jueves, 31 de agosto de 2017

LA PLAZA DEL DIAMANTE (Firma invitada)

Es un clásico de la literatura escrita en catalán del siglo XX. Como telón de fondo, la Barcelona que recorre los años previos a la Segunda República hasta los años posteriores a la Guerra Civil. Muy apropiado para leer estos días en los que el país está marcado por la tragedia barcelonesa.

Esta novela de una sencillez inesperada empieza generando recelos. La narradora es la protagonista, Natalia, una muchacha sencilla cuya inexperiencia vital y la confianza en todos la hace aceptar un noviazgo y un matrimonio marcados por la violencia y la sumisión. Uno tiene que rebelarse ante historias de principios de siglo que, por su costumbrismo, están cargadas de los antivalores que ahora todos rechazamos.

Pero la novela de Rodoreda es más que un simple catálogo de anécdotas costumbristas que va narrando inocentemente un ama de casa. Con la profundidad de las imágenes que se van desgranando página a página, el lector va acertando a distinguir algo de la personalidad de sus personajes, especialmente de la narradora. Machismo, sumisión, vida cotidiana, revolución, guerra, pobreza, sufrimiento, desesperación y muerte son algunos de los elementos que van tejiendo un texto que termina siendo redondo.

El lenguaje, que de tan sencillo recuerda la oralidad de quien le cuenta la historia de su vida a una vecina, se va agarrando a la lectura y se convierte por su fuerza narrativa en un personaje más de la novela, con los titubeos, las repeticiones, las metáforas y las imágenes tan líricas empleadas por la narradora.

Firmada en 1960, esta novela puede pillarnos lejísimos en el tiempo, la historia que cuenta puede haberse quedado en un rincón de la memoria que ahora pocos queremos recordar, puede hacernos rememorar tragedias antiguas que ha vivido este país, tragedias que nada tienen que ver con las tragedias actuales pero que quizás también estuvieran marcadas por la sombra del radicalismo. Todo esto es posible, pero como clásico que es, es necesario que nos asomemos a sus páginas para entender, en primera persona, un momento de la historia de nuestro país que todos tenemos la enorme tentación de olvidar.



lunes, 28 de agosto de 2017

OSCURIDADES PROGRAMADAS

Sam es un kurdo iraquí. Emigró a Irán por la amenaza del gobierno de Sadam Husein a finales de los años 80. Su hija nació en un campo de refugiados. Su mujer, acostumbrada a las comodidades de clase media, y ante la imposibilidad de volver a su país, se suicidó. Sam volvió a huir, esta vez de sus recuerdos. Se estableció en un campo de refugiados en Pakistán. Volvió a casarse, para darle una madre a su hija, con una refugiada iraní. Tuvieron un hijo. Tras una década de vivir en campos de refugiados, consiguió ser aceptado en Estados Unidos como refugiado y se estableció en Seattle con su familia. Tras el 11-S, el gobierno estadounidense le acusó de haber colaborado con Al-Qaeda y le internaron en un centro de detención de inmigrantes. Allí pasó cinco años, en espera de un juicio que sabía perdido de antemano. Perdió y le echaron. Dejó a su familia en Seattle y volvió a Iraq, solo. A un Iraq sin Sadam Husein pero destrozado por la guerra. Un Iraq que ya no es su hogar, puesto que su familia y sus hijos no están con él. Un Iraq donde sueña, cada día, con su improbable regreso al país que lo llamó terrorista.

Historias como esta encierra este estupendo cómic de Sarah Glidden, una dibujante estadounidense que decidió acompañar a dos amigos reporteros y un ex-marine en un viaje por Turquía, Iraq y Siria en 2010 para retratar las condiciones de vida de los millones de refugiados antes de la gran crisis migratoria que desató la guerra de Siria a partir de 2011. Los cuatro se encuentran con historias tremendas. Y aprenden que ninguna historia tiene una sola versión. Por ejemplo, la historia de Sam contada por el gobierno de Estados Unidos es un poco distinta a la que cuenta el propio Sam. Sam mintió para conseguir su estatus de refugiado, dice el informe de inmigración, exageró su filiación política. Nunca logró explicar de manera convincente de qué conocía al miembro de Al-Qaeda con el que se encontró en un centro comercial de Seattle. Y lo que para Sam es una desafortunada serie de casualidades, para Estados Unidos es una amenaza en potencia. Lo cierto es que es muy improbable que Sam pueda volver a entrar en el país donde vive su familia, en el país de sus hijos. Nunca se sabrá la verdad. Y la culpa de esta incógnita sin duda es del gobierno americano, que en lugar de un juicio justo, despachó la historia de Sam con un internamiento prolongado y una expulsión por amenaza terrorista. 

Este libro está empapado de vida. De realidades porosas, turbadoramente humanas. En todas las buenas historias, las personas cambian. Y los cuatro compañeros de viaje van transformando su forma de pensar a medida que hablan con la gente, a medida que las historias que escuchan pasan a formar parte de ellos. Creían saber algo, tenían ideas, información, expectativas sobre lo que iban a encontrarse. Y lo que se encontraron los transformó en otra cosa. Difuminó sus convicciones. Las volvió menos precisas y más desconcertantes. 

Es un libro sobre periodismo. Sobre lo difícil que es viajar a un país y, a las primeras de cambio, tener que renunciar a las ideas que traías de casa porque ya no valen para informar sobre ese lugar. Es un libro sobre la frustración de buscar una historia y encontrarte con decenas de ellas, todas distintas a la que buscabas. Todas complejas, dolorosas, furiosas. Y sobre la dificultad abrumadora de armar un relato coherente con tantos puntos de vista divergentes. 

Todos hemos oído hablar de los coches bomba, de los atentados, de las emboscadas de insurgentes, de las explosiones en embajadas, mercados, comisarías. Algo sabemos también de las miles de mujeres asesinadas cada mes en Oriente Próximo por el simple hecho de ser mujeres, asesinadas por sus maridos, sus padres o sus hermanos en nombre de la religión o de su honor. Todos sabemos, sobre todo desde 2011, de los millones de refugiados que llevan años viviendo en campos esperando que los países europeos cumplan de una vez las cuotas de asilo que prometieron. Sarah Glidden nos cuenta estas historias. Pero no sólo. También nos las muestra. Con sus acuarelas suaves llenas de luz y sencillez, nos lleva de la mano por la cotidianidad del horror para que nadie pueda refugiarse en la abstracción de las palabras. 



miércoles, 23 de agosto de 2017

LA URUGUAYA

"Yo quedaba partido, colgado de esa emoción que no se disipaba. Eso era Montevideo para mí. Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad donde ella vivía. Y todo me lo inventé, o casi todo". 

Él es un escritor argentino. Ha recibido un adelanto de quince mil dólares por los dos próximos libros que va a escribir y cruza el Río de la Plata para cobrarlos en Montevideo, donde pierde menos dinero con el cambio. Y donde vive una chica a la que ha visto apenas dos veces, pero que ya ha ocupado toda su vida: la uruguaya. Todo le habla de ella: las canciones de la radio, las películas, las playas, el horóscopo. Vive entregado a las decisiones de su cuerpo, a ese punto ciego, más allá del lenguaje, en el que Montevideo y su uruguaya son partes indisolubles de un mismo deseo. Y su piel vibra con la expectativa de verla mientras la espera sentado en una terraza, porque "no hay cosa más linda que ir al encuentro de una mujer hermosa". 

Pasan la tarde juntos paseando por la ciudad. La historia avanza al ritmo de sus pasos, entran en una tienda, miran, salen, entran en otra y compran golosinas, tonterías, un ukelele, se ríen con bromas tontas, se tocan, se apartan, se vuelven a tocar. A veces se enfadan un poco, y al instante se reencuentran en otra broma o en otro beso, siempre hablando, flotando en una conversación seductora que fluctúa, una llama frágil que un cúmulo de expectativas imprecisas mantiene encendida. Son una pareja "merodeando por el mundo, el asombroso mundo incomprensible". Y ella brilla en su Montevideo idealizado como escondida dentro de una canción que solamente él conoce. 

Él es padre de un niño pequeño. Marido de una mujer que se está alejando. Y vive de un amor a mitad imaginado en un país a mitad imaginado. "Te hace muchas piruetas el cerebro a vos", le dice la uruguaya riendo. Y sí. Es un hombre extasiado por su revolución interna, su secreto, el acelerón que le da la proximidad de esa uruguaya y que le lanza a los márgenes del tiempo y del espacio, ahí, a ese resquicio minúsculo de esa tarde en la que él sigue siendo él, él sin su hijo, sin su mujer, sin deudas, él solo, con su excitación y las posibilidades de su vida de repente abiertas de nuevo. 

La uruguaya es una novela breve cuya trama transcurre en un solo día, y tiene el encanto de lo efímero, de lo que sólo va a poder disfrutarse unas pocas horas y, por ello, se vive con mayor intensidad. Es un relato irónico y sentimental, atrapado en la memoria de un día que el narrador repasa y estudia, ampliando sus detalles para que cada momento crezca y se desarrolle en su cabeza hasta cobrar proporciones de mito. Es triste. A ratos, desconsolado. Pero en cada página vibra una ligereza cómica que encandila. 

