jueves, 25 de septiembre de 2025

BOSQUES NEGROS, CIELO AZUL

Este verano mis vacaciones me han llevado a Alaska. También a la luna y a los Pirineos franceses, pero este viaje a la Alaska de Eowyn Ivey creo que ha sido el más mágico. Ya me pasó con su anterior novela, La niña de nieve: esta autora tiene la capacidad de ver con ojos inocentes cosas que la mayoría no vemos, o que quizá supimos ver en algún tiempo remoto pero que la vida adulta nos ha hecho olvidar. Cosas que están ahí, casi al alcance de la mano, tan cotidianas como el canto de un petirrojo o el rumor de las hojas de los árboles a medianoche, pero que a menudo pasamos por alto. 

Mientras que la historia de La niña de nieve nos transportaba a un invierno de 1920, con Bosques negros, cielo azul saltamos a un verano del siglo XXI en la misma Alaska mágica que es el hogar de la autora. Y se nota el cariño y las raíces profundas por su tierra en las bellísimas descripciones de los paisajes y la gente, de la dureza del clima y de la conexión profunda que sus personajes establecen con esa naturaleza salvaje que no se deja domesticar. Hay siempre en sus historias un anhelo de libertad, de volar libre de las ataduras de la sociedad y las apariencias, quizá por eso la parte de fábula que tienen sus novelas apela a esa mirada soñadora e imaginativa de los niños que no saben de convenciones sociales. 

Siento una especial fascinación por la Alaska salvaje de las novelas de Eowyn Ivey. Me dan paz y me invitan a mirar de otra manera. A recuperar esa forma que tienen los niños de pasar largos ratos en compañía de animales con la misma soltura y complicidad con la que pasan tiempo con sus amigos humanos. En Bosques negros, cielo azul hay un oso que no siempre parece un oso. Estar en su compañía produce una emoción especial, «como tocar algo oscuro y salvaje y después verlo desaparecer al instante». Es un oso que se parece a nosotros, pero que busca soledad. La soledad llena de vida, negra y azul, que cualquiera puede encontrar en los bosques salvajes de Alaska. 



lunes, 22 de septiembre de 2025

HISTORIAS DE GAZA

«En esta parte del mundo nadie ataca, todos se defienden», cuenta Mikel Ayestaran. Los israelíes creen que a cada momento su mera existencia está amenazada y atacan como quienes solo saben vivir a la defensiva. Los palestinos saben que a cada momento su mera existencia está amenazada, pero están convencidos de su capacidad de supervivencia y nunca dejarán de reivindicar sus derechos. Los agravios son tan enormes y están tan profundamente arraigados en la identidad de cada pueblo que resulta tremendamente difícil dejarlos a un lado y enfrentar la realidad sin su peso y su filtro. Y, sin embargo, ¿qué solución puede haber que no pase por dejar de lado el infinito peso del pasado?

El futuro en Gaza no existe. No ha existido nunca en los últimos veinte años. Y, sin embargo, parece que futuro es lo único que les queda a los gazatíes. Llevan tantas décadas cayendo y volviéndose a levantar, reconstruyendo sus casas con los cascotes de las anteriores, que han aprendido que esa es su vida y solo les queda la opción de seguir adelante. Cueste lo que cueste. Viven esperando un alto el fuego, una tregua. Desconfían de la paz porque es una palabra que encierra una mentira. No ha habido paz en Gaza en demasiados años ya. Nadie la recuerda. 

A pesar de que Israel ha invertido muchísimo dinero en campañas de propaganda para intentar controlar el relato y no perder su condición de víctimas, a pesar de que trató de cerrar Gaza a la prensa internacional y no ha dejado de asesinar a periodistas gazatíes desde el 7 de octubre de 2023, el mundo entero ha podido asistir a un genocidio en directo durante ya casi dos años. Y el relato sionista empieza ya a desmoronarse. Este libro cuenta historias de Gaza. Del pasado y del presente. De personajes históricos y de personas humildes que han habitado la franja de muchas maneras. Mikel Ayestaran ha visitado Gaza en decenas de ocasiones, ha cubierto todas las grandes ofensivas de Israel desde 2008 y ha seguido de cerca todo lo que ha ocurrido allí desde el 7 de octubre de 2023. Gaza es una de las zonas más violentas del mundo. Este libro cuenta la vida que se abre paso en la violencia. 





jueves, 18 de septiembre de 2025

DIGNOS DE SER HUMANOS

Este ensayo parte de una idea radical. Una idea que ha sido rechazada por ideologías y religiones. Que han negado gobernantes y medios de comunicación en todo el mundo durante siglos. Y que, sin embargo, ha sido demostrada empíricamente una y otra vez y que, si tuviéramos la capacidad y la valentía de tomárnosla en serio, podría desencadenar una revolución y cambiar la forma en la que miramos y organizamos la sociedad. Como todas las ideas revolucionarias, no puede ser más sencilla. Pero pone en entredicho nuestra forma cotidiana de ver a los demás. Ojalá todos nos convenciéramos de su verdad, de su verdad profunda. Y aprendiéramos desde la infancia a actuar en consecuencia. La idea es sencilla y casi da apuro enunciarla, pero allá vamos: las personas son esencialmente buenas. 

Cuando empecé a trabajar en la librería, teníamos ciertas normas para prevenir posibles conductas indeseadas de los clientes. Por ejemplo, pedíamos una señal para reservar libros de texto o dábamos un plazo de dos semanas para recoger los encargos normales. Nos daba la sensación de que mucha gente nos dejaba con los libros sin recoger. Un año quise contrastar con cifras esta sensación, que de tan generalizada se había vuelto una certeza, y me llevé una buena sorpresa: solamente el 1% de los clientes no recogían sus encargos. Desde entonces prescindí de la señal y del plazo. Y año tras año se ha mantenido esa cifra. A veces no llega ni al 1%. Algunas personas se sorprenden. Incluso me dicen que soy demasiado confiado. Yo pienso que simplemente me atengo a las cifras. Poner una norma restrictiva para el 100% de la gente cuando el 99% de la gente la cumple de manera natural me parece innecesario. Sería como poner un cartel de prohibido fumar. ¿Quién fuma ya en entornos cerrados en España? ¿Quién encendería un cigarrillo en una librería? Ese cartel no solo sería innecesario, la idea de que aún necesitáramos ese recordatorio creo que proyectaría una imagen muy negativa de nuestra sociedad. Pero no solo lo hago por las cifras. Creo firmemente que confiar en el buen hacer de la gente fomenta activamente el buen hacer de la gente. Y mejora enormemente el ánimo, el humor y la calidad de vida en general de la persona que confía. Este tema salió hace unos años en una reseña sobre El pensamiento conspiranoico, de Noel Ceballos, y escribí que el refrán «piensa mal y acertarás» es, como tantos refranes, una violenta estupidez. «Piensa bien y acertarás» refleja mucho mejor la realidad del ser humano. 

De esto trata este inspirador ensayo del historiador holandés Rutger Bregman: el ser humano tiende hacia la bondad y la generosidad y es responsabilidad nuestra verlo así y fomentarlo. Pero no se trata de creer en ello como un acto de fe, lo demuestran infinidad de estudios. Es el altruismo, y no la competitividad, el motor evolutivo de la humanidad. Sin embargo, cuánto nos cuesta defender estos datos. Casi todos nos hemos educado en la filosofía de la desconfianza y el recelo. 

«Lo malo es excepcional y llamativo, mientras que lo bueno es cotidiano, corriente y aburrido». Así lo percibimos. Y así lo compartimos. Para mucha gente, lo único que merece la pena ser contado es aquello que nos indigna o nos hiere. Contar aquello que nos gusta o nos entusiasma se vuelve intrascendente y cae en saco roto. Basta con echar un vistazo a las noticias o a las redes sociales. Es un chute diario de desgracias e indignidades. Como si la vida fuera así. Pero no lo es. La vida, la de prácticamente cualquiera, es mucho más tranquila y bondadosa. Y más aburrida. Y esos estímulos negativos, que no representan la naturaleza humana sino sus excepciones más grotescas, es el alimento con el que nos intoxicamos diariamente y que nos hace creer que todo es así, que todos somos así. 

Bregman cuestiona una corriente filosófica predominante en la cultura occidental desde Tucídides y San Agustín, pasando por Maquiavelo, Hobbes, Lutero, Calvino, Nietzsche, Freud y los «padres fundadores» de los Estados Unidos, hasta llegar a William Golding, Richard Dawkins, Jared Diamond o Stanley Milgram. Una corriente filosófica que sostiene que el ser humano está recubierto por un mero barniz de civilización, y que en cualquier momento puede mostrar toda la violencia de su verdadera naturaleza. «Las ideas nunca son simples ideas. Lo que creemos que somos es lo que acabamos siendo». «Si estamos convencidos de que la mayoría de las personas no son de fiar, así es como trataremos a los demás. Y, con ello, haremos que aflore a la superficie lo peor de cada uno de nosotros». 

