jueves, 2 de julio de 2020

TIRAR DEL HILO

"Un país en el que la gente se divide entre defensores de la culpabilidad o de la inocencia ajenas con la misma intensidad con la que los hinchas animan a su equipo en el estadio".

Este país es Italia, pero podría ser también España, Grecia, Inglaterra, Francia... En fin, cualquiera de los que tenemos más cerca. La nueva novela de Camilleri que ha traducido Carlos Mayor para Salamandra es una de las más políticas de toda la serie de Montalbano. Empieza con un desembarco de inmigrantes en las costas de Sicilia y el ritmo de toda la historia lo marca la llegada diaria (nocturna, mejor dicho) de cientos de refugiados que huyen de una vida rota e imposible buscando en Europa la salvación.  

Camilleri escribió esta novela en 2016, ya ciego y en plena crisis de los refugiados. Me ha parecido maravilloso encontrarme con esta faceta del autor italiano, la más comprometida y social, que ya asomaba en novelas anteriores pero que en esta aflora con rabia y lucidez, sin contemplaciones. 

Y por supuesto, sin perder nunca el buen humor y las carcajadas que siempre siembra en las intervenciones del inigualable Catarella, o el placer de la buena mesa en la ya mítica trattoria de Enzo, descrito por alguien para el que un buen plato de caponata y unos salmonetes fritos es sinónimo de paraíso. No falta de nada, ni siquiera el aire juguetón que aparece en ese gato blanco que se pasea majestuoso por la frontera entre la realidad y el sueño. 

Camilleri murió el año pasado, y después de tantas horas de lectura siguiendo la pista de su comisario Montalbano, leer esta primera novela publicada en España después de su muerte ha sido como mirar la foto de un familiar querido al que he perdido hace poco tiempo. Nostalgia. Pena. Pero también alegría. Alegría por su compromiso y su forma disfrutona de vivir. Por las novelas que todavía quedan por traducir y que disfrutaré una a una, con la delectación especial y lenta que se le presta a aquello que no va a durar para siempre. 



lunes, 29 de junio de 2020

UNA METAMORFOSIS IRANÍ

En 2006, el ilustrador Mana Neyestani dibujó una conversación entre un niño y una cucaracha en el suplemento infantil de una revista. En boca de la cucaracha puso inconscientemente una expresión común de origen azerí, una minoría étnica de origen turco oprimida por el régimen iraní. Algunos azeríes entendieron que con esa viñeta se les estaba llamando cucarachas y decidieron organizar una revuelta contra el gobierno. Y este, que necesitaba urgentemente echarle la culpa de las protestas a alguien, detuvo a Mana Neyestani y lo encerró en la cárcel. Así empezó esta pesadilla kafkiana: condenado a prisión por una viñeta infantil, el autor nos cuenta su periplo por las cárceles iraníes y su posterior huida por medio mundo cruzando los campos minados en los que algunos países convierten la libertad de expresión. 

Este es un cómic sobre la susceptibilidad identitaria. Sobre cómo un dibujo infantil intrascendente puede llegar a un pueblo oprimido como un insulto. Sobre las identidades ofendidas, dispuestas a encontrar ofensas a su comunidad por todas partes. Y también, sobre un régimen dictatorial que entiende la justicia como un instrumento más del que servirse para imponer su voluntad.

En esta historia, Mana habla (y se ríe, y se enfada) con los personajes que dibuja. Con un aparentemente sencillo sombreado en cuadrícula, crea un dibujo vibrante y enérgico que me ha mantenido en tensión a lo largo de toda la historia, en los aeropuertos de Dubai, de Turquía, de Malasia y de China, en esa odisea interminable y desesperante de las solicitudes de asilo. Mana Neyestani recorrió medio mundo junto a su mujer buscando protección y seguridad. Con pasaportes falsos, con la angustia constante de ser deportados a Irán, donde Mana sería sin duda encarcelado de nuevo. Y con la cucaracha de aquella viñeta infantil persiguiéndole en sus sueños, proyectando sombras amenazantes sobre sus sueños. 

Vivir en un mundo que interpreta el humor como un insulto es arriesgado. Mana Neyestani lo sabe mejor que nadie. Y aquí lo cuenta de forma insuperable.





jueves, 25 de junio de 2020

LOS FUEGOS DE OTOÑO

La bella guerra de los desfiles heroicos de 1914 se había transformado, cuatro años después, en una gélida máquina de aniquilación en masa. Y la compasión llevaba a los civiles a pensar que, a la vuelta del frente, los soldados serían felices con poco, que disfrutarían de la vida sencilla como si fuera un regalo. Que tras el infierno vivido, el simple hecho de estar a salvo les haría felices. Qué error. Para Bernard, la vuelta del frente tenía que conllevar un ajuste de cuentas con los que no habían sufrido, con los inconscientes del suplicio de tantos millones de hombres, con los que seguían pensando que aquellos cuatro años habían sido una heroicidad necesaria para seguir alimentando la gloria de la patria francesa. Bernard iba a querer recuperar esos cuatro años de sufrimiento estéril, de juventud perdida en el barro para nada. Con avidez y rabia, recuperar ese tiempo robado por una sociedad frívola y complaciente que nunca había intentado entender el sufrimiento indecible soportado por millones de hombres a unos cuantos kilómetros de sus casas. Recuperarlo a través del dinero fácil. De las mujeres fáciles. Del lujo brillante y efímero de esos descontrolados años veinte en los que él se vengaría apropiándose de la parte más suculenta del pastel que pudiera encontrar. 

Tras el fin de la guerra, los soldados franceses volvieron del frente a un país saturado de gloria y de sangre que llevaba ya mucho tiempo mirando hacia otro lado. Una sociedad en crisis, llena de miseria y oportunidades, que la guerra había dejado vulnerable y anhelante, con una cicatriz larga y sinuosa, descuidada y supurante. Una cicatriz en la que Bernard hurga con las dos manos, hambriento de vida, demasiado hambriento para permitirse el lujo de conservar escrúpulos. 

