viernes, 7 de febrero de 2014

Cita del día: CÓMO SER MUJER (Caitlin Moran)

"Junto con la ropa interior, el amor es una tarea de las mujeres. Las mujeres se tienen que enamorar. Cuando hablamos de las grandes tragedias que pueden ocurrirle a una mujer, una vez descartadas la guerra y la enfermedad, la idea que más nos estremece es la de no ser amadas, y por tanto que no nos necesiten. Es posible que Isabel I estableciera las bases del imperio británico, pero nunca se pudo casar: pobre y pálida reina cubierta de mercurio. Jennifer Aniston es una hermosa y triunfadora millonaria que vive en una casa junto a la playa, en Los Ángeles, y nunca tendrá que hacer cola para devolver unas botas en Topshop resfriada; y, sin embargo, toda su treintena se describió como la década en que no fue capaz de retener primero a Brad Pitt, y luego a John Mayer. La princesa Diana, ¡con tanta mala suerte! Cheryl Cole, ¡sola! Hilary Swank y Reese Witherspoon..., bueno, ganaron un Oscar, ¡pero sus maridos las abandonaron!
 El lenguaje nos dice exactamente lo que pensamos sobre las mujeres sin pareja; todo está ahí, en la diferencia entre "solteros" y "solteronas". Para los solteros todo es un juego. Las solteronas se lo juegan todo en ello, y rápido. La ley de la demanda fija el valor de una mujer: si está soltera, nadie la quiere, por lo que, cuanto más se alargue ese estado, menos deseable se vuelve.

 Así que, como las mujeres saben la importancia que se da al hecho de que tengan pareja, no es raro que se obsesionen con la idea del amor y de las relaciones. Pensamos en ello todo el tiempo. A veces, cuando explico a los hombres el modo en que las mujeres imaginan posibles relaciones, empiezan a sentirse muy, muy alarmados. Si comentas lo mismo con las mujeres, en cambio, te responderán con un ladrido avergonzado de reconocimiento.

 Fíjate, por ejemplo, en la típica oficina o lugar de trabajo. Si la plantilla es mixta, habrá varios coqueteos en marcha, más o menos obvios para un observador curioso. Eso ya lo sabemos.
 Pero, si existiera una especie de Casco Psíquico que permitiera leer los pensamientos de las mujeres, cualquier hombre que lo llevara se quedaría aterrorizado al descubrir el nivel oculto de locura femenina.
 Mira a esa mujer de la esquina, una jefa de departamento completamente normal, nada psicótica, tranquila y agradable con todos los que trabajan con ella. Que se sepa, no le gusta nadie de la oficina. Parece estar escribiendo un largo e importante email. Pero ¿sabes lo que hace en realidad? Está pensando en ese tipo sentado cinco mesas más allá, con el que sólo ha hablado una decena de veces.
 "Si nos fuéramos un fin de semana largo juntos, no podríamos ir a París..., ha estado allí con su ex novia", piensa. "Lo sé. Lo contó una vez. Me acuerdo. No pienso andar por el Louvre para que me compare a mí, con mi gabardina de primavera, con ella, con su gabardina de primavera. No es que vayamos a ir en primavera, de todas formas; teniendo en cuenta en qué punto está nuestra relación, si él diera un primer paso HOY, podríamos irnos de puente como muy pronto en...", cuenta con los dedos, "noviembre, y entonces llueve mucho y mi pelo se quedaría todo aplastado. Necesitaría un paraguas."
 "Pero", continúa, tecleando enfadada, "entonces no podríamos ir de la mano, porque yo llevaría el paraguas en una mano y el bolso en la otra. Así que sería una mierda. ¡A MENOS QUE...! ¡A MENOS QUE... pudiera meter todo lo necesario en mis bolsillos! Entonces no tendría que llevar un bolso al Louvre. Pero entonces estaría sin medias de repuesto si me las salpican, y tendría que ir con las piernas al aire, y haría tanto frío que mis piernas se pondrían moradas, y yo estaría tan nerviosa cuando volviéramos a follar al hotel que intentaría taparlas con una toalla, y él pensaría que me estoy insinuando y yo dejaría de gustarle. ¡HAY QUE JODERSE! ¿POR QUÉ TIENE QUE LLEVARNOS A PARÍS EN NOVIEMBRE? LE ODIO."
 El tipo ni siquiera le gusta. Apenas ha hablado con él. Si la invitara a tomar algo, probablemente diría que no. No le apetece lo más mínimo tener una relación con él. Y, sin embargo, cuando vuelva a hablar con ella, se mostrará muy cortante con él, que, ni en sus fantasías más salvajes y cargadas de opio, podrá adivinar jamás ni remotamente el motivo de su cambio de humor. Supondrá quizá, encogiéndose de hombros, que le va a venir la regla o sencillamente que tiene un mal día.
 Nunca llegará a saber la simple verdad: que pasaron juntos un puente imaginario en París, que fue desastroso y acabó con su ruptura por culpa de unas medias."

(Cómo ser mujer. Caitlin Moran. Editorial Anagrama)

Caitlin Moran

martes, 4 de febrero de 2014

ELEANOR & PARK

Me encanta la ironía de este libro. La ironía como esa cosa en la que nos envolvemos para protegernos de las desilusiones. Quizá uno sólo se enamora sin ironía la primera vez. Y ni siquiera eso, porque resulta aterrador. Después, empezamos a reírnos un poco de lo que sentimos para tratar de que no nos importe tanto. Nos reímos de las situaciones, de los agobios, de las vergüenzas. Nos reímos de nosotros mismos y nuestras infinitas torpezas. La risa nos protege del dolor, la utilizamos para amortiguar los impactos. Para intentar, desesperadamente, no tomarnos las cosas tan en serio. 

Eleanor y Park se ríen mucho de ellos mismos. Se ríen hasta cuando se besan por primera vez. O eso intentan.
Ella se ríe de Romeo y sus cursiladas insoportables. Piensa que Shakespeare se burla de sus personajes. Que Julieta es una niñata repelente y que su amor es superficial, confuso y absurdamente exagerado.
Él se ríe del pelo rojo e indomable de ella. De su aversión por la música punk. De su reticencia a acercarse a la cama de su cuarto a pesar de que siempre dejen la puerta abierta.
Ella viene de un hogar roto, con un padrastro borracho y maltratador. Se viste de una manera estrafalariamente masculina y siente que ninguna parte de su cuerpo tiene el tamaño adecuado.
Él tiene la piel de ámbar y los ojos rasgados de su madre coreana, se agarra a las correas de su mochila y se mira los pies cuando ella se acerca y hay algo en él que no puede evitar ser femeninamente encantador.

Se ríen porque no encajan, porque perciben que su entorno les devuelve constantemente su propia desilusión. Se ríen como si se aferraran a algo, porque no saben por qué ni cómo es posible que les guste tanto estar juntos. Pero cuando son capaces de aguantarse la mirada más de dos segundos seguidos, cuando se atreven a no soltarse las caricias de la mano o a explorar los dulces peligros del asiento trasero del coche, el mundo se convierte en un lugar profundo, en una burbuja donde sólo caben ellos dos y su miedo, ellos dos y su deseo, ellos dos y su clandestina necesidad de que el otro no le rechace. 

Esta historia de amor adolescente es como muchas otras historias. Pero a la vez es distinta. Como una canción que no se acaba nunca. Como si se hubiera puesto guapa para salir. Con los rasgos más nítidos, más perfilados. Con un maquillaje más intenso que en realidad no la vuelve distinta. No. Es ella misma. Divertida y sexy. Y desgarradora. Es ella misma, pero a más volumen.


domingo, 2 de febrero de 2014

LA OTRA GUERRA



Este es un libro de fotografía. Y de testimonios. Las fotografías son obra de Miquel Dewever-Plana, un fotoperiodista francés que estuvo en Guatemala durante muchos años retratando la violencia, primero del genocidio maya de la década de los 80 y, más recientemente, de las pandillas o "maras" que han convertido el país en uno de los más peligrosos del mundo, con más de 18 asesinatos al día, de los que un 98% quedan impunes. Y los testimonios pertenecen a madres de hijos asesinados, policías, fiscales, psicólogos, y también a los propios integrantes de las pandillas, los "mareros", jóvenes tatuados que desde la infancia viven inmersos en una vida de violencia.

