lunes, 29 de junio de 2026

AUGE. GÉNERO, JUVENTUD Y EXTREMA DERECHA

Lo hemos visto en titulares de todo tipo en los últimos dos años: mientras que los hombres jóvenes cada vez simpatizan más con postulados de la extrema derecha, las mujeres jóvenes apoyan mayoritariamente las ideas de izquierda. El argumento más habitual para explicar este fenómeno es doble: el auge de los mensajes reaccionarios en redes sociales por un lado, y el auge del feminismo y los derechos de las minorías, por el otro. Este breve ensayo de Alicia Valdés, politóloga y psicoanalista, analiza críticamente este fenómeno, cuestiona la simplificación de este doble argumento y trata de explicar una fractura que nos interpela a todos como sociedad. 

Me ha interesado especialmente cómo desmonta el tópico que se está asentando sobre las nuevas generaciones. Las encuestas sobre la polarización del voto en los jóvenes hace años que vienen sirviendo como apoyo para reafirmar con más contundencia algo que las generaciones mayores llevan diciendo muchos años: que los jóvenes son culpables. Culpables de no cursar estudios que les permitan acceder a mejores trabajos. Culpables de ser incapaces de ahorrar para una vivienda. Culpables de tener problemas de salud mental. Culpables de sentir el futuro como una fuente creciente de angustia y temor. Culpables de su precariedad. Y culpables, también, del auge de la extrema derecha. 

Alrededor de un 20% de los hombres jóvenes dicen que la violencia de género es un invento ideológico, y es algo que sin duda nos debe preocupar. Pero ¿qué dice el otro 80%? Estaría bien que les preguntaran y que pudiéramos leer sus opiniones con la misma atención con que leemos las del otro 20%. Sus opiniones, por ejemplo, respecto a si el binarismo de género también es un invento ideológico. O sobre el impacto del consumo de productos de origen animal en el cambio climático. Culpar a las generaciones más jóvenes de la mayoría de los problemas de nuestro tiempo no solo es injusto e hipócrita, sino que tiene muy poco sentido. Ellas son el futuro. Y en ellas hay que buscar las soluciones. 

Es verdad que existe un problema de comunicación grave entre generaciones. Siempre lo ha existido, pero parece que en la actualidad se está agravando. Alicia Valdés ahonda en los porqués de esta brecha comunicativa y de comprensión generacional. La adolescencia es uno de los periodos más duros de la vida. Lo es para cada generación. Pero muchos adolescentes de hoy no ven validada esta dureza en su experiencia. Crecen en una sociedad que ha cancelado la posibilidad de un progreso real y que les dice que si no han nacido en la familia adecuada, cada vez es más probable que su vida sea siempre precaria. Y no solo eso: las generaciones mayores no se cansan de decirles lo privilegiados que son por haber crecido entre algodones frente a lo mal que lo pasaron ellos. Es decir, no solo sus perspectivas de vida son peores que las de sus padres, sino que se les castiga la queja y se les pide que sean agradecidos, a riesgo de exponerse a los epítetos ya sabidos (caprichosos, egoístas, débiles, narcisistas, generación de cristal), que solo ensanchan la incomprensión y el desafecto. 

Una de las primeras respuestas ante discursos de extrema derecha es el silenciamiento. Desde espacios de izquierda, directamente no se quiere escuchar a los jóvenes que los reproducen. Es algo hasta cierto punto instintivo: nos aislamos para protegernos de lo que percibimos como agresivo. Pero es importante preguntarse de dónde viene esa agresión. De qué ira. De qué malestar. De qué incomprensión. De qué falta de validación emocional. Hablamos mucho de los votantes de Trump o de los jóvenes antifeministas, pero ¿les estamos escuchando? ¿Por qué nos resulta tan incómodo su discurso? Si renunciamos a cualquier posibilidad de comunicación con ellos, ¿no será una forma definitiva de perderlos como sujetos necesarios para la convivencia?

Parece claro que una parte importante de los hombres, y, en particular, de los hombres jóvenes, se sienten víctimas de una sociedad que los discrimina. Según Alicia Valdés, «que su percepción no sea real no es algo que deba frenar nuestro estudio y comprensión. Actúan con base en ella, y eso es lo que nos interesa. No vale con decir: "dejad de haceros las víctimas". No. Debemos considerar el fenómeno para saber qué es lo que subyace y acabar con ello». 

