jueves, 27 de octubre de 2016

EL AMOR DEL REVÉS

De este libro me gustan muchas cosas, tantas que no sé por dónde empezar. Me gusta el arranque, con esa descripción de la educación católica y los estragos que puede causar en la sensibilidad de un muchacho homosexual. Me gusta la profundidad a la que ha llegado el autor buscándose a sí mismo, la disección sentimental de sus amores y sus desgracias. Me gusta la elegancia del ritmo de su prosa: si sus palabras fueran un hombre caminando por la calle, muchos volveríamos la cabeza subyugados al verle pasar. Pero sobre todo, me gusta la ternura. Esta es una historia contada con una ternura desarmante, ternura hacia las personas que desfilan por las páginas y, sobre todo, hacia sí mismo. Recordar el propio pasado y ser capaz de recorrer los pliegues más dolorosos con ternura me parece un don muy poco común. Y si además es a través de una prosa exquisita, entonces el libro se vuelve un privilegio. Luisgé Martín lo ha hecho. Leer su último libro es un privilegio. 

El autor entró en la adolescencia en los últimos años de la dictadura. En el colegio le enseñaron, como a la inmensa mayoría de adolescentes de su época, que el sexo era pecado si su fin no era la procreación. Que los pensamientos pecaminosos le acercaban a la condenación y que la homosexualidad era una perversión de la que nunca se recuperaría. A los quince años supo con certeza que era homosexual y se juró a sí mismo que nunca nadie lo sabría. Se sabía distinto. Enfermo. Extraviado. Portador de un secreto que, de desvelarse, podría arruinarle la vida. Se avergonzaba profundamente de su condición. Se sentía una cucaracha. 

Con el paso del tiempo su secreto fue perdiendo parte del peso y del terror, pero la culpa no terminaba de desaparecer. Ni siquiera al racionalizar su identidad sexual, al comprender que no existe ningún dios a quien repugnen sus amoríos ni pecado posible en su naturaleza, la culpa persiste. El hábito de esconderse. De fingirse otro. De estar siempre alerta, vigilante, a la entrada de cualquier bar nocturno de Chueca por si aparece alguien conocido, algún posible delator. Porque aunque tus amigos lo sepan, aunque tus padres lo intuyan y sonrían con benevolencia, aunque nadie te haya agredido nunca por la calle ni hayas estado tan solo y desesperado como para acercarte al borde de la locura o del suicidio, la sociedad nunca se cansa de recordarte, desde muchos frentes, que eres diferente. Que escondes, en alguna parte de tu cuerpo, una cucaracha. 

Este libro describe un círculo completo. La conversión de homosexual reprimido en homosexual militante. De cucaracha en ser humano. Un proceso vital en el que la búsqueda del amor es la guía que dirige los pasos del autor, por un camino lleno de baches y trampas, lleno de sobresaltos. El orgullo público, la transgresión que esconden actos tan cotidianos como besar a la persona que amas en un restaurante o andar de su mano por la calle, cuenta Luisgé, es la forma de despojarse de las últimas escamas de la cucaracha. Reivindicar que "estaba orgulloso de haber sobrevivido, de seguir teniendo sexualidad y razón de amor, de mantenerme en pie y no sentir vergüenza, de haber evitado la traición, el suicidio o la locura. Estaba orgulloso de haber ido descubriendo, a contracorriente, que todo aquello de lo que habían querido apartarme era lo único por lo que merecía la pena vivir". 

No sé cómo nació este libro. No sé qué lo impulsó. Tampoco sé cómo se puede salir indemne después de haberlo escrito. Aunque el autor haya ido contando partes de su vida en sus anteriores novelas, siempre estaba hasta cierto punto a resguardo. Protegido por nombres inventados, por el envoltorio dulce de la ficción. 
En estas páginas ha salido desnudo al escenario y la historia que ha venido a contarnos lleva su nombre real. Es él, Luisgé. Vestido únicamente con su historia. Y la ternura de sus palabras. 


Luisgé Martín




lunes, 24 de octubre de 2016

TODA PASIÓN APAGADA

Una de las magias de la literatura es que nos abre ventanas a otros lugares que no habíamos imaginado antes. Hace unos días disfruté de la lectura de A Virginia le gustaba Vita, de Pilar Bellver, del que escribí una reseña en este blog. El personaje de Virginia Woolf ha sido tan reconocido que ha eclipsado a Vita Sackville-West en su faceta de escritora, que yo desconocía. 

No sé si ha sido coincidencia la publicación en un espacio de dos meses de la novela de Vita Toda pasión apagada, cuando todavía resonaba en mi mente la relación tan interesante que mantuvieron estas dos mujeres en una época, los años 20 del pasado siglo, en la que la moral victoriana mojigata y misógina en Inglaterra hacía tan difícil que ideas liberales y humanistas como las del Grupo de Bloomsbury prosperasen. 

Abrí las primeras páginas de Toda pasión apagada con poca convicción de que me fuera a interesar. Más bien imaginaba un capricho de aristócrata millonaria que Vita quiso permitirse, influida por la intelectual Virginia, a la que admiró y amó toda su vida. Sin embargo, la sorpresa ha sido muy agradable. Es una delicia de historia, con un personaje femenino, Lady Slane, de 88 años, que nos cautiva y nos conduce con inteligencia y sensibilidad por la senda de la vida con una crítica visión de la clase alta social británica. Lady Slane rescata el placer de la libertad cuando se queda viuda y puede disponer de su independencia, aunque llegue tan tarde, porque la felicidad está hecha de esos pequeños detalles: una mirada que cincuenta años atrás había dejado huella, encontrar complicidad y admiración en personajes entrañables como su doncella francesa, el coleccionista millonario y excéntrico que se enamoró de ella cincuenta años atrás en la India, su casero y el maestro de obras. 

Una tarde lluviosa de sábado que las 225 páginas de este relato han convertido en un placer.


viernes, 21 de octubre de 2016

A VIRGINIA LE GUSTABA VITA

Pilar Bellver nos ha regalado una historia muy sorprendente. Yo quizá habría matizado mejor el título y le habría puesto "Virginia amaba a Vita", ya que eso es lo que se desprende de la correspondencia, incluida en este libro, entre estas dos mujeres: Vita, arrolladora, vitalista, valiente aristócrata que vivió como quiso sin atender a prejuicios y Virginia, intelectual, feminista, algo mística, con problemas de salud mental desde la infancia que se enamoró y supo enamorar a Vita, sin dejar de querer a su marido Leonard. Los amores diversos creo que todavía no han sido bien estudiados.

La falsa moral victoriana y la influencia de la Iglesia en la sociedad fueron dos temas que el Grupo de Bloomsbury al que perteneció Virginia trató por todos los medios de rechazar. Integraron este grupo muchos intelectuales y artistas entre los que destacan Bertrand Russell, Wittgenstein, Gerald Brenan, Katherine Mansfield, las hermanas Virginia y Vanessa Bell, Dora Carrington, el economista John Maynard Keynes...

En un juego literario de alta calidad, Pilar Bellver mezcla realidad y ficción e incluye un apéndice en el que una conversación en el momento actual entre tía y sobrina nos sitúa respecto a un tema que tanto va evolucionando en la sociedad actual: los amores diversos, que por ser amores jamás deberían haber sido estigmatizados, incluso hoy en muchos países.

Las especiales relaciones que unieron a estas dos mujeres con sus maridos respectivos, con los que mantuvieron una gran complicidad y un buen entendimiento, dan idea de la inteligencia de todos ellos para desarrollar convivencias satisfactorias, cada una de acuerdo con las necesidades que tenían. 

También es un reflejo de la sociedad inglesa en los primeros años del siglo XX, con todas las complejidades y características contra las que Virginia y el grupo de Bloomsbury se rebelaron ofreciendo criterios mucho más liberales y humanistas, especialmente en el tema del feminismo.



lunes, 17 de octubre de 2016

DUBLINÉS

¿Habéis leído el Ulises de Joyce? 
No, yo tampoco. 
¿Quién lo ha leído? 
¿Alguien? 
¿Alguien que no se encuentre en estos instantes preparando una tesis doctoral en una biblioteca?

Casi nadie lo ha leído. O mejor: casi nadie ha pasado de la página cincuenta. 
Junto con En busca del tiempo perdido de Proust, es una de esas obras que aparecen todos los veranos en los propósitos lectores de gente de todo el mundo para quedarse en eso: una línea no tachada en un cuaderno, una asignatura pendiente. 
Los que lo han intentado dicen que no se entiende. Que no hay forma humana de leerlo. También lo decían los mejores amigos y valedores de Joyce cuando lo estaba escribiendo: ¿pero qué locura es esta? 
Sin embargo, hay formas distintas de acercarse a ese libro impenetrable. Y una podría ser este cómic de Alfonso Zapico. 

