sábado, 14 de marzo de 2020

HASTA PRONTO, AMIGOS

Queridos lectores y amigos: la Comunidad de Madrid ha decretado el cierre de todos los comercios excepto supermercados y farmacias a partir del sábado 14 por lo que nuestra librería estará cerrada hasta nuevo aviso. 
Un abrazo grande, felices lecturas y, esperamos, hasta muy pronto, para seguir compartiendo nuestra pasión por los libros. 

jueves, 12 de marzo de 2020

LOS NAUFRAGIOS DEL CORAZÓN (firma invitada)

Historia de amor y Bretaña. Esos fueron los dos elementos que me atrajeron de esta novela cuando leí la reseña de la contraportada. También eso de que la atracción de sus protagonistas rompía las convenciones sociales. Aunque no me gustan especialmente las novelas románticas, cuando la elegí me apetecía una historia ligera porque todo lo que estaba leyendo por entonces tenía el peso de las historias que atraviesan guerras, miseria, pérdida y desengaño.

Me atrajo indudablemente esa narradora en primera persona con una ironía, una fuerza y un lirismo que me recordaron al instante a las narradoras de algunas novelas de Martín Gaite. La novedad de esta la encontré en su alter ego, la mojigata, y en la mezcla de tonos, del más lírico y formal –producto de la cultura de la protagonista parisina universitaria y más tarde profesora, periodista e investigadora– al más vulgar cargado de referencias hilarantes a la sexualidad de sus personajes.

¿Cómo puede un amor marcarte de por vida? ¿Qué puede haber tan fuerte que consiga atravesar maridos, mujeres, kilómetros de distancia, años y clases sociales? La propia protagonista se lo pregunta a lo largo de los años que dura su relación adúltera y fiel al mismo tiempo. Quizás sea el sexo fogoso y el deseo de sus cuerpos lo que los ate constantemente al otro. Quizás sean el amor, el recuerdo del primer baile, la huida a la playa y el inicio de la exploración de las relaciones.

Entre las páginas de esta historia de amor hay mucho deseo, pero también hay inseguridades, dramas familiares y anhelo. El anhelo de Gauvin, el protagonista masculino, de ser la pareja oficial de George, la irónica narradora. Y la huida de George de esas ataduras conyugales que se habrían creado si ese deseo se hubiera cumplido. Para George, Gauvin quizás sea solo un juego, una liberación, una forma de sentirse mujer independiente a lo largo de toda su vida; ella sabe que no podría vivir con él, pero también que no podría hacerlo sin él. El tira y afloja de su relación basada en unas diferencias culturales y sociales insondables es lo que mantiene a flote una historia que tiene como protagonistas a dos seres humanos tan diferentes que no podrían ser más iguales.

El mar, los viajes, las escapadas, las noches interminables de sexo, los silencios, las diferentes etapas vitales de los personajes que van envejeciendo y mantienen viva la pureza de su amor y el humor son los grandes ingredientes de una novela que no deja indiferente. Un oasis de inteligencia en el mundo de las novelas románticas. El acierto de una autora que, en la resaca de la segunda ola feminista, nos regala un personaje complejo y una historia que va más allá del romanticismo tradicional o de las novelas eróticas del momento.



lunes, 9 de marzo de 2020

ARMONÍAS Y SUAVES CANTOS

Mientras escribo esta reseña suena en la librería "La liberazione di Ruggiero dall'isola di Alcina", de Francesca Caccini (1587-1640). Hasta hace una semana nunca había oído nombrar a esta compositora, y ahora no me la puedo quitar de la cabeza. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible que tras una carrera completa en el conservatorio me haya perdido no ya la música de esta mujer, sino incluso la posibilidad de ubicarla en la historia junto a sus homólogos masculinos, tan dotados y exitosos como ella en su época? 

Una constante a lo largo de la historia que todavía perdura, aunque muchos ya no se atrevan a expresarla de manera explícita, es la creencia de que las mujeres no pueden tener la misma capacidad intelectual que los hombres. Esto ha provocado que su educación minara sus ambiciones intelectuales por considerarlas en el mejor de los casos superfluas, y en el peor, antinaturales. En la música ha pasado lo mismo. Tras catorce años de estudios intensivos, la mayoría de los que terminamos el grado superior no hemos estudiado ni tocado ni una sola obra compuesta por una mujer. 

¿Es que no ha habido compositoras a lo largo de la historia? Por supuesto que sí. A pesar de la cultura que niega su capacidad de componer, de su entorno que desconfía de su sexo y les impide desempeñar cargos públicos y formar parte del mundo musical profesional, a pesar del machismo que ha hecho que los hombres no hayan sabido juzgar sus obras más que con condescendencia o con desprecio, ha habido mujeres que han tenido la suerte de tener los medios para componer de manera profesional y la valentía para desafiar a la tradición y desarrollarlos. Este interesantísimo y apasionado ensayo de Anna Beer cuenta las vidas de ocho compositoras maravillosas, desde el siglo XVII hasta finales del XX, que si no están en el canon de la música clásica occidental no es por su falta de talento, sino por el simple hecho de ser mujeres. 

Francesca Caccini, Barbara Strozzi, Elizabeth Jacquet de la Guerre, Marianna Martines, Fanny Mendelssohn, Clara Schumann, Lili Boulanger, Elizabeth Maconchy. Estas ocho mujeres conocieron el éxito y el apoyo de un público rendido a su talento. Algunas fueron predilectas de reyes y reinas, otras lucharon contra las sombras alargadas de sus maridos o hermanos y consiguieron superarlas. A todas les pusieron trabas y a todas les negaron el reconocimiento una vez muertas porque se salían de la norma, porque eran "especiales", en definitiva, porque eran mujeres y en un mundo donde lo universal siempre es masculino por defecto, las mujeres no pueden entrar por derecho propio en ningún canon. 

Anna Beer
Resulta doloroso leer la cantidad de prejuicios e impedimentos que tuvieron que afrontar estas mujeres para poder desarrollar su arte. Y me admira imaginar qué logros musicales habrían alcanzado si hubieran podido componer confiando en la legitimidad de su labor y sin trabas económicas, familiares y sociales, al igual que componían la mayoría de sus compañeros masculinos. 