Irène Némirovsky retrató en esta novela una sociedad herida, reflejo de la que Vera Brittain describió tan bien en su Testamento de juventud. Al igual que en Los bienes de este mundo, la historia recorre tres décadas de la historia de Francia, desde unos años antes del estallido de la primera guerra hasta el inicio de la segunda, treinta años cuyos terremotos bélicos y financieros afectaron profundamente a la mayoría de franceses, como también refleja maravillosamente Pierre Lemaitre en su trilogía de entreguerras, de la que ya se han publicado las dos primeras: Nos vemos allá arriba y Los colores del incendio

La deshumanización que provoca la ambición política es uno de los temas recurrentes en las novelas de Némirovsky y en esta novela aparece en el personaje de Bernard con una dureza impactante. Hay una crítica feroz de la decadencia de los valores burgueses, siempre acompañada de una profunda compasión por las desesperanzas íntimas de las mujeres que desean amor, confianza, voluptuosidad incluso, y una vida tranquila y feliz que no pase por tener que humillarse al deseo violento y caprichoso de los hombres. Hay también una descripción dolorosa del abismo que separa a los hijos de sus padres cuando se dan cuenta de que los valores heredados ya no sirven para entender un mundo que ha renacido con otra cara de las cenizas de la guerra.

En fin, Némirovsky toca tantos temas con tanta profundidad e inteligencia en cada una de sus novelas que es imposible ir desgranándolos todos. Y además no hace falta. Tras la lectura de estos fuegos de otoño "que purifican la tierra y la preparan para nuevas siembras", he respirado una vez más, feliz y agradecido, por poder seguir leyendo la prosa asombrosa, llena de dolor y humanidad, de una de mis escritoras favoritas de todos los tiempos. 




lunes, 22 de junio de 2020

UNA TEMPORADA EN EL PURGATORIO

Constant bebe. Pero no como la mayoría de sus compañeros de instituto, a sorbitos con la copa inclinada, mirando a la chica de reojo mientras buscan inspiración en los reflejos dorados del alcohol. Bebe. Pero no para atreverse a sacar a la rubia del fondo a bailar, ni para desatarse la lengua y enarbolar discursos irresistibles como banderas al viento y ser ese otro Constant soñado que seduce, conquista y triunfa allá donde pisa. No. Constant bebe de un trago y sin saborear y pide otra antes de que le empiece a hacer efecto. Constant bebe con ansia y con necesidad, bebe para saciar una sed que se renueva cada mañana, para amansar a la fiera que le muerde las entrañas. Bebe para sentir el cosquilleo de poder en sus manos, para alimentar el brillo de violencia en sus ojos con el que luego seducirá a la rubia del fondo, la tumbará en su discurso heroico como una bandera y la golpeará para enardecer su deseo y marcar un territorio que a la mañana siguiente parecerá tierra quemada, pero que su padre y sus millones se encargarán de hacer desaparecer. Constant Bradley tiene diecisiete años, y el apellido, la fortuna y el talento para aspirar a ser presidente de los Estados Unidos de América.

Dominick Dunne es uno de los autores más sofisticadamente entretenidos que he leído. En un par de páginas de esta Temporada en el purgatorio o del anterior libro suyo que leí, Una mujer inoportuna, pasan más cosas que en novelas enteras. Siempre escribe sobre la corrupción de las clases altas norteamericanas en la segunda mitad del siglo veinte. Se nota que es un asunto que le obsesiona. Y en su prosa, esa obsesión se vuelve un milagro de fluidez, de ritmo y de diálogos hipnotizantes. 

¿Y quiénes son esas clases altas que tanto le obsesionan? ¿Qué hacen? ¿Por qué nos interesan? 
En un momento de esta novela, el protagonista compara a los Bradley con el Gran Gatsby: "Su amigo Nick dijo sobre los Buchanan, aunque podía haber estado refiriéndose a los Bradley: "Eran gente descuidada... Destrozaban cosas y criaturas y después se refugiaban en su dinero o en su vasta negligencia o en lo que fuera que los mantenía unidos y dejaban que otra gente limpiara el desorden que habían causado"". El desorden, claro está, podía llamarse robo, tráfico de influencias, extorsión o sencillamente asesinato. El poder ejerce un magnetismo especial, una fascinación irresistible en quienes no lo poseen. Y nos interesa porque todos lo ansiamos una parte, por pequeña que sea, de ese pastel. Aunque lo temamos. Aunque la felicidad que nos traiga sepa a veneno. Aunque nos rompa y nos desfigure. 

Dominick Dunne escribe, con su habitual bisturí psicológico, sobre cómo la magnificencia del éxito puede hartar y saturar y anular el talento. Sobre el peso de los remordimientos, sobre cómo el paso del tiempo entierra a menudo el sentido de la responsabilidad. Sobre el precio que hay que pagar por conservar la conciencia en una sociedad que alienta la hipocresía y el olvido. Algunos personajes secundarios aparecen en varios de sus libros, son hilos que ayudan a unir todavía mejor el tejido de su obra. Una obra dedicada a esa gente tan acostumbrada a la veneración pública que están profundamente convencidos de que el mundo se rige por dos leyes naturales: la que afecta a los demás, inamovible; y la que les afecta sólo a ellos, siempre adaptable a sus caprichos. ¿Quién no conoce a gente así? ¿Y a quién le deja indiferente?





viernes, 19 de junio de 2020

DE LA ENFERMEDAD

Desde siempre la literatura se ha ocupado mucho más de la mente que del cuerpo. No solamente los personajes de nuestras novelas favoritas casi nunca tienen hambre o sed y nunca nunca nunca orinan ni defecan, sino que es muy poco habitual que se pongan enfermos y describan su sufrimiento físico. ¿Cómo es posible? ¿Por qué la enfermedad es menos importante que el amor, la batalla o los celos? No hay una sola novela dedicada a la gripe. Ni un poema épico a la fiebre tifoidea. ¿Acaso no han sido ambas más letales que la mayoría de los ejércitos? ¿Acaso las enfermedades no han cambiado vidas e historias y determinado quiénes somos una y otra vez?

Pero no, el dolor del cuerpo nunca se sublima en literatura. Se queda en la suciedad de la memoria y en cuanto buscamos palabras para describir el sufrimiento, rápido lo barremos con la escoba del pudor y plantamos en su lugar una angustia de amor o una vulgar esquizofrenia. La enfermedad de la mente, sí. La enfermedad del cuerpo, nunca. 

