martes, 26 de julio de 2022

CIRCE

Madurar significa reinterpretar. Volver la vista atrás, recoger un recuerdo del pasado y girarlo a la luz para verlo desde un ángulo distinto, entenderlo de otra manera más completa. Más sabia. Más profunda. Madurar significa preguntarse por qué, indagar en las motivaciones, en los mecanismos ocultos que mueven nuestras acciones, y no arredrarse ante las consecuencias. Madurar es aceptar que el pasado puede contarse de otra forma. Puede tejerse con otros colores. Y tener protagonistas inesperados que hasta ahora habíamos visto siempre a través de la mirada de otros. 

Madeline Miller ha rescatado de su sombra a una hechicera mítica para darle una nueva vida como protagonista. Ha cogido el prisma de su historia y lo ha observado bajo una nueva luz. En sus palabras Circe es la misma Circe de siempre, hace lo que sabemos que hace, se ajusta a las historias que llevan miles de años contándola con la suavidad y perfección de un vestido hecho a medida, y sin embargo todo parece nuevo: su forma de moverse, los reflejos de sus ropas, la intención de cada gesto. Circe es la misma Circe de siempre y, sin embargo, nunca había sido tan humana. Madeline Miller parece haber aprendido hechicería de su protagonista y haber dotado a esta novela de un encantamiento especial. Es poética, vigorosa, arrebatadora. Nunca los dioses y héroes griegos habían estado tan cerca de nuestros sentidos para tocarlos, olerlos, escuchar sus anhelos y temores y poder acompañarlos en sus aventuras y sus desdichas. 

Circe es una ninfa insignificante entre las miles de ninfas del reino de los dioses, la hija desfavorecida de Helios, el dios solar. Sin embargo, ha nacido con un poder muy especial, incluso para los dioses: el poder de transformar las cosas y las personas a su antojo. Desterrada para siempre a la isla de Eea por usar su poder, Circe se convertirá en Circe, la hechicera. Y sabremos de ella por los relatos de Hermes, el dios mensajero, o de Odiseo, el héroe que la enamoró en su regreso a Ítaca. Sabremos que transforma a los hombres en cerdos y que es una diosa furiosa y vulnerable. Pero, ¿cuál es su voz? ¿A quién anhela en las interminables noches de su vida eterna y solitaria? ¿Se acordará de su padre y de su familia y de su vida anterior en el mundo de los dioses? 

Esta es una novela de amor: "Cuando se lleva una vida solitaria, se dan pocos y preciosos momentos en los que un alma se sumerge junto a otra, del mismo modo que, una vez al año, las estrellas rozan la tierra. Para mí, Dédalo fue esa clase de constelación". 

Esta es una novela de añoranza por un paraíso perdido: "Todos los años que había pasado en su compañía eran como una piedra arrojada al fondo de una laguna: todas las ondas habían ya desaparecido". 

Esta es una novela de desafío: "Antes era una tejedora sin lana, un barco lejos del mar: mira dónde navego ahora". 

Esta es una novela de combate feminista: "Novias, ninfas nos llamaban, pero no era así como el mundo nos veía realmente. Éramos un festín interminable servido sobre una mesa, hermoso y siempre joven, y al que se le daba muy mal huir". 

Creo que nunca había leído una novela igual. Nunca una historia de la mitología griega había entrado con esta fuerza en los moldes de la novela lírica y psicológica, fantástica y de aventuras. Madeline Miller nos ha regalado a una heroína atemporal que refleja todo lo que somos, una Circe esplendorosa para el siglo XXI. 






jueves, 21 de julio de 2022

UN AÑO EN EL BOSQUE DE RATÓN

A Ratón le encanta dar paseos por el bosque, descubrir sus tesoros escondidos, visitar a sus amigos Zorro, Ardilla Roja, Nutria, Tejón. Compartir con ellos los cambios que les regala la naturaleza: el olor de las flores en primavera, el sabor de los frutos en verano, el esplendor de los colores en otoño y el calor del hogar en la quietud blanca del invierno. 

Si observas con atención, descubrirás la diversidad de animales y plantas que habitan el bosque mes a mes. Y bajo las solapas podrás asomarte al interior de las casas de los amigos de Ratón y aprender cómo viven y qué hacen en cada época del año. 

Alice Melvin ha ilustrado de una manera espectacular este precioso texto de William Snow sobre el paso de las estaciones por un bosque. Cada página es un mundo en miniatura lleno de vida y de color y de pequeños detalles en los que es un placer detenerse. Y las solapas de distintas formas y tamaños sorprenden a cada paso con las maravillas de la naturaleza. 

Un álbum ilustrado delicioso para peques a partir de tres años. Después de leerlo ya solo falta salir al bosque más cercano para buscar en la realidad lo que este libro ha hecho germinar en nuestra imaginación. 



lunes, 18 de julio de 2022

LA GRAN SERPIENTE

"Gruesa y lenta, con la vista no tan buena como antes, sudando en cuanto llega el calor, conduciendo a cincuenta centímetros del parabrisas, parece cualquier cosa menos lo que realmente es". 

Parece una adorable abuelita. Un poco gruñona y cascarrabias, pero adorable. Me recuerda a mi abuela, piensa una chica joven cuando se sienta a su lado en el tren. Un ama de casa inofensiva, concluyen los dos policías que van a interrogarla al verla hablar con su perrito mientras les prepara diligentemente un café. Una señora mayor que, además de no inspirar sospecha en nadie, está empezando a tener despistes poco habituales en ella. Lapsus de atención. Fallos de memoria. Lo cual no sería demasiado grave si no tuviera guardado un arsenal de armas de gran calibre en su casita con jardín y no se dedicara a lo que se dedica. 

Pierre Lemaitre escribió esta novela en los años ochenta y nunca la llegó a publicar. Está ambientada en aquellos "tiempos felices de las cabinas telefónicas y los mapas de carreteras", en un mundo que parece tan lejano (han pasado cuarenta años y parecen cien) y al que me encanta volver. Más aún si lo hago de la mano del Pierre Lemaitre más salvaje. 

Esta es una novela gamberra. Descarnada y burlona. Me ha gustado muchísimo el tono malicioso del narrador y cómo a menudo se confunde con la voz de la protagonista, una mujer de carácter tan estrafalario que bordearía lo inverosímil si no fuera tan humana. Describe muy bien el aburrimiento de las clases burguesas francesas, y un aburrimiento muy particular: el de una antigua combatiente de la Resistencia que no sabe qué hacer con la adrenalina que en su juventud le daba la posibilidad de morir en cualquier momento. Con la seguridad de que ya nunca le pasará nada ni remotamente parecido, nada emocionante. Nada como emboscar y matar nazis. 

Con la publicación de esta novela Pierre Lemaitre ha querido despedirse del género negro para dedicarse a escribir otras cosas. No importa. Su tono mordaz, ese que ya me atrapó tantísimo en Recursos inhumanos, sigue intacto, afiladísimo como siempre. Una marca de la casa inigualable. 




jueves, 14 de julio de 2022

CONTRA LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES

Este ensayo me ha tenido una semana tomando notas, con la cabeza ocupadísima. Me ha hecho repensar la economía, la educación, la política, la sociedad y las relaciones familiares y de pareja. Es erudito, fluido, ocurrente, a ratos divertido y a ratos aterrador. Pero sobre todo es esperanzador. O al menos así lo quiero pensar. Trata sobre una sociedad donde triunfan la ambición y la competitividad. Donde importa más destacar el mérito que difuminar las desigualdades. Donde los exámenes son vitales, no para verificar que todo el mundo aprende, sino para separar ganadores de fracasados. Pero donde hay espacio, mucho espacio, para cambiar las cosas y apostar por la igualdad. 

"Para cambiar la política, primero debes cambiar la cultura". Esto lo decía Steve Bannon, el famoso ideólogo de extrema derecha, y tenía razón. La cultura de la igualdad, predominante entre 1945 y 1973, se ha ido convirtiendo poco a poco en un reducto ideológico de la izquierda del que una mayoría de la sociedad ha aprendido a desconfiar. Ese es el triunfo del neoliberalismo que nos gobierna, y es un triunfo ante todo cultural, que ya ha empezado a triunfar en la política. Contra la idea de igualdad, que las élites conservadoras asocian cada vez más a un autoritarismo comunista, nos han vendido un tipo de libertad muy concreto: la libertad de aspirar a disfrutar de los derechos de las élites y convertirnos en ellas. Algo que, por supuesto, las élites nunca dejarán que ocurra.

