jueves, 30 de junio de 2022

HIERBA

Impresiona constatar cómo los soldados de diferentes ejércitos, arrollados por la sinrazón de su trabajo, no contentos con matarse salvajemente unos a otros se han cebado siempre con las mujeres. Sobre ellas han descargado su furia, su terror, su frustración y sus instintos más animales y sádicos. "Mujeres de consuelo", las llamaban los soldados japoneses destinados a la Corea ocupada durante la segunda guerra mundial. Consuelo para ellos, infierno para ellas. Este cómic estremecedor cuenta la historia de una de ellas. 

Es la historia de una niña muy pobre en una familia de campesinos que apenas tienen para vivir. La esclavitud sexual atrapó a niñas y mujeres de todo tipo, pero las más vulnerables siempre fueron aquellas que no tenían un respaldo familiar y una educación que les abriera los ojos a la diversidad de oportunidades del mundo más allá de su familia. La esclavitud sexual puso en evidencia las desigualdades de clase, y la autora señala muy bien el desamparo terrible de la protagonista al pasar de familia de acogida en familia de acogida hasta que fue secuestrada por dos militares japoneses y encerrada en una "casa de consuelo".

Su caso no fue aislado. Miles de niñas y adolescentes coreanas fueron raptadas y encerradas en asentamientos militares para servir como criadas y esclavas sexuales durante la ocupación japonesa. Y, pese a la lucha durante décadas de multitud de mujeres coreanas para que el gobierno japonés aceptara su responsabilidad en este crimen de guerra, pidiera disculpas públicamente y las indemnizara por todo el daño ocasionado, aún siguen esperando. Japón nunca ha pedido perdón oficialmente por su responsabilidad. 



Hay ecos de Maus en estas páginas. La angustia de los campos nazis planea en los primeros planos de las caras de estas adolescentes encerradas que han abandonado toda esperanza. No hay violencia explícita. No hay cuerpos desnudos ni heridas abiertas. Hay un intento de ir más allá de la explicación gráfica del sufrimiento, de ir a la profundidad del dolor y representarlo mediante símbolos y alusiones que impacten y remuevan tanto como una imagen explícita. Hay delicadeza. Mucha naturaleza. Hojas de bambú bailando al viento. Campos y montañas. Cielos nocturnos. Hierba. Todo en un blanco y negro que a veces tranquiliza y otras se revuelve como un monstruo en una pesadilla. 

Las mujeres de esta historia son como la hierba. Hierba resistente al pisoteo de los hombres. Hierba que siempre renace en primavera. Que resiste al viento y a la nieve, que crece en los huecos, en los márgenes de la vida, y allí permanece, ocupando el espacio que puede, el espacio que la vida le otorga y que le pertenece. Hierba que se levanta tras cada golpe y que reclama calor, paz, dignidad y alegría. 








lunes, 27 de junio de 2022

EL REGRESO DEL SOLDADO

Esta es la historia de un paraíso perdido, de una belleza rota en mil pedazos. Una vida, como tantos millones de vidas, destruida para siempre por los horrores de la guerra. Con ecos del monumental Testamento de juventud, de Vera Brittain, describe el día a día de dos mujeres que esperan el regreso de un soldado, tratando de conservar intacta la perfección estética de una existencia hecha para ser acariciada y admirada. 

Y es que la prosa de Rebecca West acaricia y maravilla. Con sus frases ondulantes y sonoras, hechas de encaje y de metáforas que huelen como flores de verano al caer la noche, el mundo adquiere una belleza mágica, de pronto parece habitado por una música sutil que dota a todo de sentido. Y te atrapa en su delicada red y la belleza, la abrumadora belleza de las cosas más sencillas, se convierte en una aspiración, quizá la razón más poderosa para vivir.  

En esta novela hay personajes cuya amabilidad y bondad resultan tan llamativas que casi parecen atributos físicos, moldean la expresión de una cara casi tanto como la rectitud de una nariz o la carnosidad de una boca. Hay elegancia y sofisticación en cada párrafo. Hay mujeres exquisitas, de una elegancia absoluta y decorativa, desprovistas de apetito o de pasión, como flores blancas incólumes que se deslizan, flotando, sobre las negras aguas de la vida. Hay una belleza que parpadea y deja de existir de pronto, como una luciérnaga asustada, cuando ya no puede compartirse. 

Pero también hay enfermedad y hay guerra, como una sombra o una maldición que estropea la belleza de sus personajes, "una mancha que se extiende sobre el tejido de sus vidas". Y hay personajes que asumen, en un entorno de indiferencia y crispación, la misión de sostener viva la llama de la alegría y de la belleza, para mantener a raya la fealdad y alumbrar a los demás y alumbrarse a sí mismas en el laberinto de la vida. 

Como ya me pasó cuando leí La familia Aubrey, he vuelto a caer en el encantamiento de la prosa fluida y luminosa de Rebecca West y he leído esta novela con el mismo arrobo ensimismado con el que uno escucharía una versión delicada de las Variaciones Goldberg. Me ha gustado muchísimo la descripción de la amnesia del soldado como una forma de autodefensa ante una agresión que no puede soportar. Su mente se escabulle del dolor y se refugia en el olvido. Cercena inconscientemente una parte de su vida para que la agonía pare, como un cirujano corta una pierna para que la gangrena del pie no se extienda. De esta manera, intentar recuperar la memoria sería como recuperar la herida, volver al suplicio del pie gangrenado. Al final, por duro que sea, a veces el olvido es la única forma de conservar la cordura y la salud en tiempos de guerra. 

Rebecca West publicó esta novela con apenas veintiséis años, y es asombroso cómo consigue combinar una prosa bellísima que corta el aliento con un análisis psicológico tan profundo, especialmente si tenemos en cuenta que el tema de la neurosis de guerra era totalmente novedoso e inexplorado para la sociedad de la época. 




jueves, 23 de junio de 2022

OFENDIDITOS

¿Es lícito hacer chistes sobre minorías? ¿Reírse de los negros, los gays, los gitanos? ¿El humor debe ir contra el poderoso o puede ir también contra el débil? ¿Nos siguen haciendo gracia los chistes en máxima audiencia sobre mujeres maltratadas? 

El humor cambia a la vez que cambia la sensibilidad de la sociedad y sus preocupaciones. Hay gente que se queja porque piensa que antes éramos más libres de hacer chistes de cualquier cosa, y que nadie se enfadaba ni ofendía por reírse de gitanos y maricones. Pero quizá no se trate tanto de libertad como de que lo que hacía gracia en 1985 ya no hace gracia cuarenta años después. Igual que los chistes sobre judíos como malévolos conspiradores subhumanos dejaron de hacer gracia después de 1945. 

"Si el humor no tiene límites, todo chiste es un salvoconducto". Toda expresión artística puede tener también una carga ideológica. Que el humor la libere de toda responsabilidad o no es uno de los debates actuales sobre los límites de la libertad de expresión más interesantes de nuestro tiempo. 

Pero dejando a un lado el humor, Lucía Lijtmaer plantea en este breve ensayo una pregunta: ¿es lícito ofenderse ante algo que uno considera injusto? Cuando periodistas, analistas y políticos llaman ofendiditos a las personas que se ofenden ante un uso machista del lenguaje, o ante un chiste sobre mujeres maltratadas, están asociando la protesta a un intento de censurar una forma de expresarse políticamente incorrecta. Y por lo tanto, desligitiman esa protesta, la llaman puritana, y la criminalizan, vinculándola a la infantilización de la sociedad. 

"El ofendidito es objeto de mofa por blando, moralista y corto de miras". Es un ser demasiado frágil, demasiado especial, que necesita que le endulcen la realidad para no verla como realmente es. Al hacer hincapié en su carácter débil y feminizado, los que se mofan de los ofendiditos parecen dejar claro que lo que está en juego en realidad es su concepto de la masculinidad. La dureza machita de aceptar una broma sin pestañear. Porque los hombres no lloran, no se indignan. Los hombres de verdad hacen chistes de maricones pero no son homófobos porque todos tienen un amigo que es gay y no pasa nada. Los hombres de verdad no se ofenden. A menos, claro está, que un cómico se mofe de la bandera de España o de la monarquía. Entonces sí. Ofendidos todos. Pero con mayúsculas. Nada de diminutivos. 




lunes, 20 de junio de 2022

HEARTSTOPPER

Estamos acostumbrados a que las novelas de amor adolescente pongan el conflicto en el centro. Y más si cabe cuando los protagonistas no son heterosexuales. Acoso, violencia, marginación, trampas. Lo habitual es la denuncia del sufrimiento, la sinrazón de la homofobia. Una historia en la que el centro es el amor, y además un amor bonito, tierno, amable, considerado y dulce, es un soplo de aire fresco que reconforta. Y esta es una de ellas. Sin duda la historia de amor homosexual adolescente más bonita que he leído nunca. 

