lunes, 18 de junio de 2018

LOS IGNORANTES

Llegar a casa de unos amigos para cenar, abrir la puerta y respirar el buen rollo ya desde el umbral, esa mezcla de risas, distensión y hospitalidad que vibra en el aire y que inmediatamente te descarga una corriente de alegría por las venas. Algo así es leer este cómic. 

Étienne Davodeau, autor de cómics que lo ignora todo del mundo del vino, le propone a Richard Leroy trabajar gratis en su viñedo durante un año para que le enseñe los secretos de su oficio. A cambio, el viticultor, que lo ignora todo del mundo del cómic, acompañará a su amigo por los entresijos de la creación literaria. Este libro, verdadero homenaje festivo a la amistad, es la crónica de esta iniciación cruzada en la que ambos descubren que sus respectivas pasiones no son tan diferentes: ambas precisan de esfuerzo, tiempo, maduración, ambas pueden llevarse a cabo de múltiples maneras, ambas requieren creatividad y curiosidad, y ambas tienen "ese poder, precioso y necesario, de unir a los seres humanos". 

No tengo ni idea de vinos. Pero ni idea. Y zambullirme en el día a día de Richard, ese druida barbudo que habla con sus viñas y puede pasarse horas y horas eligiendo la madera exacta de sus barricas me ha abierto la puerta de un mundo apasionante. Ya no volveré a llevarme a la boca una copa de vino sin acordarme de las viñas de las que procede, esas hileras exuberantes de vegetación en verano, llenas de encanto y aroma solar, que seis meses después se convierten en el "rostro de un viejo feroz y sombrío, anclado a la piedra con sus pies sarmentosos". 

Tampoco tengo mucha idea de cómics, a pesar de haber leído varias docenas en los últimos años. De la mano de estos dos encantadores ignorantes he podido acudir a ferias, a las casas de autores importantes, a las imprentas y a las editoriales especializadas, he podido sentarme con autores y mirar por encima de su hombro mientras trabajan y hablan de sus dibujos y sus historias. Y he aprendido, entre otras cosas, que los dibujos, por sí solos, también pueden contar historias. También pueden ser escritura. Que leer cómics como tiras de diálogos ilustrados es perderse toda la capacidad narrativa y expresiva que esconde la ilustración.

Esta historia me ha recordado, quitando los dramas sentimentales, a la película Entre copas. Tiene el aire disfrutón y desenfadado de esos pequeños placeres de la vida que sólo se disfrutan de verdad cuando se comparten. El blanco y negro del dibujo es cercano, no necesita de ningún color para ser acogedor y cálido. Y al cerrar el libro tras pasar la última página, he sonreído, satisfecho, como tras una comilona en buena compañía, y ahí estaba, ese olor, esa paz, esa mezcla de risas, distensión y hospitalidad que vibra en el aire y que inmediatamente te descarga una corriente de alegría por las venas. 

Étienne Davodeau y Richard Leroy



jueves, 14 de junio de 2018

KANADA (Firma invitada)

Me sorprende la fascinación que las guerras del pasado siguen ejerciendo sobre los seres humanos del presente. Me sorprende que la humanidad se conmueva ante los relatos de las grandes guerras o de nuestra guerra civil, que quieran seguir aprendiendo sobre estas y que encuentren verdadera pasión en películas, ensayos o novelas que retoman desde diferentes perspectivas el horror.

A mí no me interesan especialmente las historias sobre la guerra y sus desastres. Puedo entender el interés que suscitan en los demás y también entiendo por qué yo prefiero mantenerme alejada de ellas, quizás por mi carácter pacífico y conciliador. En la actualidad, somos pocos millones de personas en el mundo los privilegiados que no hemos sufrido una guerra ni sus consecuencias; los que podemos decir, a pesar de todo, que vivimos en un estado de bienestar. ¿Por qué buscar el horror en la literatura?

Con Kanada lo he aprendido. Porque en la guerra se presenta la condición humana en sus formas más puras y más impuras. Hay que seguir escribiendo y leyendo sobre las guerras. El holocausto no debe olvidarse jamás. Por eso, el testimonio del protagonista de esta novela hondamente desgarradora debe ser un mapa con el que guiarnos hacia la paz, hacia todas las paces del mundo, las del pasado, las del presente y las del futuro. Fundamentalmente esas últimas.

Desde Nada, de Laforet, no había leído una obra maestra de una voz española tan joven. Juan Gómez Bárcena, desde sus treinta y tres años, ha escrito un tratado filosófico sobre el tiempo, las consecuencias de la guerra, la inocencia y la culpa, los remordimientos, el lenguaje y la ambición desmedida de quienes, ante todo, quieren sacar algo del sufrimiento humano. Su historia se retroalimenta y es una sola, yendo de atrás adelante como en una banda de Moebius donde existe una sola superficie, una sola cara, un solo borde. Una historia en la que pasado y presente son uno solo, como en un poema de T. S. Eliot.

Juan Gómez Bárcena
Narrada desde la originalidad de la segunda persona en la que el lector se ve constantemente apelado, la novela cuenta la vida de un superviviente húngaro de un campo de concentración. Narra la vuelta a su casa, ese lugar que habría deseado que también estuviera derruido, y la vida miserable que lleva encerrado en su despacho recordando, durmiendo y soñando en los años posteriores a su salida del campo. Conforme avanza la novela, la historia se recrudece y escuchamos dentro de nosotros mismos los pensamientos del protagonista: el remordimiento, la culpa de sentir que ha sido partícipe también él del horror de los campos. Y acabamos encontrándonos en el epicentro de uno de ellos, Kanada, y vemos las pirámides de objetos requisados a los presos, y vemos las pirámides de cuerpos macilentos, y olemos la pira de cuerpos quemados y comprendemos qué es eso del instinto de supervivencia.

