lunes, 27 de mayo de 2019

SILENCIO ADMINISTRATIVO

Cada vez me encuentro más a menudo esa idea de que los ricos obtienen su riqueza mediante el trabajo y que, por lo tanto, los pobres son pobres porque no se esfuerzan lo suficiente. Esta idea justifica la desigualdad social y sirve para el discurso político que ataca cualquier tentativa de subir los impuestos a las rentas altas.

Dicen: Si los ricos contribuimos más con nuestros impuestos haremos que los pobres nunca se esfuercen por salir de su pobreza. Cualquiera diría que insinúan que atajar la desigualdad mediante impuestos perjudicaría la capacidad laboral de los pobres.

Este argumento lo he leído en declaraciones de políticos, lo he escuchado en la librería y aparece con frecuencia en las redacciones de los chavales en los institutos. Y da igual que les respondas con cifras: que si el 26% de la población española está en riesgo de pobreza y exclusión, que si más de dos millones de personas sobreviven con menos de 342€ al mes... Vagos todos, responden. Parásitos todos. La única solución es que se pongan de una vez a trabajar, como hacemos todos.

Todo esto se puede rebatir desde un punto de vista lógico y desde un punto de vista emocional. Pero si la desigualdad empieza a considerarse no sólo inevitable sino incluso deseable, si cambian los valores hasta el punto de que el bien común ya sólo se asocie, como máximo, con una comunidad de vecinos, entonces quizá la lógica y la empatía no sean suficientes y haya que idear nuevas estrategias para poder seguir viviendo en sociedades habitables para la mayoría.

En esta breve crónica personal, Sara Mesa cuenta la historia real de una mujer discapacitada y pobre que no logra la ayuda social a la que tiene derecho debido a las trabas burocráticas de un sistema laberíntico e inhumano. Demuestra que "la administración y algunos medios de comunicación contribuyen indirectamente a la existencia de la aporofobia al crear una imagen distorsionada y magnificada de las ayudas y partidas públicas destinadas a erradicar la pobreza, al tiempo que silencian o maquillan sus graves limitaciones y deficiencias". Y mete el dedo en una llaga invisible para la gran mayoría que no para de crecer.

Es un libro que advierte sobre la deshumanización de los excluidos y la crueldad de una administración cuya burocracia niega lo que sus representantes se enorgullecen de ofrecen. Es un libro urgente, visceral, que incendia por dentro. 




jueves, 23 de mayo de 2019

CONTRA LAS ELECCIONES

En todo el mundo existe una inclinación tan favorable hacia la noción de democracia que parece que ya no concebimos otra forma de gobierno. Sin embargo, en este principio del siglo XXI, cada vez confiamos menos en las instituciones que la sustentan. Basta con preguntar al vecino qué opina de la justicia, de la educación o de la política para que broten como la mala hierba expresiones de rechazo. 

"En la actualidad, entre dos tercios y tres cuartas partes de la población europea recela de las instituciones más importantes de su ecosistema político". Mientras tanto, en los últimos años ha aumentado el interés por la política, espoleado por las redes sociales, hasta el punto de convertirse en frustración diaria. Si el recelo, mezclado con un entusiasmo frustrado, se asienta y degenera en aversión, es posible que la salud de nuestras democracias, o incluso su supervivencia, empiecen a estar seriamente amenazadas. 

Para conjurar esta amenaza y tratar de salvar el que quizá sea el menos malo de los sistemas políticos conocidos, David van Reybrouck propone en este ensayo cambiar las elecciones por otros sistemas de participación ciudadana más efectivos. Porque, aunque pensemos que las elecciones son nuestra forma de controlar a los gobiernos y de participar en la vida política de nuestro país, lo cierto es que nuestro voto tiene una influencia muy limitada. Lo elegimos en virtud de unas promesas que a menudo no se cumplen, confiando en unos candidatos que traicionan nuestra confianza una y otra vez. 

"Nuestro fundamentalismo electoral adquiere la forma de una nueva evangelización mundial. Las elecciones son el sacramento de esa nueva fe, un ritual esencial cuya forma tiene más importancia que su contenido". Vivimos en democracias oligarquizadas. Elegimos a representantes que detentan todo el poder. Debido a la distancia abismal entre gobernantes y gobernados, nuestro sistema electoral fomenta el monopolio del poder, la corrupción y el eterno descrédito de la clase política. 

El objetivo inicial de las elecciones siempre fue excluir a la ciudadanía del poder mediante la selección de una élite que decidiera en su lugar. Y lo hemos interiorizado como el único sistema posible de participación. Pero durante la mayor parte de los tres mil años de historia de la democracia, las elecciones no existían y los cargos se repartían mediante una combinación de sorteos y voluntariado. 

Si el sistema actual demuestra claros síntomas de fatiga, ¿por qué no buscar en el pasado otras formas de participación ciudadana que hayan funcionado? 

Mediante comparaciones agudas y pintorescas, con un estilo conciso y brillantemente pedagógico, David van Reybrouck expone modelos de participación que ya se están usando en Canadá, Islandia, Irlanda, Holanda y otros países para demostrar que hay otras formas de gobierno posibles, más participativas, más inclusivas, más pacíficas, que, a la vez que fomentan una mayor igualdad de oportunidades y justicia social, educan a sus participantes en la convivencia y la responsabilidad ciudadana. 

"Dos siglos de sistema representativo electoral han instalado en nuestra mente la creencia de que los asuntos de Estado sólo pueden ser derimidos por una élite de seres excepcionales". ¿Cuántos políticos incapaces, cuántos fracasos estrepitosos en la búsqueda del bien común tenemos que soportar para darnos cuenta de que dejar tanto poder en manos de unos pocos durante tanto tiempo no puede ser la solución?


David van Reybrouck



lunes, 20 de mayo de 2019

UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD

Este libro me ha ido tentando a lo largo de mucho tiempo. Lo había ojeado, había leído algún capítulo suelto y siempre me había quedado con la sensación de que tenía que esperar el momento oportuno para dedicar toda mi atención a sus setecientas páginas. Me parecía demasiado importante para tratarlo como un libro más, sentía que era algo especial.

Ahora ha sido el momento y ha merecido la pena la espera. Ay, Amos Oz, qué lástima que muriera el año pasado con setenta y nueve años, podía haber seguido aportándonos tanta sabiduría, tanto conocimiento sobre la realidad de Israel. Fue un lector compulsivo desde la niñez y consiguió esa riqueza humana e intelectual que proporcionan las buenas lecturas. Nos habla de la influencia que tuvieron en él tantos libros (Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla misteriosaEl señor de las moscas, Peer Gynt), y nos menciona decenas de escritores que enriquecieron su vida (uno de mis preferidos, Stefan Zweig, también fue uno de los suyos).

Me gusta la reflexión que hace sobre las lágrimas de Miguel Strogoff, las que le salvaron del hierro candente que le aplicaron a sus ojos, las lágrimas que también le salvaron a él y a toda Rusia porque permitieron que llegara a su destino: "¡Pero en casa las lágrimas estaban prohibidas a los hombres! ¡Eran una deshonra! El llanto era propio única y exclusivamente de las mujeres y los niños. Con cinco años ya me avergonzaba llorar y con ocho o nueve aprendí a ahogar el llanto para poder ser admitido en la orden de los hombres... y resulta que Miguel Strogoff, un héroe impertérrito, un hombre de hierro capaz de superar cualquier adversidad y tormento, cuando de pronto piensa en el amor, no se contiene: llora. No de miedo ni de dolor, Miguel Strogoff llora por la fuerza de sus sentimientos... y así ese hombre, el más viril de los hombres, venció a todos sus enemigos gracias al "lado femenino" que surgió de lo más profundo de su alma en el momento decisivo y ese "lado femenino" no anuló ni debilitó su "lado masculino" (algo con lo que en aquella época nos lavaban el cerebro) sino todo lo contrario, lo completó y se reconcilió con él." 

Su madre, personaje muy importante en este libro que acabaría suicidándose con 39 años, le contaba de niño leyendas sobre milagros y demonios, misterios, la Caja de Pandora, en las que, tras todas las desgracias, aún había esperanza en el fondo de la desesperación. Su primera maestra, la Maestrazelda como la llamaban y el profesor Mijaeli ya en la secundaria también le aportaron un sistema de valores opuesto de principio a fin al racionalismo de su padre, un erudito.

Con ocho y nueve años vivió la creación del estado israelí y cuenta el día a día de aquel acontecimiento que podía haber sido el inicio de un ejemplo de convivencia entre israelíes y palestinos. Una convivencia que nunca se materializó por la violencia que hasta hoy sigue instalada en todo Oriente Próximo, especialmente en los territorios ocupados en los que Israel, por la fuerza, cada día va restringiendo y atenazando la vida de millones de personas aprisionadas en guetos como cárceles.

