lunes, 14 de octubre de 2019

LA DIVINA COMEDIA DE OSCAR WILDE

Oscar Wilde me resulta irresistible. Le quiero como a esos amigos especiales a los que admiras sin preguntarte por qué, a los que perdonas cualquier vicio o impertinencia y que defiendes de cualquier crítica, sea justificada o no. Le tengo una devoción rayana en la obsesión. Mi madre, desde la trastienda, me pregunta qué obra suya me gusta, cuál le recomendaría. Y mi primer impulso es encogerme de hombros. Qué más da. Oscar Wilde es más que sus obras. El retrato de Dorian Gray es una novela estupenda sobre el horror del narcisismo; De profundis y la Balada de la cárcel de Reading son obras desgarradoras sobre el dolor y la pérdida; La decadencia de la mentira es un ensayito irresistible sobre filosofía y crítica literaria. Todos me provocan placer y admiración. Pero es él mismo, su figura y su genio, lo que me conmueven y me encienden por dentro. Lo que él era. O lo que yo creo que él era. Esa esencia inimitable que tan bien retrata este cómic. 

Un escritor genial sin ninguna obra genial, así le describían sus amigos. Decían que bastaba estar a su lado un par de horas para darse cuenta de que nada de lo que había escrito podía compararse con su genialidad como conversador. Puso su genio en su vida, y solamente su talento en su obra, como él dijo. Y se pasó los últimos años de su vida, desde su salida de la cárcel, sin escribir nada. Sólo viviendo. Viviendo y contemplando las estrellas desde el fango.

Con la condena por conducta indecente perdió su dinero, su casa, sus libros, sus manuscritos, su ropa, sus derechos de autor, su nombre, su reputación, su posición social, su matrimonio y el contacto con sus hijos. Perdió su dignidad. Un país entero, una sociedad entera le dio la espalda por ser quien era y atreverse a decirlo abiertamente. Este cómic retrata su vida después de la cárcel. Una vida en la que Oscar Wilde se convirtió en Sebastian Melmoth, un dandy caído en desgracia, perezoso, alcohólico, libidinoso, derrochador, desordenado. Un genio que pasó de ser el centro de atención de todas las veladas a convertirse en objeto de todos los chismorreos, casi todos ellos ciertos, puesto que su vida era en todos sus aspectos tan tremendamente escandalosa para la sociedad de entonces que la gente no necesitaba añadirle nada a sus andanzas y comentarios para que resultaran del todo irresistibles.

Wilde era un hombre enamorado de su propio genio. Se deleitaba con sus ocurrencias, con el sonido de su propia voz. Antes del juicio lo hacía con su pose de dandy, después lo hizo con su trágico destino. Y el autor de este cómic, profundo conocedor de la complejidad del personaje, se permite ponerle contra las cuerdas en un maravilloso diálogo imaginario con el espíritu de un joven Rimbaud, que le aconseja que deje de masturbarse con su propia imagen, que deje de exponer su vida en un escenario y convertirla en espectáculo. “Cuanto más la exhibes, más te alejas de ella. La lógica de la vida no es la del teatro. Y no es necesario darle a tu vida un final trágico que haga aplaudir o llorar a los espectadores”. 

Este cómic es una delicia. Un verdadero banquete para todo fiel amante de la obra y del genio de Oscar Wilde. A través de sus amigos y de las personas cercanas que le acompañaron en los últimos años de su vida, ofrece multitud de puntos de vista para colorear la multitud de facetas del carácter del genio irlandés.




jueves, 10 de octubre de 2019

LA CHICA SALVAJE

No me suelen atraer los bestsellers, pero quizá fue por la imagen de Delia Owens, una escritora que pasados los setenta años escribe su primera novela con un tema tan relacionado con la naturaleza que me apasiona, que al recibir el avance editorial decidí zambullirme en sus páginas en este caluroso verano.

En pocas horas lo había terminado y disfrutado. ¡Son tantos los temas que aborda que nos conciernen todos los días! El maltrato dentro de la pareja y, por extensión, en la familia, el machismo exacerbado, la indiferencia de la sociedad ante la vulnerabilidad de los niños, la violencia sexual en la adolescencia, el racismo, el alcoholismo, y toda esa carga negativa equilibrada en Kya, un personaje valiente y entrañable que desde los seis años se ve obligada a sobrevivir en las más difíciles circunstancias. La naturaleza en las marismas de Carolina del Norte en Estados Unidos es protagonista omnipresente y Tate, un muchacho del que te enamoras. 

La prosa de Delia Owens, sencilla y efectiva, sabe trasmitir emociones y en sus últimas páginas y con solo un dato nos ofrece una información inesperada.

