lunes, 6 de noviembre de 2023

SALVAR EL FUEGO

"Si el fuego quemara mi casa, ¿qué salvaría? Salvaría el fuego". 

Con esta cita de Jean Cocteau arranca esta novela. Y desde la primera página te arrolla. Te pasa por encima como el vendaval de un enamoramiento incontenible. Torrencial, descarnada, apasionadísima, cruda, lírica, avanza a borbotones abriendo en canal a los personajes y al lector. Muerde, araña, rasga, se abre paso a dentelladas. Como dice un personaje, "ya basta de niños bien queriendo escribir como simbolistas franceses". Esta novela agarra la delicadeza simbolista y le prende fuego. Y es que en estas páginas crepita el fuego. Un fuego que calienta, que da vida, que ilumina todo por lo que merece la pena vivir. Y que a la vez lo incendia. 

Conocía a Guillermo Arriaga por sus guiones de Amores perros, 21 gramos y Babel, tres películas que vi casi seguidas hace muchos años, a una edad en la que mi cuerpo pedía intensidad y la buscaba a diario hasta debajo de las piedras. ¡Y dios que eran intensas! Me entra curiosidad por saber qué pensaría hoy de ellas. Supongo que alguna brasa del incendio de entonces perdura, puesto que he disfrutado enormemente de volver al universo de Arriaga. Parece que sigo estando dispuesto a salvar el fuego. 

Son tres historias con tres lenguajes distintos, tres tonos, tres registros. Una coreógrafa de clase alta, con tres hijos y una vida convencional. Un preso condenado por homicidio múltiple, inteligente y amenazante como un león detrás del cristal. Y la historia de su origen contada por su hermano, que nos sumerge en un mundo desconocido y brutal de pasiones violentas y despiadadas venganzas en un México desaforado. Por último, como contrapunto, un cuarto registro: el de los presos, con los relatos que escriben en la cárcel y retrata un crisol de vidas rotas, más vivas y más vulnerables de lo que uno puede imaginar. 

Salvar el fuego trata sobre violencia, intimidad, delincuencia, política, racismo, colonialismo, pueblos oprimidos, corrupción, cárteles, poder. Sobre el poder de los padres sobre los hijos, el poder de los hombres sobre las mujeres, de los ricos sobre los pobres, de los libres sobre los presos, de los armados sobre los indefensos, de los violentos sobre los mansos. El poder del deseo sobre la comodidad. Del riesgo sobre la estabilidad. De la adrenalina y de la loca aventura sobre la costumbre. 

Es la historia de un padre abusivo que organiza la educación de sus hijos como si fuera una dictadura marcial. Y la de un hijo que se rebela apagándola con fuego. 
Es la historia de una cárcel ruidosa de presos que claman venganza. Homicidas, ladrones, violadores. Presos fieras, presos muertos por dentro y rebosantes de energía loca. Presos sin tiempo ni vida por delante, repasando en secreto las líneas de sus "cicatrices rencorosas". 
Es la historia de un preso para el que el deseo, la atracción, incluso la posibilidad del amor no son más que grilletes que añadir a su rutina. Y, sin embargo, cómo resistirse a ellos. Cómo no ver, no sentir el torrente de sangre subvertir el orden del mundo. Cómo cerrar los ojos a la vida que brota y se desborda. 

Sí, también es una historia de amor. Y de celos. Hay mucho regusto shakespeariano, con un narco enloquecido cual Otelo del desierto. Y una descripción descarnada de un México escindido en clases sociales enfrentadas y aisladas que se temen porque no se mezclan, no se conocen. Suspicaces unas con otras. Siempre listas a señalar lo peor y atrincherarse. Y luego está ese país paralelo que rige bajo otras leyes. Las leyes del chantaje, de la amenaza y del asesinato. Las leyes de la droga y de la delincuencia. Las leyes del narco. 

He leído esta novela a toda velocidad y cada vez más rápido. Sentía su urgencia, su apremio. Por momentos pensaba en una gran bola de fuego que va cayendo poco a poco por una pendiente, poco a poco va deslizándose más y más deprisa, más frenética, hasta arrasarlo todo a su paso. Una bola de fuego que solo perdona a aquellas personas que, inmersas en un incendio, estén dispuestas a salvar el fuego. 



jueves, 2 de noviembre de 2023

PALESTINA (SACCO)

He tardado casi un mes en ponerme a leer un libro sobre Palestina. Un mes de desayunar con noticias de bombardeos, de asesinatos, de secuestros, de niños muertos, de ira. Un mes en el que la actualidad informativa me impedía estar atento a otras cosas, me impedía concentrarme en el día a día. Incluso me impedía alejarme de la sucia y terrible realidad inmediata para pensar en el conflicto desde más lejos, para intentar encajar lo que está sucediendo en este aciago octubre de 2023 dentro de lo que lleva ocurriendo desde hace un siglo en Palestina. 

Y decidí romper ese bloqueo lector con este cómic de Joe Sacco que llevaba años en mi pila mental de libros pendientes. Sacco estuvo casi tres meses en los territorios ocupados a principios de los años noventa, cuando la primera intifada languidecía de puro cansancio tras cuatro años de piedras contra tanques, y por la perspectiva cada vez más cercana de unos acuerdos de paz (los famosos Acuerdos de Oslo) en los que, en realidad, no creía casi nadie en Palestina (y con razón, visto lo que sucedió en los años posteriores y que está muy bien explicado en Palestina. De los Acuerdos de Oslo al Apartheid). Con el material narrativo y gráfico de esas semanas en Gaza y Cisjordania escribió este cómic: una obra fundamental para entender la vida cotidiana y la realidad de la vida de los palestinos en esa época, que, a pesar de lo terrible e inhumana que ya era, desde entonces no ha hecho más que empeorar. 

Con un tono por momentos desenfadado y sarcástico, Joe Sacco cuenta historias de Cisjordania, historias de Gaza, historias de campos de refugiados, de la vida cotidiana, de las reuniones clandestinas, de los cumpleaños y de las bodas, de los nacimientos, de las familias numerosas, de niñas que desean estudiar y salir al extranjero cuando ni siquiera pueden salir de Gaza, de niños que lanzan piedras y son tiroteados. Son historias de ira, de odio, de pura furia y desesperación, pero también de fatalismo, de ilusoria esperanza, de resignación. Historias de enfrentamientos, de redadas, de escaramuzas. De madres que ven cómo mueren sus hijos tiroteados, que persiguen los cuerpos heridos de sus hijos de hospital en hospital y ven cómo los dejan esperando y no los tratan y no los cuidan y los dejan morir en los pasillos porque, total, son palestinos. De traductores que traducen todas estas historias y se rompen a mitad del relato porque sencillamente ya no pueden soportar tanta desgracia. De barricadas, de gas lacrimógeno, de torturas, de arrestos que parecen secuestros, de encarcelamientos sin juicio. Historias de violencia, de la violencia sin fin e impune de quienes ostentan su monopolio y se sienten legitimados a usarla a discreción. 

Y entre historia e historia va intercalando información sobre los enfrentamientos, contexto para entender la otra cara de la moneda de un conflicto que él siente que siempre se ha contado desde el punto de vista israelí. Porque este es un conflicto desigual. Es lo primero que llama la atención. Aquella imagen icónica, que no sé por qué tengo grabada en la memoria, de un chaval palestino lanzando una piedra a un tanque israelí es una buena metáfora de la desigualdad que siempre ha habido entre el poder de los ocupantes y la vulnerabilidad de los ocupados. Y esa desigualdad se ha visto subrayada y agravada por las coberturas informativas. Los israelíes son asesinados mientras que los palestinos simplemente mueren. El lenguaje define los derechos humanos y quién tiene acceso a ellos. Basta un israelí muerto para que los problemas de los palestinos dejen de importar. La vida de un israelí tiene el peso del holocausto, de una culpa colectiva que nunca podrá ser redimida. Acabar con ella no solo es un crimen, es un ultraje a la historia. Las vidas de los palestinos no tienen peso histórico. Son las malas hierbas del jardín del edén, matojos que hay que desbrozar para poder vivir con plenitud la exuberancia de la tierra prometida. 

