lunes, 10 de abril de 2017

VOLVER A CASA

Este relato nació de un viaje que la escritora Yaa Gyasi hizo a Ghana, país al que no había vuelto desde que cumplió dos años. Allí, en el Castillo Costa del Cabo, de donde partían los barcos negreros que transportaban esclavos para ser vendidos en Estados Unidos, un guía le contó cómo era la vida de los presos que algunas tribus indígenas vendían a los colonos británicos. 

Partiendo de esa experiencia, Yaa Gyasi ha creado una novela inmensa que abarca, en menos de 400 páginas, el relato de varias generaciones, desde el siglo XVIII hasta ahora. Hechos traumáticos que sucedieron a personas como nosotros, con nombres propios, con los mismos miedos y esperanzas. La primera parte tiene como protagonistas a dos hermanastras, de la misma madre y con padres diferentes: Effie, elegida por un gobernador británico para ser su mujer, y Esi, prisionera vendida como esclava en Estados Unidos, recorren experiencias que nos dejan marcados y dan respuesta a tantas preguntas sobre la identidad y el origen étnico.

La segunda parte se inicia en Estados Unidos con H, un descendiente de Esi, que, después de haber sido esclavo y conseguido la libertad, vuelve a ser hecho prisionero por una nimiedad y condenado a trabajos forzados en una mina de carbón de Pratt City, Alabama, la ciudad minera por excelencia. Cuando se eliminó la esclavitud los negros siguieron siendo sospechosos de cualquier crimen, hasta el punto que muchos apenas notaron los beneficios de la abolición. Hoy día siguen sin resolverse muchísimos problemas de racismo que tienen su origen en un episodio tan terrible como fue la esclavitud. Son datos históricos que sería muy conveniente que se estudiaran en los centros educativos para que los ciudadanos pudieran tener criterios en que apoyar sus actitudes cotidianas.

Hay libros buenos e interesantes. Este, además de bueno e interesante, es absolutamente necesario para conocer esa parte de la historia que no se ha difundido suficientemente, quizá para no tocar la conciencia de tanta gente descendiente de aquellos que hicieron de la vida de sus semejantes un verdadero infierno en la tierra.


jueves, 6 de abril de 2017

Nueva York en la literatura (IV): ¡CORRE, HOMBRE, CORRE!

"El corazón del modo de vida americano se saltó un latido que jamás podrá recuperar".
El latido de la convivencia. El latido de imaginar que el color de la piel o la cadencia de un acento no tienen por qué levantar fronteras de recelo. Un latido que hace que el país camine siempre medio cojo, doliéndose de la misma violencia, del mismo miedo.

Chester Himes es un gigante de la novela policiaca. Escribió diez libros protagonizados por dos detectives inolvidables, Coffin "Ataúd" Ed Johnson y Gravedigger "Sepulturero" Jones, todos ellos ambientados en el barrio neoyorquino de Harlem, y todos ellos con el racismo como tema central. A finales de los años sesenta, Himes emigró a España, huyendo de la discriminación racial de Estados Unidos, y murió en Alicante en 1984, no sé si reconciliado o no con la sociedad blanca que tanto le había maltratado por ser negro, pero desde luego dejando un legado literario a la altura de los más grandes escritores norteamericanos de novela policiaca.

Hoy os traigo una novela para leer con el corazón en la boca, no cómodamente arrellanados en el sofá sino al borde mismo del asiento, con todos los sentidos alerta y el cuerpo listo para levantarse y escapar a toda velocidad en el caso de que el asesino del libro logre saltar de las páginas y apuntar con su arma en tu dirección. Contiene una de las escenas de persecución más eléctricas y brutales que he leído nunca: un verdadero homenaje a la lectura compulsiva y también una denuncia feroz del racismo en Nueva York. 

Estamos en 1966 y un negro conduciendo un coche es un ladrón de coches en potencia. Un negro solo caminando por la noche sin duda se dirige o vuelve de algún trapicheo. Un negro que corre es porque huye tras haber cometido un delito. Un negro bien vestido seguro que trabaja en la mafia de Harlem. Un negro, esté donde esté y haga lo que haga, siempre es sospechoso de algo. Y los asesinatos de negros, al fin y al cabo, no son más que "rasguños en la piel de la ciudad", pequeñas molestias cotidianas que como mucho se investigan con desgana. Los negros, "ese pueblo perdido", siempre sirviendo, o robando o en la cárcel. Siempre con miedo de que sus vidas caigan en manos de algún blanco caprichoso (patrón, banquero, policía) que las convierta en un infierno. 

"El corazón del modo de vida americano se saltó un latido que jamás podrá recuperar". 

Al compás de ese latido perdido, Chester Himes escribió esta novela salvaje y desgarradora: un homenaje a Harlem, la herida abierta del racismo en Nueva York. 


Chester Himes




lunes, 3 de abril de 2017

EL HAMBRE

Si existiera un mago al que le pudiera pedir cualquier cosa, Aisha le pediría una vaca. A lo sumo, dos vacas. Sí, dos vacas. Con dos vacas ya no pasaría hambre. Sonríe mientras lo piensa. Un mago. Dos vacas. La tripa llena. La suya y la de sus hijos. Sonríe. Qué sueños. 
El hambre, y las enfermedades derivadas de ella, matan a unas 25.000 personas cada día. Y los que sobreviven se quedan sin la posibilidad de imaginarse distintos, de ver más allá de su horizonte de pobreza hasta que el mejor futuro posible son dos vacas. El deseo más grande que pedirle al mago: dos vacas. 

Casi todos pasamos hambre varias veces al día. Sentimos el hambre como una alerta, un aviso de la hora que es. Como mucho, una leve carencia que va a saciarse pronto. Tener hambre, para quienes tenemos asegurado el acceso a la comida, es algo inocuo, tan fácil de satisfacer como las ganas de orinar. Sabemos qué significa tener hambre, pero no qué significa pasar hambre. Decimos me muero de hambre y sonreímos ante la idea de la hamburguesa. Decimos 25.000 personas se mueren del hambre y sus enfermedades derivadas sin ser plenamente conscientes de que la primera acepción nada tiene que ver con la segunda. Que la palabra sea la misma es una comodidad del lenguaje. Una forma, también, de ocultar su significado, de normalizar una aberración evitable, de esconder, tras una palabra trivial que ha perdido la connotación de sufrimiento y muerte, uno de los escándalos criminales más devastadores de nuestro mundo. Debería existir otra palabra para los que mueren por el hambre. Su hambre no es la nuestra. Nuestra palabra está desgastada por el uso, manoseada, convertida en lugar común. Debería existir otra palabra. 

Se puede hablar y hablar sobre el hambre y no transmitir nada. Se pueden leer datos y difundirlos: la agricultura mundial podría alimentar a 12.000 millones personas, somos 7.000 millones y 900 pasan hambre, no es una fatalidad, es un escándalo. Se puede gritar que hay empresas y gobiernos que se lucran con el hambre de muchos de esos 900 millones y aun así no despertar más que un pasajero mosqueo, un emoticono de facebook olvidado a los dos minutos. Se puede decir que el tema no es el hambre, son las personas que lo sufren, pero seguimos sin entenderlo, sin sentirnos involucrados en el problema. Ya apenas vemos hambrunas en la tele, que si bien no conseguían oleadas de empatía, al menos ponían una imagen al sufrimiento de tanta gente. Apenas hay hambrunas, y sin embargo lo peor del hambre no son los desastres ocasionales provocados por una guerra, una sequía o un tirano. Lo dramático, lo que no aparece en las noticias porque no es novedoso, es la malnutrición estructural provocada por la burocracia y la especulación, por unos estados ricos que se encogen de hombros, como todos nosotros, protegidos por la terminología abstracta y sus despachos, mientras millones de personas enferman y mueren de hambre. La malnutrición estructural es crónica. No aparece en las noticias porque no es noticia. Pertenece a millones de vidas cotidianas. Y se puede evitar. 

La pregunta de Martín Caparrós es sencilla: "¿cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?"

Vivimos tranquilos. Preocupados por pequeñeces, incomodidades mínimas que agigantamos para sentirnos menos insignificantes. Para fingir que nos pasa algo. Pero no. Trabajamos. Comemos con la familia. Cenamos con amigos. Dormimos nuestras ocho horas. Desayunamos. Comemos. Comemos todo lo bien que elegimos comer. Y el hambre es una palabra. Seis letras. Un encogimiento de hombros, una duda (pasta o filete) que se resuelve abriendo la nevera. Y como no sostenemos la mirada de un niño famélico, como no entrevistamos a Aisha para escuchar su historia de las dos vacas, vivimos bien, con emoticonos de autoayuda en redes sociales. Tranquilos. Bien. 

