jueves, 28 de marzo de 2019

EL CASO MAURIZIUS

Uno de los libros que más marcó mi adolescencia fue Crimen y castigo. Lo leí en bachillerato, y recuerdo que después de terminarlo me pasé varios meses sin encontrar una novela que me gustase: el bueno de Dostoyevski había puesto el listón a una altura inalcanzable (y en buena medida, ahí sigue). Recuerdo el asombro. Y cómo trastocó mi forma de pensar en la justicia cotidiana, en la culpa, en lo que está bien y lo que está mal, y cómo vivimos con las consecuencias de nuestros actos. Vamos, que la novela me abrió los ojos (de sopetón, con la violencia de un vendaval que entra en una casa haciendo volar las puertas) a lo que sería a partir de entonces mi vida adulta. 

Si hubiera leído entonces El caso Maurizius quizá me habría pasado algo parecido. Comparte con la obra maestra del ruso la impetuosidad, la pasión y la capacidad para profundizar en los abismos del ser humano a través de unos personajes complejos e infinitos, shakespearianos en su universalidad. Y tiene algo de esa fuerza iniciática, capaz de abrirte los ojos a una forma nueva, más matizada, con más dudas, de entender la vida. 

Es la primera novela que leo de Wassermann, y me alegro. Tengo la sensación de haber entrado en un palacio lleno de estancias con mil recovecos interesantes e impactantes por descubrir. Un palacio en el que me gusta pensar que suena música de Mahler, o del primer Schoenberg. Música expresionista y exaltada, turbulenta como las dos relaciones entre padre e hijo que vertebran la novela. Como los silencios cargados de sobreentendidos, enredados en un lenguaje que sólo ellos entienden y que sólo puede desembocar en dos sentencias: culpable o inocente. 

Esta es una novela muy masculina, habitada por hombres que disimulan tanto sus emociones que acaban por hacerlas desaparecer para siempre. Hombres acostumbrados a ser obedecidos. Hombres que, una vez que las circunstancias los sacan del camino recto y férreo que han elegido para su vida, se comportan de manera errática y enmudecen, asustados, como tratando de esquivar sus pensamientos. Es una novela sobre la noción de justicia (justicia masculina, por supuesto). Y un apasionado alegato en contra de la idea de que el derecho y la ley sean instituciones infalibles, y por lo tanto inmunes a la crítica humana y a la revisión. "Que los jueces y los fiscales no puedan equivocarse, ¡qué espanto!", exclama un personaje, cerca del desenlace. Casi un siglo después, el meollo de este asunto sigue sin estar superado, como vemos todos los días en las noticias. 

Jakob Wassermann
También es una novela sobre lo que el cautiverio hace con una persona a lo largo del tiempo. Sobre la corrosión que la falta de libertad puede provocar en el carácter humano. "La cárcel es un terreno en el que crecen plantas que ustedes aún no han clasificado y donde ocurren cosas que pertenecen a un mundo que está más allá de toda ley". Parece haber sido escrita de un tirón, en una estado febril, en trance. Tiene ese tono de urgencia de lo que no puede guardarse dentro, y hay párrafos enteros, muy al estilo de Dostoyevski, que parecen ser el resultado de una explosión incontenible, lava verbal que arrasa con todo juicio y sentimiento que encuentra en su camino. 

Pensé, no sé por qué, que encontraría en Jakob Wassermann una versión atormentada de Stefan Zweig. Pero es mucho más que eso. Esta novela, primera de una trilogía, es una indagación apasionada y angustiada sobre la conciencia, la moral y la frecuente incapacidad de la ley para juzgar a los hombres con justicia. Y conserva la fuerza, casi un siglo después de su publicación, de hacer volar las puertas de la conciencia de cualquier lector que se acerque desprevenido a sus páginas. 



lunes, 25 de marzo de 2019

CONTRA EL FASCISMO y SOBRE LA TIRANÍA

Nos hemos acostumbrado a dar por sentado nuestros derechos. Como si las cosas sólo pudieran mantenerse o mejorar. Pensamos que la democracia es indestructible. Que lo que les pasó a Italia y Alemania en los años veinte y treinta no puede volver a pasar. Nos hemos inventado un futuro en el que siempre habrá democracia y cada vez tendremos más derechos. Hoy en día escuchamos las palabras fascista y nazi con total tranquilidad: su uso extensivo ha difuminado tanto su contorno que apenas proyectan amenaza. Y lo cierto es que razones para el optimismo no faltan. Pero nada está a salvo para siempre. Los derechos civiles no son logros inamovibles, no son monumentos eternos. Son construcciones precarias que sufren ataques todos los días y que sólo seguirán en pie si no nos olvidamos de que pueden ser abatidos. 

