lunes, 19 de agosto de 2019

CAPITALISMO Y DEMOCRACIA 1756-1848

El ideal de la revolución francesa, "Liberté, Égalité, Fraternité", lleva marcando más de dos siglos las aspiraciones sociales en todo el mundo. El mayor triunfo de estas ideas se dio, quizá, entre 1950 y 1980, una época en la que el estado del bienestar parecía que había llegado para quedarse. Sin embargo, hoy en día me atrevería a decir que la mitad de los políticos españoles consideran que la "fraternité" es un cuento para niños, la "égalité" una farsa comunista y la "liberté", un bien que sólo hay que defender cuando se trata de su vertiente económica. Una explicación, quizá, de por qué ningún gobierno parece reconocer que la desigualdad no es una consecución natural de la evolución económica de las sociedades capitalistas sino una elección política que tiene soluciones políticas, y que si sigue creciendo terminará por explotar con una violencia descontrolada, como siempre ha sucedido a lo largo de la historia. 

Pero que termine explotando en realidad no es el verdadero problema. El problema es la cantidad de sufrimiento que la mayoría de la población tiene que soportar para que una minoría gobernante se siga enriqueciendo. Muchos argumentan que el capitalismo es así. Que vivimos en un mundo injusto regido por reglas injustas. Y que hay que aceptarlo porque ya se vio en el siglo pasado que la alternativa comunista era inviable. Pero, ¿de verdad el capitalismo tiene que ser neoliberal? ¿No puede existir un capitalismo social que combata la desigualdad? Tanto en El siglo de la revolución como en su ensayo póstumo, Capitalismo y democracia 1756-1848, el historiador Josep Fontana busca en la historia europea de los últimos tres siglos las razones de este sistema económico que atenta contra la integridad de las personas y explica por qué se debería luchar desde dentro de este mismo sistema por un modelo económico más sostenible, más responsable y más igualitario. 

Hoy en día vivimos en una época de capitalismo depredador. En el siglo XIX, en nombre del progreso se expropió la tierra a los pequeños productores obligándolos a convertirse en asalariados (expolio que continúa hoy en día, de forma a menudo criminal, en muchos países africanos y de Centroamérica). En el siglo XXI, en nombre del mismo progreso, se les dice a los asalariados que se olviden de sus derechos sociales para que la empresa (pública o privada) se pueda enriquecer más rápido. La lógica siempre es la misma. Alejar al trabajador del producto de su trabajo haciendo que dependa de una empresa cuyo único fin es multiplicar el beneficio a costa del nivel de vida, de los derechos y de las libertades de sus trabajadores. 

En los últimos años, las tres preocupaciones principales de los españoles han sido el paro, la corrupción y la clase política. Es decir, somos conscientes del problema de la desigualdad. Pero la realidad es que cuando baja el paro nos alegramos, sin preocuparnos por la calidad de esos nuevos puestos de trabajo, y cuando llegan nuevas elecciones votamos con la misma disciplina a esos políticos que fomentan la corrupción que tanto nos preocupa. Y ni los recortes, ni los bancos, ni los desahucios, ni el fraude fiscal, ni la precariedad laboral, ni todos los problemas concretos en los que se traduce el aumento desenfrenado de la desigualdad nos preocupan especialmente. 

Quizá porque la mayoría parece que aún llegamos a fin de mes, más o menos. Quizá porque el bienestar social ha perdido su carácter universal y está empezando a defenderse ya sólo para una élite de ricos o de blancos españoles. Quizá porque los medios de comunicación nos transmiten el relato de que esta época de desigualdad pasará por sí sola, como las estaciones, y sólo hay que ser pacientes. Lo cierto es que el aumento de la desigualdad es el fracaso de una apuesta social por un futuro en el que cada vez más gente pueda tener acceso a una vida digna, a una vida en igualdad de condiciones. Llevamos muchos años de fracaso. Desde los años ochenta en muchos países. Desde 2008, en otros pocos. ¿Es un fracaso irreversible? Quién sabe. Pero, como insiste Fontana en estos dos libros, no nos olvidemos de que es un fracaso político. Y sólo los políticos pueden revertirlo. 



jueves, 1 de agosto de 2019

ÉBANO

Ébano es uno de tantos libros que durante años han poblado mi mente y que por diversas circunstancias fueron quedando relegados de forma absolutamente injusta. Acabo de terminarlo y llevo horas interiorizando tanta información, tanta diversidad, tanto horror. No tengo palabras suficientes para describir este relato pero voy a intentar esbozar algunos datos que me han conmovido, conmocionado.

África es un continente demasiado grande para poderlo describir. Kapuscinski viajó por muchísimos países y nos contó las grandes historias protagonizadas por la colonización europea, pero sobre todo se detuvo en las pequeñas historias de cada pueblo, cada ciudad, las habitaciones llenas de cucarachas donde tiene que pasar noches a temperaturas insoportables con insectos imposibles de evitar ni siquiera con las mosquiteras.Vivió en las casas más pobres de los arrabales, enfermó de malaria cerebral y nos describió los síntomas de forma asombrosa.

El colonialismo reinó en África desde la conferencia de Berlín (1883-1885), en la cual varios países europeos se repartieron todo el continente, hasta la época en que África se independizó en la segunda mitad del siglo XX, aunque la penetración colonial había empezado ya en el siglo XV y siguió en los siglos posteriores con la exportación de esclavos a América. El comercio de esclavos duró trescientos años y fue la fase más brutal de aquella conquista. Allí, con el sudor de sus frentes, construyeron la riqueza y el poderío de América, y África fue saqueada de sus gentes, arruinada y destruida.

El reparto que hicieron los europeos supuso meter miles de reinos, federaciones y comunidades tribales que existían en el continente a mediados del siglo XIX en las fronteras de apenas cuarenta colonias. Los conflictos tribales seguían vivos, los mismos desde hace siglos, pero hoy causan un número mayor de muertos incomparablemente más alto. La civilización moderna, en palabras del padre Albert en Uganda, aquí no ha aportado nada: ni luz eléctrica, ni teléfono, ni televisión, ni conductos de agua. Lo único que sí ha traído son las metralletas.

Soroti, en Uganda, es la capital de unas tierras habitadas por los iteso, un bello pueblo nilo-cainita cuya población supera el millón de personas. Se dedican a la cría de ganado vacuno. La vaca es su tesoro más preciado. Los iteso ponen nombres a sus vacas porque cada una tiene su propia personalidad. A una cierta edad, un niño iteso recibe una vaca para cuidarla y en el curso de una ceremonia muy especial también recibe el nombre de su protegida: a partir de ese momento se llamará igual que ella y además de jugar se responsabilizará de su bienestar. Una de tantas pequeñas historias apasionantes.

Una de las peores lacras en África son los señores de la guerra. Suelen ser jefecillos, antiguos oficiales, ministros o miembros destacados del gobierno, ávidos de poder y de dinero, sin escrúpulos, que contribuyen al desmoronamiento de los estados para ejercer el poder dictatorial de las armas, utilizando a sus propias tribus y sobre todo a los niños y jóvenes hambrientos a quienes arman y drogan lanzándoles a la lucha por un plato de comida. El armamento es barato. ¿Quién lo suministra? Y el dinero lo sacan de las minas de diamantes, y también de los caminos y ríos los soldados cobran peaje a todo el que necesita pasar. 

Ryszard Kapuscinski

La ayuda humanitaria también se ve entorpecida por estos salvajes que controlan los vuelos y se llevan de los transportes todos los sacos de grano, aceite y otros alimentos que necesitan, porque el que tiene un arma es el primero en comer. Cuando han acabado con todo convocan un proceso de paz, fijan fecha para elecciones y consiguen créditos del Banco Mundial. Una espiral diabólica.

Ryszard Kapuscinski (1932-2007) fue uno de los mejores periodistas de todos los tiempos, historiador, escritor y poeta. Recibió muchos premios, entre ellos el Príncipe de Asturias de la Comunicación y las Humanidades en 2003. Hizo causa en el movimiento comunista en defensa de los derechos humanos. Un ser irrepetible, necesario.



lunes, 29 de julio de 2019

LENNY LANGOSTA SE QUEDA A CENAR

Lenny Langosta es un tío formidable. Qué bigotes, oye. Qué porte. ¿Has visto cómo mueve las caderas? Ni un dandi francés le iguala en elegancia. Y es que se dirige a una cena de gala. Ni más ni menos. ¡Una cena de gala! ¡Y qué recibimiento! Todos le esperan con una alegría nunca vista. Sin duda, se lo merece. Lenny es el mejor. ¡Pero si los comensales incluso llevan un barbero con su foto!

"¡Espera, Lenny! ¿Seguro que te quieres quedar a la cena?"

