martes, 26 de diciembre de 2023

PALESTINA. DE LOS ACUERDOS DE OSLO AL APARTHEID

Abro las noticias y aparece el espanto. Cadáveres entre las ruinas de un bloque de viviendas. Rostros ensangrentados. Niños muertos. Mujeres alzando las manos a un cielo ennegrecido por el humo de las bombas. Hombres rotos, doblados en dos de dolor. Abro las noticias y leo sobre la necesidad de defenderse de Israel. Sobre su legítima defensa. Y le doy vueltas a la palabra. Legítima defensa. Hasta dónde llega la legitimidad. ¿Hasta la ley del Talión? ¿Ojo por ojo, diente por diente? ¿En 2023? ¿Es eso legítimo? En los países civilizados no respondemos a la muerte con más muerte. Y no solo porque lo consideremos inmoral, sino porque la violencia nunca se soluciona con violencia. No sólo es perverso, es que agrava el problema en lugar de resolverlo. ¿Por qué, entonces? ¿Por qué este octubre negro? ¿Por qué? 

Este ensayo fluido, ameno, documentado, riguroso y actualizado a septiembre de 2023, trata de responder a esta pregunta. Desde su fundación en 1948, Israel ha transmitido con éxito la idea de que su supervivencia como nación está en peligro. En peligro permanente. Y por lo tanto, considera que es su deber protegerse contra cualquiera que cuestione su identidad. Una identidad basada en su condición de víctima histórica que merece reparación y compensación. Una piedra lanzada por un chaval palestino a un tanque israelí no es solo una piedra. Es un ultraje. Es una herida abierta que conecta con las cámaras de gas de los campos de concentración, con las estrellas amarillas y el terror nazi. Y, por lo tanto, merece una respuesta ejemplar. Dentro de la lógica de esta identidad victimizada, responder a una piedra con una bala se vuelve un acto legítimo y preventivo. La ley del talión quedó muy desfasada en Israel. Desde la primera intifada en 1988, han muerto seis palestinos por cada israelí. Quién sabe qué proporcionalidad se buscará a partir de ahora para salvaguardar la supervivencia de Israel. 

Estos días se habla mucho de nuestro papel como espectadores de esta barbarie, si nos sentimos o no cómplices de lo que está ocurriendo. Y este libro explica muy bien cómo la comunidad internacional hace mucho que abandonó sus esfuerzos para resolver el conflicto, especialmente tras la retirada de Israel de Gaza en 2005 y el triunfo de Hamás en 2007, con el consiguiente bloqueo israelí de la franja. Desde entonces, parece que Estados Unidos y la Unión Europea se han limitado a aceptar la situación, con sus picos de violencia en aumento, esperando que sus generosas aportaciones de ayuda humanitaria a los palestinos compensaran su inacción ante la creciente presión israelí sobre los territorios ocupados. Unas aportaciones que, en una lógica perversa, han terminado subvencionando la ocupación, al reconstruir las infraestructuras dañadas y aportar los recursos que Israel niega a los palestinos sin exigir rendición de cuentas, liberando a Israel de su responsabilidad con la población civil como potencia ocupante. 

Uno de los aspectos más perversos del conflicto es el uso de la religión, y en concreto de la Biblia, como inspiración y fuente última de legitimación del colonialismo, la limpieza étnica, el apartheid y el asesinato masivo. Y es que sin mitos que respalden la superioridad de un grupo sobre otro es imposible sostener políticas criminales a gran escala con un apoyo mayoritario de la población. El derecho divino a bombardear Palestina es un argumento cada vez más usado por la política de ultraderecha de un gobierno israelí cuyo objetivo real es expulsar a los palestinos de Israel de forma definitiva e instaurar finalmente un país basado en la idea de homogeneidad étnica. Un país de judíos hecho por y para los judíos. Los paralelismos con las políticas raciales del apartheid Sudafricano o del Tercer Reich son estremecedores. 

¿Qué va a pasar con Gaza cuando cesen los bombardeos? ¿Qué va a ser de los palestinos? ¿Hamas resistirá como grupo terrorista? ¿Y como ideología política? ¿Cómo se podrá encaminar la convivencia pacífica después de setenta y cinco años de violencia planeada y de este estallido de atentados y asesinatos masivos?

Pongámonos en el mejor de los casos soñados: imaginemos un alto al fuego, unas nuevas conversaciones de paz, la creación de un estado palestino reconocido por Israel con su soberanía y sus fronteras, Gaza y Cisjordania conectadas libremente, con gobiernos democráticos y sin injerencias israelíes, una renuncia explícita a la violencia por ambas partes y Jerusalén como capital compartida, y todo lo necesario para una convivencia pacífica. Bien, aunque es una idea utópica hoy en día, si se alcanzara nuestra civilización daría un paso adelante de gigante. Pero me resulta inevitable preguntarme: ¿qué pasaría con el odio al otro en ese paraíso? ¿Cómo encajan los decenas de miles de heridos con sus secuelas de por vida? ¿Cómo se reparan setenta y cinco años de exilio y desarraigo, de humillaciones y bombardeos, de desprecio y expropiación? ¿Cómo se convence a la militarizada población israelí de que reconocer la humanidad de los palestinos y convivir en paz con ellos es la única manera de asegurar para siempre su supervivencia como nación? ¿Qué se hace con el odio al otro en ese paraíso si para unos es la única forma de mirar a sus ocupantes y para otros es la armadura con la que protegen su identidad colectiva? ¿Qué se hace con las secuelas de cuatro o cinco generaciones que han ido acumulando trauma sobre trauma y que no saben lo que significa vivir en paz?

Los israelíes viven atrapados por gobiernos que defienden una espiral de odio y violencia supremacista que solo conduce a más violencia. Y los palestinos ya no aspiran a que el mundo les reconozca su humanidad, es la humanidad del resto del mundo la que cuestionan. En el mejor de los casos posibles, el trabajo de reparación de la convivencia va a ser ingente. Cuanto antes nos pongamos a ello, israelíes, palestinos y el resto de la comunidad internacional, antes podremos volver a mirarnos en el espejo de nuestra humanidad y reconocernos como iguales. 




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