jueves, 20 de septiembre de 2018

LA TRENZA

Un día, una mujer en la India dice no. Dice no a recoger excrementos con las manos, a doblar la espalda ante los demás. Dice no a ser tratada como un animal, a ser vejada y amenazada y expulsada de la sociedad. Dice no a que su hija aprenda su oficio execrable, a que su hija sea a su vez tratada como una intocable y deba permanecer encorvada sobre la mierda durante toda su vida. Y reúne el valor y la imaginación necesarias para luchar por algo mejor para las dos, lejos de ese mundo despiadado con las de su clase, lejos de las miradas, de la reprobación asesina de quien piensan que todo está bien como está. 

Un día, una mujer en Sicilia dice no. Dice no a seguir fingiendo que sigue siendo una niña, a seguir yendo al taller de su padre como si todo fuera a durar eternamente. Dice no a ese pretendiente aburrido que todo el mundo dice que le conviene, no sólo para ella sino para toda su familia. Dice no a resignarse a besar una piel siciliana, blanca como la suya, para toda la vida. Y reúne el valor y la imaginación necesarias para luchar por aquello que más ama, por mantener en pie ese taller que ha alimentado sus sueños desde niña y darle la vuelta al mundo conocido para que siga girando todavía con más fuerza. 

Un día, una mujer en Canadá dice no. Dice no a seguir interpretando el papel de mujer perfecta que lo hace todo bien, a seguir triunfando en su trabajo pese a la mirada desconfiada de los hombres. Dice no a sentirse culpable por ponerse enferma, por no cumplir con las exigencias que le imponen. Dice no a desatender a sus hijos, a fingir que no puede con su alma ni con la mirada compasiva de su jefe que dice ya sabía yo que no podrías. Y reúne el valor y la imaginación necesarias para luchar por una vida mejor, lejos de ese trabajo que aniquila la salud y la dignidad, lejos de ese mundo que dice que si eres mujer tendrás que trabajar dos veces más para conseguir lo mismo que los hombres. 

Estas tres historias paralelas son los tres hilos que forman una trenza. Están impregnados del sufrimiento de tres mujeres y tienen la delicadeza y la resistencia necesarias para aguantar cualquier adversidad que se les ponga por delante. Están contadas con sencillez y sensibilidad, son la caja de resonancia de un dolor que la autora hace suyo y que nos transmite para que aprendamos que al otro lado de cualquier tragedia casi siempre hay luz. Esa resonancia, que la autora convierte en espíritu de lucha, es lo que emociona y cautiva de esta novela. 



lunes, 17 de septiembre de 2018

NIEVE EN LOS BOLSILLOS

Todos los inmigrantes se parecen. Difieren en sus motivaciones, pero todos desean una nueva oportunidad, un nuevo futuro. Los españoles de los años sesenta en Alemania no son muy diferentes de los africanos de esta década. Querían lo mismo que estos quieren, un futuro mejor. Y estaban dispuestos a trabajar como fuese y donde fuese para lograrlo. Se conformaban con poco. Hacían los trabajos que los alemanes no querían. Asfaltar carreteras a diez grados bajo cero. Despejar la nieve de las calles. Picar cemento. Lo que fuera. Pero había una diferencia fundamental: en Alemania hace medio siglo había mucha gente dispuesta a tratar bien a los inmigrantes. Cuando los veían trabajando en la nieve no dudaban en salir a ofrecerles un café en la calidez de su salón. A echarles una mano en lo que pudieran. No había un recelo generalizado hacia los extranjeros. ¿Por qué recelar? ¿Qué daño podían hacer esos hombres del sur de Europa que sólo buscaban trabajo? ¿No habían estado los propios alemanes en circunstancias mucho peores apenas quince años antes, tras el fin de la guerra? Hace cincuenta años en torno a un millón de españoles emigraron a Alemania en busca de trabajo. La mayoría terminó volviendo. Hoy en día, sus hijos y sus nietos son incapaces de devolver parte de la solidaridad que recibieron en Alemania y no dejan de envenenar la convivencia con los inmigrantes africanos con su xenofobia.

En estas cosas pensaba al leer este cómic de Kim, el dibujante de El arte de volar y de El ala rota. En la incapacidad de la gente para ofrecer lo que han recibido. En la memoria selectiva, que condena al olvido algunas lecciones valiosas del pasado. 

