jueves, 14 de enero de 2021

USOS AMOROSOS DE LA POSTGUERRA ESPAÑOLA

Me gusta muchísimo cómo escribía Carmen Martín Gaite. Su elegancia, su ironía y su perspicacia psicológica. Hay pocas novelas de la literatura española de finales del siglo XX que haya disfrutado tanto como Nubosidad variable y cada vez que vuelvo a sus libros siento que regreso a un lugar conocido que me hace feliz y que nunca me canso de explorar. 

Martín Gaite escribió este libro como una tesis, un trabajo académico con el que se proponía investigar la influencia de la guerra civil y, sobre todo, del régimen político posterior, en las relaciones amorosas. Es decir, la influencia de la política en la vida privada de los afectos. Es un ensayo al que no le falta la ironía y que parece escrito con la distancia de quien ha superado hace tiempo todos aquellas costumbres y las rescata para enseñárselas al mundo con un gesto amable y un puntito condescendiente que dice: mirad qué cosas más bárbaras nos inculcaban de pequeñas. Y lo entiendo, entiendo esa distancia. El libro se publicó en plena década de los ochenta, unos años de ruptura y libertad, y aquellas mojigaterías franquistas parecía que quedaban no sólo muy lejos, sino enterradas para siempre. Sin embargo, bien entrado ya el siglo XXI, reconozco muchas actitudes actuales en las descritas en este ensayo, y no puedo evitar leerlo no sólo como un rescate arqueológico, sino como una advertencia que parece decir: de aquí salieron la mayoría de vuestros traumas emocionales, no volváis a cometer los mismos errores. 

Este libro trata sobre el daño que la moral católica infligió en el desarrollo emocional de la generación de la postguerra. "Restringir y racionar" era la consigna que aplicó la dictadura de Franco para instruir a la gente sobre la manera correcta de gestionar su economía. Y, por extensión, de gestionar sus emociones. La manera correcta de vivir pasaba por mutilar la expresión de sus emociones con aquellas instrucciones que a casi todos nos han intentado enseñar de alguna manera: los hombres no lloran ni se muestran vulnerables ni hablan abiertamente de lo que sienten; las mujeres no alzan la voz, aspiran a un único amor para toda la vida y cargan con todo el peso del trabajo doméstico. (Hay un capítulo muy significativo en el que la autora describe cómo a los hombres la promiscuidad les vuelve sabios mientras que a las mujeres las vuelve golfas. Hoy quizá usaríamos otros adjetivos pero seguimos juzgando la actividad afectiva y sexual de hombres y mujeres por raseros bien distintos). 

A partir de los años 50 la economía prosperó y empezó a olvidarse paulatinamente del sufrimiento causado por aquella sádica doctrina del "restringir y racionar", sin embargo, aquella moral perduró en la mentalidad de amplias capas de la sociedad, millones de hombres y mujeres que siguieron transmitiendo a sus hijos la idea de que "restringir y racionar" la expresión de sus emociones (en especial si se salen de la norma o tienen que ver con su sexualidad) era la forma correcta de vivir. 

Esta educación la veo yo todos los días en la librería. Aplicada a la economía particular, a la inteligencia emocional y a todo tipo de situaciones. Es una educación basada en el sermón, en los dogmas y en los mandamientos, que dice que para casi todo hay una sola forma de hacer las cosas correctamente, una única solución buena para cada problema, y que sigue creando generaciones enteras que piensan con naturalidad que su forma de entender la vida, desde su libertad para morir dignamente hasta sus elecciones culinarias de los domingos, no sólo es la mejor, sino la única correcta. 

No sé si era el propósito último de Carmen Martín Gaite al escribir este ensayo, pero yo lo he leído como una denuncia demoledora de lo que un estado doctrinario puede hacer con la educación afectiva de la gente y cómo puede encadenar al sufrimiento a decenas de millones de personas para tratar de salvarlos de una serie alucinada de peligros imaginarios. 

Es cierto que en setenta años hemos progresado bastante. Nuestra forma de entender las relaciones amorosas en 2020 se habría considerado un insulto a la decencia y a la buena educación en 1950. Y sin embargo, parte de aquella represión emocional que era la norma entonces sigue rigiendo la educación de muchas familias setenta años después. El sexo como tabú, el gran amor único y para siempre, la maternidad como destino, la insinceridad al hablar de las emociones y la pervivencia de los roles de género siguen estando muy presentes. La sombra de este puritanismo castrador tan nacional y tan católico es muy alargada. Pero me consuela imaginar el escándalo con que juzgarán nuestras mojigaterías dentro de setenta años, cuando algún lector lea sobre nuestros usos amorosos de la era digital y se eche saludablemente las manos a la cabeza. 




lunes, 11 de enero de 2021

IRRESISTIBLE (firma invitada)

Irresistible es un ensayo que no se puede parar de leer. Lo conocimos gracias al pedido de una clienta y la premisa nos gustó tanto que le hicimos un huequito entre las lecturas de ese momento.

En esta reflexión sobre las adicciones del comportamiento, su autor, Adam Alter, psicólogo y profesor, nos muestra las claves del éxito de los videojuegos, de la tecnología vestible o de diferentes aplicaciones de nuestros smartphones para mantenernos enganchados igual que las sustancias adictivas lo hacen con quienes las consumen. De hecho, a lo largo del ensayo, en más de una ocasión se comparan algunas aplicaciones móviles con el poder adicto o de la heroína.

Si pasamos horas pendientes de nuestro correo electrónico, o tratando de pasar de nivel en nuestro videojuego favorito, no se trata de una mera casualidad. Detrás de nuestra adicción hay mucha investigación del comportamiento para mantenernos ahí y ocupar buena parte de nuestra vida en una ilusión de socialización que no es más que eso.

Alter dedica la segunda parte de su ensayo a enumerar y explicar qué ingredientes son los esenciales para “diseñar” una experiencia adictiva, entre los que se encuentran los objetivos, las recompensas, la interacción social o el progreso. Ya nos advierte en el prólogo de que los grandes creadores de “experiencias adictivas” son los primeros en no consumirlas ni dejárselas consumir a sus hijos e hijas. Como dirían nuestras abuelas: “quien evita la ocasión –yo diría la tentación–, evita el peligro”.

Este libro me ha hecho recapacitar sobre el uso abusivo que hacemos de los diversos dispositivos tecnológicos que el mercado pone a nuestro alcance para ayudarnos a vivir vidas más cómodas -contadores de pasos o calorías, correo electrónico, pequeños videojuegos que nos ayudan a desconectar–. Alter cita un estudio en el que se concluye que buena parte de los usuarios de esta tecnología no son capaces de estimar el tiempo de uso que hacen de ella y tienden a pensar que la utilizan la mitad del tiempo que en realidad emplean. Haz la prueba. Yo la hice y me sorprendí tanto que decidí dejar por unos días mi propia cuenta de Instagram e indagar en aquellos mecanismos tecnológicos en cuyas redes (nunca mejor dicho) me he dejado atrapar. 

Afortunadamente, también el autor, en la última parte de su ensayo, da pistas para aprender a hacer un uso responsable de la tecnología y evitar caer en la necesidad de las clínicas de desintoxicación tecnológica, cada vez más extendidas por nuestro enganchadísimo y "ultratecnologizado" Occidente.

Este ensayo puede ser el mejor empujón para poner en práctica uno de los más repetidos propósitos de nuevo año: pasar menos tiempo enganchados a las redes sociales y más a las relaciones sociales del contacto directo, las de las miradas a los ojos y la sonrisa sin pose. Ahora bien, ¿estamos realmente decididos a dar el paso?



lunes, 4 de enero de 2021

MANIFIESTO POR LA LECTURA

Hay tantos motivos para leer como motivos para no hacerlo. Ser librero es abrazar con devoción los primeros y aprender a respetar los segundos. A respetar y a no cejar nunca en el empeño de seducir sibilinamente a los que no leen con nuestro entusiasmo, alimentado día tras día con nuevas lecturas que nos abren las puertas de vidas siempre insospechadas. Hay muchas formas de seducción posibles. Y este manifiesto por la lectura es de las más irresistibles que han caído en mis manos en mucho tiempo. 