Dublinés es una biografía de Joyce en viñetas. Por sus páginas aparecen multitud de nombres ilustres: Ezra Pound, Lenin, Jung, Svevo, Hemingway, Sylvia Beach, Virginia Woolf. Y combina maravillosamente los hechos biográficos más relevantes de la vida de Joyce con los detalles cotidianos que definían su carácter. Era un juerguista, un derrochador, un irresponsable con su mujer y sus hijos. Poseía un talento descomunal y una arrogancia hecha a su medida. Se pasó media vida dando clases particulares de inglés, cosa que odiaba, y sableando a su hermano y sus amigos para irse de copas. Su ambición era describir Dublín y no salir de sus calles, porque sólo desde una narración localista podía llegar a la universalidad. Y para asegurarse la inmortalidad literaria, llenó sus libros de enigmas y puzles, de forma que los expertos tuvieran material para pasarse décadas y décadas debatiendo sus verdaderas intenciones. 

Y es que Joyce no era en realidad un tipo serio. Odiaba la seriedad. Días antes de la aparición de Ulises, le confesó a Ezra Pound: "me atormenta pensar que quizá los lectores buscarán alguna moraleja en Ulises. O lo que es peor: se lo tomarán en serio."

Pocas cosas me parecen más actuales que esta preocupación del autor respecto a cómo leerá la gente su libro. Joyce jugaba con el lenguaje. Sus libros pueden tener pasajes melancólicos, incluso sombríos, pero no hay ni una línea escrita verdaderamente en serio. Ironía. Jocosidad. Juego. A mucha gente le cuesta entender que la literatura pueda alcanzar la excelencia mediante una serie de geniales tomaduras de pelo. Como si Shakespeare sólo fuera realmente bueno cuando pone una calavera en la mano de su protagonista para que filosofe o cuando llena el escenario de sangre y gritos desgarradores. Como si el arte tuviera que ser terrible y wagneriano para tener valor. O peor: como si el arte tuviera que enseñarnos algo. 

Joyce decía que Ulises era música. Que si la gente no lo entendía, probara a leerlo en voz alta. Quizá porque la música es el único arte del que no se esperan moralejas ni lecciones de vida. El único arte que no necesita filosofía para ser profundo ni drama para ser valorado. 

Gracias, Alfonso Zapico, por enseñarme la literatura de Joyce desde otro punto de vista. Creo que el próximo verano que abra el Ulises con la firme intención de pasar de la página cincuenta, le haré caso al viejo Joyce y no me lo tomaré en serio. Y probaré a leérselo a P., a las plantas y a nuestra gata. Estoy seguro de que todos lo disfrutaremos mucho más. 


miércoles, 12 de octubre de 2016

NADIE SE SALVA SOLO

Una pareja empieza a romperse cuando cada uno empieza a contar versiones distintas de su historia. Cuando de repente acuden a su pasado común por distintos caminos buscando una nueva interpretación que dé sentido a un presente frustrado o a un deseo insatisfecho. Y entonces ese pasado se vuelve también un campo de batalla, una plaza fuerte que hay que conquistar para enarbolar aquellos buenos tiempos en los que todo iba bien como bandera de lo deseable. Como antídoto contra desilusiones futuras. 

La pareja de este libro ha quedado para cenar en la terraza de un restaurante. Llevan un tiempo separados. Van a repartirse el tiempo con los niños durante el verano. Tras diez años de relación, están intoxicados, desencantados, han pasado por todos los tonos de gris de la insatisfacción y ya sólo atisban la alegría en las risas de sus hijos. Y a veces, ni eso. Llegaron a un punto en el que el peso de estar juntos era tan insoportable que se querían morir. O querían que el otro muriera para así poder quererse sólo en el recuerdo, sólo en la ausencia, sin la insufrible cotidianidad de la convivencia. Cómo llorarían. Cómo amarían al muerto, liberados por fin de la angustia de su relación. 

El germen de su destrucción ya estaba en la exaltación loca de sus inicios. Dos inconstantes repletos de agujeros emocionales, muy jóvenes, heridos de la infancia y de sus barrios, que se enamoraron para salvarse y no supieron calmar el fuego una vez pasado el enamoramiento. Saben que deberían haberse separado antes. Que prolongar la agonía sólo era añadir dolor y terminar de emponzoñar el recuerdo de los años buenos. Pero lo intentaron. Una y otra vez. Se decían que tenían que luchar. Al menos por los niños. "Pero nunca se consigue por los niños. Ellos saben que no cuentan, y se las apañan como pueden. Ponen las tazas para el desayuno, espían las miradas, los silencios. Dan besos aquí y allá, con el terror a equivocarse de momento, a equivocarse de mejilla. Esperan, ellos también. A que el amor vuelva".

Es un drama cotidiano. Lo vemos todos los días. Al hacer una factura detallada de libros de texto para intentar que el ex o la ex pague su parte. Al ver a un niño cruzar la calle, un domingo por la tarde, con la mochila del cole al hombro, y el coche aparcado que no se va hasta mucho después de que se ha cerrado la puerta del portal, quizá esperando que alguien descorra levemente una cortina en algún piso ahí arriba. Todos los días. Parejas rotas. Amor convertido en indiferencia, luego en violencia. Amor deshecho que acaba poniéndolo todo patas arriba: proyectos, convivencias, infancias. Personas que un día se amaron y que hoy ya no tienen nada que decirse, "sacos de palabras que fueron a parar a la basura". Se miran, en esa noche agradable de principios de verano, en un restaurante bonito, y no ven nada vivo en los ojos del otro. Se han vuelto inertes, como fotografías viejas cuyo contexto han olvidado. Su amor, como un viaje que ninguno recuerda. 

Se dan cuenta de que han perdido la capacidad de perdonarse sus defectos. Llegó un momento en que un plato torcido en la mesa les sacaba de quicio. Les enfurecía. Nunca aprendieron a sortear la frustración con benevolencia. Podrían haber esperado, a veces se dicen. Haberse conformado con la derrota, como tantas parejas con hijos que ya apenas se tocan, haber esperado a que el odio se diluyera en indiferencia. En una carga no más molesta que una hipoteca. Pero no. Aún querían vivir. Aspiraban confusamente a otra cosa. Creían merecer algo más. Se sentían demasiado jóvenes para dejarse vencer por esa resignación sombría. Querían volver a merecer la felicidad de los inicios, aquella carcajada de su hijo menor su primer día de playa, jugando con su hermano mayor a estirar la mozzarella de la pizza con los dientes. Esa forma de desternillarse de risa que hacía que toda la playa riese con ellos y que podría, debería, ser una forma válida y duradera de vivir. 

Una pareja empieza a romperse cuando cada uno empieza a contar versiones distintas de su historia. Sin embargo, como en este libro, a veces las versiones son casi coincidentes y ocurre que la pareja se va a pique en un extraño unísono. Con un mismo deseo frustrado. Con un mismo distanciamiento.

La autora se ha metido en las entrañas de cada uno, con un lenguaje descarnado y poético, cambiando el punto de vista, de ella a él, de él a ella, analizando los rencores y los anhelos de los dos, asistiendo a su derrumbe desde dentro, en un juego de perspectivas inmisericorde con sus bajezas, a la vez que compasivo con sus flaquezas. Sus protagonistas se sienten desvalidos. Nadie les dijo cómo aceptar la rutina, nadie les previno del cansancio de la pasión. Eran muy jóvenes y muy inseguros, y no tenían a nadie que les guiara por sus propios laberintos. Ahora, rota la posibilidad de un futuro, empiezan a darse cuenta de que nadie se salva solo.


Margaret Mazzantini


viernes, 7 de octubre de 2016

ME LLAMO LUCY BARTON

Este libro es un jarrón, uno de esos jarrones de porcelana que presiden la mesa del comedor de los suegros y que son bonitos y delicados pero pertenecen a otro mundo, otra cultura, otra generación. 
Es esa reproducción naranja de Rothko que tu pareja se empeña en colgar en el dormitorio y que te gusta, aunque haya días que la mires y no puedas entender cómo esas dos franjas de color pueden tener algún significado. 
Es esa amiga que queda contigo y te cuenta una historia larguísima sobre su madre poniendo esa cara seria y trascendente de las grandes confidencias, y cuando termina te quedas con la impresión de que ha estado a punto de contarte algo muy importante y profundo y conmovedor, algo definitivo que sin embargo se ha quedado al borde de las frases, sin lograr salir de sus palabras. 