Verónica J., una trabajadora social de 32 años, describe la situación de esta manera:
"La violencia es un monstruo de mil cabezas, le cortas una y salen dos. Quitas la vida a un pandillero pero hay dos niños que sueñan con ocupar su lugar. Siento que todos los esfuerzos que realizan las organizaciones para la reinserción y la rehabilitación de esos jóvenes son como un grito en el desierto. Al final la voz se pierde y nadie la escucha. Porque, como dice Eduardo Galeano: "Se condena al criminal y no a la máquina que lo fabrica." Y esa máquina es la que ha provocado el conflicto armado, la que ha generado todas las injusticias sociales que alimentan la violencia familiar y, por ende, la que arroja cada vez más jóvenes a la calle. Una calle que, como única salida, tiene la cárcel o el cementerio."

Decir que este libro es una enciclopedia del horror sería lo fácil. Cogemos la palabra horror y hacemos de ella una máscara para ocultar la realidad que la sustenta. Cuando decimos "qué horror" estamos protegiéndonos de ello, poniendo distancia, susurrándonos a nosotros mismos que esa no es nuestra realidad, que nuestro contacto con ella es efímero, que dejará de ser real cuando cerremos el libro y dirijamos nuestra atención a otra cosa. Y no se trata de que Guatemala nos pille con un océano de por medio. Ni de que no sepamos cabalmente lo que significa la palabra pandillero. Ni violación. Ni impunidad. Se trata de la propia supervivencia. Quienes no hemos estado allí para verlo y sufrirlo en nuestra propia piel no podemos entender la magnitud de esa "otra guerra" que se libra en Guatemala. Sólo podemos asomarnos a una realidad que como mucho acertaremos a comprender superficialmente. Porque mirar al infierno a los ojos es un ejercicio peligroso. "El que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en un monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti." Una cita de Nietszche con la que el autor abre el libro.

Hablar de la violencia en Guatemala es fácil. Lo difícil es adentrarte en ella. Mirar las fotos, una a una, de sus muertos. Mirar las fotos y leer los testimonios de sus supervivientes, de los hombres y mujeres a los que se adhiere el sufrimiento de sobrevivir. Mirar las fotos y dejar que ellas miren dentro de ti. Víctimas. Culpables. Todos luchando por sobrevivir en su mundo de violencia. 

Miquel Dewever-Plana

viernes, 31 de enero de 2014

LA INSENSATEZ DE CRITICAR

Uno de los principios de este blog consiste en no criticar los libros que no nos gustan. Teniendo en cuenta que abandono más de la mitad de los libros que empiezo, ya sea por aburrimiento, desagrado o simple incomprensión, si tuviera que reseñarlos todos espantaría a cualquier lector asiduo y no tendría tiempo para hacer nada más que leer y escribir sobre lo que leo. Un bucle que enloquecería a cualquiera, como un hámster corriendo en su rueda hasta la extenuación. 

Leo en una recopilación de ensayos de Auden titulada El arte de leer, un párrafo que me reafirma en mi idea: "Lo único sensato por parte de un crítico es permanecer en silencio frente a las obras que considera francamente malas, mientras defiende vigorosamente las que cree buenas, sobre todo si estas son ignoradas o menospreciadas por el público." 

Permanecer en silencio ante lo que no nos gusta es fácil. Todos tendemos a buscar la compañía de cosas estimulantes que encajen con nuestras inclinaciones estéticas o morales, así que supongo que es lo natural. Además, nos evita esa enojosa costumbre de menospreciar a la ligera. Cuando criticamos algo que no nos gusta, tenemos que explicar nuestros motivos. Entonces, empezamos por necesidad a etiquetar las cosas como buenas y malas, empezamos a separar lo que sí vale de lo que no, según nuestro criterio. Tomamos criterios prestados de donde podemos, para cubrir las irremediables lagunas que inundan nuestro paisaje intelectual. Y para que no nos puedan acusar de complacientes o de tibios, tomamos partido en todo lo que se ponga a nuestro alcance. Después de destrozar dos o tres textos que podrían merecerlo o no, empezamos a cogerle el gustillo, y el rojo inquisidor del profesor se convierte en nuestro color favorito. Con él tachamos las oraciones subordinadas, los puntos suspensivos, las metáforas. Tachamos las repeticiones inútilmente poéticas, los gerundios al principio de las frases, los signos de exclamación. Tachamos las simetrías y los adjetivos demasiado sonoros y las comas y los puntos y el título y hasta la firma del autor en una orgía de rojo con la que embadurnamos páginas y páginas como un Jackson Pollock en éxtasis. Y cuando, milagrosamente, llega a nuestras manos un texto que nos gusta un poco, un texto que incluso nos emociona, nos extrañamos y encogemos el cuerpo para evitar todo contacto y convertimos los poquitos conceptos que aún admirábamos en nuevos defectos que tachar y tachar, enrabietados, furibundos y enloquecidos ante la visión de toda la estupidez que aniquila el buen gusto. Un buen gusto a su vez aniquilado por una superposición de criterios que no dejan de gritarse y amenazarse unos a otros en nuestra cabeza y de los que acabamos huyendo sin conseguirlo, como el pobre hámster corriendo en su rueda. 

Así pues, para conservar la cordura, y a riesgo de pecar de complacencia, en este blog nos dedicamos a escribir solamente sobre lo que nos gusta, algo que también nos obliga a explicar nuestros motivos, a afinar la percepción de nuestras afinidades para hacer elogios en los que podamos reconocernos. Porque en realidad, cuando sentimos la necesidad de escribir sobre un libro que nos ha gustado, estamos interrogándonos a nosotros mismos. Estamos modelando nuestro criterio, definiendo nuestros miedos, nuestros asombros y nuestros pequeños traumas a través de las palabras que ha elegido el escritor para retratarse. 

Estoy de acuerdo con Auden, aunque en realidad su propuesta me parece demasiado fácil. Él habla de sensatez y quizá mi esquinita de desacuerdo con él provenga de mi espíritu insensato. Lo que me incomoda es ese "permanecer en silencio". Callar. Mirar para otro lado. No tengo ningún problema con ignorar la literatura mediocre. Pero no todo lo malo es mediocre. No todo lo malo es inofensivo. Siempre me ha inquietado la famosa frase que dice "me da igual lo que lea, con tal de que lea", pronunciada por madres desesperadamente orgullosas, pero también por adultos que intentan introducir un poco de gramática en la cabeza de su pareja, hermanos o padres. Y uno tiene que tener cuidado con la manera de formular una objeción a tamaña irresponsabilidad, porque la palabra "censura" brota enfurecida de las bocas humanas con una facilidad asombrosa. Me inquieta ese liberalismo lector porque existen libros verdaderamente perversos. Y no me refiero a si Juego de tronos es apropiado para once años, o si los niños de primaria deben empezar a leer con historias de la Biblia. Allá cada uno con su precocidad y sus creencias. Me refiero a que hay libros con muy mala leche. Libros que incitan al odio de la forma más explícita posible. Libros que proponen tratamientos para "sanar" la homosexualidad. Libros que ensalzan las virtudes y la necesidad de la sumisión de las mujeres. Libros que inventan ultrajes históricos para justificar agresiones recientes, presentes y futuras. Libros que están escritos con una gramática que echa espumarajos por la boca y si te descuidas, te plantan una bota militar en la nuca hasta que aceptes ser esclavo de su odio. 

No creo que sea saludable volver siempre la mirada al pasar por delante de esos libros. Creo que a veces es necesario pararse y mirarlos y cometer la insensatez de denunciar sus imposturas, sus necedades, su ridículo e infatigable afán de cizaña. Hay gente que dice que los libreros estamos para vender libros y no para juzgar las lecturas de la gente. Sería tan cómodo hacer de nosotros unas bonitas y entrañables plantitas, felices al sol, vendiendo sin mirar todo lo que la gente nos pide. Pero no somos plantitas. Somos personas sensibles, nos indignamos como personas sensibles y tomamos partido como personas sensibles. Y, a riesgo de pecar de insensatos y acabar por ofender la susceptibilidad de otras personas igualmente sensibles, procuramos no vender odio empaquetado cuando nos lo piden. Aunque sólo sea por una cuestión de dignidad personal.


miércoles, 29 de enero de 2014

TÚ Y YO

Después de leer Te llevaré conmigo, lo que más me seducía era encontrar otra novela de este fantástico escritor que es Niccolò Ammaniti. Y se me cruzó esta pequeña joya, Tú y yo, que me ha confirmado su maestría para conseguir la perfección en un relato que conmueve e impacta.
Lorenzo, su personaje principal, parece ser que refleja la infancia del autor, sus problemas de adaptación en el colegio, con una personalidad llena de conflictos en la búsqueda de su identidad.  Desconfía del mundo y de todo lo desconocido, todo lo que no pertenece a su hogar y su familia, donde además se encuentra Olivia, su media hermana, con la que apenas ha tenido contacto pero que irrumpe en el reducido espacio de un sótano donde se ha recluido, engañando a sus padres, para pasar una semana que oficialmente debía estar esquiando en Cortina con la familia de una compañera.