Pero este triunfo neoliberal también nos enseña el poder del cambio a corto plazo. En 1935 nadie podría haber soñado con el estado del bienestar que ya era una realidad en muchos países europeos en 1960. 
¿Quién habría dicho en 2019 que en 2020 una pandemia mundial provocaría una crisis económica agudísima y que la receta esta vez no sería la austeridad sino la inversión pública? Las sociedades pueden cambiar muy rápidamente. Es una cuestión de voluntad política y de asumir el riesgo de apostar por el cambio. 

Otro cambio brutal ha sido la revolución de la igualdad de género y de trato. Hoy en día los hombres cambian pañales y las mujeres dirigen naciones, algo totalmente impensable hace cien años. Y ha desaparecido casi del todo la deferencia de trato hacia personas poderosas, con la excepción de la monarquía, que también ha vivido su propia revolución igualitaria, al menos en la comunicación y en las formas. 

El mayor reducto de desigualdad de género por desgracia sigue estando en las familias. Los núcleos familiares son los más reacios a cambiar dinámicas de dominación y dependencia que llevan en vigor muchos siglos y que han evolucionado mucho más despacio de lo que ha evolucionado la sociedad. Así, de puertas para afuera los miembros de una familia pueden declarar abiertamente su adhesión a la igualdad de género y votar a partidos de izquierdas que promueven políticas activas de igualdad, pero de puertas para adentro mantener una rigurosa separación de tareas domésticas y responsabilidades por género, con lo que eso supone para la falta de independencia y desarrollo personal de sus miembros. 

La igualdad dentro de casa se percibe como buena educación y la igualdad fuera de ella como amenaza para la libertad. No toleramos la competitividad abierta entre nuestros hijos porque entendemos que fomenta el egoísmo y envenena los vínculos familiares. Sin embargo, fomentamos la competitividad en el trabajo y en la sociedad porque estamos tan acostumbrados a ella que no pensamos que hay otras formas de relacionarnos con desconocidos que no tengan que pasar forzosamente por salir victoriosos de las comparaciones. 

Nuestro mundo funciona mediante un sistema que permite que una minoría se enriquezca sin límite a costa de aumentar la diferencia entre su riqueza y la de la mayoría. Y pensamos que este sistema es inevitable. Que la desigualdad creciente no solo es inherente a nuestra forma de entender el mundo, sino deseable para que este prospere. Este libro demuestra que basta mirar a nuestra forma de actuar con familia y amigos para entender que la desigualdad sistemática nos repugna moralmente. Y que otras formas más igualitarias no solo serían más justas y más éticas, sino más productivas y enriquecedoras para el conjunto de la sociedad. 

A mayor número de trabajadores sindicados, mayor igualdad salarial. El debilitamiento de los sindicatos provoca desigualdad y empeoramiento de la calidad de vida. La decadencia de los sindicatos y de la defensa activa de los derechos de los trabajadores es tal que hoy en día una barricada es sinónimo de terrorismo y caos, no de defensa de ningún derecho. Esa ha sido una de las victorias del capitalismo del siglo XXI: convencernos de que las protestas colectivas no solo son peligrosas sino que son moralmente inaceptables. Ahora solo nos permiten quejarnos individualmente, y ya sabemos qué resultado tiene eso: nulo poder de presión, sometimiento a la empresa. En algún momento dejamos de pensar que el camino de la igualdad tenía que ser por fuerza colectivo. Y es una tragedia, porque solo entre todos podemos construir un mundo más igualitario, es decir, más próspero para todos. 

Hoy en día, "entendemos la igualdad como el derecho a disfrutar de los privilegios de las élites, no como nuestra obligación de compartir con nuestros iguales". En nuestra mano está cambiar esta dinámica. Cada día. Con nuestro voto y nuestros actos. 






lunes, 11 de julio de 2022

CARTA BLANCA

Qué historias más bonitas me regala P. Cada cierto tiempo (cuando se le olvida lo insensato que resulta regalarle libros a un librero), me sorprende con un cómic, siempre un cómic. Y siempre digo lo mismo: no sé cómo lo hace, pero nunca falla. Como tampoco falla nunca a la hora de elegir restaurante cuando estamos de vacaciones. Hay intuiciones que no hay que tratar de desentrañar. Lo mejor es aceptar su misterio y dejarse llevar: los sentidos siempre lo agradecen. 

De intuiciones también va esta historia. De un flechazo instantáneo en el camarote de un barco y de toda una vida cuidando de un amor imposible por si, en un futuro, aparece la tierra adecuada donde pueda germinar. 

A quién no le ha pasado. Quién no ha vivido una historia de amor truncada y ha fantaseado, al cabo de los años, con lo que pasaría si aquello volviera a despertarse. La vida nos va llevando de un lado para otro, nos junta con personas maravillosas con las que construimos historias duraderas y fiables y hermosas, y nada de esto impide que otras vidas fantasmas pueblen a veces nuestras vigilias y nos susurren otras posibilidades, canciones imposibles de vidas paralelas en mundos que solo existen en los recuerdos. O en la imaginación, que es lo mismo. 

Esta historia empieza por el último capítulo y va poco a poco hacia atrás en el tiempo hasta terminar con el primero. Esto no solo le da un juego muy sugestivo a la lectura, sino que te permite luego leerlo otra vez en el orden cronológico convencional y descubrir nuevos detalles que quizá en la lectura inversa propuesta por el autor pueden quedar menos evidentes. La ilustración es una maravilla de delicadeza y expresividad. Rezuma ilusión y ternura. Y una pizca de humor pícaro que me encanta. Más historias de amor expansivo como estas, por favor. Bendita intuición la tuya, P. 









jueves, 7 de julio de 2022

EL ESPACIO DE LA IMAGINACIÓN

Es en momentos de gran incertidumbre política, como el actual, cuando los escritores sienten más la tentación de convertir sus novelas en programas políticos y aprovechar su espacio público para instruir a sus lectores. Algunos lo hacen a sabiendas. Otros lo hacen sin querer. Y habrá quien lo haga porque no se le ha ocurrido la posibilidad de escribir de otra forma. Hablaba de esto el escritor Javier Peña en un curso de escritura creativa que hizo P. hace unos meses y al que tuve la ocasión de asomarme brevemente. Decía que es mejor sugerir que explicar. Que una obra literaria tiene que dejarle espacio al lector para que imagine lo que el escritor no detalla, y que esa labor activa y constructiva del lector es lo que permite que haga suya la historia y que una novela tenga tantas lecturas posibles como lectores. 

En ese sentido, una obra literaria sería lo contrario de una clase magistral. Mientras que en una clase magistral el ponente dicta lo que desea que sus oyentes terminen pensando, en una novela lo que los lectores piensan construye activamente la historia que el autor está contando. Y para ello, es imprescindible que el autor deje el suficiente espacio en la imaginación de sus lectores. Que no imponga sus puntos de vista. Que no explique y explique, que no ofrezca un producto masticadito, en definitiva que no se ponga por encima del lector para enseñarle algo sino que se sitúe a su lado, le agarre del hombro y cuente con él para internarse y orientarse por el laberinto en el que quiere entrar. 

Este breve ensayo de Ian McEwan trata sobre la importancia de no decirle al lector lo que tiene que pensar. En el momento en que eso ocurre, la obra literaria se infecta del virus del mitin, del panfleto ideológico. Escribir ficción con el objetivo de defender una idea política es rematadamente difícil. Lo consiguió Orwell en 1984 gracias a resguardarse en un pesimismo militante y no sucumbir a la tentación de convertir su historia en algo esperanzador. Pero son legión los escritores que han sucumbido en el intento y han acabado perpetrando obras que están más cerca de la filosofía moral que de la literatura. 

McEwan escribe sobre el conflicto entre compromiso político e integridad estética. Henry James, el esteta por excelencia, ya escribió sobre ello en El arte de la ficción. Aconsejaba alejarse de los juicios morales, del pesimismo y del optimismo, para centrarse en los detalles que conforman la vida, "convertir en revelaciones los mismísimos pulsos del aire", porque la mente del novelista necesita libertad para crear fuera de los marcos establecidos por la sociedad. En ese sentido es lo contrario de un escritor político, y su obra es el triunfo de la libertad que da apartarse de la ideología para centrarse en la vida. 

El convulso siglo XX hizo más difícil que los escritores siguieran creando al margen de los terremotos políticos y, como dice Orwell, "dentro de la ballena". Camus ya alertaba sobre la necesidad de comprometerse de los escritores, pero también sobre "la facilidad con la que los fuertes ideales podían arruinar una obra narrativa". Y Orwell, el escritor político que se convertiría en brújula moral para tantos millones de personas secuestradas por regímenes totalitarios, insistía en la importancia de no decirle al lector lo que tiene que pensar. La imaginación tiene que ser libre. Y para ello el escritor tiene la obligación de no encerrarla en jaulas u obligarla a caminar por un único camino. 