Me llamo Lucy Barton es un libro bonito y agradable. Es como un jarrón de porcelana o como un Rothko naranja: estético y abstracto. Tiene todos los ingredientes para ser una historia que cause un impacto en las profundidades de cualquier persona sensible y, sin embargo, creo que se queda siempre a punto de lograrlo. Es como una canción a la que le falta esa última estrofa que armoniza y da sentido al conjunto. Como ese miembro de la familia que nunca habla en las comidas familiares pero que parece tan interesante, tan lleno de vivencias importantes, con una vida interior tan rica que nos gusta en su mutismo. 

Y sin embargo, nada de esto tiene que ser negativo. La ventaja de un jarrón de porcelana o de un Rothko naranja es que pueden dejar indiferentes o significarlo todo para quien los mira. Dejan un espacio enorme para que el espectador les añada capas y capas de significado. Y creo que esa es la razón por la que tanta gente admira a Elizabeth Strout: su escritura elusiva deja tantos huecos y es tan ampliamente sugestiva que permite apropiarte de la historia y rellenarla de una cantidad ingente de vivencias propias. El libro se vuelve tuyo, atraes su fragilidad a la tuya, la amarras a tu experiencia para que no se escape. 
Y es fácil amarlo. 
Quién no ama sus propias debilidades. 



lunes, 3 de octubre de 2016

DILO EN VOZ ALTA Y NOS REÍMOS TODOS (Firma invitada)

Hay muchas cualidades que acompañan y definen a Fernando J. López, una de ellas es la prudencia. Fernando es prudente porque con la sutileza del subtítulo de su último libro evita, entre otras cosas, el linchamiento. Aún recuerdo lo que le ocurrió hace unas semanas a la autora de un libro juvenil cuyo título empezaba con el peligroso sustantivo manual y que todo el mundo se tomó al pie de la letra. Fernando nos lo advierte ya desde la portada: ¡Ojo, es un manual gamberro, aquí entramos a pasárnoslo bien, aquí hay ironía y humor por doquier!

Y las expectativas se cumplen página a página. Porque Dilo en voz alta y nos reímos todos es, ante todo, un libro para reírse. Para reírnos de nosotros mismos ya seamos profesores, estudiantes, padres o el mismísimo ministro de Educación. En este libro hay mucha ironía porque solo desde ese recurso se puede hacer autocrítica sin caer en tremendismos y prejuicios anclados al pasado. 

Si hay un hilo común que atraviesa todo el libro es la referencia a Finlandia. Quienes nos dedicamos a la educación (y quienes no se dedican a ello) estarán cansados de oír que los estudiantes finlandeses son los que ocupan los primeros puestos en pruebas de nivel, éxito escolar, etc. Y siempre esgrimen el nombre de este país para compararlo y decir lo mal que estamos aquí. De eso también se ríe el autor con una buena dosis de ironía.

Fernando nos lleva de paseo por el mundo de la educación secundaria en un instituto cualquiera. Y como él ha sido profesor sabe perfectamente de lo que habla. Por eso lo retrata tan bien. Es una caricatura, dirán algunos. Sí, es posible que caricaturice a ciertos protagonistas del acto educativo, pero solo desde la caricatura uno puede a la vez verse y no verse identificado con lo que lee. Solo desde la caricatura uno sabe que está ahí aunque haya exageración. En el fondo, en toda caricatura hay algo de retrato de uno mismo.

Entrar en las páginas de este libro es como entrar en un museo de la Educación donde punto por punto se nos explica qué ocurre en una junta de evaluación, qué tipos de profesores componen los claustros, qué surrealismos impregnan los exámenes de los alumnos o qué frase es la perfecta para decir en una reunión de padres.

Desde el cariño hacia los estudiantes y los compañeros y con un humor sutil a veces y muy ácido otras, Fernando se despacha a gusto con una profesión que no deja de sufrir los embistes de leyes educativas consecutivas y cambiantes, recortes y situaciones del todo surrealistas.
Lo mejor de todo es que en el fondo subyace un amor profundo por una profesión que engancha, la pasión por un mundo que no tiene absolutamente nada que ver con las películas que estamos acostumbrados a ver sobre institutos, cosa que deja evidente en su primer capítulo, que es antológico. Ese amor y esa delicadeza que recorren todo el libro están presentes gracias a la energía que hace que por mal que los profesores lo pasemos cada año y por mal que estemos considerados públicamente, algunos seamos adictos a esto de enseñar... ¿Qué digo enseñar...? Pero si además de profesores también somos (y cito): "animadores socioculturales", "organizadores de festejos", "terapeutas de parejas", "psicólogos", "enfermeros", "canguros", "conferenciantes", "actrices", "traductores", "policías", "guías turísticos", "trabajadores sociales", "seguratas", "jefes de protocolo", "conductores y taxistas" y hasta "redactores jefe".

Este es un manual recomendabilísimo para afrontar el inicio de curso con buen humor y reconocer al estudiante que un día fuimos, al profesor o padre que hoy somos o al ministro de Educación que quizá algún día seamos.

jueves, 29 de septiembre de 2016

IRÈNE NÉMIROVSKY. EL MIRADOR: MEMORIAS SOÑADAS

El nombre de Irène Némirovsky siempre evoca en mí las horas maravillosas que pasé con su última obra, Suite francesa, hace más de diez años. La sorpresa de encontrarme con una voz para mí desconocida porque no se había traducido al español. En 2004 se tradujo a 39 idiomas, en poco tiempo se vendieron más de un millón de ejemplares, se llevó al cine recientemente, mereció dos importantes premios, el Renaudot en Francia y el de los libreros en España. La consecuencia inmediata fue ver traducida buena parte del resto de su obra, ninguna parecida a Suite francesa, obra coral, cuando todo lo que había escrito anteriormente eran relatos intimistas de una calidad extraordinaria. 

Irène empezó a escribir a los 18 años y a los 24 había publicado su primera novela, David Golder, con un gran éxito. Había enviado el manuscrito sin nombre ni dirección a la editorial Grasset y el editor puso anuncios en la prensa para intentar localizar al autor. La maternidad había mantenido a Irène apartada temporalmente de la literatura y cuando, pasado un tiempo, se presentó en la editorial Grasset, el editor no daba crédito.

David Golder, representada en teatro y luego adaptada al cine, retrataba fielmente la sociedad opulenta y corrupta que había conocido tan bien. Su madre estaba tan bien reflejada que en el teatro, el día del estreno, su personaje fue motivo de infinitas murmuraciones. 

Muchas de sus obras fueron llevadas al cine. No dejó de escribir hasta días antes de su muerte, a los 39 años, cuando la barbarie nazi acabó con su vida en Auschwitz, por su condición de judía.

La calidad literaria de toda su obra es extraordinaria, pero si tengo que recordar especialmente algunos de sus libros quizá serían El vino de la soledad, el más autobiográfico, Los perros y los lobos, un retrato de dos ámbitos de la cultura judía, o Los bienes de este mundo.

Ahora he tenido la suerte de poder leer esta biografía que escribió su hija, Elisabeth Gille, al parecer agotada en la editorial desde hace tiempo y de la que hemos podido rescatar unos cuantos ejemplares. Un libro extraordinario, no solo por los datos, aun cuando sean "soñados" (como reza el subtítulo: El mirador: memorias soñadas) sobre su madre, sino también por el perfil histórico de la primera mitad del siglo XX. Irène nació en 1903, vivió sus primeros años en Kiev, la bella ciudad ucraniana que tanto le costó abandonar cuando tuvo que trasladarse a San Petersburgo, una ciudad glacial no solo por la temperatura, más tarde a Moscú en los años de la Revolución, luego Finlandia por un año huyendo del gobierno soviético para asentarse a partir de los 16 años en París. Dominaba siete idiomas.

Resulta difícil entender que, con su mente brillante, no supiera o pudiera prever la tragedia que se le venía encima y sobre todo con las experiencias vividas buscando un nuevo exilio. Su final fue trágico pero tuvo el privilegio de vivir 39 años intensos, llenos de experiencias, casi todo el tiempo disfrutando de medios económicos más que abundantes, de un gran éxito profesional y a pesar de la mala relación que mantuvo con su madre, también disfrutó del amor y la sabiduría que le aportaron su padre y las dos institutrices con las que compartió los primeros años de su vida, además de la relación privilegiada con su marido y sus dos hijas. 

