lunes, 5 de octubre de 2026

CAMBIAR EL AGUA DE LAS FLORES

En librería me han dicho sobre esta novela cosas como: 
«Pastelosa pero irresistible». 
«No podía parar de leer, y eso que no suelo leer novelas sentimentales». 
«Y venga a llorar, y venga a trasnochar, qué adicción».
«Pensé que sería una comedia romántica, pero uf, qué va. Y me encanta todo lo que hace que sea mucho más que eso». 

Y estoy de acuerdo. Pasa de subirte el azúcar a dejarte helado. El amor y el duelo, la generosidad y la violencia. Valérie Perrin conecta emociones aparentemente opuestas con una habilidad que hace que todo parezca sencillo. Como ya me pasó con Tatá, la protagonista de esta novela es un personaje redondísimo. No me habría extrañado que la novela se hubiera titulado como ella, Violette. De hecho, creo que para la edición española se planteó titularla así, aunque al final se respetara la traducción literal del original. Violette es la guardiana del cementerio de un pequeño pueblo de Borgoña. Elegante, misteriosa, vestida siempre de colores oscuros que debajo esconden capas de otros colores más vivos, sus rasgos son de una juventud sin edad, como si hubiera vivido ya varias vidas. Y quizá lo haya hecho. 

Es una novela burbuja. Tiene un encanto especial que solo he encontrado en ciertas historias francesas. Un gusto por lo extraordinario dentro de vidas aparentemente ordinarias. Un amor por los pequeños detalles que basta tocar con la mirada para que nos iluminen. Aquí, algunos de esos detalles son las flores, el pequeño jardín de Violette en su casita del cementerio. Son los personajes deliciosamente excéntricos que la rodean en su vida entre las lápidas. Es el misterio que rodea a todas las historias íntimas y únicas que le cuentan las personas que acuden al cementerio a visitar las tumbas de sus seres queridas. 



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