lunes, 16 de julio de 2018

PAPER FISH

Estamos en la Little Italy del Chicago de los años cuarenta. Carmolina tiene ocho años y todos los días escucha las historias de su abuela Doria mientras le ayuda a machacar pimientos. "Historias sobre Italia, un país escondido en el otro extremo del mundo, la tierra que había perdido para siempre al otro lado del mar". En la voz de Doria cabe todo lo hermoso, sabroso y cálido que una pueda imaginar. Allí está el calor asfixiante de los veranos, el azul del mar, la salsa de tomate, los pimientos machacados, el rojo que impregna las manos y que ningún jabón logra sacar, las risas, las mujeres, los sueños por encontrar un lugar mejor, un futuro mejor, y la felicidad de vivir cada día, cada segundo, entre esas cuatro paredes pobres que contienen el universo entero.

Italia es un hogar que permanece intacto en sus recuerdos, nítido y cercano en su memoria cuando cierra los ojos y se pone a recrearlo a través de sus historias. Un hogar que, cuando sale a la calle en enero y el frío cruel del invierno le azota su frágil piel acostumbrada a la suave brisa del mar, parece soltarse de la tierra firme de sus recuerdos para desvanecerse a la deriva de la corriente de ese inmenso océano glacial que las separa.

Esta es una novela lenta, contemplativa. Se detiene con fruición en la belleza de las cosas cotidianas, la luz del sol descubriendo reflejos azulados en el negro de una melena suelta, la textura concreta de unas manos ásperas tras años de lavar con agua helada que sin embargo siguen conociendo los gestos más suaves de la ternura. Es un libro para aquellos que se sientan en la playa a disfrutar de la deliciosa lentitud del paso del tiempo. Y aunque hay una desaparición y un rastro de misterio, lo que pasa no es lo importante. Lo importante es lo que ocurre mientras no pasa nada: los detalles, la luz del sol, los recuerdos, la risa, el amor, el hogar, la pobreza, la felicidad.

Hay momentos de felicidad estática. Escenas de la vida invisible de todos los días en las que nadie repara. Doria sale al porche a dar de comer a los pájaros. Se ríe y todo su cuerpo tiembla bajo la luz cegadora del sol. El sol lo inunda todo, es una mano gigante que acaricia y despierta y cosquillea. Un fulgor en el que la abuela es aún más hermosa, dueña de todo lo que vive y ríe, mientras habla con los pájaros y enseña a vivir a su nieta. También está su madre, esa mujer extraordinaria, fuerte y vigorosa, de manos ásperas, pechos imponentes y ojos y cabello negros como el azabache. Y la historia familiar que ambas transmiten a través del amor, de la comida, de la condición femenina, de los recuerdos y de la lucha por una forma de vida digna.

Aunque no todo es risa y felicidad. La vida es dura en el gueto italiano de Chicago. Y las familias esconden grietas que las van descomponiendo, poco a poco, en pequeños pedacitos. "Por las noches marido y mujer se miraban en silencio mientras compartían una taza de café ralo e insípido, y la ciudad los observaba amenazante a través de los cristales". Los silencios acogedores se vuelven, a veces, finas láminas de cristal, y la tristeza aletea en los ojos cansados de las mujeres con la delicadeza de un pájaro. 

Tina de Rosa

Esta novela de Tina de Rosa me ha recordado a Virginia Woolf por el lenguaje preciosista lleno de metáforas insólitas y delicadas, y por esos detalles que, como teselas diminutas, van dando forma al dibujo de la historia. También he encontrado ecos de Un árbol crece en Brooklyn, por la descripción de la pobreza en las grandes ciudades americanas desde el punto de vista de una niña. Y también, cómo no, me ha hecho pensar en ese monumento que dedicó Gay Talese a la historia de los italianos en América titulado Los hijos.

Es una joyita íntima y femenina que fue olvidada poco después de su publicación en 1980, y que tras su rescate por The Feminist Press en 1996, se ha acabado convirtiendo en un clásico de la literatura norteamericana. 



jueves, 12 de julio de 2018

SAGA MALAUSSÈNE

Hace diecisiete años estaba yo examinándome por libre de francés en la Escuela de Idiomas. Recuerdo que estaba tan inmerso en esta saga de Pennac que me llevaba los libros a todas partes. Desayunaba con la tribu Malaussène, me iba al baño con la tribu Malaussène y hablaba con ese argot brutal y desternillante que utilizan los miembros de la tribu Malaussène para tirarse los trastos a la cabeza o decirse a gritos que se quieren. Estaba tan felizmente intoxicado de esta tribu que escribí la redacción del examen usando, inconscientemente, nombres, lugares y situaciones que estaba leyendo en los libros. Describí viejitos que ponen bombas, perros cuyo aliento aterra más que sus colmillos, madres que sólo vuelven a casa para encasquetarles a sus hijos sus bebés recién nacidos y adolescentes feroces y tiernos que cuentan historias como si les fuera la vida en ello. La profesora que me corrigió el examen llenó mi redacción de INVRAISEMBLABLE!!! (¡¡¡INVEROSÍMIL!!!), así, en mayúsculas rojas exclamativas, y parece que estaba tan furiosa que se le pasaron por alto todas mis faltas de ortografía porque me regaló un diez. Años más tarde me enteré de que puso el primer libro de la saga Malaussène de lectura obligatoria para sus alumnos de último curso. La verosimilitud perdió la batalla contra el ironía y el regocijo. 

Diecisiete años después de la publicación del sexto y último libro de la serie original, Pennac ha decidido retomar aquellos maravillosos y estrambóticos personajes para escribir una nueva serie con los mismos personajes, diecisiete años más viejos. Mientras termina de escribir el segundo, yo he decidido releerlos todos para refrescar la memoria y he descubierto que ahí siguen, igual de frescos y bulliciosos que entonces, todos los miembros de la tribu tan vivos que han vuelto a saltar de las páginas para besarme, ponerme bombas en colegios o centros comerciales, ganarme al ajedrez mientras me enseñan filosofía y exigir historias, historias, historias locas e inverosímiles para irse a dormir y poder soñar y descansar y vivir felices. 

