miércoles, 14 de noviembre de 2018

UNA EDUCACIÓN

Terminé de leer este libro precisamente el día de las elecciones legislativas en Estados Unidos, y no pude evitar relacionar el triunfo republicano de las zonas rurales, la llamada América profunda, con la lectura de esta espectacular novela de Tara Westover. 

The New York Times definió este testimonio como "uno de los libros más importantes del año", algo que comparto plenamente. La autora trasmite honestidad en el relato de una vida que a sus treinta y dos años ha conocido las peores situaciones que una familia puede vivir. De educación mormona, con un padre verdaderamente fanático, pone de manifiesto cuánto dolor puede ocasionar la violencia no solo a los que les rodean sino también a sí mismos. Temas tan fundamentales como la violencia masculina dentro de la familia, la vulnerabilidad de las mujeres, el fanatismo religioso, la homeopatía, la ignorancia, la falsa moral, la falta de una sanidad gratuita universal, son tratados a través del testimonio vital y valiente de una adolescente que fue capaz de utilizar la resiliencia como recurso para salir de un infierno.

Esta novela describe una familia mormona de la América profunda en la actualidad, pero la violencia y la ignorancia están presentes todos los días en todos los ámbitos y todos los países, no solamente en países pobres sino también en las sociedades desarrolladas de Europa donde la humillación cotidiana, la violencia de género y los asesinatos y violaciones dentro de la familia son noticia diaria en los medios de comunicación, en un pico de iceberg que esconde una realidad infinitamente amplia y compleja.

Son tan necesarios, tan fundamentales los temas que toca la vida accidentada y vulnerable de Tana Westover que sería de gran utilidad poner su libro como lectura recomendada en tertulias, centros educativos, bibliotecas y librerías. A partir de ahora será un referente en nuestras recomendaciones diarias. 

                

lunes, 12 de noviembre de 2018

UNA POSIBILIDAD

No fue amor a primera vista. Ojeé este cómic hace unos meses y lo aparté. Con esas cabezas cuadradas, los personajes me parecían marcianos, muñecos mecánicos sin expresión. El coloreado en dos colores tampoco me parecía especialmente llamativo y pensé: bueno, después del verano lo devuelvo. Madre mía, menos mal que al final no hice caso a mi primera impresión. Qué equivocado estaba.

Empecé a leerlo una tarde entre semana en la librería. Acababa de terminar una novela prodigiosa y estaba en esos momentos de picoteo, de ver qué me encuentro, de descubrir libros sencillos, de esos que llegan en las novedades sin hacer ruido, un solo ejemplar, sin faja, sin elogios superlativos en la contra, y que se quedan tranquilamente esperando su momento en su estantería, a veces durante meses. Empecé a leerlo en el mostrador y a los cinco minutos tuve que parar. Ya no veía las páginas. Ni al cliente que acababa de entrar. Ni siquiera me salía la voz para decirle el precio del libro que había cogido. ¿Cómo es posible provocar tal aluvión de emociones intensas con unas pocas frases acompañadas de unas pocas viñetas?

"Una experiencia así te cambia la vida. De golpe, todo se desmorona y las piezas que componen tu vida quedan esparcidas por el suelo. Entonces, hay que empezar de nuevo, colocar cada pieza en su sitio. Y te das cuenta del lugar que ocupa cada una y de la importancia que tiene. Algunas piezas que creías fundamentales resulta que no lo son tanto. Y viceversa. Sin embargo, es una oportunidad única para reconstruirnos. ...nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo."

Esta es la historia de amor más profunda y bonita que he leído en muchos meses. Te remueve y te funde por dentro. Te recoge como la familia de los protagonistas, con esos brazos como ramas de árboles siempre dispuestos a sostenerte y protegerte para que nunca olvides que en su bosque siempre estás a salvo. Y conmociona por la sencilla descripción de cómo la bondad y la alegría pueden transformar una tragedia en la más bella oportunidad. 

La hija de Cris y Migue sufrió una hemorragia cerebral el día después del parto. Los médicos dijeron que tenía una posibilidad entre mil de sobrevivir. Y sobrevivió. Su nombre es Laia y esta es su historia. 



jueves, 8 de noviembre de 2018

EL FERROCARRIL SUBTERRÁNEO

Como cuando ves la sombra de un pájaro en el suelo y al levantar la vista no hay nada. La realidad sale volando, como la libertad, antes de que puedas verla. Pero su sombra permanece siempre en la memoria, indicando el camino.

En las plantaciones de algodón del estado de Georgia, escapar era imposible. Un esclavo pertenecía a su amo de la misma forma que un árbol pertenece al bosque. Huir significaba romper los principios fundamentales de la naturaleza. ¿Un árbol corriendo, alejándose de su bosque? ¿Un árbol cogiendo lo indispensable para escabullirse en la noche y no volver jamás? Daba vértigo pensarlo. Y miedo, mucho miedo. Hombres colgando de los árboles, mujeres desnudas desangrándose lentamente en el potro de tortura, cuerpos vivos y muertos asados en piras que duraban toda la noche. Todos habían visto lo que hacían los hombres blancos con los pobres desgraciados que se habían atrevido a desafiar las leyes de la naturaleza. Y la inmensa mayoría quería seguir viviendo, aunque la vida significara matarse a trabajar y seguir ampliando la constelación de cicatrices en la espalda.

Esta novela trata sobre esa minoría de esclavos negros que prefirieron la muerte casi segura a una vida entera de esclavitud. Que se escabulleron en la noche con lo puesto en busca de una libertad que apenas llegaban a imaginar. Que sufrieron persecuciones, chantajes, violaciones, torturas, apaleamientos y violencias de todo tipo por el color de su piel y que, pese a todo, siguieron adelante en busca de un sueño que consideraban legítimo. Ese sueño estaba inscrito en mármol en la constitución de su país. Ese sueño decía que todos los hombres habían sido creados iguales, y que todos tenían derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la libertad. Todos los hombres. ¿No eran ellos hombres, acaso?

