lunes, 1 de junio de 2026

Y DEJÉ DE LLAMARTE PAPÁ

La gran mayoría de los violadores no violan a sus víctimas en un callejón oscuro, de madrugada, sin conocerlas de nada. La gran mayoría de los violadores conocen muy bien a sus víctimas, y estas los conocen a ellos. Son su novio, su hermano, su compañero de trabajo, su padre, su abuelo, su amigo, su primo. Su cónyuge. Acabo de leer la noticia de que una web llamada Global Rape Academy acumula sesenta y dos millones de visitas mensuales. Sesenta y dos millones de visitas de hombres para aprender a violar a mujeres. No son sesenta y dos millones de hombres encapuchados, trastornados y monstruosos. Son sesenta y dos millones de padres, hermanos, novios, suegros, vecinos, primos, compañeros de trabajos, amigos, hijos. Hombres normales, educados, inteligentes, considerados. Hombres como Dominique Pelicot. 

Cuando a finales de 2020 Caroline Darian se enteró de que su padre era un violador en serie que había violado infinidad de veces a su madre, Gisèle Pelicot, y promovido que más de cincuenta hombres desconocidos la violaran a lo largo de diez años, necesitó inventarse una nueva existencia, despojada de todas las certezas sobre las que había construido su vida. La certeza del amor paterno, la certeza de una familia unida, la certeza de una infancia tranquila y feliz, de una convivencia saludable. Una vez que borras tu pasado para que cada recuerdo de él no te maltrate, ¿quién eres? ¿Dónde quedan tus hermanos? ¿Dónde queda tu madre, víctima principal de tu padre? 

«Ser hija de la víctima e hija del agresor es una carga terrible». ¿Cómo separas a una pareja que en tu memoria siempre ha aparecido unida por vínculos poderosos? ¿Cómo borras a tu padre de cada recuerdo feliz? Porque, a pesar de todo, la imagen del padre sigue ahí. No la del violador ni la del criminal, sino la del padre que la crio. La del padre en quien confiaba, con quien compartió tantísima alegría y cotidianeidad. «¿Cómo se gestiona la mezcla de rabia, vergüenza y empatía por un padre?». 

La autora cuenta cómo el trauma se propaga como una onda expansiva por toda la familia. Hasta los nietos, que no entienden por qué ese abuelo, al que nunca han visto enfadado, ha podido hacer tanto daño a su abuela como parar morir en la cárcel. Cómo ha podido dejar un agujero tóxico tan grande en el espacio afectivo que antes ocupaba. 

«Temo que no consiga odiarlo. Quizá este juicio me ayude a aceptar de una vez por todas el duelo. Mi padre está vivo, es cierto, pero quizá nunca podré mirarlo a los ojos y decirle que se ha llevado, ha arruinado, parte de mi vida, que ha apagado la chispa que tenía antes, que ha pisoteado la confianza instintiva que yo tenía en los hombres». 

A raíz de este proceso, que ha conmocionado a la opinión pública mundial, Caroline Darian ha empezado a poner el foco en un aspecto poco tratado de la violencia contra las mujeres: la sumisión química. Lo ha hecho con este libro y con la asociación M'endors pas (No me duermas), que ofrece asesoramiento y acompañamiento a víctimas de sumisión química. Ha transformado su trauma en una lucha colectiva con un coraje ejemplar. 




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