¿Cómo describir de qué van estos libros? No sé, es..., es..., uff, hay que leerlos. Son novelas policíacas, sin duda, pero no he leído nunca policíacas como estas. Son novelas surrealistas, también. Brillantes, inteligentes, sólidas. E hilarantes. Novelas de cerrar el libro porque las carcajadas te impiden seguir las líneas. Son brutales. Tiernas. Críticas con la sociedad, con el abuso infantil, el narcotráfico, la miseria, el racismo, los desahucios, la violencia policial, la corrupción política. Son un homenaje exaltado a la multiculturalidad y a un barrio parisino, Belleville, que en los años ochenta y noventa fue un microcosmos de etnias pobre y marginal con un grado de cooperación y solidaridad inaudito, microcosmos desgraciadamente desaparecido por la gentrificación de las últimas dos décadas. Son novelas, todas, con un ritmo frenético, ligeras y alocadas, en las que Pennac se divirtió dándoles la vuelta a todos los estereotipos imaginables y que han sembrado una verdadera legión de fieles que, a la mínima mención de la palabra Malaussène, sonríen cómplices, se acercan y te dicen, conspiradores: dime, ¿cuál es tu personaje favorito?

No concibo París sin Pennac igual que no concibo el humor literario sin la tribu Malaussène. Al releer toda la serie para empezar su nuevo libro, me he reído con los mismos chistes de hace diecisiete años y he podido oler, otra vez, como si lo tuviera delante, ese perro llamado Julius que apesta tanto que hasta su propio olor se niega a seguirlo y va siempre varios metros por delante de él, anunciando a todos su llegada.

Daniel Pennac
Estos libros están dentro de mí como una marca indeleble. Me pertenecen como el recuerdo del primer amor, como el primer viaje al extranjero para descubrir el mundo, como la primera sonrisa adolescente femenina que me llevó inesperadamente al borde de un abismo delicioso. No puedo hablar mucho de ellos porque me vuelvo cursi e ininteligible. No sé de qué van. No sé qué son. Para explicarlo tendría que imaginarlos leídos por otros, y me es imposible. Son demasiado míos para poder verlos desde fuera. 

Sólo puedo decir: leedlos. Si os cambian, si os emocionan, si os tumban de risa u os asombran la mitad de lo que lo han hecho conmigo, seréis lectores más felices, os lo prometo. 



lunes, 9 de julio de 2018

LOS PUENTES DE MOSCÚ

"Para la gente que construye puentes, los vascos tienen una palabra: zubigileak." Es una palabra muy bonita. Una palabra que no existe en castellano. Una palabra para llevar bien fija en la memoria cuando la gente intente zarandear la convivencia con su odio. Una palabra para las víctimas del terrorismo que no quisieron ver que el dolor y la pérdida también se sobrellevan dialogando. Una palabra para los que creyeron que la única opción política y vital era matar a los que pensaban diferente. Una palabra para los que respondieron a la violencia con más violencia, para los que mataron indiscriminadamente y para los que amedrentaron y torturaron en nombre de la ley. Una palabra para una región de gente maravillosa que está saliendo de décadas de silencio y violencia gracias a los valientes que se han atrevido y se siguen atreviendo a hablar, a tender la mano, a indagar en el pasado y a construir puentes. 

Eduardo Madina militaba en las juventudes socialistas vascas cuando en 2002 una bomba lapa en su coche estuvo a punto de acabar con su vida. El atentado, en el que perdió una pierna, no le impidió continuar su carrera política y abogar por la negociación para una salida pacífica a la violencia en Euskadi. 

Fermin Muguruza es el líder histórico de Kortatu, referente musical en Euskadi y activista por la independencia vasca. Su carrera musical ha estado siempre ligada a la lucha política y ha defendido en multitud de ocasiones la necesidad de que ETA dejara las armas para llegar a una solución política del conflicto. 

Ambos se reunieron en Irun en 2016 para realizar una entrevista para el magazine Jot Down. Alfonso Zapico se les unió con sus cuadernos y sus lápices y, mientras ellos hablaban, él los dibujaba y tomaba notas para una historia. Esta historia. Este cómic que, con la cercanía y el desparpajo habituales en Zapico, enfoca la violencia en Euskadi desde la perspectiva del diálogo y de la necesidad de construir puentes para desterrar de una vez por todas el miedo, el silencio y la desconfianza de la vida de la gente, dentro y fuera del País Vasco.  





jueves, 5 de julio de 2018

MATRIOSKA


Andrei era un fabricante de juguetes que vivía en una lejana aldea rusa. De sus manos expertas salían caballos de madera, carritos de ruedas, peonas, casitas en miniatura, trenes, puzles y todo tipo de animales. Pero su especialidad eran las muñecas. Sus muñecas de madera eran preciosas. Con sus ropas de colores y sus grandes ojos inocentes, todas lucían una expresión alegre y contenida. Andrei ponía tal dedicación y amor en sus muñecas que, sin darse cuenta, también talló una voz y un alma en cada una de ellas. 

Cierto día, una de ellas le habló: 
"Tengo demasiada vida, demasiado amor y demasiada madera en mi interior. No puedo guardar todo esto para mí. Quiero tener una hija".

Así que con la madera de esta muñeca, a la que a partir de entonces llamó Matrioska, Andrei fabricó otra muñeca un poco más pequeña: Trioska. Y de esta forma dio inicio a la genealogía de muñecas pintadas más bonita y alegre de la historia de las muñecas pintadas. 