Cuando el valor de una vida se determina por el origen, la nacionalidad, la etnia, la religión, el idioma o el color de tu piel, la convivencia pacífica con los que no son como tú se vuelve imposible. Esta es la esencia de todos los nacionalismos excluyentes. Desde el sionismo hasta cualquier extrema derecha europea. Los derechos humanos básicos, consensuados a finales de los años cuarenta para no repetir las barbaries de las guerras mundiales, están siendo puestos en entredicho por políticas excluyentes en todo el mundo. Políticas que deshumanizan a los que no pertenecen al grupo dominante. Políticas que usan el miedo para atizar el odio a los diferentes, a los que consideran bárbaros. Hoy en día, estas políticas, con la israelí a la cabeza, pisotean los derechos humanos y el derecho internacional humanitario constantemente. Y no pasa nada. Ponen en peligro la estabilidad mundial. Quiebran nuestros valores. Nuestra convivencia. Asesinan impunemente. Son el naufragio colosal de toda una civilización. Nos ponen en peligro a todos. 




lunes, 30 de octubre de 2023

EL AFFAIRE ARNOLFINI

En segundo de bachillerato no me fiaba de mi profesora de Lengua. Me parecía una antoñita la fantástica de mucho cuidado. Todo empezó con una clase sobre los poemas de Lorca. Me pidió salir a la pizarra a recitar el Romance de la pena negra y aquello nos puso la piel de gallina a todos (a todos los que no iban a clase a dormir, claro). No porque yo lo hiciera especialmente bien, sino porque algunos versos parecían traer incorporado un altavoz de amenaza y escalofrío. Por ejemplo, aquello de ¡Qué pena tan grande! Corro / mi casa como una loca, / mis dos trenzas por el suelo, / de la cocina a la alcoba. / ¡Qué pena! Me estoy poniendo / de azabache carne y ropa. Era decirlo y ver entrar una sombra. En invierno. A las ocho de la mañana. Brrr. El caso es que Lorca no se podía quedar en una sensación. Desgraciadamente no bastaba con que proyectara en nuestra imaginación esos halos de misterio y aprensión. Tenía que decirnos más cosas. Y aquella profesora estaba dispuesta a instruirnos. Después del poema, se puso a escribirlo en la pizarra. Y verso a verso, adjetivo a adjetivo, empezó a interpretarlo, desglosando capa a capa cada símbolo y significado hasta que aquello quedó lleno de flechas y corchetes como si fuera un ejercicio de matemáticas. Con ella aprendí que la literatura puede significar muchas cosas, y que a menudo las capas de significado, según quién las interprete, pueden desembocar en un galimatías loquísimo. Lorca había empezado la clase rodeado de un halo de seducción oscura y misteriosa para terminar tendido en una mesa de disección, iluminado cruelmente con la tiza blanca de aquella profesora. ¿Qué le queda al arte cuando le robas sus misterios?, pensé. Matemáticas. Y despojo de forense. 

Pero también es verdad que a menudo el arte, y más todavía aquel cuyo lenguaje no está codificado con palabras, está hecho de símbolos sin los cuales se reduce a un esqueleto, a una mera función estética. Y no solo el arte, la vida en general tiene sentido en función del significado que le demos. De los matices ocultos, las dobles intenciones, los guiños y trampantojos, los secretos celosamente guardados y un sinfín de capas simbólicas que nos enriquecen la imaginación y nos elevan como humanos. 

Sobre el significado del arte trata este pequeño libro, y sobre el posible significado de un cuadro en concreto, El matrimonio Arnolfini, de Jan van Eyck, de 1434. Jean-Philippe Postel despliega una labor detectivesca, al más puro estilo Sherlock Holmes, para guiarnos por los detalles del cuadro que encierran algún secreto, que son casi todos. Nos enseña a mirar preguntándonos, cuestionándonos lo que creemos ver para mirar más profundo, más lejos, para que la vista no nos engañe con las apariencias y podamos penetrar en una realidad más compleja y más apasionante. 

¿Qué representa este cuadro tan conocido? ¿Un juramento, una boda, una aparición, un epitafio? "No son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos". Y nos podemos quedar mirando el cuadro y pensando en esta frase un buen rato, dándole vueltas a lo que significa, a las expresiones de los rostros, a ese espejo misterioso del fondo, a los detalles, a la luz. Y qué más da si nos gusta o no nos gusta, lo de menos es eso, lo de más... Lo de más es la fascinación. 

El affaire Arnolfini me ha recordado a El retrato del señor W. H., en el que Oscar Wilde elucubraba con erudición irresistible sobre la enigmática identidad de la persona destinataria de los sonetos de Shakespeare. Al final, estas investigaciones, cuya minuciosidad las hace coquetear con la fantasía, resultan tan atractivas porque nacen de la fascinación de sus autores por el misterio del arte. No hay nada más fascinante que dejarse contagiar de la fascinación ajena. Eso sí, siempre que el misterio no se convierta nunca en verdad diseccionada ni se quede sin sitio para seguir volando libremente, y tanto la pena negra, como el amor de Shakespeare y los supuestos Arnolfini sigan siendo inabarcables e infinitos como el material del que están hechos los sueños. 





viernes, 27 de octubre de 2023

LA GRAN BALLENA

Hablemos de cosas bonitas. De historias bonitas. 
Hablemos de ballenas y niñas que las miran. De una casa al borde del mar y una abuela que cuenta historias. 
Hablemos de un día lejano, hace mucho mucho tiempo, en el que una niña conoció a una ballena y se hicieron amigas. La niña tocaba la flauta y la ballena cantaba. Y hubo una tormenta muy grande muy grande y la niña tuvo que marcharse en un barco muy grande muy grande rojo y azul que podía con todo.
Hablemos de un nuevo comienzo y de sol y de playa. Y de una casa que viaja pieza a pieza de un lado al otro del mar. 
Hablemos de ballenas que nos quieren y nos abrazan desde las páginas de un cuento. 
Hablemos de abuelas que cuentan una historia y de repente todo mejora.
Hablemos de historias, de historias bonitas. 
Historias como esta. 




 
 

lunes, 23 de octubre de 2023

LA DOBLE JORNADA

La familia, ay, la familia. Hablemos de la familia. La familia siempre ha sido el organismo de bienestar para los hombres trabajadores. Estos sabían que, por larga que fuera su jornada laboral, al llegar a casa no tendrían que seguir trabajando. La familia, es decir, las mujeres, siempre han sido las trabajadoras sociales de sus maridos. Pero a partir de los años sesenta la cosa empezó a cambiar. Las mujeres se fueron incorporando cada vez más al mercado laboral y el modelo de familia tradicional empezó a resquebrajarse. Era una auténtica revolución. Un salto histórico sin precedentes. ¡La liberación de la mujer, aleluya! Pero, desgraciadamente, fue una revolución que solo vivieron las mujeres. Una revolución estancada que, a día de hoy, sigue sin despegar. La mayoría de los hombres miraban desde el arcén cómo sus mujeres trabajaban. Y sonreían, muy modernos, ellos. Yo encantado de que trabajen, decían, mientras la cena siga estando lista cuando yo llegue a casa. Pero, ay, amigo, te has casado con una mujer, no con una superwoman, y si ella trabaja las mismas horas que tú y para ella el día tiene las mismas horas que para ti, ¿por qué narices tiene que prepararte la cena? Ya, ya sé que es difícil de gestionar. Para ayudar a la digestión, recomendamos un pastillita diaria de feminismo. ¡Remedio infalible! 

Cuando una dinámica siempre ha sido igual no se describe. No se le ponen palabras. La mujer cocina, friega, limpia, ordena, administra, cuida de niños y mayores, recibe a los invitados, mantiene los vínculos sociales, recuerda cumpleaños y fiestas, intercede, disculpa y mantiene unida a la familia. El hombre se ocupa del coche, de las herramientas, de arreglar lo que se rompe, de bajar la basura, de cargar peso, de conducir, de pagar en público, de liderar en público, de sentar cátedra, de aconsejar. Un esquema parecido a este se repite en millones y millones de familias en todo el mundo. Es lo normal. Lo de siempre. Lo de toda la vida. Es tan obvio que ni se menciona. Hasta que le pones palabras a la desigualdad que provoca, y entonces las vergüenzas del sistema afloran como cánceres que nos siguen arruinando la posibilidad de vivir en libertad. 

Palabras a la desigualdad. Palabras como doble jornada. Brecha de ocio. Brecha salarial. Carga mental. Trabajo doméstico no remunerado. Discriminación de género. Palabras como estas. Mujeres sirvientas de sus maridos. Sí, sirvientas, llamemos a las cosas por su realidad comprobable. Mujeres-madres, mujeres-hermanas, mujeres-esposas, mujeres-hijas, nunca mujeres sin más, mujeres por sí mismas, sin dependencias, sin sometimientos. Siempre mujeres dependientes, mujeres sometidas, encerradas en jaulas invisibles, mujeres esclavas de sus propios vínculos. 

"Las mujeres que hacen una primera jornada en el trabajo y toda una segunda jornada en casa no pueden competir en las mismas condiciones que los hombres". Lo que sucede en casa también es trabajo, aunque no remunerado. Sin ese trabajo, abrumadoramente feminizado, el mundo se paralizaría. Para empezar, los hombres dejarían de alimentarse, así de sencillo y así de ridículo. La cantidad de hombres que todavía hoy, sin sus mujeres en casa, no son capaces de subsistir por sí mismos me hace avergonzarme de la especie humana. Y lo peor es que muchas veces su privilegio es protegido por las mismas mujeres que lo sufren. 

Y es que lo que queremos no siempre se refleja en lo que hacemos. Hoy en día, si les preguntas sobre el reparto de tareas domésticas, la mayoría de hombres y mujeres responderán que lo ideal es que sea igualitario. Y que ya es igualitario, dirán muchos. Ahora, cuando bajamos a los detalles de quién hace qué, quién lleva la iniciativa y soporta la carga mental de las tareas, quién "ayuda" a quién y cómo se realiza ese reparto, llegan las excusas: no, es que a mí se me da mejor cocinar y a él reparar cosas (como si una actividad diaria con horario fijo pudiera compensarse con otra ocasional sin horario); no, es que yo soy más resolutiva y si cocino pues ya hago la lista de ingredientes, planifico los menús y hago la compra; no, es que a las mujeres nos han educado para saber hacer estas cosas y a los hombres no, y no me voy a poner a enseñarle a coser a estas alturas, estaría bueno; no, pero mi marido me ayuda muchísimo con todo, pone la mesa, pela las patatas, barre, tengo una suerte, si vieras a los maridos de mis amigas, bueno, ¡un disparate!

