jueves, 27 de febrero de 2020

UNA BODA EN LYON

Cada nuevo libro de Zweig publicado por Acantilado es un pequeño acontecimiento. Acontecimiento privado e íntimo, que disfruto como un placer solitario y secreto. Leo a Zweig con lealtad. Con devoción, incluso. Convierto cada libro en una especie de ritual. Como quien cena el primer viernes de cada mes en su pizzería favorita. Como quien visita cada primer domingo de noviembre aquel lugar recóndito del bosque donde años atrás esparció las cenizas de su padre y cerró los ojos, pensando en los enormes huecos que deja la ausencia. 

Y no importa demasiado si la novedad traducida de Zweig es una biografía, un ensayo, una novela o, como en este caso, una pequeña recopilación de relatos cortos que nos llevan desde el polvo de Jericó hace veinte siglos hasta un reencuentro inesperado en una cárcel de Lyon en plena revolución francesa. Invariablemente siento de una forma muy viva esa emoción profunda, esa compasión tan expansiva y generosa hacia el dolor humano que desprenden siempre sus historias, y me admira su profunda comprensión del significado inesperado que cobra la vida de sus personajes cuando se ve amenazada. Sus relatos son espejos donde uno puede ver reflejados, a menudo de forma turbadora, su propio miedo y su propio dolor, pero también la común necesidad de consuelo que nos hace humanos. 

Leo estos relatos de Zweig como si fueran compañeros de paseo. Imagino una calle desierta junto a un río, una hilera de árboles y una luz crepuscular. Imagino que la voz que me acompaña es la de Zweig, poniendo palabras a la luz ambarina de la tarde y a la sensación de estar en paz, de desligar la mente de los laberintos del pasado y de la bruma del futuro y acariciar el presente como si fuera una bufanda vieja, suave de tantos lavados. Imagino que la voz me cuenta historias que no conozco pero que me resultan familiares, reconfortantes como una madre contándote su última peripecia. Imagino que la voz me guía en la creciente oscuridad de la tarde y, llegado el final del camino, concluida la historia en un susurro, enlaza suavemente mi cadera para señalarme el camino de vuelta a casa, al hogar donde descansan, plenamente vivas, todas las historias.



lunes, 24 de febrero de 2020

EL BUSCÓN EN LAS INDIAS

"...determiné de pasarme a Indias a ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como v. m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres". 

Así termina Quevedo El Buscón, dejando a su protagonista don Pablos de Segovia a punto de embarcar hacia el nuevo mundo, en busca de mejorar en algo su mala fortuna, de la que nunca fue del todo inocente, y prometiendo continuar sus andanzas en una segunda parte que nunca llegó a escribir. Ayroles y Guarnido han tomado el guante donde lo dejó Quevedo y, en un espectacular homenaje al más bribón de todos los pícaros y al genio que lo creó, han escrito y dibujado las aventuras de don Pablos en busca de El Dorado. 

Nada más pisar las Indias, escucha nuestro bribón hablar de las riquezas sin fin que se ocultan en los confines del Perú. Allí te sientas en el suelo y, al levantarte, ¡te brilla el culo de oro!, le aseguran, y no necesita nada más el bueno de don Pablos para dirigirse a toda costa hacia esa promesa de holganza sin fin. Pero ay, en la vida de un pícaro no pueden faltar las desgracias, y el pobre las va encadenando una tras otra, fiel a su espíritu y al segundo mandamiento que le inculcó su padre: "no trabajarás". Aunque para consolarse, siempre puede transformar sus cuitas en historias, y decirse: "ten siempre presente que las más dolorosas de nuestras desventuras pueden mudarse, bajo la pátina de los años, en sabrosas anécdotas". 

Anécdotas que, con su labia y su buen porte, le empiezan a abrir puerta tras puerta. No en vano, y en todas las épocas, "las mentiras más infames pueden ser creídas. Basta con adecuarlas al pecado de quien las escucha". Así se da cuenta de que con cierta facilidad sus bellas palabras pueden transformarle de pícaro en archicanalla, y es que ¿por qué contentarse con sobrevivir si tienes los medios para apuntar mucho más alto? 

Ayroles y Guarnido (este último conocido especialmente por su fantástica serie de Blacksad) sí que han apuntado alto. Altísimo. La apuesta era arriesgada y no podía haberles salido mejor. Tanto por la ilustración preciosista y exuberante como por las sorpresas de un guion hilado con un pulso narrativo fabuloso, este Buscón en las Indias es uno de los cómics más brillantes que he leído nunca. 



jueves, 20 de febrero de 2020

DOÑA PERFECTA

Desde que de adolescente leí frenéticamente la primera serie de los Episodios Nacionales, no había vuelto a Galdós. Y no sé bien por qué. Quizá porque pensaba, erróneamente, que ya lo conocía, o que sus novelas serían (error tras error) versiones descafeinadas de La Regenta. Lo cierto es que daba a Galdós por hecho, por leído, por conocido, sin tener ni idea de la riqueza inabarcable de sus novelas y la cantidad de placer lector que me tenían reservado. ¿Y por qué empezar por Doña Perfecta? Pues porque el título me hacía sonreír, pensando en todas esas doñas perfectas que me encuentro con frecuencia en la librería, y porque la amiga más galdosiana que tengo me la había recomendado como puerta de entrada (o de retorno) a su dios literario. ¿Qué mejores motivos puede haber?

Ya desde el primer capítulo me sedujo la ironía del narrador. La ironía elegante, mordaz y vivacísima que me llegaba clara y directa como escrita ayer mismo. Y eso es lo extraordinario, porque no hay cosa más proclive a perder vigencia que la ironía. Para que esta nos llegue sin interferencias uno no sólo tiene que entender las referencias que la sustentan sino la posibilidad de mofa que esconde la sugerencia de su contrario. Que la ironía de Galdós, tan abundante, se perciba perfectamente hoy en día da una idea de lo universal que es su prosa.

Y tras la ironía, los personajes. ¡Qué personajes! Ese canónigo tan melifluo, sinuoso y cizañero que no podía llamarse sino Don Inocencio, esa muchacha pálida de belleza normalita llamada Rosarito que enciende corazones más por lo que simboliza que por su porte o su ingenio, y esa Doña Perfecta, esa señora beatona y remilgada, de miradilla siniestra cubierta por una dulzura calculada que me recuerda a tantas personas hoy en día que pienso que si el bueno de Galdós pudiera observar desde mi taburete tras el mostrador a algunas de las señoras que me visitan en la librería, crearía unos personajes como mínimo tan redondos e irresistibles y de nombres tan perfectos como los de este prodigio de novela.

