lunes, 1 de junio de 2020

UNA TEMPORADA PARA SILBAR

Hay una literatura del oeste americano que me apasiona. Una literatura que trata de personas sencillas y valientes que emigraron hacia el interior de un inmenso país aún inexplorado buscando tierras fértiles e ignotas a partir de mediados del siglo XIX. La empecé a descubrir con Así de grande, de Edna Ferber, una preciosa novela ambientada en una zona rural cerca de Chicago a principios del siglo XX que me enamoró de un paisaje y de una fortaleza vital blindada de tesón y ternura. Seguí con las novelas de Willa Cather (Pioneros, Mi Ántonia, Uno de los nuestros), en las que siempre encuentro un profundo homenaje a esos pioneros que, generación tras generación, se hicieron un hueco en el fin del mundo y lo convirtieron en su hogar. Y ahora me he topado con esta novela de Ivan Doig, Una temporada para silbar, otra veta maravillosa para seguir explorando esa literatura de los colonos, del amor por una vida plena regida por una naturaleza agreste y generosa.

A lo largo de toda la novela suena una melodía imperceptible, tan leve que en realidad uno la percibe de verdad solamente cuando cesa: es Rose Lewellyn y su forma de silbar muy bajito mientras realiza sus tareas domésticas. Un silbido que es también una infancia, un hogar, una mano en la mejilla que dice: el mundo está lleno de posibilidades, y está aquí, para ti, esperando. Un silbido que colorea el silencio, y sin el cual este se vuelve vacío e incómodo. Rose Lewellyn, esa ama de llaves que "no cocina, pero tampoco muerde", es un personaje que por sí solo llenaría de vida y de felicidad cualquier novela. Y yo ya estaba contentísimo con ella de protagonista hasta que el bueno de Ivan Doig puso en escena a su hermano Morris. Y ahí ya definitivamente me enamoré.

Morris es... Ay, cómo describirlo. "Trabajar con él era a la vez estimulante y exasperante. Podría volverme loco con la leña, como si en vez de leños estuviéramos apilando diamantes, y al instante siguiente se embarcaba en una excursión mental que me dejaba sin aliento". Eso es, Morris es un hombre que te deja sin aliento. Ya sea hablando de leña, de Platón o de la rotación de los planetas ante una decena de niños con la boca abierta. Pero Morris no es sólo un hombre: es un hombre y su bigote. Cuando se lo acaricia, sonríe como si este le soplara las ideas, siempre con la misma expresión de complacida sorpresa, como si acabara de descubrir esa maravilla bajo su nariz. Morris es el maestro, el padre o el amigo que todos hemos soñado alguna vez con tener. 

Una temporada para silbar es un novela sobre lo que la educación puede hacer en la mente de unos niños despiertos y curiosos. Es sin duda el libro más feliz que he leído en mucho tiempo. Su música, su silbido, me acompaña todavía y cuando cierro los ojos y pienso en él, estoy allí, con Morris y Rose, viendo el cometa Halley desde las interminables praderas de Montana, saboreando una vida siempre renovada. 



jueves, 28 de mayo de 2020

LA TRANSPARENCIA DEL TIEMPO

P. y yo teníamos previsto un viaje a Cuba en 2020, pero con este mundo patas arriba, quién sabe si podremos hacerlo. De momento, yo he decidido hacer una primera incursión en el país de la mano de Leonardo Padura, un escritor al que hacía ya tiempo que le tenía ganas. Y aunque viajar desde el sillón no es lo mismo que viajar de verdad, esta novela policiaca ha sido una estupenda puerta de entrada a La Habana, y gracias a ella he sentido el calor pegajoso en la piel, el sabor del aguacate con sal en la lengua, los ritmos caribeños en las calles y la pobreza sin horizontes en el corazón. 

Me ha llamado la atención la homofobia cubana, desde la época de la revolución hasta ahora mismo. En la novela, un personaje denuncia cómo en los años setenta muchos gays eran considerados casi como delincuentes, una lacra no sólo social sino también ideológica, y encarnaban una extraña especie de traición a la ética nacional. Hoy en día, aunque se haya suavizado esta fobia, parte de la discriminación sigue latente, quizá un poco como en el resto del mundo, España incluida. No es nada raro en escritores hombres ya mayores encontrar todavía cierta tendencia a enfocar la homosexualidad como una identidad global, y no sólo sexual y afectiva, de un individuo. Y aunque ya no la critiquen, el hecho de pensar que la identidad sexual es tan determinante como para describir por sí sola la totalidad de un personaje, en lugar de normalizarla, le deja intacto el estigma. La homosexualidad sigue siendo lo exótico, lo llamativo, lo extraño, aunque ya no se la persiga. 

Me ha gustado mucho adentrarme en La Habana de La transparencia del tiempo. Una ciudad cosmopolita, vibrante y refinada que convive con su doble decadente, marginal y degradada. Mario Conde, el investigador protagonista, se siente un poco un extranjero en su propia tierra, y a través de su mirada crítica y pesimista vemos un país en el que la lógica se rige por leyes desconocidas y que, si bien no querría volver a tiempos pasados, mira hacia atrás con altas dosis de nostalgia. También es el retrato de una generación alérgica a la tecnología, con una visión fatalista de la vida, "siempre al borde de la penuria económica y oteando en el horizonte un futuro cada vez más estrecho e incierto en el cual ya les resultaría imposible reciclarse". 

El tono es bronco y tierno, lúcido e irónico, socarrón e inteligente, lleno de matices sabrosos que consigue que con una palabra o una expresión uno esté inmediatamente ahí, en el barro, en la playa, en los callejones oscuros donde se tejen y destejen los misterios de esta novela. 

No sé si al final podremos cumplir nuestro propósito de viajar a Cuba este año. Lo que sí sé es que volveré a Padura para seguir saboreando La Habana y conociendo más este personaje dado a la filosofía y alérgico a la violencia, cuyo sueño incumplido es escribir, un poco como Salinger o Hemingway, historias "escuálidas y conmovedoras" que hagan de dique contra el paso del tiempo. 




lunes, 25 de mayo de 2020

JAN KARSKI. EL HOMBRE QUE DESCUBRIÓ EL HOLOCAUSTO

Cuando en 1939 la Alemania nazi ocupó Polonia, el gobierno polaco se exilió en Londres y encargó al joven Jan Kozielewski de informarle de lo que ocurría en Polonia y de hacer de enlace con la resistencia. Fue hecho prisionero por los rusos y enviado a un campo de trabajo en Ucrania. Más tarde fue también prisionero de los alemanes y torturado por espía. Escapó varias veces de una muerte segura, se infiltró en el gueto de Varsovia, se hizo pasar por vigilante de un campo de concentración y pudo ver con sus propios ojos el destino de los judíos polacos en los trenes de la muerte. En 1943 denunció los horrores del holocausto en Inglaterra y Estados Unidos, pero tanto Churchill como Roosevelt tenían otras preocupaciones más urgentes y quizá no se terminaron de creer la historia disparatada de este joven partisano polaco que había esquivado tantas veces la muerte y había estado en tantos lugares improbables en tres años. 