En este breve ensayo Virginia Woolf escribe que "la literatura procura sostener por todos los medios que se ocupa de la mente; que el cuerpo es una lámina de vidrio por la que el alma ve de forma clara y directa". Y que la realidad es más bien lo contrario: el cuerpo es un cristal voluble que se curva y se empaña condicionando con sus impulsos y necesidades nuestra percepción de todo lo que nos rodea.

¿Por qué el cuerpo no va a tener su nobleza, su trascendencia? ¿Por qué no va a poder sublimarse, en sus más elementales y obscenas quejas, como un elemento central y definitivo de una obra de arte universal?

¿Y el lenguaje? Qué escasez de medios nos deja el lenguaje para expresar las exasperaciones del cuerpo. "Cualquier colegiala enamorada cuenta con Shakespeare o Keats para expresar sus sentimientos; pero dejemos a un enfermo describir su dolor de cabeza a un médico y el lenguaje se agota de inmediato".

Me ha gustado este texto de Virginia Woolf. Parece escrito de un tirón, y se lee así, como una larga parrafada, como una digresión que cautiva precisamente porque se va por las ramas. Con su prosa frondosa, rica en metáforas y frases sinuosas como senderos de un jardín botánico, defiende, un poco en la línea de Anatole Broyard en Ebrio de enfermedad, la incapacidad de la compasión para tender puentes de entendimiento y la soledad intrínseca de todo enfermo. "No conocemos nuestra propia alma, y mucho menos las almas de los demás. Los seres humanos no vamos todo el trecho del camino cogidos de la mano. Hay una selva virgen en cada uno; un campo nevado en el que se desconocen incluso las huellas de los pájaros".

La enfermedad nos obliga a desertar de ese incesante movimiento hacia el esfuerzo productivo. Los enfermos son desertores de la vida. Y en su deserción contemplan el cielo, escuchan las palabras y les encuentran significados ocultos que los sanos no perciben. Virginia Woolf estuvo enferma durante largos periodos de su vida. Y me la imagino así, tumbada al sol, mirando al cielo, pensando en su cuerpo y en su soledad y en su necesidad de ser comprendida y en las huellas de los pájaros del campo nevado que todos llevamos dentro. Su librito me ha abierto algunas ventanas sobre este tema infinito de la enfermedad. Me ha mostrado, no sé muy bien cómo, unas huellas diminutas en mi campo nevado. Me toca a mí ahora ir a descubrir qué las ha dejado. Y adónde ha ido. 



miércoles, 17 de junio de 2020

EBRIO DE ENFERMEDAD

La antesala de la muerte no es la enfermedad, sino el hastío. La falta de deseo, de entusiasmo, de curiosidad. Encogerse de hombros ante los colores de una vidriera gótica o no distinguir un nocturno de Chopin del ruido de fondo de la tele. Esa inclinación por hacer cosas mecánicas, por limpiar lo ya limpiado, volver a coser lo descosido, para evitar mirarse hacia dentro y afrontar el espanto de un vacío irremediable. De un espíritu apagado hace ya tiempo. 

Si la antesala de la muerte es el hastío, el deseo puede convertirse por sí mismo en una especie de inmortalidad. La elocuencia, en la llama que alumbra a pesar del dolor. Las palabras, en el último refugio. Así lo entendía Anatole Broyard, famoso crítico literario del New York Times, y así afrontó el cáncer de próstata que acabó con su vida en 1990, según se desprende de las páginas de este libro escritas pocos meses antes de morir. Con un tono apasionado, irónico y siempre elegante, nos habla de la necesidad de poder vivir la enfermedad como uno elija, con todo el dolor, la ira, la ironía o la guasa que uno desee. Y así, en la medida de lo posible, poder llegar a la muerte con el espíritu despierto, poder morir estando vivo. 

Cuando alguien enferma gravemente, a menudo es rodeado inmediatamente de un coro de compasión. La familia, los amigos y los conocidos adoptan esa mirada singular, ese silencio, ese repentino pudor que impide ponerle nombre a las cosas y seguir dejando abiertas las puertas de la ironía, de la sinceridad y de la rabia. Esa compasión, que no es otra cosa que una respuesta instintiva del amor, hace que se vuelva fuera de lugar bromear sobre la enfermedad, hablar de ella sin eufemismos o quejarse amargamente y maldecir la mala suerte y el gotero. Pero esa compasión, ¿de qué le sirve al enfermo? ¿Le compensa tanta solicitud a cambio de tanto silencio? Quizá porque todos los enfermos de cáncer se parecen pero cada uno sufre su enfermedad a su manera, Anatole Broyard sugiere que la compasión a menudo es el calmante de la conciencia de los sanos, y que los enfermos necesitan hablar y ser comprendidos más que ser compadecidos por un coro de caras preocupadas. 

Cuando el dolor de lo inmediato se vuelve avasallador, no hay mejor refugio que lo sublime. Un poema, una canción, un cuadro. Pero para ello es vital haber aprendido que el arte no sólo puede ser un espejo en el que mirarse, un marco agradable que embellece la vida, sino un hogar en el que resguardarse de la miseria de un cuerpo envenenado, un hogar que nos contenga, en el que podamos reconocernos, el arte como el as que nos guardamos en la manga para intentar engañar a la muerte y estirar el tiempo en la última partida. 

Para Anatole Broyard, tras una vida entera dedicada a disfrutar y analizar la literatura, las palabras fueron un escudo, un filtro ante la enfermedad: "Obliga al cáncer a pasar por mi carácter antes de que pueda llegar a mí". Es curiosa esta disociación entre carácter y materia, entre la libertad de resistencia del espíritu frente a la vulnerabilidad rendida del cuerpo. Él se dio cuenta muy pronto de que uno no puede controlar cómo avanza el cáncer por el cuerpo, pero sí puede elegir qué sentido puede darle a los últimos meses de una vida. Quiso escribir hasta la muerte para cerciorarse de estar vivo cuando muriera. Para que la enfermedad no acabara con su deseo antes que con su cuerpo. Este libro es la prueba de que lo consiguió. Y un regalo maravilloso para todos los que pensamos que la muerte es una parte del tejido de la vida que merece ser vivida con libertad hasta el final. 





lunes, 15 de junio de 2020

LA ENFERMEDAD Y SUS METÁFORAS

Hay miles de libros testimoniales sobre cuerpos enfermos. Susan Sontag, Oliver Sacks, Christopher Hitchens, Eve Ensler, Virginia Woolf. La bibliografía es interminable. Sin embargo, ¿novelas sobre cuerpos enfermos que se paren a describir la enfermedad? "La muerte de Ivan Ilich". Y pocas, muy pocas más. La ficción huye de los cuerpos enfermos. Pero, curiosamente, no de las mentes enfermas. Héroes neuróticos, psicóticos y bipolares: claro que sí. Héroes cancerosos, consumidos y purulentos: no, por favor. 