Hasta que llega este ensayo, esta crónica personal, esta denuncia apasionada en forma de obra de arte literaria, y la palabra hambre explota. Se despoja de su disfraz, de las capas de significados superfluos y aparece ante ti, violenta y aterradora. Y explota. Explota en cada capítulo, en cada frase que duele y que quieres copiar para enseñársela a alguien, mira, mira, mira. Explota en cada dato, nombre, anécdota. Explota y sabes que ya no volverás a vestirla con los disfraces hipócritas y ofensivos de siempre. Explota. Y algo ha cambiado, una palabra nueva, una realidad nueva se abre paso en tu cabeza, el hambre ya es otra cosa, mucho más fea, mucho más insoportable, ahora el hambre golpea, ahora se mueve dentro de ti, busca, escarba y encuentra. 



miércoles, 29 de marzo de 2017

LA MUSA

Jessie Burton, nacida en 1982, estudió en la Universidad de Oxford y en la Central School of Speech and Drama, fue actriz y secretaria de dirección antes de dedicarse a la literatura. Su primera novela, La casa de las miniaturas, traducida a 36 idiomas, fue una historia de éxito por la que hay que darle la enhorabuena a esta joven escritora que promete muchísimo y que ahora nos regala su segunda historia, La musa.

Como me sucedió con La casa de las miniaturas, el inicio de la historia me sumergió en un relato ameno que parecía esconder misterios insondables y, a medida que estos van cogiendo velocidad, se convierten en una vertiginosa y apasionante trama que nos deja sin aliento.

La novela transcurre en dos escenarios y épocas distantes entre sí. El primero nos sitúa en 1936 en un pueblecito de Málaga, a inicios de la Guerra Civil. Un marchante de arte vienés, su mujer y su hija se establecen en una apartada casa, huyendo del nazismo. Olive, la hija, pinta y sufre la indiferencia de su padre creando un abismo que propicia una obsesión y una trama de mentiras con la connivencia de Isaac y Teresa, dos hermanastros republicanos, hijos de un terrateniente franquista. 

El enfrentamiento entre familias, el miedo al abuso de poder, la humillación y el castigo que sistemáticamente utilizaron los partidarios de la dictadura para torturar a las mujeres republicanas para que denunciaran a sus familiares, desnudándolas en el centro de las plazas, a la vista de todos los vecinos, rapándoles la cabeza y obligándolas a beber una botella entera de aceite de ricino, fueron hechos muy extendidos en muchos pueblos de España durante la Guerra Civil y Jessie Burton los describe de forma magistral y aterradora.

El segundo escenario es Londres en 1967. Odelle es una muchacha negra, llegada de Trinidad, a la que le gusta escribir y que consigue un trabajo en el Instituto de Arte Skelton a la vez que la protección de Marjorie Quick, un personaje que entraña muchos misterios. Una relación sentimental con Lawrie, propietario de un cuadro que llega a convertirse en el hilo conductor de acontecimientos que sucedieron treinta años antes en España, nos conduce a un apasionante y vertiginoso recorrido a través del amor y las obsesiones.

Una lectura estupenda para la próxima Semana Santa.




viernes, 24 de marzo de 2017

OFFSHORE

Yo quiero ser el comisario Kostas Jaritos. 

Quiero contemplar con estoicismo mediterráneo un atasco monumental y tranquilizar a mi mujer diciendo: "los pitidos son como la ropa unisex, valen para todos y en todas las ocasiones". 
Quiero que se me conozca por mi necesidad de investigar casos, más que por mi premura al cerrarlos. 
Quiero decir que la gran mayoría de los crímenes hoy en día tienen que ver con el dinero y que eso es resultado de la crisis y que si un inmigrante sin papeles ha cometido un robo con violencia para dar de comer a sus hijos no me siento bien cuando le pongo las esposas y lo mando al calabozo. 
Cuando la crisis remita y los sueldos aumenten, quiero preguntarme, mientras lo celebro con mi familia, de dónde sale ese dinero. 
Quiero sentarme a la mesa y rendir homenaje a los tomates rellenos que ha preparado mi mujer con la devoción propia de un místico en trance. 
Si me dan a elegir entre un ascenso o seguir saltándome las burocracias y las normas a mi manera, quiero elegir la segunda opción con una sonrisa. 
Cuando me planten bajo el bigote un expediente disciplinario por querer hacer bien mi trabajo, quiero llegar a casa y que mi mujer me reciba con un abrazo y un susurro: "estoy orgullosa de ti".
Quiero recorrer mi ciudad y detallar los nombres de las calles por las que paso con la delectación de un hombre recorriendo el cuerpo desnudo de su mujer. 
Quiero aprender de mis compañeros que "hay dos cosas que nunca deben mantenerse ocultas, en ningún caso: los muertos y los asuntos económicos turbios. El mundo sería un lugar pestilente si no enterramos a los muertos como es debido y si no aclaramos de dónde viene el dinero". 
Quiero que Grecia deje algún día de ser ese conejillo de indias usado para averiguar hasta qué punto un país y su población pueden soportar privaciones de todo tipo. 

Yo quiero ser el comisario Kostas Jaritos. 
Y vivir en los libros de Petros Márkaris, ese grande de la novela negra que triunfa diseccionando la corrupción y la avaricia de los que mueven los hilos de la crisis. 



martes, 21 de marzo de 2017

EN LAS NUBES (firma invitada)

¿Imaginas un mundo creado por la mente de un niño de diez años? Todos hemos sido niños y hemos tenido esa edad, pero a algunos ha podido olvidársenos ya la maravilla del tiempo a solas, tumbados en la cama imaginando todas las posibilidades que podrían llegar a ocurrir a nuestro alrededor. Eso es lo que le pasa a Peter Fortune, un niño cuyo apellido no creo que sea una mera coincidencia. Peter es afortunado por disfrutar de esa mente privilegiada que le hace convertirse en quien más quiere o a quien más detesta y hace que su forma de entender el mundo cambie.

Escrita con una agilidad insuperable, esta novela, un poco en la línea de las colecciones de relatos medievales que parten de un marco común y van desgranando una a una las historias, es un paseo por la infancia, la ternura y la ingenuidad. Su protagonista lucha contra sus fantasmas interiores a golpe de pensamiento e imaginación y recrea en su cerebro las historias mágicas, paralelas a la vida que nunca llegará a vivir. En definitiva, Peter hace con su mente lo que los adultos hacemos con los libros: vive otras vidas, cargadas, por supuesto, de más aventura y riesgo que la suya.

Ian McEwan consigue ponerse en la piel del joven Peter y usa una técnica y estilo inteligentísimos para ingeniar un narrador que está fuera y dentro del niño al mismo tiempo. Un narrador omnisciente a la altura de los mejores de la literatura clásica. Y su tono a veces irónico y cargado de humor puede entrecruzarse con uno más lírico y fantasioso. Un placer para los sentidos. Con todos estos elementos y la fuerza que le imprime a su protagonista, nos encontramos en un mundo donde una crema disolvente puede hacer desaparecer a nuestros padres, las muñecas de la habitación de la hermana reclaman un lugar prominente, convertirse en otro ser puede ser un acto cotidiano y capturar a un ladrón se convierte en una tarea de lo más simple.

Si un Peter Fortune se sentara hoy en día en los pupitres de nuestras aulas diríamos que tiene "déficit de atención". McEwan, sin embargo, nos dice que es un soñador (Daydreamer es el título original en inglés), un chico siempre en las nubes o que, como se permite preguntarse en la página final, quizá volaba. Esa es la maravilla del buen arte.

Esta es una lectura fácil y muy amena que recomiendo a adultos de espíritu joven que aprecien la buena literatura, pero especialmente a niños de entre ocho y doce años, que no tengan miedo a imaginar, que se dejen llevar por el mundo paralelo de Peter, su gato y toda su familia: un mundo plácido y feliz donde no hay más remedio que inventar historias que le den vidilla.


lunes, 13 de marzo de 2017

Nueva York en la literatura (III): NUEVA YORK: HISTORIAS DE DOS CIUDADES

Nueva York son dos ciudades. O diez, o cien. Pero al menos, dos. 

Una es rica y glamurosa, viste bien, va al teatro y se pasea por la Quinta Avenida como si las aceras llevaran alfombras rojas. Es un personaje estelar en las películas de Woody Allen, la literatura y el cine la miman sin pudor y se siente poderosa cada vez que se mira con orgullo en los escaparates de las calles de Upper East Side. Distinción y elegancia son sus máximas, y los botones y porteros lo saben cada vez que se quitan una mota de polvo de sus trajes. Vive a gusto, saciada de lujo y de sueños cumplidos. Se sabe reverenciada y codiciada, como una esmeralda en una vitrina blindada. 