Qué somos. Qué deseamos ser. En qué nos convertimos. Las preguntas más trascendentes tienen en esta novela respuestas imprevisibles que nos dicen, con una sonrisa irónica, que las vidas que merecen la pena ser vividas están siempre sometidas a un perpetuo cambio. 



lunes, 14 de agosto de 2017

MALDITOS 16

Hay una rabia escondida en cada palabra y cada gesto que intercambian. Han aprendido muy rápido todo lo que no quieren en la vida, y de momento les vale cualquier cosa que les ofrezca la posibilidad de huir, o de salvarse. Se sienten distintos, encerrados en su diferencia, aterrados por lo que los demás puedan pensar de ellos. Buscan un equilibrio imposible entre su necesidad de ser aceptados y su necesidad de aceptarse y expresarse con libertad. Tienen miedo a no saber encontrar un motivo para vivir más grande que el cotidiano dolor de estar vivos. No son niños. No son adultos. Tienen dieciséis años y están aprendiendo a decir: he intentado matarme. 

El suicidio es una palabra que no se pronuncia en voz alta. Más bien se esconde en comentarios al oído, cuchicheada con morbo o, en el mejor de los casos, con compasión: ¿te has enterado?, Marcos ha intentado matarse, sí, por una ventana, ¿con pastillas?, no, ni idea, pero qué loco, qué idiota, pobrecillo. No se habla de ello porque querer matarse es un tabú. Nuestra querida cultura occidental, impregnada de catolicismo, nos ha enseñado a verlo como un pecado, un acto ignominioso que hay que esconder de la vista de los demás, un oprobio, una vergüenza. Las causas son lo de menos. Matarse es propio de pecadores, locos, egoístas, egocéntricos, caprichosos. Y nadie quiere tener a un suicida cerca. 

Si el suicidio es un tema tabú, el suicidio adolescente lo es todavía más. A los dieciséis años, uno sigue siendo un niño a los ojos de sus padres. Y aunque las estadísticas digan que el suicidio es la segunda causa de muerte entre los adolescentes, todo el mundo sabe que los niños no se suicidan. ¿Cómo podrían hacerlo? ¿Y por qué, por Dios, por qué lo harían? 

Para vengarse. "De mis padres, por exigirme; de mis compañeros, por putearme; de mis profesores, por fingir que no se enteraban". Son menores de edad, pero no se lo están inventando. Toda esa vida trágica y ese dolor infinito son reales. Tan reales como los insultos, los menosprecios, las palizas, la identidad sexual incomprendida, despreciada y ridiculizada. Tan reales como la necesidad de cariño ignorada, como la rabia que produce desear algo, algo pequeño y sencillo que todo el mundo toca, y saber que siempre estará fuera de tu alcance. 

Esta obra de teatro de Fernando J López se estrenó en enero de 2017. Sus cuatro personajes adolescentes se inspiran en jóvenes que el autor ha conocido en las aulas, en el hospital y en las redes sociales. Alumnos, pacientes y lectores de sus novelas "que necesitan que la cultura los convierta, de una vez, en protagonistas". A través de sus palabras, ellos han reunido el valor de decirles a todos los que les despreciaron o ignoraron o pensaron que no era para tanto: he intentado matarme. Y al oírse, han entendido que no ocurrió. Que siguen aquí porque han conseguido ser más fuertes que ellos. 




lunes, 7 de agosto de 2017

ROJO Y NEGRO

Hay escritores que escriben siempre el mismo libro. 
Hay gente que escribe siempre la misma cita en sus redes sociales. 
Y hay lectores que leen novelas para buscarse, subrayando frases con un lápiz alborozado que parece decir: ¡mira, mira, aquí están mis sentimientos!
Leer novelas para buscarse me parece una forma de reducir la literatura a su capacidad sanadora. Es como buscar pareja para no sentirse solo. Como si la literatura y la gente tuvieran como único fin aliviar y acompañar nuestro exceso de emociones. 

Cuando leemos novelas nos convertimos en otros. Olvidamos por un rato quiénes creemos ser para introducirnos en la cabeza de un personaje, en su emoción o en su lógica. Olvidamos el sofá, la cena y a la suegra y vivimos vidas que jamás serán la nuestra. Diluimos nuestra identidad para poder meternos en la piel de seres extraños o fantásticos, porque si no nos desprendiéramos de buena parte de nosotros mismos, estaríamos leyéndonos siempre hacia adentro, o usando los libros como excusa para encontrarnos en ellos. La maravilla de leer ficción no es reconocerse en un personaje, sino ser capaz de desprenderse tanto de la propia identidad que uno mismo se convierte en ese personaje y siente y piensa y sueña y vive y muere en ese personaje, sin que los sentimientos, los pensamientos, los sueños, la vida o la muerte de ese personaje tengan ningún contacto en ningún momento con los suyos propios. 

Cuanto más lejos queda la vida de los personajes de la nuestra, más fácil es despojarnos de nuestra identidad y meternos en la de ellos. A mí me pasa con las novelas históricas. Con la literatura fantástica. Y con los clásicos del XIX. Me ha pasado, en estas últimas dos semanas, y a niveles insospechados, con Rojo y Negro

En este novelón de Stendhal he sido muy poco quien creo ser. Y eso me ha permitido ser muchos personajes; sentir, pensar y actuar dentro del libro según la lógica (o los caprichos irracionales) de todos ellos. He sido, por ejemplo, una señora llamada Mme de Rênal, casada con un marido ruin, y a través de su piel me he enamorado del nuevo y jovencísimo preceptor de sus hijos. He admirado sus mejillas suaves y sus ojos inocentes y su timidez encantadora de hijo de leñador al adentrarse en mi mundo de lujos y comodidades. He coqueteado con él sin pensar en Dios ni en su pecado hasta que las normas sociales de este 1827, tan lejos de la liberalidad del siglo anterior, me han hecho probar el amargor de palabras como adulterio, escándalo, ignominia y deshonra. 

También he sido, sin duda, el joven Julien Sorel. He sentido el fuego de la ambición y el desprecio por todos esos nobles ricos que juegan en sus mansiones con el destino de la gente humilde. He recibido el amor de la mujer de uno de esos nobles y me he dejado llevar por la pasión prohibida, pese a mi vocación de seminarista y mi deseo de gloria. He soñado con las hazañas de Napoleón en una época en la que aún es peligroso ensalzar al héroe caído y he utilizado mi soberbia y mi rebeldía para luchar contra las jerarquías, contra el clero y contra la prepotencia de los poderosos. 

He sido unos niños sin voz, jugando despreocupados en un jardín mientras el amante de mi madre nos mira con ojos melancólicos, escondido tras los visillos de una ventana. He sido un abad furibundo que esconde su ternura a base de latín. He sido un marido más preocupado por su honra que por su felicidad, una amiga harta de servir de carabina, un marqués que ama la erudición y un conde que sueña con Borbones. 

Cuando leemos novelas nos convertimos en otros. A mí me pasa siempre que el libro me gusta. Y me ha pasado hasta tal punto con esta novela de Stendhal que después de ciertas sesiones largas de lectura tenía que parpadear varias veces y soltar alguna tontería del siglo XXI para sacudirme todos esos personajes con sus pasiones y cálculos y volver a mi vida tranquila de librero, sin adulterios escandalosos ni huidas por el balcón ni seminarios infernales ni ambiciones napoleónicas. Aunque bueno, estas últimas a veces se presentan sin previo aviso y me susurran al oído: qué, para estas vacaciones, ¿nos pasamos por la isla de Elba?



miércoles, 2 de agosto de 2017

ENCICLOPEDIA MISTERIOSA DE LOS SERES DIMINUTOS

Todo el mundo sabe que los besos se esconden en los pliegues de la piel, en esas arruguitas minúsculas que se forman cuando nos reímos y que sólo hace falta frotar suavemente encima con la yema de un dedo para que salgan todos corriendo de su escondite deseando que alguien vaya a recogerlos. 

Todo el mundo sabe que las historias no solamente se encuentran en los libros, sino que se desparraman por las estanterías de madera de las librerías (sólo por las de madera) y se quedan adheridas a su superficie para siempre, de manera que cuando los libros se van, parte de su esencia se queda en aquella superficie lisa que les dio cobijo. 

Todo el mundo sabe que, en las noches de luna llena, cuando nadie pasa por ellas, las carreteras se desperezan, se sacuden el polvo de los coches y le añaden curvas a sus rectas para salir a bailar con los árboles y el viento y soñar que las luciérnagas del campo brillan en su pelo como estrellas. 