Las enfermedades aceptables son las que no se ven, las que inciden en el comportamiento, las que precisan de la imaginación para ser comprendidas. Las otras, las más comunes, las que se ven, se oyen y se huelen, esas preferimos mantenerlas alejadas, incluso de las ficciones narrativas. Un síntoma, quizá, de que los cuerpos enfermos no nos atraen ni transformados en historias. De que la enfermedad atenta contra esa idea tan extendida de que la salud es el privilegio de los optimistas.

Desde que empecé a interesarme por la literatura sobre la enfermedad, me encontraba a menudo con referencias a este ensayo de Susan Sontag. Parecía la fuente de inspiración de muchos autores, que habían encontrado en él una forma nueva de entender la enfermedad y la forma que tenemos de percibirla y de nombrarla. Desde Eve Ensler en De pronto, mi cuerpo hasta Begoña Huertas en El desconcierto, Susan Sontag planeaba como una lectura fundamental. Y por fin he llegado a ella para confirmar algo que ya intuía: este libro es un análisis inteligentísimo sobre nuestra forma de ocultar la naturaleza de las enfermedades mediante metáforas y sobre el dolor y la ignorancia que esto provoca. 

La enfermedad y la muerte son hechos biológicos que nos cuesta mucho asumir. Y sólo empezamos a asumirlos cuando los revestimos de significados. Es decir, de metáforas. Desde la psicología positiva, que plantea el cáncer como una "oportunidad", o incluso como una "bendición" que pone a prueba nuestra capacidad de superación, hasta la religión cristiana, con esa idea milenaria del sufrimiento como redención, pasando por nuestro capitalismo vitalista que insiste una y otra en comparar las epidemias con guerras, afrontamos las enfermedades con metáforas porque su propia naturaleza destructora de vida nos resulta intolerable. 

Toda enfermedad cuyo origen y tratamientos son inciertos genera mitos e intentos de explicarla mediante asociaciones creativas. Mientras que la tuberculosis (la enfermedad sin cura eficaz más importante del siglo XIX) se tendía a asociar con un exceso de pasión, muchos relacionan aún hoy el cáncer (la enfermedad sin cura eficaz más importante del siglo XX) con la represión de las emociones. En un ejemplo de hasta qué punto se puede llevar hasta el último extremo la interpretación de los procesos psicosomáticos, mucha gente sigue creyendo en el siglo XXI que un disgusto profundo puede provocar directamente la proliferación de un cáncer mortal. De ahí es fácil saltar a la creencia de que gestionar bien las emociones previene el cáncer. Y acabar concluyendo, según la misma lógica, que si tienes cáncer es porque no te has esforzado lo suficiente y, por lo tanto, tu sufrimiento es responsabilidad tuya. 

Este vínculo entre las emociones y las enfermedades lleva siglos arraigado en nuestra forma de pensar. Se basa, como cualquier explicación metafórica de la realidad, en la ignorancia de la patología. Y a pesar de haber sido refutado una y otra vez, caso por caso, sigue alimentando nuestra imaginación y nuestra forma de entender y de relacionarnos con la enfermedad. 

El objetivo de Susan Sontag en estos dos ensayos sobre la enfermedad y sus metáforas es arrebatar a la enfermedad una dimensión y un significado que no le pertenecen y que enturbia las relaciones entre sanos y enfermos y añade un sufrimiento innecesario a pacientes y acompañantes. Parece una perogrulloda, pero nunca está de más recordarlo: la enfermedad no es una metáfora, es un proceso biológico. Y como dice Susan Sontag, "el modo más sano de estar enfermo es el que menos se presta y mejor resiste al pensamiento metafórico". 



jueves, 11 de junio de 2020

AGNESE VA A MORIR

Una mujer vestida de negro en bicicleta. Un camino que se interna en agua pantanosa. Casas aisladas. Silencio, paisaje. La portada de esta novela no sólo me parece una maravilla estética, sino que contiene buena parte de los elementos que aparecen en ella y que le dan forma. Lo que no podemos ver es lo que lleva la mujer en las cestas de la bicicleta. Lo que uno va descubriendo es que lo que lleva la mujer en las cestas de la bicicleta siempre está hecho de una voluntad de resistencia que está ya más allá de la rabia y de la sed de venganza. 

Durante la ocupación alemana del norte de Italia, Agnese va a morir. Ya lo dice el título. Y aun así, a medida que me iba adentrando en la historia, no he podido dejar de desear ni un solo momento que fuera un truco de la escritora, una metáfora, un símbolo. Me moría de ganas de dejarme engañar y me habría tragado cualquier trampa para seguir pedaleando pesadamente con Agnese por esa laguna una y otra y otra estación más. Seguir desesperándome de sed en verano, seguir resbalando por un barro eterno en otoño, perdiéndome en las ventiscas de nieve en invierno y echando por fin a los alemanes de esta tierra bella e implacable en la dulce primavera de 1945. 

Agnese y Minghina son dos vecinas enfrentadas desde siempre. Enfrentadas por sus simpatías políticas y después enfrentadas por la guerra. Cada día se miran y se saludan, y tiran, "cada una de su lado, de la tensa cuerda de la amenaza". Así era la vida en muchos pueblos del norte de Italia durante la guerra: miradas torvas, cuchicheos en las esquinas, risas exageradas y secretos que podían llevar a la salvación inmediata o a la ejecución pública. Y en los alrededores, escondidos pero en boca de todos, los partisanos viven en una sociedad paralela, siempre al acecho, a la sombra de los convoyes alemanes. Tan invisibles que pueden pasearse por los pueblos a plena luz del día e incluso hablar tranquilamente con los alemanes en las tiendas. ¿Quién podría sospechar que de madrugada serían esos mismos los que dinamitarían un puente al paso de un camión alemán, o los que tomarían por asalto un depósito de armas dejando un reguero de uniformes ensangrentados a su paso?