Por momentos, este texto me ha recordado a El perfume de las flores de noche, de Leïla Slimani, cuando trata sobre el proceso de escritura y la necesidad de aislarse del ruido para alcanzar la concentración necesaria para conectar con el caudal de creatividad. Y la dificultad de hacerlo en este mundo hiperconectado en el que a cada momento hay incontables estímulos que exigen tu atención y que restringe cada vez más los espacios de silencio y soledad. 

Y me ha gustado lo que proyecta. Me parece algo valioso, algo que podría (debería) ser una aspiración en la vida: la necesidad de preservar del ruido y de la aceleración "un lugar donde la imaginación pueda retirarse a dictar sus propias reglas y crear nuevas formas de belleza, de intuición o agitación". 





lunes, 4 de julio de 2022

CRUZAR EL AGUA

Querida Luisa, qué maravilla. Qué preciosidad de novela. He llegado a la última frase conmovido y con la piel de gallina. A ver ahora cómo te doy las gracias. Lo comentaba hace un rato con un amigo, no tengo ni idea de cómo voy a hablar de esta historia. De cómo voy a recomendarla. ¿Se dejarán Manuela, Irene y Juan contar con palabras? ¿Se dejarán traer a la librería y ponerse a la vista de todo el mundo? Pienso que llevan demasiados secretos dentro. Demasiada delicadeza. Demasiada fragilidad en sus esperanzas. Pero no voy a poder callármelos. Buscaré la manera de traerlas aquí conmigo. Será una forma de darte las gracias. 

No sé cómo llegó esta novela a la librería. No recuerdo en qué momento marqué un 1 en una casilla y validé el pedido de novedades en el que estaba este libro. ¿Qué me atrajo? No lo recuerdo. ¿Qué nos atrae de un libro cuando no sabemos nada de él y solo vemos una portada y tres frases promocionales? ¿La portada, el título, la autora, la editorial? Una mezcla fulgurante de todo ello, quizá. Porque cualquier librero decide qué novedad pedir en tres o cuatro segundos, este sí, este no, este no, este tampoco. Decimos no a nueve de cada diez novedades que nos proponen editoriales y distribuidores. Y cuando ese uno que elegimos resulta ser una maravilla inapelable como esta, un ser diminuto salta en nuestro interior para celebrar que nuestra intuición ha vuelto a funcionar: ¡eureka!

La ceguera es una desnudez extrema. Irene lo siente cuando sale a la calle. La desnudez. Como si todo el mundo la mirara, la señalara con avidez. Al perder la vista, un mundo entero desaparece. Y el que queda se reduce a lo que permanece al alcance del resto de sentidos. Un alcance tan limitado. Pero Irene no se resiste a salir al mar, a nadar a pesar de la oscuridad, de la amenaza. Cuando la vida se desmorona, siempre queda la lucha. 

Juan no sabe guardar secretos ni mentir. No sabe camuflar las palabras que no quiere decir detrás de otras palabras que distraigan a los demás de su secreto. Y como no sabe esconder palabras en su cabeza, decide que lo más seguro es no decir ninguna. Rodearse de silencio absoluto. Dejar de hablar. Así no podrá mentir ni revelar ningún secreto. Así el daño se quedará dentro, y no podrá llegar a nadie más. 

"Manuela dejó Colombia para no conformarse con la costumbre. Porque la costumbre es como una ceguera, una venda en los ojos que no te deja ver la vida". Huyó de una vida que era como leer siempre el mismo texto, todos los días, hasta que la repetición hacía que ya no distinguiese las palabras y todo pareciera ya vivido, ajado, caducado. Y ahora está aquí, cuidando de Irene, aprendiendo a ver con las manos, como ella. Y cuidando de Juan, esperando pacientemente a volver a escuchar la voz de su hijo, una voz que necesita para completar el círculo de su recién estrenada felicidad. 

Abrí esta novela al azar sin esperar nada. Y el aluvión de delicadeza, poesía y optimismo ha sido abrumador. Aluvión de ternura y bondad. De tantas cosas buenas, Luisa, tantas cosas buenas, que no sé aún cómo lo voy a hacer pero voy a traer a Manuela y a Irene y a Juan a mi pequeña librería porque sus historias merecen nuevos espacios donde expandirse. Nuevos lectores en los que sembrar su sensibilidad y calidez, tan imprescindibles para combatir la aspereza de estos tiempos. 




jueves, 30 de junio de 2022

HIERBA

Impresiona constatar cómo los soldados de diferentes ejércitos, arrollados por la sinrazón de su trabajo, no contentos con matarse salvajemente unos a otros se han cebado siempre con las mujeres. Sobre ellas han descargado su furia, su terror, su frustración y sus instintos más animales y sádicos. "Mujeres de consuelo", las llamaban los soldados japoneses destinados a la Corea ocupada durante la segunda guerra mundial. Consuelo para ellos, infierno para ellas. Este cómic estremecedor cuenta la historia de una de ellas. 

Es la historia de una niña muy pobre en una familia de campesinos que apenas tienen para vivir. La esclavitud sexual atrapó a niñas y mujeres de todo tipo, pero las más vulnerables siempre fueron aquellas que no tenían un respaldo familiar y una educación que les abriera los ojos a la diversidad de oportunidades del mundo más allá de su familia. La esclavitud sexual puso en evidencia las desigualdades de clase, y la autora señala muy bien el desamparo terrible de la protagonista al pasar de familia de acogida en familia de acogida hasta que fue secuestrada por dos militares japoneses y encerrada en una "casa de consuelo".

Su caso no fue aislado. Miles de niñas y adolescentes coreanas fueron raptadas y encerradas en asentamientos militares para servir como criadas y esclavas sexuales durante la ocupación japonesa. Y, pese a la lucha durante décadas de multitud de mujeres coreanas para que el gobierno japonés aceptara su responsabilidad en este crimen de guerra, pidiera disculpas públicamente y las indemnizara por todo el daño ocasionado, aún siguen esperando. Japón nunca ha pedido perdón oficialmente por su responsabilidad. 



Hay ecos de Maus en estas páginas. La angustia de los campos nazis planea en los primeros planos de las caras de estas adolescentes encerradas que han abandonado toda esperanza. No hay violencia explícita. No hay cuerpos desnudos ni heridas abiertas. Hay un intento de ir más allá de la explicación gráfica del sufrimiento, de ir a la profundidad del dolor y representarlo mediante símbolos y alusiones que impacten y remuevan tanto como una imagen explícita. Hay delicadeza. Mucha naturaleza. Hojas de bambú bailando al viento. Campos y montañas. Cielos nocturnos. Hierba. Todo en un blanco y negro que a veces tranquiliza y otras se revuelve como un monstruo en una pesadilla. 

Las mujeres de esta historia son como la hierba. Hierba resistente al pisoteo de los hombres. Hierba que siempre renace en primavera. Que resiste al viento y a la nieve, que crece en los huecos, en los márgenes de la vida, y allí permanece, ocupando el espacio que puede, el espacio que la vida le otorga y que le pertenece. Hierba que se levanta tras cada golpe y que reclama calor, paz, dignidad y alegría. 








lunes, 27 de junio de 2022

EL REGRESO DEL SOLDADO

Esta es la historia de un paraíso perdido, de una belleza rota en mil pedazos. Una vida, como tantos millones de vidas, destruida para siempre por los horrores de la guerra. Con ecos del monumental Testamento de juventud, de Vera Brittain, describe el día a día de dos mujeres que esperan el regreso de un soldado, tratando de conservar intacta la perfección estética de una existencia hecha para ser acariciada y admirada. 

Y es que la prosa de Rebecca West acaricia y maravilla. Con sus frases ondulantes y sonoras, hechas de encaje y de metáforas que huelen como flores de verano al caer la noche, el mundo adquiere una belleza mágica, de pronto parece habitado por una música sutil que dota a todo de sentido. Y te atrapa en su delicada red y la belleza, la abrumadora belleza de las cosas más sencillas, se convierte en una aspiración, quizá la razón más poderosa para vivir.  

En esta novela hay personajes cuya amabilidad y bondad resultan tan llamativas que casi parecen atributos físicos, moldean la expresión de una cara casi tanto como la rectitud de una nariz o la carnosidad de una boca. Hay elegancia y sofisticación en cada párrafo. Hay mujeres exquisitas, de una elegancia absoluta y decorativa, desprovistas de apetito o de pasión, como flores blancas incólumes que se deslizan, flotando, sobre las negras aguas de la vida. Hay una belleza que parpadea y deja de existir de pronto, como una luciérnaga asustada, cuando ya no puede compartirse. 

