Llegué a esta novela gracias a Ander Izagirre, un fantástico escritor de libros de viajes y periodista apasionado, además de ciclista empedernido que a veces hasta deja que los caracoles se le suban a las ruedas. No nos conocemos en persona, pero he leído varios libros suyos, y tiene un don especial para transmitir simpatía. El suficiente para que cualquier libro que recomiende ya me parezca atractivo. Y qué alegría me ha dado haber seguido su consejo. Joyce Carol Oates es una escritora que no deja indiferente. Escribe ferozmente. A hachazo limpio, como dice Ander. Y ojalá le den pronto el premio Nobel, porque creo que pocas personas se lo merecen tanto como ella.
Una niña de doce años sabe que sus hermanos han cometido un asesinato. Y un día decide que tiene que contarlo. A partir de ahí, de esa decisión que rompe su vida y la de su familia, y de la que se ramifican toda una serie de fascinantes dilemas, la novela disecciona los vínculos familiares con una maestría escalofriante.
«Piensas que tus padres te quieren, pero ¿es a ti a quien quieren, o a la criatura que es suya?».
En la familia de la niña Violet Rue Kerrigan hay amor. Pero un amor no explícito. Un amor hecho de lealtad y de silencio. Un amor cuya expresión los hijos aprenden que es mejor no poner a prueba. Basta una mirada de la madre, unos ojos en blanco o unos labios fruncidos. Y todos callados, el padre está en casa. En la familia de Violet «no se hablaba de ciertas cosas y para muchas de ellas tampoco existían, en cualquier caso, las palabras adecuadas».
Violet sospecha que su familia nunca la perdonará por haber dicho lo que sabía sobre sus hermanos. Por decir en el colegio que su hermano Lionel la había empujado en el hielo haciendo que se cayera y se abriese la cabeza y se doblara la rodilla. Por airear los trapos sucios fuera de casa. Los trapos sucios no salen de casa. Pero tampoco se airean dentro. Se esconden. Se silencian. De la violencia no se habla. Porque hablar de ella implicaría la necesidad de asumir la responsabilidad del daño. De admitir el error. De pedir perdón. De hacer propósito de enmienda. De reparar la herida desde la humildad. Y todo eso está por encima de las capacidades emocionales de su familia. Todo eso requiere un esfuerzo fuera de su alcance. Nadie está por la labor ni siquiera de intentarlo.
Violet sospecha que nunca será perdonada por su familia. Pero sigue intentándolo. Los teme y los necesita a partes iguales. Se siente dividida entre la necesidad imperiosa de huir y la necesidad imperiosa de ser aceptada. La novela está ambientada en la frontera entre Estados Unidos y Canadá que forman las cataratas del Niágara. Y las turbulentas aguas del río Niagara que estallan y se precipitan en las majestuosas cascadas recorren toda la historia, como una metáfora sobre la imparable sucesión de acciones y reacciones que rompen para siempre a una familia.