Su vida es precaria y frágil. Caminan siempre al borde del precipicio, sin saber por dónde les puede llegar la muerte, si estarán vivos al día siguiente. Y Agnese, quizá por vengar a su marido, quizá porque las circunstancias no le han dejado otra opción, empieza a hacer de enlace, a cocinar para ellos, a volverse una ayuda imprescindible para esa sociedad clandestina que bulle de actividad escondida en la laguna. 

Me ha sorprendido la rabia glacial que se esconde en ciertas descripciones de esta novela. Los alemanes rara vez son personas: son bestias, monstruos que “estropean la era, el campo y el mundo con su aspecto mecánico e inhumano, casi todos de un mismo tono descolorido, con sus ojos pequeños y crueles, opacos como el cristal sucio”. Al leer el epílogo y saber la inmediatez con la que fue escrita, se entiende que no haya distancia ni concesión posible: humanizar a los alemanes era a menudo tan peligroso como tratar de razonar con ellos. Cualquier contacto con los ocupantes que no fuera a través de las armas acababa casi siempre con un partisano muerto. 

Me ha gustado mucho la descripción de la laguna, ese microcosmos implacable que marca los días de esta comunidad proscrita. Los juncos altos, el calor y el frío extremos, sus colores, los mosquitos, el barro y el agua ubicua que salva y condena. Me ha gustado la descripción fría de Agnese, con su cara grande e inexpresiva, roja y serena, su corpachón irresoluto siempre dispuesto a ponerse en movimiento, su corazón enorme latiendo en su garganta como un trueno o una campana. 

Agnese va a morir es una novela sin héroes ni exaltaciones. Una novela de personas huidas que la guerra convierte en compañeros, escrita con una rabia que hierve siempre bajo la aparente frialdad del relato, una rabia que lo único que anhela es defender la justicia y la dignidad para que nunca más venga un ejército extranjero a asesinar por una idea, un origen o un acento. 



jueves, 4 de junio de 2020

LA PIEDRA DE TOQUE

"Haber sido amado por la mujer más brillante de su época y haber sido incapaz de amarla le parecía, al echar la vista atrás, la prueba más hiriente de sus limitaciones; y la compasión que sentía ante ese recuerdo se complicaba con una sensación de irritación contra ella por haberle mostrado de golpe el alcance de su capacidad afectiva". 

No ser capaz de corresponder a un afecto que te parece valioso y pasarte toda la vida cargando con el peso de la traición a una mujer muerta son dos de los temas centrales de esta pequeña novela de mi admiradísima Edith Wharton. Ay, Edith Wharton. Siempre vuelvo a ella. Gracias a que los amigos de Contraseña y Alba siguen traduciendo en ediciones exquisitas sus novelas, cada pocos meses puedo disfrutar de su agudeza psicológica, vivaz y compasiva, y de historias cuyo alcance trasciende siempre la circunstancia histórica y reverbera con fuerza más de un siglo después. En ese sentido me recuerda a Stefan Zweig, otro autor siempre vivo en nuevas traducciones gracias a Acantilado cuya obra, contemporánea a la de Wharton, puede servir de espejo para cualquiera en cualquier época. 

"La privilegiada joven combinaba cierta timidez personal con una audacia intelectual que se asemejaba a una forma desviada de coquetería: daba la sensación de que, si hubiera sido más guapa, en lugar de ideas habría tenido emociones". 

Me encanta la ironía de la autora a la hora de describir los juicios machistas de la sociedad norteamericana de 1900. ¿De qué le sirve la inteligencia a una chica guapa si sabe sonreír? Qué desperdicio de mujer si después de tantas lecturas no sabe peinarse. La piedra de toque es un festín de metáforas psicológicas. Wharton se pasea por los laberintos emocionales de sus personajes como una botánica entusiasmada dando vueltas y vueltas por un jardín tropical inacabable. Y seguirla en su paseo deslumbra y embriaga y da ganas de quedarse a su lado tomando notas, escuchando, aprendiendo nuevas formas de pensar. 

El protagonista de esta novela decide vender, sin revelar su identidad, las cartas de amor que recibió de una escritora famosa ya fallecida para lograr sumar la fortuna necesaria para casarse con la mujer de la que está enamorado. Esta pequeña traición al recuerdo del amor de aquella mujer irá creciendo con el paso del tiempo y la posibilidad, cada vez más amenazadora, de que la sociedad descubra su identidad. Tras una vida percibida como noble, se arriesga a encontrarse vestido públicamente con un traje de deshonra. 

Los secretos innobles de nuestro pasado. Las esquinas de nuestras vidas que voluntariamente dejamos en la sombra. Los esfuerzos que hacemos por tratar de redimirnos ante nuestra conciencia. La culpa por no saber corresponder a una generosidad desinteresada. Y por último, la alegría de dar sin esperar nada a cambio, la alegría de entregarse aunque tu devoción no sea correspondida. Todos estos temas laten en esta novela con la fuerza y la exquisitez de una de las mejores escritoras de la literatura universal. 





lunes, 1 de junio de 2020

UNA TEMPORADA PARA SILBAR

Hay una literatura del oeste americano que me apasiona. Una literatura que trata de personas sencillas y valientes que emigraron hacia el interior de un inmenso país aún inexplorado buscando tierras fértiles e ignotas a partir de mediados del siglo XIX. La empecé a descubrir con Así de grande, de Edna Ferber, una preciosa novela ambientada en una zona rural cerca de Chicago a principios del siglo XX que me enamoró de un paisaje y de una fortaleza vital blindada de tesón y ternura. Seguí con las novelas de Willa Cather (Pioneros, Mi Ántonia, Uno de los nuestros), en las que siempre encuentro un profundo homenaje a esos pioneros que, generación tras generación, se hicieron un hueco en el fin del mundo y lo convirtieron en su hogar. Y ahora me he topado con esta novela de Ivan Doig, Una temporada para silbar, otra veta maravillosa para seguir explorando esa literatura de los colonos, del amor por una vida plena regida por una naturaleza agreste y generosa.