Este cómic cuenta brevemente la vida de Jan Kozielewski, alias Jan Karski, desde el momento en que es reclutado para el ejército polaco en los albores de la guerra, hasta que su testimonio es recibido con incredulidad y un dolorosísimo silencio en los países aliados. Poco tardarían los medios de comunicación de estos países en sacar en portada los horrores que denunciaba Karski: en la primavera de 1945, tras la liberación aliada de los campos de exterminio austriacos y alemanes, no se hablaba en el mundo de otra cosa que de la destrucción de los judíos europeos. 

Con un dibujo afilado y expresivo, trepidante y preciso como la historia que narra, Marco Rizzo y Lelio Bonaccorso resumen una vida que, trasladada a la ficción, rozaría los límites de la verosimilitud. La segunda guerra mundial provocó un terremoto en la vida de millones de personas. La vida de Jan Karski es un ejemplo de una extraordinaria capacidad de supervivencia y de lo que alguien es capaz de hacer para denunciar la injusticia ante el mundo entero. 

Para quien quiera ampliar la información sobre Jan Karski, recomiendo su libro Historia de un estado clandestino (Acantilado, 2011), escrito en 1944, en el que cuenta su experiencia en primera persona. 



jueves, 21 de mayo de 2020

UNO DE LOS NUESTROS

Claude Wheeler detesta la manera en que los hombres devotos aceptan dócilmente la corta lista de placeres permitidos. Él anhela estudiar, aprender lenguas remotas, viajar a ciudades a las que no pueda llegar su carromato. Presiente que el mundo de interminables praderas y cultivos de trigo no está hecho para él. Ese mundo fértil de esfuerzo sobrehumano es una prisión para su espíritu libre. Y los espíritus libres nacidos a finales del siglo XIX en Nebraska no lo tienen nada fácil. 

Su familia pertenece a un mundo en el que las ideas no tienen importancia. En el que no se cuestionan los juicios ni los rumores. Un mundo en el que los hombres llegan de trabajar cada noche agotados como caballos, demasiado cansados para pensar. Nadie nunca le ha enseñado que los sentimientos pueden tener un significado. Que los enfados, las humillaciones o el pudor son nudos en su cabeza que, con las palabras adecuadas, uno puede aprender a deshacer. Ha aprendido que para todo hay una forma correcta y otra incorrecta, y que la mejor manera de distinguirlas es mediante la costumbre y la religión. ¿Cómo algo puede estar mal hecho si siempre se ha hecho así y además es voluntad de Dios?

Un día conoce a una familia de emigrantes alemanes, los Erlich, que representa lo opuesto a su familia: son vitalistas, relajados, entusiastas y aman la cultura. Junto a ellos la vida le parece más interesante y atractiva que en ningún otro lugar. En las veladas asombrosas que pasa en su casa descubre que existen palabras para expresar asombro y entusiasmo, y que a través de ellas sus emociones profundas pueden emerger a la superficie y, lejos de provocarle vergüenza, hacerle inmensamente feliz. 

Con veinte años, Claude tiene la sensación de no haber empezado aún a vivir. De que la vida es eso que les ocurre a los demás. Quiere huir de la rutina de sus padres y vecinos, una rutina marcada por el recelo a que algo malo suceda en cualquier momento y que encumbra a la seguridad y la protección como los valores fundamentales que rigen la existencia. Con veinte años, Claude quiere huir. Y la entrada de Estados Unidos en la primera guerra mundial será una inesperada vía de escape. 

Uno de los nuestros puede parecer una novela sobre la guerra pero no es una novela bélica. Trata sobre personas prisioneras de unas normas rígidas que luchan por deshacerse de ellas para vivir en libertad. Trata sobre la cultura y las ideas, y cómo los pensamientos pueden convertirse en un refugio interior, un reducto inviolable en un mundo que desprecia la costumbre de cuestionarlo todo. 

Willa Cather

Por la descripción preciosista del paisaje, por la delicadeza en la expresión de las emociones, por esos personajes humildes que salen adelante tras vencer mil adversidades, por la cultura del esfuerzo y del logro individual en esa América profunda tan salvaje y bella y llena de posibilidades, Uno de los nuestros me ha recordado a otra novela prodigiosa ambientada y escrita en la misma época y lugar titulada Así de grande. Tanto Edna Ferber, su autora, como Willa Cather, tuvieron un talento especial para escribir novelas conmovedoras y universales inspiradas en un territorio casi inexplorado. Y nos enseñaron que algunas personas pueden reconciliarnos con el mundo y hacernos encajar, por fin, con la forma en que necesitamos vivir nuestra propia vida, libres del miedo a evadirnos de la cárcel de las costumbres. 



lunes, 18 de mayo de 2020

NO SOMOS REFUGIADOS

Refugiados. Llevamos muchos años desgastando esta palabra. Cada vez que un político se la tira a otro desde su bancada para tratar de conseguir rédito político la araña un poco más, le rompe una esquina, la adelgaza. En España en 2020, ¿qué significa? Poco a poco se ha ido convirtiendo en una etiqueta, como pobres, migrantes, extranjeros, una etiqueta que deshumaniza a las personas que designa, señalando su diferencia con nosotros. Nosotros (españoles, occidentales) somos sobre todo personas. Ellos (extranjeros, desplazados) son sobre todo refugiados. 

La verdad es que no los entendemos. Muy pocos occidentales sabemos qué significa perder el lugar al que llamamos casa y no poder recuperarlo. La mayoría de refugiados ni son nómadas ni se consideran refugiados. No saben lo que significa vivir en tránsito más que tú o que yo. Son sedentarios, como tú y como yo, que pierden su casa, su forma de vida y su modo de subsistencia y tienen que viajar a la fuerza, huir con sus raíces arrancadas en la mano, aprendiendo que quizá, aunque no quieran, tengan que encontrar otro lugar donde volver a plantarlas. La desaparición del hogar es lo que define al refugiado, no el cruce de una frontera ni mucho menos que su solicitud de asilo sea aceptada. Muchos no son refugiados porque no se identifican con una palabra que los estigmatiza. La mayoría no son refugiados porque los países occidentales ni siquiera les dan la oportunidad de serlo. 