La historia de este espectacular álbum ilustrado está basada en una leyenda rusa sobre el origen de las matrioskas, y también sobre el poder del amor y de la imaginación para hacer del arte una razón de vivir.




lunes, 2 de julio de 2018

EL VESTIDO AZUL

Camille Claudel es una mujer mayor que ha dejado de hablar. Todos los días, si no llueve, sale al jardín de su manicomio a esperar. Observa los árboles, la luz intermitente entre las hojas. Observa el jardín, siempre en movimiento y sin embargo inmutable, indiferente al paso del tiempo. Observa el mundo y no observa nada. Sólo espera. Espera a aquel que nunca llega. Aquel que la metió allí a la fuerza y siguió de peregrinaje por esos países tan lejanos. Él, su hermano, su amado Paul, tan tierno y tan indiferente. Tan ausente. 

Camille Claudel es una chica de veinte años que estudia escultura. Todos los días va al taller de su venerado Rodin, el famoso Rodin, a trabajar en lo que el maestro necesite: unos pies, unas manos, un cuello. Con sus manos moldea rostros y torsos, figuras palpitantes que parece arrancar de la piedra como si esta fuera el sueño que las tuviera presas. Rodin la observa, esa fuerza de la naturaleza, ese ímpetu alborozado, y se pone a moldearla a su vez, y el rostro de esa Camille, tan firme y despejado, empieza a aparecer en todos sus dibujos y esculturas. El maestro la corteja y ella cae rendida a su violencia y su pasión. Se aman, viajan, pasean, siempre a escondidas, clandestinos, consumiendo su amor en escondites, sofocando su pasión en un idilio torturador y destructivo. Él está acostumbrado a doblegar la voluntad de los demás y ella no sabe cómo canalizar su rebeldía. Amar así es perderse, le dice su hermano Paul, pero cómo no amar así, cómo callarse, cómo domesticar la rebeldía y la cólera y ese amor frondoso y violento como una jungla que le nace de los dedos cuando toca la piedra y de toda su piel enfebrecida cuando el maestro está cerca. 

Camille Claudel es una mujer rota de casi cincuenta años. Vive en pleno centro de París, en una casa destartalada llena de gatos que hace años que no limpia ni ventila. Se pasa los días esculpiendo y las noches destrozando a martillazos todo lo que crea. Sobrevive con las sobras que la gente le deja en la puerta y no habla con nadie. Incluso su querido Debussy, que la amó tanto, la ha olvidado. Así, sucia y perdida en sus propios laberintos, "atrincherada allí como un combatiente sitiado por el enemigo", la encuentran los enfermeros contratados por su madre y su hermano, hombres indiferentes que la levantan como si fuera una maleta y la introducen en un coche de caballos camino de ese manicomio de donde ya nunca saldrá. 

Camille Claudel es una mujer mayor que ha dejado de hablar. Cubre su desnudez dolorida con un velo de eso que los demás llaman locura y que ella simplemente siente como resignación. Su vida se detuvo hace más de treinta años y desde entonces está aquí, en este jardín, sentada en una silla, bajo los árboles, esperando. A veces recuerda cuando Paul venía a verla, una vez cada varios años, su querido Paul. Entonces hablaban de los viajes que hacía, Brasil, Japón, China, de los libros que escribía y del daño que a ambos les hacía recordar. Disfrutaban de la luz azul y de la dulzura de las tardes de verano, y a veces toda esa belleza se volvía áspera, mentirosa, no servía para nada y dolía hasta dejarla sin aliento porque era la prueba de que algunos seres afortunados, quizá la mayoría, quizá todos menos ella y su hermano, podían sustraerse al desastre y al desgarrador final de todas las cosas. A veces recuerda, también, que Paul no ha muerto, que sigue vivo, aunque ya nunca viene. Ya nunca viene. 

Camille Claudel es una fotografía antigua, ajada por el paso del tiempo, que en las palabras de esta novela poética y melancólica cobra vida, y de repente siente y se ríe y goza y ama y desespera y sufre y se pierde y calla y se resigna y espera sin perder el tono evocador, ese tono sepia de toda una vida susurrada una tarde bajo los árboles del jardín de un manicomio, mientras los recuerdos se deshacen lentamente entre las sombras. 


Última foto conocida de Camille Claudel


jueves, 28 de junio de 2018

RECURSOS INHUMANOS

He terminado esta novela con la respiración acelerada, al borde del sillón y las pulsaciones corriendo como si me persiguiera el mismísimo demonio. ¡Qué brutalidad de libro! Pero no sólo por el ritmo frenético. Sino por el tono: irónico, implacable, deliciosamente ácido. Y por el tema: una crítica salvaje de las condiciones laborales y de esa conexión tan humillante entre trabajo y dignidad. 

Alain Delambre es un director de recursos humanos en paro. Tiene cincuenta y siete años y lleva ya cuatro buscando trabajo. ¿Quién contrata a un ejecutivo a punto de jubilarse hoy en día? A pesar de los cientos de solicitudes sin respuesta, de las negativas amables recibidas con verdadera gratitud (imposible describir lo que siente cuando al menos le llega alguna respuesta negativa), a pesar de la humillación diaria de tener que aceptar trabajillos embrutecedores de madrugada en empresas de mala muerte, sigue buscando un trabajo digno. Sigue buscando como un reflejo de especie. Tras toda la vida trabajando, la actividad laboral se le ha incrustado hasta tal punto en su sistema neuronal que no concibe una vida sin trabajar. Y busca, con la tenacidad del que hace algo vital para su supervivencia, un poco como los perros husmean en las bolsas de basura: por instinto, sin ilusión. 