Kim viajó a Remscheid, Alemania, en 1963, con veinte años. No salió huyendo del país, como otros hicieron para evitar la cárcel o el garrote. No emigró, como tantos otros, para intentar sobrevivir o para enviar a casa el dinero necesario para que los suyos vivieran con dignidad. Viajó para vivir una aventura, para salir del tedio de unas clases de bellas artes poco inspiradoras y conocer mundo antes de hacer la mili. Pero al poco de llegar a Alemania y conocer a otros españoles emigrados, se dio cuenta "de que lo que para mí era una experiencia, una aventura, incluso un divertimento, para algunos de aquellos hombres era la última oportunidad que tenían de la salir de la miseria".  

La España negra de la obediencia y el miedo sobrevuela buena parte de las historias de sus compañeros en el exilio. Un día vienen unos señores muy bien vestidos a darles una charla en una sala del albergue alemán donde se hospedan cientos de españoles. Hablan de dignidad, del orgullo de ser español, de defender el honor, hasta que uno de los amigos de Kim estalla: "¿Qué coño hacéis aquí en Alemania hablando de dignidad, cuando vosotros junto al caudillo habéis fusilado a media España? ¡Fuera de aquí, cerdos, asesinos!" Es glorioso ese momento en el que se dan cuenta de que son falangistas y empiezan a increparles, a insultarles, a tirarles encima toda la rabia acumulado por décadas de represión y violencia. Qué liberación saber que estar allí les protegía de las represalias y que ese estallido en España les habría costado la libertad, la salud y quizá la vida. 

Joaquim Aubert Pigarnau, "Kim"

Me ha emocionado la hospitalidad espontánea de esas señoras alemanas ofreciendo café a los españoles que quitan la nieve de sus calles bajo la ventisca. Y las sesiones de música con cerveza en la habitación de Kim, bautizada como la Cueva del Arte, por los cuadros, los instrumentos y los jolgorios inspirados que montaban siempre que podían. Bajo la mirada benevolente del dueño del albergue, un grupito de españoles construyeron en aquella pequeña ciudad alemana un hogar. El hogar que la mayoría había perdido al irse de España.

Todos los emigrantes se parecen. Si esta historia la hubiera escrito un senegalés que hubiera venido a España en 2013, también habría hablado de añoranza, de aventuras, de compañeros, de incomprensión, de trabajo duro, de esperanza. Pero no dejo de preguntarme, ¿habría hablado también de hospitalidad, de agradecimiento o de admiración? 




lunes, 10 de septiembre de 2018

TARDES EN LA LIBRERÍA

Empezó como si nada. 
Una anécdota curiosa, de esas que te hacen reír, o temblar, o dar gracias. Y luego el impulso natural de escribirla. Para vivirla de nuevo. Para compartirla. Y luego otra anécdota. Y otra. Y otra. Y al cabo de un tiempo, también como si nada, surgió la idea de meterlas todas en un libro, ponerle imágenes y ver qué pasa. Como cuando uno cierra los ojos y pide un deseo. 
Y aquí está ese deseo. Acompañado por las ilustraciones de mi amiga Rocío Mendoza. 
Y yo, como niño con zapatos nuevos.


jueves, 6 de septiembre de 2018

NO SE LO DIGAS A ALFRED (Firma invitada)

Años 50, embajada de Inglaterra en París. Las relaciones entre Francia e Inglaterra, como siempre, no son tan bien avenidas como a unos o a otros les gustaría, a pesar de la Segunda Guerra Mundial. Y en ese contexto, coloca Nancy Mitford a la familia Wincham. Y suelta chorros de ingenio y de ironía con bastantes gotas de despropósito y absurdo y tenemos la novela perfecta para reírnos de nosotros mismos, de los demás y de los ridículos por los que pasa Fanny para mantener intacta su reputación y la de su marido, el flamante embajador de Inglaterra en París.

Las situaciones que se suceden en la novela son de lo más descabelladas y el lector no puede parar de sonreírse o reír a carcajadas ante las conversaciones de política aparentemente triviales que Fanny y sus amigas mantienen a la hora del té o cuando entra en escena alguno de sus cuatro hijos. Los mayores se han convertido uno en un barbudo que busca el camino de la luz a través de su maestro budista y otro en un teddy fanfarrón agente de viajes que lleva a jubilados ingleses a sufrir a la Costa Brava. Los pequeños, aún adolescentes, también tienen su historia particular y se han convertido en fans del cantante de jazz más famoso del momento.

