jueves, 23 de julio de 2026

REDIMIR Y ADOCTRINAR: EL PATRONATO DE PROTECCIÓN A LA MUJER (1941-1985)

Solemos pensar que ciertos horrores del pasado no pueden repetirse. La represión de la dictadura parece superada y es difícil imaginar que instituciones como el Patronato de Protección a la Mujer pudieran tener cabida en la sociedad actual. Pero creo que descartar que pueda volver a someterse la libertad de las mujeres desde las instituciones públicas a veces impide ver que, en realidad, la mentalidad que permitió y propició la actividad del Patronato no se extinguió con su disolución. Esa mentalidad pervivió y se sigue transmitiendo de generación en generación sin que las olas feministas consigan socavarla. Son millones de mujeres y hombres, solo en España, que siguen creyendo en el valor moral de los estereotipos de género y que consideran que cuidar y educar consiste, sobre todo, en controlar y aleccionar. El legado del Patronato pervive, sin muchas actualizaciones, en la vida cotidiana de esas personas, que sienten la necesidad de perpetuar el orden moral que han aprendido, que juzgan como inmorales todos los comportamientos que puedan ir contra cierta norma estética, contra las creencias y costumbres que perciben como mayoritarias o contra determinadas formas de vivir y relacionarse en sociedad.  

Este libro aporta datos para recuperar la memoria de una institución represora que causó un daño irreparable a cientos de miles de mujeres durante más de cuatro décadas. Como dice la autora en el prólogo, «este libro es una invitación a la memoria, pero, sobre todo, a la justicia». 

La historiadora Carmen Guillén nos habla de «una sociedad forjada en el miedo, la culpa y la vigilancia mutua. Una sociedad donde la represión estaba incrustada en la vida cotidiana. Donde se desdibujó la frontera entre crimen e inmoralidad. Donde ser mujer significaba caminar sobre un sueño minado de normas invisibles». Una sociedad que tenía un sistema de creencias, unos discursos normalizados y una cultura del silencio que permitieron la creación del Patronato y respaldaron su influencia. 

Esta sociedad persiguió y encerró, a través de las redes del Patronato, a mujeres de todo tipo: mujeres que se manifestaban o tenían actividad política, mujeres del colectivo LGTBI, mujeres solteras embarazadas, mujeres que salían con disidentes políticos, mujeres cuyas familias querían controlar y someter y eran denunciadas, secuestradas e internadas previa denuncia paterna, prostitutas, mujeres sin tutela directa de un padre o marido. Todas tenían en común una cosa: no encajaban con el modelo de feminidad de la dictadura, y debían ser reeducadas en la moral nacionalcatólica a través del trabajo forzado y la oración como medios para redimir, y a través de la disciplina y el castigo como herramientas para adoctrinar. 

El reconocimiento íntegro del daño causado por parte de las congregaciones religiosas que participaron en la represión del Patronato sigue siendo una deuda pendiente. Mientras tanto, algunas de estas congregaciones no solamente siguen en activo, sino que incluso reciben premios por su labor en defensa de los derechos de las mujeres, como la Medalla de Oro de Las Palmas de Gran Canaria a las oblatas en 2024 o el premio de Derechos Humanos Rey de España a las adoratrices en 2015. 

Secuestros, humillaciones, tortura física y psicológica, robo de bebés, suicidios. La historia del Patronato es una historia de terror. Lograr que no se repita pasa por contar bien su historia y reclamar reparación, como hace este libro, y no dejar de insistir en una educación feminista, no solo para las nuevas generaciones, que no permita que el andamiaje moral del franquismo siga sosteniendo los principios de tanta gente. 





No hay comentarios:

Publicar un comentario