martes, 4 de diciembre de 2018

30 MANERAS DE QUITARSE EL SOMBRERO

Este título que ha elegido Elvira Lindo para su último libro me ha recordado al de la joven poeta Elvira Sastre, Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo. Son libros muy distintos, en la temática y la forma, pero en ambos se habla de mujeres, en el año en el que llevo soñando, desde el pasado 8 de marzo, con una primavera feminista.

Han sido muchos, muchos los acontecimientos que en los últimos años han dado un empuje a la reivindicación igualitaria. Entre ellos, todas las publicaciones en las que se ha visibilizado a infinidad de mujeres. Por poner solo un ejemplo, los dos tomos de Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, en los que disfrutamos de doscientas breves biografías de mujeres referentes en la historia. 

Elvira Lindo nos trae los perfiles en su gran mayoría de escritoras, pero también de personajes literarios como el de Tristana, creado por Benito Pérez Galdós. La elección que ha hecho de estas treinta mujeres me parece un gran acierto; no solamente escribe sobre sus vidas, sino que además mezcla algunas de sus vivencias en Nueva York, y también de su infancia, en el último capítulo. La inagotable curiosidad de Elvira nos desvela matices muy interesantes de mujeres como la escritora checa Monika Zgustova, que nos cuenta la experiencia de las mujeres presas en el Gulag soviético, o el personaje de Lara, de Pasternak, o la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie.

Un capítulo muy interesante es el que dedica a la peripecia del escritor norteamericano Salinger y sus abusos descarados con adolescentes que contó la joven Mainard más de veinte años después. Otro, la música al piano de Marjorie Eliot para rendir homenaje todos los domingos a su hijo muerto. 

El puritanismo americano está muy bien reflejado en la trayectoria de Sally Mann y también en la peripecia de la traducción al inglés de la famosa serie de Manolito Gafotas. De Nueva York hace retratos muy interesantes, ya que pasó allí varios años, y recrea la personalidad de Vivian Gornick y sus Apegos feroces.

De las españolas destaca a Concha Méndez, Elena Fortún o Victoria Kent, junto a su pareja Louise Crane. Me han gustado mucho los retratos de Mary Beard y de la pareja formada por Harper Lee y Truman Capote en su infancia. Y el de Patricia Highsmith y su Carol, Carson McCullers, Alice Munro, Dorothy Parker o Else, la protagonista de Tú no eres como otras madres.

Grace Paley, una valiente activista, comentó: "Las mujeres escriben de forma diferente a los hombres. Tenemos mucha conversación doméstica o personal. Las mujeres se sienten cómodas hablando de lo personal, a diferencia de los hombres. Se cuentan más cosas y tienen muchos problemas en común. Algo interesante es que las mujeres han comprado libros escritos por hombres desde siempre y se dieron cuenta de que no eran acerca de ellas. Pero continuaron haciéndolo con gran interés porque era como leer sobre un país extranjero. Los hombres nunca han devuelto la cortesía".

He disfrutado muchísimo con la lectura de estos relatos llenos de humanidad, retazos de vidas y obras tan interesantes, algunas ya conocidas que me ha encantado recordar.



jueves, 29 de noviembre de 2018

BUENAS NOCHES, PLANETA

Planeta espera. Es un peluche muy paciente. Hasta que Emma no se duerme no se mueve ni un poquito. Y aun cuando ella empieza a soñar con universos y galaxias, Planeta se queda muy quieto un ratito más: le encanta escuchar su respiración y sentir su calor en el cuerpo. 

Pero la noche le llama, y, con un beso en la mejilla de Emma, de un salto baja de la cama. Sale al pasillo e inspecciona la casa. Está tan a oscuras que le da un poco de miedo. Sniff, sniff. ¿Quién está ahí? "Por favor, no me asustes, que me desmayo fácilmente. Sniff, sniff. SNIFF, SNIFF. ¡TCHH! "
(Desmayo). 

"¡Ah! Eres tú, Elliot". ¿Quieres que busquemos una galletita? ¿O dos? ¿Y si salimos al bosque? En el campo por la noche, les cuenta un ratón explorador, brilla la mayor galleta nunca vista. Lo malo es que nadie ha podido alcanzarla. Hay que subir muy alto muy alto al árbol más alto del bosque. ¿Lo intentamos?

Planeta tiene un nombre muy grande para ser tan pequeño, pero como él dice: "cada uno, pequeño o grande, es un universo entero". Y cuando la galleta blanca inalcanzable se oculta y la oscuridad empieza a marcharse, Planeta vuelve a la cama de Emma, le da otro beso en la mejilla y se duerme, esperando un nuevo día. Una nueva aventura. 

Liniers es un historietista argentino conocido principalmente por sus tiras ilustradas de humor suave y sugerente. Este es su primer álbum infantil, dedicado a su hija Emma y a su entrañable Planeta. 



lunes, 26 de noviembre de 2018

LA SOCIEDAD LITERARIA DEL PASTEL DE PIEL DE PATATA DE GUERNSEY

Quiero ir a Guernsey. Oler el mar embravecido al atardecer y escuchar cómo ruge contra las rocas de la costa. Sentir la humedad en la piel y verla brillar en esas praderas verdes que ondulan caprichosas y bajan hacia la playa como rindiéndose al clima. Quiero aguzar la vista y creer que alcanzo a distinguir la costa de Normandía mientras escucho hablar en inglés y me atrevo con el fish and chips del puerto. Quiero explorar la isla y perderme por sus caminos con la compañía de P., responsable de esta ansia viajera. Quiero conocer Guernsey por muchas razones. Aunque la principal, sin duda, es volver a entrar en la historia de esta novela y escuchar a sus personajes y reírme y llorar y desear y disfrutar de la vida con ellos.