Además de la familia de la protagonista –por cierto, Alfred aparece en el título, pero se deja ver poco el pelo en la historia–, vemos pasear por las páginas de esta novela deliciosa a Northey, una pariente lejana de Fanny que hace las veces de su secretaria, pero que dedica más tiempo a salvar vidas de animales y flirtear con todos los políticos franceses o ingleses que se ponen a su alcance. Esto y los asuntos políticos que debe tratar Alfred pero que afectan a todos –como el nacionalismo y patriotismo, que se tratan desde un punto de vista burlón– serán las claves de esta novela. Falta nos haría a nosotros reírnos de nuestros asuntos serios y tomarnos la vida con el humor que le pone Mitford a sus novelas.

Nancy Mitford
Lo que me ha gustado especialmente de No se lo digas a Alfred es la flema inglesa que destilan los comentarios en primera persona de la narradora y la frivolidad de la clase alta inglesa, que no se despeina al criticar a estadounidenses o franceses haciendo notar las diferencias abismales entre una y otra cultura. Eso sí, desde el humor y la ironía. Y el respeto absoluto, por supuesto. Todo muy inglés.

No se lo digas a Alfred es el cuarto de una serie de novelas cuyos personajes y temas son recurrentes en la obra de Nancy Mitford, pero puede leerse perfectamente de forma aislada con respecto a los demás. Una pequeña delicia para afrontar con buen humor la vuelta al cole.




lunes, 3 de septiembre de 2018

LAS POSESIONES

Crecer consiste en no tener adónde volver. Esta es quizá la idea principal de esta novela. Y de esto trata. De acercarte a la mitad de tu vida y resistirte al paso del tiempo. De anhelar volver, volver al cobijo de los recuerdos, a ese lugar de la infancia donde todo sigue intacto y perfecto. De resistirte a abrir los ojos y a seguir hacia delante y a superar ciertos amores para no tener que asumir que crecer es perder puntos de apoyo, dejar marchar cierta inocencia, prescindir, soltar, olvidar. 

El pasado es una invención. El pasado no existe. Lo que existen son los recuerdos, frágiles vestigios interesados que vamos cambiando, sin darnos mucha cuenta, según nuestras experiencias. Así, nos inventamos, para mayor gloria de la nostalgia, que toda nuestra infancia fue inocente y feliz o que nadie nos querrá nunca como aquella persona, y construimos nuestra identidad sobre esos relatos de nuestro pasado. Es lógico y necesario hacerlo así. Ese pasado, en buena medida inventado, es nuestro colchón. Representa lo conocido, lo que creemos haber vivido, lo familiar. Y nada reconforta más que descansar en el puerto seguro de la memoria. 

Me gustan la juventud y el desparpajo del tono de la narradora. Las reflexiones profundas salpicadas de situaciones cotidianas y la extraordinaria fluidez de la historia. No parece un libro, parece una conversación. Parece una amiga que te cuenta su vida y sus historias mientras dais un paseo. Una amiga que te habla de su padre y cómo últimamente se ha convertido en un turista de su propia vida, que lo mira todo con los ojos de otro y necesita repasar el mundo, porque tiene la impresión de que hay algo que se le escapa. Una amiga que te confiesa el miedo que tiene de los secretos familiares, esos hechos antiguos que siguen supurando en la historia familiar y que se tapan y se ignoran aunque todo el mundo pueda notar su hedor en las reuniones. Una amiga que te pregunta si a ti también te hace daño recordar ciertas cosas, si tú también las sepultas bajo un silencio absoluto, confiando en el olvido para calmar el dolor, si a ti también te parece que esa no es forma de hacer las cosas y si conoces por algún casual alguna otra más eficaz. 

Y el paseo se alarga. Y la sinuosidad del camino se parece a la de la conversación. Y mientras lees, escuchas la voz de esa chica, que ya te resulta tan familiar, una voz cercana e íntima y directa que te cuenta que un hombre le destrozó la vida. Que luego otro hombre se la salvó. Y que no ha acabado nunca de desterrar la memoria del primero para amar plenamente la presencia del segundo, porque aquel encarnaba su ideal de amor (un ideal en el que cabe todo lo dañino y lo perverso), y este no ha terminado de encajar en ninguno de sus moldes. ¿Por qué tendría que hacerlo?, te preguntas. Pero callas y sigues leyendo, sigues caminando. Ella insiste en amar para salvar a los demás, como si los demás necesitaran ser salvados. Ofrece la salvación a cambio del primer podio, de la entrega exclusiva, de convertirse en la imprescindible. Y admite que eso nunca lleva a buen puerto a nadie. Pero es así. No puede remediarlo. 