Esta novela, como otras de Galdós, presenta dos mundos en colisión, dos Españas opuestas por siglos de atraso y de conservadurismo. La España que huele a cerrado y a sacristía, que ora y bosteza, como decía aquel poema de Machado, y cuando se despierta embiste, contra la España ilustrada y liberal que, harta de carlistas y nostalgias de héroes visigodos, trata de tirar del país hacia la ciencia y la libertad. 

Benito Pérez Galdós
Es una novela apasionada, con escenas de una emoción y un patetismo casi lorquianos. Y que anticipa tantas cosas. La exaltación patriótica, de patria y religión y culto al martirio por la gloria de dios me recuerda a esos vivas a la muerte de los legionarios de Millán-Astray. Y todavía más cercano me ha parecido el conservadurismo de los que nunca han salido de su pueblo (o su urbanización vip del extrarradio) y se creen todas las mentiras con las que otros atizan su ira. 

Reverencia por la tradición católica, idolatría de los mitos patrios, desprecio por las ideas que cuestionan la pureza de "nuestra cultura milenaria", el ideario nacionalista de buena parte de la derecha española ya aparece en las novelas de Galdós ridiculizado de la manera más exquisita y contundente. Y aunque está claro que don Benito fue un genio adelantado a su tiempo, resulta fascinante ver cómo tantos jóvenes defienden con tanto ímpetu en pleno 2020 ideas que en 1870 ya apestaban tanto a rancio.

Al igual que en La Regenta, que en Anna Karénina, que en Madame Bovary, y a pesar de la disparidad de estilos, hay una mujer enclaustrada en la rigidez moral de su época que despierta al amor y se da cuenta de que ese dios y esas normas y esa educación que ella creía hogares seguros no son más que jaulas que la tiranizan y le amordazan sus ganas de vivir.

Y nada de caricaturas, o de lecciones morales baratas. Aquí late la vida, con todas sus ambigüedades y contradicciones, una vida compleja y fascinante, que está por encima de cualquier pedagogía.

Novela de ingenio, de ritmo fulgurante, Doña Perfecta me ha dejado asombrado, divertido y sin resuello. ¡Más Galdós para la vida, por favor!





lunes, 17 de febrero de 2020

OBRA COMPLETA. ELIZABETH SIDDALL

Elizabeth Siddall flota boca arriba en una bañera, con las manos abiertas al cielo, como si pidiera perdón. Para el pintor que la mira ya ha dejado de ser la chica pelirroja de piel blanca como el mármol que ha venido a posar para él y se ha convertido en Ophelia. Una mujer heroica y eterna. Una muerta. Mientras imagino a John Everett Millais empezando a pintar suenan en mi cabeza las primeras notas del primer nocturno de Fauré, esa delicadeza, esa melancolía: 

Tus fuertes brazos alrededor, amor, 
mi cabeza sobre tu pecho,
susurras palabras de aliento
pero mi alma no halla consuelo. 

Son las palabras de Elizabeth, la muerta, que no solamente es la modelo más admirada por la Hermandad de los Prerrafaelitas, sino que es también pintora y, cuando la enfermedad no la deja pintar, poeta. Sus versos hablan de hojas caídas, de anhelo, de verde hierba creciendo fuerte sobre tumbas recientes. De enfermedad, también, como la que repta por el agua cada vez más fría en la que flota boca arriba, con los ojos y la boca abiertos, como si rezara. 

Pues no soy más que una cosa asustada
y nunca seré nada
salvo un pájaro de ala rota
que debe alejarse de ti.

El piano de Fauré se queja, llora como Elizabeth ante su niña que nació muerta. Modelo y musa de tantos hombres célebres, los cuadros que la retratan emborronan a la mujer que fue y la convierten en un icono, una imagen fantasmagórica, etérea e irreal que sobrecoge. Este librito que reúne su obra completa es una mano que frota la humedad del espejo empañado a través del que siempre la hemos visto. Detrás de las múltiples representaciones que artistas ilustres hicieron de ella, hay una mujer que pintaba, que escribía, que fue madre de una niña muerta, que murió muy joven y que ahora vemos con más nitidez, menos pálida, quizá, un poco más de cerca. 


Ophelia, por John Everett Millais (detalle)



jueves, 13 de febrero de 2020

EL CORAZÓN DE INGLATERRA

Hay gente a la que da gusto escuchar. Empiezan a hablar y uno se queda un poco embobado ante la fluidez de su discurso, ante esas frases bien construidas que se enlazan unas con otras con elegancia y que dicen lo que quieren decir con la sencillez de quien ha nacido para expresarse con soltura. Dan un poco de envidia, hay que admitirlo. Esa capacidad de encontrar las palabras justas que trencen un pensamiento desde la primera palabra hasta la última sin un solo titubeo es algo extraordinario, y que no siempre apreciamos en su justa medida porque a menudo viene disfrazado de una naturalidad engañosa. 

Algo así me ha pasado con esta novela de Jonathan Coe. Parece haber sido escrita sin ningún esfuerzo, del tirón, sin tachaduras ni dudas. Sus largos diálogos llenos de vida fluyen como si el autor ya tuviera todos los intercambios en la cabeza, o mejor, como si una vocecita siempre inspirada le fuera dictando al oído cada frase, en un orden y con un tono precisos, sin que sobre o falte una palabra. 

Estamos en 2010. Benjamin, un hombre en la cincuentena, vive en una casa al borde de un río que parece sacada de un cuadro de John Constable, y la reciente ruptura con el amor de su vida parece que le está sentando de maravilla. Vivir en el campo armoniza de alguna manera con su necesidad de paz, de retiro espiritual lejos del ruido de la gran ciudad, de las turbulencias sociales y de la política. Lo que aún no sabe es que es en ese corazón de Inglaterra donde se está empezando a quebrar poco a poco la convivencia, y a formar el resentimiento hacia la élite política por parte de una clase media que pensaba que su bienestar iba a durar para siempre si seguían trabajando y pagando y respetando las normas como hasta entonces. 