La palabra "refugiados" esconde una realidad incuestionable: son personas. Cuando decimos que son personas no sólo las igualamos a nosotros en su condición humana sino que les devolvemos su identidad esencial frente a su identidad de refugiados, les quitamos esa etiqueta (esa careta) que todo lo ocupa y nos arriesgamos a convertirlos en espejos donde reconocernos. 

Otra forma de señalar su diferencia es describirlos como víctimas. Cuando insertamos la lente de la compasión en nuestra mirada solidaria, a menudo nos centrarnos en sus traumas y los alejamos de nosotros. Fomentar la pena es tan perjudicial como fomentar la desconfianza. Y descuida los aspectos esenciales de las vidas de las personas refugiadas, que son los que todos, tengamos o no un hogar al que volver, compartimos. Unos de esos aspectos, por ejemplo, es el tedio. Ser refugiado, la mayor parte del tiempo, es de un tedio insoportable. Las colas de los campamentos, la lentitud de la burocracia, el tiempo detenido de los confinamientos. Ojalá tras nuestra experiencia occidental con la cuarentena entendamos mejor que la desesperación y el trauma vienen tanto del sufrimiento como de la impotencia por no poder salir a la calle, trabajar y vivir libremente en sociedad. 

Salwah, protagonista de una de las historias de este libro, fue herida por un francotirador en Alepo y se quedó en silla de ruedas. Mayo de 2013. Fotografía de Anna Surinyach, incluida en el libro. 

Este libro de Agus Morales recorre cuatro continentes, desde El Tibet hasta El Salvador, y las historias de decenas de personas que han tenido que huir de sus casas por la violencia y cuyo mayor deseo casi siempre es que esa violencia cese para que puedan volver. El autor subraya este deseo, que muchas veces olvidamos los occidentales, con nuestra omnipresente superioridad moral: muchos refugiados no quieren ser asimilados, no quieren quedarse a vivir en la fría Europa o en los hostiles Estados Unidos, porque siguen soñando secretamente con volver a donde fueron felices, ese hogar de la infancia donde siguen sus raíces. La profunda crisis de solidaridad y hospitalidad en la que vivimos, intoxicada por la infamia de los que cada día relacionan a los refugiados con criminales, no ayuda a que estos quieran trasladar sus raíces a nuestras tierras. 

No somos refugiados me ha recordado mucho a El Hambre, de Martín Caparrós, por su forma de acercarse a los protagonistas de sus historias y su precisión al apoyar el dedo en las llagas precisas. Me ha ayudado a deshacerme de algunas ideas preconcebidas sobre las migraciones y a enfocar mejor mi mirada sobre los refugiados. Algunas de sus historias ofrecen respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que existían. Pero la gran pregunta que siempre me he hecho sigue sonando insistentemente en mi cabeza, sin respuesta: ¿cómo podemos seguir cerrándoles la puerta a aquellos cuya última opción ha sido pedirnos ayuda? 




jueves, 14 de mayo de 2020

EL FATAL DESTINO DE ROMA

Toda la vida leyendo libros de historia, convencido de que casi todo lo que les pasa a las personas está provocado por decisiones humanas, y tiene que llegar este virus (y este ensayo) para darme cuenta de que no. Lo peor que le ha pasado a la especie humana son dos pandemias de peste que redujeron la población europea a la mitad (mediados del siglo VI) y a dos tercios (mediados del siglo XIV), y en las que difícilmente habría podido intervenir. Conclusión: los humanos nos hemos matado mucho (hasta el siglo XX), pero la naturaleza nos ha matado mucho más. Conclusión bis: los humanos conseguiremos prosperar y proliferar como dioses hasta niveles aterradores, pero sólo la naturaleza puede darnos tanto miedo como para hacer que la mitad de la población mundial se encierre en casa dos meses seguidos. 

El fatal destino de Roma cuenta el papel que tuvieron el cambio climático y las epidemias en la caída del Imperio Romano, es decir, en la mayor regresión de la historia de la humanidad. La ciudad de Roma pasó de más de medio millón de habitantes a finales del siglo IV a apenas veinte mil a mediados del siglo VI. Uno de cada dos europeos murió de peste en apenas veinte años. Las crónicas que hablan del fin del mundo no son cuentos excéntricos de unos fanáticos asustadizos: si hoy murieran treinta millones de europeos de una enfermedad incontrolable también nos volveríamos apocalípticos. Y si lo hiciera la mitad de la población europea, como ocurrió a mediados del siglo VI, sería literalmente el fin de nuestro mundo tal y como lo conocemos. 

No sólo las fuentes escritas, la arqueología, la economía, la religión o la sociología nos permiten reconstruir los procesos históricos. También la biología y la genética nos dan pistas determinantes. Podemos documentar los cambios climáticos analizando los glaciares, los fondos de los lagos o los anillos de los troncos de los árboles. También los huesos humanos, por su tamaño, forma y cicatrices, preservan un sutil registro de salud y enfermedades. La tecnología nos está permitiendo descubrir el impacto de la naturaleza en la historia, algo que quizá nuestro antropocentrismo, nuestro afán por ser siempre protagonistas de lo que nos ocurre, nos ha impedido hasta ahora reconocer. Nuestro planeta no es un telón de fondo estable e inerte para la historia. Al contrario. Como dice Kyle Harper, siempre ha sido "tan inestable como la cubierta de un barco en una borrasca violenta". A partir del siglo II, esa borrasca empezó a azotar el Imperio Romano. Primero de forma intermitente, con epidemias brutales aisladas en el tiempo. Y después, a partir del siglo V, con una brutalidad sostenida que desbarató la civilización tal y como se la conocía en todo el continente. 

El fatal destino de Roma es un ensayo apasionante (y, hay que reconocerlo, por momentos muy denso) sobre un aspecto quizá poco tratado y conocido del final del Imperio Romano. Pero plantea una cuestión que va mucho más allá de un periodo concreto de la historia, y que es lo que más me ha interesado de su lectura: "El auge y la caída de Roma nos recuerda que la historia de la civilización humana es, en su totalidad, un drama medioambiental". 