Estos dos breves ensayos comparten un tono de urgencia. Y una advertencia que ya empieza a resultarnos familiar: el fantasma del fascismo recorre Europa, y conviene saber reconocerlo allá donde surge para poder combatirlo de la mejor manera posible. 

Contra el fascismo es la transcripción de una conferencia que dio Umberto Eco en Estados Unidos en 1995. En ella ya alertaba de que la ideología fascista no estaba muerta y enterrada, como muchos parecían creer. Había brotes de ella por doquier, pero a veces costaba reconocerla porque adoptaba tonos y formas nuevas, acordes a los nuevos tiempos. Sin embargo, sus principios variaban muy poco de los principios básicos del fascismo italiano, que Umberto Eco resumía de una manera cristalina para las nuevas generaciones en catorce arquetipos. 

Construcción de la identidad a través de la invención de un enemigo.
Subordinación de los actos individuales al Estado y a su ideología.
Culto a la tradición y a los valores tradicionales.
Desconfianza en la cultura, en la medida en que se la asocia con actitudes críticas.
Desconfianza en la ciencia, a menos que esté al servicio de la tradición.
La ciencia que entiende el desacuerdo como instrumento del progreso de los conocimientos es sospechosa.
El desacuerdo es traición.
Miedo y rechazo a la diferencia y a los diferentes.

Si estos arquetipos nos resultan familiares es que el fantasma del fascismo está más cerca de volverse corpóreo de lo que suponemos. 

En Sobre la tiranía, Timothy Snyder nos alerta de la amenaza de la tiranía que subyace en todas las democracias libres. Toma como ejemplo la historia europea del siglo XX y su enseñanza: "las sociedades pueden quebrarse, las democracias pueden caer, la ética puede venirse abajo, y un hombre cualquiera puede acabar plantado al borde de una fosa de la muerte con una pistola en la mano". Y contra la emoción que provoca el nacionalismo y su despliegue de banderas, contra la polarización de las sociedades que anula la capacidad de debate y de entendimiento, propone el diálogo, la aceptación y el fomento de la discrepancia constructiva y la resistencia firme ante cualquier atropello de la ética, de la dignidad y de la humanidad que nos ha hecho libres. 

Umberto Eco y Timothy Snyder nos dicen cosas muy sencillas que nunca deberíamos olvidar. Nos dicen que la tiranía necesita cómplices, millones de cómplices, para existir y prosperar. Y nos piden que no seamos nunca cómplices de ella. Nuestras sociedades libres se levantan sobre millones de muertos que lucharon por ellas y perecieron en el intento. Son monumentos frágiles. No nos olvidemos nunca de seguir apuntalándolos. 



jueves, 21 de marzo de 2019

LA CANCIÓN DE LOS VIVOS Y LOS MUERTOS

En un vuelo a Nueva York vi por casualidad una película que se me ha quedado grabada a fuego en la memoria. Fences, se titula. La vi de la peor manera posible: en una pantalla minúscula, con sueño, con un audio deficiente y creo que doblada al español. Pero el impacto me llegó igual. Escenas como palazos, como huracanes de emociones, como caricias que al final terminan haciendo más daño y llegando más adentro que cualquier golpe. Aquel contraste brutal entre el lirismo y la crudeza me provocó una emoción salvaje. Emoción que he reencontrado en esta historia portentosa que late como una vena hinchada: con dolor, con furia, con cansancio, con anhelo. 

"Él me vio. Vio más allá de la piel color café solo, de los ojos negros, de los labios ciruela, y me vio a mí, a mí. Vio la herida andante que yo era, y vino a ser mi bálsamo". Como en Fences, los personajes de esta novela son heridas andantes cuyo dolor tiene tantas ramificaciones que se pierden en la tierra, en el pasado y en el olvido. Heridas andantes de piel negra que, mecidos por la canción de los vivos y los muertos, susurran y tiritan como árboles estremecidos por el viento.