Arlie R. Hochschild


Yo tengo mucha suerte, mi marido me ayuda, dicen las mujeres "afortunadas". Afortunadas, porque cuando un hombre "ayuda" a su mujer a hacer un trabajo cuyo resultado redunda en un beneficio común, parece que está haciendo algo generoso, algo poco habitual. ¿Hablan los maridos de sentirse "afortunados" cuando sus mujeres soportan la mayor parte de la carga del trabajo doméstico no remunerado? ¿Se alegran alguna vez de que sus mujeres les "ayuden" con las tareas? 

Este ensayo amenísimo, lleno de ejemplos concretos de parejas a las que la socióloga Arlie R. Hochschild acompañó durante años en su día a día, pone el foco en la importancia de los afectos y de los cuidados en nuestra sociedad, así como en la gratitud cotidiana como forma igualitaria de relacionarse. También relaciona directamente la armonía conyugal con un reparto equitativo de las tareas domésticas, y, por tanto, la desigualdad de género en casa con una fuente inagotable de conflictos y de incapacidades. La lentitud glacial con la que va cambiando nuestra idea sobre lo que es "un hombre de verdad", sobre lo que asociamos a lo femenino y a lo masculino, hace que a menudo muchas parejas lleguen a un punto en el que tengan que decidir entre una relación estable o una relación igualitaria. Conseguir una relación estable que a la vez sea igualitaria parecía el unicornio de finales del siglo XX. Y en 2023 no parece que nos estemos acercando de verdad a esa utopía, cuando todavía el 70% de las horas dedicadas al trabajo doméstico no remunerado recae en las mujeres (Instituto Europeo para la Igualdad de Género). 

Este libro trata sobre planchar y cuidar de los niños, sobre limpiar los baños y cocinar. Qué apasionante, ¿verdad? ¡Un ensayo académico sobre las tareas domésticas! Una mujer tenía que escribirlo. Efectivamente. ¿Qué hombre iba a dedicar su carrera a algo más importante que lo que nos define como seres humanos? Pues sí, el reparto de tareas domésticas que haces con tu pareja define tu idea de entender el género, la igualdad, la economía familiar, la independencia, la libertad personal y, bueno, tu lugar en el mundo en general. En definitiva, que limpiar o no limpiar el baño puede ser el desencadenante de una vida digna... o lo que la encadene para siempre a la indignidad de la dependencia y el sometimiento. Quién lo hubiera pensado. 





jueves, 19 de octubre de 2023

LAS PALABRAS QUE IMPORTAN

Las palabras que importan es un ensayo ameno y accesible sobre la comunicación constructiva en situaciones difíciles, centrado sobre todo en el ámbito de la medicina, pero aplicable a cualquier situación cotidiana gracias a la variedad de ejemplos de conversaciones reales e imaginarias que plantea la autora. Kathryn Mannix escribió un libro anterior sobre el duelo, Cuando el final se acerca, en el que hablaba de la importancia de hablar de la muerte, sobre todo para preparar a las personas cercanas para tu propia ausencia, y decía que "los relatos son nuestra mejor manera de comprender la muerte y la pérdida". Hay que empezar a construir ese relato antes de que llegue la muerte. Hay que prepararse, hay que imaginar. Dónde estaré, qué haré, con quién hablaré, cómo se organizarán los trámites, qué tendré que hacer para honrar los deseos de la persona muerta. Si uno no empieza a preparar el terreno para el duelo antes de tener que afrontarlo, la muerte de un ser querido puede ser un vendaval violento que te deje una herida terrible para siempre y te impida estar, escuchar y acompañar en el momento de la despedida, y te prive de los recursos para sobrellevar su ausencia. Por eso, siempre le agradeceré a mi madre, que sigue viva y sana como una hermosa lechuga (mamá, pon aquí la verdura con la que más te identifiques), haberme hablado de su propia muerte desde hace ya muchos años, en varias ocasiones, y haberme dado unas instrucciones precisas y preciosas, pensadas para aliviarme a mí, hijo único, la abrumadora carga burocrática y hacer que el proceso sea en la medida de lo posible un momento de emoción intensa, de recuerdo, de homenaje y, como no podía ser de otra manera en el caso de mi madre, de celebración. 

Este ensayo trata sobre las palabras que elegimos para relacionarnos entre nosotros. Usar un imperativo o una pregunta indirecta para pedir algo puede convertir tus palabras en una agresión psicológica o en un vínculo duradero. Y me ha hecho pensar en el consentimiento en la comunicación. Ahora que el término ocupa portadas y protagoniza debates en relación a las agresiones sexuales, ahora que por fin empieza a calar en las conductas humanas la necesidad de respetar a los demás como iguales, quizá podríamos hablar también de consentimiento en las conversaciones que tenemos todos los días con nuestro entorno. 

¿Cuántas veces hemos sido un público cautivo de una persona que nos habla sin vernos, que no nos deja participar en la conversación porque no presta atención a lo que decimos? Cuando las personas ocupan el espacio de los demás con sus palabras casi siempre lo hacen sin pedir permiso. Sin consentimiento. Sin preguntas que tanteen el terreno. Y la relación desigual que se establece es un tipo de abuso psicológico muy extendido y muy invisible. 

"Escucha. Guarda silencio, concede espacio, presta atención. Es un esfuerzo compartido". Esto propone Kathryn Mannix, esto que parece tan obvio. Esta actitud a la hora de conversar, que expuesta así quizá no le suene extraña a nadie, no la practica de forma habitual casi ninguna de las personas que conozco. Resulta abrumador constatar la cantidad de gente que se relaciona con los demás dominando o sometiéndose. Que habla con los demás siempre desde una posición de poder, instruyendo a los demás sobre cómo solucionar sus problemas o vivir su vida en general; o de obediencia, sometiéndose a los dictados ajenos. Para conseguir igualdad en la comunicación es imprescindible saber escuchar y elegir las palabras que permitan al otro sentirse tratado como un igual. Tener más curiosidad por sus comentarios que ganas de apostillarlos, más interés en escuchar que en meter baza, más disposición para ayudar a que el otro encuentre por sí mismo una solución que necesidad de decirle lo que tiene que hacer. 

Es muy habitual que la primera reacción ante el sufrimiento de alguien cercano sea culparle de su dolor. Las madres (los padres también, pero quizá en menor medida) lo hacen constantemente con sus hijos pequeños mediante regañinas. ¿Por qué te has subido ahí, eh? ¡Te lo tengo dicho, es que no me escuchas! El sufrimiento de sus hijos lo sienten como propio y no poder controlarlo las exaspera.  Muy a menudo, cuando sus hijos crecen y se convierten en adultos siguen haciendo lo mismo. Señalar, regañar, culpar, en vez de escuchar, acompañar y tratar de comprender.

El impulso por tomar el mando de la conversación a menudo es irresistible. Vemos la solución ahí, delante, y nos parece tan fácil que la soltamos, sin pensar que nosotros no somos el otro, que lo que nosotros haríamos en su lugar no tiene por qué funcionar en otras personas. Nos encantaría que los demás vivieran su vida y arreglaran sus problemas de la manera en que nosotros vivimos y arreglamos los nuestros. Pero eso solo funcionaría si todos fuéramos iguales. Si todos tuviéramos la misma sensibilidad, los mismos pensamientos, las mismas emociones, las mismas conductas y las mismas necesidades. Aceptar que nosotros no somos la medida de nada más que de nosotros mismos libera de la tentación de ir diciéndoles a los demás lo que les conviene para vivir sus vidas. 

Ver a los demás. Verlos. Cuántas veces en la vida siento que la gente me habla a mí sin verme. Yo podría ser cualquiera. Yo, con mi actitud de escucha, soy solo la excusa para que el otro me explique cosas, sin preocuparse, por supuesto, si a mí me interesa realmente escucharlas, si yo tengo intención o ganas o voluntad de participar en la conversación, en definitiva, si yo consiento en ese intercambio. 

Porque una conversación es un intercambio, no es un frontón. El otro no es una pared contra la que tirar tus palabras para que reboten. Hablar es compartir. Si no, es imposición. Un acto de dominación en el que solo importa lo tuyo, lo que tienes que decir, y nada lo del otro. Usar la atención del otro para aliviar tu necesidad de hablar requiere de un consentimiento. Si no, es un tipo de violación. Violación del espacio, del tiempo, de la atención. Sin consentimiento, hay gente que va violando espacios, atención y tiempo todos los días pensando que está en su derecho y que no hay ningún problema en ello. 

Escuchar. Guardar silencio, conceder espacio, prestar atención. Quizá el objetivo sea que al hablar con alguien tus palabras reflejen también a la otra persona, contengan sus ideas, incorporen sus comentarios, sus sensaciones y su sensibilidad. Que respondan a un estímulo compartido, que contengan una intención en la que os reconozcáis los dos. Que tus palabras sean únicas y exclusivas de esa conversación, que no las puedas usar sin más con otra persona, igual que no puedes cortar ramas de un árbol para hacer crecer otro. Una conversación es un proyecto común. Es algo que se construye entre dos, que crece y se ramifica con las aportaciones de los dos. Como dice Kathryn Mannix, una conversación es un baile. Hay pocas cosas más invasivas e incómodas que obligar a bailar a alguien que no se quiere mover. 