Me ha encantado la descripción de ese corazón de Inglaterra, que une y desune las vidas de Benjamin y sus familiares y amigos. Esa Inglaterra profunda, destilada en la música de Elgar, en las cabinas de teléfono rojas, en las plazas adoquinadas con jardines, en las miles de tonalidades de verde, en los paisajes pulcros y relucientes trazados con compás, y en esa alegoría tan potente de Tolkien que representaba el carácter de la campiña inglesa en el idílico paisaje pastoral de la Comarca, y en la terquedad y bonhomía de esos hobbits "intrépidos y estrechos de miras, dados a la somnolencia y la autocomplacencia cuando se los deja a su aire, pero fieros cuando los provocan y los mejores compañeros cuando hay una crisis que resolver".

El tema de la novela es el Brexit. Pero al final el Brexit es, creo, sólo el detonante de un descontento más profundo que no es exclusivo de Inglaterra. Cualquiera puede reconocer en la España de 2020 ese permanente estado de crispación, de ira contenida, en mucha gente que necesita encontrar diariamente un culpable en el que descargar su frustración. Y como la ira es demasiado indefinida, como está provocada por demasiadas pequeñas frustraciones distintas como para aplacarse con un solo objetivo, la disparan contra todo lo que les irrita, desde los radares de las carreteras hasta los políticos de los partidos tradicionales, pasando por los inmigrantes, la comida vegetariana, el ruido de las ciudades o el portero del equipo contrario. 

Y a pesar de toda la bronca, de esa moda de buscar pelea y hacer callar a gritos a todo el que piense diferente, una leve ironía recorre toda la novela. A veces se inclina hacia la risa, otras hacia la melancolía, otras hacia el discurso de la rabia, pero siempre está presente, como un aroma imperceptible, como una base de color sobre la que se va dibujando toda la historia.

El corazón de Inglaterra es un ejemplo fantástico de cómo hacer buena literatura con un tema político de candente actualidad sin caer en la demagogia, en el panfleto o en la simple denuncia. Es una instantánea sutil y muy nítida de un país quebrado por la xenofobia y el miedo a un futuro incierto, un espejo incómodo en el que cualquiera puede reconocerse. 



lunes, 10 de febrero de 2020

CALOMARDE

Qué bueno, Sergio, qué bien me lo he pasado con tu Calomarde y cuántas cosas he aprendido. Por favor, señores escritores, más libros de historia así, divertidos, cautivadores, con retranca e ironía fina cuando toca, de prosa colorista y sabrosa, escritos con gracia y buen humor. Ya la editorial Libros del KO me tenía ganado con la iniciativa de publicar una colección de biografías de personajes históricos "no necesariamente ejemplares", pero este librito ha superado todas mis expectativas. 

Hace una semana no tenía ni idea de quién era Calomarde. Eso da una idea, además de mi ignorancia histórica, de lo furtivo y sibilino del personaje. Jefe de la policía secreta de Fernando VII, fomentó la buena costumbre de encerrar y ahorcar a demócratas, a la vez que reprimía a los absolutistas que osaban desafiar a su rey, lo que le granjeó un odio generalizado en todos los partidos. Pero piano, piano, vayamos por partes. 

La historia comienza en una Zaragoza que tampoco conocía, desaparecida tras la destrucción que trajo consigo la Guerra de Independencia. Una Zaragoza de la que salió Goya hacia Madrid poco antes de que llegara el joven Calomarde, y que a finales del siglo XVIII era una urbe en efervescencia, con tradición universitaria y editorial, "que mezclaba toda la mugre y el apelotonamiento de las villas medievales con la pujanza saneada y reformista de los nobles ilustrados".

Desde esta ciudad hoy desaparecida llega a Madrid el joven Calomarde a finales del siglo XVIII. Arribista y funcionario corrupto, fue también un hijo del siglo de las luces, una mente que, al menos en su juventud, también buscaba racionalizar la agricultura y tratar de optimizar una economía anémica. Le tocó vivir una época convulsa, el final del Antiguo Régimen y el inicio de algo que todavía no se sabía muy bien qué era en una España "que no sabía ni por dónde empezar a organizarse, liada en una red densísima de instituciones medievales dirigidas por nobles seniles, la mitad de las cuales ni siquiera se sabía para qué servían ni qué administraban".

Tras la guerra, fue despreciado por los liberales aragoneses de Cádiz, que veían en él no al reformador que pretendía ser sino a un advenedizo desclasado a la sombra del traidor Godoy, y fue entonces cuando se convirtió en el personaje siniestro por el que sería recordado. Sus máximas fueron patria y religión. Teología en lugar de filosofía. Nada de Voltaire ni de ínfulas democráticas. Creó las primeras escuelas de tauromaquia, y fue cómplice de El ángel exterminador, sociedad secreta que usaba la violencia para acabar con los liberales y afianzar el absolutismo, y que conocemos bien los que hemos seguido la serie El Ministerio del Tiempo.

Sin duda, en el Madrid de 1820 se tuvo que cruzar con Goya, del que es probable que sintiera una envidia peligrosa: "de origen similar, educados en la misma Zaragoza, frecuentadores de los mismos personajes, Goya era una gloria admirada y ya casi mitológica, mientras que él era un delator, una serpiente, una ratilla de covachuela". Por momentos, este Calomarde de "modales reptilianos y susurrantes" me ha recordado al Fouché que descubrí en la biografía de Zweig, otro político capaz de sobrevivir a todos los cambios de régimen sembrando a su paso cadáveres de oponentes. 

Por último, me ha gustado saber que a Calomarde le reprocharon su origen humilde tanto o más que su crueldad. Ya entonces pasaba algo parecido a lo que ocurre hoy con el prejuicio de clase de la política española: el poder siempre es más legítimo si proviene del barrio de Salamanca que si sale de la chusma de Vallecas. 

He terminado este librito feliz y entusiasmado. Gracias, querido Sergio, por saber despertar mi fascinación desde el primer párrafo y por ese desparpajo que me encandila. ¿Para cuándo el siguiente villano de la historia?



jueves, 6 de febrero de 2020

HIJOS DEL ANCHO MUNDO

Leí esta novela por primera vez hace diez años, y al releerla ahora, me he dado cuenta de hasta qué punto la había olvidado. ¿Cómo es posible olvidar algo tan bueno? Recordaba imágenes sueltas: la imagen de una Etiopía desconocida, desde la ocupación italiana en los años treinta hasta la independencia de Eritrea en los setenta, y cómo la turbulencia política influye en el microcosmos del hospital; algún rasgo de algún personaje; algo de ese parto prodigioso del que nacen los hermanos protagonistas y que se prolonga durante casi ochenta páginas. Pero me había olvidado de lo esencial, del talento de Abraham Verghese para construir personajes inolvidables con cariño e ironía, y hacerte reír, pensar, llorar y sentir en cada página. 

