jueves, 30 de julio de 2026

VACACIONES

Gente bonita:
Del 3 al 23 de agosto estaremos cerrados por vacaciones. 
Esperamos que paséis unos días con lectura de reserva. Y si no, ¡nos vemos a partir del lunes 24 de agosto!










miércoles, 29 de julio de 2026

ALLÍ DONDE VAS

No me olvides, el impactante cómic de Alix Garin. 
Viajes a tierras inimaginables, el maravilloso libro sobre cuidadores de Dasha Kiper. 
Arrugas, del inigualable Paco Roca. 
Lo que olvidamos, la emocionante novela de Paloma Díaz Mas. 

En los últimos años he leído varios libros sobre personas con enfermedades neurodegenerativas. Es un tema que me atrae mucho. Y que afecta directamente a casi un millón de personas en España. Pero cuando una persona enferma de alzhéimer, enferma también una parte importante de toda su familia. Sus vínculos, sus conexiones, sus recuerdos, sus planes. Así, podríamos decir que el alzhéimer trastoca la vida, directamente o indirectamente, de una de cada diez personas en España. Y probablemente, con el progresivo envejecimiento de la población, la proporción vaya subiendo con los años. 

Ante este problema de salud nacional que afecta a tantísima gente y que es tan difícil de gestionar, ¿qué hacer? ¿Cómo responder? ¿Cómo convivir con una persona cuya memoria ya no la sostiene?

Étienne Davodeau es un historietista sensible y generosísimo. Siempre me conmueven sus historias, la cercanía y la empatía con las que las cuenta. Para este cómic, ha recurrido a los conocimientos de su pareja, Françoise Roy, asistente social y acompañante de personas afectadas de alzhéimer, cuya tarea no consiste tanto en preservar la memoria como en crear vínculos humanos y relaciones de reconocimiento que potencien la autonomía y la dignidad de estos hombres y mujeres atenazados por el olvido y la confusión. 

Me ha gustado mucho una escena en la que ella y otras cuidadoras ayudan a subir escaleras a los pacientes. Pero no van detrás de ellos para prevenir caídas, ni a su lado para sostenerlos. Van delante, enseñándoles el camino, mostrándoles cómo mover las piernas, qué ritmo seguir, haciendo de ejemplo. El objetivo es mostrarles que pueden, enseñarles a valerse por sí mismos para que se olviden de toda la ayuda que necesitan. Cuanta más ayuda directa les dan, más se convencen los pacientes de todo lo que supuestamente no son capaces de hacer. Cuanto más les enseñan todas las cosas que pueden hacer sin ayuda, más autonomía ganan. Y mejor autoestima tienen. 

Davodeau habla de la importancia de preservar su derecho a la intimidad. No solo a hacer tareas cotidianas sin ayuda, sino a tener áreas vitales que sean solo suyas, ya sean espacios físicos o digitales. Habla de utilizar el lenguaje para reafirmar y validar, para potenciar las habilidades y la autoestima, nunca para restringir, controlar, censurar o limitar las capacidades. Con pequeños ajustes en la forma de comunicación, con una elección precisa y bondadosa de las palabras, se puede preservar en las personas con alzhéimer su conciencia de utilidad, el sentido de la responsabilidad y la sensación de pertenecer a una comunidad que las valore por todo lo que pueden seguir aportando.  

Me ha impresionado la flexibilidad de las cuidadoras, cómo se adaptan a cada persona y a todas sus infinitas circunstancias, haciéndola sentir segura, protegida y validada. Y la imaginación, la atención y la empatía que derrochan con cada intercambio. No me extraña nada que después de cada día acaben agotadas. Pero la ternura y la serenidad que ofrecen son un regalo que siempre les llega de vuelta, en algún momento, y que las dignifica. Ojalá libros como este contribuyan a que las personas con enfermedades neurodegenerativas sean consideradas verdaderamente como personas de pleno derecho antes que como enfermos. 






lunes, 27 de julio de 2026

NARA

Una rama sostiene una medialuna. Una medialuna naranja en cuarto creciente. Una niña la mira, sentada junto a un gato. Y el gato las mira a las dos, mientras las palabras vuelan. Lo primero que me enamoró de esta novela fue la ilustración de la cubierta. Los colores y el diseño, tan sencillo y tan evocador. No imaginaba la cantidad de significado que encarraban las figuras, capas y capas que la historia iría desvelando, como una cebolla dulce de la que emana una canción. Pero fue leer dos páginas y caer rendido a la cadencia de la prosa de Mónica Rodríguez y a la tensión embrujadora de la historia. Ya no pude parar. Un día me duró esta historia. Y sé que se va a quedar conmigo mucho tiempo. 

