No hay ninguna ilustración en este libro, pero he terminado la lectura con la sensación de haber estado viendo cuadros en cada página. No recuerdo haber leído un libro tan bello y tan inteligente sobre arte en mucho tiempo. Bello por las metáforas con las que pinta las emociones, e inteligente por la capacidad de precisar con poquísimas palabras ideas que muchos podemos tardar años en intuir. Me he sentido como si la autora viniera de paseo conmigo por un parque y fuera señalando un árbol allí y una ardilla allá, y el árbol y la ardilla y cada cosa de repente cobrara un color inesperado e hiciera cosas imposibles y el parque todo se transfigurara en una imagen de una belleza de otro mundo.
Y, en medio de todo este apoteosis sensorial, la autora encuentra muchos huecos para ir sembrando reflexiones que me han resonado de muchas maneras, quizá porque, aunque ella es once años más joven que yo, compartimos muchas circunstancias generacionales, y porque, como la protagonista, también yo he estado metido de lleno en el mundo académico del arte hasta que salí abruptamente. Y la herencia de esa salida no se digiere con facilidad.
¿De qué sirve un talento especial si no se tiene un entorno seguro y fértil en el que desarrollarlo? ¿Hasta qué punto este talento puede volverse una amenaza o una herida para quien no puede traducirlo en algo que lo dignifique?
Mayte Gómez Molina nos habla de la dictadura de la belleza y de los cuerpos normativos, de la meritocracia y del síndrome de la impostura. De la omnipresente presión por gustar, por estar a la altura de las expectativas de los demás. Cuando tienes algún tipo de talento, esa presión empieza a dispararse. Una vez una persona a la que yo quería mucho me dijo que tener un talento te hace responsable del deber de cuidar, cultivar y difundir los productos de ese talento. Terminé por entender que tocar el piano solo para mí era egoísta y que cualquier cosa que no fuera promocionarme y venderme era no solo moralmente inaceptable, sino un desperdicio. El amor duró poco, pero el juicio perdura. Cómo se graban ciertas palabras.
Pero esta novela no va solo de arte y de los obstáculos que se encuentran quienes aspiran a dedicarse a ello. Me he encontrado con cantidad de reflexiones elegantes y certerísimas sobre todo tipo de cuestiones, desde la estética de las cafeterías de diseño, que desde fuera invitan a entrar y desde dentro invitan a salir, hasta cómo «dentro de los seres humanos agoniza la capacidad de conversar: las personas se sientan una enfrente de la otra y se limitan a entrelazar monólogos mediante un sistema de turnos». Leer este libro es un estímulo constante, me ha provocado la fascinación de un malabarista con seis manzanas en el aire o la de un músico tocando cientos de hojas de partituras de memoria.
«Los mejores momentos de su pintura eran cuando sentía que dejaba de importar, que ella solo era el tobogán por el que bajaban las ideas como unos niños preciosos, cantando». Quizá esa sea la clave, que el resultado deje de importar. Que las expectativas de la gente dejen de modelar tan duramente nuestra autoestima para que las ideas hermosas y originales puedan respirar libremente. Que el arte sea como «un insecto que llega al corazón y lo poliniza para que florezca a su manera».
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