¿Y tú, lector? ¿Qué piensas? Sí, tú, niño o niña, estés donde estés y seas quien seas, ¿qué piensas? ¿Debería el bueno de Lenny quedarse a cenar? ¿Son de fiar estos comensales tan alegres? ¿No te parecen... un poco demasiado alegres? 

Según lo que decidas pasarás de una página a otra del cuento y verás qué sorpresas esperan a Lenny en la cena de gala más glamurosa, excitante, salvaje y divertida que te puedas imaginar. 


jueves, 25 de julio de 2019

CHINA FAST FORWARD

Mi segunda lectura sobre China en quince días ha sido la de este libro de Sergi Vicente, periodista que vivió allí desde 2002 hasta 2014 trabajando para la televisión catalana, cubriendo multitud de acontecimientos en los lugares más distantes de ese inmenso país que ha asombrado y admirado al mundo con su crecimiento económico espectacular. 

Algunos datos impresionan. Por ejemplo: su población casi triplica a la de la Unión Europea y la población activa (780 millones) supera con creces a las de Estados Unidos y la Unión Europea juntas (450 millones).

En China Fast Forward, Sergi Vicente explica la realidad del país, más allá de seguir los grandes temas que más o menos ofrecen todos los medios extranjeros. Nos describe pequeñas historias que le han permitido profundizar y explicar las particularidades del país desde ópticas diferentes. Su matrimonio con una china y las anécdotas con su familia política nos permiten ver el salto generacional en los hábitos y formas de pensar.

Pese a la imagen que tenemos los europeos de China, filtrada por la falta de libertad, parece que hay un trasfondo que respira esperanza. Y no es sólo el desarrollo económico verdaderamente asombroso, con un crecimiento medio desde hace treinta años de un 9%, sino también la muy lenta recuperación de derechos. Son muchos, y el autor entre ellos, los que creen en la sinceridad del gobierno en su compromiso de un gobierno más justo. Y lo cierto es que la reducción de casos de corrupción y de la delincuencia son datos objetivos. En un mundo incierto, los chinos se aferran a las certezas. 

Nos cuenta que conoció a unos cuantos diplomáticos occidentales que coincidían en interpretar que el Partido Comunista chino tiene una ventaja innegable con respecto a nuestras democracias: "aunque suene muy mal, ellos tienen mucho margen de maniobra para planificar a largo plazo, algo que nosotros no tenemos porque siempre caemos en intereses partidistas y lógicas electorales. Pero negaré que te lo haya dicho".

Han conseguido producir con más valor añadido, aumentar el poder adquisitivo de los ciudadanos, mejorar la calidad de vida de muchos millones de personas, incluyendo una buena oferta educativa, más acceso a la sanidad y una apuesta decidida por el control de la contaminación. La innovación y el desarrollo a largo plazo les ha permitido el desarrollo imparable que disfrutan.

Sin embargo, Sergi Vicente no se olvida de los problemas graves que sin duda tienen en el terreno de los derechos humanos, aunque confía que lentamente y de forma gradual sí irán adaptándose a criterios de menor censura.

Además, toca temas como las adopciones de niños, el sistema de crédito social, Macao y Hong Kong, Tiananmen, el terremoto de Sichuan del 2008, las diferentes religiones, todos interesantísimos y fundamentales para ampliar la mirada que podamos tener sobre ese inmenso país.





lunes, 22 de julio de 2019

TELEFÓNICA

"¿Cuál es el coste de las mentiras? No es que vayamos a confundirlas con verdades. El peligro es oír tantas que ya no reconozcamos la verdad. ¿Qué hacemos entonces? ¿Queda algo que no sea abandonar la esperanza y contentarnos con cuentos? En los cuentos da igual quiénes sean los héroes. Lo único que importa es saber quién es el culpable". 

Así empieza el primer capítulo de Chernóbil, la serie de HBO que está triunfando este verano. Trata sobre el famoso accidente en la central nuclear soviética, sobre las terribles consecuencias para la gente que se vio expuesta a la radiación, pero sobre todo trata sobre el control de la información, la censura y la manipulación de los hechos. Podría tratar también de hoy en día: sin ir más lejos, por ejemplo, de lo que están haciendo ciertos políticos con Madrid Central estas últimas semanas. Y podría tratar, sin duda, de lo que ocurrió en el edificio de Telefónica durante la guerra civil española. 

Cuchicheos, tensión, trajín constante. El miedo y la excitación vibran en el aire de cada pasillo. Los cristales vibran, el suelo se estremece, el frente ya se encuentra a dos kilómetros en línea recta. Periodistas, funcionarios, telefonistas, militares y refugiados de toda condición entran y salen por las grandes puertas que dan a la plaza. Todos confían en la solidez de esas paredes, de ese edificio, el más alto de toda España, blanco de todos los junkers que atruenan el cielo de Madrid: la Telefónica. 

Al igual que en otros textos escritos con urgencia, como los artículos de Chaves Nogales sobre la defensa de Madrid, o el clásico La forja de un rebelde, de Arturo Barea, marido de la autora, Telefónica describe una ciudad a punto de capitular, cercada por todos los frentes, con el gobierno huido en Valencia, desmoralizada por los bombardeos, que sin embargo resiste, día tras día, como si cada uno fuera el último. Pero, en este caso, todo se centra en la vida hormigueante de ese edificio, símbolo de la resistencia a los sublevados, y en el día a día de los reporteros extranjeros, escribiendo sus comunicados, artículos, reportajes, tratando de encontrar palabras para describir ese infierno inimaginable que puedan entender los tranquilos burgueses de Nueva York, Londres o París.

Allí confluyen periodistas de todo tipo recién llegados a la capital. Los que en pocos días abrazan el compromiso con la causa republicana porque se niegan a aceptar la guerra como rutina comparten mesa con los que van simplemente a por la anécdota más jugosa (o más macabra) que haga triunfar su crónica. Y es que es difícil ver las cosas claras a través de tanto caos. Bombardeos, asesinatos, represión, paseos. La muerte viene de fuera y de dentro. Es una espiral de violencia de la que nadie puede escapar. 

Me ha encantado el pequeño remolino de personajes entrando y saliendo de la Telefónica, con la línea del frente a quince minutos a pie y las bombas marcando el ritmo de las horas. Me maravilla cómo la autora cambia de punto de vista al cambiar de personaje, cómo me ha hecho ver la ciudad y la tensión del momento a través de los ojos de ascensoristas, guardias, reporteros, el comandante del edificio y su mujer, impaciente ella por escapar a Valencia y alejar a su marido del peligro de la guerra y de los brazos de su amante. 

Y es que no todo son bombas en esta novela. También hay amor. Celos, muchos celos. Y una mujer, trasunto de la autora, que llega a Madrid como censora sin apenas hablar español y no duda en enfrentarse al machismo de los que dicen que su trabajo no es cosa de mujeres y que un hombre y una mujer no pueden vivir una relación amorosa en igualdad de condiciones, sin posesión ni sumisión ni miedo al qué dirán. Una mujer dispuesta a desafiar al mundo por una causa que considera justa. Dispuesta a desafiar a las mentiras y su rutina para no abandonar la esperanza y contentarse con cuentos. 



jueves, 18 de julio de 2019

EL BAILE DE LOS CAÍDOS (firma invitada)

En un país donde la gente se toma tan en serio a sí misma (yo no estoy libre de pecado, me quedo la piedra en el bolsillo) y a sus ideales, esta novela gamberra es aire fresco que entra a raudales por la ventana en plena crisis política.

Su autor, Jose Trabajo, me animó a comprarla en esta feria del Libro de Madrid, y a mí, que de vez en cuando me sale la vena loca e irreverente, me convenció, a pesar de que Franco se paseara libremente por sus páginas creando un terror muy postmoderno: terror de guerra mundial Z, pero a la española.

Imaginad la premisa: una banda de franquistas entra en el Pazo de Meirás con la intención de comprobar sus sospechas: que Franco está enterrado ahí y no en el Valle de los caídos. La sorpresa es que la sospecha se confirma y roban el cadáver embalsamado del tirano. Sin embargo, por artimañas de uno de los miembros de la banda y azares inesperados, Franco vuelve a la vida como zombi. Ve lo que ha ocurrido en España tras su muerte y planea una nueva guerra civil para restablecer el orden.

Esta es la premisa, el tono no lo puedo describir porque hay que leer esta novela y reírse: de uno mismo y sus convicciones, del otro y las suyas y de un país que a veces parece sacado de un chiste.

Tomarse a broma la política de este país es un ejercicio sanísimo de libertad y democracia, aunque al narrador de este libro la nuestra le parezca una democracia de pacotilla.

En fin, juzgad por vosotros mismos. Con esta historia aprenderéis que el ser humano tropieza una y otra vez en la misma piedra. Y mucha mucha historia, reciente, contemporánea y futura... porque a este paso, nos veo envueltos en una guerra civil Z.

Además de un texto lleno de humor e ironía, el valor de esta novela está en las ilustraciones de Miguel Gallardo, que usa, en ocasiones, la estética propagandística de los carteles de la guerra y de las campañas electorales actuales.

Si podéis, no os lo perdáis.

lunes, 15 de julio de 2019

TE MIRO COMO QUIEN ASISTE A UN DESHIELO

¿Qué deshielo?
¿El de la piel, que se pone un día a recordar?
¿El del pasado, que se transforma y cicatriza en la memoria?
¿El de la vida, que estalla de pronto en borbotón de poesía?

Leo estos poemas como quien oye improvisar. Y es que parecen estar escritos así, con la fluidez de quien tiene siempre un verso en la punta de la lengua. Una imagen de belleza guardada en la retina. Leo estos poemas como quien oye improvisar, así que decido acompañarlos con música de Philip Glass, que siempre me ha parecido espontánea y sencilla, como lo que nace sin mucha premeditación. Mientras el piano juega entre diferentes luces, los poemas se encadenan como si un hilo los uniera y los sostuviera en el aire. 

"Decido ir despojándome de todo y poco a poco
me desnudo

me queda el cuerpo
para ser contemplado, 
me queda la luz

la intocable luz

me queda 
mi gesto de dejarte marchar

de renunciar a ti".

El piano me recuerda a la película Las horas, aquella maravilla sobre Virginia Woolf en tres planos distintos que buscaban expresar un sentimiento, un propósito, desde distintos puntos de vista. Estos poemas hablan de algo parecido, buscan ponerle nombre a lo que amamos, para saber dejarlo marchar, y, al mismo tiempo, poder conservarlo en la memoria. 

"En el cuenco de mis manos yo retendré tu cuerpo
que se filtrará por las grietas abiertas en la piel". 

Hablan de una ausencia que sólo se muestra cuando la vida se ha convertido en recuerdo, bodegón de una belleza petrificada. Hablan de silencio, de un mundo perdido que sólo vuelve en ciertos reflejos de luz, en el tacto del agua, en una mano deseando que la pared le devuelva la caricia. Hablan de una "silueta en retirada", de un mundo que se desprende del presente para irse flotando, levemente, hacia el pasado. 

"Te miro como quien asiste a un deshielo".
Como quien mira hacia atrás y extrae de lo perdido luz, agua, intimidad y delicadeza. 
Listo, quizá, para acoger entre sus manos la promesa de una nueva vida.




jueves, 11 de julio de 2019

EL ADVERSARIO

Jean Claude Romand sentía una preocupación extrema por la opinión que los demás tenían de él. Le costaba mucho comprender los sentimientos ajenos, pero tenía una gran habilidad para revestirse del carácter que pudiera complacer más a su interlocutor. Era incapaz de responsabilizarse plenamente de sus actos y de medir el impacto que estos podían tener en la sociedad. Jean Claude Romand era un hombre extremadamente amable. Amaba profundamente a su mujer y a sus hijos y no dejó de amarlos nunca, aun después de haberlos asesinado. 

Es fácil decir que era un monstruo. ¿Quién se crea una vida ficticia durante dieciocho años y, cuando está a punto de descubrirse su impostura, decide que la mejor solución es matar a toda su familia y luego intentar matarse él? Es fácil decir que estaba enfermo, loco, apartarlo con adjetivos tajantes del resto de seres humanos. Pero Jean Claude Romand era tan humano como tú y como yo. Esto lo entendió Emmanuel Carrère nada más enterarse de los detalles del caso. Y en este espléndido libro indagó en los motivos ocultos, en los mecanismos psicológicos que se escondieron tras sus actos para tratar de asimilar lo aterradoramente humanos que resultan sus asesinatos. 

“Me daba la impresión de que no se interesaba por la realidad sino solamente por el sentido que se oculta detrás de ella, y de que interpretaba como un signo todo lo que sucedía.” ¿Qué hay más humano que esto? Lo vemos todos los días, por ejemplo en los políticos que en la nacionalidad ven algo grandioso, o en la identidad sexual un peligro social. 

"Una mentira normalmente sirve para encubrir una verdad. Algo vergonzoso, quizá, pero real. La suya no encubría nada. Bajo el falso doctor Romand no había ningún auténtico Jean Claude Romand". Y esto es lo fascinante del personaje. Utilizaba la mentira a gran escala, no tanto para ocultar algo sino para construirse una identidad con la que pudiera convivir. Una gran máscara que le permitiera ser una persona normal. 

Me ha impresionado cómo en la cárcel se consideraba condenado "a raíz de una terrible tragedia familiar". Encontró en el catolicismo un perdón a sus actos y un respaldo. Si se redimía ante Dios, todo habría tenido sentido. Incluso es posible que todo estuviera predeterminado y que para construir su nueva vida de bondad y redención en la cárcel, hubiera tenido antes que vivir "la pesadilla" que sufrió. La "ilusión apaciguadora" del catolicismo militante fue el único refugio que encontró Jean Claude Romand para seguir sin aceptar la responsabilidad de sus actos, llamar "tragedia" a sus asesinatos y honrar la memoria de su familia, seguir queriéndolos en el recuerdo y salir adelante sin deprimirse ni pensar en suicidarse.

Es casi cinematográfica esta vida regida por la impostura. El desdoblamiento de las continuas mentiras fascina porque muestra lo laberíntica que puede ser la mente humana. Jean Claude Romand era un hombre habitado por otro hombre que mentía en su lugar. Que suplantaba su identidad hasta confundirse con él. Una máscara que le protegía y que le desfiguraba. Un adversario que le torturaba. Y que hasta hoy le ha mantenido con vida.

Tras veintiséis años de prisión, Jean Claude Romand salió de la cárcel hace dos semanas. ¿Qué máscara necesitará ahora para poder vivir "una vida normal"?




lunes, 8 de julio de 2019

ROJA Y GRIS. ANDANZAS Y TRIBULACIONES DE UN JOVEN CORRESPONSAL EN CHINA

"Conocer los hechos históricos no es garantía de comprender la historia. Entendí esto al leer a una autora fascinante, la bielorrusa Svetlana Aleksiévich, Premio Nóbel de Literatura de 2015, una de mis referentes periodísticas". Lo dice Javier Borràs, que en este libro ha compartido sus experiencias en ese gigantesco país que es China, un lugar que siempre despertó mi curiosidad: en la época de Mao porque me parecía demencial que un descerebrado como él pudiera hacer tantísimo daño a un pueblo tan inmenso; luego, con un atisbo de esperanza, cuando le sucedió Deng Xiaoping; y más tarde, cuando Xi Jinping, el actual presidente, consiguió situar en el panorama económico a su país con un crecimiento como jamás se había conocido.

Como dice Borràs, la historia no puede comprenderse sin el poder evocador de la buena literatura. Solo leyendo novelas no puede entenderse una época pero sin ellas la aproximación es imposible. Este verano decidí que iba a dedicar mis lecturas al periodismo comprometido, para el que Óscar ha reservado un espacio especial en nuestra librería, justo a la entrada, y donde ya encontré joyas como Océano África o El camino de la bestia. Serán un complemento a tantos relatos de ficción maravillosos que me han ayudado a situarme en la historia de la Humanidad.

China es un mundo de contradicciones. El pasado, marcado por la intensidad y la miseria, y el presente, por la creciente abundancia: en ambos casos, con el terrible peso de una dictadura que lo controla todo. ¿Será mejor una sociedad en la que ya casi nadie muere de hambre pero la libertad sigue totalmente limitada y el vacío y el cinismo se han convertido en valores dominantes?

La legitimidad del Partido Comunista se sostiene al aunar el autoritarismo de partido único con la estabilidad y el buen desarrollo económico, como si uno no pudiera tener éxito sin el otro. La drástica reducción de la pobreza, el mayor crecimiento económico de la historia humana y el bienestar extendido a millones de personas en apenas unas décadas son los logros con los que el Partido justifica su permanencia en el poder.

Gracias a tantos periodistas dispersos por tantos países que nos acercan a ellos, nos ofrecen su mirada y nos ayudan a comprender la diversidad de un mundo complejo que, a pesar de las diferencias, tienen mucho en común con nosotros en sus inquietudes y esperanzas.



jueves, 4 de julio de 2019

MALAHERBA

Te quedas con aquel a quien haces reír. Con aquel que no tiene miedo de desnudar su felicidad y entregártela a cambio de una broma, una caricia o una mirada. 
Te quedas con quien está dispuesto a jugar a las tinieblas contigo. Y devolverte el beso si le besas. O el silencio, si te callas. 
Te quedas con quien elige habitar contigo esos lugares de los que hay que escapar como sea, para luego, con el tiempo, poder echarlos de menos y volver en los recuerdos. 
Te quedas con aquel a quien haces reír. Porque su risa siempre es casa en este mundo siempre en guerra. 

