jueves, 9 de diciembre de 2021

LA OLA

Esta historia empieza con unas preguntas que empezaron a hacerse alumnos de todo el mundo a partir de los años cincuenta. ¿Cómo pudo ocurrir el holocausto? ¿Cómo sesenta millones de alemanes pudieron permitir que su gobierno hiciera lo que hizo? ¿Cómo no se rebelaron? ¿Cómo pudieron decir después que no sabían nada? ¿Cómo un gobierno puede asesinar a millones de personas sin que la gente lo sepa? Son preguntas que se han venido repitiendo desde entonces y que aún ahora siguen brotando espontáneamente en la mente de cualquier adolescente inquieto que se entere por primera vez de lo que hicieron los nazis. Preguntas que han perturbado a filósofos, psicólogos, sociólogos y pensadores de todo tipo durante décadas, desde Hannah Arendt hasta Stanley Milgram. Preguntas que, en un instituto californiano en los años sesenta, un profesor llamado Ron Jones trató de contestar de una forma poco convencional. 

Esta historia empieza en Palo Alto en 1967. Después de ver un documental sobre los horrores de la Alemania nazi, y ante la dificultad para responder las preguntas escandalizadas de su grupo de estudiantes, el profesor de historia puso en marcha un experimento. Creó La Ola. La Ola eran ellos. La clase. Un grupo elegido. Con un saludo especial, unas normas concretas y una cohesión sin fisuras. A través de la disciplina creó rapidísimamente un sentimiento de comunidad. Al principio como juego. Y enseguida como algo mucho más serio. Más profundo. Más fuerte. 

La Ola era un grupo con carisma. Durante una semana, la Ola les dio fuerza a los que se sentían débiles. Autoestima a los que no creían en sí mismos. Les dio un motivo para sentirse orgullosos a los que no creían en nada. La Ola levantó al peor de ellos y lo colocó junto al mejor, igualándolos a los dos en la aspiración a la excelencia. La Ola fue su propósito, su motor, la adrenalina que les hacía invencibles. La Ola fue su comunidad. Dentro se sentían parte de algo más grande que ellos mismos. La Ola les daba una identidad superior. Ya no tenían que luchar por su lugar en el mundo. La Ola era su movimiento, su equipo y su causa. Su razón para todo. 

Al cabo de una semana, la Ola se había expandido por buena parte del instituto. Todo el mundo quería formar parte de la Ola. Todo el mundo quería sentirse especial, estar dentro del movimiento, formar parte de los elegidos. Y todo el mundo, también, empezó a mirar mal a los que no querían entrar. Al principio con incredulidad. Luego con desprecio. Y al final, directamente con odio. Estar dentro ya no sólo era guay. Ahora era obligatorio. Y si te negabas, ya podías esconderte, no fuera a pasarte algo malo. 

Al cabo de una semana, el profesor tuvo que poner fin a un experimento que se le había ido totalmente de las manos. Y los alumnos guardaron silencio sobre lo que había pasado. Miraron hacia otro lado. La Ola quedó enterrada bajo toneladas de vergüenza colectiva durante años. Al cabo del tiempo, los alumnos empezaron a mirar hacia atrás con asombro. No entendían cómo habían podido pasar por eso. Cómo habían podido seguir a ciegas a alguien por la pertenencia a un grupo que los anulaba como personas y les cegaba ante su propia responsabilidad. 

En 1981, Todd Strasser recreó la historia real de los alumnos de Ron Jones en esta novela breve que se lee en un suspiro y que cuenta una historia universal sobre nuestra aterradora maleabilidad. Una historia que se haría todavía más famosa con la película alemana homónima de 2008 basada libremente en esta historia. 





jueves, 2 de diciembre de 2021

FREEDOM!

Desde que leí El Ferrocarril Subterráneo, me llama mucho la atención todo lo que tiene que ver con la vida de los esclavos en Estados Unidos y su lucha por la libertad. Una lucha que no acabó con la abolición de la esclavitud y que continuó hasta los años sesenta en busca de la igualdad de derechos civiles, y que aún sigue hoy, como una herida abierta en el corazón de Estados Unidos. Por eso, cuando esta novedad ilustrada de Edelvives cayó en mis manos, la reservé inmediatamente para mirarla despacio y dedicarle el tiempo necesario. Nunca pensé que me fuera a gustar tanto. 

Freedom! tiene un formato grande de libro ilustrado, está pensado para niños y niñas a partir de unos ocho años, y cuenta la vida de Harriet Tubman y la red de liberación de esclavos. Tubman nació en el sur de Estados Unidos en 1820, o quizá en 1822, hija y nieta de esclavos, y gracias a la red del Ferrocarril Subterráneo consiguió escapar hacia los estados del norte. Una vez a salvo, decidió dedicar su vida a salvar a todos los que pudiera del infierno que ella había vivido. "He escuchado la ira y los lamentos de los esclavos, y he visto sus lágrimas. Daré hasta la última gota de mi sangre para liberarlos". 

La historia es poderosa. Y la ilustración de la maravillosa Justine Brax (no os perdáis sus otros álbumes ilustrados en Edelvives) le da todavía más fuerza. Se detiene en el miedo que precedía a la decisión de los fugitivos de marchar hacia el norte. La espera en la noche, los caminos en la oscuridad, los oídos alerta ante el más mínimo crujido. Era una huida a vida o muerte. No podían esperar clemencia si los atrapaban. Demasiadas veces habían visto lo que les esperaba a los esclavos fugitivos. Después de los gritos desgarradores, de los potros de tortura y las piras en las que quemaban vivos a los que desafiaban de tal forma a sus amos, la muerte era lo que menos les preocupaba. 

Y también describe con alegría ese momento mágico en el que llegaban por fin a la ansiada libertad. En los estados del norte a menudo les recibían antiguos esclavos que recogían sus testimonios, como por ejemplo William Still, líder de la Sociedad contra la Esclavitud de Pensilvania, uno de los abolicionistas más influyentes de mediados del siglo XIX y que ayudó a Harriet Tubman en su camino hacia la libertad. También aparecen nombres clave de la lucha contra la esclavitud como Frederick Douglass, Thomas Garrett, Margaret Crowley, las hermanas Grimké, blancos, negros y nativos americanos que ayudaron a luchar contra un sistema salvaje e inhumano que defendía que el derecho de un ser humano a la dignidad y a la vida dependía del color de su piel. 

Harriet Tubman fue apodada Moses, y gracias a su labor para guiar a los esclavos negros hacia la libertad, se la conoce como la Moisés del pueblo negro. Este libro bellísimo y muy documentado es un homenaje a su vida y a la de tantos que, como ella, decidieron dedicar todos sus esfuerzos para luchar por un mundo más justo. 










lunes, 29 de noviembre de 2021

POR SI LAS VOCES VUELVEN

Ángel Martín es un tío gracioso. Me cae bien. Como no veo la tele, le conocí hace sólo unos meses en Twitter, a raíz del informativo en dos minutos que hace todos los días, hablando a toda máquina y mezclando churras con merinas a lo loco como si se fuera a acabar el mundo. Me suele acompañar mientras desayuno y la verdad es que mola. Es un chute de buen rollo que combina de maravilla con las tostadas. Ángel Martín también es un tío que tuvo un brote psicótico y que pasó por un infierno particular de varios años para recuperarse. Y ha escrito este libro para contar su experiencia. Y, sobre todo, para estar preparado por si las voces vuelven. 

Por momentos, sobre todo cuando describe la euforia de su locura, me ha recordado a la ciclotimia que cuenta el cómic Cara o cruz. Esa forma de bipolaridad que te lleva de la euforia a la depresión sin transición en una montaña rusa anímica invivible. Lo que el cómic tenía de imaginativo y tierno, el libro de Ángel lo tiene de divertido. Me admira una y otra vez su loquísima capacidad de reírse de sí mismo. Claro, es que se dedica a ello, es cómico, me digo. Pero aun así. Me alucina esa capacidad de desnudarse en un momento tan aterrador como ese y señalarse ante un público inmenso: mirad, así fue mi locura, así es como me volví loco. 

Pero, ¿qué es volverse loco? Para Ángel, volverse loco fue que de repente todo, absolutamente todo, empezó a significar algo profundo. Si alguien huele a café, fíate de él porque es una buena señal. Los sonidos agudos confirman que todo va bien. Los graves, que algo puede torcerse. Los colores, las letras, los espejos, la luna, el ritmo, todo cobra una dimensión trascendental. El mundo entero te está hablando a ti. Sólo tienes que escucharlo. Como el discurso de autoayuda de taza cuqui, pero cien veces más siniestro. 