Un día recibe una respuesta afirmativa de una gran empresa que necesita un directivo de recursos humanos con experiencia. Un trabajo hecho a medida para su currículum. Le citan para un test. Después para una entrevista. Y le proponen una condición. Algo poco habitual. Ciertamente extravagante. Inaudito. Pero, ¿qué más da? Hará lo que sea. Lo que sea para volver a afrontar los pagos de la hipoteca sin un nudo en el estómago. Lo que sea para volver a poder invitar a sus hijas a un restaurante con la sonrisa tranquila. Lo que sea para recuperar esa parte de sí mismo que perdió con aquel trabajo de toda la vida y que nada, ni siquiera el cariño incondicional de su mujer, puede devolverle. 

Vivimos en una sociedad fundada sobre la economía del trabajo. Trabajamos para vivir pero, en el fondo, la mayoría vivimos para trabajar. El trabajo es la medida de nuestro éxito, de nuestra felicidad, de nuestra dignidad. Determina quiénes somos y quiénes queremos ser. Nuestras amistades, nuestros gustos, nuestra ideología. No solamente nos piden que estemos de acuerdo con la política de nuestra empresa, nos piden que nos fusionemos con ella, que la defendamos como si fuera nuestra madre, nuestra hija, como si fuera una parte de nosotros, un pulmón, un pierna. Y cuando la empresa ya no nos necesita, nos exige la lealtad de aceptar el despido con gratitud. Porque el orgullo y la reputación de haber trabajado para ella no tiene precio. 

Me ha encantado este libro. Por su tono, por su ritmo y por su tema. Por poner el dedo en la llaga de un problema sangrante que la crisis de la última década ha agravado hasta límites grotescos. ¿Hasta dónde puede llegar un parado de larga duración para conseguir un trabajo? ¿Hasta dónde puede llegar un empresario millonario para añadir más millones a la pila de su fortuna? Pierre Lemaitre ha escrito una novela negra trepidante y contundente que nos dice: mirad, mirad lo que pasa cuando se deshumaniza el trabajo. 


Pierre Lemaitre


lunes, 25 de junio de 2018

UNA MUJER DESPOSEÍDA

Este es de esos libros que pasan desapercibidos. Autora desconocida, de nombre extraño, relatos cortos, publicado en junio (2017), un mes en el que la gente ya está pensando quizá en lecturas ligeras para verano, y los libreros saturados por la feria del libro que no se acaba o por meses y meses de colocar y colocar pilas de novedades: lo tiene todo para no llamar la atención. Y a pesar de la faja que habla del premio que ha recibido, y esos adjetivos de las críticas ("espectacular", "memorable", "feroz", "conmovedor", "esencial") brillando todos como estrellitas parpadeantes, el libro pasa el verano agonizando en la esquina menos accesible de las librerías para morir en el brutal barrido de devoluciones otoñales. 

A mí me llamó la atención desde el principio. Lo asocié a mi querida Jhumpa Lahiri (El intérprete del dolor) por aquello de los relatos cortos con temática india y paquistaní, y me lo reservé en la memoria para volver a él en algún momento. Hacía falta calma. Hacía falta una predisposición especial para embarcarse en lo que P. llama literatura del desastre: personajes zarandeados por diversos traumas que sobreviven aferrándose a amores frágiles y recuerdos luminosos. Y aquí está. Este libro, por fin, dentro de mí. Su delicadeza, su derrota y brutalidad, dentro de mí. 

La autora explica en el prólogo que la traumática partición de India y Pakistán en 1947 es el hilo conductor que une los doce relatos. Las prisas y la ceguera con que se trazó la frontera tras la salida de los británicos provocó la emigración de más de ocho millones de personas en busca de la relativa seguridad de una mayoría religiosa. El éxodo masivo propició una violencia descontrolada: cerca de un millón de personas murieron por el odio religioso. La mayoría de estos relatos están protagonizados por mujeres víctimas de esta violencia: raptadas en los saqueos, esclavizadas, repudiadas por sus familias cuando logran escapar de su cautiverio. Mujeres desposeídas de su integridad, de su identidad y de su futuro por la violencia de los hombres. 

"La melancolía de su voz me hizo sentir como si alguien me llevara a la orilla tras largo tiempo en el mar". Sí, hay una música melancólica en la escritura de Shobha Rao. Algo de la pasión evocadora que usó la cineasta Deepa Mehta en su trilogía Fuego, Aire y Agua, un grito de rebeldía feminista con una estética sensual y delicada. Me ha emocionado la fragilidad de los personajes. Por debajo de la rabia, de las corazas que se construyen para protegerse y sobrevivir a los golpes, una sensibilidad especial tiembla en su interior, una fina membrana de emociones que vibra con cada sensación y que la más leve brisa puede agitar y desgarrar. Y siempre, agazapada, la rebeldía. En algunas mujeres brillando como una hoguera perpetua en sus ojos. En otras, como un "pequeño bote salvavidas amarrado en el puerto de su corazón, a la espera de echarse al agua". 

Shobha Rao
Estos doce relatos son poéticos, crueles y emocionantes. Íntimos, como pequeños rincones de luz en un mundo hecho de penumbra. Por momentos, su crudeza se vuelve insoportable. Hay latidos en la memoria que se empeñan en seguir despiertos. Palpitan y duelen. Duelen. Y cualquier distracción es buena si consigue acallarlos. Mirar el mar durante horas. Contar las mismas 956 lentejas todas las tardes sobre el suelo del salón. Cantar a la noche canciones infantiles. Cualquier cosa, con tal de acallarlos. Hay momentos sobrecogedores. Momentos de cerrar los ojos y esperar que pase ese escalofrío, esa sombra helada en la piel. Pero siempre aparece una mano abierta, en algún momento, para ofrecer una salida, un descanso, aunque sea en el olvido o en la muerte. 