Escucho la música de Francesca Caccini y me doy cuenta de la imposibilidad de juzgar la música por el sexo de quien la crea. No existe música femenina ni música masculina. Sólo música, buena y mala. Y la de estas compositoras merece ser escuchada por lo que vale y lo que es, un triunfo de nuestra historia musical. 



jueves, 5 de marzo de 2020

LA MUJER INVISIBLE

Hay una escena habitual en ciertos baños públicos, sobre todo en teatros y en recintos cerrados: mientras que los hombres entran sin esperar, en el servicio de mujeres siempre hay cola. La mayoría nos encogemos de hombros, como los privilegiados ante los engorros que nunca nos afectan. Poquísimos se paran a pensar cómo es que esta situación se repite con tanta frecuencia. Es decir, ¿por qué, si el espacio está repartido al 50% entre hombres y mujeres, sólo hay colas en los baños de mujeres? La respuesta, por mucho que les pese a los misóginos, no es necesariamente que las mujeres sean más tardonas. La respuesta es que si las mujeres disponen de, pongamos, seis cubículos, en general los hombres tendrán seis cubículos y otros tantos urinarios externos, con lo cual podrá haber siempre más hombres que mujeres usando el servicio a la vez. La respuesta es que aproximadamente un 20% de las mujeres entrarán al servicio también para cambiarse el tampón o la compresa porque tienen la mala costumbre de tener la regla todos los meses, lo cual les lleva la eternidad de dos o tres minutos más. La respuesta es que las embarazadas orinan más veces al día que las mujeres no embarazadas, y por supuesto, que todos los hombres. Y podríamos seguir, pero ya da hasta casi vergüenza. Después de todas estas respuestas, la pregunta urgente sería: ¿por qué no se tienen en cuenta las necesidades fisiológicas de las mujeres a la hora de construir baños públicos para evitarles de una vez esas colas humillantes?

Con este ejemplo y decenas y decenas de ejemplos más, la autora argumenta una respuesta: el mundo ha estado y sigue estando mayoritariamente diseñado por hombres que dan por supuesto, casi siempre sin mala intención, que sus necesidades son las necesidades de toda la población mundial porque han aprendido (como todos hemos aprendido) que el hombre es la medida de todos los seres humanos.

Cuando se trata de hacer cola en los baños públicos, la discriminación es engorrosa. Pero cuando hablamos de chalecos antibalas diseñados para hombres que no se ajustan correctamente a los cuerpos femeninos, o de coches cuya seguridad está probada exclusivamente para cuerpos masculinos, la discriminación puede ser simplemente mortal para las mujeres.

Los hombres confunden su punto de vista sobre la realidad con el único punto de vista posible. Piensan que su realidad tiene que ser la misma realidad para todos. Así, estiman que si colocan un estante a 1,90 metros de altura, todo el mundo alcanzará lo que pongan encima con la misma facilidad que ellos; si en los países nórdicos priorizan la limpieza de la nieve de las carreteras y descuidan la de las aceras es porque piensan que, como ellos, la mayoría de la gente se desplaza en coche y los peatones son en buena medida invisibles; si diseñan parques cuyo público infantil termina siendo mayoritariamente masculino es porque creen que las niñas simplemente prefieren quedarse en casa. Hace falta un esfuerzo especial de empatía, y, sobre todo, más mujeres diseñando la vida pública, para entender que las mujeres son en general más bajas que los hombres, que usan menos el coche y más el transporte público periférico y las aceras, y que, como se ha demostrado en muchos países, si las niñas disponen de un parque donde sentirse a gusto no se suelen quedar en casa.

Caroline Criado Perez


Hay un aspecto curioso que resalta Caroline Criado Perez al inicio de este ensayo monumental: la desigualdad entre hombres y mujeres a menudo no es malintencionada ni deliberada. "Todo lo contrario. Responde simplemente a una forma de pensar que ha existido durante milenios y que es, más bien, una forma de no pensar. Incluso un no pensar doble: a los hombres se les da por supuestos y a las mujeres no se las menciona. Porque cuando nos referimos a lo humano, en un sentido general, nos referimos al hombre". Que la desigualdad no sea malintencionada no debería alegrarnos, sino al contrario: el hecho de que la tengamos tan incorporada a nuestra forma de vivir hasta el punto de no percibirla resulta mucho más preocupante, pues si fuese nada más que el resultado de un grupo extenso de hombres encabronados siempre sería mucho más fácil identificarla y combatirla.

Combatir la desigualdad entre hombres y mujeres pasa por eliminar la brecha de datos de género, es decir, la falta de datos específicamente femeninos en todas las investigaciones que se usan para el diseño de nuestra sociedad, desde las decisiones políticas hasta la composición de los medicamentos, pasando por los espacios urbanos y la prevención de riesgos laborales en el trabajo no remunerado de cuidados a niños y a mayores. Y combatir la desigualdad ya no es sólo una cuestión básica de ética, justicia y dignidad. También es una cuestión económica urgente. El coste económico que supone en todo el mundo la violencia contra las mujeres y no tenerlas en cuenta en la toma de decisiones a nivel público es brutal y lo puede entender cualquier hombre que entienda un gráfico con estadísticas, aunque carezca de toda moral y empatía. Ya no hay excusa. Sólo prejuicios y el deseo de permanecer en la ignorancia para perpetuar un privilegio masculino criminal.

Los que aún no están convencidos de que la discriminación de género es una realidad, encontrarán en este ensayo una avalancha tal de argumentos contrastados que difícilmente podrán seguir negándola. Los que ya están convencidos, descubrirán hasta qué punto la brecha de datos de género es la causante de que las mujeres sigan sufriendo más que los hombres, desde las colas para ir al baño hasta las muertes por diagnósticos erróneos.

Caroline Criado Perez ha escrito un ensayo exhaustivo y amenísimo. Ojalá muchos lo lean. Y ojalá los que tengan poder para ello tomen nota y lo pongan en práctica. 



lunes, 2 de marzo de 2020

LA MECANÓGRAFA

Piénsalo como una aventura, le dice su jefe al principio de todo. Y las primeras semanas de verdad que lo parece. Una aventura un poquito ridícula, incluso. Ella tiene dieciocho años y la guerra es un fondo oscuro que, lejos de apagar su brillo, resalta su buen humor y su ligereza. Nunca sospecharía lo que se le vendría encima muy poco después. 

