Si los libros fueran carreteras, esta preciosa novela de Raquel Congosto sería una carretera rural llena de bifurcaciones, ensanchamientos, recovecos y meandros. A diferencia de esas novelas que parecen autopistas sin salidas, por las que circulas a toda mecha, eufórico de velocidad, sin tiempo para pensar en nada, esta es una historia que va y viene, que juega con los personajes, que se hunde y emerge y oscila entre la añoranza y la ternura, y deja todo el tiempo del mundo para contemplar los paisajes de un amor generoso de múltiples caras: el de la pareja, el de la madre y, sobre todo, el amor de la amiga.
A veces he sentido cierta envidia, cierto anhelo de que esa socialización femenina que permite amistades tan flexibles, profundas y duraderas estuviera al alcance de cualquiera. Yo también quiero una amiga así, aunque termine dejándome y tenga que sobrevivir a ese duelo. Yo también quiero una amiga como Marina, una amiga martíngaite que me escriba cartas y me pida las nubes, la luna y que le escriba. Una amiga a la que dedicarle una novela para decirle que no entiendo por qué acabó todo y cómo pudo ser, pero que lo vivido bien merece un monumento titulado Amiga mía.
«Se huelen las carencias mutuamente y las combaten con habilidades complementarias. O eso es lo que piensa Celia cuando trata de explicarse la intensidad de su relación. Como si el dolor al que tuvieron que sobrevivir de niñas hubiera escarbado sus cuerpos por dentro dejando un hueco con la talla exacta de la otra». Las dos mujeres de esta historia comparten una pasión por la arquitectura que las lleva a compartir piso y proyecto. Lo comparten todo. Menos intimidad sexual, todo. De hecho, son pareja, aunque no se reconozcan como tal ante los demás. Lo cual lleva a pensar por qué trazamos líneas divisorias entre tipos de afecto. Por qué jerarquizamos. Por qué es más importante la familia que los amigos. Por qué lo obligatorio, no lo elegido, ocupa un lugar que nada elegido podrá ocupar jamás.
«Se supone que se termina viviendo en pareja o sola, pero no con una amiga. Una amiga vale como compañera de piso. Es un mientras tanto, pero no una opción de vida». El peso de lo que se supone puede determinar una vida. Son dos mujeres contra el mundo. Hay que tener valor para desafiarlo. Para reivindicar un plural construido no desde la tradición, ni desde el sexo, sino desde una intimidad igual de profunda y valiosa, pero fuera de la norma.
Y sobre tradición y familias también va esta novela. Es uno de sus muchos recovecos. Sobre familias que no saben darle un lugar al dolor ni al miedo. Que prefieren el silencio a cualquier palabra que lo quiebre hacia abajo, hacia lo profundo. Las palabras solo se aceptan si lagartijean por la superficie, si nunca penetran en nada que verdaderamente importe. Lo importante, lo profundo, se calla. Lo aceptable, lo normal, es lo que se comparte constantemente, y lo que se olvida al instante.
Familias cuya máxima es seguir adelante, siempre, sin mirar a los lados ni, sobre todo, hacia dentro. Seguir adelante como si no pasara nada. Pasar página lo antes posible, porque el dolor es como una pelusa de polvo, hay que eliminarla o esconderla bajo la alfombra, no querrás que vengan a verte y la vean por ahí pululando, qué vergüenza, por favor.
Y luego, también, coloreando la añoranza en cada recodo del camino, está la voz de Matilda, la hija de la protagonista. «Ser mitológico, invención de un hada». Porque esta novela también es una carta de amor a esa niña que no para quieta y que en cada página te roba el corazón.

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