Este libro es la versión seria y en formato de ensayo breve de ¿Y los hombres qué?, de Caitlin Moran, aquella indagación en la psicología y la cultura masculinas desde el humor más descarado y desternillante. Me ha hecho pensar y me ha aportado energía y esperanza en la capacidad de comunicación y convivencia en un momento en el que parece que esta se va volviendo más inalcanzable. 



jueves, 25 de junio de 2026

EL INGLÉS QUE SUBIÓ UNA COLINA PERO BAJÓ UNA MONTAÑA

Pues ya estoy entusiasmadito perdido. Porque no hay nada mejor para empezar el verano que un buen libro divertido, ligero y que te lleve de viaje, sin darte mucha cuenta, muy muy lejos de aquí. Este libro de Christopher Monger lo tiene todo: diversión, intriga, cotilleos, generosidad, compasión, y encima es capaz de que te apasiones por una montaña. ¿Por una montaña? Pues sí, y así lo voy a recomendar. Pero, ay, es que Ffynnon Garw (que un valiente salga a pronunciarlo) no es una montaña cualquiera. 

Este es un libro sobre una montaña que en 1917 definía al pueblo que había en su falda y a sus habitantes. El orgullo de la gente. Para ellos, una insignia, una bandera, una identidad. Se trataba de una comunidad galesa que, como buena galesa que era, tenía poca paciencia con los ingleses. Los ingleses eran los descendientes de todas aquellas tribus belicosas que habían venido del continente una y otra vez para expulsarlos de sus tierras y violentarlos de mil maneras. Siempre que venía algún inglés por allí era porque quería llevarse algo que era suyo, ya fuera el carbón o el hierro de las montañas, los hombres para engrosar sus ejércitos o el dinero en forma de impuestos para engrosar sus arcas. A todos los efectos, los ingleses no eran muy diferentes de los alemanes contra los que ahora luchaban en el continente, porque, en verdad, ¿no era de allá de donde habían venido los antiguos sajones cuando invadieron las islas británicas?

Y ahora, dos de aquellos bárbaros estaban allí para medir la montaña, la montaña del pueblo. ¿Para qué, si podía saberse? ¿Para hacer nuevos mapas? ¿Y con qué objetivo? Bien es sabido que los mapas no se hacen casi nunca con fines altruistas. Los mapas sirven para dividir tierras, para marcar fronteras, para excluir más que para incluir. Y ellos, los galeses, no necesitaban de ningún mapa para saber hasta qué punto sus vecinos llevaban varios milenios excluyéndolos. 

Los egipcios tenían sus pirámides, los griegos tenían sus templos. Pues bien, los galeses consideraban que nada de eso era importante, porque ellos tenían sus montañas. Sus montañas eran su hogar, siempre los habían protegido de todas las invasiones. Allí, en las montañas, fue donde los galeses tuvieron que esconderse invasión tras invasión, allí fue donde lo perdieron todo, hasta su nombre, pues los invasores los rebautizaron como "weallas", los "extraños". Los llamaron extraños en su propia tierra y en el idioma de otro. Y así se quedaron. 

Y ahora estaban aquellos dos ingleses diciendo que quizá su montaña no era una montaña, sino una simple colina... ¡porque no llegaba a los mil pies! ¡Habrase oído tamaño disparate! ¡Cómo que Ffynnon Garw no era una montaña! «Si Ffynnon Garw no era una montaña, bien podían redibujar la frontera y pasar a considerarse los galeses del pueblo como parte de la llana Inglaterra. Y eso, para cualquier persona oriunda de Gales, francamente era peor que la muerte». 

Esta novela de Christopher Monger, de la que también existe una versión cinematográfica protagonizada por Hugh Grant en 1995, es una historia galesa en la que, como no podía ser de otro modo, hay mucha cerveza, mucho humor, mucha inquina a los ingleses y, sobre todo, mucha pero que mucha lluvia. Es entretenidísima y encantadora y el refugio perfecto para cualquier tiempo turbulento. Te hace reír, te hace pensar, te evade de todo y te devuelve un poquito de fe en la especie humana. 






lunes, 22 de junio de 2026

GANSITA

Un día de primavera, al despertarse de su gran sueño, el oso se encontró con un huevo. ¡Mmm!, ¿el desayuno? Pero no, no era el desayuno, ¡era un pollito de ganso! Una gansita. Que, lejos de asustarse, estaba la mar de contenta de verle. ¡Hola, papá!, exclamó. Y empezó a seguirle por todas partes. El oso le decía una y otra vez que no era su papá, que no era una osita, pero una y otra vez la gansita le seguía adonde quiera que fuera. ¿A buscar unos tubérculos? Voy con papá. ¿A subirse a un árbol a por miel? Me subo con papá. Y daba igual que la miel en sus alas la dejaran un poco pegajo...sita. Estar con papá era lo mejor del mundo. 