La misión de Juliet consiste en controlar las células fascistas británicas que operan en Londres en 1940. Antiguos miembros de la Unión Británica de Fascistas, simpatizantes de Oswald Mosley, muchas amas de casa y gente normal de barrio que uno ve todos los días por la calle sin imaginar que están traicionando a su país. O mejor dicho, la idea de libertad y democracia de su país. Y también, por supuesto, esos duques tan peripuestos que organizan cenas espléndidas mientras Churchill habla de sangre, sudor y lágrimas, para planear cómo se repartirán el pastel de su querida Inglaterra cuando Hitler campe a sus anchas por Whitehall. Su objetivo no es localizarlos para erradicarlos, sino infiltrarse en sus reuniones y permitir que crezcan, siempre dentro de "un huerto amurallado del que no puedan escapar para esparcir su semilla maligna". Cuando su jefe la instruye con este tipo de lenguaje, Juliet se lo queda mirando, entre asombrada y divertida: "una chica podría morirse de vieja tratando de interpretar una metáfora como esa". Quizá por eso no puede evitar desear que siga hablando, o que deje de hablar y la requiera para cosas más íntimas y más serias.

Kate Atkinson ha creado con Juliet a una heroína de novela deliciosa. Desde las primeras páginas he caído rendido ante su encantadora inclinación hacia la broma y la ligereza. Es una chica vivaz e impaciente. Saltarina. Ocurrente. Cándida. Resuelta. Atolondrada. Impuntual. Soñadora. Y he soltado más de una carcajada ante la descripción psicológica de su tumultuosa vida interior. Si es con Juliet yo también quiero espiar a fascistas británicos. Pase lo que pase. 

Me ha gustado la descripción de la ambigüedad constante de los miembros del servicio secreto. "La señal de que alguien es un buen agente es no tener ni idea de en qué bando está". Y esas frases sinuosas y ambiguas con las que los ingleses tratan de decirte algo peliagudo sin decírtelo y a la vez suplicándote que no les pidas que sean más explícitos, no les vaya a dar un infarto a su pudor y a su buena educación. "A veces hablaba con tantos rodeos que sus intenciones se perdían por el camino". 

Kate Atkinson
La acción salta entre entre 1940 y 1950, y describe muy bien cómo los coletazos de la destrucción se prolongaron todavía varios años tras el final de la guerra. En 1950 la guerra parecía "una herida suturada con torpeza y a veces daba la sensación de que algo la estuviera abriendo. O alguien". Otra guerra más sibilina, sin bombardeos ni sangre en las calles, se estaba gestando, esta vez contra los soviéticos. Una guerra sin sangre, pero llena de sospechas y micrófonos y desconfianza por todas partes. 

Por el tema y el tono me ha recordado a Operación dulce de McEwan. Todo hermosamente salpicado de citas de Shakespeare, con una imaginación ingeniosa y chispeante que nunca descansa. La mecanógrafa es una comedia de espías fulgurante que parece escrita por la guionista de La maravillosa Mrs. Maisel.




jueves, 27 de febrero de 2020

UNA BODA EN LYON

Cada nuevo libro de Zweig publicado por Acantilado es un pequeño acontecimiento. Acontecimiento privado e íntimo, que disfruto como un placer solitario y secreto. Leo a Zweig con lealtad. Con devoción, incluso. Convierto cada libro en una especie de ritual. Como quien cena el primer viernes de cada mes en su pizzería favorita. Como quien visita cada primer domingo de noviembre aquel lugar recóndito del bosque donde años atrás esparció las cenizas de su padre y cerró los ojos, pensando en los enormes huecos que deja la ausencia. 

Y no importa demasiado si la novedad traducida de Zweig es una biografía, un ensayo, una novela o, como en este caso, una pequeña recopilación de relatos cortos que nos llevan desde el polvo de Jericó hace veinte siglos hasta un reencuentro inesperado en una cárcel de Lyon en plena revolución francesa. Invariablemente siento de una forma muy viva esa emoción profunda, esa compasión tan expansiva y generosa hacia el dolor humano que desprenden siempre sus historias, y me admira su profunda comprensión del significado inesperado que cobra la vida de sus personajes cuando se ve amenazada. Sus relatos son espejos donde uno puede ver reflejados, a menudo de forma turbadora, su propio miedo y su propio dolor, pero también la común necesidad de consuelo que nos hace humanos. 

Leo estos relatos de Zweig como si fueran compañeros de paseo. Imagino una calle desierta junto a un río, una hilera de árboles y una luz crepuscular. Imagino que la voz que me acompaña es la de Zweig, poniendo palabras a la luz ambarina de la tarde y a la sensación de estar en paz, de desligar la mente de los laberintos del pasado y de la bruma del futuro y acariciar el presente como si fuera una bufanda vieja, suave de tantos lavados. Imagino que la voz me cuenta historias que no conozco pero que me resultan familiares, reconfortantes como una madre contándote su última peripecia. Imagino que la voz me guía en la creciente oscuridad de la tarde y, llegado el final del camino, concluida la historia en un susurro, enlaza suavemente mi cadera para señalarme el camino de vuelta a casa, al hogar donde descansan, plenamente vivas, todas las historias.



lunes, 24 de febrero de 2020

EL BUSCÓN EN LAS INDIAS

"...determiné de pasarme a Indias a ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como v. m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres". 

Así termina Quevedo El Buscón, dejando a su protagonista don Pablos de Segovia a punto de embarcar hacia el nuevo mundo, en busca de mejorar en algo su mala fortuna, de la que nunca fue del todo inocente, y prometiendo continuar sus andanzas en una segunda parte que nunca llegó a escribir. Ayroles y Guarnido han tomado el guante donde lo dejó Quevedo y, en un espectacular homenaje al más bribón de todos los pícaros y al genio que lo creó, han escrito y dibujado las aventuras de don Pablos en busca de El Dorado. 

