sábado, 11 de agosto de 2018

ESTAMOS DE VACACIONES

Queridas, queridos:
Nos vamos unos días a cambiar de aires, a respirar naturaleza, a perdernos por playas y montañas y a comer y leer sin freno en la mejor compañía. Esperamos que paséis unos días estupendos y que tengáis mucha lectura de reserva. Y si no, ¡nos vemos a partir del lunes 20!




jueves, 9 de agosto de 2018

PIONEROS

Este es el primer libro que leo de Willa Cather. En los últimos cinco o seis años, editoriales como Nórdica, Impedimenta y, sobre todo, Alba, han vuelto a traducir buena parte de su obra, de forma que llevo viendo mucho tiempo los libros de Cather en las novedades y en las estanterías, poblando el paisaje de la librería, sin llegar a abrir nunca ninguno, quizá por aquello de que los clásicos están ahí para enriquecer el fondo y cazar con su anzuelo de lo canónico a algún lector respetable, pero no para satisfacer el ansia de lo novedoso que alimenta la mayoría de mis lecturas. 

Error. ¿Cómo podía yo imaginar que en la literatura de esta escritora pudiera esconderse una modernidad tan asombrosa? 

He empezado a rellenar mis lagunas catherianas con esta novela, escogida un poco al azar. ¿Qué sabía yo hace unos días de los pioneros norteamericanos? Pues prácticamente nada. Los asociaba a los indios, a la colonización forzosa, a Kevin Costner en Bailando con lobos y a una vida despiadada por la convivencia con la naturaleza salvaje. Pues bien, Cather no habla ni de indios, ni de colonización, ni de lobos, pero se explaya en la descripción de la vida del campo, con esa brutalidad que convierte a los niños de diez años en adultos recios, resistentes y duros, pero nunca faltos de ternura ni de sueños. Es una novela sobria, veteada de ironía y de una simpatía especial por estos pioneros que, generación tras generación, se hicieron un hueco en el fin del mundo y lo convirtieron en su hogar. A partir de mediados del siglo XIX, sembraron el Medio Oeste americano de diminutos hogares diseminados en la inmensidad de las llanuras azotadas por el viento glacial en invierno y por el calor inmisericorde en verano. 

En la novela aparecen suecos, noruegos, franceses checos y rusos. Gente lenta, veraz e inquebrantable. Con una inocencia que roza la candidez. Sienten un vínculo poderoso con la tierra. La tierra como raíz, como corazón del mundo. Se empeñan, con la fuerza bruta de sus músculos, en vencer la resistencia terca de las tierras salvajes, que se resiste al arado de los hombres. Son seres con imaginación. Disfrutan más de la idea de las cosas que de las cosas mismas, porque han aprendido que todo puede morir y que traspasar los límites siempre tiene una recompensa. Y cuentan con la fuerza y la inteligencia de las mujeres que no sólo trabajan en los campos al lado de los hombres, sino que a menudo son las que poseen las mentes más flexibles para idear nuevas formas de superar las adversidades.

Me ha entusiasmado la protagonista, Alexandra, una mujer que, con catorce años, a la muerte de su padre, toma las riendas de la granja familiar y nunca se deja desanimar por las dudas de sus hermanos mayores, más tozudos y más débiles. Qué entereza y qué templanza demuestra al dirigir los negocios familiares y qué coraje al enfrentarse a sus hermanos en cada paso audaz que da para hacer florecer sus tierras y convertirlas en una apuesta segura de futuro. Se aferra a sus decisiones siguiendo los dictados de su mente y de su corazón, y no de las normas sociales de su época. Pues "en este mundo la gente tiene que aferrarse a la felicidad cuando la encuentra. Siempre es más fácil perderla que encontrarla".

Me ha recordado a Edna Ferner y su maravilloso Así de grande. Es lírico y sencillo. Honesto como las cosas básicas y necesarias para vivir. También, hasta cierto punto, podría ser una Edith Wharton rural, por la descripción de la condición de las mujeres y la profundidad psicológica de los personajes. Y de pronto, violentamente, también me ha hecho pensar en Truman Capote. Por ciertas razones que no puedo contar sin desvelar parte de la trama. 

Algo en esta literatura profunda y sencilla me hace soñar. No sólo me transporta a otro mundo y otra época, sino que me hace vibrar con cosas que desconozco, que probablemente no sentiré nunca. Voilà la magia de la literatura. 


Willa Cather


lunes, 6 de agosto de 2018

EL CAMINO DE LA BESTIA

"Mi escudo ha desaparecido. Ese estúpido cuadernillo marrón con el texto Unión Europea - República Italiana. Con él ha desaparecido también Flaviano Bianchini. Ahora soy Aymar Blanco y mi meta es el sueño americano: los Estados Unidos de América". 

Flaviano Bianchini (1982) llevaba más de diez años escribiendo sobre violaciones de derechos humanos en distintas partes del mundo, y en especial en América Latina. De sus años en México le llamó la atención el viaje de los migrantes que, viniendo de Centroamérica, cruzan cada año todo el país para intentar entrar en Estados Unidos, y cómo casi todo el mundo tenía un amigo o un pariente que lo había hecho. Se dio cuenta de que no conocía a nadie que lo hubiera contado desde dentro y decidió que quería saber cómo era y a qué sabía ese infierno particular. Así que sacó varios miles de dólares en efectivo para las distintas extorsiones, le dejó su pasaporte y su tarjeta de crédito a un amigo en Ciudad de México, se fue al norte de Guatemala, y haciéndose pasar por Aymar Blanco, de la Amazonia peruana, recorrió como un migrante más los más de 3.500 kilómetros que separan Tecún Umán (Guatemala) de Tucson (Arizona, Estados Unidos). 