Pasaron los meses y llegó el verano. Gansita ya no era un bebé, pero seguía a su papá oso a todas partes. Y no dejaba de meterse en un lío tras otro. ¡Eres un dolor de cabeza!, decía el oso, que no terminaba de creerse lo difícil que se había convertido ser padre... de una gansita crecidita. Una gansita con alas cada vez más fuertes y más grandes que estaban pidiendo volar. 

El nuevo cuento de Julia Donaldson, la autora de El grúfalo, es una historia divertida, ingeniosa y tierna sobre una familia inesperada. ¡Quién le iba a decir a una diminuta gansita que iba a tener la suerte de adoptar a un enorme oso como papá!



jueves, 18 de junio de 2026

LIBRE

¡Pero qué maravilla, por favor! Llevaba mucho tiempo queriendo leerlo y posponiéndolo sin motivo, y cuando recibí su nuevo libro, Indignidad, me dije: este es el momento de empezar por el principio. El principio es la infancia de la autora en la Albania de los años ochenta. Una infancia marcada por la devoción ciega por el Partido y por una utopía cuyas grietas todo el mundo trataba de ocultar. El principio es la historia de una niña que crece rodeada de certezas, hasta que llega un momento en que empieza a necesitar hacerse preguntas. «La historia de una búsqueda de las preguntas adecuadas, de las preguntas que nunca se me había ocurrido hacer». 

Sus padres y su abuela la han estado siempre mintiendo sobre sus orígenes, y hasta el fin de la dictadura, a finales del año 1990, no descubre la verdad. La han mentido para protegerla y para protegerse. Hay tantas cosas que una persona no puede decir que una niña pequeña no tiene por qué asumir la responsabilidad de sus palabras, especialmente cuando estas pueden llevar a sus seres queridos a la cárcel o a la muerte. Pero cuando con once años descubre la verdad, piensa que no han sabido confiar en ella. ¿Cómo va a confiar ella en ellos a partir de ahora? ¿Qué secretos seguirán ocultándole? En una sociedad donde la política y la educación impregnaban todos los aspectos de la vida, ella era el producto tanto de su familia como de su país. El fin del comunismo la puso ante un dilema: ¿tendría que renunciar a los ideales que le habían inculcado desde niña y en los que creía firmemente para no traicionar a su familia?

¿Cómo se procesa el descubrimiento de que todo lo que han dicho y hecho y defendido tus padres a lo largo de toda tu vida ha sido una mentira, ideada con el fin de protegerte? 

Todo el mundo decía que el fin del comunismo era de alguna forma el fin de la historia. Pero en Albania el fin de la historia no parecía el fin de nada. Aquellos enemigos terribles contra los que todos llevaban décadas preparándose para combatir no aparecieron. Aquellas catástrofes terribles para las que todo el mundo se había mentalizado no ocurrieron. Surgieron periódicos que criticaban al Partido. La gente empezó a hablar sin tener tanto miedo. Y descubrieron que esos terribles enemigos del comunismo, los que iban a acabar con los sagrados ideales que habían determinado la vida de tres generaciones de albaneses, eran ellos mismos. Ya nadie quería volver. Porque no había ningún sitio al que volver. 

«No teníamos categorías que describieran lo ocurrido ni definiciones que expresaran lo que habíamos perdido y lo que habíamos ganado a cambio. Nos habían advertido de que la dictadura del proletariado estaba siempre amenazada por la dictadura de la burguesía. Lo que no podíamos prever era que la primera víctima de ese conflicto, la señal más clara de victoria, sería la desaparición de esos mismos términos: dictadura, proletariado, burguesía. Dejaron de formar parte de nuestro vocabulario. Antes de que se desintegrara el Estado, se desintegró el propio lenguaje con el que se articulaba esa aspiración». 