Pero no es el cerebro desquiciado el que crea las señales. Las señales están ahí visibles para todos. El cerebro se limita a interpretarlas. Y lo hace siguiendo la lógica a la que tú le hayas acostumbrado. Siguiendo la historia o el contexto en los que te reconoces. Que no tienen que ser una historia y un contexto reconocibles para la mayoría. Y que se pueden desarrollar y retorcer a placer hasta que tu percepción de la realidad esté tan alejada de la de los demás que acabes en un hospital porque las voces han tomado el mando de tu vida. 

¿Qué es un brote psicótico? ¿Cómo se vive desde dentro? ¿Cómo afecta a los que te rodean? ¿Qué lleva a una persona normal a acabar viendo mensajes subliminales en las etiquetas del aceite de oliva o pensar que la gasolina es placebo? ¿Qué lleva a una persona a acabar en el ala de psiquiatría de un hospital, sedado y atado a una cama? Pero no, acabar no es el verbo adecuado. Porque ahí no acaba la historia. "En el hospital ocurre el fin de la locura, pero no la vuelta a la cordura. Eso es un proceso que hace uno en solitario cuando sale del hospital y teniendo que trabajar mucho". 

Por si las voces vuelven es un libro divertidísimo y aterrador sobre la necesidad de sentirse a salvo para poder hablar de salud mental. Con la naturalidad con la que hablaríamos de una luxación en la rodilla. Pero en la cabeza. Un problema que puede ser igual de doloroso y puñetero. O mucho, muchísimo peor. Pero, en todo caso, igual de natural. 



jueves, 25 de noviembre de 2021

EL JARDÍN DE LOS DIOSES

Es un privilegio. Vivir en un lugar especial y hacerlo tuyo para siempre. La mayoría hemos tenido un lugar así. O si no un lugar, un momento concreto, un tiempo en el que fuimos tan intensamente felices que la huella de esa felicidad permanece con nosotros sin borrarse, como un hoyuelo extra en la mejilla. Sin embargo, muchos olvidamos esos momentos. La vida nos lleva de un lugar a otro y se encarga de ir borrando todo rastro de memoria hasta que sólo queda la superficie lisa de la rutina. Pero para volver a nuestro jardín de los dioses particular, a veces basta con cerrar los ojos, parar el reloj del quehacer diario y recordar. O leer un libro de Gerald Durrell y partir con él en busca de aventuras descabelladas e irresistibles. 

Hay personas así. No conozco a muchas, pero sé que las hay. Personas que llevan su pequeño jardín de los dioses consigo a todas partes. Personas que fueron intensamente felices en algún momento temprano de sus vidas y que supieron preservar esa felicidad para que ninguna rutina la arrastrara y la engullera. Se les nota. En la librería a veces me topo con alguna, y procuro arrimarme a su conversación, tirarles del hilo para estar un ratito más disfrutando del pequeño paraíso que llevan consigo y del que a menudo son totalmente inconscientes. Las disfruto como se disfruta un paisaje hermoso y poco habitual. Como disfruto los libros de Gerald Durrell. 

Aquí termino mis viajes por Corfú, que ya ha pasado a ser para mí un paraíso de felicidad. Y poco me importa que el Corfú real sea hoy bien distinto. El Corfú imaginado es el que me quedo, con su felicidad pura y su infancia disfrutona en compañía de esa familia loca e inigualable. Gracias a P. por incitarme a este viaje literario. Y por compartir cada día su jardín de los dioses. 





lunes, 22 de noviembre de 2021

PROYECTO HAIL MARY

Me encanta no tener ni idea. Llegar a las cosas como lo hacen los niños, que lo devoran todo sin pararse a pensar si lo que les gusta encaja con lo que se supone que les debe gustar. Me encanta no tener ni idea de tradiciones culinarias y que mi gusto por las cosas dependa exclusivamente de los caprichos de mi paladar y no de una ortodoxa mezcla de ingredientes. Me encanta no tener ni idea de pájaros y quedarme extasiado ante las costumbres más comunes del más común gorrión. Y me encanta no tener ni idea de ciencia ficción y disfrutar como un enano cada vez que me embarco en alguna loquísima misión extraterrestre para salvar el mundo. 

Que el conocimiento especializado puede matar el disfrute lo descubrí en el grado superior de piano cuando, como espectador en los conciertos, pasaba mucho más tiempo alerta ante lo que podía disgustarme de otros músicos que disfrutando de su arte. Es como llegar de invitado a una casa y, antes de admirar los espacios, pasar discretamente el dedo por la superficie de cada mueble para comprobar si hay polvo. El conocimiento especializado nos vuelve obsesivos con la perfección. O con eso que llamamos perfección y que no suele ser más que manía y fanatismo. Desde entonces, hui de cualquier especialización en nada. Me olvidé del polvo en la encimera y me dediqué a disfrutar de los salones bonitos. Soy mucho más feliz no teniendo ni idea que sabiendo un sinfín de cosas. En mi caso, la sabiduría y el placer han demostrado ser una pareja desastrosa. 

Todo esto para decir que vaya novelón, este Proyecto Hail Mary. Me ha encantado. Puede que sea rematadamente buena. O bien soy yo, que no tengo ni idea y me entusiasmo con cualquier misión suicida extraplanetaria contada con gracia. Lo que sé es que he estado cinco días metido en una nave espacial viajando a la velocidad de la luz camino de otra galaxia para buscar astrófagos, (seres microscópicos extraterrestres que se alimentan de estrellas). Y que me he reído y me he emocionado y me he quedado hasta tardísimo pasando páginas porque, medio muerto de sueño, la vida extraterrestre en este libro seguía siendo mucho más magnética que mi almohada. La he leído con el entusiasmo puro de quien no ha aprendido aún a hacer depender su disfrute de ninguna convención. De quien no tiene ni idea de ciencia ficción. Y tan feliz. Ojalá nunca lo haga. 





lunes, 15 de noviembre de 2021

LA HIJA DEL TIEMPO

Descubrí a Josephine Tey este verano y decidí, sin pensármelo, que a todos mis futuros viajes me llevaría una novela suya. La felicidad hay que acompañarla con felicidad. Y con inteligencia, chispa, elegancia, ironía, ¡si es que Miss Tey lo tiene todo!

Después de Amar y ser sabio, he vuelto a ella con otra novela protagonizada por el inspector Alan Grant. Un Alan Grant que, en esta ocasión, permanece todo el libro recluido en una habitación de hospital donde se recupera de una caída aparatosa, y que me ha acompañado en una escapada maravillosa a San Sebastián y a la costa hasta Bayona. Saber que al volver de las peripecias del día me esperaban las peripecias de Grant era un aliciente casi a la altura de los paisajes y las comidas vascas. 

¿Y qué podrá investigar el bueno de Grant desde la cama de un hospital? Pues, la verdad, bien poco. Ni trabajo de campo, ni interrogatorios a testigos, ni inspecciones de la escena del crimen. Tumbado en una cama de la que no se puede levantar, no puede hacer nada. Y esa inactividad le empieza a afectar al estado de ánimo hasta que un día se encuentra con una reproducción de un retrato de un rey que le llama la atención. Esa expresión apesadumbrada, esa mirada noble y dolida, esa barbilla prominente, despiertan en él al detective famoso por ser capaz de distinguir a los culpables de un crimen solamente por la expresión facial. Y cuando descubre que el rey en cuestión es Ricardo III, y nada en su cara le cuadra con el personaje archimalvado de Shakespeare, se pone a investigar cuánto habrá de verdad y cuánto de mentira en la tradición que siempre le ha retratado como un asesino sin escrúpulos.

A partir de este momento, los diálogos se suceden con la chispa y el ritmo característicos de Josephine Tey, y la novela se vuelve una investigación histórica de un alcance sorprendente. Si la historia que aprendemos es en su mayoría el relato de los vencedores, ¿qué cantidad de mentiras contendrá? En una pirueta mental inesperada, las reflexiones de Alan Grant conectan con El peligro de la historia única, de Chimamanda Ngozi Adichie, y profundizan en los mecanismos de difamación que tienen los poderosos para perpetuar su poder. El vencedor de esta historia es Enrique VII, padre de Enrique VIII y primero de la dinastía Tudor, que accedió al poder asesinando a diestro y siniestro y lo consolidó acusando a Ricardo III de haber asesinado a sangre fría a sus sobrinos pequeños, los famosos Príncipes de la Torre, cuyo paradero sigue siendo un misterio. Entre esta acusación (seguramente) falsa de asesinato de hace cinco siglos y otras de hace pocos meses de políticos actuales hay una línea diáfana de poderosos demonizando al adversario para mantenerse en el poder. 