Qué paz. Qué maravilla ha sido intercalar esta novela con los ensayos y novelas duras que me ha dado por leer últimamente. La voy a recomendar como una novela de humor, aunque el humor no sea lo principal, y como una novela sobre las consecuencias de la segunda guerra mundial, aunque la guerra tampoco sea la protagonista. También, hasta cierto punto, es una novela sobre la lectura, el amor y la libertad. Pero sobre todo, creo que es una novela sobre la amistad. Sobre los lazos que se forman por azar entre un grupito de vecinos de esta pequeña isla del Canal de la Mancha y una escritora británica y que poco a poco ofrecen a sus vidas una razón poderosa y emocionante para seguir adelante.

Sí, voy a recomendar esta novela como una novela de humor. ¿Conocéis muchos libros cuyos personajes se pasen horas tomándose el pelo por correo de la manera más ingeniosa y divertida? ¿Y que además ninguno caiga en la trivialidad y que cada carta sirva para ir perfilando la historia y llenando los huecos que una novela estrictamente epistolar no puede llenar? No, no es nada común. ¿Y que se detenga en la belleza del paisaje, en la frivolidad de un americano pretencioso que no entiende cómo una señorita puede rechazar su propuesta de matrimonio, en el horror de la guerra y los campos de concentración, y todo ello con un estilo desenfadado y vivaz que te hace sentir, con cada carta, un miembro más de esta entrañable sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey?

Sí, esta novela es un oasis. De humor, de chispa y de amor por la lectura. Ahora sólo me falta convencer a P. de dejarlo todo y coger un vuelo a Guernsey. Presiento que una aventura extraordinaria nos está esperando.



jueves, 22 de noviembre de 2018

POSTGUERRA

Este verano del 2018 para mí estará marcado por la lectura de las casi mil doscientas páginas de esta obra de historia monumental, exhaustiva e interesantísima a la que solo le encuentro una pega: que se acabe en el año 2005, fecha en que desgraciadamente perdimos a este gran historiador. Trece años desde entonces es mucho tiempo pero confío en que aparezca otro historiador de parecida talla para que nos siga desgranando con tanta claridad los avatares de este mundo tan complejo en el que vivimos.

Recuerdo que cuando empecé a trabajar con trece años en Barcelona leía a diario los titulares de La Vanguardia (no tenía acceso ni tiempo para mucho más). A los dieciséis estaba ya en Madrid trabajando en una editorial y me informaba cada mañana con el ABC, en aquella época un periódico más imparcial que hoy, y por la tarde con Pueblo para equilibrar, hasta que salió El País y se convirtió en mi periódico favorito, incluso cuando viví fuera de España. Llevo desde 1955 siguiendo la actualidad social, política, económica y cultural y eso me había hecho creer que conocía bien la etapa que Judt trata en su libro. Craso error.

Todo me sonaba, incluso los nombres de presidentes y primeros ministros de los países más importantes. Recordaba bien los años de las guerras de Corea, de Vietnam, de Yugoslavia, y, cómo no, la barbarie nazi. Con este ensayo he descubierto que mis conocimientos eran amplios pero de trazo grueso, me faltaban los detalles, las circunstancias, las cifras, el trazo fino necesario para que cualquier criterio se pueda formar adecuadamente. 

Si tuviera que elegir una sola palabra que describiera la terrible historia de la segunda mitad del siglo XX, sin duda elegiría indiferencia, porque fue eso precisamente lo que permitió tantas atrocidades. Los crímenes de Stalin y Hitler no hubieran podido tener nunca las dimensiones que tuvieron si no hubieran contado con la complicidad de gobiernos y el silencio de tanta gente. 

Durante más de treinta años, desde 1945 hasta los años 80, la población europea en general cerró los ojos y no quiso saber ni recordar lo que había sucedido, en buena medida porque compartían una responsabilidad excesivamente incómoda. Un ejemplo: el gobierno de Vichy fue un cómplice perfecto de Hitler y los gobiernos franceses hasta Mitterrand en los años 90 no reconocieron el papel de Francia en el exterminio judío, ni siquiera las torturas practicadas por su ejército en Indochina y Argelia. Hubo que esperar al presidente Chirac, en 1995, para que en Francia se empezara a reconocer la responsabilidad de su gobierno en la segunda guerra mundial. Había pasado medio siglo. Otro ejemplo: en Austria, que había colaborado enviando varios miles de militares como guardianes de los campos de concentración, en 1991 la mitad de sus ciudadanos creían que los judíos habían sido responsables de su persecución. 

Tony Judt
Como buen británico, Judt dedica más espacio a los acontecimientos relacionados con su país y con Estados Unidos. De España comenta que cuando terminó la dictadura en 1975 estábamos en una situación económica y social tan precaria como la de los países del este, a años luz de países como Francia, Alemania, Inglaterra, Suecia o Noruega. Fue tan nefasta la dictadura de Franco como el comunismo en países como Polonia, Hungría, Yugoslavia o Bielorrusia.

Nos informa que en España teníamos el 60% de todos los conventos y monasterios del mundo, unos 900. Poco a poco la práctica religiosa ha ido reduciéndose, incluso en Polonia, y cada vez menos jóvenes participan activamente en ella. Durante los años cincuenta los curas católicos holandeses se negaron a participar en la construcción de un monumento internacional en Auschwitz tachándolo de "propaganda comunista", opinión que también compartía el Papa. 

A pesar de los horrores pasados, o quizá a causa de ellos, ahora son los europeos los mejor situados para ofrecer al mundo ciertos modestos consejos sobre cómo evitar la repetición de sus propios errores. Pocos lo habrían predicho hace sesenta años, pero el siglo XXI todavía puede pertenecer a Europa.