La otra es sucia y huele mal, es malhablada, va al cine cuando puede y se pasea por el metro muerta de sueño, como sonámbula en pena. Cuando se ve en los escaparates se ríe sarcástica o aparta la mirada, perturbada por la visión de ese sueño americano que parece una blasfemia en ciertas zonas de Brooklyn o del Bronx. Resistencia y orgullo son sus máximas, aunque no siempre se pueda permitir el lujo de mostrarlas, sobre todo cuando toca elegir entre pagar el alquiler o hacer la compra semanal. Vive humillada, miserable, herida de pobreza. Se sabe despreciada y temida, como una amenaza difusa que nunca debería haberse hecho realidad. 

La frontera entre estas dos ciudades es cada vez más delgada y está hecha de esa maltrecha clase media que hasta los años ochenta protagonizó la gran explosión cultural de la ciudad y que hoy en día agoniza debido a los precios prohibitivos de la vivienda y las crecientes desigualdades sociales. Dos ciudades separadas por la herida de la desigualdad económica y social viven una junto a otra, incluso una sobre la otra, y cada vez es más difícil que se pongan de acuerdo para caminar en la misma dirección. 

A través de relatos escritos por treinta escritores neoyorquinos actuales (Dave Eggers, Edmund White, Zadie Smith, Jonathan Safran Foer, etc.), este libro propone la idea de que una convivencia más justa y equitativa es posible y que quizá haya que rescatar para la política ideas tan de sentido común (y que el neoliberalismo ha vuelto tan subversivas) como la necesidad de velar por el bienestar general y la importancia de la inversión pública en todos los sectores para tratar de frenar por todos los medios la galopante desigualdad. Todos los relatos son historias de amor (amor herido, amor furibundo, amor platónico) por Nueva York, pero uno en concreto me ha acelerado el pulso y las ganas de estar ya allí a descubrir sus calles. La ciudad transmite, con su vitalidad desbordante, una sensación de euforia, cuenta el relato. Uno vuelve de ella hiperestimulado por sus mil caras, por sus historias, con una mayor capacidad de experimentar la extraordinaria diversidad del mundo y sus posibilidades. 

Yo quiero una Nueva York así, una ciudad que sea como una amante generosa que tiene amor para todos. Que deje de vivir del espejismo de la especulación financiera y proporcione a sus habitantes viviendas y condiciones laborales dignas que les permitan disfrutar de todo lo que esta ciudad brutal y esplendorosa tiene para ofrecer. 



miércoles, 8 de marzo de 2017

MUJER EN PUNTO CERO

"Las mujeres creativas son más sensibles y conscientes de la coerción que les rodea, haciéndolas más vulnerables a la rabia, la preocupación y la neurosis que aquellas que los psiquiatras y las sociedades califican de "normales". Estas son capaces de conformarse con la opresión, pensando que es la voluntad de Dios quien hizo al hombre y a la mujer, asignándoles roles a cada cual, dictando que las mujeres se ocupasen de la cocina y la limpieza, y los hombres del pensamiento y la escritura."

Palabras textuales de Nawal el Saadawi en su libro Mujer en punto cero. Hablar hoy, 8 de marzo, de este clásico escrito en 1975 es el mejor homenaje que podemos hacer a tantas mujeres maltratadas y asesinadas. Este libro cuenta la historia de Fardous, nombre ficticio y personaje real, mujer ajusticiada en una cárcel de El Cairo por haber matado a su pareja, un proxeneta maltratador.

Fardous, la protagonista de esta historia, era demasiado inteligente, sensible y creativa para aceptar el rol que le habían asignado y, a pesar de pertenecer a una familia pobre y de no tener estudios avanzados, tenía una inteligencia natural para ver los significados de las cosas que sucedían a su alrededor. ¡Cómo sería su vida...! Desde el nacimiento sufrió a un padre abusador, luego a un marido violento y finalmente un engañoso novio convertido en proxeneta. En el libro declara que siente que la muerte le da la bienvenida como única manera de ser finalmente libre. Dice: "todos los hombres que he conocido me han inspirado un deseo: el de alzar la mano y dejarla caer con fuerza sobre su rostro".

La denuncia de Nawal el Saadawi continúa resonando, afortunadamente, en todo el mundo. Nació en el seno de una familia acomodada de El Cairo y muy joven sufrió la mutilación de sus órganos genitales. Estudió medicina en la universidad de su ciudad natal. Por intentar proteger a una de sus pacientes de la violencia doméstica fue trasladada. Más tarde accedió a la Dirección de Salud Pública pero fue despedida por el Ministerio de Salud por denunciar la ablación en Egipto. Entre 1973 y 1976 trabajó en la investigación de la neurosis en las mujeres en la Universidad Ain Shams y fue asesora de las Naciones Unidas para el Programa de la Mujer en África y de Oriente Próximo.

La polémica que suscitaban sus opiniones se volvió peligrosa para el gobierno egipcio, que decidió encarcelarla 1981. Diez años después tuvo que exiliarse a Estados Unidos por amenazas de muerte de los islamistas, trabajando de profesora en la Universidad de Washington. Desde 1996, año de su regreso a Egipto, sigue ejerciendo su activismo en favor de los derechos de las mujeres, especialmente mediante su obra escrita. Con 85 años sigue siendo una de las feministas más importantes de su generación.


Nawal el Saadawi




lunes, 6 de marzo de 2017

SABIAS

Este libro, tan deseado y necesitado por las mujeres que llevamos tantos años luchando por nuestros derechos, es mucho más de lo que su título sugiere. Es un recorrido pormenorizado por la vida de algunas de las mujeres que, desde la civilización sumeria hasta el siglo XX, han contribuido al desarrollo de la ciencia y cuyo trabajo ha sido a menudo silenciado precisamente por ser mujeres.

La sacerdotisa, poeta, astrónoma y escritora Enheduanna es la primera mujer retratada. De la cultura sumeria, vivió entre los años 2300 y 2225 antes de nuestra era. En esa etapa tan lejana las mujeres trabajaban como doctoras, alfareras, tejedoras, cerveceras, participando en la construcción de canales y tareas agrícolas. También eran dueñas de su dote y podían tener propiedades. (Parece increíble que durante tantos siglos después nos quitaran todos esos derechos que en aquella época teníamos). La información que tenemos de Enheduanna ha sido posible gracias a las excavaciones que se hicieron en la ciudad de Ur buscando la ciudad natal de Abraham. Los vestigios encontrados permitieron conocer textos de la que, en 1968, historiadores holandeses calificaron como el "Shakespeare de la literatura sumeria" y fue más de un milenio antes de La Iliada. Ella era la máxima autoridad religiosa y dirigía la organización y la recogida de las cosechas y la fabricación de la cerveza, además de ser escritora.

Otras dos mujeres sobresalientes de la Antigüedad son Aspasia de Mileto e Hipatia de Alejandría. La primera fue maestra de Sócrates, modelo del escultor Fidias, compañera de Pericles, filósofa, quizá la mujer griega más famosa de la Antigüedad, fascinó a los hombres más brillantes de su época y abrió una escuela para niñas y jóvenes en Atenas. Hipatia, matemática, astrónoma y filósofa, defendía el poder de la razón y el conocimiento frente a los abusos de la fe y fue admirada y venerada por todos los que la rodearon. Su brutal asesinato a manos de los cristianos liderados por Cirilo puso fin a la posibilidad de tolerancia y coexistencia pacífica entre religiones, y fue el triunfo del fanatismo cristiano que veía en la ciencia y la razón un ataque a su forma de entender el mundo. Cirilo, como premio a la brutalidad que ejerció, fue santificado y todavía en 2007, Benedicto XVI alababa su "defensa de la fe". No sería ni el primero ni el último asesinato ordenado por una autoridad eclesiástica a lo largo de la historia.

Dando un salto en el tiempo, nos plantamos en la época de la Reforma luterana y la autora nos cuenta cómo los países protestantes propiciaron una revolución científica que los católicos, como España, con la Iglesia como guardiana de los dogmas, se encargaron de eliminar. El retraso en materia científica que todavía arrastramos se inició cuando en lugares como Alemania o los países nórdicos se desarrollaban gremios de artesanos y comerciantes, base de la prosperidad, y se daba alfabetización a las niñas para que pudieran leer la Biblia.

Otra mujer controvertida, de la que en este libro conocemos detalles poco divulgados, es Isabel la Católica. Adela Muñoz nos desvela una parte positiva de Isabel. Para ofrecer a sus hijas la mejor educación se rodeó de un grupo de mujeres cultas a las que se llamó "Las niñas sabias de Isabel I". Entre ellas se encontraba Beatriz Galindo, la Latina, maestra, camarera y su "consejera más querida", como la llamaba la reina. Sus cuatro hijas fueron las princesas más cultas de Europa. Todo lo bueno lo sofocó la Inquisición expulsando a los judíos, luego a los moriscos, e incluso atacando a Nebrija, protegido de los reyes, sólo por señalar errores de traducción en la Biblia admitida por Roma.

