lunes, 10 de junio de 2024

OBLIGACIÓN IMPUESTA y WONDRAK

Cuando cumplí dieciocho años recibí una carta oficial para hacer la mili. Solicité una prórroga por estudios universitarios y poco después se suspendió el servicio militar obligatorio. Yo lo percibía como un anacronismo, una cosa rancia y antigua que apestaba a franquismo trasnochado, incomprensible en el siglo recién estrenado. Y vi su fin como algo inevitable, algo que no tenía ya cabida en el país moderno en el que vivía. La guerra quedaba entonces lejana, un asunto de novelería o de lugares que solo existían en la tele, una barbarie que el progreso había desterrado para siempre de la realidad española. Los Balcanes eran entonces una anomalía, no por cercana menos ajena. Eran Europa, pero una Europa rara, distinta de Londres o París o Roma, esas ciudades cuyo esplendor admirábamos, una Europa atrasada en la que nadie había estado y con la que no nos identificábamos. Las palabras que dirigían y alimentaban aquella guerra nunca nos alcanzarían. 

Con la guerra de Ucrania y el genocidio de Gaza, la retórica bélica ha vuelto a la actualidad, ahora en boca de políticos de la Unión Europea y en ministros españoles. Defienden el rearme, la seguridad por encima del diálogo, la amenaza por encima de la diplomacia. Y ya hay voces que hablan de rescatar el servicio militar obligatorio, vigente en 2024 en trece países europeos: Austria, Estonia, Dinamarca, Finlandia, Grecia, Letonia, Lituania, Noruega, Suecia, Chipre, Suiza, Moldavia y Ucrania. 

Pienso lo mismo que pensaba con dieciocho años, y lo mismo que piensan los personajes de estos dos excelentes relatos de Stefan Zweig: conmigo que no cuenten. Antes que empuñar un arma prefiero mil veces la cárcel o el exilio. «El individuo siempre es más fuerte que los conceptos, solo tiene que seguir siendo él mismo, seguir fiel a su voluntad. Solo tiene que saber que es un hombre y querer seguir siéndolo, entonces esas palabras que lo rodean, con las que ahora se quiere cloroformizar a la gente, patria, deber, heroísmo, esas palabras se vuelven pura cháchara, charlatanería que apesta a sangre, a sangre humana caliente, viva. Sé sincero, ¿la patria te parece tan importante como tu vida?»

La paz es un imperativo moral, igual que la no violencia en cualquier ámbito de la vida, y está por encima de cualquier noción de patria o pertenencia. Hay pocas cosas que tenga tan claras en la vida. No voy a matar a nadie ni agredir a nadie por que alguien me lo ordene. Y se puede argumentar de mil maneras, aunque últimamente esta frase del fotógrafo Erich Hartmann es la que más me convence: «La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan».

Me gusta mucho este fragmento de Obligación impuesta: 

«No dejaré que me arrebaten nada por un pedazo de papel, no reconoceré ninguna ley que lleve al asesinato. No inclinaré la cerviz por razón de autoridad. A vosotros, los hombres, os han corrompido las ideologías, pensáis en política y en ética; nosotras, las mujeres, todavía sentimos con el corazón. Yo también sé lo que significa la patria, pero además me doy cuenta de en qué se ha convertido hoy: asesinato y esclavitud. Se puede pertenecer a un pueblo, pero cuando los pueblos se vuelven locos, no hay por qué seguirlos». 

Ojalá la gente dejara de seguir a los pueblos que se vuelven locos. Israel, Rusia, Estados Unidos. Locos de nacionalismo, de delirio narcisista y de afán de dominación. 




jueves, 6 de junio de 2024

EL ACOSO MORAL

Este libro se publicó en 1998 y fue pionero en su época. Un cuarto de siglo después, la violencia psicológica sigue estando enormemente extendida en nuestra vida cotidiana y, tristemente, no hemos conseguido sacarla del armario. La mayoría de la gente solo la relaciona con insultos y amenazas, es decir, con la punta vistosa del iceberg, y ello contribuye a que se reproduzca una y otra vez de generación en generación en las conductas de la mayoría sin que seamos capaces de identificarla ni frenarla.  

Todos rechazamos una bofetada. Hay un común acuerdo en lo inaceptable que resulta. Ninguna reunión familiar o de amigos podría continuar con normalidad tras una agresión física. Sin embargo, sí lo hace tras una agresión psicológica. ¿Por qué las víctimas que lo sufren no se rebelan? ¿Por qué los testigos no dicen nada? A veces se ve tan claro desde fuera que es inevitable preguntárselo. Quizá haga falta haberlo sufrido hasta sus peores consecuencias para comprenderlo. 

He tardado años en comprender que hay víctimas que no se consideran víctimas, porque piensan que todo lo que la persona agresora les hace es por su bien. Hacer las cosas por amor o con la mejor intención a menudo es la coartada perfecta para que el maltrato quede normalizado e impune.

He tardado años en comprender que no hace falta que una víctima se queje de violencia para que la violencia exista. Que la víctima a menudo no puede defenderse porque sencillamente no sabe que está siendo atacada. Y si lo intuye, no tiene a quien acudir porque nadie identifica lo que sufre como violencia. Al contrario, muchos lo señalan como amor. Por mucho que la víctima intente comprender lo que le ocurre, no tiene las herramientas para hacerlo, y nadie se las brinda. Y si las tuviera y lograra reconocer lo que le pasa y hasta cortar los lazos con su agresor, no tendría adónde ir ni una identidad social que reconstruir, porque las personas agresoras se preocupan mucho por que sus víctimas estén aisladas socialmente y dependan de ellas para todo. 

Las personas agreden porque también son víctimas. A menudo es verdad. Luchan contra la depresión, contra la ansiedad, contra la psicosis, y eso puede explicar sus conductas. Pero en modo alguno puede justificarlas. Esto parece obvio, pero no lo es tanto al ver, por ejemplo, el apoyo que recibe Israel por su condición de pueblo víctima del Holocausto a pesar del genocidio que está perpetrando en Gaza. Y es especialmente peligroso excusar el daño que provocan por su condición de víctimas, porque constantemente están aludiendo a esa condición para defenderse. El victimismo es la luz de gas con la que tratan de seguir agrediendo, manipulando y arruinando la vida de los demás impunemente. 

He tardado años en darme cuenta de que cada vez que presenciaba una agresión psicológica en mi entorno me volvía cómplice de esa violencia. De que contemplar la violencia envilece y degrada mi humanidad, de que no hace falta que sufra directamente el daño para llevármelo a casa como una mancha, una merma en mi capacidad para conservar los marcos morales de referencia con los que establezco lo que está bien y lo que está mal. 

Pero ¿por qué las personas agreden a otras? ¿Qué las diferencia? Hirigoyen lo explica muy bien. Cuenta que las personas agresoras se consideran especiales, por encima de la norma, y por tanto creen que merecen una atención especial. Piensan que a menudo saben mejor que los demás lo que a los demás les conviene y no dudan en decírselo. Encuentran natural que en su círculo cercano sean casi siempre ellas las que mandan, dirigen y deciden. Eligen y hablan por los demás con naturalidad. Consideran que las fórmulas imperativas «encárgame este libro», o expositivas «mira, me vas a encargar este libro», son más naturales que la interrogativa «¿me puedes encargar este libro, por favor?». Pedir rebaja su autoridad porque les obliga a una humildad que les resulta incómoda. Lo que les empodera es exigir. Dicen a los demás lo que tienen que hacer y exactamente cómo hacerlo para hacerlo bien, es decir, para hacerlo como ellas consideran correcto. Tratan a los demás desde una posición de superioridad, por ejemplo ocupando la mayor parte del espacio de la conversación, explicando cosas como si los demás no las supieran o tomando sus propias ideas, necesidades o sensaciones como la medida universal para juzgar las ideas, necesidades o sensaciones de los demás. 

La mezcla de egocentrismo, voluntad de dominación, necesidad de admiración e intolerancia a las críticas la solemos experimentar todas las personas. Pero para la mayoría son conductas pasajeras que a posteriori producen remordimiento. Si no se reconocen como conductas negativas y se vuelven constantes, entonces estamos ante personas agresoras, descritas en este ensayo como perversas narcisistas. Personas que «no hacen daño ex profeso; hacen daño porque no saben existir de otro modo». «Su vida consiste en buscar su propio reflejo en la mirada de los demás. El otro no existe en tanto que individuo, sino solamente como espejo». Cualquier comentario o estímulo externo es la excusa para apropiarse de la conversación e imponer sus propios comentarios o estímulos a los demás. Si tú has estado de viaje, por ejemplo, en Lisboa, a una persona narcisista le interesará mucho más contarte sus recuerdos de Lisboa de hace diez años cuando estuvo por última vez que escuchar tus impresiones de tu estancia reciente. Todo es una oportunidad para hablar de sí misma, para ser escuchada, los demás y sus palabras son espejos en los que solo se ve ella. 