La herencia de la esclavitud es una losa en la convivencia en Estados Unidos y el racismo aquí explota en una serie de escenas de una intensidad escalofriante: un niño blanco, sucio, sentado a la entrada de su casa desvencijada, apuntando con un palo al coche que se acerca por la calle como si le disparara, pum, pum, pum, otro negro menos; un poli blanco parando a una familia negra en la carretera y a punto a dispararles a todos porque no se fía de ese adolescente que se ha metido una mano en el bolsillo.

A veces olvido lo que puede desencadenar una novela. La fuerza arrolladora que puede tener. La capacidad de impacto. Esta canción es un prodigio de ternura y crudeza, y esa mezcla es un explosivo que aturde y llena hasta rebosar. Y rebosa, rebosa en cada capítulo. Tanto que hay que parar. Respirar. Parpadear. Y esperar un segundito a que todo se calme por dentro para seguir leyendo. 

A veces da miedo esta canción. Inquieta. Lleva una corriente subterránea de anhelo y tristeza. Y de rabia contenida. Cuenta una historia hecha pedazos, bella como un diamante que corta y ciega. Hay poesía en ella como para llenar veinte poemarios. Es difícil resistirse a subrayar todas las páginas, a dejar algún párrafo sin marcar. 

Y a pesar de su dureza, a pesar de todo, es una caricia continua. Está llena de manos que abrazan, que consuelan, que protegen. Manos calientes que rodean y son fuego y hogar. Manos como la de Jojo, que sujeta a su hermana, "la niñita enferma de rizos dorados como creyendo que al rodearla con el cuerpo, su esqueleto y su piel serán una fortaleza que la protegerá de los adultos, de la inmensidad del cielo, de la vasta extensión de tierra cubierta de césped y tumbas debajo". Jojo y su hermana pequeña "se buscan el uno al otro como plantas que siguen el sol por el cielo. Cada uno es la luz del otro". Sólo por la relación de amor entre estos dos hermanos, entre estas dos heridas andantes, el libro se merecería todos los premios. Su ternura es como una luz que "brilla como el oro en la oscura manta de la memoria que me cubre mientras duermo".

La canción de esta novela vuela sobre las aguas doradas. Está dentro de cada caricia, de cada visión. Late bajo la tierra como un enorme corazón que diera vida a los bosques. Está dentro de los vivos y los protege. Está dentro de los muertos y los protege. La canción nunca para. Está aquí, ahora. Siempre.




lunes, 18 de marzo de 2019

LA REBELIÓN DE LOS MAYORES

Los vimos hace un año en todos los medios de comunicación. Miles, decenas de miles de jubilados llenando las plazas y las calles de las principales ciudades españolas, bajo la lluvia y el frío, manifestándose por sus pensiones. Pero, ¿sólo por sus pensiones? No. Las pensiones fueron la chispa que prendió el incendio. En enero de 2018 habían recibido una carta del ministerio, redactada con triunfalismo paternalista, que les informaba de que sus pensiones iban a aumentar en un 0,25%. Para la mayoría, menos de dos euros más al mes. Luego se supo que el gobierno se había gastado más dinero en enviar las cartas que en la subida. Y el cabreo prendió. Hasta entonces se habían olvidado de ellos, y ellos se lo habían tomado con estoicismo. Pero, ¿que se rieran de ellos descaradamente? No, eso no lo iban a consentir. 

En estas manifestaciones expresaron su descontento por una serie de humillaciones que hasta entonces habían pasado desapercibidas para buena parte de la sociedad. Entre otras, las declaraciones del gobernador del Banco de España, insinuando que los mayores podrían apañarse con pensiones más bajas porque la mayoría ya no tienen que pagar hipotecas, o las de la Lagarde, directora del FMI, que se quejaba explícitamente de que no se murieran: "los ancianos viven demasiado y eso es un problema para la economía global". Estas declaraciones no eran casos aislados. Vivimos una época en la que muchos políticos empiezan a insinuar que lo público ya no va a ser sostenible mientras rescatan bancos y autopistas. El desprecio por los mayores es un síntoma del desprecio general por todo lo que ha significado el Estado del Bienestar en Europa en los últimos sesenta años. 