Nara es una niña que ha huido de las bombas. Estamos en la zona del Ebro en 1938, y el rugido de los aviones se ha vuelto una constante ominosa para las personas y los animales del bosque. Nara es una niña que un día, en una trinchera abandonada, encuentra un libro de poemas medio roto. Sin tapa. Con alguna hoja suelta. Poemas que lee despacio, le han enseñado lo suficiente para descifrar las palabras. Poemas que entiende y que no entiende. Que le gustan y que no le gustan. Pero que se le meten dentro. Es la música. La repetición. La vibración del aire después de decirlas en voz alta, en el silencio del bosque. Esas palabras hablan de todo y de nada. Hablan de ella. «Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa». Sí, hablan de ella. Porque su casa es ahora el bosque, los árboles que ajustan sus cortezas para acogerla y consolarla, y ese gato montés que la sigue con los ojos muy abiertos y el paso sigiloso. 

Los aviones bombardearon su pueblo y ella huyó, huyó, huyó al bosque. Se convirtió en una piedra más del río, en una rama más, un pájaro cualquiera encaramado a un árbol. Huyó al bosque para buscar a su hermano, reclutado para esa guerra que todo lo invade. Quizás a través de los versos verdes del libro pueda encontrar una pista de su paradero. Quizás este soldado herido que se ha encontrado pueda decirle algo, poner algo de orden en su mundo tan desordenado. 

Nara es la historia de una niña que recita versos en el bosque. Versos de un poeta asesinado que ninguna guerra podrá ya nunca silenciar. Versos que le sirven de consuelo y de camino para volver a su hogar, esté donde esté. 





jueves, 23 de julio de 2026

REDIMIR Y ADOCTRINAR: EL PATRONATO DE PROTECCIÓN A LA MUJER (1941-1985)

Solemos pensar que ciertos horrores del pasado no pueden repetirse. La represión de la dictadura parece superada y es difícil imaginar que instituciones como el Patronato de Protección a la Mujer pudieran tener cabida en la sociedad actual. Pero creo que descartar que pueda volver a someterse la libertad de las mujeres desde las instituciones públicas a veces impide ver que, en realidad, la mentalidad que permitió y propició la actividad del Patronato no se extinguió con su disolución. Esa mentalidad pervivió y se sigue transmitiendo de generación en generación sin que las olas feministas consigan socavarla. Son millones de mujeres y hombres, solo en España, que siguen creyendo en el valor moral de los estereotipos de género y que consideran que cuidar y educar consiste, sobre todo, en controlar y aleccionar. El legado del Patronato pervive, sin muchas actualizaciones, en la vida cotidiana de esas personas, que sienten la necesidad de perpetuar el orden moral que han aprendido, que juzgan como inmorales todos los comportamientos que puedan ir contra cierta norma estética, contra las creencias y costumbres que perciben como mayoritarias o contra determinadas formas de vivir y relacionarse en sociedad.  

Este libro aporta datos para recuperar la memoria de una institución represora que causó un daño irreparable a cientos de miles de mujeres durante más de cuatro décadas. Como dice la autora en el prólogo, «este libro es una invitación a la memoria, pero, sobre todo, a la justicia». 

La historiadora Carmen Guillén nos habla de «una sociedad forjada en el miedo, la culpa y la vigilancia mutua. Una sociedad donde la represión estaba incrustada en la vida cotidiana. Donde se desdibujó la frontera entre crimen e inmoralidad. Donde ser mujer significaba caminar sobre un sueño minado de normas invisibles». Una sociedad que tenía un sistema de creencias, unos discursos normalizados y una cultura del silencio que permitieron la creación del Patronato y respaldaron su influencia. 

