Lo hemos visto en titulares de todo tipo en los últimos dos años: mientras que los hombres jóvenes cada vez simpatizan más con postulados de la extrema derecha, las mujeres jóvenes apoyan mayoritariamente las ideas de izquierda. El argumento más habitual para explicar este fenómeno es doble: el auge de los mensajes reaccionarios en redes sociales por un lado, y el auge del feminismo y los derechos de las minorías, por el otro. Este breve ensayo de Alicia Valdés, politóloga y psicoanalista, analiza críticamente este fenómeno, cuestiona la simplificación de este doble argumento y trata de explicar una fractura que nos interpela a todos como sociedad.
Me ha interesado especialmente cómo desmonta el tópico que se está asentando sobre las nuevas generaciones. Las encuestas sobre la polarización del voto en los jóvenes hace años que vienen sirviendo como apoyo para reafirmar con más contundencia algo que las generaciones mayores llevan diciendo muchos años: que los jóvenes son culpables. Culpables de no cursar estudios que les permitan acceder a mejores trabajos. Culpables de ser incapaces de ahorrar para una vivienda. Culpables de tener problemas de salud mental. Culpables de sentir el futuro como una fuente creciente de angustia y temor. Culpables de su precariedad. Y culpables, también, del auge de la extrema derecha.
Alrededor de un 20% de los hombres jóvenes dicen que la violencia de género es un invento ideológico, y es algo que sin duda nos debe preocupar. Pero ¿qué dice el otro 80%? Estaría bien que les preguntaran y que pudiéramos leer sus opiniones con la misma atención con que leemos las del otro 20%. Sus opiniones, por ejemplo, respecto a si el binarismo de género también es un invento ideológico. O sobre el impacto del consumo de productos de origen animal en el cambio climático. Culpar a las generaciones más jóvenes de la mayoría de los problemas de nuestro tiempo no solo es injusto e hipócrita, sino que tiene muy poco sentido. Ellas son el futuro. Y en ellas hay que buscar las soluciones.
Es verdad que existe un problema de comunicación grave entre generaciones. Siempre lo ha existido, pero parece que en la actualidad se está agravando. Alicia Valdés ahonda en los porqués de esta brecha comunicativa y de comprensión generacional. La adolescencia es uno de los periodos más duros de la vida. Lo es para cada generación. Pero muchos adolescentes de hoy no ven validada esta dureza en su experiencia. Crecen en una sociedad que ha cancelado la posibilidad de un progreso real y que les dice que si no han nacido en la familia adecuada, cada vez es más probable que su vida sea siempre precaria. Y no solo eso: las generaciones mayores no se cansan de decirles lo privilegiados que son por haber crecido entre algodones frente a lo mal que lo pasaron ellos. Es decir, no solo sus perspectivas de vida son peores que las de sus padres, sino que se les castiga la queja y se les pide que sean agradecidos, a riesgo de exponerse a los epítetos ya sabidos (caprichosos, egoístas, débiles, narcisistas, generación de cristal), que solo ensanchan la incomprensión y el desafecto.
Una de las primeras respuestas ante discursos de extrema derecha es el silenciamiento. Desde espacios de izquierda, directamente no se quiere escuchar a los jóvenes que los reproducen. Es algo hasta cierto punto instintivo: nos aislamos para protegernos de lo que percibimos como agresivo. Pero es importante preguntarse de dónde viene esa agresión. De qué ira. De qué malestar. De qué incomprensión. De qué falta de validación emocional. Hablamos mucho de los votantes de Trump o de los jóvenes antifeministas, pero ¿les estamos escuchando? ¿Por qué nos resulta tan incómodo su discurso? Si renunciamos a cualquier posibilidad de comunicación con ellos, ¿no será una forma definitiva de perderlos como sujetos necesarios para la convivencia?
Parece claro que una parte importante de los hombres, y, en particular, de los hombres jóvenes, se sienten víctimas de una sociedad que los discrimina. Según Alicia Valdés, «que su percepción no sea real no es algo que deba frenar nuestro estudio y comprensión. Actúan con base en ella, y eso es lo que nos interesa. No vale con decir: "dejad de haceros las víctimas". No. Debemos considerar el fenómeno para saber qué es lo que subyace y acabar con ello».
Este libro es la versión seria y en formato de ensayo breve de ¿Y los hombres qué?, de Caitlin Moran, aquella indagación en la psicología y la cultura masculinas desde el humor más descarado y desternillante. Me ha hecho pensar y me ha aportado energía y esperanza en la capacidad de comunicación y convivencia en un momento en el que parece que esta se va volviendo más inalcanzable.
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