El comunismo desapareció no solo como ideal y como sistema de gobierno, sino también como una categoría de pensamiento. Y solo quedó una palabra, repetida como un mantra en todos los informativos y en todas las conversaciones: libertad. Una palabra dulce y absoluta, pero que escondía cierto sabor sospechoso. «Cuando por fin llegó la libertad, fue como si te sirvieran comida congelada. Masticamos poco, tragamos rápido y nos quedamos con hambre». El fin del comunismo en Albania se vivió como una revolución. Pero una revolución de terciopelo en la que no se buscaron culpables, en la que no se aspiró a exigir responsabilidad a nadie por ningún daño. Una revolución de personas contra conceptos en la que solo hubo vencedores. 

Lea Ypi ha construido este libro excepcional con el maravilloso recurso al absurdo que tantas personas criadas en los países comunistas adoptaron para explicar las enrevesadas lógicas de sus experiencias. Ha convertido la extrañeza de su infancia en un país comunista en algo insólito, tierno y humorístico. Uno de los mejores libros que he leído nunca sobre qué significa ser libre. 






lunes, 15 de junio de 2026

LAS CABRAS

A Cami nadie la espera en Madrid. Es una joven chilena con la ambición de dedicarse a la escritura que llega a Europa para imponerse una independencia. Quiere que todos sus vínculos sean decisiones y no necesidades. Pero ¿a qué vínculo no le brota una necesidad cuando se vuelve hermoso? De niña aprendió que «la tristeza no podía tener rienda suelta. Que era más amenazante que un perro bravo sin bozal». Así que se contiene. Por si acaso, procura mirar todo de lejos. Cuando la madre la despide en el aeropuerto le dice: «lejos es una palabra muy grande, Cami, es muy importante, no permite ver cuándo se vuelve más cerca o cuándo se convierte en reencuentro. Lejos es incertidumbre, mi niña». 

En España hablan su idioma, pero de otra forma. Y tiene que aprender que esa otra forma también es un lenguaje propio. Un lenguaje que le recuerda a cada momento lo lejos que está de casa. De su mamá. Y de sus tres amigas, las cabras. En España tiene que aprender palabras nuevas y nota la pérdida de su rutina lingüística. Se siente rara, un poco como si le hubieran cambiado el patrón de las huellas dactilares. En cada exclamación, en cada gesto de alegría o contrariedad brilla Chile como un faro lejano, débil y parpadeante como la conexión de las videollamadas con sus cabras.  

Las cabras es la primera novela de Pilar Asuero y me ha parecido un retrato sutil, tierno y conmovedor sobre la amistad. Describe muy bien la angustia vital que atraviesa a las mujeres de su generación por la falta de futuro y la precariedad insuperable. Nada de lo que imaginaron de adolescentes se cumplirá. Sus trabajos soñados se verán sepultados por salarios insuficientes para emanciparse y por una explotación laboral normalizada. Una realidad hecha para cancelar el futuro. Cualquier futuro. Y, como siempre, para hacer frente a este fracaso de la sociedad para ofrecer un horizonte hay que recurrir a la gente. A la familia, pero sobre todo a las familias elegidas, a las amigas que siempre están dispuestas a serrarle los barrotes a cualquier jaula. 

He terminado la novela feliz y emocionado. Con la mirada ensanchada gracias a los ojos de esta Cami y al amor que comparte con sus tres amigas. Quién no querría ser una de las cabras y sentir en sus gestos las huellas de las otras, reírse con sus risas y jurar y amar con sus palabras. 




jueves, 11 de junio de 2026

LEONERA

Hace casi veinte años leí un libro que, desde entonces, siempre me acompaña. No son tantos los libros capaces de quedarse con nosotros tanto tiempo. Es un libro que sin duda elegiría para llevarme a una isla desierta. A cualquier viaje sin billete de vuelta. Contiene algo que, por alguna propiedad milagrosa, nunca se desgasta con cada lectura. Algo equiparable al primer amor, al primer beso o, quizá, a la primera vez que nos dimos cuenta de que podíamos entender una conversación entera en un idioma extranjero. Cristalizado para siempre en la memoria, ese asombro al descubrir que merecemos acceso a un mundo desconocido permanece cada vez que lo leo. El libro se titula Prosas apátridas, del peruano Julio Ramón Ribeyro, y, en la edición actual de Seix Barral, lo prologa Fernando León de Aranoa. 

