viernes, 15 de diciembre de 2017

EL ECO DE LOS DISPAROS y MEJOR LA AUSENCIA

Tratar de entender la violencia es agotador. Es mucho más fácil quedarse al margen. Casi todos lo hacemos. La vemos. Y no reaccionamos. Nos unimos a la masa de indiferentes o de cobardes que representa la mayoría de una sociedad enferma como la nuestra. Nos refugiamos en el "yo no he sido", "le ha tocado a otro", "algo habrá hecho". Frases que nos cierran los ojos a lo evidente. Frases que nos arropan la conciencia mientras la víctima y el perpetrador permanecen fuera, a la intemperie, desmintiendo nuestra realidad. 

El eco de los disparos (2015) es un ensayo sobre la complicidad de los que permanecen en silencio ante la violencia, y sobre la capacidad de nuestra imaginación para tratar de entender el dolor ajeno y cerrar las heridas. Defiende que la cultura, en especial la literatura, el cine y la fotografía, tiene un papel fundamental a la hora de luchar contra el pacto de silencio que se ha vivido en Euskadi. La cultura como "medio para transformar nuestra sensibilidad y hacer de nuestra sociedad una colectividad más cívica, responsable y activamente involucrada en el presente proyecto de paz". 

Hoy en día, en Euskadi, la gente quiere olvidar. Pasar página. La inmensa mayoría de los vascos está harta de la violencia y del enfrentamiento. Pero, ¿cómo puede el olvido sanar las heridas? ¿Cómo se puede reconstruir una convivencia saludable si no hay una memoria común sobre el trauma de las últimas décadas? ¿Si ante cualquier mención a lo vivido la gente gira la cara y cambia de conversación? Hay violencias no resueltas. Traumas no digeridos. Un dolor enquistado tras décadas de represión y silencio. Y ahora, cuando el proceso de paz está empezando a destensar el nudo del miedo, al igual que en la Transición parece que predomina el deseo de olvidar y celebrar la victoria sobre la necesidad de reparar el daño infligido. Es tentador, el olvido. Pero para restaurar una imaginación dañada y contaminada por décadas de violencia es necesario conocer sus mecanismos, sus orígenes y qué papel ha tenido en la sociedad. Quedarse en el estupor, la incredulidad y llamar "monstruos" a los violentos es lo instintivo, lo fácil. Pero así, lo único que conseguimos es privarles de su humanidad y alejar de nosotros sus implicaciones. Si ellos son monstruos, no son como nosotros. No tienen nuestra lógica. Están mal de la cabeza. Y si no se nos parecen, entonces existen, pero menos. Y es más fácil odiarlos. Tacharlos de enemigos. De seres sin sentimientos, sin derecho a una familia. Sin derecho a nada. Más que a desaparecer. 

Es relativamente fácil denunciar una violencia ocasional. La violencia normalizada, la que has aprendido a digerir de pequeño y ha pasado a formar parte de tu paisaje cotidiano, esa es la más difícil de parar. Ante esa violencia, la del vecino que te retira el saludo, la de la pintada con la diana en el portal, la de los compañeros de clase que te insultan o te empujan nombrando a tu padre, la mayoría de nosotros somos cómplices. Está ahí. La vemos. Y nos callamos. Nos quedamos fuera. 

Este ensayo ayuda a pensar. Te obliga a pensar. Es difícil seguir viendo la realidad cotidiana de la misma forma después de leerlo y no detectar la violencia implícita que hay en ella. El mundo se vuelve más complejo e inquietante. Menos cómodo. Y ya no puedes vivir en él como antes. Con la tranquilidad propia de quien no se siente concernido de nada de lo que pasa alrededor. Este ensayo te impele a tomar partido, a no callar, a evitar seguir siendo cómplice con tu silencio para luchar contra la violencia allá donde se manifieste. Es una tarea agotadora, a veces. Pero, ¿cómo vivir en sociedad si no somos capaces de ponernos en el lugar de los demás, si los que nos rodean no son tan humanos a nuestros ojos, hagan lo que hagan, como nosotros mismos?