En algunos estados de Estados Unidos, ni siquiera se toleraba la presencia de esclavos en las plantaciones. Por ejemplo, "en Carolina del Norte la raza negra no existía salvo al final de una soga". Hoy en día cuesta imaginar la magnitud de aquella masacre. Esta novela me ha recordado al Gilead de El cuento de la criada, o a la Alemania nazi durante la guerra. Al sometimiento de las mujeres en el primero, y al exterminio de los judíos en el segundo. Pero también me ha hecho pensar en las redes clandestinas de resistencia que siempre surgen en todos los regímenes del terror. En su lucha por mantener la esperanza y defender esa idea tan revolucionaria que dice que los negros son seres tan humanos como los blancos, y, por lo tanto, merecen las mismas leyes y el mismo respeto. 

"La raza blanca cree, lo cree con toda su alma, que está en su derecho de apropiarse de la tierra. De matar indios. De hacer la guerra. De esclavizar a sus hermanos. Si hay justicia en el mundo, esta nación no debería existir, porque está fundada en el asesinato, el robo y la crueldad. Y, sin embargo, aquí estamos". Aquí estaban. Esclavos huyendo de sus plantaciones. Huyendo hacia cualquier lugar al norte que los alejara de los hombres que decían ser sus amos. Insistiendo en vivir en su país, porque los Estados Unidos estaban fundados en una declaración en la que creían. En un sueño compartido en el que querían caber.

Aquí estaban. Viendo cada día la sombra de aquel pájaro en el suelo. Soñando con poder contemplar, al levantar la vista, cómo abría las alas y emprendía el vuelo. 



lunes, 5 de noviembre de 2018

CONFESIONES

Hay libros bellos, líricos, que entretienen, que emocionan, que divierten, duros, que impactan. Y además están los importantes, los que tratan temas fundamentales que atañen a nuestra vida profunda, a nuestras creencias.

Henry Marsh es un neurocirujano británico que hace un tiempo nos regaló Ante todo no hagas daño, una declaración de intenciones en su mismo título. Fuimos muchísimos los que tuvimos la suerte de aprender con las confesiones de este doctor a punto de jubilarse. Ahora, con un propósito declarado en el mismo título de seguir confesándose, profundiza en temas clave como la eutanasia y la obligación de los médicos de evitar el sufrimiento.

"El cerebro no siente dolor, de hecho el dolor es una sensación creada en el propio cerebro como respuesta a señales electroquímicas enviadas a él por las terminaciones nerviosas del cuerpo. Cuando visito pacientes con dolor crónico, trato de explicarles que todo está en la mente y que si me pellizco el dedo meñique, el dolor que siento es solo una mera ilusión. En realidad, el dolor no está en mi dedo, sino en mi cerebro: es una pauta electroquímica en el mapa que este órgano ha hecho de mi cuerpo. Intento explicarles eso con la esperanza de que entiendan que un enfoque psicológico del dolor podría ser tan eficaz como un tratamiento físico. El pensamiento y el sentimiento, y el dolor, son solo procesos físicos que tienen lugar en nuestro cerebro. El dolor fantasma en una pierna o un brazo amputados puede ser atroz. Pero eso es algo que a la mayoría de los pacientes con problemas de dolor crónico o afecciones como el síndrome de fatiga crónica les cuesta mucho aceptar. La dualidad que supone considerar mente y materia como entidades distintas está tan arraigada en nosotros, como lo está la creencia en un alma inmaterial que sobrevivirá de algún modo a nuestros cuerpos y cerebros. No tengo la sensación de que mi yo, el ser consciente que escribe estas palabras, sea pura electroquímica, pero es eso precisamente".

La sabiduría del doctor Marsh, en mi opinión, está relacionada con su preparación antes de iniciar la carrera de medicina. Estudió filosofía, ciencias políticas y cconomía,  lo que implica una base magnífica para tener y aplicar criterio, algo fundamental a la hora de tomar decisiones importantes como son las de decidir si una operación quirúrgica es aconsejable o no, así como otras cuestiones que atañen a la calidad de vida de la gente. Como afirma en su libro, "el sobretratamiento y las operaciones innecesarias son un problema creciente en la medicina moderna y a menudo suponen una equivocación, incluso si el paciente no sale malparado".

Analiza y compara los beneficios y desventajas de la medicina pública y privada apostando por la primera de forma muy objetiva, y se muestra a favor de la eutanasia reflexionando sobre sus múltiples facetas. Como yo, también siente el deseo de ser enterrado en su bosque particular para que su cuerpo se transforme en hojas y madera. En la mayoría de los países desarrollados, el suicidio asistido es ilegal aunque los sondeos de opinión han revelado una amplia mayoría a favor de un cambio legal. Los médicos y parlamentarios parecen tener más problemas con este asunto que el resto de ciudadanos.

Aliviar el sufrimiento es el deber de un médico en igual medida que prolongar la vida aunque parece que esa verdad suele olvidarse en la medicina moderna. Se ha estimado que en el mundo desarrollado el 75% de los gastos médicos de toda nuestra vida corresponde a los últimos seis meses. He ahí el precio de la esperanza, una esperanza que según la ley de las probabilidades, es con frecuencia muy poco realista. Y así, a menudo, acabamos infligiéndonos grandes sufrimientos y ocasionando gastos insostenibles para la sociedad.

¡Cuánto me ha enseñado este libro y cuánto me ha hecho recapacitar y analizar aspectos fundamentales de la vida! Gracias, doctor Marsh.



lunes, 29 de octubre de 2018

SAPIENS. DE ANIMALES A DIOSES

Vivimos pegados a los detalles. Pensamos que cuanto más cerca estemos de algo, mejor lo comprenderemos. Así, por ejemplo, nos pasamos horas y horas inmersos en información cuya relevancia caducará a las veinticuatro horas, o estudiamos durante años hechos y datos concretos cuya conexión con nuestra propia vida ni siquiera llegamos a plantearnos nunca. Somos capaces de romper para siempre la relación con alguien cercano por una simple sospecha y estamos tan convencidos de ciertas ideas que consideramos enemigos a aquellos que no las comparten. Cuando una tragedia nos sobrepasa, nos aferramos a los detalles cotidianos que llenan nuestros días para seguir adelante. Pero, una vez superado el trauma, seguimos ahí, pegados a lo inmediato, a lo que se puede resolver al instante y contra lo que se puede luchar desde cualquier idea. 