El horror del pasado y el desequilibrio mental producto de la guerra son dos constantes a lo largo de toda la novela. Por eso, esta no es una novela fácil. ¿Pero quién espera un texto fácil de una realidad tan compleja y paradójica como la de los presos durante y tras el holocausto?



lunes, 11 de junio de 2018

LA NOCHE QUE NO PARÓ DE LLOVER

Esta estupenda novela publicada hace un año me ha gustado mucho más que lo que las primeras páginas parecían prometer. Me han seducido su lenguaje coloquial, las relaciones familiares entre Emma y su madre, tan reconocibles, y ese amor tan bello entre Emma y Laia (por fin vamos disfrutando en los últimos tiempos de literatura donde las relaciones bisexuales y lesbianas dejan de ser algo ajeno o extraño para ser admitidas, aunque por desgracia no todavía por toda la sociedad, cada vez de forma más extendida). 

Valeria Santaclara es quizá el personaje principal, una señora de ochenta años de la burguesía asturiana, de derechas, franquista, a la que su egoísmo no le ha permitido ser feliz a pesar de, como ella dice, haber hecho un buen matrimonio, y de haber contado con tantos dones como le han sido concedidos. Guapa, estilosa, con dinero, con modales, tiene buena voz para cantar pero no lleva muy bien que su hermana, menos agraciada y privilegiada que ella y con ideas progresistas, consiga ser más feliz.

Laia es la psicóloga que llega a Gijón por el amor de Emma y recibe a Valeria en su consulta porque ésta no se atreve a abrir un sobre. En él está escrita la palabra perdón y contiene una carta que le dejó su hermana antes de morir. En las sesiones con Laia va desgranando su vida, y a través de ella vamos vislumbrando la realidad de aquella España de la dictadura, incluso de la Guerra Civil, cuyos bandos enfrentados están tan bien reflejados en su misma familia, con una madre conservadora  y un padre progresista.

Me interesan todos los enfrentamientos que tantas veces han destruido vidas y provocado tantos sufrimientos durante el siglo XX, y siento que todos sus testimonios son necesarios, imprescindibles para tratar de comprender aquello que nunca debía haber sucedido y que sólo la ignorancia y la violencia, casi siempre masculinas, perpetúan.

Perfiles en su mayoría femeninos y universales, el tema de la maternidad en la pareja de Emma y Laia y la sorpresa final con la apertura del sobre misterioso hacen de esta novela una lectura muy amena y enriquecedora. 



jueves, 7 de junio de 2018

LA SEMILLA DE LA BRUJA

En 2014 se lanzó el proyecto Hogarth Shakespeare con el objetivo de que escritores contemporáneos eligieran una obra de Shakespeare para usarla como inspiración en una novela-homenaje al bardo inglés. De momento se han unido al proyecto autores como Jeanette Winterson, Jo Nesbo, Anne Tyler, Tracy Chevalier, Edward St. Aubyn, Howard Jacobson y Margaret Atwood. Yo he empezado por la novela de esta última y me he quedado impresionado: si todas son así de buenas, ¡tengo festín literario para rato!

Me apasiona cómo está construida la trama. La autora utiliza la representación de La tempestad, llevada a cabo por un grupo de presos en una cárcel canadiense y dirigida por un director de teatro caído en desgracia, para desarrollar los paralelismos entre la obra de Shakespeare y sus propios personajes, todo unido por la idea de venganza. Los personajes de Shakespeare, al igual que los actores que los representan, están presos, náufragos en una isla que es su cárcel; y el personaje principal de la novela, al igual que Próspero en La tempestad, busca la venganza por haber sido desposeído de su poder y su influencia. Es un juego de planos narrativos verdaderamente cautivador. Irónico, y por momentos, desternillante. 

Por orden del director, las únicas palabrotas que los presos pueden usar son las que aparecen en La tempestad. Y es hilarante leer los insultos isabelinos en la boca de criminales canadienses de hoy en día. 
¡Que te den, perro pecoso! 
¡Inmundo pestífero! 
¡Monstruo escorbútico! 
¡Cabeza de ciénaga! 
¡Semilla de bruja! 
No hay nada como ampliar el vocabulario arrojadizo para hacer las delicias de un grupo de hombres recluidos que no tienen nada mejor que hacer que lanzarse palabras unos a otros. 

El protagonista, este genio del teatro, se ha pasado varios años solo, en una cabaña, rumiando su derrota. La nieve, el silencio y el aislamiento le han llevado a confundir la realidad con el deseo. "Somos del material con que se hacen los sueños". Ve cosas que no existen, personas que murieron. Y lo sabe. Se da cuenta. Pero no se resigna. No quiere resignarse. Resignarse significaría ceder, rendirse al desánimo, aceptar que su destino se reduzca a no volver nunca a experimentar la adrenalina de un estreno, a no salir nunca más de la isla a la que llegó naufragado. Y él quiere recuperar su vida. Su pasión. Qué demonios, quiere su venganza.

La semilla de la bruja es un fantástico homenaje al teatro. Al teatro como espectáculo, como creación, como forma de escaparse de sí mismo, de desdoblarse, de ser otros. El teatro como redención, también. Qué mejor catarsis que un asesino interpretando a Macbeth. Que un hombre de teatro sediento de venganza utilizando el arte de las mil caras para cambiar la realidad y recuperar su razón de vivir. 


Margaret Atwood




lunes, 4 de junio de 2018

LA BUENA LETRA

Como ventanas. Los capítulos cortos de este librito son como ventanas abiertas a otro mundo. Y lo he leído asomado a ellas, disfrutando del aire húmedo e íntimo de su prosa. Despacio. Maravillado. Conmocionado. Ojalá no se acabara nunca esta novela. Esta voz femenina que le cuenta a su hijo la historia de su familia, voz-letanía, voz-lamento serenado con los años que sin embargo no ha perdido el matiz de la rabia, del inconformismo, de la dignidad. Como todas las historias familiares, y más las que sufrieron una guerra, esta historia está surcada de grietas. De silencios, de palabras heridas, impronunciables, que nunca sanan porque nadie se atreve a pronunciarlas. Hay una sensibilidad sofocada por el miedo. Un amor prohibido escondido en un cuaderno de bocetos lleno de retratos de un mismo rostro de mujer. Y el deseo, escondido, como "una certeza resbaladiza, un aceite que se escapaba entre los dedos y dejaba manchas".