Unos lo llaman gasto. Otros, inversión. El lenguaje desnuda las intenciones de quienes hablan de pensiones, o de cualquier partida presupuestaria que tenga una finalidad social. Los que llaman gasto a las pensiones las consideran, en el mejor de los casos, una carga ineludible, y en el peor, una rémora para la salud de la economía. Y si su forma de pensar se consolida, es posible que en un futuro no muy lejano las pensiones dejen de ser un derecho para convertirse en el privilegio de unos pocos: los que tengan sueldos lo suficientemente holgados como para pagarse un plan de pensiones privado. 

Esta ideología se llama neoliberalismo y en diez años de crisis ha acabado con millones de puestos de trabajo en toda Europa, ha recortado en servicios sociales básicos como la educación y la sanidad, y ha vaciado la hucha de las pensiones, creada precisamente para que estas no pudieran peligrar nunca. El neoliberalismo promueve la desigualdad y es un peligro para cualquier sociedad que aspire a la justicia y al bienestar de sus ciudadanos. 

Los mayores no son un gasto para el estado, sino una inversión. ¿Cómo se puede mantener una economía viva castigando año tras año al que pronto será el primer grupo por edad de la pirámide poblacional? Mantener las pensiones y subirlas según el IPC ya no sólo es una cuestión de humanidad y solidaridad, sino que puede ser uno de los negocios más rentables para el Estado. Por eso lo llamamos inversión. 

Paca Tricio es la presidenta de la Unión Democrática de Pensionistas y Jubilados de España y en este librito cuenta por qué las pensiones son sólo una parte del problema que tienen los mayores en España. Es un llamamiento a la resistencia, a la lucha activa y cotidiana contra los adalides de la privatización y el egoísmo, y en favor de una forma social, solidaria y comunitaria de entender la vida en sociedad. 



jueves, 14 de marzo de 2019

CUATRO HERMANAS (firma invitada)

Hay editoriales que son un acierto seguro, de esas que publican los libros que buscas cuando quieres leer y no sabes qué, o cuando sabes seguro que su lectura no te defraudará. Hace poco estaba metida en un tremendo bloqueo lector y, buscando entre los cantos de colores de Libros del Asteroide, Cuatro hermanas vino a mí. Había abandonado antes unos cuantos libros y tenía otros a medias en mi pila, pero esta editorial me salvó. ¡Y cómo lo hizo!

Cuatro hermanas se coló como una brisa de aire que cierra de golpe las puertas e hizo que en dos días me bebiera todas las palabras que había dejado en la anterior sequía lectora. ¡Qué delicia de historia la que nos cuenta Jetta Carleton! Una de esas en las que entras y en la que te quedarías a vivir para siempre. Ojalá poder haber tenido tres hermanas y haber compartido con ellas veranos en una granja en pleno contacto con la naturaleza, ayudando a nuestra madre a preparar compotas de manzana y deseando la llegada de la noche para ver florecer en la verja del porche las damas de noche. Ojalá haberme enamorado de un alocado joven piloto de avionetas en las primeras décadas del siglo XX. Ojalá haber ido sola a la ciudad a intentar ser por unos días quien no he sido y quien nunca he querido ser. Ojalá reír y llorar la vida y la muerte de la familia en un ambiente en el que parece que todo fluye como lo hacen las estaciones.

Todo eso es esta novela, y es también el cofre de varios secretos muy profundos que solo algunos personajes pueden lejanamente intuir pero que marcan la vida de unos y otros: y también su culpa, sus remordimientos. Historias pasadas que resurgen una y otra vez como una gota insistente en un grifo mal cerrado. A veces no cerramos bien los grifos de nuestra vida, de nuestra responsabilidad o de nuestras relaciones con los demás y esa agua termina por inundarnos en algún momento.

También es Cuatro hermanas un canto hermosísimo a la cultura, al estudio, a la música. Y, por supuesto, a la belleza de la naturaleza: los campos, los cielos, el espino blanco testigo de culpas y concepciones, cerca de un arroyo en algún lugar del Misuri rural de la época. Es un grito de libertad y también un recordatorio de cómo interiormente dependemos de otras personas y pertenecemos a un lugar, a un momento, a un acto no deliberado que creemos que nos ha cambiado de por vida.

Esta novela, que llegó por puro azar a mis manos, entró directa a mi corazón y a mi memoria lectora. Me ha regalado cinco personajes femeninos y dos masculinos con sus luces y sus sombras, con sus anhelos y sus gritos de libertad. Con sus complejidades más profundas. 