Gracias a mi madre por leerlo la primera y recomendarme este libro con tantas ganas. Y a O. por venir a la librería y comprarlo para regalar tantas veces: el entusiasmo llama al entusiasmo. Y a P., por escucharlo en audiolibro en sus continuos viajes en coche y contármelo después con el brillo en los ojos que reserva para las historias más inspiradoras. Este libro habla de la necesidad de corregir una perspectiva histórica que no solo es falsa sino que nos envenena cada día. Si nos dejan, las personas tendemos más a compartir que a acumular, a cooperar que a competir, a confiar que a desconfiar. Esto se ha demostrado una y otra vez. Hay pocos hallazgos de la sociología tan bien documentados y tan olímpicamente ignorados. Dejemos de ignorarlo. 




lunes, 15 de septiembre de 2025

LA SOMBRA DEL CARDO

Creo que no siempre lo valoro lo suficiente y me parece una de las claves fundamentales para disfrutar de verdad un libro: que me dé espacio para imaginarme la historia a mi gusto. Que sugiera más y explique menos. Que sus palabras esbocen el contorno de las cosas para que mi imaginación tenga la libertad de colorearlas a su antojo. Esta magnífica novela de Aki Shimazaki lo consigue maravillosamente bien: con una mezcla perfecta de delicadeza, sencillez y enigma, da mucho espacio al lector para que ponga de su parte y haga suya la historia. 

Pensé algo parecido con otra novela suya que leí hace años por recomendación de P.: El corazón de Yamato. Ambas novelas (como todo lo que escribe esta autora, creo) están divididas en cinco partes entrelazadas, cada una protagonizada por un personaje distinto, que cuentan cinco caras de una misma historia. Como si fueran cinco paneles decorados de un biombo japonés que se pliegan y despliegan y, aunque se pueden disfrutar enormemente por separado, solo cuando se ven todos juntos puedes entender plenamente su significado. 

Shimazaki escribe sobre la cantidad de vida que se esconde en los márgenes de lo establecido. Los personajes insisten en ampliar esos márgenes, en profundizar en esa zona de secreto donde pueden vivir más libremente, elegir nuevos mimbres con los que trenzar sus emociones. Cada uno de ellos está relacionado con una flor y su significado en la cultura japonesa, y también con una canción que la menciona. La naturaleza, la música y la memoria son tres de los hilos con los que la autora va ligando el devenir de cada personaje. 

Esta novela está llena de simbolismo. Del lenguaje oculto de las flores. De significados que permanecen en la sombra, esperando que una persona sensible sepa descifrarlos y hacerlos suyos. A mí me ha transmitido una sensación de serenidad, como una superficie de agua lisa en la que caen, de vez en cuando, pétalos de flor de cerezo que despiertan emociones antiguas y olvidadas y dejan ondas leves e imperceptibles, recordatorios de la belleza efímera de la vida y de la naturaleza. 





jueves, 11 de septiembre de 2025

UNA SEMILLITA

Este es uno de los libros infantiles más bonitos que ha caído en mis manos este año. Cuenta la historia de una semillita que vive esperando el momento, quizás una ráfaga caprichosa de viento, o el pico curioso de un pájaro, que la lleve a una tierra donde pueda germinar. Con páginas desplegables hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo, llenas de ratoncitos en sus madrigueras, hojas, setas, pájaros y flores en el aire, el libro acompaña a la semillita desde un campo cubierto del frío del invierno y vigilado por los ojos redondos de un búho, hasta las profundidades de la tierra, donde echa raíces y espera. 

Su nariz son dos hojitas creciendo en el exterior. Qué bien huele el sol y la brisa templada que sabe a humedad y a vida. Y esas dos hojitas van creciendo y recibe las visitas de muchas amigas que aparecen con el calor. «Abejas y mariposas, pajaritos de colores, y el campo lleno de flores. La luna pinta las flores cuando de noche descansan, y al tiempo que se relajan, las perfume con olores». 

Y la semillita crece y se transforma y de pronto se encuentra ella misma dando semillas que otro viento caprichoso u otro pájaro curioso llevará lejos de ella en un ciclo que se repite y repite año tras año y que nos da la vida que vemos y que somos. 

lunes, 8 de septiembre de 2025

EL DERECHO A LAS COSAS BELLAS

Nada es eterno ni inmutable. Todo lo que hemos construido socialmente se mantiene en una serie de convenciones y rituales a los que nos sometemos sin pensar. Pero todo se puede cambiar. De hecho, todo está en perpetuo cambio. Nuestra relación con el dinero, con el trabajo, con la familia. Lo que hoy parece ley mañana puede resultar grotesco e impensable. De hecho, lo que ayer parecía ley hoy ya nos empieza a resultar efectivamente grotesco e inimaginable. Pienso en las dinámicas de pareja de nuestros abuelos o padres. Aquel «mi marido me pega lo normal» de los años ochenta, o la esclavitud de tantas mujeres mayores que hoy siguen atadas a las necesidades infantiles de sus maridos. Pienso en la distancia sideral que nos separa a dos generaciones consecutivas gracias a las conquistas del feminismo. Este cambio tan radical que se ha producido en apenas dos generaciones es solo un ejemplo de nuestra capacidad para subvertir «lo de siempre» en otra forma de pensar y de relacionarnos radicalmente distinta. Lo que hoy parece impensable para una mayoría, será sencillo y evidente para la siguiente generación. Este ensayo invita a mirar a ese futuro más sabio, más libre, más bello, y sobre todo, menos esclavo para imaginarlo en nuestro presente, y así, hacerlo realidad.  

Quítale a alguien aquello que no es necesario ni útil y se volverá loco. Lo vimos durante el confinamiento. Las series, los libros, la música, la jardinería, la repostería o las manualidades fueron la tabla de salvación para la salud mental de millones de personas en todo el mundo. Sin arte, sin belleza y sin placer no podríamos vivir. Al menos no como la inmensa mayoría de seres humanos queremos vivir. Mucha gente considera que el arte y el placer son adornos. Complementos para la vida de verdad. Elementos tan periféricos que lo correcto es incluso intentar conseguirlos sin pagar por ellos. Los libros, las plataformas de cine, los museos. Hay pocas cosas que yo pague tan a gusto como aquellas perfectamente inútiles y productivamente innecesarias. Pocas cosas las siento tan centrales en mi vida. De esto va este ensayo lírico y filosófico. De ubicar lo necesario correctamente para exigirlo cada día, pero no para un disfrute personal y exclusivo: exigirlo para todos. 

«Preservar un espacio para nosotros que no esté contaminado por las lógicas capitalistas del rendimiento, donde no se nos mida por méritos ni productividad, sino que podamos abrazarnos más allá de la competición, como ilustres incompetentes. ¿No es esa la única forma de querernos de verdad?». Todo en nuestra sociedad parece atravesado por la competencia, por las deudas y los deberes. También el apego y sus afectos. Pero ¿qué tipo de amor entre iguales es el que se expresa a través de una jerarquía? El autor de este ensayo defiende la necesidad de relacionarnos desde la horizontalidad. A través de la conversación. Del arte, raro arte, de hablar con los demás y no a los demás, como defiende Kathryn Mannix en su maravilloso Las palabras que importan. En la afirmación del deseo de vivir sin sometimientos, que comparte su necesidad a través de las diferencias, resuenan citas de Hannah Arendt, Sylvia Plath, Paul Lafargue y Emma Goldman.  

Vivimos secuestrados por la finalidad de nuestras acciones. Todo lo que hacemos está orientado a un fin. Y resulta especialmente llamativo que hasta lo que nos da placer lo consideramos un medio. Por ejemplo, las vacaciones. Importa más haber visto todo lo programado y no haberse perdido nada que haber disfrutado realmente de todo con el tiempo que cada cosa requería. Importa más haber leído, haber viajado, haber acumulado las experiencias que uno se haya propuesto, que haber disfrutado realmente de lo vivido. Que nos importe más la meta que el camino es uno de los dramas de nuestras vidas intoxicadas por la productividad a ultranza. 

Todos tenemos derecho a las cosas bellas. Al descanso. A parar de producir. La belleza, el placer y la igualdad son elementos esenciales de la existencia humana, pero nos los arrebata constantemente el culto a la productividad, a la jerarquía y a los deberes. Es vital cuidar de la vida improductiva, la vida perezosa no sometida al enriquecimiento ajeno. «La pereza ha sido durante demasiado tiempo el privilegio de unos pocos, ya es hora de que se convierta en un derecho para todos». 





jueves, 4 de septiembre de 2025

VUELTA AL PAÍS DE ELKANO

Quizá porque suelo leer sus libros en vacaciones, o porque me transmiten la libertad de los viajes, lo cierto es que a Ander Izagirre lo asocio siempre al verano. A una vida de ventanas abiertas y viento en la cara, a la alegría de coger carretera y dejarse llevar adonde haya siempre una aventura nueva. Lo descubrí en 2016 con un librito chiquitito titulado Cansasuelos. Seis días a pie por los Apeninos y desde entonces siempre me transmite el virus de la montaña, ese que te hace desear a toda costa desgastar suelas por senderos no asfaltados y respirar la naturaleza al ritmo silencioso de tus pasos. Es divertido, guasón, entretenidísimo, desprejuiciado. Ahora que no me escucha: Ander Izagirre es genial. 