Este libro relata la vida de la que es, en mi opinión, la mejor escritora del siglo XX. Imprescindible.



lunes, 26 de septiembre de 2016

MENDELSSOHN EN EL TEJADO

Jiri Weil aparece afable en la mayoría de fotos que se conservan de él. Gafas redondas de profesor, sonrisa discreta, aire frágil. Sin embargo, las vicisitudes de su vida y el tono de su literatura desmienten esta impresión. Vivió en Rusia, tradujo al checo las obras de los escritores rusos de vanguardia, aunque su afinidad con la revolución comunista se enturbió tras pasar por un campo de reeducación en Kazajistán. Durante la ocupación alemana trabajó en el Museo Judío de Praga y evitó su deportación al campo de Terezin de la manera más novelesca posible: dejó su cartera en un puente con su documentación y una nota de despedida. Como nunca volvió a su domicilio, las autoridades se creyeron su suicidio y se olvidaron de él. Pasó la guerra escondido y después dedicó su maltrecha salud a recopilar los dibujos de los niños judíos de Terezin desde su puesto en el Museo Judío y a escribir una de las mejores obras sobre la ocupación nazi de Praga y el holocausto que existen. 

Mendelssohn en el tejado es fascinante. El título alude a la estatua de Mendelssohn (compositor de origen judío que se convirtió al catolicismo) que unos funcionarios del ayuntamiento deben retirar de la cornisa de un edificio porque ofende la sensibilidad aria del mismísimo Heydrich, el "carnicero de Praga". Pero, ¿alguien sabe qué pinta tiene el tal Mendelssohn? A Heydrich no se le puede preguntar, por mucho menos acaba uno convertido en humo. ¿Qué hacer? El músico es judío así que tendrá la nariz larga, ¿no? Pues quitemos la estatua con la nariz más grande. Y por poco acaba la comedia en tragedia, ya que la nariz más grande de la cornisa era ni más ni menos que la Wagner. 

La novela empieza burlesca pero poco a poco el tono se va volviendo más amargo. Por sus páginas desfilan los judíos del Consejo, los operarios checos del ayuntamiento, los suboficiales alemanes temerosos de que por un desliz los envíen al frente ruso y las niñas judías escondidas en sótanos, piezas de un puzle que reconstruye la vida en Praga durante la guerra, una ciudad gris y sucia, llena de violencia y hostilidad hacia su ocupante. También caben los hechos históricos, como el asesinato de Heydrich en plena calle por paracaidistas checos, una escena maravillosa narrada con un ritmo demencial, y la posterior represalia de los altos mandos alemanes, que empapelaron toda la ciudad con listas de condenados a muerte. Y aun así, como constata el autor, "como ya calentaba el sol, había bañistas en la orilla del río saltando y riendo, porque la vida era más poderosa que la muerte, porque la gente necesitaba dormir, comer y hacer el amor". 

Jiri Weil
Hay muchas escenas memorables en este libro. Yo me he quedado con una de ellas. Una estatua de yeso que representa la Justicia es confiscada por la Gestapo en una casa de judíos recientemente deportados. El departamento de confiscaciones la vende a un marchante que mercadea con los bienes de las víctimas. Al cabo de poco tiempo, la misma estatua es confiscada de nuevo y vuelve al mismo almacén de la Gestapo. Los alemanes, convencidos de que la estatua les persigue y que seguirá volviendo a sus manos una y otra vez, renuncian a volver a venderla y acaban haciéndola pedazos para que la Justicia no pueda volver a molestar a nadie más.

Jiri Weil murió de leucemia en 1959. Dejó terminada más de una docena de libros. Los amigos de la editorial Impedimenta anuncian la próxima traducción de Vida con estrella, una novela sobre la ocupación nazi por la que los comunistas de la postguerra le tacharon de "enemigo del pueblo". Espero que no tarden mucho. Estoy deseando leerla.



jueves, 22 de septiembre de 2016

ULISES Y YACIR

La escritura sencilla y elegante de Cristina Cerezales nos regala un relato que, siendo para todos, yo recomendaría especialmente a los adolescentes porque es un canto a la amistad entre dos muchachos que representan dos culturas cercanas pero distintas, la árabe y la española, en ciudades como Tánger, Madrid y la costa gaditana, en Zahara de los Atunes.

Ulises vive en Madrid con unos padres en conflicto, estresados y en búsqueda continua de soluciones que les cuesta encontrar. Mientras tanto, él conecta perfectamente por teléfono con Dorotea, su madrina, una mujer de sesenta años que vive en la playa de Zahara recuperándose de un cáncer de mama y ofreciendo su solidaridad de doctora y matrona en situaciones de lo más dispares. Una de las pateras que llega a la costa trae a Yacir con su madre Melika, que son acogidos por Dorotea en su casa, adonde llega Ulises para pasar unas vacaciones.

La adolescencia de ambos muchachos al principio los aleja pero pronto encuentran puntos de acuerdo a pesar de las diferencias culturales que los separan y viven experiencias extraordinarias. Tienen la oportunidad de conocer los problemas sociales a los que la costa gaditana se ha enfrentado en los últimos años, desde que se acabó el negocio de la construcción y también en buena medida el de la pesca. La gente tiene que comer y es una de las razones que empujan al trapicheo de alijos de droga que también llega por el mar. 

La interesante historia de la familia de Dorotea en tiempos distantes y distintos y el amigo de su infancia Yamal, con sus vivencias en el desierto y su encuentro después de tantos años, son elementos que añaden interés a este relato que se lee de un tirón.

lunes, 19 de septiembre de 2016

LA ARAÑA DEL OLVIDO

Hay una anécdota en este cómic que me apasiona. Allá por 1928, Lorca, junto a un grupito de amigos entre los cuales figuraban Guillén,  Bergamín y Dalí, fundaron en Granada la revista gallo (el título de la revista iba en minúscula). Con ella pretendían criticar a la rancia burguesía granadina dando a conocer sus propias obras inspiradas en el arte de vanguardia. Y lo consiguieron. Los dos únicos números que se publicaron fueron suficientes para revolucionar el panorama cultural de la ciudad y dividir Granada en dos facciones: la de la cultura rancia e hipócrita y la del espíritu internacional y abierto. 

Al poco de la publicación del primer número de gallo, apareció otra revista llamada Pavo, réplica feroz de gallo. Defendía la literatura tradicional de siempre y atacaba sin piedad a esos jovenzuelos advenedizos que pretendían decirles a los buenos burgueses de Granada qué era la literatura. Lo que estos buenos burgueses (los "putrefactos", en palabras de Dalí) no sabían era que los redactores de esta nueva revista eran el mismo Lorca y sus mismos amigos, que pretendían representar con sorna a todos aquellos de los que los jóvenes granadinos se reían, en un ejercicio genial de burla y autoburla que, desgraciadamente, poca gente supo apreciar. De hecho, paradójicamente, y sin darse cuenta de la burla, mucha gente expresó su apoyo a Pavo frente a gallo. La polémica estaba servida. Incluso se crearon dos frentes intelectuales: los "gallistas" frente a los "pavistas". Y así, hasta desde el insignificante mundillo intelectual granadino, se fue fraguando la división de la sociedad en dos facciones, como si no hubiera más que dos formas de entender las cosas, que desembocaría ocho años más tarde en la guerra civil.

Este cómic magnífico cuenta la historia de un hombre excepcional: Agustín Penón. Hijo de españoles, con pasaporte estadounidense, llegó a España en 1955 con el objetivo de darse un paseo por Granada y tratar de saciar su curiosidad respecto a la muerte de Federico García Lorca, un poeta que adoraba. El paseo se convirtió en una estancia de casi dos años en la que perdió la salud, descubrió muchas cosas que nadie sabía y aprendió que en España imperaba el miedo. Consiguió hablar con la familia del poeta, con los Rosales, falangistas amigos que no pudieron (o quisieron) protegerle, con el carcelero que estuvo con él los últimos instantes (retratado de una manera inolvidable) y hasta se entrevistó en su imprenta de Madrid con el hombre que lo detuvo y que fue el principal responsable de su asesinato: Ramón Ruiz Alonso. Reunió miles de páginas de notas, dilapidó su fortuna, corrió muchos más peligros de los que esperaba y, pese a sus grandes hallazgos, nunca publicó el resultado de sus investigaciones. 

Su trabajo descansó en una maleta hasta que, medio siglo después, la escritora Marta Osorio lo publicó bajo el título Miedo, olvido y fantasía. Estas notas representan el primer esfuerzo real en desvelar el misterio que encierra el asesinato de Lorca. Quizá Agustín Penón no publicó sus notas porque, aunque se acercó mucho a la verdad, nunca logró responder con certeza a las preguntas con las que llegó a Granada en 1955: ¿por qué fue asesinado?, ¿quién lo mató?, ¿dónde está enterrado? Hay muchas hipótesis en torno a estas tres preguntas. La que le ofrecía más crédito a Agustín Penón era la que insinuaba que a Lorca lo mataron porque se había burlado de la Guardia Civil y eso, es bien sabido, en España no se perdona. Aunque quizá lo mataron porque Lorca se burlaba de todo, y en especial, como hizo con las revistas antagonistas granadinas, de esa dichosa y terrible costumbre española de dividir la sociedad en dos facciones, alistarse en una y definir la identidad personal mediante el odio a la otra.