Son megalómanas en cuanto a que se colocan como patrón de referencia moral sobre el bien y el mal. La verdad suele ser única y es la suya. Por lo tanto, cualquier desviación de su verdad es una desviación de la verdad, y rápidamente se apresuran a corregirla en los demás. No con la intención de imponer su voluntad, algo que nunca admitirían, sino de corregir un error. No entienden la pluralidad infinita del ser humano. Ven a los demás como réplicas de sí mismas a las que sienten que deben instruir en lo que consideran buen comportamiento. Y para ellas, hacerlo es altruismo. Esa es la perversidad de su carácter, dañan pensando que hacen el bien. 

Se quejan con frecuencia de los demás, señalan con naturalidad los defectos ajenos como una forma de posicionarse con superioridad: si percibo el error en los demás es porque yo ese error no lo cometo. Con frecuencia dan lecciones morales en su afán por educar. Aconsejan, aleccionan, advierten. Ellas lo saben todo y su deber es compartir su conocimiento. Cuando alguien se queja de algo que le ha pasado, a menudo responsabilizan a la víctima, porque no empatizan con su dolor, toda su atención se centra en señalar el desacierto. Por ejemplo: una chica se cae por las escaleras y se hace un esguince. Cuando acude con dolor a su padre/madre/novio narcisista, la primera reacción de este no es de empatía, sino de superioridad: ¡cómo se te ocurre! ¡Qué has hecho! ¡Tienes que tener más cuidado! Es una reacción perversa, puesto que la intención es el cuidado, pero el resultado es la bronca y el sermón en un momento en el que la víctima necesita consuelo, no violencia verbal. 

Este tema me apasiona por mucho motivos, y podría seguir escribiendo y escribiendo (la reseña era todavía más larga) sobre situaciones y comportamientos que he vivido y que el libro detalla muy bien. Es un tema que no se acaba nunca, porque la violencia psicológica tiene mil caras y no hay nadie que no la haya sufrido y reproducido de una manera u otra a lo largo de su vida. Este libro de Hirigoyen me ha parecido una estupenda puerta de entrada a un mundo fascinante que nos rodea todos los días, y contra el que nos podemos pasar la vida entera dándonos de bruces si no logramos ponerle palabras que lo vuelvan comprensible. 




lunes, 3 de junio de 2024

RURAL. CRÓNICA DE UN CONFLICTO

Desde que P. me recomendó el cómic Los ignorantes allá por 2018, siempre he recordado a Étienne Davodeau con una sonrisa. Buen rollo, risas, fina ironía, sencillez, hospitalidad: la mezcla de todo eso se me puso en los ojos cuando hace unos días llegó a casa de la biblioteca con otro cómic de Davodeau entre las manos. Llevaba un montón de tiempo queriendo comprármelo, pero nunca lo encontraba cuando iba de librerías, así que, al verlo en la biblioteca, dijo esta es la mía. Y aquí estoy, dándole las gracias por sus buenas recomendaciones, como siempre. 

Como el título indica, esta es la crónica de un conflicto. Un conflicto entre gente que ha decidido vivir rodeada de la naturaleza y la voracidad de una constructora que planea construir una autopista arrasando con sus sueños. Un conflicto entre la lentitud y la rapidez. Entre el amor por la tierra y sus procesos naturales y el expolio y contaminación de la tierra para el beneficio y la productividad del tiempo. 

Esta es la historia de una pareja que ha encontrado su verdadero hogar en las tierras del Loire y ha convertido, con cientos de horas de trabajo, una vieja granja en una casa de campo preciosa. También es la historia de tres agricultores que, a unos kilómetros de allí, han apostado por la agricultura biológica y el desarrollo sostenible de su ganadería y viven de la leche de sus vacas. La autopista, en esta historia, se convierte en la materialización terrible de esa otra vida invasiva e inhumana que nuestra sociedad nos impone por la fuerza en nombre de la rentabilidad a corto plazo. 

Una valla separa hoy esas dos formas de vida. La valla que protege el ritmo lento y uniforme de las vacas de los coches a 130 kilómetros por hora que pasan a pocos metros. Una valla que también "separa dos formas de proceder: por un lado, un nuevo enfoque de medio ambiente, respetuoso, ligero, sostenible; por otro, una infraestructura pesada y contaminante. El inconveniente de este tipo de barrera es que por fuerza hay que situarse de un lado o de otro. Si te sientas encima, te pinchas el culo. Buen viaje". 

Me gusta Étienne Davodeau por su capacidad para interesarse por los temas más diversos, siempre desde la sencillez y desde un compromiso ético que comparto plenamente. Es una mentalidad como de otra época, más enfocada a la preocupación por el bienestar colectivo que a las satisfacciones individuales inmediatas, más atenta a lo que nos hace mejores como sociedad que a lo que nos lleva a competir y a acaparar los recursos limitados de nuestra tierra. Querida P., busquemos más historias de Étienne Davodeau en librerías y bibliotecas. Empapémonos de su humanidad a prueba de autopistas. Seamos su espejo y actuemos como él. Así quizá podamos contribuir mejor a que la suya no sea una mentalidad de otra época, sino de la nuestra.  





jueves, 30 de mayo de 2024

LA LLAMADA

¿Qué seríamos capaces de hacer para seguir vivos? ¿Dónde marcamos la línea de la desesperación? ¿Cómo podemos juzgar lo que una persona encarcelada, torturada y llevada al límite de la resistencia puede terminar haciendo para salvar la vida? ¿Fueron cómplices de los nazis los judíos que obedecieron sus órdenes bajo la amenaza de dolor y muerte? ¿Una mujer violada y torturada en un centro de detención argentino durante la dictadura puede ser cómplice de sus captores si acepta obedecerles y si de su obediencia resulta más daño y muerte para otras personas? ¿Hasta qué punto una persona es libre de elegir entre colaborar con el enemigo o morir? ¿Te convierte en una traidora elegir la vida? 

Acostumbrado a la brutal intensidad de los textos cortos de Leila Guerriero, en los que no sobra ni una coma y todo parece calculado para apuntar a la emoción con precisión milimétrica, pensé que este libro tendría que ir dosificándolo para que no me abrumara. Y para nada. Lo he leído del tirón sin poder parar. Es de una fluidez exquisita y fascinante. Eso ejercen el estilo y el tono: fascinación. 

Fascinación por la historia de Silvia Labayru. Una joven montonera de apenas veinte años «embarazada de cinco meses, con una pistola en el pantalón y una pastilla de cianuro en el bolso». Así la arrestaron los militares en 1977. Así terminó una vida para ella. Y empezó otra. Las violaciones eran habituales en los centros clandestinos de detención. El cuerpo de las mujeres se consideraba botín de guerra. Como en todas las guerras. Y no hay dudas. La ESMA (la Escuela de Mecánica de la Armada) funcionó durante toda la dictadura argentina como un campo de concentración. Y en un campo de concentración no hay consentimiento posible. 

Por la disociación emocional de la protagonista, tan común después de un trauma tan grande, me ha recordado al retrato psicológico de Claudia Poblete Hlaczik en Tu nombre no es tu nombre, de Federico Bianchini, otra historia estremecedora de la dictadura argentina. Piezas de un puzle del horror que ayudan a comprender lo incomprensible. 

"Los montoneros esperaban mártires cristianos". Toda lucha armada tiende a simplificar la realidad en buenos y malos. Y a exigir que las personas entren en los casilleros estrechos de los arquetipos. Es una exigencia descabellada que poco sabe de la naturaleza humana y de nuestra frágil y voluble resistencia al pánico y al dolor. Los desaparecidos durante la dictadura argentina se consideraban siempre héroes mientras que los supervivientes eran por sistema sospechosos de lo que habrán tenido que hacer para sobrevivir. Sospechosos de delaciones, traiciones y colaboración. Así, parece que solo los muertos podían ser víctimas. Que sobrevivir conllevaba arrastrar la sombra de la culpa. La sospecha de una mancha moral. Los relatos de los supervivientes complicaban la construcción del mito de los desaparecidos como mártires y héroes. Y se vertía la sospecha de que lo que contaban era una forma de encubrir sus complicidades con los ejecutores. Para muchos, lo que contaba Silvia Labayru sonaba a invención y lo que le habían obligado a hacer era en realidad lo que había decidido hacer. 

«Secuestrada. Torturada. encerrada. Puesta a parir sobre una mesa. Violada. Forzada a fingir. Al fin liberada. Y, entonces, repudiada, rechazada, sospechosa». 

Ciertos párrafos se repiten a lo largo de toda la historia, como si fueran poesía, un estribillo o un mantra, un coro griego que subrayara el color, la luz de la tragedia. ¿Cómo transmitir de forma que quien no lo ha vivido pueda entender "el color verdadero del pliegue en el que —todavía— vive el espanto». 