La adolescencia es el miedo a cómo nos ven los demás. La tiranía de las apariencias. Una tiranía tan potente que muchos no logran liberarse de sus ataduras en toda su vida. Heartstopper va de eso, de cómo nos ven. Y de lo que hay que luchar para que nuestra identidad no se defina por cómo creemos que debemos ser, sino por cómo queremos y necesitamos ser, al margen de las convenciones sociales y de lo que piensa la mayoría. 

Para ello, es vital la importancia de los referentes. Referentes homosexuales y bisexuales desde la adolescencia. Referentes de madres y padres que apoyan, entienden y saben lo que es mejor para la estabilidad de sus hijos. Referentes de relaciones saludables donde priman el respeto, la igualdad y el cariño. Referentes de profesores que no se esconden y hablan de orientación sexual en las aulas. Referentes de amor, amor sin trampas, en el que nos podamos reconocer todos, independientemente de nuestra orientación sexual. 

La visualización de las historias de amor LGTBI en la adolescencia es muy necesaria. Necesitamos más. Para que los referentes estén claros y sean normales y cotidianos para todos. Para que las personas LGTBI perciban su orientación e identidad sexuales con normalidad y para que el resto aprenda que la diversidad no solo no les amenaza, sino que puede inspirarles y emocionarles y hacerles llorar y reír. 

Heartstopper es una historia de amor en la que cabe todo un mundo. Un mundo hecho de palabras que afirman, que resuenan y se imponen una y otra vez al silencio persistente de los armarios. Porque, como dice un personaje, uno no sale del armario una vez y ya está. Cada vez que uno conoce a alguien nuevo, cambia de trabajo, se va de vacaciones, tiene que afrontar el vértigo de decir quién es. De salir del armario una y otra vez y exponerse a todo lo que eso puede suponer y que las personas heterosexuales no tendrán que vivir nunca. Uno se pasa la vida entera saliendo del armario. Y eso es porque la sociedad es una constructora obsesiva de armarios, intolerante con cualquier persona que no sea heterosexual. 

Tendremos un quinto volumen de Heartstopper en 2023, probablemente. Y qué ganas de leerlo. Y de seguir recomendándolo. Qué ganas de que cada vez haya menos adolescentes encerrados en los asfixiantes armarios fabricados por entornos que censuran los referentes del amor homosexual. 




jueves, 16 de junio de 2022

EL TÚNEL 29

No podía parar de leer. Pasaba páginas a toda velocidad y avanzaba por esta historia como poseído por un hechizo. Durante los últimos tres días, Helena Merriman me ha tenido en vilo, a cuatro metros bajo tierra cavando un túnel, cruzando fronteras criminales bajo nombres inventados, memorizando códigos secretos, deambulando por las ruinas de un Berlín devastado, apretando los dientes en los interrogatorios infames de la Stasi y viviendo al límite con misiones que en cualquier novela de espías resultarían del todo inverosímiles. Porque todo lo que cuenta El túnel 29 es verdad. Y hay ciertas verdades que siempre estarán por encima de cualquier ficción. 

La verdad es que, entre el 14 y el 15 de septiembre de 1962, veintinueve personas escaparon de Berlín Este a Berlín Oeste por un túnel de 135 metros excavado bajo el muro por estudiantes berlineses durante medio año. La verdad es que fue la fuga más numerosa desde la construcción del muro, trece meses antes, y supuso un humillación pública y mundial de la Stasi, que no se enteró de nada, y del gobierno comunista de la RDA. 

La verdad es la humedad dentro del túnel. Las filtraciones de agua que amenazan con derrumbarlo en cualquier momento. La verdad es el calor. La falta de aire. El dolor de cabeza. La presión en el pecho. La sensación de estar enterrados en vida durante ocho horas diarias, cavando. La verdad es el trajín de la calle a pocos metros por encima de sus cabezas. Diferencian los pasos de un hombre de los de una mujer. Les tiembla el cuerpo cuando pasa el tranvía. Escuchan hablar a los soldados alemanes que patrullan el muro, y entienden que si ellos los oyen, los patrulleros también pueden oírlos desde arriba. La verdad es una apuesta muy loca por la libertad que increíblemente salió bien. 

Pero el libro no se limita a recrear paso a paso la construcción del túnel. De una forma parecida a lo que hizo Patrick Radden Keefe en su estupenda crónica sobre el conflicto de Irlanda del Norte titulada No digas nada, Helena Merriman nos cuenta cómo despertó Berlín a la caída del Tercer Reich, qué desolación material y política dejó la guerra en la ciudad y sus habitantes y cómo se llegó a la construcción del muro en 1961. Todo ello siguiendo la historia personal de un estudiante llamado Joachim Rudolph que, después de escapar de Alemania Oriental al lado occidental, decidió aparcar sus estudios y dedicarse en cuerpo y alma a ayudar a más gente a huir de ese estado represor y sin futuro. 

El túnel 29 es la reconstrucción detallada y trepidante de una huida imposible. Es emocionante y espeluznante. Te hierve la sangre de rabia y a la vez te llena de esperanza por el arrojo de todas aquellas personas que arriesgaron su vida por ayudar a huir de la RDA a los berlineses que querían una vida mejor. La huida de la república, o Republikflucht, era uno de los peores delitos que podía cometer un ciudadano de la RDA. Se consideraba una traición a su patria. A los cómplices los torturaban en cárceles secretas de la Stasi mediante interrogatorios interminables y privación del sueño hasta que confesaban. Después los condenaban a años de prisión. Y a los prófugos que detenían mientras trataban de escapar les esperaba toda una vida entre rejas o la pena de muerte. 

Merriman cuenta que a pesar de la sensación de vigilancia constante, de falta de libertad, de peligro de ser castigado por algo tan nimio como orientar la antena de una radio hacia el otro lado de la frontera o contemplar el muro más tiempo del que cualquier policía considerara razonable; a pesar de todo el horror de la vida cotidiana en la RDA, eran las traiciones personales las experiencias más traumáticas de todas. Hijos que delatan a sus padres. Hermanos que se denuncian entre sí. Amigos vendidos por amigos. ¿Por qué lo hicieron, qué les llevó a traicionar la confianza de sus personas más cercanas sabiendo que las estaban condenando a una temporada de cárcel, torturas e incluso a la muerte? Miedo y paranoia, quizá. Chantaje. La Stasi se preocupó de amenazar tanto a la población, de llevarla al límite con su estado policial, que esta reaccionó dispuesta a lo que fuera por salvarse. Cuando uno se siente acorralado, nunca sabe qué estaría dispuesto a hacer para salvarse. Héroes hay muy pocos.  

Ahora que la guerra de Ucrania ha resucitado muchos fantasmas de la guerra fría y levantado muros de hostilidad y desconfianza entre Rusia y el resto de países europeos, este libro muestra la sinrazón de construir muros para dividir a la gente. Dejando la ideología aparte, Vlamidir Putin se parece un poco a Walter Ulbricht, el líder de la RDA que mandó levantar el muro de Berlín. Ojalá veamos el día que no haya más muros de hostilidad, desconfianza u hormigón entre las personas. 





lunes, 13 de junio de 2022

EL PELIGRO DE ESTAR CUERDA

Durante diez años fui a un colegio con una pedagogía que fomentaba muchísimo la creatividad. Allí, además de aprender los mismos contenidos teóricos básicos que enseñan en cualquier centro educativo tradicional, esculpí madera, piedra y metal, manejé sopletes, cosí disfraces, planté verduras, árboles y flores, construí pequeños muebles, actué en obras de teatro y musicales, toqué distintos tipos de flautas, instrumentos de percusión y de cuerda, dibujé y pinté y elaboré mis propios libros de texto, y de mis manos salieron un montón de cosas que sin duda he olvidado. En paralelo, por las tardes, iba al conservatorio a estudiar piano. Y me pasé la adolescencia escribiendo como un loco. Así que crear cosas siempre ha sido una actividad familiar para mí. Una forma natural de relacionarme con el mundo en la que no he pensado demasiado, quizá porque me resulta demasiado evidente. Creo que esa es la razón por la que me ha gustado tanto este libro de Rosa Montero. Porque pone palabras a ideas e intuiciones que siempre he tenido. Mientras lo leía, un enanito dentro de mí saltaba diciendo a cada página mira, mira, ahí estoy yo, eso es, ¡eso es!, lo has clavado, es que es tal cual, así lo siento, así lo pienso. 

