jueves, 2 de febrero de 2023

HIMNOS A LA NOCHE

Yo también quiero caminar "a cinco centímetros del suelo, con los labios entreabiertos y llenos de música", buscando la luz, el asombro y el oleaje azul que nos envuelve. Novalis lo hacía, allá por 1796, cuando amaba a Sophie von Kühn y el mundo era una idea de belleza en la palma de su mano. Suenan en la librería los preludios de Chopin, fragmentos de ansia y revelación, el espejo musical donde se miran y reconocen estos himnos a la noche. 

Chopin compuso sus preludios a finales de la década de 1830, unos cuarenta años después de que Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, alias Novalis, escribiera sus Himnos a la noche. Pero es que las vanguardias musicales casi siempre llegan tarde, cuando las demás artes ya han desbrozado el camino e inventado nuevos lenguajes y abierto el mundo para que los compositores lo conquisten. Chopin nació nueve años después de la muerte de Novalis, pero algo en la música interna que ambos oían me dice que se habrían entendido. 

"La melancolía pulsa las cuerdas del pecho. Quiero derramarme en gotas de rocío y mezclarme con la ceniza". Ya es 1797 y Sophie ha muerto. Acababa de cumplir quince años y, más que una chica o una mujer, era una idea en la mente de Novalis. El centro de su mundo. Un mundo que traspasaba las fronteras de la carne y la voz y que estaba más cerca de los cuentos de hadas, del firmamento y las estrellas que de cualquier tacto terrenal, sucio y enfermo. 

Sophie ha muerto y la luz desaparece. Sophie ha muerto y el poeta se vuelve hacia la noche. "La luz armó en otras tierras sus carpas de alegría". Qué queda de eso ahora. Noche oscura. Abismal. Fragmentada en intuiciones de un absoluto. Una pena absoluta. Una belleza absoluta. Fragmentada como estos preludios de Chopin, esbozos de ideas, algunas de apenas un minuto de duración, revelaciones de una belleza que, así, multiplicada en piezas diminutas, como las teselas de un mosaico, aspira a captar y reproducir los misterios más profundos del alma y de la naturaleza. 

Cada pieza nace y muere. Cada frase es el ciclo completo de una vida. Una luciérnaga. Un fogonazo en la oscuridad. Vivir es comenzar a cada instante. Y la muerte no es más que la oscuridad que nos permite ver la luz. El contraste que permite la vida. Que la ensalza. Que la eleva y que le da sentido. 




lunes, 30 de enero de 2023

UN PAÍS BAÑADO EN SANGRE

En este breve ensayo, Paul Auster escribe sobre la libertad. La libertad de los que creen que tienen derecho a hacer lo que les plazca, ya sea conducir borrachos, escupir por la calle, pagar la reforma de su casa en negro o defenderse de una más que improbable amenaza llevando armas encima. Qué es la libertad. Dónde empieza y dónde termina. Y en qué se convierte si hace que nuestras sociedades se vuelvan más desiguales, más peligrosas, más insolidarias y más mortales. 

La relación de Paul Auster con las armas empezó muy pronto. Ya con diez años tenía una gran puntería, y a finales de los años cincuenta destacó especialmente en varios campamentos de verano por su habilidad para predecir el movimiento y el viento y dar siempre en la diana. Pero su familia nunca tuvo armas en casa. Sus padres nunca le animaron a explotar su talento. Y mucho más tarde supo que su abuela había matado a su abuelo de un disparo mucho antes de que él naciera. Y que aquello afectó profundamente la vida de la familia durante décadas, creando una animadversión quizá inconsciente hacia todo lo que tuviera que ver con armas de fuego. 

Actualmente hay más armas que personas en Estados Unidos. Cada día mueren más de cien personas a causa de ellas. El control de las armas es un tema que divide profundamente a los estadounidenses, quizá tanto como el derecho al aborto. Ambos temas hunden sus raíces en una identidad fundacional norteamericana: la libertad y la religión. Conceptos que colisionan constantemente y que apoyamos o combatimos para definir nuestra forma de entender la vida y la muerte. 

Estados Unidos es el país más violento del mundo occidental. Y es un problema, como siempre que se trata de la violencia física, fundamentalmente masculino. Entre las personas que poseen armas hay más hombres que mujeres, y son los hombres los que en mayor medida matan y se matan con ellas. Si nos preguntamos qué dice esto de la identidad masculina, qué raíces psicológicas y sociológicas hay en la necesidad de llevar un arma, encontraremos un mezcla poco halagüeña de miedos, soledad, agresividad, desconfianza y trastornos profundos que son el mismo sustrato de la polarización salvaje que estamos viviendo en todo el mundo en los últimos años. 

Visto desde fuera parece un debate absurdo. ¿Cómo es posible que una sociedad civilizada permita que sus ciudadanos lleven armas por la calle o las tengan en casa? No he conocido nunca a nadie que haya tenido un arma. Tener un arma en España lo asocio a delincuencia. Y a la caza, que a veces es algo parecido. Una extravagancia de las novelas y de estratos sociales marginales. Algunos políticos de extrema derecha de nuestro país quisieron hace años importar de Estados Unidos el debate sobre las armas, afortunadamente con poco éxito. Ojalá siga siendo siempre algo impensable a esta orilla del Atlántico.

Este breve ensayo viene acompañado de fotografías en blanco y negro de Spencer Ostrander que retratan los escenarios desiertos de algunas de las más terribles matanzas ocurridas en Estados Unidos en los últimos años. Escenarios desiertos como epitafios, como "lápidas de nuestro dolor colectivo". Para no olvidar. 






viernes, 27 de enero de 2023

UNA HISTORIA DIFERENTE

Los niños preguntan de todo. Su curiosidad no tiene filtros ni fronteras, al contrario que nuestra capacidad para responder todas sus preguntas. Cuántas veces hemos visto que padres y abuelos responden con evasivas, con un ya te lo explicaré cuando seas mayor, o incluso: de eso no hace falta hablar. ¿Cómo que no? ¡De todo hace falta hablar! Y más cuando se trata de saciar la curiosidad de un niño. Y más, más aún, cuando el tema tiene que ver con nuestra forma de entender la vida y la solidaridad. 

Esta es una historia diferente, sin duda. Diferente porque responde preguntas que quizá a muchos progenitores no les resulte fácil responder. Pero es una pregunta que cualquier niño o niña puede hacerse con un simple paseo por el centro de cualquier ciudad. Muy a menudo vemos a personas sin hogar que duermen en la calle. ¿Cómo puede ser esto? ¿Qué puede llevar a alguien a vivir esta situación? Y, sobre todo, ¿cómo podemos ayudarlas?

Si a las plantas y a los árboles les fallan las raíces, probablemente no podrán mantenerse en pie ni salir adelante. A las personas nos pasa lo mismo. Sin salud, sin medios de subsistencia, sin personas que nos quieran y sin casa, nadie puede mantenerse en pie ni salir adelante. Y aunque parezca mentira, esto le puede pasar a quien menos te imagines. 

