lunes, 9 de septiembre de 2024

PARA APRENDER, SI LA SUERTE NOS SONRÍE

«Lo que queremos preguntaros es esto: ¿qué es para vosotros el espacio? ¿Es un patio de juego? ¿Una meta? ¿Una bandera? ¿Un aula? ¿Un templo? ¿Quién creéis que debería ir y para qué? O ¿creéis que no debería ir nadie? ¿Es el universo más allá de las nubes algo irrelevante para vosotros, siempre que los satélites envíen mensajes y no os caigan rocas encima? ¿Es el vuelo espacial humano un ejercicio inútil, una fantasía para ricos, una pérdida inaceptable de vida y metal? ¿Os resultan grotescos nuestros métodos e indefendible nuestra ética? ¿Están pasadas de moda nuestras esperanzas? Cuando os hablo de nuestra vida aquí fuera, ¿nos animáis a seguir u os mofáis de nosotros?»

De niño me entusiasmaban las aventuras espaciales. El primer paso sobre la luna. La posibilidad de viajes a otros planetas. Descubrir lo desconocido era el objetivo más emocionante que uno podía tener en la vida. Luego pensé que para qué. Con la cantidad de problemas que teníamos en nuestro planeta, ponernos a buscar otros fuera de él me parecía una frivolidad. Y más tarde, afortunadamente, volví a la senda de la cordura, es decir, de la curiosidad, y me convencí ya para siempre de que fuera de nuestra atmósfera nos espera algo. Algo que quizá solo exista en nuestra imaginación. En nuestra capacidad de asombro. O en las páginas de una novela como esta. 

Llegué a ella porque su traductora, Pilar Ramírez Tello, la elogió en redes sociales. Cuando una traductora se entusiasma con un libro que ha traducido, siempre procuro prestar atención. No es algo habitual. Y cuando lo hace alguien como Pilar, siempre vitalista y generosa, y responsable de que los lectores de fantasía y ciencia ficción sepamos lo que puede llegar a ser un sinsajo o un segador, hay que ir a por la novela sin dudar. Dijo: «de todas y cada una de las páginas de Para aprender, si la suerte nos sonríe se pueden sacar citas maravillosas. Becky Chambers ha escrito un libro que te llega al corazón casi sin que te des cuenta». Y es verdad. 

¿Y de qué va esta novela?
Pues de viajes a otros planetas, claro. De la importancia del conocimiento, de satisfacer la curiosidad. De la adrenalina de descubrir la posibilidad de otras formas de vida fuera de nuestro planeta. Otras formas de vida que amplíen nuestra percepción de quiénes somos y nos muestren lo aleatoria que es nuestra existencia. Que amplíen nuestra capacidad de imaginar. 







jueves, 5 de septiembre de 2024

LOS SILENCIOS DE LA LIBERTAD

La tiranía es una forma de vida muy extendida. O, mejor dicho, la falta de democracia. En España y en todo el mundo. Y empieza, como empiezan casi todas las cosas, en la intimidad de cada casa. No conozco ninguna familia que aplique una democracia real en sus relaciones personales. Todas se basan, o bien en una lucha amarga y constante entre quienes desean tener influencia y ostentar el poder, o en una desigualdad normalizada, una dominación implícita y aceptada de una persona sobre el resto. Tan implícita y aceptada que ni siquiera la perciben. Estamos tan acostumbrados a vivir de esa forma, tan acostumbrados a aceptar que una persona ejerza más poder que otras, que la falta de democracia solo nos llama la atención cuando se nos impide votar cada cuatro años. Como si votar cada cuatro años fuera algo más que elegir ensalada o pasta de primero. Mientras votemos, mientras sigamos creyendo que tenemos opciones y voz, en realidad los que tienen poder pueden seguir ejerciéndolo sin que reaccionemos. En las familias y en la política. 

La cultura democrática debería empezar siempre en casa, y exige un trabajo constante y para siempre. Lo fácil es gobernar a los demás o dejarse gobernar. Lo difícil: buscar consenso, negociar y actuar siempre desde una responsabilidad compartida. 

Este ensayo de Guillermo Altares hace un recorrido por algunos momentos clave de la historia europea en los que distintos pueblos tuvieron libertades y las perdieron. Desde la Atenas de Pericles hasta el República de Weimar, pasando por la Revolución Francesa o el Trieno Liberal, la búsqueda de libertad ha sido un motor constante en Europa, siempre saboteado por una represión despiadada. Y el hecho de que en España hayamos vivido en relativa paz durante los últimos cincuenta años no debería hacernos perder de vista que las libertades democráticas que nos hemos dado no tienen por qué ser para siempre. Nunca debemos darlas por hecho. Defenderlas es un deber constante. Y mirar al pasado nos ayuda a entender lo frágiles que son. 

En 1914 nadie concebía que Europa pudiera entrar en una guerra de grandes dimensiones. Los desfiles entusiastas proyectaban una campaña corta, de dos o tres meses, y una paz definitiva para el invierno. Así había sido la anterior guerra, en 1870, entre Francia y Prusia, y no quedaba nadie vivo para recordar los horrores de las campañas napoleónicas, un siglo antes. La gente estaba acostumbrada a la paz. A la prosperidad. A una dulce decadencia cultural sin sobresaltos. Igual que nadie se esperaba una guerra en el corazón de Europa en los años noventa, ni un genocidio a menos de cuatrocientos kilómetros de Italia. O una guerra de desgaste en Ucrania a la vez que otro genocidio en Gaza en 2024. 

Es muy fácil acostumbrarse a la paz y a la libertad y pensar en las guerras y en las dictaduras como transitorios episodios de locura colectiva que, afortunadamente, duran poco. Así nos hemos educado la mayoría de mi generación. Pero, por mucho consuelo y serenidad que esta idea nos proporcione, no se ajusta realmente a la historia de nuestro país ni a la situación actual de muchos países. Y puede volvernos más vulnerables a los intentos de grupos de extrema derecha de socavar nuestras libertades desde dentro, como de hecho ya ha sucedido en Polonia o Hungría, y puede suceder en cualquier lugar donde triunfe el modelo de democracia iliberal. Un modelo en el que la gente vota como siempre, pero en el que los que ostentan el poder se encargan de mantenerse en él a toda costa, respaldados por ideologías reaccionarias, por el bien de su pueblo. Como sucede en tantas y tantas familias en todo el mundo, donde todos hablan pero en realidad quien elige e influye es siempre la misma persona. 

Guillermo Altares describe «cómo las dictaduras afectan a personas concretas —a cada uno de nosotros, en cierta medida—, cómo se convierten en telas de araña en las que millones de seres humanos quedan atrapados, y cómo empiezan y qué ocurre cuando se terminan. Es importante recordar que representan un sistema de poder que nunca nos resultará ajeno, del que jamás podremos permanecer al margen, aunque pensemos que sí, pero también que, por muy eficaces y salvajes que sean, se puede acabar con ellas. O no. O pueden volver a empezar cuando menos podamos imaginarlo». 

Las dictaduras (políticas y familiares) aspiran a modificar el pensamiento. Se inmiscuyen en las conciencias. Al pretender imponer su ideología en todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana, no solo desean una población sumisa, sino que aspiran a una población fiel y colaboradora, una población adherida a su ideología y convencida de sus bondades. Una población incapaz de rebelarse porque ha interiorizado que ya forma parte de la comunidad creada, ya tiene arraigado el sentido de pertenencia fuera del cual solo hay un exilio de parias y vergüenza en el que no se puede vivir. Una población desposeída de sus secretos, de su vida privada, de sus discrepancias, de su libertad para disentir o tener una opinión propia. Desposeída de su derecho a decir no y reivindicar otras opciones de vida. 

Este es un ensayo de historia política que mira al pasado para señalar el futuro. La democracia, como cualquier práctica de buen trato, requiere de un ejercicio y de una voluntad que hay que cultivar cada día. 




lunes, 2 de septiembre de 2024

HIJAS DE LA NAKBA. VOCES DE MUJERES PALESTINAS

En toda indignación por algo ajeno hay un momento en que la emoción colapsa. Leo a menudo en redes sociales sobre la importancia de seguir hablando de Gaza, keep talking about Gaza!, dicen o exclaman o gritan los palestinos cada día, y noto cómo desde el 7 de octubre de 2023 hay un espacio reservado en mi cabeza para esta atrocidad en el que no entra nada más. Y leo libros sobre Palestina, uno al mes, y escribo reseñas, y apoyo las cuentas de periodistas y de la UNRWA que informan y denuncian desde el terreno, y dono dinero mensualmente y colaboro con Blackie Books en la edición benéfica de Quiero estar despierto cuando muera, de Atef Abu Saif, y doy la turra en redes sociales, y monto un pequeño rincón en la librería con libros variados sobre el tema, y los recomiendo, y veo series con P. sobre Palestina, y sigo pensando, diez meses después del inicio de esta represalia que rápidamente se convirtió en otra Nakba que inmediatamente se volvió un genocidio, que hay algo que se me escapa, que hay más cosas que se pueden hacer además de ir a poner el cuerpo, que hay más, mucho más que no estoy haciendo. 