El viaje duró veintiún días, de los cuales quince fueron a bordo del tren conocido como La Bestia. A bordo: es decir, encima de los vagones. La Bestia: es decir, un tren de mercancías que recorre México de norte a sur y que se lleva por delante a cientos de personas en su intento de llegar al ansiado norte. En el tren compartió hambre, sed, frío y calor con cientos de migrantes. Personas como él. Como tú y yo. Seres humanos a los que "no se los reconoce por la ropa. La mitad de los mexicanos llevan la ropa raída. Es el rostro lo que identifica de modo concluyente a un migrante. Un rostro triste, tenso, cansado. El rostro del que lo ha dejado todo atrás para emprender un viaje que no sabe dónde acabará. El rostro del que no sabe si el día siguiente será el de la derrota o si podrá seguir adelante todavía un poco más. El rostro del que no tiene nada que perder porque ya lo ha perdido todo".

Es la violencia de la policía mexicana lo que convierte a Flaviano Bianchini en Aymar Blanco. Es la brutalidad de la celda de cuatro metros cuadrados en la que le internan, junto a cuarenta migrantes, durante dos días enteros. Es el kaláshnikov que le apunta. La risa del narco al vaciarle en sus narices su única botella de agua. Y, sobre todo, la mirada de la gente que le ayuda. Esa mezcla de admiración y compasión. La que le dedicarían a enfermos terminales que todavía creen en el futuro. Esas miradas dulces e insoportables le despojan definitivamente de su condición de italiano, de europeo. Le convierten en Aymar Blanco. En la presa acosada, humillada, chantajeada y violentada que huye de sus depredadores. Y le recuerdan que la vida de Aymar Blanco es frágil e intercambiable y puede acabar en cualquier momento porque a nadie le importa.  

La Bestia

600.000 migrantes consiguen cruzar Centroamérica y llegar a Estados Unidos cada año. 
Más de la mitad de las mujeres son violadas. 
Entre 5.000 y 10.000 mueren o desaparecen. 
Está claro que no hay sueño americano para todos.

Por la descripción de las desigualdades y de la facilidad con que se deshumaniza al pobre, El camino de La Bestia me ha recordado a El Hambre, de Caparrós. Y también, cómo no, a Los niños perdidos, de Valeria Luiselli, inmigrante mexicana en Nueva York que fue intérprete de niños migrantes en la Corte Federal de Inmigración y pudo ver las consecuencias de este viaje desde el otro lado de la frontera.

Es una crónica fulgurante, descarnada, ansiosa. Contagia la urgencia y el peligro de un viaje escalofriante. Transmite hasta el hueso la crueldad con la que los que tienen tratan a los que no tienen. Este mundo desquiciado en el que las fronteras están abiertas a toda mercancía excepto a los seres humanos. Pero no hace falta irse a México para verlo. Esto pasa todos los días en el Mediterráneo. Este mar tan bello que tanto disfrutamos es La Bestia que engulle los sueños de los migrantes africanos. Si todo aquello que llamamos civilización nace de la capacidad de los seres humanos para migrar, ¿por qué criminalizamos las migraciones? Es absurdo. Es demencial e insoportable. Pero hasta que uno no lee libros como éste, no se da cuenta de la gravedad del sufrimiento. Y de su inutilidad.  

"Si Dante escribiese hoy su Comedia colocaría a Ugolino en alguna celda para migrantes en el desierto mexicano y Judas navegaría eternamente en una patera por el Mediterráneo".


Flaviano Bianchini


jueves, 2 de agosto de 2018

PEREGRINOS DE LA BELLEZA

Al igual que en los locos años veinte París atrajo a escritores y artistas de todo el mundo, Roma fue centro de peregrinación cultural durante la segunda mitad del siglo XVIII y buena parte del XIX. Todo aquel que quería ser alguien en el mundo del arte y de la cultura estaba obligado a hacer el Grand Tour y pasar una temporada en Roma. Pero no eran sólo los artistas los que cruzaban media Europa para empaparse de sol y de belleza. El Grand Tour fue durante dos siglos un elemento ineludible de la educación de las clases altas del norte de Europa, sobre todo de Gran Bretaña. Tras las excavaciones arqueológicas en Italia impulsadas por Winckelmann a partir de 1750, que en buena medida provocaron la irrupción del estilo neoclásico en pintura, escultura y arquitectura, el Viaje a Italia de Goethe se convirtió en la guía de viaje idealizada y romántica que todo joven llevaba en el bolsillo en su peregrinaje por el Mediterráneo. 

Este libro delicioso sobre los viajeros por Italia y Grecia desde el siglo XVIII hasta hoy en día habla de Goethe, por supuesto. Pero también de Dickens y sus estampas, de Keats y Shelley y de Henry James y sus aristócratas americanos en Italia. Le dedica un capítulo maravilloso a Axel Munthe, autor de la célebre Historia de San Micheleil dottore sueco enamorado de Italia que siempre tenía una palabra amable y nunca cobraba a los pobres. Aparece Lord Byron en Grecia, y un poco más tarde Patrick Leigh Fermor y Bruce Chatwin, dos de los mejores escritores de viajes de todos los tiempos, enamorados los dos hasta las trancas de la belleza agreste y primitiva de los paisajes griegos. Stendhal, Henry Miller, Lawrence Durrell o Curzio Malaparte encontraron en Italia y en Grecia sus patrias de elección. Buscaban un ideal antiguo de belleza, algunos huían de un clima o de una moral puritana hostiles a la imaginación y a la libertad, y todos se reconocieron en el sol, en el azul del mar, en el carácter hospitalario de la gente, en su risa, su pasión y su forma hedonista de disfrutar el aquí y el ahora.

Hay algo en los libros de María Belmonte que me crea adicción. Creo que es porque contienen un virus. El virus del viaje. Esas cosquillas en los pies que empiezan a picar al leer sobre excursiones por la costa vasca o caminatas por Corfú y que me dicen: ¿qué haces aquí leyendo? ¡Arriba, que nos vamos a caminar!