En esta época nuestra de crisis climática, agravada por el azote de una pandemia que nadie se esperaba, ¿empezaremos a estudiar el pasado y el presente sin olvidarnos de que la naturaleza puede convertirse en cualquier momento en un agente de cambio mucho más determinante que cualquier decisión humana?




lunes, 11 de mayo de 2020

SEIS DE CUERVOS y REINO DE LADRONES

Leí la primera parte de esta estupenda y taquicárdica bilogía de literatura fantástica en febrero y me estaba reservando la segunda para las vacaciones de semana santa cuando llegó el parón obligatorio y el confinamiento y decidí que un caramelito así era demasiado perfecto para una evasión de urgencia y que no podía esperar. Seis de cuervos y Reino de ladrones son las dos partes de una historia de un grupito de seis rufianes postadolescentes que siempre se guardan unos cuantos ases en la manga (a veces da la sensación de que se sacan barajas enteras vete tú a saber de dónde) para escapar de los embrollos más disparatados, y que acabas adoptándolos como esos amigos desquiciados y entrañables a los que siempre se les quiere a pesar de su locura. 

Nada más empezar a leer, todo parece una especie de Ocean's 11 pero con magia, un cruce extraño entre Harry Potter y Matrix. Lo sé, suena bien. O no, suena horrible. En fin, que no se puede explicar comparando, hay que leerlo. 

Lo que sí puedo decir es que mientras la acción sucede a toda velocidad sin darte tiempo ni para respirar, la perspectiva de cada personaje tiene complejidad afectiva y una profundidad psicológica y emocional que sorprende. Sus historias personales ahondan en las cargas del trauma. Los motivos por los que uno es capaz de arriesgarlo todo (a saber: el dinero, el amor, la venganza) siempre son universales. Y siempre los mismos. Pero en las manos de Leigh Bardugo adoptan nuevas formas espectaculares e inquietantes. 

Y como casi siempre ocurre en las mejores novelas fantásticas, los entresijos del argumento dejan espacio para su dosis de crítica social, por ejemplo a la esclavitud y a la explotación sexual y a los que se lucran con el trabajo precario de los demás, y también a los fanáticos borrachos de su propio poder que extienden sus redes clientelares eligiendo a chavales valientes y sencillos y alimentándolos  con odio, silenciando su conciencia con prejuicios y la promesa de una gloria vana que no está más que en su cabeza.

La embriaguez del riesgo. La excitación del peligro. Tratar de no morir es la mejor distracción posible para estos seis insensatos que se juegan el pellejo de mil formas para tratar de encontrar un equilibrio en sus vidas a la deriva. 




viernes, 8 de mayo de 2020

MADRE SOLTERA

Quedar embarazada por error es una forma de quedar embarazada. ¿Y qué es un error? Una cosa que no estaba en los planes, quiere decir que nadie se la había imaginado. Algo que se lamenta después de que sucede, o un deseo tan profundo que no se sabía, y el cuerpo se adelanta y lo realiza. 

Me resulta fácil elegir los libros de poesía. Tengo un método. Un método expeditivo y un poco cruel. Leo tres poemas, o tres fragmentos largos, y en un minuto dicto sentencia: me gusta o no me gusta. No hace falta que me gusten los tres poemas. Con que encuentre algo en ellos que resuene en mi interior me vale. Con este librito de la argentina Marina Yuszczuk me pasó algo raro. Me gustaron los tres poemas. Y el cuarto. Y el quinto. Y ahí me senté, agarré un marcapáginas y me preparé porque se avecinaba un acontecimiento. No me equivocaba. 

Es difícil cuidar a un bebé porque va contra toda costumbre y aceleración, contra las ganas de que todo el tiempo pase algo, o de tener algo que contar. El bebé aprende cosas que se cocinan en un tiempo muy lento, lentísimo mientras dura pero que en la totalidad de la vida es un relámpago. 

El pasado no existe. El tiempo tampoco. Pero cobra vida cada vez que uno lo recuerda. Cuántas veces fuimos a aquella playa. Cuántos veranos. Uno tiene la sensación de que de niño veranearon allí siempre, pero sólo hay fotos de un año. La madre dice que apenas se acuerda. Pero uno está seguro de haber ido una y otra vez. De que ese pasado que se escurre en la memoria compartida sucedió muchas veces. No puede ocupar tanto espacio algo que sólo sucedió una vez. ¿O sí? 

¿Dónde empieza un cuerpo, y dónde termina? ¿De quién es la teta en la boca de mi bebé? ¿Y de quién es ese hueco que siento, o que me siento cuando no está en mis brazos?

Marina Yuszczuk usa la poesía para reflexionar sobre la maternidad. Sobre el hueco físico que deja su hijo en su cuerpo cuando se separa de él. Esa ausencia, como la de un miembro fantasma. Para reflexionar sobre la realidad, sobre cómo se dispersa y se expande y se disgrega en múltiples posibilidades que siempre desembocan en la imaginación. ¿Cómo usar el lenguaje para contar lo innombrable? ¿Y cómo contarlo sin metáforas? Y también: ¿cómo recurrir a artificios lingüísticos para algo tan profundo, tan esencial? ¿Cómo recurrir a juguetitos del lenguaje que lo convierten todo en una representación estética, en una máscara bonita hecha para todos los gustos? 

Una se esfuerza por decir su verdad, por mantener cierta fidelidad a la experiencia, pero yo parto de la base de que todo lo que está pasando no se puede escribir. Y sin embargo quiero decir algo. Vivo en el mundo de la infancia de mi hijo, en un año sin lenguaje. "Poner el cuerpo" no alcanza para decir este estado, que es hacerme sólida cuando hace falta y después suave y después licuarme, sacar cosas nuevas del cuerpo que parece agotado, correr el límite, exprimir todavía un poco más. 

¿Dónde está el límite? La maternidad se vuelve una búsqueda de la frontera de lo que una es capaz de hacer, de lo que el cuerpo es capaz de entregar. Y la necesidad de ser el bálsamo para la herida, la calma para el grito, la paz para un cuerpo en permanente revuelta. 

Algo se rasgó para él
que lo expresa gritando
también, algo se rasgó para mí
pero yo, en cambio, no grito
mi función es mantener la paz
o ser la paz
ser una calma con los brazos abiertos
listos para recibirlo.

Yo no sé nada de lo que cuenta este libro. Me asomo a él como a un barco fantasma. A un mar cuyas olas bañan y muerden ferozmente la orilla de tantas personas pero que se retirará en cuanto mis pies traten de acercarse. Yo no sé nada de lo que cuenta este libro. Y esa ignorancia me resulta fascinante. Me adentro en sus poemas como un explorador en una selva virgen. Y me maravillo ante cada escena y asiento y sigo sin tener ni idea. Pero para eso está la escritura, ¿no? Para plasmar lo que uno no acaba de entender (ni acabará de entender nunca, probablemente) y dejar constancia del asombro que provoca.




miércoles, 6 de mayo de 2020

CUANDO EDITAR ERA UNA FIESTA

"Yo no necesito tiempo
para saber cómo eres:
conocerse es el relámpago".

