lunes, 19 de junio de 2023

QUIJOTE EN EL CONGO

Navegar el Congo es como salir a luchar contra gigantes. Morder el polvo y volver a levantarse. Y volverse a caer en un mundo que parece detenido por una belleza salvaje salida de otro mundo, de una canción. O de una gesta de caballería. Navegar el Congo es detener el tiempo, o acelerarlo si la muerte asoma el hocico. Porque la muerte siempre está rondando, ya sea en carreteras impracticables, en selvas controladas por grupos rebeldes o en corrientes asesinas del río que te atacan como serpientes. Y los gigantes nunca vuelven a su forma de molinos, aunque sí que se pueden amansar muchas fieras si uno sabe cómo. Y Xavier Aldekoa suele saber cómo. 

Con un ejemplar de El Quijote a cuestas (grandes viajes requieren grandes libros), el autor se propuso navegar todo el río Congo, desde su nacimiento en el centro de África hasta su desembocadura, 4.700 kilómetros, algo así como de Lisboa a Moscú. Pero en canoas y barcazas atestadas, que alcanzan en sus tramos más rápidos los 17 kilómetros por hora y en las que dormir sobre una nevera durante semanas es un privilegio. La aventura de su vida. Y la de cualquiera, a tenor de las miradas que le dirigían los congoleños al enterarse de su proyecto. Su intención no era solo viajar. "Quería escuchar: que el río fuera una máquina de hacer mejores preguntas, que el avance por aquella corriente abriera una vía para entender otras realidades". 

"No se sale ileso tras recorrer el alma de una tierra golpeada durante siglos, cuya tragedia ha sido siempre tener los tesoros deseados por la economía mundial y para la que el contacto con el exterior ha sido siempre sinónimo de agresión, engaño y explotación". La historia reciente del Congo es una serie continua de brutalidades inimaginables. Desde la llegada de los primeros hombres blancos que propiciaron siglos de esclavitud y sobre los que se cimentó el capitalismo global, hasta las atrocidades del colonialismo del rey belga Leopoldo II, denunciadas por Roger Casement. Pero la violencia no acabaría ahí. Siguió la independencia en los años sesenta ante el cruel paternalismo de los belgas, las guerras civiles, la atroz violencia sexual contra las mujeres como arma de guerra, la intervención de Uganda y Ruanda en el expolio de las materias primas en los años noventa, y el estado de descontrol de todo el este del país, en manos de grupos guerrilleros que saquean la riqueza mineral del país, que hacen que la paz firmada en 2003 sea más un acuerdo que una realidad.  

"¿Cómo salir intacto de una tierra tan malherida? Coincido con el reportero salvadoreño Óscar Martínez, editor de El Faro: el oficio del periodista no es ver cosas. No es estar. Reclama otros verbos. Ir, entender, dudar, escuchar, disputar, señalar, comprometerse, cuestionar y sentir con urgencia, con el objetivo radical de exprimirse, de dejarse las tripas en el intento. El oficio exige piel. Estar alerta y desprenderse de cualquier distracción para captar lo esencial de lo que nos rodea. Ir hasta el final". 

Xavier Aldekoa


El tono de los libros de Xavier Aldekoa es humano y emocionante y siempre me reconcilia con el mundo. Me gusta cómo describe las largas horas de navegación, en las que siempre hay mucho espacio para la risa y el baile. Y su compromiso con escuchar y acompañar y su capacidad para captar los vínculos humanos. Es asombroso cómo consigue que, como lector, esté ahí con él, navegando con él, que viva una tormenta como el ataque de un dragón enfurecido y los relámpagos sean espadazos de luz que se convierten en espectros. Que ría y me conmueva y me indigne la rapacidad de las "multinacionales mineras y tecnológicas que se enriquecen con los beneficios del coltán, el oro o el cobalto manchados con la sangre de los nadie". 

"El Congo. Recorrer el gran río africano se presentaba ante mí como una empresa quijotesca. Como un viaje a un río delirante, feroz, monumental, irreal, exuberante, extremo y desvariado, que avanza ajeno a la civilización o la modernidad. Como una locura maravillosa". Y lo hizo sin aviones ni atajos, viajó como lo hacen los congoleños, aunque más de uno no se creyera que fuera capaz de hacerlo. Porque "nada iguala más que caminar junto a otro. No importa si el compañero de ruta es un soldado, un universitario, un agricultor, un nómada del Sáhara o un pigmeo de la selva: la forma de desplazarse más antigua de la humanidad se convierte a menudo en una puerta a una conversación sincera y a una complicidad que da pie a contarse la vida y las entrañas. Compartir camino es una forma de conocerse a uno mismo y de entender a los demás". 

Gracias por este camino, Xavi. Ha sido un viaje inolvidable. 






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