Nada más pisar las Indias, escucha nuestro bribón hablar de las riquezas sin fin que se ocultan en los confines del Perú. Allí te sientas en el suelo y, al levantarte, ¡te brilla el culo de oro!, le aseguran, y no necesita nada más el bueno de don Pablos para dirigirse a toda costa hacia esa promesa de holganza sin fin. Pero ay, en la vida de un pícaro no pueden faltar las desgracias, y el pobre las va encadenando una tras otra, fiel a su espíritu y al segundo mandamiento que le inculcó su padre: "no trabajarás". Aunque para consolarse, siempre puede transformar sus cuitas en historias, y decirse: "ten siempre presente que las más dolorosas de nuestras desventuras pueden mudarse, bajo la pátina de los años, en sabrosas anécdotas". 

Anécdotas que, con su labia y su buen porte, le empiezan a abrir puerta tras puerta. No en vano, y en todas las épocas, "las mentiras más infames pueden ser creídas. Basta con adecuarlas al pecado de quien las escucha". Así se da cuenta de que con cierta facilidad sus bellas palabras pueden transformarle de pícaro en archicanalla, y es que ¿por qué contentarse con sobrevivir si tienes los medios para apuntar mucho más alto? 

Ayroles y Guarnido (este último conocido especialmente por su fantástica serie de Blacksad) sí que han apuntado alto. Altísimo. La apuesta era arriesgada y no podía haberles salido mejor. Tanto por la ilustración preciosista y exuberante como por las sorpresas de un guion hilado con un pulso narrativo fabuloso, este Buscón en las Indias es uno de los cómics más brillantes que he leído nunca. 



jueves, 20 de febrero de 2020

DOÑA PERFECTA

Desde que de adolescente leí frenéticamente la primera serie de los Episodios Nacionales, no había vuelto a Galdós. Y no sé bien por qué. Quizá porque pensaba, erróneamente, que ya lo conocía, o que sus novelas serían (error tras error) versiones descafeinadas de La Regenta. Lo cierto es que daba a Galdós por hecho, por leído, por conocido, sin tener ni idea de la riqueza inabarcable de sus novelas y la cantidad de placer lector que me tenían reservado. ¿Y por qué empezar por Doña Perfecta? Pues porque el título me hacía sonreír, pensando en todas esas doñas perfectas que me encuentro con frecuencia en la librería, y porque la amiga más galdosiana que tengo me la había recomendado como puerta de entrada (o de retorno) a su dios literario. ¿Qué mejores motivos puede haber?

Ya desde el primer capítulo me sedujo la ironía del narrador. La ironía elegante, mordaz y vivacísima que me llegaba clara y directa como escrita ayer mismo. Y eso es lo extraordinario, porque no hay cosa más proclive a perder vigencia que la ironía. Para que esta nos llegue sin interferencias uno no sólo tiene que entender las referencias que la sustentan sino la posibilidad de mofa que esconde la sugerencia de su contrario. Que la ironía de Galdós, tan abundante, se perciba perfectamente hoy en día da una idea de lo universal que es su prosa.

Y tras la ironía, los personajes. ¡Qué personajes! Ese canónigo tan melifluo, sinuoso y cizañero que no podía llamarse sino Don Inocencio, esa muchacha pálida de belleza normalita llamada Rosarito que enciende corazones más por lo que simboliza que por su porte o su ingenio, y esa Doña Perfecta, esa señora beatona y remilgada, de miradilla siniestra cubierta por una dulzura calculada que me recuerda a tantas personas hoy en día que pienso que si el bueno de Galdós pudiera observar desde mi taburete tras el mostrador a algunas de las señoras que me visitan en la librería, crearía unos personajes como mínimo tan redondos e irresistibles y de nombres tan perfectos como los de este prodigio de novela.

Esta novela, como otras de Galdós, presenta dos mundos en colisión, dos Españas opuestas por siglos de atraso y de conservadurismo. La España que huele a cerrado y a sacristía, que ora y bosteza, como decía aquel poema de Machado, y cuando se despierta embiste, contra la España ilustrada y liberal que, harta de carlistas y nostalgias de héroes visigodos, trata de tirar del país hacia la ciencia y la libertad. 

Benito Pérez Galdós
Es una novela apasionada, con escenas de una emoción y un patetismo casi lorquianos. Y que anticipa tantas cosas. La exaltación patriótica, de patria y religión y culto al martirio por la gloria de dios me recuerda a esos vivas a la muerte de los legionarios de Millán-Astray. Y todavía más cercano me ha parecido el conservadurismo de los que nunca han salido de su pueblo (o su urbanización vip del extrarradio) y se creen todas las mentiras con las que otros atizan su ira. 

Reverencia por la tradición católica, idolatría de los mitos patrios, desprecio por las ideas que cuestionan la pureza de "nuestra cultura milenaria", el ideario nacionalista de buena parte de la derecha española ya aparece en las novelas de Galdós ridiculizado de la manera más exquisita y contundente. Y aunque está claro que don Benito fue un genio adelantado a su tiempo, resulta fascinante ver cómo tantos jóvenes defienden con tanto ímpetu en pleno 2020 ideas que en 1870 ya apestaban tanto a rancio.

Al igual que en La Regenta, que en Anna Karénina, que en Madame Bovary, y a pesar de la disparidad de estilos, hay una mujer enclaustrada en la rigidez moral de su época que despierta al amor y se da cuenta de que ese dios y esas normas y esa educación que ella creía hogares seguros no son más que jaulas que la tiranizan y le amordazan sus ganas de vivir.

Y nada de caricaturas, o de lecciones morales baratas. Aquí late la vida, con todas sus ambigüedades y contradicciones, una vida compleja y fascinante, que está por encima de cualquier pedagogía.

Novela de ingenio, de ritmo fulgurante, Doña Perfecta me ha dejado asombrado, divertido y sin resuello. ¡Más Galdós para la vida, por favor!





lunes, 17 de febrero de 2020

OBRA COMPLETA. ELIZABETH SIDDALL

Elizabeth Siddall flota boca arriba en una bañera, con las manos abiertas al cielo, como si pidiera perdón. Para el pintor que la mira ya ha dejado de ser la chica pelirroja de piel blanca como el mármol que ha venido a posar para él y se ha convertido en Ophelia. Una mujer heroica y eterna. Una muerta. Mientras imagino a John Everett Millais empezando a pintar suenan en mi cabeza las primeras notas del primer nocturno de Fauré, esa delicadeza, esa melancolía: 

Tus fuertes brazos alrededor, amor, 
mi cabeza sobre tu pecho,
susurras palabras de aliento
pero mi alma no halla consuelo. 

