Muchas personas hemos aprendido desde la infancia que expresarnos con naturalidad conlleva el riesgo de recibir rechazo. Y para protegernos, nos enmascaramos. De forma más o menos inconsciente, nos camuflamos. Expresamos menos emociones de las que sentimos. Nos callamos mucho de lo que pensamos. Nos acostumbramos a vivir en los márgenes, a ocupar poco espacio. A veces, pasamos tanto tiempo sin quitarnos la máscara, sin encontrar un espacio seguro para hacerlo, que llegamos a confundirla con lo que somos. Mientras vamos perfeccionando nuestra máscara, las personas de nuestro entorno se dan cuenta de que no encajamos en sus expectativas. Y no dudan en ponernos etiquetas. Con el paso del tiempo, incluso aceptamos las etiquetas que nos ponen como propias: tímidos, distantes, caóticas, insensibles, inconstantes. Raros, raras. Diferentes. Y como esas etiquetas duelen, intentamos luchar contra ellas. Y nos esforzamos en perfeccionar las múltiples máscaras necesarias para encajar, para sacudirnos las etiquetas y ser más abiertos, más sonrientes, más ordenadas, más atentos, más constantes. Nos esforzamos hasta el agotamiento, diariamente, para ser lo que los demás esperan que seamos. Para complacer los prejuicios ajenos.
Este ensayo de Bea Sánchez es una mano tendida que ofrece ciencia y compasión a todas aquellas personas que camuflan su neurodivergencia para no recibir discriminación y violencia. A todas aquellas personas que sonríen en una conversación grupal trivial mientras internamente están gritando desesperadas por marcharse de ahí. A todas aquellas personas que escuchan atentamente, sin interrumpir y sin moverse los monólogos interminables de quien tienen delante cuando todo su cuerpo clama por otros estímulos.
La autora escribe sobre cómo la capacidad intelectual nos permite perfeccionar nuestro camuflaje. A mayor capacidad intelectual, mayor conciencia de la diferencia y de las propias dificultades para una socialización satisfactoria, y también mayor abanico de herramientas para enmascararnos y hacernos pasar por una persona neurotípica. Y es que el camuflaje nos protege, muchas personas lo consideramos imprescindible para la vida en sociedad. A menudo ni nos damos cuenta de que camuflamos. Pero siempre provoca un desdoblamiento. La identidad se desdibuja y, a fuerza de representar un papel, a menudo nos olvidamos de nosotros mismos. Dejamos de percibir con claridad quiénes somos. Incluso, llegamos a identificar esa identidad escondida con la vergüenza y con el dolor. Con algo defectuoso. Algo que hay que esconder a toda costa. Y seguimos camuflando.
Seguimos camuflando porque el aislamiento producido por la incapacidad de conectar con los demás puede herir nuestra identidad mucho más que el más agotador de los camuflajes. Muchas personas neurodivergentes afrontamos una disyuntiva abrumadora: o forzamos un camuflaje a menudo doloroso para conectar, o simplemente para compartir espacio con otras personas, o nos conformamos con una soledad no deseada que mina nuestra autoestima. La salida, como siempre, es encontrar personas con las que poder ser nosotros mismos sin necesidad de enmascarar tanto nuestra identidad. Personas con las que poder conectar de forma significativa, a una profundidad que a menudo es percibida como excesivamente intensa o rara por las personas neurotípicas. Encontrar a esas personas y cuidar los vínculos con ellas es, para muchas personas neurodivergentes, lo que nos permite encontrar cierta seguridad, cierto refugio, en una vida percibida como amenazante la mayor parte del tiempo.
¿Qué provoca tanta necesidad de camuflaje?, podrían preguntarse algunas personas. ¿Por qué nos tenemos que proteger tanto? Bueno, quizá porque la mayoría fuimos educados en la pluralidad para que fuéramos libres, pero luego nos reprimieron sin cesar si no entrábamos dentro de los miles de marcos estrechos que dicta la normalidad neurotípica. Y nos dijeron: sonríe más, no hables tanto, no te quedes tan callado, para un poco quieto, qué cosas más raras dices, juega más con los otros niños, no llores, dime lo que sientes, no te encierres en tu habitación, no tengas secretos, no te balancees, no hagas gestos repetitivos con las manos, no canturrees, mírame a los ojos cuando te hablo, dale un beso a tus tíos, etc. Continuamente. Día tras día. Durante años y años. Todo con tal de corregir cualquier «desviación» de la norma. Todo con tal de que nuestros comportamientos pasaran como «normales». Y casi siempre, a un coste muy elevado para nuestra salud mental.
Con nuestras máscaras suavizamos nuestras aristas, aplanamos nuestros intereses, silenciamos nuestras preguntas y nuestra curiosidad y renunciamos al debate con el objetivo de mimetizarnos con nuestro entorno. Y lo hacemos para no ser castigados. No es un miedo infundado. Es un miedo desarrollado tras cientos, miles de reproches acumulados, gestos de desdén, acusaciones, vacíos y miradas de incomprensión o burla. Todo esto la mayoría lo hemos vivido en entornos familiares, donde las expectativas y exigencias se explicitan de formas brutales gracias a «la confianza», y en entornos de socialización obligatoria como la escuela o el trabajo. Por eso el refugio casi siempre lo encontramos en la pareja y en las amistades, en esas familias elegidas en cuya compañía sentimos, con inmenso alivio, que por fin podemos dejar de fingir para encajar porque no va a haber castigo si nos arriesgamos a ser como somos.
Bea Sánchez argumenta que las neurodivergencias, y en especial el autismo, el TDAH y las altas capacidades, no definen trastornos ni dones privilegiados, sino simplemente diferencias en el procesamiento cognitivo. Y reclama que estas diferencias no sean un motivo de fiscalización ni de exclusión. Que podamos sentirnos no solo aceptados sino celebrados en ellas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario