lunes, 28 de septiembre de 2020

LA TREGUA

Volver a los libros es como volver a los paisajes. Uno nunca se los encuentra igual que los dejó. Este mes, en el que Mario Benedetti habría cumplido cien años, he vuelto a leer La tregua y me he encontrado con todos los relieves cambiados de sitio, con picos surgidos de la nada y heridas abiertas en donde antes sólo había laderas. Pero el valle de la ternura y de la bondad sigue ahí, intacto, perfecto, brillando en cada página con la misma luz que en mis recuerdos. 

La iniciativa surgió de P.: 
- ¿Por qué no celebramos el centenario de Benedetti con un grupo de lectura conjunta?
- ¿Un qué?
- Un grupo de lectura conjunta. Sí, hombre, como los que anuncian en Instagram, que reúnen a los integrantes en un grupo de Telegram y cada día o cada fin de semana van comentando por trozos una novela propuesta. 
- O sea, como un club de lectura telemático a plazos. 
- Lo has clavado. 
- ¿Te ocupas tú?
- Nos ocupamos los dos. 
- Mmm... Hecho. 

Y me metí en La tregua de cabeza sin pensar que desde mi primera lectura en 2003 había llovido mucho, en especial sobre mí, y que nada o casi nada sería lo mismo. Noté desde el principio una melancolía más oscura, una apatía más gris y todo un puntito más desolador de lo que recordaba. Me sentía volviendo a una casa de la infancia y descubriendo que alguien se había muerto allí en aquella esquina y lo había olvidado por completo. Sin embargo, como Martín Santomé se empeña en describirse en su diario como "un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría", poco a poco las nubes se fueron aclarando y la esquina aquella perdió su lado lúgubre, y allí estaba, Avellaneda, con ese nombre que significa tantas cosas y que enciende una luz en cada entrada en la que aparece. 

Por ahí empecé a recorrer senderos conocidos. "La agitación de asistir a mi propia conmoción". ¿Comprendería esto mi yo de hace diecisiete años? ¿Se puede entender con veintiuno lo que siente un hombre de cuarenta y nueve con el mecanismo de sus sentimientos detenido veinte años atrás? "La viudez como dolor, luego como indiferencia, luego como libertad, finalmente como tedio". Para que un día llegue una señorita que "ni siquiera es definitivamente linda" y acabe de un golpe con todo eso. Eso sí, ese flechazo inexplicable lo entendí tan bien entonces como ahora. 

Decía que los relieves de este paisaje me los he encontrado todos cambiados de sitio. Y es verdad. ¿Cómo no me di cuenta entonces del paternalismo, de la misoginia enmascarada o "machismo asintomático" de Santomé -como apuntó una colega del grupo de lectura-? ¿Cómo pasé por alto su homofobia militante y con todos sus síntomas? Ni idea. Ha llovido demasiado. Pero en el fondo, al terminar la novela, todavía estremecido, me digo: ¿qué importancia tiene, si el tono permanece intacto? El tono, ese tono. Esa ironía mezclada con humor y con sonrisa triste y con astucia ingenua. Me quedaría a vivir en ese tono. Y en las últimas páginas también, que me han vuelto a dejar la misma huella (o quizá otra muy distinta pero igual de profunda). No voy a dejar que llueva mucho tiempo antes de volver a ellas.  

Con el corazón roto he terminado mi relectura de La tregua, sintiendo desbocada esa "cosa enorme que empieza en el estómago y acaba en la garganta". Alguien dijo hace poco que Benedetti le había dado un valor nuevo a algo tan poco prestigioso como la ternura. Y pienso que no sólo a la ternura, querido Mario. No sólo a la ternura. 



jueves, 24 de septiembre de 2020

NO CERRAMOS EN AGOSTO

En ciertas novelas hay lugares de los que me cuesta salir. Pongo el marcapáginas, cierro el libro y me olvido de la trama sin problema, pero ay cómo echo de menos ciertas calles, ciertas playas, ciertos olores. Me ha pasado recientemente con La Habana de Padura y con Toulouse y Plasencia en la última novela de Martínez de Pisón. Pero el lugar donde me he sentido más vivo últimamente ha sido la Barcelona cosmopolita y trepidante de esta novela policiaca de Eduard Palomares. Una Barcelona inundada de turistas, precaria y vibrante, con su zona alta que siempre se enfunda los guantes blancos para no mancharse al mezclarse con la plebe del resto de la ciudad. Una ciudad efervescente que Jordi, nuestro joven detective en prácticas, conoce al dedillo de recorrérsela casi siempre a pie por falta de pasta.

Porque, ¿quién tiene pasta en Barcelona?
No los jóvenes, desde luego. No esos millenials, jovenzuelos de mamá, cuya única patria es internet, que al terminar la carrera van dando tumbos con contratos basura, viviendo con sus padres porque no pueden pagar los precios imposibles de los alquileres, y acarreando esa fama de ser la generación mejor preparada de la democracia que dilapida su talento en fiestas golfas. No, ni Jordi ni sus amigos tienen pasta ni casa ni curro decente. Y aunque desearían muchas cosas con las que apenas alcanzan a soñar, quizá ninguna prosperidad les arrancaría de su bar de siempre, el Pirineus, un hogar con mesas de madera rústica y paredes decoradas con posters de esquiadores, el típico bar de los de antes que diez años atrás compró la familia Huang, manteniendo la cerveza y las bravas más baratas del barrio pero eso sí, cocinando la tortilla de patata con palillos. 

De Barcelona y de dinero va esta novela que se lee en un suspiro y que me ha parecido de las más divertidas, frescas e ingeniosas policiacas que he leído en mucho tiempo. Es un retrato mordaz de una generación en el que me he visto muy reflejado, una generación desorientada que tiene muy claras ciertas cosas, aunque nunca queden a su alcance. Es un retrato de una ciudad explosiva y maravillosa cuyas calles nunca me cansaré de patear. Y es el retrato de una época cínica y sin escrúpulos en la que campan a sus anchas la especulación inmobiliaria y la corrupción hipotecaria y en la que carroñeros vestidos de etiqueta se dan festines con el derecho de la gente a una vivienda y a una vida dignas. 

Quiero más aventuras de este Jordi, becario o no becario, detective en busca de una chica que no se ría de sus ínfulas novelescas. Aunque sólo sea para volver a esa Barcelona de mil caras y volver a sentir el corazón "como si quisiera desprenderse de mi caja torácica para irse a vivir su propia vida". 

 


lunes, 21 de septiembre de 2020

UNORTHODOX

En los últimos años han tenido mucho éxito los libros de memorias sobre vivencias en comunidades religiosas fanáticas. Libros como Una educación, de Tara Westover, Boy erased, de Garrard Conley, o este de Deborah Feldman nos llaman la atención porque nos muestran qué sofisticadas maneras puede idear la gente para torturar y humillar a sus semejantes en nombre de una tradición religiosa. Es decir, nos llaman la atención precisamente porque son extremos, radicales, porque su brutalidad es tan salvaje que la repulsión que sentimos rozaría casi con la hilaridad si sus principios no resultaran tan aterradores. En definitiva: nos gustan porque nos muestran una realidad radicalmente distinta a la nuestra. 

Pero yo a veces me pregunto: ¿de verdad esa realidad es tan distinta? ¿No será que sus expresiones más llamativas no nos dejan ver que en el fondo a todos nos han educado en base a algún tipo de tradición fanática, tan interiorizada en nuestra forma de ser que nunca la asociaríamos con nada claramente reprochable?

Deborah Feldman nos cuenta en Unorthodox que su comunidad jasidí satmar de Brooklyn está llena de "gente arrastrada por la impetuosa corriente de unas tradiciones ancestrales". Gente a la que le enseñan que todo lo que viene de fuera de su comunidad es peligroso porque "vuelve el espíritu vulnerable, como un felpudo de bienvenida para el demonio". Gente que sólo se relaciona, se casa y se reproduce con miembros de su comunidad porque cualquier mezcla puede alterar su "pureza". Gente que, a fuerza de tener miedo de poner en entredicho la opinión mayoritaria, reprimen sus opiniones hasta que estas poco a poco desaparecen y terminan por volvérseles inimaginables. Gente encerrada en la cárcel del decoro y de la obediencia. Gente a la que le enseñan que "la asimilación fue lo que condujo al Holocausto. Intentamos integrarnos y Dios siempre castiga a quienes lo traicionan". 

Si retiro la capa externa de extravagancia local de cada libro, me doy cuenta de que estas vivencias extremas de Unorthodox, Una educación y Boy erased se dan todos los días en nuestra sociedad bajo las distintas formas de un mismo cóctel incendiario, al que tristemente ya vamos acostumbrándonos, hecho de nacionalismo, xenofobia y pensamiento mágico. Al final, todos los fanatismos identitarios se parecen, pero cada uno expresa sus locuras a su manera. 

Deborah Feldman

Me ha gustado mucho la descripción de Deborah Feldman de niña, una Matilda traviesa y revoltosa con ganas de descubrir su poder mágico para cambiar el mundo. Curiosidad y apetito por experiencias nuevas en una comunidad ultraortodoxa: ¿qué podría salir mal? Me ha hecho pensar también en todas esas chicas que alcanzan la edad adulta deseando experiencias que socavarían los propios cimientos de la comunidad en la que se han criado, que, a falta de otras experiencias, son los propios cimientos de su existencia. Qué bien contaba el eterno dilema de elegir entre la felicidad y la pertenencia Jeanette Wintersen en su maravilloso Por qué ser feliz cuando puedes ser normal

¿De verdad se puede abandonar el lugar, la gente y la cultura de la que procedes?
Deborah Feldman y el resto de autores citados en esta reseña escribieron libros para decir que sí. Que sí se puede. Y que aunque siempre merece la pena, el precio a pagar por tamaña osadía desgraciadamente nunca termina de pagarse. 




jueves, 17 de septiembre de 2020

LA CASA DE LA PLAYA

Yo nunca he tenido una casa de la playa. Una casa que sea un poco mía y un poco también de mi familia, a la que vayamos todos juntos o por partes cada verano y donde me sienta a gusto y a salvo. Una casa con su jardín y su barbacoa, con su olor a mar en cada cortina, que pida una mano de pintura o la visita de un fontanero cada verano y en la que se depositen poco a poco los recuerdos familiares como los estratos de tierra que forman los paisajes. Una casa que sea un símbolo de pertenencia, un espejo en el que todos nos miremos y digamos, sonriendo: ese soy yo. 