Se ha traducido a cuarenta idiomas y va a tener adaptación cinematográfica. Ciertamente es un relato perfecto para el cine, ojalá salga una buena película porque ampliaría el poder de divulgar situaciones que es urgente erradicar de esta sociedad que día a día construimos con nuestros actos.

lunes, 7 de octubre de 2019

DESPUÉS DE MIL BALAS

Una señora vivaracha y sonriente se acerca al mostrador y hace un comentario agradable sobre la librería. Le respondo y de inmediato se establece entre nosotros ese vínculo amable y civilizado que nos define como seres humanos. Elige un libro, saca la cartera. Mientras esperamos a que salga el comprobante de la tarjeta, rompe varios papeles y los deja en el mostrador haciendo un gesto para que yo los tire a la papelera. Saca un periódico de una bolsa y envuelve con él el libro que ha comprado, y al mirar la foto de una noticia, ya a punto de salir por la puerta, suelta: "otro moro". 

Mientras a mí se me cae la sonrisa a los pies, pienso que eso mismito debían de decir los serbios cuando leían la prensa durante la guerra de los Balcanes. Todos los males siempre venían de los "moros", de los bosnios, del enemigo. Habían abusado tanto de su querida memoria histórica, esa que hablaba de humillaciones legendarias allá por 1389 o 1453, que ya no distinguían el mito de la realidad y veían demonios de intenciones malvadas en seres humanos con los que habían convivido toda su vida. Abusar de la memoria histórica para forjarse una identidad colectiva excluyente es extremadamente tentador. Nadie estamos a salvo de ese virus. Ni siquiera las señoras vivarachas y sonrientes. 

Si todos sabemos algo de la guerra de los Balcanes es a través de la imagen de la ciudad de Sarajevo bombardeada durante más de tres años por las tropas serbias. En todos los informativos de la época se la presentaba como la principal víctima de la contienda, gloriosa ciudad multiétnica, orgullosa de la convivencia pacífica de sus habitantes. Y a mí, desde que conocí hace años algunos de los poemas que incluye esta antología titulada Después de mil balas, me gusta imaginármela habitada por gente pacífica, generosa, melancólica, irónica y sencilla: gente como Izet Sarajlic, que vivió los tres años de cerco en sus calles y escribió una poesía hermosa hasta las lágrimas para dejar constancia de que la vida siempre gana a la barbarie. 

No sé qué música concreta asociaría con estos poemas. Me viene la tentación de algo fúnebre, pero aunque el contexto sea a menudo trágico, no es ese el tono de esta poesía. Pienso quizá en un violín solo. O mejor aún, una viola, con su resonancia más grave, más profunda. Una viola resonando en las paredes agujereadas por la metralla, cantando en los coches sin cristales aparcados para siempre en ciertas aceras. Un solo instrumento tocando una melodía sencilla y profunda en un mundo que se desmorona. Así me imagino la poesía de Izet Sarajlic. Una poesía que abrigue en la oscuridad y que proteja del virus de los nacionalismos, y de cualquier abuso indiscriminado de nuestras memorias históricas. 



miércoles, 2 de octubre de 2019

EL GRAN SUEÑO

Todo comienza con una serie de personajes rumbo a Nueva York. Estamos a finales del siglo XIX y todos son pasajeros de tercera clase, todos son relativamente pobres y todos cargan con sus dramas personales en busca de un nuevo comienzo para sus vidas precarias. Todos duermen, o tratan de vencer el insomnio, amontonados en la bodega, sobre el suelo, hacinados como sardinas, sin ventilación, sin espacio apenas para moverse. Todos ellos emigrantes, huyendo de la desolación y de la vergüenza de su pobreza. Todos ellos soñando con una vida mejor en un país de oportunidades, una vida libre para empezar de nuevo en un país libre que no los trate como esclavos. 

Todo lo que sucede en los días de travesía por el Atlántico determinará, sin que puedan adivinarlo, sus años posteriores. Años de buscar ese sueño, ese gran sueño que todo emigrante lleva consigo cuando lo deja todo y se lanza a la aventura de empezar su vida de nuevo en otro país, en otra lengua y otra cultura. 

He vivido un Nueva York sin rascacielos y sin asfaltar. Una ciudad fronteriza, insegura y peligrosa, llena de inmigrantes de decenas de nacionalidades distintas capaz de ofrecer todas las oportunidades y tratar a todo el mundo como esclavos. Una ciudad magnética donde todos son extranjeros pero todos comparten un anhelo común: convertirse en americanos, formar parte de eso tan enorme e intangible llamado América.

Como sucede con todas las novelas de Jordi Sierra i Fabra, tanto las juveniles como las de adultos, he pasado por esta como una exhalación. Su forma de escribir es como una locomotora a toda máquina. No te suelta. No te da respiro. Te agarra con fuerza la curiosidad y te lleva por donde quiere sin que se te ocurra decir otra cosa que no sea más, quiero más aventuras de estos personajes, por favor, que no se acabe este gran sueño. 




lunes, 30 de septiembre de 2019

EL COLLAR DE LÁGRIMAS

Es difícil hablar de este libro. Uno se da cuenta nada más abrirlo. Y no es por falta de palabras. Uno podría contar su contenido en una frase y luego escribir toda una novela sobre todo lo que esa frase puede significar en la vida de una persona. Pero tanto la frase como la novela serían caminos secundarios, rodeos que no terminan de llegar adonde llega este libro en apenas unos segundos de impacto visual. 

Este libro trata de lágrimas. De lágrimas infantiles y lágrimas adultas, todas tan parecidas. De su variedad inagotable, de sus orígenes y sabores. Trata de lágrimas y de qué hacer con todas ellas. Secarlas. Contenerlas. Olvidarlas. O, por ejemplo, reunirlas todas, ponerles nombre y ensartarlas una a una en un collar. 

Es difícil hablar de este libro. Uno lo abre y de inmediato le entran ganas de quedarse a vivir un rato largo en las ilustraciones. Repasar las frases y perderse en las figuras, dejando que texto e imagen se enriquezcan, como dos ingredientes mezclando sus sabores en la olla hasta crear algo totalmente nuevo que antes no existía. Uno lo abre y nota que cuesta cerrarlo. Y pide un ratito más. Un poquito más. Como en esos abrazos de los que cuesta tanto tanto soltarse. 


jueves, 26 de septiembre de 2019

ENTRE SOMBRAS Y SUEÑOS (ANTOLOGÍA POÉTICA)


 

Tiene mi ánimo
sed de horizontes.
Tiene mi pluma
sed de cantares.
Lleva mi alma
claros acordes
de tierras gélidas
y tropicales. 

Hay una risa juvenil en los primeros poemas de Concha Méndez. Una risa que invita a cerrar los ojos y dejarse bailar por música de swing. Una risa que dice déjate llevar, déjate llenar por lo que te invada en cada momento, y si hace falta liberarte de unas reglas, unos padres y un destino, libérate y rompe con todo. Es el deseo de toda mujer joven que albergue un espíritu inquieto: ensanchar su mundo, hacerlo suyo. Muchas lo ponen por escrito y lo convierten en sueño. Pocas se atreven a bajarlo a la realidad y ponerlo en práctica. Concha Méndez fue una de ellas. 

De piedra siento el silencio
sobre mi cuerpo y mi alma. 
No sé qué hacer bajo el peso
de esta losa. 
Tendida estoy a la noche
-árbol de sombra sin ramas-.

Parece el tiempo dormido,
parece que no soy yo
quien está a solas conmigo. 

Luego llegaron los años treinta, con proyectos y viajes y la sombra de una guerra que desbarató sueños, proyectos y una carrera literaria. El silencio del exilio se impuso. Un silencio que parecía un paréntesis pero que se prolongaría y prolongaría hasta convertirse en su vida. El swing se fue apagando, primero en Cuba y luego en México, y las ausencias convirtieron aquellas melodías ruidosas en notas íntimas, calladas, que su ánimo aun así sostenía. 

No vengas, muerte, todavía,
que aún tengo que tejer la larga escala 
que ha de subirme allá donde deseo.

Vine para algo más que pasar como sombra.
dentro de mí una luz quiere salir afuera.
No vengas todavía, dale tiempo a mi tiempo. 

Trasplantada a la fuerza en otro continente, sacudida por el olvido, la separación y la muerte, la raíz de su poesía seguía viva. Aquella sed de horizontes y aquellos acordes seguían resonando en su interior, ecos imborrables de aquellos locos años veinte en los que Lorca, Alberti y Neruda le daban sus versos para que ella los cuidara y los lanzara al mundo. 




lunes, 23 de septiembre de 2019

UNA VOZ ESCONDIDA

En la librería, a menudo me encuentro con gente que se sorprende de que todavía sigamos abiertos. De que, a pesar de la crisis, Amazon, las descargas y el olvido institucional por nuestro gremio, todavía haya gente que venga a nuestra librería a comprar libros. Como para mí los motivos de acudir a una librería son tan obvios, siempre me sorprende su sorpresa. Y concluyo que, dado que ellos, por el motivo que sea, ya no acuden nunca a una librería, sencillamente han dejado de recordar los motivos por los que otras personas lo siguen haciendo. Al perder el hábito de comprar en librerías, perdieron también la capacidad de imaginar que ese hábito sigue vivo. 

Es como cuando uno, tras pasarse toda la vida rodeado de gente y medios de comunicación afines a su ideología política, constata tras unas elecciones que el partido de ideología opuesta no solamente sigue existiendo sino que ha obtenido millones de votos. ¿Cómo es posible? ¿Pero es que hay una realidad ahí fuera distinta de la que yo percibo, distinta de la realidad que me resulta cómoda, y no me había enterado? 