Pero también hay enfermedad y hay guerra, como una sombra o una maldición que estropea la belleza de sus personajes, "una mancha que se extiende sobre el tejido de sus vidas". Y hay personajes que asumen, en un entorno de indiferencia y crispación, la misión de sostener viva la llama de la alegría y de la belleza, para mantener a raya la fealdad y alumbrar a los demás y alumbrarse a sí mismas en el laberinto de la vida. 

Como ya me pasó cuando leí La familia Aubrey, he vuelto a caer en el encantamiento de la prosa fluida y luminosa de Rebecca West y he leído esta novela con el mismo arrobo ensimismado con el que uno escucharía una versión delicada de las Variaciones Goldberg. Me ha gustado muchísimo la descripción de la amnesia del soldado como una forma de autodefensa ante una agresión que no puede soportar. Su mente se escabulle del dolor y se refugia en el olvido. Cercena inconscientemente una parte de su vida para que la agonía pare, como un cirujano corta una pierna para que la gangrena del pie no se extienda. De esta manera, intentar recuperar la memoria sería como recuperar la herida, volver al suplicio del pie gangrenado. Al final, por duro que sea, a veces el olvido es la única forma de conservar la cordura y la salud en tiempos de guerra. 

Rebecca West publicó esta novela con apenas veintiséis años, y es asombroso cómo consigue combinar una prosa bellísima que corta el aliento con un análisis psicológico tan profundo, especialmente si tenemos en cuenta que el tema de la neurosis de guerra era totalmente novedoso e inexplorado para la sociedad de la época. 




jueves, 23 de junio de 2022

OFENDIDITOS

¿Es lícito hacer chistes sobre minorías? ¿Reírse de los negros, los gays, los gitanos? ¿El humor debe ir contra el poderoso o puede ir también contra el débil? ¿Nos siguen haciendo gracia los chistes en máxima audiencia sobre mujeres maltratadas? 

El humor cambia a la vez que cambia la sensibilidad de la sociedad y sus preocupaciones. Hay gente que se queja porque piensa que antes éramos más libres de hacer chistes de cualquier cosa, y que nadie se enfadaba ni ofendía por reírse de gitanos y maricones. Pero quizá no se trate tanto de libertad como de que lo que hacía gracia en 1985 ya no hace gracia cuarenta años después. Igual que los chistes sobre judíos como malévolos conspiradores subhumanos dejaron de hacer gracia después de 1945. 

"Si el humor no tiene límites, todo chiste es un salvoconducto". Toda expresión artística puede tener también una carga ideológica. Que el humor la libere de toda responsabilidad o no es uno de los debates actuales sobre los límites de la libertad de expresión más interesantes de nuestro tiempo. 

Pero dejando a un lado el humor, Lucía Lijtmaer plantea en este breve ensayo una pregunta: ¿es lícito ofenderse ante algo que uno considera injusto? Cuando periodistas, analistas y políticos llaman ofendiditos a las personas que se ofenden ante un uso machista del lenguaje, o ante un chiste sobre mujeres maltratadas, están asociando la protesta a un intento de censurar una forma de expresarse políticamente incorrecta. Y por lo tanto, desligitiman esa protesta, la llaman puritana, y la criminalizan, vinculándola a la infantilización de la sociedad. 

"El ofendidito es objeto de mofa por blando, moralista y corto de miras". Es un ser demasiado frágil, demasiado especial, que necesita que le endulcen la realidad para no verla como realmente es. Al hacer hincapié en su carácter débil y feminizado, los que se mofan de los ofendiditos parecen dejar claro que lo que está en juego en realidad es su concepto de la masculinidad. La dureza machita de aceptar una broma sin pestañear. Porque los hombres no lloran, no se indignan. Los hombres de verdad hacen chistes de maricones pero no son homófobos porque todos tienen un amigo que es gay y no pasa nada. Los hombres de verdad no se ofenden. A menos, claro está, que un cómico se mofe de la bandera de España o de la monarquía. Entonces sí. Ofendidos todos. Pero con mayúsculas. Nada de diminutivos. 




lunes, 20 de junio de 2022

HEARTSTOPPER

Estamos acostumbrados a que las novelas de amor adolescente pongan el conflicto en el centro. Y más si cabe cuando los protagonistas no son heterosexuales. Acoso, violencia, marginación, trampas. Lo habitual es la denuncia del sufrimiento, la sinrazón de la homofobia. Una historia en la que el centro es el amor, y además un amor bonito, tierno, amable, considerado y dulce, es un soplo de aire fresco que reconforta. Y esta es una de ellas. Sin duda la historia de amor homosexual adolescente más bonita que he leído nunca. 

La adolescencia es el miedo a cómo nos ven los demás. La tiranía de las apariencias. Una tiranía tan potente que muchos no logran liberarse de sus ataduras en toda su vida. Heartstopper va de eso, de cómo nos ven. Y de lo que hay que luchar para que nuestra identidad no se defina por cómo creemos que debemos ser, sino por cómo queremos y necesitamos ser, al margen de las convenciones sociales y de lo que piensa la mayoría. 

Para ello, es vital la importancia de los referentes. Referentes homosexuales y bisexuales desde la adolescencia. Referentes de madres y padres que apoyan, entienden y saben lo que es mejor para la estabilidad de sus hijos. Referentes de relaciones saludables donde priman el respeto, la igualdad y el cariño. Referentes de profesores que no se esconden y hablan de orientación sexual en las aulas. Referentes de amor, amor sin trampas, en el que nos podamos reconocer todos, independientemente de nuestra orientación sexual. 

La visualización de las historias de amor LGTBI en la adolescencia es muy necesaria. Necesitamos más. Para que los referentes estén claros y sean normales y cotidianos para todos. Para que las personas LGTBI perciban su orientación e identidad sexuales con normalidad y para que el resto aprenda que la diversidad no solo no les amenaza, sino que puede inspirarles y emocionarles y hacerles llorar y reír. 

Heartstopper es una historia de amor en la que cabe todo un mundo. Un mundo hecho de palabras que afirman, que resuenan y se imponen una y otra vez al silencio persistente de los armarios. Porque, como dice un personaje, uno no sale del armario una vez y ya está. Cada vez que uno conoce a alguien nuevo, cambia de trabajo, se va de vacaciones, tiene que afrontar el vértigo de decir quién es. De salir del armario una y otra vez y exponerse a todo lo que eso puede suponer y que las personas heterosexuales no tendrán que vivir nunca. Uno se pasa la vida entera saliendo del armario. Y eso es porque la sociedad es una constructora obsesiva de armarios, intolerante con cualquier persona que no sea heterosexual. 

Tendremos un quinto volumen de Heartstopper en 2023, probablemente. Y qué ganas de leerlo. Y de seguir recomendándolo. Qué ganas de que cada vez haya menos adolescentes encerrados en los asfixiantes armarios fabricados por entornos que censuran los referentes del amor homosexual. 




jueves, 16 de junio de 2022

EL TÚNEL 29

No podía parar de leer. Pasaba páginas a toda velocidad y avanzaba por esta historia como poseído por un hechizo. Durante los últimos tres días, Helena Merriman me ha tenido en vilo, a cuatro metros bajo tierra cavando un túnel, cruzando fronteras criminales bajo nombres inventados, memorizando códigos secretos, deambulando por las ruinas de un Berlín devastado, apretando los dientes en los interrogatorios infames de la Stasi y viviendo al límite con misiones que en cualquier novela de espías resultarían del todo inverosímiles. Porque todo lo que cuenta El túnel 29 es verdad. Y hay ciertas verdades que siempre estarán por encima de cualquier ficción. 

La verdad es que, entre el 14 y el 15 de septiembre de 1962, veintinueve personas escaparon de Berlín Este a Berlín Oeste por un túnel de 135 metros excavado bajo el muro por estudiantes berlineses durante medio año. La verdad es que fue la fuga más numerosa desde la construcción del muro, trece meses antes, y supuso un humillación pública y mundial de la Stasi, que no se enteró de nada, y del gobierno comunista de la RDA. 

La verdad es la humedad dentro del túnel. Las filtraciones de agua que amenazan con derrumbarlo en cualquier momento. La verdad es el calor. La falta de aire. El dolor de cabeza. La presión en el pecho. La sensación de estar enterrados en vida durante ocho horas diarias, cavando. La verdad es el trajín de la calle a pocos metros por encima de sus cabezas. Diferencian los pasos de un hombre de los de una mujer. Les tiembla el cuerpo cuando pasa el tranvía. Escuchan hablar a los soldados alemanes que patrullan el muro, y entienden que si ellos los oyen, los patrulleros también pueden oírlos desde arriba. La verdad es una apuesta muy loca por la libertad que increíblemente salió bien. 