Sobre la falta de escrúpulos de los poderosos y la complicidad de los historiadores para dar por buenas sus versiones distorsionadas de la historia trata esta novela deliciosa, un divertimento encantador que, como siempre ocurre con las novelas de Josephine Tey, es mucho más profunda e incisiva de lo que su aparente ligereza parece mostrar. 

Nos vemos en mi próximo viaje, querida Josephine. Qué ganas tengo de que llegue. 






jueves, 11 de noviembre de 2021

FLORES SALVAJES

¡Tres niñas han sufrido un terrible accidente de avión! ¡Y han ido a parar a una isla desierta! 
¿Desierta? Eso habrá que comprobarlo. 

Las tres empiezan a investigar. ¿Habrá mariposas en la selva? ¿Y si también viajaban en el avión y se han estrellado como ellas? No, las mariposas no viajan en avión. 

Lo que sí encuentran son flores exóticas. Flores silvestres. Flores salvajes. Flores tan especiales que hablan. ¡Flores que hablan! ¡Flores que dicen que las niñas también son flores!

Lo que sí encuentran es un cartel. Un cartel que dice: Solo la realidad puede matar un dragón. ¿Solo la realidad puede matar un dragón? ¿Y eso qué significa? Sólo la selva lo sabe. 

Lo que sí encuentran es un gorila que vive en una cabaña diminuta en el tronco de un árbol. 
Y un dragón terrible terrible terrible cuya comida favorita son las flores salvajes. 
Y nieve que sabe a palomitas. 
Y una tristeza rara como de echar de menos a alguien sin saber a quién. 

Y es que la selva, y las flores salvajes, y las islas desiertas siempre te hacen sentir cosas especiales, aunque no las entiendas. 



lunes, 8 de noviembre de 2021

SALVAR VIDAS EN EL MEDITERRÁNEO

Desde tiempos inmemoriales, existe un código moral que obliga a rescatar a los náufragos. Ya los fenicios dejaron constancia de ello, aunque lo hicieran más por superstición (quién sabe si los muertos en el mar no volverían a la vida para perseguirlos en sus sueños) que por verdadera humanidad. Salvar vidas era lo lógico, lo sensato. Ya fueran amigos o enemigos. La identidad de los náufragos se disolvía por la propia urgencia de su rescate: eran simplemente personas al borde de la muerte que necesitaban ayuda. 

Hoy en día existe un Convenio Internacional para la Seguridad de la Vida Humana en el Mar (o SOLAS, acrónimo de la denominación inglesa Safety of Life at Sea), heredero de esa cultura milenaria, que obliga a cualquier barco a prestar socorro en el mar a quien lo necesite. Pero la voluntad de socorrer a los náufragos se está resquebrajando. La identidad de los que necesitan ayuda en el mar ya no se disuelve por la propia urgencia de su rescate: si no son de los nuestros, si no tienen papeles como los nuestros, si su piel es más oscura que la nuestra, entonces ¿por qué deberíamos ayudarlos? O peor: ¿por qué deberíamos dejar que otros los ayuden?

Hace un par de años, la mayoría de los dirigentes de extrema derecha europeos hicieron campaña en contra del salvamento marítimo de los inmigrantes. El presidente italiano llegó a cerrar los puertos italianos para que los barcos de rescate no pudieran dejarlos en tierra. Negar el socorro a los náufragos se ha vuelto moralmente aceptable para millones de personas que no tienen reparo en romper con un imperativo humanitario vigente desde tiempos inmemoriales ni miedo de que aquellos que mueran por su culpa les persigan en sueños. 

Con este panfleto íntimo contra el racismo, el escritor Sandro Veronesi ha querido alzar la voz contra esta inhumanidad. Alzar la voz y poner el cuerpo, ofreciéndose a participar en una de las misiones de Open Arms para denunciar que dejar morir a los náufragos nos envilece como sociedad, que llamar "chollo" y "crucero" a sus odiseas infernales es un insulto inaceptable propio de la ignorancia chulesca de un adolescente, que si no paramos esta espiral de odio y miedo al diferente, esta política abiertamente hostil a la acogida, terminaremos viviendo a merced de las mentiras y de la violencia de quien no sabe vivir sin enemigos. 




viernes, 5 de noviembre de 2021

HERMANITO -MIÑÁN-

Qué somos. 
Qué queremos. 
A qué aspiramos. 
Nos dan un papel para vivir y de repente somos personas con derechos. Nos lo quitan, y en algunas partes del mundo no valemos más que una vaca. 
Qué somos. Un papel. Una solicitud de asilo. Un sí o un no, que lo definen todo. 
Una mirada llena de sombra que busca salir de su bosque. 

"Detrás de nosotros no hay ningún futuro. He mirado y no hay". Y como no había futuro, Ibrahima salió de Guinea en busca de él. Y en busca de su hermano, que se había marchado hacia Europa buscándolo también. Buscando su futuro y a su hermano, Ibrahima cruzó el gran desierto. Fue capturado y vendido en los grandes mercados del ganado humano. Fue esclavizado y torturado. Fue perseguido por su acento y su color de piel. Encontró gente buena que le tendieron la mano, le dieron agua, le curaron sus heridas. Gente buena que también había mirado en sus vidas buscando un futuro y no lo había encontrado. Ibrahima llegó a España y se encontró con Amets, que recogió su historia. La recogió como otros recogen el agua en el desierto, con el cuidado con el que tratamos aquello que puede dar la vida. Y la escribió en este libro, con la voz de Ibrahima. Esa voz, ingenua y poderosa, veteada de humor y de poesía, que se queda vibrando en el aire cada vez que cierras el libro, respiras y miras lejos, muy lejos, y hacia dentro. 

Este libro te muestra una realidad conocida con palabras nuevas: 
"Cuando digo kiló la gente me corrige: kilómetro. Eso me pasa aquí, pero en África es distinto, allí nos gustan las palabras cortas. Si dices kilómetro el camino es más largo". 

Este libro habla de una esperanza tenaz, porque renunciar a ella es aceptar lo innombrable: 
"Desde que murió mi padre, yo soy responsable de lo que le pase. Si lo encuentro y le hablo con los ojos, sé que me escuchará y volverá a casa". 

Este libro es una plegaria: 
"A veces pienso: ¿Conseguiré olvidar todo esto? Porque la cabeza es como un armario, y para sacar una cosa del armario tienes que meter otra. Las cosas nuevas ocupan el lugar de las antiguas. Pero yo aquí, mientras deciden mi asilo, no hago nada. No tengo trabajo, no tengo amigos, no tengo cosas nuevas para meter en el armario. Mis recuerdos están ahí, no se mueven. Y me atacan todos los días". 

Qué somos. 
Qué queremos. 
A qué aspiramos. 
A Ibrahima no le han concedido la solicitud de asilo. Mientras tanto, sigue buscando su futuro. Un camino de luz en la profundidad de su bosque. 





martes, 2 de noviembre de 2021

REFUGIADO

Recuerdo las multitudes, la euforia. El pecho y la garganta vibrando con los decibelios de aquellos bafles gigantes que nos dejaban atontados y felices. Recuerdo las manos al cielo y miles de personas cantando a la vez. La emoción de aquellas canciones tan conocidas que en las bocas de tanta gente se volvían más grandes, más importantes, más definitivas. Había una sensación de comunión, de estar viviendo un momento único, miles de personas como una sola, con los ojos febriles y las manos levantadas como en una plegaria laica, con la piel de gallina gritando "somos distintos, somos iguales". 

Han pasado unos veinticinco años de aquel concierto de Celtas Cortos en la Casa de Campo de Madrid, pero lo recuerdo como si hubiera sido este verano. Y más después de haber leído esta estupendísima novela de Alan Gratz sobre la huida de tres adolescentes con sus familias en distintos lugares y épocas buscando una vida mejor, con la vida en un pañuelo, persiguiendo un sueño errante. Un judío en la Alemania nazi, una cubana en la crisis de 1994, un sirio en el éxodo de 2015. Los tres abandonan una vida destruida para tratar de empezar de cero en otro lugar. Los tres afrontan peligros inimaginables, los tres son perseguidos, maltratados por la justicia de los países por los que pasan, mal vistos en todas partes. Sus historias están separadas por décadas y continentes, pero acabarán entrecruzándose de una manera inesperada. 