Shahab, el protagonista de esta novela es un niño que no habla. Y como no habla, toda su familia piensa que es mudo. Y como es mudo, debe ser también tonto. Excepto a su madre, a nadie se le ocurre que un niño pueda hablar y no lo haga. Excepto a su madre, a nadie se le ocurre que un niño pueda ser inteligente y demostrarlo sin palabras. Este niño es una realidad distinta de la que las personas que lo rodean están acostumbradas a percibir. Una realidad incómoda, llena de incógnitas. Una realidad incomprensible, pues nadie acierta a imaginarla. Una realidad que desafía la ignorancia de aquellos que piensan que sin lenguaje hablado no hay inteligencia. Una realidad inaceptable. 

La novela transcurre en Irán y pone voz a dos sensibilidades, la de un niño que no habla y la de su madre que sufre, contra las convenciones y la rigidez de una sociedad que no acepta excepciones a sus reglas. Es una novela inocente y apasionada, y tan universal que cuesta recordar que estamos en un país tan lejano con una cultura tan distinta a la nuestra. No hay más que darse un paseo por la actualidad diaria para constatar la cantidad de voces airadas que se levantan contra cualquiera que muestre un rasgo de carácter o identidad que se salga de la norma, ya sea no hablar, besar a una persona del mismo sexo, tener la piel oscura o un acento de país árabe. 

El mundo está lleno de Shahabs. De diferentes. De sensibilidades que escapan a la imaginación de la mayoría. Y novelas como esta nos recuerdan que la mayoría de los juicios negativos que emitimos sobre las conductas inesperadas de los demás surgen de la ignorancia. Es decir, que criticamos sin tener ni idea. Y casi siempre, precisamente porque no tenemos ni idea. 

Uno no puede sentir lo que no puede imaginar. Y uno sólo puede imaginar aquello que en algún momento ha visto u oído. Para imaginar hay que saber que existen realidades más allá de nuestro alcance. Y querer ir a su encuentro, para ponerles palabras. Querer extender los dedos. Y atreverse a tocarlas. 




jueves, 19 de septiembre de 2019

UNA MUJER INOPORTUNA

Son ricos. Descaradamente ricos. Llevan tantas generaciones nadando en millones que ni siquiera conciben que se pueda realmente vivir de otra forma. Son elegantes y directos, caminan por el mundo como si este les perteneciera y consideran normal dictar titulares y sugerir a los periodistas qué noticias es mejor que no publiquen. Tampoco tienen reparos en pedirle a un comisario que no investigue esta estafa o aquel homicidio. No hay nada que deseen que no puedan obtener y ningún error o crimen que su dinero no pueda borrar. Son gente acostumbrada a la veneración pública, y si su vida es tan perfecta e intachable es simplemente porque son demasiado importantes como para que sus corrupciones queden registradas en algún sitio.

Son poderosos. Descaradamente poderosos. Pero su poder se asienta sobre la imagen que proyectan en los demás. Sobre el miedo en los ojos del periodista o del comisario cuando escuchan su apellido por teléfono. Su poder depende de la fascinación que provocan. Y no saben que tanto el miedo como la fascinación son volátiles, que esa cosa intangible tan importante para ellos llamada reputación se puede romper en mil pedazos con un simple error. Que un deseo prohibido puede hundir su posición social como una ráfaga de viento haría con un castillo de naipes. 

Dominique Dunne ha retratado en esta novela la vida frívola y desmesurada de las clases altas californianas de los años noventa. El protagonista, Jules Mendelson, es un experto en asuntos financieros, acostumbrado a llevar una vida basada en la respetabilidad y en el poder, en la influencia sobre la sociedad ejercida siempre por detrás, en la sombra, siempre en beneficio propio. Porque lo que es bueno para la familia Mendelson es también bueno para los demás. Y no hay nada en lo que Jules Mendelson crea con mayor fe. Sin embargo, no todo es dinero en la vida de las clases altas. Ni cenas elegantes. Ni cotilleos, ni trapicheos en la sombra. También hay deseo. Y tentaciones. Y un montón de cosas sencillas y normales que la moral cicatera estadounidense consideraría pecado inadmisible. 

Me ha gustado la prosa elegante de Dunne. Escribe con la fluidez de un buen bailarín y he disfrutado de las casi seiscientas páginas de Una mujer inoportuna como de un baile incansable y embriagador. Y me ha hecho pensar en la importancia que damos a la opinión de los demás para definir nuestra identidad. En cómo una decisión íntima puede destruir la vida de una persona. Y cómo la moral, esa moral mezquina y miserable heredada de tantos siglos de mojigatería cristiana, puede hundir en la miseria a las personas que osan desafiar los convencionalismos sentimentales. 