Un ejemplar de Una mujer desposeída pasó el verano del año pasado en nuestra librería, durmiendo. Lo salvé de la guadaña de la devolución en otoño por instinto y siguió aquí, imperturbable, mirando el paisaje con la sabiduría de esas mujeres que ya lo han visto todo en la vida. Hasta que un año después de su publicación por fin ha caído en mis manos y, poquito a poco, relato a relato, casi en silencio y sin darme cuenta, ha terminado robándome el corazón.




jueves, 21 de junio de 2018

TODO LO QUE NO TE CONTÉ

Hay un abrazo escondido en este libro. Un abrazo hecho de esas palabras tan frágiles que los personajes de esta novela no se atreven a pronunciar. Un abrazo que dice ven y dice te quiero y dice te perdono. Hay un abrazo que va cambiando al final de cada capítulo, a medida que la imagen completa de esta historia va cobrando forma con cada pieza del puzle que leemos. Un abrazo cambiante, frágil, mudo, hecho de capas y capas de secretos que me ha dejado blando y conmovido, desubicado como al recuperar un recuerdo valioso. Que me ha dejado, sobre todo, agradecido. 

Lydia ha muerto. La han encontrado ahogada en el lago. Ahogada. Con dieciséis años. ¿Cómo es posible? Era muy inteligente, tenías muchas amigas, era la chica perfecta. ¿Cómo es posible? Quizá estaba un poco deprimida, sus notas se resentían, la habían visto con un chico de mala fama. ¿Cómo es posible? Sus padres se lo preguntan. Sus hermanos se lo preguntan. Cada uno con su dolor y sus sospechas, todas insoportables y todas diferentes, como las esquirlas de cristal de un escaparate hecho pedazos. ¿Cómo es posible que alguien a quien quieres tanto pueda desaparecer así sin más, llevándoselo todo, tu cariño, tus abrazos, su futuro, tu futuro, llevándoselo todo?

Todas las familias guardan secretos. Emociones que nos abruman y que pesan demasiado para convertirse en palabras. Hechos enterrados en lo más profundo de nuestra memoria, transformados con el paso del tiempo en una extensa e imperceptible red de fragilidades y dependencias. En pequeñas bombas de relojería sin explotar. Desde fuera parecen nimiedades. Una madre insistiendo en los deberes de su hija. Una adolescente que sólo recibe libros por sus cumpleaños. Un chico que pide un telescopio para Navidad y recibe una radio en su lugar. Una niña que se esconde bajo la mesa para llamar la atención durante la cena y nadie se da cuenta de su ausencia hasta tres horas después. Nimiedades. Detalles que apenas agrietan la superficie de una vida familiar. Pero que se convierten en fallas tectónicas capaces de hacer temblar continentes enteros de afecto y confianza. 

Hay muchos secretos en este libro. Muchos malentendidos. Queriendo ofrecerle a Lydia la vida que ella nunca tuvo, su madre insiste año tras año en que tiene que ser médico. Y para ello, tiene que estudiar. Física, química, biología. Tiene que sacar las mejores notas. Y, sobre todo, perseverar. Allí donde ella fracasó, su hija tiene que triunfar. Es una lección de vida que la madre quiere que atesore, para que su hija sea feliz. Es decir, para que su hija alcance la felicidad que ella quiso y perdió. Pero, ¿coincidirá con la felicidad que Lydia quiere para sí misma? Disfrazados de amor y de orgullo, los miedos y las expectativas frustradas de su madre van presionando año tras año a una niña incapaz de defenderse de ese torrente de atención, van desalojando los deseos y caprichos infantiles para hacer que lo que su madre desea para ella ocupe todo el espacio, contaminando su relación de un amor inconmensurable construido sobre un chantaje. 

Hay un abrazo escondido en este libro. Un abrazo que explota en un sinfín de emociones con cada secreto desvelado, con cada matiz que va descubriendo la profundidad insospechada de los personajes. Un abrazo que me gustaría devolverte, Celeste Ng, feliz y conmovido, para darte las gracias por esta novela tan emocionante. 



lunes, 18 de junio de 2018

LOS IGNORANTES

Llegar a casa de unos amigos para cenar, abrir la puerta y respirar el buen rollo ya desde el umbral, esa mezcla de risas, distensión y hospitalidad que vibra en el aire y que inmediatamente te descarga una corriente de alegría por las venas. Algo así es leer este cómic. 

Étienne Davodeau, autor de cómics que lo ignora todo del mundo del vino, le propone a Richard Leroy trabajar gratis en su viñedo durante un año para que le enseñe los secretos de su oficio. A cambio, el viticultor, que lo ignora todo del mundo del cómic, acompañará a su amigo por los entresijos de la creación literaria. Este libro, verdadero homenaje festivo a la amistad, es la crónica de esta iniciación cruzada en la que ambos descubren que sus respectivas pasiones no son tan diferentes: ambas precisan de esfuerzo, tiempo, maduración, ambas pueden llevarse a cabo de múltiples maneras, ambas requieren creatividad y curiosidad, y ambas tienen "ese poder, precioso y necesario, de unir a los seres humanos". 

No tengo ni idea de vinos. Pero ni idea. Y zambullirme en el día a día de Richard, ese druida barbudo que habla con sus viñas y puede pasarse horas y horas eligiendo la madera exacta de sus barricas me ha abierto la puerta de un mundo apasionante. Ya no volveré a llevarme a la boca una copa de vino sin acordarme de las viñas de las que procede, esas hileras exuberantes de vegetación en verano, llenas de encanto y aroma solar, que seis meses después se convierten en el "rostro de un viejo feroz y sombrío, anclado a la piedra con sus pies sarmentosos". 