Esta sociedad persiguió y encerró, a través de las redes del Patronato, a mujeres de todo tipo: mujeres que se manifestaban o tenían actividad política, mujeres del colectivo LGTBI, mujeres solteras embarazadas, mujeres que salían con disidentes políticos, mujeres cuyas familias querían controlar y someter y eran denunciadas, secuestradas e internadas previa denuncia paterna, prostitutas, mujeres sin tutela directa de un padre o marido. Todas tenían en común una cosa: no encajaban con el modelo de feminidad de la dictadura, y debían ser reeducadas en la moral nacionalcatólica a través del trabajo forzado y la oración como medios para redimir, y a través de la disciplina y el castigo como herramientas para adoctrinar. 

El reconocimiento íntegro del daño causado por parte de las congregaciones religiosas que participaron en la represión del Patronato sigue siendo una deuda pendiente. Mientras tanto, algunas de estas congregaciones no solamente siguen en activo, sino que incluso reciben premios por su labor en defensa de los derechos de las mujeres, como la Medalla de Oro de Las Palmas de Gran Canaria a las oblatas en 2024 o el premio de Derechos Humanos Rey de España a las adoratrices en 2015. 

Secuestros, humillaciones, tortura física y psicológica, robo de bebés, suicidios. La historia del Patronato es una historia de terror. Lograr que no se repita pasa por contar bien su historia y reclamar reparación, como hace este libro, y no dejar de insistir en una educación feminista, no solo para las nuevas generaciones, que no permita que el andamiaje moral del franquismo siga sosteniendo los principios de tanta gente. 





lunes, 20 de julio de 2026

LA BOCA LLENA DE TRIGO

No hay ninguna ilustración en este libro, pero he terminado la lectura con la sensación de haber estado viendo cuadros en cada página. No recuerdo haber leído un libro tan bello y tan inteligente sobre arte en mucho tiempo. Bello por las metáforas con las que pinta las emociones, e inteligente por la capacidad de precisar con poquísimas palabras ideas que muchos podemos tardar años en intuir. Me he sentido como si la autora viniera de paseo conmigo por un parque y fuera señalando un árbol allí y una ardilla allá, y el árbol y la ardilla y cada cosa de repente cobrara un color inesperado e hiciera cosas imposibles y el parque todo se transfigurara en una imagen de una belleza de otro mundo. 

Y, en medio de todo este apoteosis sensorial, la autora encuentra muchos huecos para ir sembrando reflexiones que me han resonado de muchas maneras, quizá porque, aunque ella es once años más joven que yo, compartimos muchas circunstancias generacionales, y porque, como la protagonista, también yo he estado metido de lleno en el mundo académico del arte hasta que salí abruptamente. Y la herencia de esa salida no se digiere con facilidad. 

¿De qué sirve un talento especial si no se tiene un entorno seguro y fértil en el que desarrollarlo? ¿Hasta qué punto este talento puede volverse una amenaza o una herida para quien no puede traducirlo en algo que lo dignifique? 

Mayte Gómez Molina nos habla de la dictadura de la belleza y de los cuerpos normativos, de la meritocracia y del síndrome de la impostura. De la omnipresente presión por gustar, por estar a la altura de las expectativas de los demás. Cuando tienes algún tipo de talento, esa presión empieza a dispararse. Una vez una persona a la que yo quería mucho me dijo que tener un talento te hace responsable del deber de cuidar, cultivar y difundir los productos de ese talento. Terminé por entender que tocar el piano solo para mí era egoísta y que cualquier cosa que no fuera promocionarme y venderme era no solo moralmente inaceptable, sino un desperdicio. El amor duró poco, pero el juicio perdura. Cómo se graban ciertas palabras. 

Pero esta novela no va solo de arte y de los obstáculos que se encuentran quienes aspiran a dedicarse a ello. Me he encontrado con cantidad de reflexiones elegantes y certerísimas sobre todo tipo de cuestiones, desde la estética de las cafeterías de diseño, que desde fuera invitan a entrar y desde dentro invitan a salir, hasta cómo «dentro de los seres humanos agoniza la capacidad de conversar: las personas se sientan una enfrente de la otra y se limitan a entrelazar monólogos mediante un sistema de turnos». Leer este libro es un estímulo constante, me ha provocado la fascinación de un malabarista con seis manzanas en el aire o la de un músico tocando cientos de hojas de partituras de memoria. 