En El eco de los disparos, Edurne Portela defiende que no hay objetividad posible en la observación de la violencia. Desde el momento en que uno toma partido (callando o rebelándose), lo hace desde su subjetividad, desde su afecto, su ideología o sus simpatías. La mejor forma de explicarla para tratar de curarla es desde las emociones. Y en su novela Mejor la ausencia (2017) lo ha conseguido de una manera magnífica. Es un libro-bofetada, un libro-terremoto, un libro-herida. Y también, creo, es un libro-cicatriz. Una voz llamada Amaia se enfrenta desde niña a la violencia de un padre maltratador, a la violencia de las drogas en el cuerpo de su hermano y a la violencia del alcohol en la vida de su madre. Violencias superpuestas que crean un clima opresivo, denso y áspero en el que la voz de Amaia busca comprender, abrir espacios de luz en medio de tanta oscuridad. 

Hay miedo en esta historia. Mucho miedo. Hay una madre que se pregunta si algún día su hijo será capaz de vaciar una pistola en la nuca de un asesino. Hay una niña que cada vez que su padre se acerca a ella, tiembla y se encoge. Hay una sociedad que ve todo eso y se calla, porque si hablan quién sabe si esa violencia no acabará hiriéndoles a ellos también. Aquí, Edurne Portela utiliza la violencia de ETA como marco para contar una historia de violencia familiar que transcurre entre los años ochenta y noventa, los años negros del conflicto vasco, y que hurga en las heridas íntimas de los personajes para revelar una sociedad enferma, incapaz de reaccionar ante lo inadmisible.

El ensayo es interesantísimo y la novela es espléndida. Dura y oscura. Es la historia de una niña que se empapa de violencia en su infancia, que escapa de ella al final de la adolescencia y que decide volver, veinte años después, para tratar de curar su memoria. ¿Cómo se repara la violencia? A veces (a menudo) no se puede. Pero quizá la única forma de lograrlo sea a través de la palabra. Y de contar historias como esta. 



miércoles, 13 de diciembre de 2017

POLLOSAURIO

Miles de mamás y papás están ya pensando en los cuentos que tendrán que elegir para sus niños las próximas Navidades y Reyes, y hace poco, entre los muchos que pueblan nuestras estanterías para los más pequeños, elegimos en la librería este Pollosaurio, uno de los que más nos han gustado últimamente.

El pollito Lito había sido acosado por el gallo Kikirichulo porque no sabía cantar, por las gallinas porque no ponía huevos, por los pollos más grandes porque no tenía cresta y aun así fue capaz de decirle a su mamá gallina que tenía miedo. Rápidamente ella convocó a los animales más valientes de la granja, la vaca, el perro, la cabra y la oveja, para pedirles su colaboración, y entre todos hicieron para Lito un disfraz de pollosaurio con el que supo enfrentarse a sus acosadores, que terminaron huyendo. 

José Carlos Andrés y Dani Padrón han creado una historia preciosa que va de valientes y de los miedos que han de afrontar, con unas ilustraciones de lo más sugerentes. Lo hemos incorporado a nuestra selección de los diez favoritos infantiles.

Un cuento sobre el valor de enfrentar las adversidades, el respeto por los demás y la aceptación de uno mismo.

lunes, 11 de diciembre de 2017

QUÉ ESTÁ PASANDO EN CATALUÑA

Es el tema del momento. Sobre él se han escrito millones de comentarios, la mayoría alimentados por los prejuicios, la ignorancia y las pasiones más abstractas. Las banderas siguen ondeando en multitud de balcones y la palabra Cataluña se ha convertido en arma arrojadiza. Amigos de siempre han dejado de hablarse, la necesidad de pertenencia a un grupo social se ha exacerbado y toda la discusión se ha reducido a un violento y mezquino "o estás con nosotros o estás contra nosotros". 

No recuerdo ningún hecho político en los últimos treinta años que haya provocado una grieta social tan preocupante como la que ha creado la pretensión de independencia de Cataluña. Las voces reflexivas han sido sepultadas por los torrentes de crispación que han inundado las redes sociales y uno pasaba sus días buscándolas en internet o en la calle con la sed del que busca un poco de cordura en medio del desierto de las peores pasiones. 