Es un poco como ver a una persona que necesita ayuda, darle agua, llamar a una ambulancia, ayudarla en lo poco que puedes o sabes o imaginas, ver cómo se la llevan para cuidarla en condiciones, y quedarte desconcertado por un cruce de emociones, a años luz de la satisfacción de quienes dan para calmar su conciencia y muy cerquita de quienes sienten que cada vez que entran en contacto con quien sufre un pedacito de ese sufrimiento se queda con ellos. No hay nada que hacer con esa emoción. No es reciclable ni apenas compartible. Solo se apacigua con el movimiento, con volver a poner lo que uno pueda, el tiempo, el dinero, el cuerpo, con la utópica idea de contribuir a humanizar un poquito este mundo tan inhumano, o, al menos, ser un poquito más humanos nosotros y poder mirarnos en paz cada mañana en el espejo. 

Este libro de Ediciones El Salmón aporta una mirada diferente, más íntima, femenina, poliédrica, a la catástrofe que vive el pueblo palestino desde 1948. A través de las voces de diez mujeres palestinas, nos descubre la triple opresión a la que se enfrentan: la colonización israelí con sus mecanismos de apartheid y violencia constantes; la sociedad patriarcal palestina cuyo conservadurismo se endurece y radicaliza a causa de la ocupación; y la mirada occidental, racista, islamófoba y cómplice con sus opresores sionistas. 

Las mujeres son las guardianas de la memoria del pueblo palestino. En un momento en el que su supervivencia vital y cultural está más en peligro que nunca, sus voces son los pilares que apuntalan su legado. Para que no se pierda nunca entre los escombros de los bombardeos. Para que el dolor del genocidio no apague nunca su voluntad de resistencia. 

«La Nakba es un presente eterno», decía el poeta palestino Mahmoud Darwish. Y estas hijas de la Nakba buscan un futuro que pueda romper esta maldición. Un futuro que pueda cerrar esta herida cada vez más grande. Una herida por la que sangramos todos. 





jueves, 29 de agosto de 2024

LAS HIJAS HORRIBLES

«No podemos pensar que los hijos pertenecen a los padres, hay derechos fundamentales del menor». Recuerdo la que se montó hace unos años con este comentario de la entonces ministra de educación, Isabel Celáa. El comentario iba al hilo del pin parental, pero alude a un tipo de relación paternofilial muy común que consiste en considerar a los hijos extensiones de los padres y que es extrapolable a cualquier situación, e incluso a cualquier edad. Cuántas madres y padres consideran que sus hijos, aunque ya sean adultos, les siguen perteneciendo, y se sienten en el deber de dirigir sus conductas, elecciones de vida y aspiraciones como si necesitaran tutela de por vida. Como si lo que estos hicieran fuera a repercutir siempre y para siempre en ellos, últimos responsables de sus vidas. 

De esto va este magnífico ensayo de Blanca Lacasa. De las relaciones entre padres e hijos, y más concretamente entre madres e hijas, que siempre están atravesadas de más dificultad, desigualdad y presión por el caldo de cultivo patriarcal que nos sustenta. 

Nos pasamos la vida ensalzando a las madres. Es verdad. Nos educamos con eslóganes del tipo mi madre es mi orgullo, mi madre es la mujer de mi vida, mi madre es mi referente. El día de la madre es un acontecimiento en cualquier escuela primaria, también para los niños y niñas que no tienen madre a quien felicitar. Y bajo toda esa parafernalia festiva se esconde, como dice Blanca Lacasa, «todo un sistema extremadamente conservador: ese que dictamina que una madre siempre lo hará bien, siempre sabrá y siempre constituirá un modelo a futuro». Lo cierto es que elevar a las madres al altar de la perfección no le hace bien a nadie. A ellas, porque les obliga a una autoexigencia imposible de cumplir, y a sus hijos, porque les genera unas expectativas que están fuera de la realidad, y a la vez una deuda imposible de saldar. Bajar a las madres de ese altar celebratorio debería ser, pues, un deber imprescindible de cualquiera que aspira a una relación con su familia, pues sería «liberarlas de una mirada inhumana y bien poco feminista: aquella que las despoja de su humana imperfección para convertirlas en un impecable imposible». 

El amor maternal es, en la mayoría de los casos, el primer amor que recibimos. Y, a menudo, tiene muchos de los mecanismos del amor romántico. Reconozco que no había pensado nunca en esta comparación y, directamente, me ha abierto un montón de ventanas mentales que ni sabía que estaban cerradas. «En ambos casos, las dosis de expectativas son altísimas; el nivel de frustración, elevadísimo, y la obligatoriedad de desempeñarse y desarrollarse en ese papel, total. Para ellas y para nosotras. No deja de resultar curioso que las dos relaciones que probablemente más dolores y traumas provoquen sean las dos más regladas, estandarizadas, pensadas, manoseadas, estipuladas y sobre las que más se ha escrito. Unos vínculos que se abordan con un batallón de prejuicios, quimeras, obligatoriedades y exigencias que dificultan ya de partida cualquier mínima posibilidad de éxito». 

El amor maternal y el amor romántico son los dos pilares en los que se sustenta la institución más importante en la vida de la mayoría de las personas: la familia. Una institución que se basa en el tejido de unos vínculos que nos sostienen, creados casi siempre con patrones rígidos y obligatorios que es tabú no ya romper, sino simplemente pretender flexibilizar. Una institución jerárquica y vertical basada en la dependencia (otra similitud con el amor romántico). ¿Cuántas madres e hijas adultas se relacionan en un plano de igualdad? ¿Cuántas madres consiguen tratar a sus hijas e hijos como personas adultas en lugar de como vástagos inexpertos necesitados de guía, consejo y protección? Esa subordinación emocional, casi siempre velada e implícita, es una fuente inagotable de fricciones y violencia de la que es muy difícil desprenderse sin romper vínculos valiosos. Porque uno de los anhelos más profundos al entrar en la vida adulta consiste precisamente en la libertad que dan la autonomía y la independencia, en elegir un camino propio fuera de la sombra de la madre. Y, a menudo, la única forma de emprender ese camino es romper la necesidad constante de reafirmación y aprobación, dejar de asumir la responsabilidad por la preocupación constante que muchas madres proyectan en sus hijas, y que las infantilizan y les impiden ser mujeres libres y dueñas de su propia adultez.

Sobre la tensión entre la aspiración a una relación igualitaria y la sensación de posesión y pertenencia, recuerdo haber leído varios libros. Y me ha encantado que muchos de ellos aparezcan en forma de citas por las páginas de este ensayo, cuyo tema conecta directamente con El acoso moral, de Marie-France Hirigoyen, por el maltrato psicológico en la familia; con Toda la rabia, de Darcy Lockman, por los roles de género y el patriarcado como veneno que mamamos desde la cuna; con Matar al ángel del hogar, de Virginia Woolf, por el rol asignado a las mujeres que las convierte en arquetipos imposibles de emular; con Por qué ser feliz cuando puedes ser normal, de Jeanette Winterson, maravillosa novela espejo de tantas infancias tiranizadas por madres-jaula; o con La doble jornada, de Arlie R. Hochschild, por esa "revolución estancada" en la que las mujeres entraron por fin en el mercado laboral pero los hombres no acompañaron en un reparto igualitario de las tareas domésticas y de cuidados, por poner algunos ejemplos de libros que he leído recientemente. Pero forma parte, en realidad, y esto es lo bonito y lo triste al mismo tiempo, de toda una genealogía literaria de libros que iluminan desde muchos puntos de vista la influencia del contexto socio-cultural en los patrones tóxicos que conforman las relaciones humanas. 