Amos Oz escribe, aludiendo a la oportunidad que en 1947 tuvo Israel: "Me conduelo por lo que nunca existió, por los bellos cuadros que nos hacíamos y que ya se han borrado, por un Israel que ya no existe y que posiblemente nunca existió más que en nuestros sueños juveniles".

Hablando de los palestinos, un compañero del kibutz donde estuvo trabajando más de treinta años le dice: "¿Asesinos? ¿Pero qué esperas de ellos? Desde su punto de vista, nosotros somos extraterrestres que hemos aterrizado aquí y hemos invadido su tierra, poco a poco hemos ido apoderándonos de ella y, mientras les asegurábamos que habíamos venido para ayudarlos, para curarles la tiña y el tracoma, para liberarlos del atraso y la ignorancia y del yugo de la opresión feudal, con artimañas nos íbamos quedando con su tierra pedazo a pedazo. Así pues, ¿qué pensabas?  ¿Que nos iban a agradecer nuestra bondad? ¿Que iban a salir a recibirnos con tambores y cámaras fotográficas? ¿Que nos iban a entregar respetuosamente las llaves de todo el país solo porque nuestros antepasados estuvieron alguna vez? ¿Qué tiene de raro que se hayan alzado contra nosotros? Y ahora que les hemos infligido una derrota aplastante y cientos de miles viven en campos de refugiados, ¿qué quieres? ¿Esperas quizá que compartan nuestra alegría y nos deseen lo mejor?

Amos Oz
Tuvo a un magnífico profesor, "que con su acento alemán-checo caminaba por la lengua hebrea no con naturalidad y propiedad sino con cierta solemnidad festiva, como un pretendiente feliz cuya amada por fin lo correspondía y ya podía enorgullecerse y demostrarle que no se había equivocado con él. Casi el único tema que trataba nuestro maestro en los encuentros privados que tenía con nosotros era la pervivencia del alma, o la posibilidad, si es que existía alguna posibilidad, de una existencia después de la muerte... A veces nos pedía nuestra opinión y escuchaba atentamente, no como un maestro paciente vigilando los pasos de sus alumnos, sino como alguien que estuviera oyendo una obra musical muy compleja y entre todos los sonidos tuviese que localizar uno especial, menor, y determinar su autenticidad".

Una joya de libro en cuya lectura hay que demorarse, necesita de un lector atento, dispuesto a encontrar entre sus líneas pequeños diamantes que, distribuidos en su camino, nos proporcionan intensos momentos de felicidad.




jueves, 16 de mayo de 2019

NUEVO DESTINO

En uno de los relatos de este libro, un personaje es contratado por el ejército para proferir por un altavoz insultos en árabe lo suficientemente soeces y ofensivos como para que los insurgentes iraquíes se cabreen de verdad, salgan de sus escondites y mueran abatidos por los francotiradores estadounidenses. Sin apretar un gatillo, sin sostener un arma, sin acercarse demasiado a ningún peligro, este hombre sin rostro es responsable de decenas, quizá centenares de muertes a través de sus palabras. 

¿Qué hace en una persona un trabajo como ese? 
¿Qué hace la guerra con las personas que la llevan a cabo?

Esta es la pregunta que sobrevuela este magnífico libro y que Phil Klay, exmarine durante la guerra de Irak, trata de responder desde la multitud de puntos de vista que pueblan estos relatos de ficción.

Con algunos relatos he recordado los primeros capítulos de la primera temporada de Homeland y el regreso del marine protagonista a Estados Unidos tras muchos años en Irak. La manera en que el contraste de formas de vida altera su percepción de la realidad. La mucho que les cuesta acostumbrarse a la ausencia del peligro. Lo difícil que les resulta salir a la calle y no buscar francotiradores en las esquinas del centro comercial, bombas improvisadas en las bolsas de basura que descansan juntos a los contenedores. Lo desnudos y frágiles que se sienten sin el peso reconfortante de un arma en la mano. Lo inútiles sin la posibilidad de salvarles la vida a los compañeros. La impotencia de saber que ya nunca más podrán decidir si otro ser humano debe vivir o morir. 

Siempre me ha llamado la atención la avidez con la que consumimos la guerra como entretenimiento en occidente. Esa fábrica de héroes. De acciones legendarias. El subidón que nos produce ver cómo unos hombres llevan al límite la resistencia humana para defender una causa vendida como justa. Sin embargo, basta leer libros como este para darnos cuenta de que la guerra a menudo es sentarte en una oficina a cinco kilómetros de los tiroteos y pasarte siete meses rellenando formularios; trabajar diez horas diarias seis días a la semana asfaltando carreteras; pisar una mina al empezar tu primera patrulla y terminar volviendo a casa, cinco meses y cincuenta operaciones después, con el cuerpo desfigurado por el fuego y la metralla mientras todos te aclaman como a un héroe. 

Phil Klay
La guerra es un infierno. Una locura, una droga. Una profesión, también, que no tiene nada de heroica. Está llena de hombres que, equipados para la batalla, se convierten en guerreros aterradores. Sin embargo, en el dolor siguen siendo niños asustados que sólo desean que todo acabe cuanto antes. 

La guerra es un infierno. Bien lo sabía Wilfred Owen, uno de mis poetas favoritos, cuando escribió sus poemas de trinchera, describiendo la muerte del entusiasmo guerrero. Bien lo sabe Phil Klay, como lo demuestra en estos relatos. 




lunes, 13 de mayo de 2019

TERROR

Un terrorista secuestra un avión con ciento sesenta y cuatro pasajeros a bordo y anuncia que lo va a estrellar contra un estadio en el que hay más de setenta mil personas. Un piloto es enviado con un caza a interceptar el avión y, al no conseguir cambiar su rumbo ni hacer desistir al terrorista de su intención, decide abatir la aeronave. Ha matado a ciento sesenta y cuatro personas para salvar a setenta mil. ¿Qué pensáis? ¿Su decisión es correcta o equivocada?

Muchos responderemos de manera inmediata y esa será nuestra opinión. Sí o no. Así de rápido solemos formar nuestro criterio sobre casi todas las cosas. En la librería lo vemos casi todos los días. La gente tiene muy claro qué está mal y qué está bien sin necesidad de plantearse nada. Y más si hablamos de política, de creencias o de moral. La conversación se reduce a un mundo bicromático, a dos bandos opuestos, a dos ideas. Los matices han desaparecido. 

Esta obra teatral de Ferdinand von Schirach no da ninguna respuesta, no toma partido por ninguna idea. Se limita a plantear un dilema moral, antiguo como el mundo: ¿es lícito acabar con ciento sesenta y cuatro vidas para salvar de una muerte probable a setenta mil? Y sus variantes: ¿dispararías si en el avión viajaran tu mujer y tu hijo? ¿Es lícito matar a personas inocentes en un caso de extrema necesidad? ¿Pueden la moral o la conciencia estar por encima de la ley? Si partimos de la idea de que todas las vidas humanas tienen el mismo valor, ¿cómo podemos decidir acabar con unas pocas para salvar a otras muchas?

La inmensa mayoría de nosotros seríamos incapaces de matar con nuestras propias manos. Sin embargo, ¿no nos resultaría más fácil pulsar un botón para matar a unos pocos, si con ello salváramos a muchos más?

Una cuestión que parece sencilla se complica desde el mismo momento en que empezamos a pensar en ella y profundizamos en su alcance. Es algo que deberíamos hacer todos los días con muchas cuestiones pero que, por pereza, falta de hábito o conformismo, generalmente no hacemos. Esta pieza expone un problema para el que todas las respuestas parecen erróneas. Y me ha gustado precisamente porque me parece vital para la salud mental de todos que podamos convivir alegremente con dilemas morales.

No existe la certeza en cuestiones morales. No puede existir. Por eso son tan necesarias estas cuestiones. Porque obligan al debate. A plantearse qué lugar ocupamos en relación con el mundo y los demás.

Ferdinand von Schirach ya me encandiló con Crímenes, un libro de relatos cortos inspirados en su profesión de abogado criminalista. Con Terror propone al lector subirse al escenario y formar parte de un jurado popular para tratar de resolver este dilema sobre la vida, la dignidad y la muerte. Para ejercitar nuestra conciencia crítica. 


jueves, 9 de mayo de 2019

LA HIJA DE LA ESPAÑOLA

"En aquel país en el que todos estaban hechos de alguien más, nosotras no teníamos a nadie".
Se tenían a sí mismas. Pero ahora ya ni eso. La madre ha muerto y la hija se ha quedado sin hogar en esa ciudad llamada Caracas que sigue en llamas, empeñada en seguir hundiendo en sus entrañas los cuchillos del hambre, la violencia y la impunidad. 

"Todos nos convertimos en sospechosos y vigilantes, travestimos la solidaridad en depredación". La ciudad es una fiera que se devora a sí misma, y devora a todos aquellos que pretenden seguir viviendo en ella ignorando la violencia. Vivir es encerrarse en casa y sellar las ventanas para que no se cuele el gas lacrimógeno. Vivir es tirar un cadáver por la ventana e incendiarlo. "Vivir se había convertido en salir a cazar y regresar vivo". 