«Los mejores momentos de su pintura eran cuando sentía que dejaba de importar, que ella solo era el tobogán por el que bajaban las ideas como unos niños preciosos, cantando». Quizá esa sea la clave, que el resultado deje de importar. Que las expectativas de la gente dejen de modelar tan duramente nuestra autoestima para que las ideas hermosas y originales puedan respirar libremente. Que el arte sea como «un insecto que llega al corazón y lo poliniza para que florezca a su manera». 




jueves, 16 de julio de 2026

FANTASMAS

¡Cómo me gusta Dolly Alderton! Mientras leía este libro, no dejaba de mandarle mensajes a P. con muchos signos de exclamación y emoticonos (muy milenial todo, sí), ¡mira este párrafo! ¡Pero qué buena es! ¡Por favor, las descripciones de los modelitos de Lola! ¡Dios, qué conversación de ruptura más brutal! ¡Ha reaparecido X! Y ella, que me descubrió a Dolly Alderton hace unos meses, respondía sonriendo tranquilamente como diciendo: te lo dije, pequeño saltamontes, te dije que te iba a gustar. Me gusta conseguir que me resuenen muchas voces radicalmente distintas, con los libros, con el cine y con el arte en general. Pero lo de esta autora es otro nivel. Será porque llevaba varios ensayos densos seguidos, o porque, sin saberlo, estaba hambriento de una lectura ligera, rápida y que me hablara de este mundo con una voz inteligente y divertida, el caso es que cada libro que leo de nuestra querida Dolly me vuelve más aldertoniano. 

Aldertoniano porque nunca me canso de leer historias de amor que nunca salen como estaban planeadas; porque me encanta ese humor inglés un poco absurdo y autoparódico que, como dice P., puede convertir a una familia y sus múltiples animales en un clásico inmediato o describir las formas de vivir el amor de toda una generación como hace Dolly Alderton en sus libros; porque me reconozco en cualquier mirada igualitaria que se ría del machismo y del clasismo y se reserve siempre media broma para lo serios que nos ponemos cuando hablamos de igualdad; y supongo que porque me interpela, me hace reír, me emociona y es la amiga que tantas personas querríamos tener siempre cerca. 

Ah, claro, y porque tiene un humor deliciosamente afiladito. Sobre todo, cuando habla de los hombres, esos niños grandes con enormes dificultades para asumir su responsabilidad respecto a todo lo que tiene que ver con la gestión de la vida adulta, y en especial de sus relaciones. «Ser una mujer a la que le gustan los hombres suponía ser traductora de sus emociones, enfermera de cuidados paliativos para su orgullo y negociadora de rehenes para sus egos». 

Para la protagonista de Fantasmas, «la mayoría de los hombres piensan que una buena conversación es aquella en la que han impartido conocimientos o información que otros no sabían todavía, aquella en la que han contado una anécdota interesante o han dado sus consejos para un plan que alguien iba a poner en marcha, o, en general, aquella en la que han dejado su marca como un meado en el tronco de un árbol. Si han aprendido más de lo que han comunicado durante la noche, después están alicaídos, como si la fiesta no hubiera sido un éxito o ellos no lo hubieran hecho bien». 

Pero no solo va de hombres y mujeres esta novela, también de padres que se hacen mayores y van perdiendo la memoria, y del agujero que dejan ciertas enfermedades en el frágil tejido de cada familia. La protagonista tiene que lidiar con todo ello y nos cuenta el día a día con un padre enfermo, con amistades que se van desintegrando por una epidemia treintañera llamada maternidad y los pagos mensuales de una hipoteca que ha pasado de vivirse como un rito de paso triunfal a la edad adulta a convertirse en una rutina precarizante. 

La maternidad (y no tanto la paternidad heterosexual) casi siempre desplaza todas las prioridades. Y descoloca el lugar que ocupan las amistades. La narradora habla del comodín de ser madre o padre, que pone todas las necesidades de las personas sin pareja o sin hijos en un segundo plano. Porque las personas con hijos tienen prioridad, siempre, para casi todo. Y miran con cierta superioridad los problemas cotidianos de las personas sin hijos como diciendo: no tienes ni idea de lo que es un problema de verdad. Porque «la tradición dicta que las metamorfosis son de los casados; el resto existimos de forma estática en el mundo». 