Y surgen varios misterios. Desconocidos que envían miles de emails sin esperar respuesta. Casas familiares cuya venta duele como una amputación. Y el desgarro íntimo, imperceptible pero continuo de madurar y aprender que crecer consiste en esto: no tener adonde volver.  

Llucia Ramis


jueves, 30 de agosto de 2018

LA HERMANA MENOR

Las hermanas Ocampo, Victoria y Silvina, desde los tiempos de mi juventud, y ya han pasado más de cincuenta años de entonces, ejercieron en mí un deslumbramiento como mitos de la intelectualidad argentina. Famosas por sus veladas literarias, pertenecieron a una familia aristocrática con mucho dinero y se relacionaron con los escritores y artistas más importantes de su época. 

Silvina, la menor, y con un protagonismo social menos importante que Victoria, era un ser exquisito, original y extraño, una extrañeza que reflejó en su amplia obra literaria, especialmente en sus cuentos. Se casó con Bioy Casares, once años menor que ella y el hombre más atractivo y seductor de su época, además de un escritor relevante. Desde el inicio de su matrimonio mantuvieron una entrañable amistad con Jorge Luis Borges, casi como parte de su familia, cenaron los tres en casa de Silvina durante más de cuarenta años, y la amistad entre Bioy y Borges les dio incluso para escribir juntos varios libros.

De esta biografía es muy relevante el retrato social de una sociedad elitista, amoral, que seguramente se consideraban con derecho a todo. A Silvina, viviendo rodeada de sirvientes, le atraía acercarse a los niños pobres que se encontraban cerca de las puertas de su mansión porque quería que la quisieran, pero no había ninguna clase de empatía, no se planteó nunca por qué ella tenía tanto y había en cambio tanta miseria a su alrededor. 

Antes de casarse con Bioy, Silvina había tenido relaciones sexuales con Marta, su futura suegra, y luego las tuvieron los dos con una joven sobrina, que había sido la candidata que les hubiera gustado a los padres de Bioy. Las innumerables amantes que Bioy tuvo durante toda su vida, entre ellas Elena Garro, la mujer de Octavio Paz, no pusieron nunca en peligro su matrimonio, debían de tener un acuerdo que lo preservaba. Silvina no pudo tener hijos y aceptó adoptar a Marta, una hija extramarital que llamaba madrina a su madre biológica y que hasta los once años no supo la realidad.

Lo mítico, lo incorrecto, lo misterioso, lo inquietante y lo transgresor son elementos que rodean a esta mujer poco convencional que vivió noventa años, los últimos con Alzheimer, negándose a hablar a su marido, cuando sí lo hacía con el resto de personas que la rodeaban.


martes, 28 de agosto de 2018

PIRENAICA

- ¿Has visto cómo huele? 
- Sí, a humedad, a campo, a montañas...
- A vacas.
- ¡Y a sus cacas!
- Y también a otra cosa. Más adentro, más...
- Te estoy viendo la sonrisa, pillo. 
- Es que es verdad. ¿Tú no lo hueles?
- ¿...?
- ...
- Suéltalo ya, venga. 
- ¡Huele a una buena historia!

Y tenía razón. Los Pirineos esconden una buena historia tras cada curva de sus carreteras. Algunas se ven, y se huelen, a simple vista: ovejas que se te cruzan de improviso y que parecen señalarte con el rabillo del ojo la granja especializada en Fromage de brebis que te encuentras cien metros más abajo; caseríos desperdigados al azar por valles siempre verdes que parecen competir por la medalla al caserío más escandalosamente apetecible para la jubilación de un urbanita. Otras necesitan alguna guía o un buen libro para ser descubiertas. Un libro, por ejemplo, como este de mi querido Ander Izagirre. 

