jueves, 30 de abril de 2026

AMIGA MÍA

Si los libros fueran carreteras, esta preciosa novela de Raquel Congosto sería una carretera rural llena de bifurcaciones, ensanchamientos, recovecos y meandros. A diferencia de esas novelas que parecen autopistas sin salidas, por las que circulas a toda mecha, eufórico de velocidad, sin tiempo para pensar en nada, esta es una historia que va y viene, que juega con los personajes, que se hunde y emerge y oscila entre la añoranza y la ternura, y deja todo el tiempo del mundo para contemplar los paisajes de un amor generoso de múltiples caras: el de la pareja, el de la madre y, sobre todo, el amor de la amiga. 

A veces he sentido cierta envidia, cierto anhelo de que esa socialización femenina que permite amistades tan flexibles, profundas y duraderas estuviera al alcance de cualquiera. Yo también quiero una amiga así, aunque termine dejándome y tenga que sobrevivir a ese duelo. Yo también quiero una amiga como Marina, una amiga martíngaite que me escriba cartas y me pida las nubes, la luna y que le escriba. Una amiga a la que dedicarle una novela para decirle que no entiendo por qué acabó todo y cómo pudo ser, pero que lo vivido bien merece un monumento titulado Amiga mía. 

«Se huelen las carencias mutuamente y las combaten con habilidades complementarias. O eso es lo que piensa Celia cuando trata de explicarse la intensidad de su relación. Como si el dolor al que tuvieron que sobrevivir de niñas hubiera escarbado sus cuerpos por dentro dejando un hueco con la talla exacta de la otra». Las dos mujeres de esta historia comparten una pasión por la arquitectura que las lleva a compartir piso y proyecto. Lo comparten todo. Menos intimidad sexual, todo. De hecho, son pareja, aunque no se reconozcan como tal ante los demás. Lo cual lleva a pensar por qué trazamos líneas divisorias entre tipos de afecto. Por qué jerarquizamos. Por qué es más importante la familia que los amigos. Por qué lo obligatorio ocupa un lugar que nada elegido podrá ocupar jamás. 

«Se supone que se termina viviendo en pareja o sola, pero no con una amiga. Una amiga vale como compañera de piso. Es un mientras tanto, pero no una opción de vida». El peso de lo que se supone puede determinar una vida. Son dos mujeres contra el mundo. Hay que tener valor para desafiarlo. Para reivindicar un plural construido no desde la tradición, ni desde el sexo, sino desde una intimidad igual de profunda y valiosa, pero fuera de la norma. 

Y sobre tradición y familias también va esta novela. Es uno de sus muchos recovecos. Sobre familias que no saben darle un lugar al dolor ni al miedo. Que prefieren el silencio a cualquier palabra que lo quiebre hacia abajo, hacia lo profundo. Las palabras solo se aceptan si lagartijean por la superficie, si nunca penetran en nada que verdaderamente importe. Lo importante, lo profundo, se calla. Lo aceptable, lo normal, es lo que se comparte constantemente, y lo que se olvida al instante. Familias cuya máxima es seguir adelante, siempre, sin mirar a los lados ni, sobre todo, hacia dentro. Seguir adelante como si no pasara nada. Pasar página lo antes posible, porque el dolor es como una pelusa de polvo, hay que eliminarla o esconderla bajo la alfombra, no querrás que vengan a verte y la vean por ahí pululando, qué vergüenza, por favor. 

Y luego, también, coloreando la añoranza en cada recodo del camino, está la voz de Matilda, la hija de la protagonista. «Ser mitológico, invención de un hada». Porque esta novela también es una carta de amor a esa niña que no para quieta y que en cada página te roba el corazón.  





lunes, 27 de abril de 2026

AMIGOS

Qué cosita preciosa este cuento. Da casi apuro contarlo porque puesto en palabras pierde la magia. Y es que este cuento no tiene texto, es solo ilustración. Solo emoción. Colores, dibujos, expresiones. Un niño chiquito que encuentra en un perro grandote a un amigo. Un amigo que le quita los miedos. Que le colorea los días. Y que le enseña a vivir de otra manera. 

Con él a su lado, el túnel por el que pasa para ir al cole es menos oscuro. Con él a su lado, el viejo perro cascarrabias que siempre le ladra se queda quietecito en un rincón. Con él a su lado, el señor mayor sentado en un banco que nunca deja de mirarlo aparta la mirada y en vez de miedo ya solo da un poco de pena. Con él a su lado, cada día es una aventura distinta y emocionante. 

