jueves, 4 de junio de 2026

EL PALACIO AZUL DE LOS INGENIEROS BELGAS

Esta es la novela más admirable que he leído en muchísimo tiempo. Desde que descubrí Noches de luna rota, hace unos tres años, llevo preguntándome cómo un escritor puede escribir así. Me lo he preguntado con otros escritores antes también: Federico García Lorca, Emilia Pardo Bazán, Fiódor Dostoievski, Toni Morrison. ¿Qué hace que descubra en un libro algo que nunca pensé que se pudiera hacer? Es un misterio. El misterio de la creación artística, de intentar arañar con palabras el cielo de la belleza. Algo de lo que Fulgencio Argüelles habla mucho en esta historia arrebatadora. 

«En los pueblos pequeños ni las ocurrencias ni las palabras ni siquiera los malos pensamientos se pierden sino que flotan y hierven y se propagan de puerta en puerta como el olor del romero o la reverberación de los grillos, como el polvo del carbón o el recuerdo de los muertos». 

Estamos en un pueblo perdido en el interior de Asturias, zona que sirve de escenario e inspiración para las novelas de este autor. Un pueblo de gentes que a menudo viven y se mueren sin conocer más que trabajo y amargura, sin saber nada de la felicidad ni imaginar que tengan derecho a nada más. Gentes que viven cumpliendo mandatos, obedeciendo a un guion aprendido generación tras generación, que viven sin existir, sin salirse nunca del papel pautado de la tradición y de los recelos. Gentes enfermas de conformismo y resignación, entre las que emergen, sin embargo, un puñadito de personajes portadores del don de la curiosidad y de la ambición de belleza. Personajes como Eneka, el jardinero jefe del palacio azul de los ingenieros belgas, que transforma la aridez de la tierra en agua y flores. O como Lucía, la hermana del protagonista, que vive en un mundo propio hecho de poesía y de feroz resistencia a la violencia. Personajes hechos de ilusiones y de poesía, del movimiento etéreo de la luz. Personajes que hacen del mundo un lugar capaz de acoger las flores, el futuro y el amor.  

El palacio azul de los ingenieros belgas, ganadora del Premio de Novela Café Gijón en 2003, posee una prosa lírica y densa, que admira y deslumbra. Es una novela de formación de un aprendiz de jardinero, ávido de vida y de descubrir la belleza de la naturaleza en la España que va de la Dictadura de Primo de Rivera a la revolución de Asturias de 1934. Tiene una cadencia de obra atemporal, como proveniente de otro mundo paralelo a este hecho de todo aquello que aspiramos para elevarnos de las necesidades y las obligaciones y alcanzar un ideal liberado de la opresión y de la injusticia. Está escrita desde una conciencia política que pone el foco en las personas humildes, en los desposeídos de la tierra, en los que se ven abocados a una vida de miseria para seguir enriqueciendo a quienes viven sin una noción cabal de su privilegio y de su riqueza. Y contagia un amor infinito por una tierra humilde y generosa que se deja abrazar y horadar en una entrega sin límites. 

A Fulgencio Argüelles urge darle más premios. Más lectores. No me cabe el entusiasmo en las palabras. 






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