De entre todos los tipos de relaciones que existen, quizás las de familia sean las más complicadas. Y Carleton ha descrito magistralmente las complejidades de una de ellas.



lunes, 11 de marzo de 2019

LA CIVILIZACIÓN EN LA MIRADA

En septiembre de 1999 me fui a cursar segundo de bachillerato a París. Experimenté tantas novedades tan seguidas que recuerdo aquellos meses como una sucesión de deslumbramientos. Iba por la vida como quien llega a Nueva York por primera vez: mirando hacia arriba, con la boca abierta y los ojos tratando de asimilar esa nueva dimensión del espacio. Una de aquellas novedades fue mi clase de Historia del Arte y su profesora, cuyo nombre lamentablemente he olvidado, y que, con su desparpajo desaliñado, guardaba cierto parecido con Mary Beard. Recuerdo que nos sacaba de excursión cada pocas semanas por museos y barrios de París, y que nos enseñaba el temario de una forma encantadoramente caótica. A través de sus ojos descubrí termas romanas, tapices escondidos, catacumbas, pasadizos secretos, tumbas célebres y anónimas y la vida burbujeante de la gente cotidiana que siempre subyace tras los grandes nombres y hechos del arte. Y me he dado cuenta de que hasta que descubrí los libros y los documentales de Mary Beard no había vuelto a sentir una fascinación parecida por el arte y cómo este moldea la civilización. 

En este ensayo, resultado gráfico del documental Civilisations, que ha realizado para la BBC, Mary Beard viaja por culturas de varios continentes en distintas épocas para indagar en lo que entendemos por civilización y en cómo nuestra forma de mirar el arte ha moldeado a lo largo de la historia nuestra forma de mirarnos a nosotros mismos. 

La civilización es un término a la vez incluyente y excluyente. Nos hace formar parte de una sociedad a la vez que excluye a los que consideramos diferentes. Pero es nuestra manera de mirar, al final, la que determina quién es civilizado y quién no lo es. "Los llamados bárbaros no son más que aquellos que tienen una idea diferente a la nuestra de lo que significa ser civilizado, y de lo que importa en la cultura humana. A la postre, la barbarie de una persona es la civilización de otra".

Ese afán por comprender mirando sin prejuicios es una de las cosas que más me gusta de Mary Beard, y es común en los buenos historiadores y en los buenos periodistas (un ejemplo de un libro periodístico con esta mirada que reseñamos recientemente en el blog es el fantástico Océano África, de Xavier Aldekoa). 

El arte se puede entender mejor si se analiza desde la mirada del receptor a quien va destinado, y no sólo desde la mirada del creador. Cómo miramos el arte, y cómo ha sido mirado y percibido a lo largo de la historia, resulta clave para poder entenderlo. Por ejemplo, siempre hemos analizado la decoración de las ánforas griegas desde un punto de vista estético. Nos importaba el color, las líneas del dibujo, la delicadeza y precisión de las figuras. Pero no nos parábamos a pensar en la finalidad de esa decoración. En las personas a quienes iba destinada. Mary Beard sostiene que el arte es también publicidad destinada a transmitir valores culturales determinados. La decoración de las ánforas griegas muestra escenas de la vida cotidiana de hombres y mujeres atenienses, ofreciendo modelos de cómo debía ser el modo de vida ideal: indica lo que estaba bien para que pudiera ser imitado allá donde el ánfora viajara.


Mary Beard


El arte como publicidad es una constante a lo largo de la historia. Las imágenes siempre han sido símbolos de poder, y se han usado en infinidad de culturas para mitificar a un dirigente o legitimar una jerarquía. La inmensa mayoría de los autócratas han tratado de legitimar y consolidar su poder mediante imágenes a gran escala y en gran número de sí mismos. Estatuas, pinturas, monumentos, monedas y carteles muestran cómo la estética en el arte muchas veces ha sido simplemente el medio para trasladar un mensaje, y no el fin del artista, como a menudo la entendemos hoy en día.  

¿Qué es la civilización? Quién sabe. Hay demasiadas respuestas posibles. Para Mary Beard, una de estas respuestas podría ser la siguiente: la civilización es un acto de fe. De forma parecida a los mitos religiosos, consiste en ofrecer "relatos sobre nuestros orígenes y sobre nuestro destino a la vez que une a las personas en una creencia compartida". Y funciona.

