Andy es un cómico y le acaban de dejar. Su colega Emery le dice que «un corazón roto es el mejor atrezo que puede tener un bufón», pero él no lo ve tan claro. Sospecha que se está quedando calvo (tiene una carpeta en el móvil donde va guardando fotos semanales de su coronilla para controlar la debacle). No tiene ahorros. Sus amigos están todos emparejados y con hijos y no saben cómo consolarlo. Vive con un misántropo conspiranoico, coleccionista de sopas en lata de setenta y ocho años. Y echa tanto de menos a Jen que piensa que la vida sin ella ya solo va a consistir en hacer equilibrismos imposibles por la cuerda floja.
Siente una insatisfacción permanente. Salir de fiesta se ha convertido en una forma de distraerse de sí mismo, de su necesidad de más cercanía, más amor, más aplauso, más conexión. Siente que nunca tendrá validación suficiente, que siempre estará buscando algo que no sabe precisar. Piensa que toda alegría necesita saberse al borde de la tristeza. Nada dura, nada permanece. A veces quiere poner todo su empeño en volver a ser persona, pero se da cuenta de que cuanto más lejos está del dolor, más lejos está de ella. «A los buenos momentos les hace falta tener debajo el fuego de la tragedia para seguir en ebullición».
Lo peor, a veces, es cuando queda con sus colegas y constata ese terror tan masculino a mostrarse vulnerables, la incomodidad ante las conversaciones sobre emociones, ese no saber aceptar nunca un cumplido, no tolerar más expresión de amor que la de una pareja. Piensa: «Quiero tirarles mi dolor en la cara para obligarlos a reconocer en voz alta por lo que estoy pasando. Quiero llevarles mi ruptura mutilada en la boca y dejársela delante como un gato que trae un ratón ensangrentado del jardín». Pero no lo hace. Claro que no lo hace. Tiene demasiado miedo a que bajen la cabeza y solo puedan responderle con un silencio avergonzado.
Mientras tanto, su ex se ha ido a un hotel con spa con sus amigas. Y se la imagina «descansando en una gran suite, bebiendo vino, hablando de esa forma en la que a veces oía que hablaban cuando venían a su piso. Cada una esperando su turno para presentar una emoción que ha sentido y todas colocándola bajo el microscopio para examinarla, como si fuera una piedra preciosa de mil millones de caras». ¿Por qué los hombres no pueden hacer lo mismo? ¿Por qué la única salida parece ser alejar todo lo posible las emociones con alcohol para tratar de dejar de sentir, en vez de afrontar el dolor y tratar de sanarlo compartiéndolo?
Muy en la línea de El factor Rachel, de Caroline o'Donoghue, de ¿Y los hombres qué?, de Caitlin Moran, o de Alguien como tú, de Nick Hornby, esta novela fresca, cercana y divertida retrata muy bien cómo afrontan las rupturas amorosas los treintañeros y los pasos titubeantes y encantadores que dan en la cuerda floja de eso que hemos aprendido a llamar amor romántico. Me ha encantado el retrato que hace de la socialización masculina frente a la femenina y de ese momento en la vida en que nos damos cuenta de que todo lo que creíamos saber sobre la amistad y el amor se viene abajo y tenemos que empezar a repensarlo todo de nuevo desde abajo. Una delicia de novela, para comentar con amigos y parejas y convertirla en un espejo humorístico pero verdadero donde ver nuestros propios equilibrismos por la cuerda floja.




