Esta novela me ha enseñado una vida que nunca conoceré, pero que no termina de resultarme ajena. Qué lejos pueden quedar ciertos lujos y cierta omnipotencia. Y qué cerca la furia de los que se ofenden por las intimidades de las vidas ajenas. 




lunes, 16 de septiembre de 2019

LA EDAD DE LA LUZ

Una historia absorbente, intensa, sensual, creativa. Una ficción inspirada en la vida de dos fotógrafos que marcaron historia, Lee Miller y Man Ray. Una relación tormentosa pero fructífera artísticamente que se inició en 1930 y apenas duró tres años. 

Lee (1907-1977) era hija de un fotógrafo alemán que desde niña la utilizó para sus fotografías, incluso en desnudos. Fue violada a los siete años por un amigo de la familia y esa circunstancia marcó, como es tan frecuente, una vida difícil y llena de contradicciones.

A los diecinueve años fue portada de Vogue y durante dos años ejerció de modelo en Nueva York. Asqueada de este tipo de vida, se trasladó a París con el deseo de ser fotógrafa, conoció a Man Ray, quien ya tenía un estudio, y empezó siendo su ayudante, pero en poco tiempo se convirtió en su musa y amante en el excitante y bohemio París de los años treinta.

Participaron ambos en el movimiento surrealista creando imágenes ingeniosas, humorísticas y eróticas. Lee descubrió una técnica que llamaron solarización, que Ray se adjudicó como si hubiera sido una invención solo suya. También muchas de las fotografías que él firmó habían sido hechas por Lee, incluso recibió a su nombre un premio importante en Estados Unidos por una obra realizada por Lee. Ella era su propiedad y todo lo que la concernía era suyo. 

En los años treinta Lee le abandonó y regresó a Nueva York, abriendo allí un estudio propio. En París participó en una película de Jean Cocteau, con quien se consolaba de los desaires de Ray. También conoció a Paul Eluard, Pablo Picasso y Tatiana Yákovleva, la sofisticada moscovita cuya hija escribió aquella estupenda biografía titulada Ellos

Al final de la Segunda Guerra Mundial se involucró como fotógrafa de guerra en dejar constancia de la barbarie que esta había supuesto, los efectos del napaln en el asedio a Saint Malo por el ejército norteamericano a las órdenes del General Patton, que con sus bombardeos destruyeron la mayor parte del pueblo en 1944, la liberación de París, la batalla de Alsacia o el horror de los campos de concentración.

La edad de la luz ha sido una lectura apasionante que me ha trasladado a una época que nunca deja de fascinarme.

Lee Miller




martes, 10 de septiembre de 2019

NUEVAS TARDES EN LA LIBRERÍA

Una de las cosas que más me gustan de trabajar en la librería es la oportunidad de encontrarme con gente peculiar. Buscar el tono y el momento para escribir sobre sus peculiaridades. Y acabar descubriendo que casi siempre son las mismas peculiaridades que todos llevamos dentro.

Todo empezó como si nada. Las frases sueltas se convirtieron en anécdota. Las anécdotas en un género libresco. El género se convirtió en libro. Y ahora el libro ha engendrado descendencia. Y todo esto me ha hecho disfrutar del oficio librero como nunca habría pensado.

Mil gracias a todos los que habéis acompañado las andaduras de estas tardes en la librería. Este es mi pequeño homenaje a las pequeñas librerías y a toda la vida que se esconde en ellas. Brindemos por que vivan una larga larga vida.






lunes, 9 de septiembre de 2019

DESCONOCIDOS (firma invitada)

¡Cómo me cuesta a veces recomendar libros a adolescentes! Siempre tengo miedo a equivocarme y que esa decepción lectora les lleve a abandonar lo que para mí es una pasión. Los jóvenes actuales tienen una forma de ocio muy marcada por el mundo digital y sus amigos, y arrebatarles ese tiempo para poner en sus manos una novela que les defraude puede resultar a veces un desastre.

En eso pienso cuando en el instituto me piden recomendación y quien lo hace no es una persona muy habituada a leer. Sé que la decepción lectora no es la misma en un lector avezado que en uno principiante. Por eso, cuando alguien que no está acostumbrado a los libros da el paso de buscar algo que llevarse a las manos, la responsabilidad es tremenda. También lo es cuando desde los departamentos de Lengua y literatura elegimos la lista de libros obligatorios para el curso. Muchas veces acertamos y otras muchas, no. A veces es cuestión de suerte, de dar con los gustos, pero creo que hay más condicionantes que entran en juego.

Uno de los requisitos fundamentales para saber qué les gusta a los adolescentes es conocerlos bien. Y cada uno es un mundo: no hay un adolescente único, aunque a veces parezca que se disfrazan con la máscara y cumplen su rol. Creo que David Lozano, el autor de Desconocidos, está muy al tanto de esta realidad, por eso en esta novela ha dado con la llave para convencerlos a todos. Creo que su novela encaja a la perfección con diferentes perfiles e incluso con diferentes edades –yo la recomendaría a partir de los catorce años–.