Incluso el día que no se lo encuentra, como siempre, esperándolo al salir de la escuela. El día que le llama y lo busca y no aparece por ningún lado. El día que, cuando por fin lo ve, el perro se queda mirando triste a través de una verja a una señora mayor. Incluso ese día, todo terminará de la mejor manera posible porque la amistad, esa alegría constante de ida y vuelta, vencerá cualquier obstáculo. 




jueves, 23 de abril de 2026

LOS NOMBRES

Cora va con su hija de nueve años a inscribir en el registro civil al hijo que acaba de dar a luz. La tradición familiar ya le ha impuesto un nombre: Gordon. Gordon se llama su marido, Gordon se llama su suegro. Gordon es la antorcha que su familia política pasa de una generación a otra. Un legado que Cora presiente funesto. Si le pone Gordon a su hijo, ¿heredará también la violencia de su marido? ¿Su ira, su mirada sombría? ¿Qué poder tendrá ese nombre para oscurecer la inocencia del bebé que tiene ahora entre sus brazos?

Cora duda. Ir contra la voluntad de su marido puede ser peligroso. Pero la decisión que haga ese día puede marcar el rumbo de la vida de su hijo. De la vida de todos. Su hija ya ha elegido un nombre para su hermanito: Bear. Cora también ha elegido: su hijo se llamará Julian. Gordon, Julian, Bear. ¿Puede un nombre determinar una vida?

En su primera novela, Florence Knapp ha escrito tres versiones de una misma vida. Con saltos temporales de siete años, seguimos a Bear, Julian y Gordon, el mismo niño con tres vidas muy distintas, marcadas por la decisión tomada una mañana de tormenta en el registro civil. Y por la sombra de un padre maltratador que no cejará nunca en su empeño por imponer su voluntad, cueste lo que cueste. Esta es la historia de tres nombres, tres versiones de una vida, y las infinitas posibilidades que una sola decisión puede llegar a desencadenar. Es la historia de una familia, y de cómo el amor resiste y perdura entre sus miembros, uniendo las piezas rotas en cicatrices que dan cuenta de todo lo vivido. 

Me ha parecido una novela original y conmovedora sobre la fuerza del amor para vencer las violencias y sobre el poder del azar para zarandear nuestras vidas a su capricho. Es una historia contada con delicadeza que duele y da esperanza. 





lunes, 20 de abril de 2026

A MÍ NO ME HA PASADO NADA

Qué libro más necesario e importante ha publicado Ana Marcos. He acabado la lectura lleno de admiración por su trabajo, por el tono que ha conseguido en estas páginas y la fuerza que trasmite desde la más honesta vulnerabilidad. Es un ensayo cortito (123 páginas) sobre la dificultad de identificar lo vivido como violencia. Como algo inaceptable. Como algo denunciable. Sobre la dificultad de identificarse como víctimas que sienten muchas mujeres que han sufrido violencia sexual. 

Pasa con la mayoría de las violencias, pero con la violencia sexual es especialmente significativo. La violencia es lo que les pasa a las demás. Decir «a mí también me han violado» es un salto al vacío. Implica un coraje extraordinario. Admitir algo así es arriesgarse a que lo vivido vuelva una y otra vez, a reescribir la propia historia cada día y que duela cada día. Ante la violencia, el primer mecanismo de defensa es bloquear. Bloquear lo que ha pasado. Ignorarlo. Luego, minimizarlo. Quitarle importancia. No puede ser tan grave. El consentimiento se vuelve una línea difusa, sujeta a interpretación. Desoladoramente subjetiva. 

«Vivimos en un sistema patriarcal muy efectivo en su misión de silenciar, cuando no integrar, las violencias contra las mujeres». El primer cuestionamiento es el que se hace una víctima a sí misma. Ana Marcos cuenta que cuando empezó a entrar en contacto con mujeres que habían vivido situaciones «raras» en el mundo audiovisual, le decían: «Vas a pensar que soy tonta». «Me escucho y parezco idiota». «¿Cómo me pudo pasar esto a mí?». Estos juicios sumarísimos que las víctimas se imponen, y que a menudo son el primer y definitivo dique contra la posibilidad de que sus testimonios salgan a la luz, son un ejemplo de lo bien cimentada que está la cultura de la violación. 