Escuchar. Escuchar, no para responder, sino para comprender. Para construir un espacio seguro en la conversación. Para disfrutar de un baile sincronizado. Este ensayo propone formas de encontrar las palabras que construyan espacios seguros donde podamos relacionarnos en igualdad y con consentimiento. Se me ocurren pocas cosas más útiles y necesarias en nuestra vida cotidiana. 



 

lunes, 16 de octubre de 2023

DESMESURA

"En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad". 
Creo que en estas palabras de Antonio Machado estamos todos. Los locos y los cuerdos. O, mejor dicho, los locos cuerdos y los cuerdos locos. ¿Dónde está la frontera entre la locura y la cordura? ¿De verdad existe tal frontera? Hacia el final de este cómic, el autor describe las señales que preceden a la desmesura de la psicosis, y algunas de ellas me resultan familiares. Otras son patrones que rigen las vidas de personas que me rodean, todas ellas supuestamente muy cuerdas. Y luego he pensado en las voces que todos escuchamos en la oscuridad. Si os asusta la palabra voces, podéis llamarlo pensamientos. Ideas obsesivas. Construcciones de lo que es la realidad, de lo que fue y, sobre todo, de lo que quizá pueda ser en un futuro. Proyecciones de miedos, de paranoias y de prejuicios. Fantasías que no durarían en pie ni un segundo expuestas a la realidad, pero que moldean nuestras expectativas, determinan nuestras emociones y condicionan nuestras vidas hasta límites enloquecedores. Literalmente. 

En nuestra soledad todos hemos visto cosas muy claras que no son verdad. Saberlo ayuda a tender la mano a aquellas personas cuya soledad tiene voces muy chungas, voces violentas y monstruosas que amenazan con arruinarles la vida. Y no es solo una cuestión de suerte ni de química neuronal. Es soledad y humanidad. Una humanidad compartida. 

Tendemos a pensar que si un problema es individual requiere soluciones individuales ("págate esta terapia, trágate esta pastilla, cómprate un libro de autoayuda"). Una voz en tu cabeza, una pastilla para acallarla. Pero ¿y si esa voz en tu cabeza estuviera amplificada por problemas colectivos? ¿Y si la precariedad laboral, el aislamiento social, la falta de apoyo familiar o el ruido constante de tu barrio fueran altavoces para esa voz? ¿Y si tu problema no es tan individual como parece? Entonces, quizá, pensar en soluciones colectivas adquiere una lógica nueva. Parece evidente que nuestra salud está condicionada por el medio que nos rodea, pero pocos especialistas en salud mental lo tienen verdaderamente en cuenta en "este mundo miope donde los problemas colectivos atraviesan la vida de los individuos y emergen como problemas personales". "Plantear soluciones individuales a problemas colectivos solo hace que todo siga igual. Todo no, claro. Se crea un mercado. El dinero cambia de manos. El mundo sigue girando". 

"Toda esta larga pelea no ha sido sino una acumulación de desobediencias, un lento y meticuloso entrenamiento en el arte de decir "no". Cada vez que logro desobedecer a una de mis voces me hago un poco más fuerte. Solo un poco. Lo suficiente. He perdido buena parte de mi impaciencia. La resistencia es fértil y hay que darle tiempo. La resignación, por el contrario, ofrece la inmediatez de lo que ya está muerto. Desafiar la propia servidumbre voluntaria y matar al juez que llevamos dentro es un acto elevado y exquisito. Supone adquirir el control tantas veces arrebatado". 

Es increíble la cantidad de niveles en la que me resuenan estas palabras. Escribiendo sobre su psicosis y sus propias alucinaciones auditivas, Fernando Balius me habla de la vida, de la vejez de una generación resignada a la jaula de su decadencia, Me habla de la duda y de la resistencia. De cuestionárselo todo siempre, de luchar por mejorar, por desembarazarse de lo que nos viene dado, de lo que dictan las expectativas familiares o los diagnósticos médicos. Me habla de una forma de resistencia que ilumina el futuro y que es un motivo poderosísimo para seguir luchando.  Vengas de donde vengas, seas quien seas. Oigas las voces que oigas. 

Hay tantas cosas que comentar de este cómic. El estigma de la locura que proviene para empezar de la propia familia, cuya incomprensión te aísla y te culpa de tu dolor. La idea tan tóxica de que tu condición atenta contra su normalidad y es tu deber ponerle remedio. El tabú de la salud mental que ni siquiera hace falta ocultar, porque ya se encargan los demás de no hablar de ello y hacer como si no existiera. El humor como salida del laberinto, como andamio para apuntalar la serenidad. Al final, me quedo con la capacidad de la solidaridad, la amistad y el amor para "dinamitar la rigidez del sufrimiento y abrirle paso a la vida". La red de gente que nos salva puede construir espacios donde hablar de lo que nunca se habla. 

Este cómic me lo recomendó P., que este año está trabajando con alumnado que sufre diversos problemas de salud mental e intenta ser un eslabón de esa red para salvarles del estigma y de los monstruos que violentan sus cuerpos. Su trabajo es un ejemplo de que escuchar y acompañar, sin juzgar, es el camino para vivir vidas que merezcan la pena. Porque "solos tenemos mucho más miedo". 





lunes, 9 de octubre de 2023

LECCIONES DE QUÍMICA

Pues ya tenemos nuestro libro feliz del año. Y mira que son difíciles de encontrar, los libros felices. Los buenos libros felices. O, mejor dicho, los libros cuya felicidad intrínseca tenga la calidad literaria y un contenido lo suficientemente interesante como para no ser solo un barniz, una capita de azúcar glas que se esfuma al cerrar la puerta como la sonrisa de un vendedor de enciclopedias. 

Lecciones de química es un libro feliz. Y, como todo buen libro feliz, está lleno de desgracias. ¿Qué es la felicidad sino el contraste con lo que duele, la luz que emerge del dibujo y solo se ve porque a su lado hay un color oscuro que la hace aparecer? Está lleno de desgracias, contadas todas ellas con estoicismo y un punto de ternura, con ironía y rabia, con ganas de cambiarlas, incluso las más inamovibles. Porque, como Elizabeth Zott sabe muy bien, la química es transformación y la vida es química. Por lo tanto, la vida es cambio, cambio constante. Y eso predica desde Cena a las seis, su programa de televisión.

Estamos en los años cincuenta en California y la vida no es fácil para las mujeres. Especialmente, para las mujeres científicas que quieren estudiar en la universidad y trabajar en laboratorios, igual que sus colegas hombres. Elizabeth Zott no entiende por qué los hombres, en lugar de dirigirse a ella como una igual, pretenden tocarla, dominarla, controlarla, acallarla, corregirla o decirle lo que tiene que hacer. ¿Tan difícil es que te traten simplemente como a un ser humano?

Tras una serie de laberintos llenos de curvas peligrosas, Elizabeth termina dirigiendo, muy a su pesar, el programa de cocina más influyente de la televisión. Decide que la cocina es química, y la química es un asunto muy serio. Así que se va a dirigir a las mujeres con seriedad. Las va a tratar con la dignidad que se merecen. Sin poses seductoras, sin infantilismos. Les va a hablar de ciencia. De responsabilidad. Porque está harta de estupideces. Y no está dispuesta a perpetuar el mito de que las mujeres son unas incompetentes, o peor, unas menores de edad a las que solo se las puede tratar con paternalismo. 

Lecciones de química es un canto jovial y entusiasta a la igualdad de género. Todas "esas varas de medir con las que tratamos de determinar nuestra valía (sexo, raza, religión, patrimonio, política, nacionalidad, lengua, estudios) son inútiles. Cena a las seis, por el contrario, se basa en lo que tenemos en común, en nuestra química". "Son treinta minutos, cinco días a la semana, de lecciones de vida. Pero no sobre lo que somos o sobre la materia de la que estamos hechos, sino sobre nuestra capacidad para transformarnos". 

Si la química es transformación y la vida es química, la vida es cambio. Así que tratemos de cambiar todos los días, nos dice Elizabeth. Y cómo no hacerla caso, si nos hace tan felices. 





jueves, 5 de octubre de 2023

NO LO HARÉ BIEN

"Los hombres tienden a atribuir sus éxitos a sus capacidades, mientras que las mujeres suelen hacerlo a causas externas como la suerte, o a causas temporales, como el esfuerzo". Mientras leo este libro de Emma Vallespinós le pregunto a P. si esto lo ha visto en sus clases del instituto. Sí, me responde. Constantemente. Por regla general, las chicas piensan que van a sacar peores resultados de los que sacan. Y los chicos piensan que van a sacar mejores resultados. Las chicas se subestiman. Los chicos se sobreestiman. Es un desequilibrio estructural que hunde sus raíces en los estereotipos de género y en la violencia implícita que nos rodea y con la que nos educan desde que nacemos. Esta expresión castradora del patriarcado es el tema de este libro amenísimo, mordaz y ocurrente que se lee del tirón y que te hace reír mientras te despierta la rabia. ¿Solución? Muy fácil. Feminismo, feminismo y más feminismo. 