En la línea de Pirenaica, el libro en el que contaba con maravilloso humor su loco periplo de una punta a otra de los Pirineos, Ander ha vuelto a subirse a la bici para esta Vuelta al país de Elkano, un viaje circular por el País Vasco, un homenaje a su historia y a los vascos que la pueblan. Toma como hilo conductor a uno de los vascos más audaces y famosos, Juan Sebastián Elkano, el navegante que reclama haber sido el primero en dar la vuelta al mundo, y nos cuenta su historia con una mirada siempre atenta a lo insólito oculto en lo cotidiano. A ese Mar Cantábrico por el que siempre han circulado con más o menos libertad mercancías, ideas, artistas y algunas cosas peores.  

Los vascos. ¿Pero quiénes son los vascos? O mejor, ¿qué es un vasco?

Cazadores de ballenas. Exploradores. Constructores de barcos. Guerreros fronterizos. Corsarios al servicio de la corona y del pillaje. Lejos de ser lo que la tradición nacionalista conservadora nos ha inculcado desde el siglo XIX (¿por qué todo lo malo siempre viene del siglo XIX?), los vascos fueron un pueblo colonizado y colonizador, siempre permeable a otras culturas y formas de vida a través de esa frontera abierta que es el mar. Marineros más que campesinos. La ballena los representa mejor que el caserío. Su herramienta predilecta fue más a menudo un barco que un arado. Y gracias a su habilidad marinera y a las redes comerciales que les proporcionaba fue como consiguieron sus fueros, su papel notable en la historia de España y su carácter independiente y excepcional. 

«Todo lo que es de aquí de toda la vida lo trajo alguna vez un forastero». 
«Todos los que son de aquí de toda la vida descienden de alguien que vino de otra parte». 
«Lo que hacemos aquí de toda la vida suele mejorar cuando lo mezclamos con lo que hacen otros allá». 
A Ander Izagirre le encanta desmontar tópicos y este libro da vueltas y revueltas a la idea de un país con las fronteras abiertas. Frente a la idea de pueblo recóndito, aislado por las montañas y por el carácter ancestralmente cerrado y belicoso de sus pobladores, cada historia de este libro abre una ventana a ese supuesto aislamiento y nos ofrece una perspectiva más amplia, veraz y saludable de un país cuya virtud siempre fue saber absorber y hacer suyas las influencias de otras tierras y gentes. 

En ese sentido me ha recordado a Una lección olvidada, de Guillermo Altares, porque vuelve una y otra vez a la idea de que los pueblos, todos los pueblos, son por naturaleza promiscuos, y cuanto más propensos a mezclarse con otros pueblos y a compartir y aprender de los demás, mejor les va. En este incierto siglo XXI en el que vuelven los pogromos, la pureza racial y la expulsión de lo distinto para intentar conservar alguna esencia ficticia, no viene mal recordar que cerrando fronteras y expulsando al diferente no solamente no lograremos conservar nada, sino que estaremos firmando nuestra propia condena a la extinción. 

En este libro aparecen decenas de vascos y vascas de todos los lugares y épocas con historias apasionantes. Pero si tuviera que escoger una historia, una sola entre todas, me quedaría con la que me ha hecho llorar. Es la de una mujer que trabaja en el mar de Groenlandia como geóloga marina. Cuando hace unos años llegó con su equipo a la altura de la isla Spitsbergen, en el archipiélago de las Svalbard, latitud 78, se emocionó mucho y les contó a sus compañeros científicos de todas las partes del mundo que por allí navegaban balleneros vascos hace más de cuatrocientos años en sus barcos de madera. Ellos la miraron extrañados y le preguntaron: ¿qué es un vasco? «Y esa mujer de veinticuatro años, piel oscura, pelo negro rizado, geóloga, paleoceanógrafa, navegante, llamada Naima el bani Altuna, les dijo: yo». 





lunes, 1 de septiembre de 2025

COMO UN PÁJARO EN UNA PECERA

Desde que nuestra amiga H. nos introdujo en el apasionante mundo de la neurodivergencia, P. y yo a menudo tratamos de ver y leer a la gente que nos rodea con otras miradas. Y con otro lenguaje. Por ejemplo, ver y leer a la gente son cosas distintas. A menudo, las palabras comunes las usamos con otros significados. Y cuando hablamos de ver o no ver a los demás, nos referimos a la capacidad de entender mejor o peor sus emociones, su necesidad de reconocimiento, y actuar en consecuencia. Hay muchos ejemplos de la vida cotidiana que ponemos en práctica. Al final, creo que se trata de ir poco a poco dejando de etiquetar con adjetivos las conductas de la gente para intentar explicarlas con rasgos neurológicos. No solo es más ecuánime y evita los prejuicios, creo que nos hace mucho bien. 

Este cómic de Lou Lubie (autora del fantástico Cara o cruz. Conviviendo con un trastorno mental, sobre las trampas de la ciclotimia) trata sobre una neurodivergencia en concreto que nos resulta muy familiar a todos, pero que lleva muchos prejuicios asociados: las altas capacidades. En la librería escucho a menudo a abuelas (y a veces a abuelos también, pero menos) elogiar sin freno a sus nietos con frases tipo «tiene seis años, pero como si tuviera diez, lo lee todo», «lee de corrido desde los tres años y ahora con siete me corrige a mí las faltas de ortografía», «no sabes cómo es, dame algo especialmente interesante porque los libros de los niños normales le aburren enseguida». Lo dicen con orgullo, con una satisfacción exuberante. Quizá no saben que las altas capacidades no te hacen superior a nadie, te hacen distinto a la mayoría, y te pueden hacer la vida fácil y condenadamente complicada a la vez. 

Las personas con altas capacidades se distinguen por tener una estructura cerebral diferente. Su cerebro es más rápido y está más conectado. Esto genera un pensamiento más ágil y más divergente que, en función de factores externos (cultura, educación, entorno) e internos (personalidad, emociones, intereses) puede dar lugar a rasgos característicos: facilidad para el aprendizaje, una gran curiosidad, un pensamiento que se dispersa, un razonamiento intuitivo difícil de demostrar, percepciones magnificadas, etc. Tener altas capacidades no es un problema en sí mismo. Lo que es un problema es pertenecer a un grupo que solo representa el 2,2% de la población. Y cuya diferencia no solo se suele notar en las relaciones sociales, sino que se señala y exhibe sin pudor en la infancia, por parte de la familia y también en la escuela, sentando las bases de una educación que a menudo proyecta inseguridades, miedo a fracasar, soledad y otros traumas complejos y duraderos. 

Con una historia bonita y emotiva, Lou Lubie nos cuenta de una manera divulgativa en qué consiste tener altas capacidades. Sus luces y sus sombras. La cantidad de presiones a las que se somete a los niñas y niñas para que hagan un uso determinado de sus diferencias sin pensar en el daño que esa atención puede ocasionarles. Y la necesidad de cultivar la generosidad necesaria para dejar de lado las etiquetas y aprender a ver y leer a la persona detrás de su excepcionalidad, para tratarla como es y no como pensamos que debe ser. 






jueves, 28 de agosto de 2025

¿Y LOS HOMBRES QUÉ?

Recuerdo que, mientras que las chicas adolescentes hablaban mucho de sus emociones, los chicos no solíamos hablar de las nuestras. Hablábamos tan poco que ni siquiera pensábamos que pudiéramos tenerlas. Las emociones eran parte del paisaje, estaban ahí como los árboles, ¿para qué narices querríamos hablar de los árboles? No recuerdo ni una sola conversación sobre emociones con un chico. Ni con un hombre adulto tampoco, por supuesto. La vida de las chicas era probablemente mucho más complicada. Pero al menos tenían palabras para definir esa complicación. Aunque fuera aproximadamente y con toda la torpeza del mundo. Crecer sin palabras para nombrar tus emociones puede parecer liberador: basta con prestar atención a todas esas otras cosas (cosas objetivas que no forman parte de ti) para las que sí tienes palabras. Pero a la larga es una trampa, y de las gordas. Una trampa que te impide hablar de lo que sientes, tener un vínculo con tus amigos por lo que sois y no solo por lo hacéis juntos. Y buena parte de la rabia y de la amargura en las que viven tantos hombres hoy en día, hombres enfadados con el feminismo y con su jefe y con sus supuestos amigos y con el veganismo y con el gobierno y con su madre, buena parte de esa lava en la que se cuecen a diario es el resultado de no saber poner nombre a las emociones que la alimentan. 