El inicio de este poema de Pedro Salinas simboliza para mí el flechazo que sentí hace casi veinte años cuando leí sus cartas a Katherine Whitmore. Después seguí leyendo cientos de cartas que escribió a su mujer, a su hija, a su mejor amigo Jorge Guillén... Ahora, cuando han pasado casi otros veinte años de la muerte del hijo de Pedro, Jaime Salinas, acabo de leer (devorar, diría) la correspondencia con su pareja, el escritor islandés Gudbergur Bergsson.

El título es muy sugestivo, Cuando editar era una fiesta, y la época coincide con los treinta y un años que dediqué al mundo de la edición (después han sido treinta y tres años más sin salir del mundo del libro pero como librera). Incluso antes de empezar su lectura sentí que el título no se ajustaba bien a la opinión que me merecen aquellos años. Creo que se ha editado mucho mejor después, incluso en estos últimos años desde la crisis del 2008, con pequeñas editoriales que han puesto amor y buen gusto, recuperando literatura exquisita.

Enric Bou ha construido una narración muy interesante con la correspondencia privada de Jaime en la que intercala el relato de las cosas que iban sucediendo en aquella España de la dictadura desde 1955, cuando Jaime llama a la puerta de la editorial Seix Barral en Barcelona, hasta 1990 cuando, por razones de salud, se jubiló y se trasladó a Islandia.

Jaime y Pedro Salinas tuvieron una relación tensa hasta el punto de que el hijo nunca reconoció la categoría de poeta de su padre, aunque con treinta años, después de hacer de camillero para la Cruz Roja en Alemania, muertos sus padres, regresó a España y tuvo que agradecer que se le abrieran todas las puertas solo por ser hijo de Pedro. Este se había visto obligado a exiliarse a Estados Unidos por la guerra civil y nunca consiguió sentirse a gusto en un país tan ajeno a su mentalidad -luego se sintió mejor cuando pasó los últimos años en Puerto Rico porque sentía que su patria era su lengua-. Curiosamente, a su hijo le ocurrió lo mismo en España, todo le parecía triste, pobre, algo que no es de extrañar en aquella España franquista donde la censura era una de las señas de identidad. Tampoco mejoró mucho su opinión cuando vino la democracia y tuvo de nuevo la suerte de conseguir un puesto importante en el Ministerio de Cultura. 

Sin saberlo, Jaime y yo cruzamos a diario las mismas calles de Barcelona durante los cuatro años que yo trabajé en Ediciones Omega, desde 1955 hasta 1960. Él trabajaba en la calle Provenza con Carlos Barral y yo cruzaba esa calle para ir a la calle Casanova. Pero no sólo eran las calles las que compartimos: era sobre todo el ambiente literario, intelectual. Era yo una niña de trece años cuando crucé la puerta de Omega, y con mis conocimientos sólo de mecanografía y taquigrafía tuve la gran suerte de ejercer (ahora puedo verlo, entonces no) de secretaria de un editor carismático, Gabriel Paricio Fonts, quien me tuvo en gran consideración y me encargaba cosas que no eran propias de mi edad, como pasar libros prohibidos de Andorra en una mochila, llevar encargos a otros editores amigos, cobrar los recibos mensuales a librerías o tramitar documentaciones en la aduana para la exportación. Para mí fue un mundo deslumbrante. Allí nació mi amor por los libros, leía por la calle, encerrada en el baño cuando todos dormían, a todas horas.

Jaime Salinas, cuando habla de su hermana Solita el único comentario positivo que hace, y no con esa intención, es que "leía sin parar, como una loca". A él nunca le gustó leer, ni estudiar, ni tenía cultura, pero había sido testigo en su infancia de las reuniones que su padre tenía con los mejores poetas del 27, Lorca, Alberti, Juan Ramón Jiménez, María Zambrano, Bergamín, Neruda... Se pasó la adolescencia y la primera juventud relacionándose con la marginalidad estadounidense, bebía, fumaba, siguió emborrachándose en Barcelona cuando se encontró con Jaime Gil de Biedma. Por ser ambos homosexuales imagino que encontraban en el alcohol una forma de evadirse de aquel ambiente gris en el que podían ser encarcelados por su identidad sexual, y tuvo la gran suerte de conocer al que sería su pareja durante cincuenta y siete años, el resto de su vida, a quien van dirigidas las cartas que ahora se publican. 

Gudbergur Bergsson tenía veintitrés años, siete menos que Salinas, cuando desembarcó en Barcelona. Se conocieron en un tablao flamenco, había estudiado en la Universidad islandesa y tenía inquietudes literarias, además de ser un muchacho muy atractivo. Entre las cartas de Jaime incluidas en este libro, hay una de Gudbergur en un momento de crisis que dice mucho del carácter de Jaime, tan vulnerable y frágil. Bergsson ha traducido muchos clásicos españoles a su idioma y publicado muchos libros.

A Jaime Salinas, diez años después de la experiencia editorial en Barcelona y ya con un importante bagaje cultural, se le ofreció la oportunidad de trasladarse a Madrid con un proyecto interesante en la editorial Alianza pero su incomodidad en casi todos los lugares donde recaló le llevó en poco tiempo a liderar Alfaguara, y más tarde Aguilar. Siempre con la ventaja de su apellido y su saber estar indiscutible, además de dominar el francés que aprendió de su madre y el inglés por sus años en Estados Unidos, se movió con soltura en unos años en los que no era nada frecuente que ejecutivos e incluso políticos dominasen lenguas extranjeras.

Javier Solana, primer ministro de Cultura con el primer gobierno socialista en 1982, le propuso un importante cargo, Director General del Libro y Bibliotecas, en el que estuvo sólo dos años y donde puso las bases de una política de bibliotecas públicas que copió de un viaje que hizo a Inglaterra.

Jaime tuvo la suerte de su lado: tuvo un padre poeta cuyo nombre le abrió todas las puertas, heredó los bienes que la dictadura confiscó a su familia, como el edificio de la calle Don Pedro 6 y propiedades en Alicante y Argelia, y contó con una pareja fiel que sin duda le sirvió de apoyo toda su vida. Con todo, en sus cartas siempre se respira una insatisfacción constante y una crítica por casi todo lo que le rodea.