La creatividad europea, creo, es el último baluarte frente a las sirenas del materialismo estadounidense. Los sistemas de bienestar europeos superan ampliamente a los de Estados Unidos, tienen un 50% menos de vacaciones y trabajan más horas, lo que redunda en una peor salud, a pesar de que se gastan en sanidad el doble que cualquier país europeo, y tienen a 45 millones de personas sin seguro médico. Colocan grandes vallas poniendo "Ama a tu prójimo" pero asesinan y violan a su prójimo en una escala que conmocionaría en cualquier nación europea. Están en su mayoría a favor de la pena de muerte y la tenencia de armas, algo que ni siquiera se contempla aquí, y su partidismo en el conflicto árabe-israelí avergüenza incluso en la ONU. Su falta de compromiso para resolver el calentamiento global es otra de las diferencias, y la cifra de niños, mujeres y afroamericanos en la miseria es un escándalo. Son muchas diferencias fundamentales que animan a pensar que algo se está haciendo mejor en Europa. Ojalá se reconduzcan otros temas que, como el de la inmigración o la burocracia, no se están resolviendo de forma adecuada, en mi opinión.

Un libro para leer, releer y tener a mano para consultar. Muñoz Molina dijo que se leía como Guerra y Paz. Para mí ha sido como un máster en Historia apasionante.



lunes, 19 de noviembre de 2018

CLARABOYA

A fuerza de estar todos los días tocando, hojeando y colocando novedades literarias, los libreros a veces nos volvemos un poco inmunes al poder de fascinación que estas ejercen en los lectores comunes. Y no es que ya no nos haga ilusión abrir ciertas cajas. Cuando sé que viene algo nuevo de Impedimenta o de Nórdica, automáticamente todos los libros que vienen en la misma caja desaparecen por arte de magia y sólo me quedan manos y ojos para ellos. Sencillamente son demasiado bonitos y apetitosos para no ser siempre protagonistas. Pero la verdad es que nos hemos acostumbrado. Nuestro amor por las novedades se ha vuelto fluido y estable como el de esas parejas bonitas que ya llevan varios años dando envidia a los solteros. Y al dejar a un lado esa ansiedad enamorada con la que cualquier lector ávido busca siempre los últimos libros publicados, a menudo volvemos la mirada a esos clásicos que siempre nos han recomendado y nunca nos hemos decidido a leer. 

Hace unos días, colocando los libros de Saramago que tenemos en casa, P. me habló de Claraboya. Escrito a los veintinueve años, rechazado sin explicaciones por la editorial a la que lo envió, estuvo durmiendo el sueño de los ofendidos durante sesenta años hasta que, tras la muerte del autor, por fin vio la luz en 2011. Es inevitable preguntarse qué habría pasado si la editorial portuguesa que no quiso saber nada de él lo hubiera publicado en 1952. ¿Le habría dado a Saramago las fuerzas para seguir desarrollando en nuevas novelas todas las ideas que bullían en su cabeza? Lo cierto es que después de aquel fracaso no volvió a escribir narrativa en varias décadas y cuando la retomó, lo hizo con el estilo tan particular que cautivó a tantos lectores y le dio fama en todo el mundo. Quién sabe si tan largo silencio fue el abono que necesitaba su obra para crecer y diversificarse como lo hizo. 

Claraboya transcurre en un patio de vecinos. La narración va pasando de casa en casa, de escena en escena, buceando por los pequeños dramas familiares, las envidias, los amores escondidos y la sencilla bondad de los personajes que viven en este edificio. Decenas de hilos invisibles unen sus vidas y Saramago los hace vibrar con precisión y delicadeza, como si fueran las cuerdas de un instrumento que interpretara una canción antigua e íntima. Hay algo de Pessoa en las inquietudes filosóficas de algunos personajes, en la rebeldía contra los caminos trazados y en el pesimismo lánguido ante el futuro. Pero aquí siempre triunfa la humanidad y la pasión, el deseo de vivir y de nombrar esas otras vidas diversas que no siguen las pautas previsibles para buscar su felicidad. "La experiencia que sólo le sirve a uno mismo es estéril", declara el zapatero filósofo. Sólo dando, dándose a los demás, nuestras vidas tienen algún sentido. 

He encontrado mucha bondad en esta novela. Mucha pasión que sabe qué cosas importan de verdad y cómo contarlas. Lo he leído escuchando la voz de un Saramago joven que, sin embargo, ya parecía haber adquirido ese saludable aire de sabio con ganas de rebeldía. Una voz honesta y espontánea que parece venir de una sensibilidad que conserva su inocencia, "con un brillo en la mirada y un pájaro cantándole en el corazón". 

José Saramago en los años cuarenta



viernes, 16 de noviembre de 2018

FRANK

Guillermo Altares, en su estupendo libro Una lección olvidada. Viajes por la historia de Europa, se declara defensor de la Transición y dice que en los primeros años tras la dictadura "el olvido fue un precio razonable en el camino hacia la libertad, pero no ahora, cuando ya la hemos recuperado". Parece mentira que después de cuarenta años de democracia todavía exista esa reticencia por una parte importante de la población a llamar a los horrores de la dictadura por su nombre. Y aunque este no es un problema exclusivo de España, (Alemania, por ejemplo, a pesar de que asumió bastante rápido su responsabilidad con otros países en los crímenes del nazismo, no empezó a reconocer y denunciar el sufrimiento de su propia población, especialmente durante 1945, hasta la década de los noventa), creo que ya va siendo hora de que haya una voluntad general de recordar, para que ninguna historia importante caiga en el olvido sin haber tenido la oportunidad de sanarse. 