Y eso no quiere decir que sea, como lo llama la autora, un yonqui de la intensidad. Y que si no escribo o pinto o toco el piano me siento peor, o me subo por las paredes y mi vida se convierte en el torbellino doloroso del síndrome de la abstinencia. Nunca he llegado a esa furiosa necesidad. Pero sí percibo el impulso de crear cosas como un rumor interno, una canción silenciosa que pugna por salir y que, si la dejo bloqueada mucho tiempo en su cajita, protesta indignada como las piernas de un montañero privadas de sus montañas. Es una energía continua que necesita salir por algún sitio. Necesita su ración de belleza periódica para vivir contenta. 

Y entiendo muy bien a los que necesitan crear para mantener la cordura. Crear como medio de supervivencia. Los artistas siempre han tenido fama de (entre otras muchas cosas poco halagadoras) caprichosos y vanidosos. Y, sin embargo, muchos de sus caprichos y vanidades se explican mejor como un resultado de sus trastornos mentales. Cuando la vida parece hundirse, crear le da un sentido. Es un consuelo y un pilar. Un refugio contra las peores tormentas. Una compañía para la soledad. Un salvavidas para una autoestima en peligro. Crear sirve para gobernar la multitud de personajes que hablan y opinan y manipulan la realidad e intentan imponer sus paranoias como sea en la mente de los artistas. A menudo sus obras son "delirios controlados para intentar apuntalar una realidad demasiado precaria". "Escribimos para que el brillo de lo extraordinario ciegue nuestros ojos y nos permita ignorar la oscuridad". 

El peligro de estar cuerda se suma a la ola de libros sobre salud mental que están llenando las mesas de novedades estos dos o tres últimos años. Conecta con Fármaco, de Almudena Sánchez, y con Por si las voces vuelven, de Ángel Martín, en la descripción de lo que pasa cuando uno sufre un trastorno mental. Lo primero que te quitan es la palabra, dice Rosa Montero. No hay lenguaje que te sirva para explicar lo que te pasa, porque las palabras solo reflejan la vida y lo que te pasa está en otra dimensión. Una dimensión desconocida y aterradora. Y ahí irrumpe la soledad. La soledad del que ha perdido el lenguaje que le conectaba con los demás y que no sabe cómo decirles que un monstruo innombrable le ha secuestrado y arrastrado a un agujero atroz sin salida. Es como tratar de explicarle a esa abuela que no ha salido nunca de su pueblo de Soria a qué sabe exactamente el curry. Pero en versión película de terror. 

"Sentirte loco es sentir que de algún modo ya no perteneces a la especie humana". Y poder crear, a menudo, es un salvavidas que te trae de vuelta a tus raíces. De esto trata este libro. De la creatividad como salvación para los artistas asediados por algún tipo de locura. Que son tantos. 



jueves, 9 de junio de 2022

CON LAS MANOS DESNUDAS

Fue una de las primeras cirujanas francesas en terminar la carrera de medicina y tener éxito en su consulta privada. Se formó reconstruyendo las caras desfiguradas de los soldados heridos en la primera guerra mundial. Luchó por el voto femenino y el bienestar de las mujeres. Ayudó a esconder y proteger a judíos fugitivos durante la ocupación alemana de París. Fundó en París uno de los primeros clubes feministas de Europa y fue la primera presidenta de la Federación Europea de Soroptimist International. A Suzanne Noël le dijeron que estaba dos veces loca: por querer ser cirujana plástica y por luchar por los derechos de las mujeres. Y su particular locura tuvo un enorme impacto en la medicina y el feminismo de su época. 

A pesar de provenir de una familia adinerada, su vida no fue nada fácil. Su primer marido murió durante la primera guerra mundial. Su segundo marido se suicidó después de que la hija de ambos muriera de gripe española. Y aun así siguió adelante con una entereza asombrosa y, si cabe, aún más combativa. 

Comparó el voto femenino con el derecho de las personas a tener un físico que les permitiera vivir en sociedad con normalidad. Entendió que las mujeres estaban sometidas a una dictadura de la imagen y que reconstruir un seno atrofiado o corregir las orejas de soplillo de un niño podía contribuir a mejorar sustancialmente la vida de la gente. Tras ver el estado psicológico de los soldados que volvían desfigurados del frente, fue una pionera en vincular la salud mental con la apariencia física y, por lo tanto, con las posibilidades terapéuticas de la cirugía estética. 

Esta novela gráfica, firmada por Leïla Slimani y dibujada por Clément Oubrerie, recrea de una manera magnífica la vida de Suzanne Noël. Una vida apasionante y admirable de una mujer que abrió caminos en el mundo de la medicina, de la cirugía plástica y de los derechos sociales para las mujeres. Que dignificó y humanizó la práctica de la medicina y, poco antes de morir, centró sus esfuerzos profesionales en operar a los presos supervivientes de los campos de concentración alemanes para borrar cicatrices, números tatuados en las muñecas, quemaduras y secuelas físicas de cualquier tipo. 





lunes, 6 de junio de 2022

PURGATORIO

"Nada bueno puede salir de la muerte. Nada ético y honesto puede florecer cuando lo riegas con sangre". 

Esta es una de esas historias que a la vez te dejan helado y te reconcilian con el mundo. Uno se pregunta cómo es posible que alguien justifique un asesinato por una idea, y también cómo es posible que un asesino decida intentar restañar la herida de su crimen, caiga quien caiga. Cuando la mayoría de los terroristas que nunca fueron localizados se esconden en sus vidas normales y callan lo que hicieron, lo valiente, lo increíblemente humano es dar un paso y decir fui yo. Yo maté en nombre de una idea. Podría seguir con mi vida porque nadie lo sabe. Podría ignorar los gritos de mi conciencia y dejar pasar el tiempo. Pero he decidido hablar porque no puedo más. Maté en nombre de una idea. Fui yo. Y me arrepiento. 

He leído esta novela escrita como un thriller con el estómago cerrado y el corazón acelerado. Me ha recordado, inevitablemente, a Patria, de Aramburu. Y también a Expiación, aquella novela portentosa de Ian McEwan ambientada a finales de los años treinta sobre un secreto familiar y su redención durante la guerra. Aquí el secreto es un asesinato cometido por un chaval idealista de veinte años que está convencido de que la construcción de su patria pasa por la violencia y los secuestros. Sin embargo, cuando le llega el turno de apretar el gatillo y vivir con las consecuencias, se da cuenta de que no puede seguir ese camino. Y se sale de la organización. Y no da ningún nombre cuando lo torturan en un cuartel de la guardia civil. Y trata de vivir su vida al margen de la violencia. Pero llega un momento en que no puede seguir ocultando lo que hizo. Su pasado se ha vuelto una carga tan pesada que necesita soltarla, contar lo que pasó, hablar con la policía, con la hija de su víctima y con quien haga falta para expiar su culpa y tratar de curar aquella herida. Aquella herida que, ahora comprende, no solo es su herida, sino también la herida de toda una sociedad dividida por la violencia. 

A pesar de los intentos diarios de revivir el pasado de muchos políticos que no dejan de hablar de terrorismo y de ETA en cada intervención, me da la sensación de que el conflicto vasco está cayendo en el olvido para las nuevas generaciones. Sigue habiendo zulos olvidados en los montes, cabañas que se caen a pedazos bajo cuyas ruinas yacen cajas mohosas que aun guardan viejas pistolas y paquetes de explosivos. Muchos terroristas que no fueron localizados siguen con sus vidas como si no hubieran hecho nada. Pero creo que la mayoría de los vascos llevan ya años mirando hacia un futuro distinto. Incluso antes de que ETA anunciara su disolución, la mayoría estaban ya hartos de una violencia en la que ya casi nadie creía. Y ahora, desde luego, piensan en aquellos tiempos como si pertenecieran a un pasado remoto, y en buena medida incomprensible, en el que un grupo de descerebrados pensaron que podían independizarse del estado español asesinando a gente. 

Pero esta es mi opinión. Mi forma de entender el relato. Y de esto trata también Purgatorio. De la lucha por el relato, por la idea que tendrán las nuevas generaciones sobre lo que significó aquel conflicto. De antiguos militantes de ETA obsesionados por lo que dirán en el futuro sobre ellos. Incapaces de aceptar su irrelevancia. Que la gente no tenga el menor interés en lo que ellos siguen considerando su lucha, su sacrificio, su misión. Incapaces de aceptar que aquella cruzada de salvación patriótica tan trascendente para ellos, hoy en día sea aprendida entre bostezos por adolescentes distraídos que las almacenan en su memoria como lejanas batallitas de abuelos que ya no importan a nadie. 