La broma y la burla ofenden. La desgracia es que en agosto de 1936 los ofendidos tuvieran tanto poder y tantas pistolas. 

Agustín Penón se merecía esta novela. Gracias, Enrique Bonet, por llenar ese vacío. 


Agustín Penón

lunes, 12 de septiembre de 2016

LA VIDA DE LAS PAREDES (Firma invitada)

Hay un libro que José Saramago escribió antes de convertirse en el escritor de renombre que fue. Ninguna editorial se lo publicó y cuando su éxito le habría permitido publicarlo, decidió no hacerlo. Así que fue Pilar del Río, su mujer y cuidadora en los últimos años de su vida, quien póstumamente lo publicó. Aunque he leído poco sobre aquel libro y parece que no trascendió demasiado, a mí me maravilló por su sencillez y el retrato humano de sus personajes. Se llama Claraboya.

En La vida de las paredes, de Sara Morante, también hay una claraboya, y una escalera de vecinos y personajes inquietantes y secretos de familia. Por eso me recuerda a la novela de Saramago. Y me parece que encontrar a una autora contemporánea cuya obra recuerde la de un grande del siglo pasado es un tesoro que no hay que dejar escapar. La vida de las paredes es una galería de personajes extraños y a la vez muy comunes con los que saciar el apetito de vidas ajenas y de voyeurismo que a todos nos entra en algunas ocasiones. Comienza con su catálogo de personajes, desde los porteros hasta el artista que huye y deja sola a la Musa. La familia anodina y convencional que guarda un secreto en las fotos colgadas del salón podría ser la que vive pared con pared con nosotros. Y la joven costurera que sufre el hambre y la soledad podría haber sido cualquiera de nosotras en otro tiempo de escasez y desigualdades. Los retratos tienen un punto de caricaturescos, como todo buen retrato que se precie, pero son tan reales que a veces dan miedo. Mientras leía este libro, observaba detenidamente las paredes de casa, tratando de encontrar mirillas indiscretas que tapar con cinta aislante, y preguntándoles en silencio qué vidas habían vivido antes de la nuestra; qué Luisas y Emilios y Cármenes y Vicentes habrían fantaseado en ellas, qué Bertas habrían yacido con amores prohibidos sobre la tarima de madera clara.

El libro es, nada más y nada menos, el diario de un vecindario, con sus ruinas, sus enajenaciones, sus secretos de familia y sus perversiones. Me gusta especialmente el toque de surrealismo que le da Emilio y su obsesión por las gárgolas, esos seres que dotan de aún más vida la escalera de vecinos. Me gusta porque me evoca otro tiempo y otras preocupaciones; me arraiga a la casa que ellos habitan a través de la mía. Y hace que entienda el sentido de pertenencia que parece que actualmente tenemos olvidado.

La novela se enriquece –y no sería lo mismo si no lo tuviera- gracias a la generosidad de las ilustraciones, también de la autora, gracias a la calidad del papel, a los tonos que Sara emplea para alcanzarnos una realidad grisácea y tristona, a los detalles como su separador de raso rojo o la maravilla de su cubierta, injustamente tapada por una sobrecubierta con otra de las ilustraciones interiores. En fin, una obra de arte desde fuera hasta dentro.

Ha sido maravilloso leer esta novelita como cuando era niña, mirando las imágenes, recreándome en esos ojos grandes y brillantes que tienen los personajes de los dibujos de Sara Morante. Y también acariciar la textura del libro que desde su tapa ya invita a la indiscreción.



lunes, 5 de septiembre de 2016

ERES COMO ERES

¡Brava, Melania G. Mazzucco! 
Esta escritora italiana, sin duda la mejor de su generación, ha escrito una maravillosa historia, conmovedora, valiente, llena de cultura y de libros. Sus experiencias son tan rabiosamente actuales que ha provocado una furibunda reacción en los sectores más tradicionales de su país con denuncias ante los tribunales y peticiones de censura en bibliotecas y centros educativos, influidos sin duda por las tesis en mi opinión absolutamente retrógradas que siguen defendiendo el Vaticano y la iglesia católica. Yo me sentiría orgullosa de ello. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, creo que la mejor ley que nos podemos aplicar, establece la igualdad para todos, seamos blancos, negros, católicos, judíos, musulmanes, homosexuales, bisexuales, todos con nuestra diversidad respetando a los demás, algo que la gran mayoría de religiones no respeta.

El personaje principal, Eva, es una niña de once años que tiene dos padres gays y que por ello sufre un grave acoso entre sus compañeros de clase. En un arrebato al verse atacada, escapa en busca de su padre Giose, un músico que ha ejercido siempre como el mejor de los padres, y debido a la muerte de su pareja Christian y las leyes injustas de Italia se ve envuelto en una situación difícil con respecto a su hija. 

El perfil de dos familias de estratos sociales diferentes, la de Christian de clase media alta y la de Giose más humilde, pone en evidencia los prejuicios anacrónicos: una madre que se queda en casa para ocuparse de su hija y de la comida y la casa es bien vista pero si eso lo hace Giose, un hombre, la cosa cambia. Fundamentalmente, es una historia de amor paternal que me ha emocionado y me ha hecho desear que todos pudiéramos disfrutar de un amor como el de esta pareja por su hija.

Una historia preciosa que te hace sufrir y te mantiene secuestrada, galardonada con el Premio "Il Molinello 2014" con toda justicia. La introducción de cinco páginas es antológica. 



jueves, 1 de septiembre de 2016

Escritor del mes: Sergio del Molino

A principios de año empezamos una serie mensual de entradas dedicadas a editoriales afines. Editoriales independientes que afrontan solas las inclemencias del mundo editorial y que han sido capaces de salir adelante con un catálogo creativo, original y que nos emociona o nos provoca admiración por algún motivo. Escribimos unas cuantas palabras sobre lo que significan para nosotros y les dedicamos un espacio propio en la librería durante un mes. Y por supuesto, les plantamos bajo el bigote (o bajo la hermosa sonrisa lampiña) a todos los clientes el libro de esa editorial que más nos gusta como primera recomendación. 

Este mes de septiembre vamos a hacer una excepción. Queridas editoriales, perdónennos, pero el espacio que siempre les reservamos esta vez se lo vamos a dedicar a una sola persona. A un escritor que está en nuestras bocas con una frecuencia inaudita últimamente. Un escritor que allá por 2013 publicó un libro llamado La hora violeta que se me ha quedado dentro como se quedan los viajes iniciáticos o las mejores historias de amor. Un escritor que lleva ya cuatro ediciones de su nuevo libro y cuyas ocurrencias diarias en Facebook son una constante fuente de placer y guasa. 

Este escritor usurpador de espacios ajenos se llama Sergio del Molino y tenemos la inmensa alegría de recibirle en nuestra librería el próximo 17 de septiembre a las 12 de la mañana (apuntad, apuntad) para presentar su nuevo libro, La España vacía y hablar de todo lo divino y lo humano que se nos ocurra. Si pasáis antes a vernos y nos veis radiantes, sabed que ya tenemos un motivo más que añadir a los de costumbre. 
No os lo perdáis. 
17 de septiembre a las 12. 
Ese sábado os iréis a comer felices. 

Sergio del Molino


lunes, 29 de agosto de 2016

ELENA FERRANTE: SAGA "DOS AMIGAS"

Hay en el anonimato algo que me seduce. No saber nada del autor o de la autora que ha escrito lo que estoy leyendo, no tener una cara, un cuerpo, una biografía, ni un solo dato que pueda influir en la historia, en mi forma de verla y entenderla, me parece liberador e insólito. Qué placer no saber nada de ella (o de él) y que sus libros llenen todo el espacio. Qué placer que algo me pueda gustar por sí mismo, sin filtros, sin la ayuda (o el inconveniente) de la figura pública de su autor, con todo el ruido que produce. Hay autores que enriquecen sus libros con su conversación o con sus opiniones públicas sobre los temas más diversos. Pero la mayoría, me parece a mí, intervienen demasiado en su literatura, no paran de opinar sobre ella, de llenarla de datos, de justificaciones, de enarbolarla para las causas más dispares y acaban por convertirla en algo inapropiable, en algo solamente suyo que a nadie más que a ellos puede pertenecer. 