Me ha entusiasmado leer estas seiscientas páginas porque ha sido transitar con otra mirada por la vida intelectual de la segunda mitad del siglo XX.  Jaime Salinas llevaba en su ADN el sello de la Segunda República que su padre experimentó en aquella emblemática Residencia de Estudiantes, y este libro me ha permitido un acercamiento personal a escritores, poetas, editores, agentes literarios: Cortázar, tan admirable en su calidad humana, Alberti, Aleixandre, Dámaso Alonso, Carlos Barral, Juan Benet, Castellet, Carmen Balcells, Cela y su labor de censor, Michael Ende, Gabriel y Juan Ferrater, García Hortelano, García Márquez, Gil de Biedma, Gimferrer, los Goytisolo, Claudio Guillén, Molina Foix, Octavio Paz, Vargas Llosa... Con todos ellos mantuvo relaciones personales que ha sabido transmitirnos retratando cómo fue aquella España de la dictadura y cómo salimos de ella a partir de 1975 en su calidad de protagonista en primera línea.





jueves, 30 de abril de 2020

MAGASIN GÉNÉRAL

Este cómic es un ejemplo perfecto de cómo el punto de vista y la forma de contar una historia pueden convertir un relato aparentemente localista y anodino en una obrita de arte universal. 

Estamos en 1926 y el magasin général es la tienda principal de un pueblecito de Québec. Allí se reúnen cada día todo aquel que necesite desde mantequilla y leche hasta una rueda nueva para su carro o un vestido o tinta para la pluma. La tienda es el motor del pueblo, el carburante que hace que todo siga funcionando. Hasta que muere Felix Ducharme, su propietario, y su viuda Marie debe hacerse cargo de un trabajo agotador que nunca había pensado que tendría que sacar adelante ella sola. 

El cómic recorre la vida de cada una de las familias del pueblo, con sus inquietudes, sus alegrías y sus rarezas. Acompañamos a un gruñón ateo mientras construye en secreto un barco fabuloso en el establo de su granja, a un cura joven y enérgico que considera que la bondad y la amistad están por encima de cualquier credo o costumbre, y a una Marie entristecida al ver que la soledad empequeñece su mundo día tras día y que aún no sabe que un forastero enigmático a lomos de una motocicleta está a punto de llegar al pueblo para poner su vida, y la de todos sus habitantes, patas arriba. 

Magasin général es una obra en nueve partes que la editorial Norma va a publicar en tres volúmenes (este primero es de febrero de 2020 y los otros dos irán saliendo en los próximos meses). Me han gustado especialmente su aire bucólico y la forma en que la luz de la ilustración da emoción y profundidad a la expresividad de los personajes y crea un ambiente intimista muy cinematográfico. Es el ambiente de la gente corriente, de su felicidad y de sus miedos. De la gente que afronta con estoicismo la dureza del clima y no sabe bien cómo encajar las novedades. En especial si estas llegan de improviso y cuestionan su forma de entender el trabajo, la masculinidad, la vida en comunidad y la convivencia. 

Magasin général es un cómic conmovedor sobre la libertad de amar, sobre la fuerza de las mujeres para reivindicar el cambio como motor de una sociedad y sobre el descubrimiento del placer que puede traer la novedad. Hay una poesía encantadora en todos sus pequeños detalles. Y un retrato humano que profundiza con delicadeza en unos dilemas sociales en los que todos nos podemos ver reflejados. En las manos de Loisel y Tripp, un pueblecito perdido de Canadá en 1926 puede ser el espejo del mundo entero en cualquier época.




miércoles, 29 de abril de 2020

MARIANELA

Cuando Patricia lee a Cervantes se le pone una sonrisilla que desde la comisura de sus labios exclama qué tío, qué bueno es, ¡genio y figura, don Miguel! Cada cierto tiempo suelta una carcajada y me lee una frase o un párrafo con la voz vibrante de entusiasmo y picardía. Hay en ella una admiración genuina y disfrutona en su forma de paladear sus lecturas de El Quijote que da gusto ver y compartir. Y que yo, de alma menos cervantina y más decimonónica, sólo encuentro en las novelas de Galdós. 

Empecé este año galdosiano con Doña Perfecta, novela irónica, política, de crítica feroz a esa España de carlistas y nostalgias visigodas, que me encandiló desde la primera página y que me dejó con hambre de más. Y he encontrado en Marianela (1878), publicada dos años después que Doña Perfecta, rastros de la misma exaltación apasionada, aquí liberados de la política y de la patria para condensarse en ese personaje inolvidable de la pequeña Marianela, "criatura abandonada, sola, inútil, incapaz de ganar jornal, sin pasado, sin porvenir, sin abolengo, sin esperanza". 

Galdós parece incapaz de no deslizar alguna crítica social en sus novelas, y aquí no faltan las descripciones del trabajo inhumano de los mineros en Cantabria o de la caridad con que la gente acomodada sofoca su conciencia ante el sufrimiento de los demás. Pero Marianela me ha parecido, sobre todo, una novela de emociones íntimas. De amor, quizá. Pero no sólo. También de compasión. De amistad que no cabe en sus cauces habituales y se desborda y confunde a los personajes que no saben qué hacer con ella. 

"Si hay personas que de un palacio hacen un infierno, hay otras que para convertir una choza en palacio no tienen más que meterse en ella". Pero ninguna de estas personas es Marianela, con su "cara fea y su cuerpecillo chico". Excepto, quizá, cuando hace de lazarillo para el ciego Pablo que, agarrado a su mano, descubre la belleza del mundo a través de las descripciones que ella le hace. Y entonces la belleza de Marianela se despierta de su letargo y se despliega ante los únicos ojos que la pueden ver. 

Marianela es una novela conmovedora, desgarradora en su patetismo, que esconde una lección muy recurrente, creo, en Galdós: no sirve de nada ayudar a alguien si no te preocupas antes por preguntar qué necesita. 



lunes, 27 de abril de 2020

EL PESO DE LA NIEVE

No me dijo de qué trataba. Ni por qué le había gustado. Ni qué le hacía pensar que a mí me gustaría. Unos días antes del inicio de la cuarentena, una clienta que conozco hace mucho tiempo entró en la librería, sacó este libro y me dijo, agarrándolo con pasión: léelo, hazme caso, te va a encantar. Y le hice caso. Y tenía razón. 

El título de cada capítulo es un número. Un número que empieza, como la historia, en otoño, y que va creciendo y creciendo con el frío y luego decrece súbitamente hacia el final con la llegada de la primavera. Treinta y ocho. Cincuenta y seis. Ciento setenta y cuatro. Doscientos cincuenta y dos. Ciento cincuenta y tres. Ochenta y nueve. Treinta. Siete. Los números se corresponden con los centímetros de nieve que se acumulan sobre la tierra y que, en esta aldea perdida de Canadá (o de cualquier otro lugar del mundo con inviernos duros), lo recubren todo de silencio, frío y tiempo detenido. 