Ana Marcos fue una de las tres periodistas cuya investigación en 2023 y 2024 destapó los abusos sexuales en el cine español e impulsó una serie de cambios culturales e institucionales. Y ha escrito este libro para contar cómo lo que ocurre en el mundo audiovisual es solo un ejemplo más de cómo opera la cultura de la violación y cómo las víctimas encuentran múltiples obstáculos para contar lo sucedido. «Ellas le habían abierto la puerta de su casa a su supuesto agresor porque, después de una noche de seducción, les apetecía. Los hechos que relatan sucedieron en un lugar donde solo había dos personas; sería su palabra contra la de un hombre reconocido en su sector profesional y protegido por un círculo de cineastas con cierto poder. ¿De dónde iban a sacar las fuerzas para explicarle a un policía, a una trabajadora social, a su propia psicóloga o tal vez a un juez lo que les había sucedido? ¿Por qué tenían que ser ellas las valientes? Puede que alguno de estos argumentos ayude a explicar por qué en España, según datos del Ministerio de igualdad, solo un 8% de las víctimas que sufren violencia sexual se atreven a denunciar». 

«Ojalá sirva», se dice Ana Marcos —y les dice a las mujeres que le ofrecen su testimonio de violencia— cada vez que cierra un artículo, cada vez que se expone a la furia misógina por denunciar las violencias contra las mujeres. Este libro, junto con otros que he leído sobre este tema, me ha servido para volver un poco menos vergonzosa mi ignorancia, para nutrir mi capacidad de empatía, para entender que escuchar dignifica a quien escucha y a quien habla, para aprender, siempre, de situaciones que nunca viviré pero que siempre me tocan de cerca. Ojalá sirviera de más. Ojalá lo leyera más gente y su mensaje calara más. Pero ya sirve. Hablar, señalar, compartir, poner voz y cuerpo al maltrato, como hace Ana Marcos, siempre sirve. 


 


jueves, 16 de abril de 2026

BORRAR LA HISTORIA

La idea que nos divide entre un «ellos» y un «nosotros», apelando a diferencias étnicas, raciales, religiosas o culturales, sigue permeando en buena parte de la población, transmitiéndose de generación en generación. Incluso en aquellas personas que no se consideran fascistas, ni de derechas. Y es que hay muchas personas que votan a partidos de izquierdas y que hacen gala de una militancia antifascista, pero que recelan de los extranjeros, perciben su identidad nacional de forma excluyente y consideran que lo de aquí de toda la vida no solo es lo mejor, sino lo único correcto. 

La ideología autoritaria no es solo una idea política. Vive y se reproduce, como un patógeno tóxico, en la mayoría de interacciones sociales que hacemos a diario, en vecindarios, comidas familiares, tribunales, redes sociales y, por supuesto, en una de las instituciones con más proyección igualitaria: las escuelas públicas. 

Sobre el impacto del autoritarismo en la educación, y más concretamente en la enseñanza de la historia, trata este interesantísimo ensayo de Jason Stanley, autor del imprescindible Facha. «El pasado es un campo de batalla en la lucha por un futuro libre de fascismo. Recordar es resistir». En ese campo de batalla parece que hay dos bandos muy diferenciados: en un lado tenemos la defensa de la jerarquía, la obediencia, la autoridad, la uniformidad, las ideas inamovibles, los dogmas, la desigualdad. En el otro, la defensa de la democracia, la pluralidad, la diversidad, la libertad de pensamiento y expresión, el cuestionamiento, el debate, la tolerancia, la igualdad. Decidir en qué bando queremos estar puede resultar decisivo para determinar si acabamos viviendo en un país gobernado por políticas fascistas o no. 

Al entrar en gobiernos, la extrema derecha intenta hacerse con consejerías y ministerios desde los que pueda ejercer mayor influencia. La cultura, los asuntos sociales y la educación son sus presas más codiciadas, desde donde pueden determinar la vida de millones de personas y, especialmente, influir en los relatos que nos contamos para construir la sociedad. Una de las armas más eficaces de control social es la educación, y en especial, la historia. Si controlas el relato del pasado, legitimas el presente, amordazas la resistencia y la posibilidad de liberación en un futuro. 

