Con cada imagen o vídeo de violencia que vemos parece que nos volvemos más insensibles. Si hace veinte años nos hubieran dicho que íbamos a presenciar un genocidio en directo y, ante la parálisis de los gobernantes de todo el mundo, nos íbamos a limitar a acudir a dos o tres manifestaciones y a poner estados de whatsapp mientras pasamos a otra cosa, no nos lo habríamos creído. Es fácil escudarnos en el conocido mecanismo psicológico que dice que, si observamos la complicidad de los demás con la violencia, nos cuesta muchísimo más reaccionar para pararla que si la presenciamos en soledad o si vemos a alguien que la combate. Pero la realidad es que no hacemos nada. La inmensa mayoría no hacemos nada. Y también a la mayoría (una mayoría un poco menor pero aun así abrumadora mayoría), no le importa absolutamente nada la violencia contra los demás mientras nos les toque de cerca.
¿Cómo vamos a vincularnos con los demás si nos negamos a sentir su dolor, o, peor, si convertimos su dolor en un entretenimiento, en algo más cercano a una ficción consumible? Si nos llegan por el mismo canal y en formatos parecidos, ¿cómo resistir la tentación de protegernos de la brutalidad diaria equiparando la realidad con la ficción, metiendo en el mismo saco los relatos de las noticias con los relatos de las series y las novelas? Al final, todos son historias. Sí, son historias. Algunas, sin embargo, están hechas de sangre, de dolor y de muerte reales. De lo mismo que estamos hechos cada uno de nosotros.
«Este ensayo nace desde el azoro, la incomodidad y la vergüenza. Va en contra de esa ampliación del umbral de tolerancia que nos ha llevado a la indolencia». Enrique Díaz Álvarez ha escrito un texto combativo y militante que nos incita a preservar nuestra responsabilidad. Somos responsables de lo que sucede a nuestro alrededor. Aunque no podamos pararlo, somos responsables de cómo reaccionamos a ello. Es nuestra tarea asumir esa responsabilidad y cultivarla mediante la imaginación, la sensibilidad y la reflexión crítica.
Pero ¿por qué alzar la voz? ¿Por qué alzar la voz si es mucho más cómodo callarse? Es cierto que se puede vivir muy bien en silencio. Como, por ejemplo, los futbolistas que nunca dudan en usar su inmenso poder mediático para hacer publicidad y facturar millones, pero nunca para señalar injusticias. Como, por ejemplo, quienes son conscientes del impacto brutal que tiene la industria cárnica en los animales, en la emergencia climática y en nuestra salud, pero siguen financiándola en cada compra semanal en el supermercado. Es cómodo callarse. O, al menos, lo parece. Quizá la incomodidad no se vea pero esté ahí, agazapada, oculta tras una disonancia cognitiva bien construida. ¿Por qué alzar la voz, entonces? Quizá porque los demás forman parte del tejido que somos. Quizá porque negarse a sentir con los demás es una falta de respeto a la humanidad compartida.
«Nuestra existencia está invariablemente entrelazada con personas que no conocemos y de las que, sin embargo, solemos sacar provecho con un individualismo descarado». Este ensayo pone el foco en la enorme capacidad de transformación social que tenemos a nuestro alcance. Describe con precisión la retórica fascista de exhibición del mal que ya analizó Mauro Entrialgo en Malismo y cuyo objetivo es aclimatarnos a un nivel creciente de violencia para que asumamos lo intolerable. No cedamos a su objetivo. Resistámonos con la palabra, con la voz, con el cuerpo. Hace unas semanas vino un lector a la librería y me dijo que había llevado una bandera palestina a la celebración del mundial de fútbol en Madrid, con la intención de que ese brote nacionalista español pudiera servir también para denunciar injusticias. Recibió insultos, escupitajos y amenazas. Me impresionó su valentía. Me infundió coraje y optimismo. Puso el cuerpo y se arriesgó. Ya lo había hecho antes y lo volverá hacer. Y creo que esa es la respuesta para luchar contra lo intolerable.