Premio Edebé de literatura juvenil en 2018, Desconocidos es una obra que engancha desde el primer momento porque es capaz de ponerse en la piel de dos jóvenes que acaban de conocerse en persona después de dos meses de charlas nocturnas a través de las redes sociales. La novela juega con esa idea tan manida en la literatura sobre los juegos de identidad y que nadie es quien parece, pero lo hace de una forma nada previsible y que mantiene el interés hasta el final.

La estructura del libro propone dos tramas que se suceden de forma paralela y están unidas por una misteriosa muerte. Así que a la vez que vamos conociendo los sentimientos y emociones de los dos jóvenes, asistimos a la investigación por la muerte de otro chico que parece que tiene algo que ver con ellos.

La novela ahonda en la psicología de los personajes: ¿cómo puede una joven de diecisiete años arriesgarse y dar el paso para conocer a alguien por primera vez sin tener más pistas que unas conversaciones en Twitter?, ¿qué motiva a un universitario a llevar una doble vida?, ¿por qué querría suicidarse un adolescente?, ¿cómo librarse del acoso de un exnovio?

David Lozano sigue confirmándose, con esta novela, como uno de los autores de literatura juvenil, dentro del género de misterio, más destacados y que mejores historias nos puede seguir ofreciendo.




jueves, 5 de septiembre de 2019

MANDELA Y EL GENERAL

Hace unos diez años leí aquella maravilla titulada El factor humano, de John Carlin (de la que luego Clint Eatswood hizo una gran película con Matt Damon y Morgan Freeman). Me impactó. Me impactó muchísimo. Me enseñó que la política, el deporte y la ideología no tienen ningún sentido si no es a través de su factor humano. Que lo urgente y lo imprescindible consiste siempre en borrar las ideas y los cálculos para ver a las personas detrás de cualquier decisión, de cualquier empresa. Nelson Mandela, con todas sus contradicciones, es un ejemplo, para mí, de hasta qué punto la capacidad de perdonar y de seducir al adversario puede sanar y unir a una comunidad herida por el odio y la violencia. 

Aquel libro trataba la liberación de Mandela y sus primeros años como presidente a través de una historia de rugby. Me gustó mucho cómo Mandela convirtió el deporte nacional, un deporte de blancos jugado por blancos, en un símbolo que pudiera hermanar a todos los sudafricanos. El rugby, sospecho, no era más que una excusa. Cualquier cosa que pudiera resultar útil para combatir el odio racial debía ser aprovechada. 

En este cómic, John Carlin retoma aquellos años pero bajo un prisma diferente. Mientras que en El factor humano el rugby era el motor de la historia, aquí el eje es la relación que tuvieron Mandela y el general Constand Viljoen, un militar reverenciado por los más fervientes defensores del apartheid. Este general lideró un movimiento armado, de estética e inspiración inquietantemente nazi, que defendía la necesidad de una sudáfrica exclusivamente blanca y que a punto estuvo de provocar una guerra civil.




A principios de los años noventa, Sudáfrica era un país inestable. El odio racial, alimentado por cincuenta años de violencia institucionalizada, había cristalizado en la amenaza de una guerra civil. Mandela comprendió que el peligro consistía en que los blancos, tal y como decían sus proclamas, siguieran pensando que los negros eran unos perros rabiosos, sedientos de venganza, que querían acabar con todos ellos. Para combatir esa idea, se le ocurrió hacer lo que ya le había funcionado otras veces: invitar a Constand Viljoen a tomar el té. Y, de nuevo, ocurrió el milagro. Viljoen descubrió que ese hombre, tras pasar más de treinta años encerrado en una cárcel por culpa de sus ideas, no sólo no estaba sediento de venganza, sino que ofrecía una sonrisa, una inteligencia despierta y las manos abiertas al líder de los que lo querrían muerto, con el objetivo de salvar a su país, el país de los dos, de un baño de sangre. 

Este cómic cuenta esta historia con unas ilustraciones veloces y directas, de trazo afilado y pocos colores. Retrata en pocas páginas aquel momento decisivo, y esa extraordinaria capacidad de Mandela para desactivar el odio con la seducción de las palabras, que tanta falta nos hace a todos siempre.




lunes, 2 de septiembre de 2019

INDESTRUCTIBLES

A menudo es en la alegría donde reconocemos al otro como un igual. En la risa. Las carcajadas son un espejo en el que todos nos miramos y nos reconocemos como iguales. La tragedia, sin embargo, casi siempre encierra el enigma de la culpa. Uno llega al sufrimiento por caminos tortuosos, llenos de tropiezos y de errores, y nunca es fácil saber distinguir cuánta responsabilidad tiene uno en sus propias desgracias. La tragedia nos despierta la compasión, mientras que la risa nos conecta a un nivel más instintivo, más profundo. No hay cálculo en dos personas que se ríen a la vez por el mismo chiste. El espejo es transparente. Tú eres yo y yo soy tú porque nos reímos a la vez y por lo mismo. 