Mientras leía esta novela sonaba en mi cabeza la canción del emigrante de los Celtas, y también en la cabeza de Alan Gratz debía de sonar música, pues en varias ocasiones compara su historia con una melodía. Si el viaje de estos tres adolescentes fuera una canción, ¿qué tipo de canción sería? ¿Un son cubano, con sus estrofas, su estribillo y su final triunfal? ¿O una fuga, con sus voces superpuestas que se imitan respondiéndose unas a otras sin llegar a resolverse nunca? ¿Su coda sería quedarse para siempre sin un hogar, tirando con su miseria para adelante? ¿Serían eternos refugiados, vagando de un campo a otro, ante las miradas desconfiadas de la gente?

Refugiado es una novela redonda. Tiene un ritmo imparable, está bien escrita y señala lo evidente: nuestras vidas están determinadas por el lugar donde nacemos. Y las fronteras, las leyes, la desconfianza, el racismo, la ignorancia y el egoísmo inhumano de los privilegiados que piensan que aislándose prosperarán mejor, no pueden nada contra la sencilla evidencia que ya nos ponía la piel de gallina hace veinticinco años a los miles de personas que, como una sola voz, cantábamos: "somos distintos, somos iguales". 



jueves, 28 de octubre de 2021

LOS MUCHACHOS DE ZINC

De zinc eran los ataúdes en los que volvían los restos de los soldados soviéticos muertos en Afganistán. Ataúdes de zinc sellados, a veces rellenados con tierra ante la imposibilidad de recuperar los cuerpos. Ataúdes llegados de una guerra a la que la Unión Soviética no dejaba de enviar hombres, pero que no reconocía ni nombraba. Duró casi diez años, de 1979 hasta 1989. La URSS envió más de medio millón de soldados. Hubo más de medio millón de civiles afganos muertos. La versión oficial soviética fue que habían ido a llevar las bondades de la revolución comunista a sus hermanos del sur. En este libro, dando voz a los participantes soviéticos en la guerra, Aleksiévich se atrevió a cuestionar esa versión oficial. Y terminaron abriéndole un proceso judicial por manchar el honor nacional y la memoria de los héroes soviéticos. 

Y es que esa brumosa idea del honor y de la justicia es a menudo lo único que un soldado puede interponer entre el horror de la guerra y su cordura cuando regresa a la vida civil. Los soldados que volvían de Afganistán hablaban de la guerra como de un trabajo cualquiera en el que cobraban por matar. No veían a sus víctimas como seres humanos. Y si lo hacían, sencillamente les daba igual. No era su responsabilidad. Se limitaban a cumplir órdenes. Donde alguna vez latió la compasión y el horror ante la posibilidad de arrebatar una vida, ahora sólo quedaba un vacío. Un agujero. Pero se aferraban a la idea de una guerra justa y honorable y hasta heroica para dar sentido a todo aquello. Si la guerra no había servido para nada, como empezaron a decir algunas voces críticas tras el fin de la URSS, ¿qué sentido podrían darle a su sacrificio?

Este libro habla de cómo la experiencia de la guerra en los soldados y sus familias (sobre todo sus madres) les lleva al límite de sus fuerzas, de cómo tensa su capacidad de sufrimiento y la huella que deja en su salud mental esa lucha. Como en Voces de Chernóbil, los monólogos de algunas madres ponen los pelos de punta: "cuando lo supe, me empezó a dar miedo encontrarme con conocidos por la calle, me encerraba en el cuarto de baño esperando a que las paredes se me cayeran encima". 

El libro está escrito como un mosaico de voces anónimas (un soldado granadero, una enfermera, una madre) que hablan como en un monólogo interior. El objetivo de la autora, en sus palabras, es "capturar lo etéreo". "Por eso me gusta el lenguaje oral, no le debe nada a nadie, fluye libremente. Todo está suelto y respira a sus anchas, la sintaxis, la entonación, los matices, y así es como se reconstruye exactamente el sentimiento. Yo rastreo el sentimiento, no el suceso. Soy una historiadora de lo etéreo". "Eso es a lo que me dedico desesperadamente libro a libro: a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana". 

Con estas voces Aleksiévich puso el dedo en una llaga abierta: la de la responsabilidad de las autoridades en la guerra. ¿Quién pedirá perdón a todos los que estuvieron allí? ¿A todos los que volvieron destrozados y rotos? ¿A todos a los que obligaron a matar en nombre de una idea y se trastornaron cuando al volver dejaron de poder hacerlo? ¿A todos los que se acostumbraron a temer por su vida constantemente y al volver ya no pudieron dejar de ver amenazas en cada ruido y en cada esquina? 

Los soldados callan. Nunca hablan de la guerra con quien no ha estado allí. "Recordar es como meter la mano en el fuego". Pero cuando se deciden a hablar, muchos monólogos dan vueltas alrededor de la culpa y de la responsabilidad. No pueden vivir con lo que han hecho, pero aún menos pueden soportar que los que los enviaron allí se desentiendan de ellos y los castiguen si se reúnen y hablan sobre ello y reclaman sus derechos. "En la guerra nos instruían: "hay que amar a la Patria". Y la Patria nos recibió con los puños bien cerrados para dejarnos fuera de combate una y otra vez". 

Aleksiévich aboga por el "derecho humano a no matar. A no aprender a matar". La vida de las personas no debe verse desde la perspectiva del Estado, sino desde la perspectiva de quiénes son para sus madres, para sus parejas. Para sus hijos. En 1989, afirmar esto era revolucionario. Hoy, aunque las guerras ya nos vayan quedando cada vez más lejos, en muchos aspectos sigue siéndolo. 




lunes, 25 de octubre de 2021

UNA MUJER, UN VOTO

En esta historia hay hombres que dominan a sus mujeres a través del control de su dinero. Hay hombres que no aceptan que estas trabajen porque eso significaría que ellos no se bastan para mantener por sí solos a sus familias. Hay hombres que tienen el poder de conceder o negarles a sus mujeres el permiso para trabajar, para vender o comprar bienes o para sacar dinero del banco. Hay hombres que, respaldados por la ley, usan el dinero para someter a sus mujeres a su voluntad. 

En esta historia hay hombres que consideran que las mujeres no están preparadas para votar, porque no son capaces de pensar por sí mismas. ¿Para qué darles el voto si al final van a votar lo que les diga su marido o el cura en la iglesia? Hay hombres que defienden que las mujeres casadas no tienen que tener responsabilidad jurídica salvo para defenderse de una acusación en un juicio. Es decir, no pueden reclamar nada como víctimas, pero si son acusadas sí pueden defenderse independientemente de sus maridos, no vayan a cargar ellos con la culpa de sus mujeres. 

En esta historia hay hombres que no conciben que una mujer decente pueda tener relaciones sexuales con ellos y no querer casarse después. Hay hombres que piensan que es escandaloso que una mujer pretenda tener derecho a decidir sobre su maternidad en igualdad de condiciones. Hay hombres que no se cansan de acusar a las mujeres de ser volubles, histéricas, ignorantes e incapaces, desprecios con los que ocultan su necesidad de perpetuar sus privilegios sobre ellas y seguir tutelando sus vidas. 

Pero la persona más importante de esta historia no es un hombre, sino una mujer. Una mujer llamada Clara Campoamor, que participó en la comisión redactora de la constitución de la Segunda República y luchó por conseguir la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Gracias a ella, a su tesón y su capacidad de convencer a la mayoría de la Cámara, las mujeres españolas pudieron votar en dos elecciones, las de 1933 y las de 1936, antes de que llegara la dictadura de Franco y les arrebatara su legítimo derecho recién conquistado para condenarlas a cuarenta años de humillación y sometimiento. 

Las fuentes de este cómic son El voto femenino y yo, mi pecado mortal, de Clara Campoamor, y el Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes de la Segunda República. Recrea cómo se llegó a aprobar el voto femenino y entreteje la historia política con una historia individual de una mujer que desafía las convenciones de la época para criar a su hija sin depender de un marido. Con un dibujo sencillo que recuerda a una acuarela en blanco y negro, esta historia retrata una mentalidad machista que, gracias a la lucha de mujeres como Clara Campoamor, quedó desterrada de la mayoría de las leyes, pero cuyos ecos a menudo siguen rigiendo las relaciones privadas entre hombres y mujeres noventa años después. 



jueves, 21 de octubre de 2021

CHISPAS

"Mientras leas mi historia, te ruego que no te rías, que consideres que esto que me pasó es muy serio. Un secreto cósmico. 
-¿Cómico?
¿Cómo que cómico? Ya estamos en las mismas. El que tenga cera en las orejas que se las limpie. Cómico, no. ¡Cósmico!"