Otros ejemplos son la Marquesa de Chatêlet que, aunque fue conocida por ser la amante de Voltaire, a los 12 años ya hablaba seis idiomas, conocía literatura de todas las épocas, tocaba el clavecín y era soprano y actriz; Caroline Herschel, astrónoma; Mary Wollstonecraft, madre de Mary Shelley y autora de Vindicación de los derechos de la mujer; Flora Tristán, temeraria y romántica justiciera, una de las primeras feministas, abuela de Paul Gauguin; Emily Davison, sufragista arrollada por un caballo de carreras, símbolo de la lucha por el voto femenino; Marie Curie; Concepción Arenal; Rosalind Franklin; Kathleen Lonsdale y muchas más.

El libro incluye un apartado especial para las mujeres españolas de la Segunda República y un dato que llama mucho la atención: en el año 2017, cuando ya por fin todas las universidades aceptan en sus aulas a las mujeres, todavía queda una excepción: el Colegio de España de Bolonia todavía sigue excluyéndonos. El cardenal Gil de Albornoz, fundador del Colegio en 1364, dijo en su fundación: "la mujer es cabeza del pecado, arma del diablo". Una vergüenza que sea nuestro país el que todavía mantenga esta abominación.




sábado, 4 de marzo de 2017

EL LIBRO DE GLORIA FUERTES

Querida Gloria, qué grande eres. Hace casi veinte años que te fuiste y nunca has estado más cerca de la gente, de la emoción chiquita de los que nunca te conocieron y ahora te descubren, te saborean, te aman. Durante años te quedaste reducida a la broma, a la ocurrencia graciosa de las baldas de libros infantiles, diminuta y divertida compartiendo chispas de ingenio con los más pequeños. Y ahora este libro te devuelve a las estanterías de todos, a las de la poesía desgarrada y social y loca y llena de amor que siempre fueron tu casa. Qué suerte, Gloria, este libro. Qué suerte y que gustito debe de dar saberte tan querida por tanta gente, después de tantos años. Un libro que no es solamente un libro, sino cientos de poemas, decenas de fotos, recortes de prensa, anécdotas de tu vida, reproducciones de tus dibujos y hasta un cómic homenaje de 16 páginas para decirte que te quieren. Y que lo que hiciste en tu vida merece todos los homenajes, empezando por este. 


En este siglo XXI que no llegaste a ver, los ayuntamientos te dedican calles y plazas; sin embargo la sociedad no siempre te rindió honores. Primero por ser mujer, después por tu clase social y finalmente por tu fama, nunca tuviste una vida fácil. Para los demás la poesía era un lujo, o una huida, o un arma, mientras que para ti era un abrazo y un descubrimiento, el placer de esas cosas que deberían ser obligatorias. Te gustaba jugar con fuego, porque el juego era lo importante, y estuviste al borde de tantas cosas que es un milagro que siempre consiguieras quedarte a este lado de la risa. Amaste y perdiste, jugaste y te la jugaron, y lo contaste de tal forma que nuestras derrotas, a la sombra de las tuyas, se sintieron siempre de alguna forma acompañadas. Defendiste el amor libre, el pacifismo, el feminismo, el ecologismo y todas tus luchas parecían tan sencillas, tan de sentido común, que cuesta entender cómo podía haber alguien que no quisiera unirse a ellas. 

Este libro es un regalo, Gloria, uno de los regalos más bonitos que podían hacerte. Más que una antología, es un álbum de recuerdos, un intento de reconstrucción de una vida, tu vida, que siempre se escapó conscientemente de cualquier definición. Y aunque tu intimidad siga estando a la sombra, protegida de ojos indiscretos, aunque sigamos sin saber si tenías seis mesas o ninguna, o si amaste a tres mujeres o a cincuenta, tu nombre está en nuestros mapas y tu voz en libros que ningún olvido va a conseguir descatalogar. Te has convertido, calladita y sin saberlo, en la mejor amiga de escritores que no te conocen y en el paradigma de muchas luchas bonitas, como la que celebramos cada 8 de marzo. Este libro es delicioso, Gloria. Y está lleno de amor, como tus poemas. También está lleno de guiños, de juegos y de escondites, de rebeldía pura y de sencillez cálida. Y tú estás en él. Como en la geografía urbana. Como en quienes te leemos cultivando alegrías. Como en la emoción chiquita de toda esa gente con la que nunca te cruzaste y que ahora te admira, te comparte y te ama.



jueves, 2 de marzo de 2017

QUERIDA IJEAWELE. CÓMO EDUCAR EN EL FEMINISMO (firma invitada)

Desde el privilegio que supone estar ante decenas de chicos adolescentes varias horas al día cada día, me pregunto muy a menudo cómo puedo hacer para conseguir que se conviertan en mejores personas: seres con pensamiento crítico, ideas propias y opiniones con un punto de partida profundo, de amplias miras y respetuoso con el mundo. Es casi más importante para mí servir como ejemplo de todas estas cosas que como mera transmisora de unos conocimientos que, hoy en día, están al alcance de un click.

Personalmente, me posiciono desde la justicia y el feminismo. Mis alumnos saben que me rijo por ideas de igualdad entre todas las personas. Y desde esa convicción doy mis clases. Y los trato con el mayor respeto del mundo, deseando interiormente que también ellos busquen ese ideal de igualdad y respeto en su día a día y para sí mismos y su entorno.

Parece que Chimamanda Ngozi Adichie también se rige por este principio fundamental, el del feminismo. Lo hemos visto en sus novelas y sus manifiestos feministas y nos congratulamos con la publicación en castellano de este pequeño librito, del estilo de Todos deberíamos ser feministas, en el que la autora nigeriana enumera quince sugerencias para educar en el feminismo. La excusa del libro es la petición de una amiga de que le enseñe a educar desde el feminismo a su hija recién nacida. En la introducción del libro la propia Chimamanda dice que ella misma intentará seguir estos consejos en la crianza de su hija. 

Chimamanda Ngozi Adichie
Todos deberíamos ser feministas y todos deberíamos educar en el feminismo. No hacer distingos de género ni en los trabajos, ni en las aficiones, en los modos de vestir ni en las tareas a realizar. En palabras de Adichie, "saber cocinar no es un conocimiento preinstalado en la vagina". Además, para educar en el feminismo hay que evitar los feminismos light que siguen manteniendo un sometimiento velado al patriarcado. Educar en el feminismo significa educar en la plenitud, en el reparto de responsabilidades entre mujeres y varones, en el fomento de la lectura, en el cuestionamiento del lenguaje, a través del cual se nos escapan ideas y prejuicios aprendidos y heredados. Educar en el feminismo es desechar la vergüenza a la sexualidad o al desnudo instalada en muchas mujeres desde generaciones, y no legársela a nuestros hijos. Educar en el feminismo es aprender que feminismo y feminidad no se excluyen y transmitírselo así a los que vienen. Educar en el feminismo es, en definitiva, educar en el respeto, en la igualdad y en el sentido común.

Con un lenguaje fresco, directo y cargado de anécdotas personales, Chimamanda le da a su amiga Ijeawele y a todos los padres del mundo las mejores sugerencias para criar y colocar en la sociedad a ciudadanos plenos, libres, amables y con una marcada conciencia de que a pesar de que las diferencias existen, hay que tender siempre al acercamiento. Este librito, con una marcada ambientación nigeriana, tiene la extraordinaria cualidad de trasmitir un mensaje universal.



lunes, 27 de febrero de 2017

LA CASA. CRÓNICA DE UNA CONQUISTA

Me encanta viajar. Recorrer lugares desconocidos; llegar lejos, en kilómetros y en costumbres; aprender nuevas formas de vivir, de nombrar cosas, de mirar o de comer. Y en todo el proceso, sentir cómo se tensa ese hilo flexible de la distancia que me une a mi casa, al interior de esas cuatro paredes que llamo hogar y que me sustenta y me define como persona. 

Me encanta viajar. Pero una de las partes que más disfruto de los viajes es el regreso. Anticipar la conocida forma de mi almohada, el tacto rugoso de la madera del suelo en mis pies desnudos o la forma en que se balancean, tras el cristal de la ventana de mi cocina, los árboles del parque. 

La casa como raíz.
La casa como refugio permanente ante cualquier problema. 
La casa como reducto inviolable de intimidad. 
La casa como conquista. 