Al igual que hizo con su primer libro, Océano África, Xavier Aldekoa insiste en las historias de Indestructibles en que dejemos de tratar de entender África solamente a través de sus heridas. Que dejemos la mirada compasiva y la sensibilidad blandita y nos acerquemos a sus historias a través de todo lo que no duele, que también es vida. "Si más allá de contar el sufrimiento, las conversaciones giran también alrededor de la vida, algo mágico ocurre: la superviviente se convierte en una niña que odia las espinacas, que baila y canta y que hace trampas al parchís cuando su hermana no mira. Que tiene problemas, miedos y dudas, por supuesto, pero sueños también. Como nosotros". 

Esta voluntad de acercarse al otro para reconocerlo como ser humano, y a la vez reconocerse en él, me parece uno de los grandes retos de nuestros días. Mientras haya gente que siga deshumanizando a los demás en función de su color de piel, de su origen, su clase social, su sexo o su orientación sexual, seguirá siendo necesario esforzarse por revertir esa violencia con historias que nos prevengan contra ella. Y qué mejor forma que hacerlo de la mano de quienes saben contarlas y llegan al fondo de las cuestiones que de verdad importan. Uno de esos contadores de historias es Xavier Aldekoa. Con cada libro suyo lloro. Con cada libro suyo aprendo. Me alegra saber que nunca dejaré de hacerlo. 

En Indestructibles la infancia lo invade todo. A través de pequeñas escenas cotidianas de su hija Lena en su casa de Barcelona, Xavier conecta las inquietudes de los niños a un lado y otro del Mediterráneo. Los juguetes de peluche que vienen y van entre los brazos de Lena y los de los niños africanos de decenas de países son un puente, uno de los puentes más bonitos y directos por los que la vida transita, un puente que conecta dos mundos aparentemente muy diferentes pero que, en lo esencial, se parecen como dos mujeres riéndose a la vez con la misma broma.


Xavier Aldekoa (izquierda)

Para aprender de lo distinto hay que dejar de pensar que nuestra forma de ver y entender el mundo es universal.
Todos podemos adivinar para qué sirve un árbol vivo.
Pero para adivinar la utilidad de un árbol muerto hay que mirar un poquito más allá. 
O ser un pájaro con ganas de dormir. 



viernes, 30 de agosto de 2019

COMISARIO DUPIN

Cuando P. y yo decidimos que Bretaña sería nuestro hogar de acogida para las vacaciones de verano, me acordé de que un señor mayor muy asiduo, lector fanático de novela policiaca, me había hablado con fervor de la serie del comisario Dupin. Es entretenidísimo, tienes que leerlo, me decía cada vez que se llevaba uno. Se nota que el autor vive esa región con pasión, te cuenta cada detalle de las costumbres, la comida, la bebida, ese clima tan loco de las zonas costeras, las leyendas celtas, y hasta hace de guía turístico diciéndote dónde comer la mejor langosta y saborear el lambig más fuerte ¡con lugares con nombres reales! Yo me fui con sus libros en la maleta, me dijo. Y fue un acierto. Viví Bretaña de otra forma, de verdad.

Había un brillo tan bonito en sus ojos cansados que ¿qué iba a hacer yo? Pues hacerle caso, claro.

Y tenía razón. Bretaña es un personaje fundamental en cada uno de estos libros, el sustrato en el que se asienta la trama y que da color y sabor a cada giro argumental. Uno diría que algo así sólo se puede hacer siendo bretón, pero basta con mirar el título original de los libros e indagar un poquito para descubrir que Jean Luc Bannalec es el seudónimo tras el que se esconde el escritor Jörg Bong, un alemán que se enamoró perdidamente de la costa sur bretona hace muchos años y que decidió rendirles homenaje a sus paisajes y sus gentes con esta serie policiaca que le ha convertido ya en un habitual (casi una celebridad) de los cafés y las callejuelas de Concarneau. Digan lo que digan los amantes del nacionalismo cultural (y la mayoría de los bretones de pura cepa descritos en esta serie), no hace falta haber nacido en un lugar para pertenecer a él y amarlo como propio. Basta el amor. 