Son las palabras de Elizabeth, la muerta, que no solamente es la modelo más admirada por la Hermandad de los Prerrafaelitas, sino que es también pintora y, cuando la enfermedad no la deja pintar, poeta. Sus versos hablan de hojas caídas, de anhelo, de verde hierba creciendo fuerte sobre tumbas recientes. De enfermedad, también, como la que repta por el agua cada vez más fría en la que flota boca arriba, con los ojos y la boca abiertos, como si rezara. 

Pues no soy más que una cosa asustada
y nunca seré nada
salvo un pájaro de ala rota
que debe alejarse de ti.

El piano de Fauré se queja, llora como Elizabeth ante su niña que nació muerta. Modelo y musa de tantos hombres célebres, los cuadros que la retratan emborronan a la mujer que fue y la convierten en un icono, una imagen fantasmagórica, etérea e irreal que sobrecoge. Este librito que reúne su obra completa es una mano que frota la humedad del espejo empañado a través del que siempre la hemos visto. Detrás de las múltiples representaciones que artistas ilustres hicieron de ella, hay una mujer que pintaba, que escribía, que fue madre de una niña muerta, que murió muy joven y que ahora vemos con más nitidez, menos pálida, quizá, un poco más de cerca. 


Ophelia, por John Everett Millais (detalle)



jueves, 13 de febrero de 2020

EL CORAZÓN DE INGLATERRA

Hay gente a la que da gusto escuchar. Empiezan a hablar y uno se queda un poco embobado ante la fluidez de su discurso, ante esas frases bien construidas que se enlazan unas con otras con elegancia y que dicen lo que quieren decir con la sencillez de quien ha nacido para expresarse con soltura. Dan un poco de envidia, hay que admitirlo. Esa capacidad de encontrar las palabras justas que trencen un pensamiento desde la primera palabra hasta la última sin un solo titubeo es algo extraordinario, y que no siempre apreciamos en su justa medida porque a menudo viene disfrazado de una naturalidad engañosa. 

Algo así me ha pasado con esta novela de Jonathan Coe. Parece haber sido escrita sin ningún esfuerzo, del tirón, sin tachaduras ni dudas. Sus largos diálogos llenos de vida fluyen como si el autor ya tuviera todos los intercambios en la cabeza, o mejor, como si una vocecita siempre inspirada le fuera dictando al oído cada frase, en un orden y con un tono precisos, sin que sobre o falte una palabra. 

Estamos en 2010. Benjamin, un hombre en la cincuentena, vive en una casa al borde de un río que parece sacada de un cuadro de John Constable, y la reciente ruptura con el amor de su vida parece que le está sentando de maravilla. Vivir en el campo armoniza de alguna manera con su necesidad de paz, de retiro espiritual lejos del ruido de la gran ciudad, de las turbulencias sociales y de la política. Lo que aún no sabe es que es en ese corazón de Inglaterra donde se está empezando a quebrar poco a poco la convivencia, y a formar el resentimiento hacia la élite política por parte de una clase media que pensaba que su bienestar iba a durar para siempre si seguían trabajando y pagando y respetando las normas como hasta entonces. 

Me ha encantado la descripción de ese corazón de Inglaterra, que une y desune las vidas de Benjamin y sus familiares y amigos. Esa Inglaterra profunda, destilada en la música de Elgar, en las cabinas de teléfono rojas, en las plazas adoquinadas con jardines, en las miles de tonalidades de verde, en los paisajes pulcros y relucientes trazados con compás, y en esa alegoría tan potente de Tolkien que representaba el carácter de la campiña inglesa en el idílico paisaje pastoral de la Comarca, y en la terquedad y bonhomía de esos hobbits "intrépidos y estrechos de miras, dados a la somnolencia y la autocomplacencia cuando se los deja a su aire, pero fieros cuando los provocan y los mejores compañeros cuando hay una crisis que resolver".

El tema de la novela es el Brexit. Pero al final el Brexit es, creo, sólo el detonante de un descontento más profundo que no es exclusivo de Inglaterra. Cualquiera puede reconocer en la España de 2020 ese permanente estado de crispación, de ira contenida, en mucha gente que necesita encontrar diariamente un culpable en el que descargar su frustración. Y como la ira es demasiado indefinida, como está provocada por demasiadas pequeñas frustraciones distintas como para aplacarse con un solo objetivo, la disparan contra todo lo que les irrita, desde los radares de las carreteras hasta los políticos de los partidos tradicionales, pasando por los inmigrantes, la comida vegetariana, el ruido de las ciudades o el portero del equipo contrario. 

Y a pesar de toda la bronca, de esa moda de buscar pelea y hacer callar a gritos a todo el que piense diferente, una leve ironía recorre toda la novela. A veces se inclina hacia la risa, otras hacia la melancolía, otras hacia el discurso de la rabia, pero siempre está presente, como un aroma imperceptible, como una base de color sobre la que se va dibujando toda la historia.

El corazón de Inglaterra es un ejemplo fantástico de cómo hacer buena literatura con un tema político de candente actualidad sin caer en la demagogia, en el panfleto o en la simple denuncia. Es una instantánea sutil y muy nítida de un país quebrado por la xenofobia y el miedo a un futuro incierto, un espejo incómodo en el que cualquiera puede reconocerse. 



lunes, 10 de febrero de 2020

CALOMARDE

Qué bueno, Sergio, qué bien me lo he pasado con tu Calomarde y cuántas cosas he aprendido. Por favor, señores escritores, más libros de historia así, divertidos, cautivadores, con retranca e ironía fina cuando toca, de prosa colorista y sabrosa, escritos con gracia y buen humor. Ya la editorial Libros del KO me tenía ganado con la iniciativa de publicar una colección de biografías de personajes históricos "no necesariamente ejemplares", pero este librito ha superado todas mis expectativas. 