Pero no solo la maternidad descoloca las amistades. El simple paso del tiempo, con todos esos pequeños viajes interiores que emprendemos, hace que nuestras vidas vayan tomando giros que nos alejan de las amistades irremediablemente hasta volverlas casi irreconocibles. Y seguimos quedando con ellas, buscando una y otra vez aquella persona que una vez conocimos y que ya no aparece ni en los gustos comunes, ni en el sentido del humor ni siquiera en el placer de evocar los recuerdos. Y, sin embargo, parece que siempre se puede rescatar algo si se presta la suficiente atención con la suficiente paciencia. La protagonista de Fantasmas lleva su soledad como una piedra preciosa, brillante y resplandeciente que a veces se transforma en algo triste, incluso un poco inmanejable. Algo oscuro que puede llegar a dar miedo. Pero piensa que si amar significa convertirse en el guardián de la soledad de la persona amada, a lo mejor la amistad es ser el guardián de la esperanza de la amiga. Y esa idea es algo por lo que merece la pena cualquier vida. 





lunes, 13 de julio de 2026

PUES NO SE TE NOTA

Muchas personas hemos aprendido desde la infancia que expresarnos con naturalidad conlleva el riesgo de recibir rechazo. Y para protegernos, nos enmascaramos. De forma más o menos inconsciente, nos camuflamos. Expresamos menos emociones de las que sentimos. Nos callamos mucho de lo que pensamos. Nos acostumbramos a vivir en los márgenes, a ocupar poco espacio. A veces, pasamos tanto tiempo sin quitarnos la máscara, sin encontrar un espacio seguro para hacerlo, que llegamos a confundirla con lo que somos. Mientras vamos perfeccionando nuestra máscara, las personas de nuestro entorno se dan cuenta de que no encajamos en sus expectativas. Y no dudan en ponernos etiquetas. Con el paso del tiempo, incluso aceptamos las etiquetas que nos ponen como propias: tímidos, distantes, caóticas, insensibles, inconstantes. Raros, raras. Diferentes. Y como esas etiquetas duelen, intentamos luchar contra ellas. Y nos esforzamos en perfeccionar las múltiples máscaras necesarias para encajar, para sacudirnos las etiquetas y ser más abiertos, más sonrientes, más ordenadas, más atentos, más constantes. Nos esforzamos hasta el agotamiento, diariamente, para ser lo que los demás esperan que seamos. Para complacer los prejuicios ajenos. 

Este ensayo de Bea Sánchez es una mano tendida que ofrece ciencia y compasión a todas aquellas personas que camuflan su neurodivergencia para no recibir discriminación y violencia. A todas aquellas personas que sonríen en una conversación grupal trivial mientras internamente están gritando desesperadas por marcharse de ahí. A todas aquellas personas que escuchan atentamente, sin interrumpir y sin moverse los monólogos interminables de quien tienen delante cuando todo su cuerpo clama por otros estímulos. 

La autora escribe sobre cómo la capacidad intelectual nos permite perfeccionar nuestro camuflaje. A mayor capacidad intelectual, mayor conciencia de la diferencia y de las propias dificultades para una socialización satisfactoria, y también mayor abanico de herramientas para enmascararnos y hacernos pasar por una persona neurotípica. Y es que el camuflaje nos protege, muchas personas lo consideramos imprescindible para la vida en sociedad. A menudo ni nos damos cuenta de que camuflamos. Pero siempre provoca un desdoblamiento. La identidad se desdibuja y, a fuerza de representar un papel, a menudo nos olvidamos de nosotros mismos. Dejamos de percibir con claridad quiénes somos. Incluso, llegamos a identificar esa identidad escondida con la vergüenza y con el dolor. Con algo defectuoso. Algo que hay que esconder a toda costa. Y seguimos camuflando. 