Malaherba es una historia de amor. Y de risa. Me he reído a carcajadas yo solo, en la librería y en casa, mientras lo leía. Al igual que Vozdevieja, es una novela sobre una infancia que está desprendiéndose de la inocencia, que está dejando de ser infancia sin saber en qué va a convertirse. Una infancia salvaje, sin reglas ni moral. O, mejor dicho, llena de reglas pero sin una moral precisa que las haga comprensibles. El protagonista es un niño de diez años un poco bruto, un poco tierno, mal estudiante, que encuentra en un compañero de clase al amigo que se ríe con sus bromas y le devuelve todas las miradas. Al amigo que, como él, siempre se encuentra fuera de todos los sitios, fuera de todos los grupos, y que nunca le juzga por lo que hace, sino que le quiere por lo que es. 

En la vida cotidiana de este niño hay violencia y hay ternura. Hay una lucha constante contra algo que no entiende. Contra un mundo incomprensible, un cuerpo ingobernable. Él intuye lo que es, lo que siente y lo que desea. Sabe lo que su cuerpo anhela y reclama. Y diferencia claramente y sin dudar lo que le gusta y lo que no. Ve el mundo y se ve a sí mismo con claridad. Hasta que el mundo, a través del lenguaje, lo vuelve todo turbio. Como si le lanzaran muchas piedras a su estanque de agua clara. Y qué hacer con las manos que lanzan las piedras. Qué hacer si la única respuesta natural es la furia. Si sólo sabe responder a la violencia devolviendo el golpe.

"¿Por qué siempre hay alguien que te lo quiere decir a la cara, que quiere que sepas, que no se va tranquilo hasta ver cómo empiezas a sufrir? Hay gente que no consigue dormir a pierna suelta si no sabe que hay personas que están sufriendo por su culpa".

Es divertido hasta la carcajada. Y terrible y brutal. Malaherba me ha dejado sin aire de risa. Y de espanto. Y su encanto me ha cogido de la cintura para bailar su vals encantador, rompiéndome un poquito en cada giro el corazón.



lunes, 1 de julio de 2019

INTISAR EN EL EXILIO

"La guerra nos ha hecho más determinadas. Antes la libertad se reducía a lo que podía hacer sin que mi padre se enterara. Jamás me habría atrevido a salir a la calle a reivindicar mis derechos. Entonces, las activistas eran las que tenían un marido o un padre que las apoyaba en su lucha. O bien, mujeres que ya no tenían nada que perder. Ahora muchas más hemos perdido el miedo a movilizarnos."

La narradora es Intisar, un personaje de ficción creado por Pedro Riera que aglutina decenas de experiencias de mujeres yemeníes recopiladas por el autor a lo largo de los años y que le han servido para elaborar esta historia de feminismo y guerra.

Todo comienza en 2011, cuando el movimiento que lideró las protestas contra el dictador Salé negaba a las mujeres los derechos más elementales. La guerra civil que siguió, en la que han intervenido los saudíes sin ningún pudor (con la inestimable ayuda de países occidentales como España, que sigue vendiéndoles armas para masacrar poblaciones civiles), provocó en las mujeres la toma de conciencia feminista de la que habla la protagonista. Y algo parecido ha ocurrido en todo el mundo, sin necesidad de bombardeos ni hambrunas ni países en quiebra. Se ha visibilizado tanto que ya mucha gente lo ha incorporado con naturalidad en su discurso y su forma de vivir. 

Yemen es un país extremo. Muchos occidentales apenas aciertan a situarlo en un mapa, en parte por la lejanía y en parte porque la guerra de Siria ha eclipsado en los medios una crisis humanitaria sin precedentes. Para la ONU, la crisis en la que está inmerso el país es "la peor crisis humanitaria" del planeta. La brutal guerra civil que sacude Yemen ha dejado decenas de miles de muertos y veinticuatro millones de personas necesitadas de asistencia debido a la violencia y al hambre.

En Yemen muchos consideran un escándalo ver a una mujer en bicicleta. Ya no digamos conduciendo un coche. O fumando. O mostrando el pelo a un hombre que no sea su marido. La primavera árabe yemení no pretendía tanto cambiar el sistema como derrocar a un dictador y su corrupción. Fue una revolución superficial. En ningún momento se consideró prioritario hablar de los derechos de las mujeres. Era algo que no cabía en la cabeza de la mayoría de los hombres, que no eran capaces de tratarlas como a seres humanos.

Este cómic furioso, divertido, directo y moderno es un puñetazo en el centro de la cara del machismo salvaje que impera en la cultura yemení. Con su desparpajo, Intisar nos acerca Yemen a nuestro sofá, a nuestra ciudad occidental donde, a pesar de la distancia con los países árabes, las mujeres siguen estando lejos de haberse liberado de ser juzgadas desde niñas por aspectos que no pueden controlar. También es un puñetazo en el centro del machismo de nuestra sociedad, aún tan visible, tan cotidiano. De repente, Yemen ya no es el desierto árido y medieval que muchos imaginan, sino un país en guerra poblado por gente con inquietudes muy parecidas a las nuestras. Y con la necesidad de libertad y justicia que todos compartimos en todos los países del mundo.



jueves, 27 de junio de 2019

LOS SALVAJES

Krim está muerto por dentro. Tiene un don excepcional para la música pero nadie lo entiende. Y la sociedad se ha encargado de hacerle saber que para lo demás no está a la altura. No es lo suficientemente inteligente, no es lo suficientemente maduro, no es lo suficientemente francés. Un día llega su primo mayor, un hombre de éxito ambiguo con un aplomo y una seguridad aplastantes, y se dirige a él de igual a igual. Recoge los añicos de su autoestima y los ensambla de nuevo a base de llamadas, de consejos, de palmadas en la espalda. Le trata como a un ser humano digno de atención. Le trata como si fuera inteligente, maduro, capaz. Le trata como si no necesitara para nada ser francés. Y a partir de ese momento, la gratitud de Krim crece y crece hasta explotarle en el pecho. Y ya siempre estará dispuesto a hacer cualquier cosa por él. Cualquier cosa. Hasta matar al presidente de su propio país.

Qué barbaridad. Ya no recuerdo cuánto tiempo hacía que no leía un libro-huracán como este. O mejor dicho, una tetralogía-huracán como esta (publicada en tres volúmenes en español). Me ha recordado al Millenium de Stieg Larsson, y también a esa brutal intensidad de los libros de Pierre Lemaitre. Genera la ansiedad por seguir leyendo de los mejores thrillers políticos. Cerrar el libro al terminar un capítulo es tan difícil como apagar la tele después del final de un episodio de Homeland.

Eso sí, un Homeland a la francesa. A la magrebí, incluso. La escena inicial del primer libro es un ejemplo salvaje de cómo una boda argelina puede ser perfectamente francesa, y al mismo tiempo no serlo nunca del todo, pues la asimilación cultural siempre se da de bruces, como en casi todos los países europeos, con la xenofobia y el clasismo. Los diálogos vuelan en todas direcciones, lanzando multitud de chispas capaces de provocar todo tipo de tragedias, y la red de personajes se extiende y se extiende como en las mejores novelas universales. 

Bajo la potencia y el lirismo, hay una rabia escondida en los personajes de Sabri Louatah. Una rabia que quiere hacer que las llamas prendan, ser el combustible que extienda hacia la sociedad el incendio que millones de árabes llevan sufriendo en sus cabezas desde que llegaron a Francia y fueron tratados como seres inferiores.

Estas cuatro novelas, que se leen de un tirón frenético, apelan a nuestras sociedades occidentales actuales con la contundencia de un puñetazo: la infiltración de la extrema derecha en las instituciones con el fin de menoscabarlas y sabotearlas desde dentro; la corrupción de una élite política que sólo gobierna para engrosar sus cuentas bancarias, extender sus redes clientelares y perpetuar su poder; el uso por parte de dirigentes políticos de los medios del Estado para espiar a rivales políticos, proteger delincuentes, borrar pruebas de sus delitos y controlar los medios de comunicación. 