Esta es una novela de un confinamiento. En este caso el virus es la falta de electricidad y lo que confina a las personas no es el miedo sino el frío y la nieve y la imposibilidad de desplazarse. El protagonista se recupera de un accidente de tráfico en una casa perdida en el bosque, junto a un señor mayor desconocido que se ha propuesto cuidarle hasta que pueda valerse por sí solo. Y así pasan los días. Viendo nevar. Viendo acortarse la luz diurna a medida que bajan las temperaturas y suben los centímetros de nieve hasta superar la altura de un hombre. ¿Cómo mantener la cordura en un confinamiento? ¿Cómo no volverse locos en ese mundo detenido por el dolor físico y un clima extremo? Las historias. Las historias son las que siempre nos salvan. 

Cuando la realidad cambia, las historias cambian. Y nos dedicamos a describir esos cambios. Nos obsesionamos con esos cambios y toda nuestra atención se centra en lo que ha sustituido la realidad perdida. En las cifras de víctimas o en los centímetros de nieve. Pero las historias no pueden limitarse a describir una realidad, por nueva e interesante que sea. Las historias tienen que enriquecer esa realidad con imaginación y con, al menos, un intento de belleza, especialmente si esa realidad duele. Las historias tienen que tomarle el pulso a la realidad inventando alternativas, desvíos, sus propias realidades paralelas. Cualquiera que haya vivido un confinamiento, como la mayoría de nosotros y los personajes de esta novela, saben que contar historias que se salgan de los márgenes previsibles de una realidad cruel es la mejor forma de combatirla y de mantenerse cuerdo, y a salvo, ante el impacto que provoca. 

La clienta que me recomendó esta novela con tanto entusiasmo me conoce bien. Y sabía que lo que me iba a seducir de la prosa de Christian Guay-Poliquin eran el ritmo y la poesía. Gracias a ella he sentido el paso lento de los días, he escuchado el silencio de la nieve al caer, su peso imperceptible y a la vez tan rotundo que es capaz de quebrar árboles y hundir tejados. He disfrutado con la generosidad espontánea del que cuida, he entendido el mutismo del convaleciente, que a fuerza de mirar por la ventana termina viendo colores en la nieve que no pueden existir, y he admirado esa "desesperación luminosa" por resistir en medio de ninguna parte a lo que venga, sea lo que sea y cueste lo que cueste. 

El peso de la nieve indaga en lo que queda de nosotros cuando la mera supervivencia parece ser el único objetivo. Qué nos hace humanos cuando llegamos al límite de la resistencia. Me ha recordado a otras novelas de naturaleza extrema, como La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, o Intemperie, de Jesús Carrasco, por la intemporalidad de su argumento y su capacidad para transmitir belleza y tensión dramática con muy pocas palabras. Gracias por la recomendación, Claudia. El peso de esta nieve me ha llevado muy lejos de aquí. 




miércoles, 22 de abril de 2020

GARCILASO

Para mí, leer a Garcilaso es caminar por los bordes de la comprensión. Lo entiendo y no lo entiendo. Es como escuchar hablar en italiano, con todas esas palabras saltarinas que evocan imágenes muy familiares en mi cabeza pero que no logro apresar del todo para formar un hilo coherente. Como pulsar las teclas de un clave para los pianistas: todo parece en su sitio pero el tacto cambia, las distancias se vuelven más cortas y sientes que el instrumento respira de otra forma, reacciona de otra forma y se queja y tropieza porque no terminas de guiarlo hacia donde tú quieres. 

Garcilaso de la Vega
Leo estos días a Garcilaso porque P. está repasando el renacimiento español y a veces me gusta acompasar mis lecturas a sus estudios. Es una forma de entenderla mejor si una égloga la despierta en mitad de la noche y necesita sacar a los pastores y sus amores frustrados de su cabeza para volver al sueño. Y también lo leo porque tengo un recuerdo bonito de cuando lo estudié con quince años. Tras el Libro de buen amor y El cantar del Mío Cid, que para lo que me transmitieron ya podían haber estado escritos en griego antiguo, los poemas de Jorge Manrique y de Garcilaso de repente encontraron el camino para internarse en mi adolescencia y me conmovieron. No lo entendía todo. Me molestaban todas esas palabras cambiadas de sitio, esos verbos desusados que me olían a cuero viejo y a aventuras de Hernán Cortés. Pero daba igual. Entonces entendí que no hacía falta controlar el sentido de todas las palabras si estas encontraban el modo de volar en mi cabeza y producir imágenes sugerentes y emociones inexplicables. 

Recuerdo haber salido un día a la pizarra, en el instituto, con la mirada en el suelo y las manos temblorosas, a recitar el famoso soneto XXIII ante las risitas de mis compañeros. Y al terminar el último terceto, marchitará la rosa el viento helado, / todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre, la clase se quedó callada y no hizo falta que la profesora nos explicara el sentido de aquellos versos para que el poema se quedara flotando en nuestras cabezas ensimismadas, de la misma forma y quizá con la misma potencia con que nos emocionábamos con aquel desgarrador carpe diem de Robin Williams en El club de los poetas muertos

Hoy leo a Garcilaso un poco de otra forma, pero algo de aquella emoción perdura. Y uno de los aspectos de su vida que me han llamado ahora la atención ha sido la relación de amistad que tuvo con Juan Boscán, con el que tradujo el Cortesano de Castiglione e introdujo el humanismo renacentista italiano de los poetas soldados en España. Esas amistades masculinas tan intensas y tan explícitas del renacimiento (Ronsard y Du Bellay, De la Boétie y Montaigne) siempre me han llamado la atención. Y me gusta pensar, dejando volar la imaginación, que bajo el ideal de amistad masculina que estos escritores aprendieron leyendo a los clásicos grecolatinos, palpitaba a veces también un amor más terrenal y apasionado que, por prohibido, debía camuflarse bajo los faldones de la retórica y lo sublime. 

Veinte años después de la primera vez, leer a Garcilaso sigue siendo para mí como caminar por los bordes de la comprensión. Como escuchar hablar en italiano o pulsar las teclas de un clave. Pero no importa. No hace falta ningún diccionario ni profesora que lo explique. La emoción de sus versos me sostiene en ese borde y sus quejas de amor ideal y terrenal, tan sencillas y elegantes, me llegan diáfanas con su música intacta. 




lunes, 20 de abril de 2020

LAS FLORES PERDIDAS DE ALICE HART

Las flores perdidas son las flores que crecen en el jardín australiano de la madre de Alice Hart. Cada una de ellas tiene su propio significado y a través de ellas la madre de Alice Hart le dota de un color y un sentido a todo lo que no puede decir. Al agujero del miedo que se abre en su vientre cuando la camioneta de su marido derrapa por el camino de entrada: ¿hoy sonreirá o traerá la mirada sombría de siempre? Al dolor de una vida recibiendo gritos y golpes de aquél con el que huyó de un oasis buscando un paraíso que nunca se cumplió. 