Este divertidísimo libro de Caitlin Moran habla de los hombres desde el feminismo, en un intento por comprender qué les pasa, por qué están tan enfadados con tantas cosas, por qué se identifican como víctimas si se supone que forman parte del colectivo más poderoso, por qué no saben hablar entre ellos de lo que sienten y por qué, si se sienten tan mal, no tienen un movimiento empoderador en el que refugiarse y que los hermane en una lucha colectiva, como sí tienen las mujeres desde hace más de un siglo. 

La construcción de la masculinidad suele ser un calvario. En cualquier escuela hay violencia constante, intimidaciones, competición, tribalismo y una ferocidad impresionante hacia quienes se atreven a salirse de la norma. Quien no exhiba cierto grado de agresividad o actitud desafiante es atacado de inmediato. La mansedumbre nunca queda impune. Ni siquiera la de los adultos. Recuerdo un profesor, afable y dulce, huyendo repetidamente de clase a lágrima viva porque sencillamente no nos transmitía el miedo a la autoridad que nosotros creíamos necesitar para obedecerle. 

No recuerdo la cantidad de peleas físicas y verbales en las que me vi envuelto de niño y adolescente. Volver a casa con moratones en las piernas y en los brazos era normal. Y todo eso en algún momento acaba, y de alguna extraña manera dejamos de pelearnos y la violencia se vuelve un recuerdo, un juego de niños. Que de juego no tenía nada. Y se queda en nosotros, como una cicatriz que palpita. Un canal de desahogo que la adultez ha taponado y cuya energía tiene que expresarse a través de otros canales. También, de ahí, la ira que supura en tantos chats de hombres cabreados: la forma que tenían de expresar su frustración en los patios de recreo en el mundo adulto los puede llevar a la cárcel. 

Los chicos no lloran, los chicos no piden ayuda, los chicos no muestran vulnerabilidad. La amenaza de escarnio público es demasiado grande. Aunque ahora las cosas están cambiando y los chicos ya están aprendiendo a abrazarse y a expresarse de otras formas más abiertas, ese bloqueo emocional tan bestia en la infancia y adolescencia ha dejado secuelas graves en la inmensa mayoría de los hombres adultos desde siempre. Y nunca le hemos prestado atención porque la experiencia masculina es «lo normal». Los hombres no solemos recordar nuestra infancia como algo relevante. El calvario solo se percibe desde fuera. Y aunque lo llamemos calvario, en realidad no lo percibimos como tal. Hay una disociación entre lo vivido y el relato de lo vivido. Romperla para poder sentir nuestra infancia como lo que fue cuesta muchísimo. La mayoría ni lo intentamos. Hay que desaprender muchísimas cosas simplemente para poder recordar lo vivido con coherencia, ya no digamos para poder convertirnos en adultos a salvo de la depresión y la rabia. Y ser conscientes de que el núcleo del problema son los estereotipos de género y la falta de educación emocional es un primer paso. Bendito feminismo. 

Un amigo me dijo hace poco lo extraordinario (lo raro) que le parecía que yo demostrara afecto en público por mi pareja. Que en una cena yo propiciara un gesto, una mirada o una caricia delante de los demás. Lo extraordinario (lo raro) que le parecía que yo hiciera con naturalidad lo que hacen las amigas entre sí todo el rato. Y si también lo hiciera con un amigo, sería ya el colmo probablemente. Una mujer le dice a su amiga «qué guapa estás, por favor», y es lo más normal del mundo. Si eres un hombre, prueba a decirle a un amigo lo mismo y verás las risas. Es deprimente hasta qué punto vagamos por un desierto emocional por miedo a que nos miren como si estuviera en entredicho nuestra supuesta «hombría heterosexual». 

Los hombres tenemos mucho que aprender del feminismo. Por ejemplo, a quejarnos del patriarcado. De las normas de conducta castradoras que nos impone, de los modelos de cuerpos imposibles de alcanzar. Ojalá ver a un joven actor recibir un Oscar, sostenerlo en el aire y gritar: «rezo para que algún día Marvel invente un superhéroe inspirado en un padre regordete y yo pueda volver a comer carbohidratos». Pero ¿cómo culpar al patriarcado de nuestros problemas si en teoría representamos al patriarcado? ¿Cómo deshacer el problema si en teoría somos nosotros los vehículos del problema? Pues quizá habrá que romper esa teoría. Y montar una revolución. Las mujeres llevan más de un siglo haciendo su revolución. ¿A qué esperamos los hombres? Venga, todos encima de las mesas y que nos oiga el mundo entero: El patriarcado es el invento de unos cuantos viejos (y no tan viejos) cabrones que no nos representan. Basta ya. 

Como siempre, Caitlin Moran es desternillante. Le he leído varios párrafos a P. atragantándome con las carcajadas. Y, también como siempre, creo que da en la diana de muchos problemas acuciantes y globales provocados por los estereotipos de género. Urge un movimiento masculino de ruptura radical con el patriarcado, un nuevo feminismo masculino inspirador para deshacernos de todos los estereotipos tóxicos que nos amargan la vida. 




lunes, 25 de agosto de 2025

SINDIÓS

«Un sindiós es una situación de caos y desorden, un revoltijo de cosas desmadradas. En síntesis: donde no hay un dios que ponga orden». Un orden concreto y único, se entiende. El suyo. Un sindiós es tres personas teniendo opiniones distintas cuando pueden tener la misma y dejar de discutir (y de pensar). Un sindiós es una persona atreviéndose a proponer un orden alternativo. Porque orden de verdad solo puede haber uno. El que el dios (o quien se erija en el dios de otros) elija. Decir lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede hacer y lo que no, es la pasión de cualquier inquisidor. Y qué cantidad de gente, también fuera de la religión, sigue subiéndose a ese púlpito para imponer su voluntad. 

La ideología religiosa es el dique más formidable que existe contra cualquier avance social y contra muchos de los derechos humanos que nos llevan conformando como individuos con agencia desde hace un par de siglos en Europa. Conceptos como libertad, igualdad o libre albedrío son la base de nuestra dignidad humana, pero hemos tenido que conquistarlos contra la oposición feroz de una religión que no nos quiere ni libres ni iguales ni independientes porque entonces podríamos aprender a vivir fuera de la jaula de sus dogmas.

Pocas conductas más infantilizadoras que aquellas que nos aleccionan y amenazan por nuestro bien. La religión, concebida como un conjunto de dogmas que hay que obedecer sin cuestionar, es uno de los impedimentos más logrados y universales para impedir el ejercicio del libre albedrío. Cualquier tipo de maltrato psicológico se fundamenta en el mismo principio, cambiando la autoridad de un dios por la autoridad de un padre, un jefe o una pareja. No hace falta un dios para imponer una serie de normas y deberes, a menudo ilógicas y contradictorias, con las que dominar a otras personas. Casi cualquier familia lo sabe. Pero si un ser superior y totalmente incuestionable refrenda el maltrato, este se vuelve una prisión de máxima seguridad. Una prisión por el bien ajeno, por supuesto. La pasión de los maltratadores es reeducar a sus víctimas para que terminen pensando exactamente en todo como ellos. 

La religión es un refugio para sociedades que han dejado de creer en un futuro mejor. Es la cueva de los resignados, la mano maternal que calma el miedo a lo desconocido. Es la respuesta multiusos cuando no somos capaces de afrontar la incertidumbre que nos dejan ciertas preguntas. Es el pastor que nos pastorea cuando el campo sin cercado nos aterra. 

Las enseñanzas religiosas son un poco como esas respuestas apresuradas y torpes que dan los padres a sus hijos pequeños cuando piensan que estos no están preparados para entender la realidad científica que explica sus preguntas. El perro se convierte en un guauguau, la vulva en un culito alternativo y la abuela no se murió sino que se fue al cielo. Quizás algún día, dentro de cinco, diez, quince generaciones, el mundo haya cambiado tanto para mejor que ya no hagan falta dioses para conjurar las miserias, las ignorancias, las desigualdades. Quizás algún día las certezas muertas e inamovibles hayan dado paso definitivamente a la duda constructiva y floreciente y ya no necesitemos falacias comunes para sentirnos a salvo de lo que no comprendemos. Quizás entonces esas generaciones futuras mirarán a los dioses del pasado con extrañeza y una saludabilísima incomprensión, un poco como miramos nosotros hoy al tiempo en que, por ejemplo, un ser humano era dueño de otro ser humano, en que una mujer no tenía voz ni voto ni trabajo o se tiraban las cáscaras de las gambas al suelo del bar entre nubes de tabaco.  