Pero el libro no se limita a recrear paso a paso la construcción del túnel. De una forma parecida a lo que hizo Patrick Radden Keefe en su estupenda crónica sobre el conflicto de Irlanda del Norte titulada No digas nada, Helena Merriman nos cuenta cómo despertó Berlín a la caída del Tercer Reich, qué desolación material y política dejó la guerra en la ciudad y sus habitantes y cómo se llegó a la construcción del muro en 1961. Todo ello siguiendo la historia personal de un estudiante llamado Joachim Rudolph que, después de escapar de Alemania Oriental al lado occidental, decidió aparcar sus estudios y dedicarse en cuerpo y alma a ayudar a más gente a huir de ese estado represor y sin futuro. 

El túnel 29 es la reconstrucción detallada y trepidante de una huida imposible. Es emocionante y espeluznante. Te hierve la sangre de rabia y a la vez te llena de esperanza por el arrojo de todas aquellas personas que arriesgaron su vida por ayudar a huir de la RDA a los berlineses que querían una vida mejor. La huida de la república, o Republikflucht, era uno de los peores delitos que podía cometer un ciudadano de la RDA. Se consideraba una traición a su patria. A los cómplices los torturaban en cárceles secretas de la Stasi mediante interrogatorios interminables y privación del sueño hasta que confesaban. Después los condenaban a años de prisión. Y a los prófugos que detenían mientras trataban de escapar les esperaba toda una vida entre rejas o la pena de muerte. 

Merriman cuenta que a pesar de la sensación de vigilancia constante, de falta de libertad, de peligro de ser castigado por algo tan nimio como orientar la antena de una radio hacia el otro lado de la frontera o contemplar el muro más tiempo del que cualquier policía considerara razonable; a pesar de todo el horror de la vida cotidiana en la RDA, eran las traiciones personales las experiencias más traumáticas de todas. Hijos que delatan a sus padres. Hermanos que se denuncian entre sí. Amigos vendidos por amigos. ¿Por qué lo hicieron, qué les llevó a traicionar la confianza de sus personas más cercanas sabiendo que las estaban condenando a una temporada de cárcel, torturas e incluso a la muerte? Miedo y paranoia, quizá. Chantaje. La Stasi se preocupó de amenazar tanto a la población, de llevarla al límite con su estado policial, que esta reaccionó dispuesta a lo que fuera por salvarse. Cuando uno se siente acorralado, nunca sabe qué estaría dispuesto a hacer para salvarse. Héroes hay muy pocos.  

Ahora que la guerra de Ucrania ha resucitado muchos fantasmas de la guerra fría y levantado muros de hostilidad y desconfianza entre Rusia y el resto de países europeos, este libro muestra la sinrazón de construir muros para dividir a la gente. Dejando la ideología aparte, Vlamidir Putin se parece un poco a Walter Ulbricht, el líder de la RDA que mandó levantar el muro de Berlín. Ojalá veamos el día que no haya más muros de hostilidad, desconfianza u hormigón entre las personas. 





lunes, 13 de junio de 2022

EL PELIGRO DE ESTAR CUERDA

Durante diez años fui a un colegio con una pedagogía que fomentaba muchísimo la creatividad. Allí, además de aprender los mismos contenidos teóricos básicos que enseñan en cualquier centro educativo tradicional, esculpí madera, piedra y metal, manejé sopletes, cosí disfraces, planté verduras, árboles y flores, construí pequeños muebles, actué en obras de teatro y musicales, toqué distintos tipos de flautas, instrumentos de percusión y de cuerda, dibujé y pinté y elaboré mis propios libros de texto, y de mis manos salieron un montón de cosas que sin duda he olvidado. En paralelo, por las tardes, iba al conservatorio a estudiar piano. Y me pasé la adolescencia escribiendo como un loco. Así que crear cosas siempre ha sido una actividad familiar para mí. Una forma natural de relacionarme con el mundo en la que no he pensado demasiado, quizá porque me resulta demasiado evidente. Creo que esa es la razón por la que me ha gustado tanto este libro de Rosa Montero. Porque pone palabras a ideas e intuiciones que siempre he tenido. Mientras lo leía, un enanito dentro de mí saltaba diciendo a cada página mira, mira, ahí estoy yo, eso es, ¡eso es!, lo has clavado, es que es tal cual, así lo siento, así lo pienso. 

Y eso no quiere decir que sea, como lo llama la autora, un yonqui de la intensidad. Y que si no escribo o pinto o toco el piano me siento peor, o me subo por las paredes y mi vida se convierte en el torbellino doloroso del síndrome de la abstinencia. Nunca he llegado a esa furiosa necesidad. Pero sí percibo el impulso de crear cosas como un rumor interno, una canción silenciosa que pugna por salir y que, si la dejo bloqueada mucho tiempo en su cajita, protesta indignada como las piernas de un montañero privadas de sus montañas. Es una energía continua que necesita salir por algún sitio. Necesita su ración de belleza periódica para vivir contenta. 

Y entiendo muy bien a los que necesitan crear para mantener la cordura. Crear como medio de supervivencia. Los artistas siempre han tenido fama de (entre otras muchas cosas poco halagadoras) caprichosos y vanidosos. Y, sin embargo, muchos de sus caprichos y vanidades se explican mejor como un resultado de sus trastornos mentales. Cuando la vida parece hundirse, crear le da un sentido. Es un consuelo y un pilar. Un refugio contra las peores tormentas. Una compañía para la soledad. Un salvavidas para una autoestima en peligro. Crear sirve para gobernar la multitud de personajes que hablan y opinan y manipulan la realidad e intentan imponer sus paranoias como sea en la mente de los artistas. A menudo sus obras son "delirios controlados para intentar apuntalar una realidad demasiado precaria". "Escribimos para que el brillo de lo extraordinario ciegue nuestros ojos y nos permita ignorar la oscuridad". 

El peligro de estar cuerda se suma a la ola de libros sobre salud mental que están llenando las mesas de novedades estos dos o tres últimos años. Conecta con Fármaco, de Almudena Sánchez, y con Por si las voces vuelven, de Ángel Martín, en la descripción de lo que pasa cuando uno sufre un trastorno mental. Lo primero que te quitan es la palabra, dice Rosa Montero. No hay lenguaje que te sirva para explicar lo que te pasa, porque las palabras solo reflejan la vida y lo que te pasa está en otra dimensión. Una dimensión desconocida y aterradora. Y ahí irrumpe la soledad. La soledad del que ha perdido el lenguaje que le conectaba con los demás y que no sabe cómo decirles que un monstruo innombrable le ha secuestrado y arrastrado a un agujero atroz sin salida. Es como tratar de explicarle a esa abuela que no ha salido nunca de su pueblo de Soria a qué sabe exactamente el curry. Pero en versión película de terror. 

"Sentirte loco es sentir que de algún modo ya no perteneces a la especie humana". Y poder crear, a menudo, es un salvavidas que te trae de vuelta a tus raíces. De esto trata este libro. De la creatividad como salvación para los artistas asediados por algún tipo de locura. Que son tantos. 



jueves, 9 de junio de 2022

CON LAS MANOS DESNUDAS

Fue una de las primeras cirujanas francesas en terminar la carrera de medicina y tener éxito en su consulta privada. Se formó reconstruyendo las caras desfiguradas de los soldados heridos en la primera guerra mundial. Luchó por el voto femenino y el bienestar de las mujeres. Ayudó a esconder y proteger a judíos fugitivos durante la ocupación alemana de París. Fundó en París uno de los primeros clubes feministas de Europa y fue la primera presidenta de la Federación Europea de Soroptimist International. A Suzanne Noël le dijeron que estaba dos veces loca: por querer ser cirujana plástica y por luchar por los derechos de las mujeres. Y su particular locura tuvo un enorme impacto en la medicina y el feminismo de su época. 

A pesar de provenir de una familia adinerada, su vida no fue nada fácil. Su primer marido murió durante la primera guerra mundial. Su segundo marido se suicidó después de que la hija de ambos muriera de gripe española. Y aun así siguió adelante con una entereza asombrosa y, si cabe, aún más combativa. 

Comparó el voto femenino con el derecho de las personas a tener un físico que les permitiera vivir en sociedad con normalidad. Entendió que las mujeres estaban sometidas a una dictadura de la imagen y que reconstruir un seno atrofiado o corregir las orejas de soplillo de un niño podía contribuir a mejorar sustancialmente la vida de la gente. Tras ver el estado psicológico de los soldados que volvían desfigurados del frente, fue una pionera en vincular la salud mental con la apariencia física y, por lo tanto, con las posibilidades terapéuticas de la cirugía estética. 