León de Aranoa dice que Ribeyro nos enseña a mirar. Que tiene esa mirada que a veces tienen los niños, que nos ayuda a entender la hermosa complejidad del mundo y a desembarazarnos de los pesados prejuicios que enturbian la belleza y la alegría. Fernando León de Aranoa ha escrito Leonera con las Prosas apátridas de espejo, de compañero de mesa. Y me encanta ese diálogo tan tierno y juguetón, este pequeño homenaje a un escritor peruano que sigue hoy en día un poco al margen del canon, en un lugar fronterizo y a la sombra que, por su carácter y su trayectoria, sospecho que no le habría incomodado. 

Al igual que en su anterior libro de relatos, Aquí yacen dragones, en Leonera hay humor, lucidez, sensibilidad. Hay paradojas y melancolía, y una mirada al pasado que nunca pierde la capacidad de asombro por un futuro por descubrir. Leer estos relatos conlleva ciertos riesgos, pues es muy fácil que alguno te resuene por dentro de forma inesperada, y no siempre se sale indemne de tamaña resonancia. Pero los he leído confiando plenamente en el camino. Como los niños que juegan a caminar hacia atrás por la calle, guiándose por las indicaciones que les dan sus padres de los obstáculos que van apareciendo. Riéndome cuando las palabras meten miedo, cuando gesticulan aterradas como si justito detrás hubiera aparecido la boca de un dragón que me fuera a engullir de un bocado. La confianza es eso. Jugar a que el miedo es una fantasía y a que la siguiente página del libro no solo traerá más humor, más lucidez, más sensibilidad, sino que también la podremos hacer nuestra con nuestra caja de resonancia. 





lunes, 8 de junio de 2026

GENERACIÓN INQUILINA

Quien tiene una vivienda tiene un tesoro. Un tesoro obtenido por suerte o financiado de una u otra forma por sus padres, la mayoría de las veces. 
Quien tiene dos viviendas o más y no alquila aquellas en las que no vive, es muy probable que esté privando a alguien de un derecho. 
Quien tiene muchas viviendas y vive de sus rentas está contribuyendo activamente al crecimiento de la desigualdad y a la ruptura de la cohesión social. 

La vivienda se ha convertido en el mayor depósito de riqueza del planeta. Y en el mayor motivo de preocupación de la ciudadanía, al tratarse de una riqueza cada vez más inalcanzable para más gente. La única alternativa a la posesión de esa riqueza, el alquiler, es una fuente creciente de inestabilidad, empobrecimiento y desigualdad. «Los pactos sociales sobre los que se han construido nuestras sociedades se sustentan en una idea aspiracional del progreso, según la cual cada generación vivirá mejor que la anterior». Pero ese pacto se ha roto. El Estado, con gobiernos de todo signo ideológico, ha demostrado su incapacidad para garantizar las condiciones materiales que mantienen unida a la sociedad. Y la vivienda es una de las mayores grietas por las que se fractura la paz social y de la que emergen la confrontación, la exclusión y el odio de los que se alimenta la extrema derecha. 

«El rumbo de la economía se está separando del rumbo de la sociedad. Durante gran parte del siglo XX, el crecimiento económico impulsó y expandió la prosperidad material, pero hemos entrado en un modelo en el que la estabilidad macroeconómica ya no genera bienestar, sino que lo erosiona. Este desplazamiento marca el paso hacia el capitalismo rentista». Un modelo económico en el que el patrimonio jerarquiza la sociedad, en el que heredar es la forma más eficaz, a menudo la única forma, de poseer riqueza. Un modelo en el que la riqueza y la posición dependen de lo que se posee y no de lo que se produce o se genera. Un modelo de castas estancas y rígidas, más parecido al modelo del siglo XIX que al del siglo XX. En este modelo, la vivienda ocupa un lugar estructural, ya que es el principal vehículo de acumulación patrimonial. 