Yo nunca he tenido una casa de la playa. Hasta ahora. Porque después de leer este cómic he decidido que mi casa de la playa es esta: una casa en la costa atlántica francesa, desde la que no se ve el mar pero se sienten y se huelen su humedad y su temperatura, y que todos los veranos reúne a una familia en torno a una mesa y unos recuerdos y va dejando su huella en el relieve del paisaje emocional de cada uno. 

He leído este cómic con una sonrisa melancólica. Hay una tristeza suave (y no tan suave) en los primeros trazos de la protagonista, cuando llega a su casa de la playa y empieza a recordar. Una presencia nueva va haciéndose notar en su vientre mientras que una ausencia ha llegado abruptamente a su vida para siempre. Y la casa de la playa, esa ancla a la que se aferra para remar contracorriente, de repente parece a punto de perder agarre y dejarla a la deriva. 

El dibujo de trazos juveniles, con líneas claras y planas, subraya la inocencia de la infancia, de esa infancia del papel pintado de globos de colores que nadie se atreve a cambiar, de esa infancia que todos rememoran porque sus júbilos y dudas laten en cada rincón de la casa. Más de medio siglo de familias y esperanzas se encuentran en las páginas de este cómic que me ha regalado un sentimiento de pertenencia a una casa, a un lugar. Algo que, quizá porque nunca lo he tenido, comprendo muy bien y siempre me emociona. 



lunes, 14 de septiembre de 2020

CIEN AÑOS YA, QUERIDO MARIO

A veces nuestros autores favoritos envejecen tan mal dentro de nosotros como el fuego de los amores más apasionados. Los versos que hace diez años nos hacían llorar hoy nos dejan indiferentes (o incluso nos dan un poco de pena). Las frases que copiábamos con buena letra en papeles y cartas ya no nos dicen nada nuevo del mundo. Crecer es también ir tapiando las puertas del asombro viejo para mudarnos a otras casas donde nos asombren estímulos nuevos.

"Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras". 

Sin embargo, algunos pocos escritores, muy pocos, siguen colando su música por mis puertas tapiadas y reivindican su lugar, su asombro, con cada relectura a lo largo de los años.

"Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha cómo ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades".

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Mario Benedetti, el autor al que dedicamos nuestra librería, un señor con bigote en un trabajo de oficina que con sus manos manchadas y su bondad tan sencilla imaginó un mundo capaz de emocionarme como la primera vez:

"Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico".


Mario Benedetti



jueves, 10 de septiembre de 2020

EL ÁRBOL DE LA LENGUA

Todos nos hemos pasado la mayor parte de la infancia aprendiendo normas. Aprendiendo a obedecer. A la calle salimos calzados, antes de comer nos lavamos las manos, uno se queda en casa de los padres hasta que puede comprarse un piso, y si una palabra no está en el diccionario no existe. Con el tiempo aceptamos que algunas de esas normas nos protegen, otras nos enseñan a respetar a los demás y otras no sirven más que para perpetuar una tradición. La tradición de que vivir de alquiler es tirar el dinero. O la tradición de que los límites de la lengua los definen los académicos.

Este libro de Lola Pons es perfecto para revisar ciertas tradiciones, en este caso lingüísticas, y sacudirnos de encima ese polvo de la obediencia que se nos ha ido quedando desde la infancia en ciertas actitudes y que muchas veces no nos hace bien.

"Tendemos a pensar que la lengua es como el tiempo, que cambia por ciclos que no dominamos y que actúa por caprichos fuera de nuestro control. Y se trata de lo contrario: la lengua no existe sino dentro de nosotros, y es lo que es porque queremos, acordamos y aceptamos que sea así. El límite para la lengua no está en el diccionario sino en nosotros".

En estos artículos, con elegancia e ironía deliciosas, Lola Pons habla de esa quimera llamada pureza lingüística, que algunos usan como arma política para apuntalar su discurso nacionalista y que es tan falsa, y tan peligrosa, como la idea de la pureza racial. Habla de estar vigilantes y no dejarse llevar por los clichés que asociamos en la lengua con la pulcritud -conservadora- y con la creatividad -progresista-. Defiende que el plurilingüismo siempre enriquece, que la lengua que no está constantemente cambiando es una lengua muerta. Que no hay lenguas bellas o feas, sino lenguas ricas y lenguas pobres. Y que cualquier lengua viva y que esté en perpetuo cambio nunca será una lengua pobre.

Lola Pons
Saber explicarse con palabras propias es uno de los síntomas más evidentes de que uno está vivo. Por eso es un fracaso colectivo cuando una persona dice, rendida: bah, no pasa nada, no sé explicarme. Sin las palabras no somos, no existimos. El lenguaje es lo que nos hace humanos, y con cada palabra que perdemos nos morimos un poco. La típica frase "Lo entiendo pero no sé explicarlo" es una excusa un poco mentirosilla. Si no sabes explicar algo, es que no lo has entendido de verdad: el pensamiento que no se puede materializar en palabras no es pensamiento, como mucho es intuición.

