Recuerdo la apertura de las fronteras europeas cuando entró en vigor el Espacio Schengen. Yo tenía doce años y ya había conocido algún control fronterizo que otro. Ya había sentido esa mirada de sospecha de los policías, revestida de una dejadez gris que hablaba de tiempos de desconfianza y dictadura. El futuro era una carretera con un cartel que ya no era una señal de stop y abra el maletero sino un gesto sonriente de bienvenida. Cruzar la frontera de Francia, en cualquiera de sus puntos, desde entonces para mí se ha convertido en una alegría continua, en una promesa de delicias por descubrir.
Pienso en las fronteras que existen en el mundo y cada vez me convenzo más de que nuestros países serían lugares mejores si aquellas no existieran. Lugares más acogedores, más pacíficos. Lugares donde la mirada acechante y acusadora fuera un anacronismo del infausto siglo XX, con su vigilancia social en cada esquina. Creo que todos descendemos de migrantes y que señalar las diferencias de los demás como anómalas no solo es una forma de crueldad egoísta sino un alarde de estupidez e hipocresía. Creo que cuanta más mezcla, cuanto más mestizaje, cuanto más intercambio a todos los niveles, mayor progreso, más libertad y mejor convivencia.
Jorge Volpi ha escrito un ensayo breve y contundente que explica hábilmente por qué el problema migratorio es un falso problema y denuncia los intereses particulares y las miserias morales que no dejan de auparlo a las noticias y programas de máxima audiencia. Sostiene que la crisis de las fronteras es falsa: ni en Estados Unidos ni en Europa se hallan desbordadas o al borde del colapso. Pero el aumento de los presupuestos para vigilarlas y los bulos en los medios de comunicación sobre el supuesto peligro que suponen los migrantes han acentuado la percepción en la sociedad de que existe un peligro inminente. El beneficio para los gobiernos racistas antiinmigración parece claro: poner el foco de atención en un enemigo que no puede defenderse con el objetivo de socavar derechos sociales y aumentar la desigualdad.
En esta época pesimista en la que hemos dejado de creer en un futuro mejor, o directamente, en un futuro a secas, pienso que los migrantes pueden representar un modelo de esperanza: quienes han sido capaces de abandonarlo todo para marchar hacia lo desconocido quizá sean quienes mejor van a poder imaginar la vida que nos queda por delante como sociedad. Y articularla para hacerla habitable.
«Cerrar las fronteras es la mejor forma de convertir la migración en un problema». Las fronteras abiertas del Espacio Schengen es una de las cosas que me hacen sentir orgulloso de vivir en el continente en el que nací. Ojalá el mundo entero fuera un Espacio Schengen.
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