Este ensayo, del que se han vendido millones de ejemplares en todo el mundo, propone distanciarse de los detalles para tratar de alcanzar una visión de conjunto de la historia de la humanidad. En ese sentido, es un libro de historia sin hechos históricos. Aquí no importa tanto la revolución francesa, sino entender que ella dio el impulso a las dos ideas predominantes sobre las relaciones humanas en occidente: la igualdad y la libertad. No importa tanto la esclavitud en Estados Unidos sino darse cuenta de que "no hay nada natural ni inevitable acerca de la jerarquía racial y que el mundo bien podría estar organizado de manera diferente". 

Este distanciamiento da vértigo. Da vértigo pensar que las cosas sobre las que fundamentamos nuestras vidas y que pensamos que son inamovibles y connaturales al mundo, como el dinero, la justicia o los países no son más que ideas, ficciones, mitos comunes que podrían cambiar o destruirse. Las ficciones que definen nuestro interacción con el mundo, como los bancos, el capitalismo o los derechos humanos, han nacido de nuestra imaginación. "La ficción nos ha permitido no sólo imaginar cosas, sino hacerlo de manera colectiva. Los mitos nos han conferido la capacidad sin precedentes de cooperar flexiblemente con un número incontable de extraños. Y por esta razón dominamos el mundo". 

La idea de que no hay naciones, dinero, derechos humanos, leyes ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos me ha hecho replantearme cuál es la frontera entre realidad y ficción. Harari explica que vivimos en una realidad dual: por un lado está la realidad objetiva (árboles, ríos), y por el otro, la realidad imaginada (el dinero, las naciones). En el último siglo le he hemos dado tanta importancia y tanto poder a la realidad imaginada que hasta la propia supervivencia de la realidad objetiva ha terminado dependiendo de ella. 

Este ensayo es imposible de resumir. Me ha abierto los ojos a muchas ideas que nunca antes me había planteado. Me ha alejado brutalmente de los detalles de la historia, de los detalles de la vida, y lo he leído con el vértigo de quien descubre que la realidad tiene dimensiones fascinantes y aterradoras a las que conviene asomarse. Me quedan dos libros de Harari por leer: Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI, para seguir caminando por el sendero vertiginoso de la mente de este escritor. 



jueves, 25 de octubre de 2018

TRILOGÍA DEL MERCEDES

¿Te gusta Stephen King?, me preguntó el otro día un señor en la librería, con un tono sorprendido que traslucía cierto escándalo. No es que me guste, le respondí. Es que me cae rematadamente bien. 

He leído cuatro o cinco libros suyos, y ninguno de terror, que es el género por el que es más conocido. Pero con la mayoría de sus personajes he sentido una afinidad inmediata. Personajes que querría tener en mi familia, personajes por los que lo dejaría todo y me iría a vivir a otro continente o a otra época. Es cierto que tiene su puntito facilón, no te va a deslumbrar con su exquisita prosa. Pero qué importa. Tampoco lo pretende. Uno tiene amigos que le muestran las complejidades insondables de la vida. Y otros que le hacen pasar un rato alegre de cañas. Stephen King es de los segundos. Y nunca defrauda. 


Esta trilogía policíaca no tiene desperdicio. Un inspector de policía recién jubilado pasa sus días apoltronado en la butaca viendo la televisión y acariciando la idea del suicidio. Hasta que recibe una carta en la que el famoso Asesino del Mercedes declara sentirse decepcionado por que el viejo inspector haya abandonado su búsqueda tan pronto. Y así empieza una de las persecuciones policiales más minuciosas y frenéticas que he leído en mucho tiempo, con historia de amor agridulce y denuncia social de los efectos de la crisis económica de por medio. 

Los argumentos de las tres novelas exploran aspectos de la vida americana desde distintos puntos de vista. El mundo de la tecnología experimental, el culto a los escritores, el racismo, la ley del más fuerte (o el más astuto) en las prisiones, la amistad inesperada con las personas más improbables y hasta el coqueteo con las capacidades paranormales. Todo cabe en los libros de Stephen King. Me enamoré de este escritor con su colosal 22/11/63 y desde entonces le tengo un cariño especial. Un cariño que va más allá de juicios literarios. Me gustan sus libros. Me distraen, me divierten, me acongojan, me aceleran el pulso y me hacen disfrutar con una literatura sencilla y tremendamente eficaz. 

Hay libros-submarinos que te descubren profundidades adultas insospechadas. Y hay libros-lanchas motoras con los que vuelas por la superficie del agua como un niño. Esta trilogía es una de las mejores lanchas motoras que conozco. 




lunes, 22 de octubre de 2018

EL DOLOR DE LOS DEMÁS

Recuerdo a un compañero de conservatorio con el que coincidía todos los martes a primera hora de la mañana en la sala donde esperábamos para coger un aula de ensayo. Se llamaba Marcos y venía siempre con unas legañas que parecían postizas y una camisa blanca tan perfectamente planchada que pedía a gritos un clavel en el ojal. Llegábamos los dos tan dormidos que a menudo se nos colaba una estudiante despampanante de último año cuyo desparpajo andaluz hacía que le perdonáramos siempre su forma de estar en el mundo como si este le perteneciera. Y la verdad es que no me importaba. Que se nos colara aquella hermosura inaguantable. Ni que tuviéramos que esperar otra media hora para coger aula. No me importaba porque las historias que me contaba Marcos en esos minutos en los que apenas habíamos entrado en el día eran motivo suficiente para quedarse allí sentado, un martes cualquiera a las ocho de la mañana, escuchándole. No recuerdo ninguna. Ni siquiera un detalle. Pero recuerdo la fascinación. Olvidar a Debussy, las clases, los nervios por el próximo concierto. Olvidar la sonrisa pícara de la andaluza y hasta la razón de aquellas esperas. Sus historias, creo, no me interesaban especialmente. Pero aquella forma de contarlas, ay, con su cadencia secreta, como si me contara un secreto, sencillamente me embrujaba. 