Irene Vallejo tiene una forma elegante y pausada de estar en el mundo. Transmite entusiasmo con una facilidad encantadora y no tiene que esforzarse mucho para atraer a cualquiera a la magia de sus palabras. No sé lo que es, en realidad. No sé qué extraña mezcla de fragilidad y pasión, de sencillez y resistencia, consigue este extraño sortilegio. Pero cuando uno la escucha se siente reconfortado y admirado. Y convencido de que las palabras, sobre todo si las pronuncia ella, no pueden ser sino un "hechizo cargado de futuro". 

La poesía y la belleza son los mimbres con los que está hecho este manifiesto por la lectura, por una forma de vivir que con cada libro cambia y se enriquece: la única forma que los lectores conocemos e imaginamos. En los libros aprendemos que lo imposible debe ser soñado para convertirse en realidad. Sin sueños no seríamos capaces de amar, de aspirar a algo mejor, de superarnos, de tratar de alcanzar algún tipo de felicidad. Sin sueños sólo aspiraríamos a lo posible y nuestra vida estaría cerrada a cal y canto por la estrechez de la realidad. Sin sueños no podríamos vivir como vivimos. Y no se me ocurre medio guardián ni mejor medio de transporte para los sueños que los libros. 

"Los libros son albergues de la memoria, espejos donde mirarnos para poder parecernos más a lo que deseamos ser. Estos frágiles universos son nuestra fortaleza". Hay tantos motivos para leer como motivos para no hacerlo. Pero leyendo a Irene Vallejo, uno rápidamente se olvida de los segundos y llega a preguntarse, con genuino asombro, si en realidad alguna vez existieron. 



miércoles, 30 de diciembre de 2020

EPISODIOS NACIONALES, PRIMERA SERIE

Empecé en enero. Me dije: es el año de Galdós, vamos a empezar por el principio. Y como Galdós es demasiado bueno para tener un principio, decidí que había que ser valientes y empezar a hincarle el diente a su obra más grande. Uno al mes, con dos meses de comodín para descansar, y en cuatro años me liquido sus episodios nacionales. Y aquí estoy, a un día de terminar este 2020 de infausto recuerdo para rendir cuentas de cómo Galdós ha contribuido a volver menos infausto y más especial. 
Mi madre siempre dice que ella empezó a amar la historia gracias a los episodios de Galdós. Ya, pero eran otros tiempos, dirán algunos, hoy no hay nada que pueda meterles a los jóvenes en sus duras molleras audiovisuales el amor por la historia sin pasar por un videojuego. Pues no lo creo, oye. Galdós me sigue inyectando en vena la misma exaltación que la primera vez que leí Trafalgar, siguiendo el consejo materno, con veinte años. La misma pasión, la misma adrenalina. Y ahora, además, una admiración adulta rendida a la capacidad de este hombre para transmitir no ya pasión por la historia, sino asombro por la infinita variedad de las conductas humanas. 

¿Por qué me gusta Galdós? Porque no soporta la guerra aunque le fascinen sus héroes. Porque ama su país y no soporta verlo en manos de corruptos. Porque es capaz de mantener la saludable ironía siempre alejada del sarcasmo. Porque es cosmopolita y carga contra los gobernantes que "impulsan a odiar a los extranjeros, que convierten a los diferentes en enemigos y siembran la envidia entre semejantes". Porque sus libros consigan que problemas políticos e ideológicos de hace ciento cincuenta años suenen dolorosamente actuales. 

Si tuviera que quedarme con un episodio, en realidad me quedaría con dos. El segundo, La corte de Carlos IV, por ese retrato acidísimo de las intrigas palaciegas de una corte decadente y miserable a través de la representación de una obra de teatro. Y el último, La batalla de los Arapiles, en el que la batalla es lo de menos, y lo de más, sin duda alguna, Miss Fly, una inglesa aventurera ("mujer relámpago, hechicera, lindísima") con la cabeza llena de novelas de aventuras, libre de ataduras masculinas, que recorre una España en guerra buscando la realidad de sus sueños románticos y cuyo mayor defecto es que no haya aparecido antes.  

Estos diez primeros episodios que componen la primera serie van de 1805 hasta 1814 y relatan los principales hechos históricos de la guerra de la independencia desde el punto de vista de Gabriel de Araceli, un chico humilde con un porvenir inimaginable por delante. Hay aventuras y hay amor, como en toda narración histórica que se precie. Hay mucha crítica social y mucha guasa. Hay agudeza psicológica y desparpajo. Y una mirada tan inteligente y generosa que no tengo duda alguna de que 2021 me sorprenderá con el mismo propósito que este año: un libro al mes de la segunda serie para seguir disfrutando de uno de mis escritores favoritos y de su inigualable punto de vista sobre nuestra apasionante y desdichada historia. 



 

lunes, 28 de diciembre de 2020

LOS EUROPEOS

¿Cuándo fue la primera vez que nos sentimos europeos, que pensamos que podíamos formar parte de algo más grande que nuestro pueblo, nuestra ciudad o nuestro país? Orlando Figes defiende en este ensayo que fue a partir de la década de 1840, gracias a la capacidad del ferrocarril para conectar a personas de distintos países en muy poco tiempo, y que fue a través de la cultura, que derribó las fronteras que los nacientes nacionalismos estaban intentando levantar y creó una forma común e internacional de entender el arte, la civilización y los valores. 

Damos por hecho la existencia de los trenes, pero la revolución social y económica que trajeron a la vida cotidiana de las personas es casi equiparable a la invención de internet. En 1840 se tardaban tres días en diligencia para ir de París a Bruselas. Diez años más tarde, la misma distancia se recorría en apenas doce horas. Esto abrió el comercio internacional a un mundo de posibilidades inconcebible unos años antes, y también permitió a un número considerable de europeos recorrer otros países con facilidad, conocer formas de vida distintas, ampliar sus horizontes culturales y, en definitiva, reconocerse en sus rasgos comunes.

Orlando Figes ha elegido las vidas del escritor ruso Iván Turguénev, la cantante Pauline Viardot y su marido y empresario cultural Louis Viardot para ejemplificar este nacimiento de la cultura europea común. Los tres encarnan el espíritu de esta Europa abierta y cosmopolita que se nutrió de las aportaciones culturales de muchos países. Los tres vivieron en Francia, España, Rusia, Reino Unido y Alemania y viajaron ampliamente por el resto del continente. Actuaron como intermediarios culturales y promovieron la obra y la carrera de artistas, escritores y músicos de toda Europa. Y los tres, además, formaron un triángulo amoroso intenso y apasionado que duró toda su vida y se basó en un respeto y admiración mutuas que pocos en su época llegaron a entender. 

Los tres tenían la capacidad de sentirse como en casa en Berlín, París, Londres, Roma o San Petersburgo. La Europa que habitaban "era una civilización internacional, una república de las letras basada en los ideales ilustrados de razón, progreso y democracia. Eso era lo que quiso decir Turguénev cuando proclamó: "soy europeo y amo a Europa; pongo mi fe en su insignia, que he portado desde mi juventud"". 

A finales del siglo XIX, y a pesar de la guerra franco-prusiana de 1870, que avivó los nacionalismos y destruyó parte de la confianza en la cultura abierta y cosmopolita que tanto había enriquecido al continente en las tres décadas anteriores, se había producido tal grado de intercambio cultural entre los países europeos que a menudo no era posible distinguir lo que era "auténticamente nacional" de lo que era foráneo o internacional. En la década de 1880 se terminó de fijar el canon cultural. La música que había que escuchar, el arte que había que ver y la literatura que había que leer para acceder a la alta cultura se volvieron comunes en buena parte del continente y se han mantenido hasta hoy. 

