miércoles, 14 de noviembre de 2018

UNA EDUCACIÓN

Terminé de leer este libro precisamente el día de las elecciones legislativas en Estados Unidos, y no pude evitar relacionar el triunfo republicano de las zonas rurales, la llamada América profunda, con la lectura de esta espectacular novela de Tara Westover. 

The New York Times definió este testimonio como "uno de los libros más importantes del año", algo que comparto plenamente. La autora trasmite honestidad en el relato de una vida que a sus treinta y dos años ha conocido las peores situaciones que una familia puede vivir. De educación mormona, con un padre verdaderamente fanático, pone de manifiesto cuánto dolor puede ocasionar la violencia no solo a los que les rodean sino también a sí mismos. Temas tan fundamentales como la violencia masculina dentro de la familia, la vulnerabilidad de las mujeres, el fanatismo religioso, la homeopatía, la ignorancia, la falsa moral, la falta de una sanidad gratuita universal, son tratados a través del testimonio vital y valiente de una adolescente que fue capaz de utilizar la resiliencia como recurso para salir de un infierno.

Esta novela describe una familia mormona de la América profunda en la actualidad, pero la violencia y la ignorancia están presentes todos los días en todos los ámbitos y todos los países, no solamente en países pobres sino también en las sociedades desarrolladas de Europa donde la humillación cotidiana, la violencia de género y los asesinatos y violaciones dentro de la familia son noticia diaria en los medios de comunicación, en un pico de iceberg que esconde una realidad infinitamente amplia y compleja.

Son tan necesarios, tan fundamentales los temas que toca la vida accidentada y vulnerable de Tana Westover que sería de gran utilidad poner su libro como lectura recomendada en tertulias, centros educativos, bibliotecas y librerías. A partir de ahora será un referente en nuestras recomendaciones diarias. 

                

lunes, 12 de noviembre de 2018

UNA POSIBILIDAD

No fue amor a primera vista. Ojeé este cómic hace unos meses y lo aparté. Con esas cabezas cuadradas, los personajes me parecían marcianos, muñecos mecánicos sin expresión. El coloreado en dos colores tampoco me parecía especialmente llamativo y pensé: bueno, después del verano lo devuelvo. Madre mía, menos mal que al final no hice caso a mi primera impresión. Qué equivocado estaba.

Empecé a leerlo una tarde entre semana en la librería. Acababa de terminar una novela prodigiosa y estaba en esos momentos de picoteo, de ver qué me encuentro, de descubrir libros sencillos, de esos que llegan en las novedades sin hacer ruido, un solo ejemplar, sin faja, sin elogios superlativos en la contra, y que se quedan tranquilamente esperando su momento en su estantería, a veces durante meses. Empecé a leerlo en el mostrador y a los cinco minutos tuve que parar. Ya no veía las páginas. Ni al cliente que acababa de entrar. Ni siquiera me salía la voz para decirle el precio del libro que había cogido. ¿Cómo es posible provocar tal aluvión de emociones intensas con unas pocas frases acompañadas de unas pocas viñetas?

"Una experiencia así te cambia la vida. De golpe, todo se desmorona y las piezas que componen tu vida quedan esparcidas por el suelo. Entonces, hay que empezar de nuevo, colocar cada pieza en su sitio. Y te das cuenta del lugar que ocupa cada una y de la importancia que tiene. Algunas piezas que creías fundamentales resulta que no lo son tanto. Y viceversa. Sin embargo, es una oportunidad única para reconstruirnos. ...nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo."

Esta es la historia de amor más profunda y bonita que he leído en muchos meses. Te remueve y te funde por dentro. Te recoge como la familia de los protagonistas, con esos brazos como ramas de árboles siempre dispuestos a sostenerte y protegerte para que nunca olvides que en su bosque siempre estás a salvo. Y conmociona por la sencilla descripción de cómo la bondad y la alegría pueden transformar una tragedia en la más bella oportunidad. 

La hija de Cris y Migue sufrió una hemorragia cerebral el día después del parto. Los médicos dijeron que tenía una posibilidad entre mil de sobrevivir. Y sobrevivió. Su nombre es Laia y esta es su historia. 



jueves, 8 de noviembre de 2018

EL FERROCARRIL SUBTERRÁNEO

Como cuando ves la sombra de un pájaro en el suelo y al levantar la vista no hay nada. La realidad sale volando, como la libertad, antes de que puedas verla. Pero su sombra permanece siempre en la memoria, indicando el camino.

En las plantaciones de algodón del estado de Georgia, escapar era imposible. Un esclavo pertenecía a su amo de la misma forma que un árbol pertenece al bosque. Huir significaba romper los principios fundamentales de la naturaleza. ¿Un árbol corriendo, alejándose de su bosque? ¿Un árbol cogiendo lo indispensable para escabullirse en la noche y no volver jamás? Daba vértigo pensarlo. Y miedo, mucho miedo. Hombres colgando de los árboles, mujeres desnudas desangrándose lentamente en el potro de tortura, cuerpos vivos y muertos asados en piras que duraban toda la noche. Todos habían visto lo que hacían los hombres blancos con los pobres desgraciados que se habían atrevido a desafiar las leyes de la naturaleza. Y la inmensa mayoría quería seguir viviendo, aunque la vida significara matarse a trabajar y seguir ampliando la constelación de cicatrices en la espalda.

Esta novela trata sobre esa minoría de esclavos negros que prefirieron la muerte casi segura a una vida entera de esclavitud. Que se escabulleron en la noche con lo puesto en busca de una libertad que apenas llegaban a imaginar. Que sufrieron persecuciones, chantajes, violaciones, torturas, apaleamientos y violencias de todo tipo por el color de su piel y que, pese a todo, siguieron adelante en busca de un sueño que consideraban legítimo. Ese sueño estaba inscrito en mármol en la constitución de su país. Ese sueño decía que todos los hombres habían sido creados iguales, y que todos tenían derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la libertad. Todos los hombres. ¿No eran ellos hombres, acaso?