Este álbum ilustrado cuenta una de esas historias que tanta gente se empeña en querer olvidar: la increíble historia de una dictadura olvidada. Frank nació en un pueblo del norte y era tan pequeño que le llamaban "cerillita". Estaba tan obsesionado con los cuadrados que se le metió en la cabeza que todo el mundo tenía que compartir su obsesión. En su país sólo podían existir cuadrados y cientos de miles acabaron bajo tierra. Mientras el resto del mundo miraba para otro lado, se pasó casi cuarenta años destruyendo todos los círculos, triángulos y rectángulos que encontraba. Y cuando se fue, "todos aquellos que se hicieron ricos con los cuadrados crearon una amnesia colectiva". 

Las ilustraciones de este libro utilizan la sátira para describir con una precisión jugosísima muchos detalles de esta dictadura que tantos quieren olvidar. La metáfora de los cuadrados no puede ser más sugestiva en su sencillez. Hacen falta historias como esta, muchas historias, cuantas más mejor, para desenterrar la infamia de nuestra historia reciente y vacunarnos para siempre contra la tentación del olvido. 



miércoles, 14 de noviembre de 2018

UNA EDUCACIÓN

Terminé de leer este libro precisamente el día de las elecciones legislativas en Estados Unidos, y no pude evitar relacionar el triunfo republicano de las zonas rurales, la llamada América profunda, con la lectura de esta espectacular novela de Tara Westover. 

The New York Times definió este testimonio como "uno de los libros más importantes del año", algo que comparto plenamente. La autora trasmite honestidad en el relato de una vida que a sus treinta y dos años ha conocido las peores situaciones que una familia puede vivir. De educación mormona, con un padre verdaderamente fanático, pone de manifiesto cuánto dolor puede ocasionar la violencia no solo a los que les rodean sino también a sí mismos. Temas tan fundamentales como la violencia masculina dentro de la familia, la vulnerabilidad de las mujeres, el fanatismo religioso, la homeopatía, la ignorancia, la falsa moral, la falta de una sanidad gratuita universal, son tratados a través del testimonio vital y valiente de una adolescente que fue capaz de utilizar la resiliencia como recurso para salir de un infierno.

Esta novela describe una familia mormona de la América profunda en la actualidad, pero la violencia y la ignorancia están presentes todos los días en todos los ámbitos y todos los países, no solamente en países pobres sino también en las sociedades desarrolladas de Europa donde la humillación cotidiana, la violencia de género y los asesinatos y violaciones dentro de la familia son noticia diaria en los medios de comunicación, en un pico de iceberg que esconde una realidad infinitamente amplia y compleja.

Son tan necesarios, tan fundamentales los temas que toca la vida accidentada y vulnerable de Tana Westover que sería de gran utilidad poner su libro como lectura recomendada en tertulias, centros educativos, bibliotecas y librerías. A partir de ahora será un referente en nuestras recomendaciones diarias. 

                

lunes, 12 de noviembre de 2018

UNA POSIBILIDAD

No fue amor a primera vista. Ojeé este cómic hace unos meses y lo aparté. Con esas cabezas cuadradas, los personajes me parecían marcianos, muñecos mecánicos sin expresión. El coloreado en dos colores tampoco me parecía especialmente llamativo y pensé: bueno, después del verano lo devuelvo. Madre mía, menos mal que al final no hice caso a mi primera impresión. Qué equivocado estaba.

Empecé a leerlo una tarde entre semana en la librería. Acababa de terminar una novela prodigiosa y estaba en esos momentos de picoteo, de ver qué me encuentro, de descubrir libros sencillos, de esos que llegan en las novedades sin hacer ruido, un solo ejemplar, sin faja, sin elogios superlativos en la contra, y que se quedan tranquilamente esperando su momento en su estantería, a veces durante meses. Empecé a leerlo en el mostrador y a los cinco minutos tuve que parar. Ya no veía las páginas. Ni al cliente que acababa de entrar. Ni siquiera me salía la voz para decirle el precio del libro que había cogido. ¿Cómo es posible provocar tal aluvión de emociones intensas con unas pocas frases acompañadas de unas pocas viñetas?

"Una experiencia así te cambia la vida. De golpe, todo se desmorona y las piezas que componen tu vida quedan esparcidas por el suelo. Entonces, hay que empezar de nuevo, colocar cada pieza en su sitio. Y te das cuenta del lugar que ocupa cada una y de la importancia que tiene. Algunas piezas que creías fundamentales resulta que no lo son tanto. Y viceversa. Sin embargo, es una oportunidad única para reconstruirnos. ...nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo."

Esta es la historia de amor más profunda y bonita que he leído en muchos meses. Te remueve y te funde por dentro. Te recoge como la familia de los protagonistas, con esos brazos como ramas de árboles siempre dispuestos a sostenerte y protegerte para que nunca olvides que en su bosque siempre estás a salvo. Y conmociona por la sencilla descripción de cómo la bondad y la alegría pueden transformar una tragedia en la más bella oportunidad. 

La hija de Cris y Migue sufrió una hemorragia cerebral el día después del parto. Los médicos dijeron que tenía una posibilidad entre mil de sobrevivir. Y sobrevivió. Su nombre es Laia y esta es su historia. 



jueves, 8 de noviembre de 2018

EL FERROCARRIL SUBTERRÁNEO

Como cuando ves la sombra de un pájaro en el suelo y al levantar la vista no hay nada. La realidad sale volando, como la libertad, antes de que puedas verla. Pero su sombra permanece siempre en la memoria, indicando el camino.