Seguimos camuflando porque el aislamiento producido por la incapacidad de conectar con los demás puede herir nuestra identidad mucho más que el más agotador de los camuflajes. Muchas personas neurodivergentes afrontamos una disyuntiva abrumadora: o forzamos un camuflaje a menudo doloroso para conectar, o simplemente para compartir espacio con otras personas, o nos conformamos con una soledad no deseada que mina nuestra autoestima. La salida, como siempre, es encontrar personas con las que poder ser nosotros mismos sin necesidad de enmascarar tanto nuestra identidad. Personas con las que poder conectar de forma significativa, a una profundidad que a menudo es percibida como excesivamente intensa o rara por las personas neurotípicas. Encontrar a esas personas y cuidar los vínculos con ellas es, para muchas personas neurodivergentes, lo que nos permite encontrar cierta seguridad, cierto refugio, en una vida percibida como amenazante la mayor parte del tiempo.

¿Qué provoca tanta necesidad de camuflaje?, podrían preguntarse algunas personas. ¿Por qué nos tenemos que proteger tanto? Bueno, quizá porque la mayoría fuimos educados en la pluralidad para que fuéramos libres, pero luego nos reprimieron sin cesar si no entrábamos dentro de los miles de marcos estrechos que dicta la normalidad neurotípica. Y nos dijeron: sonríe más, no hables tanto, no te quedes tan callado, para un poco quieto, qué cosas más raras dices, juega más con los otros niños, no llores, dime lo que sientes, no te encierres en tu habitación, no tengas secretos, no te balancees, no hagas gestos repetitivos con las manos, no canturrees, mírame a los ojos cuando te hablo, dale un beso a tus tíos, etc. Continuamente. Día tras día. Durante años y años. Todo con tal de corregir cualquier «desviación» de la norma. Todo con tal de que nuestros comportamientos pasaran como «normales». Y casi siempre, a un coste muy elevado para nuestra salud mental. 

Con nuestras máscaras suavizamos nuestras aristas, aplanamos nuestros intereses, silenciamos nuestras preguntas y nuestra curiosidad y renunciamos al debate con el objetivo de mimetizarnos con nuestro entorno. Y lo hacemos para no ser castigados. No es un miedo infundado. Es un miedo desarrollado tras cientos, miles de reproches acumulados, gestos de desdén, acusaciones, vacíos y miradas de incomprensión o burla. Todo esto la mayoría lo hemos vivido en entornos familiares, donde las expectativas y exigencias se explicitan de formas brutales gracias a «la confianza», y en entornos de socialización obligatoria como la escuela o el trabajo. Por eso el refugio casi siempre lo encontramos en la pareja y en las amistades, en esas familias elegidas en cuya compañía sentimos, con inmenso alivio, que por fin podemos dejar de fingir para encajar porque no va a haber castigo si nos arriesgamos a ser como somos. 

Bea Sánchez argumenta que las neurodivergencias, y en especial el autismo, el TDAH y las altas capacidades, no definen trastornos ni dones privilegiados, sino simplemente diferencias en el procesamiento cognitivo. Y reclama que estas diferencias no sean un motivo de fiscalización ni de exclusión. Que podamos sentirnos no solo aceptados sino celebrados en ellas. 




jueves, 9 de julio de 2026

DIARIO DE UN JOVEN MÉDICO

Ezzideen Shehab, nacido en 1995, volvió a Gaza a principios de octubre de 2023. Había pasado nueve años estudiando medicina fuera y ahora llegaba para reencontrarse con los suyos y dedicarse a su profesión en su hogar. Una semana después, cuarenta y dos familiares suyos fueron asesinados por los israelíes en un bombardeo. La guerra llegó para hacer saltar su vida y su futuro por los aires. A partir de ese momento, se dedicaría a la medicina, sí, pero de una forma desesperada, temiendo cada día por su vida, sin apenas cobrar por su trabajo y en medio de un infierno que ningún ser humano debería tener que soportar. 

Para Ezzideen, regresar a casa se convirtió en una lucha cotidiana por la supervivencia. Por la suya y por la de los miles y miles de pacientes que atendería mes tras mes, y por los que a menudo no podría hacer nada por falta de medios. Leía en los medios internacionales sobre su propia situación. En todos se hablaba de los palestinos. Pero, cuando no se los trataba de terroristas, se convertían en simples cifras que, tratando de cuantificar el horror, en realidad lo escondían. Escondían la humanidad, la dolorosa, sucia y desesperada humanidad del genocidio. «No somos solo números. Teníamos vidas, teníamos historias, teníamos sueños. Recibíamos amor y lo dábamos». 