Todo el mundo sabe estas cosas. Se aprenden en casa, en los sueños o en la escuela. 
Pero lo que no todo el mundo sabe es que si los besos pueden esconderse en la piel, las historias impregnarse en la madera y las carreteras bailar en la noche es gracias a multitudes de seres diminutos que velan cada día y cada noche por el buen funcionamiento de nuestro mundo. Duendes del supermercado, hadas del cuarto de baño, trols de los campos de fútbol y trasgos de los túneles del metro. Los seres diminutos de esta enciclopedia misteriosa están por todas partes, aunque la mayoría de la gente no los vea.
Basta con cerrar los ojos de ver las cosas normales y abrir los de la imaginación. 



jueves, 27 de julio de 2017

LA LEVEDAD

La risa es una declaración de libertad. Rompe el miedo a lo desconocido, el miedo a la violencia y al silencio. Es una formidable estrategia de defensa ante cualquiera que esgrima su ofensa como arma. Irrumpe con su estrépito de ligereza y ataca a los que odian allí donde son más vulnerables: en su idea del honor. La risa libera, traspasa fronteras y une a las personas de cualquier cultura en un idioma común: el de la alegría. Hace dos años, ocho miembros de la revista satírica francesa Charlie Hebdo fueron asesinados por reírse. La filosofía de la revista era: "pasarlo bien, ser libre, inventar cosas, equivocarse, volver a empezar". Los hermanos Kouachi, pertenecientes a Al-Qaeda, consideraron que su risa era incompatible con sus sentimientos religiosos y los asesinaron por ello. 

El 7 de enero de 2015 la autora de este cómic se quedó dormida. No oyó el despertador y cuando llegó a la sede de Charlie Hebdo sólo tuvo tiempo de escuchar los disparos y esconderse. Su retraso le salvó la vida, pero no la libró del trauma de perder, en apenas unos minutos, a la mayoría de sus amigos y maestros. Cada noche sufría la misma pesadilla. Cuerpos, muerte, violencia. Y durante el día, la misma ausencia de emociones, como si el atentado la hubiera vaciado por dentro, dejando sólo la carcasa de la mujer que antes era. Hasta el cabreo se había esfumado. ¿Por qué matar? ¿Por qué acabar con la vida de los que no piensan como tú si el tiempo ya se va a encargar de hacerlo por nosotros de todos modos? 

Este cómic cuenta el atentado, el limbo por el que pasó la autora los meses siguientes y su sed de belleza para contrarrestar su vacío interior. Viajó a Roma, a la Villa Medici, que desde hace cuatro siglos es un asilo de artistas de todo el mundo en busca de inspiración, para empaparse de belleza en un intento de "recurrir al síndrome de Stendhal para anular el síndrome del 7 de enero". Cambiar la intoxicación por un exceso de muerte por la intoxicación por un exceso de belleza. Porque la belleza, al final, no es más que cultura, energía, búsqueda de un ideal. Es decir, vida. A la vuelta de su viaje, Catherine Meurisse escogió para su obra un título quizá inspirado en Kundera: la levedad, la insoportable levedad de permanecer, de sobrevivir y de hacer que, cueste lo que cueste, el futuro merezca la pena.

La filosofía de vida de Charlie Hebdo era la risa. Y lo sigue siendo. Después del atentado siguieron publicando y su siguiente número vendió siete millones de ejemplares. Siete millones de personas dispuestas a salir a la calle a defender la risa contra los que buscan someternos mediante la violencia y decirles que no nos tomamos en serio sus intenciones, que su religión es ridícula si no soporta las bromas y que seguiremos defendiéndonos siempre de su indignación trascendente mediante la ligereza y el sentido del humor. 

El terrorismo es el enemigo declarado de la risa y del lenguaje. Por lo tanto, ¿qué mejor forma de combatirlo que reírnos juntos?





lunes, 24 de julio de 2017

CAFÉ AMARGO

Las historias sobre Italia siempre tienen para mí un atractivo especial. Es un país maravilloso, de una belleza natural extraordinaria y cuenta con un patrimonio de obras de arte apabullante. A esta autora siciliana la descubrí con su primera novela, La mennulara, una historia original e interesante que retrataba de forma magistral el ambiente y las costumbres sicilianas, incluida la mafia.

En este Café amargo he encontrado una preciosa historia de amor enmarcada, como en todas las novelas de su autora, en su Sicilia natal, durante la primera mitad del siglo XX, con sus prejuicios, sus personajes pintorescos y, de forma especial, iluminando las personalidades de María y Giosué, los dos protagonistas junto con Pietro.

El trasfondo son las dos guerras mundiales y la repercusión que tuvieron en la vida de los habitantes de Palermo. Dos temas fundamentales, de primera importancia: la situación insoportable e inhumana de los mineros del azufre y la desastrosa y cruel actuación de Italia en la guerra con Etiopía en los años 30. Un detalle para mí muy relevante que se le ha olvidado a la autora consignar fue la matanza indiscriminada de civiles con gas mostaza que ya entonces estaba prohibido y la fumigación de las tierras cultivables con el mismo gas que las hizo improductivas por muchos años. Estos terribles hechos fueron alabados por Churchill y el papa Pío XI como una hazaña del gobierno italiano.

Sobre la historia de Italia quiero traer aquí el recuerdo de Los hijos, uno de los libros más interesantes que he leído, escrito por el periodista italoamericano Gay Talese.

Café amargo tiene además encantos especiales, su explícita sensualidad y el retrato minucioso de los decorados en las casas y jardines de la burguesía y la aristocracia del sur de Italia. Un placer su lectura.



domingo, 16 de julio de 2017

TANTOS DÍAS FELICES

Vincent y Guido son dos amigos con la vida resuelta y ganas de enamorarse. Inteligentes, ricos y despreocupados, son lo suficientemente jóvenes para desear salir por las noches a "pegar patadas a neumáticos y estallar botellas contra las paredes" pero, sin duda, demasiado distinguidos para semejantes desmanes. Guido conoce a Holly, una chica impenetrable, excéntrica y elegantísima que pronto se convierte en su obsesión, "mejor que cualquier fantasía, mejor que esos sueños adornadísimos que, por la mañana, dejan tras de sí un dulce sabor de felicidad inexplicable". Y Vincent, poco después, se topa con Misty, una compañera de trabajo nada nebulosa que, con su pesimismo combativo de clase proletaria, ejerce de perfecto contrapunto para el dandismo benevolente y pacífico del galán enamorado. Guido vive volcado en el arte, y aunque no hace más que vivir el momento, se pasa la vida analizando sus emociones. Mientras que Vincent, que como científico se dedica a analizar la realidad, se limita a vivir sin prestar atención a cálculo alguno. Con estos dos personajes, y sus respectivas parejas, Laurie Colwin ha creado una comedia encantadora y perspicaz sobre las complejidades del amor.

Ya me pasó con Felicidad familiar. Internarse en la literatura de Laurie Colwin es un chute de buen rollo y sutileza, con ese entusiasmo descontrolado y un pelín neurótico de las películas más alegres de Woody Allen. Es como volver de cenar con amigos y ponerse a analizar en el coche con tu pareja todos los detalles de la cena: fíjate lo que le ha dicho, y cómo se ha quedado callado cuando le has respondido que no podías ir, pues les he visto mejor que el año pasado pero, ¿has visto?, no se han tocado ni una sola vez, esta chica lo va a volver loco, pues yo creo que le va a a venir fenomenal, qué dices, que sí, le hace falta que alguien se lo ponga un poco difícil, que vaya por delante, que le haga esforzarse, mmm, pues quizá tengas razón, que lleva años acostumbrado a conquistas fáciles y ya le toca luchar un poco, y te has fijado que... Un cotilleo animado y mordaz, como todo buen cotilleo, ingenioso, cariñoso, con ese colmillito malévolo que convierte toda charla intrascendente en una fiesta del ingenio. 

Hablar de amor es hablar de misterio. De la perplejidad, a veces resignada, a veces feliz y entusiasta, que provocan sus vaivenes. Incluso cuando todo va bien y la vida fluye y la rutina se disfruta como un dulce, Holly siente la necesidad de buscarle alguna pega, de estropear un poquito el cuadro perfecto de su vida para hacerlo real y comprensible y así disfrutarlo mejor. Y se marcha sola a Francia tres semanas para experimentar la sensación de añoranza buscando la belleza a través de la imperfección, buscando romper la simetría que hace de cualquier relación algo armónico y estable, sólido y duradero, pero poco estimulante. 

Los libros de Laurie Colwin podrían rozar la frivolidad si no realizara, con cada personaje, un análisis profundo y conciso de su cualidad humana. Están llenos de ideas sobre la vida, ideas divertidas, disparatadas, filosóficas, irónicas y extrapolables a cualquiera que haya sentido el vértigo de adentrarse en la vida adulta sin saber cómo hacerlo. No recuerdo a ningún escritor que trate a sus personajes con el cariño que les demuestra Laurie Colwin a los suyos. Su tono parece decir: queridos míos, qué locos estáis ¡y cómo os quiero!

Laurie Colwin

Me cuesta escribir sobre los libros de esta autora y no decir tonterías. Mi cuaderno de notas está lleno de comentarios elogiosos, edulcorados y cursis como la carpeta de un adolescente que acaba de descubrir a Bécquer. Sus libros proporcionan esa felicidad efervescente de las comedias de Woody Allen y salgo de ellos medio enamorado, sintiendo el suelo blandito y una euforia íntima incontrolable. Y quiero más. Por favor, Libros del Asteroide, quiero más. Volver a ella. A su tono. A sus diálogos mordaces y sus personajes excéntricos y entrañables. Quiero más. Encerrarme con todos sus libros en una habitación y no salir en días, hasta que sus palabras me dejen la cabeza y el corazón con las sábanas revueltas. 



martes, 11 de julio de 2017

LA REINA DE LAS RANAS NO PUEDE MOJARSE LOS PIES

De pequeño, mi madre me leía los libros de Sapo y Sepo, de Arnold Lobel. Eran dos sapos estupendos, amigos inseparables, que no sabían vivir el uno sin el otro. Salían de paseo, zampaban galletas y viajaban por el mundo. Vamos, el plan de vida ideal para un crío de cinco años. 