El relato comienza en los años de la posguerra. Describe aquel silencio asfixiante. El marido de Ana ha vuelto del frente, vencido, y apenas se deja ver por el pueblo. Ella, obligada a salir, acude al mercado de madrugada, cuando aún no han terminado de poner los puestos, para no exponerse a las malas miradas o improperios de la gente. Roja, furcia, escoria, fuera de aquí. Ese desprecio. Y luego, la miseria. El frío. La violencia. La guerra que no cesa, que se prolonga en el odio de los vencedores hacia los vencidos, en la humillación diaria y el rencor de los que creyeron en un ideal de justicia y sólo recibieron palos. En los tiros de madrugada contra la tapia del cementerio. Y los trapos ensangrentados, presos no reclamados que no verían la luz de un día más.

"Empujábamos, ciegos y mudos, buscando sobrevivir, y a pesar de que nos lo dábamos todo unos a otros, era como si sólo el egoísmo nos moviese. Ese egoísmo se llamaba miseria. La necesidad no dejaba ningún resquicio para los sentimientos".

"La miseria no nos dejaba querernos. Era como vivir entre ciegos".

El hambre y la miseria deshumanizan. Destrozan los vínculos afectivos y vuelven a los hombres desconfiados y salvajes. Y después, cuando la situación mejora y las primeras frutas y verduras y trozos de tocino vuelven a entrar en la casa, la protagonista se siente afortunada y feliz: piensa que haber burlado al hambre es una hazaña de millonarios. 

Rafael Chirbes
Me imagino el sonido de su voz, en la penumbra. Capítulo a capítulo, contando una larga historia en pequeños episodios, evocando tiempos pasados con una voz suave, lejana, cargada de capas de recuerdos. Proyectando el calor de todas esas vidas desaparecidas en la mente de su hijo. Una voz con dedos largos que llegan a tocar cosas que quedan fuera del alcance de los demás.

Qué placer de literatura, qué fluidez, qué gusto da leer un libro con una prosa tan cuidada, tan precisa y natural. Es elegante, emocionante en su sobriedad. Un verdadero logro esa voz femenina, tan íntima, tan sencilla. Como en París-Austerlitz, su novela póstuma, hay mucha belleza herida, muchos sueños incumplidos en esta historia. Sueños que sobreviven al paso del tiempo en baúles viejos y carpetas olvidadas, sueños que, antes de que se deshagan definitivamente en el olvido, resurgen en la voz íntima y dolorida de esta madre que abre su corazón para contarle a su hijo el origen confuso, herido y anhelante de su familia y de su vida. 



jueves, 31 de mayo de 2018

LOS SANTOS INOCENTES

Uno escoge lo que lee por muchos motivos. Por la portada, por la editorial, por el tema, por el título, por la sinopsis, porque todo el mundo habla de él, porque nadie habla de él, porque conoce al autor, porque alguien se lo recomienda. Yo me dejo recomendar poco. No sé por qué. Quizá porque sé lo difícil que es compartir gustos con los demás. O por esa manía mía un tanto infantil de querer equivocarme yo solito y no por haber seguido indicaciones ajenas. En fin. Lo cierto es que cuando me dejo recomendar me lo tomo como algo íntimo. Leo el libro a través de los ojos del otro, me empapo de eso que le ha gustado como si me desdoblara. Y cuando acierto es una fiesta. 

Algo así he hecho con este libro. Creo que nunca lo habría leído sin la recomendación de P. Pero lo que es seguro es que no lo habría disfrutado tanto si no llega a ser por el filtro de su entusiasmo con el que me he zambullido hasta el fondo de esta historia salvaje y descarnada de un mundo en buena medida desaparecido pero que en las manos de Delibes se vuelve carne palpitante. 

Historia salvaje y descarnada, sí. Y, aparentemente, de difícil acceso. Acostumbrados como estamos al lenguaje escrito, con sus reglas de puntuación y su coherencia discursiva, leer las dos primeras páginas de esta novela requiere mucha atención y cierta paciencia. Es como llegar a un pueblo perdido de Extremadura e ir descifrando las frases de la gente a través del velo cálido de su acento. La impresión es fuerte pero dura poco. Así como a los cinco minutos uno ya comenta que hace una mijita de calor o se pregunta si la casa quedó bien afechada, a las cinco páginas la extrañeza desaparece y uno vuela por la novela como si el tono coloquial, hablado, hasta cierto punto experimental, fuera el tono de siempre de todas las novelas. 

Salvaje y descarnada. Y violenta. Y atemporal. Trata de la soberbia de los que han crecido creyéndose por encima de los demás. De los que sojuzgan porque no entienden otra forma de relacionarse con quienes consideran inferiores. Y de los que bajan la cabeza y aceptan que su lugar en el mundo estará siempre un escalón por debajo porque siempre ha sido así, porque rebelarse es propio de insensatos, de locos. O de inocentes. Es una historia, también, sobre el amor a la naturaleza y la conexión profunda que se puede establecer entre un hombre y un pájaro. Tan profunda que quebrarla puede desencadenar el fin del mundo. 



lunes, 28 de mayo de 2018

ENTRADA 500. GRACIAS, DE CORAZÓN

Vamos a hacer un blog de recomendaciones literarias. La idea era sencilla: trasladar a internet nuestra pasión recomendadora, esa que diferencia las librerías pequeñas de Amazon, y hacía de la nuestra un lugar especial y acogedor de diálogos sobre pasiones literarias. Escribir aquello de lo que hablábamos. No sólo para intentar llegar a más gente sino para dejar constancia de esas pasiones. El blog, también, como álbum de recuerdos de libros leídos, amados y compartidos. 

Y aquí estamos, cinco años y medio después, leyendo con la pasión voraz de siempre, dejando que los libros nos seduzcan, nos alimenten, nos atraviesen y se queden en nosotros mientras escribimos sobre ellos. Siempre he pensado que escribir sobre un libro que me ha gustado es una forma de recoger todas esas impresiones y emociones que se han ido quedando en el aire durante su lectura, bajarlas a la tierra y darles un sentido que las haga mías. La reseña como una forma de apropiarme del libro leído para hacerlo real, para sentirlo más cerca y para dárselo a los demás, filtrado por mi entusiasmo. 