- ¿Te mareas?
- Un poco, creo que me voy a reclinar un poco el asiento... 
- Vale, y yo te cuento lo que veo. 
- Genial. Cuéntame. 
- Ciclistas. Un repecho. Dos repechos. Curva de herradura a la izquierda. Más ciclistas. 
- ¿Suben o bajan?
- De momento suben. Es pronto. 
- ¿Y qué tal van?
- Bien. Bueno, alguno hace eses. A lo mejor se le ha caído algo y lo está buscando. 
- ¿Como Ander?
- No seas mala, que Ander es un campeón. 
- Y se le suben los caracoles a las ruedas. 
- Shh, calla que te va a oír. 
- Si seguro que se lo cuentas luego. 
- ¿Yo? Nunca.
- Bueno, ¿y qué más ves?
- Vacas. Caseríos de jubilación. Más ciclistas. Y una condesa pelirroja. 
- ¿Cómo?
- Ah, no, eso lo leí ayer en Pirenaica
- Pues cuenta, cuenta. 

Y así hemos pasado nuestro periplo pirenaico P. y yo. Carreteando por valles verdes llenos de ciclistas, metiéndonos en caminatas alpinas por encima de nuestras posibilidades y leyendo esta crónica ciclista del bueno de Ander por las noches para saborearla en compañía durante el día. P. no lo sabe pero esta es ya la tercera vez que este hombre me mete en su mochila. La primera me sedujo con un plan para cruzar los Apeninos a pie y me tuvo un par de días sudando las zapatillas en Cansasuelos. Luego, en un viaje más largo y menos lúdico, me convenció para bajar a la mina de Potosí y aprender en qué consistía aquel infierno con nombre de tesoro. Y ahora me ha tenido pegado a su rueda durante no sé cuántos días para hacer una hazaña digna de un loco: cruzar los Pirineos desde San Sebastián hasta el Cabo de Creus a lomos de una humilde bici. No hace falta decirlo, pero yo con este loco me voy adonde él diga. 

Mientras endereza el asiento, P. desenfunda el móvil. 
- ¿Has visto que Ander está escribiendo un libro sobre el pueblito donde hemos dormido?
- Sí, y no hemos visto esos cerdos negros y rosas de los que habla en Facebook. 
- Ya, fatal.
- Pero parece que tardará en publicarlo. 
- "Para cuando lo acabe, igual volvemos todos en taca-taca", dice. Jajaja, qué guasón. 
- Pues yo me apunto, en taca-taca o a lomos de un caracol de esos que dice que se le suben a las ruedas. 
- Shh, que te va a oír
- Va, no te burles. Y además, hay que estar callados, que a lo mejor aparece el zorro. 
- ¿Qué zorro?
- ¿No te he contado esa historia?
- ¡Qué va!
- Pues escucha, escucha...


Fotografía tomada por Ander Izagirre de la bajada por el bosque de Issaux hacia el valle de Aspe durante una de sus etapas para Pirenaica.



jueves, 23 de agosto de 2018

LA MUERTE DE GERNIKA

Hace unos días estábamos P. y yo en Gernika escuchando el estruendo de las bombas. La luz se apagó y la estridencia amenazadora de las sirenas ocupó la oscuridad de la habitación, anunciando lo innombrable. Tantos aviones, ¿de dónde vendrían? ¿Adónde irían? La voz de Begoña, la dueña de la casa, desapareció como desaparecieron las voces de más de mil vecinos del pueblo (las tropas nacionales se ocuparon de que nadie llegara nunca a saber la cifra exacta), vecinos que nunca habían visto una escuadra de aviones de combate, vecinos que no podían entender qué habían hecho para merecer ese infierno. 

Cuando volvió la luz, tras varios segundos de silencio denso, salimos de la instalación del Museo de la Paz de Gernika que recrea la habitación de Begoña, una vecina ficticia del pueblo, y nos quedamos callados. Buscando entender algo, quizá, en medio de todo ese horror. Entender qué lleva a un hombre a subirse a su avión y descargar toneladas de bombas incendiarias sobre unas cuantas casas. Entender qué lleva a un hombre, un político, un general, a declarar que todo aquel que no piense como él merece morir. Entender el dolor, la desesperación, la incredulidad de los vecinos de Gernika al ver reducido su pueblo a un montón de escombros calcinados. Entender cuesta. Y duele. Y exige, a veces, cruzar una puerta tras la que se extiende un mundo de una crueldad insoportable. 

