstruo? ¿Cómo no recordaban ni un aspecto oscuro de él? Se sienten «traicionados y culpables por haberse reído tanto con su padre, por haber jugado y cantado tanto con él, y sucios por ser hijos de semejante criminal. Preferían crear un vacío. Y ese vacío se extendía a mí».
En vez de aniquilar su recuerdo, Gisèle Pelicot iba cortando, como una cirujana, pedazos de la memoria de su marido. Como se amputan miembros cuando se gangrenan. «Salvar un poco de él era salvar un poco de nosotros, salvar nuestra piel y todo lo que pudiera salvarse de los escombros de nuestra vida». Esa mujer «violada doscientas veces» de la que hablaban en la televisión no podía ser ella. Distanciarse de esa víctima expuesta a la morbosa voracidad del público la mantenía cuerda.
He tenido este libro en el mostrador de la librería, sobre todo mientras lo iba leyendo a ratitos. Alguna persona lo miraba y me preguntaba. Recuerdo especialmente los comentarios de dos mujeres, de la misma generación que Gisèle Pelicot. Decían: vamos, tantísimas violaciones y nunca se dio cuenta, es que no hay quien se lo crea. Decían: si estaba casada con un monstruo, ella un poco se lo estaba buscando, ¿no? Decían: ¿y por qué no se divorció? Decían: ¿cómo es que nunca sospechó nada? Decían: ¿y viste lo bien que estaba, ahí sonriendo y todo? La ponían en duda. A pesar de las pruebas abrumadoras, a pesar de que, a diferencia de la inmensa mayoría de juicios por violación, aquí el acusado había confesado y había múltiples pruebas gráficas de sus crímenes, cuestionaban a la víctima. Dudaban de su dolor. La señalaban a ella. Como tantísimas personas todavía en todo el mundo, se erigían en censoras y la trataban de tonta. Sin decirlo, también decían: a nosotras nunca nos pasaría.
Escritas junto a la premiada periodista y novelista Judith Perrignon, estas memorias son un ejemplo admirable, casi inverosímil, de coraje y pundonor, y una enorme inspiración para hombres y mujeres. Me ha sobrecogido la profundidad de algunas reflexiones, el retrato tan dolorosamente humano de este matrimonio roto sobre el que Gisèle Pelicot ha construido, palabra a palabra, un monumento a la dignidad.
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