"La palabra tiene la capacidad tanto de prender como de apagar el fuego". Es decir, nuestra responsabilidad a la hora de elegir las palabras para comunicarnos es enorme. Y este libro es un festín de erudición y buen humor para que sintamos que nuestra lengua es ante todo una patria que cobija. Y que nunca debería usarse como jaula ni como ariete.



lunes, 7 de septiembre de 2020

COMO POLVO EN EL VIENTO

A veces creemos que pertenecemos a un lugar. Y nos aferramos a él aunque este se marchite o se revuelva mandándonos al exilio. A veces recreamos nuestro hogar en ensoñaciones lejanas y lo convertimos en algo frágil y hermoso, como una pompa de agua iluminada al sol, frágil y etérea, una maravilla de la naturaleza que quepa en la palma de nuestra mano y sea sólo nuestra. 

A veces creemos que pertenecemos a un lugar y pensamos que nuestra distancia física y emocional de ese lugar determina no sólo nuestro estado de ánimo sino también nuestra identidad. Y de eso trata esta novela: de los hilos invisibles que atan a sus personajes a su hogar y de la fuerza de la amistad a lo largo de los años, capaz de soportar el peso de cualquier desarraigo e incluso suplantar a la patria como hogar de acogida. 

Ya conocía la Cuba de Leonardo Padura por sus novelas policiacas (leí la última hace apenas tres meses), pero no me esperaba la explosión de color, amor, sufrimiento y vida que derrocha su nueva novela. A través de un grupo de amigos, conocido como el Clan, a lo largo de casi treinta años, el autor explora las mil caras del exilio. Del exilio físico y del exilio interior. De los que se van y no vuelven, o vuelven ya sólo de visita, como extranjeros en su propia tierra, que ya no es suya. Y de los que nunca pudieron o quisieron irse, pero una parte de ellos huyó de allí para protegerse, para salvarse, o parar preservar la cordura.

Como polvo en el viento (alusión a la mítica canción de Kansas), trata sobre las vidas clandestinas que intentan huir bajo nombres falsos de un pasado insoportable. Secretos guardados en viejos baúles que un día salen a la luz e implosionan. Vidas enteras guardadas bajo las dobleces humanas. Imposturas enormes, monstruosas, que sin embargo permiten salir adelante, sobrevivir y hacer felices a los demás. 

Leonardo Padura
Padura describe muy bien la sensación de muchos cubanos de nadar contra una corriente excesiva, y a menudo absurda. La sensación de tener que esforzarse tres veces más que cualquier extranjero para conseguir la mitad. Y la certeza de que es imposible vivir así toda una vida si uno no tiene fe en que ese sistema es superior a los demás, si uno no cree en el final de la historia y la redención del hombre por el socialismo y el fin de la lucha de clases. Solamente si uno cree de veras, si uno acepta besar la mano que le lanza esa corriente, puede quizá resignarse a pasarse la vida braceando, con el agua al cuello, resistiendo por un ideal de vida revolucionaria. 

Esta es una novela monumental sobre la memoria y los afectos. Sobre cómo se mantiene el profundo amor por los amigos pese al paso de los años, la distancia, el dolor y los exilios. Cómo se preservan los códigos de la complicidad pese a todo. Una novela sobre la pertenencia a un lugar, esa pompa de agua iluminada por el sol, hermosa y frágil como todo deseo, una hermosa ensoñación que nos da la vida y sin embargo no aguanta ni la más leve caricia sin romperse y desaparecer.




jueves, 3 de septiembre de 2020

EL LOBO EN CALZONCILLOS

"En el bosque hay un lobo de mirada fiera y colmillo afilado, por lo que conviene esconderse, animalillos. 
Pero, ¿de verdad puede ser malvado si lleva calzoncillos?"

Todos los animales del bosque se organizan contra el lobo. Los jabalíes levantan vallas antilobo, el oso enseña kárate antilobo, el ciervo vende novelas policiacas sobre lobos, incluso hay una brigada especial de tejones dispuestos a todo para enfrentarse al lobo. ¿A todo? Bueno, bueno, a todo, a todo... Vale, admitámoslo, sólo de imaginar su nariz interminable, sus dientes de sable y su mirada abominable a todos les tiemblan las rodillas como bailarines de claqué. 

Hasta que un día aparece el lobo fiero y terrible, ¡con unos calzoncillos de rayas! Unos calzoncillos calentitos, para sentarse en la fría roca y poder cruzar el bosque mojado sin ponerse a temblar de frío. Pero, ¿aceptarán los animalitos miedicas del bosque que el lobo monstruoso de sus sueños sea este buenazo enclenque de culo frío? ¿Qué van a hacer ahora sin miedo (y sin convertirse en bailarines de claqué al primer aullido)?

El lobo en calzoncillos tiene ya cuatro aventuras y con cada una me río como un niño. O como un animalillo acostumbrado a temer a lobos feroces que ha aprendido que el truco es mirar si lleva o no lleva unos bonitos calzoncillos. 





lunes, 31 de agosto de 2020

EL ÚLTIMO VERANO

Qué sorpresa. Qué maravillosa sorpresa. Al club de mis admiradísimas Willa Cather, Edith Wharton e Irene Némirovsky acabo de añadir a Ricarda Huch, una autora de la que, después de leer esta novela, lo quiero leer todo. La pena es que, a diferencia de estas otras autoras, y de otros contemporáneos suyos que la admiraban profundamente (como Thomas Mann o Stefan Zweig), de momento no hay nada disponible en español. Amigos de Duomo, Alba, Acantilado, Contraseña, Impedimenta, esta escritora os va a enamorar, por favor, traducidla más. 