Cuando las madres asumen las angustias de sus hijas adultas como propias, cuando les duelen en la carne como si fueran suyas, proyectan en sus hijas una responsabilidad que no les corresponde. A su propia angustia, ahora tienen que añadir la culpa por angustiar del mismo modo a sus madres. Como si todo lo malo que a una le pasara, le tuviera que pasar a la otra también. De ahí que cuando una hija le confiesa un dolor a su madre, a menudo esta última reaccione de forma negativa, porque siente que ese dolor se lo están infligiendo a ella también y no ha tenido oportunidad de evitarlo. La salida a este laberinto emocional no es, desde luego, el desapego y la falta de empatía. Al contrario, es conseguir que las madres vean a sus hijas como personas independientes, libres de equivocarse y de sufrir sus propias angustias, personas iguales a ellas en la capacidad para sobreponerse a su dolor que cuando buscan comprensión tras un tropiezo lo que necesitan es ante todo consuelo y no una bronca.  

Este ensayo trata sobre cómo el rol de madre abnegada se convierte en esclavitud y destruye la identidad de la mujer que lo soporta. Y cómo esas madres alienadas por el imperativo de un tipo concreto de maternidad educan a sus hijas en los mismos moldes rígidos y alienados en los que tienen que caber sus aspiraciones y su identidad. Sobre cómo evitar a toda costa juzgar desde nuestro presente las conductas de las generaciones pasadas sin tener en cuenta sus condicionantes sociales. Y sobre la importancia de adoptar relaciones de igualdad entre madres e hijas adultas que no pasen por la culpa, la deuda y la decepción constantes. 

Es impresionante la cantidad de literatura que hay sobre cómo cuidar y educar a los hijos pequeños, y la poquísima sobre la etapa adulta de las relaciones maternofiliales, que suele ser la más larga y la más complicada. Para empezar a llenar ese silencio, este libro es la mejor elección que conozco.








lunes, 26 de agosto de 2024

LA CASA DE LA FORTUNA

Pues han pasado dieciocho años desde aquella historia portentosa de La casa de las miniaturas, y aquí volvemos, en 1705, a los mismos canales de Ámsterdam, a aquel Herengracht que esconde una casa que sigue llena de misterios. 

Thea es una joven de diecisiete años que está enamorada del teatro. Hay quien acude a las funciones en el Schouwburg para olvidarse de todo durante un par de horas, para poner una pausa de color y pasión a la monotonía de sus vidas mortecinas. Sin embargo, «Thea va a descubrirse y construir su alma con palabras y luz». En el teatro se siente más valiente, «transportada a un lugar donde todo es más cierto, y donde una mujer se ha atrevido a rechazar los grilletes del silencio». De esto va esta novela, de los grilletes del silencio. Y de esas palabras que nos sirven de llaves para abrir las cerraduras de las jaulas que no nos dejan vivir en libertad. 

Dieciocho años después, hay secretos que nunca han visto la luz. Los personajes que dejamos en La casa de las miniaturas siguen escondiendo su pasado y usando el dinero como escudo en una sociedad de las apariencias que actúa de forma implacable contra quien se sale del camino marcado. Dieciocho años después, nuestros personajes no saben que todo está a punto de cambiar: «¿cuánto tiempo llevan colgando de un hilo, fingiendo que son una familia rica? ¿Qué son sino unas cuantas almas infelices que se tambalean al borde de un precipicio?». 

Jessie Burton ha conseguido volver a sostener la luz de su primera novela para iluminar este escenario donde de nuevo nada es lo que parece y la risa y la ligereza pugnan por encontrar un aire libre en el que echar a volar.








jueves, 1 de agosto de 2024

EL AÑO DE LA LANGOSTA

—Perdona, que te he asustado. 
—No, disculpa tú, no te había oído. 
—Debe de ser bueno eso que estabas leyendo, estabas como hipnotizado. 
—Sí, es...
—Oye, casi parece un reclamo publicitario. Librero tan metido en su libro que ni siquiera ve a los clientes que entran. 
—Jajaja. Pues sí, está todo pensado. 
—Bueno, ahora ya me puede la curiosidad. ¿Qué libro mágico es ese?
—Pues mira, es la típica novela de pasar páginas sin enterarte y leer como si no hubiera un mañana. 
—Y de chorrocientas páginas. Hay que tener tiempo para eso. 
—Cuando empiezas a leer el tiempo cambia. No te enteras de las horas, en serio. Y lo mejor es que una parte de la novela va de eso, de cambiar el tiempo. 
—¿De viajes en el tiempo?
—Bueno, mejor no te lo desvelo, por si te animas. 
—¿Más reclamo publicitario?
—Siempre. 
—¿Merece la pena, entonces?
—Desde luego. 
—¿Y va de...?
—Espías. La CIA. Terrorismo internacional. Apocalipsis. Fin del mundo. La era del pánico. 
—La alegría de la huerta. 
—Y acción todo el rato. 
—Bueno, acabamos de pasar por una epidemia mundial, estamos en plena emergencia climática, hay psicópatas dirigiendo potencias nucleares, genocidios en curso... 
—Eso es. ¡Es el libro de nuestro tiempo!
—¿Y de dónde voy a sacar yo las decenas de horas que hacen falta para leerme todo eso?
—Te vienes a la librería conmigo y en cuatro tardes te lo lees.
—Porque aquí el tiempo pasa distinto. 
—¿Entre tanto libro? Ni lo dudes. 
—Así que una novela de espías...
—Sí. 
—Con mucha acción...
—Eso es. 
—Que cambia el tiempo...
—Ajá. 
—Y que vuelve a los clientes invisibles. 
—¡Exacto!
—Me has ganado. Me la llevo. 

A veces los libros se recomiendan solos. 





lunes, 29 de julio de 2024

SENSIBILIDAD E INTELIGENCIA EN EL MUNDO VEGETAL

En nuestro planeta, los seres humanos y los animales representamos el 0,5 por ciento de la masa total de todos los organismos vivos. El 99,5 por ciento de la biomasa pertenece a organismos vegetales. Esta capacidad tan asombrosa para ocupar la casi totalidad de la superficie y dominar el planeta se debe a que son organismos refinados, adaptables e inteligentes en una medida que aún no somos capaces de cuantificar. Sin ellos, nos extinguiríamos en pocos meses. Ellos apenas notarían la diferencia sin nosotros. Quizá sea momento de empezar a prestarles la atención que merecen. 

Las plantas no tienen pulmones, pero respiran. No tienen boca, pero se alimentan. No tienen estómago, pero digieren. No tienen voz, pero se comunican. No tienen cerebro, pero son increíblemente inteligentes. Y demuestran una capacidad para resolver problemas mucho más sofisticada que muchos seres humanos. Y es que, por mucho que consideremos a las plantas como seres inanimados y usemos la palabra vegetal para definir a quien carece de capacidades cognitivas, nuestra especie ha llegado a lo que creemos que es la cúspide de la evolución organizándose de formas tan poco inteligentes que castramos conductas y capacidades por cuestión de género (ay, todos esos hombres cuya dignidad les impide hacer las tareas necesarias para procurarse alimento y ser autosuficientes) y discriminamos por raza, etnia, religión u orientación sexual todos los días en todas las partes del planeta. 

Hablando de dignidad, ¿no tiene un perro dignidad? ¿Y la vaca lechera a la que torturamos durante seis años hasta su muerte prematura para que podamos consumir una leche o un queso que un tercio de la población digiere mal? ¿Y el fresno del parque, ese cuya sombra te permite merendar con tus amigos una tarde de verano? ¿No merece que respetemos su dignidad? ¿No nos permite vivir mejor, respirar mejor, sentirnos mejor? E independientemente de lo que nos aportan los organismos vegetales: ¿no son seres sintientes, sensibles e inteligentes que merecen respeto?

Este libro responde a estas preguntas afirmativamente. Y nos anima a cambiar nuestra mirada sobre los organismos vegetales para reubicar nuestro lugar dentro de los seres vivos y para dejar de creernos los únicos seres inteligentes del planeta. «La idea de que el mundo vegetal se compone de seres vivos carentes de sensibilidad ha llegado intacta hasta nosotros desde la antigua Grecia». Sin embargo, las plantas no solo tienen los mismos cinco sentidos que tenemos los seres humanos. Tienen quince sentidos más, indispensables para existir y prosperar en un mundo en constante evolución. Y la verdad es que les ha ido increíblemente bien. Muchísimo mejor que a nosotros, si medimos el éxito por la capacidad de prosperar, expandirse, colonizar el planeta y adaptarse a los cambios. 

A diferencia de los animales, los organismos vegetales han evolucionado de tal modo que evitan concentrar sus funciones en una única zona, defendiéndose así del riesgo de que el mordisco de un herbívoro acabe con ellos. Las plantas son colmenas. Aprendieron muchos millones de años antes que nosotros que los individuos solos no sobreviven y que la única forma de salir adelante es colaborando unos con otros. Y lo hicieron creando estructuras orgánicas colaborativas. A diferencia de nosotros, una sola planta es múltiple, una pluralidad de inteligencias colaborando. Es un enjambre, una sociedad. Una familia. 