Cuando las mujeres aspiran a ocupar un espacio que nunca les ha pertenecido, una voz interior salta: pero tú adónde vas, pero qué haces, pero tú quién te crees que eres. Es la voz que te dice que no puedes, la misma voz que convenció a la brillantísima Clara Schumann de que dejara de componer, porque si no había habido nunca mujeres compositoras, es que las mujeres no podían hacerlo. Inciso: sí las había habido, bastantes y muy buenas (Anna Beer lo cuenta muy bien en Armonías y suaves cantos), pero en 1840 ni Clara Schumann ni nadie sabía de ellas porque los hombres que se ocupaban de establecer los cánones despreciaban todo lo que hubieran creado las mujeres. 

He leído este libro pensando todo el rato en la importancia de escuchar y validar las experiencias, las emociones y los logros de los demás para no ir por la vida dañando autoestimas. Desde un plato de lentejas hasta un concierto de piano, desde el aluvión de tristeza tras una ruptura hasta el entusiasmo por un tono de azul en un cuadro de Vermeer. Escuchar y valorar. Decir lo bueno para potenciarlo, y callar lo malo, a menos que sea para ayudar a mejorarlo. Y me he acordado de todas esas personas que a lo largo de tantos años de carrera estaban convencidas de que la mejor forma de enseñarme a tocar mejor el piano era señalar el error y nunca el acierto, en una pedagogía cruel que fabrica máquinas frágiles que no solo no toleran la mínima desviación de su idea de perfección, sino que casi nunca disfrutan verdaderamente con lo que hacen. 

La falta de validación provoca inseguridad e incapacidad y castra el desarrollo personal de cualquiera. Si en tu entorno familiar, laboral o social te dan a entender no solo que no tienen grandes expectativas sobre tus capacidades, sino que es mejor que esto o aquello no lo intentes porque no vas a conseguir hacerlo, entonces probablemente terminarás aceptando que, efectivamente, no podrás hacerlo y ni siquiera lo intentarás. "Nos construimos a través de la mirada del otro: de lo que se espera de nosotras, de la confianza que se nos deposita, de cómo se nos juzga". Da vértigo pensar en la cantidad de talento destruido por culpa de todos esos reproches aparentemente intrascendentes, esas burlas divertidas con las que pensamos que educamos mientras castramos la autoestima ajena. 

Si esto que me pasaba a mí me ha creado un rastro de inseguridad del que es probable que nunca consiga deshacerme del todo, no quiero ni imaginarme lo que provocó en mis compañeras de conservatorio. Al final, era una simple cuestión de expectativas infladas y desfiguradas. "Estar a la altura de las expectativas de los demás es complicado. Estar a la altura de las expectativas de una misma es todavía peor". Y es que a menudo la vida de las mujeres se parece a un centro de alto rendimiento en el que "la culpa siempre es mía, pero del mérito solo me corresponde una porción. Y pequeñita, que engorda". Leo esto y un sinfín de mujeres que conozco empiezan a saludar en mi cabeza (sí soy, sí soy). ¿Os pasa también?

"No lo haré bien" es el mantra que resulta de todo esto. Pero también, a la vez, hay otro más insidioso todavía, porque no trata sobre capacidad, sino sobre identidad: "no estaré bien". Ni todo lo guapa, delgada, depilada, morena, tersa y lozana que hay que estar. La presión estética que se ejerce sobre el cuerpo de las mujeres crea una tupida red de complejos e inseguridades (que pueden fácilmente derivar en trastornos graves) de la que es muy difícil desasirse. Más cuando esa presión no solo la ejercen la publicidad o el cine o las tallas de ropa, sino las personas más cercanas que más deberían validarnos como somos, y no como piensan que deberíamos ser. 

"¿Cuánto nos determina lo que aprendemos que es "lo normal" en lo que acabamos siendo?"
Si alguien no tiene oportunidad, es muy difícil que demuestre su talento. Casi todos los músicos tuvieron padres que les apuntaron a clases, escuchaban música en casa e invirtieron en su educación musical. ¿Cuántos padres apuntan a sus hijas a ajedrez, a fútbol o a percusión? Y luego pensamos que si apenas hay mujeres ajedrecistas, futbolistas o percusionistas es porque esos campos no les interesan. 

Este es un libro sobre el síndrome de la impostora, un síndrome extendidísimo que yo apenas conocía, aunque todo en él me sonaba conocido. "Las impostoras buscaremos diecinueve maneras de justificarnos: no fue tan complicado, prácticamente no hice nada, me ayudaron mis compañeros, la idea fue de otro, tengo un buen maestro, no le dediqué mucho rato o, bueno, la verdad, no es para tanto. Con lo fácil que sería levantar la cabeza, sonreír y decir: gracias, me esforcé mucho". 

Gracias, Emma. Has ordenado en mi cabeza puzles que estaban hechos un desastre. No sabes lo que he aprendido leyéndote. 




 

lunes, 2 de octubre de 2023

YEGUAS EXHAUSTAS

He terminado esta novela (¿de verdad es una novela, Bibiana?) con muchas ganas de que continuara. Quería seguir ahí, con la narradora. Quería saber más de su madre, más de su carrera de Filología, más de su relación con sus alumnas, del vértigo de hacer lo que hace y ser lo que es viniendo de donde viene. He terminado esta novela deseando que estas yeguas exhaustas de tanto galopar se tomen un descanso, porque lo merecen, y después que me vuelvan a llevar al galope por la continuación de esta historia. Porque el hilo que me ha hecho internarme por este laberinto no se puede acabar tan pronto. 

El laberinto de esta historia está hecho de precariedad y nos cuenta cómo haber nacido entre los de abajo lo determina prácticamente todo en tu vida. Y el hilo que nos guía por él es una historia de maltrato físico y psicológico contra el que la narradora carga con todas las fuerzas de su inseguridad, su ironía y sus ganas de que su historia no esté determinada por la sombra alargada de lo que se supone que puede conseguir. 

Es una historia universal y no conozco a nadie de mi generación que no le resuene. Creo que casi todos nos hemos educado, sobre todo los que crecimos en esa cada vez más precaria y engañosa clase media, en la idea de que podríamos conseguir todo aquello que nos propusiéramos. Que bastaba con querer, con esforzarse. Con desearlo muy fuerte y sudar la camiseta. Pero nadie nos habló del impacto de la herencia familiar en nuestra vida. Nadie nos dijo que las expectativas de nuestros padres marcarían tan profundamente nuestro camino, y que lo que ellos no fueran capaces de imaginar nos costaría el doble poder apropiárnoslo como forma de vida. Nadie nos dijo que la meritocracia era un mito. Y cuando abrimos los ojos y nos dimos con el techo de hormigón de nuestras limitaciones heredadas, empezamos a entender la vida de otra manera. 

La narradora de esta historia nos habla de su inseguridad, de su incapacidad para aspirar con naturalidad a lograr lo mismo que sus supuestos iguales, de las expectativas capadas por el conformismo endémico aprendido en casa (eso no es para gente como nosotros). Nos habla de la vergüenza que a menudo siente por sus orígenes, una vergüenza no provocada por sus orígenes en sí, sino por el impacto que supone darse cuenta de que esos orígenes la señalan y la aíslan. Nos habla de la incomunicación con los padres que no entienden nada de lo que es y de lo que hace, de la dificultad para moverse en ambientes nuevos con soltura y naturalidad, del síndrome de la impostora (que me ha llevado a leer inmediatamente No lo haré bien, de Emma Vallespinós, benditas lecturas que se ramifican en mi cabeza), un síndrome que a casi ninguna mujer le sonará ajeno y que lleva, por ejemplo, a sonreír con orgullo cuando alguien con poder se apropia de tus ideas en lugar de protestar por la usurpación. 

Cada página me ha resonado de formas muy diversas. Por ejemplo, cuando habla de que nosotros somos nuestros más eficaces censores. "La dictadura del miedo a perder el sustento nos hace quedarnos calladitos". Y sigue: "Esa cultura de agachar la cabeza se hereda y yo no podía evitar agacharla como lo hacía mi madre, aunque no me cansara de despotricar contra el sistema laboral en la barra del bar de turno". Cuántas veces nos habrán dicho a mi madre y a mí que por qué no somos más prudentes, que de cara al público hay que cuidar lo que decimos o lo que escribimos en redes, que a ver si vamos a perder clientes y que en realidad somos libreros para vender y ganar dinero y nada más, a ver qué nos vamos a creer, locos imprudentes. 

En Yeguas exhaustas hay rabia, hay furia, pero también hay ternura y una atención especial al autocuidado, a tratar de no lastimarse más de lo que ya lastima la vida. Es una literatura coloquial y poética, bella y dolorosa. Una historia que resuena e ilumina. 




jueves, 28 de septiembre de 2023

CUADERNO DE URGENCIAS

Respecto a los libros sobre el duelo hay dos actitudes diametralmente opuestas: por un lado están los que quieren leer todo lo que se haya escrito, y por otro los que no quieren leer ni saber nada de la muerte. Son dos actitudes muy comunes. Curiosidad o negación. Necesidad de compañía y consuelo, de encontrar personas que hayan pasado por lo mismo y hayan sabido capear las emociones de formas imaginativas y poderosas. O necesidad de enterrar la cabeza en la tierra para no pensar, para no digerir nada, esperar que el duelo pase como si fuera una tormenta y confiar en que si mantenemos los ojos bien cerrados y los puños bien apretados todo irá mejor. 