Elena Ferrante es un misterio. Su identidad está solamente en lo que escribe y ha decidido vivir al margen del mundo literario, lejos de sus focos y su agobio y la obligación de crearse un personaje que represente sus libros. Y este anonimato me ha permitido que sus libros me gusten de una manera más directa, quizá, que otros. Que no tengan dueño conocido, que vengan solos, sin embajador, me ha hecho apreciarlos sin interferencias. Se han vuelto más míos a través de mi lectura. Ahora ya me pertenecen. Gracias, Elena Ferrante, seas quien seas.

Los cuatro libros de esta saga tratan sobre la amistad entre dos mujeres, desde que son niñas en el Nápoles de los años cuarenta hasta que en 2010 una de ellas desaparece sin dejar rastro. Toda la historia es un monumento a una amistad femenina hecha de rivalidad, amor, necesidad y mil sentimientos encontrados que se van desarrollando a medida que las dos niñas van creciendo. Elena y Lina, las dos protagonistas, pasan toda su infancia juntas, se retan, se desafían, se apoyan, se traicionan, se pelean, se odian y no paran de buscarse, de ceder a la atracción que sienten la una por la otra. Elena es incapaz de reacciones violentas, y por ello, capaz de ser perfectamente infeliz entregada a un rencor tranquilo. Lina es volcánica y turbulenta, y por ello, va sembrando discordia y removiendo pasiones allá donde va. Ambas se atraen y se repelen, se asoman a la vida de la otra constantemente para enriquecerla, para contaminarla, para darle sentido para bien o para mal. Necesitan verse, aunque la vida las lleve en sentidos opuestos, para "oír el sonido loco del cerebro de la una resonando dentro del sonido loco del cerebro de la otra".

Elena y Lina se crían en un barrio violento que determina su existencia. Un mundo en el que los hombres tratan a sus mujeres como posesiones que pueden golpear y violar para "reeducarlas". Un mundo de reyertas callejeras, de insultos, de amenazas, de generosidades extravagantes y emociones a flor de piel. El barrio es sólo un barrio más de una gran ciudad pero sus límites están claramente marcados por el dialecto, como si el lenguaje y la forma de utilizarlo fuera la alambrada que encierra a las dos amigas dentro de la cárcel en la que han nacido. Una cárcel de la que sólo puede intentar huir a través de la escuela, estudiando, leyendo y aprendiendo un italiano que les abra las puertas de otras vidas. Porque ambas saben que el barrio no puede prevalecer. Tiene que haber una salida a la violencia, la vulgaridad y el dialecto soez y perverso con el que se atan las conciencias y las sensibilidades. El barrio es una enfermedad que asedia los cuerpos y embrutece la mente y ambas se pasan toda su vida buscando una salida, desde dentro y desde fuera de sus límites, a esa cárcel intangible. Quieren otra cosa, pero no saben qué. No tienen adónde dirigir sus anhelos. Las niñas que nunca han salido de Nápoles sienten confusión, anhelos sin una meta concreta. Son animalillos atrapados que conocen su jaula pero nunca la han visto desde fuera y no logran encontrar la perspectiva que les permita abrirla. Miran la libertad exterior en los libros, sin entenderla, sin pensar que pueda realmente ser para ellas.

He leído estos cuatro libros con la avidez con la que se devora un producto adictivo. Me ha pasado algo parecido a lo que experimenté con Knausgard. La fluidez del relato está tan bien conseguida que a veces me olvidaba de que estaba leyendo. De que era una historia inventada, contada por otra persona, construida de una forma literaria y, por lo tanto, artificial. La naturalidad del relato es verdaderamente asombrosa, parecida a la naturalidad de Knausgard al contar su vida con esa desmesura en las descripciones que lo vuelve todo real, palpable, verdadero. Ferrante nunca abusa de las descripciones, es fluida y ágil de una forma prodigiosa, y la aparente trivialidad de los acontecimientos contrasta sin cesar con la riqueza de la vida interior de estas dos mujeres que dominan la historia con sus vidas entrelazadas. 

Libros como estos dan sentido al hábito de leer. Enriquecen hasta límites raros. En el primer libro, Elena dice, refiriéndose a su relación con Lina, que sentía "miedo de que al perderme trozos de su vida, la mía perdiera intensidad e importancia". Con libros como estos a veces he sentido esa misma dependencia. Como si al perderme sus historias, mis historias fueran menos mías, menos verdaderas. 
Menos mal que no me he perdido ningún trozo de las vidas de estas dos mujeres, que nada se me ha escapado y que puedo volver a ellas siempre que quiera. Y ahora, a procurar que no se me escape ningún trozo de vida importante de las que me rodean. 


miércoles, 24 de agosto de 2016

SOFÍA O EL ORIGEN DE TODAS LAS HISTORIAS

Rafik Schami, el gran contador de historias de Siria, nos vuelve a regalar una preciosa novela de amor, después de aquella maravillosa historia, El lado oscuro del amor, que en su día me dejó conmocionada.

No son sólo historias cuyo origen está en el amor, es un modo de contemplar la complejidad de la situación por la que Siria ha pasado en los últimos años. Schami se detiene en el año 2010, imagino que porque ahí se inició la terrible guerra civil que sigue asolando a ese país. El relato social y político que recrea nos permite comprender, si es posible hacerlo, lo que está sucediendo ahora, el grave problema de la corrupción que no solo afecta a ese país (solo tenemos que ver lo que está sucediendo aquí, en España para entender socava la moral y la ética de la población).

La difícil convivencia entre musulmanes, cristianos y judíos, el colorido de las calles damascenas con sus olores, escenas y sabores, en la que la hospitalidad del pueblo sirio contrasta con la brutalidad de la dictadura que ya exhibe su crueldad, nos dibuja una realidad que nos acerca a la de tantos millones de sirios que han tenido que emigrar, en la mayor diáspora desde la Segunda Guerra Mundial.

Karim, Sofía y Salman son personajes maravillosos y entrañables que nos reconcilian con el mundo. Karim, cuando le preguntan si es musulmán o cristiano, responde contundentemente: sólo tiene una religión y se llama Amor. A todos nos iría mejor en el mundo si tuviéramos tan claro el valor de esa palabra. Las religiones, todas, desgraciadamente siguen siendo en el mundo actual el origen de los más graves enfrentamientos. 

Católicos y protestantes en el Ulster, musulmanes y cristianos en el Líbano, en Bosnia, Serbia y Croacia, cristianos en Etiopía contra el gobierno islámico de Eritrea, Sudán y Nigeria con musulmanes en el norte y cristianos en el sur, Chipre con musulmanes turcos y cristianos griegos, Egipto con musulmanes en contra de la minoría cristiana de los coptos y un sin fin que justificaría reuniones internacionales como hacen con el G-20 para buscar soluciones a un problema de tan gravísimas consecuencias.

Una preciosa novela que nos ayuda a clarificar los valores que parece que se van perdiendo por los caminos...



martes, 16 de agosto de 2016

CUMBRES BORRASCOSAS (Firma invitada)

¿Puede haber algo comparable a un libro excelente leído en versión original? Muchos opinarán que no. Sin embargo, yo creo que sí lo hay: una buenísima traducción de esa misma obra. Me explico. Es maravilloso poder leer, desde el original, cualquier novela, y más si se trata de uno de los grandes clásicos de la literatura de todos los tiempos. Pero no lo es menos leer un gran clásico pasado por el filtro traductor, cuando este procede de otra autora clásica. Si esto ocurre, yo me atrevería a decir que es casi tan bueno el original como la versión traducida. Aunque dejo espacio para discutirlo con un buen té –ya que se trata de una autora inglesa– delante.

Eso me ha ocurrido a mí con la versión de Cumbres Borrascosas traducida por Carmen Martín Gaite y publicada de forma exquisita por la editorial Alba. Es un lujo de objeto para tener entre las manos y es un tesoro de texto para devorar en dos o tres sentadas como me ha ocurrido a mí, gracias a la prosa tan precisa y rica en matices de Brontë y Martín Gaite en una combinación mágica.