Hablar sobre el pasado es muy difícil. Aunque en las escuelas sean batallitas de abuelos, hay muchas heridas recientes que aún no han cicatrizado. Y en la novela Sistiaga lo cuenta muy bien. Ese pacto de silencio que hace que nadie quiera que el protagonista hable. Sus compañeros y jefes de la banda, porque les implicaría en un asesinato. Y los policías que le interrogaron, porque les implicaría en un delito de torturas. Nadie quiere que hable porque todos tienen mucha violencia que esconder. Y curar las heridas pasa por reconocer responsabilidades y culpas que muy pocos están dispuestos a asumir. 

"Nada bueno puede salir de la muerte. Nada ético y honesto puede florecer cuando lo riegas con sangre". Qué evidente parece. Y cuánto dolor han causado siempre quienes no lo ven así. 




lunes, 30 de mayo de 2022

DESENCAJADA

La protagonista de esta novela llega a España con su madre a finales de los años noventa. Su padre ya les espera aquí. La tierra de las nuevas oportunidades. Nuevas oportunidades para su hija, porque ellos van encadenando trabajos manuales precarios que no se corresponden con sus formaciones. Todo para que su hija prospere. Para que su hija estudie y no tenga que trabajar con las manos, como ellos, sino con su mente. Han migrado con la esperanza de legarle a su hija algo mejor que lo que ellos recibieron. Y a pesar de su fatalismo, de su contención emocional, a pesar de no poder ayudar a su hija a hacer los deberes de primaria y pedirle que les lea las cartas que reciben del ministerio, a pesar de sentirse desencajados en esta nueva vida en España, siguen adelante. Ese es el camino. Ucrania se quedó atrás para siempre. Un callejón sin salida al que no tiene sentido volver. 

Esta novela señala las heridas invisibles del desarraigo. Es delicada y punzante. Y tiene un ritmo que hipnotiza. Hay una melodía subterránea que me ha mecido a lo largo de toda la historia. Una melodía melancólica, a ratos furiosa, helada y anhelante, que hace de puente frágil entre dos lugares, Ucrania y España, dos raíces, dos idiomas desde el que mirar un mismo mundo interior desencajado. 

¿Cómo vives en un sitio cuyo idioma desconoces? ¿Cómo haces la compra, cómo te orientas por las calles, cómo preguntas si te pierdes? El significado de las cosas se divide en dos: el que tú le das y el que le dan los millones de personas que te rodean, esos desconocidos a los que no puedes pedir ayuda y que, a pesar de estar a tu alrededor, a la distancia de un roce o una caricia, parecen moverse a kilómetros de distancia de lo que tú eres y sientes y necesitas. Sacas tu diccionario, como un escudo o una varita mágica, y te preguntas si la traducción es suficiente. Si un diccionario basta para cubrir toda esa distancia, para abrir esa puerta y cruzarla. El significado de la palabra odinochestvo es soledad. Pero qué diferente soledad evoca la palabra española. 

Me ha llamado la atención la contención emocional autoimpuesta por la disciplina en los padres de la protagonista, quizá algo común en las personas de los países del este de Europa. "Deja de reírte o acabarás llorando", le advierte la madre a su hija pequeña. Contención y disciplina que choca frontalmente con la expresividad desbordada y laxa del carácter de muchos españoles meridionales. Una contención que cualquiera diría que es un rasgo de carácter, algo innato, genético, y no la losa de una herencia de la que con mucho esfuerzo uno quizá pueda desprenderse. 

Esta es una novela sobre la indiferencia. Sobre el cansancio y el hastío en dos mujeres de veintisiete años que llevan demasiado peso encima. Que se sienten solas pero no piden ayuda. Quizá porque no saben cómo hacerlo. Quizá porque están convencidas de que nadie va a ayudarlas. Porque en realidad nadie tiene por qué hacerlo. La soledad es una carga intransferible. Una mancha que lavar a solas, a escondidas, de noche. Aunque una sepa que igualmente a la mañana siguiente volverá a aparecer. 

"Al igual que la pérdida de un ser querido, la migración es un duelo. Pierdes la lengua. Pierdes la cultura. Tu identidad. Tus amigos y tu familia. Tu estatus. E incluso sufres la pérdida de la tierra. Lloras los paisajes y el clima". "Para los exiliados, emigrados y peregrinos, la patria siempre será el camino". 

Desencajada es una novela escrita, quizá, para "desentrañar la nostalgia. Ir al origen de la pérdida, buscar el núcleo del dolor y despiezarlo para analizar cada una de las partes que lo contienen. Para así poder entenderlo. Para dejar de sentirlo". 





 

jueves, 26 de mayo de 2022

CARMEN BALCELLS, TRAFICANTE DE PALABRAS

Óscar me aparta libros con mucha frecuencia. Cuando voy a la librería siempre me encuentro una pila que me ha seleccionado. ¡Me hace mucha ilusión porque siempre acierta! La dificultad está en que me aparta muchos y tengo que priorizar. Cuando vi esta biografía de Carmen Balcells se me iluminó buena parte de mi pasado profesional, y al ver el nombre de la escritora, Carme Riera, mi mente voló a una clase de literatura a final del curso 2010 cuando mi profesor Marcos Roca nos dio el texto de Carmen Te dejo amor, en prenda el mar para analizarlo. Fue un deslumbramiento por su sensibilidad y su calidad literaria. Esta biografía me descubre que ese texto que yo leí en 2010, en los años setenta y en catalán (Te deix amor la mar com a penyora) se había reeditado treinta veces, en una Barcelona que vivía una explosión intelectual, con el boom latinoamericano y la gauche divine. 

Carmen Balcells en buena parte fue la impulsora de aquel boom latinoamericano por el apoyo incondicional que prestó al grupo que lo componía: Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Roa Bastos... Fue mucho más que una agente, se implicó con su fuerte personalidad, su magnetismo, su seducción, en una combinación de talento, inteligencia y ambición para convertirse en la más importante agente literaria internacional. Fue una persona muy querida y poderosa, pero también temida y polémica. 

Su generosidad legendaria la demostraba todos los días con sus escritores, con los que establecía una relación de mamá grande. Hay ejemplos como el de José Luis Sampedro, que le confesó que a los dieciocho años él quería tocar el piano, pero se truncó por la guerra... y Carmen le regaló de inmediato un piano con un florero encima y una flor. Carmen, con su humor habitual, le dijo que él era el amante que le hubiera gustado tener y en su segunda boda con Olga Lucas, les facilitó hasta los anillos cuando se enteró dos días antes de la ceremonia que iba a ser solo un trámite administrativo.

Con García Márquez ya directamente le incorporó a su familia, se ocupaba de todo. Durante los siete años que vivió en Barcelona la relación llegó a ser tan estrecha, entrañable e intensa que, por ejemplo, cuando él iba a cenar con amigos y familiares a uno de los restaurantes de lujo que ella frecuentaba en la parte alta de Barcelona, algo bastante habitual, le pedía al maître que la cuenta se la pasara a Carmen y a ella le parecía bien.

Carmen Balcells cambió drásticamente la forma de contratación que los editores habían establecido hasta entonces, que daba lugar a engaños frecuentes en las tiradas y las liquidaciones por ventas. Los editores la temían porque les obligaba a ser más transparentes y a pagar adelantos y compromisos que nunca antes habían concedido.

Su creatividad y emprendimiento no pararon nunca. Algunos proyectos fracasaron, pero siempre encontraba otros. Carnets de Peintre fue una colección de libros artísticos, exquisitos y carísimos, ediciones limitadas a noventa y nueve ejemplares de grandes pintores, magníficos, pero de difícil venta porque cada ejemplar costaba diez mil euros. O el proyecto Barcelona Latinitatis Patria (BLP) al que dedicó tanto dinero y esfuerzo. O los hoteles que construyó en su aldea natal, Santa Fe de Segarra, al lado de Cervera.

Se relacionó con la élite intelectual de su época: Gil de Biedma, Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, García Márquez, Herralde, Esther Tusquets, Beatriz de Moura...
Leer su recorrido ha sido tan interesante para mí porque coincidí en el mundo editorial en la misma época, y mi trabajo entonces corrió en paralelo a su trayectoria.