Villa San Michele en Capri, residencia de Axel Munthe
Peregrinos de la belleza me ha hecho soñar con épocas pasadas, con artistas en busca de aventuras en esos lugares en los que el tiempo tiene una densidad especial. Al contrario de lo que sucede, por ejemplo, en Nueva York, donde el tiempo pasa siempre a toda velocidad y la belleza es efímera y cambiante, propia de una ciudad con ansia de futuro que nunca mira hacia atrás, la belleza mediterránea solidifica los paisajes, los vuelve intemporales, eternos.  He olido las aceitunas, la albahaca y el tomillo. Me he dejado mecer por el sonido de las olas del mar rompiendo suavemente contra la roca. Me he acostumbrado al deslumbramiento del blanco cegador de los pueblos costeros y a la belleza hipnotizadora de todo. E incluso, siguiendo la pista de todos aquellos jóvenes aventureros, me he contagiado de su levendiá, esa hermosa palabra griega intraducible que puede definir el valor, la juventud, la salud, el humor, la agilidad, la generosidad, el gusto por el canto y la bebida o "la capacidad de volar como un pájaro en las danzas más rápidas y feroces".

Este libro erudito, entretenidísimo y admirable me ha dado ganas de leer a decenas de autores. De viajar, viajar y viajar por esos "lugares idílicos, campiñas bañadas por el sol y salpicadas de ruinas clásicas en medio de las cuales habitan todavía gentes sencillas que siguen viviendo según los ciclos de la naturaleza". Con él he buscado pueblos, ciudades, templos, bibliografías, fotografías, películas, anécdotas, historias. Me ha ensanchado la mirada a lo que ya conocía y me ha abierto los ojos a lo desconocido.

Al igual que con Los senderos del mar, María Belmonte me ha contagiado el virus del viaje y la belleza. Ya sólo me queda meter el libro en la mochila, como los románticos metían el Viaje a Italia de Goethe, y emprender el camino.


Corfú, isla de residencia de la familia Durrell



lunes, 30 de julio de 2018

PALABRAS DE CARAMELO (Firma invitada)

Imagina que tienes ocho años y nunca has oído hablar a nadie, pero entiendes que se comunican contigo y reconoces tu nombre en los labios de quienes te nombran, porque lees "labios redondeados, labios estirados", y así surge la magia de la palabra.

Imagina que vives en un campo de refugiados en el Sahara, abrasado por el calor del verano y sin entender qué hace tanta gente en tantas jaimas en medio del desierto.

Imagina que tu discapacidad te impide comunicarte con el mundo y que el mundo se comunique contigo. Quizás los niños no quieran jugar contigo porque creen que eres muy raro. Es posible, incluso, que te acosen y te tiren piedras. Intuyes por qué hacen eso, pero no quieres pensarlo mucho.

Imagina que el camello recién nacido en el pequeño establo de tus tíos se convierte en tu único amigo, en tu mejor amigo. Y que entre los dos conseguís entablar una forma de comunicación a través de la lectura de sus labios, tú, y del cariño que le regalas con tus caricias, él.

Imagina que por fin convences a tu profesora del colegio especial al que acudes cada mañana para que te enseñe a escribir. ¿Cómo enseñar a leer y a escribir a un niño sordo del Sahara? Con cariño y paciencia.

Imagina que la palabra y la poesía son tus nuevos instrumentos de creación del mundo y de tu realidad; y que en las horas que pasas con tu dulce amigo camello, a quien has llamado Caramelo, él te habla con su boca incansable de rumiante y tú escribes las cosas que vas leyendo en sus labios.

¿Lo has imaginado todo? Entonces ya casi estás en la piel de Kori, el protagonista de esta entrañable novelita juvenil para lectores entre ocho y doce años; la que Gonzalo Moure escribió basándose en la historia de su pequeña amiga saharaui Fatimetsu. Esta historia de amistad, discapacidad, superación y poesía nos ha llegado tan hondo que no queremos que ningún niño ni ningún adulto se la pierdan este verano.

¿Estás preparado para imaginar y vivir la aventura de Kori?



jueves, 26 de julio de 2018

BELLEZA DORADA

Las preguntas que David Trueba se hace en el librito La tiranía sin tiranoque Óscar reseñó hace unos días vienen muy bien para hacérselas también en esta novela histórica que transcurre en dos épocas bien diferenciadas, a pesar de los pocos años que las separan: principios del siglo XX y los años oscuros del nazismo en la década de los treinta.

¿Cómo pudieron cambiar de forma tan drástica y dramática la vida de la gente unos gobernantes votados por la población alemana? El nazismo nunca será suficientemente estudiado, analizado, desentrañado, porque se sale de cualquier lógica humana, pero fue una realidad apoyada por millones de personas. Hoy estamos en una deriva mundial que da miedo, conociendo lo que pasó no hace tanto.

En 1886 nace Adèle Bloch-Bauer, una niña con una gran curiosidad en una familia de la burguesía vienesa. Su hermano apoyaba que Adèle pudiera estudiar, pero desgraciadamente murió siendo adolescente y en su familia, como en la mayoría de su época, no estaba bien visto que las mujeres estudiaran. Para escapar de las prohibiciones familiares, se casó muy joven con la condición de poder viajar a París y a aquellos lugares donde pudiera relacionarse con el arte.

Adèle era bella, rica, de ascendencia judía y muy brillante. Gracias a su interés por las vanguardias pictóricas conoció a Klimt, un pintor nada convencional, discutido y controvertido. Ejerció un gran magnetismo en una Adèle aún muy joven, y le pidió que posara para él en varias ocasiones. Tardó tres años en terminar el cuadro que la hizo famosa, en el que utilizó oro y plata, financiado por Ferdinand, su marido, que se convirtió en el mecenas del pintor.

Paralelamente, a partir de 1938 asistimos a los avatares de María, la sobrina predilecta de Adèle, heredera de ese cuadro maravilloso que alcanzó el segundo mayor precio que se ha pagado por un cuadro en la historia, 135 millones de dólares. En aquel año fue confiscado por los nazis y, muchos años más tarde, María, asesorada por un abogado amigo, consiguió ya como ciudadana estadounidense recuperarlo. 

