He disfrutado muchísimo el nuevo libro de Llucia Ramis, una mezcla de memoria personal y reportaje literario sobre el problema de la vivienda y cómo lleva más de dos décadas atravesándonos de tantas formas que se ha convertido en la principal preocupación de la población. Entender lo que ha pasado en España en las últimas décadas es imprescindible para exigir un cambio radical de modelo: seguir con las mismas recetas neoliberales que nos han traído hasta aquí solo va a seguir rompiendo una sociedad que ya está rota.
Este libro sigue la estela de otros títulos sobre el conflicto de la vivienda en España que me han parecido interesantísimos, como Generación inquilina, de Javier Gil, o El secuestro de la vivienda, de Jaime Palomares. Y escribo el conflicto de la vivienda, y no el problema de la vivienda, ni la crisis de la vivienda, porque se trata efectivamente de un conflicto provocado por una minoría que pretende enriquecerse, aprovechándose de su posición de poder, a costa de una mayoría de la población que simplemente quiere acceder a una vivienda digna, un derecho constitucional. Tanto los ensayos de Javier Gil y de Jaime Palomares como este libro de Llucia Ramis hacen que el interés sobre este conflicto crezca, y la indignación también.
Pensamos que el mundo era de una manera. Que bastaba con construir más para ampliar la oferta y bajarla. Que si estudiábamos bien y trabajábamos bien, como nos enseñaron, las cosas nos irían bien. Más que bien. Y nos fueron mal. Peor que mal. Muchos vimos nuestros estudios quedarse en meras quimeras, nuestros alquileres subir y subir para engordar la codicia de unos caseros que no necesitaban esos ingresos para nada más que para acumular. Pensamos que el mundo era de una manera. Pero no lo era. Aquel mundo solo existía en nuestra imaginación. En la realidad, el mundo era una estafa y una cadena. Y ni la rabia ni la indignación bastaban para fingir que podíamos ser un poquito más libres, para convencernos de que el optimismo sobre el que nuestros padres habían construido su dignidad también nos haría dignos a nosotros.
«El antiguo rentismo de nobles y terratenientes, que vivían del trabajo ajeno sin dar un palo al agua en los siglos XVI y XVII —y que fue combatido por revueltas gestadas en los núcleos urbanos— regresa vestido de inversor perspicaz como si quisiera vengarse de las viejas reformas que lo combatieron, destruyendo los nidos de la resistencia: las ciudades habitadas».
Vivir de alquiler es a menudo una angustia permanente. Llucia Ramis lo cuenta muy bien basándose en su propia experiencia en pisos de todo tipo a lo largo de dos décadas. Quien ha estado de alquiler en los últimos quince años lo sabe. Uno vive amenazado en lo más profundo, en lo más básico de una vida: su hogar. ¿Por qué nuestra pertenencia a un lugar tiene que depender de lo que decidan hacer con su dinero otras personas, independientemente de que cumplamos con los términos de nuestro contrato? Vivir pendiente de que te echen de tu casa por cualquier motivo te mina la autoestima, te corroe por dentro, te deja a merced de una incertidumbre que nadie debería tener que sufrir. Es un poco lo que se siente cuando no tienes derecho a una sanidad universal y no tienes medios para pagarte una privada. Tu salud se convierte en un hilo de repente quebradizo. Rezas para que nunca se rompa, porque debajo no hay nadie que amortigüe tu caída. Con la salud todos lo entendemos. Con la vivienda nos cuesta un poco más. Pero ambos son derechos recogidos en la constitución. La vivienda no puede ser un derecho y, a la vez, un producto financiero con el que especular. Ojalá este otoño nos traiga un cambio de paradigma y empecemos a considerar las dos cosas de la misma manera.