«Una educación que glorifica una identidad nacional, étnica o religiosa es incompatible con la democracia o el florecimiento humano» y el caldo de cultivo para el surgimiento de un estado fascista. Una nación que se presenta como superior a sus vecinos y relata sus pecados como si fueran triunfos sienta las bases para convertirse en una nación fascista. El objetivo de borrar la historia y reescribirla a capricho del nacionalismo excluyente es ejercer el poder y la dominación neutralizando la crítica. Una persona o un pueblo sin capacidad para contar su historia es una persona o un pueblo vulnerable a cualquier intento de manipulación y sometimiento. 

Evitar el avance hacia la crueldad es el objetivo educativo más importante para una sociedad. Y la lucha por pararlo empieza en casa, en lo que los padres transmiten a sus hijos, y libra una batalla crucial en la escuela, donde nos formamos como personas y tenemos la posibilidad de forjarnos un criterio basado en la libertad y en el espíritu crítico. La extrema derecha no solo amenaza nuestro presente: pretende manipular y borrar nuestro pasado con el fin de controlar nuestro futuro. 


 


lunes, 13 de abril de 2026

TODO FINAL ES UN COMIENZO

Andy es un cómico y le acaban de dejar. Su colega Emery le dice que «un corazón roto es el mejor atrezo que puede tener un bufón», pero él no lo ve tan claro. Sospecha que se está quedando calvo (tiene una carpeta en el móvil donde va guardando fotos semanales de su coronilla para controlar la debacle). No tiene ahorros. Sus amigos están todos emparejados y con hijos y no saben cómo consolarlo. Vive con un misántropo conspiranoico, coleccionista de sopas en lata de setenta y ocho años. Y echa tanto de menos a Jen que piensa que la vida sin ella ya solo va a consistir en hacer equilibrismos imposibles por la cuerda floja. 

Siente una insatisfacción permanente. Salir de fiesta se ha convertido en una forma de distraerse de sí mismo, de su necesidad de más cercanía, más amor, más aplauso, más conexión. Siente que nunca tendrá validación suficiente, que siempre estará buscando algo que no sabe precisar. Piensa que toda alegría necesita saberse al borde de la tristeza. Nada dura, nada permanece. A veces quiere poner todo su empeño en volver a ser persona, pero se da cuenta de que cuanto más lejos está del dolor, más lejos está de ella. «A los buenos momentos les hace falta tener debajo el fuego de la tragedia para seguir en ebullición». 

Lo peor, a veces, es cuando queda con sus colegas y constata ese terror tan masculino a mostrarse vulnerables, la incomodidad ante las conversaciones sobre emociones, ese no saber aceptar nunca un cumplido, no tolerar más expresión de amor que la de una pareja. Piensa: «Quiero tirarles mi dolor en la cara para obligarlos a reconocer en voz alta por lo que estoy pasando. Quiero llevarles mi ruptura mutilada en la boca y dejársela delante como un gato que trae un ratón ensangrentado del jardín». Pero no lo hace. Claro que no lo hace. Tiene demasiado miedo a que bajen la cabeza y solo puedan responderle con un silencio avergonzado. 

Mientras tanto, su ex se ha ido a un hotel con spa con sus amigas. Y se la imagina «descansando en una gran suite, bebiendo vino, hablando de esa forma en la que a veces oía que hablaban cuando venían a su piso. Cada una esperando su turno para presentar una emoción que ha sentido y todas colocándola bajo el microscopio para examinarla, como si fuera una piedra preciosa de mil millones de caras». ¿Por qué los hombres no pueden hacer lo mismo? ¿Por qué la única salida parece ser alejar todo lo posible las emociones con alcohol para tratar de dejar de sentir, en vez de afrontar el dolor y tratar de sanarlo compartiéndolo?

Muy en la línea de El factor Rachel, de Caroline o'Donoghue, de ¿Y los hombres qué?, de Caitlin Moran, o de Alguien como tú, de Nick Hornby, esta novela fresca, cercana y divertida retrata muy bien cómo afrontan las rupturas amorosas los treintañeros y los pasos titubeantes y encantadores que dan en la cuerda floja de eso que hemos aprendido a llamar amor romántico. Me ha encantado el retrato que hace de la socialización masculina frente a la femenina y de ese momento en la vida en que nos damos cuenta de que todo lo que creíamos saber sobre la amistad y el amor se viene abajo y tenemos que empezar a repensarlo todo de nuevo desde abajo. Una delicia de novela, para comentar con amigos y parejas y convertirla en un espejo humorístico pero verdadero donde ver nuestros propios equilibrismos por la cuerda floja. 