Mary Beard me ha hecho recordar mis clases parisinas de Historia del Arte. A través de su mirada, he recordado todo lo que pueden esconder aquellas piedras antiguas que tanto me fascinaban, y que detrás de cualquier manifestación artística, más allá del símbolo, la técnica y la estética, palpita, poderosa, la vida.




viernes, 8 de marzo de 2019

Día de la mujer: por nosotras, por ellos, por todos.

Laura Bates, Gloria Fuertes, Nawal el Saadawi, Chimamanda Ngozi Adichie, Alba de Céspedes, Ángeles Caso, Joumana Haddad, Emilia Pardo Bazán, Mary Beard. Nuestras lecturas se alimentan de feminismo y raro es el mes que no aparezca de una manera u otra en nuestro blog, en forma de novela, ensayo, poesía, relatos o libros infantiles. Forma parte de lo que somos, como libreros y como lectores, y un año más salimos a la calle a reivindicarlo con orgullo y con alegría. 

Desde hace unos años, sentimos que en algunas cosas vamos avanzando, siempre con la amenaza de una involución, pero siempre hacia adelante, pasito a pasito. España se ha convertido en un referente mundial en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, y eso es gracias a todas las que hemos decidido luchar por ello, en nuestro día a día cotidiano y abarrotando las calles para protestar por sentencias judiciales que consideramos injustas y en esta segunda huelga feminista. 

En otros continentes la situación de las mujeres sigue encasillada en una violencia inaceptable. En África, los cuerpos de las mujeres, especialmente en el Congo, se utilizan como campo de batalla, y la ablación, a pesar de estar prohibida, sigue provocando dolor y muerte a decenas de miles de niñas. En India la lapidación por adulterio es aceptada por amplios sectores de la sociedad así como el asesinato selectivo de fetos femeninos.

En general las mujeres sin autonomía económica viven en casi todos los lugares en condiciones inaceptables, sin posibilidad de cambiar sus vidas por todas las trabas que la sociedad les impone, directa o indirectamente.

Hay una pregunta que con frecuencia me hago: ¿Por qué la violación de los Derechos Humanos no moviliza todos los días a millones de personas en el mundo? Sin esos derechos es imposible vivir con dignidad y son los derechos de las mujeres los más vulnerados todos los días. Para protestar por ello y exigir un mundo más justo, hoy salimos a la calle: por nosotras, por ellos, por todos.





miércoles, 6 de marzo de 2019

CASA DE MUÑECAS

Hombres que no ven en las mujeres seres humanos iguales a ellos, sino criaturas desvalidas, cuyo encanto reside en su fragilidad y su dependencia. 
Hombres que tratan a sus mujeres como muñecas con las que jugar, y creen que su deber consiste en cuidarlas, hablar por ellas y pensar por ellas.
Hombres que piensan que saben mejor que las mujeres lo que estas sienten, quieren y son.

Hombres como estos están por todas partes. Vienen a la librería todos los días, escriben libros, declaran en ruedas de prensa y aspiran a gobernar ciudades y países. Hombres como estos arruinan la convivencia y la posibilidad de un mundo en el que los hombres y las mujeres vivamos en igualdad de condiciones y oportunidades y nos tratemos de igual a igual, siempre y en cualquier circunstancia. 

Estos hombres aparecen en toda la literatura universal, pero pocas veces desde una mirada crítica tan bien perfilada como en esta obra de teatro de Ibsen. La naturalidad del abuso, la sencillez con la que un hombre asume disfrutar de su libertad a costa de la libertad de su mujer, el didactismo que utiliza para instruirla en sus deberes morales, en su vocación de sacrificio, en su dependencia, en su humillación diaria, constante y perpetua. Todo aparece perfectamente descrito aquí, en tres actos y un puñado de diálogos. Y resulta estremecedor constatar hasta qué punto todo sigue latente en nuestra sociedad occidental, ciento cincuenta años después.

Ya desde la primera escena se palpa una tensión que no deja de aumentar. Mediante capas y capas de secretos, mentiras y ocultaciones, el entramado va tejiéndose en torno a unas relaciones humanas enturbiadas por el miedo a la opinión de los demás. Miedo al qué dirán, al qué pensarán. Hay un crescendo ominoso de angustia y desesperación ante la posibilidad de que el honor masculino sea puesto en entredicho, y la moral aparece aquí como la cuchilla de la guillotina siempre dispuesta a precipitarse sobre todas aquellas cabezas que se atreven a pensar fuera del estrecho margen de la tradición y la costumbre. 