Este cuento infantil retrata una serie de personas que antes tenían raíces y, en algún momento, por las circunstancias más diversas, dejaron de poder apoyarse en ellas. Y nos muestra que ayudar a alguien sin hogar empieza por un gesto tan sencillo y tan cotidiano como el de extender la mano abierta y regar una planta. 



miércoles, 25 de enero de 2023

LA VERGÜENZA

Tengo sentimientos encontrados con este libro. Me atrae, me interesa, y al mismo tiempo el tono lo siento tan glacial que se me cae de las manos. Es una casa cerrada en la que no entro porque no encuentro puertas, y también, quizá, porque lo que veo a través de las ventanas me parece inhóspito como una intemperie en invierno. 

Aun así, sigo leyendo. El ritmo de la narración tiene algo hipnótico. O quizá sea precisamente ese distanciamiento. Esa falta de emoción en el relato de las cosas más íntimas que me obliga a seguir mirando y poner de mi parte lo necesario para dar sentido a lo que leo. Es como si una abuela se pusiera a contar con un tono monocorde dirigido hacia dentro, hacia el recuerdo, una historia despiadada de su infancia y la ausencia de calor en su voz apagara el resto de conversaciones. Con un tono animado por cualquier emoción, provocaría sorpresa o indignación. Contada así solo provoca sobrecogimiento. 

La historia transcurre en un pueblo de Normandía en 1952. Un pueblo sin nombre que podría ser el de nuestros abuelos aquí en España y cuyas mezquindades son tan universales que da casi vergüenza y miedo reconocer su familiaridad. Ernaux describe su infancia rodeada de gente miedosa y estricta, cuyas vidas están regidas por códigos y normas inmutables. Gente que disfruta lo indecible criticando al detalle la vida íntima de los demás, pero que no tolera la más mínima crítica de nadie. Que quiere ver y saber intimidades de los otros, que mantiene las cortinas siempre corridas con un mínimo pliegue abierto para tener un ojo vigilante en el vecino. Que piensa que las personas enfermas son siempre sospechosas de no haber puesto el suficiente interés o la suficiente destreza en estar sanas. Que no alaba a nadie más que lo imprescindible por miedo a parecer servil. Que en lo malo hace siempre mucho hincapié porque se piensa en el deber de ayudar a corregir lo defectuoso en los demás. Que piensa que mostrar emociones positivas en público es impúdico, al contrario que quejarse, siempre legítimo y autoafirmativo. Que nunca llora, porque la fragilidad es fea. Que no expresa sus emociones, por falta de vocabulario. Que no aprecia la soledad, porque al que no está bajo su ojo vigilante no se le puede controlar. Que valora la cortesía, pero solo para los extraños. Que reserva los gritos, los reproches y el maltrato psicológico para las personas más queridas, porque así todo queda en casa y nadie se entera. Gente que ha aprendido que esa es la forma adecuada de vivir y que no entiende que pueda haber ninguna otra mejor. Ser como todo el mundo: ese es el objetivo. Y para ello, dedicar toda la vida a suprimir, limar y sofocar todo aquello que se salga del rígido molde de las convenciones. 

Educada en estas normas, Annie Ernaux presenció, con doce años, cómo su padre intentó matar a su madre. Al trauma siguió inmediatamente la vergüenza. Nada en su educación la había preparado para algo que se saliese de la norma de manera tan estrepitosa. Se sintió indigna. Inmerecedora de la excelencia de su colegio católico, de su vida intachable. Después de basar su comportamiento en el miedo a que otros pudieran juzgarlo, qué agonía pensar que alguien pudiera enterarse. Que alguien pudiera descubrir su vergüenza, señalarla como la infame, la descarriada, la culpable, la hija del hombre que quiso matar a su mujer. 

Siempre me han despertado mucha curiosidad los marcos mentales que nos construimos para vivir. Cómo los creamos en función de las expectativas, de nuestra sensibilidad y de lo que consideramos correcto e incorrecto. Yo no comparto casi nada con los marcos del mundo que describe Annie Ernaux en esta novela. Pero me parece asombrosamente parecido a otras formas de entender el mundo de personas que he conocido a lo largo de mi vida. Desde un rincón de Normandía hasta casi cualquier pueblo de la España vacía, no deja de sobrecogerme el éxito que ha tenido desde hace tanto tiempo esta educación basada en la represión, la violencia contenida (o no) y la ansiedad por controlarlo todo, y que todavía, en tantas familias, tantos niños tengan que crecer en esa jaula.  




lunes, 23 de enero de 2023

CAUSAS NATURALES

Este libro trata de la vida cuando envejecemos, de la relación que tenemos con nuestro cuerpo, del miedo a la muerte, de nuestra forma de estar en el mundo y de una de las ansiedades que caracterizan nuestra época: el control. 

El control del cuerpo a través de la alimentación, del ejercicio, de las posturas, de los hábitos y de los medicamentos. El control es un dogma que rige la vida de millones de personas, cuya misión parece ser prolongar la vida todo lo posible, a cualquier coste, bajo cualquier circunstancia. Cualquier privación es lícita, hasta aquellas que nos hacen olvidarnos de la propia vida, con tal de prolongarla. Lo importante no es tanto vivir como nos gustaría sino vivir mucho. Hasta, literalmente, matarse por vivir más. 

El origen de este dogma, como el de todos los dogmas, es el miedo. El miedo a no controlar los procesos vitales de nuestro cuerpo. Miedo a los cambios, a lo desconocido. Miedo, en definitiva, a la muerte. Como si controlando nuestros cuerpos pudiéramos controlarla. Mantenerla a raya. Ese miedo nos paraliza. No hablamos de él, como los niños no hablan de los monstruos de sus pesadillas. Y nos pasamos toda la vida aterrorizados por algo de lo que no podemos hablar, corriendo en una rueda como hámsters desesperados con anteojeras que piensan que si corren cada vez más rápido podrán vivir eternamente. 

Y, como todo dogma, tiene sus mandamientos. Innumerables, infinitos mandamientos (ay, si fueran solo diez). No te sientes con las piernas cruzadas. No tomes azúcar. No tomes sal. No tomes mantequilla. Come cinco veces al día. Bebe dos litros de agua. Controla la grasa, los carbohidratos, el gluten, los lácteos. Pésate todos los días. Camina seis mil pasos diarios siete días a la semana. Hazte análisis de sangre todos los años. Chequeos completos. Mamografías desde los treinta, colonoscopias desde los cincuenta. Ponte tres cremas distintas. Tómate siete pastillas con cada comida, el calcio, la vitamina B, el potasio, el magnesio, el ansiolítico, el diazepan y de postre un omeprazol para aguantarlo todo. 

En un mundo que considera que morirse es una derrota aterradora de la que no se puede ni hablar y no el proceso vital más natural e ineludible que existe, la carrera por prolongar al máximo nuestra vida se ha convertido en una competición ansiosa por ver quién es capaz de tolerar más sufrimiento. Es la cultura de la sobremedicación. De la privación de todo goce. De la culpa y del pecado (cultura católica y reaccionaria donde las haya). De las muertes medicalizadas y agónicas, todo por intentar arañar unos momentos más de vida, todo por poder afrontar la muerte de cara y aceptarla como lo que es: un proceso vital que da sentido a nuestra existencia. 