Marion y Shiva nacen con sus cabezas pegadas por una fina membrana que el médico corta tras sacarlos del vientre de su madre. De padres médicos, el hospital Missing es su hábitat natural, y la práctica de la medicina, la vocación de sus vidas. Inseparables desde siempre, cuando se tocan sus cabezas sienten seguridad y plenitud, es un hogar en el fin del mundo. Se mueven y responden como un solo organismo. Cuando uno corre sin el otro a su lado se nota extraño, como si le faltara algo. Como si fuera desnudo.

Estamos en los años cuarenta y la madre de los gemelos es una enfermera misionera india que ha viajado hasta Etiopía para llevar la curación y la palabra de dios adonde más las necesitan, porque ha aprendido que el hogar no es de donde eres sino donde te necesitan. La India está muy presente en toda la historia, a través de la nostalgia por el hogar de varios de los personajes, y de los aromas a especias que salen de las cocinas. Ya sólo esta mezcla de dos culturas tan distintas, junto a la propia historia de Etiopía, con su pasado imperial y la ocupación italiana, darían para una novela interesantísima. Pero lo mejor de Hijos del ancho mundo no es el contexto histórico, por apasionante que sea, ni la mezcla cultural, ni siquiera el amor por la práctica de la medicina. Lo mejor de Hijos del ancho mundo son sus personajes. 

Ghosh, Hema, Marion y Shiva tienen tanto magnetismo, tanta fuerza vital, que resulta imposible no incorporarlos a tu vida, no hacerlos tuyos, no sentir lo que sienten, vivir lo que viven, ansiar lo que desean. Esta es una novela de personajes, porque ellos son tan poderosos que logran eclipsar cualquier tema. Podríamos quitar las convulsiones políticas y sociales de Etiopía, podríamos olvidar la India, los exilios y hasta la medicina, y Ghosh, Hema, Marion y Shiva seguirían siendo una familia a la que cualquiera desearía con todas sus fuerzas pertenecer. 

Abraham Verghese
Aunque más de la mitad de la novela transcurre en Etiopía, a través de los ojos de los protagonistas también vemos otros lugares en los que ni la medicina ni la muerte se perciben de la misma forma. En Etiopía, nos cuenta Marion, la gente iba al hospital sabiendo que el resultado más probable era la muerte. Por eso la sorpresa era que los médicos curaran. En Estados Unidos, sin embargo, la gente iba al hospital confiando ciegamente en la curación. Por eso la sorpresa era que los médicos no pudieran hacerlo. En el país africano la muerte era la norma. En Estados Unidos, como si fueran inmortales, la muerte era la sorpresa.

Me alegro mucho de haber olvidado tanto esta novela. Ojalá mi olvido trabaje con la misma eficacia en los próximos años y en 2030 pueda volver a ella para disfrutarla de nuevo con una mirada virgen y asombrada ante las sorpresas y los matices. Y, como Hema, sentir la felicidad como dos ojos relucientes como diamantes y las manos con las palmas alzadas al cielo, dando gracias.



lunes, 3 de febrero de 2020

LA LLAMADA DE LO SALVAJE (Firma invitada)

¿Qué puede haber más salvaje que las condiciones atmosféricas extremas, el recuerdo de los ancestros o un aullido doliente en medio de la oscuridad más profunda? Ese ronroneo insistente, ese pálpito es el que atraviesa al personaje de la novela desde las primeras páginas.

¿Qué se dice de un clásico publicado hace 117 años y que mantiene intacta la universalidad y la atemporalidad? ¿Qué puedo yo, semiurbanita de una ciudad residencial de Madrid, encontrar en una novela tan alejada de mí en su ambientación geográfica y temporal? ¿Qué son para mí la fiebre del oro, los veinte grados bajo cero de la tundra canadiense, la conducción de trineos y las riñas por la supervivencia entre perros? Creo que no hay nada más alejado de mi realidad, de mi presente, y aun así, mantienen para mí una actualidad insólita. Quizás, he creído mientras me adentraba en la historia de Buck, porque ha sacado de mí a la niña sedienta de aventuras que llevo dentro.

¿Por qué he esperado veintimuchos años –los que llevo conociendo las letras y sus misterios– para leer un clásico de lo que hoy llamamos nature writing y que editoriales tan queridas como Volcano o errata naturae han traído de nuevo a las mesas de novedades? Quizás una mira en las estanterías de clásicos y se siente de algún modo alejada de su realidad. A veces me olvido de que la etiqueta "clásico" es lo que hace que los libros no estén nunca alejados de nuestra realidad. Y podrían haber pasado otros tantos años si no hubiera visto el trailer de la adaptación cinematográfica recién estrenada y que tiene como protagonistas indiscutibles a Buck (el perro que será ya para siempre mi favorito) y a John Thornton, interpretado con un rostro todo bondad por Harrison Ford.

Jack London.
La curiosidad me llevó al estante de los clásicos y rescaté de él un ejemplar de La llamada de lo salvaje publicado con el mimo que caracteriza siempre a Nørdica, una editorial que ya se ha convertido en un referente para los clásicos con ilustraciones y se ha hecho imprescindible para algunos títulos. Los tonos azulados de las ilustraciones de Javier Olivares y los dibujos afilados de las siluetas de hombres y animales otorgan a la novela el frío que recorre sus páginas y esa llamada silenciosa a los ancestros, al recuerdo ya borrado tras siglos de domesticación.

La aventura de Buck por encontrarse a sí mismo, utilizando un sintagma muy de moda en estos tiempos, es la aventura de la vida de cada uno de nosotros. Y mi yo infantil se ha regocijado y ha disfrutado de lo lindo de viaje en viaje, al calor de las hogueras de campamento y con el amor profundo de un perro moribundo por su salvador.