Esta novela nos traslada primero a esa Viena maravillosa que tan bien describió Stefan Zweig, con sus tertulias en el Café Central y esa constante ebullición cultural, y luego nos va llevando por los entresijos de unos años difíciles, desde el lujo de la burguesía vienesa hasta ese terrible fracaso del fascismo.

Una historia apasionante y cautivadora que nos trae los ecos de los titulares actuales. ¿No hemos aprendido nada en tantos años transcurridos? Siento que estamos en un momento de retroceso inquietante, con tantos derechos perdidos por los más vulnerables, dominado por la falta de solidaridad de los gobiernos que fracasan a la hora de representar los intereses de la mayoría.



lunes, 23 de julio de 2018

LA TIRANÍA SIN TIRANOS

Vivimos preguntando y respondiendo. Así aprendemos y así nos relacionamos con los demás. Preguntando y respondiendo accedemos a la comida, al alfabeto, a los juegos, al cariño, al amor, al sexo, a la rebeldía, a los trabajos, al dolor, a la memoria, a la diversión y al compromiso. Las preguntas nos hacen humanos. Pero, curiosamente, la pregunta más humana de todas, por qué, la pregunta que exige siempre una respuesta elaborada, la más incómoda y poderosa de todas las preguntas, es, con diferencia, la que menos nos atrevemos a usar. 

Preguntar por qué demuestra voluntad de escarbar, de indagar en la profundidad de algo o de alguien. Preguntar por qué conlleva el riesgo de internarse por senderos del conocimiento que pueden llevar a lugares inciertos. Y, también, ponen contra las cuerdas de su propia ignorancia y honestidad a la persona interpelada, le obligan a buscar dentro de sí argumentos lógicos y válidos, le obligan a posicionarse respecto a una cuestión, a situarse en relación a los demás y al mundo. 

Este librito mínimo (88 páginas) de David Trueba es una galería amplia de preguntas que utilizan el por qué para mirar el mundo: 

¿Por qué si el siglo XXI es el siglo de la ternura globalizada, nuestras sociedades se están volviendo cada vez más insolidarias?
¿Por qué si la última generación es la mejor preparada de la historia, todo indica que sus condiciones de vida serán peores que las de sus padres?
¿Por qué si el mayor triunfo europeo de la segunda mitad del siglo XX fue la sociedad del bienestar, estamos dejando que nuestros gobiernos la desmantelen?
¿Por qué si las libertades de nuestra cultura democrática están tan asentadas, nos inventamos constantemente nuevas formas de someternos a nuevas tiranías sin tiranos?

Estas y otras muchas preguntas sobre nuestra sociedad actual vertebran este breve ensayo. David Trueba no pretende responderlas todas. Tampoco deberíamos pretenderlo nosotros al leerlo. La necesidad de encontrar una respuesta para cada pregunta lleva a huir de la duda, y la duda suele ser un antídoto fiel contra los dogmas y las tiranías. Lo importante, a menudo, no es encontrar una buena respuesta para cada pregunta. Sino una buena pregunta para cada problema. Este libro lo demuestra. 



jueves, 19 de julio de 2018

LEJOS DEL CORAZÓN

Los libros de Lorenzo Silva me reconfortan. Podría decir que me entretienen, que me emocionan o que me enseñan cosas que no sabía. Y estaría en lo cierto. Pero creo que esa sensación reconfortante es la más importante, la que más define mi forma de leer a este autor. 

Hay libros que me descolocan, que me expulsan de este lugar más o menos conocido desde el que me he acostumbrado a vivir mi vida y me arrastran a un viaje sin billete de vuelta. Hay libros que, a cambio de alguna certeza arduamente conquistada, me dejan varias dudas al borde de un abismo. En los libros de Silva, sin embargo, siempre me siento en casa. Tanto en sus novelas policíacas como, por ejemplo, en Música para feos, hay una brújula moral y emocional que marca el mismo norte que la mía. Y eso es tan raro. Tan raro como recibir una llamada y que sepan quitarte el peso entero de una jornada difícil con la entonación de una sola palabra. Tan raro como compartir cinco horas de coche con alguien y que los largos ratos de silencio no sólo no sean incómodos, sino que contengan más confianza e intimidad y paz que cualquier conversación. 

Pero, por supuesto, no sólo recomiendo los libros de Lorenzo Silva porque me hagan sentir en casa, sino porque son apasionantes. Y, en concreto, la serie protagonizada por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro no tiene desperdicio. 

Después de llevar a nuestros protagonistas hasta Afganistán en Donde los escorpiones, esta nueva entrega nos sumerge en la Bahía de Algeciras, un lugar donde la ley sólo es una referencia aproximada. Narcotráfico, inmigración, pobreza, paro, pateras, mafias que trafican con personas, con tabaco, con droga, y hasta con bitcoins. Cada uno intenta salir adelante como puede en un mundo en el que la moral se pliega a la posibilidad de un beneficio. Y como dice Chamorro: "De un modo u otro, esto vale para todo el país, incluidos sus dirigentes, o sobre todo ellos. Por eso te encuentras todos los días a gente con una excusa para infringir las normas".

Tenemos un secuestro. Tenemos una zona, el Estrecho, donde las fuerzas del orden no dan abasto para imponer la ley. Y tenemos a nuestros protagonistas, con sus pasados turbulentos y la intimidad a veces turbadora que comparten, dirigiéndose a intentar desenredar el entuerto en ese lugar fronterizo, lejos del corazón, donde nadie sabe nada y cualquier cosa es posible. 