El vínculo entre la madre muerta y la hija está descrito con ferocidad. La intensidad del relato es una cuerda tensa que descarna al tacto. Esa prosa sin florituras, áspera, destilada en la inmediatez y la rudeza, brilla sin embargo con vetas poéticas y se ilumina en instantes aislados con una dulzura inesperada, como cuando la narradora recuerda a su madre, "esa mujer discreta y sin lágrimas que al abrazarme levantaba un paraíso entre ambas". 

Qué novela. No sé muy bien qué esperaba, pero sin duda no esta sacudida. Este borbotón de densidad literaria y de vida herida. Me ha impresionado la pasión desesperada de muchas páginas, la descripción de ese "país mestizo y extraño, hermoso en sus psicopatías", país literario y a la vez real, sumido en la oscuridad y en los lamentos de los desposeídos: "en medio de la oscuridad, peino con una escoba mi propia tierra hasta hacerla sangrar". 

Abrirle la puerta a esta novela entraña cierto riesgo. Su voz, esa voz de una conciencia que relata la crónica de un derrumbe social, araña y desgarra, no se está nunca quieta. Permanece en la memoria, una vez acabada la historia, como el lamento profundo y universal de los supervivientes. 

"Vivir, un milagro que aún no llego a entender y que muerde con la dentellada de la culpa. Sobrevivir es parte del horror que viaja con quien escapa. Una alimaña que busca derrotarnos cuando nos encuentra sanos, para hacernos saber que alguien merecía más que tú seguir viviendo". 



lunes, 6 de mayo de 2019

IRMINA

Si hubiéramos respondido aquella carta que llegó en el momento más inoportuno. 
Si hubiéramos aceptado aquella ausencia como otra forma de amar más sutil e igual de válida.
Si hubiéramos hecho menos caso a las convenciones y más a lo que sabíamos íntimamente que era correcto. 
Si hubiéramos...

Este es un cómic sobre las posibilidades perdidas. Sobre los "qué habría pasado si..." que pueblan la biografía de todos nosotros y que en algunos casos determinan quiénes somos y en qué nos convertimos. 

Irmina, la joven alemana protagonista de esta historia, se enamora de un universitario negro llamado Howard en el Londres de los años treinta, y ve cómo la situación política de su país, junto a su situación personal, la alejan con fuerza de él. Cuando un día el correo le devuelve la última carta dirigida a Howard, se da por vencida y, poco a poco, empieza a dejarse llevar por el torbellino social de su país. Hasta entonces nunca se había interesado por la política. Había decidido no querer ver ni saber las consecuencias del terror nazi. Se había puesto la venda que voluntariamente se pusieron millones de alemanes hasta el final de la guerra para no tener que cargar después con el peso del horror del que de alguna manera habían sido cómplices. 

El personaje de Howard, estudiante negro de Oxford, muestra que la Alemania del Tercer Reich formaba parte de una Europa que nunca fue tan blanca (ni tan aria ni homogénea) como los nazis la imaginaban. Y a través de Irmina la historia profundiza en las razones de ese pacto de silencio tras la guerra de una sociedad incapaz de aceptar su parte de responsabilidad en lo ocurrido. 

Irmina está inspirado en la historia de la abuela de la autora. Indaga en cómo personas corrientes se dejaron llevar por la deriva sangrienta de su país y posibilitaron con su silencio la muerte de tantos millones de personas. Es una historia interesantísima potenciada, además, por unas ilustraciones sencillamente maravillosas. Ante algunas me he quedado embobado, totalmente inmerso en una calle londinense inundada de bruma y oscuridad, o subido a la bicicleta de Howard, con Irmina, agarrado a su cintura mientras el viento de la excitación y lo desconocido me hace volar de alegría.

Pocas veces se encuentra tanta fuerza narrativa acompañada de un lápiz y una acuarela tan expresivos y delicados. 



lunes, 29 de abril de 2019

TUS PASOS EN LA ESCALERA

Un hombre llega a Lisboa desde Nueva York. Huye de un clima apocalíptico, del agobio de una ciudad que de tan dinámica se ha vuelto invivible. Busca en Lisboa la calma que necesita para afrontar su vida, ahora que ha sido despedido de su empresa y no se plantea volver a trabajar. Y junto a la calma, en esa "ciudad de belleza y de pesadumbre, de magnificencia y de ruina", encuentra similitudes insospechadas con Nueva York: la anchura del río con olor a océano, el puente sobre las aguas, las campanadas de las iglesias. Los aviones surcan el cielo sin descanso, las temperaturas no paran de subir y allí está él, en la ciudad más tranquila y resguardada del derrumbe del mundo. 

Ha llegado de avanzadilla para organizar la mudanza mientras su mujer termina ciertos asuntos laborales. Se mueve despacio por los nuevos lugares bajo la atenta mirada de Luria que, con su hocico alzado y sus orejas atentas, siempre acoge con fascinación hasta la más humilde de las peripecias humanas. Lleva un diario desordenado en el que apunta sus pensamientos. En él hay ternura. Delicadeza. Una inocencia de hombre dispuesto a dedicarse en cuerpo y alma a amar a su mujer. "Si el mundo va a acabarse, no hay mejor sitio que este para esperar el fin". Y se dispone a esperar una llamada, un taxi parando en su calle. Sus pasos en la escalera. 

Esta es una novela sobre la espera. Está construida con piezas pequeñas que van añadiendo colores y una tensión imperceptible a los días en apariencia iguales del protagonista. Tras la normalidad del quehacer diario, algo no está bien. El mundo está desordenado. El mundo está roto. Hay una amenaza en el ambiente, en la vibración continua del aire que provocan los aviones. Y ya sólo se puede vivir "esperando un cambio, una presencia recobrada, un regreso".

Es una carta de amor. Un amor que vive en las palabras que ensaya el narrador y que, poco a poco, va perdiendo el aire, como un animalito asustado que se fuera quedando poco a poco sin espacio para respirar. Un amor, también, por Nueva York y Lisboa, que están lejos de ser meros decorados. Vibran con la intensidad de ciudades imán, sufren, resisten. Son dos de los personajes cruciales en la historia. 

Es un sueño. Una ilusión a la que aferrarse con la desesperación de un náufrago. Es una bruma enturbiada de una intimidad electrificada por un conflicto que no se nombra. Es la historia de una voz secreta, profunda y vibrante que busca y busca en su pasado para moldearlo a la medida de su añoranza y de su deseo, a riesgo de perder la noción de la realidad, del tiempo y de aquello que aún le une con la mujer a la que ama. 



jueves, 25 de abril de 2019

EL VENDEDOR DE TABACO

Esta novela derrocha inocencia y buen humor. Tiene el ímpetu de la juventud, con su ilusión arrebatada, y una energía infatigable que encuentra en el amor su alimento y su camino. El protagonista, un joven austriaco de provincias llamado Franz, llega a Viena a mediados de 1937 empujado por su madre, que desea que vea el mundo que se agita más allá de las montañas y los lagos de su infancia. Empieza a trabajar en un estanco y bajo la guía malhumorada pero íntegra del estanquero empieza a adentrarse en los misterios de la vida urbana. Entre las páginas crujientes de los periódicos descubre las infinitas posibilidades que se abren como flores maduras en la gran ciudad, y en las avenidas del Prater descubre el latigazo del deseo en los labios de sonrisa mellada de una joven y misteriosa bohemia. 

He seguido con verdadero placer las andanzas del joven Franz por las calles de Viena, cruzando la ciudad en los traqueteantes tranvías en busca de las sombras perdidas de su amor. Y me ha maravillado cómo, de la forma más natural y azarosa, el viejo doctor Freud entra en su vida para plantar en su mente enfebrecida pequeñas ideas sobre el deseo y la vida que florecerán cuando menos se lo espere. "En los acantilados de lo femenino se estrellan incluso los mejores, había dicho el profesor. Si ha de ser así, que así sea, pensó Franz".

Viena no sólo es el escenario de esta historia: es un personaje más. Sus calles vibran de alegría y de miedo. Los parques, las avenidas y los edificios configuran la historia de la misma forma que las montañas de los Alpes determinaban la historia y eran también personaje fundamental en la magnífica Toda una vida, la primera novela de Seethaler que pudimos disfrutar en español y que reseñamos aquí

Pero no todo es pasión y alegría en esta historia. La sonrisa, ligera y curiosa, pronto se va tornando amarga, conforme la sombra del nazismo empieza a extenderse sobre Austria y Viena como una mancha de tinta sobre el papel. Amarga y triste. Triste por lo que hace la violencia y el miedo en una sociedad, por cómo intoxica sus vínculos vitales y dinamita la convivencia. Triste por lo que una ideología basada en la mentira y el odio puede hacer con las ganas de vivir de las buenas personas. 

Termino el libro un poco desorientado. Como si hubiera estado dentro de un espejismo. Como si todo, la efervescencia y la novela, se hubiera acabado demasiado pronto. En sus conversaciones en el parque, compartiendo el tabaco y las confidencias, el viejo profesor le dice a Franz: "Llegamos al mundo no para encontrar respuestas, sino para formular preguntas". Y las preguntas de esta novela, con sus escenas memorables y sus personajes inolvidables, se me han quedado flotando en la cabeza como luces parpadeando en la oscuridad.



lunes, 22 de abril de 2019

EL ÚLTIMO BARCO

Con este libro me ha pasado lo que nunca me había pasado con una novela policiaca: me ha transmitido calma. Supongo que sólo un gallego podía escribir una novela de intriga llena de diálogos basada en la investigación de una mujer desaparecida y provocar en el lector la sensación apacible que transmiten las largas descripciones de las novelas decimonónicas. Muchos dirán que le sobran páginas, que hasta la mitad del libro no pasa nada y que el ritmo es exasperantemente lento para una novela policial. De acuerdo en todo. Pero no pasa nada. Incluso ciertas policiacas pueden disfrutarse despacio, como degustando un Albariño mientras se contemplan tranquilamente las estrellas en una noche de otoño. 

Sutileza. Calma. Introspección. Eso transmite esta novela. Me encanta cuando el inspector Caldas responde con silencios acompañados de gestos ambiguos a las preguntas que le hacen, convirtiéndolas en preguntas retóricas de pronto recubiertas de una pátina inesperada de filosofía. Acompañar a este protagonista en sus pesquisas es una forma de aprender que cierto laconismo puede muy bien ser una forma de vida, no exenta de emoción y significado. Y que toda palabra o idea puede tener, al menos, tantas interpretaciones como acepciones caben en cada entrada del diccionario.

Vigo. La ría. El salitre siempre presente, recubriendo de una fina capa de humedad todas las superficies. Los temporales repentinos. No sé, a lo mejor es el escenario el culpable de mi fascinación por las novelas de Domingo Villar. El placer insustituible de degustar un pedacito de Galicia en la agreste estepa de Madrid. 

El último barco trata sobre la destrucción del patrimonio arquitectónico de Vigo en los años sesenta y setenta. Sobre la invasión de turistas ingleses en enormes transatlánticos. Sobre la siempre compleja relación entre padres e hijos. Sobre la aceptación de que, llegada una edad, la vida ofrece cada vez menos barcos atractivos a los que subirse y que no hay que dejar pasar las oportunidades. Y es un homenaje emocionado a los que se dedican a crear arte con sus manos construyendo instrumentos antiguos o modelando tierra con las manos. 

Prefiero no contar mucho más. Contagiarme del laconismo de Caldas y recomendar esta novela discretamente, dejando los argumentos "bailar al borde de la mesa para que terminen cayendo ellos solos por su propio peso".



viernes, 12 de abril de 2019

TIERRA DE MUJERES

Empiezo este libro maravillado. El primer capítulo me contagia una serenidad hecha de sensibilidad exquisita y un apego profundo a la tierra y a los seres que la habitan. Me conmueve la descripción íntima de un contacto con los animales y las plantas que los que vivimos en zonas urbanas hemos perdido. Me digo que buscarse de esta manera a través de la naturaleza es un propósito de vida hermoso como pocos. Y sigo leyendo, con la sensación de haber encontrado un tesoro, de esos que uno recomienda con cariño y en secreto a gente escogida y muy afín. 

La autora escribe para que "las historias de su familia salgan del encierro de su miedo y su pudor". Y es que es tan fácil dejar pasar la vida en silencio, sin prestar atención a la gente que más quieres. Dejar pasar la vida sin pensar en sus historias, sin recordarlas, sin buscar en ellas lo misterioso y especial que también te define a ti. Sin prestarle mucha atención. Sin reconocerla.

"No todo el mundo tiene pueblo. No todo el mundo puede volver a un trocito de tierra y doblarse la falda para recoger los alimentos del huerto. Llamar al rebaño y que acuda corriendo a la voz". 

Yo no tengo pueblo. Ningún apego veraniego por el campo y la naturaleza. Y por primera vez, quizá, he sentido esa añoranza extraña que a veces sentimos por las cosas que nunca hemos tenido y nunca hemos echado en falta. Un pueblo al que volver, un lugar al que llamar hogar, aunque no se viva siempre en él. Una infancia poblada de alcornoques, encinas y olivos, como la de la autora, de la que ha surgido este mundo literario poético y cercano que me ha hecho acariciar la tierra y sentir la naturaleza en la piel y más adentro. 

Me parece que este libro es, al menos, tres libros. El primero está descrito en el subtítulo: "una mirada intima y familiar al mundo rural". El segundo, un manifiesto feminista que denuncia la doble discriminación de la mujer en el campo (por mujer y por rural). Y el tercero, una exhortación política para exigir un cambio en el modo en que la sociedad urbana trata a esa España vacía que la autora prefiere llamar España vaciada. Los tres libros están más o menos delimitados por los capítulos, y aunque a mí me han resultado radicalmente diferentes, me imagino que para la autora son tres facetas de una misma intención. 

Me ha maravillado el primero, me ha interesado el segundo y me ha extrañado mucho el tercero. Supongo que tras la delicadeza poética de las primeras páginas, no me esperaba un tono de mitin político, enfático y a veces abiertamente enfadado cuya hostilidad no he terminado de entender. 

En fin, no siempre los libros son como esperábamos. Y también se agradece a veces ese desajuste entre las expectativas y lo que terminamos encontrando. Me quedo con la maravilla poética y feminista de la mayor parte de este ensayo, que me ha abierto los ojos a una forma profunda y emocionante de percibir la naturaleza y el mundo rural. 



miércoles, 10 de abril de 2019

ELÉTRICO 28


En Lisboa hay un tranvía diferente a los demás,
es amarillo, redondito y sube y baja sin parar,
date prisa, ya salimos, el viaje va a empezar,
si eres tímido, ¡avisamos!, aquí te vas a enamorar.

Amadeo es un conductor excepcional. Se sabe todos los trucos para hacer que sus viajeros pierdan la timidez y muestren sus verdaderos sentimientos. Acelerones en cuesta, frenazos en curvas, sustos al parar, el bueno de Amadeo se las sabe todas y nunca nunca falla: casi todos los trayectos terminan en abrazo o en beso.

Ay, pero tras el último día de trabajo de Amadeo, una duda le entristece: ¿qué va a ser de todos los tímidos enamorados cuando él deje de conducir el Elétrico 28? ¿Cómo encontrarán el valor de dar el primer paso sin sus acelerones y sus frenazos? Lo que no puede imaginar es que el mejor viaje de todos está a punto de llegar. ¡Y con él de pasajero! 

En Lisboa hay un tranvía diferente a los demás,
es amarillo, redondito y sube y baja sin parar,
date prisa, ya salimos, el viaje va a empezar,
si eres tímido, ¡avisamos!, aquí te vas a enamorar.



lunes, 8 de abril de 2019

JERUSALÉN. UN RETRATO DE FAMILIA

Dos hermanos a los que sólo une un lazo de sangre. Dos hermanos enfrentados por una herencia, y una forma de entender la política y su lugar en el mundo. Dos familias que representan, en su constante disputa, los dos pueblos que llevan más de un siglo peleándose por una estrecha franja de tierra sin encontrar una forma de convivir sin desconfianza y resentimiento.

Las historias de estos dos hermanos y sus familias que narra este cómic comienzan en abril de 1945, en las últimas semanas de la segunda guerra mundial. Palestina está gobernada por los británicos, pero la masiva afluencia de refugiados judíos en la década anterior ha convertido la zona en un hervidero de gente desesperada por encontrar por fin un lugar donde vivir en paz. Inspirado en historias reales de tres generaciones de judíos aferrados a una tierra disputada desde hace milenios, Jerusalén muestra cómo la división de la familia judía protagonista es un reflejo de la división entre judíos y árabes y su pugna por reclamar como suya una tierra que ambos pueblos consideran sagrada.

Este es un cómic brutal, cinematográfico. Rebosa tensión y drama. Y se lee con avidez y horror, por la crudeza de la guerra y la facilidad con la que se recurre a la violencia y a la muerte de los que son considerados enemigos. 

Este retrato de familia cuenta historias personales zarandeadas por el conflicto permanente entre judíos y palestinos, por el trauma nunca curado del holocausto y también por la violencia interna entre israelíes, reflejo de una sociedad que nunca ha podido acostumbrarse a vivir en paz. Es un ejemplo de lo que ocurre cuando un pueblo considera que aquellos que no comparten su origen, su religión o su forma de ver el mundo deben ser expulsados de su país. Esta intransigencia produjo una guerra y una limpieza étnica de la que el pueblo palestino nunca se ha recuperado. Y sigue latente, más viva que nunca, en un estado próspero cuya democracia se está convirtiendo en la oligarquía de unos pocos, en el gobierno de "los elegidos". 



jueves, 4 de abril de 2019

LA MISMA RAMA

Pongo la Romanza para violín y orquesta de Dvorak y leo un poema de Concepción de Estevarena. Dvorak publicó esta pieza tres años después de que muriera la poeta sevillana, pero hay algo en la voz de ese violín que veo reflejado en sus poemas. Una inocencia alegre, una melancolía sin afectación, espontánea. Versos y música impregnados de un romanticismo sereno, de una "eterna aspiración a la belleza". 

Concepción de Estevarena (1854-1876) murió con apenas veintidós años, alejada de su Sevilla natal por las deudas que, a la muerte de su padre, la obligaron a vender la casa familiar. Su juventud estuvo rasgada por las despedidas, el duelo y el traslado forzoso a la casa de un pariente en Jaca, donde moriría de una tuberculosis contraída en el viaje. Algo de esa tragedia que la rodeada aparece también en sus versos, cuyo ímpetu a veces amortigua el presentimiento de la muerte.

"Yo sin poderte hablar, tú sin mirarme,
protestábamos ambos de la suerte;
tú queriendo vivir por no dejarme,
yo queriendo morir por no perderte".

Aunque comparte ciudad de origen e influencias con Bécquer, la estética de sus versos está a años luz del sentimentalismo y el melodrama del más famoso de los poetas románticos españoles. Y me asombra esa falta de afectación, esa sencillez conmovedora del sentimiento expresado con una naturalidad que desarma. 

"Quiero que mi patria sea
toda la extensión del mundo".

Me pregunto qué habría pensado esta poeta de la música de Dvorak. Qué habría sentido en las calles de Praga, qué emociones le habría suscitado la calidez de ese violín llevado en volandas por el impulso de la orquesta. Me conmueve esa curiosidad que bulle en sus poemas, el afán por ser parte de algo más grande que su tierra, más grande que Sevilla, más grande que todo lo que conoce, que los libros que ha leído y los lugares que ha visto. El deseo de un corazón inquieto de ampliar el espacio soñado, la capacidad de movimiento de su imaginación.

Termina la romanza con una felicidad tranquila que probablemente Concepción de Estevarena nunca llegó a experimentar. Y le doy las gracias a Elena Medel y a la editorial La Bella Varsovia por el descubrimiento de esta poeta excepcional. Una mujer que se mira hacia dentro y encuentra un borbotón constante de inspiración y de vida. Y el deseo de permanecer, de resistirse al desarraigo, a la ausencia, y no dejarse llevar por el viento que la aleja de las personas amadas, hojas verdes que brotaron de su misma rama. Y que a ella pertenecen. 


Concepción de Estevarena


lunes, 1 de abril de 2019

FORMAS DE ESTAR LEJOS

Él espera en el pasillo y la oye respirar al otro lado de la puerta, muerta de miedo. Disfruta de esa sensación. Tras la firma de los papeles del divorcio, es el último resquicio de poder que le queda. Presionar así, en silencio. Su sombra en la imaginación de ella. Su presencia invisible tras la puerta. Piensa en cómo ha conseguido que ella no sea capaz de imaginar su vida de otra manera. Y suspira. Nunca quiso llegar a esto. Pero al menos todavía es capaz de provocarle algún sentimiento. Que sea miedo, en lugar de deseo o amor, quizá sea lo de menos. 

Esta es una novela que exige mucho al lector. Si uno no presta atención, si uno no está dispuesto a empujar la puerta y entrar en la historia con todas las consecuencias, es muy fácil quedarse fuera. La autora propone una conversación con el lector en la que predomina el silencio. Todo lo que no se dice, aquí, es fundamental para entender la profundidad. Y las palabras, al final, son sólo el andamiaje sobre el que se sostiene todo lo demás, como las notas en una canción minimalista, como los tres trazos sueltos de carboncillo que convierten una hoja en blanco en la belleza de un grito. 

Me ha gustado cómo Edurne Portela describe la violencia psicológica. Esa grieta en la quilla del barco que al principio nadie nota y que poco a poco va empapando la relación de angustia, inseguridad, miedo y asfixia hasta que no queda ya nada del esplendor de los comienzos. Me han gustado la descripción de los síntomas desde distintos puntos de vista, las historias secundarias que desvían la atención a otros dramas paralelos, como instrumentos invitados infiltrados en la orquesta. Y me ha conmovido esa indefensión de las víctimas cuando no son capaces de anticipar las maneras que tienen sus maltratadores (a los que a menudo siguen queriendo, en los que siguen confiando) de hacerles daño.

Edurne Portela nos enseña a pensar sobre la violencia y sus víctimas. Su anterior novela, Mejor la ausencia, me deslumbró  y me sigue pareciendo una obra de arte literaria contundente y delicadísima. Con Formas de estar lejos rellena, de alguna manera, un vacío que dejó con la anterior. Y profundiza en la aterradora normalidad con la que tantas veces aceptamos la violencia como forma de relacionarnos con la gente que amamos. 

¿Y qué hacer cuando ya no queda nada, cuando la grieta en la quilla ha dejado pasar dentro todo el océano y ya sólo queda nadar cada uno por su cuenta a la intemperie para salvarse? ¿Qué hacer con toda la vida rota? ¿Olvidarla? ¿Enterrarla? 

La protagonista de esta novela decide tratar de conservarla: "Me llevo mis ruinas conmigo, las respetaré y las interpretaré, haré de ellas un lugar hospitalario y atenderé a los mensajes que me comuniquen sus fantasmas. Y tal vez, quizá, llegará el día en el que sobre ellas construya mi nueva ciudad".



jueves, 28 de marzo de 2019

EL CASO MAURIZIUS

Uno de los libros que más marcó mi adolescencia fue Crimen y castigo. Lo leí en bachillerato, y recuerdo que después de terminarlo me pasé varios meses sin encontrar una novela que me gustase: el bueno de Dostoyevski había puesto el listón a una altura inalcanzable (y en buena medida, ahí sigue). Recuerdo el asombro. Y cómo trastocó mi forma de pensar en la justicia cotidiana, en la culpa, en lo que está bien y lo que está mal, y cómo vivimos con las consecuencias de nuestros actos. Vamos, que la novela me abrió los ojos (de sopetón, con la violencia de un vendaval que entra en una casa haciendo volar las puertas) a lo que sería a partir de entonces mi vida adulta. 

Si hubiera leído entonces El caso Maurizius quizá me habría pasado algo parecido. Comparte con la obra maestra del ruso la impetuosidad, la pasión y la capacidad para profundizar en los abismos del ser humano a través de unos personajes complejos e infinitos, shakespearianos en su universalidad. Y tiene algo de esa fuerza iniciática, capaz de abrirte los ojos a una forma nueva, más matizada, con más dudas, de entender la vida. 

Es la primera novela que leo de Wassermann, y me alegro. Tengo la sensación de haber entrado en un palacio lleno de estancias con mil recovecos interesantes e impactantes por descubrir. Un palacio en el que me gusta pensar que suena música de Mahler, o del primer Schoenberg. Música expresionista y exaltada, turbulenta como las dos relaciones entre padre e hijo que vertebran la novela. Como los silencios cargados de sobreentendidos, enredados en un lenguaje que sólo ellos entienden y que sólo puede desembocar en dos sentencias: culpable o inocente. 

Esta es una novela muy masculina, habitada por hombres que disimulan tanto sus emociones que acaban por hacerlas desaparecer para siempre. Hombres acostumbrados a ser obedecidos. Hombres que, una vez que las circunstancias los sacan del camino recto y férreo que han elegido para su vida, se comportan de manera errática y enmudecen, asustados, como tratando de esquivar sus pensamientos. Es una novela sobre la noción de justicia (justicia masculina, por supuesto). Y un apasionado alegato en contra de la idea de que el derecho y la ley sean instituciones infalibles, y por lo tanto inmunes a la crítica humana y a la revisión. "Que los jueces y los fiscales no puedan equivocarse, ¡qué espanto!", exclama un personaje, cerca del desenlace. Casi un siglo después, el meollo de este asunto sigue sin estar superado, como vemos todos los días en las noticias. 

Jakob Wassermann
También es una novela sobre lo que el cautiverio hace con una persona a lo largo del tiempo. Sobre la corrosión que la falta de libertad puede provocar en el carácter humano. "La cárcel es un terreno en el que crecen plantas que ustedes aún no han clasificado y donde ocurren cosas que pertenecen a un mundo que está más allá de toda ley". Parece haber sido escrita de un tirón, en una estado febril, en trance. Tiene ese tono de urgencia de lo que no puede guardarse dentro, y hay párrafos enteros, muy al estilo de Dostoyevski, que parecen ser el resultado de una explosión incontenible, lava verbal que arrasa con todo juicio y sentimiento que encuentra en su camino. 

Pensé, no sé por qué, que encontraría en Jakob Wassermann una versión atormentada de Stefan Zweig. Pero es mucho más que eso. Esta novela, primera de una trilogía, es una indagación apasionada y angustiada sobre la conciencia, la moral y la frecuente incapacidad de la ley para juzgar a los hombres con justicia. Y conserva la fuerza, casi un siglo después de su publicación, de hacer volar las puertas de la conciencia de cualquier lector que se acerque desprevenido a sus páginas. 



lunes, 25 de marzo de 2019

CONTRA EL FASCISMO y SOBRE LA TIRANÍA

Nos hemos acostumbrado a dar por sentado nuestros derechos. Como si las cosas sólo pudieran mantenerse o mejorar. Pensamos que la democracia es indestructible. Que lo que les pasó a Italia y Alemania en los años veinte y treinta no puede volver a pasar. Nos hemos inventado un futuro en el que siempre habrá democracia y cada vez tendremos más derechos. Hoy en día escuchamos las palabras fascista y nazi con total tranquilidad: su uso extensivo ha difuminado tanto su contorno que apenas proyectan amenaza. Y lo cierto es que razones para el optimismo no faltan. Pero nada está a salvo para siempre. Los derechos civiles no son logros inamovibles, no son monumentos eternos. Son construcciones precarias que sufren ataques todos los días y que sólo seguirán en pie si no nos olvidamos de que pueden ser abatidos. 

Estos dos breves ensayos comparten un tono de urgencia. Y una advertencia que ya empieza a resultarnos familiar: el fantasma del fascismo recorre Europa, y conviene saber reconocerlo allá donde surge para poder combatirlo de la mejor manera posible. 

Contra el fascismo es la transcripción de una conferencia que dio Umberto Eco en Estados Unidos en 1995. En ella ya alertaba de que la ideología fascista no estaba muerta y enterrada, como muchos parecían creer. Había brotes de ella por doquier, pero a veces costaba reconocerla porque adoptaba tonos y formas nuevas, acordes a los nuevos tiempos. Sin embargo, sus principios variaban muy poco de los principios básicos del fascismo italiano, que Umberto Eco resumía de una manera cristalina para las nuevas generaciones en catorce arquetipos. 

Construcción de la identidad a través de la invención de un enemigo.
Subordinación de los actos individuales al Estado y a su ideología.
Culto a la tradición y a los valores tradicionales.
Desconfianza en la cultura, en la medida en que se la asocia con actitudes críticas.
Desconfianza en la ciencia, a menos que esté al servicio de la tradición.
La ciencia que entiende el desacuerdo como instrumento del progreso de los conocimientos es sospechosa.
El desacuerdo es traición.
Miedo y rechazo a la diferencia y a los diferentes.

Si estos arquetipos nos resultan familiares es que el fantasma del fascismo está más cerca de volverse corpóreo de lo que suponemos. 

En Sobre la tiranía, Timothy Snyder nos alerta de la amenaza de la tiranía que subyace en todas las democracias libres. Toma como ejemplo la historia europea del siglo XX y su enseñanza: "las sociedades pueden quebrarse, las democracias pueden caer, la ética puede venirse abajo, y un hombre cualquiera puede acabar plantado al borde de una fosa de la muerte con una pistola en la mano". Y contra la emoción que provoca el nacionalismo y su despliegue de banderas, contra la polarización de las sociedades que anula la capacidad de debate y de entendimiento, propone el diálogo, la aceptación y el fomento de la discrepancia constructiva y la resistencia firme ante cualquier atropello de la ética, de la dignidad y de la humanidad que nos ha hecho libres. 

Umberto Eco y Timothy Snyder nos dicen cosas muy sencillas que nunca deberíamos olvidar. Nos dicen que la tiranía necesita cómplices, millones de cómplices, para existir y prosperar. Y nos piden que no seamos nunca cómplices de ella. Nuestras sociedades libres se levantan sobre millones de muertos que lucharon por ellas y perecieron en el intento. Son monumentos frágiles. No nos olvidemos nunca de seguir apuntalándolos. 



jueves, 21 de marzo de 2019

LA CANCIÓN DE LOS VIVOS Y LOS MUERTOS

En un vuelo a Nueva York vi por casualidad una película que se me ha quedado grabada a fuego en la memoria. Fences, se titula. La vi de la peor manera posible: en una pantalla minúscula, con sueño, con un audio deficiente y creo que doblada al español. Pero el impacto me llegó igual. Escenas como palazos, como huracanes de emociones, como caricias que al final terminan haciendo más daño y llegando más adentro que cualquier golpe. Aquel contraste brutal entre el lirismo y la crudeza me provocó una emoción salvaje. Emoción que he reencontrado en esta historia portentosa que late como una vena hinchada: con dolor, con furia, con cansancio, con anhelo. 

"Él me vio. Vio más allá de la piel color café solo, de los ojos negros, de los labios ciruela, y me vio a mí, a mí. Vio la herida andante que yo era, y vino a ser mi bálsamo". Como en Fences, los personajes de esta novela son heridas andantes cuyo dolor tiene tantas ramificaciones que se pierden en la tierra, en el pasado y en el olvido. Heridas andantes de piel negra que, mecidos por la canción de los vivos y los muertos, susurran y tiritan como árboles estremecidos por el viento.

La herencia de la esclavitud es una losa en la convivencia en Estados Unidos y el racismo aquí explota en una serie de escenas de una intensidad escalofriante: un niño blanco, sucio, sentado a la entrada de su casa desvencijada, apuntando con un palo al coche que se acerca por la calle como si le disparara, pum, pum, pum, otro negro menos; un poli blanco parando a una familia negra en la carretera y a punto a dispararles a todos porque no se fía de ese adolescente que se ha metido una mano en el bolsillo.

A veces olvido lo que puede desencadenar una novela. La fuerza arrolladora que puede tener. La capacidad de impacto. Esta canción es un prodigio de ternura y crudeza, y esa mezcla es un explosivo que aturde y llena hasta rebosar. Y rebosa, rebosa en cada capítulo. Tanto que hay que parar. Respirar. Parpadear. Y esperar un segundito a que todo se calme por dentro para seguir leyendo. 

A veces da miedo esta canción. Inquieta. Lleva una corriente subterránea de anhelo y tristeza. Y de rabia contenida. Cuenta una historia hecha pedazos, bella como un diamante que corta y ciega. Hay poesía en ella como para llenar veinte poemarios. Es difícil resistirse a subrayar todas las páginas, a dejar algún párrafo sin marcar. 

Y a pesar de su dureza, a pesar de todo, es una caricia continua. Está llena de manos que abrazan, que consuelan, que protegen. Manos calientes que rodean y son fuego y hogar. Manos como la de Jojo, que sujeta a su hermana, "la niñita enferma de rizos dorados como creyendo que al rodearla con el cuerpo, su esqueleto y su piel serán una fortaleza que la protegerá de los adultos, de la inmensidad del cielo, de la vasta extensión de tierra cubierta de césped y tumbas debajo". Jojo y su hermana pequeña "se buscan el uno al otro como plantas que siguen el sol por el cielo. Cada uno es la luz del otro". Sólo por la relación de amor entre estos dos hermanos, entre estas dos heridas andantes, el libro se merecería todos los premios. Su ternura es como una luz que "brilla como el oro en la oscura manta de la memoria que me cubre mientras duermo".

La canción de esta novela vuela sobre las aguas doradas. Está dentro de cada caricia, de cada visión. Late bajo la tierra como un enorme corazón que diera vida a los bosques. Está dentro de los vivos y los protege. Está dentro de los muertos y los protege. La canción nunca para. Está aquí, ahora. Siempre.




lunes, 18 de marzo de 2019

LA REBELIÓN DE LOS MAYORES

Los vimos hace un año en todos los medios de comunicación. Miles, decenas de miles de jubilados llenando las plazas y las calles de las principales ciudades españolas, bajo la lluvia y el frío, manifestándose por sus pensiones. Pero, ¿sólo por sus pensiones? No. Las pensiones fueron la chispa que prendió el incendio. En enero de 2018 habían recibido una carta del ministerio, redactada con triunfalismo paternalista, que les informaba de que sus pensiones iban a aumentar en un 0,25%. Para la mayoría, menos de dos euros más al mes. Luego se supo que el gobierno se había gastado más dinero en enviar las cartas que en la subida. Y el cabreo prendió. Hasta entonces se habían olvidado de ellos, y ellos se lo habían tomado con estoicismo. Pero, ¿que se rieran de ellos descaradamente? No, eso no lo iban a consentir. 

En estas manifestaciones expresaron su descontento por una serie de humillaciones que hasta entonces habían pasado desapercibidas para buena parte de la sociedad. Entre otras, las declaraciones del gobernador del Banco de España, insinuando que los mayores podrían apañarse con pensiones más bajas porque la mayoría ya no tienen que pagar hipotecas, o las de la Lagarde, directora del FMI, que se quejaba explícitamente de que no se murieran: "los ancianos viven demasiado y eso es un problema para la economía global". Estas declaraciones no eran casos aislados. Vivimos una época en la que muchos políticos empiezan a insinuar que lo público ya no va a ser sostenible mientras rescatan bancos y autopistas. El desprecio por los mayores es un síntoma del desprecio general por todo lo que ha significado el Estado del Bienestar en Europa en los últimos sesenta años. 

Unos lo llaman gasto. Otros, inversión. El lenguaje desnuda las intenciones de quienes hablan de pensiones, o de cualquier partida presupuestaria que tenga una finalidad social. Los que llaman gasto a las pensiones las consideran, en el mejor de los casos, una carga ineludible, y en el peor, una rémora para la salud de la economía. Y si su forma de pensar se consolida, es posible que en un futuro no muy lejano las pensiones dejen de ser un derecho para convertirse en el privilegio de unos pocos: los que tengan sueldos lo suficientemente holgados como para pagarse un plan de pensiones privado. 

Esta ideología se llama neoliberalismo y en diez años de crisis ha acabado con millones de puestos de trabajo en toda Europa, ha recortado en servicios sociales básicos como la educación y la sanidad, y ha vaciado la hucha de las pensiones, creada precisamente para que estas no pudieran peligrar nunca. El neoliberalismo promueve la desigualdad y es un peligro para cualquier sociedad que aspire a la justicia y al bienestar de sus ciudadanos. 

Los mayores no son un gasto para el estado, sino una inversión. ¿Cómo se puede mantener una economía viva castigando año tras año al que pronto será el primer grupo por edad de la pirámide poblacional? Mantener las pensiones y subirlas según el IPC ya no sólo es una cuestión de humanidad y solidaridad, sino que puede ser uno de los negocios más rentables para el Estado. Por eso lo llamamos inversión. 

Paca Tricio es la presidenta de la Unión Democrática de Pensionistas y Jubilados de España y en este librito cuenta por qué las pensiones son sólo una parte del problema que tienen los mayores en España. Es un llamamiento a la resistencia, a la lucha activa y cotidiana contra los adalides de la privatización y el egoísmo, y en favor de una forma social, solidaria y comunitaria de entender la vida en sociedad. 



jueves, 14 de marzo de 2019

CUATRO HERMANAS (firma invitada)

Hay editoriales que son un acierto seguro, de esas que publican los libros que buscas cuando quieres leer y no sabes qué, o cuando sabes seguro que su lectura no te defraudará. Hace poco estaba metida en un tremendo bloqueo lector y, buscando entre los cantos de colores de Libros del Asteroide, Cuatro hermanas vino a mí. Había abandonado antes unos cuantos libros y tenía otros a medias en mi pila, pero esta editorial me salvó. ¡Y cómo lo hizo!

Cuatro hermanas se coló como una brisa de aire que cierra de golpe las puertas e hizo que en dos días me bebiera todas las palabras que había dejado en la anterior sequía lectora. ¡Qué delicia de historia la que nos cuenta Jetta Carleton! Una de esas en las que entras y en la que te quedarías a vivir para siempre. Ojalá poder haber tenido tres hermanas y haber compartido con ellas veranos en una granja en pleno contacto con la naturaleza, ayudando a nuestra madre a preparar compotas de manzana y deseando la llegada de la noche para ver florecer en la verja del porche las damas de noche. Ojalá haberme enamorado de un alocado joven piloto de avionetas en las primeras décadas del siglo XX. Ojalá haber ido sola a la ciudad a intentar ser por unos días quien no he sido y quien nunca he querido ser. Ojalá reír y llorar la vida y la muerte de la familia en un ambiente en el que parece que todo fluye como lo hacen las estaciones.

Todo eso es esta novela, y es también el cofre de varios secretos muy profundos que solo algunos personajes pueden lejanamente intuir pero que marcan la vida de unos y otros: y también su culpa, sus remordimientos. Historias pasadas que resurgen una y otra vez como una gota insistente en un grifo mal cerrado. A veces no cerramos bien los grifos de nuestra vida, de nuestra responsabilidad o de nuestras relaciones con los demás y esa agua termina por inundarnos en algún momento.

También es Cuatro hermanas un canto hermosísimo a la cultura, al estudio, a la música. Y, por supuesto, a la belleza de la naturaleza: los campos, los cielos, el espino blanco testigo de culpas y concepciones, cerca de un arroyo en algún lugar del Misuri rural de la época. Es un grito de libertad y también un recordatorio de cómo interiormente dependemos de otras personas y pertenecemos a un lugar, a un momento, a un acto no deliberado que creemos que nos ha cambiado de por vida.

Esta novela, que llegó por puro azar a mis manos, entró directa a mi corazón y a mi memoria lectora. Me ha regalado cinco personajes femeninos y dos masculinos con sus luces y sus sombras, con sus anhelos y sus gritos de libertad. Con sus complejidades más profundas. 

De entre todos los tipos de relaciones que existen, quizás las de familia sean las más complicadas. Y Carleton ha descrito magistralmente las complejidades de una de ellas.



lunes, 11 de marzo de 2019

LA CIVILIZACIÓN EN LA MIRADA

En septiembre de 1999 me fui a cursar segundo de bachillerato a París. Experimenté tantas novedades tan seguidas que recuerdo aquellos meses como una sucesión de deslumbramientos. Iba por la vida como quien llega a Nueva York por primera vez: mirando hacia arriba, con la boca abierta y los ojos tratando de asimilar esa nueva dimensión del espacio. Una de aquellas novedades fue mi clase de Historia del Arte y su profesora, cuyo nombre lamentablemente he olvidado, y que, con su desparpajo desaliñado, guardaba cierto parecido con Mary Beard. Recuerdo que nos sacaba de excursión cada pocas semanas por museos y barrios de París, y que nos enseñaba el temario de una forma encantadoramente caótica. A través de sus ojos descubrí termas romanas, tapices escondidos, catacumbas, pasadizos secretos, tumbas célebres y anónimas y la vida burbujeante de la gente cotidiana que siempre subyace tras los grandes nombres y hechos del arte. Y me he dado cuenta de que hasta que descubrí los libros y los documentales de Mary Beard no había vuelto a sentir una fascinación parecida por el arte y cómo este moldea la civilización. 

En este ensayo, resultado gráfico del documental Civilisations, que ha realizado para la BBC, Mary Beard viaja por culturas de varios continentes en distintas épocas para indagar en lo que entendemos por civilización y en cómo nuestra forma de mirar el arte ha moldeado a lo largo de la historia nuestra forma de mirarnos a nosotros mismos. 

La civilización es un término a la vez incluyente y excluyente. Nos hace formar parte de una sociedad a la vez que excluye a los que consideramos diferentes. Pero es nuestra manera de mirar, al final, la que determina quién es civilizado y quién no lo es. "Los llamados bárbaros no son más que aquellos que tienen una idea diferente a la nuestra de lo que significa ser civilizado, y de lo que importa en la cultura humana. A la postre, la barbarie de una persona es la civilización de otra".

Ese afán por comprender mirando sin prejuicios es una de las cosas que más me gusta de Mary Beard, y es común en los buenos historiadores y en los buenos periodistas (un ejemplo de un libro periodístico con esta mirada que reseñamos recientemente en el blog es el fantástico Océano África, de Xavier Aldekoa). 

El arte se puede entender mejor si se analiza desde la mirada del receptor a quien va destinado, y no sólo desde la mirada del creador. Cómo miramos el arte, y cómo ha sido mirado y percibido a lo largo de la historia, resulta clave para poder entenderlo. Por ejemplo, siempre hemos analizado la decoración de las ánforas griegas desde un punto de vista estético. Nos importaba el color, las líneas del dibujo, la delicadeza y precisión de las figuras. Pero no nos parábamos a pensar en la finalidad de esa decoración. En las personas a quienes iba destinada. Mary Beard sostiene que el arte es también publicidad destinada a transmitir valores culturales determinados. La decoración de las ánforas griegas muestra escenas de la vida cotidiana de hombres y mujeres atenienses, ofreciendo modelos de cómo debía ser el modo de vida ideal: indica lo que estaba bien para que pudiera ser imitado allá donde el ánfora viajara.


Mary Beard


El arte como publicidad es una constante a lo largo de la historia. Las imágenes siempre han sido símbolos de poder, y se han usado en infinidad de culturas para mitificar a un dirigente o legitimar una jerarquía. La inmensa mayoría de los autócratas han tratado de legitimar y consolidar su poder mediante imágenes a gran escala y en gran número de sí mismos. Estatuas, pinturas, monumentos, monedas y carteles muestran cómo la estética en el arte muchas veces ha sido simplemente el medio para trasladar un mensaje, y no el fin del artista, como a menudo la entendemos hoy en día.  

¿Qué es la civilización? Quién sabe. Hay demasiadas respuestas posibles. Para Mary Beard, una de estas respuestas podría ser la siguiente: la civilización es un acto de fe. De forma parecida a los mitos religiosos, consiste en ofrecer "relatos sobre nuestros orígenes y sobre nuestro destino a la vez que une a las personas en una creencia compartida". Y funciona.

Mary Beard me ha hecho recordar mis clases parisinas de Historia del Arte. A través de su mirada, he recordado todo lo que pueden esconder aquellas piedras antiguas que tanto me fascinaban, y que detrás de cualquier manifestación artística, más allá del símbolo, la técnica y la estética, palpita, poderosa, la vida.




viernes, 8 de marzo de 2019

Día de la mujer: por nosotras, por ellos, por todos.

Laura Bates, Gloria Fuertes, Nawal el Saadawi, Chimamanda Ngozi Adichie, Alba de Céspedes, Ángeles Caso, Joumana Haddad, Emilia Pardo Bazán, Mary Beard. Nuestras lecturas se alimentan de feminismo y raro es el mes que no aparezca de una manera u otra en nuestro blog, en forma de novela, ensayo, poesía, relatos o libros infantiles. Forma parte de lo que somos, como libreros y como lectores, y un año más salimos a la calle a reivindicarlo con orgullo y con alegría. 

Desde hace unos años, sentimos que en algunas cosas vamos avanzando, siempre con la amenaza de una involución, pero siempre hacia adelante, pasito a pasito. España se ha convertido en un referente mundial en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, y eso es gracias a todas las que hemos decidido luchar por ello, en nuestro día a día cotidiano y abarrotando las calles para protestar por sentencias judiciales que consideramos injustas y en esta segunda huelga feminista. 

En otros continentes la situación de las mujeres sigue encasillada en una violencia inaceptable. En África, los cuerpos de las mujeres, especialmente en el Congo, se utilizan como campo de batalla, y la ablación, a pesar de estar prohibida, sigue provocando dolor y muerte a decenas de miles de niñas. En India la lapidación por adulterio es aceptada por amplios sectores de la sociedad así como el asesinato selectivo de fetos femeninos.

En general las mujeres sin autonomía económica viven en casi todos los lugares en condiciones inaceptables, sin posibilidad de cambiar sus vidas por todas las trabas que la sociedad les impone, directa o indirectamente.

Hay una pregunta que con frecuencia me hago: ¿Por qué la violación de los Derechos Humanos no moviliza todos los días a millones de personas en el mundo? Sin esos derechos es imposible vivir con dignidad y son los derechos de las mujeres los más vulnerados todos los días. Para protestar por ello y exigir un mundo más justo, hoy salimos a la calle: por nosotras, por ellos, por todos.





miércoles, 6 de marzo de 2019

CASA DE MUÑECAS

Hombres que no ven en las mujeres seres humanos iguales a ellos, sino criaturas desvalidas, cuyo encanto reside en su fragilidad y su dependencia. 
Hombres que tratan a sus mujeres como muñecas con las que jugar, y creen que su deber consiste en cuidarlas, hablar por ellas y pensar por ellas.
Hombres que piensan que saben mejor que las mujeres lo que estas sienten, quieren y son.

Hombres como estos están por todas partes. Vienen a la librería todos los días, escriben libros, declaran en ruedas de prensa y aspiran a gobernar ciudades y países. Hombres como estos arruinan la convivencia y la posibilidad de un mundo en el que los hombres y las mujeres vivamos en igualdad de condiciones y oportunidades y nos tratemos de igual a igual, siempre y en cualquier circunstancia. 

Estos hombres aparecen en toda la literatura universal, pero pocas veces desde una mirada crítica tan bien perfilada como en esta obra de teatro de Ibsen. La naturalidad del abuso, la sencillez con la que un hombre asume disfrutar de su libertad a costa de la libertad de su mujer, el didactismo que utiliza para instruirla en sus deberes morales, en su vocación de sacrificio, en su dependencia, en su humillación diaria, constante y perpetua. Todo aparece perfectamente descrito aquí, en tres actos y un puñado de diálogos. Y resulta estremecedor constatar hasta qué punto todo sigue latente en nuestra sociedad occidental, ciento cincuenta años después.

Ya desde la primera escena se palpa una tensión que no deja de aumentar. Mediante capas y capas de secretos, mentiras y ocultaciones, el entramado va tejiéndose en torno a unas relaciones humanas enturbiadas por el miedo a la opinión de los demás. Miedo al qué dirán, al qué pensarán. Hay un crescendo ominoso de angustia y desesperación ante la posibilidad de que el honor masculino sea puesto en entredicho, y la moral aparece aquí como la cuchilla de la guillotina siempre dispuesta a precipitarse sobre todas aquellas cabezas que se atreven a pensar fuera del estrecho margen de la tradición y la costumbre. 

Hay pocos temas más universales que este. Y duele. Duele que en el siglo XXI tanta gente siga preguntándose si de verdad las mujeres pueden aspirar a ser algo más que madres, hijas, hermanas o esposas. Ibsen formuló en Casa de muñecas la idea de base de todas las luchas feministas. Causó un escándalo cuyo eco aún resuena. Y un siglo y medio después, aquí seguimos luchando, cada día. Porque la igualdad no es sólo la meta, es el camino.



lunes, 4 de marzo de 2019

OCÉANO ÁFRICA

Una corriente de felicidad. Eso provoca este libro. Y unas ganas irresistibles de cogerse la mochila y marcharse a África. A colarse como padrino en una jubilosa pedida de mano, meter las piernas desnudas en el chapapote que ha envenenado el delta del Níger o comprobar cómo el espíritu de Mandela consigue hasta meter goles por la escuadra en el último minuto. 

África no es un continente, es un océano. Un mosaico hecho de países dispares que a menudo prosperan sobre desigualdades obscenas. La violencia, el desempleo, el hambre y la delincuencia forman el barro sobre el que se mueven gigantes que están empezando a crecer a ritmos vertiginosos. Se estima que en 2050 África habrá doblado su población hasta alcanzar los dos mil millones de habitantes, y ante este boom demográfico, los retos se acumulan. Todo apunta a que sólo aquellas naciones que sepan atender las necesidades de una población creciente y cada vez más consciente de sus derechos y de cómo reivindicarlos, resistirán la tormenta. 

Este libro de viajes es una puerta de entrada espléndida al océano africano. Xavier Aldekoa nos invita a descubrir quince países a través de su mirada generosa, incisiva y cercana. La mirada de un tipo sencillo que derrocha simpatía por la gente, cabreo por su sufrimiento y unas ganas locas de aprender a descifrar algo de ese irresistible galimatías que es África visto desde fuera. 

Hay capítulos que me han dejado helado. Y no porque la información fuera nueva, sino porque hacía mucho que no leía el sufrimiento desde tan cerca. Cuando eres tan pobre que toda tu vida y sus infinitas posibilidades se resumen en el objetivo de conseguir comida, te olvidas de que eres un ser humano. Y que tienes derecho a comer. Y que en tu país, tus conciudadanos tiran a la basura el 30% de los alimentos que compran. Y como tú no tienes suficiente comida, no te dan las fuerzas para rebelarte y decirles bien alto a los jefazos que orquestan y permiten esta barbarie que está en sus manos cambiarla.

Es brutal la descripción de las bandas callejeras de niños, "algunas formadas por críos de apenas siete años, que vagan sin rumbo, colocados y buscando una nueva víctima a quien robar para pagarse la siguiente dosis". Y me ha recordado aquel libro-puñetazo tan bello de Mankell, Comedia infantil, que consigue cambiarte la forma de ver el mundo al introducirte en la piel de un niño de la calle en Mozambique. 

Xavier Aldekoa
Pero no todo es dolor ni muerte. Hay mucha vida en estas páginas. Muchas risas. Me encanta la descripción del optimismo inquebrantable de los africanos: "A diferencia del viejo continente, donde el optimismo se basa en la lógica o la razón - uno es optimista porque hay motivos para serlo -, el optimismo africano nace del deseo. Por eso a veces es un optimismo kamikaze, que pacta compromisos improbables o mantiene esperanzas imposibles". "En África nunca nada está roto, está esperando a ser reparado". 

Y tras el grito de rabia que provoca conocer de cerca la situación de las mujeres en el Congo y cómo sus cuerpos se han convertido en campo de batalla, esta declaración arroja esperanza: "La mujer africana no sólo es el motor del continente sino su pieza más fiable: una mujer africana jamás desaprovecha una oportunidad para sacar adelante a los suyos. África no está perdida, está esperando a que las mujeres ocupen el sitio que les corresponde". 

Una corriente de felicidad. Eso provoca este libro. Y un chute de guasa, fascinación, asombro, admiración y cariño a raudales por un continente inabarcable que Xavi ha convertido en hogar. Y al pasar la última página, me doy cuenta de que quiero más. Más historias, Xavi, por favor. Nunca dejes de contar más historias desde África.