Cinco años y medio después de aquella idea sencilla, hemos alcanzado las quinientas entradas y, la verdad, me cuesta creerlo. Esta reseña festiva es para descorchar una botella y brindar por vosotros, queridos lectores, por todos los que habéis tenido la bendita paciencia de llegar hasta aquí, por los lectores de Chile, Argentina, Brasil, Italia, Estados Unidos, Singapur, Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia, Ucrania, Nueva Zelanda y quién sabe cuántos bellos y lejanos países que nos visitan, por todos los que os vais sumando por el camino, nos aportáis sugerencias y nos animáis a seguir reseñando. Porque nunca habríamos tenido la osadía de escribir esta cantidad disparatada de recomendaciones literarias sin vuestros clics, comentarios e irrupciones triunfales a la librería exclamando: ¡necesito el libro ese que has recomendado en el blog! 
Gracias, de corazón. 



jueves, 24 de mayo de 2018

LA SEMILLA DEL ODIO

Mónica G. Prieto y Javier Espinosa, corresponsales de guerra especializados en Oriente Próximo, realizaron continuos viajes a Irak desde 2002 hasta 2010 para intentar plasmar la realidad cambiante del país en sus años más turbulentos a través de decenas de testimonios de todos los bandos en conflicto. Buena parte de sus reportajes forman el armazón de este libro, un intento de explicar cómo y por qué surgió el odio tribal desenfrenado del que nacería el terrorismo del Estado Islámico de Irak y, más tarde, del ISIS.

En los países occidentales nos hemos hecho una idea de la guerra de Irak a través de las noticias y de ciertas películas: noticias que a menudo se limitaban a mostrar lo escabroso de los atentados, y películas en las que la realidad se percibía a través de la mirilla del fusil de un soldado americano. Este libro consigue dar la vuelta a esa visión y enseñarnos cómo la invasión de Estados Unidos desató un odio entre musulmanes que había estado dormido durante décadas, provocó caos y desgobierno, criminalizó a la población suní apoyando a la chií y, en vez de libertad y prosperidad, contribuyó a crear miseria, violencia y terror.

Estados Unidos y sus aliados invadieron Irak en marzo de 2003. Entre otras cosas, acusaban al gobierno de Sadam Huseín de tener armas de destrucción masiva y de colaborar con Al Qaeda, y prometían liberar a la población iraquí del yugo de una dictadura que llevaba veinticuatro años desangrando a su pueblo en guerras sin sentido y sometiéndolo al capricho de su dictador egomaníaco. Las premisas de la ocupación se demostraron falsas pero la mayoría de los soldados occidentales siguieron creyéndose su papel redentor en Irak durante muchos años, a pesar de que todos los iraquíes, a partir de 2004, pudieron constatar que el horror de la dictadura no había sido nada comparado con lo que se les venía encima.

Y es que los invasores pronto demostraron que no habían venido a Irak a salvar a su población de un tirano sino a hacer negocio a costa de un pueblo oprimido y en la miseria. La imagen de los tanques estadounidenses, en los días posteriores a la invasión, protegiendo el Banco Central y el Ministerio de Pétroleo en Bagdad mientras contemplaban indiferentes el saqueo del patrimonio histórico o de los hospitales encendió el resentimiento de la población. Si a esto añadimos la criminalización de la minoría suní (el grupo musulmán favorecido por la dictadura), y el ascenso de la mayoría chií al poder propiciada por las tropas de ocupación, entenderemos que la indignación contra los americanos hirviera en todo el país y se volviera terriblemente violenta.

En un Irak donde la religión no había sido un elemento clave y donde chiíes y suníes habían convivido en relativa calma durante décadas, renació el fervor religioso y la identidad étnica como forma de aferrarse a un grupo y protegerse frente a la ocupación y la miseria. La invasión y el surgimiento del terrorismo abonaron el terreno para la expansión del odio. Los suníes represaliados, expertos militares, unieron sus fuerzas a los yihadistas, con los que no compartían más que el enemigo común, y juntos concibieron el embrión del Estado Islámico de Irak, la organización más siniestra, sangrienta y formidable de la antigua Mesopotamia, de la que surgiría el ISIS. 

Este es un libro sobre el odio. Sobre cómo cientos de miles de personas se refugian en una identidad colectiva (una nacionalidad, una religión, una etnia) para hacer frente al miedo y cómo esa identidad, para sobrevivir, se vuelve asesina. Es un libro sobre lo fácil que es considerar al diferente como enemigo y justificar la muerte del contrario en nombre de una idea, un dios o una patria. Americanos contra iraquíes, chíies contra suníes, kurdos contra árabes, entre 2003 y 2008 Irak se volvió uno de los peores infiernos sobre la tierra debido al auge de unas identidades intolerantes que recurrieron a los asesinatos indiscriminados para sobrevivir. 




lunes, 21 de mayo de 2018

EN EL MAR

En el mar todo puede ocurrir. Puede brillar el agua como cristal líquido y hacerte creer que estás en un sueño. Puedes sentirte el centro del mundo, dueño y señor de esa inmensidad azul, y una hora después abandonarte al pánico ante una tormenta imprevista que convierte tu velero en un diminuto barquito de juguete. La vida y la muerte se dan la mano y el mar continúa con su ritmo cadencioso, ajeno a la fragilidad de los seres humanos que juegan a surcarlo, a amarlo, a hacer de él una forma de vida. 

El protagonista de esta novela, oficinista holandés cansado de su vida rutinaria, decide darse un respiro de tres meses y marcharse con su velero a explorar el Mar del Norte en solitario. A la vuelta, para rematar la experiencia, se le unirá su hija de siete años para acompañarle en los últimos dos días de travesía, durante los que vivirá una experiencia que nunca habría podido imaginar. 

Pasar tanto tiempo solo es un reto. Te cambia por dentro. Estamos tan acostumbrados a la vida en sociedad, al contacto constante con otros seres humanos, que esa abrupta y prolongada soledad pone a prueba la cordura de cualquiera. Las emociones se adormilan. Se repliegan a un lugar recóndito de uno mismo. Esperan agazapadas para, en el momento más inesperado, agolparse todas juntas y salir en desbandada, clamando por su libertad. 