Yo leo libros sobre duelos y pérdidas para aprender de lo que no se habla. Para pensar en las muertes que tanta gente nos dice que tenemos que acarrear por separado y en silencio. Las muertes privadas que uno no puede sacar en una conversación sin ser inmediatamente acallado por los escandalizados guardianes del decoro. Leo sobre pérdidas para aprender, para enriquecer mi relato de las que ya he vivido y para ir fabricándome poco a poco las herramientas necesarias con las que sobrellevar las siguientes cuando toque. Y este libro de Tereixa Constenla, quizá sin proponérselo, es una fuente preciosa de aprendizaje y valor, una mano amiga que te ayuda a caminar por los laberintos del duelo. 

Como los mejores testimonios sobre la pérdida de un ser querido, Cuaderno de urgencias es una carta de amor. Amor profundo y vibrante. Tejido con respeto, admiración y calma. Y la consciencia del privilegio que supone haberlo encontrado. Es un homenaje a la fiesta de estar vivos. 

Me he visto reflejado en tantas páginas. También en cosas que quizá la autora no pretendía. He pensado mucho en el consuelo. En cómo consolamos y cómo nos consuelan. He revivido muchas escenas en las que me han consolado aleccionándome: tú lo que tienes que hacer ahora es mirar hacia delante, mantener la mente ocupada. Y he recordado lo poco que ayuda ese paternalismo, esa mirada desde la altura del "tú hazme caso que yo sé mejor que tú lo que a ti te conviene". Qué decepción (y qué furia) cuando uno necesita más que nunca empatía, cariño y una mirada horizontal, y se encuentra con ese sermón vertical de cura de otra época. 

"Eres la única que me mira sin pensar que me voy a morir". Esta frase tan sencilla, esta piedrecita, también ha creado muchas ondas concéntricas en mi mar en calma. Y me ha hecho pensar sobre la mirada que solemos proyectar hacia la enfermedad y la muerte. Sobre el pánico que nos da asomarnos al final de la vida. Y cómo ese pánico deshumaniza al enfermo, le coloca la etiqueta de víctima y nos impide verle como la persona que es, más allá de su enfermedad. De repente nuestra hermana, nuestro marido o nuestra madre ya no son la hermana, el marido y la madre que siempre han sido. Ahora son los enfermos, los que se van a morir, los pobrecitos, los frágiles. Y que te miren así, con la mirada repleta de vida y confianza, como Álex se sentía mirado por Tereixa, es un privilegio. Es una prolongación de la vida. Es dignidad donde siempre la ha habido. Es futuro cuando ya apenas queda.

Tereixa Constenla también escribe sobre "la intromisión sin miramientos en los cuerpos de los enfermos, como si fueran tierra de nadie, un fenómeno que también soportan las embarazadas, cuya tripa se considera un espacio libre de circulación y manoseo". También: "La infantilización del paciente es un mal endémico de la sanidad. Estar enfermo no te retrotrae a la edad del lactante, pero a veces te tratan así". Y eso provoca que el paciente pierda el control sobre su cuerpo y se vuelva vulnerable, a merced de los demás, sin autonomía. Su cuerpo ya no es solo suyo, es el campo de trabajo de otros que deciden, pinchan y manosean sin pedir consentimiento. De otros, no solamente sanitarios sino a menudo también familiares, que tocan, desnudan, exhiben, como si al enfermar el cuerpo se convirtiera en un espectáculo público. 

Me ha maravillado la naturaleza del amor entre Tereixa y Álex. Es un amor excepcional que parece común pero que es muy difícil de encontrar. Un amor que parece decir: te veo, te conozco y te quiero por lo que eres. No por el vínculo o el parentesco o la historia que tenemos. Sino por lo que eres, por lo que haces y piensas, por tu pasado en el que no estuve y tu futuro en el que quizá no esté, por lo que eres tú solo, sin mí. No te quiero por que seas mi marido ni por todo lo que hemos vivido juntos, te quiero por lo que eres independientemente de nuestros vínculos, por lo que eres sin nadie que te acompañe.

"Llegaste y te encerraste conmigo en nuestra habitación. Nos sentamos en la cama y me dijiste que tenías cáncer de páncreas. Y me pediste perdón. Dios, Álex, me pediste perdón. Podíamos habernos destruido. Tú con tu cáncer, yo con el mío. Tú con tu dolor, yo con el mío. Tú con tu miedo, yo con el mío. Tú con tu culpa, yo con la mía. Sin embargo, construimos una fortaleza medieval y nos metimos dentro. Un amor amurallado, inexpugnable". 

Los mejores libros sobre el duelo son libros sobre el amor. Y este amor excepcional, hecho de felicidad y pérdida, me acompañará mucho tiempo. 


 



lunes, 25 de septiembre de 2023

MADDI Y LAS FRONTERAS

Desde hace ya bastante tiempo, la frontera vasca entre Francia y España se ha convertido para mí en un lugar de peregrinación veraniega. Todos los pasos que conozco me encantan, pero en concreto la muga del valle de Aldudes tiene algo mágico. Una belleza de parar el coche en un saliente, salir y respirar con los ojos cerrados. Da igual cuántas veces vaya a pasar por allí, sé que siempre voy a hacer lo mismo. Como quien llega a casa de un viaje y se deja arropar por sus raíces elegidas. 

No muy lejos de allí transcurre esta novela de Edurne Portela. Una novela que exuda montaña y naturaleza salvaje, y que transmite la adrenalina de las caminatas nocturnas por fronteras clandestinas. "Una vez que te conviertes en mugalari nunca volverás a ver el territorio de la misma manera. Lo verás con ojos avizores, ojos de noche, de tensión, de fugitiva". Los ojos de Maddi, la protagonista de esta historia, una mujer real, recia y libre, que vivió en el centro del torbellino de violencia de la guerra civil y la ocupación alemana de Francia. 

Durante la primera guerra mundial, la frontera vasca vio cómo hombres franceses la cruzaban de noche para huir del reclutamiento obligatorio. Apenas veinte años después, la migración iría en sentido contrario y serían los españoles los que se refugiarían en Francia de las bombas y la represión franquista. Y de nuevo, inmediatamente, la dirección volvería a cambiar y las bordas españolas volverían a ser refugio (refugio precario y peligrosísimo por la sintonía entre España y la Alemania nazi) de miembros de la resistencia y combatientes aliados tras la ocupación. 

Y Maddi siempre estaba ahí. Desde el mostrador de su hotel, ofreciendo cobijo a resistentes y pasando a clandestinos por una frontera cada vez menos porosa. Siempre sus ojos avizores ante los mil y un peligros, siempre poniendo su inteligencia y su cuerpo para combatir la violencia y la impunidad de los agresores. 

He leído esta novela entre campos siempre verdes y mugidos de vacas en la lejanía. Rodeado de granjas y queserías, de la húmeda placidez de unos valles que, afortunadamente, llevan ochenta años sin mugalaris jugándose la vida en cada caminata. Y la voz de Maddi, tan bien recreada por Edurne Portela, me ha hecho apreciar todavía más estos paisajes de mis peregrinaciones estivales. Estas raíces elegidas tan pacíficas hoy, que hace no tanto ofrecieron para tantos una posible salvación ante tanta violencia. 





jueves, 21 de septiembre de 2023

EL CANTO DE LA ALONDRA

Volver a Willa Cather, qué felicidad. 
Volver a Willa Cather es volver a la belleza, a la tranquilidad, al consuelo. Volver a una nobleza ruda y recta que hace de la bondad su mayor virtud. Y volver al deseo, también. A la ambición humilde y poderosa capaz de llevar a los personajes a logros insospechados. "El mundo es pequeño, la gente es pequeña, la vida humana es pequeña. Solo hay una cosa grande: el deseo". 

Willa Cather siempre escribe sobre el asombro y el cultivo silencioso de lo maravilloso en nuestro interior. Ese tesoro indescifrable que nos hace ser quienes somos y nos saca de lo que conocemos y de lo que nuestro entorno espera de nosotros para llevarnos muy lejos, hacia lugares desconocidos con los que nadie nos enseñó nunca a soñar. Escribe sobre el miedo de levantarte un día, con el pelo canoso, y darte cuenta de que no has hecho nada de provecho, nada distinto a lo que han hecho millones de personas antes y de lo que se suponía que tenías que hacer tú también. El miedo, sobre todo, a olvidarte de imaginar que podrías haber hecho otra cosa. El miedo de convertirte en la rutina y la mediocridad, y acabar defendiéndolas como las únicas locomotoras posibles del tren de la vida. 

Pero, sobre todo, la literatura de Willa Cather es un homenaje al triunfo de la voluntad, el trabajo, la constancia y el sacrificio. La gran recompensa del esfuerzo constante, algo que quienes hemos hecho una carrera artística o deportiva sabemos muy bien, algo que hemos interiorizado día tras día, sesión tras sesión, con sudor, con dolor, con desazón, construyendo ladrillo a ladrillo la fortaleza de la perseverancia. 

Por la profundidad que se esconde en los pequeños gestos, la América profunda de esta autora me hace pensar en la del reciente desaparecido Kent Haruf y su trilogía La canción de la llanura. Esa bondad desarmante, no explícita, que es como una música de fondo, un ambiente, a lo largo de toda la historia. 