Hay pocos temas más universales que este. Y duele. Duele que en el siglo XXI tanta gente siga preguntándose si de verdad las mujeres pueden aspirar a ser algo más que madres, hijas, hermanas o esposas. Ibsen formuló en Casa de muñecas la idea de base de todas las luchas feministas. Causó un escándalo cuyo eco aún resuena. Y un siglo y medio después, aquí seguimos luchando, cada día. Porque la igualdad no es sólo la meta, es el camino.



lunes, 4 de marzo de 2019

OCÉANO ÁFRICA

Una corriente de felicidad. Eso provoca este libro. Y unas ganas irresistibles de cogerse la mochila y marcharse a África. A colarse como padrino en una jubilosa pedida de mano, meter las piernas desnudas en el chapapote que ha envenenado el delta del Níger o comprobar cómo el espíritu de Mandela consigue hasta meter goles por la escuadra en el último minuto. 

África no es un continente, es un océano. Un mosaico hecho de países dispares que a menudo prosperan sobre desigualdades obscenas. La violencia, el desempleo, el hambre y la delincuencia forman el barro sobre el que se mueven gigantes que están empezando a crecer a ritmos vertiginosos. Se estima que en 2050 África habrá doblado su población hasta alcanzar los dos mil millones de habitantes, y ante este boom demográfico, los retos se acumulan. Todo apunta a que sólo aquellas naciones que sepan atender las necesidades de una población creciente y cada vez más consciente de sus derechos y de cómo reivindicarlos, resistirán la tormenta. 

Este libro de viajes es una puerta de entrada espléndida al océano africano. Xavier Aldekoa nos invita a descubrir quince países a través de su mirada generosa, incisiva y cercana. La mirada de un tipo sencillo que derrocha simpatía por la gente, cabreo por su sufrimiento y unas ganas locas de aprender a descifrar algo de ese irresistible galimatías que es África visto desde fuera. 

Hay capítulos que me han dejado helado. Y no porque la información fuera nueva, sino porque hacía mucho que no leía el sufrimiento desde tan cerca. Cuando eres tan pobre que toda tu vida y sus infinitas posibilidades se resumen en el objetivo de conseguir comida, te olvidas de que eres un ser humano. Y que tienes derecho a comer. Y que en tu país, tus conciudadanos tiran a la basura el 30% de los alimentos que compran. Y como tú no tienes suficiente comida, no te dan las fuerzas para rebelarte y decirles bien alto a los jefazos que orquestan y permiten esta barbarie que está en sus manos cambiarla.

Es brutal la descripción de las bandas callejeras de niños, "algunas formadas por críos de apenas siete años, que vagan sin rumbo, colocados y buscando una nueva víctima a quien robar para pagarse la siguiente dosis". Y me ha recordado aquel libro-puñetazo tan bello de Mankell, Comedia infantil, que consigue cambiarte la forma de ver el mundo al introducirte en la piel de un niño de la calle en Mozambique. 

Xavier Aldekoa
Pero no todo es dolor ni muerte. Hay mucha vida en estas páginas. Muchas risas. Me encanta la descripción del optimismo inquebrantable de los africanos: "A diferencia del viejo continente, donde el optimismo se basa en la lógica o la razón - uno es optimista porque hay motivos para serlo -, el optimismo africano nace del deseo. Por eso a veces es un optimismo kamikaze, que pacta compromisos improbables o mantiene esperanzas imposibles". "En África nunca nada está roto, está esperando a ser reparado". 

Y tras el grito de rabia que provoca conocer de cerca la situación de las mujeres en el Congo y cómo sus cuerpos se han convertido en campo de batalla, esta declaración arroja esperanza: "La mujer africana no sólo es el motor del continente sino su pieza más fiable: una mujer africana jamás desaprovecha una oportunidad para sacar adelante a los suyos. África no está perdida, está esperando a que las mujeres ocupen el sitio que les corresponde". 

Una corriente de felicidad. Eso provoca este libro. Y un chute de guasa, fascinación, asombro, admiración y cariño a raudales por un continente inabarcable que Xavi ha convertido en hogar. Y al pasar la última página, me doy cuenta de que quiero más. Más historias, Xavi, por favor. Nunca dejes de contar más historias desde África.