Estas cuatro novelas se pueden leer como novelas de playa apasionantes. Pero dejan el regusto de que hay algo perverso y malévolo en nuestras sociedades, tejiendo hilos entre bambalinas, sirviéndose de la inteligencia y de la estupidez y de las máscaras que hagan falta para perpetuarse en el poder y seguir favoreciendo sus propios intereses. 




lunes, 24 de junio de 2019

MARÍA ANTONIETA

Clientes y amigos saben bien que uno de nuestros autores favoritos es Stefan Zweig. Este año Óscar, Patricia y yo nos dimos el placer de viajar a Viena, entre otros motivos para cenar en el Café Central, donde Zweig solía reunirse con los más importantes intelectuales de su época en la época dorada de la cultura hasta que llegó el horror del nazismo.

En ese viaje descubrimos que a mí me faltaba por leer esta biografía de María Antonieta y a Óscar la de María Estuardo, ambas de Zweig. ¡Teníamos que corregir esa omisión! Cumplimos, y después de recomendaros encarecidamente la de María Estuardo, que leí hace ya tiempo, como la mejor novela de intriga y conspiración que recuerde, os traigo ahora mi lectura de María Antonieta, con la que tantas cosas he aprendido. 

Uno de los muchos méritos que tiene la literatura de Zweig es que sabe despertar el deseo de seguir investigando sobre los temas que trata, incluso después de terminar sus libros. Después de acabar María Antonieta, la necesidad de conocer mejor el inicio y desarrollo de la Revolución Francesa me llevó al ensayo La Europa revolucionaria 1783-1815, de George Rudé.

En mayo de 1770, a una María Antonieta de tan solo catorce años la casaron con Luis XVI, un año mayor que ella. Eran dos niños sin preparación y con caracteres que no les hacían precisamente los más adecuados para ser algún día reyes de Francia. Ella, encantadora y superficial, solo buscaba diversión, sin tener la más mínima conciencia del mundo que existía fuera de su pequeño círculo de cortesanos. Jamás le interesó saber cómo vivía la gente corriente y nunca vivió fuera de sus palacios... hasta que llegó la Revolución y con ella despertó de aquel sueño. Los tres últimos años fueron aterradores para aquella reina que creyó que todo se le debía. 

Luis XVI, su marido, un Borbón de pocas luces, como han sido tantos en esa dinastía, tenía buenos sentimientos. Lo que de verdad le hubiera gustado es no ser rey y que le dejaran una parcela de tierra para dedicarse a cazar. Un pequeño problema físico, una fimosis, le impidió consumar su matrimonio hasta siete años después de casarse ¡menos mal que alguien más lúcido que él le dijo que era algo sencillo de resolver con una sencilla operación!

Su indecisión, su falta de determinación política y su cobardía le hacían oscilar de un lado a otro sin tener nunca nada claro. La población tenía la impresión de que hacía causa común con el clero y la nobleza cuando en realidad tenía al duque de Orleans como uno de sus enemigos. Con un marido y rey de estas características, María Antonieta, con más carácter pero sin implicarse en ninguno de los problemas políticos o económicos de su nueva patria, eligió vivir una vida al margen de su marido y su país, gastando enormes sumas de dinero para sus caprichos, especialmente en la construcción del palacio de Trianon que convirtió en su residencia personal, al margen de Versalles, dando la espalda a la corte.

Stefan Zweig

En una época de catástrofe económica (1787-1789) debida a las malas cosechas, la primera chispa que encendió la Revolución fue la declaración de bancarrota del gobierno después de la guerra de América. La revuelta fue aristocrática contra la Corona y el gobierno real, apoyada por el clero, también se fomentó el odio contra una reina que sentían ajena y que derrochaba a manos llenas las arcas del Estado, autorizada por su marido. Voltaire, Montesquieu y Rousseau influyeron en la opinión popular, consiguieron que se pusiera de moda ser escéptico e irreligioso. Hardy, un librero de París, recogió expresiones anticlericales en su diario de la década de 1780 y quizá fue el caldo de cultivo para que años después se iniciara, no de golpe, sino poco a poco, ese movimiento político propiciado por las clases "respetables" de Francia para reparar viejos agravios y reformar instituciones anticuadas, un levantamiento espontáneo y regenerador contra el despotismo, la miseria agobiante y la injusticia del Antiguo Régimen. Los escritos de la Ilustración minaron creencias y lealtades tradicionales, dejando el sistema debilitado y en peligro.

La Revolución Francesa ha tenido tanto impacto en la historia de la Humanidad que el personaje tan atractivo de María Antonieta ha quedado diluido y la imagen que más ha trascendido es la de la guillotina que acabó con su vida. Al final, en esos tres últimos años de su vida, tan atormentados, demostró una entereza y un carácter que nunca tuvo Luis XVI. Con un poco más de valentía y de claridad de ideas, su destino creo que hubiera sido mucho más benévolo.

Como siempre, una magnífica biografía de Zweig para disfrutar de una época que nos pilla un poco lejana pero que transformó radicalmente tantas cosas a partir de entonces.





jueves, 20 de junio de 2019

VOZDEVIEJA (firma invitada)

¡Cómo nos gustan las historias! Que nos las cuenten cuando aún no somos capaces de descifrarlas de entre el código escrito que las esconde; empezar a crearlas, de pequeños, en nuestros juegos con nuestros amigos, nuestros muñecos, nuestros coches de juguete, nuestros videojuegos; verlas en las pantallas grandes del cine y en las pequeñas de la televisión; leerlas si adquirimos el maravilloso hábito lector que nos lleva de viaje durante horas por mundos que vamos inventando gracias a la imaginación de otros... 

Y precisamente porque nos gustan las historias, porque la vida no sería lo mismo sin las narraciones en las que nos zambullimos, creamos unas expectativas tan altas sobre lo que leemos o vemos. Por eso firmamos peticiones de Change.org para exigir que los guionistas de nuestra serie favorita cambien el final o nos indignamos si la trama no ha seguido el camino que habríamos deseado, el que habíamos ya hecho nuestro. Porque recibir historias como sujetos pacientes hace que finalmente acabemos convirtiéndonos en sus creadores.

Con todas las novelas que tienen un punto controvertido o van en contra de lo políticamente correcto ocurre como con esas series cuyos guiones se quieren cambiar. Con Vozdevieja, quizás los lectores esperen que su protagonista sea de otra manera, no se la creen o se indignan cuando la irreverencia lo inunda todo. Sin embargo, la irreverencia de Vozdevieja es lo que a mí me cautivó desde que empecé a leerla.

He de decir que siento predilección por las historias de niños, esas que los expertos denominan novelas de formación y en las que los lectores somos testigos de la evolución de los personajes. En pocas ocasiones ese personaje es una niña, así que ¡bien! Cuando empecé a leer esta novela pensé que además de estar ante uno de mis géneros favoritos, me identificaría más fácilmente con su protagonista, Marina.

Marina y yo, sin embargo, tenemos, a simple vista, muy poco en común. Y eso es lo que me atraía aún más de esta novela: ir descubriendo mi propia infancia casi olvidada, o idealizada, o pasada por el filtro del recuerdo adolescente o adulto gracias a los ojos de Marina, a esa narradora gamberra y a la vez reflexiva. Porque ese es uno de los grandes hallazgos de esta novela: la mezcla de tonos. El humor y la ironía de carácter escatológico (una niña obsesionada con cagar y con el porno), el registro coloquial (casi vulgar) del habla de la calle en la Sevilla del verano del 93, la reflexión sobre la enfermedad, las relaciones familiares y la pérdida constituyen un totum revolutum delicioso en el que quedarse a veranear de por vida.

Además del humor, que se escurre a raudales de entre las páginas de este libro, me gusta mucho su ambientación: ese verano tórrido y seco, los días de playa en Marbella, la vuelta al edificio de hormigón de Sevilla, las noches jugando “a la fresca”… Aunque sigue la línea de otras novelas clásicas sobre el paso de la infancia a la adolescencia o la adultez, Vozdevieja le ofrece al género la chispa de perversión que les falta a los otros. Contrapone esa inocencia que damos por hecho en la infancia con la picardía de su personaje, que combina a la perfección además con su carácter de repipi y niña buena ante los ojos del mundo.

En la complejidad de este personaje, Marina libra una batalla interior consigo misma: atreverse a hacer lo que desea o huir de las situaciones que le plantean algún conflicto. Y en esa batalla que libra la acompañamos y, de alguna manera, crecemos con ella. A pesar de que en nuestras expectativas de lectores con una larga experiencia en la vida, las niñas de nueve años no puedan obsesionarse con el sexo o no puedan filosofar sobre la vida y la muerte.