A un neófito en biología vegetal algunas cosas de este ensayo pueden sonarle extrañas. A mí me han parecido directamente ciencia ficción. Y he pensado que los escritores de ciencia ficción en realidad no necesitan estrujarse la imaginación para pensar inteligencias extraterrestres. Con estudiar la inteligencia de los organismos vegetales tendrían para montar infinidad de inteligencias no humanas fascinantes. Y es que las plantas son fascinantes. No solo nos dan oxígeno, paz, frescor, protección. Tienen capacidad para distinguir a los parientes de los extraños, a los amigos de los enemigos. Capacidad para asociarse y para competir. Para atacar y para defenderse. Para pedir ayuda y para buscar protección. Y este ensayo de Mancuso y Viola es un precioso e interesantísimo homenaje a un mundo cotidiano por descubrir. 





 

lunes, 22 de julio de 2024

PRESAS FÁCILES

De Miguelanxo Prado leí Ardalén hace unos cuantos años y tengo un recuerdo maravilloso. La calidez y la belleza, y esa emoción profunda que surge de la memoria cuando esta se vuelve quebradiza y se inventa rutas de escape hacia la fantasía para volver la vida más habitable. Esta edición integral de Presas fáciles tiene un tono y una temática muy diferentes, pero me ha entusiasmado de la misma manera. Reúne dos historias protagonizadas por los mismos inspectores de policía, con un hilo conductor común: personas vulnerables que son dañadas por depredadores sin moral cuyo único objetivo es la rentabilidad y el enriquecimiento. 

El dinero (y el poder que emana de él) por encima de la humanidad: tema universal donde los haya. Lo vemos todos los días. No hay que irse muy atrás en la hemeroteca para encontrar personas mayores que se suicidan ante la inminencia de un desahucio. Una deuda de unos pocos miles de euros, mucho menos que el sueldo mensual del directivo bancario o del abogado o del responsable judicial de la ejecución, basta para acabar con la vida de una persona, habiéndola arrastrado previamente por un sufrimiento psicológico atroz. ¿A quién no le indigna? ¿Quién no apoyaría que los culpables fueran juzgados? ¿Quién no consideraría justo su castigo?

Estas son las consecuencias de que la vivienda no sea un derecho, sino un negocio. Y la primera historia lo retrata muy bien. Pero Presas fáciles no solo es un fantástico cómic de denuncia social. También es una novela policiaca muy bien armada que encantará a cualquier persona aficionada al género, y un retrato entretenidísimo del día a día de una pareja de inspectores con una relación peculiar que me ha dejado con ganas de más. ¡Y el dibujo! ¡Qué maravilla! Me encantan la expresividad, el color, todo lo que dicen las ilustraciones sin necesidad de diálogos. Lo he leído despacio recreándome en cada ilustración, pensando cómo lo habrá hecho el autor para cautivarme de nuevo con una historia tan distinta de Ardalén pero con una capacidad similar de emocionar y cautivar la imaginación. 





jueves, 18 de julio de 2024

QUIERO ESTAR DESPIERTO CUANDO MUERA

El escritor Atef Abu Saif estaba de visita en Gaza con su hijo de quince años para ver a su familia y amigos el 7 de octubre de 2023. Tras el brutal atentado de Hamás, tuvo la oportunidad de marcharse al día siguiente, pero decidió quedarse. Quería estar allí, con su gente. Su padre, sus hermanas. Como Viktor Klemperer en la Alemania nazi, se propuso dar testimonio hasta el final, fuera el que fuera. El trauma más grave y más reciente sufrido por los gazatíes había sido el del verano de 2014. Cincuenta y un días de bombardeos que destruyeron miles de edificios, mataron a más de dos mil personas y dejaron a unas diez mil desaparecidas entre los escombros. Nadie pensaba que esta vez pudiera ser peor. Nadie imaginaba hasta qué punto Israel iba a subir los límites del castigo colectivo. 

«Mediante la escritura, podemos mantener los lugares vivos, podemos dejar nuestros recuerdos de calles que ahora son escombros, las casas que ahora han sido aplastadas. Podemos no solo evitar que sean olvidadas, podemos crear un mapa para saber cómo deben ser reconstruidas. Reconstruidas como eran, en el lugar que sea». 

Este libro, escrito en forma de diario, está lleno de la luz de la valentía, desesperada valentía, que ilumina las tinieblas de la barbarie. Describe, día a día, lo que el autor vio, sintió y pensó durante los dos meses largos que permaneció en la Franja de Gaza con su hijo. El tiempo detenido entre los escombros y la irrealidad de las escenas bélicas. Los barrios enteros derruidos, irreconocibles, en los que flota el polvo y todo se ve gris de cemento roto, como decorados de una película de la segunda guerra mundial. Una película de la que no se puede escapar. Y en la que cualquiera puede morir en cualquier momento. 

«Para los gazatíes, la guerra es como el clima, algo que debemos atravesar constantemente. Está fuera de nuestro control; solo va y viene, desde el día en que nacemos. La mayor parte de los gazatíes jamás han salido de la Franja, no conocen una vida en que la guerra no sea norma, tampoco saben lo que es la libertad. Saben que es algo que quieren tener, pero que jamás han podido saborear». 

Estremecen las odiseas para conseguir pan o agua potable, los esfuerzos por calmar la ansiedad constante, ese caminar sobre un hilo de metal que es no saber si seguirás vivo dentro de diez minutos. Y la espantosa frustración por no tener acceso a anestesia y ver cómo tu sobrina, a la que han amputado las dos piernas y una mano por la explosión que ha matado a casi toda su familia, se retuerce de dolor y pide morir ella también para escapar del suplicio. 

«Al igual que la vida es solo una pausa entre dos muertes, Palestina es un tiempo suspendido en mitad de muchas guerras». Refugiados una y otra vez. El pueblo palestino lleva casi ochenta años siendo forzado a abandonar sus hogares una y otra y otra vez. Para las personas que han tenido que abandonar sus hogares por culpa de los ataques israelíes, esta podría ser entre la quinta y la décima vez que les fuerzan a hacerlo. Y, aunque la única victoria inmediata es la supervivencia, la única victoria posible a largo plazo es que esto no vuelva a repetirse nunca más. Que los palestinos puedan vivir en paz y libres en un estado que les garantice plenos derechos, como en el resto de países democráticos del mundo. 

Mientras tanto, «algunos niños han inventado una nueva e ingeniosa forma de asegurarse de que su historia sea contada, o al menos quede registrada, incluso después de haber sido despedazados por un misil israelí. Para que sus cuerpos sean reconocidos, han empezado a escribir sus nombres con marcadores en las manos y piernas. Comparten esta práctica en las redes sociales. Algunos incluso escriben los números de teléfono de sus familiares para que puedan llamarlos e informarlos de su muerte. Es casi imposible pensar que el mundo seguirá existiendo después de nuestra muerte, pero estos niños lo hacen: anteponiendo a sus seres queridos, con la esperanza de aliviar su sufrimiento salvándoles del purgatorio de no saber. También lo hacen, creo, por ellos mismos: la idea de morir y no ser llorado por nadie es insoportable». 

El importe íntegro de este libro va destinado a ayuda humanitaria para la Franja de Gaza. Vender este libro y recomendarlo es un acto de respeto hacia la valentía de Atef Abu Saif por contarlo y un acto de responsabilidad como seres humanos sensibles al dolor de nuestros semejantes. Ojalá este libro no existiera. Pero existe. Así que hagamos algo al respecto. 






lunes, 15 de julio de 2024

EL VELO

El velo es una fisura en nuestra dimensión. Una cascada de estrellas, una anomalía bellísima que oculta una desolación. Un manto de tinieblas que lo impregna todo, «que empapa lo cotidiano con lo sobrenatural». Y lo peor que está avanzando. Algo está atacando. Algo está avanzando. Algo ocupa cada vez más aldeas y bosques y lagos sembrando la oscuridad y la muerte a su paso. Algo obliga a todos los seres vivos a retroceder. Y nadie sabe cómo pararlo. 

Llegué a esta novela por recomendación de libreros que saben de verdad de literatura fantástica. Sí, los libreros también nos recomendamos unos a otros, un poco como los médicos que también tienen que ser pacientes cuando lo necesitan. Y esta novela corta me ha sentado de maravilla, ha sido la mejor receta para empezar este verano lector con la mejor salud. 