Pero no siempre fue así. La idea de que una persona corriente pudiera vivir en una casa el tiempo necesario para considerarla suya no se generalizó hasta el siglo XVII. Hasta entonces, la mayoría de la población cambiaba tan a menudo de vivienda que no se imaginaba la posibilidad de establecer un vínculo de ningún tipo con ella. Incluso los propietarios de larga duración solían considerar sus casas lugares donde comer y dormir: la vida diaria se articulaba fuera: en los trabajos, en las calles, siempre en comunidad. Los ricos, por su parte, utilizaban sus casas para presumir, para exhibirse, las compraban y vendían como caballos de carreras: eran formas de demostrar poder o inversiones que rentabilizar.

A principios del siglo XVII, Amsterdam florecía gracias a su comercio y se convirtió en el paraíso de la incipiente burguesía. Sus férreas leyes urbanísticas propiciaron trazados coherentes, casas al alcance de muchos bolsillos (bolsillos enriquecidos por el comercio, eso sí) construidas para durar. No solamente su prosperidad atrajo a gente de todos los lugares, cultos y condiciones, en una época en la que la tolerancia no era la principal virtud de los demás países: Amsterdam propició que la gente se enamorara de sus casas. Y, al igual que la mayoría de sus fachadas y paredes, es un amor que se mantiene intacto, tal y como sus habitantes lo concibieron. 

Amsterdam en 1611 es solamente uno de los capítulos de este cómic grandioso, en contenido y en peso. La intención de Daniel Torres al iniciar este proyecto era tremendamente ambiciosa: hacer una historia de la relación entre las personas y su casa para descubrir en qué medida esta define nuestra forma de ser. Una historia que empezara en el Neolítico y terminara hoy en día, y que combinara personajes de ficción, textos históricos, tramas intrigantes y planos urbanísticos encuadrados en una asombrosa variedad de estilos de ilustración para dar una idea global, exhaustiva y amenísima de lo que significa la idea de hogar en nuestras vidas. El resultado es una obra de arte apabullante, espectacular, inabarcable. 

Las casas guardan nuestros secretos. Todo lo que no decimos, todo lo que no está escrito lo saben nuestras cortinas, nuestra cama, nuestro sofá. Cuántas veces no habremos oído aquello de "si estas paredes hablasen...". Pues bien, este libro es su voz. Y tiene todos sus secretos. 



jueves, 23 de febrero de 2017

Nueva York en la literatura (II): CLAROSCURO

El primer placer que provocan los libros de la editorial Contraseña es táctil y visual, por la calidad del papel y el diseño de sus portadas. Luego, en el caso de esta novela, el placer aumenta por dos potentes razones: la primera es su calidad literaria, su exquisitez, un drama espléndido sobre la identidad y la fuerza de los deseos, y la segunda razón que a mí me ha cautivado, en esta historia escrita en 1929 y traducida por primera vez al castellano en 2011, es el tema de las complejas circunstancias raciales.

El ambiente de la novela es el de la clase social media-alta en New York a principios del siglo XX, y las protagonistas son dos mujeres de raza negra pero que, por esas carambolas genéticas no tan infrecuentes, tienen la piel prácticamente blanca. 

Irene Redfield, una de las protagonistas, a pesar de su piel blanca decide integrarse en la comunidad negra y casarse con un médico afroamericano. En cambio, su compañera de instituto, Clare Kendry, aprovechando la muerte de su padre negro y la circunstancia de que los familiares que le quedan son blancos, decide ocultar su identidad racial y se casa con un rico hombre de negocios, racista en extremo.

Doce años después de haber compartido aula, un reencuentro casual une a las dos amigas y Clare siente la añoranza de reencontrarse con los de su raza pero las cosas no son nada fáciles y la complejidad de la trama, recreada con un intenso realismo, desemboca en un inesperado y sorprendente final.

Nella Larsen introdujo a nuestro Federico García Lorca en los círculos de Harlem, la zona donde se reunían los negros especialmente para cantar y expresarse a través del jazz y donde Lorca halló inspiración para su obra Poeta en Nueva York.



 

lunes, 20 de febrero de 2017

UNA LIBRERÍA EN BERLÍN

Nunca serán suficientes los testimonios de los que vivieron los años veinte y treinta en Alemania, una época que necesita un análisis profundo y una reflexión interiorizada para que nunca vuelva a suceder.

Françoise Frenkel fue una polaca judía nacida en 1889 que, enamorada de la cultura francesa, estudió en París y descubrió que su vocación era la de ser librera. Buscó diversas ciudades donde establecer su librería y se decidió en 1921 por Berlín, donde por muchos años La Maison française, su librería, se convirtió en un referente donde se daban conferencias, conciertos, tertulias, se vendía y compartía prensa internacional y donde disfrutó de un gran prestigio.

Llegó la década de 1930 y el virus del Nazismo expezó a extenderse como un veneno. En 1939, Françoise Frenkel se vio obligada a cerrar la librería y empezó su viaje para huir de la persecución judía, primero a París y más tarde al sur de Francia, donde se vio acorralada. Lyon, Aviñón, Vichy, Niza, Annecy, Grenoble y Saint Julien fueron los lugares por los que pasó en su huida de los nazis antes de alcanzar Suiza después de tres intentos fallidos y un paso por la cárcel. "Aquella noche comprendí por qué había podido soportar la agobiante atmósfera de los últimos años en Berlín... Yo amaba mi librería como una mujer ama, con verdadero amor".

Son muchos los testimonios de aquella barbarie pero cada mirada es diferente. Poco tienen que ver el de Lion Feuchtwanger en Los hermanos Oppermann con el de Primo Levi en Si esto es un hombre, por citar algunos de los mejores. La experiencia de Françoise Frenkel, que, a pesar de tantas dificultades, vivió hasta 1975, es la voz y la emoción de una mujer bondadosa y valiente cuya determinación la ayudó a evitar el final trágico que alcanzó a millones de personas. 

Escrito en Suiza con una gran brillantez, destacan los personajes que le prestaron ayuda. Y no sólo a ella: fueron muchos, muchísimos los que lúcidamente no aceptaron las órdenes nazis sin más y a pesar del riesgo que corrían, se arriesgaron en ayudar. Aunque lamentablemente, los otros, los obedientes cómplices de la barbarie, fueron muchos más, demasiados para impedir que el genocidio se llevara a cabo.

En 1945, una pequeña editorial suiza ya desaparecida publicó este libro y ahora Patrick Modiano lo ha prologado en una nueva edición. Una joya para disfrutar y añadir a la lista de obras maestras literarias sobre esta época convulsa que el siglo XX nos ha dejado.



jueves, 16 de febrero de 2017

FELICIDAD FAMILIAR

La familia, ese hogar. 
La familia, esa cárcel. 
La familia, ese cálido seno que te acoge y protege de los que no te conocen. 
La familia, ese club de opresores que nunca deja de exigirte y de juzgarte.

La familia, para bien o para mal, es el universo alrededor del cual orbita la vida de la mayoría de todos nosotros. Y también la de Polly, protagonista modélica de esta novela, para quien su familia lo es todo, el principio, el futuro y el pasado, "la argamasa que mantiene los ladrillos unidos", la vida misma, sin un centímetro de más, la que "une las ideas afines y da a las desemejanzas una causa común: proporciona refugio y esperanza". La familia lo es todo, la suya y la que forma con su marido y sus dos hijos, armónica, ideal, un ejemplo a seguir, un modelo que admirar y esforzarse por copiar. 

Polly es una treinteañera neoyorquina perfecta: no sufre cambios de humor, no es testaruda ni dada a las extravagancias. Su marido es un abogado brillante y sus dos hijos son encantadores. Su vida transcurre plácidamente por los senderos conocidos de la entrega y la previsibilidad hasta que un día, sin saber cómo, se enamora locamente de Lincoln, un pintor algo bohemio, y su vida estalla en pedazos.

No sabe qué ha pasado. Intenta despertarse de la conmoción y reconocer el fallo pero no lo encuentra. Hasta entonces, "su papel no consistía en ser elogiada, sino en elogiar; no en ser distinguida, sino en distinguir. Su excelencia se consideraba normal y corriente". No estaba acostumbrada a los elogios ni a que la amaran sin más, por lo que ella era, sin tener que dar algo a cambio, sin el vínculo familiar de la sangre y la pertenencia. Polly estaba, sin saberlo, sedienta de amor, sedienta de que la miraran no como alguien que provee felicidad, sino como alguien que simplemente la merece. Quizá su marido y ella habían encajado tan bien desde el principio, habían estado tan de acuerdo en sus ideas preconcebidas, en sus gustos e ideales, que no se habían dado cuenta de que bajo su perfecta vida conyugal llevaba años fraguándose una infelicidad hecha de pequeñas decepciones, de minúsculas frustraciones que hasta entonces no habían tomado cuerpo porque carecían de voz y de nombre. El enamoramiento de Polly les da un nombre, pone palabras a sus emociones: descubre, perpleja, su propia infelicidad como quien descubre en su propia casa "un sótano infestado de ratas". No duerme, se le olvidan las vacaciones de sus hijos, responde mal a su madre, se impacienta, vive en un estado constante de emergencia, y la ansiedad, piensa, es "como una bandada de pájaros posados en una cable telefónico. Cuando se acerca gente echan a volar y cuando la gente se aleja vuelven dando saltitos". 