Describe a gente que huye de la muerte con sus cuerpos como única pertenencia y se sientan en el suelo, en la calle, en el patio de una escuela, esperando que todo acabe, con la mirada perdida. Y, a pesar de todo, en su forma de andar, en la opacidad de sus miradas, el autor advierte una resistencia inexplicable, una terquedad: sus cuerpos retan a sus verdugos a que sigan intentando quebrarlos, a ver si lo consiguen. 

El genocidio palestino sigue en curso, ante la mirada pasiva de quienes podrían tomar medidas para ponerle fin, y resulta aterrador pensar que el mundo en que vivimos pueda convivir con semejante barbarie. Un mundo en el que, por ejemplo, cualquier niño o niña puede despertarse en mitad de la noche atravesada por un trozo de metralla. Un mundo en el que la violencia, la más brutal y sistemática violencia, puede quedar impune si se reúnen los suficientes intereses económicos. Un mundo en el que nadie obliga a los culpables a asumir su responsabilidad. 

¿Cómo seguir ejerciendo la medicina cuando ya no quedan medios para curar? ¿Cómo afrontar la impotencia de saber que muchos de sus pacientes se podrían curar sin problema en cualquier otro sitio con los medicamentos adecuados? ¿Por qué seguir? Ezzideen Shaheb sigue, ha seguido a pesar de todo, porque «cada momento que dedicas a ayudar es una promesa de que no estamos vencidos». 

«Las batallas más difíciles no se libran con armas o bombas, sino con la memoria». Todos somos portadores de una memoria personal y colectiva. Podemos elegir encogernos de hombros ante el sufrimiento ajeno o hacer que nos importe. Está en nuestras manos elegir cuánta humanidad podemos soportar en nuestra memoria, cuánto nos puede importar lo que les ocurra a los demás. Esa implicación determina el tipo de mundo en el que queremos vivir, y el tipo de vida que queremos llevar. Elegir implicarse, de la forma que sea, es elegir vivir más cerca de lo que nos hermana como seres humanos. 

«Nos dijeron que los hospitales eran sagrados. Pero aquí lo sagrado es una broma de mal gusto que se les cuenta a los cadáveres. Aquí, los hospitales no se salvan, se les da una lección. Y en algún sitio, muy lejos de aquí, un hombre sella un papel. Otro se coloca bien las gafas. Un tercero dice: «necesitamos más información». Pero nosotros tenemos toda la información que necesitamos. Vemos salir del escenario el alma de la humanidad, sin saludar al público. Y cae el telón». 

«¿Dónde está el mundo? ¿Dónde están las voces que invocaban la humanidad, la ley, Dios? ¿Queréis cifras? No os las voy a dar. Las cifras deshumanizan. Hacen que los muertos sean más fáciles de asimilar. Sí os voy a dar lo siguiente: el sonido que se oye cuando un niño boquea asfixiado en el polvo. La mirada en los ojos de una enfermera cuando se da cuenta de que ya no le queda nada que ofrecer. La dignidad, callada e insoportable, de un pueblo condenado a morir de forma ordenada, sin armar escándalo. Esto no es una súplica. Es una acusación». 





lunes, 6 de julio de 2026

CAPTURO EL CASTILLO

Qué alegría me ha dado leer este libro. No recordaba una narradora tan espontánea y cercana, con un carácter tan resuelto y alegre, proactivo y siempre receptivo para la ironía. Y es que la protagonista, que nos cuenta en forma de diario las pequeñas peripecias de su familia, es vivaracha, intrépida, sensible, perspicaz: vamos, lo tiene todo para pasar unas vacaciones fascinantes con ella y olvidarte de todo. 

Qué es más deseable: ¿vivir a lo Jane Austen o a lo Emily Brontë? ¿Sensatez o pasión? ¿Contención o desenfreno? La narradora se plantea, sin pensárselo mucho, que lo ideal sería mitad y mitad. Y así lo aplica para su vida. Con estas dos autoras como modelos, susurrándole al oído consejos a menudo opuestos, la narradora nos pinta la vida en un castillo lúgubre y ruinoso como un rayo de luz que siempre consigue atravesar toda desazón. Porque motivos para la desazón hay muchos, desde la pobreza galopante y cuesta abajo hasta la frustración por ver su amor dirigirse al hombre equivocado. Pero esta Cassandra, con unos diecisiete años exultantemente juveniles, está convencida de que todo puede formar parte de la emoción de vivir, hasta la tarea más tediosa o rutinaria como tender la ropa o preparar el té. 