En las plantaciones de algodón del estado de Georgia, escapar era imposible. Un esclavo pertenecía a su amo de la misma forma que un árbol pertenece al bosque. Huir significaba romper los principios fundamentales de la naturaleza. ¿Un árbol corriendo, alejándose de su bosque? ¿Un árbol cogiendo lo indispensable para escabullirse en la noche y no volver jamás? Daba vértigo pensarlo. Y miedo, mucho miedo. Hombres colgando de los árboles, mujeres desnudas desangrándose lentamente en el potro de tortura, cuerpos vivos y muertos asados en piras que duraban toda la noche. Todos habían visto lo que hacían los hombres blancos con los pobres desgraciados que se habían atrevido a desafiar las leyes de la naturaleza. Y la inmensa mayoría quería seguir viviendo, aunque la vida significara matarse a trabajar y seguir ampliando la constelación de cicatrices en la espalda.

Esta novela trata sobre esa minoría de esclavos negros que prefirieron la muerte casi segura a una vida entera de esclavitud. Que se escabulleron en la noche con lo puesto en busca de una libertad que apenas llegaban a imaginar. Que sufrieron persecuciones, chantajes, violaciones, torturas, apaleamientos y violencias de todo tipo por el color de su piel y que, pese a todo, siguieron adelante en busca de un sueño que consideraban legítimo. Ese sueño estaba inscrito en mármol en la constitución de su país. Ese sueño decía que todos los hombres habían sido creados iguales, y que todos tenían derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la libertad. Todos los hombres. ¿No eran ellos hombres, acaso?

En algunos estados de Estados Unidos, ni siquiera se toleraba la presencia de esclavos en las plantaciones. Por ejemplo, "en Carolina del Norte la raza negra no existía salvo al final de una soga". Hoy en día cuesta imaginar la magnitud de aquella masacre. Esta novela me ha recordado al Gilead de El cuento de la criada, o a la Alemania nazi durante la guerra. Al sometimiento de las mujeres en el primero, y al exterminio de los judíos en el segundo. Pero también me ha hecho pensar en las redes clandestinas de resistencia que siempre surgen en todos los regímenes del terror. En su lucha por mantener la esperanza y defender esa idea tan revolucionaria que dice que los negros son seres tan humanos como los blancos, y, por lo tanto, merecen las mismas leyes y el mismo respeto. 

"La raza blanca cree, lo cree con toda su alma, que está en su derecho de apropiarse de la tierra. De matar indios. De hacer la guerra. De esclavizar a sus hermanos. Si hay justicia en el mundo, esta nación no debería existir, porque está fundada en el asesinato, el robo y la crueldad. Y, sin embargo, aquí estamos". Aquí estaban. Esclavos huyendo de sus plantaciones. Huyendo hacia cualquier lugar al norte que los alejara de los hombres que decían ser sus amos. Insistiendo en vivir en su país, porque los Estados Unidos estaban fundados en una declaración en la que creían. En un sueño compartido en el que querían caber.

Aquí estaban. Viendo cada día la sombra de aquel pájaro en el suelo. Soñando con poder contemplar, al levantar la vista, cómo abría las alas y emprendía el vuelo. 



lunes, 5 de noviembre de 2018

CONFESIONES

Hay libros bellos, líricos, que entretienen, que emocionan, que divierten, duros, que impactan. Y además están los importantes, los que tratan temas fundamentales que atañen a nuestra vida profunda, a nuestras creencias.

Henry Marsh es un neurocirujano británico que hace un tiempo nos regaló Ante todo no hagas daño, una declaración de intenciones en su mismo título. Fuimos muchísimos los que tuvimos la suerte de aprender con las confesiones de este doctor a punto de jubilarse. Ahora, con un propósito declarado en el mismo título de seguir confesándose, profundiza en temas clave como la eutanasia y la obligación de los médicos de evitar el sufrimiento.

"El cerebro no siente dolor, de hecho el dolor es una sensación creada en el propio cerebro como respuesta a señales electroquímicas enviadas a él por las terminaciones nerviosas del cuerpo. Cuando visito pacientes con dolor crónico, trato de explicarles que todo está en la mente y que si me pellizco el dedo meñique, el dolor que siento es solo una mera ilusión. En realidad, el dolor no está en mi dedo, sino en mi cerebro: es una pauta electroquímica en el mapa que este órgano ha hecho de mi cuerpo. Intento explicarles eso con la esperanza de que entiendan que un enfoque psicológico del dolor podría ser tan eficaz como un tratamiento físico. El pensamiento y el sentimiento, y el dolor, son solo procesos físicos que tienen lugar en nuestro cerebro. El dolor fantasma en una pierna o un brazo amputados puede ser atroz. Pero eso es algo que a la mayoría de los pacientes con problemas de dolor crónico o afecciones como el síndrome de fatiga crónica les cuesta mucho aceptar. La dualidad que supone considerar mente y materia como entidades distintas está tan arraigada en nosotros, como lo está la creencia en un alma inmaterial que sobrevivirá de algún modo a nuestros cuerpos y cerebros. No tengo la sensación de que mi yo, el ser consciente que escribe estas palabras, sea pura electroquímica, pero es eso precisamente".

La sabiduría del doctor Marsh, en mi opinión, está relacionada con su preparación antes de iniciar la carrera de medicina. Estudió filosofía, ciencias políticas y cconomía,  lo que implica una base magnífica para tener y aplicar criterio, algo fundamental a la hora de tomar decisiones importantes como son las de decidir si una operación quirúrgica es aconsejable o no, así como otras cuestiones que atañen a la calidad de vida de la gente. Como afirma en su libro, "el sobretratamiento y las operaciones innecesarias son un problema creciente en la medicina moderna y a menudo suponen una equivocación, incluso si el paciente no sale malparado".