La ilusión por una cultura europea universal que se olvidara definitivamente de sus fronteras se vino definitivamente abajo con el estallido de la primera guerra mundial. Europa se volvió a dividir en dos bandos y la xenofobia volvió a regir las relaciones humanas y a estrangular el cosmopolitismo, ese mundo cultural esplendoroso en el que se educó Stefan Zweig y que con tanta nostalgia retrató en El mundo de ayer

Turguénev pensaba que, ante todo, los rusos eran europeos. La expresión de su carácter nacional debía estar subordinada a su cosmopolitismo, interiorizada en su arte, no ondeando como un estandarte. Esa era la razón por la que consideraba grande el arte de Pushkin, de Tolstói o de Chaikovsky, porque poseían un carácter ruso que no militaba contra su propio carácter europeo". 

Y creo que hacía mucho tiempo que no me identificaba políticamente con un escritor tanto como me he identificado con estas ideas de Turguénev. Siempre me he sentido sobre todo europeo. Siempre he pensado que mi nacionalidad era una circunstancia menor, un detalle administrativo y lingüístico, y que ninguna bandera podía definirme si no incluía también un ramillete de al menos diez banderas más con cuyos países me identifico. Siempre he pensado que no sólo es la mezcla lo que nos enriquece, sino que sin mezclarnos nos volveríamos locos y nos extinguiríamos. Y, como Turguénev, siempre defenderé que es el intercambio cultural lo que nos permite ser quienes somos, convivir con los demás de una forma civilizada y aspirar a una vida feliz. 

En estos tiempos de nacionalismos en auge y de millones de personas entregándose sin pensar a la furia xenófoba, este libro es una celebración a la vez que una advertencia: contemplad la gloria que creamos cuando nos olvidamos de las fronteras y miramos a los demás con curiosidad; y recordad que toda gloria se acaba cuando nos olvidamos de que necesitamos a los que no son como nosotros para vivir. 
 


martes, 22 de diciembre de 2020

NUESTROS DIEZ FAVORITOS INFANTILES 2020

 Niños y niñas, ¿estáis listos para una aventura? ¿Y para dos? ¿Y para diez? Este año os proponemos diez aventuras muy locas, muy emocionantes y muy felices con las que empezar el 2021 por todo lo alto. 


Por nuestros diez favoritos desfilan gatos encantadores que buscan un nombre y perros apestosillos que celebran la navidad; calcetines que buscan a sus parejas perdidas en unos mares llenos de piratas y una niña que guía a su padre por la alegría sorprendente de cada día. También macetas mágicas de las que brota literalmente cualquier cosa que uno siembre y semillas que nos enseñan bellamente el ciclo de la vida. Y mucho, mucho más.  

Niños y niñas, preparaos, porque este año os volvemos a llevar de viaje por los mundos de fantasía y realidad que pueblan nuestros diez favoritos infantiles.

¡Cosecha Benedetti!


1. La banda de los calcetines piratas, de Justyne Bednarek (Duomo, 14,90€).

Este es el cuento más loco y fantástico de nuestra lista. Así que empezamos con él. ¿Qué pasa con los calcetines que se pierden en la lavadora? Seguro que todos os lo habéis planteado alguna vez. Pues aquí tenéis la respuesta: se enrolan en un barco pirata. Porque todo el mundo sabe que no hay mejor manera de reencontrarse y reconciliarse con su pareja que recorriendo los mares en busca de aventuras. Cuanto más locas, divertidas, increíbles y filibusteras, mejor. Un festín de carcajadas ilustradas para niñas y niños de ocho años en adelante. 





2. Mi lazarilla, mi capitán, de Gonzalo Moure y Maria Girón (Kalandraka, 15€). 

Una niña salta, salta y salta. Se coloca su mochila, se ajusta el parche pirata y ya está lista para la aventura de un nuevo día. Porque ir al cole con su padre siempre es una aventura. Una aventura en la que siempre se encuentran con animales desconocidos, ardillas, liornes y monos asomando en cada esquina. Unos dedos pequeñitos aferrados al calor y la seguridad de una mano grande que, mientras su lazarilla le muestra el camino real, la va guiando por el camino imaginario y que les lleva al cole por un mundo de maravillas. Ambos avanzan juntos por una selva de luces, sombras y sonidos, y cuando ensayan pasos de baile por los pasos de cebra nadie sabría decir quién guía a quién. 



3. Atlas de historia, de Thiago de Moraes (Harper Kids, 29,95€).

Ya nos deslumbró Thiago de Moraes con su Atlas de mitos (Harper Kids, 29,95€) en el que hace un par de años nos invitaba a un paseo por doce mundos mitológicos, y ahora vuelve con este atlas repleto de personajes de quince civilizaciones distintas que no dejamos de recomendar para niñas y niños de ocho años en adelante. Piratas, exploradores, astronautas, emperadores y guerreros muy terribles desfilan por las páginas y las increíbles ilustraciones de este libro de gran formato que nos lleva desde la antigüedad hasta ayer mismo y nos enseña que la historia puede resultar una aventura fascinante. 




4. El cuento del otro día, de Roberto Aliaga y Noemí Villamuza (Kalandraka, 13€).


Kalandraka nos ha enamorado este año con dos cuentos sobre relaciones entre un padre y su hija. Mientras que Mi lazarilla, mi capitán es una historia emocionante que transcurre fuera de casa, en El cuento del otro día nos refugiamos en el momento de irse a dormir con una historia diferente cada día. Una historia con la que la niña consigue arrastrar a su padre a su mundo infantil poblado de magia, de miedos y maravillas, emociones y fantasías que los adultos a menudo creemos perdidas. Un cuento para encontrar la llave de acceso a los sueños felices. 






5. El gato que buscaba un nombre, de Fumiko Takeshita (Akal, 10€).

Todos los gatos tienen nombre. Los privilegiados que miran por la ventana desde el radiador calentito de sus salones y también los callejeros que rebuscan en la basura en busca de un postre de restos de sardinas. Pero el gato protagonista de esta historia no tiene nombre. Y tendrá que buscar uno, pero ¿cómo busca uno su nombre? ¿Dónde se esconde? 
Este cuento fue el favorito de los libreros japoneses el año pasado y la verdad es que no es para menos. Lleno de sensibilidad, de sencillez y emoción, las aventuras y las preguntas de este gato sin nombre llegan al corazón. 






6. Perro Apestoso, ¡feliz Navidad!, de Colas Gutman y Marc Boutavant (Blackie Books, 12,90€).

A diferencia del gato del cuento anterior, el compañero de este Perro Apestoso sí que tiene nombre: Gatochato. Quien se lo puso sólo tuvo que mirarlo, porque el pobre no engorda ni aunque se atiborre de cabezas de gamas de su contenedor de basura favorito. Perro Apestoso es de esos personajes que nos acompañan siempre, con su manera atolondrada, torpísima y encantadora de ver el mundo. Y su nombre nos salta en la cabeza como un corcho de champán cada vez que alguien nos pide recomendación para niños y niñas de siete u ochos años. En esta cuarta aventura, va a celebrar la navidad de una manera que nadie podrá olvidar. ¿Te animas a descubrirla?





7. Vidas secretas, de Gemma Capdevilla (Baobab, 14,95€).

Para niñas y niños a partir de cuatro años, este álbum ilustrado es de los más bonitos que han caído en nuestras manos este año. En un recorrido nocturno por la naturaleza, las exquisitas ilustraciones de Gemma Capdevilla capturan esos animales secretos que casi siempre escapan a nuestros ojos, esos momentos mágicos de luces y sombras que parecen sacados de un sueño y que sin embargo conviven naturalmente con nosotros, aunque nos pasen desapercibidos. Un viaje dulce e hipnótico por la naturaleza secreta, que debemos preservar para que pueda permanecer salvaje. 





8. La maceta encantada, de Esther Gili y Gemma Camblor (Astronave, 14,95€).


Este cuento llegó a nuestras estanterías en la primavera del año pasado y, confundido en la avalancha de novedades languideció escondido esperando que alguien se adentrara en sus páginas y lo descubriera. Y tuvo que llegar la pandemia para rescatarlo de su largo sueño y disfrutarlo como lo merece. Es una historia mágica y dulce de dos primos que viven con su tía y que un día descubren una maceta de la que crece cualquier cosa que uno plante. Bellamente ilustrado por Esther Gili, que sabe darle un halo de maravilla a cualquier escena que imagina, esta historia hará las delicias de niñas y niños a partir de seis años. Y les enseñará que no todo lo que se planta se reproduce como uno esperaría. 






9. Con calma, de Rachel Williams (Flamboyant, 24,90€).

Mientras que Vidas secretas nos enseñaba a cerrar los ojos para imaginar la naturaleza desde unas ilustraciones hipnóticas, Con calma nos invita a descubrirla con los ojos bien abiertos en cincuenta historias que sólo podremos disfrutar si frenamos nuestro ritmo y nos dedicamos a observarlas con calma. Un libro ilustrado para que los niñas y niños a partir de siete años aprendan a observar cómo los jacintos silvestres transforman el bosque, cómo poliniza una abeja una flor o qué hace una lechuza cuando amanece, y disfrutar de todo aquello que nuestro ritmo desenfrenado de vida a menudo nos impide ver.





10. Una pequeña semilla, de Mar Benegas y Neus Caamaño (Akiara, 12,50€).

Y con naturaleza seguimos y terminamos esta lista que, como todas nuestras listas, es una propuesta abierta y cambiante, una pequeña muestra de lo que más nos ha gustado este año. Aquí Mar Benegas y Neus Caamaño han ideado un libro desplegable escrito en verso sobre la fertilidad de la tierra y el ciclo de la vida. Con una ilustración bella y sencilla, seguimos la vida de una pequeña semilla desde que cae desde el pico de un pájaro hasta que se convierte en flor pasando por el largo sueño del interior de la tierra. 

lunes, 21 de diciembre de 2020

NUESTROS DIEZ FAVORITOS 2020

Siempre lo decimos pero no está de más recordarlo: pensamos que jerarquizar el placer y el gusto es un despropósito. Así que nuestra lista de favoritos, una vez más, no sólo no es jerárquica (tan bueno es el primero como el décimo) sino que ha estado cambiando hasta el último momento y seguirá cambiando a partir de enero, a medida que vayamos enamorándonos de nuevas novelas.

En 2020, sin pretenderlo, nuestros favoritos nos han llevado por menos continentes que otras veces, quizá como un efecto reflejo de las dificultades para viajar que la pandemia nos ha ocasionado a todos. Nos hemos ido al París de los años treinta siguiendo la pista de impostores y amores improbables. Hemos vivido la catástrofe de Chernóbil y la violencia racial estadounidense desde el escalofrío más profundo. Hemos echado de menos Cuba desde el exilio de un grupito de cubanos cuyas vidas son las de todos los que han tenido que dejar atrás un amor imposible. Hemos sufrido Italia desde la educación áspera de una adolescente insegura y desde la tragedia y el renacimiento que lleva casi dos décadas contemplando la tenaz isla de Lampedusa. Nos hemos empapado de multitud de datos que demuestran hasta qué punto el sufrimiento de las mujeres está determinado por un diseño masculino de nuestras sociedades, nos hemos reído hasta caernos de la silla con las descacharrantes peripecias de un norteamericano llamado Sedaris y, por último, hemos incluido un cómic que, aunque se publicó en noviembre del año pasado, es el cómic más extraordinario y fastuoso que ha caído en nuestras manos en mucho tiempo y por el que no podemos sentir mayor admiración. 

Aquí están, por méritos propios, nuestros diez favoritos de 2020. Aunque quizá la semana que viene caigamos rendidos ante nuevas novelas y la lista cambie. Como la vida y las cosechas, que nunca se están quietas. 

¡Cosecha Benedetti!




1. La vida mentirosa de los adultos, de Elena Ferrante (Lumen, 19,90€).

La autora de la tetralogía Dos amigas ha vuelto a Nápoles con una novela protagonizada por una adolescente desorientada, Giovanna, enfrentada a la vida mentirosa de los adultos que más venera. Cuando se entera de la mentira que esconde su padre, su vida se tambalea. 
El bello edificio de maneras cosmopolitas en el que la criaron se viene abajo y, de repente, esa otra Nápoles, encarnada en la piel de una tía que no conoce, empieza a tirar de ella. Con sus paredes desconchadas y su dejadez, con su trato brusco y sus conversaciones a voces, esa otra Nápoles puede convertirse fácilmente en la venganza contra tanta mentira. 



2. Los fuegos de otoño, de Irène Némirovsky (Salamandra, 18,00€).

Irène Némirovsky retrató en esta novela una sociedad herida, la última que logró terminar antes de morir en Auschwitz. Una sociedad que es un reflejo de la que Vera Brittain describió tan bien en su Testamento de juventud. La historia recorre tres décadas de la historia de Francia, desde unos años antes del estallido de la primera guerra hasta el inicio de la segunda, treinta años cuyos terremotos bélicos y financieros afectaron profundamente a la mayoría de franceses, y determinaron su vida cotidiana y amorosa. Con la agudeza psicológica que caracteriza a esta autora, una de nuestras favoritas de todos los tiempos, Los fuegos de otoño es otra recuperación maravillosa de la editorial Salamandra. 





3. Como polvo en el viento, de Leonardo Padura (Tusquets, 22,90€).

Ya conocíamos la Cuba de Leonardo Padura por sus novelas policiacas pero no nos esperábamos la explosión de color, amor, sufrimiento y vida que derrocha su nueva novela. A través de un grupo de amigos, conocido como el Clan, a lo largo de casi treinta años, el autor explora las mil caras del exilio. Del exilio físico y del exilio interior. De los que se van y no vuelven, o vuelven ya sólo de visita, como extranjeros en su propia tierra, que ya no es suya. Y de los que nunca pudieron o quisieron irse, pero una parte de ellos huyó de allí para protegerse, para salvarse, o parar preservar la cordura. Esta es una novela monumental sobre la memoria y los afectos. Sobre cómo se mantiene el profundo amor por los amigos pese al paso de los años, la distancia, el dolor y los exilios. Cómo se preservan los códigos de la complicidad pese a todo.



4. La mujer invisible, de Caroline Criado Perez (Seix Barral, 22,50€).

Combatir la desigualdad entre hombres y mujeres pasa por eliminar la brecha de datos de género, es decir, la falta de datos específicamente femeninos en todas las investigaciones que se usan para el diseño de nuestra sociedad, desde las decisiones políticas hasta la composición de los medicamentos, pasando por los espacios urbanos y la prevención de riesgos laborales en el trabajo no remunerado de cuidados a niños y a mayores. Y combatir la desigualdad ya no es sólo una cuestión básica de ética, justicia y dignidad. También es una cuestión económica urgente. El coste económico que supone en todo el mundo no tener en cuenta a las mujeres en la toma de decisiones es brutal y lo puede entender cualquiera que entienda un gráfico con estadísticas. Ya no hay excusa. Sólo prejuicios y el deseo de permanecer en la ignorancia para perpetuar un privilegio masculino criminal.




5. Apuntes para un naufragio, de Davide Enia (Minúscula, 18,00€). 

Los cinco mil habitantes de Lampedusa viven del turismo pero su isla es conocida por la llegada de inmigrantes. Lampedusa es un símbolo pero también un espacio árido donde "el cielo está tan cerca que casi se te viene encima". Belleza y muerte, placer y sufrimiento. La prosa de Davide Enia se desnuda en estas páginas hasta cortar como una lámina de metal. Y la poesía surge espontáneamente, a ráfagas, en frases cortas de una belleza jadeante. 
Parece escrita con urgencia y por momentos parece una crónica periodística, un poco al estilo de los libros de Svetlana Aleksiévich, en la que el narrador da voz a varios personajes que cuentan su contacto con la llegada de inmigrantes en una serie de testimonios sobrecogedores. Una novela poética y emocionante sobre el valor de tender una mano cuando el mundo se cierra. 



6. Todo esto existe, de Íñigo Redondo (Literatura Random House, 19,90€).

Ucrania, años ochenta. Un director de escuela recién separado. Una adolescente que huye de un maltrato. Una decisión imposible que, sin embargo, se toma como si fuera la única posible. Y un accidente nuclear que precipita un mundo hacia el infierno. La prosa de Íñigo Redondo sacude e hipnotiza. Hay una poesía íntima y cincelada en cada página. Una fuerza profunda y dolorosa que se convierte en un torrente descontrolado que arrolla la historia y al lector. El primer capítulo noquea, y a partir de ahí es una cuesta abajo sin frenos portentosa y escalofriante. 
Aunque el argumento es diáfano, es imposible contar de qué va. Y no tendría ningún sentido, pues la prosa de Íñigo Redondo trasciende la acción para detenerse en lo que queda más allá de lo visible, fuera del alcance de la luz y de la inteligencia y de la imaginación. Y que sin embargo es tan real como la realidad iluminada. 

 

7. Los chicos de la Nickel, de Colson Whitehead (Literatura Random House, 19,90€). 

Estados Unidos, años sesenta. Un chico negro con pocos recursos aspira a ir a la universidad. Aspira a romper una barrera educacional, una barrera de clase y una barrera racial. Pero la mala suerte y un policía se cruzan en su camino. 
Los chicos de la Nickel es un homenaje vibrante a esa minoría de hombres y mujeres que prefirieron la muerte casi segura a una vida entera de esclavitud. Que sufrieron persecuciones, chantajes, violaciones, torturas, apaleamientos y violencias de todo tipo por el color de su piel y que, pese a todo, siguieron adelante en busca de un sueño que consideraban legítimo. Ese sueño estaba inscrito en mármol en la constitución de su país. Ese sueño que decía que todos los hombres habían sido creados iguales, y que todos tenían derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. 



8. La casa del padre, de Karmele Jaio (Destino, 18,90€). 

Esta novela trata sobre esa cercanía perturbadora que nuestra educación tradicional basada en el pudor nos ha enseñado a evitar. Trata sobre un escritor bloqueado, "atrapado en un tempo antiguo", en un miedo paralizante que le recluye en su estudio y en el borrador de una novela en la que no acaba de creer. Espera algo. Algo que desconoce. Un mensaje en una botella. Algo que le acerque a sus personajes y a su vida cotidiana, que ya sólo es capaz de vivir de lejos, desde una distancia insalvable. 
Trata también sobre una mujer que retoma la escritura, tras veinte años de limitarse a corregirle las pruebas a su marido escritor. Y descubre que lleva un dolor dentro pugnando por aflorar, y que en las palabras escritas va a encontrar las pruebas de ese dolor, las evidencias de ese trauma que ella piensa que es un sueño. Un sueño compartido con millones de mujeres, un trauma hecho realidad cada día, cada hora. 




9. Calypso, de David Sedaris (Blackie Books, 21,00€). 

Si leéis este libro os pueden pasar cosas raras: podéis enamoraros de una tortuga gigante y cancerosa, podéis aprender a leer un capítulo entero con el culo apretado (nada de spoiler aquí, ya descubriréis por qué), o también podéis aprender a caeros de la silla de la risa sin haceros daño -Sedaris ofrece una práctica constante-. Pero nunca os pasará nada tan raro como lo que le pasa a Sedaris, creedme. Por el consuelo que esto aporta, ya merece la pena leer el libro. 
Tras cada punto y aparte, uno levanta los ojos del libro con el ceño bien fruncido de indignación y exclama por dentro: ¿qué cojones es esto que estoy leyendo? Y acto seguido: ¿y cómo es posible que me esté matando tanto de la risa?



10. El Buscón en las Indias, de Ayroles y Guarnido (Norma, 35,00€).

Ayroles y Guarnido han tomado la historia de El Buscón donde la dejó Quevedo y, en un espectacular homenaje al más bribón de todos los pícaros y al genio que lo creó, han escrito y dibujado las aventuras de don Pablos en busca de El Dorado. "Las mentiras más infames pueden ser creídas. Basta con adecuarlas al pecado de quien las escucha". Así se da cuenta el protagonista de que con cierta facilidad sus bellas palabras pueden transformarle de pícaro en archicanalla, y es que ¿por qué contentarse con sobrevivir si tienes los medios para apuntar mucho más alto? 
Ayroles y Guarnido (este último conocido especialmente por su fantástica serie de Blacksad) sí que han apuntado alto. Altísimo. La apuesta era arriesgada y no podía haberles salido mejor. Tanto por la ilustración preciosista y exuberante como por las sorpresas de un guion hilado con un pulso narrativo fabuloso, este Buscón en las Indias es uno de los cómics más brillantes que hemos leído nunca. 




jueves, 17 de diciembre de 2020

REGRESO AL EDÉN

Nuestros mayores están llenos de memoria. Sus vidas caben en una humilde melancolía, en una mirada por la ventana después de comer mientras la familia duerme la siesta. Sus vidas se condensan en silencios que duran décadas y que, a veces, sin la curiosidad de algún nieto con la mente despierta, se convierten en dulces inercias que acaban en el olvido. Nuestros mayores están llenos de memoria, y a menudo basta una sola fotografía para que los recuerdos broten y estallen uno tras otro, jubilosos, en horas de remembranza. Y en novelas gráficas como esta.

La foto fue tomada en 1946 en una playa de Valencia. En ella aparecen los miembros de una familia, guiñando los ojos no se sabe si por la alegría de estar juntos o por el sol que les ciega. Es un instante detenido del que nada sabemos quienes no estuvimos allí. Qué conversación (¿tensa o despreocupada?) habrán dejado en suspenso para posar para el fotógrafo, qué espacio ocupaban en ella los miembros de la familia que no estaban allí. La foto acompañó a la protagonista de esta historia durante toda su vida. Fue un ancla a su pasado, a una postguerra atroz que educó a toda una generación en el lenguaje de la miseria y envenenó su vida de tonos grises y libertades cercenadas. 

Paralelamente a Regreso al Edén he estado leyendo un ensayo de Carmen Martín Gaite titulado Los usos amorosos de la postguerra española que enlaza con la novela de Paco Roca como si hubieran nacido para ser compañeros de baile. "Restringir y racionar" era la consigna que aplicó la dictadura franquista para instruir a la población sobre la forma correcta de gestionar su economía, y también sus emociones, dice Martín Gaite. Y los personajes que desfilan por estas conmovedoras viñetas son un ejemplo dolorosamente vivo del resultado de esta educación que promulgaba una mutilación emocional para toda la vida. 

Nuestros mayores están llenos de memoria. Algunos la tienen cerrada a cal y canto, y hace tanto tiempo que se erigieron en sus guardianes que han terminado por olvidar dónde escondieron la llave de sus recuerdos. Otros, sin embargo, están deseando que alguien más joven se siente a su lado con una sonrisa de curiosidad y aliento para sacar aquella fotografía, amarillenta de infinitas caricias y mudanzas, y empezar a revivir una tras otra las llamas apagadas de su memoria. Para pasarle el testigo de lo vivido a la siguiente generación y que todo aquel dolor y aquella miseria no caigan en el olvido. Para que la vida, este suspiro entre dos nadas, recobre un brillo repentino de sentido y, quién sabe, hasta pueda convertirse en una obrita de arte como esta. 



lunes, 14 de diciembre de 2020

LA VIDA MENTIROSA DE LOS ADULTOS

En las novelas de Elena Ferrante, Nápoles siempre son dos ciudades. La ciudad de la burguesía, de las avenidas despejadas y del italiano, frente a la ciudad de las clases populares, de las calles malolientes y del dialecto. Dos ciudades que parecen vivir dándose la espalda, encerradas en sus orgullos respectivos, pero que no paran de intentar apuñalarse en secreto siempre que tienen ocasión. Ya en la saga Dos amigas las dos Nápoles atraían como imanes opuestos a cada una de las protagonistas para marcarlas de por vida. Y en esta nueva novela está todavía más acentuada esta polaridad, esta hidra de dos cabezas que susurran en los oídos de la protagonista, tirando de ella cada una hacia un futuro radicalmente distinto. 

Los adultos mienten. Mienten todo el rato. Mienten cuando te acunan y te dicen que te quieren. Mienten cuando te enseñan a hablar con tonos contenidos, con frases hipercorrectas que parecen esconder otras más verdaderas de las que te excluyen y que nunca se atreverán a desvelar. Mienten hasta que el decorado mentiroso de su vida se viene abajo bajo el peso de tantas mentiras y de repente se te aparecen desnudos, vergonzosamente ridículos, de repente mezquinos y culpables precisamente de aquello que te enseñaron a evitar. Los adultos mienten. Y cuando la adolescente Giovanna se entera de la mentira que esconde su padre, su vida se tambalea. El bello edificio de maneras cosmopolitas en el que la criaron se viene abajo y, de repente, esa otra Nápoles, encarnada en la piel de una tía que no conoce, empieza a tirar de ella. Con sus paredes desconchadas y su dejadez, con su trato brusco y sus conversaciones a voces, esa otra Nápoles puede convertirse fácilmente en la venganza contra tanta mentira. 

Esta es una novela de aristas, de rencor y de celos, que por momentos alcanza una agudeza emocional que duele. Trata sobre la necesidad de ver más allá de las apariencias, de la necesidad de espiar las pequeñas ruindades de la gente que te rodea para protegerte de la intención, a menudo interesada, de sus muestras de afecto. Es una novela sobre la crueldad de la adolescencia, sobre cómo sufre una joven criada en una burbuja cuando esta explota y de repente se ve expuesta a una serie de verdades inasumibles que desencadenan terremoto tras terremoto en su interior. Y también, sobre los torpes parches que ponemos los adultos en nuestras vidas para tratar de ocultar nuestras miserias, nuestros errores y nuestra incapacidad para asumir la responsabilidad de nuestras decisiones. 

Giovanna es Giovanna en el Nápoles culto en el que se ha criado. Giovanna es Giannina en el Nápoles popular que la incita a la venganza. Giovanna y Giannina son las dos caras de esta adolescente que he incorporado ya a mi vida, con su mal carácter y sus asperezas que ocultan unas ganas abrumadoras de que la quieran. Una adolescente que se quedará en mi cabeza mucho tiempo. 



viernes, 11 de diciembre de 2020

MI FAMILIA Y OTROS ANIMALES

Antes de empezar este libro ya venía preparado para lo que me iba a encontrar. Había visto con P. la serie Los Durrell (Filmin) y me había enamorado de la excentricidad tan encantadora de esta familia británica que, a mediados de los años treinta, lo deja todo para irse a vivir a la isla griega de Corfú, buscando sol y buen tiempo: un lugar con un clima menos hostil que el inglés para que los niños crezcan. Ya conocía a los personajes, ya sabía de la devoción del joven Gerry por los animales y del esnobismo gruñón de su hermano Larry. Ya me habían arrancado más de una carcajada sus relaciones con los lugareños griegos y me había empapado de la ligereza y del bienestar que produce ver a gente que hace de la falta de cálculo y la despreocupación su felicidad. 

Pero para lo que no estaba preparado era para la prosa de Gerald Durrell y para el amor profundo por su familia, la naturaleza y los animales que desprende cada página de este libro. Al llegar a Corfú, escribe: "Poco a poco la magia de la isla se nos iba posando suave y adherente como un polen". Y ya en el primer capítulo el humor y la gracia se me iban posando de la misma manera en el estado de ánimo para no abandonarme durante las cuatrocientas páginas de este primer tomo de su trilogía de Corfú. A menudo en la librería me piden libros felices. Y no siempre me resulta fácil encontrar buena literatura que desprenda felicidad. Pues bien, esta sin duda lo hace, y es de las mejores. 

Gerry es un niño feliz en la naturaleza, observando las posturas de las tortugas cuando toman el sol o los usos amorosos de las arañas. Lo que mayor felicidad le da es saberse libre del peligro de ser educado a la manera tradicional, con libros de aritmética y lecciones interminables de historia que le entran por un oído y le salen por el otro, mientras sus ojos observan las nubes y en su mente acompaña a las salamandras en sus carreras por el porche. Ve a la gente bailar "como grullas desmadejadas" o parlotear molestamente "como abejas despistadas": el género humano es a menudo un incordio intolerable que le impide entregarse por completo a la vida que más le interesa: la animal. 

Porque, ¿qué podría rivalizar en interés con el hallazgo de un "cangrejo ermitaño de proporciones colosales adornado con una anémona sobre la concha, como una boina con una flor rosada"? 

Este es un libro del que brotan maravillas. Reinas ancianas en medio de una corte de flores susurrantes y noches de verano con el mar en calma, la superficie del agua vibrando fosforescente con miles de luciérnagas iluminando una improvisada danza de delfines. El autor convierte la extravagancia en una forma natural de vivir tocada por la gracia. Su prosa está llena de sol y bajo su luz cualquier lector verá cómo crecen la felicidad y el espíritu viajero. El mío está ya tan alegre e inquieto que no veo el día en que el mundo vuelva a abrirse para proponerle a P.: querida, ¿te vienes unos días a Corfú? Nos lleva Gerald Durrell. 



miércoles, 9 de diciembre de 2020

MUJERES DEL ALMA MÍA

Me unen a Isabel Allende pequeñas coincidencias, detalles intrascendentes, que han hecho que lleve casi cuarenta años sintiéndola muy cercana. La publicación de La casa de los espíritus coincidió con el nacimiento de mi hijo, corría el año 1982, y yo acababa de regresar de México. Afronté mi maternidad en solitario, después de una separación traumática, una situación difícil en la mayoría de los casos a no ser que se disponga de medios económicos o apoyos familiares, que no era mi caso.

La casa de los espíritus me gustó, y también su siguiente libro, De amor y sombra, los dos con el tema de la dictadura chilena como fondo, algo que aquí nos tocaba muy de cerca porque acabábamos de salir de una. Nos llamamos Isabel las dos, nacimos con cuatro meses de diferencia en el mismo año, nos declaramos agnósticas y pensamos de forma parecida en muchos ámbitos, sociales y políticos.

Su editorial presentaba sus libros en el hotel Palace, un lujo que se podían permitir por el éxito que cada novela suya cosechaba (hasta la fecha más de setenta millones de ejemplares vendidos, traducidos a cuarenta y dos idiomas). Me invitaban con frecuencia como librera y compartí mesa con ella en tres ocasiones en los años noventa, una de ellas coincidiendo con la muerte de su hija Paula en una clínica de Madrid, algo que me impactó mucho y que contó en uno de sus libros, Paula. El hotel Palace para mí tenía el atractivo añadido de que en su cafetería se reunían miembros de la Generación del 27 en los años treinta, y especialmente Pedro Salinas, que tenía al lado su despacho. Era un motivo más para no dejar de asistir a esas cenas, además de la preciosa cúpula.

Esta escritora, vilipendiada por muchos "eruditos" que han escudriñado sus defectos para condenar su escritura sencilla, en mi opinión tiene el valor de llegar de forma muy amena y comprometida a causas universales. Le han concedido el Premio Nacional de Literatura de Chile, el Hans Christian Andersen de Dinamarca, es miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras y es la escritora viva más leída en lengua española. 