Sus problemas quedarán minimizados por los de Olivia, atrapada por las drogas, y le servirá de revulsivo para conectarse de nuevo con el mundo real, donde está también su abuela.

Una breve novela de 130 páginas, maravillosamente construida, que me llevará a seguir buscando otros títulos de este autor (Que empiece la fiesta o No tengo miedo), para seguir contándolas.

domingo, 26 de enero de 2014

JULIANO EL APÓSTATA

Hace un año y medio, en julio de 2012, murió Gore Vidal. Escribió de todo: obras de teatro, guiones para Hollywood, ensayos y novelas históricas como ésta. La publicó en 1964 y, al igual que Yo, Claudio, de Robert Graves, está narrada en primera persona. Un recurso delicado, que puede caer fácilmente en una visión ambigua y deshonesta de los hechos, pero que el autor resuelve con ligereza y una pizca de humor, lo cual le da una perspectiva muy interesante. Aunque, si he dedicado unas cuantas horas de mis ajetreados días a leer las 750 páginas que tiene (letra bien grande, he de decir, propia de Edhasa), no ha sido tanto por la prosa del autor como por la fascinación del personaje.

Juliano, el último emperador pagano del Imperio Romano, apenas duró dos años en el puesto (361-363), víctima de su propia imprudencia en una campaña militar en lo que hoy es Irak. Pero resulta estimulante pensar cómo podría haber cambiado el curso de la Historia de haber tenido un poco más de tiempo. Su tío, el emperador Constantino, legalizó el cristianismo en 313 y a partir de ese momento, y con el respaldo institucional, los cristianos empezaron a perseguir la "herejía pagana", es decir, el culto a cualquier dios que no fuera el suyo y, de paso, toda la cultura helenística existente hasta entonces. En menos de medio siglo, convirtieron la libertad de culto otorgada por Constantino en un verdadero terrorismo de estado, asesinando a los herejes de la misma forma en que ellos habían sido asesinados, de manera más o menos continuada, en los tres siglos anteriores. Toda la cultura pagana era una provocación para el cristianismo y especialmente la filosofía griega, filosofía en la que se educó el joven Juliano y que el adoctrinamiento cristiano recibido en su infancia y juventud no logró erradicar de sus creencias. En un momento del relato, después de contemplar la paliza que reciben dos atanasianos a manos de unos exaltados arrianos (ambos cristianos, con opiniones contrapuestas sobre la naturaleza del cuerpo de Cristo y muy dispuestos a asesinarse masivamente por ello), el joven Juliano piensa: "Hasta un niño podía notar la diferencia entre lo que los galileos [los cristianos] decían creer y lo que en realidad creían, a juzgar por sus acciones. Una religión de hermandad y moderación que diariamente asesina a los que están en desacuerdo con su doctrina sólo puede ser considerada hipócrita, o algo peor." 




Y al convertirse en emperador, renegó del cristianismo e intentó, de múltiples formas, poner coto a la creciente hostilidad religiosa en el imperio. Trató de volver a la literatura griega, a los poemas homéricos como principal fuente de sabiduría, y proclamó la libertad de culto, arrebatando a la jerarquía cristiana el papel dominante y represor que había ido acumulando en las décadas anteriores. Pero en realidad no le gustaban nada los cristianos y empezó a tomar medidas contra ellos. La más llamativa, y quizá la más lógica: les prohibió enseñar gramática y retórica, en un intento radicalmente moderno de extirpar la religión de las escuelas.

Ciertamente, Juliano no fue un héroe. Adoraba al dios Sol, se creía la reencarnación de Alejandro Magno basándose en la teoría platónica de la transmigración de las almas y quizá habría acabado persiguiendo activamente a los cristianos, exasperado por su fanatismo y su voluntad de destrucción de toda la cultura clásica. Es posible que un solo hombre no hubiera podido cambiar el curso de la Historia, desde luego no tuvo tiempo de hacerlo en sus veinte meses de mandato. Pero fue la última resistencia contra la intransigencia y el terror. El último intento de acudir al esplendor cultural del pasado para reinstaurar un régimen tolerante con todos los credos que frenara la marea de odio y de culto al castigo que iba a asolar Europa durante una cantidad de siglos espeluznante. 

viernes, 24 de enero de 2014

VENGANZA, O LA IRRESPONSABILIDAD DE LEER NOVELAS

Siempre que viene algún señor serio e inteligente diciendo con su mejor sonrisa que me agradece la recomendación pero que no lee novelas, me siento un poquito culpable. Como un niño al que pillan con caramelos hasta en los calcetines. En su sonrisa intuyo que está implícita la crítica de que las novelas son mero entretenimiento, pertenecen a esa edad inmadura en la que todavía podemos permitirnos alimentar nuestra cabeza a pájaros con todo tipo de aves exóticas. No veo decepción en su sonrisa, por lo que parece que aún me considera lo bastante joven como para tener derecho al atolondramiento propio de los lectores de novelas. Por supuesto, mi querido señor no sabe de mi adicción por los detectives, los asesinos y demás seres indeseables que pueblan mis lecturas nocturnas y la fruición obsesiva con la que me entrego a los misterios más intrincados. Si lo supiera quizá incluiría una pizca de ironía en su educada respuesta y huiría a la sección de ensayo para rebuscar en soledad esas lecturas sólidas, verdaderas y rezumantes de conocimiento que parecen pertenecer a la edad adulta y responsable.

"¿Cómo puedes seguir atiborrándote de novelas pasados los treinta?" Otra pregunta (cita literal) que me lanza un cliente en una conversación amigable (con toda la sorna del mundo, pero amigable). Parece que alimentar la imaginación con imaginación es algo que deja de tener sentido a los treinta. ¡Muerte a Anna Karenina, que viva Carlomagno! Supongo que sufro de una disfunción poética que hace que me apasione todo lo que no existe, todo lo que nace de la imaginación de una persona que se sienta a inventarse cosas. Todo lo irreal, lo que no ha existido antes, lo que es creado y no reproducido. Me encanta esa fama de irresponsables que tenemos los que nos pasamos las noches leyendo novelas, soñando novelas, abriendo los portones de nuestro castillo particular a todos los personajes que surgen de la insensata imaginación de un autor. Nuestra mente se convierte así en un lugar ciertamente pintoresco, lleno de pasadizos ocultos, de escaleras que suben hasta las nubes y de espejos multicolores, un castillo infinito y desordenado donde no hay fechas, ni hechos, ni ninguna materia de la que extraer una enseñanza útil, un castillo loco e irresponsable del que no me canso nunca.

De un ensayo uno espera la revelación de una verdad determinada, o al menos la propuesta de un acercamiento a algún tipo de verdad. De una novela yo sólo espero las más maravillosas mentiras y, con un poquito de suerte, la magia de que esas mentiras hagan germinar en mi imaginación alguna revelación que a su vez se convierta en algún tipo de verdad individual e intransferible.

