jueves, 9 de julio de 2026

DIARIO DE UN JOVEN MÉDICO

Ezzideen Shehab, nacido en 1995, volvió a Gaza cinco días antes del inicio de la guerra. Había pasado nueve años estudiando medicina fuera y ahora llegaba para reencontrarse con los suyos y dedicarse a su profesión en su hogar. Una semana después, cuarenta y dos familiares suyos fueron asesinados por los israelíes en un bombardeo. La guerra llegó para hacer saltar su vida y su futuro por los aires. A partir de ese momento, se dedicaría a la medicina, sí, pero de una forma desesperada, temiendo cada día por su vida, sin apenas cobrar por su trabajo y en medio de un infierno que ningún ser humano debería tener que soportar. 

Para Ezzideen, regresar a casa se convirtió en una lucha cotidiana por la supervivencia. Por la suya y por la de los miles y miles de pacientes que atendería mes tras mes, y por los que a menudo no podría hacer nada por falta de medios. Leía en los medios sobre su situación. En todos se hablaba de los palestinos. Pero, cuando no se los trataba de terroristas, se convertían en simples cifras que, tratando de cuantificar el horror, en realidad lo escondían. Escondían la humanidad, la dolorosa, sucia y desesperada humanidad del genocidio. «No somos solo números. Teníamos vidas, teníamos historias, teníamos sueños. Recibíamos amor y lo dábamos». 

Describe a gente que huye de la muerte con sus cuerpos como única pertenencia y se sientan en el suelo, en la calle, en el patio de una escuela, esperando que todo acabe, con la mirada perdida. Y, a pesar de todo, en su forma de andar, en la opacidad de sus miradas, el autor advierte una resistencia inexplicable, una terquedad: sus cuerpos retan a sus verdugos a que sigan intentando quebrarlos, a ver si lo consiguen. 

El genocidio palestino sigue en curso, ante la mirada pasiva de quienes podrían tomar medidas para ponerle fin, y resulta aterrador pensar que el mundo en que vivimos pueda convivir con semejante barbarie. Un mundo en el que, por ejemplo, cualquier niño o niña puede despertarse en mitad de la noche atravesada por un trozo de metralla. Un mundo en el que la violencia, la más brutal y sistemática violencia, puede quedar impune si se reúnen los suficientes intereses económicos. Un mundo en el que nadie obliga a los culpables a asumir su responsabilidad. 

¿Cómo seguir ejerciendo la medicina cuando ya no quedan medios para curar? ¿Cómo afrontar la impotencia de saber que muchos de sus pacientes se podrían curar sin problema en cualquier otro sitio con los medicamentos adecuados? ¿Por qué seguir? Ezzideen Shaheb sigue, ha seguido a pesar de todo, porque «cada momento que dedicas a ayudar es una promesa de que no estamos vencidos». 

«Las batallas más difíciles no se libran con armas o bombas, sino con la memoria». Todos somos portadores de una memoria personal y colectiva. Podemos elegir encogernos de hombros ante el sufrimiento ajeno o hacer que nos importe. Está en nuestras manos elegir cuánta humanidad podemos soportar en nuestra memoria, cuánto nos puede importar lo que les ocurra a los demás. Esa implicación determina el tipo de mundo en el que queremos vivir, y el tipo de vida que queremos llevar. Elegir implicarse, de la forma que sea, es elegir vivir más cerca de lo que nos hermana como seres humanos. 

«Nos dijeron que los hospitales eran sagrados. Pero aquí lo sagrado es una broma de mal gusto que se les cuenta a los cadáveres. Aquí, los hospitales no se salvan, se les da una lección. Y en algún sitio, muy lejos de aquí, un hombre sella un papel. Otro se coloca bien las gafas. Un tercero dice: «necesitamos más información». Pero nosotros tenemos toda la información que necesitamos. Vemos salir del escenario el alma de la humanidad, sin saludar al público. Y cae el telón». 

«¿Dónde está el mundo? ¿Dónde están las voces que invocaban la humanidad, la ley, Dios? ¿Queréis cifras? No os las voy a dar. Las cifras deshumanizan. Hacen que los muertos sean más fáciles de asimilar. Sí os voy a dar lo siguiente: el sonido que se oye cuando un niño boquea asfixiado en el polvo. La mirada en los ojos de una enfermera cuando se da cuenta de que ya no le queda nada que ofrecer. La dignidad, callada e insoportable, de un pueblo condenado a morir de forma ordenada, sin armar escándalo. Esto no es una súplica. Es una acusación». 





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