En 1970 parecía que el declive de la religión en todo el mundo era imparable. Dios estaba finalmente terminal. Sin embargo, medio siglo después asistimos a una aparente resurrección. Casi nueve de cada diez personas en todo el mundo son creyentes de alguna religión. Unos 6.800 millones de personas. La fórmula es la de siempre y apenas ha cambiado en miles de años, pero el éxito sigue siendo mayúsculo. Para ponerle palabras al asombro que le provocan estas cifras e intentar comprender su significado, Martín Caparrós ha escrito este breve ensayo con tono de panfleto en el que le da vueltas a ese dios que no termina nunca de morir y a alguno de los apóstoles bastardos que mejor difunden sus enseñanzas, como la obediencia, el miedo, la jerarquía, la sumisión, la culpa, la superstición, la violencia o la desigualdad. 




lunes, 28 de julio de 2025

LA EDUCACIÓN DE POLLY McCLUSKY

¡Cómo me gustan las novelas de Jordan Harper! Lo descubrí a principios de año con su último libro, Silencios que matan, y ahora he vuelto a él porque me apetecía mucho una novela negra rápida y adictiva para el fin de semana. ¡Qué subidón de adrenalina! Qué manera de no parar de leer. Es una novela tremendamente fluida, intensa, bien escrita y con las capas de lectura necesarias para que te haga pensar mientras no paras de pasar páginas a toda velocidad. 

«Si no había ningún lugar seguro para ella, el único lugar donde podía estar era a su lado. Si tenían que caer, caerían juntos, y no sabía qué otra cosa le podía ofrecer más que eso». Ella es Polly, una niña de once años y la verdadera protagonista de esta historia, lo cual ya ofrece una refrescante sorpresa: ¿una novela negra negrísima protagonizada por una niña de once años? Ah, pero no es una niña cualquiera. Polly es tímida, sí, y va a todas partes con su osito de peluche todavía, sí, pero tiene los ojos de un azul desvaído en los que se esconde una inteligencia vivaz y un no sé qué que causa escalofríos. Es «una niña con el pelo sandía y ojos de pistolero». 

Un día, su padre va a buscarla al colegio y ella se queda petrificada. Porque su padre estaba en la cárcel hasta ayer, y si ahora está ahí esperándola es porque ha debido de fugarse. Se lo ve en los ojos, de un azul desvaído parecido a los suyos, se lo ve en las miradas huidizas a los lados. Lo que no sabe es el enorme problema en el que está metido. Y en el que va a estar metida ella también en cuestión de minutos. 

Esta es una novela de persecución que por momentos me ha recordado a Billy Summers, de Stephen King. Hay jefes de grupos supremacistas blancos que ejercen su enorme poder desde celdas de máxima seguridad, hay sicarios con rayos azules tatuados en los brazos, hay neonazis haciendo barbacoas en las playas de Los Angeles y hay un padre y una niña cuya leyenda crece y crece a medida que avanza la novela. Hay una energía incontrolable, que a menudo se desborda, pero que siempre fluye más o menos contenida, en todos los personajes que viven al borde del precipicio. Polly «había aprendido que la energía que rebosaba en su cuerpo era un combustible. Hasta entonces había sido un cohete varado en la plataforma con los motores rugiendo, quemándose por dentro; ahora le tocaba volar». 



jueves, 24 de julio de 2025

OPOSICIÓN

Es una generalización muy matizable, pero llevo un tiempo pensando que, aunque la medicina tiene por fin cuidar de la salud de los ciudadanos, a menudo se interesa más por los cuerpos que por las personas que los habitan. De la misma forma, la administración tiene por fin gestionar las necesidades de los ciudadanos, pero se interesa más por los procedimientos que por las personas que los necesitan. Ambas disciplinas están fascinadas por la jerarquía, su pasión con frecuencia es informar y conminar antes que escuchar y dialogar. Y de esto va la nueva novela de Sara Mesa, de las contradicciones a veces tremendamente locas (y terribles) a las que puede llegar la administración. 

Lo hemos visto en los titulares de prensa en los últimos años con casos diversos: parece que importa más poner en marcha una ayuda a un colectivo vulnerable que asegurarse de que ese colectivo vulnerable vaya a tener acceso efectivo a esa ayuda. Ya lo contó la propia Sara Mesa en Silencio administrativo, una crónica impactante sobre el caso real de una persona sin hogar en Sevilla.

El aparente distanciamiento emocional que transmite la narradora y protagonista de esta historia me ha recordado por momentos a Kafka. Por momentos, sobre todo al principio, me ha provocado cierta angustia, no tanto por lo que cuenta, que parece de una normalidad absoluta, sino por la ausencia de implicación emocional ante algo tan turbador como el trabajo que describe. Aunque más que ausencia de emoción, en realidad es como si la emoción estuviera desplazada, como si no reaccionara como uno esperaría, o lo hiciera a destiempo. Y no es de extrañar: llegar a un puesto de trabajo y no tener absolutamente nada que hacer puede perturbar los nervios de cualquiera. 

Y es que un trabajo en el que no haces nada puede parecer un sueño para quienes están sepultados de trabajo. Pero no tener nada con lo que justificar ante uno mismo y ante los demás el tiempo laboral puede llegar a ser muy perturbador y un foco de todo tipo de desórdenes para la salud mental. Especialmente cuando a tu alrededor todo son actitudes evasivas y ambiguas. De gente que nunca parece saber exactamente qué hacer ni cuándo ni por qué. Ni, sobre todo, para qué. Aunque se esmeren en fingir lo contrario. Seres solitarios, adheridos a su mesa como un caracol a su concha. Algunos de ellos tan ninguneados y carentes de socialización que ya apenas saben articular las palabras necesarias para establecer el mínimo contacto humano. 

Esta es una novela sobre la administración pública y cómo a menudo está fagocitada por la burocracia. La burocracia como una fuerza invisible que lo gobierna todo y que exige obediencia ciega. Se te mete en la cabeza y ya no te repones nunca. Es el virus de las normas, normas para todo, un veneno que te deshumaniza y te convierte en el robot de los papeles y los procedimientos. Sara Mesa lo cuenta con un tono a ratos inquietante, a ratos divertido. Desolador, poético, inteligente. Fascinante. 



lunes, 21 de julio de 2025

EL ACCIDENTE

¿A quién no le ha pasado esto?, pensaba, mientras leía este librito de Blanca Lacasa. ¡A muchísima gente!, me respondía una voz indignada dentro de mí. Venga, dime si conoces a una persona de más de sesenta años que haya podido vivir el «accidente» de esta novela. Vale, es verdad. Pocas, casi ninguna. ¿Es generacional, entonces? Quizá. El tono lo es. Esas frases cortas. Cortas o cortadas, como a cuchillazos. Que te aceleran el ritmo cardiaco y pasan por la garganta raspando, con todos esos puntos y sobrentendidos y descarrilamientos de expectativas. No sé si es generacional. Es, desde luego, el producto de una educación que, a las generaciones nacidas a salvo de las garras morales de la dictadura, nos ha permitido colocar la emoción, la atracción y la necesidad de gustar fuera del corsé del deber y de la obediencia. 

Pero a quién no le ha pasado esto. Lo sigo pensando. Esto tiene su sombra y su luz, es una desgracia y una suerte. Y cómo duele y cómo te hunde, pero no querría habérmelo perdido por nada del mundo. Esto es un accidente, una demolición. Y a veces en la memoria se queda como una esquirla clavada que duele. Y que brilla. 

El accidente es enamorarse a destiempo. Es sentir una atracción que no tiene el espacio y la oportunidad para crecer y respirar. Que vive, en el mejor de los casos, en un cuarto clandestino hecho a toda prisa. Muy bonito, el cuarto. Preciosos muebles, decoración exuberante. Vistas que cortan el aliento. Pero con la ventana sellada. El accidente es un amor-fiera al que nadie puede ver y que, por falta de alimento, no duda en devorarse a sí mismo. 

Quien haya vivido los inicios de un amor a destiempo y sin futuro va a ver su reflejo en cada una de las setenta y cuatro páginas de esta historia. Se va a cortar con el filo de cada frase. Da igual que sean imposibles, hay amores que no hay quien los pare. Ni la razón ni la prudencia. La sensatez solo aparece como el juez que sentencia la pena de muerte. Nuestra «imperiosa necesidad de gustar» nos lleva a meternos en cuartos demasiado bonitos para ser reales, demasiado vertiginosos para poder habitarlos en libertad. A quién no le ha pasado. Quién no tiene una esquirla que duele y brilla clavadita en la memoria. Este libro es su homenaje. 



jueves, 17 de julio de 2025

LA HAMBURGUESA QUE DEVORÓ EL MUNDO. UN PANFLETO ECOANIMALISTA

Dos de los imperativos más importantes hoy en día para intentar atajar los peores pronósticos sobre el cambio climático a corto plazo son decrecer en todos los ámbitos y dejar de comer animales. Son dos imperativos que atañen a la política, pero también a nuestros hábitos diarios. Si alguien estaba preocupado porque no sabía qué hacer por la salud de nuestro planeta, la respuesta es sencilla y tiene un impacto inmediato: consume menos productos y no comas animales. Tanto Jason Hickel en Menos es más como Ed Winters en Esto es propaganda vegana lo explicaron perfectamente en dos ensayos que cambiaron radicalmente mi forma de entender la economía, la salud del planeta y mi lugar en el mundo. Basta con informarse un poco sobre qué es el veganismo para darse cuenta de que comer productos de origen animal es una barbaridad innecesaria, cruel y peligrosa.  Este ensayo de Javier Morales propone bajarnos de nuestro antropocentrismo para empezar a mirar al resto de habitantes de este planeta como iguales, no como esclavos o subalternos. Y lo aborda intentando aunar dos corrientes que no siempre luchan de la mano: el ecologismo y el animalismo. 