Hace una semana no tenía ni idea de quién era Calomarde. Eso da una idea, además de mi ignorancia histórica, de lo furtivo y sibilino del personaje. Jefe de la policía secreta de Fernando VII, fomentó la buena costumbre de encerrar y ahorcar a demócratas, a la vez que reprimía a los absolutistas que osaban desafiar a su rey, lo que le granjeó un odio generalizado en todos los partidos. Pero piano, piano, vayamos por partes. 

La historia comienza en una Zaragoza que tampoco conocía, desaparecida tras la destrucción que trajo consigo la Guerra de Independencia. Una Zaragoza de la que salió Goya hacia Madrid poco antes de que llegara el joven Calomarde, y que a finales del siglo XVIII era una urbe en efervescencia, con tradición universitaria y editorial, "que mezclaba toda la mugre y el apelotonamiento de las villas medievales con la pujanza saneada y reformista de los nobles ilustrados".

Desde esta ciudad hoy desaparecida llega a Madrid el joven Calomarde a finales del siglo XVIII. Arribista y funcionario corrupto, fue también un hijo del siglo de las luces, una mente que, al menos en su juventud, también buscaba racionalizar la agricultura y tratar de optimizar una economía anémica. Le tocó vivir una época convulsa, el final del Antiguo Régimen y el inicio de algo que todavía no se sabía muy bien qué era en una España "que no sabía ni por dónde empezar a organizarse, liada en una red densísima de instituciones medievales dirigidas por nobles seniles, la mitad de las cuales ni siquiera se sabía para qué servían ni qué administraban".

Tras la guerra, fue despreciado por los liberales aragoneses de Cádiz, que veían en él no al reformador que pretendía ser sino a un advenedizo desclasado a la sombra del traidor Godoy, y fue entonces cuando se convirtió en el personaje siniestro por el que sería recordado. Sus máximas fueron patria y religión. Teología en lugar de filosofía. Nada de Voltaire ni de ínfulas democráticas. Creó las primeras escuelas de tauromaquia, y fue cómplice de El ángel exterminador, sociedad secreta que usaba la violencia para acabar con los liberales y afianzar el absolutismo, y que conocemos bien los que hemos seguido la serie El Ministerio del Tiempo.

Sin duda, en el Madrid de 1820 se tuvo que cruzar con Goya, del que es probable que sintiera una envidia peligrosa: "de origen similar, educados en la misma Zaragoza, frecuentadores de los mismos personajes, Goya era una gloria admirada y ya casi mitológica, mientras que él era un delator, una serpiente, una ratilla de covachuela". Por momentos, este Calomarde de "modales reptilianos y susurrantes" me ha recordado al Fouché que descubrí en la biografía de Zweig, otro político capaz de sobrevivir a todos los cambios de régimen sembrando a su paso cadáveres de oponentes. 

Por último, me ha gustado saber que a Calomarde le reprocharon su origen humilde tanto o más que su crueldad. Ya entonces pasaba algo parecido a lo que ocurre hoy con el prejuicio de clase de la política española: el poder siempre es más legítimo si proviene del barrio de Salamanca que si sale de la chusma de Vallecas. 

He terminado este librito feliz y entusiasmado. Gracias, querido Sergio, por saber despertar mi fascinación desde el primer párrafo y por ese desparpajo que me encandila. ¿Para cuándo el siguiente villano de la historia?



jueves, 6 de febrero de 2020

HIJOS DEL ANCHO MUNDO

Leí esta novela por primera vez hace diez años, y al releerla ahora, me he dado cuenta de hasta qué punto la había olvidado. ¿Cómo es posible olvidar algo tan bueno? Recordaba imágenes sueltas: la imagen de una Etiopía desconocida, desde la ocupación italiana en los años treinta hasta la independencia de Eritrea en los setenta, y cómo la turbulencia política influye en el microcosmos del hospital; algún rasgo de algún personaje; algo de ese parto prodigioso del que nacen los hermanos protagonistas y que se prolonga durante casi ochenta páginas. Pero me había olvidado de lo esencial, del talento de Abraham Verghese para construir personajes inolvidables con cariño e ironía, y hacerte reír, pensar, llorar y sentir en cada página. 

Marion y Shiva nacen con sus cabezas pegadas por una fina membrana que el médico corta tras sacarlos del vientre de su madre. De padres médicos, el hospital Missing es su hábitat natural, y la práctica de la medicina, la vocación de sus vidas. Inseparables desde siempre, cuando se tocan sus cabezas sienten seguridad y plenitud, es un hogar en el fin del mundo. Se mueven y responden como un solo organismo. Cuando uno corre sin el otro a su lado se nota extraño, como si le faltara algo. Como si fuera desnudo.

Estamos en los años cuarenta y la madre de los gemelos es una enfermera misionera india que ha viajado hasta Etiopía para llevar la curación y la palabra de dios adonde más las necesitan, porque ha aprendido que el hogar no es de donde eres sino donde te necesitan. La India está muy presente en toda la historia, a través de la nostalgia por el hogar de varios de los personajes, y de los aromas a especias que salen de las cocinas. Ya sólo esta mezcla de dos culturas tan distintas, junto a la propia historia de Etiopía, con su pasado imperial y la ocupación italiana, darían para una novela interesantísima. Pero lo mejor de Hijos del ancho mundo no es el contexto histórico, por apasionante que sea, ni la mezcla cultural, ni siquiera el amor por la práctica de la medicina. Lo mejor de Hijos del ancho mundo son sus personajes. 

Ghosh, Hema, Marion y Shiva tienen tanto magnetismo, tanta fuerza vital, que resulta imposible no incorporarlos a tu vida, no hacerlos tuyos, no sentir lo que sienten, vivir lo que viven, ansiar lo que desean. Esta es una novela de personajes, porque ellos son tan poderosos que logran eclipsar cualquier tema. Podríamos quitar las convulsiones políticas y sociales de Etiopía, podríamos olvidar la India, los exilios y hasta la medicina, y Ghosh, Hema, Marion y Shiva seguirían siendo una familia a la que cualquiera desearía con todas sus fuerzas pertenecer. 