Y es que ¡qué descubrimiento esta novela! Es un historión de fantasía épica condensado en 160 páginas con una mirada inteligente y una agilidad vertiginosa. Pasan muchísimas cosas, hay un mundo completo al que no le falta de nada, hay magia y dioses nada fiables y amores frustrados y deseos castigados y fantasmas que tratan de conducirnos por caminos equivocados. Hay voces que nos someten a una manipulación psicológica despiadada, terriblemente parecidas a las que todos hemos sentido brotar alguna vez en nuestra imaginación, malditas obsesivas. Hay lucha y hay paz, hay aguas oscuras y misiones imposibles. 

Todo cabe en este velo que atrae como las estrellas y que no te suelta hasta haber apurado la última gota de oscuridad. 





jueves, 11 de julio de 2024

UN PEZ ES UN PEZ

En el estanque del bosque nadan tan felices un renacuajo y un pececillo. Son amigos inseparables. Son prácticamente iguales. Hasta que un día al renacuajo le salen dos diminutas patitas. Mira, ya soy una rana, le dice a su amigo. Y pronto decide usarlas para explorar el mundo fuera del estanque. El pececillo también ha crecido y se ha convertido en un pez grande. Un pez grande que echa de menos a su amiga la rana. ¿Dónde estará?

Un día muy feliz la rana vuelve y empieza a contarle a su amigo el pez, toda emocionada, todo lo que ha visto fuera del estanque. Ha visto pájaros, que son unos animales increíbles con alas, dos patas y muchos muchos colores. Y, como el pez nunca ha salido del agua y solo ha visto peces, se imagina peces con plumas volando. ¡Y vacas! Ha visto vacas, unos animales enormes con cuernos y cuatro patas que comen hierba. Y en la cabeza del pez aparece una vaca con forma de pez y aletas de pez y cola de pez. ¿Cómo si no se la iba a imaginar?

Pero cuando un mundo maravilloso se despliega en nuestra imaginación, inmediatamente queremos verlo con nuestros propios ojos, tocarlo, sentirlo, hacerlo nuestro. Ojalá el pez pudiera saltar como su amiga la rana y descubrir aquellos pájaros, aquellas vacas, incluso aquellos otros animales de dos patas, largos largos como un árbol con sombrero y telas raras encima y dos patitas cortas arriba que se mueven mucho pero nunca tocan el suelo. 

Un pez es un pez. Y una rana es una rana. Pero en el mundo de la fantasía se encuentran los dos, cada uno con un mundo maravilloso hecho a la medida de su infinita imaginación. 





lunes, 8 de julio de 2024

UNA ISLA A LA DERIVA

Este mes de agosto, P. y yo vamos a hacer una escapada a Londres y, coincidiendo también con el cambio político en todo el país, este libro de Ana Carbajosa me parecía oportunísimo para hacer el viaje con los ojos más abiertos. Le tengo un cariño especial a Reino Unido. He estado varias veces y en Bristol, Oxford y Londres tengo recuerdos señalados con marcadores de todos los colores en la agenda de mi memoria. Quizá por eso me duele especialmente el diagnóstico certero que hace la autora de este ensayo, y otra mucha gente, de la decadencia de los últimos años. Desde que la ciudadanía optara mayoritariamente por el Brexit, es decir, por autoaislarse y navegar a solas, todo va a peor en Reino Unido, «un país que antes mandaba y hoy no sabe ni colaborar ni compartir». 

Una parte importante de esta decadencia se debe a la desafección política, provocada en parte por la distancia abismal entre la clase política dirigente y la pluralidad de los ciudadanos a los que se supone que deben representar. Ana Carbajosa hace una crítica jugosísima de los políticos elitistas, esos «niños con frac nacidos para triunfar», que se reparten el poder en uno de los países más clasistas del mundo. Un club selecto de hombres salidos de unas escuelas de élite solo aptas para chicos que los educan en la misoginia, la competitividad, el clasismo y la desfachatez. Sí, la desfachatez, esa conducta que tan reconocible nos resulta en tantos políticos, que consiste en no admitir nunca ninguna responsabilidad sobre los errores porque los contactos, la riqueza y un sistema judicial afín evitarán cualquier rendición de cuentas. 

Mucho de lo que se cuenta en este ensayo es idiosincrático del Reino Unido, como el elitismo de los internados y universidades. Pero no he dejado de ver paralelismos con lo que estamos viviendo en España en los últimos años. El aumento de las listas de espera en la sanidad, el cierre de las urgencias en los centros de salud, las infraestructuras escolares que no se renuevan, la burbuja del precio de la vivienda o la desafección política y la desconfianza en las instituciones que lleva a millones de ciudadanos a votar a partidos ultra cuya ideología les vende un sentido de pertenencia mientras que sus políticas atacan sus medios de vida. 

El Reino Unido está roto. Es una sensación común en todo el país. Roto por una clase política que ha perdido el contacto con la ciudadanía, roto por la centralización de la riqueza en Londres, roto por una desigualdad que destroza el tejido social y alienta la violencia contra el diferente, roto por los independentismos escocés e irlandés que más pronto que tarde terminarán consiguiendo sus objetivos, roto por una década larga de recortes que está haciendo añicos el estado del bienestar. 

El Reino Unido es un país a dos velocidades, la de Londres y la del resto del territorio. Son también dos mentalidades, dos niveles de renta, dos percepciones opuestas de lo que significa ser británico. Todas las infraestructuras convergen en Londres, todo se decide en Londres... Para Londres. Como en otros países, como Italia, el descontento está estrechamente ligado a la geografía. La cohesión territorial de la riqueza hace tiempo que voló por los aires. Y no parece tener solución. 

A todo esto se le añade la grieta de los nacionalismos. Escocia e Irlanda del Norte llevan desde el Brexit en ebullición política por su intención de independizarse del Reino Unido. Algo que no parece nada lejano, en la opinión de la mayoría de los analistas. Y que se ve con un asombroso desinterés desde Londres, esa megalópolis deslumbrante y multicultural que casi se parece más a Nueva York que a cualquier otra ciudad británica. 

Tras el reciente cambio de gobierno, los retos de esta nueva etapa política son descomunales. Combatir la desigualdad creciente provocada por los recortes de servicios públicos, volver a representar a una clase trabajadora con sus escudos sindicales desarbolados y que se siente huérfana de representación desde hace casi medio siglo, encontrar fórmulas que den soluciones a las naciones minoritarias y mitigar la brutal brecha económica, cultural y de representatividad entre Londres y el resto del país. ¿Podrá este nuevo laborismo hacer frente a todas las grietas de este reino desunido y poner en marcha un cambio real que favorezca a la mayoría de la población británica?





jueves, 4 de julio de 2024

BETTY

«Mi padre descendía de los cheroquis por parte materna y paterna. Cuando yo era niña, creía que ser cheroqui significaba estar atado a la luna, como si un rayo de luz se desenredase de ella». Esta es la historia de Betty, la madre de la autora, una mujer a la que su padre le dio el poder de los mitos y de la maravilla. La capacidad de abrir los ojos y descubrir siempre los pliegues de la belleza más allá de lo evidente. «Gracias a sus historias, yo bailaba el vals sobre el sol sin quemarme los pies». Y así he leído esta novela: como quien acoge en la palma ahuecada de su mano el agua de la lluvia en la estación seca; como quien cierra los ojos y nota que la naturaleza le habla y entiende cada palabra. 

Esta historia transcurre sobre todo en Breathed, un pueblo de los Apalaches. Un pueblo inventado que en las novelas de Tiffany McDaniel adquiere un halo de leyenda, como el Macondo de García Márquez. «Breathed era un pedazo de tierra en medio de un dolor palpitante, donde las lagartijas morían aplastadas bajo las ruedas y la gente parecía hablar como un trueno que choca con otros. Allí, en el sur de Ohio, te despertabas con los ladridos de los perros callejeros y siempre tenías presente la sombra de los lobos grandes». Un pueblo herido por la violencia que los hombres blancos ejercen contra las mujeres, contra las personas racializadas y contra todo lo que se aleja de su forma pequeña y enjaulada de ver el mundo. Un pueblo donde un hombre cheroqui es menos que nada, aunque traiga la luna y las estrellas en sus manos cuarteadas. 

«Las manos de mi padre eran de tierra. Las de mi madre, de lluvia. No me extraña que no pudiesen abrazarse sin hacer demasiado barro para dos. Y, sin embargo, con ese barro nos construyeron una casa que se convirtió en un hogar». Esta es una historia de una infancia de tormentas y ternura. De violencia terrible y de una bondad que te rompe el corazón. Betty y sus hermanos se criaron en un entorno inhóspito marcado por el trauma. Y sin embargo, «compartíamos la misma imaginación. Un pensamiento puro y hermoso. La idea de que éramos importantes. Y de que todo era posible». 