Laurie Colwin

No sé muy bien cómo Laurie Colwin (1944-1992) consiguió convertir una historia tan sencilla, tan insignificante de tan conocida, en esta pequeña obra maestra. Es una historia banal, sucede desde el inicio de los tiempos: mujer que se cree feliz descubre, mediante el amor, que la felicidad verdadera estaba en otra parte, y no precisamente en ese nuevo amor. Shakespeare ya lo hacía: tomaba pasiones mundanas, las sacaba del barro cotidiano y las convertía en arte universal. Y esta autora, uno de los secretos mejor guardados de la literatura norteamericana, lo consigue de una manera maravillosa. Su prosa es elegante y aguda, con un tono irónico delicado y chispeante. Hay luz en todo lo que cuenta, hasta en los momentos más dolorosos, hasta en los sótanos llenos de ratas. Escribe sobre la felicidad con una sencillez que desarma, de una manera grácil, volátil y encantadora. ¿Es un libro feliz? No, desde luego. O sí, a su manera. Lo encantador también puede ser triste. Y lo grácil, desgarrador. Tiene la rara habilidad de encontrar la palabra exacta para cada sentimiento, una perspicacia emocional deslumbrante. 

Felicidad familiar es una gran reflexión sobre lo que significan las familias en la vida moderna. En cómo a menudo sus rutinas y obligaciones nos protegen a la vez que nos ahogan, cómo sus necesidades nos salvan de las horas muertas, del peligro de no tener nada que hacer más que pensar en los propios problemas, y cómo también pueden convertirse en callejones sin salida con sus juicios e imposiciones. Las familias como planetas exclusivos alrededor de los que orbitamos. Como úteros acogedores que nos nutren de vida y de los que no podemos salir sin causar destrozos.


lunes, 13 de febrero de 2017

LOS HOMBRES ME EXPLICAN COSAS

"¿Has leído este libro? ¿No? Pues no sé qué haces ahí sentado, es indispensable para entender todo eso que los jóvenes no entienden".

"¿Recomendando libros de feminismo? ¡Pero si eres un hombre!"

"He visto que tienes varios libros sobre la guerra civil, pero ¿tú sabes que esos libros mienten? Mira, te voy a decir los libros que tienes que leer para que no te manipulen, toma nota, anda".

Y todo esto pronunciado por hombres con un tono que oscila entre una resignada indignación por mi supina falta de conocimientos y la amable condescendencia que uno emplearía con un niño de siete años para preguntarle por sus clases de flauta. 

Así todas las semanas, al menos una vez. En medio de un sinfín de gente amable e inteligente que no necesita ir soltando ponencias a desconocidos para sobrevivir, algún hombre (casi nunca una mujer) me lee la cartilla sobre los temas más peregrinos. Es un hecho muy extendido, no me ocurre sólo a mí. De hecho, lo sufren mucho más las mujeres. Le ocurrió a mi madre todos los días durante años hasta que alcanzó la pericia necesaria (y la sabiduría que da la edad) para sortear a los pontificadores. Ocurre tanto, y es un hecho tan cotidiano, que Rebecca Solnit ha escrito un libro para explicar este fenómeno tan molesto que parecería una tontería, un micromachismo más, si no estuviera en el origen de la opresión de las mujeres ejercida por los hombres.

Aquí más de uno saltará: "pero no todos los hombres pontifican ni oprimen a las mujeres". Por supuesto que no. Menos mal que no. Pero, al igual que la violencia masculina es mayoritaria y la femenina anecdótica, muchos más hombres que mujeres se consideran legitimados para dar lecciones a diestro y siniestro, a menudo sobre temas de los que no tienen ni idea. Y se basan, además de en su soberbia y su total incapacidad para detectar su propia ignorancia, en la histórica actitud sumisa de las mujeres que les escuchan, atenazadas por una sociedad que siempre les ha dicho que sus opiniones tienen menos valor y son menos fiables que las de los hombres. Hasta los años setenta, en Europa y en Estados Unidos, la violencia doméstica, la violación y el acoso sexual no se tomaron en serio como delitos. Hasta entonces sus testimonios no se consideraban en absoluto igual de válidos que los de los hombres. Es decir, hace menos de cincuenta años, a las mujeres apenas se las consideraba seres humanos desde un punto de vista jurídico. Y si no existes con pleno derecho ante la ley, no existes con pleno derecho en la sociedad. 

Este es un libro contra la arrogancia masculina que dice a millones de mujeres en todo el mundo que ellas no son testigos fiables de sus propias vidas, que sin duda tienen menos conocimientos, que deben ser supervisadas y tutorizadas por los hombres y que la verdad de lo que les suceda no les pertenece ni les pertenecerá jamás. Contra esa mirada petulante de los hombres cuando aprovechan cualquier ocasión para subirse a su púlpito imaginario, "con los ojos fijos en el lejano y desvaído horizonte de su propia autoridad", para instruirte sobre aquello que parece que no sabes. Contra esos hombres que piensan que la violencia contra las mujeres está pasando a la historia y ya no es un problema. Contra esos hombres que no saben o no quieren saber que hoy en día cada nueve segundos una mujer es agredida físicamente por un hombre en Estados Unidos, que los cónyuges masculinos son la principal causa de muerte en las mujeres embarazadas o que las mujeres entre los 15 y los 44 años tienen más posibilidades de morir o sufrir lesiones a mano de sus parejas masculinas que debido al cáncer, los atracos y los accidentes y tráfico juntos. 

Rebecca Solnit
Pero sobre todo, este es un libro, como tantos ensayos, novelas, poemarios y manifiestos feministas, a favor del respeto y la igualdad. Porque este tipo de discursos en los que los hombres hablan y las mujeres escuchan son la base de la discriminación de género y uno de los modos más extendidos de silenciar, despreciar y aniquilar la posibilidad de que las mujeres participen en el mundo con los mismos derechos y posibilidades que los hombres. En todos los ámbitos se dan estos discursos. En la librería, en el colegio, en reuniones de trabajo, en una cena, con amigos, parejas, familiares, compañeros. Rebecca Solnit propone que cambiemos esa dinámica. Digámosles a esos hombres (y a las pocas mujeres que actúan como ellos) que su paternalismo los vuelve petulantes, ignorantes y soberbios. Que impiden el respeto y la comunicación saludable entre las personas. Que dan vergüenza ajena. Que son risibles. Que no nos interesa su blablabla. Que si su discurso nos silencia, no merecen ser escuchados. 

La realidad se cambia desde el lenguaje. Las palabras nos encarcelan o nos hacen libres. Los hombres que nos explican cosas sin que se lo hayamos pedido encarnan la violencia tradicional con la que las mujeres son censuradas por exigir tener voz, poder y el derecho a participar en igualdad. Es un problema de derechos humanos y de buena educación y sucede en nuestro día a día, en todos los lugares. Pongámosle remedio. 


jueves, 9 de febrero de 2017

Nueva York en la literatura (I): NEW YORK, NEW YORK... e HISTORIAS DE NUEVA YORK

A veces, me gusta llegar a los sitios que voy a visitar con semanas, incluso meses de antelación. Busco un poco, me hago con una bibliografía básica, me siento en mi sofá y ya estoy ahí, caminando por Riverside Park, escuchando el bullicio de la primavera en ese oasis de calma al borde de esta ciudad hiperactiva. Bajando por la Quinta Avenida con la nuca encajada en los omóplatos y los ojos embobados ante la altura incomprensible de esas torres de cristal y acero. Cruzando a pie con P. el puente de Brooklyn y cogiendo un autobús después para volver a Manhattan y de paso comprobar la proverbial amabilidad de los conductores de autobús, con su pachorra gaditana y su civismo atentísimo. Ya estoy ahí, desde mi salón, en la ciudad de los desfiles, que allí llaman "parades" y que, a diferencia de los nuestros, casi siempre militares, religiosos o reivindicativos, allí son celebraciones y jolgorio por todo lo alto. 