Esta historia se enmarca dentro del fervor revolucionario de izquierdas de los años setenta. Surfeando la ola utópica de mayo del 68, con la cara del Che como bandera, la del movimiento hippie contra la guerra de Vietnam y de la lucha por los derechos civiles contra el racismo, el activismo se volvió violento, se armó y empezó a matar. Los ecos se vieron en muchos lugares: en Irlanda y España desde posiciones de terrorismo nacionalista, en Italia con las Brigadas Rojas, en Argentina con los montoneros. La represión argentina fue atroz y no se pueden equiparar violencias, pero parece que en Argentina no hay debate sobre aquellos años: están los buenos, aquella juventud idealista toda ella víctima, y están los malos, todos militares represores. Y la realidad siempre es más compleja. 

Ha pasado casi medio siglo. ¿Todavía hay gente que quiere leer estas cosas? Sí, sin duda. Hay historias que nunca terminan. Quizá porque en su universalidad apelan a nuestra humanidad más íntima. Y quizá porque cuentan con cronistas de una inteligencia excepcional, como Leila Guerriero. 








lunes, 27 de mayo de 2024

ABRIL ENCANTADO

«Para aquellos que aprecian las glicinias y el sol. Se alquila pequeño castillo medieval italiano amueblado durante el mes de abril». Un anuncio en The Times, dos frases, y las vidas de cuatro mujeres dan un vuelco para siempre. 

Y es que, qué vida no lo daría. Cuando vienes de la grisura húmeda de Londres, la primavera italiana es un paraíso inimaginable. Un paraíso de belleza y luz, de horizontes abiertos, donde cualquier monotonía puede resquebrajarse y desvelar una naturaleza nueva, deseosa de sol y libertad para expandirse y ser feliz. 

Abril encantado es una delicia de belleza, diversión y amor. Y, también, un retrato exquisito de las convenciones en torno al matrimonio en Inglaterra en la década de 1920 desde el punto de vista de dos buenas mujeres que un buen día descubren que llevan toda la vida siendo «inmaculadamente buenas», y que quizá ese no es, al fin y al cabo, el camino hacia la felicidad. 

Elizabeth von Armin hizo con esta novela de ideas un prodigio de delicadeza y de mordaz crítica social en torno al amor y sus ataduras, cuyas indignidades y dependencias nos resultan un siglo después tristemente reconocibles. Y cuyas glorias, desligadas del corsé del matrimonio, son la aspiración más universal del ser humano. Cuando piensas que la moralidad constituye la base de la felicidad, ¿qué pasa si esa moralidad está concebida para no dejarte libertad? ¿Cómo puede la felicidad consistir en ser fiel a unos valores que anulan tu voluntad y tu placer? Y aquí aparece el castillo italiano, San Salvatore, para rescatarnos de la moralidad mezquina como un paraíso en la tierra hecho de flores, de luz y de un sinfín de nuevos comienzos. Un lugar en el que una se acuesta en la cama e inmediatamente se ve «inmersa en un veloz torbellino de sueños brillantes, ligeros y transparentes». 

Por el preciosismo en el lenguaje y la profunda sagacidad en la descripción de la psicología de los personajes, me ha recordado a mi admiradísima Edith Wharton, también devota de los soleados y aromáticos castillos italianos. Quizá la vida no nos permita pasar un mes rodeados de flores y primavera en un San Salvatore, pero podemos leer esta novela y evadirnos de todo y reír y vernos allí, como dice Mrs. Wilkins, de verdad vernos, y soñar con «la felicidad que no pide nada, que se limita a aceptar, a respirar, a ser». 



jueves, 23 de mayo de 2024

PLANETA SOLITARIO

Este libro desprende el humor de las personas buenas. Lees un par de páginas y ya quieres conocer a la autora, soltarle una broma, invitarla a unas cañas (o a un paseo, que aunque estemos en Madrid no todo es consumir). Ya sueñas que es tu amiga y te trata con la misma ironía cariñosa con la que escribe. Que es la forma en que cualquier persona quiere que la traten, aunque no lo sepa. 

Trata sobre viajar y vivir en el extranjero. Sobre la extrañeza de las cosas que nunca has imaginado y sobre lo rápido que lo más ajeno pasa a resultarte familiar. Viajar te ayuda a percibir mejor tu propia pequeñez, y te enseña que todo, desde desayunar hasta doblar calcetines, se puede hacer de otra manera.

«A veces viajar no es más que eso, salir a la calle, dar un paseo, mirar las cosas de siempre como si no las hubiéramos visto nunca». 

Me ha recordado a mis viajes y mis estancias en el extranjero, y ese momento —¡ese momento!— en el que te das cuenta de que la forma de vivir que te enseñaron en casa, con sus normas, sus principios, sus valores, sus rutinas, solo es una forma más de vivir entre millones de otras formas, algunas parecidas, otras radicalmente opuestas, todas distintas y la mayoría muy válidas (por más que les pese a tantas madres). 

Quizá me lo esté inventado, pero hay algo en este Planeta solitario de una carta de amor a las amigas, y también una especie de homenaje al valor del asombro para relacionarse con los demás y apropiarse de la belleza del mundo, la real y la imaginada. Me ha parecido una reflexión simpatiquísima sobre vivir lejos de tu origen y sobre cómo el origen también puede migrar y multiplicarse sin moverse del sitio. 

«Mis palabras preferidas son aquellas que nunca decorarían las paredes de un piso turístico. Palabras que puedes decir muchas veces a lo largo de un mismo día y no solo cuando alguien te pregunta cuál es tu palabra favorita. Palabras con las que llenarse la boca como con un polvorón». 

El placer de leer este libro es como el placer de estar con una voz amiga que secretamente (e imposiblemente) te conoce y te abraza y te habla en un idioma sencillo como las torrijas de tu madre. Tiene toda la gama cromática de la guasa, esos colores imposibles como un cielo de verano que huelen a mar y suenan a palmas y hacen que vivir sea tan fácil como ir en bici cuesta abajo. No hay ni una sombra de seriedad en este libro, y eso no quiere decir que no diga Ana cosas muy serias. Pero las dice con palabras que levantan una ceja y se cantan una jota, y este libro es todo luz y un delicioso reírse de la vida y de una misma. 




lunes, 20 de mayo de 2024

ESTO ES PROPAGANDA VEGANA (Y OTRAS MENTIRAS DE LA INDUSTRIA CÁRNICA)

Este ensayo sobre veganismo parte de tres afirmaciones científicas: comer animales es innecesario, comer animales destruye nuestro planeta y comer animales nos enferma. Las tres están respaldadas por cientos de estudios que las corroboran. Hay muchas explicaciones psicológicas e ideológicas que explican por qué la gente come animales, incluso sabiendo que estas afirmaciones son ciertas. Pero cada vez hay más personas que no comen animales, que no quieren pagar para que se someta a un sufrimiento atroz a miles de millones de animales, que no quieren fomentar la destrucción de nuestro medio ambiente y que quieren cuidar mejor de su salud. Este libro es una defensa apasionada, profusamente documentada, de cómo lo que elegimos comer puede mejorar nuestra vida y mejorar nuestro entorno. A mí me ha indignado, me ha emocionado, me ha volado la cabeza. Me ha dado la vuelta. 

La primera afirmación científica, comer animales es innecesario, tiene su vertiente moral: comer animales es cruel. Los animales merecen consideración moral, sus vidas tienen más valor que servirnos de alimento. Empatizar con su sufrimiento es el primer paso para denunciar la crueldad de la que son víctimas y la cosificación que nos permite considerarlos meros trozos de carne que llevarnos a la boca. 

¿Somos verdaderamente tan distintos de los animales? En la película La sociedad de la nieve el dilema moral que ha fascinado a millones de personas consistía en si es licito comerse la carne humana de personas muertas para sobrevivir. Sin embargo, no parece existir dilema sobre comer carne no humana por placer. ¿De verdad los seres humanos son tan iguales a nosotros y los animales tan distintos? Si nos parece atroz comernos a los perros, ¿por qué nos resulta tan natural comernos a los cerdos? Si la respuesta es que es cultural, quizá ya va siendo hora de empezar a cambiar esa cultura. Una cultura acientífica, destructiva y malsana. 

Actualmente el 11% de la población española se considera veggie (vegetarianos, veganos y flexitarianos). Si todo el mundo tuviéramos que ver y oler y escuchar cómo mueren los animales que nos comemos; si nos convenciéramos de que el consumo de carne y pescado es de las conductas humanas más contaminantes y que más contribuyen a la degradación del medioambiente en todo el mundo; si nos enseñaran y quisiéramos aprender que una dieta vegetal reduce el riesgo de cardiopatías, de diabetes y de cáncer, y alivia los síntomas derivados de estas enfermedades, haciendo que dependamos menos de los fármacos para desarrollar una vida sin dolor, entonces estoy convencido de que la mayoría de la población sería veggie. 