Este modelo rentista es parasitario por naturaleza. Ya lo dijeron Adam Smith, Stuart Mill o John Maynard Keynes. La renta es una ganancia injustificada, una apropiación pasiva del valor generado por otros que desplaza los recursos de la mayoría hacia unos pocos privilegiados, erosiona los salarios, encarece la vida y convierte una necesidad básica como la vivienda en una fuente permanente de extracción. Y es el resultado de un proyecto político que lleva medio siglo apostando por la desposesión masiva de la clase trabajadora, la privatización de servicios públicos, el ensalzamiento del individuo y su capacidad competitiva en detrimento de los derechos colectivos y la subordinación del bienestar colectivo a la rentabilidad de los mercados. Y que, cuando estalló la crisis económica de 2008, reaccionó rescatando a los mercados mientras dejaban a la población a la intemperie (en miles de casos, literalmente a la intemperie). Desde entonces, «el crédito dejó de dirigirse masivamente a los hogares para concentrarse en los mercados financieros. Una avalancha de liquidez se canalizó hacia fondos de inversión y élites patrimoniales que aprovecharon la crisis para adquirir vivienda a gran escala. Así, la demanda residencial fue desplazada por una demanda especulativa, globalizada y orientada a la renta. El resultado fue una creciente concentración de la propiedad y la exclusión progresiva de las mayorías». 

Nos dirigimos a niveles de desigualdad que no veíamos desde el siglo XIX. El patrimonio crece muchísimo más rápido que los ingresos del trabajo. ¿Queremos de verdad vivir en una sociedad en la que la herencia determina las oportunidades vitales, la salud e incluso la esperanza de vida? ¿Queremos que la vivienda, uno de los derechos más esenciales y básicos del ser humano, sin el cual no hay vida digna posible, sea un bien de mercado que define la creciente desigualdad? 

La desigualdad provocada por el acceso a la vivienda es una emergencia global. Como con la crisis climática, los políticos miran hacia otro lado. ¿Cuánto dolor de cuántos millones de personas hace falta para que les hagamos abrir los ojos y mirar este problema de frente?

Javier Gil defiende en este libro que garantizar el derecho a una vivienda requiere limitar el derecho a especular con ella, y ofrece propuestas de cambio concretas y factibles para resolver el problema. Según recientes encuestas, existe una mayoría social, incluso en simpatizantes de partidos de derechas, que están de acuerdo. Solo falta voluntad política. Si la vivienda es un derecho porque sin ella no se puede vivir, si es un derecho recogido en la Constitución y reconocido por una amplia mayoría, debería entenderse como una infraestructura social comparable al transporte público o a la sanidad pública. El Estado puede garantizar vivienda para todos de la misma forma que sanidad, educación y transporte para todos. Si es posible endeudarse para rescatar bancos o comprar armas, también es posible para crear vivienda pública y cumplir la Constitución convirtiéndola en un derecho real. 




jueves, 4 de junio de 2026

EL PALACIO AZUL DE LOS INGENIEROS BELGAS

Esta es la novela más admirable que he leído en muchísimo tiempo. Desde que descubrí Noches de luna rota, hace unos tres años, llevo preguntándome cómo un escritor puede escribir así. Me lo he preguntado con otros escritores antes también: Federico García Lorca, Emilia Pardo Bazán, Fiódor Dostoievski, Toni Morrison. ¿Qué hace que descubra en un libro algo que nunca pensé que se pudiera hacer? Es un misterio. El misterio de la creación artística, de intentar arañar con palabras el cielo de la belleza. Algo de lo que Fulgencio Argüelles habla mucho en esta historia arrebatadora. 

«En los pueblos pequeños ni las ocurrencias ni las palabras ni siquiera los malos pensamientos se pierden sino que flotan y hierven y se propagan de puerta en puerta como el olor del romero o la reverberación de los grillos, como el polvo del carbón o el recuerdo de los muertos». 

Estamos en un pueblo perdido en el interior de Asturias, zona que sirve de escenario e inspiración para las novelas de este autor. Un pueblo de gentes que a menudo viven y se mueren sin conocer más que trabajo y amargura, sin saber nada de la felicidad ni imaginar que tengan derecho a nada más. Gentes que viven cumpliendo mandatos, obedeciendo a un guion aprendido generación tras generación, que viven sin existir, sin salirse nunca del papel pautado de la tradición y de los recelos. Gentes enfermas de conformismo y resignación, entre las que emergen, sin embargo, un puñadito de personajes portadores del don de la curiosidad y de la ambición de belleza. Personajes como Eneka, el jardinero jefe del palacio azul de los ingenieros belgas, que transforma la aridez de la tierra en agua y flores. O como Lucía, la hermana del protagonista, que vive en un mundo propio hecho de poesía y de feroz resistencia a la violencia. Personajes hechos de ilusiones y de poesía, del movimiento etéreo de la luz. Personajes que hacen del mundo un lugar capaz de acoger las flores, el futuro y el amor.  