Hace unos diez años, un sapo subió los cien metros que separan el embalse de la casa de mi madre y se quedó tan pancho descansando en su terraza. Era gordo, de un color sucio entre amarillo y marrón, y tenía los ojos saltones. Recuerdo esos ojos. Y su panza latiendo. Y que no me producía ni miedo ni asco, sino una curiosidad infantil por ver cuál sería su próximo movimiento. ¿Se comería una galleta o saldría de viaje por el mundo?

Gracias a mi madre y a Arnold Lobel me ha quedado de la infancia cierta ternura por las ranas y los sapos. Por eso, quizá, este cuento de ranas me ha parecido tan irresistible. 

Había una vez un estanque en el que las ranas hacían cosas de ranas. Saltar, cazar moscas, dormir y jugar. Vamos, el plan ideal de cualquier rana inteligente. Hasta que un día cayó al agua un objeto metálico y brillante y la rana que fue a indagar al fondo del estanque emergió a la superficie con una corona en su cabeza. Y ya nada fue lo de antes. 

¿Un cuento infantil sobre la monarquía? Pues sí. 
¿Sobre el abuso de poder y sus consecuencias? Eso es. 
¿Sobre la soberanía y el principio de igualdad? Claro que sí. 
¿Y con historia de amor? ¡Y con historia de amor!


miércoles, 5 de julio de 2017

CUANDO ÉRAMOS HERMANAS

Con una escritura elegante, Sheila Kohler nos trae un testimonio inquietante, por varias razones: la violencia contra las mujeres, ejercida por los maridos de las dos hermanas protagonistas, y las actitudes racistas de las familias privilegiadas en Sudáfrica. Es una historia perturbadora, trágica, que revela el inconformismo de una mujer joven descendiente de una familia de Baviera.

Nacida en un entorno de gente millonaria en la Sudáfrica del apartheid, a pesar de su educación cultural europea en París y Venecia, le parecen normales las leyes que del gobierno sudafricano que segregaban a sus habitantes según su raza. Según estas leyes, los negros y los blancos no vivían en los mismos barrios, no estudiaban en los mismos colegios ni pasaban las vacaciones en los mismos lugares. El propósito era conservar todo el poder para la minoría blanca (que no era más que el 21% de la población). En otras condiciones habría perdido su posición de privilegio.

¡Hasta qué límites la educación recibida condiciona las actitudes y fomenta las creencias más erróneas e injustas! Esas personas que de forma tan poco ética consiguieron y siguen consiguiendo hoy ingresos millonarios a costa del trabajo esclavo de sus semejantes, ¿dónde guardan su conciencia? La madre de la escritora de esta novela, como muchas, acabó alcohólica porque en su vida no había intereses que la ocuparan. Hasta 1992, el apartheid, aquel crimen contra la humanidad, fue legal. Recordar estas realidades a través de las experiencias vividas es importante.



jueves, 29 de junio de 2017

LA BALADA DEL NORTE

En España dices República y no sólo eres antimonárquico, sino además rojo, socialista, filocomunista y, si se tercia, antisistema. Obligatoriamente progre. Como si desde 1931 hasta 1936 sólo hubieran gobernado las izquierdas. En el instituto me enseñaron a asociar la República con libertades, sindicatos, Lorca, La Barraca, lucha obrera y derechos laborales. Cinco años de esplendor apretujados entre dos épocas de oscurantismo medieval. La esperanza. El comienzo del progreso. El faro de la historia que pasaría cuatro décadas apagado por la bota de Franco y que volvería a la luz, para no volver a apagarse, en 1978. Y lo cierto es que esa forma de verlo era perfecta para cuadrarla en un esquema memorizable. Quedaba bonito en los apuntes para selectividad y servía a la adolescencia como las camisetas del Che: mitos para empezar a rellenar la ignorancia. Pero lo cierto es que, al igual que aprendimos, años más tarde, que el Che no era aquel irreprochable guerrillero liberador de las masas oprimidas que describía Silvio Rodríguez en su canción, poco a poco nos fuimos dando cuenta de que la República tuvo poco de esa liberación social con la que la asociábamos y que el esplendor fue en realidad una vela frágil, una promesa que nunca llegó a cumplirse.

Precisamente de promesas no cumplidas sabían mucho los mineros de Asturias, protagonistas de esta obra monumental de Alfonso Zapico en tres volúmenes, de los que se han publicado ya los dos primeros. Las compañías mineras asturianas, afectadas por la crisis de 1929, redujeron sueldos y dejaron de invertir en medidas de seguridad para mantener los beneficios. Conchabadas con las fuerzas del orden y los jueces, censuraron periódicos y acentuaron la pobreza y la precariedad de los mineros. Estos llegaron a un punto en que su único afán era sobrevivir y sacar adelante a sus familias, y decidieron que ya era hora de "coger el país por las solapas y zarandearlo hasta darle la vuelta". No se puede pasar hambre en silencio e indefinidamente. No se puede contemplar la dignidad pisoteada día tras día y quedarse de brazos cruzados, recibiendo palo tras palo. "¿Qué será lo próximo? La muerte colectiva. Acabarán convertidos en sombras, abandonados en aquel valle. Por eso habrá revolución".

La revolución de 1934, pensada para toda España, sólo cuajó en Asturias. Pretendió ser el sueño de todos, anarquistas, socialistas, comunistas y republicanos de cualquier ideología que estuvieran a favor de los derechos laborales de las clases más desfavorecidas. Pero se topó con un gobierno conservador que, aterrado por la posibilidad de que los obreros tomaran el poder, mandó al ejército, con López Ochoa al mando, y a un tal general Franco al frente de los regulares de África para reprimir a sangre y fuego la revuelta. Pretendió ser el sueño de todos, pero sólo fue el sueño de cada uno, socialistas, comunistas y anarquistas, cada uno en una dirección, odiándose por motivos espurios, cegados por su ambición o sus miserias, todos con un sueño distinto de la revolución.

Escribe Enric González en la introducción del primer tomo: "los sucesos de Asturias supusieron en realidad el inicio de la guerra civil: en ellos el rival político se convirtió en enemigo, y acto seguido en alimaña, en bestia que se debía exterminar. Tanto la insurrección como la brutal represión militar imprimieron en la Segunda República el clima feroz que dos años más tarde desembocó en una guerra de aniquilación".

Zapico, uno de los más brillantes historietistas españoles, está creando una obra impresionante sobre la Revolución de 1934. A través de una ambigua historia de amor entre el hijo del dueño de una compañía minera y la hija de uno de los líderes de la revolución, retrata de forma magnífica el clima de violencia, la angustia de los trabajadores, el desprecio de los empresarios y el caos que reinaron en Asturias durante aquel mes de octubre, dejando para el tercer tomo, presumiblemente, las consecuencias de la represión y el destino de esa pareja improbable.

La revolución de octubre de 1934 fue la última revolución social de Europa Occidental. Aunque fracasó, pronto se convirtió en un mito para la izquierda, a la altura de la Comuna de París o de la Revolución Rusa. Ojalá este cómic sirva, entre otras cosas, para ver la revolución de Asturias con sus luces y sus sombras, para que la palabra República deje de ser sinónimo de socialismo o progreso y para desmitificar aquellos hechos y que no se conviertan en armas arrojadizas para futuras generaciones.


lunes, 26 de junio de 2017

POTOSÍ

Potosí: palabra quechua que adoptó el castellano para nombrar las fortunas impensables. 
Potosí: la montaña boliviana de la que los hombres llevan extrayendo plata y estaño desde hace quinientos años. 
Potosí: el paraíso de los tesoros fabulosos. 
Potosí: el departamento más pobre del país más pobre de Sudamérica. 

Cuando quieren protestar contra algo que desconocen, los mayores a menudo recurren al clásico "esto antes no pasaba, en mis tiempos se vivía mejor". Es una muletilla casi siempre mentirosa, ya se sabe que la memoria descarta y embellece los recuerdos a capricho de nuestros vaivenes melancólicos. Sin embargo, en boca de un minero boliviano que hubiera oído hablar de la situación de la minería antes de 1985, sería una verdad incontestable.

Antes, en Bolivia, los mineros sí que vivían mejor. Podían afiliarse a sindicatos, trabajaban con contrato y seguro de accidentes, disponían de maquinaria y sus hijos iban a la escuela. Apenas había menores en las minas. Hoy, el Cepromin (Centro de Promoción Minera), calcula que son unos 13.000 los menores de 18 años que bajan a las minas para contribuir a la economía familiar. Por supuesto, sin contrato, sin maquinaria, sin medidas de seguridad y, a menudo, sin saber ni siquiera para quién están trabajando en realidad. Se acabó la conciencia social. Se acabó la resistencia obrera frente a la explotación y los intentos de las empresas privadas de esclavizar a sus trabajadores. Se acabó pensar en seguir respirando con pulmones sanos. Hoy en día, desde 1985, los mineros que empiezan a los doce años probablemente no cumplirán los treinta y cinco. 