Analiza y compara los beneficios y desventajas de la medicina pública y privada apostando por la primera de forma muy objetiva, y se muestra a favor de la eutanasia reflexionando sobre sus múltiples facetas. Como yo, también siente el deseo de ser enterrado en su bosque particular para que su cuerpo se transforme en hojas y madera. En la mayoría de los países desarrollados, el suicidio asistido es ilegal aunque los sondeos de opinión han revelado una amplia mayoría a favor de un cambio legal. Los médicos y parlamentarios parecen tener más problemas con este asunto que el resto de ciudadanos.

Aliviar el sufrimiento es el deber de un médico en igual medida que prolongar la vida aunque parece que esa verdad suele olvidarse en la medicina moderna. Se ha estimado que en el mundo desarrollado el 75% de los gastos médicos de toda nuestra vida corresponde a los últimos seis meses. He ahí el precio de la esperanza, una esperanza que según la ley de las probabilidades, es con frecuencia muy poco realista. Y así, a menudo, acabamos infligiéndonos grandes sufrimientos y ocasionando gastos insostenibles para la sociedad.

¡Cuánto me ha enseñado este libro y cuánto me ha hecho recapacitar y analizar aspectos fundamentales de la vida! Gracias, doctor Marsh.



lunes, 29 de octubre de 2018

SAPIENS. DE ANIMALES A DIOSES

Vivimos pegados a los detalles. Pensamos que cuanto más cerca estemos de algo, mejor lo comprenderemos. Así, por ejemplo, nos pasamos horas y horas inmersos en información cuya relevancia caducará a las veinticuatro horas, o estudiamos durante años hechos y datos concretos cuya conexión con nuestra propia vida ni siquiera llegamos a plantearnos nunca. Somos capaces de romper para siempre la relación con alguien cercano por una simple sospecha y estamos tan convencidos de ciertas ideas que consideramos enemigos a aquellos que no las comparten. Cuando una tragedia nos sobrepasa, nos aferramos a los detalles cotidianos que llenan nuestros días para seguir adelante. Pero, una vez superado el trauma, seguimos ahí, pegados a lo inmediato, a lo que se puede resolver al instante y contra lo que se puede luchar desde cualquier idea. 

Este ensayo, del que se han vendido millones de ejemplares en todo el mundo, propone distanciarse de los detalles para tratar de alcanzar una visión de conjunto de la historia de la humanidad. En ese sentido, es un libro de historia sin hechos históricos. Aquí no importa tanto la revolución francesa, sino entender que ella dio el impulso a las dos ideas predominantes sobre las relaciones humanas en occidente: la igualdad y la libertad. No importa tanto la esclavitud en Estados Unidos sino darse cuenta de que "no hay nada natural ni inevitable acerca de la jerarquía racial y que el mundo bien podría estar organizado de manera diferente". 

Este distanciamiento da vértigo. Da vértigo pensar que las cosas sobre las que fundamentamos nuestras vidas y que pensamos que son inamovibles y connaturales al mundo, como el dinero, la justicia o los países no son más que ideas, ficciones, mitos comunes que podrían cambiar o destruirse. Las ficciones que definen nuestro interacción con el mundo, como los bancos, el capitalismo o los derechos humanos, han nacido de nuestra imaginación. "La ficción nos ha permitido no sólo imaginar cosas, sino hacerlo de manera colectiva. Los mitos nos han conferido la capacidad sin precedentes de cooperar flexiblemente con un número incontable de extraños. Y por esta razón dominamos el mundo". 

La idea de que no hay naciones, dinero, derechos humanos, leyes ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos me ha hecho replantearme cuál es la frontera entre realidad y ficción. Harari explica que vivimos en una realidad dual: por un lado está la realidad objetiva (árboles, ríos), y por el otro, la realidad imaginada (el dinero, las naciones). En el último siglo le he hemos dado tanta importancia y tanto poder a la realidad imaginada que hasta la propia supervivencia de la realidad objetiva ha terminado dependiendo de ella. 

Este ensayo es imposible de resumir. Me ha abierto los ojos a muchas ideas que nunca antes me había planteado. Me ha alejado brutalmente de los detalles de la historia, de los detalles de la vida, y lo he leído con el vértigo de quien descubre que la realidad tiene dimensiones fascinantes y aterradoras a las que conviene asomarse. Me quedan dos libros de Harari por leer: Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI, para seguir caminando por el sendero vertiginoso de la mente de este escritor. 



jueves, 25 de octubre de 2018

TRILOGÍA DEL MERCEDES

¿Te gusta Stephen King?, me preguntó el otro día un señor en la librería, con un tono sorprendido que traslucía cierto escándalo. No es que me guste, le respondí. Es que me cae rematadamente bien. 

He leído cuatro o cinco libros suyos, y ninguno de terror, que es el género por el que es más conocido. Pero con la mayoría de sus personajes he sentido una afinidad inmediata. Personajes que querría tener en mi familia, personajes por los que lo dejaría todo y me iría a vivir a otro continente o a otra época. Es cierto que tiene su puntito facilón, no te va a deslumbrar con su exquisita prosa. Pero qué importa. Tampoco lo pretende. Uno tiene amigos que le muestran las complejidades insondables de la vida. Y otros que le hacen pasar un rato alegre de cañas. Stephen King es de los segundos. Y nunca defrauda. 