Cuando nadie la ve, se pasa largos ratos mirando cómo cambian de forma las nubes blancas de la primavera y notando cada destello de belleza en los lugares por los que pasa. Para ella, todo es un secreto, un tesoro oculto esperando su mirada para ser descubierto. Quiere escribir a toda costa, pero en realidad no le importa demasiado que la interrumpan, «porque la vida es demasiado emocionante como para permanecer sentada mucho tiempo». Vive en un presente floreciente e inacabable, pero nunca se olvida de dónde viene, de qué huecos familiares, de qué promesas no cumplidas. «Una es siempre consciente del pasado. Es como una presencia, como una caricia en el aire». Y todo habría seguido igual si no hubiera sido por la irrupción inesperada y emocionante de dos hermanos estadounidenses que han heredado el castillo y llegan para poner patas arriba la vida de la encantadora Cassandra y su familia. 

Me ha encantado la descripción del contraste cultural entre los estadounidenses y los ingleses en los años treinta, cómo la autora describe la formalidad inglesa que tanto sorprende a los estadounidenses, esa ligera altivez, esa reserva educadísima que se confunde con displicencia o, incluso, con arrogancia, y que esconde tanta ironía y tanto humor. En fin, me ha parecido una novela bonita, agradabilísima e inteligente, y la narradora, una voz que viene bien tener siempre cerca, para iluminar cualquier sombra que nos empañe la sonrisa. 




jueves, 2 de julio de 2026

EL VIAJE

Cada nuevo libro de Paco Roca es un acontecimiento. Llega a la librería e inmediatamente lo pongo en el mostrador, en el escaparate, en la sección de cómics, y dejo cualquier libro que estuviera leyendo para llevármelo a casa y devorarlo de una sentada. Mira que me entusiasmo mucho por los autores que me gustan, pero lo de Paco Roca es especial. Ya no es solo que sus historias me atrapen, me emocionen y me produzcan mucha admiración: es que, sin conocerlo más que por algunas entrevistas, el tipo me cae condenadamente bien. 

Este nuevo libro suyo trata sobre una relación de pareja que se rompe tras casi veinte años de vida en común. Podría parecer que es una temática nueva en la obra de Paco Roca, que nos tiene acostumbrados a libros sobre memoria histórica y sobre la herencia del pasado en las costuras de las vidas privadas. Pero ya abordó temas familiares más íntimos, por ejemplo en La casa y en Regreso al Edén, donde la pérdida de una relación dejaba a la vista emociones profundas que el autor trataba con la delicadeza y generosidad que le caracterizan. El amor y el duelo se entrelazan aquí en un viaje por una tierra gélida e inhóspita, real y figurada, que marca un final pero también el comienzo de una historia por habitar. 

Las relaciones de pareja nos configuran la vida. No es que sean importantes, es que de muchas formas nos hacen ser quienes somos. Miramos a nuestra pareja y nos decimos: yo soy porque estoy contigo. Y no pensamos: ¿qué sería si ya no estuviéramos juntos? Hay ciertas rupturas que nos parecen inconcebibles. Y, cuando ocurren, nos dejan ciegos. Perdidos en un mundo a oscuras que tenemos que aprenden a percibir con otros sentidos. Algo así le ocurre al protagonista de esta historia, varado en un lugar remoto del sur de Argentina por la cancelación de su vuelo de regreso, que repasa la historia de su ruptura con la madre de sus hijas mientras espera en un limbo solitario a que le asignen un nuevo vuelo. Una nueva forma de regresar del dolor y del rencor. 

El uso de los distintos colores para plasmar los distintos planos temporales y emocionales de la historia me ha parecido maravilloso. Hay escenas cuya intensidad emocional abruma especialmente por la sencillez con la que están representadas. Creo que cualquiera que haya experimentado una ruptura dolorosa podrá sentir esta historia latir poderosamente por dentro. Es un libro guía por el viaje de vuelta del duelo. Un libro espejo que te devuelve una imagen compasiva, una mano abierta que te dice: este viaje es tuyo, pero no estás solo.