Si aún no habéis leído este clásico, no lo dejéis pasar ni un año más. Es fantástico.



jueves, 30 de enero de 2020

CORAZÓN QUE RÍE, CORAZÓN QUE LLORA y LA VIDA SIN MAQUILLAJE

Hace poco, en la librería, una señora apretó el bolso bajo el brazo y se fue mirando de reojo al ver que entraba un chico negro. No era la primera vez que pasaba. Al periodista español Moha Gerehou poca gente le cree cuando insiste que es de Huesca. Cuando Obama fue elegido presidente, millones de americanos prefirieron creerse el bulo de que era musulmán y había nacido en África antes que aceptar que tenían un presidente negro. Si los blancos occidentales solemos identificar como extranjero aún hoy, en 2020, a cualquiera que tenga la piel más oscura que nosotros, imaginad cómo trataban en los años treinta los franceses europeos a los franceses de Guadalupe cuando estos iban de visita a su querida metrópoli.

Maryse Condé nació en 1937 en Guadalupe, en una familia negra de clase alta educada en el amor a la cultura y la sofisticación francesas. Un amor voluntarioso y tenaz que no se arredraba ante el racismo evidente que sufrían cada vez que iban de vacaciones a París. En Guadalupe los consideraban unos arribistas soberbios, traidores de su raza, mientras que en París, los camareros de los restaurantes de lujo en los que cenaban les elogiaban su buen dominio del francés con un cumplido que para ellos era una herida en su identidad de franceses, tan duramente conseguida, que ningún francés blanco estaba dispuesto a aceptar. 

En Corazón que ríe, corazón que llora, Maryse Condé cuenta su infancia y adolescencia entre Guadalupe y París. En una serie de peripecias llenas de encanto y desparpajo, relata su educación en una familia orgullosa de haber dejado atrás el destino aciago de la población negra. En el liceo de París, una profesora bienintencionada y defensora de la multiculturalidad le pidió a la pequeña Maryse que hiciera una presentación de un libro de su tierra, y todo lo que esta encontró fueron relatos de esclavitud, algo tan ajeno a ella y a su experiencia como a sus compañeros. ¿Qué hacer? ¿Asumir una identidad en la que no se reconocía? ¿Adoptar, así, el rol que todos los blancos esperaban de ella? "Me dio por pensar, indignada, que la identidad era un vestido que tienes que ponerte, lo quieras o no". A diferencia de sus compañeros, ella tuvo que escoger una identidad. El color de su piel no le dejaba demasiadas opciones. 

En La vida sin maquillaje, nos trasladamos a África, donde una Maryse Condé casada y separada emprendió una búsqueda de sus raíces en la efervescencia de la descolonización. Allí aprendió el amor por un pueblo traicionado por sus gobernantes. Aprendió la compasión. Aprendió que nada pesa más que el sufrimiento de un niño. Aprendió que, como dijo John Lennon, "woman is the nigger of the world", y que no podía dejar que la encasillaran en todas esas pequeñas jaulas verbales (mujer, negra, antillana) que tanto daño hacen a las que no han nacido con privilegios. Poco a poco se fue dando cuenta de que la negritud no era más que una hermosa utopía. A menudo, el color de la piel no significaba nada. No hermanaba a nadie. Sólo dejaba patente lo tristes que podían ser los conflictos entre pueblos que siempre habían sido víctimas del colonialismo.

Este segundo volumen de sus memorias trata también sobre la maternidad, una maternidad insegura, marcada por mudanzas continuas, por el desarraigo, el destierro y el racismo. Su frescura y la sensibilidad llena de encanto que vive en estas páginas por momentos me han recordado a las novelas de Chimamanda Ngozi Adichie. Estos dos libros de memorias son una oda a la espontaneidad y a la libertad, frente a la rigidez de los que se pasan la vida pretendiendo ser otros, controlando y sofocando su verdadera naturaleza. Ambos cantan como pájaros enjaulados, con risa y con llanto, buscando la llave de su libertad. 



lunes, 27 de enero de 2020

FACHA

Mucha gente lee el título de este libro y lo entiende como un insulto. Y es que la normalización de la ideología fascista en los últimos años ha consiguido que el término fascista suene excesivo. Siempre asociaremos el fascismo a un pasado que es necesariamente peor que nuestro presente, porque lo vemos como algo absoluto, y no como un horror hacia el que se evolucionó poco a poco desde una cierta normalidad. ¿Exageramos cuando decimos que políticos de extrema derecha como Trump, Salvini, Orbán, Putin, Le Pen o Abascal promueven políticas fascistas? Para saberlo a ciencia cierta, hay que saber qué son las políticas fascistas y compararlas con las que hacen estos señores. He encontrado pocos libros más claros y útiles (y menos insultantes) que este de Jason Stanley. 

Siguiendo el ejemplo de Umberto Eco y su clasificación del fascismo en catorce puntos recogida en Contra el fascismo, el autor defiende que las políticas fascistas se basan principalmente en la promoción de un pasado mítico, de la propaganda, del antiintelectualismo, la jerarquía, la irrealidad, el victimismo, la xenofobia, la meritocracia y una división de la sociedad entre un nosotros y un ellos. Cada capítulo lleva al siguiente porque cada uno de estos aspectos forma parte de una estrategia global en la que todos están conectados y dependen entre sí. 

Muchas cosas me han llamado la atención de este libro. En especial, la idea de la influencia del racismo estadounidense en el auge del fascismo europeo tras la primera guerra mundial, y cómo las políticas racistas norteamericanas en los dos últimos siglos han promovido y siguen promoviendo la normalización de políticas fascistas, no solamente en cuestiones raciales, sino en muchos ámbitos de la sociedad norteamericana. Y me ha resultado asombroso que el libro, centrado en la política estadounidense con ejemplos de Rusia, Turquía, Hungría y Polonia, y escrito antes del ascenso de la extrema derecha en España, describe a la perfección, punto por punto, todas las tácticas usadas por Vox en los dos últimos años. Para cada ejemplo norteamericano o húngaro o polaco, podemos encontrar un ejemplo español. Hasta ese punto entran dentro del mismo esquema, cada uno con sus particularidades, todos los lenguajes fascistas. Hasta ese punto logran dañar las sociedades de la misma forma. 