Los libros de Lorenzo Silva me reconfortan. Los leo con el placer del que se reencuentra cada cierto tiempo con un viejo amigo y sabe, desde el primer abrazo de bienvenida, que la corriente subterránea de complicidad es más fuerte que el tiempo, la edad y los vaivenes de la vida. Son sencillos, transparentes y de una honestidad que me desarma. Son pequeños fuegos que han aprendido el difícil arte de alumbrar lo necesario sin llegar a quemar nunca. 



lunes, 16 de julio de 2018

PAPER FISH

Estamos en la Little Italy del Chicago de los años cuarenta. Carmolina tiene ocho años y todos los días escucha las historias de su abuela Doria mientras le ayuda a machacar pimientos. "Historias sobre Italia, un país escondido en el otro extremo del mundo, la tierra que había perdido para siempre al otro lado del mar". En la voz de Doria cabe todo lo hermoso, sabroso y cálido que una pueda imaginar. Allí está el calor asfixiante de los veranos, el azul del mar, la salsa de tomate, los pimientos machacados, el rojo que impregna las manos y que ningún jabón logra sacar, las risas, las mujeres, los sueños por encontrar un lugar mejor, un futuro mejor, y la felicidad de vivir cada día, cada segundo, entre esas cuatro paredes pobres que contienen el universo entero.

Italia es un hogar que permanece intacto en sus recuerdos, nítido y cercano en su memoria cuando cierra los ojos y se pone a recrearlo a través de sus historias. Un hogar que, cuando sale a la calle en enero y el frío cruel del invierno le azota su frágil piel acostumbrada a la suave brisa del mar, parece soltarse de la tierra firme de sus recuerdos para desvanecerse a la deriva de la corriente de ese inmenso océano glacial que las separa.

Esta es una novela lenta, contemplativa. Se detiene con fruición en la belleza de las cosas cotidianas, la luz del sol descubriendo reflejos azulados en el negro de una melena suelta, la textura concreta de unas manos ásperas tras años de lavar con agua helada que sin embargo siguen conociendo los gestos más suaves de la ternura. Es un libro para aquellos que se sientan en la playa a disfrutar de la deliciosa lentitud del paso del tiempo. Y aunque hay una desaparición y un rastro de misterio, lo que pasa no es lo importante. Lo importante es lo que ocurre mientras no pasa nada: los detalles, la luz del sol, los recuerdos, la risa, el amor, el hogar, la pobreza, la felicidad.

Hay momentos de felicidad estática. Escenas de la vida invisible de todos los días en las que nadie repara. Doria sale al porche a dar de comer a los pájaros. Se ríe y todo su cuerpo tiembla bajo la luz cegadora del sol. El sol lo inunda todo, es una mano gigante que acaricia y despierta y cosquillea. Un fulgor en el que la abuela es aún más hermosa, dueña de todo lo que vive y ríe, mientras habla con los pájaros y enseña a vivir a su nieta. También está su madre, esa mujer extraordinaria, fuerte y vigorosa, de manos ásperas, pechos imponentes y ojos y cabello negros como el azabache. Y la historia familiar que ambas transmiten a través del amor, de la comida, de la condición femenina, de los recuerdos y de la lucha por una forma de vida digna.

Aunque no todo es risa y felicidad. La vida es dura en el gueto italiano de Chicago. Y las familias esconden grietas que las van descomponiendo, poco a poco, en pequeños pedacitos. "Por las noches marido y mujer se miraban en silencio mientras compartían una taza de café ralo e insípido, y la ciudad los observaba amenazante a través de los cristales". Los silencios acogedores se vuelven, a veces, finas láminas de cristal, y la tristeza aletea en los ojos cansados de las mujeres con la delicadeza de un pájaro. 

Tina de Rosa

Esta novela de Tina de Rosa me ha recordado a Virginia Woolf por el lenguaje preciosista lleno de metáforas insólitas y delicadas, y por esos detalles que, como teselas diminutas, van dando forma al dibujo de la historia. También he encontrado ecos de Un árbol crece en Brooklyn, por la descripción de la pobreza en las grandes ciudades americanas desde el punto de vista de una niña. Y también, cómo no, me ha hecho pensar en ese monumento que dedicó Gay Talese a la historia de los italianos en América titulado Los hijos.

Es una joyita íntima y femenina que fue olvidada poco después de su publicación en 1980, y que tras su rescate por The Feminist Press en 1996, se ha acabado convirtiendo en un clásico de la literatura norteamericana. 



jueves, 12 de julio de 2018

SAGA MALAUSSÈNE

Hace diecisiete años estaba yo examinándome por libre de francés en la Escuela de Idiomas. Recuerdo que estaba tan inmerso en esta saga de Pennac que me llevaba los libros a todas partes. Desayunaba con la tribu Malaussène, me iba al baño con la tribu Malaussène y hablaba con ese argot brutal y desternillante que utilizan los miembros de la tribu Malaussène para tirarse los trastos a la cabeza o decirse a gritos que se quieren. Estaba tan felizmente intoxicado de esta tribu que escribí la redacción del examen usando, inconscientemente, nombres, lugares y situaciones que estaba leyendo en los libros. Describí viejitos que ponen bombas, perros cuyo aliento aterra más que sus colmillos, madres que sólo vuelven a casa para encasquetarles a sus hijos sus bebés recién nacidos y adolescentes feroces y tiernos que cuentan historias como si les fuera la vida en ello. La profesora que me corrigió el examen llenó mi redacción de INVRAISEMBLABLE!!! (¡¡¡INVEROSÍMIL!!!), así, en mayúsculas rojas exclamativas, y parece que estaba tan furiosa que se le pasaron por alto todas mis faltas de ortografía porque me regaló un diez. Años más tarde me enteré de que puso el primer libro de la saga Malaussène de lectura obligatoria para sus alumnos de último curso. La verosimilitud perdió la batalla contra el ironía y el regocijo. 