A lo largo de toda la novela suena una melodía imperceptible, tan leve que en realidad uno la percibe de verdad solamente cuando cesa: es Rose Lewellyn y su forma de silbar muy bajito mientras realiza sus tareas domésticas. Un silbido que es también una infancia, un hogar, una mano en la mejilla que dice: el mundo está lleno de posibilidades, y está aquí, para ti, esperando. Un silbido que colorea el silencio, y sin el cual este se vuelve vacío e incómodo. Rose Lewellyn, esa ama de llaves que "no cocina, pero tampoco muerde", es un personaje que por sí solo llenaría de vida y de felicidad cualquier novela. Y yo ya estaba contentísimo con ella de protagonista hasta que el bueno de Ivan Doig puso en escena a su hermano Morris. Y ahí ya definitivamente me enamoré.

Morris es... Ay, cómo describirlo. "Trabajar con él era a la vez estimulante y exasperante. Podría volverme loco con la leña, como si en vez de leños estuviéramos apilando diamantes, y al instante siguiente se embarcaba en una excursión mental que me dejaba sin aliento". Eso es, Morris es un hombre que te deja sin aliento. Ya sea hablando de leña, de Platón o de la rotación de los planetas ante una decena de niños con la boca abierta. Pero Morris no es sólo un hombre: es un hombre y su bigote. Cuando se lo acaricia, sonríe como si este le soplara las ideas, siempre con la misma expresión de complacida sorpresa, como si acabara de descubrir esa maravilla bajo su nariz. Morris es el maestro, el padre o el amigo que todos hemos soñado alguna vez con tener. 

Una temporada para silbar es un novela sobre lo que la educación puede hacer en la mente de unos niños despiertos y curiosos. Es sin duda el libro más feliz que he leído en mucho tiempo. Su música, su silbido, me acompaña todavía y cuando cierro los ojos y pienso en él, estoy allí, con Morris y Rose, viendo el cometa Halley desde las interminables praderas de Montana, saboreando una vida siempre renovada. 



jueves, 28 de mayo de 2020

LA TRANSPARENCIA DEL TIEMPO

P. y yo teníamos previsto un viaje a Cuba en 2020, pero con este mundo patas arriba, quién sabe si podremos hacerlo. De momento, yo he decidido hacer una primera incursión en el país de la mano de Leonardo Padura, un escritor al que hacía ya tiempo que le tenía ganas. Y aunque viajar desde el sillón no es lo mismo que viajar de verdad, esta novela policiaca ha sido una estupenda puerta de entrada a La Habana, y gracias a ella he sentido el calor pegajoso en la piel, el sabor del aguacate con sal en la lengua, los ritmos caribeños en las calles y la pobreza sin horizontes en el corazón. 

Me ha llamado la atención la homofobia cubana, desde la época de la revolución hasta ahora mismo. En la novela, un personaje denuncia cómo en los años setenta muchos gays eran considerados casi como delincuentes, una lacra no sólo social sino también ideológica, y encarnaban una extraña especie de traición a la ética nacional. Hoy en día, aunque se haya suavizado esta fobia, parte de la discriminación sigue latente, quizá un poco como en el resto del mundo, España incluida. No es nada raro en escritores hombres ya mayores encontrar todavía cierta tendencia a enfocar la homosexualidad como una identidad global, y no sólo sexual y afectiva, de un individuo. Y aunque ya no la critiquen, el hecho de pensar que la identidad sexual es tan determinante como para describir por sí sola la totalidad de un personaje, en lugar de normalizarla, le deja intacto el estigma. La homosexualidad sigue siendo lo exótico, lo llamativo, lo extraño, aunque ya no se la persiga. 

Me ha gustado mucho adentrarme en La Habana de La transparencia del tiempo. Una ciudad cosmopolita, vibrante y refinada que convive con su doble decadente, marginal y degradada. Mario Conde, el investigador protagonista, se siente un poco un extranjero en su propia tierra, y a través de su mirada crítica y pesimista vemos un país en el que la lógica se rige por leyes desconocidas y que, si bien no querría volver a tiempos pasados, mira hacia atrás con altas dosis de nostalgia. También es el retrato de una generación alérgica a la tecnología, con una visión fatalista de la vida, "siempre al borde de la penuria económica y oteando en el horizonte un futuro cada vez más estrecho e incierto en el cual ya les resultaría imposible reciclarse". 

El tono es bronco y tierno, lúcido e irónico, socarrón e inteligente, lleno de matices sabrosos que consigue que con una palabra o una expresión uno esté inmediatamente ahí, en el barro, en la playa, en los callejones oscuros donde se tejen y destejen los misterios de esta novela. 

No sé si al final podremos cumplir nuestro propósito de viajar a Cuba este año. Lo que sí sé es que volveré a Padura para seguir saboreando La Habana y conociendo más este personaje dado a la filosofía y alérgico a la violencia, cuyo sueño incumplido es escribir, un poco como Salinger o Hemingway, historias "escuálidas y conmovedoras" que hagan de dique contra el paso del tiempo. 




lunes, 25 de mayo de 2020

JAN KARSKI. EL HOMBRE QUE DESCUBRIÓ EL HOLOCAUSTO

Cuando en 1939 la Alemania nazi ocupó Polonia, el gobierno polaco se exilió en Londres y encargó al joven Jan Kozielewski de informarle de lo que ocurría en Polonia y de hacer de enlace con la resistencia. Fue hecho prisionero por los rusos y enviado a un campo de trabajo en Ucrania. Más tarde fue también prisionero de los alemanes y torturado por espía. Escapó varias veces de una muerte segura, se infiltró en el gueto de Varsovia, se hizo pasar por vigilante de un campo de concentración y pudo ver con sus propios ojos el destino de los judíos polacos en los trenes de la muerte. En 1943 denunció los horrores del holocausto en Inglaterra y Estados Unidos, pero tanto Churchill como Roosevelt tenían otras preocupaciones más urgentes y quizá no se terminaron de creer la historia disparatada de este joven partisano polaco que había esquivado tantas veces la muerte y había estado en tantos lugares improbables en tres años. 