Este librito mínimo (89 páginas) de Mendoza es una de esas voces. Muchos dirán, y no les faltará parte de razón, que es un libro deslavazado, construido a base de argumentaciones flojas, al que le sobran los tópicos y las generalizaciones (el capítulo sobre el carácter catalán puede provocar más de un sonrojo) y que no ofrece ninguna luz sobre el presente. Sí, no profundiza en casi nada. Tampoco lo pretende. Está escrito con urgencia, con la necesidad de plantear ciertas ideas que suavicen los ánimos desmontando los mitos y falacias sobre los que se han construido las ideas predominantes de uno y otro lado. Trata más sobre cómo se ha llegado a esta situación que sobre cómo salir de ella. El pronóstico es sombrío: ¿cómo salimos de esta si no sabemos cómo ni para qué hemos llegado hasta aquí? 

Este libro no perdurará en la sección de política de las librerías. No es un manual de consulta ni un derroche de clarividencia. Es un ejemplo de sosiego y templanza. Cuestiona la absurda retórica de los dos nacionalismos, con su infantil guerra de banderas, y muestra cómo hablar de Cataluña sin pasiones encendidas ni dignidades ofendidas. Poner el grito en el cielo y lanzar proclamas incendiarias no ayuda a pensar ni a restañar la grieta social que estamos viviendo. Cuestionar las ideas establecidas, rebatir falacias y argumentar en favor de la libertad y de la convivencia es la única forma de dejar a un lado los prejuicios y la necesidad de un enemigo para entender que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.


jueves, 7 de diciembre de 2017

LEER CONTRA LA NADA

Como ya va siendo habitual, Óscar me selecciona las novedades que considera que me pueden interesar y... ¡siempre acierta! La semana pasada, entre otros títulos, uno llamó mi atención de forma instantánea por el nombre de su autor, Antonio Basanta, y por su título, Leer contra la nada

Conocí a Antonio en los años 80 dentro del Grupo Anaya, cuando yo dirigía la librería El Brocense, especializada en filología y lingüística, y escaparate de los libros de Anaya. Allí iniciamos un proyecto precioso que luego se transformó en el Centro Internacional del Libro Infantil y Juvenil de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Me acompañó en la presentación de la colección Los cuentos de la Media Lunita, cuyas ilustraciones viajaron por toda España en lugares emblemáticos, y el recuerdo que me quedó de él como persona fue entrañable.

Fue un privilegio conocerle, y si no hubiera sido porque se cruzó en mi camino un diabólico personaje, que parecía sacado de un cuento de terror, es muy posible que hubiéramos podido coincidir largo tiempo Antonio y yo en esa caminada maravillosa que es la lectura. Por caminos distintos, los dos pudimos realizar el sueño de trabajar en lo que más nos gustaba, los libros.

Leer contra la nada es una joya para todos los que amamos la lectura. ¡Son tantas las reflexiones que me han apasionado! Por ejemplo: "Me gusta pensar en el cuadro Las hilanderas de Velázquez como una fértil metáfora de la lectura. En primer plano, la rueca de las palabras que dan hilo a las historias. Al fondo, el lino convertido ya en arte, en el tapiz de una historia. Y, ante él, las lectoras principales, Atenea y Aracne."

Con él he aprendido que si en una palabra mantenemos la primera y la última letra, podemos variar de lugar todas las demás y seguiremos entendiendo el significado de la palabra. Nunca lo había experimentado, pero lo probé y efectivamente, es así.

También me ha traído recuerdos de páginas inolvidables, como la que escribió Ángel González en Nada grave: "Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas y una voz cariñosa le susurró al oído: ¿Por qué lloras, si todo en este libro es de mentira? Y él respondió: Lo sé, pero lo que yo siento es de verdad."

Antonio Basanta
La enseñanza de La Bella y la Bestia es que hay que amar las cosas para que se vuelvan amables. La de La Bella Durmiente, que en cada uno de nosotros hay una vida dormida que espera ser despertada. La de Cenicienta, que lo que amamos es tan frágil como un zapatito de cristal, y la de Hansel y Gretel, que hay que tener cuidado con los que nos prometen el paraíso: con frecuencia es una trampa donde se oculta la muerte. Peter Pan nos dice que la infancia es una isla a la que no cabe volver. Pinocho, que no es fácil ser un niño de verdad. La Sirenita, que no siempre tenemos alma y que, cuando esto ocurre, se suele sufrir. Y Alicia en el País de las Maravillas, que la vida está llena de respuestas a preguntas que aún no nos hemos hecho. Son definiciones de Gustavo Martín Garzo.