Yo he comido mucha carne, luego menos, luego ya solo pollo y pescado ocasionalmente, y pronto dejaré de comer productos de origen animal por completo. Sé que la mayoría de la gente que me rodea seguirá comiéndolos. Y no habrá nada que yo pueda hacer para cambiarlo. Pero, precisamente por eso, para conciliar lo que creo que es moralmente correcto con la conducta alimenticia de la mayoría, me interesa mucho saber por qué la gente come animales. Por qué los he comido yo hasta hace nada. Ed Winters lo explica muy bien. No es solo porque les guste o por costumbre. Es también por estatus, por la idea (falsa) de que un día sin comer animales es un día sin las proteínas necesarias para una buena salud. Y también es por ideología. Incluso por roles de género. Cuánta masculinidad tóxica, cuánta virilidad necesitada de reafirmación constante nos lleva a los hombres a pedir siempre animales en los restaurantes, como si cualquier opción vegetariana fuera un signo de debilidad, de feminidad, de tío triste y aburrido que no sabe disfrutar de las cosas buenas de la vida. 

Comer animales es lo normal. Es tremendamente difícil dejar de hacerlo y que tu socialización no se resienta. Empezando por tu propia familia. Dejar de comer animales es remar contracorriente. Y la corriente es muy poderosa. También lo era (y lo sigue siendo) cuando empezamos a tener conciencia feminista y nos negamos a perpetuar la desigualdad de género en cada conducta cotidiana. Cuando luchamos por desterrar el tabaco de los espacios cerrados y en 2002 se empezó a advertir a los fumadores en las cajetillas con el mensaje: FUMAR MATA, tras setenta años (¡setenta años!) de estudios alertándolo. En unos años, quizá unas décadas, es muy probable que el mismo mensaje venga por ley en las bandejas de carne. Los estudios no pueden ser más claros y llevan años repitiéndolo. ¿Vamos a esperar setenta años para hacerles caso? 





jueves, 16 de mayo de 2024

CONTRAPASO. LOS HIJOS DE LOS OTROS

Qué descubrimiento. Cómo me ha gustado este cómic. Han sido dos horas de inmersión absoluta en esa posguerra española tan retratada en tantas novelas (ay, Almudena Grandes) que, en los dibujos de Teresa Valero cobra un dinamismo y una fuerza impresionantes. Un periodista cascarrabias con un pasado misterioso, un joven aspirante a gacetillero venido de la modernísima Francia y una ilustradora de revistas con ganas de aventura forman el trío protagonista de este thriller histórico trepidante con sus muertes, sus enigmas y, sobrevolándolo todo, la censura dictatorial de un régimen que, no por mezquino e incompetente, dejaba de ser menos amenazador. 

Debía de ser complicado trabajar en la sección de sucesos de un periódico y tener que lidiar con la censura del régimen. ¿Cómo cubrir la noticia de, por ejemplo, un asesinato de una prostituta si en la nueva España no había "mujeres de mala vida"? ¿Y si la víctima era lesbiana? ¿O un niño robado que, movido por la ira al enterarse de su origen, actuaba contra sus padres adoptivos? Nada de eso existía oficialmente en la gloriosa patria franquista. Y, sin embargo, ¿cómo ocultarlo? La verdad siempre acaba buscando la luz. Y ciertas personas no pueden dormir tranquilas si no se empeñan en hacer que ocurra. 

Por esta historia aparecen psiquiatras que pretenden "curar" la homosexualidad o demostrar el peregrino vínculo entre marxismo y enfermedad mental, es decir, que la ideología izquierdista solo anida en cerebros poco desarrollados y que basta con liquidar a las mentes menos preclaras de la sociedad para erradicarla; policías que interrogan brutalmente a jóvenes detenidos en los sótanos de la Puerta del Sol, edificio que veinte años más tarde pasaría de sala de tortura a sede de la Comunidad de Madrid sin una mísera placa para la memoria histórica; y una alianza tenebrosa de médicos, monjas y familias pudientes que arrebató decenas de miles de bebés de las manos de sus madres (pobres, con mala suerte o contrarias a la dictadura) para hacerles vivir una vida robada que no era la suya a esos hijos de los otros. Violencia esta especialmente cruel y muy extendida en otras dictaduras, como por ejemplo la argentina, como bien lo contó Federico Bianchini en Tu nombre no es tu nombre. 

El dibujo de Teresa Valero me ha parecido muy expresivo, lleno de color y plasticidad, y matices y pequeños detalles muy bonitos, como la escena en el café Fuyma donde trabajó de joven el padre de la autora, lugar del que no se conserva prácticamente ningún documento gráfico, y que Teresa Valero ha reconstruido principalmente con los recuerdos cambiantes de su padre y una ayudita del azar. Ojalá más historias con estos personajes, se merecen una serie solo para ellos, para seguir transitando por los márgenes de la dictadura e iluminar con fogonazos clandestinos la sofocante oscuridad de aquellos años. 





lunes, 13 de mayo de 2024

EL FAMILIAR

Luzia tiene un don. Es un regalo o una maldición, o ambas cosas a la vez todo el tiempo. Mira hacia arriba y para dentro y solo ve un muro: ¿es una cárcel o un palacio lo que la habita? ¿Puede una capacidad excepcional ser a la vez los barrotes de una jaula y la llave que la abre?

Luzia es una criada de origen judío a la que persigue la sombra de la hoguera. La gran armada, esa que llamaban invencible, acaba de naufragar y el rey se revuelve contra cualquiera que sirva de diana de su frustración, ya sea Antonio Pérez, su secretario, o todos esos sospechosos de no tener pureza de sangre que persigue la Inquisición. Luzia lo sabe y prefiere no hablar más que lo indispensable, no llamar la atención, no atraer las llamas de ese fuego, aunque ya esté más que familiarizada con la ceniza y con la desdicha. 

Ha nacido deseando demasiadas cosas: «una cama blanda, ropa de calidad, la barriga llena, un rato de descanso y algunas cosas a las que era más difícil ponerles nombre». Un disparate para su origen humilde. Una quimera para su origen judío. Pero no puede evitarlo, vive con unas ganas locas de «salvarse a sí misma del peso agotador de la humildad». En su joven cabeza bulle un delicioso carácter díscolo y desafiante. Sabe lo que significa bajar la cabeza y rebajarse. Volverse invisible para tratar de evitar los conflictos, los reproches, los gritos. Pero es peligroso convertirse en nada. Confías en que nadie te mire, y un día, cuando te buscas, de ti no queda nada que puedas rescatar. 

«Los milagros eran cosa de la Iglesia, y quienes los obraban eran sus santos, no las criadas de apellido impuro». Pero ¿qué cosa son si no esas melodías que nacen de su cabeza y a veces moldean la realidad? Ella no es santa, por mucho que vaya a la iglesia sus pensamientos giran en órbitas ajenas a cualquier religión. Y, sin embargo, lo que los cristianos llaman milagros en sus manos pueden cambiar el mundo. 

Con una prosa imaginativa y vibrante, Leigh Bardugo nos transporta a finales del siglo XVI en una novela trepidante donde la magia y la historia se entrelazan para formar un cuadro cautivador. Me ha recordado por momentos a Babel, de R. F. Kuang, por la mezcla de historia y fantasía. Y me ha hecho sonreír más de una vez al pensar en el poder invisible de las criadas a lo largo de la historia. «¿Quién ostenta más poder en una casa que la mujer que remueve la sopa, hace el pan y friega el suelo, la que llena el brasero de carbones, organiza tus cartas y amamanta a tus hijos?» Esas mujeres en la sombra de las que siempre han dependido todos los grandes hombres que ilustran con sus gestas los libros de historia. 






jueves, 9 de mayo de 2024

MIEDO

El refranero español es un compendio de sabiduría popular... y de nuestras miserias morales más cotidianas. "Piensa mal y acertarás" es la gasolina mamada desde la cuna que alimenta los motores de las mentes conspiranoicas, tan en auge en todo el mundo. Yo tuve la inmensa suerte de criarme con una madre ingenua (ahora voy con el melón de la ingenuidad), así que no puedo hablar de las delicias de haber crecido con la idea de que la desconfianza tiene premio y de que sospechar constantemente de la mala intención ajena es propio de la gente de bien. A mí me educaron para preguntar y descubrir y cultivar la curiosidad siempre. Para ser bueno y mirar con ojos de niño. Para sentirme aludido por otro refrán (otra perla), "de tan bueno, tonto", y reivindicar mi aspiración a la bondad aunque sea tonta, con el orgullo de quien está convencido de que, por mucho que corra el riesgo de que me engañen, es una forma honesta y constructiva de estar en el mundo. 

