La editorial Trotalibros es una fuente continua de maravillas. Se dedica principalmente a rescatar libros escritos en los siglos XIX y XX que dejaron hace mucho tiempo de estar disponibles en español o que directamente nunca han sido traducidos, y que conectan de una manera especial —y a menudo, perturbadora— con nuestro presente. Gracias a ella he descubierto nuevas autoras, como por ejemplo a Elizabeth von Arnim, que ya ocupa un lugar privilegiado en mi memoria lectora junto a Willa Cather o Edith Wharton, un grupito de autoras de su época cuya inteligencia y sensibilidad siempre me asombran y me calientan el corazón. Y también nuevos libros únicos e imprescindibles que nunca dejaré de recomendar, de esos que me llevaría sin dudar a una isla desierta, como Oh, qué espléndida música, de Dorothy Evelyn Smith.
Junto a estos descubrimientos de autoras que no conocía, ahora se ha unido esta novela de una escritora que sí conocía, Pearl S. Buck, cuyo Viento del este, viento del oeste es un clásico que nunca he dejado de vender en la librería y cuya lectura recuerdo con gusto. La mayoría de la gente conoce a esta autora precisamente por este último título, en el que plasmó su experiencia durante los cuarenta años que vivió en China a principios del siglo XX. Pero esta nueva novela que acabo de leer, Un corazón orgulloso, es radicalmente distinta, por la ubicación y por el tema. Publicada en 1938, el mismo año en que le fue concedido el Premio Nobel de literatura, es plenamente estadounidense, y explora la fuerza imparable del impulso creativo en una mujer y la dificultad para conciliar su vida familiar y sus emociones con el desarrollo de su vocación artística.
Susan Gaylord es una mujer con un talento creativo extraordinario y una capacidad de asombro que deja a los demás en un permanente estado de admiración. Lo cual la agrada y a la vez le hace sentirse un poco sola. Quiere ser como los demás, pertenecer a una comunidad de iguales. Pero ella no es igual a nadie. Su imperiosa necesidad de crear y su percepción hipersensible son únicas y la distinguen del resto en cada tarea, en cada detalle de cada día.
A pesar de una vida feliz, a pesar de un marido bondadoso y atento y de un hijo que la colma de amor y al que adora, a pesar de estar convencida de que esa es la vida que quiere y que ha elegido, Susan siente que una parte de ella siempre está ausente, a la espera. A veces imagina que por delante de ella se extienden «unos corredores anchos y vacíos por los que todavía no ha transitado». Un mundo inexplorado por descubrir que le pertenece solo a ella, y que solo ella puede habitar.
A veces habla con alguna amiga suya que, desde la infinita distancia de su vida sin arte, le confiesa que, para quienes han nacido sin acceso a la cultura o el arte, quizá sea preferible la ignorancia. «Es espantoso saber todo lo que una quiere de la vida y no poder tenerlo. A veces pienso que es mejor no saber. Por ejemplo, es mejor no saber leer que ser capaz y no tener libros; o desear cantar con todas tus fuerzas y no tener medios para asistir a clases de canto».
Susan no está dispuesta a renunciar a sí misma. Lo quiere todo: los jardines, los cielos, los niños, la música, la pintura, las gentes, las estrellas, el amor, la escultura. ¿Cómo se miraría en el espejo si dejara su arte, si se limitara a ser lo que los demás esperan que sea? «Cuando renuncias a la mitad de tu vida por cualquier motivo, te conviertes en una persona totalmente distinta. No es que seas la mitad de lo que podrías haber sido: el sacrificio te retuerce y te deforma hasta convertirte en otra criatura».
Siente el descontento, el difuso rencor de la gente ante su talento. Nadie podrá hacer las cosas tan bien como ella, y eso les hace sentirse inferiores: aunque ella intente quitarle importancia a sus habilidades, les daña la autoestima. Pero ella no puede evitarlo. Y, sobre todo, siente que no debe evitarlo. Después de todo, se ha pasado la vida dándose solo en parte, restringiéndose, siendo menos de lo que es para que los demás la aceptaran. E intuye que si es un océano, tendrá que ser un océano y no un simple estanque solo porque los demás no saben nadar.