Leer contra la nada nos ofrece una completa bibliografía y un homenaje a los maestros en su tarea de inculcar el amor a la lectura, además de sugerirnos mil ideas para su tarea diaria con anécdotas y retazos de páginas inolvidables de Rodari, Borges, Grijelmo, Steiner o Benedetti.



lunes, 4 de diciembre de 2017

LA LECCIÓN DE AUGUST (Firma invitada)

Una madre, una heladería y un niño con trastorno genético que produce malformaciones craneofaciales. Así es como nace la novela que lleva cinco años batiendo récords de lectores y que ha sido adaptada al cine y acaba de estrenarse. Su autora, la estadounidense R. J. Palacio, vivió una escena similar a una de las narradas en la novela y decidió escribir la historia de August. 

August es un niño de diez años que nunca ha podido ir al colegio porque su enfermedad y sus múltiples operaciones se lo habían impedido. Por eso, durante su primera década de vida vivió en la tierna calidez de la burbuja que le proporcionaron sus padres y su hermana. Aun así, siempre sentía que el resto del mundo lo observaba por su aspecto físico y que la visión de su rostro le producía horror a todo aquel que lo miraba. 

A pesar de que se siente un niño normal y de que su familia lo trata como tal, todos saben que no lo es, pero que tendrá que enfrentarse a la vida en algún momento. Por eso, sus padres deciden que tiene que comenzar a ir a la escuela y lo matriculan en Beecher, el centro donde pasará todo el curso que se narra a lo largo de la novela.

Cartel de la película Wonder.
Uno puede imaginar cómo sigue la historia y, si está acostumbrado a las comedias americanas de éxito, acertará, pero a pesar de la previsibilidad de lo que vamos a leer, hay un elemento que hace de esta novela algo especial: su estructura. Dividida en ocho partes, cada una de ellas narra la historia desde la perspectiva de un personaje diferente, lo que le da más complejidad y profundidad a los protagonistas, que adquieren redondez y ganan en matices.

La lección de August es una lección de vida: la de superar los obstáculos desde la amistad, la familia, el sentido del humor y el cariño. Creo que después de leerlo uno querría ser mejor persona, abanderarse con la amabilidad y tratar de no juzgar a los demás por su aspecto exterior. Quizás para un adulto el mensaje está muy trillado, pero para sus lectores niños y adolescentes de entre diez y trece años la novela es extraordinaria, porque consiguen empatizar de tal manera con los personajes y les gusta tanto la historia que verdaderamente se sienten tocados por la magia de August y se compadecen hasta el punto de replantearse muchas de sus propias actitudes.



jueves, 30 de noviembre de 2017

EL FIN DEL "HOMO SOVIETICUS"

Qué lejos queda la Unión Soviética. Desapareció cuando yo estaba en primaria y ni siquiera imágenes de telediarios recuerdo. Veintiséis años han pasado del fin de aquel sueño fallido. Y a pesar de nuestra cultura democrática, de nuestra escala de valores, tan opuesta a la soviética en tantas cosas, aquel ideal de igualdad sigue estando presente en discursos e intenciones de un sector amplio de la izquierda española. Estoy convencido de que si leyeran este libro, muchos de los que piensan que la revolución rusa es una inspiración indiscutible para cualquier lucha por la emancipación, contra la explotación y por la igualdad, matizarían su nostalgia y alejarían sus afectos de un régimen político que arrebató la libertad a su pueblo a cambio de una utopía.

Al igual que en sus libros anteriores (escribí una reseña de Voces de Chernóbil hace dos años, a raíz de la concesión del Premio Nobel), Svetlana Aleksiévich se sirve de la voz de decenas de hombres y mujeres nacidos en la URSS para armar un relato coral sobre la tragedia que supuso el comunismo soviético y cómo creó un tipo de hombre, el "homo sovieticus", condenado a desaparecer tras el fin de la utopía. Son los damnificados por el sueño perdido, los humillados y ofendidos por décadas de represión: madres deportadas con sus hijos, hombres que regresan tras quince años en el Gulag con la fe en su camarada Stalin increíblemente intacta, entusiastas de la apertura a occidente de Gorbachov que asisten anonadados a los estragos de la irrupción del capitalismo en los años noventa. Todos ellos hablan del dolor de haber vivido en un sueño, en una fe en un futuro glorioso que nunca llegó. Les quitaron la libertad, la capacidad de crítica, la justicia, la palabra, a cambio de un ideal. Se aferraron a ese ideal como náufragos a un madero. Y cuando el ideal desapareció, se quedaron flotando a la deriva, sin saber cómo vivir sin su amado partido, sin su brújula mural, sin su orgullo, sin su logro.