Su último libro, Mujeres del alma mía, es un manifiesto feminista, con pequeñas anécdotas autobiográficas que le dan amenidad. Todas las historias, las de todo el mundo, son interesantes en mayor o menor medida, lo importante es saber contarlas. E Isabel Allende sabe hacerlo. Trabajó para la FAO, Organización de Naciones Unidas para la Alimentación en el Mundo y desde 1996 tiene la Fundación Isabel Allende de ayuda a mujeres y niños vulnerables.

Temas como la reclusión de toda la población japonesa en Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial me los descubrió ella en su libro El amante japonés. La odisea de los inmigrantes de América Latina que llegan a Estados Unidos la abordó en Más allá del invierno y la de los republicanos españoles que tuvieron que emigrar a Chile en Largo pétalo de mar.

En estas Mujeres del alma mía el tema es candente, cotidiano, nunca suficientemente divulgado porque los gobiernos no ponen suficientes medios y la ignorancia entre muchas mujeres en infinidad de países no permite que se luche suficientemente contra la lacra del machismo. Por eso es un libro necesario que estoy segura que muchas disfrutarán y muchos deberían leer.


jueves, 3 de diciembre de 2020

HABLA MARÍA

En ratitos sueltos en la librería he leído este cómic. Absorto. Emocionado. Como dice mi madre, han sido momentos diamante. Los momentos que quedan brillando en la palma de la mano cuando retiras todo ese tiempo del día en el que no pasa nada digno de recordarse. Gracias, Bef, por este libro diamante. 

María es una niña con autismo. Y como la mayoría de autistas, habla poco. O mejor dicho, pronuncia pocas palabras. Porque hablar habla todo el rato. Habla a través de las lágrimas de alegría de sus padres, cuando la sostienen en la sala de partos, todavía sucia y arrugada, añorando su cálido hogar perdido. Habla a través del desconcierto de su madre, que mira a su bebé de dos años y le pregunta: ¿cuándo vas a hablar, María? Habla a través del desconcierto de sus padres, de sus miedos cuando ella no presta atención o tarda en aprender a caminar. De su soledad cuando salen de la consulta del doctor tras escuchar por primera vez esa palabra, autismo, y el precipicio que proyecta en sus futuros imaginados. 

Esta es una historia de amor. De fragilidad dolorosa y de desconcierto. El autor abre con valentía una puerta que apenas alcanzo a comprender pero a la que me he asomado con emoción porque el paisaje que proyecta me parece bellisimo. Bellísimo y aterrador. Como las mejores historia de amor, supongo.  

Me ha recordado a aquel cómic inolvidable titulado Una posibilidad (Astiberri). A esos padres siempre dispuestos a recogerte como las ramas de un árbol en el que siempre puedes confiar. Hay dudas, hay bondad, hay alegría. Y sobre todo prevalece la voluntad de recorrer ese camino, por duro que sea. Día tras día. Y exprimir su belleza hasta la raíz. Día tras día. 

El autismo se manifiesta de muchas formas. Algunas de ellas son:
-La incapacidad para conectar con los demás
-No mirar nunca a los ojos.
-Desarrollo neuronal diferente. 
-Poco interés en comunicarse. 
-Percepción del mundo no de forma global sino generalmente a través de sus detalles. 
-Escasa interacción con los demás. 
-Sensibilidad aguda ante estímulos visuales, gustativos y auditivos. 

Hay muchas formas de explicarlo. Hoy me quedo con la que el autor escogió para responder a un chico en una conferencia: "Imagínate que el mundo es una gran orquesta sinfónica y que todos tocamos un instrumento tradicional. Las personas con autismo tocan instrumentos exóticos, afinados en otras escalas. Sin embargo, producen una música hermosa. Una música que no estamos acostumbrados a escuchar". 


lunes, 30 de noviembre de 2020

LA MUJER SIN NOMBRE

El olvido que ha sufrido María Lejárraga me sorprende hoy muchísimo. Mi interés por la generación del 27 fue siempre una constante durante años. Más allá de Lorca, Salinas, Cernuda, Alberti, Guillén o Aleixandre, detrás estuvieron mujeres tan importantes como María Zambrano, Rosa Chacel, María Teresa León, Marga Gil o políticas como Clara Campoamor o Victoria Kent. De todos ellos se ha hablado mucho, de ellas menos, pero de María Lejárraga muy poco, solo la idea generalizada de que había escrito todas las obras que había firmado su marido, Gregorio Martínez Sierra, o sea un papel de víctima y la imagen de una injusticia machista. 

Siento un profundo agradecimiento a Vanessa Montfort por esta novela que nos aporta tanta información, para mí desconocida, de un personaje tan interesante, más allá de su relación con Gregorio al que llevaba siete años y le consideraba su "niño", en una relación casi materno-filial. Se casaron, él con 19 años y ella con 26, profundamente enamorados. Ella le cuidaba porque la salud de Gregorio era muy frágil. Para mantener el matrimonio ella aceptó un trabajo de maestra, que en aquella época era tremendamente degradante, y que además no le permitía publicar ninguna obra con su firma, motivo por el que acordaron que pondrían la firma de Gregorio. Ese fue el inicio de una iniquidad. 

Gregorio era un hombre de teatro. Lo que le gustaba y hacía era dirigir y le pedía libretos a su mujer a un ritmo vertiginoso. El éxito de las obras hizo que ella abandonara su trabajo de maestra después de diez años. Escribió más de un centenar de títulos, Tú eres la paz alcanzó las cincuenta ediciones, Canción de cuna se llevó varias veces al cine. De alguna manera, y es una paradoja, ella se inventó el personaje de Gregorio Martínez Sierra y como le quería no le importó quedar en la sombra, pero no era una víctima.

María no sólo fue maestra y dramaturga, la más importante de su época. También tradujo a Shakespeare, Stendhal, Ibsen y Sartre, fue diputada de la Segunda República por Granada, diplomática y formó parte del grupo que fundó el Lyceum Club Femenino. Mantuvo siempre una amistad profunda con Juan Ramón Jiménez y Zenobia Cambrubí, con Falla, con quien colaboró escribiendo los libretos de El amor brujo y El sombrero de tres picos, con Turina, con García Lorca...

Cuando empezó la guerra civil se exilió a su casa de Niza, para entonces ya se había separado el matrimonio porque Gregorio había iniciado una relación con Catalina Bárcena, la primera actriz de su compañía, con quien tuvo una hija y a quien presentaba como su mujer haciéndose pasar por viudo en América, adonde se llevó la Compañía. Esa fue una etapa durísima para María, pasó hambre en Niza, perdió veinticinco kilos y él, en su egoísmo, inconsciencia o crueldad, no se ocupó de su mujer, de la que nunca se divorció, más que para seguir pidiéndole libretos. La censura franquista borró su nombre por ser republicana, fue fácil porque no aparecía en ningún lugar y su marido se ocupó de no declararlo más que en una carta privada que le envió. Afortunadamente, ahora contamos con una circunstancia favorable: se han recuperado ciento cuarenta y cuatro cartas que permiten reconstruir la vida de esta admirable mujer.

Gregorio murió de cáncer en 1947 pero María vivió casi cien años, murió en 1974, le faltaron seis meses para cumplirlos en su exilio de Buenos Aires. Una lástima que no pudiera conocer la muerte de Franco, un año más tarde. Allí en Buenos Aires se le tributaron homenajes que aquí inexplicablemente ni siquiera se divulgaron. Sólo el año pasado, en 2019, se estrenó una obra de teatro, Firmado Lejárraga, en el Centro Dramático Nacional, escrita también por Vanessa Montfort. Ojalá sea el inicio de un reconocimiento tan merecido.




jueves, 26 de noviembre de 2020

APUNTES PARA UN NAUFRAGIO

Esta novela cabe en una mano abierta. Sus 240 páginas entran en un bolsillo y uno puede llevarlas en el abrigo sin que nadie sospeche que esconde un tesoro inmenso e inabarcable. Una explosión de vida, dolor y amor que todavía siento cada vez que cierro los ojos y evoco ese nombre: Lampedusa. 