Con frases sencillas y directas, esta novela corta es un homenaje al mar. Hay mucho silencio en su cadencia. Mucha desnudez. El protagonista emprende un viaje hacia sí mismo, hacia la esencia de las cosas. Se centra en lo que ve, en lo que toca y en lo que huele. En lo inmediato. La belleza cegadora de la luz que se refleja y destella en la superficie cambiante del agua, la solidez del barco, los constantes crujidos y lamentos de la madera, la sensación de ingravidez al navegar, la línea de costa difuminada a lo lejos y los latidos de su corazón resonando en todo ese inmenso silencio tan lleno de vida. 

La naturaleza le devuelve una imagen lavada de sí mismo. Desprovista de la angustia matutina con la que se levantaba cada día. Una imagen limpia como el aire que bate de madrugada las playas de las Orcadas en el mes de julio. La naturaleza le devuelve la lucidez para distinguir lo importante de lo prescindible. Y lo importante, piensa, se reduce al amor de su mujer y de su hija. Lo demás, la oficina, los compañeros de trabajo, la ambición, las preocupaciones, se convierten en "los ingredientes inútiles de la vida", y se disipan como la bruma al amanecer. 

Pero no todo es paz en el mar. No todo son delfines acompañando la estela de tu velero y cielos despejados. En el mar todo puede ocurrir. Todo. Lo que más deseas. Y lo que más temes. 



jueves, 17 de mayo de 2018

EL DESCONCIERTO

Ya lo contó Eve Ensler en su libro De pronto, mi cuerpo: la enfermedad te revela que tienes un cuerpo que no conocías, y que ese cuerpo es tu enemigo. Los sanos no sabemos nada de esto. Vivimos como cabezas que se desplazan. Percibimos nuestro cuerpo vagamente. Sabemos que goza, que se cansa, que se impacienta. Pero no lo conocemos. Nuestro cuerpo es esa entidad difusa por la que la gente nos reconoce, nos quiere o nos desea, una entidad que usamos con despreocupación y cuyo funcionamiento ignoramos alegremente. Es necesaria esa ignorancia. Esa inconsciencia. Esa alegría al mirarnos en el espejo y limitarnos a aprobar o desaprobar las minúsculas alteraciones de la superficie. Los sanos no sabemos casi nada de nuestro cuerpo. Afortunadamente. Sólo los que acostumbran a convivir con la enfermedad saben que más vale no conocer tu cuerpo, porque cuando este se presenta casi siempre es en son de guerra.

Cáncer de colon, anuncian los médicos. Y parece de pronto como si ese nombre designara un ejército invasor, un enemigo al que hay que oponerse. Hay que admitir que la metáfora bélica es tentadora. Al igual que la psicología positiva (aquel mantra de si quieres, puedes), ofrece un consuelo inmediato. Pero la tentación está vacía y el consuelo es falso. Tanto Barbara Ehrenreich (en Sonríe o muere) como Susan Sontag (en La enfermedad y sus metáforas) se dedicaron a desmontar, desde su punto de vista de enfermas, la falacia que presenta la enfermedad como algo separado del cuerpo y la curación como una responsabilidad emocional del paciente. Pero si la enfermedad no es el enemigo, ¿qué haces con ella? ¿Cómo le hablas en la frialdad de un pasillo de hospital? ¿Contra qué aprietas los dientes, maldices, chillas, sollozas, luchas, te rindes?

Fluida, aguda, lúcida, absorbente, la prosa de Begoña Huertas hurga en la enfermedad de su propio cuerpo con la voluntad de observar para comprender. Se siente, a la vez, "torpe, marcada, contenta, cansada, rota, valiente, triste, impaciente". Su cuerpo es una vorágine de emociones y amenazas que a menudo su mente es incapaz de asimilar. Su cuerpo como obstáculo, como prisión, como un amasijo de cadenas que ella se esfuerza en arrastrar para recuperar a toda costa el acceso a la risa, a la vitalidad y a las ganas de hacer cosas. Para huir de ese momento tan conocido ya, tan cercano, en el que el mundo se ralentiza y ya no queda "suficiente música dentro para hacer que la vida baile".

"Quizás uno no se rebela contra la enfermedad sino contra una misma, defendiendo el yo que se ha sido hasta entonces del nuevo yo extraño que la enfermedad impone". El yo de antes reía, se interesaba por el cine, los libros, los diminutos dramas de los amigos en torno a una cerveza en una terraza. El yo de antes sentía la vida agitarse hacia la vida, con la posibilidad de la muerte totalmente oculta tras las rutinas cotidianas. El yo de ahora, sin embargo, vive enredado en la telaraña del dolor y observa el temblor de la muerte en el miedo de los demás cuando se esfuerzan por darle ánimos: qué valiente eres, qué ejemplo de entereza, qué bien te veo. Pero ella sabe, los enfermos saben, que, como escribió Steinbeck en Las uvas de la ira, "no se necesita valor para hacer una cosa cuando es lo único que puedes hacer". 

Qué difícil se vuelve la comunicación entre los enfermos y los sanos. Los primeros han aprendido la fragilidad y la caducidad de su cuerpo, la facilidad con que ese organismo en el que vivimos puede traicionarnos y derrumbarse. Los segundos, felices ellos, siguen creyendo que la enfermedad y la muerte son ideas, filosofía de la que ocuparse en la vejez: mientras el cuerpo responda como siempre seguirán pensando que son inmortales. Los primeros evitan hablar abiertamente de su dolor para no ser malinterpretados o juzgados. Los segundos evitan a los que hablan de su dolor para no tener que recordar que eso mismo les podría pasar a ellos. Y así, la enfermedad destruye las habituales autopistas de comunicación entre las personas y las sustituye por puentes colgantes, frágiles y bamboleantes, por los que transitan tímidamente las conversaciones, escasas, asustadas, siempre con miedo de perder pie y caerse. 