El talento de un buen narrador consiste en lograr encandilarte con una historia aunque esta no te interese especialmente. Pero si además la historia es buena de por sí, el placer está asegurado. Esta novela conjuga una historia contundente con un talento narrativo propio de aquel Marcos de mi juventud universitaria. Y la he leído al borde del asiento, dejando pasar sin duda hermosuras despampanantes y olvidándome de todo. Perdido en los meandros de la imaginación de Miguel Ángel Hernández, en los ecos de este inicio que siguen reverberando en mi memoria muchos días después: "Hace veinte años mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco". 

La primera pregunta (quizá la única importante), salta como un resorte: ¿por qué lo hizo? Este interrogante es el nudo en el pasado del autor que, veinte años después, sigue ahí, descolocando los recuerdos, haciendo daño. Esta novela es un intento de volver a aquellos días para buscar respuestas y sanar la memoria. Trata sobre los pactos de silencio con nosotros mismos, sobre esos espacios de la memoria por los que una vez nos negamos a transitar y que hoy en día están irreconocibles, cerrados por la maleza. Sobre la atracción que ejerce nuestra infancia y los peligros de abrir sus compuertas para reconstruirla mediante palabras. 

Está claro que las cosas no son como son (y mucho menos como fueron), sino como se cuentan. Importa siempre más el relato que el suceso. El lenguaje crea el mundo en el que vivimos. Creo que este libro es el intento del autor por recuperar un pasado incierto. Por poner algo de orden en ese trastero caótico lleno de recuerdos inconexos. Y aun así, parece que "las palabras siempre fallan, la escritura nunca llega al fondo de las cosas. Con suerte lo bordea, lo toca. Puede rozar la herida. Pero ese lugar siempre permanece oscuro, opaco, indescifrable". 


Miguel Ángel Hernández


Cuando uno escarba en un pasado traumático (y qué pasado no contiene su dosis de trauma), siempre se encuentra con el dolor de los demás. Qué hacer con ese dolor, cómo contarlo, cómo respetarlo. Ese es el núcleo de esta novela. 

Si pudiera volver a aquellos años del conservatorio, un martes cualquiera metería esta novela entre las partituras de Debussy y se la regalaría a Marcos. Y mientras por una vez no nos giramos para admirar el contoneo enérgico de la falda de la andaluza, le diría que esta novela es para él. No porque sea una buena historia, que lo es. No porque hable de cosas importantes que nos atañen (y nos duelen) a todos, que lo hace. Sino porque es la obra de un contador de historias excepcional, como era él. 




jueves, 18 de octubre de 2018

APEGOS FEROCES (firma invitada)

Leer es dejar a un lado las expectativas que tenemos sobre los libros. O quizás sea ponerlas en el centro de la mesa y dejar que se cumplan. Con las expectativas muy altas entré yo en Apegos feroces, que ha obtenido varios premios literarios y ha sido recomendado cientos y cientos de veces por libreras y muchas lectoras en redes sociales. Quizás por el miedo a sentirme decepcionada ante las altas expectativas que se habían creado alrededor de esta historia, tardé algo más de un año en adentrarme en ella. Cuando ya casi nadie habla de los paseos por Manhattan de la protagonista y su madre, yo me he metido en las calles de la Gran Manzana y me he dejado sacudir por los recuerdos de ambas y por su relación enfermiza, dolorosa y casi siempre decepcionante.

Parece que es nuestra época la que ha puesto de moda la literatura del yo, las memorias. Sin embargo, Vivian Gornick desgranó las suyas a finales de los años ochenta y estas quedaron en el olvido de los editores españoles hasta que treinta años después de su publicación en inglés, Sexto Piso se animó a traducirlas a nuestro idioma. El éxito ha sido espectacular. 

Me pregunto a menudo el porqué del éxito de algunas novelas o ensayos que a mí me han gustado pero que no han marcado una diferencia fundamental en mi vida. Creo que deben darse muchas circunstancias para que una novela triunfe. Las modas son fundamentales. También que la gente hable de ellas. Y, por último, el contexto en el que cada uno las lee. Si pocas veces hemos leído sobre una relación tan enfermiza entre una madre y una hija, esta novela nos sorprenderá. Si somos unos apasionados de los paisajes urbanos neoyorquinos y de su fauna humana, nos llamará la atención. Si el conflicto entre el deber (o las apariencias) y el deseo es un tema que nos interesa, también estas memorias nos harán pasar un buen rato. Si queremos entender más sobre las relaciones familiares y el porqué de esos sentimientos de amor-odio que a veces nos inundan al pensar en nuestra familia, esta es la novela. Si nos gusta la historia y nos apetece saber más sobre un vecindario judío en el Bronx de los años cincuenta y sesenta, seguro que encontramos en ella elementos de interés. Si nos gustan los personajes femeninos rigurosos, estrictos, fuertes, o los controvertidos, complejos e ingenuos, la madre de la protagonista, Nettie y la propia protagonista cubrirán esas expectativas. Si consideramos enriquecedores los vaivenes temporales en la narración de una historia, este es nuestro libro.

El éxito de Apegos feroces no reside en un solo elemento. Reside en la combinación de muchos de ellos en un momento histórico en el que seguimos buscando referentes femeninos y el género de las memorias llena las estanterías de las librerías. Vamos, que treina años después de su publicación, es ahora cuando los lectores españoles entendemos y apreciamos la modernidad de este relato. Quizás, el haberlo dejado pasar durante tanto tiempo es lo que hace que ahora lo reivindiquemos con más fuerza que nunca, porque Apegos feroces es una historia tan de ahora como lo fue en 1987.



lunes, 15 de octubre de 2018

EL MARNE

Hace unas semanas vino a la librería una profesora de universidad que había leído una reseña mía donde había cometido la inexcusable torpeza de comparar a Willa Cather con Edith Wharton. Toda seria, me dijo que estaba muy equivocado, que la literatura de la una no tenía absolutamente nada que ver con la de la otra. Yo respondí débilmente algo sobre la caracterización de los personajes o la psicología femenina y ella me cortó, como se corta a un alumno con pocas luces, con este resumen: tú recuerda, en la literatura norteamericana de esa época hay pieles rojas y pieles blancas. Willa Cather es una piel roja y Edith Wharton es una piel blanca. ¿Hemingway? Piel roja. ¿Henry James? Piel blanca. El amor por la América profunda frente al amor por la vieja Europa. Y, como el colegial pillado en falta que de repente lo entiende todo, se me iluminó la mirada y le di las gracias por la clase improvisada. Aunque secretamente siga pensando que hay algo profundo que hermana a Cather con Wharton, sus pieles serán ya para siempre en mi cabeza de colores distintos: roja y blanca. 

Edith Wharton escribió esta novela corta en 1918, el último año de la primera guerra mundial. Es una novela escrita con urgencia. Con ansia. Diría que hasta con fervor. Es un canto de amor a Francia, ese país que acogió a la autora años antes y que había sido agredido por la guerra, ultrajado y abandonado por todos esos millonarios extranjeros, tan felices de ayudar con su caridad desde la distancia, participando en el conflicto como en un "perpetuo pícnic sobre las ruinas de la civilización". El protagonista, millonario norteamericano como ella, se convierte en conductor de ambulancia en las líneas del frente, también como ella, para tratar de mitigar parte del dolor, de hacer algo, lo que sea, para poner freno a tanta muerte. 

Por momentos parece una crónica periodística. Los detalles crudos, la inmediatez del tono, el movimiento continuo demuestran que Wharton estuvo allí, vio la sangre, escuchó el estruendo de las bombas y sintió en lo más profundo cómo todo pierde importancia ante el estrépito de un mundo que se desmorona. "La Guerra parecía haberse escapado de los libros de historia como un loco peligroso se escapa del asilo en el que se supone que debía permanecer a buen recaudo". 

Me gusta la pasión antibelicista de esta novelita. Tiene el ímpetu y la elocuencia de las historias que surgen por necesidad, por un impulso irrefrenable de escribir para conmover, conmocionar o liberarse. Me gusta imaginar a una Edith Wharton de cincuenta y cinco años, en la cima de su fama, conduciendo una ambulancia por los campos bombardeados del noreste de París, con las manos sucias y la falda embarrada, apretando los dientes ante los desastres de una guerra cuya magnitud nadie había visto antes. Y me gusta imaginarla después, escribiendo esta historia del tirón, con su ironía afilada contra los acomodados, contra los inconscientes de la desgracia ajena, contra los que eligieron cerrar los ojos ante la derrota de una sociedad que también era la suya. 


Edith Wharton


jueves, 11 de octubre de 2018

EL VÉRTIGO DE LA FUERZA

Étienne Barilier escribió este breve ensayo tras el atentado contra los miembros de la revista Charlie Hebdo en enero de 2015. En él escribe sobre religión, sobre fanatismo, sobre el espantoso prestigio del crimen como deber sagrado y sobre el uso de la fuerza en nuestra sociedad del siglo XXI. 

La religión siempre ha sido un arma muy eficaz a la hora de justificar la violencia. Lo sabían los cruzados en Jerusalén y los inquisidores en Sevilla: matar sólo está mal si no se hace en nombre de dios. También lo saben los terroristas islámicos: Alá lo quiere, matemos por Alá. 

Pero no sólo la religión ha legitimado la violencia. Cualquier ideología puede suplantar a dios y erigirse como recurso universal para agredir de forma colectiva. El nazismo y el comunismo soviético son buenos ejemplos de exterminio en aras de causas no religiosas.

Hoy en día, con el auge del nacionalismo y de la idea de pertenencia, en España se desprecia e incluso se agrede en nombre de una bandera. Dios ha sido sustituido por una tela de colores que simboliza lo que somos y nos señala claramente contra quiénes tenemos que luchar para triunfar como colectivo. 

La idea de base es muy sencilla y siempre es la misma. Yo pertenezco a este grupo, llevo la razón y lucharé junto a mis compañeros contra cualquiera que no esté de acuerdo. Nada me importa más que mi idea y estoy dispuesto a defender su honor con la violencia que haga falta.

La idea de que el honor de dios puede ofenderse y, sobre todo, debe vengarse, está muy presente en el mundo islámico. Pero no sólo. En España el código penal establece como delito la ofensa a los sentimientos religiosos. Lo cual no deja de ser violencia administrativa en nombre de dios. 

Barilier sostiene que ante la violencia generada por los sentimientos colectivos (ya sean religiosos o nacionalistas), el humanismo europeo tiene mucho que ofrecer. Hemos necesitado muchos siglos para comprender que el crimen como deber sagrado, político o identitario, no es más que un crimen. Este librito es una exhortación humanista a favor de la convivencia y del progreso. Y en contra de los que, en nombre de una idea, religiosa o laica, pretenden imponerse a los que consideran diferentes. 




lunes, 8 de octubre de 2018

ARRUGAS

Hay pocas historias tan inabarcables que hayan sido condensadas en unas pocas páginas con tanto talento. Ya sólo el inicio, esa primera escena en la que el autor nos sumerge en la mente de un antiguo director de una sucursal bancaria que confunde a sus hijos con unos clientes que vienen a solicitar un préstamo, provoca una sacudida de la que es difícil recuperarse. No es nada fácil retratar una enfermedad degenerativa como el Alzheimer desde el interior de la mente del enfermo. Lo fácil es quedarse fuera. Usar un personaje externo que canalice el relato y nos sirva de punto de referencia para la compasión o la empatía. Hacerlo alternativamente desde fuera y desde dentro, con unos recursos tan sencillos e imaginativos como los que utiliza Paco Roca en esta historia, es una hazaña. Y una de las razones por las que este cómic es sin duda uno de los mejores cómics españoles de este siglo. 

Arrugas es una de esas historias de las que has oído hablar tantas veces que cuando te paras a pensarlo te sorprende darte cuenta de que no la has leído. Es como esa persona que lleva años saliendo en las conversaciones de todos tus amigos y de la que te has hecho una idea tan clara y tan vívida que parece que la conoces de toda la vida. Esa persona que, cuando por fin te la presentan y le das un abrazo y la puedes observar y escuchar con calma, borra de un plumazo toda idea preconcebida que guardabas de ella y se pone a superar, una a una, todas tus expectativas. 

Parece la frase hecha con la que elogiamos lo que no sabemos cómo elogiar, pero es así: después de leer Arrugas ya no podrás ver a los enfermos de Alzheimer (y a los mayores enfermos, en general) de la misma forma. Como todo el arte que merece la pena, te cambia. Te vuelve más sensible, te hace cerrar los ojos y tocar con la imaginación la piel de ese hombre arrugado y desorientado que no quiere que le abandonen en una residencia, que no quiere ese exilio de la vida, que no quiere compartir barco hacia la muerte con esa multitud de desconocidos que arrastran sus lamentaciones de enfermos por los pasillos de la mañana a la noche. 

Arrugas te cambia. A mí me ha cambiado. No estaría mal que los adolescentes lo leyeran. Y que pensaran en sus abuelos, en la gente mayor y enferma. Y que fueran a una residencia, a hablarles, a jugar a las cartas con ellos o a escuchar sus historias favoritas, esas gestas amarilleadas por el tiempo que quizá ya sólo ellos recuerdan. Paco Roca lo hizo, y con los relatos que escuchó dibujó y escribió esta historia que se lee en media hora de intimidad y deslumbramiento y que enseña a amar y a vivir. 



viernes, 5 de octubre de 2018

LOS EDUARDIANOS

La primera vez que me acerqué a la literatura de Vita Sackville-West fue movida por la curiosidad por aquel personaje del grupo de Bloomsbury que, junto a Virginia Woolf, protagonizó una ruptura con los convencionalismos de la época eduardiana. Sus obras y perspectivas influyeron profundamente en la literatura, la estética, la crítica y la economía creando nuevas formas de ver el feminismo, el pacifismo y la sexualidad. 

Los protagonistas de Los eduardianos son Sebastian y Viola, dos hermanos recién salidos de la adolescencia, pertenecientes a la alta sociedad inglesa, que viven bajo la severa mirada de Lucy, su aristocrática madre. Un día conocen a Leonard Anquetil, un aventurero que les recuerda que todavía están a tiempo de tomar las riendas de su existencia. Viola lo ha visto ya muy claro pero Sebastian se resiste y continúa su vida superficial, ligada a sus amantes y al placer de dirigir la mansión Chevron.

Vita era una mujer espléndida, aristócrata, millonaria, casada con un embajador con el que tuvo un matrimonio feliz y abierto, algo incomprensible en aquel entonces, pero no en el entorno del grupo de Bloomsbury, donde todos sus participantes, entre los que estaban el filósofo Bertrand Russell, el economista Keynes, el matrimonio Woolf, el matrimonio Bell, Dora Carrington y muchos más, establecieron normas provocadoras y muy avanzadas para su época.

Vita le comentó a Virginia que iba a escribir una novela ese verano y que se haría rica, "será una gran broma y espero que todo el mundo se enfade, estará rebosante de aristocracia". Por su parte Virginia, editora de Vita, junto a su marido, en una carta a su sobrino, comenta: "Los Eduardianos está vendiéndose tan bien que Leonard y yo no sabemos que hacer con tanto dinero".

Adentrarse en el mundo eduardiano de la mano de Vita es una experiencia de lo más interesante. Ofrece la posibilidad de profundizar en el entorno de su autora y de una época apasionante llena de contradicciones. 



martes, 2 de octubre de 2018

EL BANQUETE DE LAS BARRICADAS

Casi siempre sé por qué me gusta un libro. Si al final termino leyéndolo es porque en las primeras diez o veinte páginas he encontrado algo que ha engatusado mi imaginación. Y lo primero que hago es averiguar qué ha sido. Pensarlo. Analizarlo. Para así poder buscarlo en otros libros. Y dejarme engatusar de nuevo. Sin embargo, esta novela me tuvo cautivo desde el inicio y por más que busqué su mecanismo de seducción no lo encontré. Es como un perfume o una melodía. Unos acordes suaves en algún sitio que te atrapan sin que puedas hacer nada para remediarlo. Al final, dejé de buscar las razones y me entregué, a ciegas. Qué más da cómo funcione el placer, me dije. No pienses tanto y disfruta. 

La historia, que cuenta un hecho real con personajes reales, transcurre a lo largo de un solo día, el 22 de mayo de 1968, en el interior del Hotel Meurice, en París. Si queréis ver fotos, aquí lo tenéis, en 2018. Ha cambiado poco en medio siglo. El estilo Luis XIV, aunque sea más falso que la cordialidad de un botones deslomado al que no le das propina, es imperecedero. Y para los ricachones que van perdiendo los billetes grandes por los pasillos, como por ejemplo la multimillonaria americana Florence Gould, su lujo estridente es una forma más de sentirse en casa. Esta señora espléndida y magnánima gasta unos ocho millones de dólares al año en aburrirse con elegancia, y no puede evitar sentirse como una actriz a la que ya no se acuerdan de llamar a escena, "siempre rodeada de parásitos y de bufones deseosos de que estampe su nombre en su testamento". Vive rodeada de sus perritos pequineses que se pasean como duques por los jardines de las Tullerías, y nada en este mundo le preocupa. Ni siquiera ese rumor, ese júbilo callejero cuyos ecos parecen llegar del barrio latino y que dicen que es una revolución. 