Estamos en 1906 en Rusia. Año de revolución fallida, de revueltas estudiantiles. Un gobernador recibe amenazas de muerte y decide recluirse en su casa de campo con su familia. Para su comodidad y seguridad personal contrata a un secretario, un hombre enigmático del que pronto quedará prendada toda la familia, sin que ninguno sospeche la motivación oculta que le ha llevado a aceptar el trabajo. A través de las cartas que intercambian los miembros de la familia con otros personajes y entre ellos mismos, la autora consigue trasladar al lector un ritmo trepidante, un aire de premonición y una tensión que va creciendo y creciendo hasta su explosión final. 

Thomas Mann dijo que Ricarda Huch era la mujer más inteligente de Alemania, e incluso de toda Europa. Y la verdad es que después de leer esta novela lo que aflora a los labios es un elogio superlativo tras otro. Me ha encandilado su ironía y su vivacidad a la hora de describir a los personajes, usando las cartas de unos y otros para ir perfilando su carácter. La familia protagonista derrocha simpatía a la vez que una innata arrogancia que nace de la inocencia más que de la voluntad de dominio. Son aristócratas hasta la médula, embebidos de buenas maneras y frivolidad, hasta el punto de aguantar cualquier salida de tono sin inmutarse, pues consideran que "ofenderse es muy de pequeñoburgués". Es una familia encantadora y fascinante que, a ojos de Liu, el secretario, quizá sólo tenga un defecto: "pertenece a una época que debe desaparecer y constituye un obstáculo para el desarrollo de una nueva". 

Ricarda Huch
Mediante un tono epistolar aparentemente ligero, la autora indaga en temas profundos como el amor dependiente entre padres e hijos, la tradición frente a la desobediencia, el anarquismo como movimiento de cambio, el derecho a estudiar, la conciencia de clase y la libertad de expresión en un estado autoritario. Al igual que Willa Cather con la América profunda o Edith Wharton con la América cosmopolita, aquí Ricarda Huch hace un retrato de la aristocracia rusa con una finura, una chispa y una penetración psicológicas cautivadoras. 






jueves, 27 de agosto de 2020

LA PIEL

De adolescente me pidieron que escribiera un poema y elegí que tuviera rima y forma concreta: dentro de la camisa de fuerza de un soneto me sentía seguro, a salvo de desparramar mi torpeza por los versos libres. En el conservatorio me pidieron que compusiera una obra para orquesta y elegí un tema con variaciones. Tardé una semana en escribir los dieciséis compases del tema, y los doscientos de las variaciones me los ventilé en apenas un día: me costaba horrores encontrar caminos, pero una vez trazado uno, y delimitadas las fronteras de mi reino, el resto del mapa me salía sólo. 

Siempre me ha costado nadar en mar abierto. En la seguridad de la piscina me siento a salvo de tiburones y flatos e improvisaciones constantes. Por eso me admira la capacidad de Sergio del Molino para salirse del tema y nadar y nadar alejándose de las boyas y del agua conocida, despistándome con digresiones y cerros de Úbeda sin por ello perder de vista la costa. Frente a mi soneto y mis variaciones, intuyo que él habría escogido un romance y una rapsodia, formas laxas donde la improvisación es un juego de luces que despista y no deja ver con claridad los andamios de la estructura y la forma. Como en este libro, hecho de capítulos en forma de cuentos que un padre le cuenta a su hijo para hablarle de monstruos y de brujas, para hablarle de sí mismo. 

La premisa es contundente: la piel es un pasaporte. Si tenemos el color adecuado, la uniformidad adecuada y la textura adecuada, cruzaremos sin sospecha todas las fronteras. Pero ay si no es así. 

Nuestra forma de ver la piel ajena siempre está cargada de prejuicios: ¿piel oscura?, extranjero; ¿piel tatuada?, delincuente; ¿piel escamada?, falta de higiene. A través de la piel nos expresamos. Y a través de la piel nos juzgan. Si uno no tiene la piel adecuada, en algún momento recibirá miradas cargadas de prejucios, acusaciones, violencia, racismo o asco. Sergio del Molino cuenta en primera persona cómo nuestra piel y sus impurezas determinan nuestra relación con el mundo. 

Mi lectura de este libro ha estado punteada de carcajadas y de bolígrafos desenfundados a toda prisa para apuntar tal o cual frase memorable. Y es que la prosa de Sergio es divertida e ingeniosa, y lo que nunca deja de maravillarme: revela una cercanía y una franqueza emocionantes. A veces da un poco de vértigo la desnudez con la que cuenta ciertas cosas. Aunque luego advierta que no todo tiene que ser cierto y que ha inventado hechos y retocado personajes ("la verdad nunca está en los datos, y eso lo sabe cualquier lector"), hay capítulos como "Conversaciones con un rey de piedra" que estremecen y dejan la piel de gallina, esa piel cuya vulnerabilidad aflora en cada capítulo y que nos identifica como seres humanos. 