Porque, aceptémoslo, es intolerable no pasarse el día sonriendo. La sociedad nos empuja al entusiasmo y nos dice que si estamos decaídos es culpa nuestra. ¿Cáncer de pulmón? Seguro que fumaba. ¿Cáncer de hígado? Alcohólico fijo. ¿Diabetes? Normal, con lo que come. Pero, sobre todo, no te rindas. Si estás enfermo, debes luchar. Tu lucha será tu expiación. La expiación por haber faltado a tu deber de estar sano. No hay nada más escandaloso que un enfermo que se rinde. Y nada más feo que un cuerpo que se deteriora. 

He leído este libro con fascinación. Con empatía, con admiración. Pero también con la sensación de no lograr entenderlo del todo. Me asomo al abismo en el que la autora ha estado, y donde ella ve caminos, indicaciones y enseñanzas yo sólo veo oscuridad. He leído este libro con un escalofrío en la espalda. La muerte está ahí, susurrando, en muchas páginas. Pero también con la alegría del que comprende por primera vez muchas cosas gracias a la voz de la autora, estupenda intérprete del doloroso galimatías de emociones y necesidades incomprendidas que provoca en cualquier cuerpo vivir en la tierra de nadie de la enfermedad. 

La enfermedad te revela que tienes un cuerpo que no conocías, y que ese cuerpo es tu enemigo. Pero ese cuerpo también eres tú. Por desconcertante que parezca, tu enfermedad eres tú. Aunque te cambie. Aunque te trastoque la identidad y te vuelva insoportablemente vulnerable. Este libro de Begoña Huertas es la búsqueda de un orden en el caos, un paso atrás en medio del horror para intentar ver el dibujo completo del puzle. Para poner una mano abierta en la frente de nuestro dolor y calmar, aunque sea por unos minutos, la fiebre del desconcierto. 



lunes, 14 de mayo de 2018

APOROFOBIA

El término es novedoso pero la realidad que define es tan vieja como el mundo. La sensación de miedo, rechazo o aversión a los pobres la hemos experimentado alguna vez, a lo largo de la historia, la inmensa mayoría de las personas que no sufrimos pobreza. Está tan metida en nuestra forma de pensar, tan imbricada en lo que somos, que hasta hace pocos años ni siquiera teníamos una palabra para definirla. La confundíamos con la xenofobia o el racismo sin darnos cuenta de que no rechazamos a las personas por su origen o su aspecto, sino, con mucha más frecuencia, por su falta de riqueza. A los extranjeros ricos los acogemos con los brazos abiertos: son turistas que nos enriquecen. A los pobres, con rechazo inmisericorde: son inmigrantes que nos amenazan. Nuestra hospitalidad se basa, no en la cortesía, la generosidad o la empatía, sino en la posibilidad de un beneficio. Al juzgar a los extranjeros en función de su riqueza olvidamos que el volumen de su patrimonio no los hace más o menos humanos que nosotros. Olvidamos que la compasión y el compromiso con los que tienen menos que nosotros es un deber cívico y político, no sólo porque una sociedad más igualitaria e inclusiva es una sociedad más próspera y con más oportunidades para todos, sino porque erradicar la pobreza es un imperativo ético al alcance de aquellos que tengan voluntad política para hacerlo. 

Hasta los años setenta del siglo XX no existía una palabra para definir el rechazo a los homosexuales. Al no existir la palabra, el problema era más difuso, más difícil de señalar, de identificar y de combatir. La importancia de definir patologías mediante conceptos claros es vital para erradicarlos. ¿Cómo puedo salir de una depresión si no soy capaz de poner palabras a lo que siento? Con las patologías sociales, como la homofobia o la aporofobia, sucede lo mismo. Y el poder contar con esta última palabra para definir y combatir el rechazo a los pobres se lo debemos a la autora de este libro, la filósofa Adela Cortina, que ya en 1996 empezó a usarla en artículos periodísticos y está extendiendo su uso a todos los ámbitos de la sociedad hasta el punto de haber sido elegida palabra del año 2017 por la Fundación del Español Urgente. 

Hoy en día hay unas cuarenta mil personas sin hogar en España. Una de cada tres ha sido insultada o ha recibido un trato vejatorio alguna vez por su condición. Una de cada cinco ha sido agredida. El 85% de los agresores son menores de treinta años. El 93% son hombres. Hombres que se creen con derecho a denigrar a otras personas, a dañarlas física y moralmente, a privarlas de su autoestima, de la palabra y del acceso a la participación pública por el simple hecho de ser pobres. Estos hombres están en las universidades, en las empresas, en la política, son los que vienen a comprar un libro o te sostienen la puerta del portal por las mañanas o te reciben en la comisaría cuando vas a renovar el DNI o a denunciar un robo. ¿Cómo animar a las víctimas a denunciar delitos de aporofobia cuando es la propia policía, tan a menudo, la que se ensaña contigo por ser pobre? 

En los últimos años la aporofobia está creciendo en Europa. Desde que empezó la crisis de los refugiados, y en especial desde 2011, tras el inicio de la guerra de Siria, ha subido el apoyo ciudadano a los partidos nacionalistas xenófobos (aunque deberíamos decir sobre todo aporófobos) en la mayoría de países europeos. La presidencia de Trump también es un síntoma espantoso de esta deriva de los valores humanitarios. Pero, ¿por qué ese rechazo a los pobres? ¿De dónde viene?

Adela Cortina
Adela Cortina señala que la razón principal por la que excluimos a los pobres es su incapacidad de devolver lo que reciben. Nuestra sociedad capitalista está basada en el intercambio y la inversión. Desde nuestros pequeños gestos cotidianos, pasando por el comercio hasta nuestro sistema de impuestos, todos esperamos algo a cambio de lo que damos. Y creo que estamos olvidando una cuestión fundamental: ¿qué nos hace humanos? ¿Son los conocimientos, la riqueza, los valores, las expectativas? Adela Cortina argumenta que, por encima de todo, nos hace humanos la capacidad de dar algo a cambio de nada. El altruismo instintivo. La decisión de proteger a un ser humano que no conocemos por el simple hecho de que merece la misma protección que nosotros. Reconocer en el otro nuestro igual. Y actuar en consecuencia. 