Esta novela gráfica, firmada por Leïla Slimani y dibujada por Clément Oubrerie, recrea de una manera magnífica la vida de Suzanne Noël. Una vida apasionante y admirable de una mujer que abrió caminos en el mundo de la medicina, de la cirugía plástica y de los derechos sociales para las mujeres. Que dignificó y humanizó la práctica de la medicina y, poco antes de morir, centró sus esfuerzos profesionales en operar a los presos supervivientes de los campos de concentración alemanes para borrar cicatrices, números tatuados en las muñecas, quemaduras y secuelas físicas de cualquier tipo. 





lunes, 6 de junio de 2022

PURGATORIO

"Nada bueno puede salir de la muerte. Nada ético y honesto puede florecer cuando lo riegas con sangre". 

Esta es una de esas historias que a la vez te dejan helado y te reconcilian con el mundo. Uno se pregunta cómo es posible que alguien justifique un asesinato por una idea, y también cómo es posible que un asesino decida intentar restañar la herida de su crimen, caiga quien caiga. Cuando la mayoría de los terroristas que nunca fueron localizados se esconden en sus vidas normales y callan lo que hicieron, lo valiente, lo increíblemente humano es dar un paso y decir fui yo. Yo maté en nombre de una idea. Podría seguir con mi vida porque nadie lo sabe. Podría ignorar los gritos de mi conciencia y dejar pasar el tiempo. Pero he decidido hablar porque no puedo más. Maté en nombre de una idea. Fui yo. Y me arrepiento. 

He leído esta novela escrita como un thriller con el estómago cerrado y el corazón acelerado. Me ha recordado, inevitablemente, a Patria, de Aramburu. Y también a Expiación, aquella novela portentosa de Ian McEwan ambientada a finales de los años treinta sobre un secreto familiar y su redención durante la guerra. Aquí el secreto es un asesinato cometido por un chaval idealista de veinte años que está convencido de que la construcción de su patria pasa por la violencia y los secuestros. Sin embargo, cuando le llega el turno de apretar el gatillo y vivir con las consecuencias, se da cuenta de que no puede seguir ese camino. Y se sale de la organización. Y no da ningún nombre cuando lo torturan en un cuartel de la guardia civil. Y trata de vivir su vida al margen de la violencia. Pero llega un momento en que no puede seguir ocultando lo que hizo. Su pasado se ha vuelto una carga tan pesada que necesita soltarla, contar lo que pasó, hablar con la policía, con la hija de su víctima y con quien haga falta para expiar su culpa y tratar de curar aquella herida. Aquella herida que, ahora comprende, no solo es su herida, sino también la herida de toda una sociedad dividida por la violencia. 

A pesar de los intentos diarios de revivir el pasado de muchos políticos que no dejan de hablar de terrorismo y de ETA en cada intervención, me da la sensación de que el conflicto vasco está cayendo en el olvido para las nuevas generaciones. Sigue habiendo zulos olvidados en los montes, cabañas que se caen a pedazos bajo cuyas ruinas yacen cajas mohosas que aun guardan viejas pistolas y paquetes de explosivos. Muchos terroristas que no fueron localizados siguen con sus vidas como si no hubieran hecho nada. Pero creo que la mayoría de los vascos llevan ya años mirando hacia un futuro distinto. Incluso antes de que ETA anunciara su disolución, la mayoría estaban ya hartos de una violencia en la que ya casi nadie creía. Y ahora, desde luego, piensan en aquellos tiempos como si pertenecieran a un pasado remoto, y en buena medida incomprensible, en el que un grupo de descerebrados pensaron que podían independizarse del estado español asesinando a gente. 

Pero esta es mi opinión. Mi forma de entender el relato. Y de esto trata también Purgatorio. De la lucha por el relato, por la idea que tendrán las nuevas generaciones sobre lo que significó aquel conflicto. De antiguos militantes de ETA obsesionados por lo que dirán en el futuro sobre ellos. Incapaces de aceptar su irrelevancia. Que la gente no tenga el menor interés en lo que ellos siguen considerando su lucha, su sacrificio, su misión. Incapaces de aceptar que aquella cruzada de salvación patriótica tan trascendente para ellos, hoy en día sea aprendida entre bostezos por adolescentes distraídos que las almacenan en su memoria como lejanas batallitas de abuelos que ya no importan a nadie. 

Hablar sobre el pasado es muy difícil. Aunque en las escuelas sean batallitas de abuelos, hay muchas heridas recientes que aún no han cicatrizado. Y en la novela Sistiaga lo cuenta muy bien. Ese pacto de silencio que hace que nadie quiera que el protagonista hable. Sus compañeros y jefes de la banda, porque les implicaría en un asesinato. Y los policías que le interrogaron, porque les implicaría en un delito de torturas. Nadie quiere que hable porque todos tienen mucha violencia que esconder. Y curar las heridas pasa por reconocer responsabilidades y culpas que muy pocos están dispuestos a asumir. 

"Nada bueno puede salir de la muerte. Nada ético y honesto puede florecer cuando lo riegas con sangre". Qué evidente parece. Y cuánto dolor han causado siempre quienes no lo ven así. 




lunes, 30 de mayo de 2022

DESENCAJADA

La protagonista de esta novela llega a España con su madre a finales de los años noventa. Su padre ya les espera aquí. La tierra de las nuevas oportunidades. Nuevas oportunidades para su hija, porque ellos van encadenando trabajos manuales precarios que no se corresponden con sus formaciones. Todo para que su hija prospere. Para que su hija estudie y no tenga que trabajar con las manos, como ellos, sino con su mente. Han migrado con la esperanza de legarle a su hija algo mejor que lo que ellos recibieron. Y a pesar de su fatalismo, de su contención emocional, a pesar de no poder ayudar a su hija a hacer los deberes de primaria y pedirle que les lea las cartas que reciben del ministerio, a pesar de sentirse desencajados en esta nueva vida en España, siguen adelante. Ese es el camino. Ucrania se quedó atrás para siempre. Un callejón sin salida al que no tiene sentido volver. 

Esta novela señala las heridas invisibles del desarraigo. Es delicada y punzante. Y tiene un ritmo que hipnotiza. Hay una melodía subterránea que me ha mecido a lo largo de toda la historia. Una melodía melancólica, a ratos furiosa, helada y anhelante, que hace de puente frágil entre dos lugares, Ucrania y España, dos raíces, dos idiomas desde el que mirar un mismo mundo interior desencajado. 

¿Cómo vives en un sitio cuyo idioma desconoces? ¿Cómo haces la compra, cómo te orientas por las calles, cómo preguntas si te pierdes? El significado de las cosas se divide en dos: el que tú le das y el que le dan los millones de personas que te rodean, esos desconocidos a los que no puedes pedir ayuda y que, a pesar de estar a tu alrededor, a la distancia de un roce o una caricia, parecen moverse a kilómetros de distancia de lo que tú eres y sientes y necesitas. Sacas tu diccionario, como un escudo o una varita mágica, y te preguntas si la traducción es suficiente. Si un diccionario basta para cubrir toda esa distancia, para abrir esa puerta y cruzarla. El significado de la palabra odinochestvo es soledad. Pero qué diferente soledad evoca la palabra española. 

Me ha llamado la atención la contención emocional autoimpuesta por la disciplina en los padres de la protagonista, quizá algo común en las personas de los países del este de Europa. "Deja de reírte o acabarás llorando", le advierte la madre a su hija pequeña. Contención y disciplina que choca frontalmente con la expresividad desbordada y laxa del carácter de muchos españoles meridionales. Una contención que cualquiera diría que es un rasgo de carácter, algo innato, genético, y no la losa de una herencia de la que con mucho esfuerzo uno quizá pueda desprenderse. 

Esta es una novela sobre la indiferencia. Sobre el cansancio y el hastío en dos mujeres de veintisiete años que llevan demasiado peso encima. Que se sienten solas pero no piden ayuda. Quizá porque no saben cómo hacerlo. Quizá porque están convencidas de que nadie va a ayudarlas. Porque en realidad nadie tiene por qué hacerlo. La soledad es una carga intransferible. Una mancha que lavar a solas, a escondidas, de noche. Aunque una sepa que igualmente a la mañana siguiente volverá a aparecer. 

"Al igual que la pérdida de un ser querido, la migración es un duelo. Pierdes la lengua. Pierdes la cultura. Tu identidad. Tus amigos y tu familia. Tu estatus. E incluso sufres la pérdida de la tierra. Lloras los paisajes y el clima". "Para los exiliados, emigrados y peregrinos, la patria siempre será el camino". 

Desencajada es una novela escrita, quizá, para "desentrañar la nostalgia. Ir al origen de la pérdida, buscar el núcleo del dolor y despiezarlo para analizar cada una de las partes que lo contienen. Para así poder entenderlo. Para dejar de sentirlo". 





