jueves, 8 de octubre de 2026

LA ISLA DEL ÁRBOL PERDIDO

Elif Shafak es una escritora embrujadora. Basta con leer las dos primeras páginas de cualquier libro suyo para caer preso de un extraño encantamiento. Te empuja a hacer cosas que antes nunca hubieras imaginado. Te lleva a lugares míticos que en sus palabras se vuelven reales, sin perder ni una pizca de su magia. Yo, que siempre me he sentido un poco extranjero en esta tierra del sur de Europa, con esta novela me he vuelto ciudadano chipriota, mitad griego y mitad turco, y he sentido el ímpetu caliente del Mediterráneo correr por mis venas como la savia imparable que asciende por las ramas de los árboles y se vuelve rama, hoja, flor y fruto. 

Al igual que en Hay ríos en el cielo, Londres ejerce de eje en torno al cual gira la historia. Un Londres gris y helado, epicentro de una tormenta que obliga a Kostas, grecochipriota exiliado, a enterrar su preciada higuera en el jardín de su casa para protegerla del frío hasta la primavera. Las metáforas se cruzan y vuelan como golondrinas en esta historia, porque la higuera no es solo un árbol, sino promesas y recuerdos, y el frío no es solo frío, sino tiempo de espera y desarraigo. 

La isla del árbol perdido es una historia de inmigrantes de primera generación. «Tanto eternamente agradecidos por las oportunidades que les ha dado la vida como marcados por lo que les ha sido arrebatado, siempre fuera de lugar, separados de los demás por alguna experiencia no expresada. [...] Son bondadosos y delicados con las plantas, sobre todo con aquellas que trajeron consigo desde sus perdidas tierras natales. Saben, en lo profundo de su ser, que cuando salvas a una higuera de la tormenta, lo que estás salvando es el recuerdo de alguien». 

Y también de inmigrantes de segunda generación. Jóvenes que han crecido lejos de la tierra natal de sus padres y que, a pesar de sentirse plenamente arraigados por no haber conocido otra cosa, intuyen un legado familiar hecho de ausencia y dolor que también les atenaza, a menudo de formas que no saben prever. 

Con un lenguaje de una belleza cálida y acogedora que te invita a quedarte, a prolongar la lectura como quien prolonga su estancia en un refugio porque fuera cualquier clima será siempre más hostil, Elif Shafak nos invita a pensar en el supremacismo humano frente a otras especies. En nuestra ceguera ante la inteligencia de otras formas de vida, como los árboles. Y en la falta de sensibilidad, de interés y de respeto que provoca dicha ceguera. Es imposible no conectar con la higuera de Kostas, personaje protagonista de esta historia: es el puente entre dos culturas, la chipriota y la británica por un lado, y la griega y la turca por otro. Un puente para salvar el abismo de la violencia y de la incomprensión. 

«Al igual que todos los árboles se comunican, compiten y cooperan permanentemente, tanto por encima como por debajo de la tierra, así también germinan las historias, crecen y florecen sobre las raíces invisibles de las otras». Misteriosa, sensual, lírica, espiritual. Elif Shafak me ha vuelto a embrujar. 



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