Tampoco tengo mucha idea de cómics, a pesar de haber leído varias docenas en los últimos años. De la mano de estos dos encantadores ignorantes he podido acudir a ferias, a las casas de autores importantes, a las imprentas y a las editoriales especializadas, he podido sentarme con autores y mirar por encima de su hombro mientras trabajan y hablan de sus dibujos y sus historias. Y he aprendido, entre otras cosas, que los dibujos, por sí solos, también pueden contar historias. También pueden ser escritura. Que leer cómics como tiras de diálogos ilustrados es perderse toda la capacidad narrativa y expresiva que esconde la ilustración.

Esta historia me ha recordado, quitando los dramas sentimentales, a la película Entre copas. Tiene el aire disfrutón y desenfadado de esos pequeños placeres de la vida que sólo se disfrutan de verdad cuando se comparten. El blanco y negro del dibujo es cercano, no necesita de ningún color para ser acogedor y cálido. Y al cerrar el libro tras pasar la última página, he sonreído, satisfecho, como tras una comilona en buena compañía, y ahí estaba, ese olor, esa paz, esa mezcla de risas, distensión y hospitalidad que vibra en el aire y que inmediatamente te descarga una corriente de alegría por las venas. 

Étienne Davodeau y Richard Leroy



jueves, 14 de junio de 2018

KANADA (Firma invitada)

Me sorprende la fascinación que las guerras del pasado siguen ejerciendo sobre los seres humanos del presente. Me sorprende que la humanidad se conmueva ante los relatos de las grandes guerras o de nuestra guerra civil, que quieran seguir aprendiendo sobre estas y que encuentren verdadera pasión en películas, ensayos o novelas que retoman desde diferentes perspectivas el horror.

A mí no me interesan especialmente las historias sobre la guerra y sus desastres. Puedo entender el interés que suscitan en los demás y también entiendo por qué yo prefiero mantenerme alejada de ellas, quizás por mi carácter pacífico y conciliador. En la actualidad, somos pocos millones de personas en el mundo los privilegiados que no hemos sufrido una guerra ni sus consecuencias; los que podemos decir, a pesar de todo, que vivimos en un estado de bienestar. ¿Por qué buscar el horror en la literatura?

Con Kanada lo he aprendido. Porque en la guerra se presenta la condición humana en sus formas más puras y más impuras. Hay que seguir escribiendo y leyendo sobre las guerras. El holocausto no debe olvidarse jamás. Por eso, el testimonio del protagonista de esta novela hondamente desgarradora debe ser un mapa con el que guiarnos hacia la paz, hacia todas las paces del mundo, las del pasado, las del presente y las del futuro. Fundamentalmente esas últimas.

Desde Nada, de Laforet, no había leído una obra maestra de una voz española tan joven. Juan Gómez Bárcena, desde sus treinta y tres años, ha escrito un tratado filosófico sobre el tiempo, las consecuencias de la guerra, la inocencia y la culpa, los remordimientos, el lenguaje y la ambición desmedida de quienes, ante todo, quieren sacar algo del sufrimiento humano. Su historia se retroalimenta y es una sola, yendo de atrás adelante como en una banda de Moebius donde existe una sola superficie, una sola cara, un solo borde. Una historia en la que pasado y presente son uno solo, como en un poema de T. S. Eliot.

Juan Gómez Bárcena
Narrada desde la originalidad de la segunda persona en la que el lector se ve constantemente apelado, la novela cuenta la vida de un superviviente húngaro de un campo de concentración. Narra la vuelta a su casa, ese lugar que habría deseado que también estuviera derruido, y la vida miserable que lleva encerrado en su despacho recordando, durmiendo y soñando en los años posteriores a su salida del campo. Conforme avanza la novela, la historia se recrudece y escuchamos dentro de nosotros mismos los pensamientos del protagonista: el remordimiento, la culpa de sentir que ha sido partícipe también él del horror de los campos. Y acabamos encontrándonos en el epicentro de uno de ellos, Kanada, y vemos las pirámides de objetos requisados a los presos, y vemos las pirámides de cuerpos macilentos, y olemos la pira de cuerpos quemados y comprendemos qué es eso del instinto de supervivencia.

El horror del pasado y el desequilibrio mental producto de la guerra son dos constantes a lo largo de toda la novela. Por eso, esta no es una novela fácil. ¿Pero quién espera un texto fácil de una realidad tan compleja y paradójica como la de los presos durante y tras el holocausto?



lunes, 11 de junio de 2018

LA NOCHE QUE NO PARÓ DE LLOVER

Esta estupenda novela publicada hace un año me ha gustado mucho más que lo que las primeras páginas parecían prometer. Me han seducido su lenguaje coloquial, las relaciones familiares entre Emma y su madre, tan reconocibles, y ese amor tan bello entre Emma y Laia (por fin vamos disfrutando en los últimos tiempos de literatura donde las relaciones bisexuales y lesbianas dejan de ser algo ajeno o extraño para ser admitidas, aunque por desgracia no todavía por toda la sociedad, cada vez de forma más extendida). 

Valeria Santaclara es quizá el personaje principal, una señora de ochenta años de la burguesía asturiana, de derechas, franquista, a la que su egoísmo no le ha permitido ser feliz a pesar de, como ella dice, haber hecho un buen matrimonio, y de haber contado con tantos dones como le han sido concedidos. Guapa, estilosa, con dinero, con modales, tiene buena voz para cantar pero no lleva muy bien que su hermana, menos agraciada y privilegiada que ella y con ideas progresistas, consiga ser más feliz.

Laia es la psicóloga que llega a Gijón por el amor de Emma y recibe a Valeria en su consulta porque ésta no se atreve a abrir un sobre. En él está escrita la palabra perdón y contiene una carta que le dejó su hermana antes de morir. En las sesiones con Laia va desgranando su vida, y a través de ella vamos vislumbrando la realidad de aquella España de la dictadura, incluso de la Guerra Civil, cuyos bandos enfrentados están tan bien reflejados en su misma familia, con una madre conservadora  y un padre progresista.