Se puede negar la emergencia climática por superstición (el pensamiento conspiranoico lleva ya un tiempo en auge), o por interés (mientras a mí no me afecte directamente, qué más me da). También se puede aceptar su existencia, hablar de ella con honesta preocupación y sin embargo no hacer absolutamente nada al respecto, por ignorancia o por comodidad. Estos últimos son el colectivo más numeroso en el norte global y a ellos hay que dirigir especialmente nuestros esfuerzos. Hay pocas cosas más desoladoras que ver la incapacidad para cambiar de tantos millones de personas convencidas de la necesidad real de dicho cambio. 

Este libro propone la necesidad de un giro radical en el modo de relacionarnos con la naturaleza. Yo lo he experimentado, hace relativamente poco. Para mí, por ejemplo, el jazmín era un perfume. Un olor agradable. Ahora es una planta, una flor que florece a finales de la primavera, efímera pero intensa, con un sinfín de significados. Otro ejemplo, más importante: el pollo era un alimento resultón en una bandeja de poliespán en el supermercado. Ahora es un animal que vive internado mayoritariamente en condiciones deplorables y contaminantes, con dolor constante y que sufre una muerte agónica y atroz para un fin superfluo. La palabra ha transformado su significado en mi mente, de tal forma que ya es imposible que vuelva a comerme un pollo. De la misma forma que el más carnista de los españoles no se comería nunca una chuleta de perro. De la misma forma que es imposible hacerle comer animales a un niño si le explicas de dónde viene y no le has enseñado previamente a disociar seres sintientes de trozos de comida. Esa inocencia, unida a la conciencia adulta de estar combatiendo una atroz y venenosa barbaridad, son dos actitudes que dan esperanza para el futuro del planeta. 

Si para comer productos de origen animal tuviéramos que matar a los animales nosotros mismos, el 99,99% de la sociedad sería vegana. Es algo común en psicología, se llama disonancia cognitiva. Mientras otro lo haga, no hay problema, yo puedo beneficiarme de la matanza sin sentir culpa. Como los alemanes de a pie que se apropiaban de los bienes de los judíos arrestados por la Gestapo. Total, no eran personas del todo. Y ya no estaban. Total, la carne que me como es comida, presentada, comercializada, comprada y consumida como comida: el animal ya no está. 

«Basamos nuestra dieta en miles de millones de cadáveres de otras especies a las que consideramos inferiores. Nuestra comodidad se sustenta en una fosa común», dice Javier Morales. Este libro es una voz, un grito que se suma al clamor que ha conseguido que cerca de cien millones de personas en todo el mundo hayan decidido dejar de comer productos de origen animal. Las razones son conocidas, pero se pueden resumir así: «El especismo es una ideología, una manera de estar en el mundo incompatible con la vida en el planeta». Queda muchísimo camino por recorrer, mucha ignorancia, mucha desconfianza y mucha violencia que combatir. Y hay que dar la batalla pese a todo. Si renunciamos y bajamos los brazos ya hemos perdido. Todos. 





lunes, 14 de julio de 2025

LLUVIA

Hace tiempo que procuro mantener en el mostrador una parte de la colección llamada Pequeños placeres de la editorial Ediciones Invisibles. Ya no es solo porque la gente no puede resistirse al reclamo de sus cubiertas preciosas y su pequeño formato, sino porque sencillamente me encanta que estas ediciones tan bonitas me den los buenos días todos los días cuando entro en la librería. Son libros breves atemporales escritos la mayoría a finales del siglo XIX o en la primera mitad del siglo XX que todavía nos interpelan por muy diversos motivos. Después de disfrutar hace años de ese caramelito que es Una villa en Florencia, he vuelto a Somerset Maugham con esta pequeña novela publicada a principios de este año en esta colección y ambientada en el otro lado del mundo, en una isla perdida del Pacífico. 

Obligados a hacer una escala imprevista en la isla de Pago Pago, dos matrimonios contemplan aturdidos una lluvia incesante que, día tras día, ensombrece el paisaje y el ánimo de todos. Una lluvia «despiadada y en cierto modo espantosa; se apreciaba en ella la malevolencia de las fuerzas primitivas de la naturaleza». Se han conocido en el barco y han entablado una amistad circunstancial inducida por la censura moral de las conductas ajenas, más que por la afinidad de sus gustos. El doctor Macphail no termina de hacer buenas migas con el misionero Davidson, pero no hay mucho más que hacer mientras la lluvia arrecia, así que juntos contemplan el paisaje y toman nota severa de las conductas de las personas que los rodean. En especial, de una señorita sin acompañante que ha desembarcado con ellos, se aloja en el mismo hotel y luce un aspecto y unos andares digamos que demasiado desinhibidos. 

La prosa de Somerset Maugham me parece de una fluidez hipnótica. Sin darte cuenta ha pasado una hora y ya estás en la penúltima página, al borde del asiento y con el corazón en un puño. Y todo ello sin descuidar su elegancia natural y una sencillez de estilo que oculta varias capas de lectura, si uno quiere mirar más allá de la superficie. Como en Pago Pago, no solo es agua lo que ensombrece el paisaje y el ánimo. La moral y sus retorcidos tentáculos pueden empezar como mero entretenimiento en la cubierta de un barco, con dos caballeros reprobando a placer las conductas ajenas, y terminar de una manera totalmente imprevisible. 




jueves, 10 de julio de 2025

LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO ANTIGUO

El sentido del asombro y de la maravilla lo aprendí de mi madre. Crecí rodeado de él. Era, de alguna manera, parte del paisaje, y sus poderes benéficos se quedaron en mí, como el contacto con la enredadera del jardín o los viajes a las montañas verdes del norte. Es un sentido que se alimenta de la curiosidad y de la humildad, de descubrir constantemente que no sabes algo y morirte de ganas de aprenderlo. También tiene que ver con la inocencia y la vulnerabilidad: es un sentido que entronca con nuestro yo infantil que no tiene reparo alguno es mirar a alguien querido con cara ilusionada o dar saltitos de alegría ante algo sorprendente. «El asombro nos ayuda a darnos cuenta de que el mundo es más grande que nosotros mismos», escribe Bettany Hughes en Las siete maravillas del mundo antiguo, y es así. Con cada gesto de asombro ante alguna maravilla nuestra capacidad de imaginar se ensancha y crecemos un poquito por dentro. 

Siglos después de su construcción, sus nombres e historias aún nos fascinan: la Gran Pirámide de Guiza, los Jardines Colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa en Éfeso, la estatua de Zeus en Olimpia, el mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el faro de Alejandría. Las siete maravillas del mundo antiguo fueron creaciones de asombrosa audacia y pruebas del alcance de la imaginación humana. Aunque hoy solo queda en pie la Gran Pirámide, la escala y majestuosidad de las siete maravillas sigue cautivándonos. Y este ensayo hace que vuelvan a cobrar vida ante nuestros ojos y nos ofrece un viaje magnífico en el tiempo para disfrutarlas en todo su esplendor. 

«Colectiva e individualmente, el impacto del las siete maravillas del mundo antiguo no se limitó a conmocionar y asombrar, como pretendían en un principio. También sirvieron como fermento de ideas. El mero hecho de vincular expresiones culturales heterogéneas nos da esperanza como especie: es un acto de comunión. Su enumeración es también un acto político. La inteligencia colectiva es el sello distintivo de nuestra especie». 

Este no es solamente un estupendo libro de historia, arqueología, arte y sociología. También trata sobre el significado del asombro y la maravilla y la necesidad que tenemos de asombrarnos y maravillarnos constantemente para poder vivir vidas plenas y felices. Al reaccionar con asombro y maravilla ante un monumento, bosque o anécdota de un amigo, le estamos otorgando un significado, lo estamos fijando en la memoria, estamos diciendo y diciéndonos que nos importa, que esa belleza que percibimos encuentra eco en nuestro interior, que nos conecta con quienes somos y con quienes queremos ser. 

Todo el mundo tiene la capacidad de asombrarse y maravillarse ante las cosas. Pero es un sentido que hay que cultivar, con voluntad, con inocencia y con conocimiento. Si no se cultiva, se marchita, como cualquier sentido. Y si se marchita no solo dejamos de disfrutar de una de las mayores fuentes de placer de la vida, sino que nuestra capacidad de imaginación y de empatía encoge y se atrofia y nuestro mundo se vuelve más pequeño. 

