Hace casi veinte años leí un libro que, desde entonces, siempre me acompaña. No son tantos los libros capaces de quedarse con nosotros tanto tiempo. Es un libro que sin duda elegiría para llevarme a una isla desierta. A cualquier viaje sin billete de vuelta. Contiene algo que, por alguna propiedad milagrosa, nunca se desgasta con cada lectura. Algo equiparable al primer amor, al primer beso o, quizá, a la primera vez que nos dimos cuenta de que podíamos entender una conversación entera en un idioma extranjero. Cristalizado para siempre en la memoria, ese asombro al descubrir que merecemos acceso a un mundo desconocido permanece cada vez que lo leo. El libro se titula Prosas apátridas, del peruano Julio Ramón Ribeyro, y, en la edición actual de Seix Barral, lo prologa Fernando León de Aranoa.
León de Aranoa dice que Ribeyro nos enseña a mirar. Que tiene esa mirada que a veces tienen los niños, que nos ayuda a entender la hermosa complejidad del mundo y a desembarazarnos de los pesados prejuicios que enturbian la belleza y la alegría. Fernando León de Aranoa ha escrito Leonera con las Prosas apátridas de espejo, de compañero de mesa. Y me encanta ese diálogo tan tierno y juguetón, este pequeño homenaje a un escritor peruano que sigue hoy en día un poco al margen del canon, en un lugar fronterizo y a la sombra que, por su carácter y su trayectoria, sospecho que no le habría incomodado.
Al igual que en su anterior libro de relatos, Aquí yacen dragones, en Leonera hay humor, lucidez, sensibilidad. Hay paradojas y melancolía, y una mirada al pasado que nunca pierde la capacidad de asombro por un futuro por descubrir. Leer estos relatos conlleva ciertos riesgos, pues es muy fácil que alguno te resuene por dentro de forma inesperada, y no siempre se sale indemne de tamaña resonancia. Pero los he leído confiando plenamente en el camino. Como los niños que juegan a caminar hacia atrás por la calle, guiándose por las indicaciones que les dan sus padres de los obstáculos que van apareciendo. Riéndome cuando las palabras meten miedo, cuando gesticulan aterradas como si justito detrás hubiera aparecido la boca de un dragón que me fuera a engullir de un bocado. La confianza es eso. Jugar a que el miedo es una fantasía y a que la siguiente página del libro no solo traerá más humor, más lucidez, más sensibilidad, sino que también la podremos hacer nuestra con nuestra caja de resonancia.
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