A veces, me gusta llegar a los sitios que voy a visitar con semanas, incluso meses de antelación. Busco un poco, me hago con una bibliografía básica, me siento en mi sofá y ya estoy ahí, caminando por Riverside Park, escuchando el bullicio de la primavera en ese oasis de calma al borde de esta ciudad hiperactiva. Bajando por la Quinta Avenida con la nuca encajada en los omóplatos y los ojos embobados ante la altura incomprensible de esas torres de cristal y acero. Cruzando a pie con P. el puente de Brooklyn y cogiendo un autobús después para volver a Manhattan y de paso comprobar la proverbial amabilidad de los conductores de autobús, con su pachorra gaditana y su civismo atentísimo. Ya estoy ahí, desde mi salón, en la ciudad de los desfiles, que allí llaman "parades" y que, a diferencia de los nuestros, casi siempre militares, religiosos o reivindicativos, allí son celebraciones y jolgorio por todo lo alto.


Ambos son libros de curiosidades, como guías de viaje personales con múltiples recomendaciones, citas, anécdotas e historias curiosas sobre todo tipo de cosas. Con ambos he disfrutado de una ciudad rocambolesca, con una oferta gastronómica fabulosa (quien crea que sólo hay hamburguesas y perritos va muy desencaminado), que hace años que dejó de ser violenta y peligrosa y en la que, hoy en día, "los mayores dramas han pasado a ser la obesidad y la melancolía". Multicultural, torrencial, frenética, sincera hasta la brutalidad, festiva, que solamente aplaca su voraz hiperactividad cuando cae una buena nevada y se convierte, por unas horas, en una ciudad callada y tranquila, dulce y delicada, extraña hasta para sí misma.
Enric González es más contenido y cuenta menos sobre sí mismo que Javier Reverte. Pero lo que cuenta a menudo es más agudo y profundo y le sirve para indagar en lo que significan las ciudades en nuestra vida y cómo se convierten en imanes cuya atracción a veces terminamos temiendo. Las ciudades son la gente que las habita. Sin los amigos, sin las emociones, sin el calor de la gente querida, es difícil regresar a ellas. Son como cuerpos inertes, que conservan la belleza pero no la chispa. Como las galletas de la infancia, que parece que saben igual hasta que nos damos cuenta de que nuestro paladar ha cambiado y la infancia se ha convertido en un lugar inaccesible hasta para una breve visita.
Para Enric González, Nueva York se ha convertido en una amante fatal a la que procura no volver.
Para mí, Nueva York es todavía una amante por descubrir, un mundo fascinante y virgen para recorrer, de momento, y mientras llega la fecha de nuestro viaje de verdad, a través de los libros y del amor de otros que no pudieron resistirse a la atracción de esta ciudad incomparable.
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ResponderEliminarEl de Reverte lo tengo esperando en la mesilla. Otro libro magnífico sobre Nueva York es Ventanas de Manhattan de Muñoz Molina. En mi blog encontraréis citas http://convistasalhorizonte.blogspot.com.es/2013/09/ventanas-de-manhattan-antonio-munoz.html
ResponderEliminarGracias por la recomendación, Esther, lo incorporamos a nuestra sección de Nueva York.
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