Abraham Verghese
Aunque más de la mitad de la novela transcurre en Etiopía, a través de los ojos de los protagonistas también vemos otros lugares en los que ni la medicina ni la muerte se perciben de la misma forma. En Etiopía, nos cuenta Marion, la gente iba al hospital sabiendo que el resultado más probable era la muerte. Por eso la sorpresa era que los médicos curaran. En Estados Unidos, sin embargo, la gente iba al hospital confiando ciegamente en la curación. Por eso la sorpresa era que los médicos no pudieran hacerlo. En el país africano la muerte era la norma. En Estados Unidos, como si fueran inmortales, la muerte era la sorpresa.

Me alegro mucho de haber olvidado tanto esta novela. Ojalá mi olvido trabaje con la misma eficacia en los próximos años y en 2030 pueda volver a ella para disfrutarla de nuevo con una mirada virgen y asombrada ante las sorpresas y los matices. Y, como Hema, sentir la felicidad como dos ojos relucientes como diamantes y las manos con las palmas alzadas al cielo, dando gracias.



lunes, 3 de febrero de 2020

LA LLAMADA DE LO SALVAJE (Firma invitada)

¿Qué puede haber más salvaje que las condiciones atmosféricas extremas, el recuerdo de los ancestros o un aullido doliente en medio de la oscuridad más profunda? Ese ronroneo insistente, ese pálpito es el que atraviesa al personaje de la novela desde las primeras páginas.

¿Qué se dice de un clásico publicado hace 117 años y que mantiene intacta la universalidad y la atemporalidad? ¿Qué puedo yo, semiurbanita de una ciudad residencial de Madrid, encontrar en una novela tan alejada de mí en su ambientación geográfica y temporal? ¿Qué son para mí la fiebre del oro, los veinte grados bajo cero de la tundra canadiense, la conducción de trineos y las riñas por la supervivencia entre perros? Creo que no hay nada más alejado de mi realidad, de mi presente, y aun así, mantienen para mí una actualidad insólita. Quizás, he creído mientras me adentraba en la historia de Buck, porque ha sacado de mí a la niña sedienta de aventuras que llevo dentro.

¿Por qué he esperado veintimuchos años –los que llevo conociendo las letras y sus misterios– para leer un clásico de lo que hoy llamamos nature writing y que editoriales tan queridas como Volcano o errata naturae han traído de nuevo a las mesas de novedades? Quizás una mira en las estanterías de clásicos y se siente de algún modo alejada de su realidad. A veces me olvido de que la etiqueta "clásico" es lo que hace que los libros no estén nunca alejados de nuestra realidad. Y podrían haber pasado otros tantos años si no hubiera visto el trailer de la adaptación cinematográfica recién estrenada y que tiene como protagonistas indiscutibles a Buck (el perro que será ya para siempre mi favorito) y a John Thornton, interpretado con un rostro todo bondad por Harrison Ford.

Jack London.
La curiosidad me llevó al estante de los clásicos y rescaté de él un ejemplar de La llamada de lo salvaje publicado con el mimo que caracteriza siempre a Nørdica, una editorial que ya se ha convertido en un referente para los clásicos con ilustraciones y se ha hecho imprescindible para algunos títulos. Los tonos azulados de las ilustraciones de Javier Olivares y los dibujos afilados de las siluetas de hombres y animales otorgan a la novela el frío que recorre sus páginas y esa llamada silenciosa a los ancestros, al recuerdo ya borrado tras siglos de domesticación.

La aventura de Buck por encontrarse a sí mismo, utilizando un sintagma muy de moda en estos tiempos, es la aventura de la vida de cada uno de nosotros. Y mi yo infantil se ha regocijado y ha disfrutado de lo lindo de viaje en viaje, al calor de las hogueras de campamento y con el amor profundo de un perro moribundo por su salvador.

Si aún no habéis leído este clásico, no lo dejéis pasar ni un año más. Es fantástico.



jueves, 30 de enero de 2020

CORAZÓN QUE RÍE, CORAZÓN QUE LLORA y LA VIDA SIN MAQUILLAJE

Hace poco, en la librería, una señora apretó el bolso bajo el brazo y se fue mirando de reojo al ver que entraba un chico negro. No era la primera vez que pasaba. Al periodista español Moha Gerehou poca gente le cree cuando insiste que es de Huesca. Cuando Obama fue elegido presidente, millones de americanos prefirieron creerse el bulo de que era musulmán y había nacido en África antes que aceptar que tenían un presidente negro. Si los blancos occidentales solemos identificar como extranjero aún hoy, en 2020, a cualquiera que tenga la piel más oscura que nosotros, imaginad cómo trataban en los años treinta los franceses europeos a los franceses de Guadalupe cuando estos iban de visita a su querida metrópoli.

Maryse Condé nació en 1937 en Guadalupe, en una familia negra de clase alta educada en el amor a la cultura y la sofisticación francesas. Un amor voluntarioso y tenaz que no se arredraba ante el racismo evidente que sufrían cada vez que iban de vacaciones a París. En Guadalupe los consideraban unos arribistas soberbios, traidores de su raza, mientras que en París, los camareros de los restaurantes de lujo en los que cenaban les elogiaban su buen dominio del francés con un cumplido que para ellos era una herida en su identidad de franceses, tan duramente conseguida, que ningún francés blanco estaba dispuesto a aceptar. 

En Corazón que ríe, corazón que llora, Maryse Condé cuenta su infancia y adolescencia entre Guadalupe y París. En una serie de peripecias llenas de encanto y desparpajo, relata su educación en una familia orgullosa de haber dejado atrás el destino aciago de la población negra. En el liceo de París, una profesora bienintencionada y defensora de la multiculturalidad le pidió a la pequeña Maryse que hiciera una presentación de un libro de su tierra, y todo lo que esta encontró fueron relatos de esclavitud, algo tan ajeno a ella y a su experiencia como a sus compañeros. ¿Qué hacer? ¿Asumir una identidad en la que no se reconocía? ¿Adoptar, así, el rol que todos los blancos esperaban de ella? "Me dio por pensar, indignada, que la identidad era un vestido que tienes que ponerte, lo quieras o no". A diferencia de sus compañeros, ella tuvo que escoger una identidad. El color de su piel no le dejaba demasiadas opciones. 