Enhorabuena, Elisa Victoria, por haber creado un personaje tan rico en sus contrastes y que nos ha enseñado a tirar por tierra nuestras ideas preconcebidas sobre la infancia, etapa que en el fondo no recordamos con nitidez, sino que hemos reconstruido e idealizado gracias a las miles de historias que en nuestra vida como consumidores de narraciones hemos disfrutado.



lunes, 17 de junio de 2019

JONAS FINK

Le decía a Patricia el otro día que este es un cómic para los que no leen cómics. Tiene un dibujo clásico y expresivo, con un colorido que recuerda vagamente a los años cincuenta y sesenta, la historia avanza a toda máquina sin dejar por ello de detenerse en pequeños detalles emocionantes y no puede ser más universal en sus temas: represión, injusticia, amor eterno, revolución y los libros y la cultura como tablas de salvación para un sociedad deseosa de liberarse de la dictadura. 

Sí, es un cómic que recomendaría a cualquiera que no esté acostumbrado al género. Porque lo tiene todo para gustar a cualquiera y a la vez es una de las obras gráficas más ambiciosas y apasionantes que he leído nunca. "Una de las cumbres del cómic europeo", dicen los críticos. Pues no me extraña. 

Jonas Fink es hijo de un médico condenado a prisión por negarse a ser cómplice de la dictadura comunista que se impuso en Checoslovaquia a partir de 1949. Expulsado de la escuela, condenado a trabajar para escapar de la miseria, pronto encuentra en los libros una forma de evasión y de traer a casa un sueldo de subsistencia. Entabla amistad con un pequeño grupo de chavales que se reúnen en un parque para leer en voz alta libros prohibidos, sin ser del todo consciente del peligro que eso supone en una Praga atenazada por la represión y la paranoia de las delaciones. 

Vittorio Giardino ha dedicado a esta obra más de veinte años de su vida. Una obra sobre la historia de Praga desde 1949 hasta 1968, sobre los muros que los hombres levantan entre países y entre personas, por miedo a que su idea del mundo pueda ser puesta en entredicho. Los políticos checos decían: "Los individuos pueden equivocarse, pero el Partido nunca". Y esta historia es un ejemplo magnífico de la sombra que esta religión soviética extendió sobre los países de Europa del Este a partir de 1949 y que destrozó la convivencia y la esperanza en el futuro de tres generaciones. 

Por último, es un homenaje a las librerías como focos de resistencia. Librerías como refugios, como trincheras desde las que defender la palabra y la idea de futuro. Y me ha gustado pensar que esta pequeña librería madrileña en la que trabajo, y desde la que leo y escribo, es de alguna forma heredera de la librería praguense que aparece en este cómic. Heredera en promover la libertad de expresión, en enarbolar la bandera del compromiso contra cualquier tipo de censura y en tratar de combatir, década tras década, la ignorancia y el autoritarismo. 



lunes, 10 de junio de 2019

EL MAR LO VIO

El osito de Sofía, más que un juguete, era un amigo. Con él salía al parque, con él daba largos paseos por el bosque y con él vio el mar por primera vez. Qué larga era la playa, qué suave la arena y el mar... ¡Qué día más perfecto! 

Hasta que llegó la tormenta. Su padre le cogió la mano, recogieron rápidamente sus cosas y salieron corriendo para evitar la lluvia y las ráfagas de viento. Tanta prisa tenían que ninguno de los dos se dio cuenta de que el osito de Sofía se había caído de una bolsa y se había quedado en la playa, a merced del temporal. 

Y ahí se quedó, sentado en la arena. Solo. Hasta que el mar lo vio y lo acogió con su marea para protegerlo y ayudarle, prometiéndole que lo llevaría de vuelta a casa. ¿Lo lograría? ¿Volvería Sofía a ver algún día a su amigo?

Tom Percival ha escrito una historia sencilla y emotiva sobre cómo los afectos de la infancia pueden durar una vida entera. Y la ha ilustrado con una delicadeza extraordinaria, inspirándose para alguna de las escenas en cuadros de pintores holandeses que se encuentran en el Rijksmuseum. 






jueves, 6 de junio de 2019

MI ÁNTONIA

Había leído otras novelas de esta brillante escritora que me habían gustado (Pioneros, Sapphira y la esclava, El puente de Alexander), pero en ninguna había encontrado la emoción que ha despertado en mí este personaje maravilloso, Ántonia, que me ha enamorado. Es valiente, generosa, entrañable, una cálida fuente de vida, como fueron muchos de los pioneros que poblaron el interior de Estados Unidos. Willa Cather ha creado un espacio, una atmósfera, unos personajes llenos de vida. 

Esta novela, basada en recuerdos personales de la autora, trata sobre la memoria y sus procesos, recreados con una magistral técnica y sensibilidad. Ántonia llega a los quince años a Nebraska desde su Bohemia natal con sus padres y hermano, vive las penurias de la miseria en una tierra inhóspita, ardiente en verano y gélida en invierno. A su padre, un músico de gran sensibilidad que no conoce ninguna de las formas de cultivar la tierra, casado con una mujer mezquina y de pocas luces, le resulta imposible adaptarse al medio. En cambio, su hija es resistente y sale adelante en todas las circunstancias.

Jim Burden, un muchachito cuatro años más joven que Ántonia, es el narrador de la historia que transcurre por la etapa de juventud y llega a la madurez cuando Ántonia es madre de familia numerosa. Cuando eran jóvenes solían ir a cazar codornices y patos pero cuando se reencuentran muchos años más tarde Ántonia le confiesa que desde que empezó a tener hijos las armas le dan miedo y no es capaz de disparar a ningún ser vivo. Jim le contesta que la joven reina de Italia le dijo lo mismo a un buen amigo suyo, antes era una gran cazadora y ahora solo practica el tiro al plato. Entonces, estoy segura de que es una buena madre, le contesta Ántonia.

Willa Cather nació en Winchester, Virginia, en 1873, en una familia de origen irlandés, y pasó su infancia en Nebraska, en los años de la primera gran colonización de inmigrantes checos y escandinavos. Para poder estudiar en la universidad de su ciudad tuvo que disfrazarse de hombre y cambiar su nombre por el de William. Vivió durante cuarenta años con su pareja Edith Lewis. Se ganó la admiración de William Faulkner y Truman Capote. Ganó el Premio Pulitzer en 1922 por Uno de los nuestros. Fue viajera, periodista, maestra, dirigió diversas publicaciones y aunque su literatura está a la altura de la de Henry James, sin duda el hecho de ser mujer influyó en que siempre se la haya prestado menos atención. Es hora de recuperarla y disfrutarla. 


Willa Cather




lunes, 3 de junio de 2019

TODA LA LUZ, TODA LA SANGRE

Después de una hora abriendo libros de poesía y leyendo poemas al azar, me encuentro con este autor, que no conozco, y de pronto, al primer poema, es como comprender un paisaje después de ver pasar delante de mí multitud de planicies que no entiendo. (Un mar, un malecón, la pasión de unas olas que rompen y rompen contra el olvido y el tiempo.) Ver un paisaje. O quizá un estado de ánimo. El impulso de un poeta que le escribe a otra poeta a través de los siglos: 

"Nada ha borrado el agua, Juana, de lo que fue dictando el fuego.
Han pasado los años y los siglos, y por aquí están todavía tus ojos
ávidos, rigurosos y dulces como un puñado de estrellas". 

Sor Juana Inés de la Cruz no sabía nada de tangos pero sí de ritmos y de fuego, así que se me ocurre poner en el portátil uno de esos tangos melancólicos de Piazzolla que hace tanto que no escucho mientras sigo leyendo. El acordeón se despereza bajo la caricia insistente del piano, y los versos de este poeta cubano siguen desplegando el paisaje de su carta, tendiendo puentes entre siglos y países: 

"Lo que querías saber, todavía queremos saberlo,
y ponemos el ramo de nuestro estupor
ante la pirámide solar y lunar de tu alma..."

La música crece en síncopas que parecen adioses, homenajes a una tristeza universal:

"...como un homenaje a la niña que podía dialogar con los ancianos
de ayer y de mañana
y cuyo trino de plata alza aún su espiral
entre besos escritos y oscuridades cegadoras."

Nocturna, la música de Piazzolla. Furtiva, como el amor de los marineros cada vez que tocan tierra:

"En tu tierra sin mar, ¿qué podría el agua
contra tu devorante alfabeto de llamas?
De noche, hasta mi cama de sueños, va a escribir en mi pecho,
y sus letras, donde vienes desnuda, rehacen tu nombre sin cesar."