Acabo de leer una novela que, estoy seguro, acentuaría la ironía en la sonrisa de mi querido señor. Se llama "Venganza" y es una novela de detectives. Pero apenas salen detectives. Hay un muerto, pero el misterio es relativo. Cazar al culpable al final es lo de menos. Lo que importa en este caso es la elegancia decadente de los personajes y la maravillosa agudeza del lenguaje. Con un libro escrito así, no me importa si el asesino huye, si al detective lo traicionan o si la víctima se dedicaba a desfalcarse a sí misma. Al igual que de un amigo íntimo que admiro no me importa que me hable de su último ligue o del catarro de su hermana o de la importancia del feminismo anticapitalista. Me importa lo que queda detrás de las palabras y de las anécdotas concretas. El tono de voz, la calidez de una confianza día a día renovada. De este libro me importa el refinamiento, el puro placer de disfrutar de la agudeza del lenguaje, porque sólo ella puede perforar mis defensas y hacerme ver que la vida puede ser aquello y lo otro y lo de más allá, y que los puntos de vista sobre lo que pensamos o percibimos son múltiples, tantos como sea capaz de imaginar. La agudeza del lenguaje de este libro es el cincel que ha moldeado durante unos días mi percepción de las cosas. Lo demás es barniz.

miércoles, 22 de enero de 2014

CONVERSACIÓN ENTRE TERESA FORCADES Y ESTHER VIVAS

¡Qué lúcidos y valientes son los argumentos que Teresa Forcades y Esther Vivas desgranan en este breve e intenso librito!
En dos meses van por la segunda edición y creo que no hay mejor inversión que los 9€ que cuestan estas 107 páginas. Es una conversación entre Teresa, monja benedictina, doctora en salud pública y en teología fundamental por la Universidad de Barcelona, actualmente profesora de teología en la Universidad de Humboldt en Berlín, y Esther Vivas, licenciada en periodismo y magíster en Sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona. 

Con palabras sencillas y comprensibles, nos acercan a la realidad política que en estos años de crisis ha desbordado a tanta gente. Desde el gran conocimiento que demuestran sobre política internacional, nos traen a nuestra vida cotidiana ejemplos comparativos como el Tratado de Lisboa en la Unión Europea, las experiencias reales de Grecia con el peligro de la extrema derecha, la Primavera Árabe o la situación argentina de los últimos años, para hacer un alegato de justicia y paz, tan amenazadas hoy en este país donde el presupuesto para material antidisturbios ha subido un 1780% (!!!), porque al desmontar el estado social tienen que acudir a un estado policial. El imparable aumento de la deslegitimación de las instituciones, desde la Monarquía hasta los jueces pasando por el Ejecutivo, impregnados de corrupción y, lo peor, de impunidad.
Reformas como la laboral que nos dejan sin empleo o la de la Constitución que en unas horas se reformó para poner techo al déficit y en cambio permite recortes en derechos tan esenciales como la educación y la sanidad, sin hablar del derecho a tener una vivienda digna y un trabajo que está recogido en esa misma Constitución a la que tanto aluden y que no se cumple jamás.

Teresa Forcades ha trabajado como médico en Estados Unidos y también en Alemania, impartiendo clases. Sus comentarios son certeros y llenos de lucidez y sabiduría. Una excepción tan de agradecer en la Iglesia que tenemos.

¡Bienvenida esta reflexión tan necesaria en los tiempos que vivimos!

sábado, 18 de enero de 2014

TE LLEVARÉ CONMIGO

Son dos historias de amor, pero que nadie se engañe, Ammaniti puede herir la sensibilidad de cualquiera que vaya buscando brumosos atardeceres toscanos, florecillas líricas y caritas de Bambi. Su prosa es rápida, brutal, con profusión de registros vulgares, violenta y sórdida, y tiene el ritmo de una locomotora sin frenos cuesta abajo. Le da una buena tunda de golpes bajos a cualquier búsqueda de delicadeza pero luego te sorprende con una escena tierna o un párrafo hilarante y te quedas pensando que otra vez, otra vez te la ha jugado.

Son dos historias de amor con escasas probabilidades de éxito en un pueblito marginal al lado de una laguna llena de mosquitos. Es la Italia fea y mísera del abandono, donde sobreviven personajes muy malvados, muy inocentes y muy maltratados por una variedad asombrosa de desgracias, muy locos y dados a las extravagancias y a las decisiones más radicales. Y es una historia de violencia adolescente, de un matón de instituto que encuentra un placer sádico en aterrorizar al chico más tímido y débil de su clase, Pietro Moroni, verdadero protagonista de esta novela. Pietro Moroni, que sólo quiere estudiar mucho para aprobar sus años de escuela y huir de una familia devastada y violenta. Pietro Moroni, que casi tiene que pellizcarse cada día para creerse que la maravillosa Gloria, la chica más guapa, audaz y popular del colegio, sigue siendo, después de tantos años y para envidia de todos, su mejor amiga. Pietro Moroni, que siempre cede ante los golpes, que acepta como una fatalidad del destino sufrir las palizas de los más fuertes pero que guarda en su interior una secreta resistencia a dejar que su pequeño infierno cotidiano entre del todo en su interior, le contagie su veneno de violencia y le acabe convirtiendo en un monstruo. Pietro Moroni, que no sabe las cosas terribles que podría ser capaz de hacer para huir de su mísero pueblo, huir a un lugar donde la esperanza sea una autopista de cinco carriles de dirección única y pueda decirle a Gloria "prepárate, porque cuando pase por Bolonia te llevaré conmigo."


Me quedo con los ojos transparentes de Pietro Moroni, un niño en el umbral del mundo sucio y extremadamente hostil de los adultos, una cara alzada que mira hacia las nubes, hacia todo lo que no comprende, y que espera encontrar, contra todo pronóstico, algún tipo de recompensa para su inocencia.

miércoles, 15 de enero de 2014

IN MEMORIAM JUAN GELMAN

Ayer, martes 14 de enero, murió Juan Gelman. Poeta comprometido, militante, poeta de la rabia, el amor y la tristeza, la dictadura argentina de Videla secuestró y asesinó a sus dos hijos mientras él estaba en el exilio. Decidió no olvidar, no pasar página, y luchar por todos los medios para encontrar el rastro de sus hijos y llevar a los culpables ante la justicia. Porque, según decía, "lo contrario del olvido no es la memoria, es la verdad".
Me apetece recordarle hoy con estas pocas palabras y dedicarle esta improvisación al piano sobre la pena y la memoria y el poder de nuestros actos para no dejar que la muerte se convierta en olvido.


"Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,
querido Juan, has muerto finalmente.
De nada te valieron tus pedazos
mojados en ternura.
Cómo ha sido posible
que te fueras por un agujerito
y nadie haya puesto el dedo
para que te quedaras. [...]"

Juan Gelman 1930-1914



domingo, 12 de enero de 2014

LA MUJER DEL MÉDICO

Acabo de comprobar que La mujer del médico es la única novela de Brian Moore disponible en castellano y me parece una pequeña catástrofe. Me dan ganas de hacer una recogida de firmas pidiendo a la heroica editorial Contraseña que por favor, por lo que más quiera, publique todas y cada una de las obras de este señor para que podamos disfrutar de unos domingos invernales de niebla como éste, arropaditos bajo una manta, con una taza humeante de cualquier cosa y la compañía insuperable de la prosa de Brian Moore. Y se lo pediría a Contraseña y no a cualquier otra más grande por cuatro motivos concretos: 
1. Se ha arriesgado a publicar una novela de 1976 de un autor olvidado en España. (Las grandes casi nunca rescatan).
2. La traducción es excelente (bravo, Ismael Attrache).
3. Hacen libros sin erratas (algo escandalosamente raro hoy en día), agradables al tacto, con buen papel, con portadas ilustradas ex profeso, bien maquetados, libros que da gusto leer.
4. Son pequeños, humildes, se emocionan cuando agotan una edición y hace tres años publicaron un libro de Edith Wharton llamado Las hermanas Bunner que sin duda estará entre los que me lleve a mi isla desierta cuando la gente se canse de las librerías.

La historia de La mujer del médico es bien sencilla, incluso puede resultarnos vagamente familiar porque evoca anécdotas anteriores y posteriores, literarias y cinematográficas. Una mujer casada, irlandesa de Belfast, espera a que su marido se reúna con ella en un pueblecito de la Costa Azul para pasar unas vacaciones en el mismo lugar donde dieciséis años antes disfrutaron de su luna de miel. El marido se retrasa unos días y la mujer se entrega a una pasión desbordante por un hombre diez años más joven que le descubre una felicidad a la que, quizá sin saberlo, ya había renunciado. Un libro sobre un adulterio, pues. En una época en la que, para disuadir de tales males a las mujeres, ya no se podía recurrir a la moral religiosa (fuera de España el temor de Dios ya no daba tanto miedo) y se esgrimían argumentos disuasorios como la depresión crónica, las crisis nerviosas e incluso la salud mental, en un pobre intento de rescatar a Freud de su diván trasnochado para poner coto a la incipiente libertad femenina.