Esta idea es revolucionaria. Nadie piensa así por instinto. Hay que aprenderlo. Si la gente aprendiera una ética de la compasión y de la generosidad, y actuara en consecuencia, habría mucha menos desigualdad y conflictos en el mundo y en las relaciones personales. Cada vez que hacemos algo por alguien estamos creando una expectativa de recibir algo a cambio. Puede ser eso mismo que hemos dado, mucho más, o un simple gracias. Pero siempre esperamos algo. Dar sin esperar nada, es decir, desactivar el resorte de la expectativa, es la revolución ética necesaria para luchar eficazmente contra la aporofobia. Desde la escuela, las empresas, las instituciones, los medios de comunicación y la política.



jueves, 10 de mayo de 2018

LA MEMORIA DEL ÁRBOL (Firma invitada)

¿Dónde guarda el árbol su memoria? La memoria del árbol está en la memoria de las personas, y la memoria de las personas puede estar en la cabeza o en el corazón. Eso se lo ha enseñado a Jan su abuelo Joan. Se lo ha enseñado mientras Joan aprende a vivir con la enfermedad y Jan aprende a ver a su abuelo dejar de recordar poco a poco.
–Tú olvídate de papá y mamá. Estas conversaciones son entre tú y yo.
–Y... ¿también las olvidarás?
–Yo no sé qué olvidaré, ni cuándo, ni cómo. Pero ¿sabes qué hago con lo que no quiero olvidar?
–¿Qué?
–En lugar de guardarlo en la memoria de la cabeza, lo guardo en la del corazón, porque esa no se me borrará.
–¿Y qué más guardas ahí?
–Todo lo que he querido, Jan.
–Hombre, ya... A la abuela, a mamá, a mí...
–Sí, también. Pero además el día que arreglé mi primer reloj, cuando nació tu madre, el día que conocí a tu abuela, cuando talaron mi sauce llorón... 
Esta novela es una de las historias familiares más bonitas que recuerdo haber leído en mucho tiempo. Una historia de la que vamos aprendiendo a vivir con caras grises y ojos como de cristal, una historia a través de la cual darle la mano una vez más a nuestro abuelo, dejarnos enseñar por él y disfrutar de esos momentos tan nuestros que vivimos con él o con ella. Es una familia y una historia que llegan al corazón. 

Una querría ser la hija de esos padres comprometidos, atentos y cuidadosos; nieta de esos abuelos sabios, con una sabiduría ancestral aprendida a base de arreglar relojes, observar árboles o coser prendas de ropa. Una querría vivir la realidad aparentemente sencilla que llega cuando la vida de todos se desmorona, se pone patas arriba: una vida de merienda con el abuelo descubierto en la distancia entre las cabezas de todos los padres y familiares que van a recoger a sus niños al colegio; paseos recordando los nombres de las calles y las formas de los árboles, partidas de dominó y cenas de cuchara cocinadas por la abuela.

Una querría asumir el dolor que traen las verdades manteniendo la nube alegre de perfume de la abuela o el humor absurdo del padre.

Esta novela me ha recordado a la extravagante familia de Esperando a Mr. Bojangles, aunque no hay locura que lo oscurezca todo. Sin embargo, la ternura, el amor, el humor y los lazos familiares son tan importantes en ambas novelas que parece que se complementaran a la perfección, ya que ambas nos traen las dos caras de la moneda de la enfermedad.


Tina Vallés

Su autora, Tina Vallès, ha hecho un trabajo extraordinario con la voz narrativa, ese niño que va viendo cómo poco a poco deja de serlo y tiene que buscar rincones fuera de casa para aferrarse a esa edad en la que todavía los recuerdos resisten y desde donde heredar esa "o" inmensa del nombre de su abuelo sin furia o rabia. Heredar la "o" significa perder al abuelo y eso... Eso todavía no.



lunes, 7 de mayo de 2018

HOMBRES

Angelika Schrobsdorff, autora también de Tú no eres como otras madres, escribió esta novela sobre la educación sentimental de Eveline Clausen, álter ego suyo, como continuación a aquel primer retrato de su madre que venía a cubrir los huecos que siempre van a existir en la historia del exterminio judío provocado por los nazis. Hemos leído multitud de testimonios (Primo Levi, Jorge Semprún, Ana Frank, Irène Némirovski...) pero siempre nos van a faltar otros puntos de vista. El que aquí nos ofrece esta novela parte principalmente de la postguerra, a partir de 1945.

Angelika era una adolescente judía cuando se vio obligada a exiliarse con su madre a Bulgaria. Las dos pasaron miedo, persecución y hambre, y a pesar de que su padre, berlinés ario y burgués, intentó siempre por todos los medios protegerlas enviándoles dinero y joyas, su subsistencia estuvo a menudo en peligro. Fue un padre y un marido bondadoso, culto y generoso, que al final también sufrió las consecuencias del nazismo. Lo que más le dolió fue la pérdida de su biblioteca y su corazón no pudo soportar tantos sufrimientos. Se hizo cargo de su ex mujer enferma de esclerosis, la madre de Angelika, a pesar de que hacía años que estaban separados y que él se había vuelto a casar. Ambos cuidaron de Else hasta su muerte.

Esta historia es un perfecto estudio de muchos de los hombres que pasaron por la vida de Eveline Clausen. Para ella no eran más que formas de evadirse de su dramática realidad, del inabarcable dolor que suponía ver a su hermanastra en un campo de concentración y a su madre enferma. Es una lectura que no he podido interrumpir, casi seiscientas páginas que en tres días me absorbieron totalmente, porque sabía que no era una novela más sino una historia real y valiente. 

El exilio en Bulgaria describe de forma magistral el ambiente de la capital, Sofía, bombardeada tanto por soviéticos como por norteamericanos, y el carácter del pueblo que las acogió, cuya infinita generosidad siempre recordó como la mejor experiencia que vivió en el despertar de la adolescencia y los primeros amores. Allí, a partir de los dieciséis años, empezó a encadenar pretendientes, y fueron innumerables los hombres que pasaron por su vida cubriéndola de amor y regalos. Ella no estaba mucho tiempo con ninguno. Gracias a su atractivo físico, se convierte en una muchacha ligera que se niega a aceptar que en su vida pueda haber sufrimiento. Criada en un entorno privilegiado, con una madre judía culta, bella y bondadosa, y con un padre ario generoso que se ocupó siempre que pudo de ella, fue desposeída de su dignidad por la represión nazi y decidió que su vida, a riesgo de volverse superficial y egoísta, no iba a seguir el mismo camino. 