El sentido del asombro y de la maravilla lo aprendí de mi madre. Ella sigue maravillándose y asombrándose cada día ante cada pequeño milagro de la vida cotidiana. Y yo intento seguir su camino. Cada día, nuestro mundo se vuelve más grande. 




lunes, 7 de julio de 2025

EL JACARANDÁ

Recuerdo muy bien la impresión que me dejó Pequeño país, la primera novela de Gaël Faye. Ese impacto, ese escalofrío producido por la delicadeza con la que contaba una historia tan dura. Aquel pequeño país es Burundi, un pequeño pulmón verde en el corazón de África que se desangró terriblemente en los años noventa debido al genocidio tutsi y que pertenece a la historia íntima del autor. De madre ruandesa y padre francés, Faye vuelve a sus orígenes para contarnos una historia intensa y profunda sobre la necesidad de encontrar las raíces para construirnos una identidad en la que podamos reconocernos.  

El protagonista de esta historia es un chico de doce años que vive en Versalles y está empezando a descubrir el mundo. De madre ruandesa y padre francés, apenas sabe nada del origen del color de su piel. Ha vivido una infancia llena de silencios, de asuntos de los que no se puede hablar, como la vida y la familia que dejó su madre en su Ruanda natal, o la relación ambigua entre sus padres, construida sobre unos andamios a menudo demasiado frágiles. Un día de 1994 su madre llega a casa con un chico escuálido y herido, su sobrino, según les dice. Es un superviviente del genocidio que ha golpeado Ruanda y se va a quedar con ellos de momento. Ahí empieza para el protagonista el inicio de un viaje a sus orígenes que le llevará a buscar los secretos familiares a la sombra violeta de un jacarandá, un árbol capaz de florecer tras la tormenta. 

Gaël Faye tiene una sensibilidad maravillosa para recubrir la aspereza con una capa de delicadeza. Hay una inocencia, una vulnerabilidad en su prosa que no rehúye la mirada, que es capaz de enfrentarse a la peor violencia con un encomiable espíritu de resistencia. Pone palabras donde a menudo solo reina el silencio, y también encuentra silencio para compartir lo indecible. El jacarandá es una novela luminosa sobre la posibilidad de la vida y de la belleza después de la mayor barbarie. Una historia que insufla esperanza en pueblos que afrontan genocidios, como el palestino, para imaginar una vida posible cuando la violencia termine. 




jueves, 3 de julio de 2025

LOS NÁUFRAGOS DEL WAGER

Hacía mucho tiempo que no leía un libro de aventuras como este. Me ha recordado a las novelas de Emilio Salgari y Patrick O'Brian que leí de adolescente, aquellas historias de corsarios y piratas llenas de emoción viril y salpicaduras de mar enfurecido. Los náufragos del Wager tiene todos sus ingredientes, pero ofrece algo más: todo lo que cuenta es verdad. En la línea de El túnel 29de Helena Merriman o No digas nada, de Patrick Radden Keefe, este libro de no ficción recrea fielmente un hecho histórico con un aliento novelesco que hace que no puedas parar de leer. Y además es que el hecho histórico no puede ser más novelesco. 

El 28 de enero de 1742, treinta ingleses desnutridos, medio desnudos y al borde de la muerte llegaron a las costas de Brasil, donde fueron recibidos como héroes. Su historia era descabellada. Habían naufragado en una isla de la Patagonia, a miles de kilómetros de allí, y tras meses de sobrevivir penosamente en una isla desolada por tormentas heladas, habían conseguido construir una precaria embarcación con la que habían cruzado el estrecho más peligroso del mundo y conseguido sortear sin percance las costas españolas hasta llegar a Brasil. Eran los supervivientes del HMS Wager, un barco con unos quinientos tripulantes de la Marina Real británica que había zarpado dos años antes de Inglaterra con el fin de interceptar un galeón español y hacerse con su botín. Solo treinta hombres habían sobrevivido. Eran héroes. 

Pero la historia no acaba aquí. Seis meses más tarde, otro barco en condiciones aún peores llegó a las costas de Chile. En él solo llegaron tres ingleses medio muertos que, tras revivir gracias a la hospitalidad de los lugareños, contaron una historia que no coincidía del todo con la de los treinta héroes. Uno de estos tres pobres hombres era el capitán del Wager, que denunció un motín contra su mando. Ahora los héroes habían pasado a ser traidores. Ante las múltiples acusaciones de traición y asesinato por parte de ambos bandos, se convocó un consejo de guerra en tierras británicas. El juicio fue uno de los más sonados de la época y tuvo una repercusión enorme en la prensa y la opinión pública. 

Los náufragos del Wager es una historia apasionante de supervivencia en condiciones climáticas pavorosas, una historia de superación impensable y ofrece una reflexión muy interesante sobre los límites de los valores humanos cuando la vida se ve amenazada. Para sobrevivir, los náufragos tuvieron que crear sus propias reglas. ¿Qué es la lealtad a la Corona, la guerra contra los españoles o el código de honor naval cuando uno se está muriendo de hambre en una isla perdida de la Patagonia en medio de una tormenta de granizo? Seguramente no se equivocaban los antiguos griegos cuando decían que «están los vivos, están los muertos y están los que surcan los mares».

David Grann ha escrito un libro minuciosamente documentado que se lee como una novela de Joseph Conrad. Sientes el frío y el hambre mientras los límites entre la bondad y la maldad se difuminan y la condición humana se revela en toda su implacable complejidad. 




lunes, 30 de junio de 2025

NUBOSIDAD VARIABLE

Esta es una novela en la que me quedaría a vivir. Quizá porque recrea un mundo que me parece imposible de tan deseado: un mundo en el que el amor entre amigas surge y florece, e incluso renace, a través de las cartas que se escriben. Quien se ha escrito cartas con amigas con asiduidad (pongo el femenino porque tanto en mi experiencia como en la novela son las mujeres las que escriben) sabe que es muy fácil crear un universo único y completo hecho de palabras, desligado a menudo, para bien y para mal, de la prosaica realidad. En las cartas uno se vuelve otro, más libre de habitar un mundo con menos reglas y más moldeable, en las cartas uno de repente puede sentirse libre de sentir y decirlo y conseguir que con una sola frase una mariposa aparezca detrás de la oreja de quien lee y salga volando por una ventana cerrada. Escribir cartas es vivir dos veces, ser persona y personaje, y cuando la correspondencia llega a su fin es un poco como morirse, también. La persona que eras cuando escribías ya no existe, porque la persona que te daba vida leyéndote ha dejado de leerte. 

Nubosidad variable es mi novela favorita de Carmen Martín Gaite. Trata sobre la difusa frontera entre persona y personaje, entre vida y literatura, entre realidad y fantasía. La recuerdo como un collage lleno de imágenes felices, como «dos amigas del instituto riéndose a carcajadas sobre una alfombra primaveral, saboreando la complicidad de haber faltado a clase, mientras se comen un bocadillo y hablan de lo tontos que son los chicos». Imágenes de dos mujeres redescubriendo el amor que habían olvidado que compartían. Un amor joven e íntimo, hecho de palabras y de espera. «Vivir la espera. Era la retórica imperante en nuestra juventud. Poner los cimientos de un deseo y alimentarlo para que dure. Parecía que la felicidad se iba a desvanecer entre los dedos en cuanto la tocáramos. Yo he deseado pocas cosas con la fuerza con que deseo en este momento volver a ver a Mariana». 

Escribiendo también se crea ese léxico familiar que todas las personas con vínculos profundos comparten, palabras o expresiones reales o inventadas llenas de significados que solo ellas pueden entender, significados como hilos invisibles que nos conectan en una complicidad única, raíces que nos alimentan y nos hacen sentir felices y a salvo. No nos damos cuenta realmente de este vocabulario compartido hasta que la relación se acaba y todo ese mundo hecho de palabras pierde su sentido y muere. Pero en las cartas permanece, aunque sea en el olvido de un viejo baúl. Quién sabe en qué futuro volveremos a ellas para hacer renacer aquel léxico familiar.  

En este mundo de espejos hechos añicos, cada pedazo nos refleja de manera diferente. Escribir cartas es una forma de mirarnos desde pedazos nuevos. Y de disfrazarnos de todas las formas sugerentes, fantasiosas y divertidas que se nos ocurran para provocar una emoción, para que nos vean, o sencillamente para que nos quieran. Solo a una carta le puedes decir: «Asómate, Sofía, mira la luna. Tienes que notar ahora mismo cuánto te necesito y cuánto me importa que estés ahí esperando mi carta, la luna te dará el recado como sea». 