En esta historia casi no hay sentimiento de culpa. La euforia y el renacimiento apenas dejan lugar para que pueda haberlo. Sheila Redden, la protagonista, siente de pronto que la excitación eleva su ánimo a ese "alambre de funámbulo" por el que corre risueña, inconsciente de la fragilidad de su felicidad. Su vida se convierte en una fuga hacia delante, por habitaciones de hotel con la cama siempre deshecha, de Niza a París como amantes clandestinos, pero no se para a pensarlo, todo es coherente, tiene que vivir lo que está viviendo, tiene derecho a disfrutar de ese "estado de gracia" inesperado al lado de ese joven, experto en el amor, que se entrega a todo tipo de pequeñas extravagancias por ella y que la mira con ese gesto entusiasmado e íntimo al que no puede resistirse. Siente que el pecado es su vida pasada, su matrimonio gris y frustrante en Belfast, y que su adulterio con ese joven es su paz y su pureza, su gracia. 

Personajes complejos, sólidos, con estados de ánimo en constante movimiento, descritos con cambios súbitos de la tercera a la primera persona que desconciertan y deslumbran, como focos que de repente iluminan la vehemencia de una emoción desde dentro. Y por encima de todo, una rebeldía soterrada, oculta en lo más hondo de un carácter sosegado, que no se conforma con la vida predecible de un matrimonio cansado, y toma las riendas de su vida para disfrutar, aunque sea bailando en un "alambre de sonámbulo", de toda la felicidad que se ponga a su alcance. Al igual que uno de los personajes del libro en un momento determinado, me he sorprendido leyendo esta historia "de la misma manera que otros se dan a la bebida", y quizá por las mismas embriagadoras e imprudentes razones.


jueves, 9 de enero de 2014

MANIFIESTO DE RESISTENCIA

En estos últimos días, varias personas nos han comentado lo contentas que estaban por encontrarnos todavía abiertos, a pesar la crisis, los ebooks y el evidente desprecio institucional por nuestro humilde gremio. Y no puedo hacer otra cosa que agradecer todas las muestras de afecto y compartir el entusiasmo por este acto cotidiano de permanecer que, poco a poco, empieza a suscitar perplejidad. Todavía estamos aquí. Y me paro un poquito en ese "todavía", con todos sus funestos presagios. Todavía vendemos libros en papel. La gente todavía los compra porque considera que tienen un valor. Todavía nos da para vivir. Todavía pensamos, creemos, confiamos en su poder para convertirnos en personas un poquito mejores de lo que seríamos sin ellos. O, si no mejores, menos simples, menos manipulables, quizá más exigentes y abiertas a una esperanza de lucidez. Ese todavía, en realidad, me hace sonreír. Como si encontrarse una librería abierta y, además, llenita de gente en estos días de fiestas, hubiera pasado de ser algo corriente en lo que uno no se para a pensar a convertirse en una grata sorpresa. En algo hasta cierto punto inesperado. Como un lugar de culto que resiste, no sin cierta imprudencia y descaro, en tierra de infieles. Como algo de otro tiempo, disfrutando de una prórroga feliz en los albores de un siglo que ya no es el nuestro. Como, quizá, los museos dentro de unas décadas, cuando haya muerto la sensibilidad necesaria para subvencionarlos y su seducción cultural deje de conquistarnos.

Ya hace un tiempo que los que no nos descargamos libros ni música ni películas y preferimos comprarlas hemos entrado en la categoría de raritos. Como los que subimos los tres pisos por las escaleras aunque tengamos ascensor y sean las diez de la noche después de doce horas trabajando. Como ver películas en versión original y mirar mal a los que comen ruidosamente palomitas en el cine. Supongo que es una cuestión de costumbres. Pequeños hábitos que consideramos saludables. Pequeños gestos de resistencia contra lo fácil, lo cómodo, lo que actúa por ti. Vender libros es uno de esos actos, también. Y, sobre todo, opinar sobre ellos, animar fervientemente a alguien a regalar algo de Richard Ford o de Primo Levi o de Tolstoi y hacer todo lo posible para no vender los premios Planeta o lo último de autores ya un poco rancios como Pérez-Reverte o Vargas Llosa (discúlpenme sus seguidores). Elegir, seleccionar y esculpir cada día un criterio concreto sobre lo que merece la pena y lo que no. Buscar las razones de nuestras preferencias, razones artísticas y éticas, y hacer de ellas una pequeña bandera de resistencia con la que expresar lo que somos y por lo que quizá todavía estamos aquí.

Aunque todo apunta a que el tiempo de las librerías se acaba, aunque tengamos la sensación de estar entrando poco a poco en la categoría de reliquia social, aunque seamos algo que se admira desde lejos y se ignora de cerca, aunque la gente nos contemple como un humilde Titanic hundiéndose lentamente, con una pequeña lagrimilla que se enjuaga antes de pasar página y olvidar, quiero hacer de aquel todavía un manifiesto de resistencia y darles la vuelta a sus funestos presagios. Todavía hay mucha gente que quiere comprar libros en papel en pequeñas librerías que tengan criterio para saber y elegir lo que venden. Todavía somos muchos los que consideramos importante elegir y compartir lo que leemos. Todavía estamos aquí. 

lunes, 30 de diciembre de 2013

EL HOMBRE QUE DIJO ADIÓS

Anne Tyler es una de las voces más valoradas e importantes de la novela estadounidense, miembro de la Academia de las Letras Americanas, ganadora de un Premio Pulitzer y un National Book Award, se crió en una comunidad cuáquera en Carolina del Norte y se casó en 1963 con un psiquiatra y escritor iraní. En 1967 se trasladaron a vivir a Baltimore donde todavía reside.

Aaron, el personaje principal de esta exquisita novela es un editor tierno, un poco distante, con dos malformaciones físicas que no interfieren en su vida cotidiana porque ha sabido afrontarlas sin complejos. Transcurre en la misma zona donde reside Anne Tyler y es un perfecto retrato de la clase media estadounidense contado con un cierto humor e ironía, sientes la intimidad de los personajes y el punto extravagante que supone la irrupción de Dorothy, su mujer muerta que se le aparece, o eso cree, en distintos momentos durante la etapa de duelo.

Las relaciones entre los compañeros de esa oficina editorial donde es su hermana la que dirige los movimientos y la reconstrucción de la casa que compartió con su mujer son elementos que nos involucran como testigos privilegiados de unas vidas cotidianas que rezuman ternura. Amena, suave, buena literatura.

viernes, 27 de diciembre de 2013

CONCIERTO DE PIANO

La sensibilidad y la delicadeza oriental se plasman en este precioso cuento para niños, a partir de los 4 años, que cuenta la historia de Momo, una niña pianista que llega al corazón de todas las edades. Escrito por el japonés Akiko Miyakoshi, trata de la emoción y los nervios de un primer concierto de piano y la imaginación que vuela a espacios paralelos donde unos ratoncitos le dan el aplomo y la seguridad para salir airosa de la prueba.

Unos dibujos muy especiales, a carboncillo, con ligeros toques de color que dan profundidad a una historia de perfeccionismo que es bastante habitual en los artistas.

Por asociación de ideas este libro me ha recordado otro para un público mucho más adulto pero también relacionado con la música, muy especial y recomendable: "Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca" de Guillermo Dalia. Para los que hemos tenido la suerte de convivir con un músico, nos proporciona orientación y datos para conocer el porqué de algunas características que son habituales en ese mundo maravilloso de la creación artística.

lunes, 23 de diciembre de 2013

EL MISTERIO DEL COMISARIO RICCIARDI

Ya tenemos a la ciudad de Nápoles vestida de todos los colores de las estaciones: tiritando empapada bajo el precario refugio de un portal, floreciendo en la canción a pleno pulmón que sale de la boca roja de una joven lavandera, buscando con una sonrisa explícita el huidizo frescor de la sábana donde prolongar sus juegos de amor, y por último, petrificada de frío en los ojos sin vida de un pobre niño de la calle. El invierno, la primavera, el verano y, ahora, El otoño del comisario Ricciardi, completan el ciclo anual de los casos de este joven inspector que se ha convertido en mi gran amor literario de la literatura policíaca.