Angelika Schrobsdorff


jueves, 3 de mayo de 2018

DR. URIEL

Cada tarde, a las seis, cerraduras que chillan, ruido de pasos. Las partidas de cartas se congelan, las conversaciones enmudecen. Y los presos aguantan la respiración con la mirada tensa, esperando que la comitiva pase de largo, que no les toque a ellos. Que sean otros, de nuevo, los que salgan de las celdas para no volver. 

Minutos después, cuando se desvanecen los pasos y las cerraduras vuelven a callar, se reanudan las partidas, las conversaciones retoman su animación de antes y la voz del sargento Sangrós se eleva por encima del miedo a ritmo de boleros, fandangos y seguidillas, "¡con todos ustedes, Radio Celda 14!". Y la vida parece que vuelve a coger algo de holgura, la camaradería renace, el jersey hecho por la hermana huele de nuevo a casa y los presos vuelven a acariciar en sueños la esperanza de salir vivos de allí. De momento, saben que vivirán una noche y un día más.  

Este cómic es una hazaña. Con una ilustración que empieza elegante y estilizada para ir volviéndose cada vez más expresionista a medida que el drama se despliega, describe con una precisión asombrosa cómo actúa el terror sobre una comunidad. En las primeras semanas de la guerra, ningún preso político pensaba en serio que sería fusilado. Fusilado por qué, si yo no tengo delitos de sangre. A pesar de las noticias de los paseos que los falangistas daban a todo rojo enemigo de la patria que encontraban, muchos siguieron creyendo en un sentido de la justicia que la guerra y la impunidad habían hecho saltar por los aires. 

El terror nos degrada a todos. Utiliza nuestra fe en la justicia y en el orden para conducirnos a la muerte sin resistencia. Nos hace sentir una abyecta gratitud cada vez que es otro el que desaparece, cada vez que vemos nacer otro día y sabemos que hemos sobrevivido. A los verdugos los vuelve sádicos; a las víctimas, pasivas; a los espectadores, cómplices. El terror es el arma más poderosa. Y su eficacia reside en que es inimaginable. Nadie se lo cree hasta que ya lo tienen encima. Como esos funcionarios, médicos, soldados, maestros y contables encerrados en la cárcel al principio de la guerra que esperaban tranquilamente un juicio justo que los liberara tras el caos de los disturbios y que fueron fusilados de noche y enterrados en fosas comunes. Fosas como heridas que están ahí, abiertas, tras ochenta años. Y que hoy en día toda la derecha de este país se niega a querer cerrar.

En este cómic, Sento (pseudónimo de Vicent Llobell Bisbal) reconstruye la experiencia de su suegro, Pablo Uriel, durante la guerra civil. El 18 de julio de 1936, el joven doctor Uriel, recién diplomado, estaba cubriendo una baja en un pueblo de Aragón. Fue llamado a Zaragoza, tomada por el bando nacional, para incorporarse a filas, y cuando llegó lo encerraron en la prisión militar por sus simpatías republicanas. Allí estuvo más de tres meses, escuchando los pasos tras la puerta, cada tarde a las seis, y disfrutando de la voz flamenca de Sangrós mientras se preguntaba cada noche: ¿quién decide estas muertes absurdas?

Al salir de la cárcel, gracias a la intercesión de su familia, decidió que el lugar más seguro para él, lejos de la vida asfixiante de Zaragoza donde podía volver a ser denunciado en todo momento, era el frente. Y allí se fue. Estuvo en la batalla de Belchite en el 37, sirviendo como médico en el bando nacional, y pasó el último año de la guerra en una prisión en Valencia, sobreviviendo y luchando contra las pésimas condiciones higiénicas de la cárcel. 

Esta puede parecer una historia más de la guerra civil. Quizá lo sea. Pero tan bien contadas, la verdad es que conozco muy pocas. El protagonista es inolvidable, por sus dudas, su integridad, su inocencia, su entereza al pasarse toda la guerra en el bando nacional a pesar de sus convicciones republicanas y darse cuenta de que cuando se trata de intentar que la gente no se muera, poco importan las ideologías. El único enemigo es la guerra. 

Y me ha impresionado, sobre todo, la brutalidad de la batalla de Belchite. La resistencia del doctor Uriel, sin medicinas, sin medios, trabajando para el bando que lo encarceló durante tres meses por sus ideas, ahogado de calor y de moscas, empapado de sangre ajena, días y días sin dormir vendando heridas con cortinas, cercados por el ejército republicano, un ejército al que siempre había querido pasarse para huir de la amenaza de la cárcel y de la muerte. Y, en el recuerdo, aquellos boleros del sargento Sangrós, una música alegre de tiempos de paz que un día de otoño, a las seis, enmudeció para siempre. 







viernes, 27 de abril de 2018

LOS BESOS DEL LOBO FEROZ

Todos los niños quieren ser un lobo feroz. Las abuelas no lo saben, por eso alguna se me asusta ante la posibilidad de que su nieto o nieta pierda el sueño con este cuento. Las madres tampoco lo saben, y aunque les insista en que la historia va de amor, con frecuencia optan por los besos de otros animales con mejor fama. Y es que los pobres lobos son siempre los malos. Caperucita, los tres cerditos, Pedro, todos víctimas de ese ser astuto que se los quiere comer sin contemplaciones. ¿Qué habrán hecho los pobres lobos para despertar ese miedo irracional en las madres del mundo?

No me parece justo. Con lo increíble que debe de ser disfrutar de esa vista kilométrica y ese olfato infalible. Tener una gran boca para hacer temblar la cama con su rugido al despertarse. Grandes patas para correr como una exhalación por el bosque. Un hambre enorme para zamparse a todos los niños del m... Uy, no, eso no. Un hambre enorme de besos para repartirlos fieramente entre todas las madres y abuelas que temen a los lobos sin saber, sin sospechar, sin darse ni cuenta de que todos los niños, todos todos, quieren ser un lobo feroz.