En el amor por los collages, ya sean con recortes deslavazados de revistas para montar una imagen física, o con recortes deslavazados de anécdotas para armar un relato; en las continuas referencias a Cumbres borrascosas; en las alusiones a las formas de las nubes y cómo las nubes recogen las palabras; en la necesidad de dedicarse exclusivamente a aquello que alimenta la curiosidad mientras nos divierte y nos prende fuego la pasión; en la jocosidad con la que describe las tortuosas dinámicas de las relaciones familiares, esta novela está llena de lo que era Carmen Martín Gaite. Está llena de sus emociones, filias y fobias, hay una voz que reverbera de forma constante, como un murmullo de agua de fondo, que es suya y que da forma, color y emoción a todas las escenas. 

Esta es una novela en la que me quedaría a vivir. Y es que me da mucha envidia. Ojalá todos tuviéramos una persona a la que escribirle cartas con la certeza de que va a estar ahí, mirando a la luna, esperando nuestras palabras para seguir construyendo juntas esa preciosa y única vida paralela. 




jueves, 26 de junio de 2025

PALESTINA. HEREDAR EL FUTURO

El genocidio palestino es la debacle moral de nuestro tiempo. Creo que no hay nada, verdaderamente nada, que me genere más indignación, rabia y desolación que las catastróficas consecuencias de la política israelí de apartheid y limpieza étnica. Una de las preguntas más habituales que hacen los adolescentes cuando les enseñan la historia del holocausto es: ¿cómo pudo la gente normal seguir con su vida como si nada? ¿Cómo pudieron permitirlo? Es terrible lo fácil que es la respuesta hoy en día: de la misma forma que todos los que no son palestinos permiten (y a menudo alientan y apoyan) el genocidio de Gaza. Nadie podrá decir que no lo sabía. 

Independientemente de la voluntad de los sionistas, Palestina seguirá existiendo. Palestina no es solo un pedazo de tierra, unos olivos, unas playas. Palestina es un origen, es una raíz que da sentido a la vida de millones de personas, vivan o no en los territorios palestinos. Con cada agresión crece la desesperación y la muerte del pueblo palestino, pero también se fortalece la resistencia que construye una política de la esperanza. Este ensayo de Luz Gómez, catedrática de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid, describe el proceso de limpieza étnica, memoricidio y politicidio que el pueblo palestino lleva sufriendo desde hace ochenta años, y explica, a través de las propias voces judías y árabes, no solo la ocupación y el apartheid, sino las condiciones materiales e inmateriales que garantizan que Palestina siga existiendo, a pesar de todo. 

Y es que ese todo es una violencia que creo que a la inmensa mayoría nos resulta inimaginable. Quizá una de las claves de esa violencia, y que es una forma de maltrato antigua como el mundo y presente en todas partes, es la negación de la identidad. Los israelíes no aceptan que los palestinos existan y, por lo tanto, tengan derechos. De hecho, ni siquiera los llaman palestinos, el discurso oficial los nombra como los árabes, un colectivo difuso que proyecta en la sociedad israelí la imagen del otro, del extranjero, del enemigo. Otra forma de negarles sus derechos es tratarlos como números, por ejemplo segregándolos por colores, como con las matrículas verdes o blancas que les impiden circular por un sinfín de carreteras reservadas para los coches con matrículas amarillas israelíes. 

«"No somos números" es una reivindicación integral de la vida contra la cosificación del palestino, que le persigue después de muerto. Contra los colores por categorías de las tarjetas de identidad y los permisos de viaje. Contra los cementerios y las neveras de números que retienen los cadáveres de los presos. Contra las cifras a bulto de los asesinados, desaparecidos y heridos de Gaza. Los jóvenes palestinos dicen no a los números colectivamente, no de manera individual; reivindican sus cuerpos diversos y su inteligencia compartida como fuerza motriz con la que decir basta, con la que levantarse y hacer política, que diría Angela Davis, o con la que participar de la humanidad, que diría Averroes». 

Solamente si dejan de ser números para la población que los maltrata y con la que aspiran a convivir, podrá el pueblo palestino heredar un futuro en paz y libre de violencia, el futuro que cualquier pueblo merece. 



 

lunes, 23 de junio de 2025

UN MILLÓN DE CUARTOS PROPIOS

Mi amigo J. es excepcional. Diría que es una suerte y un privilegio el afecto que nos tenemos, pero eso mismo siento en relación a otras personas y no define ni por asomo lo que hace único a J. El día que lo conocí, pasamos juntos con P. un par de horas frente al puente romano de Córdoba y recuerdo salir de aquella conversación asombrado, feliz y un poquito exhausto. No sé si porque la velocidad con la que enlazaba ideas era muy superior a la que estaba acostumbrado, o porque su actitud ante la vida aportaba un color y una luz que me atraían, pero lo cierto es que cada vez que lo veo su conversación me hace pensar más rápido y afilar mis ideas y es una sensación que imanta y engrandece. Algo parecido me ha pasado con este ensayo. Tamara Tenenbaum escribe con «la aspiración de hacer aparecer un color que sirva para mirar el presente en alguna luz nueva». Mi presente, durante la lectura de este libro, ha estado lleno de colores y de luces nuevas e insospechadas. 

Creo que una de las claves de la atracción que he sentido por este libro desde la primera página es algo intangible que no tiene mucho que ver con su contenido, sino con lo que se esconde entre las palabras, y que es más habitual encontrar en la ficción (cuando uno tiene la inmensa suerte de encontrarlo) que en el ensayo. Es la gracia, el entusiasmo, la elegancia y esa cosa indefinible que conforma el tono, un tono que me ha atrapado y atraído de la misma forma que me atrapan y atraen las conversaciones, traten sobre lo que traten, con mis mejores amigos. Esas burbujas de bienestar en las que el tiempo se detiene y la vida se relaja y se convierte en un espacio seguro y fértil que habitar. 

Tamara Tenenbaum, filósofa y profesora de escritura y filosofía en la Universidad de Buenos Aires, recibió en 2022 el encargo de traducir Un cuarto propio, de Virginia Woolf. A raíz del contacto con ese texto clásico del feminismo, ha escrito este ensayo no solo para poner de relieve la vigencia de las ideas de Woolf en nuestro presente, sino para usarlas como trampolín para pensar en temas que a todos nos atraviesan, como nuestra relación con el trabajo, la comida, el dinero, el resentimiento como respuesta política o el poder castrador y a la vez transformador de la tradición. 

Todos los capítulos son fascinantes y estimulantes, no sé qué capítulo me gusta más, porque de todos he sacado un disfrute enorme. Pero si tuviera que quedarme con uno, creo que elegiría el que trata sobre el resentimiento (quizá porque es un tema en el que no he pensado tanto como en otros). El resentimiento es una emoción en auge que pone y quita gobiernos en todo el mundo y que define algunos de los grandes conflictos de nuestra época. No solo conflictos globales, sino también puramente íntimos y familiares: buena parte de la violencia cotidiana en el trato familiar y laboral se alimenta de un resentimiento difuso y constante que no deja de ampliar su relato. Porque, como dice la autora, el resentimiento es «la más literaria de las emociones», en el sentido de que pocas cosas dan más ganas de escribir que ajustar cuentas, y de que el resentimiento precisa de un relato para funcionar: un relato «que conecte causalmente un sufrimiento o desventaja que experimentamos con otra persona que tiene la culpa de dicha desventaja (y no la sufre)». 

Podríamos pensar que es muy difícil poder explicar nuestro presente con un texto de 1929. Pero la verdad es que ya en 1929 había una «nostalgia por una época en la que todo era más denso (el amor, la verdad, la familia, la comunidad)». Ya en 1929 ejercían un enorme poder la nostalgia y el resentimiento como fuerzas reaccionarias que querían destruir los nuevos derechos y libertades para «volver» a una arcadia imposible que en realidad nunca había existido, y que estaba construida en el imaginario de la gente con el miedo a los cambios culturales y a la transformación de los valores. Han pasado casi cien años y los paralelismos con nuestra época son asombrosos. 

Tamara Tenenbaum concibe el «ensayo como un espacio al que una no viene a defender una idea que ya tiene, sino a probarla como se prueba un par de zapatos o una receta de cocina de internet, sabiendo que puede no funcionar». Y esto, que me parece aún más maravilloso: «Pienso que lo único que importa es el tono, que lo único que me hace sentir expulsada de un texto es la sensación de que, o bien me están dando clase, o bien me están psicopateando, manipulándome emocionalmente para que me sienta culpable por querer discutir con un texto que se victimiza». 

El texto de Virginia no hace ninguna de esas dos cosas. Ni da lecciones ni manipula. Combina profundidad de contenido con ligereza de tono, es político y ambicioso sin caer en la superioridad moral. Mira «la experiencia ajena con respeto y curiosidad, sin intentar hacerla propia o entenderla solo por analogía con los sentimientos de una misma». Algo así es lo que hace Tenenbaum en este ensayo. Algo así es lo que hace mi amigo J. cada vez que lo veo. Los tres usan las palabras para probarse zapatos y ensayar recetas, y me contagian la urgencia de vivir mi vida y mi presente con esa audacia y ese entusiasmo.