Como nunca he estado en Nueva York, empiezo con estos dos libros ligeros, quizá los más cercanos y amables, por su carácter y punto de vista, de los que he reunido para iniciar el viaje. New York, New York, aunque se ha publicado hace pocos meses, fue escrito en el otoño de 2011. Se parece a una guía de viaje sentimental, con multitud de citas de escritores. Javier Reverte, en los tres meses que duró su estancia, vivió la ciudad a través de los relatos de otros, de sus propios mitos literarios, cinéfilos y musicales y de las anécdotas que salían de sus interminables caminatas. La mayoría de los capítulos empiezan con un parte meteorológico y es que el clima de Nueva York es totalmente impredecible. Cambia violentamente, no ya de un día para otro, sino de la mañana a la tarde. Es quizá un reflejo de sus habitantes: como ellos, es una mezcla de todos los lugares del mundo y, claro, no todo el mundo está preparado para una tarde de invierno en los Alpes después de una mañana soleada en Jamaica. 

Historias de Nueva York, de Enric González, me parece un libro más original. Más meditado, quizá, con más ideas. Su ciudad, en la que pasó varios años, vive de espaldas al país que pertenece, un Estados Unidos "absorto en sus centros comerciales, sus biblias, sus revólveres y sus fantasmagóricos enemigos exteriores", con el que mantiene desde siempre una relación de indiferencia, de recelo, o de abierta animadversación. Nueva York, a diferencia de las otras colonias del siglo XVII, nació del comercio y nunca fue puritana. "Creyó más en los piratas que en los predicadores" y ya desde sus inicios se caracterizó por una población de librepensadores, charlatanes, inadaptados y gente rara que le ha dado un carácter abierto y heterodoxo que es difícil de encontrar en otras ciudades norteamericanas. 

Ambos son libros de curiosidades, como guías de viaje personales con múltiples recomendaciones, citas, anécdotas e historias curiosas sobre todo tipo de cosas. Con ambos he disfrutado de una ciudad rocambolesca, con una oferta gastronómica fabulosa (quien crea que sólo hay hamburguesas y perritos va muy desencaminado), que hace años que dejó de ser violenta y peligrosa y en la que, hoy en día, "los mayores dramas han pasado a ser la obesidad y la melancolía". Multicultural, torrencial, frenética, sincera hasta la brutalidad, festiva, que solamente aplaca su voraz hiperactividad cuando cae una buena nevada y se convierte, por unas horas, en una ciudad callada y tranquila, dulce y delicada, extraña hasta para sí misma. 

Enric González es más contenido y cuenta menos sobre sí mismo que Javier Reverte. Pero lo que cuenta a menudo es más agudo y profundo y le sirve para indagar en lo que significan las ciudades en nuestra vida y cómo se convierten en imanes cuya atracción a veces terminamos temiendo. Las ciudades son la gente que las habita. Sin los amigos, sin las emociones, sin el calor de la gente querida, es difícil regresar a ellas. Son como cuerpos inertes, que conservan la belleza pero no la chispa. Como las galletas de la infancia, que parece que saben igual hasta que nos damos cuenta de que nuestro paladar ha cambiado y la infancia se ha convertido en un lugar inaccesible hasta para una breve visita. 

Para Enric González, Nueva York se ha convertido en una amante fatal a la que procura no volver. 
Para mí, Nueva York es todavía una amante por descubrir, un mundo fascinante y virgen para recorrer, de momento, y mientras llega la fecha de nuestro viaje de verdad, a través de los libros y del amor de otros que no pudieron resistirse a la atracción de esta ciudad incomparable. 





lunes, 6 de febrero de 2017

EL TÚNEL

Releer clásicos sirve para muchas cosas. Por ejemplo, para comprobar cómo evoluciona uno a la hora de juzgar ciertos comportamientos. Leí El túnel por primera vez en diciembre de 2003. Lo acabo de releer ahora por segunda vez. La primera lectura me dejó tan indiferente que este fin de semana lo he vuelto a leer sin recordar absolutamente nada: de hecho, estaba convencido de estar leyéndolo por primera vez. Esta segunda lectura, sin embargo, me ha dejado tanto poso (poso amargo) que estoy seguro de que no olvidaré nunca que lo he leído y procuraré no volver a internarme por sus páginas nunca más. 

El túnel es un libro brillante. Es una celebración de la buena literatura. Me parece una obra maestra a la altura de, por ejemplo, El jugador de Dostoievsky, novela con la que creo que tiene bastantes puntos en común. Es brillante el lenguaje, la intensidad, la brutalidad del realismo en las escenas y en los diálogos. Y abruma, por su potencia, la voz del narrador, un personaje de una psicología retorcida y asfixiante, cuya lógica refleja la claridad terrorífica de una mente enajenada. 

"¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?" El narrador es un hombre perturbado que vive dentro de su obsesión por establecer una conexión con los demás, ansioso por no poder comunicarse efectivamente con nadie y desesperado por no encontrar un sentido a su vida y al mundo. Considera que el ser humano sufre una soledad inherente a su naturaleza e intenta romper su propia soledad corriendo en pos de una mujer que le entienda, con la que pueda establecer puentes, aunque sean frágiles y transitorios, aunque pendan de un abismo. Pero el abismo está en su cabeza, en su carácter obsesivo, en su constante y sombría atracción por la destrucción y la muerte y la concepción de la vida como un sinsentido absurdo y dañino. 

No recuerdo nada de mi primera lectura de este libro. Y eso indica que, aunque el libro sea el mismo, yo he cambiado notablemente. No sé si en trece años he adquirido una conciencia de género que antes no tenía o simplemente me he vuelto más sensible a la violencia. No sé si he desarrollado una especial aversión a los hombres celosos, violentos, depresivos, inseguros, controladores, desconfiados, paranoicos, manipuladores, tiránicos, posesivos, pueriles, inmaduros, retorcidos, vulgares, crueles, soberbios y misántropos. (Todos estos adjetivos aparecen en la voz del narrador, que los usa para describir su propio comportamiento). Quizá, ante un sujeto así, no sepa mantener la distancia y la calma necesarias para enfocar la lectura de este libro teniendo en cuenta otros aspectos. Pero el hecho es que hacía tiempo que no leía una historia tan bien escrita, tan absorbente y brillante, y al mismo tiempo, tan humanamente abyecta. 

Sin duda, es uno de los libros más importantes de la literatura en español del siglo XX. Pero me parece una historia repugnante. 


(Por cierto, más de veinte erratas ortotipográficas en apenas cien páginas y es la 38ª edición. Responsables de la editorial Cátedra: un poco de profesionalidad, por favor). 



viernes, 3 de febrero de 2017

AUNQUE CAMINEN POR EL VALLE DE LA MUERTE

Cuando hemos vivido un hecho histórico, parece que este nunca pasa a la historia. Nunca se incorpora a los libros conectándose con otros hechos anteriores. Permanece aislado en el recuerdo, sin antecedentes, sin un relato que lo explique con coherencia, y cuando cerramos los ojos está ahí, la imagen aislada, petrificada, las torres cayendo, el humo, la incredulidad, los ojos muy abiertos. Y luego aquella aberración del miedo al otro, el "eje del mal", el No a la guerra, millones en la calle gritando un mensaje que tenía que ser muy básico para poner de acuerdo a tanta gente. Y a pesar de todo, la invasión, la violencia, la muerte. Todo muy nítido en la retina y muy confuso en el relato. 
La cronología de los inicios, sin embargo, es muy clara: 

11 de septiembre de 2001, atentado en la Torres Gemelas.
Enero de 2002, George Bush se inventa el «Eje del Mal». 
15 de marzo de 2003, reunión de Bush, Blair y Aznar en las Azores. 
Se inventan pruebas que demuestran que Sadam Husein tiene armas de destrucción masiva. 
20 de marzo, primer bombardeo de Bagdad.
11 de julio, despliegue de las tropas españolas. Misión: pacificar y reconstruir Irak. 
11 de marzo de 2004, atentado en las estaciones de Madrid. 
4 de abril, batalla de Najaf.
21 de mayo, termina el repliegue de las tropas españolas en Irak. 

Najaf. Una ciudad santa en el desierto, a orillas del Éufrates, lugar de peregrinación chií. Un hervidero de fieles al clérigo Muqtada al-Sadr, milicianos del inexperto Ejército de Mahdi, que amenaza la seguridad de la Base Al-Andalus en la ciudad, donde se acuartelan soldados españoles, salvadoreños, estadounidenses y mercenarios de Blackwater. Nada grave ocurre, si quitamos los hostigamientos habituales de los iraquíes que no ven con buenos ojos que un conglomerado de soldados extranjeros ocupen un campus universitario y les apunten con sus fusiles cuando pasan por delante. Vienen a reconstruir su país, dicen. Pero el recelo en todos esos extranjeros expresa más miedo y desprecio que voluntad de ayudar. 