La ingenuidad me parece un valor imprescindible. Hay pocas facetas de un carácter más antipáticas que la de quien cree que se las sabe todas y va por la vida advirtiendo a los demás de las posibles mezquindades ajenas. La ingenuidad, como la inocencia, es una membrana frágil que se rompe con facilidad. Y cuesta un mundo recomponerla. Por favor, cultivémosla y cuidémosla como se merece. Nos va la salud, la alegría y hasta la capacidad de convivencia en ello. 

Patricia Simón escribe sobre la ingenuidad como una actitud capaz de crear el mundo cada mañana, de inventar un nuevo principio para cada historia y recorrer cada día un nuevo camino. Es un antídoto poderosísimo contra el miedo. Me ha gustado darle vueltas a esta idea. Ver cómo vuela en mi imaginación. Pensar en mi madre, una gran ingenua y la persona menos miedosa que conozco. Y en esas otras virtudes que nos pueden servir para contener la epidemia de miedo que brota de nuestra incertidumbre más profunda y aspira a gobernar el mundo. Virtudes como la confianza (piensa bien y acertarás), el asombro, la bondad, el buen trato, el civismo, la empatía, la generosidad, la hospitalidad. Y la ligereza, esa cosa con plumas que nos ensancha los pulmones y en la que P. me educa todos los días. «A mayor ligereza, menor miedo», escribe Patricia Simón, y no puedo dejar de asentir. Así lo siento yo. 

La retórica del miedo distingue dos vulnerabilidades enfrentadas: la nuestra, que hay que proteger a toda costa; y la de los demás, que no importa. Y así, rompe nuestra humanidad común y nos hace ver a los demás como enemigos, como agresores potenciales cuyo dolor no importa. «El dolor es real solo cuando consigues que otro crea en él. Si no lo logras, tu dolor es locura». Escuchar el dolor de los demás, prestarle atención y otorgarle la dignidad que merece. A eso aspira Patricia Simón, y en este libro lo transmite maravillosamente bien. 

Qué rápido nos hemos olvidado de lo dependientes que somos de los parias de la globalización. Esas personas con trabajos que durante la pandemia llamamos esenciales. «Esenciales, pero que el sistema siempre ha considerado prescindibles, intercambiables, desechables: los trabajadores y trabajadoras del campo, de la ganadería, de los mataderos, de la pesca; cajeras, reponedoras, limpiadoras; basureros, repartidores, transportistas; cuidadores y cuidadoras en el sentido más amplio de la palabra». Y cómo mejoraría nuestra humanidad si algún día fuéramos lo suficientemente humildes y generosos para asumirlo y reconocérselo. 

Para poder sentir las palabras que describen horrores, para leer «Se iban a morir igual» o «Más de diez mil niños palestinos asesinados por las bombas israelíes en seis meses» y no pasar a otra cosa como si nada, es necesario cultivar la sensibilidad, la mirada atenta y el esfuerzo por comprender que el sufrimiento de los demás también nos atañe a nosotros. Ahora y siempre. 

Patricia Simón ha escrito un libro que lleva a muchos otros libros, que abre muchas ventanas de emociones, de valores morales y de horizontes de humanidad hacia los que caminar. Un libro sobre el miedo, esa jaula que asfixia la vida de tanta gente. Un libro «sobre qué nos atenaza, por qué y quiénes se lucran de la fragilidad que nos provoca estar dominados por esta emoción». 





lunes, 6 de mayo de 2024

CENIZA EN LA BOCA

Léeme despacio, me dicen las mujeres de esta historia. Léeme despacio, que nuestro veneno tiene que inocularse de a poquito. Léeme despacio, despacio, como acariciarías a una fiera de ojos inquietos que no sabes si te puede morder. Y eso hago. Leo despacio. Aunque la historia es urgente y me pide prisa, cierro el libro cada poco y me alejo de la fiera, digiero el veneno. No tiene sentido pasar corriendo por encima de todo este dolor. 

En el corazón de este dolor hay una niña rota por las ausencias de su mamá. Y una mamá rota por la desgracia de una vida sin horizontes, una mujer fea, flacucha, sin gracia, «fea de la voz, fea del sentido del humor», que «nadie en su sano juicio la iba a querer embarazar». Un enigma en torno a esa frase. Un precipicio de silencio. 

«La vida es así: las mamás queriendo abrazar a sus hijas lastimadas y las hijas lastimadas que no se dejan abrazar». No se dejan abrazar porque saben, quizá, que dentro de ese abrazo ha venido siempre la herencia del daño. 

La abuela le dice a la niña: 
«¿Para qué quieres saber quién es tu papá, para qué? Y yo bajaba la cabeza porque no sabía, pero quería saber. No sé qué quiero saber, pero quiero saber, le decía. Y entonces ella volvía al tema: Yo creo que la violaron, yo creo que eso fue lo que pasó, pero ya ves que tu mamá no dice nada y no suelta prenda y no quiere y no va a decir nada». 

En el corazón de esta historia late la xenofobia cotidiana de cada día. Las miradas que dicen: ¿de dónde eres?, ¿de qué país?, como forma educada y amable, e incluso bienintencionada, de dejar claro que tú eres de los otros, de los extranjeros, que tú no eres como el resto, que mientras tengas ese aspecto y hables así, tu origen siempre te va a impedir ser de aquí.

En el corazón de esta historia están las que les limpian el culo a tus padres cada día mientras tú tan feliz con haberlos aparcado en la residencia y verlos dos veces al mes y gracias. Son las que usan el transporte público y rompen las zapatillas de caminar cuando el bus no llega. Son las clandestinas, las de nombres invisibles porque el Estado español no las reconoce ni admite que se asienta sobre su trabajo precario y humillante. Son las que quieres que te agradezcan los trabajos que no les desearías nunca a tus hijos. Son las que no tienen derechos, las de piel oscura, cara distinta, andar esquivo, acento cálido. Son las que sostienen el engranaje de los cuidados, las indispensables durante la pandemia y tan intercambiables y desechables y siempre invisibles antes y después. Son los espejos de nuestro racismo cotidiano, nuestro clasismo espontáneo, los espejos de nuestras miserias en los que hemos aprendido a mirarnos sin ver. 

En el corazón de esta historia vive una familia con su México natal amputado. México no como país, sino como luz, como sabor, como baile y música a todo volumen, como vocabulario perdido en las brumas monocordes de Europa. 
«Yo te amaba, pero tú amabas el mar. ¿Quién llorará por mí si todos están ocupados llorándote a ti?»
Y, planeando toda la historia, todo el dolor, como un ave migratoria huyendo de la vida, está el salto al vacío, el impulso de romper con el dolor, de tragar todo el veneno de golpe, de buscarle los colmillos a la fiera a ver si es que muerde de verdad. Planeando toda la historia, la tentación del vacío: el miedo de que el dolor acabe triunfando sobre la propia voluntad. 




jueves, 25 de abril de 2024

LOS NIÑOS DE WINTON

«Si fueran mis hijos, ¿qué haría? ¿Los mantendría aquí conmigo, bajo mi atenta mirada, poniendo su vida en peligro, o los alejaría mientras haya tiempo, dejándolos en manos de desconocidos, en un futuro que nunca veré?»

Este dilema atenazó la vida de millones de personas centroeuropeas en 1938 ante la expansión militar de la Alemania nazi. También estaba presente en España ese mismo año en muchas ciudades amenazadas por el ejército golpista. Y lo sigue estando en Gaza, en Ucrania, en Sudán, en Afganistán, y en tantos lugares asolados hoy en día por la guerra y la violencia. En Checoslovaquia, en 1938, un grupito muy pequeño de personas decidieron que el dilema podría tener una solución, que lo que parece imposible puede dejar de serlo, y consiguieron trasladar a Inglaterra a más de seiscientos niños antes de que estallara la guerra y se cerraran definitivamente las fronteras. Esta novela cuenta la historia de esta hazaña en tiempos convulsos, de gente corriente arriesgando su vida por hacer lo correcto. 

Nicholas Winton era un joven corredor de bolsa británico cuando llegó a Praga a finales de 1938 y entró en contacto con la red de asistencia a refugiados checos. Esta novela trepidante recrea la labor de Winton en Praga y resalta las figuras de Doreen Warriner y Trevor Chadwick, artífices de la maquinaria que consiguió poner a salvo a miles de refugiados y organizó los trenes llenos de niños, muchos de ellos judíos, que cruzaron toda Europa en un momento de máxima tensión política, luchando contra un sinfín de adversidades, bajo la amenazante mirada de la Gestapo. 