Me interesan todos los enfrentamientos que tantas veces han destruido vidas y provocado tantos sufrimientos durante el siglo XX, y siento que todos sus testimonios son necesarios, imprescindibles para tratar de comprender aquello que nunca debía haber sucedido y que sólo la ignorancia y la violencia, casi siempre masculinas, perpetúan.

Perfiles en su mayoría femeninos y universales, el tema de la maternidad en la pareja de Emma y Laia y la sorpresa final con la apertura del sobre misterioso hacen de esta novela una lectura muy amena y enriquecedora. 



jueves, 7 de junio de 2018

LA SEMILLA DE LA BRUJA

En 2014 se lanzó el proyecto Hogarth Shakespeare con el objetivo de que escritores contemporáneos eligieran una obra de Shakespeare para usarla como inspiración en una novela-homenaje al bardo inglés. De momento se han unido al proyecto autores como Jeanette Winterson, Jo Nesbo, Anne Tyler, Tracy Chevalier, Edward St. Aubyn, Howard Jacobson y Margaret Atwood. Yo he empezado por la novela de esta última y me he quedado impresionado: si todas son así de buenas, ¡tengo festín literario para rato!

Me apasiona cómo está construida la trama. La autora utiliza la representación de La tempestad, llevada a cabo por un grupo de presos en una cárcel canadiense y dirigida por un director de teatro caído en desgracia, para desarrollar los paralelismos entre la obra de Shakespeare y sus propios personajes, todo unido por la idea de venganza. Los personajes de Shakespeare, al igual que los actores que los representan, están presos, náufragos en una isla que es su cárcel; y el personaje principal de la novela, al igual que Próspero en La tempestad, busca la venganza por haber sido desposeído de su poder y su influencia. Es un juego de planos narrativos verdaderamente cautivador. Irónico, y por momentos, desternillante. 

Por orden del director, las únicas palabrotas que los presos pueden usar son las que aparecen en La tempestad. Y es hilarante leer los insultos isabelinos en la boca de criminales canadienses de hoy en día. 
¡Que te den, perro pecoso! 
¡Inmundo pestífero! 
¡Monstruo escorbútico! 
¡Cabeza de ciénaga! 
¡Semilla de bruja! 
No hay nada como ampliar el vocabulario arrojadizo para hacer las delicias de un grupo de hombres recluidos que no tienen nada mejor que hacer que lanzarse palabras unos a otros. 

El protagonista, este genio del teatro, se ha pasado varios años solo, en una cabaña, rumiando su derrota. La nieve, el silencio y el aislamiento le han llevado a confundir la realidad con el deseo. "Somos del material con que se hacen los sueños". Ve cosas que no existen, personas que murieron. Y lo sabe. Se da cuenta. Pero no se resigna. No quiere resignarse. Resignarse significaría ceder, rendirse al desánimo, aceptar que su destino se reduzca a no volver nunca a experimentar la adrenalina de un estreno, a no salir nunca más de la isla a la que llegó naufragado. Y él quiere recuperar su vida. Su pasión. Qué demonios, quiere su venganza.

La semilla de la bruja es un fantástico homenaje al teatro. Al teatro como espectáculo, como creación, como forma de escaparse de sí mismo, de desdoblarse, de ser otros. El teatro como redención, también. Qué mejor catarsis que un asesino interpretando a Macbeth. Que un hombre de teatro sediento de venganza utilizando el arte de las mil caras para cambiar la realidad y recuperar su razón de vivir. 


Margaret Atwood




lunes, 4 de junio de 2018

LA BUENA LETRA

Como ventanas. Los capítulos cortos de este librito son como ventanas abiertas a otro mundo. Y lo he leído asomado a ellas, disfrutando del aire húmedo e íntimo de su prosa. Despacio. Maravillado. Conmocionado. Ojalá no se acabara nunca esta novela. Esta voz femenina que le cuenta a su hijo la historia de su familia, voz-letanía, voz-lamento serenado con los años que sin embargo no ha perdido el matiz de la rabia, del inconformismo, de la dignidad. Como todas las historias familiares, y más las que sufrieron una guerra, esta historia está surcada de grietas. De silencios, de palabras heridas, impronunciables, que nunca sanan porque nadie se atreve a pronunciarlas. Hay una sensibilidad sofocada por el miedo. Un amor prohibido escondido en un cuaderno de bocetos lleno de retratos de un mismo rostro de mujer. Y el deseo, escondido, como "una certeza resbaladiza, un aceite que se escapaba entre los dedos y dejaba manchas".

El relato comienza en los años de la posguerra. Describe aquel silencio asfixiante. El marido de Ana ha vuelto del frente, vencido, y apenas se deja ver por el pueblo. Ella, obligada a salir, acude al mercado de madrugada, cuando aún no han terminado de poner los puestos, para no exponerse a las malas miradas o improperios de la gente. Roja, furcia, escoria, fuera de aquí. Ese desprecio. Y luego, la miseria. El frío. La violencia. La guerra que no cesa, que se prolonga en el odio de los vencedores hacia los vencidos, en la humillación diaria y el rencor de los que creyeron en un ideal de justicia y sólo recibieron palos. En los tiros de madrugada contra la tapia del cementerio. Y los trapos ensangrentados, presos no reclamados que no verían la luz de un día más.

"Empujábamos, ciegos y mudos, buscando sobrevivir, y a pesar de que nos lo dábamos todo unos a otros, era como si sólo el egoísmo nos moviese. Ese egoísmo se llamaba miseria. La necesidad no dejaba ningún resquicio para los sentimientos".

"La miseria no nos dejaba querernos. Era como vivir entre ciegos".

El hambre y la miseria deshumanizan. Destrozan los vínculos afectivos y vuelven a los hombres desconfiados y salvajes. Y después, cuando la situación mejora y las primeras frutas y verduras y trozos de tocino vuelven a entrar en la casa, la protagonista se siente afortunada y feliz: piensa que haber burlado al hambre es una hazaña de millonarios. 