Esta trilogía policíaca no tiene desperdicio. Un inspector de policía recién jubilado pasa sus días apoltronado en la butaca viendo la televisión y acariciando la idea del suicidio. Hasta que recibe una carta en la que el famoso Asesino del Mercedes declara sentirse decepcionado por que el viejo inspector haya abandonado su búsqueda tan pronto. Y así empieza una de las persecuciones policiales más minuciosas y frenéticas que he leído en mucho tiempo, con historia de amor agridulce y denuncia social de los efectos de la crisis económica de por medio. 

Los argumentos de las tres novelas exploran aspectos de la vida americana desde distintos puntos de vista. El mundo de la tecnología experimental, el culto a los escritores, el racismo, la ley del más fuerte (o el más astuto) en las prisiones, la amistad inesperada con las personas más improbables y hasta el coqueteo con las capacidades paranormales. Todo cabe en los libros de Stephen King. Me enamoré de este escritor con su colosal 22/11/63 y desde entonces le tengo un cariño especial. Un cariño que va más allá de juicios literarios. Me gustan sus libros. Me distraen, me divierten, me acongojan, me aceleran el pulso y me hacen disfrutar con una literatura sencilla y tremendamente eficaz. 

Hay libros-submarinos que te descubren profundidades adultas insospechadas. Y hay libros-lanchas motoras con los que vuelas por la superficie del agua como un niño. Esta trilogía es una de las mejores lanchas motoras que conozco. 




lunes, 22 de octubre de 2018

EL DOLOR DE LOS DEMÁS

Recuerdo a un compañero de conservatorio con el que coincidía todos los martes a primera hora de la mañana en la sala donde esperábamos para coger un aula de ensayo. Se llamaba Marcos y venía siempre con unas legañas que parecían postizas y una camisa blanca tan perfectamente planchada que pedía a gritos un clavel en el ojal. Llegábamos los dos tan dormidos que a menudo se nos colaba una estudiante despampanante de último año cuyo desparpajo andaluz hacía que le perdonáramos siempre su forma de estar en el mundo como si este le perteneciera. Y la verdad es que no me importaba. Que se nos colara aquella hermosura inaguantable. Ni que tuviéramos que esperar otra media hora para coger aula. No me importaba porque las historias que me contaba Marcos en esos minutos en los que apenas habíamos entrado en el día eran motivo suficiente para quedarse allí sentado, un martes cualquiera a las ocho de la mañana, escuchándole. No recuerdo ninguna. Ni siquiera un detalle. Pero recuerdo la fascinación. Olvidar a Debussy, las clases, los nervios por el próximo concierto. Olvidar la sonrisa pícara de la andaluza y hasta la razón de aquellas esperas. Sus historias, creo, no me interesaban especialmente. Pero aquella forma de contarlas, ay, con su cadencia secreta, como si me contara un secreto, sencillamente me embrujaba. 

El talento de un buen narrador consiste en lograr encandilarte con una historia aunque esta no te interese especialmente. Pero si además la historia es buena de por sí, el placer está asegurado. Esta novela conjuga una historia contundente con un talento narrativo propio de aquel Marcos de mi juventud universitaria. Y la he leído al borde del asiento, dejando pasar sin duda hermosuras despampanantes y olvidándome de todo. Perdido en los meandros de la imaginación de Miguel Ángel Hernández, en los ecos de este inicio que siguen reverberando en mi memoria muchos días después: "Hace veinte años mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco". 

La primera pregunta (quizá la única importante), salta como un resorte: ¿por qué lo hizo? Este interrogante es el nudo en el pasado del autor que, veinte años después, sigue ahí, descolocando los recuerdos, haciendo daño. Esta novela es un intento de volver a aquellos días para buscar respuestas y sanar la memoria. Trata sobre los pactos de silencio con nosotros mismos, sobre esos espacios de la memoria por los que una vez nos negamos a transitar y que hoy en día están irreconocibles, cerrados por la maleza. Sobre la atracción que ejerce nuestra infancia y los peligros de abrir sus compuertas para reconstruirla mediante palabras. 

Está claro que las cosas no son como son (y mucho menos como fueron), sino como se cuentan. Importa siempre más el relato que el suceso. El lenguaje crea el mundo en el que vivimos. Creo que este libro es el intento del autor por recuperar un pasado incierto. Por poner algo de orden en ese trastero caótico lleno de recuerdos inconexos. Y aun así, parece que "las palabras siempre fallan, la escritura nunca llega al fondo de las cosas. Con suerte lo bordea, lo toca. Puede rozar la herida. Pero ese lugar siempre permanece oscuro, opaco, indescifrable". 


Miguel Ángel Hernández


Cuando uno escarba en un pasado traumático (y qué pasado no contiene su dosis de trauma), siempre se encuentra con el dolor de los demás. Qué hacer con ese dolor, cómo contarlo, cómo respetarlo. Ese es el núcleo de esta novela. 

Si pudiera volver a aquellos años del conservatorio, un martes cualquiera metería esta novela entre las partituras de Debussy y se la regalaría a Marcos. Y mientras por una vez no nos giramos para admirar el contoneo enérgico de la falda de la andaluza, le diría que esta novela es para él. No porque sea una buena historia, que lo es. No porque hable de cosas importantes que nos atañen (y nos duelen) a todos, que lo hace. Sino porque es la obra de un contador de historias excepcional, como era él. 




jueves, 18 de octubre de 2018

APEGOS FEROCES (firma invitada)

Leer es dejar a un lado las expectativas que tenemos sobre los libros. O quizás sea ponerlas en el centro de la mesa y dejar que se cumplan. Con las expectativas muy altas entré yo en Apegos feroces, que ha obtenido varios premios literarios y ha sido recomendado cientos y cientos de veces por libreras y muchas lectoras en redes sociales. Quizás por el miedo a sentirme decepcionada ante las altas expectativas que se habían creado alrededor de esta historia, tardé algo más de un año en adentrarme en ella. Cuando ya casi nadie habla de los paseos por Manhattan de la protagonista y su madre, yo me he metido en las calles de la Gran Manzana y me he dejado sacudir por los recuerdos de ambas y por su relación enfermiza, dolorosa y casi siempre decepcionante.