 

jueves, 26 de mayo de 2022

CARMEN BALCELLS, TRAFICANTE DE PALABRAS

Óscar me aparta libros con mucha frecuencia. Cuando voy a la librería siempre me encuentro una pila que me ha seleccionado. ¡Me hace mucha ilusión porque siempre acierta! La dificultad está en que me aparta muchos y tengo que priorizar. Cuando vi esta biografía de Carmen Balcells se me iluminó buena parte de mi pasado profesional, y al ver el nombre de la escritora, Carme Riera, mi mente voló a una clase de literatura a final del curso 2010 cuando mi profesor Marcos Roca nos dio el texto de Carmen Te dejo amor, en prenda el mar para analizarlo. Fue un deslumbramiento por su sensibilidad y su calidad literaria. Esta biografía me descubre que ese texto que yo leí en 2010, en los años setenta y en catalán (Te deix amor la mar com a penyora) se había reeditado treinta veces, en una Barcelona que vivía una explosión intelectual, con el boom latinoamericano y la gauche divine

Carmen Balcells en buena parte fue la impulsora de aquel boom latinoamericano por el apoyo incondicional que prestó al grupo que lo componía: Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Roa Bastos... Fue mucho más que una agente, se implicó con su fuerte personalidad, su magnetismo, su seducción, en una combinación de talento, inteligencia y ambición para convertirse en la más importante agente literaria internacional. Fue una persona muy querida y poderosa, pero también temida y polémica. 

Su generosidad legendaria la demostraba todos los días con sus escritores, con los que establecía una relación de mamá grande. Hay ejemplos como el de José Luis Sampedro, que le confesó que a los dieciocho años él quería tocar el piano, pero se truncó por la guerra... y Carmen le regaló de inmediato un piano con un florero encima y una flor. Carmen, con su humor habitual, le dijo que él era el amante que le hubiera gustado tener y en su segunda boda con Olga Lucas, les facilitó hasta los anillos cuando se enteró dos días antes de la ceremonia que iba a ser solo un trámite administrativo.

Con García Márquez ya directamente le incorporó a su familia, se ocupaba de todo. Durante los siete años que vivió en Barcelona la relación llegó a ser tan estrecha, entrañable e intensa que, por ejemplo, cuando él iba a cenar con amigos y familiares a uno de los restaurantes de lujo que ella frecuentaba en la parte alta de Barcelona, algo bastante habitual, le pedía al maître que la cuenta se la pasara a Carmen y a ella le parecía bien.

Carmen Balcells cambió drásticamente la forma de contratación que los editores habían establecido hasta entonces, que daba lugar a engaños frecuentes en las tiradas y las liquidaciones por ventas. Los editores la temían porque les obligaba a ser más transparentes y a pagar adelantos y compromisos que nunca antes habían concedido.

Su creatividad y emprendimiento no pararon nunca. Algunos proyectos fracasaron, pero siempre encontraba otros. Carnets de Peintre fue una colección de libros artísticos, exquisitos y carísimos, ediciones limitadas a noventa y nueve ejemplares de grandes pintores, magníficos, pero de difícil venta porque cada ejemplar costaba diez mil euros. O el proyecto Barcelona Latinitatis Patria (BLP) al que dedicó tanto dinero y esfuerzo. O los hoteles que construyó en su aldea natal, Santa Fe de Segarra, al lado de Cervera.

Se relacionó con la élite intelectual de su época: Gil de Biedma, Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, García Márquez, Herralde, Esther Tusquets, Beatriz de Moura...
Leer su recorrido ha sido tan interesante para mí porque coincidí en el mundo editorial en la misma época, y mi trabajo entonces corrió en paralelo a su trayectoria.

Isabel. 


lunes, 23 de mayo de 2022

EL OCASO DE LA DEMOCRACIA

El equilibrio y la concordia en política suelen ser fenómenos aislados y nunca han durado mucho tiempo. Siempre ha habido algún grupo dispuesto a alterarlos para imponer sus criterios. Si la unidad y el consenso son utopías, quizá el objetivo sea tratar de lidiar con la polarización de la mejor manera posible. Es decir, evitando por todos los medios que desemboque en odio y violencia. Si el atractivo del autoritarismo es un mal endémico, ahora más que nunca es el momento de luchar por tender puentes y aislar los brotes que quieren acabar con la convivencia. 

De esto trata este ensayo de Anne Applebaum, de la que ya disfruté mucho su ensayo sobre el inicio de la guerra fría: El telón de acero. La extrema derecha lleva una década (en algunos sitios unos años más, en otros el fenómeno es todavía más reciente) volando los puentes de nuestras democracias plurales y es responsabilidad de todos ponerle freno. 

Alerta de los peligros de la nostalgia restauradora. La extrema derecha política y mediática vuelve la mirada a antiguos mitos para reformularlos a conveniencia y aspirar a que tengan un papel activo en el presente. El mito de la homogeneidad racial (fuera los inmigrantes de otras etnias y religiones), de la homogeneidad heterosexual (el colectivo LGTBI podrá existir siempre que no nos enteremos), de la homogeneidad de clase (los pobres no existen, y si existen es porque quieren). 

Analiza la sensación que tiene la extrema derecha de pertenecer a una comunidad única, superior y especial. Una sensación nacionalista de pertenencia que genera odio hacia el diferente. Y si se alimenta lo suficiente, crea autoritarismos. Ha pasado muchas veces en la historia y está pasando de nuevo en Polonia, Hungría, Austria, Holanda, Francia, Reino Unido, Italia y España en estos últimos diez años. 

Describe cómo se ensalza un pasado glorioso con el fin de restituir una autoestima nacional maltrecha que no tolera la realidad actual, porque atenta contra sus delirios de grandeza. Los políticos de extrema derecha son devotos de las "esencias nacionales". Y de cualquier mentira que sirva para ensalzarlas. No dudan en recurrir al revisionismo histórico, retorciendo el pasado a su conveniencia. Piensan que su idea de nación está en peligro de muerte, que vivimos en una época de decadencia apocalíptica en la que cualquier medio puede ser válido para salvar a la nación de sus potenciales asesinos. Sienten cierto anhelo de caos y destrucción para poder erigirse ellos en los restauradores del orden perdido. Lo cual no deja de ser una técnica de manipulación política clásica que ya usó Hitler con la quema del Reichstag en 1933 y que le dio excelentes resultados a la hora de apuntalar la criminalización de los adversarios políticos. 

Me ha parecido un ensayo muy interesante. Muy incisivo. Fluido, elegante y muy fácil de leer. Estoy lejos de los planteamientos políticos de Anne Applebaum, y discrepo de algunas de sus teorías, pero su análisis de los estragos que los partidos de extrema derecha han hecho en las democracias occidentales me parece interesantísimo. Y he aprendido muchísimo con ella. Ojalá los políticos españoles que se definen como de centroderecha pudieran leerlo y aprender del peligro de sus queridos socios de extrema derecha. 





jueves, 19 de mayo de 2022

MÁS QUE UNA MUJER

El feminismo es una juerga. Es una de las luchas más dolorosas, cabreantes y desgarradoras de nuestro tiempo, pero también es una juerga. Y Caitlin Moran lleva más de una década siendo un referente de esa juerga (concretamente desde aquel manifiesto inigualable titulado Cómo ser mujer). Porque aunque el feminismo hay que estudiarlo, entenderlo, debatirlo, masticarlo y enarbolarlo como bandera y escudo en las plazas y los foros que haga falta, también hay que llevárselo a la cama y reírlo y bailarlo e inflar globos de colores con él. Hay que humanizarlo. Pegarlo a nuestra vida diaria. Y la vida sin humor no merece la pena. 

Más que una mujer es un libro sobre todas las mujeres distintas que se ven obligadas a ser las mujeres cuando tienen hijos y pasan de los cuarenta y de repente sienten sobre los hombros todo el tejido de la sociedad. La autora nos propone seguirla por las horas de un día cualquiera de su vida y repasar así los desafíos a los que se enfrenta. En sus páginas aparece a menudo la palabra patriarcado ("Emplear la palabra "patriarcado" entraña cierto peligro, porque creo que en cuanto la oyen, muchos hombres temen que van a aparecer nueve mil mujeres enfurecidas y les van a cortar el pene para luego quemarlos en una gran hoguera"). Y continúa con una carcajada constante, feliz y malhablada. Si la palabra vagina te causa incomodidad y tu boca nunca ha sabido cómo pronunciarla en público sin fruncirse desesperada, este libro no es para ti. Así que, lectores puritanos, decorosos, inhibidos, mojigatos y remilgados: absténganse. 