Diecisiete años después de la publicación del sexto y último libro de la serie original, Pennac ha decidido retomar aquellos maravillosos y estrambóticos personajes para escribir una nueva serie con los mismos personajes, diecisiete años más viejos. Mientras termina de escribir el segundo, yo he decidido releerlos todos para refrescar la memoria y he descubierto que ahí siguen, igual de frescos y bulliciosos que entonces, todos los miembros de la tribu tan vivos que han vuelto a saltar de las páginas para besarme, ponerme bombas en colegios o centros comerciales, ganarme al ajedrez mientras me enseñan filosofía y exigir historias, historias, historias locas e inverosímiles para irse a dormir y poder soñar y descansar y vivir felices. 

¿Cómo describir de qué van estos libros? No sé, es..., es..., uff, hay que leerlos. Son novelas policíacas, sin duda, pero no he leído nunca policíacas como estas. Son novelas surrealistas, también. Brillantes, inteligentes, sólidas. E hilarantes. Novelas de cerrar el libro porque las carcajadas te impiden seguir las líneas. Son brutales. Tiernas. Críticas con la sociedad, con el abuso infantil, el narcotráfico, la miseria, el racismo, los desahucios, la violencia policial, la corrupción política. Son un homenaje exaltado a la multiculturalidad y a un barrio parisino, Belleville, que en los años ochenta y noventa fue un microcosmos de etnias pobre y marginal con un grado de cooperación y solidaridad inaudito, microcosmos desgraciadamente desaparecido por la gentrificación de las últimas dos décadas. Son novelas, todas, con un ritmo frenético, ligeras y alocadas, en las que Pennac se divirtió dándoles la vuelta a todos los estereotipos imaginables y que han sembrado una verdadera legión de fieles que, a la mínima mención de la palabra Malaussène, sonríen cómplices, se acercan y te dicen, conspiradores: dime, ¿cuál es tu personaje favorito?

No concibo París sin Pennac igual que no concibo el humor literario sin la tribu Malaussène. Al releer toda la serie para empezar su nuevo libro, me he reído con los mismos chistes de hace diecisiete años y he podido oler, otra vez, como si lo tuviera delante, ese perro llamado Julius que apesta tanto que hasta su propio olor se niega a seguirlo y va siempre varios metros por delante de él, anunciando a todos su llegada.

Daniel Pennac
Estos libros están dentro de mí como una marca indeleble. Me pertenecen como el recuerdo del primer amor, como el primer viaje al extranjero para descubrir el mundo, como la primera sonrisa adolescente femenina que me llevó inesperadamente al borde de un abismo delicioso. No puedo hablar mucho de ellos porque me vuelvo cursi e ininteligible. No sé de qué van. No sé qué son. Para explicarlo tendría que imaginarlos leídos por otros, y me es imposible. Son demasiado míos para poder verlos desde fuera. 

Sólo puedo decir: leedlos. Si os cambian, si os emocionan, si os tumban de risa u os asombran la mitad de lo que lo han hecho conmigo, seréis lectores más felices, os lo prometo. 



lunes, 9 de julio de 2018

LOS PUENTES DE MOSCÚ

"Para la gente que construye puentes, los vascos tienen una palabra: zubigileak." Es una palabra muy bonita. Una palabra que no existe en castellano. Una palabra para llevar bien fija en la memoria cuando la gente intente zarandear la convivencia con su odio. Una palabra para las víctimas del terrorismo que no quisieron ver que el dolor y la pérdida también se sobrellevan dialogando. Una palabra para los que creyeron que la única opción política y vital era matar a los que pensaban diferente. Una palabra para los que respondieron a la violencia con más violencia, para los que mataron indiscriminadamente y para los que amedrentaron y torturaron en nombre de la ley. Una palabra para una región de gente maravillosa que está saliendo de décadas de silencio y violencia gracias a los valientes que se han atrevido y se siguen atreviendo a hablar, a tender la mano, a indagar en el pasado y a construir puentes. 

Eduardo Madina militaba en las juventudes socialistas vascas cuando en 2002 una bomba lapa en su coche estuvo a punto de acabar con su vida. El atentado, en el que perdió una pierna, no le impidió continuar su carrera política y abogar por la negociación para una salida pacífica a la violencia en Euskadi. 

Fermin Muguruza es el líder histórico de Kortatu, referente musical en Euskadi y activista por la independencia vasca. Su carrera musical ha estado siempre ligada a la lucha política y ha defendido en multitud de ocasiones la necesidad de que ETA dejara las armas para llegar a una solución política del conflicto. 

Ambos se reunieron en Irun en 2016 para realizar una entrevista para el magazine Jot Down. Alfonso Zapico se les unió con sus cuadernos y sus lápices y, mientras ellos hablaban, él los dibujaba y tomaba notas para una historia. Esta historia. Este cómic que, con la cercanía y el desparpajo habituales en Zapico, enfoca la violencia en Euskadi desde la perspectiva del diálogo y de la necesidad de construir puentes para desterrar de una vez por todas el miedo, el silencio y la desconfianza de la vida de la gente, dentro y fuera del País Vasco.  





jueves, 5 de julio de 2018

MATRIOSKA


Andrei era un fabricante de juguetes que vivía en una lejana aldea rusa. De sus manos expertas salían caballos de madera, carritos de ruedas, peonas, casitas en miniatura, trenes, puzles y todo tipo de animales. Pero su especialidad eran las muñecas. Sus muñecas de madera eran preciosas. Con sus ropas de colores y sus grandes ojos inocentes, todas lucían una expresión alegre y contenida. Andrei ponía tal dedicación y amor en sus muñecas que, sin darse cuenta, también talló una voz y un alma en cada una de ellas. 

Cierto día, una de ellas le habló: 
"Tengo demasiada vida, demasiado amor y demasiada madera en mi interior. No puedo guardar todo esto para mí. Quiero tener una hija".

Así que con la madera de esta muñeca, a la que a partir de entonces llamó Matrioska, Andrei fabricó otra muñeca un poco más pequeña: Trioska. Y de esta forma dio inicio a la genealogía de muñecas pintadas más bonita y alegre de la historia de las muñecas pintadas. 