Pero, ¿qué pasó en 1985? Que el gobierno boliviano privatizó la explotación de las minas para hacer frente a los pagos de la deuda externa, medida que satisfizo a Estados Unidos y los mercados, y llevó a los bolivianos a la miseria. Pero para llegar a este punto hay que saber qué había pasado antes en el país. Tras haber sido una sierva fiel del capitalismo más feroz a lo largo de la primera mitad del siglo XX, en 1951 Bolivia nacionalizó las minas e inició un proceso modernizador (sufragio universal, derechos laborales, sanidad y educación públicas), saboteado años después por Estados Unidos y su fobia a cualquier avance social que su paranoia pudiera asociar con el comunismo. El país pasó de dictadura en dictadura, apoyadas por la CIA dentro de la Operación Cóndor, y entre diversos asesinos hubo sitio hasta para un nazi famoso, Klaus Barbie, el llamado "carnicero de Lyon", que coordinó grupos paramilitares de extrema derecha y desarrolló sus gustos sangrientos torturando y desapareciendo a presos políticos. 

En los años 70, Estados Unidos concedió préstamos millonarios a los dictadores bolivianos "porque eran socios en la lucha contra el comunismo y porque aprobaban leyes ventajosas para las multinacionales del petróleo y el gas". La deuda del país se multiplicó por diez, pero mientras duraron las dictaduras los norteamericanos no exigieron ninguna devolución. Cuando volvió la democracia en los años 80 y la supuesta amenaza comunista empezó a disiparse, Estados Unidos vendió 30.000 toneladas de estaño, materia prima esencial para la economía boliviana, lo cual hundió su precio en los mercados y Bolivia se quedó sin ingresos. Y fue entonces cuando los acreedores estadounidenses reclamaron la devolución de la deuda boliviana. Pero como Bolivia no podía pagar ni siquiera los intereses de dicha deuda, Estados Unidos obligó al país a privatizar todos sus recursos y a recortar en todo lo público. Dictaduras. Deudas. Y miseria. He aquí el legado estadounidense en buena parte de los países de Latinoamérica. 

El resultado es que los principales sectores económicos de Bolivia fueron vendidos a precios ridículos, con evasiones y fraudes en un "espectáculo de estafas, corrupciones y pelotazos". Y Bolivia siguió estancada en su papel de país sin infraestructuras, sin inversiones y sin industria. "Sin ninguna capacidad para defenderse de los especuladores internacionales que juegan con las materias primas y hunden países, con poca o mucha intención, sin ninguna preocupación". 

"Gobiernos y agentes de bolsa especulan con las materias primas; en ese juego arruinan a países subdesarrollados; esos países aceptan las ayudas internacionales y sus condiciones para salvarse; por ejemplo, renuncian a intervenir en las relaciones entre las empresas y los trabajadores, renuncian a cualquier vigilancia, y así, al final de la cadena, una niña de doce años entra a trabajar en la mina". 

Ander Izagirre, que ya me entusiasmó el año pasado con Cansasuelos, un relato encantador sobre un viaje a pie por los Apeninos, ha escrito un libro que encierra muchas historias. Historias de avaricia, en las que los magnates mineros se enriquecieron hasta límites obscenos a base de evadir impuestos y controlar a los gobiernos mientras Bolivia se moría de hambre. Historias de desprecio, en las que Estados Unidos destrozó la vida de millones de personas que consideraba prescindibles abusando de su poder para satisfacer sus intereses políticos y económicos. Y también historias de coraje, como la de Alicia, una adolescente minera a la que le duelen los riñones de bajar todos los días a la mina y se preocupa por que la puedan violar y se ve forzada a pagar una deuda que no es suya pero aun así sigue yendo a clase por las tardes y se convierte en presidenta de una asociación de menores mineros y obtiene una beca para estudiar y poder respirar aire limpio y comer comida saludable y quizá, un día, dejar de bajar a la mina y olvidarse, quizá, un día, del dolor de riñones. 



jueves, 22 de junio de 2017

ANTES ESTABA EL MAR

La editorial Barbara Fiore nos tiene ya acostumbrados a su buen hacer con la elección de libros bellos que son un placer para la vista y un incentivo para la imaginación.

En este caso ha elegido esta obra de Éleonore Douspis, una pequeña joya de bellísimas ilustraciones que cuenta la historia de las carencias experimentadas por un niño que vive cerca del mar. De forma alegórica representa a tantos millones de niños en el mundo que, por diversas causas, se ven obligados a abandonar su hogar y sus pueblos y el desamparo se vuelve su forma de vida. 

El protagonista y su amiga Oumy disfrutan de sus juegos al borde de un mar tranquilo y cristalino hasta que algo terrible sucede y todo cambia, ya no está el mar, ni los juegos, ni su amiga, ni su familia... Está solo y no le queda más remedio que reconstruirse.

Las ilustraciones bellísimas de este libro nos van relatando sus sentimientos, primero la felicidad al lado de su amiga y luego el sufrimiento y la inseguridad por la falta de su familia,  hasta que al final consigue escapar del papel en un apogeo de solapas que nos descubren el itinerario por mundos oníricos y reales que transitan tantos millones de personas en el mundo.


lunes, 19 de junio de 2017

TIERRA DE CAMPOS

Hace muchos años, un profesor de piano me dijo: te escucho tocar y no sé quién eres. No es algo necesariamente malo, me explicó. Mira Pollini, por ejemplo, tampoco sé quién es. O Rubinstein. Y son magníficos. Pero esa impenetrabilidad tuya hace que tengas que ser muy bueno para que no se note. El reproche, claro está, iba implícito, metido a cuchillo en mi inseguridad con aquella sonrisa suya socarrona con la que nos enamoraba y nos sacaba de quicio a partes iguales. Por supuesto, nunca fui lo suficientemente bueno como para eludir un hándicap como ese. ¿Quién soy yo tocando? ¿Puede definirse alguien a través de la música que toca? Después de muchos años de darle vueltas y de quitarme y ponerme diversas máscaras, creo que aquel profesor no se refería a mi falta de personalidad musical, signifique lo que signifique eso, sino más bien a que por aquel entonces no se reconocía en mi forma de tocar. No lograba meter sus emociones en mi música. Mi música era una casa cerrada para él, y por más que llamaba, la puerta nunca se abría. Me lo dijo en un par de ocasiones y, ante mi gesto desolado, se apresuraba a consolarme: no es nada malo, tocas muy bien, y vas a tocar mucho mejor, tu casa es muy bonita y da gusto verla por fuera, ahora tienes que pensar en cómo vas a abrirle la puerta a tus invitados.

Me he acordado de esta anécdota al leer Tierra de campos, el último libro de David Trueba. Al igual que ciertas canciones o ciertos paisajes, es un libro en el que me gustaría vivir. Una casa abierta y acogedora, llena de lugares cálidos y reconocibles, con esa poderosa sugestión que tienen los enamoramientos, cuyo desfile de novedades y extrañezas, en vez de alejarte, te acerca siempre más a ti mismo. Lo he leído con una sonrisa casi permanente. Sonrisa burlona, divertida y sentimental. Y mientras iba apuntando frases, de vez en cuando cerraba el libro y me quedaba mirando por la ventana, alelado, persiguiendo conceptos, metáforas e ilusiones, como si fueran cometas de colores que sólo volaran para mí. 

Tierra de campos es un homenaje dulce e irónico a unos padres que, como la inmensa mayoría de su generación, fueron educados en el pudor y la represión emocional, cariñosos en el gesto pero nunca en la palabra, incapaces de arrebatos, de euforias o de compartir las heridas de la memoria, y, sin embargo, poseedores de unos valores férreos e insobornables, anclados a una honestidad sin fisuras. También es un homenaje a los laberintos del amor, por los que el protagonista se interna atropelladamente en su huida de la soledad, y de los que nunca logra salir por más que consiga eludir los rencores y el odio, esos vicios de la posesión que siempre acaban en amargura. Por supuesto, es un homenaje a la vida del músico, siempre hacia delante, siempre pensando en el siguiente concierto, la siguiente canción, la siguiente borrachera, en busca del movimiento perpetuo, de la conquista de lo efímero, del vuelo, de la ingravidez. Pero, sobre todo, es un homenaje a la amistad. 

Se nota un cariño abrumador en el retrato de los amigos del protagonista. Gus, arrollador y ambiguo, viviendo en un permanente estado de euforia desde su elegancia excéntrica, y Animal, bruto e impulsivo, gobernándolos a los tres desde la batería a base de fidelidad y cervezas. Entre los tres, con apariciones esporádicas de otros músicos amigos, convierten su oficio en el arte de vivir en el aire, en ese instante durante un salto en el que los pies no tocan el suelo y todo puede pasar. "Lo contrario a un museo, donde todo está ordenado y datado, donde el tiempo se ha posado". Luchan contra la pesadez, contra la tierra, las raíces, las fotos fijas, lo definitivo, lo incuestionable, lo irrefutable, sin darse cuenta, quizá, de que el exceso de vida es un camino que a veces pasa muy cerca de la muerte. 