Lo que consiguieron estas tres personas y todos sus colaboradores en Praga fue dar una respuesta extraordinaria a una emergencia que desde entonces no ha dejado de repetirse, hasta hoy día. Cientos de niños se salvaron gracias a su valentía, pero miles se quedaron sin poder salir de Praga cuando el 1 de septiembre de 1939 se cerraron las fronteras. Nunca se supo nada más de ellos. De la misma forma que nada se sabe de los niños que mueren a diario en Gaza, en Ucrania, en Afganistán, en Sudán. Niños hambrientos, abandonados, encarcelados, asesinados. Niños que dependen del coraje de personas como Winton, Warriner o Chadwick para sobrevivir. 

«La humanidad siempre está distraída mientras ocurren las tragedias». Las debacles de la humanidad nos dejan indiferentes. Las vemos y pasamos a otra cosa, son un impacto visual más al lado del anuncio de cremas, el resumen del partido de anoche y las fotos de la playa de la cuñada. Ocurre hoy y ocurría mientras Hitler conquistaba países y gaseaba judíos. ¿Cómo pudo pasar?, nos preguntamos cuando leemos sobre las atrocidades del pasado. De la misma forma que ocurre hoy en día delante de nuestros ojos. ¿Cuántos Winton, Warriner y Chadwick hay en el mundo? ¿Cuántos harían falta para socorrer a todos los niños que lo necesitan? ¿Quién estaría dispuesto hoy en los países occidentales a organizar la expatriación de niños palestinos para rescatarlos de una muerte probable? 

A Nicholas Winton le gustaba decir que «si algo no es imposible, entonces debe de haber una forma de hacerlo». Mientras Europa persigue y criminaliza a quien salva vidas en sus fronteras, a veces es tan fácil como empezar desde ahí. 




lunes, 22 de abril de 2024

BAUMGARTNER

La última novela de Paul Auster me ha hecho pensar en cómo recordamos el pasado y qué importancia le damos. Según el momento vital y el carácter de cada uno, podemos pensar en nuestro pasado como una cadena de detalles más o menos jugosos pero sin trascendencia, o con la devoción de quien no se puede entender a sí mismo sin cada paso dado, cada persona conocida y cada éxito o fracaso saboreado. Baumgartner, el protagonista de esta novela, reflexiona sobre la importancia de valorar las vivencias para dar sentido al legado que dejan, para llenar las cosas de significado. La importancia de atesorar momentos, percepciones, ser feliz con pequeños instantes de belleza o complicidad. Sentir conexión con una puesta de sol, una nube con una forma divertida, unas niñas chapoteando en un charco y riéndose como salvajes ante las pegas de su madre. A menudo he admirado en otras personas esa capacidad de vivir sin prevención, con las puertas y las ventanas abiertas de par en par, sin miedo de que la vida irrumpa y empape. Y he probado que se puede vivir así, a corazón abierto, dejando a nuestro paso un rastro de vida brillante: abrir un piano, improvisar una melodía y aceptar que en los dos minutos que dura puede encerrarse la razón para vivir que nos salve de la locura. O de la jaula de resignación y apatía emocional en la que vive tantísima gente. 

Baumgartner, como la mayoría de los personajes de Paul Auster que recuerdo, suele estar atento a los caprichos del azar, abraza todas las posibilidades que se abren cuando irrumpe lo insólito y confia. Cierro los ojos tras terminar un capítulo y pienso en eso de confiar. Confiar siempre en la bondad de los demás, darle la vuelta al funesto y grosero refrán y procurar pensar bien todo lo posible como única forma de acertar. 

Paul Auster hace una hermosa descripción de la desorientación de Baumgartner durante los meses posteriores a la muerte de Anna, su mujer. Es un tiempo de duelo, un "tiempo malogrado". "Un precario espacio interior que lo había dejado con demasiado espacio en las manos". Pasa las horas doblando y volviendo a doblar su ropa interior, escribiéndole cartas, aporreando sin ton ni son la vieja máquina de escribir con la que Anna, madrugadora, a menudo le despertaba por las mañanas. Y la describe así: "Su capacidad de transformar los movimientos más corrientes en actos de sublime expresión y gracia corporal, la elocuencia de sus dedos al pasar las páginas de un libro, por ejemplo, o la señorial rotación de su muñeca al plegar una servilleta o una toalla: los gestos humanos más simples y comunes destellando como milagros en la fragua de una personalidad chispeante". 

Me ha gustado la curiosa delicadeza de la novela. A ratos jocosa. A ratos introspectiva, cándida, incluso. Conmueve pensar en ese Baumgartner, un señor mayor rodeado de libros, dedicado a la literatura, repasando con dedos temblorosos los objetos dejados por su mujer: su ropa, sus libros, los manuscritos de sus poemas. Acariciando todos esos objetos que de repente se han convertido en tesoros de valor incalculable, surtidores de recuerdos imprescindibles. 




jueves, 18 de abril de 2024

GOBSECK

Tras haberme metido en el mundo de Balzac con La casa de El Gato Juguetón, ahora sigo con otra novela corta con la que crea a un personaje digno de una tragedia de Shakespeare. Y es que veo a este Gobseck codearse en mi cabeza con el Shylock de El mercader de Venecia, o con el Harpagón de Molière, incluso con el Torquemada de Galdós, cada uno con sus infinitas diferencias, pero todos representando el papel de avaro usurero en la literatura universal. Creo que, de una forma u otra, todos demuestran una frialdad perturbadora, una trabajada incapacidad para la empatía, solo interrumpida en la intimidad tras alguna transacción especialmente favorable por una "alegría oscura, una ferocidad de salvaje". Y, al mismo, todos son personajes profundamente humanos, aborrecibles pero a la vez vulnerables, victimarios pero a la vez víctimas también de todo tipo de situaciones que ponen patas arriba nuestra capacidad para juzgar, siempre tan pronta a encasillarlo todo.

La vanidad, los celos, el placer, la ambición. Hay una tragedia shakespeariana dentro de cada escena de la vida privada pintada por Balzac. La envidia y la pasión. Y una humanidad dolorosa y desaforada. Esta novela se lee en poco más de una hora y te deja pensando en la infinita profundidad emocional que se esconde tras los telones del teatro de nuestras vidas. Y de las vidas de la gente común, pobres y ricos, afortunados y desgraciados, del París posterior a la caída de Napoleón, una ciudad vibrante, que ya ha probado la fiebre de la revolución y de la libertad, y que no va a aceptar fácilmente la continuación de un antiguo régimen que solo pervive en unas instituciones caducas. 

Mi próximo Balzac ya va a ser una novela de las conocidas: Le Père Goriot, personaje que aparece nombrado ya en Gobseck. Y me encanta esto de ir enlazando novela tras novela y ver cómo encajan unas con otras como las piezas de un inmenso puzle, esta obra monumental llamada Comedia humana que, escena tras escena, quizá sea la mejor representación global de esa Francia decimonónica tan variopinta que tanto me ha atraído siempre. 





lunes, 15 de abril de 2024

UNA MÍNIMA INFELICIDAD

Me fascinan los libros que recrean el silencio. ¿Cómo se hace eso? Que las palabras transmitan esa atmósfera silenciosa parece magia. En esta novela (su primera novela, además) la italiana Carmen Verde lo hace maravillosamente. Y, dentro de ese silencio, frágil y pequeña, va creciendo esa mínima infelicidad. Mínima por doméstica, por femenina. Pero capaz de impregnar cada emoción con los colores opacos de la tristeza y de la desorientación. 

Es la historia de una mujer desorientada que tiende a vivir a escondidas. Se oculta de su hija pequeña, se oculta de su marido. Aunque de este no es difícil ocultarse, no está casi nunca en casa. A veces llora en las comidas cuando cree que su hija no la ve. Se refugia en objetos bonitos. Piezas de cristalería, de porcelana. Tesoros que esconde, como si, a pesar de ser suyos, no tuviera derecho a ellos y la fueran a regañar por mirarlos. Tesoros que ama en silencio, tesoros en los que se esconde, por la misma razón por la que más tarde se esconderá en el alcohol. La aturden. La calman. Aunque siempre la dejan con inquietud en las manos, una vez evaporado el primer efecto, con un leve temblor de desesperación. 
Va a recoger a su hija cada día. La espera sentada en el banco. Y la hija la ve desde la ventana de su aula, con sentimientos encontrados. "Me ponía contenta cuando la vislumbraba al otro lado del cristal, aunque enseguida me embargaba el temor, casi la angustia, de que decidiera marcharse y dejarme allí sola. Nunca pensé que mi madre me correspondiera por derecho". 

En estas páginas habita un enigma, una herencia de desesperación y locura pasada de abuela a nieta, saltando por encima de la fragilidad y la sombra que dibujan la vida de la madre. De la "distraída indiferencia" con la que mira sin mirar desde las fotos familiares. Y palpitan los silencios. Silencios en las comidas. Silencios en las tardes viendo llover por la ventana. Cantidad de silencios. Como si todas las palabras que no se dicen fueran indecorosas, como si guardaran un vergonzoso secreto. 