La historia de este espectacular álbum ilustrado está basada en una leyenda rusa sobre el origen de las matrioskas, y también sobre el poder del amor y de la imaginación para hacer del arte una razón de vivir.




lunes, 2 de julio de 2018

EL VESTIDO AZUL

Camille Claudel es una mujer mayor que ha dejado de hablar. Todos los días, si no llueve, sale al jardín de su manicomio a esperar. Observa los árboles, la luz intermitente entre las hojas. Observa el jardín, siempre en movimiento y sin embargo inmutable, indiferente al paso del tiempo. Observa el mundo y no observa nada. Sólo espera. Espera a aquel que nunca llega. Aquel que la metió allí a la fuerza y siguió de peregrinaje por esos países tan lejanos. Él, su hermano, su amado Paul, tan tierno y tan indiferente. Tan ausente. 

Camille Claudel es una chica de veinte años que estudia escultura. Todos los días va al taller de su venerado Rodin, el famoso Rodin, a trabajar en lo que el maestro necesite: unos pies, unas manos, un cuello. Con sus manos moldea rostros y torsos, figuras palpitantes que parece arrancar de la piedra como si esta fuera el sueño que las tuviera presas. Rodin la observa, esa fuerza de la naturaleza, ese ímpetu alborozado, y se pone a moldearla a su vez, y el rostro de esa Camille, tan firme y despejado, empieza a aparecer en todos sus dibujos y esculturas. El maestro la corteja y ella cae rendida a su violencia y su pasión. Se aman, viajan, pasean, siempre a escondidas, clandestinos, consumiendo su amor en escondites, sofocando su pasión en un idilio torturador y destructivo. Él está acostumbrado a doblegar la voluntad de los demás y ella no sabe cómo canalizar su rebeldía. Amar así es perderse, le dice su hermano Paul, pero cómo no amar así, cómo callarse, cómo domesticar la rebeldía y la cólera y ese amor frondoso y violento como una jungla que le nace de los dedos cuando toca la piedra y de toda su piel enfebrecida cuando el maestro está cerca. 

Camille Claudel es una mujer rota de casi cincuenta años. Vive en pleno centro de París, en una casa destartalada llena de gatos que hace años que no limpia ni ventila. Se pasa los días esculpiendo y las noches destrozando a martillazos todo lo que crea. Sobrevive con las sobras que la gente le deja en la puerta y no habla con nadie. Incluso su querido Debussy, que la amó tanto, la ha olvidado. Así, sucia y perdida en sus propios laberintos, "atrincherada allí como un combatiente sitiado por el enemigo", la encuentran los enfermeros contratados por su madre y su hermano, hombres indiferentes que la levantan como si fuera una maleta y la introducen en un coche de caballos camino de ese manicomio de donde ya nunca saldrá. 

Camille Claudel es una mujer mayor que ha dejado de hablar. Cubre su desnudez dolorida con un velo de eso que los demás llaman locura y que ella simplemente siente como resignación. Su vida se detuvo hace más de treinta años y desde entonces está aquí, en este jardín, sentada en una silla, bajo los árboles, esperando. A veces recuerda cuando Paul venía a verla, una vez cada varios años, su querido Paul. Entonces hablaban de los viajes que hacía, Brasil, Japón, China, de los libros que escribía y del daño que a ambos les hacía recordar. Disfrutaban de la luz azul y de la dulzura de las tardes de verano, y a veces toda esa belleza se volvía áspera, mentirosa, no servía para nada y dolía hasta dejarla sin aliento porque era la prueba de que algunos seres afortunados, quizá la mayoría, quizá todos menos ella y su hermano, podían sustraerse al desastre y al desgarrador final de todas las cosas. A veces recuerda, también, que Paul no ha muerto, que sigue vivo, aunque ya nunca viene. Ya nunca viene. 

Camille Claudel es una fotografía antigua, ajada por el paso del tiempo, que en las palabras de esta novela poética y melancólica cobra vida, y de repente siente y se ríe y goza y ama y desespera y sufre y se pierde y calla y se resigna y espera sin perder el tono evocador, ese tono sepia de toda una vida susurrada una tarde bajo los árboles del jardín de un manicomio, mientras los recuerdos se deshacen lentamente entre las sombras. 


Última foto conocida de Camille Claudel


jueves, 28 de junio de 2018

RECURSOS INHUMANOS

He terminado esta novela con la respiración acelerada, al borde del sillón y las pulsaciones corriendo como si me persiguiera el mismísimo demonio. ¡Qué brutalidad de libro! Pero no sólo por el ritmo frenético. Sino por el tono: irónico, implacable, deliciosamente ácido. Y por el tema: una crítica salvaje de las condiciones laborales y de esa conexión tan humillante entre trabajo y dignidad. 

Alain Delambre es un director de recursos humanos en paro. Tiene cincuenta y siete años y lleva ya cuatro buscando trabajo. ¿Quién contrata a un ejecutivo a punto de jubilarse hoy en día? A pesar de los cientos de solicitudes sin respuesta, de las negativas amables recibidas con verdadera gratitud (imposible describir lo que siente cuando al menos le llega alguna respuesta negativa), a pesar de la humillación diaria de tener que aceptar trabajillos embrutecedores de madrugada en empresas de mala muerte, sigue buscando un trabajo digno. Sigue buscando como un reflejo de especie. Tras toda la vida trabajando, la actividad laboral se le ha incrustado hasta tal punto en su sistema neuronal que no concibe una vida sin trabajar. Y busca, con la tenacidad del que hace algo vital para su supervivencia, un poco como los perros husmean en las bolsas de basura: por instinto, sin ilusión. 

Un día recibe una respuesta afirmativa de una gran empresa que necesita un directivo de recursos humanos con experiencia. Un trabajo hecho a medida para su currículum. Le citan para un test. Después para una entrevista. Y le proponen una condición. Algo poco habitual. Ciertamente extravagante. Inaudito. Pero, ¿qué más da? Hará lo que sea. Lo que sea para volver a afrontar los pagos de la hipoteca sin un nudo en el estómago. Lo que sea para volver a poder invitar a sus hijas a un restaurante con la sonrisa tranquila. Lo que sea para recuperar esa parte de sí mismo que perdió con aquel trabajo de toda la vida y que nada, ni siquiera el cariño incondicional de su mujer, puede devolverle. 