¿Y qué cuenta este Canto de la alondra? Pues la historia de Thea Kronborg, una muchacha de origen sueco, con un talento fuera de serie y una individualidad indomable, que llegará a ser una gran cantante wagneriana. Me ha recordado mucho a Lucy Gayheart, por los ambientes musicales y la muchacha de un pueblecito que emigra al gran Chicago para perseguir su sueño con el piano. Y aunque la historia es muy interesante y pasan muchas cosas y hay escenas verdaderamente emocionantes que te agarran el corazón en un puño y te roban una lágrima, al final de la novela me quedo con esa sensación inigualable de belleza, tranquilidad y consuelo que solo me dan las novelas de Willa Cather.  






lunes, 18 de septiembre de 2023

HERIDAS ABIERTAS

La piel de gallina. Cada vez que pienso en esta novela se me pone la piel de gallina. Esa madre, por dios. ¡Y esa hija! Esa educación basada en la dominación, en los celos y en la necesidad de atención constante. Y ese lugar al sur de Missouri, "una ciudad tan asfixiante y pequeña que todos los días te tropezabas con gente a la que odiabas. Gente que sabía cosas sobre ti. Es la clase de lugar que te deja huella". 

La novela quizá más famosa de Gillian Flynn, Perdida, me dejó mucha huella también. Como una ciudad de la que huir. Y que ejerce una perversa fascinación. Y en Heridas abiertas, su primera novela, he vuelto a encontrar ese tono irónico, mordaz y cáustico tan característico suyo. Me encantan las descripciones despiadadas que hace de los personajes y cómo no tiene ningún reparo en ir bajando a las profundidades del alma humana, peldaño a peldaño, por los laberintos enfermos del trastorno mental.  

La protagonista es una periodista que vuelve a la ciudad donde se crio para cubrir unos asesinatos un tanto misteriosos. Allí recibió una educación basada en cuatro mandamientos: "prohibido beber, prohibido fumar, prohibido soltar tacos y obligatorio ir a misa". Y, como buena chica rebelde, aprendió que la forma más rápida de salir de esa jaula era desobedecerlos todos cuanto antes. Es la historia de una joven que se esconde. Se esconde de su pasado, de una hermana muerta y de una madre manipuladora. Se esconde de las miradas de los demás, que parecen traspasar su ropa y juzgar cada cicatriz de sus brazos y de sus piernas. Cada palabra marcada, cada huella dejada por un dolor constante, insidioso, como una música borracha que no logra ajustar el tono y sale cada vez más chirriante y desafinada. 

Aunque quizá la verdadera protagonista es su madre, una mujer que no recibe bien el consuelo de la gente porque no consiente que nadie trate de apartarla de su dolor. Una mujer con el don natural de hacer que otras mujeres se sientan insignificantes en su presencia. Una mujer que atrapa a cualquiera en su remolino de amargura. Una mujer capaz de cualquier cosa por que la atención recaiga siempre sobre ella. 

Este es un libro inquietante, perturbador, escalofriante. La perversidad te envuelve como un sonido chirriante, fijo y creciente, obsesivo, que va construyendo poco a poco una atmósfera enloquecedora. Una novela que te hace pensar que estás loco por estar pensando que las cosas puedan haber ocurrido como imaginas. Y, a la vez, que estás loco si no lo piensas. 




jueves, 14 de septiembre de 2023

LA MADRE DE FRANKENSTEIN

"Si nuestro país fuera un ser humano, cualquiera de los dos lo habríamos ingresado en Ciempozuelos hace muchos años y lo tendríamos achicharrado a electrochoques. 
-Total que, ya ves -sonreía para dulcificar sus conclusiones-, en el fondo somos afortunados por trabajar en un manicomio. Así no cambiamos de aires al entrar y salir del trabajo". 

He vuelto a la España enloquecida y desquiciada de la dictadura que tan bien describe Almudena Grandes tras muchos años sin leer una novela suya. Dejé de leerla porque me parecía demasiado partidista. Se me había metido en la cabeza que los buenos nunca fueron tan buenos y que los malos tenían los suficientes matices como para poder apreciar sus grises, y que esa dicotomía de buenos contra malos era una simplificación infantil que más que explicar lo que fue aquella época (y esta) nos dejaba a todos con la conciencia tranquila de pertenecer al bando correcto. Y aunque en buena medida a menudo sigo pensando de forma parecida, creo que la pasión de Almudena Grandes es más necesaria que nunca. No se puede hablar de matices con quien te pisa la nuca durante ocho minutos hasta matarte solo porque no se fía del color de tu piel. No se puede hablar de matices con quien te llama puta por sonreír y no te ve como una persona sino como un cuerpo a su disposición. No se puede hablar de matices con quienes creen que si no pensamos como ellos lo mejor que podemos hacer es callar y obedecer. 

En la tranquilidad de nuestra casa podemos pensar todo lo que queramos en los matices de las cosas, en la complejidad de los seres humanos y en si la maldad existe y en si es en verdad tan banal como dijo Hannah Arendt. Pero cuando te arrojan de lleno a una situación insostenible es imprescindible tener muy claro lo que está bien y lo que está mal. Sin dudas. Sin matices. Y situaciones insostenibles las había todos los días en los años cincuenta en este país. 

Fueron años de sombras. Sobre todas las cosas planeaba algo funesto, una nube gris de preocupación y cautela. Una amenaza sin nombre con el sabor metálico del miedo capaz de parasitarte la vida. En este país secuestrado por un dictador y su moral católica, viven una señora muy mayor llamada Aurora, altiva y desamparada, que veinte años antes salió en los periódicos porque mató a su hija Hildegart a sangre fría; una auxiliar de enfermería llamada María, que al haber crecido en un manicomio tiene un don especial para tratar las enfermedades mentales; y un joven psiquiatra llegado de Suiza llamado Germán, que lucha por recuperar una parte de su visión de España tras quince años en el exilio. 

Este país dominado por la resignación de los vencidos, por su incapacidad para imaginar que pueden luchar por algo mejor, que se merecen algo mejor, me ha hecho pensar en la sombra alargada del franquismo en nuestros mayores. La resignación, el miedo, la preocupación constante, el marco mental estrecho, la masculinidad tóxica (no solamente reproducida por hombres, sino también por mujeres), la represión emocional, la brutal desigualdad de género expresada en mil matices y situaciones cotidianas. La herencia venenosa de aquella educación nos ha traído hasta aquí reproduciendo su violencia y su desigualdad y obligándonos una y otra vez a analizarnos, a desaprendernos, a deconstruirnos para tratar de armar una convivencia entre todos que no se tropiece cada día con tanta aflicción y tanto conflicto. 

Los protagonistas de esta novela, Germán y María, demuestran que hasta las personas más abominables, más despiadadas y terribles, pueden inspirar compasión. Almudena Grandes se sirve de una mirada extranjera para mirar la toxicidad de la sociedad franquista con ojos nuevos. Lo que aquí parecía normal, a los ojos de un suizo lo vemos como algo sencillamente escandaloso. La mirada de Germán ilumina el pozo al que fue arrojada la población española y pone el dedo en la llaga de quienes vivían sin haber sabido nunca medir su profundidad. Y así siguen viviendo. 





lunes, 11 de septiembre de 2023

MENOS ES MÁS

No crecer. No tratar de vender cada día más libros como sea. No aspirar a acumular cada año más dinero. No ampliar la empresa. No invertir en publicidad. No "optimizar" mejor los estantes para poner más libros de cara y menos de canto y, reduciendo el stock, vender más bestsellers. No anteponer nunca el beneficio al contenido del producto que lo produce. No ponerse objetivos de ventas. No crecer. Qué disparate, ¿verdad? Papá capitalismo se llevaría las manos a la cabeza. Papá capitalismo quiere que crezcamos sin parar. Nos ha inculcado un apetito voraz. Nos ha enseñado que ese apetito es saludable. Necesario. ¡Imprescindible para la prosperidad del mundo entero! Pero es un apetito que nos va a matar. Y la única forma de sobrevivir es matando a la bestia. 

En esta década larga como librero he recibido consejos empresariales de todo tipo. Y todos iban encaminados a perseguir el crecimiento como objetivo absoluto e incuestionable. He aprendido lo revolucionario que resulta negarse a crecer a toda costa, a invertir para promocionarse y expandir las ventas. He aprendido el valor de quedarse pequeño, accesible, cercano. El valor de lo discreto frente a la economía de la ambición que anhela el crecimiento y la autosuperación constante. 

Comprar menos, poseer menos, vivir con menos. Coger menos el coche. ¡No tener coche! Viajar menos en avión. Necesitar menos. Organizar la economía en torno al bienestar humano, y no en torno a la acumulación de capital. Qué bien lo explica Jason Hickel en este libro. Es algo tan simple. Tan revolucionario. Y tan necesario. 

A partir de un umbral que todos los países de altos ingresos han cruzado hace muchos años, el crecimiento económico no conlleva un progreso social. Es decir, el crecimiento en los países ricos ya no tiene que ver con la necesidad ni la prosperidad humanas. Obedece simplemente a una lógica capitalista de enriquecimiento exponencial de una minoría ultrarrica. Estamos en una crisis de desigualdad creciente que está matando lo de todos para satisfacer al 1% de la población. 

Hay que luchar contra la idea totalitaria del beneficio creciente como único objetivo comercial posible. Y qué difícil es. "El capitalismo está tan aceptado que sus defensores ni siquiera saben cómo justificarlo". Es una idea omnipresente. Pero es una idea que, tal y como está configurada, nos aboca a la extinción. Y hay alternativas. Este libro explica unas cuantas. 

