jueves, 7 de mayo de 2026

MARCELINO

Llorando. Así he terminado esta novela. Intentando que no se me notara mucho, porque estaba en la librería, en uno de esos momentos tranquilos en los que los libreros cumplimos el tópico romántico y nos ponemos a leer detrás del mostrador. Disimulando, pero sí, llorando. A ver qué palabras encuentro ahora para explicarlo. Para explicar qué es esto que acabo de leer y presentaros a Marcelino. Ay, Marcelino. 

Marcelino es un hombre callado. Muy callado. Sufre un silencio que no sabe muy bien cómo gestionar, un «maldito dolor del habla. Esa sensación de estirar el brazo y no llegar a la balda de las palabras». A los hombres de su generación no les han enseñado a hablar de emociones. Ni a preguntar por ellas a nadie. Y menos a las mujeres. Pero, a diferencia de otros hombres y de otras mujeres, Marcelino sí sabe que esa balda existe y que algo tendría que hacer para alcanzarla. 

Le inquieta estar con mucha gente y se le ve casi siempre en silencio. Solo quiere estar tranquilo y que estén tranquilos los demás. «Que vivir ya es mucho esfuerzo, como para irlo complicando». Le gustaría romper su mutismo «como la mata rompe la tierra». Pero no lo consigue y se le cierra la boca y la luz de la cabeza. Piensa que tiene algo estropeado dentro. Quién le va a aceptar sus silencios. Esa forma de callarse y no decir nada y mirarlo todo con ojos de agua. Quién si no su Encarna. 

Esta es una novela de amor entre un hombre callado y una mujer bulliciosa en un pueblo de gente humilde, atosigado por la miseria, que llora más por una alpargata rota que por un amor despechado —«zagalas hay muchas, me dijo, pero calzado no tengo más que este»—. Tras sus Yeguas exhaustas, que me resonó de muchas maneras, Bibiana Collado Cabrera me ha vuelto a embrujar con una historia rural protagonizada por una voz noble, delicadísima en su aparente aspereza, inocente y sabia. La voz de una masculinidad vulnerable que habla de sexo, de dolor, de vejez y de una férrea voluntad de comprender que me ha dejado temblando de emoción. Vaya despliegue de lenguaje sensorial, apretado a la tierra, a sus rigores y dulzuras. Qué belleza. Después de leer esta novela, cualquier otra de pronto me va a saber a poco. Creo que me voy a pasar mucho tiempo echando de menos a este Marcelino en cada esquina. Sus decires y sus silencios se quedan aquí ya conmigo para siempre. 





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