Debo reconocer que, hace año y medio, cuando empecé a leer El invierno..., la primera impresión fue de desconfianza. Me gustaba irme hasta el Nápoles de 1931, con su Mussolini y su miseria, me gustaba el lenguaje depurado y melancólico, me gustaban la sencillez y la elegancia del estilo, pero ¿un comisario que tiene el don, o la maldición, de escuchar las últimas palabras de los que han sufrido una muerte violenta? ¿Escucharlas eternamente, cada vez que pasa por el lugar de la tragedia? Para que te tragues algo así tienen que darte algo a cambio, no puede ser gratuito. Es una apuesta arriesgada la del escritor que se atreve a presentarte semejante incongruencia. Apela a tu imaginación, a tu capacidad de soñar, de dejar de lado tu diario materialismo y abrir los ojos a la magia, a lo que no tiene nombre y desbarata tu percepción de las cosas. Apela a las corrientes subterráneas del instinto, a lo que vive en cada uno de nosotros en permanente huida, y que se resiste a ser explicado. Y tiene éxito. Al menos conmigo lo tiene, venció mi resistencia en unas quince páginas y desde entonces me tiene totalmente a sus pies, rendido a las voces moribundas que guían sus pasos y tatúan su vida de tragedia. Entiendo que la apuesta de Maurizio di Giovanni, como toda seducción, es imperfecta, y haya gente que se cierre en banda a la posibilidad de cierta magia en la literatura. Que retire, espantada, todas sus fichas de la partida y no se juegue ni medio céntimo a la jugada de Ricciardi. Yo, si se trata de magia, peco siempre de imprudente y desde aquel inicio de El invierno..., todas mis fichas son suyas.

No es habitual encontrar una belleza musical en la técnica narrativa. Y no me refiero solamente a la sonoridad de las frases o al tintineo de ciertos adjetivos. Es un belleza pulcra y sencilla, despojada de cualquier artificio, que transmite una melancolía lírica sin estridencias, como un aria popular italiana cantada con sentimiento por una joven lavandera. Y esa musicalidad está también presente en la armonía al enlazar los capítulos, en los paralelismos y en las repeticiones, en la sutil simetría de las frases que hace que la historia fluya sin esfuerzo alguno. La fluidez en las novelas me parece un logro superlativo. Me cuesta mucho encontrarla y cuando lo hago, suele ser en escritores relativamente desconocidos o de género, como Stephen King o Amor Towles, o en clásicos de principios del siglo XX, como Edith Wharton o Irène Némirovsky. La mayoría de los libros que leo, incluyendo los libros que más me gustan, parecen estar escritos a trozos. Sé que esto es una perogrullada, nadie escribe un libro del tirón. Pero la magia de la fluidez está en conseguir que lo parezca. Esa maravillosa sensación de que el escritor se ha sentado en su confortable silla, ha sonreído, convencido del poder de su historia, ha alzado elegantemente los brazos y se ha puesto a escribir sin dudar, de un solo trazo, hasta terminarlo. Crear esa ilusión de continuidad me parece algo admirable y raro, y creo que Maurizio di Giovanni tiene esa capacidad.

Hay muchos temas en estos cuatro libros. Hay una infinita compasión por los pobres, por los indefensos de la violencia cotidiana, por los muertos olvidados y sepultados por toneladas de pasiones repetidas. Compasión, también, por el amor asustado que se alimenta de miradas por la ventana, sueños indecisos y tímidas pasiones imprudentes. Hay una brutalidad sistemática por parte del régimen fascista, que corrompe y envilece jugando con el miedo de los que aún tienen algo que perder. Hay también un cinismo contestatario e imprudente que no sabe callarse la rabia y la amargura, que es capaz de cultivar, en la soledad de la noche, una integridad furiosa más poderosa que el terror.

Y hay, sobre todo, un misterio: el propio comisario Ricciardi. Detrás de sus ojos verdes y helados, que parecen ver siempre más allá de las cosas y las personas, se esconde un secreto, algo que los lectores no sabemos, que el propio personaje desconoce y, lo que es mejor, que ni siquiera el autor es capaz de controlar. Es un misterio que se insinúa en su forma de moverse, en su cabeza siempre descubierta en medio de la multitud de sombreros, en su obstinación de permanecer a la intemperie, tanto física como emocional, en lo que desea y lo que teme, en lo que no se atreve a confesarse, en su reticencia y en su elegancia, en lo que intuimos. Y esa es la verdadera fascinación de los libros, el vértigo de su adicción: apela a un misterio interior propio que no soy capaz de descifrar y cuyo poder, con cada parcial resolución de los casos, no hace más que intensificarse. Y mientras tanto, yo sigo arrastrando el montón de mis fichas a su lado de la partida: sé que, salga lo que salga, con Ricciardi siempre gano. 


martes, 17 de diciembre de 2013

CÓMO GOBERNAR UN PAÍS

La primera impresión al hojear este librito de 128 páginas (en edición bilingüe, por cierto) es que lo que dice es muy evidente, muy obvio. Para los que hemos nacido en una democracia, nos parece impensable cualquier otra forma de gobierno. Nos parece de manual de Historia, de algo de otra época. Cicerón vivió en el siglo I a. C. y fue testigo de la degradación de los valores democráticos de la República Romana. De hecho, murió asesinado por orden de Marco Antonio en uno de los crímenes políticos más trascendentes de esos años. A partir de entonces, cuestionar la tiranía mediante la palabra iba a convertirse en una actividad de alto riesgo.

Este librito es una selección de los escritos políticos de Cicerón, que abarcan desde los requisitos necesarios para que un político merezca la responsabilidad de gobernar, hasta los problemas de corrupción, de inmigración o de libertad de expresión que hay que controlar. Todo muy lógico y extremadamente razonable. Pero pocos años después de su muerte, Roma se convertiría en un Imperio y la práctica democrática (aunque fuera una democracia de representación mucho menos directa que la nuestra) desaparecería de Occidente. Durante diecisiete siglos. Diecisiete siglos de política salvaje, amparada en la codicia, en la religión, en la legitimación divina de su tiranía. Desde Augusto a Napoleón, pasando por los Reyes Católicos y Luis XIV, diecisiete siglos durante los que los escritos de Cicerón no fueron más que una utopía. Luego llegaría la Revolución Gloriosa en Inglaterra (1688) y sobre todo la Independencia de EEUU (1776), cuya constitución redactarían prudentes lectores de los escritos políticos de este libro, para traernos de vuelta, muy poco a poco, el que quizá sea el menos malo de los sistemas políticos posibles. 

Si la primera impresión que produce este libro es la obviedad, la segunda es la perplejidad por su modernidad. Ningún político de este país está a la altura de las exigencias de integridad de Cicerón. Éste le sacaría los colores a cualquiera de ellos en un debate en el Congreso. Me atrevería a decir que le dejaría mudo, acomplejado y con ganas de meterse debajo de la cama una temporadita. Y también me parece preocupante que este libro parezca tan obvio. La corrupción, la cobardía y la ambición criminal de una clase política pueden liquidar una democracia de muchas maneras. Para conjurar ese peligro y mantener el estado de alerta, propongo que leamos un poquito a Cicerón, así, como en este libro, a cucharaditas dirigidas. Quién sabe qué diecisiete siglos nos esperan.


viernes, 13 de diciembre de 2013

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL

Cada vez que escucho los lamentos sobre el precio de los libros se me llevan los demonios. 
"Es que han subido una barbaridad."
"¿20€? Así no hay quien lea".
"Para eso me compro una revista, que por dos euros me dura casi lo mismo."
Y sobre el infame orgullo de vender libros al peso como si fueran salchichones, este artículo de El País, que viene a darte unas palmaditas en tu hombro desconsolado para decirte: calma, calma, ya pasó, "leer no tiene por qué ser caro". 

La idea de que los libros son caros es relativamente reciente. Desde que los libros pueden piratearse, pagar por ellos se está convirtiendo en un esnobismo. No recuerdo que antes de 2009 viniera gente a por un libro en concreto y se marchara sin él al ver una etiqueta de 18,50€ en la solapa. Sin él y sin vergüenza, más bien con el gesto airado de "a mí tú no me timas". Y como todo lo que se considera caro, ya se empieza a reservar como artículo de regalo. Como un lujo. Y como todo lujo, prescindible. Siempre que veo a alguien renunciar a comprar un libro porque cuesta 20€, pienso que está valorando más su dinero que su inteligencia. Es verdad que leer no tiene utilidad. No se obtienen beneficios cuantificables de la lectura de un libro. Y, al igual que todas las cosas que de verdad significan algo en nuestra vida, leer libros es una actividad total y absolutamente inútil.