El objetivo se enuncia muy fácil: "Sustituir una economía organizada en torno a la dominación y la extracción por una basada en la reciprocidad con el mundo viviente". Vivimos en un mundo que se muere. Hay que cuestionar las viejas certezas. Todos los días y en todos los ámbitos. Pero especialmente cuando nuestra supervivencia está en juego. No queda otra. Y ya vamos tarde. "Las generaciones futuras volverán la vista atrás y se asombrarán de que supiéramos exactamente lo que estaba ocurriendo, con un nivel de detalle impresionante, y aun así no solucionáramos el problema". 

Para que haya crecimiento tiene que haber escasez. El crecimiento se alimenta de la escasez de la mano de obra, y cuando sube el nivel de vida, va a buscar escasez donde sea para extraer beneficio. No es que al crecimiento le interese la desigualdad para hacer negocio, es que vive de ella. La necesita. Cuanta más desigualdad, más fácil obtener mano de obra barata, más consumismo desesperado por conseguir estatus y calmar la ansiedad, más fácil enriquecerse para los más ricos, mayor extracción de recursos y contaminación, y más destrozo del planeta. Es decir, cuanta más desigualdad, más crecimiento, más cambio climático. Por eso las políticas contra la desigualdad son políticas en favor del decrecimiento y de la supervivencia en la Tierra. 

Muchos defienden el carácter inevitable del capitalismo como un reflejo natural de la voracidad humana. Pero no es cierto. No somos así. Numerosos estudios han demostrado que cuando nos dan a elegir libremente, tendemos naturalmente a compartir y a renunciar a los beneficios individuales si con eso prosperamos como grupo. El problema es que tenemos un sistema político que permite que unos pocos saboteen nuestro futuro colectivo para su propio beneficio personal. Y lo asumimos como una fatalidad inevitable. 

"Durante mucho tiempo se nos ha dicho que el capitalismo y la democracia van de la mano. Sin embargo, la realidad es que es muy posible que sean incompatibles. La obsesión del capital con el crecimiento perpetuo a costa del mundo viviente va en contra de los valores de la sostenibilidad que defendemos la mayoría. En otras palabras, el capitalismo tiende a ser antidemocrático y la democracia tiende a ser anticapitalista". 

"El crecimiento del PIB es básicamente un indicador del bienestar del capitalismo. Que todos hayamos acabado considerándolo una representación del bienestar de los seres humanos constituye un golpe ideológico extraordinario". El decrecimiento es el reto de descolonizar la naturaleza y la mano de obra esclava del capital de la que el 99% somos parte. 

Menos es más es un libro fabuloso. Lo he disfrutado muchísimo, me ha hecho pensar, me ha emocionado, me ha llevado a otros libros. Ha reafirmado muchas intuiciones que ya tenía y las ha convertido en ideas sólidas. Y puedo decir que ha reconfigurado mi forma de entender la economía y cómo esta define el mundo en que vivimos hasta el punto de amenazarlo con la destrucción. Este libro ha cambiado mi forma de ver el mundo y el lugar que ocupamos en él. 





viernes, 8 de septiembre de 2023

EL ALETEO DE LA MARIPOSA

No puede haber árbol sin semilla. Un solo gesto puede cambiar un paisaje y dar una cantidad de vida insospechada. ¿Quién habría adivinado que una minúscula semilla contenía algo mucho más grande que el pájaro o la ardilla?

No puede haber vida sin muerte. Del cuerpo del viejo pájaro que ya no podía mover las alas brotan ahora flores de todas las formas y colores. ¿Quién habría adivinado que la muerte siempre trae más vida de la que quita?

No puede haber cicatriz sin herida. El dolor quema y la sangre fluye, pero nuestro cuerpo ya está construyendo un tejido para que la vida continúe. ¿Quién habría adivinado que un daño pasajero podría dejar recuerdos tan valiosos?

Este bellísimo álbum ilustrado muestra el antes y el después de muchos procesos naturales. Enseña que todo lo que existe en el universo es consecuencia de algo que ocurrió antes. Las cosas están conectadas a su pasado y a su futuro, como lo están la semilla al árbol, la herida a la cicatriz y la muerte a la vida. El aleteo de la mariposa se puede sentir al otro lado del mundo. Todo está unido por un hilo invisible que viaja a través del tiempo y nos moldea como somos. 

El aleteo de la mariposa es un canto a la naturaleza, un homenaje a todo lo que vive y muere y nos rodea. Y una belleza de libro cuyas ilustraciones invitan a soñar despiertos. 




lunes, 4 de septiembre de 2023

CARTAS A VITA / A VIRGINIA LE GUSTABA VITA

He terminado de leer este libro con el mapa del sur de Inglaterra en el ordenador lleno de rutas por las casas, mansiones y lugares que frecuentaron Virginia Woolf y Vita Sackville-West. Y no hay cosa que más me guste: que un libro me haga viajar tanto que no solo durante la lectura esté allí donde están los personajes, sino que quiera ir como sea en un futuro cercano a ver, tocar y respirar en persona todo aquello que he visto, tocado y respirado con la imaginación. 

Este volumen de Librefeminista, un proyecto editorial de la librería Mujeres & Compañía, es una exquisitez. Como todo lo que publican nuestras colegas libreras, es un libro doble: por un lado están las cartas que Virginia le escribió a su querida amiga y amante Vita, una escritora aristócrata fascinante con la que tuvo una relación intensísima; y por el otro lado, dándole la vuelta, una recreación cercana y muy emotiva, desde la ficción, de cómo pudo ser esa relación, escrita por Pilar Bellver. 

En las cartas he descubierto a una Virginia Woolf volátil, caprichosa, incluso con un punto de frivolidad que no imaginaba con esa cara casi siempre tan seria y austera que recuerdo de las fotos suyas que he visto. Me ha encantado su vena cómica y bromista, como cuando reivindica que ella también habla francés, quizá no tan bien como Vita, pero lo suficiente como para ser una mujer de verdad, porque ya se sabe que "las mujeres de verdad hablan francés y se empolvan la nariz". He disfrutado mucho su crítica de la "maldita sangre aristocrática: débil, efervescente, quisquillosa, frágil", aunque no he podido evitar pensar que ella quizá también se veía reflejada en esa misma sangre y asumía esa misma debilidad quisquillosa y efervescente. 

Con 28 años, en 1920, Vita escribió un texto autobiográfico, con voluntad de publicarlo quizá en un futuro, de casi cien páginas en el que contaba con muchos detalles las relaciones amorosas y sexuales que había tenido hasta entonces con mujeres. A su muerte, lo descubrió su hijo, Nigel Nicolson, y lo publicó dentro de su libro biográfico Retrato de un matrimonio (hoy agotado, ojalá lo reediten pronto), en el que cuenta la relación tan especial que tuvieron sus padres, pensando que en los años setenta esa historia ya podía ser aceptada por la sociedad. Y lo fue, hasta cierto punto. Era la época del movimiento hippie y de la tercera ola del feminismo, pero el progreso no es un camino recto ni lineal, y en sus muchas vueltas, y a pesar de que ha pasado un siglo entero ya de aquellas memorias de Vita, su vida y la forma de entender el matrimonio que tuvo ella, Virginia y otros muchos integrantes del grupo de Bloomsbury, siguen siendo impensables para la inmensa mayoría de la población de los países más avanzados en derechos. 

Por ejemplo, esta descripción tan deliciosa que hace Virginia de Violet Trefusis, antigua amante de Vita, tras haberla recibido en su casa: 

"Ahora entiendo por qué estabas entonces tan enamorada de ella. Ahora está un tanto rellenita; contundente, más bien. Pero ¡qué capacidad de seducción! Qué voz (ceceante, vacilante), qué amabilidad, agilidad, y a su modo (que no es el mío: yo soy mucho más refinada, aunque eso no sea en absoluto una ventaja), qué encantadora, como una ardilla entre liebres... Una ardilla roja entre nueces marrones. Nos miramos y parpadeamos entre las hojas. Y nos llamamos ceremoniosamente la una a la otra señora Trefusis y señora Woolf". 

Cuánto oculto entre líneas, ¿verdad? Mordacidad, admiración, envidia, deleite, tensión. En un mundo en el que, tristemente, nos seguimos empeñando en que no se puede amar sin poseer ni controlar, esta simple descripción de Virginia de una antigua amante de su amante es un ejemplo maravilloso de calidad humana y apertura de mente. De futuro. Ojalá vayamos en su estela. 

"Ámame más y mejor, pon otro peldaño en la escalera y permíteme subirla". No se conformaban, ninguna de las dos, con el amor al que podían tener acceso. Querían más, cada una a su manera, y se lo hacían saber de las formas más claras, ambiguas, divertidas y anhelantes. 

"En todo Londres, solo a ti y a mí nos gusta estar casadas", dice Virginia con sorna. Y es que el matrimonio como institución entonces era una farsa y una cárcel, y ellas supieron convertirlo, cada una a su manera, en un vínculo profundo y elástico capaz de acoger su necesidad de amar en libertad. Pensándolo un poco, parte de esa farsa y esa cárcel siguen vigentes un siglo después en nuestra forma de entender la vida en pareja, hecha de imposiciones, desigualdad y miedo al castigo privado y público.