jueves, 9 de abril de 2026

EL TOPO DORADO

Este es el libro que Gerald Durrell les leería a sus nietos, de vuelta en Corfú, a la sombra de un pino bajo el incesante canto de los pájaros en una tarde de verano. Las historias que cuenta Katherine Rundell en este libro mágico y fabuloso parecen sacadas de los cuentos que contamos a los niños para ir a dormir. Algunas, incluso, por su hermosura y su rara belleza, desafiarían la capacidad infantil para creerse las maravillas. Y es que la naturaleza ofrece una diversidad tan alucinante que a menudo supera nuestra propia imaginación. «El mundo real es tan asombroso que nuestra capacidad de asombro, por enorme que sea, apenas es capaz de rascar la superficie de la verdad». 

Pájaros que, desde que salen del nido hasta que mueren, nunca llegan a posarse en ningún sitio y vuelan cada año el equivalente a cinco vueltas alrededor de la Tierra. Ranas cuyo corazón congelado es capaz de volver a latir cuando llega la primavera. Delfines que cantan a sus crías antes de nacer para que se aprendan su canción. Tiburones que nacieron en la época de Shakespeare y que aún hoy siguen aleteando con parsimonia centenaria a más de dos kilómetros bajo la superficie del mar. Cangrejos de un metro de largo con una fuerza de mordedura en sus pinzas que es dos veces más potente que la de la mandíbula de los tigres. Elefantes que producen sonidos indetectables por el ser humano con los que se comunican con otros elefantes a cientos de kilómetros de distancia. Las historias que nos cuenta Katherine Rundell son semillas que brillan en la oscuridad y contienen el potencial necesario para hacernos entender la fragilidad del mundo maravilloso que nos rodea. Y nuestra responsabilidad para conservarlo. 

Con humor, ingenio, sensibilidad y una gran capacidad de evocación, este libro bello e inclasificable es una llamada urgente a preservar la infinita diversidad natural de nuestro planeta de la inminente extinción. Nuestro planeta no es nuestro, es de todos los seres vivos que lo habitan. Aprender detalles asombrosos sobre sus hábitos, sobre su belleza, su involuntaria elegancia, su dureza y su delicadeza, sobre su espontánea gentileza, sobre la sofisticación de su inteligencia y su capacidad de resistencia, puede ser una forma de apreciar mejor la magnificencia de lo que nos rodea para procurar no contribuir a su mutilación y desaparición. 




lunes, 6 de abril de 2026

NO ME OLVIDES

¡Qué historia más bonita! Al leerla he pensado en un buzo. Un buzo que pasa horas nadando en profundidades donde los demás solo ven oscuridad. Y que, gracias a ese esfuerzo y esa paciencia, a veces encuentra tesoros ocultos para los que vivimos en la superficie. Alix Garin escribió esta historia en 2021, cuando tenía tan solo veinticuatro años, y me parece un prodigio que se atreviera a bucear a tamaña profundidad y que, además, supiera transmitir los tesoros que encontró con tanta generosidad y delicadeza. 

La abuela de Clémence decae día a día desde que vive en la residencia. Cada vez reconoce menos su entorno, se siente prisionera y, cuando tiene oportunidad, se escapa. No para de decir que quiere ir a la casa de su infancia, la que tenían sus padres en la playa, que la están esperando, que deben de estar muy preocupados, por favor, que la dejen ir. Hasta ahora la han encontrado siempre ilesa, pero su salud se va resintiendo poco a poco, y a su nieta le parte el alma verla así cada vez que va a visitarla. 

Un día, incapaz de soportar ser testigo de ese deterioro, Clémence decide hacer una locura: hacer caso a los ruegos recurrentes de su abuela y llevarla a la casa de la playa. A más de diez horas de coche. Quizá, quién sabe, así podrá su abuela conectar con su pasado, ver la casa con sus propios ojos y asumir el paso del tiempo. El Alzheimer, como siempre, tiene sus propias reglas y tiende sus trampas de las maneras más insospechadas. 

Alix Garin ha escrito una historia dulce y emocionante, sencilla y triste, sobre los impulsos que mueven el amor y sobre un reencuentro que también es una despedida. Me ha recordado un poco a Las gratitudes, de Delphine de Vigan, por ese temblor que te produce en las profundidades de la emoción mientras te saca una sonrisa cómplice. Esta novela gráfica recibió multitud de premios en 2021, creo que se los merece todos.