La idea que nos divide entre un «ellos» y un «nosotros», apelando a diferencias étnicas, raciales, religiosas o culturales, sigue permeando en buena parte de la población, transmitiéndose de generación en generación. Incluso en aquellas personas que no se consideran fascistas, ni de derechas. Y es que hay muchas personas que votan a partidos de izquierdas y que hacen gala de una militancia antifascista, pero que recelan de los extranjeros, perciben su identidad nacional de forma excluyente y consideran que lo de aquí de toda la vida no solo es lo mejor, sino lo único correcto.
La ideología autoritaria no es solo una idea política. Vive y se reproduce, como un patógeno tóxico, en la mayoría de interacciones sociales que hacemos a diario, en vecindarios, comidas familiares, tribunales, redes sociales y, por supuesto, en una de las instituciones con más proyección igualitaria: las escuelas públicas.
Sobre el impacto del autoritarismo en la educación, y más concretamente en la enseñanza de la historia, trata este interesantísimo ensayo de Jason Stanley, autor del imprescindible Facha. «El pasado es un campo de batalla en la lucha por un futuro libre de fascismo. Recordar es resistir». En ese campo de batalla parece que hay dos bandos muy diferenciados: en un lado tenemos la defensa de la jerarquía, la obediencia, la autoridad, la uniformidad, las ideas inamovibles, los dogmas, la desigualdad. En el otro, la defensa de la democracia, la pluralidad, la diversidad, la libertad de pensamiento y expresión, el cuestionamiento, el debate, la tolerancia, la igualdad. Decidir en qué bando queremos estar puede resultar decisivo para determinar si acabamos viviendo en un país gobernado por políticas fascistas o no.
Al entrar en gobiernos, la extrema derecha intenta hacerse con consejerías y ministerios desde los que pueda ejercer mayor influencia. La cultura, los asuntos sociales y la educación son sus presas más codiciadas, desde donde pueden determinar la vida de millones de personas y, especialmente, influir en los relatos que nos contamos para construir la sociedad. Una de las armas más eficaces de control social es la educación, y en especial, la historia. Si controlas el relato del pasado, legitimas el presente, amordazas la resistencia y la posibilidad de liberación en un futuro.
«Una educación que glorifica una identidad nacional, étnica o religiosa es incompatible con la democracia o el florecimiento humano» y el caldo de cultivo para el surgimiento de un estado fascista. Una nación que se presenta como superior a sus vecinos y relata sus pecados como si fueran triunfos sienta las bases para convertirse en una nación fascista. El objetivo de borrar la historia y reescribirla a capricho del nacionalismo excluyente es ejercer el poder y la dominación neutralizando la crítica. Una persona o un pueblo sin capacidad para contar su historia es una persona o un pueblo vulnerable a cualquier intento de manipulación y sometimiento.
Evitar el avance hacia la crueldad es el objetivo educativo más importante para una sociedad. Y la lucha por pararlo empieza en casa, en lo que los padres transmiten a sus hijos, y libra una batalla crucial en la escuela, donde nos formamos como personas y tenemos la posibilidad de forjarnos un criterio basado en la libertad y en el espíritu crítico. La extrema derecha no solo amenaza nuestro presente: pretende manipular y borrar nuestro pasado con el fin de controlar nuestro futuro.




