Rafael Chirbes
Me imagino el sonido de su voz, en la penumbra. Capítulo a capítulo, contando una larga historia en pequeños episodios, evocando tiempos pasados con una voz suave, lejana, cargada de capas de recuerdos. Proyectando el calor de todas esas vidas desaparecidas en la mente de su hijo. Una voz con dedos largos que llegan a tocar cosas que quedan fuera del alcance de los demás.

Qué placer de literatura, qué fluidez, qué gusto da leer un libro con una prosa tan cuidada, tan precisa y natural. Es elegante, emocionante en su sobriedad. Un verdadero logro esa voz femenina, tan íntima, tan sencilla. Como en París-Austerlitz, su novela póstuma, hay mucha belleza herida, muchos sueños incumplidos en esta historia. Sueños que sobreviven al paso del tiempo en baúles viejos y carpetas olvidadas, sueños que, antes de que se deshagan definitivamente en el olvido, resurgen en la voz íntima y dolorida de esta madre que abre su corazón para contarle a su hijo el origen confuso, herido y anhelante de su familia y de su vida. 



jueves, 31 de mayo de 2018

LOS SANTOS INOCENTES

Uno escoge lo que lee por muchos motivos. Por la portada, por la editorial, por el tema, por el título, por la sinopsis, porque todo el mundo habla de él, porque nadie habla de él, porque conoce al autor, porque alguien se lo recomienda. Yo me dejo recomendar poco. No sé por qué. Quizá porque sé lo difícil que es compartir gustos con los demás. O por esa manía mía un tanto infantil de querer equivocarme yo solito y no por haber seguido indicaciones ajenas. En fin. Lo cierto es que cuando me dejo recomendar me lo tomo como algo íntimo. Leo el libro a través de los ojos del otro, me empapo de eso que le ha gustado como si me desdoblara. Y cuando acierto es una fiesta. 

Algo así he hecho con este libro. Creo que nunca lo habría leído sin la recomendación de P. Pero lo que es seguro es que no lo habría disfrutado tanto si no llega a ser por el filtro de su entusiasmo con el que me he zambullido hasta el fondo de esta historia salvaje y descarnada de un mundo en buena medida desaparecido pero que en las manos de Delibes se vuelve carne palpitante. 

Historia salvaje y descarnada, sí. Y, aparentemente, de difícil acceso. Acostumbrados como estamos al lenguaje escrito, con sus reglas de puntuación y su coherencia discursiva, leer las dos primeras páginas de esta novela requiere mucha atención y cierta paciencia. Es como llegar a un pueblo perdido de Extremadura e ir descifrando las frases de la gente a través del velo cálido de su acento. La impresión es fuerte pero dura poco. Así como a los cinco minutos uno ya comenta que hace una mijita de calor o se pregunta si la casa quedó bien afechada, a las cinco páginas la extrañeza desaparece y uno vuela por la novela como si el tono coloquial, hablado, hasta cierto punto experimental, fuera el tono de siempre de todas las novelas. 

Salvaje y descarnada. Y violenta. Y atemporal. Trata de la soberbia de los que han crecido creyéndose por encima de los demás. De los que sojuzgan porque no entienden otra forma de relacionarse con quienes consideran inferiores. Y de los que bajan la cabeza y aceptan que su lugar en el mundo estará siempre un escalón por debajo porque siempre ha sido así, porque rebelarse es propio de insensatos, de locos. O de inocentes. Es una historia, también, sobre el amor a la naturaleza y la conexión profunda que se puede establecer entre un hombre y un pájaro. Tan profunda que quebrarla puede desencadenar el fin del mundo. 



lunes, 28 de mayo de 2018

ENTRADA 500. GRACIAS, DE CORAZÓN

Vamos a hacer un blog de recomendaciones literarias. La idea era sencilla: trasladar a internet nuestra pasión recomendadora, esa que diferencia las librerías pequeñas de Amazon, y hacía de la nuestra un lugar especial y acogedor de diálogos sobre pasiones literarias. Escribir aquello de lo que hablábamos. No sólo para intentar llegar a más gente sino para dejar constancia de esas pasiones. El blog, también, como álbum de recuerdos de libros leídos, amados y compartidos. 

Y aquí estamos, cinco años y medio después, leyendo con la pasión voraz de siempre, dejando que los libros nos seduzcan, nos alimenten, nos atraviesen y se queden en nosotros mientras escribimos sobre ellos. Siempre he pensado que escribir sobre un libro que me ha gustado es una forma de recoger todas esas impresiones y emociones que se han ido quedando en el aire durante su lectura, bajarlas a la tierra y darles un sentido que las haga mías. La reseña como una forma de apropiarme del libro leído para hacerlo real, para sentirlo más cerca y para dárselo a los demás, filtrado por mi entusiasmo. 

Cinco años y medio después de aquella idea sencilla, hemos alcanzado las quinientas entradas y, la verdad, me cuesta creerlo. Esta reseña festiva es para descorchar una botella y brindar por vosotros, queridos lectores, por todos los que habéis tenido la bendita paciencia de llegar hasta aquí, por los lectores de Chile, Argentina, Brasil, Italia, Estados Unidos, Singapur, Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia, Ucrania, Nueva Zelanda y quién sabe cuántos bellos y lejanos países que nos visitan, por todos los que os vais sumando por el camino, nos aportáis sugerencias y nos animáis a seguir reseñando. Porque nunca habríamos tenido la osadía de escribir esta cantidad disparatada de recomendaciones literarias sin vuestros clics, comentarios e irrupciones triunfales a la librería exclamando: ¡necesito el libro ese que has recomendado en el blog! 
Gracias, de corazón.