La historia de Chispas es una historia seria muy seria para doblarse de risa. Una historia tan seria que si la lees correctamente es posible que se te ponga un poco cara de mejillón peludo. Y que acudas a la Fuente del Habla cuando notes que te cuesta hablar cuando todo el mundo te escucha y necesitas que las palabras no se te pongan mustias en la boca. Una historia seria muy seria de un músico cósmico nada cómico que, cuando más serio se ponía, más hacía reír a la gente. Hasta que un día su vida dio un vuelco tan requetegrande que acabó viviendo en el fondo del mar. O en lo profundo de un bosque. Todo depende de lo que quiera imaginar la hermosa y enigmática Aux. 

Manuel Rivas ha escrito una historia muy loca. Muy seria, muy divertida, muy bonita y muy loca. Y en la librería la voy a recomendar sin dudarlo a cualquier niño o niña a partir de siete u ocho años que tenga chispas de risa en los ojos y sea capaz de tomarse seriamente en serio la cara más disparatada de la realidad. ¡Y que nunca nunca nunca piense que pueda ser sólo cómico un músico realmente cósmico!







lunes, 18 de octubre de 2021

VOLVER LA VISTA ATRÁS

Hay vidas anodinas que algunos escritores, a fuerza de trabajarlas y darles ritmo y profundidad con su talento, consiguen convertir en obras maestras apasionantes. Y luego hay vidas tan apasionantes de por sí que, para que se conviertan en obras maestras, los escritores tienen como que amansarlas y reducir todos sus relieves para que quepan en la estrechez de la literatura. La historia que contiene este libro es de las segundas. De las que se desbordan, de las que hablan y seducen por sí solas, y Juan Gabriel Vásquez ha tenido el talento y la sabiduría de acompañarla y guiarla en su novela para que nos llegue como si fuera la más exquisita ficción. Hacía mucho que no leía un novelón como este. Tan interesante y tan bien contado. Creo que en las próximas semanas no voy a dejar de recomendarlo. 

La historia comienza en la Barcelona bombardeada de la guerra civil. Pasa al exilio en Colombia, de la mano de la poesía y del teatro, aquellos "vientos del pueblo" por los que el padre del protagonista desea dejarse arrastrar. El compromiso político sacude el mapa y nos traslada a la China de Mao en los años sesenta, con el terremoto de la Revolución Cultural. Vuelve a la Colombia de las guerrillas comunistas en los setenta y luego abandona las turbulencias para centrarse en el cine. Hasta que a finales de siglo da otro giro brusco y se traslada al refugio de España para huir de amenazas de muerte en una Colombia bañada en sangre. Por último, la historia termina (si es que alguna historia termina de verdad) con los acuerdos de paz de Colombia en 2016, vividos desde la tranquilidad de una pacífica Barcelona, ciudad donde todo comenzó ochenta años antes. 

Este libro abarca toda la segunda mitad del siglo XX, un periodo que, tras las dos guerras mundiales parecía que iba a ser más pacífico, pero que en realidad fue un rosario de guerras y revoluciones en todo el mundo. Y en especial, en Latinoamérica, donde, como dice el narrador, "la historia era un lanzallamas, y seguía incendiando el continente como si el operario hubiera enloquecido y nadie hubiera tenido el coraje de detenerlo". 

Es una historia familiar, la del cineasta colombiano Sergio Cabrera, sus padres y su hermana. Es una historia de una utopía política que, tras convertirse en la razón de vivir de millones de personas, acabó enfangada en represión, totalitarismo y sangre. Y es una historia íntima, personal, un homenaje a un padre y a una época pasada, una historia sobre los caprichos de la memoria y la necesidad de compartir los recuerdos para mantener vivos los vínculos con las personas que queremos. 

"Los recuerdos eran invisibles, como la luz, y así como el humo hacía que la luz se viera, debía haber una forma de que fueran visibles los recuerdos, un humo que pudiera usarse para que los recuerdos salieran de su escondite, y así poder acomodarlos y fijarlos para siempre". 

Esta es la historia de un hombre que vivió varias vidas en una sola. Y que, al volver la vista atrás, "echa humo sobre sus recuerdos" para no perderlos. 



jueves, 14 de octubre de 2021

EL MÉTODO CATALANOTTI

Camilleri es casa. Lleva siéndolo toda la vida. Que yo recuerde, al menos. Ya era cuando metía sus primeras novelas de Montalbano en la mochila al irme de vacaciones, aquellas gloriosas vacaciones de dos meses que teníamos los estudiantes cuando no trabajábamos en verano. Recuerdo leerlas al sol, tirado sobre una toalla en un camping, y pensar: no quiero estar en otro sitio, no quiero hacer otra cosa, no quiero que esta sensación se acabe. Camilleri lleva siendo casa toda la vida. No sé si hay muchos escritores de los que pueda decir lo mismo.
Y es una casa que va cambiando. Como el inquilino, que soy yo. Ahora me fijo mucho más en la crítica social (¿o es que antes no la había?), en las diatribas de Montalbano contra los despidos masivos de las grandes empresas, la brutal represión policial de las protestas ciudadanas, la respuesta tan inhumana de nuestra querida Europa hacia los refugiados. Y disfruto como nunca el humor, que en esta novela está más presente que nunca (¿será que lo voy buscando más ahora?), y la ligereza de vivir que me transmite el tono de cada historia de Camilleri. 

En esta ocasión Montalbano está a dieta. Su querida Livia le ha cantado las cuarenta sobre su alimentación y el bueno de Salvo no deja de sentirse culpable por su proverbial glotonería. Adiós a la pasta 'ncasciata, los salmonetes fritos, los pulpitos, los cannoli y el alcohol. Pero un Montalbano a dieta no puede investigar nada con un mínimo de lucidez. Ni mantenerse sereno. Ni amar a gusto. Ni hacernos felices. 

La trama de esta novela, como siempre, es lo de menos. Tiene su femme fatale, sus platos exquisitos de Adelina, sus numeritos irresistibles de Catarella, y esa alegría de vivir tan llena de dudas y humanidad y ligereza que es la esencia de las historias de Salvo Montalbano. También tiene una traducción fantástica en la que no faltan giros como "no hubo tutía" o "salió de allí despepitada", y es una gozada poder leer con esa frescura y naturalidad que me recuerdan a las expresiones más bonitas de mi familia. 

Esta es su antepenúltima novela de Montalbano. Ya sólo quedan dos. Y me muero por leerlas y al mismo tiempo no quiero que se me terminen. No quiero llegar al final y saber que no va a haber ninguna nueva esperándome para meterse en mi maleta y detener el tiempo sobre cualquier toalla soleada. Y me temo que no me quedará más remedio que, llegado a la última página, volver a empezar desde el principio. Desde la primera novela. Y recordar aquellas vacaciones escolares de dos meses. Aquella toalla en aquel camping. Aquel tiempo detenido para siempre en una Sicilia mítica llena de luz y ligereza. 



lunes, 11 de octubre de 2021

VOLVER A DÓNDE

"Quería fijarme en lo específico de este tiempo nuevo, lo concreto, lo que se olvida porque nadie le da importancia, lo que no aparece en los libros de historia, lo que no puede recordar más que quien lo ha vivido". 

Los tres meses de confinamiento ("este tiempo nuevo") fueron una experiencia que compartimos la mayoría por igual. Uno podría pensar que nadie querría leer sobre lo que todos hemos vivido, que lo interesante de la literatura está en mostrarnos realidades que nunca llegaríamos a conocer fuera de ella. Sin embargo, Muñoz Molina consigue que lo experimentado por la mayoría cobre vida de una forma nueva, haciendo brotar de lo que hasta ahora nos había parecido irrelevante un pequeño y milagroso acontecimiento. Ese es el mérito de este libro, me parece. Convertir en diamantes esos trozos de existencia que siempre habíamos visto como carbón. 