"Lampedusa, de lepas, la roca erosionada por la furia de los elementos, que resiste en la vastedad del mar abierto. O Lampedusa, de lampas, la antorcha que brilla en la oscuridad". Lampedusa es una condena y una salvación. Una fosa común y un renacimiento. Y las páginas de esta novela son un homenaje a los que tratan todos los días de convertir esa condena en salvación, a los que llegan huyendo del infierno y encuentran en ella la posibilidad de volver a vivir. 

En la escena inicial del primer capítulo de la serie Eden (Filmin), un grupo de turistas en una playa del Mediterráneo contemplan el desembarco de una lancha llena de inmigrantes subsaharianos. Mientras estos se tiran al agua y corren hacia la orilla dando grandes zancadas, los europeos reaccionan de maneras muy diversas: su perplejidad, su curiosidad, su miedo y su instinto de ayudar son los mismos que sentiríamos cualquiera de nosotros si pudiéramos ver de cerca el terrible espectáculo de esta tragedia cotidiana con nuestros propios ojos. El instinto del miedo lo tenemos desde que nacemos. El instinto de ayudar se aprende toda la vida. Para que el segundo venza sobre el primero hacen falta series como Eden y novelas como esta. Muchas, muy buenas, cuantas más mejor. 

Los cinco mil habitantes de Lampedusa viven del turismo pero su isla es conocida por la llegada de inmigrantes. Lampedusa es un símbolo pero también un espacio árido donde "el cielo está tan cerca que casi se te viene encima. La voz omnipresente del viento. La luz que golpea por todas partes. Y ante los ojos, siempre, el mar, eterna corona de gozo y espinas que lo circunda todo". Belleza y muerte, placer y sufrimiento. La prosa de Davide Enia se desnuda en estas páginas hasta cortar como una lámina de metal. Y la poesía surge espontáneamente, a ráfagas, en frases cortas de una belleza jadeante. Parece escrita con urgencia. Por momentos parece una crónica periodística, un poco al estilo de los libros de Svetlana Aleksiévich, en la que el narrador da voz a varios personajes que cuentan su contacto con la llegada de inmigrantes en una serie de testimonios sobrecogedores. 

Un buzo de rescate: "Aquí salvamos vidas. En el mar cualquier vida es sagrada. Si alguien necesita ayuda, nosotros lo salvamos. No hay colores, etnias ni religiones. Es la ley del mar". Una ley que dice que no siempre se puede salvar a los que piden ayuda. Que muchos brazos alzados acaban desapareciendo bajo el mar, poblando de pesadillas las noches de aquellos que no llegaron a tiempo para salvarlos, pero sí para oír sus gritos y ver cómo poco a poco se iban apagando para siempre.

Los que se dedican al salvamento marítimo "llevan escritos encima los sonidos y los olores de la guerra". Parecen impasibles, silenciosos, o a veces también cordiales y habladores. Pero hay un abismo en su mirada cuando dejan de hablar, cuando evitan seguir describiendo y tiran de elipsis para mantenerse a flote. Y terminan las conversaciones con frases brutales como tajos. Frases que conmocionan no tanto por lo que dicen, sino por lo que ocultan: "no hay nada más hermoso que ver llegar a los niños, vivos". 

Pero Davide Enia no sólo ha escrito una novela sobre los refugiados que llegan a Lampedusa. Estos Apuntes para un naufragio tratan también sobre la relación entre el narrador y su padre, una relación definida por él mismo como una "Siberia emocional": "En el sur expiamos una tara comunicativa hija de una cultura secular en la que callar es sinónimo de virilidad. Omo di panza es la manera lisonjera de definir a aquel a quien se le supone un estómago tan recio que lo guarda todo dentro: las dudas, los secretos, los traumas". Y poco a poco, con cada viaje que realizan juntos a Lampedusa, el hielo silencioso de su relación se va resquebrajando, y por esas grietas empiezan a infiltrarse las palabras de ternura y de afecto de las que está hecha esta esplendorosa y durísima novela de amor. 

Esa "Siberia emocional" es muy compleja y tiene muchos deshielos. Hay belleza y hay ternura. Hay todo un lenguaje de amor que se desarrolla sin palabras, tenaz como los peces bajo el hielo, como plantas en el desierto. Los hombres de esta novela no saben cómo hablarse pero son conscientes de compartir un mismo vocabulario y una misma forma de afrontar la alegría y la angustia, de percibir la belleza. Quizá la antesala de la muerte, con esa Lampedusa bella y terrible batida por el viento, sea el escenario más propicio para que todos ellos encuentren el tono y la cadencia de la ternura perfecta. 





lunes, 23 de noviembre de 2020

CARMEN MOLA Y LA CRUELDAD VACÍA

Admito con facilidad la crueldad en las novelas. Y más en las novelas negras, en las que suele ser uno de los ingredientes imprescindibles. Mientras pueda explicarla de alguna forma, siempre encuentro un hueco donde encajarla bien para que no me saque de la historia. Pero la verdad es que la crueldad en las novelas de Carmen Mola me ha puesto a prueba. Y no sólo lo digo yo: hay escenas que bordean lo inadmisible. Y paso por ellas y sigo leyendo y, aunque quizá me habría gustado que fueran de otra manera (porque madre mía, ¿de verdad hacían falta?), las acepto como un rasgo específico de la forma de escribir de esta escritora (o escritor) escondida tras el pseudónimo de Carmen Mola, que se ha convertido en uno de los mayores éxitos de la novela negra española de los dos últimos años. 

¿Qué es una novela negra? ¿Para qué sirve? Más allá de las respuestas obvias, yo me eduqué en la novela negra con Henning Mankell y aprendí que casi siempre lo más interesante de estas novelas no eran las investigaciones ni la intriga ni las sorpresas de la trama. Lo que de verdad me enganchó a ellas para volverme un fan incondicional siempre fueron los retratos psicológicos de los personajes y lo que el autor quería contar a través de ellos. La intriga y la investigación eran los medios para armar algo que iba mucho más allá de un argumento y que, en las manos de, por ejemplo, Henning Mankell, podía convertirse en un dedo en cada llaga de la idílica sociedad sueca de finales del siglo XX. 

Las novelas de Carmen Mola están muy bien construidas. Me he pasado horas y horas al borde del sofá, pasando páginas entretenidísimo, pero sin darme cuenta de que una vez resuelto el caso y digerida la crueldad, no había gran cosa detrás de esa construcción cuidada. Aunque a veces algún pequeño párrafo cambiara el tono general, como este de La novia gitana

"Se pregunta hasta dónde llega la responsabilidad de una madre, en qué momentos hay que dejar a los hijos volar solos, sin la mirada vigilante y la tutela obsesiva. No hay tregua ni descanso, se dice. A los hijos hay que cuidarlos todo el tiempo, incluso cuando no estás con ellos. Un hilo de plata debe mantener la comunicación, un hilo del que tirar si asoma el peligro, si se encienden las alarmas interiores. Si el hilo se rompe, el niño se pierde para siempre. Y no hay perdón para la madre que no supo estar al acecho". 

Tras este párrafo, quizá el más intenso de las tres novelas, todo gira en torno a una maldad inimaginable (que no inverosímil) y el esfuerzo de una serie de personajes por hacerle frente y digerirla. Pero, ¿qué pasa con ellos? ¿Qué hacen con esa digestión, cómo viven, qué sueñan, qué contornos tiene su desesperación? Son incógnitas que en estas novelas quedan desdibujadas, a veces totalmente en blanco. Y al terminar de leer cada una de ellas, en especial la más reciente (La nena, 2020), he tenido la sensación de que la intriga y la investigación, es decir, el andamiaje de toda novela negra, era en realidad el decorado final de estas. Que lo que yo estoy acostumbrado a interpretar como el medio, era en realidad un fin en sí mismo, todo aderezado con una crueldad impactante que desvíe la atención del vacío que queda cuando pasas la última página.