La niña que cuenta la historia no ha terminado de crecer. Es una niña a la que la vida le arrebata la plenitud de su cuerpo y la alegría. Ingrata vida. Ladrona. Igual que sus compañeras de clase, que vienen a su fiesta de cumpleaños porque saben que al final acabarán quedándose con sus juguetes. Y su madre, a menudo sin palabras, le pide perdón. ¿Perdón por qué? ¿Por haberla educado en la sumisión, quizá? En una docilidad que no contiene la suficiente dignidad para convertirse en generosidad. 

"La infelicidad es irracional. Hay quien carga ya con ella al nacer y quien, supliendo su falta de predisposición natural, permanece tanto tiempo contemplándola en su madre que llega a sentir sus espinas en la propia piel". 

Hay en estas páginas una belleza oscura y desasosegante que estremece. Una melancolía que sostiene en equilibrio el relato como la cuerda por la que camino mientras leo, sin dejar de pensar en qué momento perderé pie y sucederá la catástrofe. 

Leer esta novela es internarse en la madeja enredada de las relaciones entre madres e hijas. El laberinto emocional, los juegos de espejos y contradicciones. Las emociones vulnerables, las suspicacias. La atracción y el rechazo. El desgarro de convivir constantemente con dos sensaciones opuestas, tirando cada una en sentidos contrarios. Diques y obstáculos caprichosos en el frondoso caudal del amor, que ansía un cauce sereno y fluido sin alcanzarlo. El amor, ese caudal que esconde el dolor más profundo. Una enfermedad que, lejos de secarlo, lo desborda en heridas invisibles. 

Carmen Verde transmite una enorme compasión por el profundo desamparo de esas mujeres que, en el fondo, solo quieren amar a alguien que pueda amarlas como ellas necesitan y así, sencillamente, ser felices. El profundo desamparo de una niña que, quizá, en el fondo solo ansía que su madre, y su padre, y su maestra, y la gente en general, pero sobre todo su madre, la mire con una sonrisa de cariño y benevolencia. Una sonrisa que diga: te acepto como eres, me gustas como eres, te quiero exactamente así como eres. 







jueves, 11 de abril de 2024

LA BODA

"A ver, cuántos blancos conoces tú que sean capaces de mirar a un hombre negro sin fijarse en el color de su piel". Es decir, sin que el color de su piel les llame la atención, sin que sea un rasgo importante a la hora de recordarlo después. Sin que sea el rasgo fundamental, lo primero que usarán para fijarlo en la memoria o para describírselo a los demás. 

Dorothy West publicó esta novela sobre la importancia del color de la piel en las relaciones sociales, familiares y conyugales en 1995. La historia transcurre entre 1850 y 1950 y recorre cinco generaciones de una familia en las que las distintas tonalidades del color de la piel determinan su futuro. La cita con la que he empezado esta reseña se sitúa en 1950, y me atrevería a decir que, setenta y cuatro años después, sigue estando tristemente en vigor en cualquier país de mayoría blanca. 

Esta es una novela sobre la pertenencia a una comunidad y los peligros de salir de ella, aunque sea para dar un paseo. Sobre la identidad, incluso el carácter y todas las expectativas vitales, basadas en el color de la piel. Y sobre cómo la clase social puede llegar a percibirse incluso por encima del color de piel. Casarse con una persona del mismo color de piel es importante, pero lo fundamental es que forme parte del mismo círculo social. 

Me ha recordado mucho a La mitad evanescente, de Brit Bennett, por la importancia del color de la piel en el destino de los personajes y la tentación de los negros de piel clara de hacerse pasar por blancos para escapar de toda una vida de discriminación, aunque eso suponga romper definitivamente con tus orígenes y tu familia y, de alguna manera, traicionar a tu comunidad. También me ha recordado a Nella Larsen por la descripción de esos tonos de piel mestizos tan inclasificables que tanto atormentan a los racistas al desdibujar la frontera entre blancos y negros y señalar la impostura de su odio. 

La boda es una novela elegante e incisiva que, bajo su ritmo tranquilo, esconde una rabia a punto de explotar. La autora la publicó cuando tenía ochenta y ocho años. Se intuye toda una vida de indignación soterrada. De un clamor interno vestido de ternura y sofisticación. De nostalgia, también. Como la nostalgia que debieron de sentir varias generaciones de mujeres y hombres al tener que abandonar sus hogares en el sur de Estados Unidos para escapar de la barbarie de la esclavitud. Aquí lo describe muy bien: "Ya no habría más linchamientos, ni más cruces ardiendo, ni más paseos por un albañal para dejar que el «señor Charlie» tuviese la acera para él solo. Ya no habría más muerte por falta de atención médica, ni más niños analfabetos deslomándose en las plantaciones mientras los hijos de los blancos iban a la escuela. En el norte, los hombres descubrían que podían aprender a leer y a escribir sin ofender a nadie y las mujeres aprendían a no conformarse con lo que tenían. Aunque les tocase vivir cerca de las vías férreas y el aire estuviese cargado de mugre y polución, podían respirar el aroma de la libertad. Por muchos apuros que pasasen, a ninguno se le pasaba por la cabeza marcharse de allí. No obstante, la belleza indescriptible del sur los perseguiría de por vida y los viejos suplicarían que los llevasen de vuelta a casa para morir". 

Una joyita más en la ingente biblioteca de literatura contra el racismo que, mientras este no se atenúe, no dejará nunca de crecer y crecer. 




lunes, 8 de abril de 2024

SIETE DIENTES DE LEÓN

Este cuento empieza así: "Esta historia sucedió antes de que existieran los colores". ¿Y cómo podía ser el mundo antes de los colores? Gris. Claro, gris. Con todos los matices de gris. Igualito a como es el mundo justo antes de que amanezca o justo antes de que sea noche cerrada. 

"En la espesura de un bosque gris, había una casa gris donde vivía una vieja gris llamada Iris". Y todo era gris. Las nubes, los árboles. Hasta los corazones eran grises. Pero, una noche, Iris cerró los ojos para dormirse y apareció un color que nunca había visto. 

Y a la noche siguiente, otro color. Y a la siguiente, otro. Y otro y otro y otro y otro. 

Cada mañana, sobre la almohada se encontraba un diente de león del color de su sueño. Cada mañana, le ponía un nombre a cada color distinto y plantaba el diente de león en la tierra. 

Este es un cuento sobre el nacimiento de los colores, sobre una tenaz pescadora de nubes, sobre una tristeza que se evapora por la noche, sobre siete sueños transformados en siete dientes de león transformados en un viaje legendario y una olla de oro que, dicen, brilla como el sol. 







jueves, 4 de abril de 2024

LOS VALIENTES ESTÁN SOLOS

Formidable. Extraordinario. Elocuente, apasionado, delicado, furioso, desolador, lírico, apabullante. Voy apuntando adjetivos en el borrador de lo que luego será esta reseña así a lo loco, sin ton ni son. Y es que no salgo de mi asombro con este libro. Qué historia tan poderosa. Y qué bien contada. Con qué fuerza, con cuántas ganas. Roberto Saviano vive con escolta, amenazado por la Camorra desde la publicación de Gomorra, en 2006, libro en el que exponía parte de la estructura y forma de actuar de la organización mafiosa en Nápoles. Y el protagonista de esta biografía novelada es el juez Giovanni Falcone, asesinado junto a su mujer y tres guardaespaldas en 1992 tras haber contribuido decisivamente a perseguir el crimen organizado de la Cosa Nostra en Sicilia. El destino violento de Falcone, así como el de decenas de abogados, jueces, policías, fiscales, militares, generales y políticos antes y después que él, persigue a Saviano desde hace ya dieciocho años. Así que no es de extrañar que los ecos trágicos de esta historia hayan encontrado en su interior una caja de resonancia especialmente receptiva para transmitir como nadie la potencia de esta historia. 

El éxito de Giovanni Falcone contra la Cosa Nostra consistió en la cooperación de los jueces y en la coordinación de sus pesquisas. A principios de los años ochenta, en plena guerra mafiosa (un conflicto sangriento que se cobraría más de mil víctimas en apenas dos años), los jueces sicilianos se reunían semanalmente para compartir los avances de sus investigaciones ante la posibilidad de ser asesinados por la mafia, como Cesare Terranova, como Rocco Chinnici, como tantísimos otros. Decían: "Si eso ocurre, lo que hayamos averiguado no debe perderse. Aunque uno caiga, la investigación prosigue. Aunque uno caiga, antes habrá pasado el testigo". Palabras que a mí me recuerdan a la resistencia contra los nazis o contra la dictadura franquista, palabras clandestinas de lucha contra un poder superior. Y, sin embargo, eran jueces oficiales nombrados por la República Italiana para luchar contra clanes mafiosos, ellos sí, clandestinos. El mundo al revés provocado por grupos muy organizados de criminales violentos. 