Leo este libro y asiento a cada párrafo, y un manifiesto por otra forma de pensar la vida me brota de los poros, como una celebración. Porque la respuesta tiene que pasar por celebrar la vida y el azar que la determina. Acoger con alborozo lo inesperado. Apostar siempre por vivir mejor, y nunca sacrificar la calidad de vida por unas migajas suplementarias de longevidad. Aprender que tener salud no es vivir mucho, sino vivir bien. Y que una vida atenazada por el miedo a morir es lo más parecido a una muerte anticipada. Pensar sobre la muerte y hablar de ella es aprender a vivir. Negar la muerte, negarse a hablar de ella, bloquear cualquier pensamiento sobre ella, es una forma de negarse una parte fundamental de la vida. Además de una irresponsabilidad: si vivimos siempre de espaldas a ella, cuando alcance a nuestros seres queridos, el impacto que tendrá sobre nuestra vida será inmanejable. 

En muchos casos la medicina preventiva te incita a tomar pastillas por si acaso. Que ese acaso sea harto improbable es lo de menos: imagina que no haces caso y enfermas. ¡Nunca te lo perdonarías! Mejor prevenir que curar, ya lo dice el refrán, y los refranes no se equivocan nunca, ¿verdad? Menos cuando, como este, se convierten en el lema de una religión moderna. Y qué más da que tomarse ciertas pastillas todos los días sea algo así como salir todos los días con paraguas a la calle. Para qué vamos a mirar si hace sol si con el paraguas seguro seguro que no nos mojamos. Los fabricantes de paraguas estarán encantados. Y las farmacéuticas, con la influencia que tienen en el sistema de salud, ya ni te cuento. 

Como siempre, lo que subyace al miedo a salir sin paraguas todos los días o a no tomarse todas las pastillas preventivas posibles, es la idea de que estar sanos es una decisión personal. Y enfermar, por lo tanto, un descuido reprobable. Todos lo hemos sufrido alguna vez. Al quejarnos de un dolor de espalda o de una garganta inflamada, esa respuesta latigazo tan condescendiente que dice: qué habrás hecho. Ay, es que no te cuidas nada. Seguida de una lista de lecciones moralizantes sobre cómo no volver a cometer el mismo error, por tu bien. 

Pero ¿qué hacer con ese yo aterrado ante la muerte que no encuentra otra solución que atiborrarse de pastillas y ejercicios y someterse a privaciones humillantes y dolorosas con el vano objetivo de controlar la decadencia del cuerpo y prolongar todo lo posible el envejecimiento? Este no es un libro de autoayuda, así que Barbara Ehrenreich no ofrece consejos ni promete soluciones. Pero sí esboza, en un capítulo esperanzador, ideas sobre la invención del yo en el mundo moderno y sobre la muerte, no como "un aterrador salto al abismo, sino como algo más parecido a un abrazo a la vida que continúa". Como dice el poema de Bertold Brecht con el que cierra el libro: 

"Ya hace mucho tiempo
que no temía a la muerte, pues nada
puede faltarme si yo
mismo falto. Ahora
también he logrado alegrarme con todos
los mirlos que cantarán cuando yo no esté". 



jueves, 19 de enero de 2023

LA ESPERA

Hierba, la primera novela gráfica de Keum Suk Gendry-Kim publicada en español, fue uno de los libros que más recomendamos y vendimos en 2022, en cualquier género. Hacía mucho tiempo que un cómic no encontraba un público tan amplio. Tanta resonancia en tanta gente. Y la verdad es que no me extraña. Aquella historia sobre las "mujeres de consuelo" coreanas durante la segunda guerra mundial fue un prodigio de sensibilidad y hondura que ya se ha hecho con un hueco fijo e indispensable en todas las librerías que tengan novela gráfica. Y con La espera, segunda novela de la autora publicada en español, ya tiene una digna compañía. 

La espera, a diferencia de Hierba, no es una historia contada desde el testimonio directo sino desde la ficción. Una ficción construida con las entrevistas que la autora hizo a varias personas que perdieron el contacto con sus familiares debido a la partición de Corea a principios de los años cincuenta, incluida su madre. La autora explica que no ha querido poner nombres y apellidos porque esas personas todavía viven, y su dolor y el de sus familiares merece un anonimato con el que protegerse. Pero la historia llega con la misma fuerza que la de Hierba, porque está hecha con la carne viva del exilio y de su pena, con la expectativa cada vez más delgada de un reencuentro que ponga fin a décadas de ausencia. 

La guerra de Corea dividió la península en dos partes, y provocó cientos de miles de refugiados, que huyeron en su mayor parte hacia el sur. Estos refugiados no pudieron volver a sus hogares del norte cuando el país se dividió en dos, ni contactar de ninguna forma con sus familiares que no migraron. Y esa separación forzosa y traumática es tratada en el cómic con una delicadeza y emoción que no dejan de admirarme. 

Leí este cómic de una sentada, en una hora y media de absoluta introspección. Y a cada rato le enseñaba a P. una ilustración y otra, mira, mira esta cara, estos trazos, mira qué expresión, qué belleza, cigüeñas que surcan los cielos, cada vez más numerosas, simbolizando las migraciones, abrazos de despedida, de reencuentro, abrazos soñados que calientan el corazón en las noches frías y solas más que cualquier recuerdo, aunque mañana tras mañana se desvanezcan al despertar. Separar a una familia por la fuerza es condenarlos a una vida precaria, precaria en la memoria, que nunca ceja en el intento de rellenar el vacío con los recuerdos, sin conseguirlo.  





lunes, 16 de enero de 2023

LOS CERROS DE LA MUERTE y LOS HIJOS DE SHIFTY

En Kentucky, al contrario que en el resto de los Estados Unidos, la esperanza de vida disminuye década a década. Quizá sea por los rigores de la vida rural. Quizá por la gente, poco dada a expresar emociones o hablar más de lo indispensable. Y no es que nunca se rían. A veces lo hacen, y entonces se iluminan de improviso como si estuvieran dentro de un relámpago para desaparecer al instante y volverse todavía más duros y herméticos, como si la alegría fuera una vulnerabilidad que tapar a toda costa. Quizá sea porque muchas familias de las zonas rurales actúan como clanes cerrados. Los Hardin, los Johnson, los Fatkin. Cada nombre tiene un peso específico. Una identidad concreta. La familia como refugio y como destino. Difícil sustraerse a lo que proyecta un apellido en los recuerdos de los demás. 

El mundo de estas dos novelas es un mundo de hombres, "hombres tan altivos que dan la impresión de estar asomándose permanentemente a una tapia", un mundo en el que una mujer en el puesto de sheriff siempre da que hablar. Y genera más desconfianza en las mujeres que en los hombres, por los motivos más diversos. En este mundo la labor de la policía no es tanto conseguir que se imparta justicia como evitar que las víctimas y sus familias se tomen la justicia por su mano, iniciando espirales de violencia interminables. Es un poco lo que cuenta Ismail Kadaré sobre la violencia atávica en los Balcanes, donde los agravios se heredan de generación en generación y un intento de genocidio puede justificarse por el orgullo herido de una derrota en una batalla del siglo XIV, como pasó hace treinta años. 