Me han gustado especialmente el capítulo sobre Nabokov y "Mariposa en vasco". Me encanta cómo Sergio escribe sobre sus escritores favoritos. Después de leer el retrato personal que hizo de Baroja en En el país de Bidasoa, daría unos añitos de librero por seguir leyendo sus homenajes íntimos a sus escritores favoritos. 

Una de las cosas que más le agradezco a Sergio es que consiga tan fácilmente que me interese lo que antes no me interesaba y que sepa proyectar tantas ideas y emociones nuevas en mi pared blanca de lector. Con La piel me ha llevado en volandas a base de ingenio, de historias curiosas y de lágrimas. ¿Cómo puede un tío tan bruto hacerte llorar?, me dijo un día con sorna una amiga en la librería. Quizá porque las historias que a ti te hacen llorar a mí me dan un poquito de risa, le respondí con mirada airada. Y por cierto, ¿a que no has leído su La hora violeta? Pues no, me contestó, pero con sus posts de... Entonces basta de pullitas absurdas y a leer. Y luego hablamos lo que quieras de lágrimas y emociones. 



lunes, 24 de agosto de 2020

PROGENIE

El verano es ligereza. Será porque la ropa nos sobra y el calor nos atonta. Será porque queremos pensar que todo va a ir bien, aunque la realidad despreocupada se mantenga enmascarada y a distancia. El verano es ligereza. Y no hay nada que acompañe mejor que una buena novela policiaca. 

Sevilla, mes de julio, ola de calor. El asfalto abrasado se pega a las zapatillas de los agentes mientras un asesino se dedica a matar a mujeres embarazadas. ¿Venganza personal? ¿Locura transitoria? ¿O un fanático que no soporta la idea de que las mujeres puedan ser madres como quieran?

Con capítulos cortitos y directos como puñetazos empieza esta novela impecable de Susana Martín Gijón que plantea temas importantes y muy actuales en torno a la maternidad, y que me ha tenido sentado al borde del sofá cuatro días de calor castigador que apenas he notado. 

¿Cómo puede una elegir entre el sueño de ser madre y el de una vida junto a la mujer de la que está enamorada? ¿Cómo alguien puede ver con malos ojos que una mujer quiera ser madre sin necesidad de un hombre a su lado? ¿Cómo la inseminación artificial puede seguir siendo en el siglo XXI "uno de esos temas de mujeres de los que es mejor no hablar"?

La investigación policial dirigida por la inspectora Camino Vargas (jefa accidental, cabezota, disfrutona, brusca y arrolladora) va sorteando estas preguntas en un circuito de pistas falsas en el que también se cuelan la ideología y la política. El aborto y la maternidad elegida en solitario son opciones todavía intolerables para muchos hombres, entre otros motivos porque dan un poder a las mujeres que ellos nunca tendrán. Y todo en una Sevilla que bulle de calor y de actividades nocturnas y sugerentes, que revolotean tentadoras alrededor de los agentes como ideas y promesas que no se atreven a posarse. 

El verano es ligereza. Y esta novela es justo lo que cualquier amante de la novela policiaca necesita: una buena historia que acelere las horas y te dispare los niveles de adrenalina. 




viernes, 7 de agosto de 2020

CALYPSO

Un señor me ha pillado doblado en dos de la risa con este libro en la mano y me ha dicho: venía a por otra cosa pero ahora mismo YA SÓLO QUIERO ESO QUE ESTÁS LEYENDO. 

Es imposible controlarse. Yo no puedo leer las tres primeras páginas de Calypso sin partirme de risa. Una risa sonora y descontrolada. Estentórea, como la mejor felicidad. 
Mientras lo leía me quedé sin ejemplares de tanto reírme tras el mostrador y tuve que dejar de hacerlo y dejar mi ejemplar en casa porque quién sabe qué instintos asesinos habría despertado en mis dulces clientes si me hubiera atrevido a decirles que no les vendía mi ejemplar porque era mío y me estaba haciendo tan feliz que mientras no lo terminara lo quería para mí. 

Sí, es cierto. Si leéis este libro os pueden pasar cosas raras: podéis enamoraros de una tortuga gigante y cancerosa, podéis aprender a leer un capítulo entero con el culo apretado (nada de spoiler aquí, ya descubriréis por qué), o también podéis aprender a caeros de la silla de la risa -he estado a punto dos veces, ya-. Pero nunca os pasará nada tan raro como lo que le pasa a Sedaris, creedme. Por el consuelo que esto aporta, ya merece la pena leer el libro. 

Tras cada punto y aparte, levantaba los ojos del libro con el ceño bien fruncido de indignación y exclamaba por dentro: ¿qué cojones es esto que estoy leyendo? Y acto seguido: ¿y cómo es posible que me esté matando tanto de la risa?

Sedaris tiene unas ocurrencias ingeniosísimas sobre todo tipo de temas. Y no duda en repartir bromas como puñales a diestro y siniestro. No se libra ni dios. Desde los fanáticos del veganismo, convencidos de que serán los únicos que sobrevivan a la Gran Pandemia del Cáncer, hasta esas parejas que cuando les preguntas si tienen hijos te enseñan sus tres terriers y gritan jubilosos: ¡son adoptados! 