Escribir sobre música es muy difícil. ¿Cómo se describe un sonido sin abusar de las metáforas? No sé cómo lo hace, pero David Trueba lo consigue. Y se pasa más de medio libro consiguiéndolo, haciendo que escuche la música de estos tres amigos con nitidez, impresionado por no necesitar apenas referentes ni comparaciones para saber exactamente cómo suenan las canciones que describe. Y vuelvo a casa después del trabajo tarareando mis versiones de esa "música herida y sarcástica, de un humor desesperado", con instrumentos de viento que parecen sacados de una película de Kusturica y una ligereza que hace que cualquier dramatismo sea siempre relativo y volátil. 

Ligereza. Sí, es un libro ligero. Aun cuando habla de lo que nos perturba, del desasosiego de no lograr calmar nunca el hambre, a pesar del éxito, del amor, del sexo, de los amigos, del triunfo de la vida. Ligereza al describir la pérdida de la inocencia y cómo el espacio que deja la ingenuidad puede ser sustituido por la delicadeza. Ligereza al subrayar la importancia del pasado, de esa obsesión por dejar, a través del arte, una huella que nos sobreviva. El pasado como refugio, como surtidor de expectativas. Pero también, como mentira. Porque el pasado, al fin y al cabo, no existe. Es aquel portal umbrío de tu primer beso convertido hoy en una inhóspita oficina bancaria. Poco más que una historia, una ficción que va perdiendo su soporte material cada día que pasa.

Si al mirar no eres capaz de inventar lo que estás viendo, ¿para qué mirar, entonces? 
Si al cantar no estás tendiendo la mano a quien te escucha para que se venga contigo a tu emoción, ¿para qué cantar, entonces?
Con los años, siempre procuré hacer caso a mi profesor de piano. Si conseguí abrir la puerta de mi música y hacer que la gente se quedara un ratito a escucharme desde dentro fue sobre todo gracias a libros como éste: casas magníficas y acogedoras cuya puerta siempre he encontrado abierta.


jueves, 15 de junio de 2017

MÁS ALLÁ DEL INVIERNO

Encontrarme de nuevo con un libro de Isabel Allende despierta en mí resonancias antiguas. Su Casa de los espíritus coincidió en el tiempo con la llegada al mundo de mi hijo, en 1982, momento en el que yo acababa de vivir experiencias muy intensas en un país latinoamericano. Aquella carta al abuelo, llena de realismo mágico, como se llamó entonces, me impresionó, me pareció brillante y cuando salió su segundo libro, De amor y sombra, me sumergí en él. Los dos trataban el tema de la dictadura chilena y la defensa de los derechos humanos, especialmente los de las mujeres. Un tema para mí apasionante. El tercer libro que leí de Isabel fue Paula, un homenaje a su hija recién muerta, autobiográfico y también en forma de cartas, que me conquistó y me llevó a su universo, en el que siempre he encontrado el toque de humor que da a sus relatos, aun en su faceta más dramática, con una cercanía que te hace sentir partícipe de la historia.

Luego vinieron muchos títulos más que, en mi opinión, nunca llegaron al nivel de los tres que he comentado. Y ahí fui dejando de ser su lectora constante. El penúltimo, El amante japonés, me descubrió un episodio de la historia de Estados Unidos que creo que no ha sido debidamente divulgado: la injusta represalia que sufrieron los japoneses residentes en Estados Unidos y su internación en campos de concentración tras el ataque a Pearl Harbour en 1941. 

Como editora y librera he sido muy consciente de las críticas que ha recibido de voces del mundo intelectual y comprendo algunos de sus argumentos, pero tengo que decir en su favor que sus libros tienen siempre tramas interesantes y temas comprometidos y que si su literatura no es lírica, su sencillez directa para contar es de una enorme amenidad que te engancha desde la primera línea.

En Más allá del invierno, recrea el tema de los refugiados, en este caso una muchachita guatemalteca que ha sufrido lo indecible a causa de las maras violentas en las que se refugió el mayor de sus hermanos. Como siempre, la violencia masculina acaba impregnando los episodios más dramáticos en la vida de las familias pobres, abandonadas con tanta frecuencia por el padre. También denuncia la política que Trump está llevando contra los refugiados y recuerda un hecho que a mí se me había olvidado. En los años 80 se creó el Sanctuary Movement en Estados Unidos, un movimiento compuesto por miles de abogados, estudiantes y activistas que se pusieron de acuerdo para ayudar a los refugiados que en la época de Reagan eran tratados como delincuentes y deportados. Ojalá salga un movimiento parecido ahora.

El trayecto desde Guatemala hasta Estados Unidos pasando por México, con la continua amenaza de los Zetas o los coyotes desalmados que se lucran con la desesperación de los refugiados, está descrito con minucioso detalle. Una vez conseguido el paso a Estados Unidos los problemas no se acaban. Aparecen traficantes de personas con testaferros, que nos recuerdan los casos de corrupción que hoy tenemos en España como el de Ignacio González, o descendientes de personajes turbios que en muchas ocasiones habían escapado de la cárcel y su refugio fue América, como los antepasados alemanes de Trump.

He querido rescatar esta conferencia magistral que Isabel dio en Estados Unidos el 14 de mayo del 2013, un monólogo chispeante y lleno de humor, que denuncia realidades importantes que no han cambiado a pesar de los cuatro años transcurridos.


lunes, 12 de junio de 2017

NOS VEMOS ALLÁ ARRIBA (cómic)

Así que así se hace. Uno se enamora de una novela. La piensa, la vive, la saborea. La lleva en su cabeza como una canción de amor, en su piel como el perfume de una amante. Uno llora con la tragedia del herido y se compadece de los dilemas morales de su compañero. Uno va andando por la calle, ve un cementerio y siente de pronto una furia incandescente revolverse en sus tripas. O se topa con una tienda de disfraces y una máscara de arlequín hace que le recorra la flecha de un escalofrío por la espalda. Uno se enamora de una novela y, como sabe dibujar, empieza a sentir un cosquilleo en la punta de los dedos. Las emociones se transforman en colores, la furia es morada y el amor verde, y en cuanto llega a casa se pone a dibujar como un poseso. Horas y horas. La canción de amor y el perfume de la amante ahí, plasmados sobre el blanco. La tragedia y los dilemas en dos cuerpos enlazados, en unos labios suplicantes. Así se hace. Uno se enamora de una novela y devuelve ese amor convertido en esta obra de arte. 

Este cómic es una adaptación gráfica de la novela de Pierre Lemaitre Nos vemos allá arriba, Premio Goncourt 2013. Sus protagonistas, Édouard y Albert, deberían haber muerto en la guerra. Habría sido lo más conveniente para sus superiores y para los gobernantes de la paz de los años veinte, incapaces todos de compensar por su sufrimiento a las decenas de miles de heridos que volvieron deshechos de una guerra espantosa y absurda. Estos dos despojos de la paz, unidos por una amistad compleja y profunda, protagonizan una de las historias de venganza más contundentes e impactantes que he leído nunca y muestran cómo del sufrimiento y la compasión pueden salir las ideas más creativas. Y las más desesperadas. 

Las adaptaciones al cómic de obras literarias saben a menudo a sucedáneo. Conocemos el texto, sabemos de su fuerza, y es difícil que una imagen potencie la historia conocida sin traicionar su esencia o sin entrar en conflicto con la idea que nos habíamos hecho de los personajes y su contexto. Esta adaptación de Christian de Metter no se parece a ninguna otra. Es potentísima, discreta, concisa y tiene una fuerza expresiva que quita el aliento. Sólo me explico un éxito así desde el amor. Desde la devoción absoluta del dibujante por una historia que le ha atrapado tanto que sólo puede deshacerse de ella creándola de nuevo, sacándola a golpe de color desde sus sueños y obsesiones. 

Gracias, Christian de Metter, por convertir tu pasión en esta obra de arte. 


jueves, 8 de junio de 2017

LO QUE OLVIDAMOS

Despacio. He leído este libro muy despacio, saboreando cada capítulo como un dulce secreto e íntimo. En ratitos robados a la librería o a la preparación de una cena ligera, en la cama antes de dormir o en el sillón poco después de despertar, esta historia me ha llevado a lugares dentro de mí mismo donde nunca había estado. Un jardín de una residencia, el sol sobre las flores, las manos de una madre recogidas en el cuenco de las manos de su hija, las palabras de una hija que recoge en su memoria los recuerdos fugitivos de una madre que está dejando de saber quién es. Lugares transidos de belleza, de un dolor tamizado por la melancolía y la ternura, que desde ahora, y para siempre, han pasado a pertenecerme. 

Es un proceso conocido. Incluso para quienes no lo han vivido nunca de cerca. Poco a poco, con cada lapsus, cada excentricidad, cada negación de la realidad, la persona querida se va alejando, va perdiendo aquello que la definía como madre, como sostén, como ser humano dentro de una familia y de una sociedad. "Está aquí y al mismo tiempo está ausente, extraviada en un laberinto interior que nos resulta inaccesible". Un laberinto en el que, pese a su inaccesibilidad, la narradora de esta novela decide internarse para no soltarle la mano a su madre, para tratar de estar a su lado en todos los tropiezos, en todas las lagunas de su mente desmemoriada. 