Termina el tango como empezó, con el fuego intermitente del acordeón y el fluir constante del agua del piano, sugiriendo que todo pervive si se enciende y se sostiene con la intensidad necesaria. Y se me queda en la memoria el paisaje de este poema de amor, dulce y abrupto como el tango de Piazzolla. El único paisaje que hoy me emociona:  

"Nada ha borrado el agua, Juana: el fuego
quema aún como entonces – hace años, hace siglos."



jueves, 30 de mayo de 2019

TENER UN CUERPO

Empiezo a leer y es como abrir una ventana. Aspirar los olores, dejarse inundar por un mundo desconocido y familiar a la vez. Abrir una ventana y tomar la mano que me tiende la narradora para seguirla hasta su piel, hasta su cuerpo. Su cuerpo de niña que no es consciente de su sexo. Su cuerpo de chica que rechaza instintivamente que las curvas en las que vive deban definirla. Su cuerpo de madre que se desdobla en un bebé que es también parte de ella. Su cuerpo de mujer que se observa y se dibuja una y otra vez para acostumbrarse a ser quien es. Para familiarizarse con sus contradicciones, para aceptarse y tomar posesión de sí misma a través de la escritura. 

Este libro de Brigitte Giraud me ha recordado a Diario de un cuerpo, de Pennac. Qué tendrán los franceses con la sensibilidad corporal y esa tendencia a sublimarla en la literatura. Aquel, creo, era más exhaustivo, más extrovertido en sus descripciones. Este es más pudoroso y me ha emocionado más, quizá porque he tenido la sensación, desde la primera página, de estar muy cerca del relato, a esa distancia de susurro sólo apta para confesiones muy íntimas o muy profundas. 

Me ha gustado el saludable ejercicio de mirarse hacia dentro y describir lo que uno ve. Pensarlo. Procesarlo. Enumerar las preguntas. Improvisar unas respuestas. Indagar en los misterios. Me ha gustado cómo la narradora afronta lo desconocido armada de metáforas y buen humor. Cómo convierte el propio cuerpo en un relato-espejo en el que otros nos podemos mirar. 

Me ha hecho pensar, por ejemplo, en que a veces fatiga tener tanta superficie de piel, tantos centímetros disponibles para el picor, la quemazón, la aspereza, el dolor. A veces no estaría mal poder descansar de tanta sensación. Armarnos de poesía y, quizá, "quitarnos la piel y tenderla en una cuerda". Me ha fascinado la descripción del cuerpo desde el punto de vista de una niña. Y he pensado en cómo la primera vez que uno mira su cuerpo como un objeto sobre el que puede (y debe) tener incidencia puede convertirse en el principio de una tortura interminable. Esa idea insidiosa de que la belleza es fruto de la voluntad, inoculada en generaciones y generaciones de mujeres a lo largo de la historia. 

Tener un cuerpo no es una novela al uso. Está construida con pequeños párrafos autónomos que se encadenan con fluidez en el conjunto, pero que son a menudo autosuficientes y brillan con luz propia. Pequeños párrafos como cuadros, imágenes detenidas, dosis de poesía en cucharaditas. Tiene una cadencia poética que arrulla e hipnotiza. Es un monólogo interior reflexivo, clarividente, que demuestra una capacidad de observación abrumadora. Una ventana a una vida entera a través de las sensaciones de un cuerpo siempre alerta.

Después de leer este libro soy consciente, de una forma nueva, de que tengo un cuerpo. La autora ha conseguido que lo obvio, lo cotidiano, incluso lo banal, se convierta por momentos en una revelación revolucionaria. 



lunes, 27 de mayo de 2019

SILENCIO ADMINISTRATIVO

Cada vez me encuentro más a menudo esa idea de que los ricos obtienen su riqueza mediante el trabajo y que, por lo tanto, los pobres son pobres porque no se esfuerzan lo suficiente. Esta idea justifica la desigualdad social y sirve para el discurso político que ataca cualquier tentativa de subir los impuestos a las rentas altas.

Dicen: Si los ricos contribuimos más con nuestros impuestos haremos que los pobres nunca se esfuercen por salir de su pobreza.
Cualquiera diría que insinúan que atajar la desigualdad mediante impuestos perjudicaría la capacidad laboral de los pobres.

Este argumento lo he leído en declaraciones de políticos, lo he escuchado en la librería y aparece con frecuencia en las redacciones de los chavales en los institutos. Y da igual que les respondas con cifras: que si el 26% de la población española está en riesgo de pobreza y exclusión, que si más de dos millones de personas sobreviven con menos de 342€ al mes... Vagos todos, responden. Parásitos todos. La única solución es que se pongan de una vez a trabajar, como hacemos todos.

Todo esto se puede rebatir desde un punto de vista lógico y desde un punto de vista emocional. Pero si la desigualdad empieza a considerarse no sólo inevitable sino incluso deseable, si cambian los valores hasta el punto de que el bien común ya sólo se asocie, como máximo, con una comunidad de vecinos, entonces quizá la lógica y la empatía no sean suficientes y haya que idear nuevas estrategias para poder seguir viviendo en sociedades habitables para la mayoría.

En esta breve crónica personal, Sara Mesa cuenta la historia real de una mujer discapacitada y pobre que no logra la ayuda social a la que tiene derecho debido a las trabas burocráticas de un sistema laberíntico e inhumano. Demuestra que "la administración y algunos medios de comunicación contribuyen indirectamente a la existencia de la aporofobia al crear una imagen distorsionada y magnificada de las ayudas y partidas públicas destinadas a erradicar la pobreza, al tiempo que silencian o maquillan sus graves limitaciones y deficiencias". Y mete el dedo en una llaga invisible para la gran mayoría que no para de crecer.

Es un libro que advierte sobre la deshumanización de los excluidos y la crueldad de una administración cuya burocracia niega lo que sus representantes se enorgullecen de ofrecer. Es un libro urgente, visceral, que incendia por dentro. 




jueves, 23 de mayo de 2019

CONTRA LAS ELECCIONES

En todo el mundo existe una inclinación tan favorable hacia la noción de democracia que parece que ya no concebimos otra forma de gobierno. Sin embargo, en este principio del siglo XXI, cada vez confiamos menos en las instituciones que la sustentan. Basta con preguntar al vecino qué opina de la justicia, de la educación o de la política para que broten como la mala hierba expresiones de rechazo. 

"En la actualidad, entre dos tercios y tres cuartas partes de la población europea recela de las instituciones más importantes de su ecosistema político". Mientras tanto, en los últimos años ha aumentado el interés por la política, espoleado por las redes sociales, hasta el punto de convertirse en frustración diaria. Si el recelo, mezclado con un entusiasmo frustrado, se asienta y degenera en aversión, es posible que la salud de nuestras democracias, o incluso su supervivencia, empiecen a estar seriamente amenazadas. 

Para conjurar esta amenaza y tratar de salvar el que quizá sea el menos malo de los sistemas políticos conocidos, David van Reybrouck propone en este ensayo cambiar las elecciones por otros sistemas de participación ciudadana más efectivos. Porque, aunque pensemos que las elecciones son nuestra forma de controlar a los gobiernos y de participar en la vida política de nuestro país, lo cierto es que nuestro voto tiene una influencia muy limitada. Lo elegimos en virtud de unas promesas que a menudo no se cumplen, confiando en unos candidatos que traicionan nuestra confianza una y otra vez. 

"Nuestro fundamentalismo electoral adquiere la forma de una nueva evangelización mundial. Las elecciones son el sacramento de esa nueva fe, un ritual esencial cuya forma tiene más importancia que su contenido". Vivimos en democracias oligarquizadas. Elegimos a representantes que detentan todo el poder. Debido a la distancia abismal entre gobernantes y gobernados, nuestro sistema electoral fomenta el monopolio del poder, la corrupción y el eterno descrédito de la clase política. 

El objetivo inicial de las elecciones siempre fue excluir a la ciudadanía del poder mediante la selección de una élite que decidiera en su lugar. Y lo hemos interiorizado como el único sistema posible de participación. Pero durante la mayor parte de los tres mil años de historia de la democracia, las elecciones no existían y los cargos se repartían mediante una combinación de sorteos y voluntariado. 

Si el sistema actual demuestra claros síntomas de fatiga, ¿por qué no buscar en el pasado otras formas de participación ciudadana que hayan funcionado? 

Mediante comparaciones agudas y pintorescas, con un estilo conciso y brillantemente pedagógico, David van Reybrouck expone modelos de participación que ya se están usando en Canadá, Islandia, Irlanda, Holanda y otros países para demostrar que hay otras formas de gobierno posibles, más participativas, más inclusivas, más pacíficas, que, a la vez que fomentan una mayor igualdad de oportunidades y justicia social, educan a sus participantes en la convivencia y la responsabilidad ciudadana. 

"Dos siglos de sistema representativo electoral han instalado en nuestra mente la creencia de que los asuntos de Estado sólo pueden ser derimidos por una élite de seres excepcionales". ¿Cuántos políticos incapaces, cuántos fracasos estrepitosos en la búsqueda del bien común tenemos que soportar para darnos cuenta de que dejar tanto poder en manos de unos pocos durante tanto tiempo no puede ser la solución?