Sobre la utilidad de lo inútil trata este librito de Nuccio Ordine que os quiero recomendar hoy. (Por cierto, es novedad, tiene 170 páginas y cuesta 9,50€, no creo que nadie pueda dudar a priori de la relación calidad-precio de este delicado y sutil "salchichón".)
Una de las tesis que propone Ordine es que todo lo útil nos vuelve esclavos de algo. Basamos nuestra existencia en obtener un beneficio. Todo lo que hacemos tiene un fin concreto y material. Dormir, comer, trabajar, negociar, vender, comprar, vivimos dominados por la utilidad de las cosas. Y al convertir lo útil en lo necesario, por inercia o por comodidad, ya no podemos prescindir de ello. 

Esto es muy evidente en la educación. Las asignaturas útiles se priorizan (matemáticas, lengua) y las inútiles se desprecian (música, plástica). Los padres se indignan cuando un libro de texto de plástica cuesta lo mismo que uno de lengua. Dan por supuesto que tiene que tener menos valor puesto que lo que contiene carece de él. O cuando su hijo suspende una de esas asignaturas artísticas llamadas "marías", vacilan entre reírse de la travesurilla del crío o indignarse con el profesor que se cree que puede suspender a alguien en su asignatura inútil. Importan los hechos, siempre los hechos. El mercader de Venecia es un hecho. La expulsión de los judíos de España es un hecho. El teorema de Pitágoras en un hecho. Hechos muertos e inmutables que nada tienen que ver con nosotros, que no nos incumben como personas. Pequeñas islas de conocimiento en el infinito mar de nuestra ignorancia que dejamos morir de inanición al no tender puentes entre ellas y nosotros que las alimenten y les den un sentido. Datos cuantificables, memorizables, absolutos. Datos que son siempre fiables y tienen un resultado previsible al ser reproducidos con fidelidad en un examen. En teoría, la utilidad en la escuela es aprender. En la práctica, es aprobar exámenes. Uno tras otro. Nos convierten en máquinas de aprobar exámenes. Y si aprendemos algo en el proceso, tanto mejor. 

Parece que en el mundo editorial buscar un beneficio es lo único que importa. Cada vez menos gente entiende que algunos libreros nos neguemos a vender ciertos libros. Libros insultantes, libros moralizantes, libros cuyas portadas te arañan las córneas, te revuelven las tripas, te inyectan en la yugular el veneno de la desesperanza, libros-salchichones llenos de gusanos que son un peligro de muerte para cualquier sensibilidad lectora y que dentro de unas semanas afortunadamente irán a parar al vertedero infinito de las vergüenzas editoriales. Libros que los supermercados apilan junto al panettone y que algunos libreros queremos tener lo más lejos posible por una simple cuestión de dignidad profesional. 

Y aun así, libros útiles. Las editoriales que se rebajan a publicar ciertas basuras esgrimen los números para justificarse, incluso para alardear de que de esta manera pueden mantener la literatura de verdad. Yo no quiero mantener la literatura de verdad. En el momento en que la supervivencia de Stefan Zweig o de Dostoievski en mi librería dependa de cuántos ejemplares del éxito salchichonero del momento pueda vender, daré felizmente por terminada mi tarea y me dedicaré a regar mis plantas y tocar el piano en las tardes de lluvia. Estoy cansado de escuchar siempre la pregunta sobre la rentabilidad de lo que vendo: "Dios mío, tres estanterías de poesía, once de ensayo, nueve de clásicos ¿por qué dedicar un espacio y una cantidad considerable de dinero a libros que no se venden lo suficiente para ser rentables?" Hay libros que son intemporales, que esconden secretos de belleza, de sabiduría, de creatividad, de inquietud, de muerte, de vida, de esperanza, de lucha, de felicidad, y por ello, porque son totalmente inútiles y su vida no mengua con los años ni con los siglos, están llenos de futuro. 

Esta pregunta es extrapolable a un Estado cualquiera: ¿por qué dedicar un espacio y una cantidad considerable de dinero a instituciones que no venden lo suficiente para ser rentables? Supongo que porque la educación, la cultura, el arte y la investigación científica son nuestro futuro, porque sin ellas nos quedamos sin curiosidad, sin criterio, sin inspiración, y nos convertimos en una masa uniforme de seres manipulables y anodinos, esclavos de la inhumana utilidad de las cosas que creemos necesitar para vivir.

Nuccio Urdine

Hay muchas formas de entender y explicar la utilidad de lo inútil. El libro de Nuccio Ordine reúne las posiciones de decenas de autores ilustres (poetas, artistas, filósofos, científicos) que a lo largo de la Historia han defendido el valor de lo inútil frente a la dictadura del utilitarismo. Aparece en un momento en que la economía salvaje nos quiere convertir en carne de cañón de su codicia y se presenta a sí mismo como un manifiesto. Persuasivo y beligerante. Entre todos los textos sugerentes de Kant, Leopardi, Einstein, Montaigne o Cicerón, me quedo con una intervención de Víctor Hugo en la Asamblea francesa el 10 de noviembre de 1848: 

Víctor Hugo
"Afirmo, señores, que las reducciones propuestas en el presupuesto especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas. Son insignificantes desde el punto de vista financiero y nocivas desde todos los demás puntos de vista. Esto es de una evidencia tal que apenas me atrevo a someter a la asamblea el resultado del cálculo proporcional que he realizado [...] ¿Qué pensarían, señores, de un particular que, disfrutando de unos ingresos anuales de 1500 francos, dedicara a su desarrollo intelectual una suma muy modesta: 5 francos, y, un día de reforma, quisiera ahorrar a costa de su inteligencia seis céntimos?" 

Hay muchas formas, también, de cultivar la utilidad de lo inútil. Escribir libros es una. Hacer música es otra. Los escritores y los músicos no solemos vivir de lo que hacemos. Pero no nos importa. Lo llevamos bien. Y a la pura felicidad gratuita de hacerlo, se añade la característica que considero más importante: la libertad de crear lo que nos plazca de la manera que nos plazca. La creación siempre quedará, en medio de cualquier alienación utilitarista, como un reducto de libertad incuestionable. Cuando, dentro de muchos años, en alguna vejez predispuesta a la filosofía, alguien me pregunte por el sentido y la utilidad que he encontrado yo en esta vida, probablemente le responderé que el sentido es un misterio insondable pero no hay mayor utilidad que la magia de poder crear, del suave rumor de una tarde de lluvia, un verso o una melodía que perdure. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

EL GIRO

El subtítulo de este libro dice: "De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno". Cómo mínimo, es intrigante. Y extremadamente ambicioso, también. Crear el mundo moderno. La expectación es máxima.

El manuscrito olvidado es De rerum natura, una gigantesca obra filosófica en verso escrita por el poeta Lucrecio hacia el año 60 a. C. y que se creía perdida, hasta que en 1417 un humanista italiano encontró una copia en un monasterio alemán. Es de suponer que el monje que la copió, allá por el siglo X, no tenía ni idea de lo que estaba copiando. Y esa ignorancia y ausencia de curiosidad, impuesta bajo amenazas por todas las órdenes religiosas medievales, fue en realidad una suerte que permitió que esta obra, y tantas otras, nos llegara sin alteraciones. Este humanista italiano, Poggio Bracciolini, que llegaría a ser secretario de varios Papas, sentía una verdadera pasión por la cultura clásica. Durante años estuvo recorriendo el norte de Italia, Suiza y el sur de Alemania en busca de manuscritos perdidos en las bibliotecas de los monasterios. Para él, recuperar las huellas perdidas del mundo antiguo era la finalidad más elevada de su vida. Aunque, probablemente, no era muy consciente de lo que estaba desencadenando al rescatar el libro de Lucrecio.

No se sabe casi nada de Lucrecio. Vivió en la primera mitad del siglo I a. C. y su poema De rerum natura fue elogiado y editado por Cicerón. Heredero de Epicuro, defiende una filosofía de la búsqueda responsable del placer, una visión jovial de la vida que niega la inmortalidad del alma, cualquier tipo de providencia que prometa una vida mejor después de la muerte, y cuyo propósito principal es un intento de liberar a los hombres del miedo a los dioses y a la muerte. Creer solamente en lo que percibimos a través de los sentidos, evitar el dolor y abrazar el placer.