Al vaciar la casa materna, aparecen multitud de objetos antiguos que despiertan recuerdos. Recordar la infancia ahora cobra otro sentido. Otra responsabilidad. Cuando somos los únicos depositarios de ciertas historias, estas ganan peso y valor, y nos definen a través de las personas que las habían guardado antes que nosotros en su memoria. Recordar se convierte ahora en un acto de amor. En algo que se hace con mimo, con cariño, por amor a aquella que ya no puede recordar nada. 

Estamos acostumbrados a relacionarnos con los demás en base a una serie de normas lógicas de comportamiento. Contamos con que nuestra forma de percibir la realidad es compartida por la mayoría y así amamos, nos comunicamos, debatimos y nos movemos con más o menos soltura en nuestra sociedad. Cuando alguien deja de percibir la realidad como el resto, trata de protegerse. El mundo se vuelve hostil. Un tenedor ya no es un tenedor, es un trozo metálico con púas afiladas con propósitos incomprensibles. Trata de protegerse y sus actos se vuelven impredecibles. Y todos los intentos de traerle de vuelta resultan vanos, no se puede dar marcha atrás en su lento alejamiento de la realidad. No se le puede retener en la razón, sólo se le puede acompañar sin tratar de buscar su nueva lógica. Sin tratar de encontrar un nuevo lugar en su mente donde poder descansar. Cuando ya no se reconoce a la familia, cuando el propio hogar se olvida, cualquier lugar, cualquier caricia pueden ser "mi casa". 

El futuro no existe. El presente se renueva todos los días, de formas extravagantes o aterradoras. El pasado ha dejado de existir. ¿Cómo "hacer planes que no se van a recordar, para un tiempo que no se puede prever"? Cada día es nuevo, cada día se estrena el mundo. Aunque sea un mundo cada vez menos sólido, en perpetuo proceso de desmoronamiento. Cada día la ropa de siempre parece nueva y se recibe con la ilusión de un regalo. Hay un sentimiento de inocencia, de brillo infantil en los ojos, que se entusiasman por la posibilidad de estrenar cada día las cosas usadas de este mundo. Es una inocencia recobrada, propia de los niños. Sin embargo, los niños van de la inocencia hacia el conocimiento. Y ella, de la inocencia hacia el olvido. 

Somos memoria. Los recuerdos nos permiten ser cariñosos (porque reconocemos los vínculos que nos unen con los seres queridos), rencorosos (porque recordamos las posibles ofensas) o ambiciosos (porque sabemos lo que hemos tenido y queremos más). Sin memoria no sabríamos amar, no tendríamos nunca nada que perder, no sufriríamos celos ni amargura. Sin memoria no sentiríamos orgullo ni pasión ni rebeldía. Toda emoción duradera está asociada a nuestra capacidad de recordar. Somos el resultado de la relación que hemos establecido con nuestros recuerdos, los pactos que hemos firmado con nuestra memoria. Somos lo que somos porque recordamos. 

El proceso mediante el que una persona va perdiendo la memoria hasta perder su humanidad es lento. Duele ser testigo de esa degradación, de sus etapas. Ver cómo la persona amada va perdiendo capas de personalidad, de reflejos, de carácter, de destrezas, hasta quedarse en un frágil andamio que a duras penas sostiene a un ser humano, un pequeño ser vulnerable, desposeído de sí mismo, irreconocible. Sin embargo, no hay dolor en esta novela. Hay compasión. Hay sobriedad. Hay delicadeza. Y la he leído ensimismado y emocionado, con la sonrisa triste de estar asistiendo a un drama aceptado, contado con la serenidad de la tristeza asumida, perdido en la ternura del laberinto de esta madre desmemoriada y esta hija llevándola de flor en flor por el pequeño jardín de su residencia, haciendo lo mismo que su madre hacía con ella de niña, mostrándole el nombre de las cosas, no ya para darle palabras con las que afrontar la vida, sino para que pueda deslizarse hacia la muerte con algún fleco de memoria.




lunes, 5 de junio de 2017

ANTITAUROMAQUIA

Hay en la denuncia de la violencia algo tan de sentido común que a veces da hasta un poco de vergüenza enarbolar ciertos argumentos. No le patees la espalda al manifestante, no envenenes al perro del vecino, no le claves banderillas a un toro. Ante una escena de violencia cotidiana, por ejemplo, un padre pegándole en el culo a su hijo pequeño tras una trastada (en la librería lo he contemplado muchas veces), me invade una mezcla de estupefacción y cabreo. ¿No hay mejores formas de educar que a base de dolor? ¿De verdad crees que tu hijo no entiende otro lenguaje que el del castigo físico? 

Creo que la única forma válida de combatir la violencia es desde las palabras. No sé por qué una persona golpea a otra o tortura a un animal. Pero sé que cuando eso pasa, generalmente es un fracaso del lenguaje. Una palabra que falta. Algo que, de poder nombrarlo, contendría el golpe. Si eres capaz de encontrar una definición lingüística para tu rabia, probablemente sabrás que descargar el puño sobre otro ser vivo no va a aliviarla. La violencia física es el triunfo de la rabia sobre el lenguaje. Y la mejor forma de erradicarla es, precisamente, atacarla con palabras. 

Esto es lo que ha hecho Manuel Vicent, con la poderosa colaboración de las ilustraciones de El Roto, en este libro contra la tauromaquia. El espectáculo de torturar un toro hasta matarlo para el gozo y disfrute de miles de personas me parece sencillamente incomprensible. Es rabia convertida en sadismo, destilada tras siglos de tradición rancia, ignorante y salvaje y convertida en liturgia de la tortura y de la muerte. Y este libro es un perfecto antídoto para tratar de luchar contra la falta de respeto y la asombrosa ignorancia de los que siguen defendiendo que las corridas de toros son cultura. 

Nunca he visto una corrida de toros entera. Creo que de niño estuve delante de una en la tele durante un rato largo. No entendí nada. Me pareció aburridísimo. De adulto he aguantado sin cambiar de canal, como mucho, cinco minutos, como cualquier persona sensible que entienda el significado de la palabra tortura. Y siempre he pensado, al igual que Manuel Vicent, que entre los seres que participan en esa orgía de sangre y sadismo, "la única mirada inteligente, compasiva y humana es la del animal". 


miércoles, 31 de mayo de 2017

VIVE. RECUERDA QUE VAS A MORIR

Nadie quiere hablar de la muerte. Cuando confesamos la pérdida de alguien cercano recibimos condolencias silenciosas: un abrazo, una sonrisa compasiva. Nadie va más allá de la primera pregunta. Nadie quiere ponerle palabras al dolor que provoca la muerte. Indagar es percibido como una violación del duelo, como una falta de delicadeza. Conversar sobre los propios muertos, a menudo, como algo propio de insensibles. 

Nuestra cultura nos hace vivir de espaldas a la muerte. Hasta tal punto que mucha gente confunde la valentía de ayudar a morir en paz con el asesinato. Quizá sea porque vivimos sin ser casi nunca conscientes de que estamos viviendo. La percepción de nuestra existencia es una de las cosas que nos hace humanos y, sin embargo, muy rara vez nos damos cuenta de que podría terminar en cualquier momento. Afrontar la mortalidad es desconcertante y perturbador. Y la mejor forma de hacerlo es a través de las palabras. 

Paul Kalanithi era un neurocirujano prestigioso de 36 años cuando le diagnosticaron un cáncer de pulmón en fase terminal. En los dos años que pasaron entre el diagnóstico y su muerte, desesperó, volvió a confiar, dejó su trabajo, lo retomó, tuvo una hija y escribió este libro. Un libro sobre un médico que se convierte en paciente. Sobre el valor que adquiere la vida (la tuya, la de tus seres queridos) cuando sabes que la vas a perder. 

Cuando no sabes cuántos meses te quedan de vida, los planes se vuelven inciertos, tramposos. Como dice el propio Kalanithi, pensar en el futuro y sus posibilidades es como hacer presupuestos cuando te han robado la tarjeta de crédito. Todo, de repente, se vuelve inmediato. El hilo de vida mengua día a día y no te deja espacio para calcular, para calibrar el tono que quieres usar para contar tu historia, para elegir la máscara tras la que podrás esconder tu angustia o tu esperanza. Te despoja del cálculo. Y también, del pudor. El pudor, desprovisto de futuro, pierde su sentido. ¿Qué importará tu desnudez cuando ya no estés ahí para sonrojarte? 

Contar la perspectiva de la muerte. Ponerle palabras al dolor y al miedo. Escribir: "una enfermedad como esta no te cambia la vida. Te la destruye". Volverse consciente de que no hay belleza ni trascendencia ni epifanías en el dolor. El dolor es humillante, frustrante, enloquecedor. El dolor no te salva de nada, no te eleva, no te acerca al cálido regazo de ninguna divinidad, no te hace amar más intensamente. El dolor, simplemente, convierte tu vida en un paisaje irreconocible. Y a ti, en un extraño rodeados de monstruos. 

Este libro está marcado por la urgencia de una carrera contra el tiempo. Paul Kalanithi lo escribió sin apartar la mirada de la muerte. Para indagar en ella y ponerle palabras. Para afrontarla, nombrarla, combatirla y aceptarla. Para ir más allá del miedo, más allá de las preguntas que nadie se atreve a formular y darle un sentido a su vida hasta su último instante. 