El palacio azul de los ingenieros belgas, ganadora del Premio de Novela Café Gijón en 2003, posee una prosa lírica y densa, que admira y deslumbra. Es una novela de formación de un aprendiz de jardinero, ávido de vida y de descubrir la belleza de la naturaleza en la España que va de la Dictadura de Primo de Rivera a la revolución de Asturias de 1934. Tiene una cadencia de obra atemporal, como proveniente de otro mundo paralelo a este hecho de todo aquello que aspiramos para elevarnos de las necesidades y las obligaciones y alcanzar un ideal liberado de la opresión y de la injusticia. Está escrita desde una conciencia política que pone el foco en las personas humildes, en los desposeídos de la tierra, en los que se ven abocados a una vida de miseria para seguir enriqueciendo a quienes viven sin una noción cabal de su privilegio y de su riqueza. Y contagia un amor infinito por una tierra humilde y generosa que se deja abrazar y horadar en una entrega sin límites. 

A Fulgencio Argüelles urge darle más premios. Más lectores. No me cabe el entusiasmo en las palabras. 






lunes, 1 de junio de 2026

Y DEJÉ DE LLAMARTE PAPÁ

La gran mayoría de los violadores no violan a sus víctimas en un callejón oscuro, de madrugada, sin conocerlas de nada. La gran mayoría de los violadores conocen muy bien a sus víctimas, y estas los conocen a ellos. Son su novio, su hermano, su compañero de trabajo, su padre, su abuelo, su amigo, su primo. Su cónyuge. Acabo de leer la noticia de que una web llamada Global Rape Academy acumula sesenta y dos millones de visitas mensuales. Sesenta y dos millones de visitas de hombres para aprender a violar a mujeres. No son sesenta y dos millones de hombres encapuchados, trastornados y monstruosos. Son sesenta y dos millones de padres, hermanos, novios, suegros, vecinos, primos, compañeros de trabajos, amigos, hijos. Hombres normales, educados, inteligentes, considerados. Hombres como Dominique Pelicot. 

Cuando a finales de 2020 Caroline Darian se enteró de que su padre era un violador en serie que había violado infinidad de veces a su madre, Gisèle Pelicot, y promovido que más de cincuenta hombres desconocidos la violaran a lo largo de diez años, necesitó inventarse una nueva existencia, despojada de todas las certezas sobre las que había construido su vida. La certeza del amor paterno, la certeza de una familia unida, la certeza de una infancia tranquila y feliz, de una convivencia saludable. Una vez que borras tu pasado para que cada recuerdo de él no te maltrate, ¿quién eres? ¿Dónde quedan tus hermanos? ¿Dónde queda tu madre, víctima principal de tu padre? 

«Ser hija de la víctima e hija del agresor es una carga terrible». ¿Cómo separas a una pareja que en tu memoria siempre ha aparecido unida por vínculos poderosos? ¿Cómo borras a tu padre de cada recuerdo feliz? Porque, a pesar de todo, la imagen del padre sigue ahí. No la del violador ni la del criminal, sino la del padre que la crio. La del padre en quien confiaba, con quien compartió tantísima alegría y cotidianeidad. «¿Cómo se gestiona la mezcla de rabia, vergüenza y empatía por un padre?». 

La autora cuenta cómo el trauma se propaga como una onda expansiva por toda la familia. Hasta los nietos, que no entienden por qué ese abuelo, al que nunca han visto enfadado, ha podido hacer tanto daño a su abuela como parar morir en la cárcel. Cómo ha podido dejar un agujero tóxico tan grande en el espacio afectivo que antes ocupaba. 

«Temo que no consiga odiarlo. Quizá este juicio me ayude a aceptar de una vez por todas el duelo. Mi padre está vivo, es cierto, pero quizá nunca podré mirarlo a los ojos y decirle que se ha llevado, ha arruinado, parte de mi vida, que ha apagado la chispa que tenía antes, que ha pisoteado la confianza instintiva que yo tenía en los hombres». 

A raíz de este proceso, que ha conmocionado a la opinión pública mundial, Caroline Darian ha empezado a poner el foco en un aspecto poco tratado de la violencia contra las mujeres: la sumisión química. Lo ha hecho con este libro y con la asociación M'endors pas (No me duermas), que ofrece asesoramiento y acompañamiento a víctimas de sumisión química. Ha transformado su trauma en una lucha colectiva con un coraje ejemplar.