Este cómic cuenta brevemente la vida de Jan Kozielewski, alias Jan Karski, desde el momento en que es reclutado para el ejército polaco en los albores de la guerra, hasta que su testimonio es recibido con incredulidad y un dolorosísimo silencio en los países aliados. Poco tardarían los medios de comunicación de estos países en sacar en portada los horrores que denunciaba Karski: en la primavera de 1945, tras la liberación aliada de los campos de exterminio austriacos y alemanes, no se hablaba en el mundo de otra cosa que de la destrucción de los judíos europeos. 

Con un dibujo afilado y expresivo, trepidante y preciso como la historia que narra, Marco Rizzo y Lelio Bonaccorso resumen una vida que, trasladada a la ficción, rozaría los límites de la verosimilitud. La segunda guerra mundial provocó un terremoto en la vida de millones de personas. La vida de Jan Karski es un ejemplo de una extraordinaria capacidad de supervivencia y de lo que alguien es capaz de hacer para denunciar la injusticia ante el mundo entero. 

Para quien quiera ampliar la información sobre Jan Karski, recomiendo su libro Historia de un estado clandestino (Acantilado, 2011), escrito en 1944, en el que cuenta su experiencia en primera persona. 



jueves, 21 de mayo de 2020

UNO DE LOS NUESTROS

Claude Wheeler detesta la manera en que los hombres devotos aceptan dócilmente la corta lista de placeres permitidos. Él anhela estudiar, aprender lenguas remotas, viajar a ciudades a las que no pueda llegar su carromato. Presiente que el mundo de interminables praderas y cultivos de trigo no está hecho para él. Ese mundo fértil de esfuerzo sobrehumano es una prisión para su espíritu libre. Y los espíritus libres nacidos a finales del siglo XIX en Nebraska no lo tienen nada fácil. 

Su familia pertenece a un mundo en el que las ideas no tienen importancia. En el que no se cuestionan los juicios ni los rumores. Un mundo en el que los hombres llegan de trabajar cada noche agotados como caballos, demasiado cansados para pensar. Nadie nunca le ha enseñado que los sentimientos pueden tener un significado. Que los enfados, las humillaciones o el pudor son nudos en su cabeza que, con las palabras adecuadas, uno puede aprender a deshacer. Ha aprendido que para todo hay una forma correcta y otra incorrecta, y que la mejor manera de distinguirlas es mediante la costumbre y la religión. ¿Cómo algo puede estar mal hecho si siempre se ha hecho así y además es voluntad de Dios?

Un día conoce a una familia de emigrantes alemanes, los Erlich, que representa lo opuesto a su familia: son vitalistas, relajados, entusiastas y aman la cultura. Junto a ellos la vida le parece más interesante y atractiva que en ningún otro lugar. En las veladas asombrosas que pasa en su casa descubre que existen palabras para expresar asombro y entusiasmo, y que a través de ellas sus emociones profundas pueden emerger a la superficie y, lejos de provocarle vergüenza, hacerle inmensamente feliz. 

Con veinte años, Claude tiene la sensación de no haber empezado aún a vivir. De que la vida es eso que les ocurre a los demás. Quiere huir de la rutina de sus padres y vecinos, una rutina marcada por el recelo a que algo malo suceda en cualquier momento y que encumbra a la seguridad y la protección como los valores fundamentales que rigen la existencia. Con veinte años, Claude quiere huir. Y la entrada de Estados Unidos en la primera guerra mundial será una inesperada vía de escape. 

Uno de los nuestros puede parecer una novela sobre la guerra pero no es una novela bélica. Trata sobre personas prisioneras de unas normas rígidas que luchan por deshacerse de ellas para vivir en libertad. Trata sobre la cultura y las ideas, y cómo los pensamientos pueden convertirse en un refugio interior, un reducto inviolable en un mundo que desprecia la costumbre de cuestionarlo todo. 

Willa Cather

Por la descripción preciosista del paisaje, por la delicadeza en la expresión de las emociones, por esos personajes humildes que salen adelante tras vencer mil adversidades, por la cultura del esfuerzo y del logro individual en esa América profunda tan salvaje y bella y llena de posibilidades, Uno de los nuestros me ha recordado a otra novela prodigiosa ambientada y escrita en la misma época y lugar titulada Así de grande. Tanto Edna Ferber, su autora, como Willa Cather, tuvieron un talento especial para escribir novelas conmovedoras y universales inspiradas en un territorio casi inexplorado. Y nos enseñaron que algunas personas pueden reconciliarnos con el mundo y hacernos encajar, por fin, con la forma en que necesitamos vivir nuestra propia vida, libres del miedo a evadirnos de la cárcel de las costumbres. 



lunes, 18 de mayo de 2020

NO SOMOS REFUGIADOS

Refugiados. Llevamos muchos años desgastando esta palabra. Cada vez que un político se la tira a otro desde su bancada para tratar de conseguir rédito político la araña un poco más, le rompe una esquina, la adelgaza. En España en 2020, ¿qué significa? Poco a poco se ha ido convirtiendo en una etiqueta, como pobres, migrantes, extranjeros, una etiqueta que deshumaniza a las personas que designa, señalando su diferencia con nosotros. Nosotros (españoles, occidentales) somos sobre todo personas. Ellos (extranjeros, desplazados) son sobre todo refugiados. 

La verdad es que no los entendemos. Muy pocos occidentales sabemos qué significa perder el lugar al que llamamos casa y no poder recuperarlo. La mayoría de refugiados ni son nómadas ni se consideran refugiados. No saben lo que significa vivir en tránsito más que tú o que yo. Son sedentarios, como tú y como yo, que pierden su casa, su forma de vida y su modo de subsistencia y tienen que viajar a la fuerza, huir con sus raíces arrancadas en la mano, aprendiendo que quizá, aunque no quieran, tengan que encontrar otro lugar donde volver a plantarlas. La desaparición del hogar es lo que define al refugiado, no el cruce de una frontera ni mucho menos que su solicitud de asilo sea aceptada. Muchos no son refugiados porque no se identifican con una palabra que los estigmatiza. La mayoría no son refugiados porque los países occidentales ni siquiera les dan la oportunidad de serlo. 