Isabel. 


lunes, 23 de mayo de 2022

EL OCASO DE LA DEMOCRACIA

El equilibrio y la concordia en política suelen ser fenómenos aislados y nunca han durado mucho tiempo. Siempre ha habido algún grupo dispuesto a alterarlos para imponer sus criterios. Si la unidad y el consenso son utopías, quizá el objetivo sea tratar de lidiar con la polarización de la mejor manera posible. Es decir, evitando por todos los medios que desemboque en odio y violencia. Si el atractivo del autoritarismo es un mal endémico, ahora más que nunca es el momento de luchar por tender puentes y aislar los brotes que quieren acabar con la convivencia. 

De esto trata este ensayo de Anne Applebaum, de la que ya disfruté mucho su ensayo sobre el inicio de la guerra fría: El telón de acero. La extrema derecha lleva una década (en algunos sitios unos años más, en otros el fenómeno es todavía más reciente) volando los puentes de nuestras democracias plurales y es responsabilidad de todos ponerle freno. 

Alerta de los peligros de la nostalgia restauradora. La extrema derecha política y mediática vuelve la mirada a antiguos mitos para reformularlos a conveniencia y aspirar a que tengan un papel activo en el presente. El mito de la homogeneidad racial (fuera los inmigrantes de otras etnias y religiones), de la homogeneidad heterosexual (el colectivo LGTBI podrá existir siempre que no nos enteremos), de la homogeneidad de clase (los pobres no existen, y si existen es porque quieren). 

Analiza la sensación que tiene la extrema derecha de pertenecer a una comunidad única, superior y especial. Una sensación nacionalista de pertenencia que genera odio hacia el diferente. Y si se alimenta lo suficiente, crea autoritarismos. Ha pasado muchas veces en la historia y está pasando de nuevo en Polonia, Hungría, Austria, Holanda, Francia, Reino Unido, Italia y España en estos últimos diez años. 

Describe cómo se ensalza un pasado glorioso con el fin de restituir una autoestima nacional maltrecha que no tolera la realidad actual, porque atenta contra sus delirios de grandeza. Los políticos de extrema derecha son devotos de las "esencias nacionales". Y de cualquier mentira que sirva para ensalzarlas. No dudan en recurrir al revisionismo histórico, retorciendo el pasado a su conveniencia. Piensan que su idea de nación está en peligro de muerte, que vivimos en una época de decadencia apocalíptica en la que cualquier medio puede ser válido para salvar a la nación de sus potenciales asesinos. Sienten cierto anhelo de caos y destrucción para poder erigirse ellos en los restauradores del orden perdido. Lo cual no deja de ser una técnica de manipulación política clásica que ya usó Hitler con la quema del Reichstag en 1933 y que le dio excelentes resultados a la hora de apuntalar la criminalización de los adversarios políticos. 

Me ha parecido un ensayo muy interesante. Muy incisivo. Fluido, elegante y muy fácil de leer. Estoy lejos de los planteamientos políticos de Anne Applebaum, y discrepo de algunas de sus teorías, pero su análisis de los estragos que los partidos de extrema derecha han hecho en las democracias occidentales me parece interesantísimo. Y he aprendido muchísimo con ella. Ojalá los políticos españoles que se definen como de centroderecha pudieran leerlo y aprender del peligro de sus queridos socios de extrema derecha. 





jueves, 19 de mayo de 2022

MÁS QUE UNA MUJER

El feminismo es una juerga. Es una de las luchas más dolorosas, cabreantes y desgarradoras de nuestro tiempo, pero también es una juerga. Y Caitlin Moran lleva más de una década siendo un referente de esa juerga (concretamente desde aquel manifiesto inigualable titulado Cómo ser mujer). Porque aunque el feminismo hay que estudiarlo, entenderlo, debatirlo, masticarlo y enarbolarlo como bandera y escudo en las plazas y los foros que haga falta, también hay que llevárselo a la cama y reírlo y bailarlo e inflar globos de colores con él. Hay que humanizarlo. Pegarlo a nuestra vida diaria. Y la vida sin humor no merece la pena. 

Más que una mujer es un libro sobre todas las mujeres distintas que se ven obligadas a ser las mujeres cuando tienen hijos y pasan de los cuarenta y de repente sienten sobre los hombros todo el tejido de la sociedad. La autora nos propone seguirla por las horas de un día cualquiera de su vida y repasar así los desafíos a los que se enfrenta. En sus páginas aparece a menudo la palabra patriarcado ("Emplear la palabra "patriarcado" entraña cierto peligro, porque creo que en cuanto la oyen, muchos hombres temen que van a aparecer nueve mil mujeres enfurecidas y les van a cortar el pene para luego quemarlos en una gran hoguera"). Y continúa con una carcajada constante, feliz y malhablada. Si la palabra vagina te causa incomodidad y tu boca nunca ha sabido cómo pronunciarla en público sin fruncirse desesperada, este libro no es para ti. Así que, lectores puritanos, decorosos, inhibidos, mojigatos y remilgados: absténganse. 

Nuestra sociedad no tiene ningún problema con los cuerpos femeninos, a menos que haya que hablar de ellos. Y si no lo creéis, pronunciad las palabras clítoris, vulva o pezón en una reunión familiar o de trabajo y disfrutad de ese silencio. Ese espeso silencio. Ese silencio abisal, oceánico, en el que se oyen cuchillos afilándose y miradas huyendo como conejos despavoridos. Pues bien, Moran habla de clítoris, vulvas y pezones. De suelos pélvicos y pedos y cacas. De la presión social sobre los cuerpos femeninos. De las normas para todo. De esas formas correctas y únicas de hacer las cosas y cómo infringirlas supone alterar el delicado equilibrio del mundo. Y de ejércitos de mentes prejuiciosas y artríticas. 

A ratos, por la carcajada constante me ha recordado a mi admirada The Marvelous Mrs. Maisel. Y por esa jovialidad con la que dice estar rabiosa "de que el mundo decidiera, hace mucho tiempo, en qué consistía la belleza, y ni a ti ni a ninguna de tus amigas os propusieran participar en ese comité. No te permitieron atribuirte valor ni te consultaron sobre lo que considerabas admirable. Por eso estamos furiosas. Por eso lloramos. Porque la belleza es un impuesto que nos piden que paguemos en un sistema donde no tenemos ni voz ni voto". 

El patriarcado, protagonista de este libro, es el enemigo de las mujeres. Pero también es el de los hombres. Cuando los hombres se den cuenta de que si sufren estereotipos de género y discriminación y analfabetismo emocional y soledad y desesperación e ideaciones suicidas es por culpa de la desigualdad de género, ah amigos, ese día va a ser grande. Si el feminismo es la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, una pregunta a menudo descuidada y que Caitlin Moran dice que las mujeres deberían hacerse es: ¿y qué hay de los hombres? ¿Qué pasa con ellos? 

Ojalá la igualdad de género fuera un generador de identidad para los hombres de la misma manera que lo es para las mujeres. La liga de los hombres feministas. Molaría, ¿eh? Que el feminismo no solo se percibiera como la defensa de los derechos de las mujeres, sino como la lucha por la igualdad real entre mujeres y hombres. Igualdad que pasa por derribar un montón de estereotipos. Y que un hombre pueda hacer las mismas cosas que hacen las mujeres sin ser menospreciado por ello o tachado de femenino o marica o incluso temido y atacado. Por ejemplo: salir a cenar a un restaurante con otro hombre, ponerse ropa de colores, teñirse el pelo de colores o ponerse mechas, pintarse las uñas o los ojos, llorar en público, salir a bailar con amigos con el fin de bailar y nada más, tener un vocabulario emocional lo suficientemente amplio como para poder compartir emociones con otras personas, pedir consuelo, hablar hasta las tantas con su grupito de amigos hombres sobre su vida interior, ofrecer ayuda a una mujer desconocida en la calle sin generar temor o amenaza, que le regalen flores por el día del padre o por su cumpleaños (o porque sí, qué demonios). 

Mientras que las mujeres llevan un siglo y medio reinventándose, derribando mitos e imposiciones, desafiando estereotipos y pulverizando prejuicios sobre lo que significa ser mujer, la inmensa mayoría de los hombres aún no ha hecho su revolución. Ni sospecha que pueda hacerla, porque no tiene una conciencia colectiva de pertenecer a un género que también sufre discriminación por su identidad. Y en lugar de imitar la lucha de las mujeres y reivindicar la igualdad como meta para vivir de una manera más digna y más libre, muchos hombres se enrocan en sus limitaciones y se cabrean, porque perciben que están perdiendo el privilegio dominante que les daba ser hombres, un privilegio que compensaba las limitaciones que conllevaba. 