En La vida sin maquillaje, nos trasladamos a África, donde una Maryse Condé casada y separada emprendió una búsqueda de sus raíces en la efervescencia de la descolonización. Allí aprendió el amor por un pueblo traicionado por sus gobernantes. Aprendió la compasión. Aprendió que nada pesa más que el sufrimiento de un niño. Aprendió que, como dijo John Lennon, "woman is the nigger of the world", y que no podía dejar que la encasillaran en todas esas pequeñas jaulas verbales (mujer, negra, antillana) que tanto daño hacen a las que no han nacido con privilegios. Poco a poco se fue dando cuenta de que la negritud no era más que una hermosa utopía. A menudo, el color de la piel no significaba nada. No hermanaba a nadie. Sólo dejaba patente lo tristes que podían ser los conflictos entre pueblos que siempre habían sido víctimas del colonialismo.

Este segundo volumen de sus memorias trata también sobre la maternidad, una maternidad insegura, marcada por mudanzas continuas, por el desarraigo, el destierro y el racismo. Su frescura y la sensibilidad llena de encanto que vive en estas páginas por momentos me han recordado a las novelas de Chimamanda Ngozi Adichie. Estos dos libros de memorias son una oda a la espontaneidad y a la libertad, frente a la rigidez de los que se pasan la vida pretendiendo ser otros, controlando y sofocando su verdadera naturaleza. Ambos cantan como pájaros enjaulados, con risa y con llanto, buscando la llave de su libertad. 



lunes, 27 de enero de 2020

FACHA

Mucha gente lee el título de este libro y lo entiende como un insulto. Y es que la normalización de la ideología fascista en los últimos años ha consiguido que el término fascista suene excesivo. Siempre asociaremos el fascismo a un pasado que es necesariamente peor que nuestro presente, porque lo vemos como algo absoluto, y no como un horror hacia el que se evolucionó poco a poco desde una cierta normalidad. ¿Exageramos cuando decimos que políticos de extrema derecha como Trump, Salvini, Orbán, Putin, Le Pen o Abascal promueven políticas fascistas? Para saberlo a ciencia cierta, hay que saber qué son las políticas fascistas y compararlas con las que hacen estos señores. He encontrado pocos libros más claros y útiles (y menos insultantes) que este de Jason Stanley. 

Siguiendo el ejemplo de Umberto Eco y su clasificación del fascismo en catorce puntos recogida en Contra el fascismo, el autor defiende que las políticas fascistas se basan principalmente en la promoción de un pasado mítico, de la propaganda, del antiintelectualismo, la jerarquía, la irrealidad, el victimismo, la xenofobia, la meritocracia y una división de la sociedad entre un nosotros y un ellos. Cada capítulo lleva al siguiente porque cada uno de estos aspectos forma parte de una estrategia global en la que todos están conectados y dependen entre sí. 

Muchas cosas me han llamado la atención de este libro. En especial, la idea de la influencia del racismo estadounidense en el auge del fascismo europeo tras la primera guerra mundial, y cómo las políticas racistas norteamericanas en los dos últimos siglos han promovido y siguen promoviendo la normalización de políticas fascistas, no solamente en cuestiones raciales, sino en muchos ámbitos de la sociedad norteamericana. Y me ha resultado asombroso que el libro, centrado en la política estadounidense con ejemplos de Rusia, Turquía, Hungría y Polonia, y escrito antes del ascenso de la extrema derecha en España, describe a la perfección, punto por punto, todas las tácticas usadas por Vox en los dos últimos años. Para cada ejemplo norteamericano o húngaro o polaco, podemos encontrar un ejemplo español. Hasta ese punto entran dentro del mismo esquema, cada uno con sus particularidades, todos los lenguajes fascistas. Hasta ese punto logran dañar las sociedades de la misma forma. 

Que nuestra identidad sólo sea posible a través de la marginación del otro es uno de los objetivos de las políticas fascistas. Jason Stanley insiste especialmente en esta idea: la división de la sociedad entre un ellos y un nosotros. Y aunque esta deshumanización no es una táctica exclusiva de la extrema derecha (no son fáciles de olvidar aquellas alusiones de políticos de Podemos a "los de abajo contra los de arriba"), todos los partidos de corte fascista insisten en ello desde sus ataques a la educación pública, al estado del bienestar, a los sindicatos y a esa defensa natural de la igualdad entre hombres y mujeres que ellos llaman ideología de género. Venden la intención de proteger la libertad y los derechos individuales, pero su objetivo es proteger únicamente la libertad y los derechos de un grupo elegido, su grupo. Un grupo homogéneo que comparte color de piel, idioma, cultura, religión e ideología. Quieren la libertad, pero sólo la de unos pocos. Y siempre a costa de quitársela a los que no son como ellos.

Quienes perciben el título de este libro como un insulto se sienten víctimas. Ellos, hombres blancos occidentales, se sienten amenazados por el creciente ascenso de las minorías que en unos años pueden arrebatarles sus privilegios. La igualdad, ese desafío a las leyes de la naturaleza, es una afrenta a su superioridad. Que las mujeres, el colectivo LGTBI o los inmigrantes puedan llegar a tener tantos derechos como ellos les inquieta. Y no lo aceptan. Sólo hay que ver cómo actúa la derecha de nuestro país cada vez que pasa a la oposición. No lo toleran. Y lo critican todo, hasta las medidas que ellos mismos aprobaron y que, si no son ellos quienes las aplican, pasan de considerarlas beneficiosas a tacharlas de nefastas. 

Me gusta tener este libro en la librería. No como provocación, sino como advertencia. El prólogo de Isaac Rosa lo explica muy bien: las políticas fascistas están normalizando lo que hace unos años considerábamos inaceptable, estamos comprando su discurso, entrando en debates estériles que parten de premisas falsas, estamos dejando que el miedo ante hechos inventados nos divida, tanto en Twitter como en las cenas familiares. Estamos sacrificando la razón para hacer de la emoción el motor de la política. Y ya basta. Desmontemos sus mentiras punto por punto. Una y otra vez. Recuperemos el respeto y la tolerancia, enarbolemos la empatía cada día, en cada conflicto. Pensemos que cada vez que nos definimos por lo que nos diferencia y no por lo que nos une, la convivencia se descompone. Y no nos lo podemos permitir.