Jörg Bong
De las siete novelas publicadas hasta el momento, he leído las dos primeras. Y he pisado, junto a P., las calles y cafés que describe en las dos, como buen seguidor de este comisario perspicaz y ensimismado con un aire a Maigret. Pont Aven y Concarneau no necesitan de excusa novelesca para merecer una visita. Son dos joyitas de cuento, con sus esquinas pintorescas, sus casitas medievales y los barcos destellando su blancura al sol. Pero si a la belleza de todo le podemos sumar la emoción de un comisario siguiendo pistas imposibles sobre pintores célebres, cuadros robados o desapariciones en la playa, el viaje se vuelve doblemente interesante. Me quedan cinco novelas. Y me las voy a dosificar para disfrutarlas despacio, como mejor se disfruta todo lo bueno. Cinco novelas. Cinco viajes más por hacer, figurados y reales, para seguir descubriendo Bretaña. 




miércoles, 28 de agosto de 2019

MONTAIGNE

Torre del castillo de Michel de Montaigne
Era principios de agosto y el sol pegaba fuerte. Los grillos cantaban con furia en las cunetas de la carreterilla secundaria que nos llevaba al pueblito de Saint Michel de Montaigne, en el Périgord. Los carteles con el retrato de Montaigne anunciando su famosa torre compartían espacio con publicidad de innumerables viñedos. En la tierra del Burdeos, ni los filósofos se libran de la asociación vinícola.

Cuando empezó la visita, éramos apenas diez personas alrededor de la guía, y todo invitaba a la calma y a la introspección. Ella nos hablaba de guerras y de incendios pero cuando uno sacaba la cabeza por una de las estrechas ventanas de la torre, la sensación era de que todo seguía igual que cuatro siglos atrás. Las frases latinas y griegas parecían recién talladas en las vigas del techo y no costaba nada imaginar aquella biblioteca, ahora vacía, atestada de libros, y a Monsieur de Montaigne dando vueltas y vueltas a sus treinta metros cuadrados mientras dictaba sus pensamientos a Marie de Gournay, su jovencísima fille d'alliance. 

No se puede pensar sentado en una silla, decía el francés. Si el cuerpo descansa, los pensamientos se duermen. Sólo en movimiento las ideas se despiertan y se conectan unas a otras. Quizá tampoco se puedan entender del todo los escritos de Montaigne desde un sillón a mil kilómetros, y haga falta estirar las piernas, acercarse a su torre por esas carreterillas secundarias llenas de grillos y de calor, y subir a su biblioteca para ver con sus ojos los paisajes que él vio, y disfrutar la solidez de ese silencio, esa piedra y esa paz. 

Antes de visitar su castillo, ya había llegado a Montaigne por carreteras secundarias. La primera fue la biografía de Zweig, por el que siento tal afinidad que es casi imposible que un libro suyo no me interese. Como hizo con Castellio en su Castellio contra Calvino, Zweig subrayó de Montaigne su constante búsqueda de libertad y su rotunda negativa a plegarse a dictados y normas de ningún tipo. Desde su encierro voluntario en la torre de su castillo, escribió sobre sí mismo escribiendo sobre el mundo, fue alcalde de Burdeos por aclamación popular y medió en varias ocasiones entre reyes protestantes y católicos en unos años en los que la religión era motivo de las mayores masacres. Todo un héroe visto desde los tiempos turbulentos del nazismo que vivió Zweig. Y desde cualquier época, en realidad.

Después cogí otra ruta, esta todavía más directa: Un verano con Montaigne. Antoine Compagnon, que ya me encantó en su ensayito ¿Para qué sirve la literatura?es un compañero de viaje estupendo, ya sea para decirte por qué debes seguir leyendo novelas pasados los cuarenta o para abrirte ceremoniosamente la puerta, cual devoto mayordomo, de ese castillo inabarcable que son los Ensayos de Montaigne. Cuarenta capítulos cortos, cuarenta ideas sobre una variedad sorprendente de aspectos vitales, desde el amor por los libros o la fascinación por la belleza hasta los peligros del sobrepeso o nuestro pudor al hablar de sexo, que se leen en un suspiro y te llevan más cerca de la esencia del bueno de Michel que horas y horas intentando descifrar los enigmas de su prosa. El libro, por cierto, fue en origen un programa radiofónico retransmitido en verano que tuvo un éxito descomunal en Francia. Quizá sólo los franceses puedan disfrutar en masa escuchando filosofar sobre Montaigne a la hora del aperitivo en vacaciones.

De momento, el volumen de Ensayos lo he cogido poco. Media horita aquí, veinte minutos allá. Siento que ya lo conozco, por boca de otros, pero cada capítulo que empiezo me resulta radicalmente nuevo. Como si hubiera cambiado de la noche a la mañana. Como si el libro fuera algo vivo, un jardín que crece, un riachuelo que se bifurca. Sé que volveré a él porque nunca será el mismo y siempre encontraré algo nuevo y sorprendente en sus páginas. Porque la tolerancia, el discernimiento, la capacidad de escucha, la introspección, el humanismo, la ironía, la humildad o la libertad como necesidad vital no se terminan de aprender nunca. Igual que uno no termina nunca de conocer del todo los secretos de su propio jardín.