La caída del comunismo le robó a mucha gente su fe, su patria, su idea de sí mismos construida a lo largo de siete décadas. Dejaron de sentirse especiales. Y entonces llegó el resentimiento. Sus sueños de grandeza fueron sustituidos por un enorme supermercado. Y no se explicaban que todo hubiera acabado sin gloria, sin guerra, sin sangre. "Fuimos un gran imperio que abarcaba de mar a mar, desde el círculo polar hasta los trópicos. ¿Qué ha sido de aquel imperio? Lo vencieron sin arrojar una sola bomba. Sin su Hiroshima. ¡Su Alteza el Embutido ganó la guerra!"

Al mismo tiempo, con las primeras elecciones democráticas, hubo un brote de euforia. Los que estaban hartos de la dictadura pensaron que la democracia llegaría con edificios nuevos de colores diferentes al gris hormigón, con pizzas, dinero, buenas carreteras, humor y libertad para ser felices sin tener que plegarse ante ninguna autoridad. El país era un hervidero de esperanza. La gente se sentía llena de energía. Pero, ¿qué hacer con ella? No lo sabían. Sabían que, de repente, eran libres. Pero nadie les había enseñado qué hacer con esa libertad.

Nunca ha habido juicios ni condenas por los crímenes soviéticos. Los verdugos del Gulag, los millones de cómplices que hicieron posible el Estado policial, han vivido tranquilos hasta el fin de sus días cobrando su pensión. No ha existido un movimiento ciudadano que presione para provocar un arrepentimiento en todos aquellos que colaboraron con el terror. El pasado soviético es una gloria repleta de sangre, miedo y atrocidad. Una enfermedad de la que los rusos nunca se han curado. Y ahí sigue, pendiendo sobre sus cabezas, amenazante como "el hacha que sobrevive a su dueño".

Svetlana Aleksiévich
El fantasma de la revolución se pasea de nuevo por Rusia. Desde 2011, los actos públicos en homenaje al pasado comunista se suceden por todo el país. Tras veinte años de "libertad", resurge el culto a Stalin. La mitad de los jóvenes entre diecinueve y treinta años considera que Stalin fue un "gran dirigente político". Los rusos están acostumbrados a vivir por una causa, algo grande que los trascienda como individuos. Anhelan un gobierno fuerte, una autoridad que les devuelva parte de la "grandeza" perdida. Muchos viven de la limosna de los recuerdos, protegiendo el ideal caído en espera de que se vuelva a levantar y gobernar sus vidas. Y han encontrado en Putin, ese "zar de pacotilla", una respuesta a muchos de esos anhelos.

Del capitalismo aprendieron que "nadie se forra haciendo un trabajo honesto". Y de los movimientos independentistas de las repúblicas caucásicas, el placer de sentirse importantes de nuevo a través de la xenofobia. ¡Rusia para los rusos!, se escucha a menudo en las calles de Moscú. Y proliferan las mismas consignas, los mismos gestos fascistas nacidos de la exacerbación del nacionalismo que vemos en Austria, en Francia y en España estos últimos años. Los rusos necesitan sentirse especiales. Antes, con la URSS, iban a ser los salvadores del proletariado mundial. Ahora les vale con tener a miles de tayikos haciendo por sueldos de miseria los trabajos que ellos nunca harían para mirarlos por encima del hombre y sentirse superiores.

En este libro, Svetlana Aleksiévich pregunta a sus interlocutores sobre el amor, sobre su infancia, sus peinados y sus calcetines, sobre la música que escuchaban y los desayunos en familia. Trata de los que encuentran belleza en el sufrimiento, de la crueldad que puede encerrar el entusiasmo por una idea. Trata de una época en la que ya no se mataba por Dios sino por el Partido, sin que el resultado cambiara lo más mínimo. Trata de mujeres hermosas y de historias de amor, y del dolor ajeno que acecha en cada esquina de un país enloquecido por sus ideales. Su objetivo es componer un retrato humano múltiple con las vidas de gente corriente, las víctimas, los verdugos, los cómplices y los resistentes. Las emociones humanas también forman parte de la historia. Sin ellas, los hechos históricos serían meras estructuras vacías, arquitectura vacía, casas sin hogares.