Que nuestra identidad sólo sea posible a través de la marginación del otro es uno de los objetivos de las políticas fascistas. Jason Stanley insiste especialmente en esta idea: la división de la sociedad entre un ellos y un nosotros. Y aunque esta deshumanización no es una táctica exclusiva de la extrema derecha (no son fáciles de olvidar aquellas alusiones de políticos de Podemos a "los de abajo contra los de arriba"), todos los partidos de corte fascista insisten en ello desde sus ataques a la educación pública, al estado del bienestar, a los sindicatos y a esa defensa natural de la igualdad entre hombres y mujeres que ellos llaman ideología de género. Venden la intención de proteger la libertad y los derechos individuales, pero su objetivo es proteger únicamente la libertad y los derechos de un grupo elegido, su grupo. Un grupo homogéneo que comparte color de piel, idioma, cultura, religión e ideología. Quieren la libertad, pero sólo la de unos pocos. Y siempre a costa de quitársela a los que no son como ellos.

Quienes perciben el título de este libro como un insulto se sienten víctimas. Ellos, hombres blancos occidentales, se sienten amenazados por el creciente ascenso de las minorías que en unos años pueden arrebatarles sus privilegios. La igualdad, ese desafío a las leyes de la naturaleza, es una afrenta a su superioridad. Que las mujeres, el colectivo LGTBI o los inmigrantes puedan llegar a tener tantos derechos como ellos les inquieta. Y no lo aceptan. Sólo hay que ver cómo actúa la derecha de nuestro país cada vez que pasa a la oposición. No lo toleran. Y lo critican todo, hasta las medidas que ellos mismos aprobaron y que, si no son ellos quienes las aplican, pasan de considerarlas beneficiosas a tacharlas de nefastas. 

Me gusta tener este libro en la librería. No como provocación, sino como advertencia. El prólogo de Isaac Rosa lo explica muy bien: las políticas fascistas están normalizando lo que hace unos años considerábamos inaceptable, estamos comprando su discurso, entrando en debates estériles que parten de premisas falsas, estamos dejando que el miedo ante hechos inventados nos divida, tanto en Twitter como en las cenas familiares. Estamos sacrificando la razón para hacer de la emoción el motor de la política. Y ya basta. Desmontemos sus mentiras punto por punto. Una y otra vez. Recuperemos el respeto y la tolerancia, enarbolemos la empatía cada día, en cada conflicto. Pensemos que cada vez que nos definimos por lo que nos diferencia y no por lo que nos une, la convivencia se descompone. Y no nos lo podemos permitir. 




jueves, 23 de enero de 2020

LA FAMILIA AUBREY

Mi madre me dice que esta novela está llena de penurias y yo la miro sorprendido, ¿de verdad? Y sí, tiene razón, pero para mí hay demasiada luz y bondad por todas partes para que las penurias importen. Mi madre me dice que le solivianta ese padre irresponsable que dilapida todo su dinero en apuestas imposibles dejando en la pobreza a su familia, y yo la miro sorprendido, ¿de verdad? Y sí, también tiene razón, pero además de ludópata el padre es tan elegante, afectuoso, apasionado (y despistado, volátil y egoísta, vale) que me resulta muy difícil enfadarme con él. Mi madre y yo hemos leído la misma novela. Pero no. La misma novela nos ha leído a los dos, con nuestras diferencias, con nuestras expectativas. Hemos entrado en ella por caminos distintos y hemos visto y sentido cosas diametralmente opuestas. Y lo mejor es que estoy convencido de que si volvemos a entrar en ella, nos encontraremos caminos nuevos constantemente, sendas que esta vez han quedado ocultas, y que leeremos otras familias Aubrey, cada una la suya, cada una distinta.  

La familia Aubrey, primera parte de una trilogía emblemática publicada en los años 50, es una novela inabarcable. Es un juego de luces con cientos de colores. Podría ponerme a describir uno por uno todos los que he conseguido ver, pero creo que me voy a limitar a dos. El color de la música. Y el color de la infancia. 

Ante la decepción de una vida que nunca llega a convertirse en lo que ellas desean, Clare y sus hijas se refugian en el arte. Estamos en los primeros años del siglo XX y su arte es la música. Cada día, cada hora, en su casa suena una pieza musical. Igual que en cada página de esta novela siempre hay un piano cantando. Una sonata de Mozart, un estudio de Chopin, Rose y Mary practican con ahínco bajo la agudísima vigilancia de su madre para convertirse en su sueño: concertistas de piano. Vivir de la música. Y para la música. 

Pero Cordelia, su hermana mayor, no comparte su don. Por más que estudia y estudia, no logra arrancarle a su violín más que quejidos lastimeros. Toca como si estuviera enamorada de la música pero esta fuera incapaz de corresponderle. Inconsciente del peligro, como si entrara con un cigarrillo encendido en una librería. Y por más que sus hermanas y su madre se llevan las manos a la cabeza y la atraen a otras ocupaciones, por más que insisten que tocar así es una profanación del sagrado templo de la música, ella insiste e insiste, lo que le da pie a la autora para una serie de reflexiones profundas y asombrosas sobre qué significa tocar un instrumento, tener talento y vivir por y para algo tan maravillosamente intangible como la práctica musical. 

La familia Aubrey es una novela sobre música protagonizada principalmente por niños. La infancia está por todas partes. Todo el libro vibra con una inocencia encantadora, es dulce y naif como una niña que no se malea con la edad, que permanece inmune al cinismo y a los reproches, siempre dispuesta a acudir rauda a los abrazos y a cualquier llamada de lo nuevo y de lo excitante. Las niñas, con sus juegos, difuminan la frontera entre realidad e irrealidad con una excentricidad elegante muy británica. Son niñas que han tenido que sujetar sus anhelos para no caer demasiado a menudo en la frustración, y han aprendido de su madre y de su amiga Rosamund a mimetizarse totalmente con aquello que desean. "Cuando mamá admiraba un diamante en un escaparate de una joyería, emanaba luz como la misma joya; cuando Rosamund expresaba el deseo de que fuésemos todos juntos a la costa, era como una playa a mediodía". 

Rebecca West
Me ha gustado especialmente el personaje de Clare, una madre capaz de mirar a sus hijas "con la sencillez de una niña que abre a otra su corazón". Una madre resuelta, bondadosa y desmañada que mantiene unida a su familia frente a todos los tropiezos mediante la fascinación ante cada pequeño aspecto de la vida, inculcándoles la necesidad de atesorar cada pequeño instante de placer, de degustarlo, de exprimirle todo el jugo posible para convertirlo en asidero cuando vengan malos tiempos.

