Después de leer el libro sobre las novelas de Jane Austen de Cristina Oñoro me pregunté: ¿me gustarán a mí tanto como a ella? Es el peligro de las alabanzas, te ponen las expectativas por las nubes y luego uno no para de dar saltitos como loco intentando hacerlas bajar al mundo real sin conseguirlo. A veces P. me dice después de leer el blog: jo, es que me gustan más los libros en tus reseñas que después de haberlos leído. Lo cual me deja entre halagado y preocupado por si mi admiración me estará llevando a sentirme demasiado a gusto en el superlativo. En fin, pienso que siempre es mejor pecar de admirativo que de criticón. Y quiero pensar que a veces consigo ajustar bien mi entusiasmo a su objeto. Igual que sin duda hizo Cristina Oñoro en su libro, como he podido comprobar y disfrutar con la lectura de Orgullo y prejuicio.
Ha sido un placer continuo. No es que no me lo esperara. Pero, a pesar de conocer la historia por la película protagonizada por Keira Knightley, me lo he pasado pipa con todos los giros y recovecos de la historia, en ningún momento se me ha hecho larga o aburrida, y me ha dejado el cuerpo a gustito y el ánimo despierto y ligero, dispuesto a seguir el ejemplo de la maravillosa Elizabeth Bennet y tomármelo todo con una ligereza irónica a prueba de ansiedades, ceños fruncidos y grandiosidades.
En los tiempos que corren, leer a Jane Austen no es solo refugiarse hacia dentro en un mundo pasado, es también armarse de herramientas emocionales primordiales para afrontar este loco y quebradizo mundo actual. Así que las razones para volver a este clásico son muchas, lúdicas y prácticas, y el placer continuo de leerlo se lo tengo que agradecer también a la fantástica traducción de Concha Cardeñoso, a la cuidadísima edición de Alma en esta edición ilustrada y exuberante, a la compañía de P., que lo ha leído casi a la vez y con la que he compartido un montón de párrafos e impresiones de los personajes, a la serie de la BBC de 1995 con Colin Firth y Jennifer Ehle que hemos visto a la vez que leía la novela y a poder imaginar la voz de Jane Austen en el carácter de su protagonista, una de las mejores heroínas de novela clásica que he leído nunca. Aunque a años luz en estética e intenciones, a la altura de los mejores personajes femeninos de Galdós.
¿Con qué me quedo? Con tantas cosas. Por ejemplo, con la ironía de Elizabeth, con su socarronería, su ligereza, su increíble libertad para expresar sus opiniones y no adaptarse ni conformarse con la voluntad ajena. También con la vergüenza que a veces siente por algunos miembros de su familia cuando los mira con los ojos de los demás —lo que me ha conectado en una pirueta un poco inverosímil con la vergüenza de los desclasados que describe Noelia Ramírez en Nadie me esperaba aquí—. Con su forma de afrontar las adversidades con la mejor de las disposiciones y a no tomarse en serio nunca nada más que lo estrictamente necesario. En fin, un lujo, un bálsamo. Y me queda el anhelo de tener a una tía Jane siempre cerca. Una voz que estimula, sana y abriga.
































