jueves, 16 de julio de 2026

FANTASMAS

¡Cómo me gusta Dolly Alderton! Mientras leía este libro, no dejaba de mandarle mensajes a P. con muchos signos de exclamación y emoticonos (muy milenial todo, sí), ¡mira este párrafo! ¡Pero qué buena es! ¡Por favor, las descripciones de los modelitos de Lola! ¡Dios, qué conversación de ruptura más brutal! ¡Ha reaparecido X! Y ella, que me descubrió a Dolly Alderton hace unos meses, respondía sonriendo tranquilamente como diciendo: te lo dije, pequeño saltamontes, te dije que te iba a gustar. Me gusta conseguir que me resuenen muchas voces radicalmente distintas, con los libros, con el cine y con el arte en general. Pero lo de esta autora es otro nivel. Será porque llevaba varios ensayos densos seguidos, o porque, sin saberlo, estaba hambriento de una lectura ligera, rápida y que me hablara de este mundo con una voz inteligente y divertida, el caso es que cada libro que leo de nuestra querida Dolly me vuelve más aldertoniano. 

Aldertoniano porque nunca me canso de leer historias de amor que nunca salen como estaban planeadas; porque me encanta ese humor inglés un poco absurdo y autoparódico que, como dice P., puede convertir a una familia y sus múltiples animales en un clásico inmediato o describir las formas de vivir el amor de toda una generación como hace Dolly Alderton en sus libros; porque me reconozco en cualquier mirada igualitaria que se ría del machismo y del clasismo y se reserve siempre media broma para lo serios que nos ponemos cuando hablamos de igualdad; y supongo que porque me interpela, me hace reír, me emociona y es la amiga que tantas personas querríamos tener siempre cerca. 

Ah, claro, y porque tiene un humor deliciosamente afiladito. Sobre todo, cuando habla de los hombres, esos niños grandes con enormes dificultades para asumir su responsabilidad respecto a todo lo que tiene que ver con la gestión de la vida adulta, y en especial de sus relaciones. «Ser una mujer a la que le gustan los hombres suponía ser traductora de sus emociones, enfermera de cuidados paliativos para su orgullo y negociadora de rehenes para sus egos». 

Para la protagonista de Fantasmas, «la mayoría de los hombres piensan que una buena conversación es aquella en la que han impartido conocimientos o información que otros no sabían todavía, aquella en la que han contado una anécdota interesante o han dado sus consejos para un plan que alguien iba a poner en marcha, o, en general, aquella en la que han dejado su marca como un meado en el tronco de un árbol. Si han aprendido más de lo que han comunicado durante la noche, después están alicaídos, como si la fiesta no hubiera sido un éxito o ellos no lo hubieran hecho bien». 

Pero no solo va de hombres y mujeres esta novela, también de padres que se hacen mayores y van perdiendo la memoria, y del agujero que dejan ciertas enfermedades en el frágil tejido de cada familia. La protagonista tiene que lidiar con todo ello y nos cuenta el día a día con un padre enfermo, con amistades que se van desintegrando por una epidemia treintañera llamada maternidad y los pagos mensuales de una hipoteca que ha pasado de vivirse como un rito de paso triunfal a la edad adulta a convertirse en una rutina precarizante. 

La maternidad (y no tanto la paternidad heterosexual) casi siempre desplaza todas las prioridades. Y descoloca el lugar que ocupan las amistades. La narradora habla del comodín de ser madre o padre, que pone todas las necesidades de las personas sin pareja o sin hijos en un segundo plano. Porque las personas con hijos tienen prioridad, siempre, para casi todo. Y miran con cierta superioridad los problemas cotidianos de las personas sin hijos como diciendo: no tienes ni idea de lo que es un problema de verdad. Porque «la tradición dicta que las metamorfosis son de los casados; el resto existimos de forma estática en el mundo». 

Pero no solo la maternidad descoloca las amistades. El simple paso del tiempo, con todos esos pequeños viajes interiores que emprendemos, hace que nuestras vidas vayan tomando giros que nos alejan de las amistades irremediablemente hasta volverlas casi irreconocibles. Y seguimos quedando con ellas, buscando una y otra vez aquella persona que una vez conocimos y que ya no aparece ni en los gustos comunes, ni en el sentido del humor ni siquiera en el placer de evocar los recuerdos. Y, sin embargo, parece que siempre se puede rescatar algo si se presta la suficiente atención con la suficiente paciencia. La protagonista de Fantasmas lleva su soledad como una piedra preciosa, brillante y resplandeciente que a veces se transforma en algo triste, incluso un poco inmanejable. Algo oscuro que puede llegar a dar miedo. Pero piensa que si amar significa convertirse en el guardián de la soledad de la persona amada, a lo mejor la amistad es ser el guardián de la esperanza de la amiga. Y esa idea es algo por lo que merece la pena cualquier vida. 





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