Nuestra sociedad no tiene ningún problema con los cuerpos femeninos, a menos que haya que hablar de ellos. Y si no lo creéis, pronunciad las palabras clítoris, vulva o pezón en una reunión familiar o de trabajo y disfrutad de ese silencio. Ese espeso silencio. Ese silencio abisal, oceánico, en el que se oyen cuchillos afilándose y miradas huyendo como conejos despavoridos. Pues bien, Moran habla de clítoris, vulvas y pezones. De suelos pélvicos y pedos y cacas. De la presión social sobre los cuerpos femeninos. De las normas para todo. De esas formas correctas y únicas de hacer las cosas y cómo infringirlas supone alterar el delicado equilibrio del mundo. Y de ejércitos de mentes prejuiciosas y artríticas. 

A ratos, por la carcajada constante me ha recordado a mi admirada The Marvelous Mrs. Maisel. Y por esa jovialidad con la que dice estar rabiosa "de que el mundo decidiera, hace mucho tiempo, en qué consistía la belleza, y ni a ti ni a ninguna de tus amigas os propusieran participar en ese comité. No te permitieron atribuirte valor ni te consultaron sobre lo que considerabas admirable. Por eso estamos furiosas. Por eso lloramos. Porque la belleza es un impuesto que nos piden que paguemos en un sistema donde no tenemos ni voz ni voto". 

El patriarcado, protagonista de este libro, es el enemigo de las mujeres. Pero también es el de los hombres. Cuando los hombres se den cuenta de que si sufren estereotipos de género y discriminación y analfabetismo emocional y soledad y desesperación e ideaciones suicidas es por culpa de la desigualdad de género, ah amigos, ese día va a ser grande. Si el feminismo es la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, una pregunta a menudo descuidada y que Caitlin Moran dice que las mujeres deberían hacerse es: ¿y qué hay de los hombres? ¿Qué pasa con ellos? 

Ojalá la igualdad de género fuera un generador de identidad para los hombres de la misma manera que lo es para las mujeres. La liga de los hombres feministas. Molaría, ¿eh? Que el feminismo no solo se percibiera como la defensa de los derechos de las mujeres, sino como la lucha por la igualdad real entre mujeres y hombres. Igualdad que pasa por derribar un montón de estereotipos. Y que un hombre pueda hacer las mismas cosas que hacen las mujeres sin ser menospreciado por ello o tachado de femenino o marica o incluso temido y atacado. Por ejemplo: salir a cenar a un restaurante con otro hombre, ponerse ropa de colores, teñirse el pelo de colores o ponerse mechas, pintarse las uñas o los ojos, llorar en público, salir a bailar con amigos con el fin de bailar y nada más, tener un vocabulario emocional lo suficientemente amplio como para poder compartir emociones con otras personas, pedir consuelo, hablar hasta las tantas con su grupito de amigos hombres sobre su vida interior, ofrecer ayuda a una mujer desconocida en la calle sin generar temor o amenaza, que le regalen flores por el día del padre o por su cumpleaños (o porque sí, qué demonios). 

Mientras que las mujeres llevan un siglo y medio reinventándose, derribando mitos e imposiciones, desafiando estereotipos y pulverizando prejuicios sobre lo que significa ser mujer, la inmensa mayoría de los hombres aún no ha hecho su revolución. Ni sospecha que pueda hacerla, porque no tiene una conciencia colectiva de pertenecer a un género que también sufre discriminación por su identidad. Y en lugar de imitar la lucha de las mujeres y reivindicar la igualdad como meta para vivir de una manera más digna y más libre, muchos hombres se enrocan en sus limitaciones y se cabrean, porque perciben que están perdiendo el privilegio dominante que les daba ser hombres, un privilegio que compensaba las limitaciones que conllevaba. 

Caitlin Moran siempre abre mil debates. Da para hablar en infinitas sesiones de clubes de lectura. Es divertidísima. Delirante. Profunda. Estrafalaria. Conmovedora. Desgarradora (el capítulo sobre el trastorno alimentario de su hija es estremecedor). Ojalá nos rodearan muchas más personas como ella. 






lunes, 16 de mayo de 2022

ARENAS MOVEDIZAS

Fui a Nueva York con P. en 2017, y recuerdo preparar el viaje con lecturas ambientadas en la ciudad. Lo difícil en este caso era qué elegir ante la variedad infinita, pero como nos íbamos a alojar en Harlem, pensé que algo del Harlem Renaissance estaría bien. Empecé con alguna novela policiaca de Chester Himes y mi madre contribuyó con su lectura de Claroscuro, la otra novela de Nella Larsen. Desde entonces, aquellos años veinte y treinta de efervescencia cultural negra se me quedaron rondando en la curiosidad y fueron cayendo en mis manos otros libros relacionados con aquella explosión cultural, como por ejemplo la impresionante La calle, de Ann Petry, que me deslumbró y que no he dejado nunca de recomendar. 

Ahora vuelvo a Nella Larsen con estas Arenas movedizas, una novela fantástica del Harlem Renaissance que reúne todos los ingredientes de ese modernismo combativo que tan atractivo me resulta: delicadeza, denuncia social, fluidez, desparpajo, preciosismo y un retrato implacable de la psicología de los personajes. La protagonista, Helga Crane, es mestiza. Su existencia representa una afrenta y una vergüenza en la vida de su familia blanca, "una llaga repugnante que había que ocultar a toda costa. Por muy ofendida que estuviera, lo comprendía, pero ¡cuánto más fácil habría sido no comprenderlo!" Tras una infancia sin afectos, poblada por fantasmas y demonios que la acechan en cada encrucijada de su vida, Helga Crane es una mujer presa del desasosiego. Como tantas mujeres negras entonces y ahora, no consigue ser feliz ni estar en paz en ningún sitio, precisamente porque no hay ningún sitio realmente donde pueda sentirse en paz y libre del hostigamiento de los hombres y de la discriminación racial. 

En los años veinte la lógica de la segregación racial alcanzaba a todos. Era dificilísimo luchar contra ella. Si aún hoy a cualquier persona mestiza junto a su familia le espera toda una vida de miradas de recelo, hace un siglo esa mezcla era un escándalo. Y ese escándalo es la cárcel que encierra a Helga Crane. Gracias a una introspección psicológica vertiginosa, nos metemos en su cabeza, en su fragilidad y en su fortaleza. Luchamos junto a ella para perseverar, pese a todo el peso de una sociedad segregada en contra. Y también suspiramos aliviados cuando encontramos complicidad en otras mujeres, esa sororidad que teje sus redes de salvamento para rescatarla del infierno de la soledad en la gran ciudad. 

Por la precariedad laboral, la dificultad de una mujer negra para salir adelante sin marido ni familia y la descripción de una ciudad hostil capaz de tragarse en su bullicio deshumanizado los sueños de cualquiera, me ha recordado a La calle, de Ann Petry, escrito veinte años después. Los tejidos que unen a la población de Harlem son difíciles de desenredar. Harlem, "el prolífico Harlem de los negros", acoge a Helga y le proporciona algo parecido a un lugar al que pertenecer. Sin embargo, la profunda conciencia de pertenecer a una raza humillada y discriminada que comparte la mayoría de la población de Harlem no quiere decir que esa población sea homogénea ni que esté de verdad unida. Los negros de clase acomodada odiaban profundamente a los blancos pero basaban su forma de vida en las comodidades que habían aprendido de ellos. Rechazaban con desprecio cualquier contacto con los blancos, preferían que se quedasen allí, en la parte baja de la ciudad, y que se guardaran para ellos solos sus queridos Estados Unidos de América con todas sus promesas falsas, pero moldeaban sus modales, su forma de vestir y el estilo de vida del que tan orgullosos estaban en el espejo de la sociedad blanca. 

Arenas movedizas es una novela compleja, llena de contradicciones e interesantísimos laberintos psicológicos. De heridas ocultas. Traumas soterrados e inconfesables. La ascendencia danesa de Helga Crane ofrece un contraste muy curioso, trasunto de la propia historia de la autora, cuya madre era danesa. Y confunde todavía más el mestizaje, incluyendo la perspectiva europea de la identidad negra. 

"La afinidad con una raza no era una simple cuestión de color, sino algo mayor y más profundo". Y esto apenas ha cambiado en un siglo. Sigue ahí, inalterable, el peso insufrible de que vean el color de tu piel antes que a ti, de que el color de tu piel te anule como persona, te sepulte bajo una tonelada de prejuicios, suposiciones y estereotipos. 

Seguiré leyendo más libros del Harlem Renaissance. Es una escuela improvisada de la que brotó una cultura fascinante, con muchos ecos potentes que resuenan con fuerza un siglo después, y de la que se puede aprender y disfrutar muchísimo.