Vivimos en una sociedad fundada sobre la economía del trabajo. Trabajamos para vivir pero, en el fondo, la mayoría vivimos para trabajar. El trabajo es la medida de nuestro éxito, de nuestra felicidad, de nuestra dignidad. Determina quiénes somos y quiénes queremos ser. Nuestras amistades, nuestros gustos, nuestra ideología. No solamente nos piden que estemos de acuerdo con la política de nuestra empresa, nos piden que nos fusionemos con ella, que la defendamos como si fuera nuestra madre, nuestra hija, como si fuera una parte de nosotros, un pulmón, un pierna. Y cuando la empresa ya no nos necesita, nos exige la lealtad de aceptar el despido con gratitud. Porque el orgullo y la reputación de haber trabajado para ella no tiene precio. 

Me ha encantado este libro. Por su tono, por su ritmo y por su tema. Por poner el dedo en la llaga de un problema sangrante que la crisis de la última década ha agravado hasta límites grotescos. ¿Hasta dónde puede llegar un parado de larga duración para conseguir un trabajo? ¿Hasta dónde puede llegar un empresario millonario para añadir más millones a la pila de su fortuna? Pierre Lemaitre ha escrito una novela negra trepidante y contundente que nos dice: mirad, mirad lo que pasa cuando se deshumaniza el trabajo. 


Pierre Lemaitre


lunes, 25 de junio de 2018

UNA MUJER DESPOSEÍDA

Este es de esos libros que pasan desapercibidos. Autora desconocida, de nombre extraño, relatos cortos, publicado en junio (2017), un mes en el que la gente ya está pensando quizá en lecturas ligeras para verano, y los libreros saturados por la feria del libro que no se acaba o por meses y meses de colocar y colocar pilas de novedades: lo tiene todo para no llamar la atención. Y a pesar de la faja que habla del premio que ha recibido, y esos adjetivos de las críticas ("espectacular", "memorable", "feroz", "conmovedor", "esencial") brillando todos como estrellitas parpadeantes, el libro pasa el verano agonizando en la esquina menos accesible de las librerías para morir en el brutal barrido de devoluciones otoñales. 

A mí me llamó la atención desde el principio. Lo asocié a mi querida Jhumpa Lahiri (El intérprete del dolor) por aquello de los relatos cortos con temática india y paquistaní, y me lo reservé en la memoria para volver a él en algún momento. Hacía falta calma. Hacía falta una predisposición especial para embarcarse en lo que P. llama literatura del desastre: personajes zarandeados por diversos traumas que sobreviven aferrándose a amores frágiles y recuerdos luminosos. Y aquí está. Este libro, por fin, dentro de mí. Su delicadeza, su derrota y brutalidad, dentro de mí. 

La autora explica en el prólogo que la traumática partición de India y Pakistán en 1947 es el hilo conductor que une los doce relatos. Las prisas y la ceguera con que se trazó la frontera tras la salida de los británicos provocó la emigración de más de ocho millones de personas en busca de la relativa seguridad de una mayoría religiosa. El éxodo masivo propició una violencia descontrolada: cerca de un millón de personas murieron por el odio religioso. La mayoría de estos relatos están protagonizados por mujeres víctimas de esta violencia: raptadas en los saqueos, esclavizadas, repudiadas por sus familias cuando logran escapar de su cautiverio. Mujeres desposeídas de su integridad, de su identidad y de su futuro por la violencia de los hombres. 

"La melancolía de su voz me hizo sentir como si alguien me llevara a la orilla tras largo tiempo en el mar". Sí, hay una música melancólica en la escritura de Shobha Rao. Algo de la pasión evocadora que usó la cineasta Deepa Mehta en su trilogía Fuego, Aire y Agua, un grito de rebeldía feminista con una estética sensual y delicada. Me ha emocionado la fragilidad de los personajes. Por debajo de la rabia, de las corazas que se construyen para protegerse y sobrevivir a los golpes, una sensibilidad especial tiembla en su interior, una fina membrana de emociones que vibra con cada sensación y que la más leve brisa puede agitar y desgarrar. Y siempre, agazapada, la rebeldía. En algunas mujeres brillando como una hoguera perpetua en sus ojos. En otras, como un "pequeño bote salvavidas amarrado en el puerto de su corazón, a la espera de echarse al agua". 

Shobha Rao
Estos doce relatos son poéticos, crueles y emocionantes. Íntimos, como pequeños rincones de luz en un mundo hecho de penumbra. Por momentos, su crudeza se vuelve insoportable. Hay latidos en la memoria que se empeñan en seguir despiertos. Palpitan y duelen. Duelen. Y cualquier distracción es buena si consigue acallarlos. Mirar el mar durante horas. Contar las mismas 956 lentejas todas las tardes sobre el suelo del salón. Cantar a la noche canciones infantiles. Cualquier cosa, con tal de acallarlos. Hay momentos sobrecogedores. Momentos de cerrar los ojos y esperar que pase ese escalofrío, esa sombra helada en la piel. Pero siempre aparece una mano abierta, en algún momento, para ofrecer una salida, un descanso, aunque sea en el olvido o en la muerte. 

Un ejemplar de Una mujer desposeída pasó el verano del año pasado en nuestra librería, durmiendo. Lo salvé de la guadaña de la devolución en otoño por instinto y siguió aquí, imperturbable, mirando el paisaje con la sabiduría de esas mujeres que ya lo han visto todo en la vida. Hasta que un año después de su publicación por fin ha caído en mis manos y, poquito a poco, relato a relato, casi en silencio y sin darme cuenta, ha terminado robándome el corazón.