En algunos estados de Estados Unidos, ni siquiera se toleraba la presencia de esclavos en las plantaciones. Por ejemplo, "en Carolina del Norte la raza negra no existía salvo al final de una soga". Hoy en día cuesta imaginar la magnitud de aquella masacre. Esta novela me ha recordado al Gilead de El cuento de la criada, o a la Alemania nazi durante la guerra. Al sometimiento de las mujeres en el primero, y al exterminio de los judíos en el segundo. Pero también me ha hecho pensar en las redes clandestinas de resistencia que siempre surgen en todos los regímenes del terror. En su lucha por mantener la esperanza y defender esa idea tan revolucionaria que dice que los negros son seres tan humanos como los blancos, y, por lo tanto, merecen las mismas leyes y el mismo respeto. 

"La raza blanca cree, lo cree con toda su alma, que está en su derecho de apropiarse de la tierra. De matar indios. De hacer la guerra. De esclavizar a sus hermanos. Si hay justicia en el mundo, esta nación no debería existir, porque está fundada en el asesinato, el robo y la crueldad. Y, sin embargo, aquí estamos". Aquí estaban. Esclavos huyendo de sus plantaciones. Huyendo hacia cualquier lugar al norte que los alejara de los hombres que decían ser sus amos. Insistiendo en vivir en su país, porque los Estados Unidos estaban fundados en una declaración en la que creían. En un sueño compartido en el que querían caber.

Aquí estaban. Viendo cada día la sombra de aquel pájaro en el suelo. Soñando con poder contemplar, al levantar la vista, cómo abría las alas y emprendía el vuelo. 



lunes, 5 de noviembre de 2018

CONFESIONES

Hay libros bellos, líricos, que entretienen, que emocionan, que divierten, duros, que impactan. Y además están los importantes, los que tratan temas fundamentales que atañen a nuestra vida profunda, a nuestras creencias.

Henry Marsh es un neurocirujano británico que hace un tiempo nos regaló Ante todo no hagas daño, una declaración de intenciones en su mismo título. Fuimos muchísimos los que tuvimos la suerte de aprender con las confesiones de este doctor a punto de jubilarse. Ahora, con un propósito declarado en el mismo título de seguir confesándose, profundiza en temas clave como la eutanasia y la obligación de los médicos de evitar el sufrimiento.

"El cerebro no siente dolor, de hecho el dolor es una sensación creada en el propio cerebro como respuesta a señales electroquímicas enviadas a él por las terminaciones nerviosas del cuerpo. Cuando visito pacientes con dolor crónico, trato de explicarles que todo está en la mente y que si me pellizco el dedo meñique, el dolor que siento es solo una mera ilusión. En realidad, el dolor no está en mi dedo, sino en mi cerebro: es una pauta electroquímica en el mapa que este órgano ha hecho de mi cuerpo. Intento explicarles eso con la esperanza de que entiendan que un enfoque psicológico del dolor podría ser tan eficaz como un tratamiento físico. El pensamiento y el sentimiento, y el dolor, son solo procesos físicos que tienen lugar en nuestro cerebro. El dolor fantasma en una pierna o un brazo amputados puede ser atroz. Pero eso es algo que a la mayoría de los pacientes con problemas de dolor crónico o afecciones como el síndrome de fatiga crónica les cuesta mucho aceptar. La dualidad que supone considerar mente y materia como entidades distintas está tan arraigada en nosotros, como lo está la creencia en un alma inmaterial que sobrevivirá de algún modo a nuestros cuerpos y cerebros. No tengo la sensación de que mi yo, el ser consciente que escribe estas palabras, sea pura electroquímica, pero es eso precisamente".

La sabiduría del doctor Marsh, en mi opinión, está relacionada con su preparación antes de iniciar la carrera de medicina. Estudió filosofía, ciencias políticas y cconomía,  lo que implica una base magnífica para tener y aplicar criterio, algo fundamental a la hora de tomar decisiones importantes como son las de decidir si una operación quirúrgica es aconsejable o no, así como otras cuestiones que atañen a la calidad de vida de la gente. Como afirma en su libro, "el sobretratamiento y las operaciones innecesarias son un problema creciente en la medicina moderna y a menudo suponen una equivocación, incluso si el paciente no sale malparado".

Analiza y compara los beneficios y desventajas de la medicina pública y privada apostando por la primera de forma muy objetiva, y se muestra a favor de la eutanasia reflexionando sobre sus múltiples facetas. Como yo, también siente el deseo de ser enterrado en su bosque particular para que su cuerpo se transforme en hojas y madera. En la mayoría de los países desarrollados, el suicidio asistido es ilegal aunque los sondeos de opinión han revelado una amplia mayoría a favor de un cambio legal. Los médicos y parlamentarios parecen tener más problemas con este asunto que el resto de ciudadanos.

Aliviar el sufrimiento es el deber de un médico en igual medida que prolongar la vida aunque parece que esa verdad suele olvidarse en la medicina moderna. Se ha estimado que en el mundo desarrollado el 75% de los gastos médicos de toda nuestra vida corresponde a los últimos seis meses. He ahí el precio de la esperanza, una esperanza que según la ley de las probabilidades, es con frecuencia muy poco realista. Y así, a menudo, acabamos infligiéndonos grandes sufrimientos y ocasionando gastos insostenibles para la sociedad.

¡Cuánto me ha enseñado este libro y cuánto me ha hecho recapacitar y analizar aspectos fundamentales de la vida! Gracias, doctor Marsh.