La palabra "refugiados" esconde una realidad incuestionable: son personas. Cuando decimos que son personas no sólo las igualamos a nosotros en su condición humana sino que les devolvemos su identidad esencial frente a su identidad de refugiados, les quitamos esa etiqueta (esa careta) que todo lo ocupa y nos arriesgamos a convertirlos en espejos donde reconocernos. 

Otra forma de señalar su diferencia es describirlos como víctimas. Cuando insertamos la lente de la compasión en nuestra mirada solidaria, a menudo nos centrarnos en sus traumas y los alejamos de nosotros. Fomentar la pena es tan perjudicial como fomentar la desconfianza. Y descuida los aspectos esenciales de las vidas de las personas refugiadas, que son los que todos, tengamos o no un hogar al que volver, compartimos. Unos de esos aspectos, por ejemplo, es el tedio. Ser refugiado, la mayor parte del tiempo, es de un tedio insoportable. Las colas de los campamentos, la lentitud de la burocracia, el tiempo detenido de los confinamientos. Ojalá tras nuestra experiencia occidental con la cuarentena entendamos mejor que la desesperación y el trauma vienen tanto del sufrimiento como de la impotencia por no poder salir a la calle, trabajar y vivir libremente en sociedad. 

Salwah, protagonista de una de las historias de este libro, fue herida por un francotirador en Alepo y se quedó en silla de ruedas. Mayo de 2013. Fotografía de Anna Surinyach, incluida en el libro. 

Este libro de Agus Morales recorre cuatro continentes, desde El Tibet hasta El Salvador, y las historias de decenas de personas que han tenido que huir de sus casas por la violencia y cuyo mayor deseo casi siempre es que esa violencia cese para que puedan volver. El autor subraya este deseo, que muchas veces olvidamos los occidentales, con nuestra omnipresente superioridad moral: muchos refugiados no quieren ser asimilados, no quieren quedarse a vivir en la fría Europa o en los hostiles Estados Unidos, porque siguen soñando secretamente con volver a donde fueron felices, ese hogar de la infancia donde siguen sus raíces. La profunda crisis de solidaridad y hospitalidad en la que vivimos, intoxicada por la infamia de los que cada día relacionan a los refugiados con criminales, no ayuda a que estos quieran trasladar sus raíces a nuestras tierras. 

No somos refugiados me ha recordado mucho a El Hambre, de Martín Caparrós, por su forma de acercarse a los protagonistas de sus historias y su precisión al apoyar el dedo en las llagas precisas. Me ha ayudado a deshacerme de algunas ideas preconcebidas sobre las migraciones y a enfocar mejor mi mirada sobre los refugiados. Algunas de sus historias ofrecen respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que existían. Pero la gran pregunta que siempre me he hecho sigue sonando insistentemente en mi cabeza, sin respuesta: ¿cómo podemos seguir cerrándoles la puerta a aquellos cuya última opción ha sido pedirnos ayuda? 




jueves, 14 de mayo de 2020

EL FATAL DESTINO DE ROMA

Toda la vida leyendo libros de historia, convencido de que casi todo lo que les pasa a las personas está provocado por decisiones humanas, y tiene que llegar este virus (y este ensayo) para darme cuenta de que no. Lo peor que le ha pasado a la especie humana son dos pandemias de peste que redujeron la población europea a la mitad (mediados del siglo VI) y a dos tercios (mediados del siglo XIV), y en las que difícilmente habría podido intervenir. Conclusión: los humanos nos hemos matado mucho (hasta el siglo XX), pero la naturaleza nos ha matado mucho más. Conclusión bis: los humanos conseguiremos prosperar y proliferar como dioses hasta niveles aterradores, pero sólo la naturaleza puede darnos tanto miedo como para hacer que la mitad de la población mundial se encierre en casa dos meses seguidos. 

El fatal destino de Roma cuenta el papel que tuvieron el cambio climático y las epidemias en la caída del Imperio Romano, es decir, en la mayor regresión de la historia de la humanidad. La ciudad de Roma pasó de más de medio millón de habitantes a finales del siglo IV a apenas veinte mil a mediados del siglo VI. Uno de cada dos europeos murió de peste en apenas veinte años. Las crónicas que hablan del fin del mundo no son cuentos excéntricos de unos fanáticos asustadizos: si hoy murieran treinta millones de europeos de una enfermedad incontrolable también nos volveríamos apocalípticos. Y si lo hiciera la mitad de la población europea, como ocurrió a mediados del siglo VI, sería literalmente el fin de nuestro mundo tal y como lo conocemos. 

No sólo las fuentes escritas, la arqueología, la economía, la religión o la sociología nos permiten reconstruir los procesos históricos. También la biología y la genética nos dan pistas determinantes. Podemos documentar los cambios climáticos analizando los glaciares, los fondos de los lagos o los anillos de los troncos de los árboles. También los huesos humanos, por su tamaño, forma y cicatrices, preservan un sutil registro de salud y enfermedades. La tecnología nos está permitiendo descubrir el impacto de la naturaleza en la historia, algo que quizá nuestro antropocentrismo, nuestro afán por ser siempre protagonistas de lo que nos ocurre, nos ha impedido hasta ahora reconocer. Nuestro planeta no es un telón de fondo estable e inerte para la historia. Al contrario. Como dice Kyle Harper, siempre ha sido "tan inestable como la cubierta de un barco en una borrasca violenta". A partir del siglo II, esa borrasca empezó a azotar el Imperio Romano. Primero de forma intermitente, con epidemias brutales aisladas en el tiempo. Y después, a partir del siglo V, con una brutalidad sostenida que desbarató la civilización tal y como se la conocía en todo el continente. 

El fatal destino de Roma es un ensayo apasionante (y, hay que reconocerlo, por momentos muy denso) sobre un aspecto quizá poco tratado y conocido del final del Imperio Romano. Pero plantea una cuestión que va mucho más allá de un periodo concreto de la historia, y que es lo que más me ha interesado de su lectura: "El auge y la caída de Roma nos recuerda que la historia de la civilización humana es, en su totalidad, un drama medioambiental". 

En esta época nuestra de crisis climática, agravada por el azote de una pandemia que nadie se esperaba, ¿empezaremos a estudiar el pasado y el presente sin olvidarnos de que la naturaleza puede convertirse en cualquier momento en un agente de cambio mucho más determinante que cualquier decisión humana?