Me han gustado mucho estas dos novelas negras. Por ese Kentucky profundo que desconocía y por cómo mezcla la aspereza de los hombres con la belleza quitahipos de la naturaleza. Hay descripciones de pájaros, árboles y flores. Fugaces duelos de colibríes. Rocío dibujando arcoíris sobre los charcos. Ardillas que observan sin miedo a los hombres, como si nunca hubieran visto ninguno. Arrendajos azules, cigarras y montañas de paredes escarpadas. Y ancianos montañeses tan mimetizados con su entorno que se internan en los bosques y desaparecen como si los árboles recibieran a uno de los suyos. 

Ya estoy esperando impaciente la continuación. Amigos de Sajalín, vaya descubrimiento. 



lunes, 9 de enero de 2023

TOSTONAZO

Vaya juerga de novela. Y vaya hostias a dos manos que les mete Santiago Lorenzo a sus personajes. Solo he encontrado semejante inquina humorística en Galdós cuando destroza sin piedad a esos beatones reaccionarios que con la monarquía en una mano y con la iglesia en la otra condenaban en el siglo XIX a su país (y lo seguirían haciendo si les dejaran) a vivir encadenados a la edad media. Por la ironía, la caricatura y la descripción salvaje, hay mucho Galdós en Tostonazo. Pero por nada más, creo, porque Santiago Lorenzo se va por otros cerros que Don Benito ni siquiera habría podido imaginar. 

Más allá de la sátira, hay una verdadera fascinación del protagonista por estos dos personajes insufribles pero extrañamente hipnóticos con los que se cruza y que ejercen de ejemplo de todo lo que no quiere ser. Fascinación, sí. Fascinación por la gente inmune a la cortesía, abonados a tiempo completo a la embriagadora tarea de estropearles la vida a los demás. Y hacerlo, para rizar el rizo, con un rebozado doble de soberbia. 

"Ni ser un inútil ni ser un básico es grave en sí. Son pecados que merecen toda la indulgencia porque todos incurrimos en ellos en una u otra medida. Cometidos con la soberbia impetuosa que exhibían ambos, la cosa en cambio rechinaba mucho". 

El protagonista de esta novela hilarante y rematadamente bien escrita es un chaval con la vida descosida, sin oficio ni beneficio, que un día decide, envuelto en una nube con olor a orujo blanco, que lo suyo tiene que ser el cine. Y hacer el cabra. Y arrimarse a inútiles y a simples para aprender de sus locas ruindades las maravillosas variedades del género humano. Y, por qué no, consolarse de su escaso éxito pensando que, en comparación, ser él no está tan mal. 

Tostonazo es una novelita jocosa y canalla y libre. Muy libre. Libre de reírse e inventarse palabras a quemarropa. Y de afirmar que a veces lo peor de esos inútiles engreídos que se creen imbuidos de la santa misión de gobernarnos a los demás en la política, en los trabajos y en las familias, no es solo el caos y la desolación y la desesperación que dejan a su paso, sino el profundo aburrimiento que provoca su catetez. Que además de malas personas, sean un tostonazo, eso no tiene perdón de dios.  




miércoles, 4 de enero de 2023

CANCIÓN DE CUNA

"Alguien da la luz dentro de mí cuando miro a mi madre. Cómo llena el vaso en la cocina. El agua parece más clara de lo normal cuando es ella quien me la ofrece. Mientras charlamos coloca los platos, atiende el teléfono, aparta de la vitrocerámica la cafetera. Estuve en esos brazos hace más de tres décadas, pero no lo recuerdo. Es el único momento más importante de mi vida que no recordaré nunca. Al menos no como una fotografía, igual que se recuerda un beso. Esta mañana disimulo mis ganas de arrojarme a ellos. Intento ser un hombre; aunque el miedo no haya disminuido, ni la necesidad de ser cuidado. Mamá, quisiera decirle, hace tantos años que vivo cayéndome de tu brazos". 

Un pequeño párrafo de un libro minúsculo y el mundo desaparece. La librería, el mostrador tras el que me escondo. Este libro, incluso, del que de repente ha brotado una azalea y cuyas páginas se vuelven frondosas y me embriagan y me mecen con la hondura de un violoncello. O de una canción de cuna. Palabras que calman. Como la visión de un mar en calma para nuestros ojos urbanitas. 

La belleza te puede salvar la vida. O, al menos, alejar durante un rato a los monstruos que la acechan. Así que es imprescindible aprender, como dice Jesús Montiel, a "ver una flor en el vaso vacío". Un acorde en el teclado silencioso de un piano. Aprender a encontrar aquello que nos puede salvar de los monstruos en cualquier parte: una risa en la mirada seria de tu madre. 

Como los libros de Alejandro Palomas o Los ingratos, de Pedro Simón, esta Canción de cuna es una carta de amor a una madre. A su presencia y a la huella involuntaria que deja. A una madre que es un instante de mucha luz en un día de tormenta. Una infancia entera encapsulada en dos manos que te sostienen. Dos manos frágiles que también se duelen, como tú, del frío y de la soledad. "Porque también las madres tienen pesadillas y los hijos les cantan nanas, se acercan a sus cuartos para que no lloren". 

La belleza te puede salvar la vida. La poesía. La música. Una flor. Un poema puede llegar un día para rescatarte de la costumbre. El amarillo casi naranja de un árbol sobre un estanque puede cortarte la respiración y desgajar tu día en dos como el bisturí de un cirujano entrando en la carne enferma. Pero qué es la belleza. Un misterio. En cualquier caso, lo contrario de la belleza no es la fealdad. La fealdad puede estar también llena de emoción y significado. Lo contrario de la belleza es el miedo, el miedo que levanta empalizadas para impedir que lo imprevisto y lo desconocido alimenten nuestros días. 

Un pequeño párrafo de un libro minúsculo y el mundo desaparece.
Gracias, Jesús Montiel, por esta canción. Su cadencia de mar en calma ya navega aquí conmigo. 





lunes, 2 de enero de 2023

EL ÚLTIMO OSO

Una niña llamada April viaja con su padre a una isla remota y deshabitada cerca del Círculo Polar Ártico. Van a pasar seis meses haciendo mediciones para investigar el cambio climático. Su isla se llama La isla del oso, pero ya no queda ningún oso polar. Es "una isla tan pequeña que, de no saber que estaba allí, ni siquiera se vería. April lo entendió enseguida: a ella también acostumbraban a no verla". Los últimos osos desaparecieron hace años, cuando se derritieron los últimos casquetes polares que la rodeaban. Pero si no queda ningún oso, ¿qué es esa forma blanca que la niña ha creído ver una tarde moverse en el horizonte? 

Esta novela huele a hielo, a aire puro que corta y revitaliza. Puedes sentir, de mano de April, el frío intenso, el olor a salitre, el estruendo de las olas e incluso el olor dulzón y salvaje del oso, la humedad de su hocico y la profundidad de sus ojos color chocolate. En ella habitan zorros árticos, miles de pájaros marinos desconocidos y hasta ballenas en migración. La naturaleza en su estado más libre y salvaje, a salvo de la influencia de los seres humanos. Y cuenta una historia de amistad poderosa y fuera de lo común, la amistad entre una niña y un oso polar atrapado en una isla de la que no puede escapar. También hay una madre ausente, un padre científico dolido por esa ausencia y una protagonista libre y rebelde acostumbrada a mucha independencia que encuentra en esa isla inexplorada un universo entero para explorarlo a su antojo y hacerlo suyo. 