Es muy fácil caer en el encantamiento y leer la prosa fluida y luminosa de Rebecca West con el mismo arrobo ensimismado con el que uno escucharía una versión delicada de las Variaciones Goldberg. La sofisticación más deliciosa aparece envuelta en la apariencia más sencilla. En un momento de la novela, Clare le dice a una de sus hijas: "debes creer que la vida es tan extraordinaria como afirma la música". Y ahora, cerremos los ojos y escuchemos. La vida, esa vida extraordinaria, está en cada página de esta novela, en cada nota. 




lunes, 20 de enero de 2020

POESÍA COMPLETA. MAYA ANGELOU

Cuando Patricia y yo viajamos a Nueva York nos alojamos en Harlem, así que un día entramos por curiosidad en una iglesia para escuchar una misa góspel. Nos sentamos atrás, tímidos occidentales poco creyentes, y esperamos. No recuerdo nada de lo que pasó durante la primera media hora. Sólo sé que no hubo música. Porque cuando una mujer imponente salió al escenario y se puso a cantar, desapareció todo lo demás.

"Puedes inscribirme en la historia
con tus amargas y retorcidas mentiras,
puedes aplastarme en el fango
pero, aun así, como el polvo, me levantaré". 

No sé si la voz portentosa de aquella mujer nos estremecía a Patricia y a mí con este himno de Maya Angelou, pero creo que cualquiera de los que salieron a cantar aquella mañana habría abrazado las palabras de esta mujer y nos habría llevado al cielo con su grito de lucha. 

"Como lunas y como soles,
con la certeza de las mareas,
como las esperanzas que brotan poderosas,
así, me levantaré". 

Recuerdo aquella música como una fiebre, como un torbellino. Una mano extendida tiraba de algo dentro de mí, algo que acostumbraba a reposar dormido y que con el calor de esa mano despertaba y se sacudía y pedía movimiento y voz y unirse a un coro y a una comunidad de iguales en la que florecer y gritar y exigir un lugar y una dignidad y una esperanza en este mundo. 

"Puedes dispararme con tus palabras, 
puedes herirme con tus ojos,
puedes matarme con tu odio
pero, aun así, como el aire, me levantaré". 

La voz de Maya Angelou es esa comunidad, es esa voz, es esa esperanza capaz de despertar a los dormidos y de curar a los heridos. Es el pájaro enjaulado que no deja de cantar y, a la vez, es la mano capaz de abrir, con su alegría insistente y feroz, la jaula que retiene enclaustrados todos nuestros cantos. 

"Dejando atrás noches de terror y miedo
yo me levanto
en un amanecer maravillosamente claro
yo me levanto
trayendo los regalos legados por mis ancestros
yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Yo me levanto
yo me levanto
yo me levanto". 

Y con el corazón expandido, y la euforia brillando en nuestros ojos, Patricia y yo aplaudimos aquella mañana en Harlem al ritmo de los cantos, y unimos nuestra voz a la voz de una comunidad que, a través de una música alegre y fiera, dice basta y se levanta. 


jueves, 16 de enero de 2020

DESIERTO SONORO

"Si pudiera subrayar simplemente ciertas cosas con el pensamiento, lo haría: esta luz que entra por la ventana de la cocina, inundando la cabaña entera con una calidez ambarina mientras pongo la cafetera; esta brisa que sopla a través de la puerta y me acaricia las piernas mientras enciendo la estufa; ese sonido de pasos -pies diminutos, desnudos y tibios- cuando la niña sale de la cama y se acerca a mi espalda para anunciar: Mamá, ¡me desperté!"

Creo que este pequeño párrafo contiene buena parte de las cosas que más me han gustado de esta magnífica novela: el afán de la pareja protagonista por documentar aspectos de la vida para tratar de entenderlos (o rescatarlos del olvido); la delicadeza de las descripciones y el inmediato impacto visual que provocan; y los niños, con toda su vitalidad, extravagancia e inocencia, cuya vida interior se despliega en multitud de escenas irresistibles. El otro tema fundamental de la novela es quizá el de los niños emigrantes que tratan de entrar en Estados Unidos desde México, tema que ya trató en su anterior libro, Los niños perdidos, una crónica fantástica sobre la xenofobia estadounidense basada en su experiencia como intérprete en la Corte Federal de Inmigración de Nueva York. 

Esta novela resuena dentro de mí. La terminé hace ya unos días y todavía la siento vibrar por dentro cada vez que pienso en su historia o releo alguna página. Escucho sus ecos, la coreografía cotidiana de cada gesto de esta pareja que viaja por el sur de Estados Unidos con sus dos hijos pequeños en busca de una historia que documentar, en busca de un posible arreglo para su propia relación que se descompone. Los niños, en el asiento trasero, escuchan las historias de los niños perdidos que les cuenta la madre, mezcladas con las historias de los últimos apaches que les cuenta el padre, y en su imaginación unas y otras comienzan a formar parte confusamente de un mismo relato de aventuras, de heridas y de resistencia. 

Las conexiones entre la actitud del gobierno de Estados Unidos con los indios nativos en el siglo XIX y la actitud actual con los inmigrantes centroamericanos son muy evidentes. Pero Desierto sonoro no me ha parecido una novela política. De hecho, diría que con sus capítulos oníricos, con su poesía en las descripciones y ese aire de intimidad luminosa en cada escena, es lo contrario de un panfleto. Es una novela cautivadora sobre la infancia, sobre los niños que un día entienden que ese universo sólido e inmutable de amor y seguridad en el que viven no sólo no es común a todos los niños, sino que puede volverse quebradizo y saltar por los aires y tienen que estar listos para ello. 

He leído esta novela como quien mira hablar a alguien con los ojos fijos, atentos y admirativos, y piensa: qué maravilla, ojalá no dejaras de hablar nunca, sigue, sigue, por favor, aunque a veces no termine de entenderte del todo, aunque mi inteligencia no te alcance, tú sigue, porque el tono de tu voz y esas palabras que eliges para mecerme en tu historia me llenan de alegría y lucidez. 



