Pues ya estoy entusiasmadito perdido. Porque no hay nada mejor para empezar el verano que un buen libro divertido, ligero y que te lleve de viaje, sin darte mucha cuenta, muy muy lejos de aquí. Este libro de Christopher Monger lo tiene todo: diversión, intriga, cotilleos, generosidad, compasión, y encima es capaz de que te apasiones por una montaña. ¿Por una montaña? Pues sí, y así lo voy a recomendar. Pero, ay, es que Ffynnon Garw (que un valiente salga a pronunciarlo) no es una montaña cualquiera.
Este es un libro sobre una montaña que en 1917 definía al pueblo que había en su falda y a sus habitantes. El orgullo de la gente. Para ellos, una insignia, una bandera, una identidad. Se trataba de una comunidad galesa que, como buena galesa que era, tenía poca paciencia con los ingleses. Los ingleses eran los descendientes de todas aquellas tribus belicosas que habían venido del continente una y otra vez para expulsarlos de sus tierras y violentarlos de mil maneras. Siempre que venía algún inglés por allí era porque quería llevarse algo que era suyo, ya fuera el carbón o el hierro de las montañas, los hombres para engrosar sus ejércitos o el dinero en forma de impuestos para engrosar sus arcas. A todos los efectos, los ingleses no eran muy diferentes de los alemanes contra los que ahora luchaban en el continente, porque, en verdad, ¿no era de allá de donde habían venido los antiguos sajones cuando invadieron las islas británicas?
Y ahora, dos de aquellos bárbaros estaban allí para medir la montaña, la montaña del pueblo. ¿Para qué, si podía saberse? ¿Para hacer nuevos mapas? ¿Y con qué objetivo? Bien es sabido que los mapas no se hacen casi nunca con fines altruistas. Los mapas sirven para dividir tierras, para marcar fronteras, para excluir más que para incluir. Y ellos, los galeses, no necesitaban de ningún mapa para saber hasta qué punto sus vecinos llevaban varios milenios excluyéndolos.
Los egipcios tenían sus pirámides, los griegos tenían sus templos. Pues bien, los galeses consideraban que nada de eso era importante, porque ellos tenían sus montañas. Sus montañas eran su hogar, siempre los habían protegido de todas las invasiones. Allí, en las montañas, fue donde los galeses tuvieron que esconderse invasión tras invasión, allí fue donde lo perdieron todo, hasta su nombre, pues los invasores los rebautizaron como "weallas", los "extraños". Los llamaron extraños en su propia tierra y en el idioma de otro. Y así se quedaron.
Y ahora estaban aquellos dos ingleses diciendo que quizá su montaña no era una montaña, sino una simple colina... ¡porque no llegaba a los mil pies! ¡Habrase oído tamaño disparate! ¡Cómo que Ffynnon Garw no era una montaña! «Si Ffynnon Garw no era una montaña, bien podían redibujar la frontera y pasar a considerarse los galeses del pueblo como parte de la llana Inglaterra. Y eso, para cualquier persona oriunda de Gales, francamente era peor que la muerte».
Esta novela de Christopher Monger, de la que también existe una versión cinematográfica protagonizada por Hugh Grant en 1995, es una historia galesa en la que, como no podía ser de otro modo, hay mucha cerveza, mucho humor, mucha inquina a los ingleses y, sobre todo, mucha pero que mucha lluvia. Es entretenidísima y encantadora y el refugio perfecto para cualquier tiempo turbulento. Te hace reír, te hace pensar, te evade de todo y te devuelve un poquito de fe en la especie humana.
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