Enumerar las maravillas de un texto que se publicó hace un siglo y medio y que buena parte de la población lectora del mundo ya ha leído me resulta bochornoso. Bochornoso por no haber accedido antes a él. Bochornoso por haberlo desdeñado en multitud de ocasiones y haberlo aplazado por otras lecturas que yo consideraba "más modernas". Sin embargo, la modernidad de Cumbres Borrascosas es una de sus múltiples virtudes. O mejor, su atemporalidad. El genio de esta obra reside, en mi opinión, en dos pilares básicos: la universalidad de sus personajes y el juego de los narradores empleados por Brontë. La universalidad de los personajes es lo que hace a la obra atemporal, fuera de todo espacio y todo lugar. Es cierto que los decimonónicos páramos ingleses donde se desarrolla esta novela son el lugar más idóneo para que se den personajes con la carga psicológica de Heathcliff o Catherine Earnshaw, pero no son exclusivos de allí. Son personajes que de puro ficticio son tan reales como nuestro vecino. Y la narración se hace de forma que sin que nos vayamos dando cuenta se desgrane la vida de toda una genealogía de habitantes de la Granja de los Tordos y la finca de Cumbres Borrascosas. Página a página, y sin respiro, la particular señora Dean nos presenta a todos los personajes desde la subjetividad de quien ha convivido con ellos desde siempre y quien los conoce mejor que nadie. Por cierto, que esta señora Dean también tiene su papel importante en los hechos que se narran. Casi como quien no quiere la cosa interfiere de manera decisiva en algunos de los acontecimientos.

Las vivencias brutales que, a veces, resultan desasosegantes, la descripción de la psicología de los personajes, los paisajes, la educación sentimental, la prosa fluida y fácil, la traducción genial de Martín Gaite... todo son razones más que suficientes para pasearse por primera vez o una vez más en los turbulentos sentimientos de los habitantes de Cumbres Borrascosas. No hay mejor plan para este agosto caluroso que tenemos encima.



lunes, 8 de agosto de 2016

LA ESPAÑA VACÍA

La España vacía es ese erial que se ve tras la ventanilla del coche o del tren al salir de Madrid. Es la meseta interminable y desértica que rodea como un mar todas las ciudades de Castilla la Mancha, Castilla y León, La Rioja, Madrid, Extremadura y Aragón. La España vacía siempre ha estado vacía. Y en este último medio siglo es cuando más la hemos visto, desde que cada hijo de vecino se pudo comprar un coche y la descubrió desde lejos mientras viajaba por las autopistas de un lugar a otro. Hasta entonces había permanecido aún más escondida, desligada de las ciudades como si se tratara de otro país, unida a la gente a través de las raíces de los antepasados, de los pueblos de veraneo que, también ellos, fueron poco a poco desapareciendo. Entre 1950 y 1970 se produjo una emigración masiva del campo a las ciudades, a Europa y a Latinoamérica. La gente huía de la miseria, de los rigores del clima, dejando atrás una identidad que viviría en su memoria y que iría diluyéndose en las generaciones posteriores hasta quizá perderse, por falta de referentes físicos a los que agarrarse. 

Este libro tiene múltiples lecturas. Se puede abrir al azar y encontrar siempre un argumento para debatir, una idea que reafirma nuestra opinión o contra la que dan ganas de luchar porque no podemos estar más en desacuerdo. Es un libro que te invita a mirarte hacia adentro y no para de preguntarte cosas: quién eres tú en relación a tu país, qué raíces tienes, qué ves cuando aparcas en un pueblo de la España vacía y recorres sus calles y hablas con su gente, qué distinción haces entre ellos y tú, a qué grupo crees que perteneces, qué identidad crees que compartes con las personas que te rodean.

Sergio del Molino defiende que la España vacía vive en la mente y en la memoria de millones de españoles, que la España vacía somos todos. Sin embargo, para mí la España vacía apenas existe. Es un lugar tan extraño y ajeno como un paisaje lunar. La España vacía que conozco me parece a menudo fea, sucia, vulgar y hostil. Y ni siquiera leyendo a Machado logro reconocerla en ninguna emoción. El autor siente que hay algo en su "generación que llama a los orígenes, que invoca las viejas mitologías y que aspira a recrearlas o a jugar con ellas desde la contemporaneidad". Pero yo desconozco las mitologías familiares, me crié en los suburbios de clase media de la capital y los orígenes rurales de mi familia se han borrado completamente de mi memoria, sepultados por medio siglo de huida de la hostilidad y de la miseria que representaron. 

Comparto generación con el autor de este libro pero no sus orígenes. Cuando habla de esa España como un útero pienso que hemos nacido de madres distintas. Sin embargo, sus palabras tienen la virtud de interpelarme en relación a algo que siempre me ha dejado indiferente. Yo no tengo ningún vínculo con la España vacía, y por lo tanto, ninguna nostalgia puede llevarme a ella. Para mí, es una toponimia más, un color árido que atravieso cuando salgo de Madrid en coche. Pero he disfrutado con este libro como un enano, por la cantidad de referencias insólitas que contiene, por ciertos capítulos que me han parecido verdaderos festines (en especial el que describe cómo los extranjeros románticos del siglo XIX hicieron añicos sus mitos al conocer esta España) y porque leer a Sergio del Molino, aunque vengamos de Españas distintas, es siempre una forma de sentirse en casa. 

Él no lo sabe, pero Sergio y yo llevamos años viviendo una historia de amor. Desde que en 2013 publicó La hora violeta y yo me pasé horas leyéndolo y llorando y llenándome de dolorosa felicidad, Sergio no ha dejado de estar en mi cabeza de una forma u otra. Me hace reír, me hace pensar, me maravilla y me descoloca, y de vez en cuando me encanta descubrir que no comparto sus ideas para cerciorarme de que sigo estando cuerdo. Nos hemos visto un par de veces, aunque probablemente él no se acuerde. Y está bien así, es una asimetría perfecta.
Gracias por tus palabras diarias, Sergio. Por tus libros y tu Facebook, una fuente de tantas cosas. Y por saber seducirme en las afinidades y en los desacuerdos. 



lunes, 1 de agosto de 2016

Editoriales afines (V): Astiberri

Yo antes no leía cómics. Desde que devoré la colección completa de Astérix en versión original para aprender francés (método que recomiendo vivamente), no había vuelto a la viñeta porque la consideraba infantil. La asociaba a Mortadelo, a Tintin, a Garfield, a historietas superadas por la adolescencia, que siempre reniega de su pasado. Y al igual que me pasaba a mí entonces, muchísima gente hoy en día sigue creyendo que los cómics son para niños, o, en el mejor de los casos, que, aunque traten temas de adultos, la viñeta simplifica cualquier historia que se pueda contar sin ilustraciones. 

Qué error. Cuánta belleza se pierden. Cuánta capacidad de sugestión están despreciando al pensar que una historia sólo puede contarse de una manera. 
Ilustración de "Los surcos del azar"

No se entiende la historia de la novela gráfica en España sin la editorial Astiberri. Sin ella, es muy probable que yo siguiera pensando que los cómics son o infantiles o superficiales. En sus 15 años de vida, Astiberri ha demostrado a todo tipo de lectores que existen otras formas de contar una historia, que la ilustración, combinada o no con un texto, sacude y emociona igual o más que cualquier otro lenguaje. 

Gracias a Astiberri viví la guerra civil y la segunda guerra mundial en la piel del soldado republicano de Los surcos del azar (Paco Roca), sufrí el miedo y la rabia de una chica de Yorkshire que sufrió abusos sexuales en Una entre muchas (Una) y hace pocos días he estado muy cerquita de Glenn Gould (Sandrine Revel), un genio del piano hipocondríaco y desquiciante, que me ha reavivado las ganas de volver a tocar las Variaciones Goldberg, aunque sea lejos de un estudio de grabación. 
Ilustración de "Glenn Gould"

A principios de año me propuse reseñar un cómic al mes, en un intento de abarcar un género que no frecuento con la asiduidad que merece, y ocho meses después le he cogido tanto cariño a las historietas que en la librería le vamos a dedicar a una de las editoriales que mejor las editan el espacio propio de la editorial del mes.


viernes, 29 de julio de 2016

GLENN GOULD

Cuando buscas en Google Variaciones Goldberg, antes de terminar de teclear te aparece el nombre de Glenn Gould. Es como si le pertenecieran, hay un vínculo indestructible entre el pianista canadiense y la obra de Bach. Un vínculo que lleva vivo como mínimo desde 1981, el año de su segunda y más famosa grabación de las variaciones. Tuvo tanto éxito esa versión que hoy en día la mayoría de los amantes de la música de Bach que quieren lo mejor para sus oídos presumen de escucharla en el coche, en el baño, en todos sitios, porque es su favorita. Y yo me pregunto: ¿han escuchado otras? ¿Qué criterio han seguido para encumbrar esta versión y descartar otras? ¿Saben cómo surgió, quién era Gould en 1981 y en qué se había convertido?

