La diversidad sexual y de género se ha considerado tradicionalmente una patología. Según la ciencia, las abuelas y Jeanette Winterson, lo virtuoso, lo correcto y lo deseable siempre ha sido ser «normal». Es decir, ajustarse al estrecho marco binario que la tradición y los prejuicios han construido a lo largo de los siglos para los seres vivos. Ser «normal» sigue siendo hoy en día la aspiración máxima de la mayoría de la sociedad, no solamente por miedo a que la diversidad ponga de manifiesto nuestra ignorancia, sino porque salirnos de la norma —quien no haya sufrido nunca la tiranía de los estereotipos de género miente o no se conoce— conlleva castigos inmediatos e implacables.
Una educación basada en los roles sexuales y de género no es solo una educación que fomenta los prejuicios y la ignorancia: es una educación que fomenta el sufrimiento. La tiranía de lo normativo establece que lo más habitual debe ser norma y que todo lo demás debe ser ocultado, silenciado, sofocado, censurado o directamente suprimido. Ante esta tiranía, que cada vez amenaza más la vida de la gente al alcanzar puestos de poder en gobiernos y organizaciones de todo el mundo, me parece más necesario que nunca reivindicar la diversidad sexual y de género de la naturaleza y de las personas para defendernos de la violencia que se nos quiere imponer en nombre de mitos, prejuicios y mentiras.
A veces pienso en estos señores que se ofenden profundamente cuando les sugieres que, ya que no se van a molestar nunca en limpiar las salpicaduras de orina que dejan en la taza y en el suelo todos los días, al menos podrían mear sentados. ¿Qué pensarían si supieran que en el mundo animal existen familias de múltiples géneros, que los roles sexuales son reversibles, que las ovejas macho más heterosexuales mean sentadas y son abrumadoramente «femeninas», que hay matriarcados por doquier y que muchas sociedades son más cooperativas que competitivas, que hay hembras veinte veces más grandes que sus machos respectivos, que algunos machos y hembras bisexuales y homosexuales tienen relaciones sexuales en parejas, tríos o cuartetos, y que existen miles de formas diversas de expresión sexual y de género que dejan a nuestro binarismo como un intento ridículo de poner diques al mar? Ay, Darwin, qué vieja se quedó tu teoría de la selección sexual. Hoy en día, con el conocimiento científico a nuestro alcance, identificarse fielmente con una masculinidad tradicional es el camino perfecto a una ridícula insignificancia.
Este ensayo fascinante de Joan Roughgarden desafía desde una perspectiva biológica buena parte de lo que nos han enseñado sobre la identidad de género y la orientación sexual. Explica cómo la diversidad natural se desarrolla a partir de la acción de genes y hormonas y cómo las personas llegamos a diferir entre nosotros en todos los aspectos del cuerpo y del comportamiento. Defiende que las distinciones que hacemos entre grupos de población y que dan origen al privilegio y la exclusión y todo tipo de discriminación tienen mucho más que ver con mitos sociales que con realidades científicas. Si miramos a nuestro alrededor con la curiosidad y la objetividad que nos brinda la ciencia, nos daremos cuenta que nuestra comprensión de la diversidad humana hará mucho más difícil que señalemos al otro como extraño.
La tolerancia hacia lo diferente o lo diverso está menguando. El miedo y la vuelta a valores conservadores —concebidos como refugio para contrarrestar la sensación de que nos han robado la esperanza— dirigen la intolerancia hacia las personas diversas, culpándolas de todos los males imaginables. Este libro lúcido y valiente, en la línea del maravilloso Hembras, de Lucy Cooke, o incluso de Trans, de Shon Faye, es el auténtico refugio contra las políticas de la crueldad. Y, a la vez, un arma poderosa de conocimiento que ofrece resistencia, luz y esperanza para imaginar una convivencia humana y natural más respetuosa y compasiva.



