Las flores perdidas son mujeres que han acudido al oasis de Thornfield para curarse las heridas. Allí cultivan flores y se cuidan unas a otras. Repasan sus sueños hechos añicos y tratan de ensamblar lo que queda de ellos en frases que puedan conjugarse en futuro sin hacer daño. Ven sus vidas desde lejos como "brasas esperando a ser reavivadas". Y mientras tanto todas juegan a acompasar sus tristezas y sus alegrías en una coreografía armoniosa, perfeccionada cada día. Una danza que cualquier observador diría que ya habían bailado infinidad de veces. 

Esta novela es el cuchillo que hurga en la herida para limpiarla y a la vez el bálsamo que calma el dolor. En ella un grupito heterogéneo de mujeres aprenden el valor de la solidaridad femenina para tratar de expresar todo aquello que aún no son capaces de afrontar, aunque no siempre lo logran y a veces los traumas enquistados de su pasado suben y suben como una marea incontrolable hasta anegarlo todo de un silencio insoportable. Esta novela es el dedo que denuncia: la violencia contra las mujeres es una enfermedad social insoportable. Y acto seguido: el mundo es demasiado hermoso para quedarse mirando hacia dentro y no prestarle atención. 

Holly Ringland

La naturaleza es casi un personaje más del libro. Está presente en las flores con sus significados infinitos. En el color y el olor del mar cuya brisa mece la infancia de Alice Hart. En la quietud terrosa del desierto que la acoge y la despierta. Y también, la cultura aborigen australiana está tratada con un cariño y un respeto conmovedores. No sólo es una fuente de sabiduría y de amor por la tierra, es la inspiración capaz de devolverle la fuerza a los miles de australianos que acuden al desierto para huir de sus vidas y buscar otra forma nueva de vivirlas. 

Cuando vivir con alguien significa "estar a la intemperie durante una tormenta y tener que vigilar constantemente el cielo", la única solución es huir adonde te acojan con los brazos abiertos y una sonrisa, como si fueses "algo que ellas habían perdido y recuperado". Esta novela es la pesadilla que nos despierta gritando y a la vez la persona que acude para ponerte una mano en la frente y decirte: no pasa nada, descansa, estoy aquí, me quedo a tu lado. 




jueves, 16 de abril de 2020

TESTAMENTO DE JUVENTUD

Millones de hombres jóvenes fueron a la guerra de 1914 entusiasmados. Unos meses de heroísmo por la patria, pensaban. La exaltación de la muerte romántica, de las canciones de gesta, los cuadros épicos y las novelas exaltadas. A los dos años, tras la batalla del Somme y varios millones de muertos en el lodo maloliente de las trincheras, el patriotismo heroico quedaba muy lejos, y lo que sentían la mayoría de soldados era rabia y desesperanza, como queda retratado en los impactantes poemas de Wilfred Owen y tantos otros poetas que lucharon y murieron en el frente, y como cuenta Vera Brittain en estas memorias de juventud. 

Vera Brittain tuvo una infancia plácida en la década de 1900, sin sobresaltos, pero con un horizonte muy estrecho. En el ambiente provinciano en el que se crio, había poca educación y poca ambición por descubrir algo más que los eternos campos verdes de la campiña inglesa. Un mundo de puertas y ventanas firmemente cerradas a cualquier novedad. "Sólidos muros provincianos que ceñían la pomposidad de una burguesía complaciente". La intelectualidad femenina tenía mala fama. Las mujeres que estudiaban eran ridículas, excéntricas y de incorregible carácter. Estudiar era una forma rápida de condenarse a no encontrar nunca un marido, el oprobio social más escandaloso para una burguesa provinciana.

Muy pronto Vera se rebeló contra ese sexismo estructural y decidió que, al igual que su hermano y sus compañeros de promoción, quería estudiar en Oxford. Los cimientos de sus profundas convicciones feministas surgieron de una educación pensada para convertir a las mujeres en criaturas decorativas para sus maridos y para la sociedad. Sus reflexiones de esta época de lucha sufragista previa a la guerra son increíblemente modernas, y me ha encantado descubrir su inteligencia vivaz y sus ganas de vivir dedicadas a una emancipación femenina que en la década de 1910 ya empezaba a ser un clamor en Inglaterra. 

La época de radiante prosperidad victoriana fue hecha añicos por la guerra, pero no así la lucha feminista, que el conflicto impulsó y aceleró. Vera cuenta cómo, por ejemplo, la guerra transformó el mundo del decoro. En 1910 las mujeres jóvenes iban tapadas de la barbilla a los tobillos. En 1925 había desaparecido toda vergüenza y los trajes de baño habían liberado la piel de las mujeres de toda prenda accesoria para siempre.

Vera Brittain

Testamento de juventud son unas memorias de feminismo, guerra y pacifismo. Pero es la guerra el eje de todo. Es un canto elegiaco al "bellísimo legado de un mundo desaparecido", a ese mundo de ayer que tan bien retrató Zweig en sus memorias. Me ha gustado su prosa elegante, admirada por Virginia Woolf. Su sutileza, su suave ironía a la hora de criticar el provincialismo burgués y esa capacidad de reírse veladamente de sí misma que tanto echo de menos en escritores españoles, tan serios y trascendentes, y que parece una marca genética de los escritores británicos. Y también ese dolor provocado por la guerra que acabó con la vida de millones de hombres jóvenes y traumatizó a una generación entera. 

"Es culpa de Europa, y no nuestra, que hayamos madurado merced a una amargura precoz, y que hayamos descubierto que la belleza se desvanece, y que detrás de ella se agazapa una realidad desalentadora. [...] Pero, ¡no desesperes, niño mío! La guerra acabará tarde o temprano, y tal vez, si seguimos con vida dentro de tres o cuatro años, podamos recuperar la infancia escondida y descubrir que, a fin de cuentas, el polvo y la ceniza que la recubría no la ha echado del todo a perder".

Tras pasarse toda la guerra sirviendo de enfermera voluntaria en Inglaterra, Malta y Francia, Vera Brittain volvió a un país de polvo y ceniza y constató, como tantas mujeres en su misma situación, que seguir con vida traería consigo un vacío aterrador y sería una prueba quizá tan exigente como la que acababa de pasar.