Glenn Gould fue un pianista prodigioso. Dejó de tocar en público con poco más de treinta años porque detestaba la masa de espectadores (la llamaba "fuerzas del mal"). Canturreaba y se contorsionaba sobre la banqueta y le gustaba tocar encorvado, con la cara a pocos centímetros de sus manos, sentado muy cerca del suelo. Se tomaba la tensión varias veces al día, se atiborraba de pastillas y llevaba siempre guantes para protegerse las manos. Llevaba cuentas y anotaciones de todo lo imaginable en cuadernos clasificados por años. Se presentaba siempre con bufanda y abrigo ya fuera verano o invierno. Y, sobre todas las cosas, adoraba los estudios de grabación. Allí se sentía a gusto. A salvo de cualquier contratiempo. Podía repetir un compás veinte, cuarenta, doscientas veces, si quería, hasta que saliera perfecto. Podía canturrear y contorsionarse sin pensar en las miradas reprobatorias de las "fuerzas del mal". Era un tipo de reclusión monástica en la que él tenía todo el control y donde podía buscar sin prisa el ideal de belleza que habitaba en su cabeza. Una reclusión de la que surgieron las Variaciones Goldberg en 1981, destinadas a moldear la percepción de esta obra en la mente de millones de amantes de la música de todo el mundo. 

Glenn Gould fue un pianista prodigioso. Encantador y excéntrico. Maniático e hipocondríaco. Incapaz de amoldarse a exigencias de etiqueta o a normas de conducta. El mundo tenía que aceptarle a él tal y como era, porque él no tenía ninguna intención ni capacidad de adaptarse al mundo. Y esa singularidad, esa excentricidad que define su carácter está ahí, en la música que grabó. Se puede escuchar desde la primera nota de estas Goldberg, en la decisión de tocar el Aria a un tempo que el propio Bach habría considerado ridículamente lento, en la búsqueda obsesiva de la perfección, de una idea suya, que sólo le pertenecía a él, y que estaba por encima de Bach y del piano y de toda la música que tocaba. 

Glenn Gould se convirtió, muy pronto, en un pianista de culto. No tanto por la excelencia de sus interpretaciones sino por la excentricidad de su carácter. A la gente que no se dedica al arte le gusta pensar que los artistas están hechos de otra pasta. Quizá por el afán mitómano de elevar a un altar aquello que se admira. O simplemente porque distanciarse de la naturaleza de los artistas les hace olvidar que quizá ellos también podrían serlo y no lo son. El caso es que Gould encarnó el prototipo de genio: solitario, obsesivo, inclasificable, hipocondríaco, excéntrico, asocial. Y el mundo lo convirtió en mito, sin sospechar que su música es un reflejo de su carácter y es, también ella, obsesiva, excéntrica e inclasificable. Me pregunto si la gente que presume de escuchar en el baño y en el coche su versión favorita de las Variaciones Goldberg sabe de verdad quién las tocaba, qué cantidad de manías se esconden detrás de esas notas y lo poco que se parece esa música a la que tenía Bach en la cabeza cuando las compuso.

Glenn Gould, 1955

Reconozco que he utilizado la lectura de este libro de Sandrine Revel para ajustar alguna antigua cuenta personal con Glenn Gould. El cómic es espléndido. El dibujo, de una precisión y una delicadeza admirables. Y creo que retrata muy bien el carácter del pianista canadiense a través del contraste entre su vida de veinteañero sufriendo en las salas de concierto de medio mundo y su última etapa, enfermo y obsesionado con una nueva grabación de las Goldberg. En mi época de conservatorio, Gould era una rockstar. Me fascinaba, a la vez que me repelía. Me asombraba el genio, la sensibilidad extrema, la novedad en todo lo que hacía, la sorpresa constante que era escuchar un disco suyo. Pero no era capaz de aprender nada de él. Era demasiado él mismo para crear escuela. Para ser ni remotamente didáctico. Lo que hacía era asombroso, pero sólo podía hacerlo él. Imitarlo habría sido una caricatura, un desastre. Y sigo pensando que es maravilloso y que no me gusta. Porque me frustra admirar algo de lo que no puedo aprender nada. 




miércoles, 20 de julio de 2016

LA LUZ QUE NO PUEDES VER

Marie-Laure vive con su padre en París, cerca del Museo de Historia Natural, donde él trabaja como responsable de sus mil cerraduras. Cuando, siendo muy niña, Marie-Laure se queda ciega, su padre le construye una perfecta miniatura de su barrio para que pueda memorizarla gracias al tacto y encontrar el camino a casa. A sus doce años, los nazis ocupan París y padre e hija tienen que huir a la ciudad amurallada de Saint-Malo. Con ellos se llevan la que podría ser la más preciada y peligrosa joya del museo.

En una ciudad minera de Alemania, un huérfano de trece años llamado Werner crece junto a su hermana pequeña, Jutta, cautivado por una rudimentaria radio que ambos encuentran. Werner se convierte en un experto en construir y reparar estos aparatos cruciales para los nuevos tiempos, un talento que no pasa desapercibido a las Juventudes Hitlerianas. El horror y también la amistad son componentes que hacen de este relato un texto que no deja respiro, a veces es necesario abandonarlo por unas horas para recuperarse y poder continuar.

Siguiendo al ejército alemán, Werner deberá atravesar el corazón de Europa en guerra. Hasta que en la última noche antes de la liberación de Saint-Malo, los caminos de Werner y Marie-Laure por fin se cruzan. Y sus vidas cambian para siempre. 

La Segunda Guerra Mundial, paradigma de todas las guerras, en una reflexión que todos los gobernantes de tantos países en conflicto, veintidós en este momento, deberían hacerse, y leer este libro sería una buena forma de sensibilizarse. Guerras como la de Siria, con sus millones de desplazados y sus ciudades arrasadas, la de Irak, Afganistán, Birmania, la más antigua, en las que se utilizan a millones de niños, son una violación constante de los Derechos Humanos. 
     
Los premios Pulitzer, como éste, suelen ser garantía de calidad. Recientemente se ha traducido por primera vez al español el que concedieron a Edna Ferber con Así de grande en 1925, un delicioso libro. También fue premiado El jilguero, de Donna Tart y clásicos ya como Matar un ruiseñor, La uvas de la ira o El viejo y el mar disfrutaron de este galardón.



miércoles, 13 de julio de 2016

LA MUJER DE LA LIBRETA ROJA (Firma invitada)

En verano tenemos la mala costumbre de querer cogernos unos días de vacaciones y, por lo tanto, para no cerrar la librería, cuando nos quedamos aquí, trabajamos más. Eso quiere decir menos tiempo para leer. Menos tiempo para escribir reseñas. Y nuestro blog, el pobre, abandonadito. 
Para ponerle remedio, hemos decidido invitar a Patricia, una amante devota y entusiasta de los libros que tiene la suerte de disfrutar de unas vacaciones largas de verdad, a que comparta con nosotros en nuestro blog alguna de sus lecturas veraniegas. 
Aquí tenéis la primera. 

"¡Por fin llegó el verano! Y con él más horas en el día para leer y disfrutar de decenas y decenas de nuevas historias. Hay mucha gente que aprovecha el verano para hincarle el diente a grandes (y voluminosas) obras de la literatura universal y aprovechar el tiempo extra para detenerse a degustar minuciosamente el lenguaje y las tramas de tal o cual novela. Otros, sin embargo, buscan lecturas refrescantes, ligeras, entretenidas, un poco en consonancia con la vida de vacaciones. A mí me da igual. Tengo pendiente El Quijote y mientras tanto picoteo otras cosas más intensas o más livianas.

Mi última lectura ha sido de las del segundo grupo: las refrescantes lecturas para veranos de piscina y playa. La mujer de la libreta roja, del francés Antoine Laurain, es una novela corta que saca de paseo a sus lectores por el París de Modiano y de las librerías. Protagonizada por un librero de cuarenta y tantos años, cuenta sus aventuras en la búsqueda de la dueña del bolso morado que ha encontrado tirado sobre un cubo de basura de camino en su paseo matutino por el barrio donde vive y donde tiene montada la librería. Lo que comienza como un acto cívico al querer devolver el objeto a su dueña, pasa a ser un juego de pesquisas y se termina convirtiendo en la obsesión del protagonista por encontrar a la dueña del contenido del bolso.

Cargada de libros y referencias literarias, así como llena de buenas dosis de intriga e ingenio, esta novela es tan refrescante como un chapuzón veraniego. O si no, la excusa perfecta para pasearnos una vez más –aunque sea desde las páginas de un libro– por las calles y callejones de nuestra querida París. El mejor plan deseable para este julio madrileño de calor porque contiene una combinación perfecta: un librero y París."

Patricia Bejarano