Es una historia de aventuras, de perseverancia más allá de lo imaginable y un grito de guerra para salvar nuestro planeta. Las ilustraciones de Levi Pinfold embellecen la edición de esta novela estupendamente contada que emocionará a niñas y niños a partir de nueve o diez años. 





viernes, 30 de diciembre de 2022

EPISODIOS NACIONALES, TERCERA SERIE

Y terminamos este año de reseñas con los Episodios Nacionales de Galdós, como ya viene siendo costumbre. Empecé a leerlos en 2020, al inicio del confinamiento, y me propuse leer una serie cada año, más o menos un libro al mes. Y aquí estoy, acudiendo a esta cita con don Benito, que para mí tiene ya un aire festivo como el panetone o el roscón, para rendir cuentas de mi lectura de la tercera serie de Episodios Nacionales, que describen la convulsa etapa de la minoría de edad de Isabel II, entre 1833 y 1846, marcada por la primera guerra carlista y la tensión constante y creciente entre liberales y reaccionarios, enfrentados por una idea de país cuyos ecos resuenan todavía hoy, tristemente renovados, en los medios y en el Congreso. 

En Mendizábal, uno de mis episodios favoritos de esta serie, dedicado al famoso desamortizador que expropió multitud de bienes de la Iglesia, me ha encantado la descripción de los abismos del amor enfermizo y de la calentura romántica, tan de moda en esa década. Eran los años del romanticismo, de las pasiones exaltadas, de las vidas vividas como novelas y de los suicidios escandalosos, como el de Larra, que en Madrid se vivió muy intensamente y cuya descripción mueve hasta las lágrimas. Pero Galdós no sabe dejar la ironía mucho tiempo callada, y no se corta en cargar las burlas contra esta generación insensata, cuya "poética calienta las ilusiones de los jóvenes de la misma forma que los libros de caballerías enajenaron las del pobre Don Quijote". Es la tiranía del alma soñadora, egoísmo incivil desmesurado, del amor "abrasador, exclusivo, con tendencias lloronas y funerarias, sabores de amargura y relámpagos de lirismo". El desvarío de rescatar para el presente hechos medio inventados de pasados remotos que a nadie importan. En la disputa entre realistas y románticos, Galdós lo tenía claro y no se cansa de decir que "la realidad tiene más talento que los poetas, y más inspiración". 

Y en "La estafeta romántica", otro episodio fabuloso, montado de forma epistolar, sigue ahondando en la influencia del romanticismo en el arte y la literatura españolas y en la vida cotidiana, y la tendencia de "proyectar en la vida real una sombra de las figuras poéticas, reduciendo a hechos los sentimientos hinchados y artificiosos que son la armadura de tragedias y dramas. Esas cosas se leen, se admiran, pero no se imitan, porque acabaríamos por volvernos locos. Una cosa es declamar y otra es vivir". El romanticismo es la ideología de las "ideas tétricas, de las complicaciones diabólicas". La trampa de ver belleza en la enfermedad y gloria en el dolor. Trastorna a las personas y las vuelve contra los demás y, sobre todo, contra ellas mismas. Nunca un movimiento artístico provocó tanta enfermedad y tanta muerte. Ay, si hubiera tenido a un Galdós al inicio de mi adolescencia, ¡qué de penas y de ridiculeces me habría ahorrado en mi vida!

Y, como en las anteriores series, tampoco la clase política sale aquí muy bien parada. Liberado el país del lastre de Fernando VII, parecía que una nueva época más libre comenzaba, pero las intrigas políticas y las rivalidades feroces siguen impidiendo a los políticos llevar a término sus proyectos. Y la corrupción, omnipresente en todos los estratos de la vida pública, se come el progreso tan eficazmente como los afanes del clero y los reaccionarios: "estos señores no ven en el Estado más que una vaca muy gorda y muy lechera, a cuyas ubres es ley que se agarren todos los ambiciosos, todos los glotones, todos los hambrientos". 

Galdós no dejó nunca de apuntar al futuro, de universalizar hechos circunstanciales de una forma asombrosamente clarividente. Le preocupaba mucho la influencia política, la capacidad de convencer a una mayoría para sacar proyectos adelante. Y se preguntaba: "¿Cómo se forma el sentimiento popular, casi siempre irresistible? ¿Quién enseña a las multitudes a querer ardientemente una cosa sin saber decir por qué la quieren? ¿Cómo es que la sinrazón popular, cuando es persistente y honda, tiene siempre razón?". El gran enigma de la política, el sueño de cualquier político es influir en multitudes, pero cómo se hace. Cómo se convence de algo a la mayoría. No con argumentos. No con ideas, pues las mayorías convencidas de algo casi nunca saben argumentar realmente su convencimiento. Se convence con emociones. Con lo que nos ruge en las entrañas. Con la parte visceral, irracional e intolerante que todos llevamos dentro. Y esa es la gran tragedia de la vida política. Lo que muchas veces produce más convencimiento es aquello que ni se puede defender con la razón ni se puede compartir para construir algo entre todos. 

Aunque en esta serie hay pocos personajes femeninos, en La estafeta romántica, hay una carta maravillosa de Pilar a su amiga Valvanera en la que despotrica de su marido Felipe, "suspicaz y fiscalizador", y se queja amargamente de un matrimonio sin amor ni respeto, regido por el fanatismo de la rutina social de un caballero de pocas luces que no soporta la inteligencia y las indecorosas ansias de libertad de su mujer pero que se moriría si no pudiera sospechar de ella a cada instante y ocupar todo su tiempo en vigilarla. Un alegato modernísimo en favor de la libertad de las mujeres y en contra del matrimonio como institución que las esclaviza. Ni una lectura de Galdós sin su militancia feminista, claro que sí.

Y militancia antibelicista, también. Inevitable, además, pensando que aquella primera guerra civil, la primera guerra carlista, marcó la infancia de Isabel II, y fue precursora de la de 1936, dividiendo a los españoles por motivos parecidos y destruyendo lo mejor de cada generación en seis años de matanzas indiscriminadas. Esa guerra, síntoma explosivo de un enfrentamiento sin solución, es la enfermedad endémica que lastraba la convivencia en España en 1836. Y que explica muchos de los problemas de convivencia que aún hoy arrastramos en pleno siglo XXI.  