Ideas ciertamente peligrosas en 1417. El cristianismo es la filosofía del dolor, del pecado original de Adán por el que todos los hombres merecemos ser castigados, es la filosofía del destino, de lo sobrenatural, de la ignorancia como humildad, de las llamas del infierno, del pecado como jaula, del embrutecimiento como humillación. Y ya desde el siglo IV, cuando se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, el cristianismo dirigió la furia de su dios colérico hacia todas las concepciones del mundo heredadas de la cultura griega. Y en especial, hacia la filosofía epicúrea y todos sus exponentes, difundiendo una campaña de difamación en la que tanto Epicuro como Lucrecio se convirtieron en seres desequilibrados, excéntricos, lujuriosos, desenfrenados y suicidas. En apenas un siglo desaparecieron las bibliotecas, se dejaron de copiar libros, se sofocó, desterró o asesinó cualquier desafío a la ignorancia (la muerte de Hipatia en 416 es un buen ejemplo) y se podría decir que el integrismo cristiano fue más letal para la cultura clásica que las invasiones germánicas. Sin embargo, en las oscuras bibliotecas de los monasterios, se siguieron guardando y reproduciendo durante siglos copias de obras latinas y griegas, y de una forma milagrosa, parte de toda esa cultura consiguió sobrevivir a un periodo de hibernación de más de mil años hasta que unos hombres ávidos de conocimiento como Poggio Bracciolini empezaron a despertarla de su letargo y darle una nueva vida.

Lucrecio
A pesar del tiempo transcurrido, la obra de Lucrecio seguía siendo inaceptable para la moralidad cristiana del Renacimiento (de hecho siguió escandalizando y considerándose peligrosa hasta las filosofías ateas de los enciclopedistas franceses del siglo XVIII). Pero se aceptaba por su indudable cualidad artística. No era sólo filosofía, era una de las mejores y más extensas obras poéticas rescatadas del mundo clásico. Con la llegada de la imprenta, empezó a divulgarse de una forma más extensa y el autor de este libro dedica los dos últimos capítulos a la influencia que tuvo De rerum natura en diversos autores del Renacimiento. Por ejemplo, en la Utopía de Tomás Moro, donde se convierte la búsqueda de la felicidad en un objetivo colectivo (aunque aceptar la mortalidad del alma siga siendo penado con la muerte), en la concepción de un mundo infinito con múltiples sistemas solares de Giordano Bruno, en los Ensayos de Montaigne, donde se encuentran más de cien citas casi directas de Lucrecio o en la ausencia de vida más allá de la muerte en Romeo y Julieta de Shakespeare. 

El giro me parece un libro sorprendente y original. Es una crítica feroz del cristianismo como doctrina represora y destructiva a lo largo de los siglos y es un elogio de la curiosidad y el afán de conocimiento que impulsó a hombres como Poggio a salvar toda una cultura del olvido. De rerum natura podría haber seguido durmiendo varios siglos más pero gracias a él tuvo la oportunidad de influir decisivamente en la formación del pensamiento moderno. Si, como defiende Lucrecio, el fin supremo de la vida es el placer, dediquémonos a ello en cuerpo y alma, por ejemplo, leyendo libros como éste. 



miércoles, 4 de diciembre de 2013

LOS SURCOS DEL AZAR

El nuevo libro de Paco Roca empieza el 28 de marzo de 1939 en el puerto de Alicante. Decenas de miles de personas esperan desesperadas la llegada de un barco para escapar de las tropas fascistas, que acaban de ganar la guerra. Apenas dos mil conseguirán embarcar, dejando atrás una multitud que pronto será víctima de la más salvaje represión franquista. Entre los que embarcan se encuentra el miliciano republicano protagonista de esta historia, Miguel Ruiz, que vivirá un periplo enloquecedor desde los campos de internamiento franceses del norte de África, las brutales "cárceles de arena", hasta la liberación de París junto al ejército aliado en agosto de 1944 con la famosa compañía "La Nueve", compuesta en su mayor parte por soldados republicanos huidos de España tras la Guerra Civil. Siempre con la mente puesta en España, tras seis años de guerra en dos continentes, la decepción será demasiado fuerte cuando los ejércitos aliados renuncien a devolver a los españoles un gobierno democrático y expulsar a Franco, el amigo de Hitler, el protector de nazis huidos. Demasiado débil, un don nadie, un dictadorcillo fantoche que no merece ningún esfuerzo bélico. Al fin y al cabo, Franco es un problema que tienen que resolver los españoles, diría la ONU, condenando a casi treinta millones de personas a 35 años de dictadura.


Los surcos del azar es una maravilla. Y además, una maravilla necesaria. Me parece muy triste que lo sea, que prolifere tanta historiografía neofranquista tantos años después. O que triunfe un libro de cotilleos sexuales como Franco confidencial, de Pilar Eyre. Parece que es divertido leer sobre sus miserias íntimas pero aburren sus crímenes masivos. Paco Roca dice que escribe con el objetivo de llegar a todos los públicos, a la gente que no suele leer cómics. Creo que este libro debería llegar a todos los que se encogen de hombros cuando oyen hablar de memoria histórica y dicen, para justificar su apatía, que de todas formas todos eran iguales y asesinaron igual y era una guerra y qué se le va a hacer. A todos ellos, a los que visten su violencia de una ideología sanguinaria, a los que están más cómodos en un estado policial y aborrecen las pancartas, la miseria y los debates, a todos ellos les pido que lean este libro. Y aunque tenga 300 páginas, no se sofoquen, es un cómic, seguro que todavía pueden.



lunes, 2 de diciembre de 2013

OPERACIÓN DULCE

Qué gozada enlazar varios libros buenos seguidos. Es una sensación de fluidez maravillosa, como acelerar por una avenida desierta de madrugada con todos los semáforos verdes, o descubrir un grupo de música y que te encanten todas y cada una de las canciones. No es habitual, es un pequeño privilegio de la casualidad.
Operación dulce es de los libros más ligeros de Ian McEwan. No tiene la pasión trágica y abrumadora de Expiación ni el deseo siempre reprimido de Chesil Beach. En cambio, es un libro jovial y divertido, con una suave ironía que te sorprende pasando páginas y páginas con una media sonrisita en los labios y la sensación de estar a gusto, de que el señor McEwan te ha prometido hacértelo pasar estupendamente y posee todos los recursos para cumplirlo con creces.

Corre el año 1972 y Serena Frome es una chica guapa de veinte años con muchas ganas de que la quieran. Entres otros pretendientes, se encuentra con la oferta de una misión secreta para el Servicio de Seguridad británico (el MI5) y no duda en aceptarla. Así pues, novela de espías. En la Inglaterra de los años 70 se seguía espiando a los soviéticos (aunque la amenaza nuclear ya se estaba disipando) y empezaban a preocupar seriamente los atentados del IRA provisional. Pero la preciosa Serena no va a convertirse en una agente doble en Moscú ni va a infiltrarse en una célula terrorista de Belfast. Su cometido es mucho más modesto, más insignificante y acorde con lo que se esperaba de las mujeres (y más si eran muy guapas y muy jóvenes) en el MI5 en aquella época: su misión es subvencionar a un escritor emergente cuya literatura tienda a denunciar la represión comunista a través de una agencia tapadera para que el escritor en cuestión no se entere. Reclutamiento encubierto para las filas de la Guerra Fría cultural. Eligen para ella a un profesor de universidad llamado Tom Haley y Serena descubre que se le da muy bien su trabajo. Quizá demasiado bien.

Como decía, una novela de espías en la que no sabes quién espía a quién ni para qué, una novela sobre el arte de escribir novelas y la convicción de poseer una historia que tiene que ser contada, y sobre todo, una historia de seducción sexual encantadoramente explícita y bien contada. Creo que la tensión sexual es un tema recurrente en los libros de McEwan. Aunque en este libro no lo utiliza como elemento perturbador ni doloroso, sino como la celebración de la unión de dos personas, un imán a cuya atracción no pueden resistirse. El sexo como exaltación de una pasión imprudente.

De Operación dulce me gustan la magia de su fluidez (avenidas desiertas con los semáforos en verde), la precisión y la belleza de su lenguaje, el encanto de la historia y de sus personajes, pero lo que es verdaderamente asombroso es el último capítulo. Quizá no debería decirlo, no sea que algún ansioso empiece por ahí y destroce el misterio. Pero no puedo evitarlo, es de los mejores finales de libro que he leído en muchísimo tiempo. Convierte un libro jovial y entretenido en una novela perfecta.