Parece que es nuestra época la que ha puesto de moda la literatura del yo, las memorias. Sin embargo, Vivian Gornick desgranó las suyas a finales de los años ochenta y estas quedaron en el olvido de los editores españoles hasta que treinta años después de su publicación en inglés, Sexto Piso se animó a traducirlas a nuestro idioma. El éxito ha sido espectacular. 

Me pregunto a menudo el porqué del éxito de algunas novelas o ensayos que a mí me han gustado pero que no han marcado una diferencia fundamental en mi vida. Creo que deben darse muchas circunstancias para que una novela triunfe. Las modas son fundamentales. También que la gente hable de ellas. Y, por último, el contexto en el que cada uno las lee. Si pocas veces hemos leído sobre una relación tan enfermiza entre una madre y una hija, esta novela nos sorprenderá. Si somos unos apasionados de los paisajes urbanos neoyorquinos y de su fauna humana, nos llamará la atención. Si el conflicto entre el deber (o las apariencias) y el deseo es un tema que nos interesa, también estas memorias nos harán pasar un buen rato. Si queremos entender más sobre las relaciones familiares y el porqué de esos sentimientos de amor-odio que a veces nos inundan al pensar en nuestra familia, esta es la novela. Si nos gusta la historia y nos apetece saber más sobre un vecindario judío en el Bronx de los años cincuenta y sesenta, seguro que encontramos en ella elementos de interés. Si nos gustan los personajes femeninos rigurosos, estrictos, fuertes, o los controvertidos, complejos e ingenuos, la madre de la protagonista, Nettie y la propia protagonista cubrirán esas expectativas. Si consideramos enriquecedores los vaivenes temporales en la narración de una historia, este es nuestro libro.

El éxito de Apegos feroces no reside en un solo elemento. Reside en la combinación de muchos de ellos en un momento histórico en el que seguimos buscando referentes femeninos y el género de las memorias llena las estanterías de las librerías. Vamos, que treina años después de su publicación, es ahora cuando los lectores españoles entendemos y apreciamos la modernidad de este relato. Quizás, el haberlo dejado pasar durante tanto tiempo es lo que hace que ahora lo reivindiquemos con más fuerza que nunca, porque Apegos feroces es una historia tan de ahora como lo fue en 1987.



lunes, 15 de octubre de 2018

EL MARNE

Hace unas semanas vino a la librería una profesora de universidad que había leído una reseña mía donde había cometido la inexcusable torpeza de comparar a Willa Cather con Edith Wharton. Toda seria, me dijo que estaba muy equivocado, que la literatura de la una no tenía absolutamente nada que ver con la de la otra. Yo respondí débilmente algo sobre la caracterización de los personajes o la psicología femenina y ella me cortó, como se corta a un alumno con pocas luces, con este resumen: tú recuerda, en la literatura norteamericana de esa época hay pieles rojas y pieles blancas. Willa Cather es una piel roja y Edith Wharton es una piel blanca. ¿Hemingway? Piel roja. ¿Henry James? Piel blanca. El amor por la América profunda frente al amor por la vieja Europa. Y, como el colegial pillado en falta que de repente lo entiende todo, se me iluminó la mirada y le di las gracias por la clase improvisada. Aunque secretamente siga pensando que hay algo profundo que hermana a Cather con Wharton, sus pieles serán ya para siempre en mi cabeza de colores distintos: roja y blanca. 

Edith Wharton escribió esta novela corta en 1918, el último año de la primera guerra mundial. Es una novela escrita con urgencia. Con ansia. Diría que hasta con fervor. Es un canto de amor a Francia, ese país que acogió a la autora años antes y que había sido agredido por la guerra, ultrajado y abandonado por todos esos millonarios extranjeros, tan felices de ayudar con su caridad desde la distancia, participando en el conflicto como en un "perpetuo pícnic sobre las ruinas de la civilización". El protagonista, millonario norteamericano como ella, se convierte en conductor de ambulancia en las líneas del frente, también como ella, para tratar de mitigar parte del dolor, de hacer algo, lo que sea, para poner freno a tanta muerte. 

Por momentos parece una crónica periodística. Los detalles crudos, la inmediatez del tono, el movimiento continuo demuestran que Wharton estuvo allí, vio la sangre, escuchó el estruendo de las bombas y sintió en lo más profundo cómo todo pierde importancia ante el estrépito de un mundo que se desmorona. "La Guerra parecía haberse escapado de los libros de historia como un loco peligroso se escapa del asilo en el que se supone que debía permanecer a buen recaudo". 

Me gusta la pasión antibelicista de esta novelita. Tiene el ímpetu y la elocuencia de las historias que surgen por necesidad, por un impulso irrefrenable de escribir para conmover, conmocionar o liberarse. Me gusta imaginar a una Edith Wharton de cincuenta y cinco años, en la cima de su fama, conduciendo una ambulancia por los campos bombardeados del noreste de París, con las manos sucias y la falda embarrada, apretando los dientes ante los desastres de una guerra cuya magnitud nadie había visto antes. Y me gusta imaginarla después, escribiendo esta historia del tirón, con su ironía afilada contra los acomodados, contra los inconscientes de la desgracia ajena, contra los que eligieron cerrar los ojos ante la derrota de una sociedad que también era la suya. 


Edith Wharton