«Cuando el mundo duerme, surgen los monstruos. Ya tenemos muchos monstruos entre nosotros. En primer lugar, nuestra indiferencia». Francesca Albanese es lo contrario de la indiferencia. Relatora especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en Palestina, es una de las voces más claras y apasionadas de la conciencia occidental en relación al genocidio palestino. En este libro reúne a diez personas que han significado mucho para ella para ayudarla —ayudarnos— a entender mejor cómo vive y muere el pueblo palestino y a preservar contra viento y marea el «vicio de la esperanza». Escucharla y leerla me conmueve y me despierta, agita mi espíritu crítico y me da fuerza para seguir hablando de Palestina.
«Generaciones de personas han crecido viendo cómo su tierra, día tras día, sigue siendo arrancada de debajo de sus pies como si fuera una alfombra, lo que ha desencadenado una lucha interminable por la casa, por la dignidad, por todo lo que debería darse por sentado». Con este libro he imaginado lo inimaginable para la mayoría de occidentales: qué ocurre, qué se siente cuando te quitan tu casa y destruyen tu escuela, tu lugar de trabajo, tu tierra. ¿Quiénes somos sin los lugares donde vivimos? Para muchos palestinos, la casa no es el lugar donde viven, es el hogar que tuvieron que dejar atrás, es el hogar arrebatado por los colonos israelíes, derribado por las excavadoras israelíes, destruido para siempre por las bombas israelíes. Cuando tu hogar se ha perdido y todas tus casas son refugios provisionales, ¿qué haces con esas raíces al aire que duelen cada día por el ansia de volver a enraizarse?
A los palestinos se les arrebata la infancia, se les intoxica la inocencia, la capacidad de creer en la convivencia pacífica con los ocupantes. Viven presos en un sistema que les inocula desconfianza y temor, ansiedad y odio. En sus incontables entrevistas con niños palestinos, Francesca Albanese no paraba de escuchar las mismas preguntas: «¿Cómo es posible que nos esté pasando esto, si se supone que todos tenemos garantizados tantos derechos?». Perciben la justicia como algo que merecen los demás, en otros lugares del mundo, en la tele, en los libros, pero no ellos. Para ellos, la justicia es algo inalcanzable.
Cuando la gente habla de Israel como la única democracia de oriente próximo, pienso: ¿Qué legitimidad puede tener un país, de qué democracia puede enorgullecerse cuando trata a una parte importante de su población como una amenaza colectiva, como terroristas, como animales humanos? ¿Se puede hablar de «conflicto» en una situación como esta? Un conflicto requiere de dos partes relativamente comparables. Dos interlocutores que puedan al menos reconocerse como tales. Israel y Palestina no lo son. Israel nunca ha reconocido a Palestina como interlocutora. Israel es la ocupante y Palestina la ocupada, una es la colonizadora y la otra la colonizada. Solamente la voluntad de Israel, más allá de toda evidencia, de seguir presentándose como víctima ante el mundo en vez de como potencia colonial y genocida, permite seguir hablando de «conflicto».
Durante varios meses, Francesca Albanese estuvo entrevistando a niños palestinos para elaborar un informe para la ONU. Lo hizo por videoconferencia porque el gobierno israelí le negó una vez más la posibilidad de entrar en Israel. De sus entrevistas concluyó que los niños palestinos tienen cuatro miedos principales: miedo a morir de forma violenta, miedo a que sus padres mueran de forma violenta, miedo a ser arrestados o que arresten a sus padres y miedo a que les arrebaten o destruyan sus casas. La distancia entre estos miedos y los miedos de la mayoría de los niños occidentales es estremecedora.
Francesca Albanese vive amenazada de muerte. Sus actos públicos han sido custodiados por furgones policiales antidisturbios porque los que acuden a escucharla son sospechosos de simpatizar con el terrorismo. Está en una lista negra de Estados Unidos (junto con los jueces y fiscales del Tribunal Penal Internacional que han acusado a miembros del gobierno israelí de genocidio) por connivencia con el terrorismo y ser una «amenaza para la economía global» y solo puede usar dinero en efectivo porque le han congelado las cuentas bancarias. No puede recibir transferencias, ni donaciones, ni su sueldo, ni comprar un billete de avión por internet. No puede dar conferencias ni entrar en Estados Unidos —a pesar de ser funcionaria de la ONU— ni colaborar con universidades, profesores u ONG. Poca gente se atreve ya a tener relación con ella. No porque no la apoyen, sino porque desde el verano de 2025 la Administración de Estados Unidos es una amenaza tal hacia todos que nadie se siente seguro.
Y, a pesar de todo, desprende una generosidad y un arrojo que no dejan de admirarme. Transmite una corriente poderosa de energía y nos recuerda que la esperanza es una disciplina, una predisposición vital ante la vida. Un hábito que es indispensable cultivar para intentar llevar algo de luz en el reducido espacio que nos toca habitar. Y que la tristeza y la rabia son fuerzas poderosas que pueden transformarse en determinación para seguir creyendo en el fin del genocidio y de la opresión del pueblo palestino.




