Caitlin Moran siempre abre mil debates. Da para hablar en infinitas sesiones de clubes de lectura. Es divertidísima. Delirante. Profunda. Estrafalaria. Conmovedora. Desgarradora (el capítulo sobre el trastorno alimentario de su hija es estremecedor). Ojalá nos rodearan muchas más personas como ella. 






lunes, 16 de mayo de 2022

ARENAS MOVEDIZAS

Fui a Nueva York con P. en 2017, y recuerdo preparar el viaje con lecturas ambientadas en la ciudad. Lo difícil en este caso era qué elegir ante la variedad infinita, pero como nos íbamos a alojar en Harlem, pensé que algo del Harlem Renaissance estaría bien. Empecé con alguna novela policiaca de Chester Himes y mi madre contribuyó con su lectura de Claroscuro, la otra novela de Nella Larsen. Desde entonces, aquellos años veinte y treinta de efervescencia cultural negra se me quedaron rondando en la curiosidad y fueron cayendo en mis manos otros libros relacionados con aquella explosión cultural, como por ejemplo la impresionante La calle, de Ann Petry, que me deslumbró y que no he dejado nunca de recomendar. 

Ahora vuelvo a Nella Larsen con estas Arenas movedizas, una novela fantástica del Harlem Renaissance que reúne todos los ingredientes de ese modernismo combativo que tan atractivo me resulta: delicadeza, denuncia social, fluidez, desparpajo, preciosismo y un retrato implacable de la psicología de los personajes. La protagonista, Helga Crane, es mestiza. Su existencia representa una afrenta y una vergüenza en la vida de su familia blanca, "una llaga repugnante que había que ocultar a toda costa. Por muy ofendida que estuviera, lo comprendía, pero ¡cuánto más fácil habría sido no comprenderlo!" Tras una infancia sin afectos, poblada por fantasmas y demonios que la acechan en cada encrucijada de su vida, Helga Crane es una mujer presa del desasosiego. Como tantas mujeres negras entonces y ahora, no consigue ser feliz ni estar en paz en ningún sitio, precisamente porque no hay ningún sitio realmente donde pueda sentirse en paz y libre del hostigamiento de los hombres y de la discriminación racial. 

En los años veinte la lógica de la segregación racial alcanzaba a todos. Era dificilísimo luchar contra ella. Si aún hoy a cualquier persona mestiza junto a su familia le espera toda una vida de miradas de recelo, hace un siglo esa mezcla era un escándalo. Y ese escándalo es la cárcel que encierra a Helga Crane. Gracias a una introspección psicológica vertiginosa, nos metemos en su cabeza, en su fragilidad y en su fortaleza. Luchamos junto a ella para perseverar, pese a todo el peso de una sociedad segregada en contra. Y también suspiramos aliviados cuando encontramos complicidad en otras mujeres, esa sororidad que teje sus redes de salvamento para rescatarla del infierno de la soledad en la gran ciudad. 

Por la precariedad laboral, la dificultad de una mujer negra para salir adelante sin marido ni familia y la descripción de una ciudad hostil capaz de tragarse en su bullicio deshumanizado los sueños de cualquiera, me ha recordado a La calle, de Ann Petry, escrito veinte años después. Los tejidos que unen a la población de Harlem son difíciles de desenredar. Harlem, "el prolífico Harlem de los negros", acoge a Helga y le proporciona algo parecido a un lugar al que pertenecer. Sin embargo, la profunda conciencia de pertenecer a una raza humillada y discriminada que comparte la mayoría de la población de Harlem no quiere decir que esa población sea homogénea ni que esté de verdad unida. Los negros de clase acomodada odiaban profundamente a los blancos pero basaban su forma de vida en las comodidades que habían aprendido de ellos. Rechazaban con desprecio cualquier contacto con los blancos, preferían que se quedasen allí, en la parte baja de la ciudad, y que se guardaran para ellos solos sus queridos Estados Unidos de América con todas sus promesas falsas, pero moldeaban sus modales, su forma de vestir y el estilo de vida del que tan orgullosos estaban en el espejo de la sociedad blanca. 

Arenas movedizas es una novela compleja, llena de contradicciones e interesantísimos laberintos psicológicos. De heridas ocultas. Traumas soterrados e inconfesables. La ascendencia danesa de Helga Crane ofrece un contraste muy curioso, trasunto de la propia historia de la autora, cuya madre era danesa. Y confunde todavía más el mestizaje, incluyendo la perspectiva europea de la identidad negra. 

"La afinidad con una raza no era una simple cuestión de color, sino algo mayor y más profundo". Y esto apenas ha cambiado en un siglo. Sigue ahí, inalterable, el peso insufrible de que vean el color de tu piel antes que a ti, de que el color de tu piel te anule como persona, te sepulte bajo una tonelada de prejuicios, suposiciones y estereotipos. 

Seguiré leyendo más libros del Harlem Renaissance. Es una escuela improvisada de la que brotó una cultura fascinante, con muchos ecos potentes que resuenan con fuerza un siglo después, y de la que se puede aprender y disfrutar muchísimo.





lunes, 9 de mayo de 2022

PATRICK HA VUELTO

Josephine Tey tiene algo especial. Descubrir de verdad qué es ese algo sería tarea de toda una vida. La elegancia y el encanto son mariposas enigmáticas. 

Muy de vez en cuando entra en la librería alguien así. Alguien a quien atiendo con ganas y a la vez con miedo, miedo de que se vaya rápido y se rompa el hechizo. Y pienso: cómo se llamará, qué nombre casará con esos ojos, esa forma de mover las manos, ese tono de voz. Apura el momento, corre, que puede que no la vuelvas a ver, me digo. Y la tarde se vuelve de pronto especial. 

Lo bueno de Josephine Tey es que puedo traerla de vuelta a la librería cuando quiera. Cuando quiera puedo hacer que ella vuelva especial cualquier tarde. Basta con abrir una novela suya y empezar a leer. Y ahí está. En un adjetivo, una broma, una exclamación. Los ojos, la forma de mover las manos, el tono de voz. 

Y, en el caso de Patrick ha vuelto, los caballos. Una escritora con esa capacidad de fascinación te puede enamorar por igual de un caballero, de una niña o de un animal. Y más si ese animal es un majestuoso ejemplo de altanería que de pronto te mira con inteligencia, te propone una cabalgada salvaje por el bosque y te arrima peligrosamente a los árboles para comprobar hasta qué punto eres capaz de velar por tu vida. 

Patrick ha vuelto. Pero no toda la familia de Patrick está muy convencida. Han pasado muchos años desde que el joven Patrick desapareció misteriosamente dejando una nota de suicidio. El dolor fue terrible. Y cada uno lo digirió a su manera. Despertar ciertos traumas del pasado puede servir para curarlos, pero también para despertarlos de nuevo en todo su horror. Patrick ha vuelto. Ahora habrá que ver quién es en realidad. 

Josephine Tey tiene algo especial. Descubrir de verdad qué es ese algo sería tarea de toda una vida. Y está bien que así sea. No tengo ninguna prisa. 




viernes, 6 de mayo de 2022

EL COCINERO DEL ALCYON

No me he reído tanto con un libro en muchísimo tiempo. Qué guasa constante, por favor. Que un escritor de noventa y tres años totalmente ciego fuera capaz de dictar un libro tan sumamente divertido, juguetón y feliz me parece irresistible. Para darle besos y abrazos y más besos al bueno de Camilleri. 

Y en esta penúltima entrega de las aventuras de Montalbano, tenemos una historia de espías, con agente del FBI incluido, identidades y peluquines y bigotitos y gafas falsas, salvajes capos de la droga que se reúnen en una goleta en alta mar para sus secretísimos trapicheos. Tenemos una Adelina que, por increíble que parezca, le enseña a cocinar al torpe comisario que no se plancha una triste camisa, tenemos un despido fulminante que anuncia la salida definitiva de escena de nuestro irremplazable protagonista, tenemos un ricachón delincuente maltratando a sus empleados y tenemos a un Salvo Montalbano embarcado (literalmente) en una de las aventuras más arriesgadas de su vida. 