Este libro está compuesto de pequeños capítulos que, como entradas de diario, van entrelazando reflexiones sobre el confinamiento con recuerdos familiares del autor. Lo he leído despacio, con cuaderno y bolígrafo siempre a mano para apuntar frases sueltas, fogonazos de clarividencia capaces de alumbrar las oscuridades más tenaces. Como Muñoz Molina, yo también sentí (y sigo sintiendo a menudo) "la necesidad de huir del ruido del mundo, y del otro ruido no menos confuso y dañino que hay tantas veces dentro de uno mismo". Como él, necesité parar para darme cuenta de muchas cosas y empezar a pensar de otra forma sobre mi entorno y sobre mí mismo. Y como él, contemplé con fascinación las ciudades deshabitadas y me lamenté de la ocasión perdida para convertirlas en lugares más habitables y saludables para todos. 

Mezcla de memoria familiar, meditación estética, reflexión filosófica y contemplación de la naturaleza, el ritmo pausado de cada capítulo me ha transmitido serenidad a la vez que me ha abierto los ojos a un mundo de repente cuajado de significados. En el autor parece que conviven dos mundos alejadísimos entre sí. El mundo familiar del campo, del cultivo trabajoso y las huertas que no dan suficiente para mantener a toda la familia. El mundo de la matanza, de los parientes que nunca han salido del pueblo excepto cuando fueron a Madrid o a Sevilla en su viaje de novios y se han pasado toda su vida partiéndose el espinazo, las manos ásperas y duras como corchos, sin conocer otras formas de vida, otra actividad que no fuera trabajar y trabajar. Y por otro lado, el mundo de la escuela, del latín y el griego y la literatura. De Madrid y la universidad. De Europa y Nueva York y del mundo entero a través de los libros que el autor, ya famoso, escribe y que aparentemente le alejan cada vez más de ese origen rural de un campo de Úbeda. 

En la memoria de Antonio Muñoz Molina conviven la huerta andaluza de sus padres con sus paseos en bicicleta por Riverside Park en Manhattan; las conversaciones con su tío Juan a la hora del aperitivo sobre esos tomates de "carne de doncella" que, con un chorreón de aceite y unos granos de sal gorda, son el manjar más exquisito que puedan imaginarse los dos, con las conversaciones con su amigo el doctor Bouza sobre los tejemanejes políticos que no hacen más que dificultar y precarizar la heroica labor de los sanitarios en los meses más duros de la pandemia. Dos mundos. Uno rural, otro cosmopolita; uno familiar y secreto, el otro público y mundano. Dos mundos que conviven en un mismo aliento en la voz de este libro tan cargado de memoria. 

Pensando en el título, se me ocurre que quizá aluda a que no hay lugar al que la memoria pueda volver. "Antes de la pandemia" es un tiempo que ya no existe. Los lugares de la infancia desaparecieron hace mucho. Un trauma, una huida, los desgajó de nosotros y ya sólo nos pertenecen cuando los reinventamos para convertirlos en relato. Y sin embargo, ahí está siempre el deseo de recuperar el tiempo pasado. De volver atrás para aprovecharlo mejor, quizá, para aliviarlo de sus cargas y sus errores. A pesar de todo. Pero la pregunta queda sin respuesta. Volver, sí. Pero a dónde. 




jueves, 7 de octubre de 2021

OBEDIENCIA A LA AUTORIDAD. EL EXPERIMENTO MILGRAM

He empezado la semana reseñando La servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, una reflexión escrita hace casi cinco siglos que nunca ha dejado de tener actualidad. Este libro me llevó directo al experimento que puso en práctica Stanley Milgram a principios de los años 60 en Estados Unidos para analizar hasta dónde podemos llegar en nuestra obediencia a la autoridad. Milgram convocó mediante anuncios en prensa a cientos de voluntarios para participar en un estudio psicológico que, tal y como se anunciaba, trataba sobre la memoria y el aprendizaje. El voluntario tenía que recitar una serie de palabras que otro voluntario aprendiz (en realidad, un actor) tenía que agrupar por significado. Si este fallaba, el experimentador le ordenaba al voluntario que le suministrara una pequeña descarga eléctrica al actor. En realidad las descargas eran simuladas, pero el actor fingía dolor para que el voluntario pensara que estaba provocando daño. Las descargas iban creciendo en intensidad a medida que se acumulaban los fallos y el objetivo del experimento consistía en ver hasta qué punto el voluntario estaría dispuesto a provocar cada vez más dolor en otra persona sólo porque la autoridad, en este caso el experimentador, se lo ordenaba. Y los resultados fueron aterradores. 

La mayoría obedecía. Obedecía aunque escuchara los gritos de dolor de su víctima. Obedecía porque consideraba que la responsabilidad no era suya, al fin y al cabo sólo estaba haciendo lo que le decían que hiciera. Estaba cumpliendo órdenes. En los mismos años que Milgram desarrolló este experimento de psicología social, Adolf Eichmann fue juzgado y condenado a muerte en Israel por haber contribuido desde su despacho a la muerte de cientos de miles de judíos durante la segunda guerra mundial. Hannah Arendt presenció el juicio y escribió un libro titulado Eichmann en Jerusalén en el que desarrollaba su idea de la banalidad del mal. Eichmann no era ningún monstruo. No estaba poseído por ninguna sociopatía ni era en definitiva esencialmente distinto a cualquier otro burócrata imbuido de una fuerte carga ideológica. Eichmann no se sentía responsable de sus actos porque, como no se cansaba de repetir, era un simple funcionario cumpliendo órdenes. 

A pesar de la evidente diferencia entre un experimento de una hora y la realidad de la Alemania nazi, Milgram defiende en este libro que su experimento ayuda a explicar la conducta de Eichmann no como un hecho aislado, sino como un patrón de conducta común a la mayoría de seres humanos de todas las épocas. A lo largo de la historia, la inmensa mayoría de crímenes se han cometido en nombre de la obediencia y no en nombre de la rebelión. Es decir, el hombre daña y mata mucho más y mejor cuando le dicen que lo haga que por instinto homicida. Y esto es así porque la obediencia anula la inhibición natural que todos tenemos ante la posibilidad de hacer daño a los demás. 

Curiosamente, explica Milgram, no se trata de que la obediencia a la autoridad anule en nosotros la conciencia moral, sino que la desplaza, desvinculándola de nuestra relación con la víctima. Ya no nos sentimos responsables del dolor que causamos, sino de cumplir bien con nuestro deber respecto de la autoridad. Ese es el foco de nuestra moral ahora, cumplir con las expectativas que la autoridad tiene de nosotros, ser dignos del pacto que hemos establecido con ella y no defraudarla. 

Stanley Milgram


La mayoría pensamos que seríamos incapaces de hacer daño a otra persona sólo porque nos lo dijera una autoridad. Sólo un sádico, alguien que estuviera mal de la cabeza, podría aceptar una orden así sin rebelarse, ¿verdad? Pero la realidad es que todos somos extremadamente propensos a la conformidad y a la obediencia del grupo, y Milgram explica de maravilla los mecanismos cotidianos que nos atan la voluntad y desvían nuestra conciencia moral. 

Y es que desobedecer es muy duro. La desobediencia nos enfrenta a la posibilidad de quedarnos aislados de los demás, de que la mayoría social nos repudie. Nos transmite la sensación de estar traicionando un pacto implícito con los demás, el miedo de vernos expuestos como diferentes, disruptivos, problemáticos, egoístas. En un mundo en el que obedecer es la norma, desobedecer nos aliena. Y, sin embargo, como demuestra Milgram, no hacerlo nunca acaba deshumanizándonos. 







lunes, 4 de octubre de 2021

LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

"A nadie he conocido que en talento y luces naturales pudiera comparársele. [...] Si se me obligara a decir por qué yo quería a La Boétie, reconozco que no podría contestar más que respondiendo: porque era él, porque era yo. [...] Si comparo todo el resto de mi vida con los cuatro años que me fue dado disfrutar de la dulce compañía y del trato de este personaje, el otro tiempo de mi existencia no es más que humo, no es más que noche pesada y tenebrosa". 

Esto dejó escrito Michel de Montaigne de Étienne de La Boétie, con quien estableció una de las relaciones de amistad más intensas y célebres de la historia de la literatura. La Boétie murió en 1563 con apenas 33 años, en una época de expansión de los ideales renacentistas, pero también de fanatismo religioso, del auge del poder autoritario de las monarquías y de continuas guerras de religión. En ese contexto, escribió una reflexión sencilla y agudísima sobre una de las cuestiones filosóficas más universales que llevan conformando las sociedades humanas desde que se tiene constancia: la servidumbre voluntaria. ¿Cómo puede ser que no sólo obedezcamos a cualquier autoridad, sino que además lo hagamos "encantados y fascinados" y ataquemos sin piedad y condenemos al ostracismo a aquellos que ponen en duda la pertinencia de hacerlo? 