Decía Galdós que lo privado ilumina lo público, y lo público, para que tenga interés histórico, se nutre de lo privado y lo refleja. Toda su obra está construida bajo esta premisa. Y cuánto aprendo, y cuánto disfruto, con esta forma de entender la literatura. 





martes, 27 de diciembre de 2022

DOLOR

Los libros se hablan entre sí. Se reconocen en el eco que provocan en nuestra memoria lectora, a menudo de una forma sutil que ni siquiera somos capaces de reconocer. Que yo sepa, este libro ha conversado en mi memoria lectora con Qué hacer con estos pedazos de Piedad Bonnett sobre la intensidad, la desesperanza y la voz interior atormentada de una mujer desesperada por encontrar un sentido a su vida. Y también ha mantenido sus charlas con Estado del malestar de Nina Lykke, en este caso sobre la incertidumbre de si tratar de recuperar un amor de juventud puede salvarte de tu decadencia o hundirte todavía más en ella. Me encanta hermanar literaturas tan diversas, desde Colombia a Israel pasando por Noruega, en vidas de mujeres marcadas por anhelos y fisuras tan parecidas. 

Zeruya Shalev, una de las escritoras actuales más importantes de Israel, escribe en esta novela sobre la insatisfacción crónica de una mujer en la cuarentena cuya vida ha quedado marcada por dos traumas: fue víctima de un atentado terrorista que le dejó secuelas físicas graves, y sufrió una ruptura amorosa en su adolescencia que la dejó postrada en cama durante semanas y de la que nunca logró recuperarse del todo. Su dolor físico crónico hace de reflejo de un dolor más profundo e indefinido. Un dolor que arrebata los cimientos de su personalidad y la deja a la deriva, flotando sin rumbo en una vida en la que no consigue encajar. 

Es una novela sobre el campo de minas que es a menudo la relación entre madres e hijos, en especial cuando estos ya están entrando en la vida adulta y reclaman con fiereza su independencia sin querer renunciar a sus caprichos de niños. Describe con una lucidez dolorosa los cuerpos de los hijos que se esconden de sus padres, que se tensan en los abrazos y se retiran demasiado pronto,  que se vuelven esquivos, indomesticados por sabe dios qué desconfianza. Cuerpos que se avergüenzan de un pasado en el que eran vulnerables y corrían ansiosos a los brazos cálidos que ahora rehúyen. 

Con prosa lírica, cotidiana y simbólica, Shalev se interna en los laberintos de un matrimonio que ha perdido la costumbre de tratarse con cariño. Ambos han descuidado año tras año el hilo de palabras que intercambian a diario y este se ha vuelto áspero, capaz de cortarles la piel de las manos cada vez que lo tocan. Se han vuelto tirantes, susceptibles. Sus diálogos son impacientes, se apremian con naderías, se crispan y anticipan problemas antes de que ocurran. Llevan tanto tiempo maltratando las palabras que intercambian que ya no saben cómo curarlas, como envolverlas de la suavidad necesaria para que no duelan. 

Me ha gustado mucho la prosa envolvente, circular, de frases largas que se enredan en madejas y van tejiendo la historia alrededor del cuerpo dolorido de una mujer que ansía por encima de todo paz y felicidad. Es una novela turbadora. Apasionada. También me ha recordado (otro diálogo inconsciente) a Feliz final de Isaac Rosa, por la descripción de un amor como un volcán en erupción, un fuego que da vida y alza hasta las nubes su gloria para después acabar con todo en una marea imparable de desolación. 

¿Qué hacemos con los traumas de los que no podemos hablar?
¿Qué hacemos con todo el dolor de los demás que cargamos a cuestas y que no nos deja espacio ni tiempo para atender al nuestro? 
Una mujer con dolor crónico físico y espiritual. Un médico especialista en cuidados paliativos. Una historia de amor truncada cuando estaba floreciendo. Y la voluntad loca y desesperada por coger esa flor rota y plantarla para que viva y florezca de nuevo. 




miércoles, 21 de diciembre de 2022

NUESTROS DIEZ FAVORITOS INFANTILES 2022

Niñas y niños, aquí llegan nuestros diez favoritos infantiles. Diez nuevas aventuras publicadas este año que nos regalan momentos muy locos, muy bonitos y muy especiales para empezar el 2023 con toda la ilusión del mundo.
 

En nuestros diez favoritos desfilan mamás capaces de viajar a la luna en busca de una miel mágica, doce estaciones del año en el bosque de un ratón, una niña y un niño aventureros en busca de un pájaro arcoíris, animales esperando el amanecer, una abuela muy sabia tejiendo un calcetín infinito, ¡y mucho, mucho más!

Niñas y niños, preparaos, porque este año os volvemos a llevar de viaje por los mundos de fantasía y realidad que pueblan nuestros diez favoritos infantiles.

¡Cosecha Benedetti!



1. Un año en el bosque de Ratón, de Alice Melvin (Edelvives, 17,90€). 

A Ratón le encanta dar paseos por el bosque, descubrir sus tesoros escondidos, visitar a sus amigos Zorro, Ardilla Roja, Nutria, Tejón. Compartir con ellos los cambios que les regala la naturaleza: el olor de las flores en primavera, el sabor de los frutos en verano, el esplendor de los colores en otoño y el calor del hogar en la quietud blanca del invierno. 
Si observas con atención, descubrirás la diversidad de animales y plantas que habitan el bosque mes a mes. Y bajo las solapas podrás asomarte al interior de las casas de los amigos de Ratón y aprender cómo viven y qué hacen en cada época del año. 
Un álbum ilustrado delicioso para peques a partir de tres años. Después de leerlo ya solo falta salir al bosque más cercano para buscar en la realidad lo que este libro ha hecho germinar en nuestra imaginación. 



2. Miel de luna, de Kenneth Kraegel (Blackie Books, 17,90€). 

Mamá Musaraña es una mamá especial. O quizá no, es una mamá y punto. Especial como todas las mamás. Su hijo Hugo está enfermo, no sabe lo que le pasa. Tiene los pies ardiendo, la frente helada y no para de dormir. El único remedio conocido es la miel de luna, así que se prepara para un pequeño viaje. Cuando Hugo se despierta y le pregunta ¿adónde vas, mamá?, ella le responde: a la luna, pero no te preocupes, será un viaje rápido. 
Miel de luna es un cuento precioso para leer con niñas y niños a partir de cinco años, de los que hacen del mundo un lugar mejor, más amable y bondadoso. Invita a soñar y a liberar los caprichos más disparatados de la imaginación. Y es dulce y mágico, como los ojos de una madre y una cucharadita de miel.  



3. El río, de Tom Percival (Andana, 15,90€).

Este cuento nos cautivó por la ilustración. Esa agua que salpica los pies del niño parece que nos está salpicando y refrescando también a nosotros. Y es que el río, verdadero protagonista de esta historia, no solo está lleno de vida, sino que está cambiando constantemente. A veces bajaba tranquilo y en calma, a veces se revolvía alegre y juguetón. Incluso podía rugir con furia salvaje, aunque el enfado no solía durarle demasiado. Tom Percival ha escrito una historia preciosa sobre las emociones humanas reflejadas en la belleza de un río. Siempre vivas, siempre cambiando.  



4. La expedición arcoíris, de Nora Brech (Juventud, 19,00€).

Este cuento es un flechazo. Digo es, y no fue, porque lo sigue siendo cada vez que toco la portada y los pájaros de todos los colores responden a la caricia y salen volando como locos fuera del cuento. Este cuento cuenta la historia de Carl y Kim y de una ornitóloga desconsolada porque le falta un pájaro especial. Es la historia de un viaje. Qué digo un viaje: ¡de una expedición! La expedición que llevará a Kim y Carl a cruzar el bosque acuático de los pájaros caseros y el reino lluvioso de los pájaros paragua, que les hará conocer a los divertidos pájaros matrioshka, y a los increíblemente bonitos pájaros subacuáticos, en busca de un pájaro mítico y precioso que no se deja ver. 