Pero, sobre todo, tenemos humor. Humor por los cuadros costados, humor que se desborda y se toca y se palpa como el sol valenciano en las playas de los cuadros de Sorolla. Por momentos la novela parece una ópera bufa, con diálogos y mímicas dignos de Chaplin. Y qué risa con Catarella, por favor. Y qué ricos los salmonetes y la pasta n'casciata y qué pena, por favor, qué pena que ya solo quede una novela, la última, de Salvo Montalbano. ¿Morirá el eterno comisario? ¿Quién irá entonces a comer diariamente a la trattoria de Enzo? ¿Quién mirará el atardecer sobre el mar con la voluptuosa felicidad de quien mira el recuerdo de una mujer hermosa? ¿Qué será de Catarella, Fazio y Mimi Augello? ¿A quién le echará sus broncas la divina y celosa Livia? ¿Adónde irá el humor policiaco siciliano cuando nos quedemos sin Montalbano?




miércoles, 4 de mayo de 2022

UNA VILLA EN FLORENCIA

Mary Panton es una joven viuda de "castaño y oro". Tan exquisita y distinguida que los hombres le hacen la corte desde que cumplió los dieciséis. "Viejos o jóvenes, feos o apuestos, siempre parecen creer que si una existe es simple y llanamente para satisfacer sus apetitos". Pero lo dice sin amargura. Más bien con una mezcla de resignación coqueta y un desafío irónico y orgulloso en su mirada. Estamos a finales de los años treinta y la campiña italiana está llena de refugiados austriacos que huyen de los nazis y de campesinos italianos muertos de hambre. Y, en medio, una villa a las afueras de Florencia que parece salida de un sueño. 

En el transcurso de tres días, Mary recibe tres propuestas de matrimonio más o menos inesperadas que la confrontan con la idea que tiene de sí misma y del futuro que imagina. Lo que en un principio parece una comedia de enredo, una novelita plácida y elegante, de pronto se convierte en una historia de suspense que te lleva por caminos bordeados de altos cipreses que se recortan, negros y amenazantes, contra la luz de la luna y que te acelera el corazón. 

Una villa en Florencia es un libro delicioso. De una elegancia exquisita. La traducción de Carlos Mayor es impecable, como siempre, y la edición es un regalo para los sentidos. Contiene, como una gota de ámbar, una época perdida que en la prosa del autor cobra vida en todo su esplendor. Somerset Maugham dibuja, con muy poquitos recursos, unos perfiles maravillosos de sus personajes. Sin llegar a la profundidad psicológica de Stefan Zweig, porque no pretende hacer ningún arquetipo de sus personajes ni demostrar nada, esta historia se degusta como un caprichito de aperitivo, un postre dulce y efímero que permanece en la boca mucho rato dejando un rastro de felicidad. 


 


jueves, 28 de abril de 2022

EL ELEGIDO

"El que elegí. El mío. El que tuve y perdí". 

Mientras leo muy despacio este poema de Mary Shelley, en mi cabeza brota el cello profundo del inicio del Trío en re menor de Mendelssohn (1839). Ese lamento, esa agitación. Recuerdo la fascinación que ejercía esta pieza en mis años de conservatorio, nos quedábamos absortos ante el virtuosismo deslumbrante del piano y esa introspección tan romántica que parecía expresar por nuestra boca el anhelo que no éramos capaces de verbalizar. Se nos ponían los ojos oscuros y nos hacía imaginar un dolor parecido a la muerte. 

"El que elegí. El mío. El que tuve y perdí, 
bajo un rojo crepúsculo del último verano,
en las aguas profundas que cubrieron su frente. 
Con él me abandonaron la vida y la esperanza. 
Ahora, vagabunda, ya no busco un hogar. 
El cielo es una cripta: toda Italia, una tumba". 

El 8 de julio de 1822, diecisiete años antes de que Mendelssohn publicara su primer trío, Percy Shelley murió ahogado durante una tormenta repentina frente a la costa toscana. Su esposa, Mary Shelley, escribió en su memoria este extenso poema, que la editorial Avenauta ha acompañado de las impresionantes ilustraciones de Beatriz Martín Vidal. 

"Aquí, en este pasado, se sostiene mi espíritu, 
y me hace aún más queridas las escenas de Italia. 
En los campos toscanos estas brisas fragantes 
de flores y cipreses, tras el llano del cielo,
serán como las notas de una música amada
que la voz acallada del que fuera mi amor
me recuerde al oído y a la memoria muestren,
en un largo desfile, las escenas pretéritas
de dichas y esperanzas."

La música de Mendelssohn siempre la he guardado en mi memoria con mucho cariño. Me transmite una serenidad bellísima y emocionante, a veces tormentosa, pero siempre traspasada de una luz especial. Imagino ahora que Mary Shelley la escucha, que el piano, el violín y el cello la rescatan del abismo del duelo y la cuidan, la arrullan con su canto de seres de otro mundo y la devuelven a la vida, al camino de la pasión y de la belleza. 





lunes, 25 de abril de 2022

OBRA MAESTRA

"El Museo Reina Sofía pierde una escultura de Richard Serra de treinta y ocho toneladas de peso", fue el titular de prensa de 2006. Treinta y ocho toneladas de peso evaporadas, puf, de golpe ya no están. ¿El robo más asombroso de la historia del arte en España? ¿O la incompetencia más ridícula de un museo que no tenía ni idea de qué pasaba con las obras que adquiría? Lo cierto es que la desaparición fue tan absurda, tan inmensa, que nada más escuchar sus detalles se te vuelve inmediatamente encantadora. Y ya da igual que algún día aparezca o no, su desaparición es más hermosa que cualquier cosa que pueda suceder con la escultura. Incluso que la propia escultura, que ya no importa nada, unos bloques de acero reducidos a un peso estrambótico que, sin embargo, puede esfumarse sin dejar rastro y hacernos soñar con lo imposible. 

Y qué bien lo cuenta Juan Tallón. Y mira que la premisa del libro es arriesgada: contar la desaparición real de una escultura adquirida por el Reina Sofía en capítulos cortos, protagonizados por varias decenas de personajes en primera persona relacionados de una forma u otra con el suceso, desde Richard Serra hasta el propio Juan Tallón, pasando por artistas, marchantes de arte, juezas de instrucción, concejales, ministros y hasta una terrorista de ETA que ofrecen su imagen del suceso y que, a medida que sus puntos de vista se van acumulando y superponiendo, van creando un mosaico increíblemente heterogéneo pero misteriosamente coherente y natural de toda la historia. 

Obra maestra es un libro sobre arte, arte público y urbano, sobre la política del arte, sobre filosofía del arte, sobre la percepción de lo que es arte y lo que no y de su función pública. Pero sobre todo es un libro jocoso, reflexivo, juguetón, distinto, muy distinto a lo que solemos encontrar en las mesas de novedades. 

Me ha encantado saber que a Richard Serra, uno de los escultores contemporáneos más importantes del mundo, no le importó demasiado que su escultura se perdiera. A menudo, después de las exposiciones, sus esculturas más grandes directamente se destruían. Él las concebía para estar en un lugar, para dialogar con un espacio determinado, y fuera de ese espacio perdían su sentido. El arte, visto así, ya no está tanto en el objeto artístico, sino en la idea que lo produce y en la relación de ese objeto con el entorno para el que ha sido diseñado. Es difícil de entender que esos mamotretos de acero macizo increíblemente pesados puedan ser arte y no mera chatarra si no tenemos en cuenta que, en las últimas décadas, el concepto de lo que es arte se ha expandido, así como se han expandido su significado y su percepción. 

¿Quién roba una escultura de treinta y ocho toneladas? ¿Para ponerla dónde, además? No es algo que puedas colgar de tu habitación, o meterla en tu jardín sin que tus visitas te pregunten. Al final, como siempre pasa en todos las desapariciones no resueltas, la construcción del misterio siempre es más satisfactoria que su hipotética resolución. La satisfacción de resolver un misterio casi nunca está a la altura del chute de adrenalina, imaginación y encanto que tiene un enigma sin solución. Y así me he quedado después de leer este libro. Feliz y contento, como alguien a quien le acaban de contar con arte y con gracia un chiste fantástico, una broma gigantesca, y decide llevársela a casa metida en el abrigo para reírse a ratitos, consigo mismo, como quien saca la petaca y se permite de vez en cuando un traguito efímero de felicidad. 




viernes, 22 de abril de 2022

QUÉ HACER CON ESTOS PEDAZOS

Una de las capacidades de la buena literatura es conseguir que empaticemos con situaciones y personajes muy alejados de nuestra realidad. Pero otra, que todavía aprecio más, es la de exponer ante nuestros ojos ideas que siempre habíamos intuido pero que nunca habíamos conseguido transformar en palabras. A veces leemos un libro y notamos cómo una frase nos desenreda un caos de hilos enmarañados que teníamos dentro, nos limpia una visión empañada, y decimos, alborozados: ahí, ahí estoy yo, eso es lo que siempre he pensado y nunca he conseguido expresar. 