Me ha emocionado la riqueza de esa infancia. Y me ha hecho pensar en cuántas infancias infinitamente más estables y seguras de nuestro abundante mundo capitalista han transcurrido sin ternura explícita, sin bondad verdadera, sin metáforas, sin sentido del asombro, sin la luz de la maravilla, sin pensamientos puros y hermosos y con la imaginación herida por vallas de prejuicios y alambres de indiferencia y carteles de advertencia llenos de mensajes de miedo, angustia y rechazo a las infinitas posibilidades de la vida. 

«Llevamos la tierra dentro de nosotros y renovamos la certeza de que hasta la hoja más pequeña tiene un alma». Esta novela siente y respira como un ser vivo, se duele y grita como un ser vivo, palpita y ama y recuerda con la sabiduría atemporal de un ser vivo. Está tan viva que sus diálogos revolotean como la ternura vuela por la piel cuando uno se atreve a volverse vulnerable. Y ahí se queda, en la piel de la memoria. Betty y sus hermanos y su maravilloso padre. Conectados a la luna y con las manos llenas de tierra y de estrellas. 




lunes, 1 de julio de 2024

UN DÍA EN LA VIDA DE ABED SALAMA

Para los paramédicos que acuden a un accidente en Israel, lo importante no es la situación de salud del paciente, sino si es israelí o palestino. Que tu vida depende de tu documento de identidad lo saben los palestinos desde siempre. El 16 de febrero de 2012 la treintena de niños palestinos de entre cinco y seis años que se quedaron atrapados en un autobús en llamas lo comprobaron en su propia piel. 

Este libro estremecedor de Nathan Thrall, Premio Pulitzer 2024 de no ficción, reconstruye la tragedia desde distintos puntos de vista y señala claramente una constante en Palestina desde hace ochenta años: la desigualdad de derechos entre israelíes y palestinos mata. También a los niños que no saben nombrarla. 

«¿Dónde estaban los soldados y los médicos y los jeeps y los tanques de agua y los extintores? Si se hubiera tratado de dos niños palestinos lanzando piedras, el ejército habría llegado en un minuto. Cuando los judíos estaban en peligro, Israel mandaba helicópteros. Pero, al tratarse de un autobús en llamas lleno de niños palestinos, ¿solo aparecían cuando ya los habían evacuado a todos?» Fácil pensar que, simplemente, no les importaba nada que murieran. 

Quizá esto también pueda explicar que, doce años después, investigadores de la ONU estén acusando a Israel de "exterminio" y otros crímenes contra la humanidad en Gaza, y que la Comisión Internacional e Independiente de Investigación para Palestina señale «una estrategia consistente en causar el máximo daño». En el accidente de 2012, causar el máximo daño era simplemente no acudir a tiempo a su rescate. Ver el humo y esperar. Los muros de Facebook del día siguiente se llenarían de saltos de alegría de adolescentes israelíes con muchos emoticonos de gozo: el único palestino bueno es el palestino muerto. El mismo gozo que expresan los soldados cuando se graban con la cara descubierta riéndose de sus víctimas. Ese sadismo compulsivo, ese racismo visceral, esa quebradura moral no son nuevos. Tampoco nacieron en 2012. Son las raíces del proyecto sionista. Y cada año que pasa se crecen en su impunidad. 





jueves, 27 de junio de 2024

(H)AMOR 9 AMIGAS

Espacio seguro. 
Quédate siempre con quien sea espacio seguro para ti. 

Para mí, espacio seguro son las personas capaces de arrojarse a la vulnerabilidad y convertirla en algo bello que enseñar a los demás. Me admira la valentía de eso. La kamikaze valentía de confiar en la bondad ajena, en que la naturaleza humana tiende más a la caricia que al golpe, al halago que a la crítica. El mundo se derrumba y el odio gobierna países y continentes, pero dos amigas se miran en silencio, ponen una canción (oh, Dolores O'Riordan) y de repente todo se ajusta y resplandece en los temblores sísmicos que las unen. 

Espacio seguro es la sensibilidad preciosa y profunda de Elisa Coll cuando describe el poder de las canciones. 

Este libro coral, el noveno de una serie sobre los distintos tipos de amor que nos unen, trata sobre los espacios que ocupan las amistades. Sobre cómo las parejas a veces expulsan la intimidad de otras relaciones no regidas por el sexo o la convivencia, pero igual de importantes. O más importantes, a veces. Nos seguimos educando y seguimos viviendo todavía en la jaula del amor romántico como única relación profunda posible, siempre por encima de cualquier otro tipo de relación. Esa primacía total de la pareja sobre las amistades crea burbujas que, al estallar, a menudo nos dejan la vida sin puntos de referencia. Tu pareja podrá ser tu apoyo, tu confidente, tu amante y todo lo que tú quieras, pero nunca será tu red. Y sin red la vida siempre es más difícil, más dolorosa, más vacía de belleza y de propósitos. Y se acaba antes. 

Espacio seguro es saber que en los peores momentos, como dice la canción, you'll never walk alone.

Se habla del duelo cuando se rompe una pareja. Pero ¿y del duelo cuando se rompe una amistad? ¿O cuando sientes que se enfría, se aleja, y no sabes qué hacer para evitarlo? Como con las parejas o los familiares, se pierde un tono en la mirada, un calor en los abrazos, todo un lenguaje hecho de recuerdos y bromas con su propia gramática y sus normas secretas. 

Espacio seguro son las personas que saben que perder una amistad a veces es como perder un padre o una pareja. Y que están ahí para recordarte que tienes derecho a ese duelo. 

Los textos de este librito tratan sobre el amor como un viaje hacia lo distinto que hay en la otra persona, hacia lo que nunca seremos. Hacia el misterio inasible y la casa infinita que la persona amada habita y en la que deseamos entrar para visitarla, pero nunca para habitarla. Habitarla sería poseerla, sería romper la cualidad inalienable que hace que ella sea una persona única, entera, libre y distinta. Sería entender el amor como conquista, como posesión y como violencia. El amor como lo han entendido generaciones y generaciones de hombres y mujeres a lo largo de los siglos: ese contrato que te castra para prometerte una estabilidad a costa de tu singularidad y tu independencia. A costa de tu identidad y de tu libertad. 

Espacio seguro es la persona que te quiere a su lado porque te elige, no quien te necesita a su lado porque depende de ti y quiere que tú también te ates a su dependencia. 

Me ha encantado leer sobre el amor de las amigas, a mí que no he tenido amigos hombres desde la adolescencia. Ese amor como un espacio sin tutelas, sin juegos de poder, sin celos ni desconfianzas ni sumisiones. El amor como un espacio de igualdad radical que cultiva esos momentos en los que alguien puede ser para ti «casa y catedral, un rincón mullido para los días en que simplemente llueve». Un amor para huir de las relaciones basadas en el poder y la posesión, y no caer en pretender «reducir el misterio de la otra a una extensión del yo para así controlar la ansiedad que nos produce su diferencia». 

Espacio seguro es la gente que se permite amar sin etiquetas y sin jerarquías. Esas amigas que han sido parejas y que entienden que saber transformar el amor para no perder el vínculo es una disidencia que produce un orgullo infinito. 

Cuántas veces hemos amado (nos han enseñado a amar) desde la carencia. Desde la ansiedad por llenar a toda costa un vacío impronunciable. Contra esa emoción que nos destruye, el amor de las amigas es el sentimiento que libera, no el que ata. Contra el amor como ideología y como fe, como pilar que sustenta la vida productiva capitalista, el amor de las amigas es la red flexible y alejada de los dogmas que salva del dolor que provoca tener que encajar en las jaulas de las relaciones tradicionales. Contra los apegos feroces de las parejas y las familias tradicionales que imponen relaciones obligatorias, los apegos alegres y libres de las amigas dan libertad. 

Brindemos por el amor de las amigas. Y por la libertad de vivir en espacios seguros. 





lunes, 24 de junio de 2024

EL TÍO GORIOT

Después de La casa del Gato Juguetón y Gobseck, sigo añadiendo piezas al gran puzle de la vida privada en el París de Luis XVIII que creó Balzac con su Comedia humana. El tío Goriot es una pieza mayor. Una de las mejores novelas de todo el siglo XIX francés. Me ha parecido grandiosa, apasionante, y me ha desbordado por la cantidad de lecturas que se pueden hacer de ella y que nos apelan directamente a nuestro tiempo desde su universalidad. 