Me chiflan las ideas que se le ocurren para tratar de descubrir si las recepcionistas de los hoteles o los dependientes en general son realmente humanos o sólo buscan vaciarte la cuenta del banco un poco más. ¿Qué cantidad de amabilidad puede esconder una pregunta a la que le da lo mismo la respuesta? A veces sólo queremos un mínimo de interacción. Dos seres humanos que se cruzan y se reconocen en una rareza, en una fragilidad, en una broma que vaya más allá de la careta de cortesía, que diga: "Yo también me doy cuenta, socorro".

David Sedaris
Y sí, no todo son risas en esta juerga. Bueno, no todo todo. Calypso está compuesto de capítulos independientes que tratan distintos aspectos o momentos de la vida del autor, con sus cinco hermanos siempre listos para unirse a cualquier expedición estrafalaria, con el suicidio de su hermana sobrevolando las páginas no siempre exento de su humor particular, y a su lado siempre su paciente y extraordinariamente apuesto marido Hugh, resoplando como un santo ante las excentricidades de esta familia de locos.

Calypso es una mirada descacharrante (y de refilón) a una vejez que asoma la patita. La mirada golosa de un hombre que "no se puede comer un pastel si no le echa helado y nata por encima". Y también es una carta de amor (y otros sentimientos menos amorosos pero igual de conmovedores) a su padre de noventa y dos años (ferviente votante de Trump) y a su devoción por el jazz. "El chasqueo de sus dedos al ritmo de una pieza de John Coltrane tiene la misma función que el ronroneo de un gato: quiere decir que puedes acercarte a él. Que todo va a salir bien. "Queridos míos -dirá dentro de mi cabeza siempre que me acuerde de él mientras levanta su copa y nos invita a reunirnos a su lado-, ¿no es maravilloso estar juntos?""





miércoles, 5 de agosto de 2020

ETERNO ANOCHECER. POESÍA COMPLETA

En buena parte del mundo en los años cincuenta, el deseo era cosa de hombres. Sólo ellos podían sentirlo, sólo ellos podían nombrarlo. Y por supuesto, sólo ellos podían escribir sobre él. Que una mujer sintiera deseo les parecía un incordio fuera de lugar. Que lo nombrara, una vulgaridad. Y que escribiera sobre ello era simplemente inaceptable. La iraní Forugh Farrojzad se atrevió a ponerle palabras a su deseo y quiso que el mundo las leyera. Y tuvo que aceptar el oprobio de tamaña transgresión. 

"Mira hasta dónde he llegado,
a las galaxias, al infinito, a lo eterno.
Ahora que hemos alcanzado las alturas
lávame con el vino espumoso de las olas. 
Cúbreme con las sedas de tus besos. 
Deséame en las largas noches". 

Farrojzad reclamó el derecho de las mujeres al placer del sexo y a tener una voz pública para expresarlo y compartirlo. Con sus poemas expresó la voluntad de romper los barrotes de la prisión familiar para poder decidir libremente sobre su vida. Por ello fue repudiada por su padre, fue acusada de corromper la moral social, la llamaron degenerada, inmoral, sucia. ¿Una mujer escribiendo sobre sexo, sobre libertad, sobre deseo femenino? ¿Una mujer usurpando una voz que no le pertenece?

"Feliz de arder en tu abandono. Feliz
de llorar con tus recuerdos.
Feliz de que después de alcanzarte siga
llorando este amor, que aún vive aquí dentro".

Escribió sobre el deseo, y también sobre sus amantes. Sobre su masculinidad, sobre sus cuerpos, sus celos y su actitud frente a las mujeres. Pocos hombres podían soportar ser analizados tan de cerca, sin miramientos, por una mujer. Ante el foco de esa mirada se volvían frágiles, inseguros, y su poder se resquebrajaba. Su poder basado en unas tradiciones que ella cuestionaba:

"¡Ay de este anillo, que aún conserva
su resplandor, su brillo,
siendo, como es, soga de esclavitud y obediencia!".

Farugh Farrojzad
A su padre le escribió: "Al contrario de lo que usted opina, yo no soy una mujer callejera, sólo soy yo misma: una mujer a la que le gusta sentarse a la mesa, leer, escribir poesía y pensar". Farrojzad fue una mujer que vivió cautiva de una cultura patriarcal y que se debatió toda su vida contra las ataduras física y morales de su país, parecidas en muchos aspectos a las que oprimían a las mujeres en España en la misma época. El ansia de libertad condena a la soledad a aquellos que la abrazan, y Forugh Farrojzad no fue una excepción. Sus poemas luchan por un amor compartido, un amor universal, incluso, que impregne la conciencia colectiva de placer y tolerancia. Sus poemas cantan como pájaros solitarios buscando un eco, un reflejo femenino en el que reconocerse.

"Y aquí estoy,
una mujer sola
en el umbral de la estación del frío,
empezando a entender la contaminada existencia de la Tierra,
y la sencilla y triste desesperación del cielo
y la incapacidad de estas manos petrificadas."