David van Reybrouck



lunes, 20 de mayo de 2019

UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD

Este libro me ha ido tentando a lo largo de mucho tiempo. Lo había ojeado, había leído algún capítulo suelto y siempre me había quedado con la sensación de que tenía que esperar el momento oportuno para dedicar toda mi atención a sus setecientas páginas. Me parecía demasiado importante para tratarlo como un libro más, sentía que era algo especial.

Ahora ha sido el momento y ha merecido la pena la espera. Ay, Amos Oz, qué lástima que muriera el año pasado con setenta y nueve años, podía haber seguido aportándonos tanta sabiduría, tanto conocimiento sobre la realidad de Israel. Fue un lector compulsivo desde la niñez y consiguió esa riqueza humana e intelectual que proporcionan las buenas lecturas. Nos habla de la influencia que tuvieron en él tantos libros (Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla misteriosaEl señor de las moscas, Peer Gynt), y nos menciona decenas de escritores que enriquecieron su vida (uno de mis preferidos, Stefan Zweig, también fue uno de los suyos).

Me gusta la reflexión que hace sobre las lágrimas de Miguel Strogoff, las que le salvaron del hierro candente que le aplicaron a sus ojos, las lágrimas que también le salvaron a él y a toda Rusia porque permitieron que llegara a su destino: "¡Pero en casa las lágrimas estaban prohibidas a los hombres! ¡Eran una deshonra! El llanto era propio única y exclusivamente de las mujeres y los niños. Con cinco años ya me avergonzaba llorar y con ocho o nueve aprendí a ahogar el llanto para poder ser admitido en la orden de los hombres... y resulta que Miguel Strogoff, un héroe impertérrito, un hombre de hierro capaz de superar cualquier adversidad y tormento, cuando de pronto piensa en el amor, no se contiene: llora. No de miedo ni de dolor, Miguel Strogoff llora por la fuerza de sus sentimientos... y así ese hombre, el más viril de los hombres, venció a todos sus enemigos gracias al "lado femenino" que surgió de lo más profundo de su alma en el momento decisivo y ese "lado femenino" no anuló ni debilitó su "lado masculino" (algo con lo que en aquella época nos lavaban el cerebro) sino todo lo contrario, lo completó y se reconcilió con él." 

Su madre, personaje muy importante en este libro que acabaría suicidándose con 39 años, le contaba de niño leyendas sobre milagros y demonios, misterios, la Caja de Pandora, en las que, tras todas las desgracias, aún había esperanza en el fondo de la desesperación. Su primera maestra, la Maestrazelda como la llamaban y el profesor Mijaeli ya en la secundaria también le aportaron un sistema de valores opuesto de principio a fin al racionalismo de su padre, un erudito.

Con ocho y nueve años vivió la creación del estado israelí y cuenta el día a día de aquel acontecimiento que podía haber sido el inicio de un ejemplo de convivencia entre israelíes y palestinos. Una convivencia que nunca se materializó por la violencia que hasta hoy sigue instalada en todo Oriente Próximo, especialmente en los territorios ocupados en los que Israel, por la fuerza, cada día va restringiendo y atenazando la vida de millones de personas aprisionadas en guetos como cárceles.

Amos Oz escribe, aludiendo a la oportunidad que en 1947 tuvo Israel: "Me conduelo por lo que nunca existió, por los bellos cuadros que nos hacíamos y que ya se han borrado, por un Israel que ya no existe y que posiblemente nunca existió más que en nuestros sueños juveniles".

Hablando de los palestinos, un compañero del kibutz donde estuvo trabajando más de treinta años le dice: "¿Asesinos? ¿Pero qué esperas de ellos? Desde su punto de vista, nosotros somos extraterrestres que hemos aterrizado aquí y hemos invadido su tierra, poco a poco hemos ido apoderándonos de ella y, mientras les asegurábamos que habíamos venido para ayudarlos, para curarles la tiña y el tracoma, para liberarlos del atraso y la ignorancia y del yugo de la opresión feudal, con artimañas nos íbamos quedando con su tierra pedazo a pedazo. Así pues, ¿qué pensabas?  ¿Que nos iban a agradecer nuestra bondad? ¿Que iban a salir a recibirnos con tambores y cámaras fotográficas? ¿Que nos iban a entregar respetuosamente las llaves de todo el país solo porque nuestros antepasados estuvieron alguna vez? ¿Qué tiene de raro que se hayan alzado contra nosotros? Y ahora que les hemos infligido una derrota aplastante y cientos de miles viven en campos de refugiados, ¿qué quieres? ¿Esperas quizá que compartan nuestra alegría y nos deseen lo mejor?

Amos Oz
Tuvo a un magnífico profesor, "que con su acento alemán-checo caminaba por la lengua hebrea no con naturalidad y propiedad sino con cierta solemnidad festiva, como un pretendiente feliz cuya amada por fin lo correspondía y ya podía enorgullecerse y demostrarle que no se había equivocado con él. Casi el único tema que trataba nuestro maestro en los encuentros privados que tenía con nosotros era la pervivencia del alma, o la posibilidad, si es que existía alguna posibilidad, de una existencia después de la muerte... A veces nos pedía nuestra opinión y escuchaba atentamente, no como un maestro paciente vigilando los pasos de sus alumnos, sino como alguien que estuviera oyendo una obra musical muy compleja y entre todos los sonidos tuviese que localizar uno especial, menor, y determinar su autenticidad".

Una joya de libro en cuya lectura hay que demorarse, necesita de un lector atento, dispuesto a encontrar entre sus líneas pequeños diamantes que, distribuidos en su camino, nos proporcionan intensos momentos de felicidad.




jueves, 16 de mayo de 2019

NUEVO DESTINO

En uno de los relatos de este libro, un personaje es contratado por el ejército para proferir por un altavoz insultos en árabe lo suficientemente soeces y ofensivos como para que los insurgentes iraquíes se cabreen de verdad, salgan de sus escondites y mueran abatidos por los francotiradores estadounidenses. Sin apretar un gatillo, sin sostener un arma, sin acercarse demasiado a ningún peligro, este hombre sin rostro es responsable de decenas, quizá centenares de muertes a través de sus palabras. 

¿Qué hace en una persona un trabajo como ese? 
¿Qué hace la guerra con las personas que la llevan a cabo?

Esta es la pregunta que sobrevuela este magnífico libro y que Phil Klay, exmarine durante la guerra de Irak, trata de responder desde la multitud de puntos de vista que pueblan estos relatos de ficción.

Con algunos relatos he recordado los primeros capítulos de la primera temporada de Homeland y el regreso del marine protagonista a Estados Unidos tras muchos años en Irak. La manera en que el contraste de formas de vida altera su percepción de la realidad. La mucho que les cuesta acostumbrarse a la ausencia del peligro. Lo difícil que les resulta salir a la calle y no buscar francotiradores en las esquinas del centro comercial, bombas improvisadas en las bolsas de basura que descansan juntos a los contenedores. Lo desnudos y frágiles que se sienten sin el peso reconfortante de un arma en la mano. Lo inútiles sin la posibilidad de salvarles la vida a los compañeros. La impotencia de saber que ya nunca más podrán decidir si otro ser humano debe vivir o morir. 

Siempre me ha llamado la atención la avidez con la que consumimos la guerra como entretenimiento en occidente. Esa fábrica de héroes. De acciones legendarias. El subidón que nos produce ver cómo unos hombres llevan al límite la resistencia humana para defender una causa vendida como justa. Sin embargo, basta leer libros como este para darnos cuenta de que la guerra a menudo es sentarte en una oficina a cinco kilómetros de los tiroteos y pasarte siete meses rellenando formularios; trabajar diez horas diarias seis días a la semana asfaltando carreteras; pisar una mina al empezar tu primera patrulla y terminar volviendo a casa, cinco meses y cincuenta operaciones después, con el cuerpo desfigurado por el fuego y la metralla mientras todos te aclaman como a un héroe. 

Phil Klay
La guerra es un infierno. Una locura, una droga. Una profesión, también, que no tiene nada de heroica. Está llena de hombres que, equipados para la batalla, se convierten en guerreros aterradores. Sin embargo, en el dolor siguen siendo niños asustados que sólo desean que todo acabe cuanto antes. 

La guerra es un infierno. Bien lo sabía Wilfred Owen, uno de mis poetas favoritos, cuando escribió sus poemas de trinchera, describiendo la muerte del entusiasmo guerrero. Bien lo sabe Phil Klay, como lo demuestra en estos relatos.