5. Semilla y huevo, de Alex Latimer y David Litchfield (Blume, 12,90€).



Semilla y Huevo son como dos gotas de agua. Su amistad crece cada día, pero ellas también. Para Semilla, crecer significa echar raíces. Para Huevo, sin embargo, crecer significa volar. Y aunque la vida las lleva por caminos contrarios, los verdaderos amigos siempre encuentran el modo de reunirse de nuevo. Y no existen dos amigos más auténticos que Semilla y Huevo. 
Si alguien pensaba que no se puede llorar de emoción con un cuento infantil, se equivoca. Semilla y huevo es la historia más condenadamente bonita y emocionante de nuestra lista de este año. Y las ilustraciones de David Litchfield, un año más, siempre en nuestro corazón. 
6. Un calcetín infinito, de Pedro Mañas y Eleni Papachristou (Nórdica, 17,95€).

En verano o Navidad, Soledad estaba sola. Ni un regalo recibía en su media de lana remendada. Tampoco es que pidiera gran cosa: con unas canicas o un pastel, incluso con un simple piano de cola se conformaba. Pero nada. Así que se preguntó si el problema no sería que su media de lana remendada era demasiado pequeña. Y manos a la obra, "con su arte en la labor (que no era poca), se puso a tricotar como una loca. Mientras su media tejía, destejía horas el tiempo, e iban pasando los días..., y las páginas del cuento". 
Qué cosa más bonita de cuento, por favor. Pedro Mañas es un mago de la rima y de la cadencia. Y las ilustraciones de Eleni Papachristou tienen el sueño y el colorido de un Chagall aventurero. 



7. La casita del ratón, de Jonathan Stutzman y Isabelle Arsenault (Ekaré, 18,90€).

"Vicente era un ratón con botas en los pies, un sombrero en la cabeza y una casa en la espalda". Una frase y Vicente ya está enterito todo él en nuestra imaginación. ¡Qué maravilla este Vicente! Enterito con su casa que, por fuerza, tendrá que ser pequeña, si va cargando con ella a la espalda. Pero Vicente no cree que sea pequeña. Y les ofrece descansar en ella a todos los animales con los que se va encontrando. Una rana, un gato que se lo quiere comer, una familia entera de erizos, un zorro, dos tejones, y hasta un rebaño de ciervos le dicen que de ninguna manera, ¡cómo van a caber todos en su casa si es diminuta! Pero sí caben, siempre caben, porque es Vicente quien les invita. 
Un cuento precioso sobre el valor de la hospitalidad. 



8. ¿Y si me come una ballena?, de Susanna Isern y Rocío Bonilla (Flamboyant, 17,90€).

Martín tiene una imaginación desbordante que a veces le juega malas pasadas. Se imagina que ocurrirán cosas catastróficas y, de lo mucho que se preocupa, tirita como un flan. ¿Y si explotan todos los globos en la fiesta? ¿Y si se pierde en la excursión con su clase? ¿Y si le cae una piña en la cabeza? ¿Y si me come una ballena? ¿Y si la ballena se convierte en un aspersor y salgo disparado a propulsión? 
A medida que avanza el cuento, los miedos de Martín se convirtiendo en posibilidades increíbles de pasárselo bomba, gracias a la imaginación de una madre capaz de darle la vuelta a cualquier miedo para convertirlo en la mejor aventura. 


9. Esperando el amanecer, de Fabiola Anchorena (Kalandraka, 16,00€).

Este cuento, Premio Compostela 2022, va de la oscuridad hacia la luz y es un grito para alertar de los incendios en los pulmones de nuestro planeta. De la Amazonía hasta Australia, los incendios forestales afectan a millones de animales, plantas y seres humanos. A veces son efectos de la emergencia climática, pero otras son provocados por la falta de previsión de las administraciones o, directamente, por la mala intención de todo tipo de personas y empresas. Este cuento es un canto de amor a la naturaleza y un grito de protesta. Cuidemos nuestros bosques. Respiramos a través de ellos. Son nuestros pulmones. Son nuestro futuro. 



10. Blu, de Sylvia Vivanco (Sylvia Vivanco, 13,00€).

Blu es un elefante azul que vive en un mundo azul. Todo a su alrededor es de color azul: sus amigos, las casas, el bosque...
Un día, Blu encuentra un sombrero, pero no es un sombrero como los que está acostumbrado a ver,
el sombrero... ¡NO ES AZUL!
¿Qué dirán los demás si le ven con un sombrero rojo?
Un cuento encantador escrito con letras mayúsculas sobre las diferencias, el miedo al qué dirán y la valentía necesaria para ser uno mismo sin complejos. 





lunes, 19 de diciembre de 2022

NUESTROS DIEZ FAVORITOS 2022

Siempre nos han atraído especialmente las literaturas de otros países y por eso nuestras recomendaciones tienden a ser de escritoras y escritores extranjeros. Pero este año se nos han cruzado en el camino libros españoles tan especiales que la mitad de nuestros diez favoritos son de cosecha nacional. Hay novelas, memorias, ensayos, libros de no ficción que se leen como policiacas, un thriller, un cómic y un clásico. De nuestro país viajamos a los Estados Unidos de los años cincuenta, al Berlín recién partido en dos por el muro, a la Corea ocupada por los japoneses durante la segunda guerra mundial, sin olvidarnos de descansar un poco de tanto drama en el rodaje de una peli de Hollywood en una idílica isla griega. 

Siempre lo decimos, pero no está de más recordarlo: pensamos que jerarquizar el gusto es un despropósito. Así que nuestra lista de favoritos, año tras otro, no sólo no es jerárquica (tan bueno es el primero como el décimo) sino que ha estado cambiando hasta el último momento y seguirá cambiando a partir de enero, a medida que vayamos enamorándonos de nuevas lecturas.

Aquí están, por méritos propios, nuestros diez favoritos de 2022. 
¡Cosecha Benedetti!



1. El túnel 29, de Helena Merriman (Salamandra, 22,00€).

Esta historia es un hechizo. Pasas páginas a toda velocidad, cavas túneles a cuatro metros bajo tierra, cruzas fronteras criminales bajo nombres inventados, memorizas códigos secretos, deambulas por las ruinas de un Berlín devastado, aprietas los dientes en los interrogatorios infames de la Stasi y vives al límite con misiones que en cualquier novela de espías resultarían del todo inverosímiles. Porque todo lo que cuenta El túnel 29 es verdad. Y hay ciertas verdades que siempre estarán por encima de cualquier ficción. 
Este es un librazo de no ficción que se lee como una novela de espías. Nunca el muro de Berlín había estado tan presente. Y los que lucharon para derribarlo, más vivos. 