Pero no todos viven ese mayo del 68 con la misma placidez. Algunos ricachones cuyos apellidos compuestos son tan numerosos que ni ellos mismos los recuerdan se estrujan las manos, consternados, pensando que esos jóvenes andrajosos que queman coches y levantan barricadas en la rive gauche van a acabar con su cubertería pesada, su protocolo riguroso y, nom de Dieu!, su caviar a deshoras. Y es que la escasez de gasolina ha convertido París en una provinciana ciudad sin apenas tráfico, y eso permite que lleguen esos ruidos tan molestos desde el otro lado del río, ruidos que enturbian la paz de esos señores encopetados, tumbados en sus poltronas de seda, que no dejan de comer y de beber, no sea que la revolución les pille embrutecidos por la sobriedad o el hambre. 

Otros no viven esta nueva euforia ni con placidez ni con susto, sino con una prudente alegría. Son los empleados del hotel que, siguiendo el ejemplo de más de diez millones de trabajadores compatriotas, han decidido despedir al jefe y hacerse con la gestión del Meurice en plan cooperativa. Y ya se nota en el ambiente, "un nuevo júbilo se trasluce en los gestos hasta ahora mecánicos del personal. Si el sentido de la historia vira hacia la alegría permitida, nadie ve nada discutible en ello. Tal vez se acostumbren a la revolución". 


Y es a este hotel Meurice, sacudido por las aguas de la revolución, al que se dirige un jovencísimo Patrick Modiano para recibir un premio por su primera novela concedido por las manos enjoyadas de Florence Gould, sin saber nada del pasado nazi de sus comensales, él, que parece vivir en la época de la ocupación, sin sospechar que Dalí y Gala se sentarán a su mesa, sin escuchar los ecos de las cargas policiales y sin saber que entre las pesadas cortinas de ese hotel encontrará inspiración para varias novelas más. 

No sé por qué me ha gustado tanto esta novela. Es veloz, es elegante, es disparatada y ligera y te lleva por sus páginas como si volaras. Me ha llevado a un París que desconocía, ya sólo por eso merece la pena. Y me ha mecido en una música de una época caduca, como la de ese cuarteto de cuerda que seguía tocando mientras las aguas del Atlántico inundaban los salones del Titanic. 



jueves, 27 de septiembre de 2018

EL JAZMÍN Y LA NOCHE

Cierro la librería por dentro, con la mitad de las luces apagadas, y hojeo este libro de poesía para decidir si me lo llevo a casa. Si le dejo entrar en mi plan de esta noche. Si le digo sí y le abro la puerta a lo que surja. No sé muy bien quién es Almudena Guzmán. Leí un poema suyo en alguna red social hace poco y me gustó lo bastante como para pedir el libro y probar suerte. A veces basta con eso. Un encuentro casual. Un azar que nos pone entre las manos la voz que nos va a iluminar y acelerar el ritmo cardíaco durante unos cuantos días.

Días que se despiertan 
con la alegre pereza 
del amante,
días de pájaros posados 
en la enramada del sol
y de rosales que florecen
como en los ríos de agua.

Y decido llevármelo, claro que sí. ¿Quién no quiere días como estos? Días que se cuelan en esta noche de septiembre, noche de fatiga y de vuelta al cole, y con un brochazo de luz mandan al olvido las ganas de una ducha, de una cena y de ocho horas de sueño plomizo para de repente fluir por el cansancio con alegría y ligereza.

Es la belleza
que te saluda con la mano
y te incita a tirar
la tristeza por la ventana. 

Exacto. La belleza. Como ese cuadro de Klimt tan lleno de oro y seducción desde el que Adele Bloch-Bauer me mira tan segura de sí misma, cuando paso por delante de la portada de uno de nuestros últimos libros favoritos.

Pero no sólo de estética vive el hombre. 

Y mientras apago las pocas luces que quedaban encendidas y giro la llave en la cerradura, me parece escuchar una pequeña risa sabia, propia de una mujer acostumbrada a reírse de sí misma. La risa sutil que se esconde en muchos de estos poemas, como esa pincelada de rojo intenso que convierte una imagen triste en un cuadro lleno de posibilidades. O un poema radiante en un juego de sombras en el que al final nos damos cuenta de que las cosas siempre pueden ser de otra manera. Más ambiguas. Más ricas. Más abiertas.

Me gusta la gente que se ríe de sí misma. Me inspiran confianza. Almudena Guzmán me inspira confianza. Y me la llevo, a ella y a su tristeza alegre, a ella y a su alegría triste, para que me enseñe el camino esta noche de septiembre. Pocas veces encuentra uno una mano tan firme y cálida en la oscuridad. 



lunes, 24 de septiembre de 2018

LENINGRADO. ASEDIO Y SINFONÍA

Leningrado es San Petersburgo y es la única ciudad rusa que conozco. También es la más aristocrática y cosmopolita, quizá la más europea de todas las ciudades rusas. Ya lo era en el siglo XIX (Tolstói describe su esplendor en Anna Karenina, en contraste con el provincianismo de Moscú), y por supuesto, lo seguía siendo en 1924, cuando el régimen soviético le cambió el nombre para honrar la memoria del recién fallecido camarada Lenin. Por su proximidad cultural y geográfica con Europa es la ciudad que más nos atrae a los europeos. Y por los mismos motivos, durante los peores años del estalinismo fue objeto de sospechas, purgas y represalias por parte de Stalin, que veía en ella la cuna de la disidencia. La ciudad de Leningrado cuelga de sus cárceles como un apéndice inútil, escribía la poeta Anna Ajmátova a finales de los años treinta. Y es que pocos lugares en la Unión Soviética tuvieron que soportar una violencia a gran escala tan cruel y arbitraria. 

Brian Moynahan cuenta una anécdota muy ilustrativa. Una vez, unos peces gordos denunciaron a un cocinero por servir queso agujereado. Pensaban que el muy sinvergüenza no sólo les estaba dejando con hambre sino que aprovechaba para vender el queso restante de contrabando. El queso era gruyère. Es decir, francés, capitalista, traidor. Ningún queso ruso cometería la traición de servirse incompleto. Pero no sólo los cocineros sin suerte fueron a la cárcel o desaparecieron para siempre. Estudiantes de arte italiano, profesores de japonés, músicos de apellido alemán, miembros del partido con ambiciones políticas, hijos de terratenientes, cualquiera podía ser denunciado y engullido por la bestia burocrática siempre hambrienta del NKVD, la policía secreta. 