Uno solamente puede mandar sobre muchos si esos muchos lo aceptan. No hay forma de someter la voluntad de un grupo numeroso de personas sin su colaboración expresa, sin su obediencia voluntaria. Es aterrador pensar en el poder que han tenido a lo largo de la historia ciertos líderes para someter la voluntad de millones de personas. Pero más aterrador aún es analizar hasta qué punto ese poder ha dependido siempre de la complicidad de esos millones para servirlo de manera voluntaria, para preferir la obediencia antes que su libertad individual. 

La servidumbre voluntaria no solamente se da en grupos numerosos. No solamente es una cuestión filosófica y política. También es una cuestión psicológica. No sólo servimos voluntariamente con nuestro voto al político que nos roba, también servimos con nuestra fidelidad (o nuestro silencio) a la pareja que nos maltrata o al jefe que nos explota. Y lo hacemos, entre otras muchas razones, por miedo. Miedo a quedarnos solos. A no saber quiénes somos sin esa persona que decide por nosotros y nos manda. Miedo a enfrentarnos a nosotros mismos. Miedo a la libertad de no depender de nadie y tener que asumir la responsabilidad de nuestras propias acciones. 

Étienne de la Boétie ya lo dijo hace casi quinientos años de una forma tan sencilla que casi avergüenza: la libertad es una aspiración natural de cualquier animal y ser humano y nadie puede someter la libertad de otro, por muy buenas intenciones que tenga, sin causarle daño. Si miráramos un poquito lo que sucede en nuestras casas, en nuestros trabajos y en nuestras sociedades teniendo en cuenta la reflexión de La Boétie, si analizáramos hasta qué punto nos sometemos todos a distintas servidumbres voluntarias, quizá podríamos empezar a cambiar muchas de las cosas que nos atan al sufrimiento. 




jueves, 30 de septiembre de 2021

EL OSO, EL PIANO, EL PERRO Y EL VIOLÍN

Un perro enamorado de un violín. Un oso pianista increíblemente famoso. Un viejo músico que ha perdido su sueño. Y una gira mundial para unirlos a los tres en la distancia, a través de la música, de la amistad y de un sueño hecho realidad. 

En este luminoso álbum ilustrado, David Litchfield recupera los personajes de El oso y el piano para llevarlos hacia nuevos caminos gracias a la magia de la música. Con una ilustración llena de luz y de imaginación, esta historia pone a prueba la amistad entre dos seres entrañables, unidos por un viejo violín y por la fuerza de la música para llenar la vida de energía y para unir a las personas cuando más lo necesitan. 

"Y es que la buena amistad, como la buena música, dura para siempre". 




lunes, 27 de septiembre de 2021

EL FOTÓGRAFO

El físico imponente de este libro ocupa una parte importante de nuestra sección "Afganistán en los libros", que montamos a raíz de la vuelta de los talibanes hace menos de dos meses. Todo eran buenas críticas, y el libro no dejaba de guiñarme el ojo cada vez que me acercaba a engrosar la sección con nuevos libros, así que sencillamente no podía no leerlo. Un cómic sobre una misión humanitaria. El periplo de un fotógrafo francés por el país en guerra en los ochenta. Una mezcla de viñeta y fotografía para retratar un país hospitalario y hostil. Todo me llamaba para irme de viaje. Y qué alegría haberme dejado llevar. 

Estamos en 1986 y el joven fotógrafo francés Didier Lefèvre se marcha a Afganistán en plena guerra contra los soviéticos para incrustarse en una misión de Médicos Sin Fronteras y hacer un reportaje de su viaje. El viaje es principalmente a pie y consiste en atravesar clandestinamente la frontera desde Pakistán cruzando varios puertos de alta montaña a más de cinco mil metros. A la dureza de la marcha se une la belleza sobrecogedora de la naturaleza, la hospitalidad a corazón abierto de los afganos, la angustia de las intervenciones en hospitales improvisados y la fraternidad que se establece entre un grupito de personas dispuestas a cualquier cosa por aliviar en la medida de sus posibilidades el sufrimiento de la gente. 

El cómic, dibujado por Emmanuel Guibert, intercala muchas de las fotografías que el propio Lefèvre tomó en los meses que duró su periplo, en un contraste que al principio desorienta, pero que al poco se vuelve natural y uno se pregunta cómo es que no hay muchos más cómics híbridos como este. Por momentos me ha recordado a las historias de Guy Delisle, por la misión de MSF y por la mirada inocente y desconcertada a una sociedad tan ajena a nuestras costumbres occidentales. Pero, en realidad, creo que no he leído nunca nada igual. Tan sencillo, tan directo y con un ritmo y un estilo tan especiales. No se parece a nada que haya visto pero fluye con la naturalidad de lo de siempre. 

A menudo, cruzando un puerto nevado a cinco mil metros en mitad de la noche para evitar los bombardeos rusos, o secuestrado por un policía afgano extorsionador, el fotógrafo se pregunta qué hace allí. Qué hace allí pudiendo estar tranquilamente en su casa de París o recogiendo flores con su abuela en el jardín. La respuesta, aunque a veces tarda en llegar, siempre es la misma. Está allí para hacer fotos. Para dejar testimonio. Una huella de un momento, de unas personas, de una humanidad a prueba de guerras. Para que no se olvide, quizá. Y, quizá también, para que sirva de advertencia.  




jueves, 23 de septiembre de 2021

MÁS ALLÁ DE MI REINO

Tras el primer mes en la universidad, cuando por primera vez había estado lejos de casa más de una semana seguida, su madre le dice te quiero al terminar una llamada de teléfono. Te quiero, con la voz vacilante que pone al hablar en inglés. Y ella se echa a reír. Si le hubiera dicho que había decidido convertirse en actriz de Hollywood no le habría parecido más absurdo. Su madre, africana, ganesa, cuidadora por horas de personas mayores. Su madre, dura, áspera, feroz, en cuya boca las palabras de amor se vuelven flores inverosímiles. 

Más allá de mi reino, la nueva novela de la autora de la maravillosa Volver a casa, cuenta la historia de Gifty, una chica de origen ganés en Estados Unidos; de su voluntad de estudiar neurociencia y dedicarle todo su esfuerzo al mundo académico para tratar de centrar su terrible vida familiar; de su relación con una madre depresiva, un hermano muerto y un padre ausente. Trata sobre jóvenes que se adaptan a sociedades en las que sus padres siempre se sentirán fuera de lugar y que mirarán con una mezcla de recelo, inquietud y tristeza. Qué harán en esos lugares con mis hijos. Cómo podré seguir protegiéndolos si he dejado de entender lo que hacen, lo que buscan o lo que aspiran.  

Me ha encantado la sensibilidad con que describe la relación entre Gifty y su madre. Ese amor trufado de incomprensión. Tras la abnegación y el sacrificio de su madre para sacar a su hija adelante, cuando esta llega a la universidad y estudia lo que quiere, su madre la mira sin saber qué decir. Se encoge de hombros, con algo que parece indiferencia pero que está más cerca de la tristeza. Tristeza por no poder entender nada del mundo de su hija, un mundo al que ella la ha aupado pero al que nunca podrá acercarse, y cuya lógica y dinámicas y expectativas le resultan totalmente ajenas. 

Gifty estudia los trastornos mentales relacionados con la búsqueda de recompensa, ya sea por una búsqueda excesiva (drogadicción) o insuficiente (depresión). Hace experimentos con ratones, analizando las respuestas neuronales a los estímulos, con el objetivo de descubrir cómo desactivar las adicciones o contrarrestar las depresiones incidiendo directamente en el cerebro. Y con su familia siempre en mente. ¿Qué habría pasado si hubiera podido ayudar a su hermano a dejar su adicción? ¿Qué podría hacer para conseguir que su madre se levantara de la cama y volviera a ser ella? 

Relaciones familiares, enfermedad mental, religión y racismo son algunos de los temas de esta novela que he disfrutado muchísimo y me ha hecho escribir y pensar sobre lo que nos hace humanos. Siempre buscaremos ampliar el límite de lo posible, la adrenalina del riesgo, aun a costa de nuestra salud e integridad. Siempre buscaremos el amor de nuestra familia, aun a costa de vivir en una pelea constante. Siempre aspiraremos a algo más, a una trascendencia que nos lleve más allá de este reino animal en el que nos movemos y que nos ata a nuestra fragilidad. 




lunes, 20 de septiembre de 2021

LA VUELTA AL MUNDO DE UNAS ZAPATILLAS DE DEPORTE (firma invitada)

Siguiendo la premisa y la forma de su libro anterior, La vuelta al mundo de un forro polar rojo, Wolfgang Korn ha escrito una crónica ficticia sobre unas misteriosas zapatillas de deporte encontradas en el recorrido del maratón de la ciudad del narrador.