Paul Kalanithi y su hija, Cady




jueves, 25 de mayo de 2017

ESCAPAR

Ayer trabajabas para una ONG en Chechenia. Gestión económica y administrativa. Y ahora estás aquí. Rehén de unos hombres armados. En un cuarto con la ventana tapada. Con la muñeca izquierda esposada a un radiador veintitrés horas y media al día. Encerrado. Atrapado en una habitación.

Ellos deciden qué comes. Cuándo comes. Cuánto tiempo caminas. Cada cuánto vas al baño. Ellos deciden si tienes calor o frío. Si necesitas una camisa o una manta. Si te duelen las magulladuras de las muñecas. Ellos deciden mantenerte con vida pensando en un rescate. Mantenerte con vida arrebatándote la libertad mínima que necesitas para seguir sintiéndote un ser humano. Libertad para moverte, para rascarte, para cagar, para pedir algo, para sentirte vivo. 

Tu mundo es una realidad paralela. Cuentas los días porque no tienes otra referencia real a la que agarrarte. Hoy es domingo, 17 de julio, te dices, y saberlo te permite mantenerte cuerdo, al menos, hasta el día siguiente. Controlar el calendario es tu pequeña victoria diaria contra la locura. Escuchas ruido de gente, de coches, al otro lado de la pared. La vida sigue, ahí fuera. Por increíble que parezca, la gente sigue yendo de un lado a otro, con sus quehaceres rutinarios, sin saber que dentro de estas paredes estás tú, prisionero, rehén de unos hombres armados que quieren cambiar tu libertad por dinero. 

¿Cuándo me liberarán? ¿Qué estarán haciendo mis colegas? ¿Y mis padres? Mi hermana se casa la semana que viene, ¿le habré estropeado la boda? ¿Me dejarán sin desayuno mañana? ¿Me darán otro cigarrillo? ¿Cuánto tiempo más podré aguantar? ¿Por qué yo? Preguntas, preguntas, preguntas. Las preguntas te acribillan, no te puedes deshacer de ellas, no puedes mandarlas callar. Y por supuesto, no puedes responderlas. Es increíble la cantidad de minutos que caben en una hora y la cantidad de horas que caben en un día cuando lo único que puedes hacer es estar tumbado en un colchón, esposado a un radiador, esperando tu liberación.

Y pasan los meses. Y sobrevives a la locura gracias a tu pasión por la historia militar. Austerlitz, Borodino, Cambronne, Devout, repasas el alfabeto con los nombres de las batallas y los protagonistas de las campañas napoleónicas. Un método como cualquier otro para esquivar por un rato el tedio y las preguntas. 

Hace tres meses trabajabas para una ONG. Estás en Chechenia. Hoy es lunes, 3 de octubre. Estás esposado a un radiador. Empieza a hacer frío. Sigues cuerdo. No sabes por cuánto tiempo. Ha llegado el momento de hacer algo. Tienes que escapar. 


El canadiense Guy Delisle nos tenía acostumbrados a sus crónicas de viaje desenfadadas, irónicas y lúcidas de lugares poco habituales (Birmania, Pyongyang, Jerusalén), y con su último libro da un giro brutal en su producción. Escapar cuenta la historia de Christophe André, un trabajador de Médicos Sin Fronteras que fue secuestrado por una milicia chechena en 1997 y retenido durante meses en espera de un rescate. Y es una verdadera bomba. Por su sencillez narrativa y por la cruda descripción de lo que le puede hacer a un ser humano la pérdida indefinida de su libertad. Pocas historias me han sabido transmitir tan intensamente la sensación de reclusión y me han llevado al desenlace con más taquicardia que esta. 



lunes, 22 de mayo de 2017

MARÍA ESTUARDO

Zweig siempre sorprende agradablemente, aun cuando hayas leído mucho su obra, como es mi caso. Si te gustan las novelas románticas, nada mejor que La impaciencia del corazón o algunos de sus relatos cortos, como Carta de una desconocida o Veinticuatro horas de la vida de una mujer. Su conocimiento de la historia y sus dotes psicológicas para meterse en el alma de los personajes están reflejados en infinitos perfiles biográficos, como esta magnífica María Estuardo que acabo de terminar, y también en María Antonieta, Fouché, Castellio contra Calvino, Balzac, Montaigne, Erasmo de Rotterdam...

Sus Momentos estelares de la humanidad, catorce miniaturas históricas, quizá sean la mejor de las introducciones para despertar la curiosidad y adentrarnos en momentos singulares de la historia, como por ejemplo las circunstancias en las que se compusieron La Marsellesa o El Mesías de Haendel, o el protagonismo que tuvo la puerta en el desenlace del sitio de Constantinopla.

La embriaguez de la metamorfosis es para mí quizá su mejor novela, la historia de una mentira y sus consecuencias, magistralmente relatada. De los cuentos cortos, me quedaría con Mendel, el de los libros, Fue él o Novela de ajedrez, verdaderas obras maestras que no por ser breves dejan de encerrar historias completas, cerradas y universales.

A todos los lectores que vienen a la librería interesados en novelas de intriga y conspiraciones, sin dudarlo les recomendaría esta biografía que acabo de terminar. Esta mujer, tan conocida por haber sido recreada en películas, dramas teatrales, libros, pinturas y música a lo largo de los cuatro siglos que nos separan de su vida, Zweig nos la descubre con infinitos matices nuevos, con un exhaustivo análisis de documentos y cartas y nos sumerge en los recovecos de su vida como si nosotros participáramos de la misma.

María aún no había cumplido un año cuando fue nombrada reina de Escocia. Con cinco años, ya estaba en la corte de Francia como prometida del delfín Francisco, con quien se casaría a los diecisiete años, convirtiéndose en reina de Francia. En esos doce años recibió una exquisita educación, que reforzaría una personalidad de gran fuerza interior. Hasta los veinticuatro años, su vida fue brillante, rodeada de la corte y agasajada por todos, pero la historia le tenía reservadas experiencias que la convirtieron en una heroína de leyenda. En muy poco tiempo, su segunda y tercera boda trastocaron completamente la línea ascendente de su vida y, como tantas veces, la Iglesia marcó trágicamente las relaciones que establecieron María y su prima Isabel, reina de Inglaterra, dos mujeres singulares descendientes de Enrique VIII que nunca llegaron a conocerse personalmente.

Zweig escribe: "María Estuardo no ha nacido para la calma ni para la dicha, una funesta violencia la impulsa desde su interior. Jamás un destino cobra sentido y forma a partir de los acontecimientos y azares del mundo exterior. Siempre son las leyes innatas y primigenias las que dan forma a una vida o la destruyen". Es muy posible que Shakespeare, nacido unos años después, se inspirara en episodios como los que vivieron María Estuardo e Isabel para crear su mundo teatral, sus personajes tienen verdaderas similitudes y Zweig nos lo hace notar.

Stefan Zweig
Siempre ha habido una tendencia a criminalizar a Isabel en defensa de María, debido a los hechos trágicos de la condena a muerte de esta última que, sin dejar de ser ciertos, esconden matices sumamente interesantes. Los lores y ministros que rodearon a estas dos mujeres tejieron una red de conspiraciones que utilizaron para manipularlas y enfrentarlas. Quizá si las dos primas se hubieran llegado a conocer la tragedia no se hubiera producido.

Zweig consigue meternos en los entresijos de esta apasionante historia analizando y describiendo los más íntimos sentimientos de ambas mujeres, demostrando un conocimiento del alma humana que deslumbra. Isabel tuvo que luchar siempre contra su conciencia porque sus sentimientos no eran crueles. Siempre fue indecisa y continuamente ofreció a María su salvación a cambio de doblegarla, algo que María no aceptó jamás. Prefirió morir antes que ser salvada, su mayor fuerza era el orgullo y antes doblaría la rodilla ante el patíbulo que ante su protectora, porque solo le quedaba un poder en el mundo: hacer de Isabel su asesina ante el mundo y avergonzarla con su muerte gloriosa.

Hasta el último minuto Isabel solicitó a María que le enviase un escrito privado de reina a reina y se sometiera a su juicio personal, mejor que al de un tribunal público que sabía que iba a condenarla. Sin embargo, María ya no quería ser salvada. Preparó su muerte de forma regia, con los mejores vestidos y ropa interior roja para que, en el caso de que la sangre saltara, no destacara sobre la ropa. Quizá ninguna mujer condenada se haya preparado para la muerte de forma más artística y soberana.

La historia también fue injusta con Zweig: una mente lúcida, brillante, de una cultura impresionante que dedicó toda su vida al conocimiento y al humanismo más generoso y que, ante la brutalidad del nazismo, no pudo reaccionar y se hundió en una depresión que le llevó al suicidio en la creencia de que Hitler iba a ser capaz de difundir su terror por todo el  mundo. Tener que vivir en el exilio, añorando su querida Europa, no fue soportable para él. En un ensayo brillante, El exilio imposible, el escritor George Prochnik hace un recorrido por la vida de Zweig e intenta explicar por qué el exilio que para Thomas Mann o Hannah Arendt fue tan fructífero, no lo fue para Stefan.