Qué alegría me ha dado leer este libro. No recordaba una narradora tan espontánea y cercana, con un carácter tan resuelto y alegre, proactivo y siempre receptivo para la ironía. Y es que la protagonista, que nos cuenta en forma de diario las pequeñas peripecias de su familia, es vivaracha, intrépida, sensible, perspicaz: vamos, lo tiene todo para pasar unas vacaciones fascinantes con ella y olvidarte de todo.
Qué es más deseable: ¿vivir a lo Jane Austen o a lo Emily Brontë? ¿Sensatez o pasión? ¿Contención o desenfreno? La narradora se plantea, sin pensárselo mucho, que lo idea sería mitad y mitad. Y así lo aplica para su vida. Con estas dos autoras como modelos, susurrándole al oído consejos a menudo opuestos, la narradora nos pinta la vida en un castillo lúgubre y ruinoso como un rayo de luz que siempre consigue atravesar toda desazón. Porque motivos para la desazón hay muchos, desde la pobreza galopante y cuesta abajo hasta la frustración por ver su amor dirigirse al hombre equivocado. Pero esta Cassandra, con unos diecisiete años exultantemente juveniles, está convencida de que todo puede formar parte de la emoción de vivir, hasta la tarea más tediosa o rutinaria como tender la ropa o preparar el té.
Cuando nadie la ve, se pasa largos ratos mirando cómo cambian de forma las nubes blancas de la primavera y notando cada destello de belleza en los lugares por los que pasa. Para ella, todo es un secreto, un tesoro oculto esperando su mirada para ser descubierto. Quiere escribir a toda costa, pero en realidad no le importa demasiado que la interrumpan, «porque la vida es demasiado emocionante como para permanecer sentada mucho tiempo». Vive en un presente floreciente e inacabable, pero nunca se olvida de dónde viene, de qué huecos familiares, de qué promesas no cumplidas. «Una es siempre consciente del pasado. Es como una presencia, como una caricia en el aire». Y todo habría seguido igual si no hubiera sido por la irrupción inesperada y emocionante de dos hermanos estadounidenses que han heredado el castillo y llegan para poner patas arriba la vida de la encantadora Cassandra y su familia.
Me ha encantado la descripción del contraste cultural entre los estadounidenses y los ingleses en los años treinta, cómo la autora describe la formalidad inglesa que tanto sorprende a los estadounidenses, esa ligera altivez, esa reserva educadísima que se confunde con displicencia o, incluso, con arrogancia, y que esconde tanta ironía y tanto humor. En fin, me ha parecido una novela bonita, agradabilísima e inteligente, y la narradora, una voz que viene bien tener siempre cerca, para iluminar cualquier sombra que nos empañe la sonrisa.
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