El 2 de abril de 2004, soldados estadounidenses detienen en Najaf a Mustafa Al-Yaqubi, un lugarteniente de Muqtada al-Sadr. Ya sea para hacer reaccionar al ejército español, que a pesar de estar al cargo de la seguridad del destacamento tiene órdenes de su Gobierno de no actuar en ninguna misión arriesgada, o porque la acción está justificada desde un punto de vista estratégico, lo cierto es que la población de la ciudad estalla en un clamor generalizado. El 4 de abril, domingo, el Ejército de Mahdi, compuesto en su mayoría por jóvenes inexpertos, asalta la Base Al-Andalus dando inicio a la batalla de Najaf, en la que, en apenas veinticuatro horas, morirían cientos de combatientes.

Cementerio de Najaf

Poco se sabe de la actuación de los españoles en aquella jornada. Los salvadoreños y los estadounidenses los llamaron cobardes y los despidieron tirando huevos a su autocar cuando un mes después volvieron a España. El ministro en funciones calificó la batalla de simple "tiroteo" y se estableció un pacto de silencio, quizá sellado por vergüenza o por pudor, que este libro pretende romper. Basado en decenas de testimonios de todas las partes, Álvaro Colomer reconstruye, hora a hora, uno de los episodios más controvertidos de la guerra de Irak, a la que el ejército español fue con la misión de reconstruir sin saber que la voluntad de los actores que participaban en el conflicto aún era la de destruir. 

Se ha escrito bastante sobre la intervención bélica occidental en Irak y Afganistán. Desde testimonios de veteranos como Nuevo destino de Phil Klay, ganador del National Book Award en 2014, hasta novelas psicológicas como El cuerpo humano de Paolo Giordano, o policíacas como Donde los escorpiones de Lorenzo Silva. Pero este es uno de los primeros libros que conozco que se atreve a reconstruir, desde la ficción, un episodio real de la guerra de Irak para proponer una versión, la más lógica para el autor, de lo que pudo haber pasado aquel día. Hace falta tiempo y perspectiva para poder llevar a cabo un proyecto literario como este, y creo que el resultado es una novela potente, valiente e intensa que no se limita a describir hechos y se arriesga a retratar el impacto de la guerra en los seres humanos, desde muchas perspectivas distintas. Cuando un hombre mira por el visor de su fusil, respira, considera que su objetivo es un peligro para él y para sus compañeros y decide apretar el gatillo, está emprendiendo un viaje sin retorno. 



martes, 31 de enero de 2017

LENNON

Después de cenar, todas las noches: una cama, la luz de un flexo, un walkman y la voz de Lennon. Ese es el recuerdo musical de mi adolescencia. Por el día eran las clases con Mozart, Bach, Chopin. Y por la noche, sin falta, Lennon y McCartney. Todos los demás músicos modernos que escuché con frenesí durante aquellos años han acabado desdibujándose en mi memoria: algunos me siguen gustando, otros me abochornan, otros me dejan ya totalmente indiferente. Pero los Beatles siguen ahí, al lado de Chopin, de Schumann, de Debussy, mirándome de reojo en cada acorde cada vez que me siento al piano a improvisar algo, cada vez que grabo algo y me siento bien, satisfecho, como quien se mira en el espejo y se da el visto bueno con una sonrisa mínima antes de salir a la calle. 

Este cómic de la editorial Kraken, adaptación de la biografía homónima que el propio David Foenkinos publicó en 2012 en la editorial Alfaguara, es un retrato de la debilidad que se esconde detrás del mito. En él, el autor hace que John acuda a una psicoterapeuta, poco antes de morir asesinado, para tratar de encontrar un espacio en blanco en su cabeza, un lugar donde refugiarse y sentirse a salvo. ¿A salvo de qué? Pues a salvo de una infancia solitaria, del abandono esporádico de sus padres, de su amor idealizado por su madre, cristalizado para siempre en su muerte violenta y en aquella maravillosa canción que le escribió (Julia). A salvo de su obsesión por ser un genio, por sobresalir, por imponerse a los demás, por vivir al límite, por las drogas, por la fama, por la imposibilidad de estar solo, por su tendencia a la traición, al egoísmo, a la impasibilidad. A salvo de las hordas de fans, de la vida pública, de la prensa, de la disolución de los Beatles, de los escándalos, de su fracaso. 

A lo largo de dieciocho sesiones, John le cuenta a su silenciosa terapeuta toda su vida, todo eso que se esconde detrás de sus canciones. Y uno se da cuenta de que sus miserias, quitando la fama y los millones, son muy similares a las del resto de los mortales. Se enamora, traiciona, decepciona, es decepcionado, se pierde, tropieza, engaña, hiere, es herido, conquista, destruye una familia, forma otra, intenta hacerlo mejor, se compromete. Coordenadas cotidianas para cualquiera que haya vivido un poco y haya tenido la oportunidad de asistir a la función de las vidas de los demás. 

Sin embargo, por mucho que la historia es una historia más, por mucho que las cuitas del pobre John se asemejan a las de cualquier hombre corriente, Lennon no es un hombre corriente. Lennon es el creador de una música sin igual. Con los Beatles alcanzó algo que probablemente nunca lograré comprender: cómo cuatro chavales sin apenas formación musical pudieron crear esa música. De adolescente me fascinaba; sentía, al igual que le pasaba al John adolescente con Elvis, "como si a mis orejas les hubieran crecido piernas". Y de adulto, cuando pude juzgar la música con criterio después de haber estudiado toda la carrera, empecé a admirarlos como a seres de otro planeta, que podían tener vidas corrientes con traumas corrientes, como nos cuenta Foenkinos en este cómic, pero que, con apenas veinte años, tuvieron la intuición y el talento de crear un estilo propio, experimentar con él, reinventarse con cada nuevo álbum y ser tan escandalosamente brillantes y prolíficos como para crear en ocho años dos centenares de canciones que me siguen pareciendo sencillamente milagrosas.

Este cómic es estupendo. Se nota que Foenkinos quiere a su personaje lo suficiente como para bajarlo del pedestal y tumbarlo en un diván para hurgar delicadamente, con desparpajo y humor y una cálida empatía, en sus íntimas desdichas. El dibujo en blanco y negro es expresivo, sencillo y tan realista que estás ahí, de inmediato, tocando con Paul, sintiendo a Yoko, escuchando cada canción y cada logro como si fueran nuevos.

Y al terminar el libro, después de cenar, no puedo evitar volver a mis trece años: una cama, la luz de un flexo, un ordenador y la voz de Lennon cantando, esta vez, A day in the life.




jueves, 26 de enero de 2017

LA CASA DE LOS ERIZOS

Hace tanto frío que los erizos tienen que marcharse. Ya apenas sienten sus puntiagudas narices y "sus estornudos se congelan antes de explotar". Les da mucha pena abandonar su hogar y a sus vecinos pero la nieve es implacable con sus pequeños cuerpecillos. El señor y la señora erizo con sus nueve hijos recorren bosques y prados buscando un hogar pero en ningún sitio hallan refugio. Ni en la madriguera del topo, oscura y asfixiante, ni en el nido de la cigüeña, inalcanzable para sus diminutas patitas. Hasta que un día tropiezan con una construcción metálica abandonada con una extraña chimenea horizontal. Está un poco destartalada pero con una alfombra por aquí, unas cortinas por allá y un poco de orden general, en un plis plas la transforman en un hogar de verdad. Un hogar donde pasar calientes el invierno.

Al poco, el señor erizo se entera de que hay otras casas como la suya habitadas por humanos y decide ir a buscarlas para ver si son tal y como se las pinta el señor caracol, que dice haber vivido sobre una durante un tiempo. Al encontrarlas se da cuenta de que de sus chimeneas sale más humo del acostumbrado. Tal vez estén preparando un delicioso banquete. Qué envidia de casas rodantes, piensa el erizo. Ojalá su casa se pudiera mover así. Y mientras piensa en los lugares que podría visitar con una casa como aquellas, oye un terrible estruendo y el mundo desaparece. 

Cuando puede volver a abrir los ojos, ve horrorizado cómo de las chimeneas sale fuego en vez de humo y cómo ese fuego provoca chillidos, incendios, caos y destrucción. El señor erizo huye despavorido de esos locos humanos que utilizan sus casas para destruir otras casas, en lugar de para ser felices. Todavía tiembla del susto cuando llega a su nuevo hogar, aquella casa abandonada con su chimenea apagada para siempre, y suspira por fin, tranquilo, al encontrar a la señora erizo leyéndoles un cuento a sus nueve hijos. Cuando estos le preguntan si ha encontrado las casas rodantes de los humanos, el señor erizo les responde: sí, parecen muy listos, pero crean maravillas que luego no saben usar.