Farrojzad murió en 1967, a los 32 años, en un accidente. Fue la voz del feminismo iraní, una conciencia rompedora que iluminó toda una época. Escribió sobre las mujeres sometidas a la violencia de los hombres, muñecas "que miran el mundo con dos ojos de cristal", obedientes y enterradas en una mortaja llamada matrimonio. En un mundo en que esa era la norma, ella decidió romperla. Y hoy, medio siglo después, sus poemas siguen emocionando en todo el mundo por su fuerza y su lirismo, reclamando libertad y dignidad. 




lunes, 3 de agosto de 2020

POLO DE LIMÓN

¿Hace cuánto tiempo que no te comes un polo de limón? ¿Que no mordisqueas despacio sus placas de hielo y te recorre por el espinazo un relámpago de frescor? ¿Que no pasas las vacaciones de verano sin mirar el reloj ni el calendario, derrochando el tiempo como si no fueras un mortal asalariado? ¿Hace cuánto tiempo que no estás lo suficientemente vivo como para disfrutar de no hacer nada? ¿Que no pasas los días sin teatralizarlos en Instagram o escupirlos en Twitter? ¿Que no te sientes tan aquí y ahora como en aquellos veranos eternos de la infancia?

Si hace tanto tiempo que ya apenas lo recuerdas, no te preocupes. Aquí está la cura. Este libro está pensado para leerlo a lametazos, a la sombra de una palmera mientras el rumor de las olas y de los grillos te mece en el dulce sopor del verano. Y si no tienes ni palmera ni olas ni grillos, no te preocupes. Tú pon el calor, que Íñigo Domínguez te pone el resto.

Me encanta el tono de Íñigo Domínguez en estos artículos, ese aire de burla tierna en cada reflexión. El humor campechano y esa bonhomía con la que admite, con mirada de niño, que a sus cuarenta años escasos no puede evitar contar sus batallitas como cualquier abuelo cebolleta. Por momentos, me recuerda un poco a las crónicas viajeras de Ander Izagirre o de Enric González, y a la jocosidad de Sergio del Molino. La ironía parece siempre a punto de despuntar en una breve carcajada, casi resoplido, y cómo mola ir por el mundo con esa actitud tan disfrutona. No sé quién es Íñigo Domínguez, aparte de un periodista enamorado de Italia que escribe cosas sobre la mafia. Pero me lo imagino ya inspirado antes del primer café, quitándose las ideas de encima como otros nos quitamos las legañas.

Íñigo Domínguez
Ocurre pocas veces, y siempre es una pequeña epifanía: encontrar un escritor que te cuenta esas cosas que apenas llegabas a intuir mucho mejor de lo que tú las hubieras podido expresar nunca de haberlas tenido presentes. Y sobre todo, el tono. Ese tono ágil e irónico que parece dar saltitos en una esquina del ring subiendo y bajando los brazos, diciendo vamos, ven aquí, diciendo no tengas miedo, va, si esto es un juego. Y es que es verdad. Su escritura es un juego. Un juego al que voy a querer jugar muy a menudo a partir de ahora.





jueves, 30 de julio de 2020

MARCH. UNA CRÓNICA DE LA LUCHA POR LOS DERECHOS CIVILES DE LOS AFROAMERICANOS

Hay palabras que llegan como una liberación. A un chico negro con ansia de libertad a finales de los años cincuenta, escuchar a Jim Lawson o a Martin Luther King podía cambiarle la vida para siempre. Palabras como resistencia, no violencia, paz, amor, derechos o igualdad, quemaban como un grito y se inflamaban en pancartas creando vínculos por todo el país. Uno ya no era la víctima aislada de una mirada de odio, de un empujón por la calle o de una amenaza. Cualquier agresión era una agresión a un hermano y a una hermana, a una comunidad cada día más fuerte y unida por un deseo común. El deseo que continúa alimentando una lucha que está lejos de acabar: mientras haya racismo habrá millones de personas luchando para erradicarlo.

Este cómic cuenta la historia de un chico negro con ansia de libertad que a finales de los años cincuenta quiso entrar en una universidad de blancos. Aunque pronto aprendió que antes tenía que conseguir entrar en las cafeterías de blancos. O parar en una gasolinera y no temer ser linchado por algún grupito de hombres blancos que no podían ver a un negro solo conduciendo un coche sin pensar que lo había robado. 

A través de la vida de John Lewis (1940-2020), uno de los principales activistas por los derechos civiles de los afroamericanos, este cómic es una crónica espléndida sobre aquellos que se levantaron contra la segregación en los estados del sur de Estados Unidos y pagaron su viaje con sangre, consiguiendo remover la conciencia nacional y despertar el corazón y la mente de toda una generación.

Por la defensa de John Lewis de la protesta pacífica, esta historia me ha recordado al ensayo de Mark Kurlansky No violencia, que describe las técnicas de este activismo político para acabar con la discriminación y que tanto éxito ha tenido en todo el mundo a lo largo del siglo XX. También, cómo, no, me han venido reminiscencias de las memorias de Maya Angelou, Yo sé por qué canta un pájaro enjaulado, y su admirable tenacidad para afrontar el racismo con valor e imaginación. 

John Lewis murió el 18 de julio de 2020. Su lucha es la de todos. Y aún continúa.

"They say that freedom is a constant struggle
They say that freedom is a constant struggle,
Oh Lord, we struggle so long, we must be free
we struggle so long, we must be free".