2. Esto no se dice, de Alejandro Palomas (Destino, 19,90€).

Hay libros que salvan. A quienes los leemos y también a quienes los escriben. El nuevo libro de Alejandro Palomas no solo es de los que salvan, sino también de los que abrazan y ayudan a levantarse. Esta es una historia de abusos, de una infancia rota cuyos pedazos el autor ha tratado de ir recomponiendo durante toda su vida. Es también una maravillosa historia de amor hacia su madre, un homenaje que asombra y calienta el corazón. Un libro para leer despacio, delicadamente, y salir de la lectura cambiados. 


3. El señor Wilder y yo, de Jonathan Coe (Anagrama, 19,90€).

Para aplacar las emociones vertiginosas, nada mejor que un libro de Jonathan Coe. Es un escritor que nos encanta. Siempre elegante, siempre irónico, siempre capaz de encontrar el tono exacto para que leamos sus libros con una sonrisa. En esta ocasión, el protagonista es el gran Billy Wilder, el director de cine clásico de Hollywood, al que seguimos de rodaje en rodaje durante el ocaso de su carrera. El cine y la música son los temas fundamentales, y también la iniciación al amor y a la cultura de una joven ambiciosa a finales de los años setenta, con ganas de comerse el mundo y extasiada ante el mito del gran Wilder. Una delicia tranquila. 


4. Cruzar el agua, de Luisa Etxenike (Nocturna, 16,00€).

Abrimos esta novela al azar sin esperar nada. Y el aluvión de delicadeza, poesía y optimismo fue abrumador. Aluvión de ternura y bondad. De tantas cosas buenas que no sabemos ni siquiera cómo empezar a contarlas. Pero lo que tenemos claro es que vamos a traer a estos tres personajes inolvidables, a Manuela, a Irene y a Juan, a nuestra pequeña librería porque sus historias merecen nuevos espacios donde expandirse. Nuevos lectores en los que sembrar su sensibilidad y calidez, tan imprescindibles para combatir la aspereza de estos tiempos. 




5. El regreso del soldado, De Rebecca West (Seix Barral, 19,90€). 

Rebecca West publicó esta novela en 1918 con apenas veintiséis años, y es asombroso cómo consigue combinar una prosa bellísima que corta el aliento con un análisis psicológico tan profundo, especialmente si tenemos en cuenta que el tema de la neurosis de guerra era totalmente novedoso e inexplorado para la sociedad de la época. Esta es la historia de un paraíso perdido, de una belleza rota en mil pedazos. Una vida, como tantos millones de vidas, destruida para siempre por los horrores de la guerra. Con ecos del monumental Testamento de juventud, de Vera Brittain, describe el día a día de dos mujeres que esperan el regreso de un soldado, tratando de conservar intacta la perfección estética de una existencia hecha para ser acariciada y admirada. Un clásico exquisito. 



6. Purgatorio, de Jon Sistiaga (Plaza & Janés, 20,90€).

Esta es una de esas historias que a la vez te dejan helado y te reconcilian con el mundo. Uno se pregunta cómo es posible que alguien justifique un asesinato por una idea, y también cómo es posible que un asesino decida intentar restañar la herida de su crimen, caiga quien caiga. Cuando la mayoría de los terroristas que nunca fueron localizados se esconden en sus vidas normales y callan lo que hicieron, lo valiente, lo increíblemente humano es dar un paso y decir fui yo. Yo maté en nombre de una idea. Podría seguir con mi vida porque nadie lo sabe. Podría ignorar los gritos de mi conciencia y dejar pasar el tiempo. Pero he decidido hablar porque no puedo más. Maté en nombre de una idea. Fui yo. Y me arrepiento. 



7. Las que faltaban, de Cristina Oñoro (Taurus, 20,90€). 

Igual que El túnel 29, aunque en las antípodas en cuanto a temática, este libro de no ficción es de una fluidez maravillosa. Cristina Oñoro ha elegido trece mujeres que a lo largo de la historia han cambiado y mejorado su época, desde Juana de Arco hasta Victoria Kent, pasando por Sofonisba Anguissola o Mary Wollstonecraft, dejándonos un legado que a menudo se ha visto ensombrecido o directamente ninguneado por el simple hecho de ser mujeres. Cada capítulo es interesantísimo por sí mismo, pero lo mejor es cómo hila las vidas de mujeres tan dispares formando un tejido uniforme, un tapiz precioso y emocionante del que aprender y disfrutar todos los días. 




8. La autopista Lincoln, de Amor Towles (Salamandra, 24,00€). 

Era difícil, muy difícil, escribir una novela a la altura de Un caballero en Moscú. ¿Cómo igualar el carisma del conde Rostov, encerrado durante tres décadas en el Hotel Metropol? ¿Cómo encontrar un personaje así, un espíritu tan libre, ingenioso, elegante, imaginativo, bondadoso y audaz? Nuestras expectativas con La autopista Lincoln estaban por las nubes, y leer con unas expectativas así es caminar constantemente por el filo de la decepción. Todo lo que no rozara la perfección iba a resultarnos un chasco. Y no sabemos cómo, porque esta historia nada tiene que ver con la anterior, pero hemos llegado a la última página de este nuevo viaje con la misma sensación de plenitud que ya tuvimos con el anterior. La misma maravilla, el mismo deslumbramiento, las mismas ganas de irnos a vivir con estos personajes, en este caso a su ansiada California, para ayudarles a construir sus sueños. 



9. Hierba, de Keum Suk Gendry-Kim (Reservoir Books, 23,90€). 

Impresiona constatar cómo los soldados de diferentes ejércitos, arrollados por la sinrazón de su trabajo, no contentos con matarse salvajemente unos a otros se han cebado siempre con las mujeres. Sobre ellas han descargado su furia, su terror, su frustración y sus instintos más animales y sádicos. "Mujeres de consuelo", las llamaban los soldados japoneses destinados a la Corea ocupada durante la segunda guerra mundial. Consuelo para ellos, infierno para ellas. Este cómic estremecedor cuenta la historia de una de ellas. Las mujeres de esta historia son como la hierba. Hierba resistente al pisoteo de los hombres. Hierba que siempre renace en primavera. Que resiste al viento y a la nieve, que crece en los huecos, en los márgenes de la vida, y allí permanece, ocupando el espacio que puede, el espacio que la vida le otorga y que le pertenece. Hierba que se levanta tras cada golpe y que reclama calor, paz, dignidad y alegría. 



10. Noches de luna rota, de Fulgencio Argüelles (Acantilado, 18,00€).

Hay un crimen. Hay una boda. Hay lunas rotas o apuñaladas, montes oscuros, armas escondidas y cuchicheos de mujeres maltratadas. Esta novela, construida exclusivamente con diálogos, tiene el aliento de las tragedias griegas y el sabor a sangre y a tierra de un drama de Lorca. Por ella desfilan hombres desterrados al monte por una ideología asesina que los persigue, y mujeres que clandestinamente los esperan. La guerra terminó, aunque no la sangre ni la sed de venganza. "Ya pasó una década desde que oficialmente se certificó la paz. Menuda paz si se sigue matando impunemente". 
Noches de luna rota. Rota o apuñalada, según quién la mire o la recuerde. Pero a veces no hace falta más que una esquirla de luna para encontrar un camino hacia el mar.