Pero, lamentablemente, los jueces no solo luchaban contra la mafia. También tenían que hacer frente a la envidia, la mediocridad y la corrupción de sus pares, muchos de los cuales no dejaron de poner palos en las ruedas al trabajo de muchos años de jueces antimafia como Falcone o Borsellino, rebajando las penas o dejando en libertad a mafiosos encarcelados por ellos, que luego siguieron cometiendo delitos y atentando contra ellos. 

Gracias, entre otros, al trabajo de Giovanni Falcone, se supo que la mafia siciliana tenía nombre: Cosa Nostra. Se supo que el problema de la mafia no eran hechos aislados, una mordida por aquí, un ajuste de cuentas por allí. "La mafia es organización, centralización, control, poder". Un Estado clandestino dentro del Estado. Con ramificaciones en casi todos los estratos de la sociedad. Que a veces suple al Estado y llega adonde este no llega. A veces, a menudo no tan clandestino. En los años ochenta costaba un mundo que los jueces, y no digamos ya la sociedad, se convencieran de que tenían que verlo así, como lo que era en realidad, y no como cuatro paletos locos pegando tiros. 

Saviano conoce bien los caminos internacionales de la droga y el rastro de violencia, muerte y dinero que deja. Ya lo contó en su impactante Cerocerocero, que reseñé aquí en 2016. Así que conoce bien hasta qué punto Sicilia era el laboratorio de droga en Europa en los años ochenta. Si de allí salía tanta droga, también mucho dinero tenía que entrar. Seguir la pista del dinero, ese siempre es el camino para luchar contra el poder en la sombra. Y ahí entran en juego los banqueros, la mayoría de los cuales ponen el grito en el cielo cuando los jueces les piden transparencia. Y, luego, también participan los partidos políticos, en especial el conservador Democracia Cristiana, que, desde sus posiciones de poder, permiten y posibilitan que ese dinero sucio se limpie, se integre y, por qué no, crezca sin sobresaltos en la economía pública. 

Cuando hay tanta gente implicada y beneficiada, gente con las manos manchadas de la sangre de las víctimas de la droga y de la violencia que genera, ¿cómo se para el mecanismo? "¿Se puede arrebatar el cuchillo de las manos a todo un país? Quizá no. Pero se puede cerrar la fábrica de cuchillos". O eso pensaba Giovanni Falcone. A eso aspiraba. Y por eso lo mataron. 

Con un pulso narrativo magnífico que por momentos recuerda a The Wire, Saviano hace un retrato del juez Falcone con sus luces y sus sombras. Y el miedo, el miedo siempre como una sombra imprecisa que le acompaña a todas partes. Se negó a tener hijos porque sabía con casi total seguridad que lo matarían en un momento u otro, y "no se traen huérfanos al mundo". Convivía a menudo con una "sorda desolación, un leve temblor de las manos". ¿Será en esta acera donde me matarán? ¿Será esta llamada la que me anunciará el asesinato de tal o cual amigo juez o fiscal? No eran miedos infundados. Mataron a muchas de las personas con las que colaboró, a muchos amigos cercanos que compartían la lucha contra la mafia. E intentaron matarlo en muchas ocasiones, durante muchos años. Hasta que lo consiguieron. 

"Los justos caminaban con una cruz negra pintada en la espalda". Italia se convirtió en un país de muertos famosos, de luchadores solitarios contra el gran poder mafioso. Giovanni Falcone fue un héroe a su pesar. Deseó con toda su alma no serlo. Vivir en un país que no lo necesitara. Irse de vacaciones con su mujer, tomarse un helado sin cuatro escoltas a su alrededor. Deseó vivir en un país sin mafia. Dejar de tener que poner el cuerpo. De convivir con la muerte. De estar solo. Erradicar ese veneno de su tierra amada. Su tierra enferma. "Desventurada la tierra que necesita héroes". 







lunes, 1 de abril de 2024

AMOR CAPITAL

"Y aquí estamos todas, ilusas, pensando que somos o hemos sido en algún momento la genuina, la única, la verdadera, víctimas de una herencia envenenada que nos hace soñar con serlo". "Y, mirándolas, ya no siento los celos que me han consumido durante los últimos doce meses, no siento el odio que me ha cerrado el estómago en este largo año sin ti, sino una comprensión sin límites hacia todas ellas y unas ganas irremediables de abrazarlas". 

Como ya me pasó con la anterior novela de Karmele Jaio, La casa del padre, he leído este Amor capital pensando que no le sobra ni una coma. Qué prodigio de literatura concisa que expresa tantísimo, pero tantísimo, con tan poquitas palabras. Esa herencia envenenada de la primera frase es conocida por cualquiera que se haya enamorado alguna vez. Es la herencia del amor romántico en todas sus formas, exclusivas y asfixiantes, que nos persigue desde que tenemos uso de razón amorosa. Es la que nos inocula los celos y la inseguridad, la que transforma la persona que te gusta en una posible futura posesión. La que nos mete en las jaulas de los roles de género y nos insiste en que sin pareja no se puede vivir. 

Esta es una novela sobre las historias desiguales, cojas, en las que una está siempre tratando de profundizar mientras que el otro no deja de tratar de escabullirse. Historias construidas sobre una fragilidad, sobre un pacto no expresado que tiende al silencio para no desvelar su mentira: "siempre me quedaba con ganas de decir algo tras estar contigo". Historias que, a pesar de todo, brotan y crecen y se expanden como flores salvajes por nuestra imaginación y se convierten en esas historias apasionadas e inolvidables y ciegas que no pudieron ser y que recordamos con una sombra de dolor (y de incomodidad y de vergüenza) hasta la tumba. 

El de Olga es un amor que aúpa y luego no sostiene. Un amor que la hace menguar, que le resta autoestima, que fabrica en las horas de sus días jaulas de dependencia. Un amor de usos esporádicos y breves, que niega su singularidad humana para limitarse a satisfacer sus deseos más inmediatos. Un amor entrelazado con el sufrimiento que lo atrapa, que extiende sus brazos de enredadera por el tronco liso del deseo para llegar a su cima y asfixiarlo. 

"Llegué a pensar que amarle consistía en moldearme hasta que mi forma fuese exactamente la que él buscaba". Karmele Jaio ha escrito una novela-tesis para reflexionar sobre el amor como atadura. El amor como un sentimiento solemne, trascendental, totalizador. Que exige devotos a sus pies, como una religión. El amor como ideología reaccionaria que exige obediencia y aspira a ordenar todos los aspectos de la vida y supeditarlos a sus mandatos. Como catecismo misógino que inculca desigualdad. El amor como idea única, capital, centro y motor de todo. "El opio de las mujeres", como decía Kate Millett. Una novela-tesis para reflexionar sobre el amor como esperanza, también, para ver si es posible aflojarle los nudos sin malograr su intensidad y su belleza. 

Una amiga de la protagonista la alerta sobre el peligro de amar desde la carencia. Me ha gustado esa expresión: amar desde la carencia. ¿Quién no ha amado alguna vez así? ¿Cuántas parejas se basan en un amor así? Es una forma de amar que te lleva sin remedio a relaciones de dependencia. A "vivir presa del amor que te pueden dar", en lugar de vivir libre en el amor que puedes compartir. 

Me encanta cuando libros muy dispares dialogan entre sí. Hay una escena muy bonita de tres mujeres hablando sobre el amor y sus ataduras en una cocina, y una se queja entre risas de que cómo no van a volverse locas las mujeres si hasta follando tienen que meter tripa. Y esta frase me ha llevado directamente a una viñeta de Ideal estandarizado, el cómic de Aude Picault que acabo de leer, en la que habla exactamente de lo mismo. De estar todo el día tan pendientes del cuerpo que acaban por no poder relajarse ni pensar en otra cosa que no sea martirizarse con la mirada fiscalizadora de una sociedad que las señala. "Los hombres miran a las mujeres, las mujeres se observan siendo miradas", ya lo decía John Berger. 

"Las personas se separan, no se abandonan. Solo puede abandonarte quien tiene poder sobre ti", le dice una amiga a Olga. Y así se rescata muy a menudo a alguien de un amor tóxico, con una charla con dos amigas en una cocina. Y es que Amor capital también es una novela sobre la amistad entre mujeres, esos espacios seguros que salvan y acogen. Cuántos vínculos bonitos y cuánta complicidad se puede forjar con una conversación íntima mientras pelas patatas codo con codo para preparar una tortilla. Cuarenta minutos de preparación pueden forjar una amistad duradera y salvarte de una espiral de obsesión pesadillesca. Y convertir el jarrón hecho añicos de tu vida en una maravilla renacida de bellas cicatrices.