«Quien alardea de no cambiar nunca de opinión es un estúpido que cree en la infalibilidad». Esto afirma Vautrin, uno de los personajes de novela más vívidos y arrolladores que me he encontrado en los últimos tiempos. Dice: no hay principios, hay acontecimientos; no hay leyes morales, hay circunstancias. Si hubiera principios y leyes fijas, la sociedad no cambiaría nunca, y la realidad es que está cambiando constantemente. No hay nada permanente, todo es mutable. Quien pretende aferrar su vida y su conducta a verdades absolutas vivirá toda su vida en una jaula. Y, lo que es peor, juzgará a los demás por no vivir en jaulas similares. ¿No os resuena? A mí me da escalofríos de lo familiar que me resulta. 

Hay párrafos enteros que son manifiestos contra el puritanismo glacial e inhumano que impone sus camisas de fuerza a la libertad para amar, para relacionarse, para ser. La adoración humillada y extasiada de este Goriot por sus hijas haría fruncir el ceño censor de más de uno en nuestra sociedad cada vez más estrangulada por las apariencias. «Amo los caballos que las llevan, y me gustaría ser el perrito que sostienen en sus regazos. Vivo de sus placeres. Cada quien tiene su forma de amar, si la mía no hace daño a nadie, ¿por qué al mundo le importa?».

La capacidad de entregarse por completo, de disfrutar más la felicidad ajena que la propia, de sentir el impulso de dar con naturalidad sin esperar nada a cambio, sin imaginar que se pueda obtener nada a cambio. Amar así es vivir varias vidas, la propia y la de la persona amada. Y querer que esas vidas se expandan y se compartan y se transforman en toda la felicidad que esté a su alcance. Es el mayor gesto de generosidad posible. Algo que aparece en muchos personajes de muchas novelas, como por ejemplo en el inolvidable Conde Rostov de Un caballero en Moscú, y que nos hace amarlos incondicionalmente y para siempre. Ojalá también nos hiciera huir de esas personas que aman con amor de propietarias, pretendiendo que los demás no solamente no puedan vivir sus vidas y las que alcancen a imaginar, sino que acepten vivir sometidos a los deseos y exigencias de su amor carcelario. 

El genio de Balzac me ha llevado en volandas por esta historia. Qué portento de imaginación poderosa que vuela y vuela y nunca se cansa de decorar de gracia e inteligencia las paredes de su palacio con toda la parafernalia romántica: los amores furiosos e inmediatos, los duelos a muerte al amanecer, las intrigas palaciegas, los celos, las ambiciones sin límite, los secretos inconfesables y las pasiones arrolladoras y trágicas dignas de Shakespeare. 

También se puede leer esta novela como una historia de lucha de clases antes de Marx: una aristocracia que recela de los nuevos ricos burgueses y desprecia abiertamente a toda persona que no parezca, por aspecto y por conversación, una de su clase, enfrentada a una mayoría popular que ya ha probado la efervescencia de la revolución y que está lista para subirse a la ola de la siguiente. También como un alegato sobre la importancia de la independencia económica de las mujeres y la separación de bienes en los matrimonios. ¡Ojo, en 1819! Y, por supuesto, como una fabulosa educación sentimental. Con el bueno de Balzac aprendemos las diferencias entre el amor y la coquetería, entre la coquetería y la burla, entre la ambición y la galantería, y la importancia capital de una mirada o una sonrisa o un leve gesto de desdén. La vida y la muerte dependen a veces de tener dinero para comprarse unos guantes o de poder ir en coche a un palacio en vez de caminando. Es la época del amor galante como fiebre, como religión que exige un culto constante y millonario, «como un niño que se esfuerza por dejar constancia de su paso a través de sus devastaciones». 

Pero, sobre todo, es un libro sobre la abnegación y la muerte. Sobre un padre capaz de darlo todo, hasta la vida, por la felicidad de sus hijas. Y sobre unas hijas incapaces de corresponder a esa devoción, no solo por su egoísmo ni por su clasismo, sino también porque las han convencido, su padre el primero, de que lo merecen todo. Y lo natural es que lo tengan todo. 

Próxima pieza del puzle de este París fascinante: El coronel Chabert. 





jueves, 20 de junio de 2024

PALESTINA. CIEN AÑOS DE COLONIALISMO Y RESISTENCIA

Tras la caída del Imperio Otomano en 1918, las naciones que lo componían se conformaron de forma natural en entidades políticas cuyo objetivo era la independencia. Los británicos prometieron la independencia a todos los árabes de los dominios otomanos durante la primera guerra mundial a cambio de su apoyo. Por ejemplo, Siria, Líbano o Irak obtuvieron diversos grados de autonomía hasta convertirse entre los años treinta y cuarenta en los países soberanos que son hoy. Pero Palestina no. La tierra de Palestina había sido prometida a los judíos por los británicos mediante la Declaración Balfour en 1917, la primera declaración de guerra a Palestina del siglo XX. En 1917 la población árabe de Palestina era el 94%. Pero los judíos sionistas aspiraban a convertir esa nación en su nación: una tierra dominada por ellos y para ellos, a cualquier precio. Hasta hoy. 

Este ensayo traza una historia de la resistencia palestina a la guerra declarada por el sionismo y sus valedores internacionales (Inglaterra primero y Estados Unidos después). Una guerra que dura ya más de cien años y que se ha recrudecido hasta límites inconcebibles desde el 7 de octubre de 2023, tras los espantosos atentados de Hamás en Israel. Es un relato histórico interesantísimo, entreverado de anécdotas personales del autor y sus familiares, algunos de ellos muy involucrados en la política palestina durante todo el siglo XX, con el que he aprendido a situar mejor en el tiempo esa hostilidad permanente y tan desigual y asimétrica entre israelíes y palestinos. 

Los sionistas negaron siempre la identidad palestina y su carácter de nación árabe multiétnica desde antes de la creación del Estado de Israel. Con el lema propagandístico de «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra», que usaron para fomentar la llegada de judíos a su «tierra prometida», negaron a los palestinos no solo su derecho a la autodeterminación y a su propia tierra, sino incluso la realidad de su propia existencia. Como dice Rashid Khalidi, «la forma más segura de eliminar el derecho de un pueblo a su tierra es negar su conexión histórica con ella». El movimiento sionista no decía que estuviera creando un hogar, decía que lo estaba reconstruyendo. En esta mentira histórica se han apoyado una y otra vez los dirigentes sionistas para reivindicar su derecho a la tierra palestina y para justificar todo tipo de violencia para conseguirlo. 

La mejor forma de justificar la apropiación de un bien ajeno es sostener que en realidad ese bien te pertenece (porque lo dice la Biblia o porque lo necesitas para sentirte a salvo de la persecución) y, por lo tanto, no te lo estás apropiando, sino que lo estás defendiendo. Esto vale tanto para el colonialismo israelí como para la vulneración de tus derechos laborales en tu oficina o la violencia cotidiana de quien considera que su pareja le pertenece.  

El genocidio de Gaza actual no es algo esencialmente nuevo. La filosofía de matar primero y preguntar después es una característica esencial de la política israelí desde antes de la creación de su Estado. Y la han puesto en práctica gobiernos israelíes de toda ideología desde 1948 hasta hoy. Los sucesivos gobiernos israelíes han apostado por acabar con las reivindicaciones palestinas mediante la fuerza de las armas. Pero eso solo provoca que estas reivindicaciones se vuelvan más poderosas. Y más violentas. La violencia solo engendra más violencia. Aterra pensar en qué respuesta está gestándose para los meses o años venideros, cuál será el golpe del bumerán que puede golpearnos a todos los países que no han condenado el gobierno israelí y han seguido comerciando con él. 

Israel es un país cuya existencia lleva toda su historia dependiendo de que la comunidad internacional cierre los ojos a sus desmanes. Viven de su capacidad de engañar al mundo respecto a su condición de víctima eterna y su expansión colonialista a costa de los palestinos y los países árabes circundantes. Y han sido muy eficaces a la hora de cuidar su reputación y sus vínculos diplomáticos y económicos con las grandes potencias mundiales, algo que a los palestinos nunca ha preocupado especialmente y que ha sido fundamental para perpetuar su sometimiento, como denuncia el autor. Los políticos palestinos a menudo han demostrado ignorar que la reputación internacional de Israel es la salvaguarda de su existencia. Y que para sostenerla es capaz de cualquier invento, montaje o bulo, porque sabe que sin la complicidad internacional sería inmediatamente juzgada y condenada por sus repetidos crímenes, y su proyecto de Estado judío etnocrático acabaría en el vertedero de la historia como el de la Sudáfrica blanca del apartheid. 