Esta crónica ensayística con tintes narrativos está pensada fundamentalmente para jóvenes (yo diría que a partir de trece o catorce años) de mentes inquietas que no se conformen con la realidad tal y como es y que crean en un mundo mucho mejor. El libro presenta un tono a veces utópico, como el que impregna este párrafo:

«Y esto es solo el principio. Se trata de crear un mundo más justo, y para ello no bastan limosnas, ni el aislamiento, ni las exigencias utópicas de fronteras abiertas. Nuestra única oportunidad es crear un mundo más justo en el que no haya motivos para tener que huir de la propia tierra».

A través del viaje por China y Etiopía que hace Werner, reportero del periódico alemán Mittagskurier, el lector se va adentrando en realidades tan diversas como el origen de las maratones o las zapatillas de deporte, las condiciones laborales en su fabricación en China, la apropiación de grandes terrenos paradisíacos en Etiopía por parte de las grandes multinacionales de agricultura, la explotación laboral en Camboya, Myanmar y en África, la situación de muchos atletas kenianos y etíopes de élite o el funcionamiento de la redacción de un periódico.

Un libro para mentes inquietas que se cuestionan si el mundo tal y como lo conocemos no se merece un cambio que mejore las vidas de sus habitantes y sus espacios. Una crónica a modo de diario que se convierte casi en una trepidante historia de misterio para averiguar el origen incierto de ese par de zapatillas manchadas con sangre y con restos de arena del desierto.




lunes, 13 de septiembre de 2021

LA VIDA SECRETA DE ÚRSULA BAS

La excitación de que alguien esté pendiente de ti a todas horas. Que te escriba y te llame y te diga cosas bonitas. Te quiere, te espera, te imagina, no deja de decírtelo. Y tú te alimentas de sus palabras. Las devoras. Un chute diario directo al ego. La vida anodina que llevabas hasta ahora abre las alas y echa a volar. Desenfrenada, furiosa. Echa a volar y el vértigo te sobrecoge y te hace reír. Te transforma. Tu vida acelera y se escapa y te dejas llevar. Te abandonas. Ciegamente. Como una polilla atraída fatalmente por la luz. 

Esta es la historia de una obsesión. La de un hombre por una escritora de éxito. Y la de esta escritora por la posibilidad de llenar el vacío de su vida con la loca adrenalina que siente al saberse el centro de atención de un desconocido. Una obsesión en la que toda intención tiene una motivación oculta, y que lleva a los personajes a explorar los límites de lo que son capaces de hacer por amor, por ceguera y por venganza. 

Después de leer Belleza roja me quedé con ganas de más. Fue una de las mejores novelas policiacas que leí en el verano de 2019 y ahora he tenido la oportunidad de saciar mi curiosidad por saber qué les habría ocurrido a los protagonistas después de un final que me dejó en vilo. La vida secreta de Úrsula Bas es una carrera hacia al abismo. Trata sobre la facilidad con la que nos arrojamos a los brazos de quien nos halaga. Bien escrita, bien armada y con un ritmo ágil que te invita a leer y leer en una espiral parecida a la obsesión que siente Úrsula por su admirador secreto. Ella no puede apartar su mente de ese móvil que está a punto de vibrar con un nuevo mensaje. Y nosotros no podemos cerrar el libro sin avanzar otro capítulo más, otro capítulo más, hasta descubrir quién se esconde tras esa admiración obsesiva. 

Y ahora, a esperar una nueva historia de Abad y Barroso. Porque esto no puede acabarse aquí. Querida Arantza Portabales, queremos más. 



lunes, 6 de septiembre de 2021

EL ABSTEMIO

Desde que leí No digas nada, de Patrick Radden Keefe, un librazo de no ficción sobre el IRA en Belfast desde los años sesenta hasta hoy, me han entrado una ganas enormes de seguir descubriendo la historia de Irlanda y su conflicto con Inglaterra. De hecho, en el archivo de libros por leer que tengo en el móvil me he abierto una lista especial para Irlanda de la que, como siempre pasa con los mejores deseos, ya han brotado muchos más títulos de los que creo que voy a poder leer. Una de las primeras novelas que incluí, un poco a ciegas, fue El abstemio, de Ian McGuire. Y digo a ciegas porque me dejé llevar por la cita de la faja, "dos hombres enfrentados por la independencia de Irlanda", sin saber mucho más. Afortunadamente, a veces el azar obra maravillas. Y esta ha sido una de ellas. 

En 1867, en los barrios irlandeses de Manchester había un clima de tensión no demasiado diferente del que podía palparse en Dublín en 1918 en vísperas de la guerra de independencia, o en Belfast en 1969, justo antes de los grandes disturbios. Una burbuja de violencia a punto de explotar. Los fenianos clamaban venganza contra esas fuerzas de ocupación británicas que, a base de arrogancia y menosprecio, llevaban toda la vida desangrando su país. Y más ahora, cuando acababan de colgar a tres irlandeses por haber matado accidentalmente a un policía y parecía que toda la rabia acumulada estaba lista para ponerlo todo patas arriba. 

Los fenianos eran los nacionalistas irlandeses que querían expulsar a los británicos para conseguir su independencia. Eran miembros de la Hermandad Republicana Irlandesa, una organización secreta creada en 1858 con el objetivo de desestabilizar el gobierno británico y forzarle a retirarse de Irlanda. En 1867 iniciaron una oleada de atentados en varias ciudades británicas para denunciar la represión británica en Irlanda. Y en ese contexto aparecen los dos protagonistas de esta novela, un policía y un feniano que no dejan de perseguirse por las calles llenas de niebla y de agitación política de Manchester y que me han dejado en vilo y con ganas de más. De más novelas de Ian McGuire y de más niebla dickensiana y de más Irlanda.   

Muchas décadas antes de que llegara la independencia de Irlanda, generaciones enteras de irlandeses ya habían aprendido a hacer frente a la arrogancia británica y a las hambrunas a base de ira, y habían enseñado a sus hijos a atesorar los recuerdos más funestos, y a alimentar la rabia mientras llegaba el momento de poder usarla. El problema de Irlanda ya era "un problema que carecía de solución. Siempre quedaba alguna afrenta que reparar, algún escarmiento que dar o recibir". Y aún lo sigue siendo, en una parte del norte del país. Y en todas aquellas partes del mundo donde las identidades heridas se alimentan de un pasado traumático que vengar. 





jueves, 2 de septiembre de 2021

AMAR Y SER SABIO (firma invitada)

Nos vamos a dejar arrastrar por esa corriente que nos hace pensar que con el fin de agosto se termina el verano. Pues sí, es así. En nuestra librería hay un antes y un después del verano. El después llega con los encargos y recogida de libros de texto y con el comienzo de las conversaciones sobre colegios e institutos tras el mostrador. 

Por eso, aunque el verano termine oficialmente en septiembre, en la librería se acaba antes. Y el fin del verano siempre es la excusa perfecta para hablar de las vacaciones y de nuestras lecturas vacacionales. Amar y ser sabio, de Josephine Tey, es una de esas lecturas veraniegas que nos han encantado y que seguiremos recomendando el resto de estaciones.

Reconocemos que este verano nos ha dado por el noir y la trama detectivesca. En este caso, hemos acompañado al inspector Alan Grant a un pueblito de la campiña inglesa lleno de grandes figuras de la cultura británica, incluida su amiga Marta Hallard, quien le ayudará a solucionar el misterio de la desaparición de Leslie Searle.

Como ocurre en la mayoría de novelas de misterio, nada parece ser lo que en realidad es y casi todos los personajes tienen motivos para haber hecho desaparecer al joven y hermoso Searle. 

Ya son varias las clientas que nos piden novelas de misterio sin muertos y esta es un ejemplo magistral en la que muere un personaje, pero no una persona. Y hasta ahí podemos leer. Para saber más, una rápida visita a la librería y os ponemos en contacto directo con el inspector Grant y sus estrafalarios testigos de la desaparición de Searle.

No podemos desvelar más de la trama, porque esta novela perdería el encanto, pero nos ha gustado especialmente por tratar el tema de la identidad de una forma tan natural y moderna.