lunes, 13 de enero de 2020

LOS DÍAS DE LA NIEVE

En el conservatorio tuve una vez un profesor de música de cámara muy mayor. Entraba en el aula a pasitos cortos, e invariablemente se quedaba mirándonos desde el umbral, levantaba el índice y nos decía: a sus puestos, señores. Hacía años que había pasado la edad de jubilarse y se le notaba frágil y aturdido. Sólo nos dio un trimestre, creo, o incluso menos. Y, aunque sus clases eran caóticas y nos volvía un poco locos diciéndonos un día una cosa y al siguiente lo contrario, lo cierto es que todos le guardábamos un respeto especial y mucho cariño. La profesora que vino a sustituirle fue todo lo contrario. Rígida y canalla, nos daba unas clases que parecían palizas de fisioterapeuta. Salíamos de allí con el orgullo hecho trizas pero con el cuerpo henchido de una nueva sensación de libertad y página en blanco. Nunca nos habló de su predecesor. Ni siquiera una vez le nombró, hasta varios años después, en la cafetería, después de un concierto, y cuando todos teníamos ya un pie en las vacaciones, nos contó que aquel viejo señor admonitorio, aquel caótico abuelete, le había enseñado todo lo que sabía. Que había sido una leyenda viva, un ejemplo de dignidad en épocas oscuras que había hecho florecer vocaciones profundas en sus alumnos menos fértiles. Había un brillo apasionado en su relato, mezcla de admiración y de pena por el maestro perdido, un homenaje emocionado que abría una nueva ventana por donde recordar a aquel hombre que poco a poco habíamos ido olvidando.

Al leer este monólogo teatral de Alberto Conejero sobre Josefina Manresa, la viuda de Miguel Hernández, he recordado aquella anécdota de conservatorio, y me he dado cuenta de que a veces la mejor forma de acercarse a la memoria de alguien es a través de los recuerdos de aquellos que mejor supieron amarlo.  

Josefina Manresa (1916-1987) apenas llegó a disfrutar de la compañía de su marido. Debido a la guerra civil, la suya fue una relación a distancia, alimentada por el millar largo de cartas que se intercambiaron y breves encuentros en los permisos aislados que pudo tener Miguel Hernández. Josefina perdió a su padre, guardia civil, asesinado por los milicianos al inicio de la guerra. Perdió a su madre un año después. Perdió a su primer hijo, muerto a los diez meses. Y por último perdió a su marido, el ilustre poeta, muerto de tuberculosis en las cárceles franquistas. Todas esas pérdidas, cuando aún no había cumplido veintisiete años, surcaron en su rostro una profunda tristeza, que este monólogo recrea en su canto melancólico, arrullado por la canción incesante de una máquina de coser. No cuesta entender que a veces recordar su pasado conllevara un dolor demasiado agudo. "Una tiene derecho a los recuerdos. Pero más derecho tiene a los olvidos."

Josefina Manresa
Hay una honradez y una bondad profundas en esta recreación de la vida de Josefina Manresa. A través de su voz, y de su amor por las palabras ("pienso en las palabras, como si las cosiera y las descosiera"), cobra vida de nuevo la risa de su marido, su pasión por la vida y por la tierra y su esperanza por un futuro limpio de dentelladas y de duelo. Esta es una historia de amor, al fin y al cabo, de amor más allá de la derrota y de la muerte. Del amor de una joven herida que, entre la ropa de cama en el fondo de un baúl, protegió y cuidó la memoria de su marido, el legado literario de uno de los mejores poetas de la literatura española de todos los tiempos. 

"Yo elegí estar del lado del amor. Quedarme con Miguel, y Miguel conmigo. Abrazarnos, resistir juntos la miseria, el hambre y los días de la nieve."
Eligió el amor, sabiendo que era la única fe posible, quizá, para sobrevivir a tanta muerte. 



viernes, 10 de enero de 2020

¿DE QUIÉN ES LA CULPA?

Gracias a ella, Tolstói tuvo la libertad para escribir todo lo que escribió. 
Gracias a ella, según muchos críticos, personajes femeninos como Anna Karénina o Kitty alcanzaron toda su profundidad y complejidad. 
Gracias a ella, a su labor como traductora y representante, Tolstói tuvo acceso a mucha literatura extranjera y sus obras tuvieron mayor difusión y se libraron de la censura. 
Se llamaba Sofia Tolstaia y, además de ser la mujer de Lev Tolstói, fue la madre de sus hijos, su secretaria, su representante, su traductora y la gestora de toda su obra. Hasta la publicación de esta novela en agosto de 2019, muy pocos sabían de su existencia. Tras leerla, hoy podemos decir que, además de todo lo que fue, y por lo que nunca obtuvo ningún reconocimiento, también era una excelente escritora. 

¿De quién es la culpa? se publicó por primera vez en 1994, setenta y cinco años después de la muerte de su autora. Es la respuesta literaria a Sonata a Kreutzer, una novela corta en la que Tolstói, a través de su protagonista, carga contra las mujeres, "que esclavizan y explotan al noventa por ciento del género humano". En ella asocia el sexo a vileza, suciedad y corrupción física y moral, y la sensación que he tenido tras acabar su lectura es la de haber leído los delirios de un gruñón fundamentalista, de un asceta fanático. 

Sofia Tolstaia
A Sofia Tolstaia tampoco le gustó mucho Sonata a Kreutzer, en la que vio un brutal ataque a su vida conyugal. Y dos años después de su publicación escribió en unos cuadernos escolares su propia versión de la historia escrita por su marido. Frente al machismo generalizador de este, que denigra a las mujeres como colectivo, ¿De quién es la culpa? es un lamento incisivo sobre la fragilidad y vulnerabilidad de una mujer que nunca pensó que el matrimonio sería esa brutal desposesión de su identidad y de sus esperanzas. 

"¿Es este el destino de la mujer?, pensaba Anna. ¿Poner el cuerpo a disposición de un niño de pecho y luego del marido? Uno detrás de otro, ¡siempre! Pero ¿dónde está mi vida? ¿Dónde está mi yo? ¿Ese auténtico yo que una vez aspiró a elevarse y a servir a Dios y a sus propios ideales?"

En la modernidad de su reivindicación feminista, esta novela de Sofia Tolstaia me ha recordado a El cuaderno prohibido, de Alba de Céspedes, o a los relatos de Pardo Bazán sobre la violencia contra las mujeres recopilados en El encaje roto. En todos ellos vibra ese lamento universal de una mujer que se resiste a someterse del todo a la violencia con que la trata su marido. 

Sonata a Kreutzer y ¿De quién es la culpa? representan un diálogo explícito sobre la sexualidad, el matrimonio y el lugar de las mujeres en el mundo que resulta sorprendentemente moderno para la época en la que fueron escritos. Y la segunda novela no solamente es una espléndida refutación del sermón de la primera, sino, en mi opinión, un clásico de la literatura universal, con una heroína a la altura de Emma Bovary o Anna Karénina.