Rashid Khalidi defiende que es urgente e indispensable abrir de una vez por todas un debate por la convivencia pacífica en igualdad de condiciones. «Aunque es forzoso reconocer la naturaleza fundamentalmente colonial de la relación entre palestinos e israelíes, hoy hay dos pueblos en Palestina, independientemente de cómo hayan llegado a existir, y no puede resolverse el conflicto entre ambos mientras cada uno de ellos niegue la existencia nacional del otro. Su aceptación mutua solo puede basarse en la plena igualdad de derechos, incluidos los derechos nacionales, y pese a las cruciales diferencias históricas que existen entre ambos. No es posible ninguna otra solución que resulte sostenible a largo plazo, salvo la opción impensable del exterminio o la expulsión de un pueblo por parte del otro. Superar la resistencia de quienes se benefician del statu quo a fin de garantizar la igualdad de derechos para todos en este pequeño país situado entre el río Jordán y el mar: eso dará la medida del ingenio político de todas las partes involucradas». 






lunes, 17 de junio de 2024

LA CASA DE LAS MINIATURAS

Esta es la novela que más he disfrutado de las que he leído este año. Es un tesoro. Un tesoro que llevaba esperándome nueve años (se publicó en 2015). Sabía que era una buena novela. Mi madre la leyó y escribió una reseña. Y siempre ha estado en la librería desde entonces. No sé por qué no me animaba a leerla. Con la publicación reciente de la continuación, La casa de la fortuna, decidí que era el momento. Y la sorpresa ha sido mayúscula. Ha superado todas mis expectativas. Desde El retrato de casada, de Maggie O'Farrell, no disfrutaba tanto con una novela histórica. Y la comparación no es casual: he encontrado muchas similitudes entre las dos autoras. 

Estamos en 1686 en Ámsterdam, uno de los centros del comercio mundial. Es una sociedad moderna y pujante, pero también puritana y censora. Está dominada por un dios castigador omnipresente. Obsesionada por la moral y la riqueza, «las almas y los monederos». Por el individualismo de un capitalismo floreciente que deja en sus cunetas a una mayoría de pobres luchando por las sobras. La severidad y las apariencias son las gobernadoras de esta república orgullosa en la que la dignidad es más valiosa como adorno que como guía para la conducta. 

Nella es una chica humilde que llega a la gran ciudad para casarse con un rico comerciante que no es lo que parece. Nada es lo que parece, en realidad. Ni siquiera esa enorme casa de miniaturas que le regala por su boda, un símbolo de su unión y de su casa compartida que les cambiará la vida a todos. Es una historia inquietante. El relato avanza desde una mirada indirecta, con una constante sensación de amenaza, y te envuelve con las vidas de unas mujeres vulnerables que pugnan por retener algo de poder desde las sombras. Me ha maravillado la cantidad de cosas que se sugieren pero no se dicen, para que el lector se vea desafiado a rellenar los huecos, y el placer de la lectura no sea solo descubrir lo que la escritora le cuenta, sino lo que uno imagina e inventa y anticipa con las hechuras de lo que está escrito. 

En la Ámsterdam de 1686, al igual que en la España de 2024, tenía mucho poder la gente moralizante que elegía el camino de la privación propia y ajena. Que encontraba una turbia satisfacción en el sufrimiento. «En el sufrimiento encontramos nuestro verdadero yo», decían. Y querían que los demás también siguieran su mismo camino. Allí gobernaba un tipo de hombre muy reconocible también en nuestra sociedad actual cuya descripción me ha parecido especialmente dolorosa: el fanático que busca igualar por abajo a los que superan su ignorancia y su mediocridad para evitar que le dejen en evidencia. La risa y la ligereza eran pájaros de colores que caían fulminados al suelo por falta de oxígeno. 

Al igual de Maggie O'Farrell, Jessie Burton es una maestra en la atención exquisita que presta a los olores, los colores, la temperatura, las sensaciones físicas, las emociones, los gestos, todo lo que no es explícito ni se dice ni se muestra abiertamente. Y con ella envuelve a esa chica tímida y vulnerable, Nella, que llega temblando a casa de su marido, su futura casa, con todo un mundo por descubrir. Y con un vacío de información que duele. Porque lo que no se cuenta también daña. Los silencios, las miradas cómplices de su familia política que la tratan como a una niña, el río caudaloso de comunicación silenciosa que fluye entre los demás y deja a Nella al margen, en la orilla seca, sedienta de información y de confianza. «Es una marioneta, un recipiente en el que los demás vierten sus palabras. No se ha casado con un hombre, sino con un mundo». 

Nella se considera una caja cerrada con llave dentro de otra caja cerrada con llave hasta que se encuentra con un extraño personaje que la ve, los ve a todos, y se siente desnuda. Por primera vez en la vida, desnuda. Y lo más extraño de todo es que no solo no le molesta: descubre que quiere ser mirada. Mirada por esos ojos que, «además de ver los entresijos de su mundo, parecen también capaces de construirlo». Aunque no termine de saber quién de las dos, en ese juego silencioso, es la cazadora y quién la presa. 

Hay capítulos que me han parecido sublimes, como por ejemplo el que se titula La llegada. Ya solo por la descripción de ese parto con esa bárbara y lírica intensidad merece la pena toda la novela. Una novela desoladora y delicada, oscura e inquietante, que sin embargo alberga una luz muy poderosa. La luz de una voz que sostiene, en la más completa oscuridad: «componemos un tapiz de esperanza y no hay nadie que lo teja, más que nosotros mismos». 






jueves, 13 de junio de 2024

EL PRECIO QUE PAGAMOS

«Ya están aquí. El caos, con todo su poder de succión. El odio intrínseco está aquí. La aversión mutua. La violencia más cruel ya ha alcanzado nuestras calles, las carreteras, los colegios, los hospitales. También los que llaman mal al bien y al bien mal están ya aquí. Y la ocupación tampoco va a terminarse, según parece, en un futuro próximo, porque es ya más fuerte que cualquiera de las fuerzas que intervienen en la arena política". 

Este librito reúne una serie de textos cortos de David Grossman, quizá el escritor israelí más reconocido internacionalmente y candidato al Nobel desde hace ya varios años, sobre "la situación", eufemismo que se usa en Israel para referirse a la relación de su Estado con los palestinos. Unos textos que me han parecido muy interesantes, muy críticos con Israel y traspasados por una visión interna de quien lo vive sin distancia que, a menudo, desde nuestra lejanía nos olvidamos que existe. 

Grossman carga fuerte contra el gobierno ultraderechista de Netanyahu, que había llevado a Israel a una crisis interna y una polarización sin precedentes antes del 7 de octubre de 2023. Define la construcción de los asentamientos ilegales en Cisjordania como «la mayor catástrofe del Estado de Israel», un país convertido en los últimos años en «una realidad violenta, grosera, contaminante», estrangulado por la pinza mortal del fundamentalismo religioso y el nacionalismo de ultraderecha. 

La mirada de Grossman parte de una sociedad civil ilustrada y cosmopolita, laica y moderna, que se siente atemorizada y paralizada al haber visto cómo, tras las protestas más multitudinarias de la historia reciente del país que llenaron las calles en 2023, la guerra en Gaza ha eclipsado, con su salvajismo y su voluntad destapada de genocidio, cualquier reivindicación democrática. El precio que pagan es la violencia, la amenaza perpetua y la muerte, por vivir en un Estado que defiende la discriminación étnica y se sustenta en la dominación y el sometimiento de los palestinos. Y, aun así, Grossman siente su tierra en las entrañas y escribe sobre el dolor de seguir sintiendo Israel como su país, a pesar de ver que ya es más un fortín en guerra que un hogar, reconociéndose en sus contradicciones, en su violencia y sus delirios, en su infinita capacidad para imaginarse en identidades asesinas (recordando a Amin Maalouf) que a menudo colisionan con la realidad. 

Me ha sorprendido que siempre parece ver a los palestinos como los otros, un colectivo a respetar y con el que se impone la necesidad de convivir en paz y en igualdad de condiciones, pero siempre desde la diferencia y asumiendo que los judíos en Israel siempre merecerán ser tratados como víctimas y tendrán que ser mayoría para sentirse seguros. Es la defensa implícita de la etnocracia, que no reconoce su condición de potencia colonialista aunque acepte la ocupación, y que denuncia los excesos de una política cuya base etnográfica acepta y necesita. 

Sin embargo, pese a ciertas ambigüedades que a mí, desde fuera y con mucho menos conocimiento de la situación, me parecen equilibrismos un tanto sospechosos de etnocentrismo, me ha gustado mucho leer que otro Israel es posible y que hay esperanza, sí, todavía hoy, a una salida democrática e inclusiva de este horror.