La nueva novela de Piedad Bonnett ha conseguido conmigo las dos cosas con una facilidad asombrosa: me ha acercado a la piel misma una realidad muy alejada de la mía y, con frases sencillas y luminosas, me ha abierto los ojos a ideas que hasta ahora no eran más que embriones confusos en mi cabeza. Esta historia me ha llegado muy adentro. Y no porque tenga un relieve especial: no sucede nada especialmente extraordinario, pero convierte la vida cotidiana, con sus pequeños y grandes accidentes, en una aventura hecha de palabras que desarman. 

Las palabras derrotan el vacío, dice un personaje. Crean un vínculo y sostienen y refuerzan el que existe. Contra el silencio, arman un castillo frágil de afectos que desafía el abatimiento del paso del tiempo. Cuando en una familia no hay costumbre de tocarse, una caricia puede provocar un terremoto. 
Cuando el silencio es la norma, una palabra puede hacer que un desierto florezca. 

Esta es una historia de hombres avergonzados de mostrar sus debilidades y de mujeres que ven la emoción como una grieta en el suelo que podría derrumbar toda una vida apuntalada por la contención afectiva. Parejas que se quieren, aunque "quién sabe qué es querer cuando se lleva tanto tiempo juntos". Un hábito, una inercia. Una realidad despojada de las palabras que la construyen. Decir quiero a mi mujer se vuelve tan redundante como decir tengo un brazo. La persona con la que has compartido tu vida es una presencia tan natural como una parte de tu cuerpo. Separarte de ella, algo tan inconcebible como amputarte un pedazo de ti mismo. Y esa pertenencia ciega lo da todo por hecho. 

Esta es una historia de mujeres que se van haciendo mayores y notan que su vida se les va rompiendo poco a poco. De manera imperceptible. Lo que ayer era certeza, hoy es duda. La vida se ha vuelto una madera que ha perdido su barniz, su capa protectora hecha de seguridades y afectos perdurables. Una madera que se astilla y, a veces, en ciertas horas de la madrugada, se hace pedazos. Y qué hacer con ellos. 

Dentro del color melancólico de esta historia, escrita con una prosa delicada y exquisita, sencilla y precisa, brilla un núcleo de ternura. Un reclamo de bondad para protegernos de este mundo en el que tan a menudo predominan la aspereza, la desconfianza y la violencia. 





miércoles, 20 de abril de 2022

EL PAPEL PINTADO AMARILLO

Hay personas que imponen su criterio a sus parejas porque piensan que saben mejor que ellas lo que les conviene. Cuando estas enferman se convierten en sus médicos. Cuando dudan, responden en su nombre. Se adelantan a sus necesidades tomando por ellas todas las decisiones que pueden. Y lo hacen porque piensan que es su deber. Con la mejor de las intenciones. Lo hacen por amor. 

Por amor, el marido de la protagonista de este relato le receta reposo tras el parto. Por amor, se mudan a una casa solariega para que descanse. Por amor, la recluye en una habitación amplia y luminosa con las paredes forradas de papel pintado amarillo. Por amor, le restringe las visitas, la lectura y la escritura, le dice que descanse, que descanse y que descanse, porque sus crisis nerviosas solo se pueden solucionar con el reposo absoluto del cuerpo. Y poco importa que el cuerpo esté descansado y sea la mente la que no para de girar, atrapada por una espiral descendente de depresión y obsesión. Por amor, su marido está dispuesto a hacer cualquier cosa para que se recupere. Y seguro que lo consigue, porque tan grave no podrá ser si su cuerpo está perfectamente. 

"A veces me pregunto cómo iría mi enfermedad si encontrara menos oposición y más compañía y estímulos". Chalotte Perkins Gilman escribió este célebre relato en 1891, y ciento treinta años después las personas con depresión siguen sufriendo una incomprensión escandalosa por parte de la sociedad. Amigos y familiares dicen anímate, venga, que no es más que una mala racha. Y como cuenta Almudena Sánchez en su libro sobre su depresión, Fármaco, la persona enferma anhela encontrar la herida que justifique tamaño sufrimiento. La herida real, sangrante, escandalosa, la herida que uno pueda enseñar a los demás para convencerlos de que no es un bajón, un estado de ánimo, una tristeza pasajera, para que los demás dejen de ver un raspón en la rodilla cuando lo que uno tiene es medio hueso fuera y todo astillado y los tendones hechos trizas. 

Pero el raspón en la rodilla es lo único que ven. "Una pasajera depresión nerviosa", según el marido de la protagonista. Nada grave. Nada que no se cure con una atención cariñosa que planifique cada detalle y cada movimiento, para que la paciente no tenga que preocuparse por nada, por nada que no sea tratar de gestionar la culpa y la ingratitud por no saber corresponder mejor a la solicitud de su marido curándose inmediatamente. 

Hay personas que piensan que las depresiones se curan con palmaditas en la espalda y encierro y reposo y buenos deseos. Si se atrevieran a leer con la mente abierta este clásico de Charlotte Perkins Gilman, quizá se darían cuenta de que el amor y la mejor de las intenciones, sin conocimiento y sin capacidad de escucha, no solamente no curan ni alivian ni arreglan nada sino que pueden destrozar para siempre la vida de las personas que más quieren. 



 

lunes, 18 de abril de 2022

MAL ENCUENTRO A LA LUZ DE LA LUNA

En la primavera de 1944 en la isla de Creta, bajo la ocupación alemana, tuvo lugar una de las aventuras más pintorescas de la segunda guerra mundial. Paddy y Billy, dos oficiales británicos, con la ayuda de un reducido grupo de partisanos cretenses, lograron secuestrar al general nazi a cargo de la isla, sortear las patrullas alemanas durante casi tres semanas, y llevarlo hasta El Cairo para entregarlo como prisionero a las fuerzas aliadas. Patrick Leigh Fermor y William Stanley Moss tenían veintinueve y veintidós años respectivamente. Este último había participado en la campaña del desierto y era casi un veterano ya, pese a su edad. Un veterano, y un escritor fantástico, como demuestra en este breve libro en el que cuenta, como si fuera una novela de espías, cómo secuestraron al general nazi y burlaron una y otra vez la persecución de decenas de miles de soldados alemanes enviados tras ellos. 

Lo primero que me cautivó de esta historia fue el amor por el paisaje y las costumbres de los cretenses en las descripciones, que me recordaron inmediatamente a la trilogía de Corfú de Gerald Durrell. Y es que desde la primera página estás allí. En Creta, una isla donde el tiempo parece haberse detenido y a la vez fluye sin fronteras entre el pasado y el presente. Donde las venganzas tribales son parte de la vida cotidiana y la hospitalidad es una ley milenaria tan omnipresente como las montañas. 

¿Cómo se puede escribir así con veintidós años? Guerrilleros adustos y extremadamente hospitalarios, paseándose por los pueblos con fanfarronería de piratas. Hombres llenos de "fogosidad, agallas y, por encima de todo, una disposición para encontrar el punto humorístico en cualquier cosa o situación". Guías que cuentan las distancias no en kilómetros ni en horas, sino en lo que tardan en fumarse un cigarrillo (para llegar al siguiente pueblo quedan..., ¿cincuenta cigarrillos?). Quizá para conseguir escribir así estas peripecias encantadoras que resultarían inverosímiles en tiempos de paz hace falta estar hecho de una pasta especial, haber viajado por medio mundo con apenas veinte años, llevar dos años luchando en el desierto, la mochila cargada de volúmenes de Shakespeare y Tolstói junto a la cantimplora y las pistolas, y vivir la vida como si fuera una inmensa y arrebatadora aventura. 

Después de leer este libro, yo, que siempre he sido tan poco guerrero como religioso, me uniría sin dudarlo a una misión tras las filas enemigas si fuera en la compañía de Billy y Paddy. ¡Me han enamorado! Mirad, mirad cómo termina la nota que les dejaron a los nazis dentro del coche en el que iba el general secuestrado: "¡Esperamos volver a verles pronto! Y lamentamos tener que abandonar un coche tan bonito". Dos veinteañeros británicos encerrados en una isla, se llevan prisionero al general de cuarenta mil soldados nazis cabreados delante de sus narices, ¡y se permiten sacarles la lengua con recochineo! 

Con su desenfado efervescente, el afecto que se demuestran entre sí, el cariño y el reconocimiento hacia los pastores cretenses que les llevan comida a sus escondites y les descubren imposibles caminos de cabras por los que burlar la vigilancia de los nazis, Paddy y Billy convertirían a cualquier ateo pacifista en un devoto guerrillero. ¿Misión casi imposible? ¿Altísimo riesgo de muerte? ¿Diversión y adrenalina aseguradas? ¡Vamos allá!