El fin del "Homo sovieticus" trata de explicar un país y su tragedia colectiva a través de sus gentes. Y ojalá que sirva para explicar el comunismo soviético a esos jóvenes rusos (y de todo el mundo) que lucen con orgullo sus camisetas con la hoz y el martillo o con el rostro de Lenin y celebran el centenario de la revolución como si fuera un ejemplo a seguir. La revolución y su recuerdo nunca debería servir de ejemplo, sino de advertencia. Millones fueron las víctimas de aquella hermosa utopía. Este libro encierra algunas de sus historias.




lunes, 27 de noviembre de 2017

BRUJARELLA

Suelo leer con calma. Por ejemplo, sentado en un sillón, con una taza de té y una mantita. No me preocupa pensar que dentro de cuarenta o cincuenta años, si mi cuerpo y mis ojos consienten, seguiré leyendo de la misma forma. Ensayos, novelas, cómics, todos los libros se adaptan a mi forma de leer. Hay gente que lee en cualquier sitio. Bancos del parque, paradas de autobús, oficinas de Correos. Hay gente que lee andando por la calle o en un bar donde atruena la retransmisión de un partido de fútbol. Yo no. No puedo. Necesito silencio y la calma de un sitio que no se mueva. Aunque a veces, de la manera más extraña e imprevisible, quien trae el ruido y la tormenta es el libro. Y entonces ya dan igual la taza de té, el sillón y la mantita, dan igual la calma y la introspección (propias, quizá, de una edad que no es la mía), porque al internarme por sus páginas mis pies se ponen a danzar, el sillón sale volando por la ventana, el té se lo bebe un pájaro travieso y el mundo se vuelve disparatado y loco y lleno de un ruido maravilloso. 

Brujarella. Ay, Brujarella. Cómo me gustas, con tus calcetines a rayas blancas y negras, tu escoba voladora, tu verruga con su pelo y tus zapatitos envidiosos. Me has tenido danzando como loco durante una hora y media, volando con un lobo y un pingüino por un bosque en plena tormenta en busca de un calcetín perdido y me temo que ya nunca más podré olvidarte, brujita malvada y encantadora. 

Este libro me enamoró desde el primer momento que vi su portada. Las ilustraciones de Iban Barrenetxea, que también es el autor del texto, son delicadas, expresivas, divertidas y están llenas de detalles y de fantasía. Al igual que la historia, mezclan el hiperrealismo con la fantasía de la manera más natural y así, una bruja de cabeza enorme y zapatitos minúsculos, acompañada de un pingüino, una urraca y un lobo enorme, entra en un Rolls Royce en el que va sentado un marqués que parece un cruce entre Dalí y Scott Fitzgerald. Vamos, la bomba. 

Brujarella me ha recordado a Shrek por la diversión bruta e ingeniosa, a Sherlock Holmes por la perspicacia jocosa y a Harry Potter por la fantasía aventurera. Cada vez que Brujarella dice "esto me huele a misterio", me la imagino con su voz cavernosa, guiñando un ojo malicioso y retorciendo su dedo índice en el aire, convirtiendo al mundo entero en sospechoso de la desaparición de su calcetín. Y tiene razón en andarse con ojo, porque ya se sabe: "bruja descuidada, ¡bruja chamuscada!"

A partir de ahora, cuando me pidan recomendación para niños y niñas a partir de ocho años, cogeré este libro, me agacharé, y, en voz baja, le diré al futuro lector: cuidado, este es un libro mágico. ¿Es divertido? ¿Aterrador? ¿Fantástico, absurdo, emocionante? ¡Sí! Pero no sólo. Es especial, tanto que para hacerse una idea de cómo es, habría que meter todas esas palabras en un caldero de bruja, añadir una pizquita de rana y cocerlo todo a fuego lento durante años, años y años... Tantos años que dejaríamos de contarlos de puro cansancio. Y tal vez esas nuevas palabras que saldrían humeando del caldero se acercarían a describir esta maravilla de libro. Tal vez.