Stalin montó una inmensa guadaña para que toda la población soviética, y en especial la de Leningrado, la sintiera continuamente sobre sus cabezas. La mayoría, incapaces de soportar la tortura, confesaban sus crímenes y daban los nombres que sus verdugos quisieran oír para que parara el sufrimiento. La mayor crueldad, muchas veces, no era matarlos, sino mandarlos a Siberia agradeciendo sus servicios para que el preso no sólo tuviera que acarrear con su desgracia sino también con la culpa de haber provocado la muerte de sus compañeros, familia o amigos.

Este ensayo trata sobre el asedio de Leningrado durante la segunda guerra mundial, uno de los hechos bélicos más devastadores de la historia de la humanidad. Duró casi novecientos días, más de un millón de habitantes (un tercio de la población de la ciudad) murieron, principalmente de hambre y frío, más de un millón y medio de soldados de ambos ejércitos murieron en acciones militares y más de tres millones de soldados de ambos bandos resultaron heridos. Pero curiosamente, tres meses después de iniciarse el cerco, cuando entró el frío intenso del invierno, a nadie le importaba ya la guerra. Las bombas y los nazis habían sido eclipsados por el frío y el hambre. Los rusos sabían, en el fondo, que la culpa no era sólo de la guerra, sino de un régimen insensible al sufrimiento y a la muerte de sus ciudadanos. Y, como bien cuenta David Benioff en Ciudad de ladrones, los casos de canibalismo empezaron a extenderse por una ciudad en la que la carne humana era la única disponible. 

Los dirigentes soviéticos echaban la culpa del elevado índice de mortalidad en Leningrado a los médicos. Decían que no hacían bien su trabajo, que era curar a los enfermos. Cuando estos respondían que la única medicina para un famélico era una cantidad razonable de comida, eran acusados de derrotistas. Los políticos necesitaban héroes para motivar a la población. Gestas de francotiradores famosos, hazañas de convoyes de avituallamiento capaces de burlar una y otra vez la vigilancia del enemigo. Los políticos necesitaban cualquier acto heroico que contribuyera a camuflar la abrumadora incompetencia de los mandos militares que enviaban a morir a centenares de miles de hombres todos los meses en el campo de batalla, y de los gestores de intendencia que no eran capaces de impedir que millones de civiles en todo el país murieran de hambre. Necesitan símbolos para tapar su incompetencia criminal, y encontraron uno muy poderoso en la Séptima Sinfonía de Shostakóvich, compuesta en honor del asedio de Leningrado. 

Dmitri Shostakóvich

En paralelo a la descripción de la vida en Leningrado durante el asedio, el autor cuenta el día a día del compositor más famoso de la Unión Soviética y cómo compuso su sinfonía bélica. Gracias a este libro he pasado horas en la librería escuchando la música de Shostakóvich, dejándome llevar por la fuerza de ese motivo inicial del primer movimiento, juguetón y primitivo, que poco a poco se va retorciendo, amargando y consumiendo hasta convertirse en algo aterrador. He sentido el frío, el miedo y el hambre de aquella gente, provocada no sólo por las armas alemanas sino también, sobre todo, por el terror desatado por Stalin. Y también he aprendido hasta qué punto una ideología política puede llegar a sojuzgar la cultura de un país. 

A partir de los años veinte, el arte empezó a ser sometido a un riguroso examen de pureza ideológica. Muchos artistas que abrazaron las vanguardias europeas de la época fueron acusados de "desviacionismo trotskista", de "nacionalismo burgués", de "chovinismo de las grandes potencias" y de "traición a los valores proletarios". Todo lo que no fuera del agrado del Partido era enemigo del Partido. La música, de pronto, podía ser contrarrevolucionaria, antisoviética, trotskista, burguesa y enemiga del pueblo si no se ajustaba a la doctrina estética impuesta desde arriba. En 1936, un dirigente soviético le insinuó a Shostakóvich que si se atrevía a interpretar su cuarta sinfonía podría ser ejecutado. El músico eligió vivir y guardó la partitura a buen recaudo. No se estrenaría hasta 1961.

Como bien cuenta Vitali Shentalinski en La palabra arrestada, un frenesí de ejecuciones diezmaron a los artistas rusos entre 1934 y 1939. En Leningrado las víctimas procedían de todos los ámbitos. No se libraba ni el propio NKVD. La invasión alemana de junio de 1941 resucitó el nacionalismo ruso, el amor de los rusos por su patria. Sin esa invasión, probablemente el país se habría desintegrado debido al terror de las purgas. Aunque estas purgas continuaron durante la guerra, ahora había un enemigo claro, extranjero, común a todos los rusos sin excepción, contra el que se podía luchar abiertamente. Aquella era una guerra por la supervivencia. Los rusos tenían que elegir entre morir todos a manos de los nazis, o sufrir la represión continua y aleatoria de los mandos soviéticos. Eligieron, evidentemente, la segunda opción.

Leningrado es San Petersburgo y es la única ciudad rusa que conozco. La chica que nos hizo de guía a mi madre y a mí en el verano de 2015 hizo varias alabanzas a Putin y afirmó convencida que su gobierno velaba por el bien de todos los rusos. La crítica y la disidencia política siempre han conllevado castigos muy severos en la población rusa. Los dirigentes soviéticos perfeccionaron y masificaron la costumbre represora de los zares y hoy en día la mayoría de los rusos sigue queriendo ignorar el puño de hierro que se esconde tras las sonrisas de sus líderes. Y para ello, escuchan obras como la Séptima Sinfonía de Shostakóvich, música espectacular que habla de las vidas del pueblo ruso, de su heroicidad, de su historia y su grandeza y de cómo siempre está dispuesto a cualquier cosa para conseguir la victoria. Música que, aunque no lo quieran entender, también encierra la amargura y la tensión de todos los que tuvieron que aprender a sobrevivir a una de las dictaduras más hostiles a la creación artística que han existido nunca.