Gernika es un pueblo verde e impecable. Con sus jardines cuidadísimos y sus parterres de flores, tiene ese aire europeo que hace que buena parte de Euskadi se parezca más a Francia que a España. P. y yo nos paseamos por sus calles mirando a veces hacia arriba, hacia sus fachadas burguesas, buscando el famoso árbol, ahora reducido a un tronco muerto custodiado por columnas, buscando algo de su terrible pasado sin encontrarlo. El pueblo estaba en fiestas y había mucha gente por las calles, cocinando sus platos típicos, disfrazados, con la música a tope y las risas bien dispuestas. Me imagino que con la misma normalidad, casi, que aquel 26 de abril de 1937, día de mercado, antes de que sonara la primera sirena. 

Este cómic cuenta el bombardeo de Gernika. Ayuda a entender ciertas cosas, igual que la casa de Begoña, el museo y un paseo tranquilo por sus calles en fiesta. Ayuda a entender que Gernika supuso un antes y un después en la historia del asesinato en masa de civiles. Que Franco siempre negó toda implicación en el asunto, difamando a los periodistas extranjeros (como George Steer, en el que se basa buena parte de la documentación de este cómic) que arriesgaron la vida para estar allí y contar lo ocurrido. Que culpó a los republicanos de haber dinamitado Gernika. Y que luego fue nombrado "por unanimidad" hijo adoptivo de la ciudad "como sentido homenaje de cariño, gratitud y adhesión hacia su persona y todo cuanto representa".  


Hoy en día varios historiadores españoles siguen sosteniendo que Franco no tuvo nada que ver en la muerte de Gernika. Que fueron los alemanes, la Legión Cóndor, el Barón Richthoffen. Y manipulando el significado de responsabilidad, como si fuera una pelota de juguete, alegan que la culpa sólo es de quien aprieta el gatillo y no de quien sabe y consiente y manipula la realidad para ocultar su implicación. 

Para curar las heridas del pasado hacen falta palabras. Hablar sobre ello, asumir las responsabilidades que hagan falta, pedir perdón. Reparar la memoria. La historia del bombardeo de Gernika es una herida que todavía no se ha cerrado. Aceptar que la ideología que la infligió es inaceptable y que nunca puede volver sería una buena forma de empezar a cerrarla para siempre. 


lunes, 20 de agosto de 2018

CONCHA MÉNDEZ: MEMORIAS HABLADAS, MEMORIAS ARMADAS (Firma invitada)

Con este título tan sugerente, Paloma Ulacia Altolaguirre va desgranando y ordenando las memorias dictadas a viva voz, y grabadas en cintas de radiocassette en los años ochenta, por su abuela Concha Méndez. ¿Y quién es Concha Méndez?, se preguntarán muchos ahora mismo. Concha Méndez fue una de esas tantas grandes mujeres que tradicionalmente se ha dicho que había detrás de un gran hombre. Históricamente, la posición de la mujer ha estado relegada a la de su padre, su esposo o sus hijos, y ha habido que realizar una labor casi paleográfica en las últimas décadas para poner rostro, voz y presencia a mujeres que por sí mismas emprendieron grandes cambios personales, culturales y sociales.

Hace pocos años, gracias al documental y libro homónimo Las sinsombrero, conocimos la figura de una serie de mujeres coetáneas a los grandes nombres masculinos de la generación del 27 que trabajaron codo a codo con ellos y crearon una literatura igual de importante que la suya, pero que quedó nublada por la obra de sus compañeros varones. Maruja Mallo en pintura, María Zambrano en filosofía y literatura, Marga Gil en escultura e ilustración y Rosa Chacel, María Teresa León, Ernestina de Champourcín, Luisa Carnés, Concha Méndez y Josefina de la Torre en poesía, ensayo, teatro y novela produjeron una obra de una calidad igual o superior a la de algunos de los poetas repetidamente antologados desde aquella primera colección de textos recogida por Gerardo Diego.

En este libro de memorias, Concha Méndez le va relatando a su nieta Paloma cómo poco a poco fue liberándose de las trabas de su clase social, su sexo y su tiempo. Concha Méndez trabó una amistad muy importante con Maruja Mallo. Ambas fueron las precursoras del sinsombrerismo y se atrevieron a salir a pasearse por las calles de Madrid sin sombrero, lo que las convertía en unas "cualquiera" para la sociedad tradicional y machista del momento. 

Pero si su mayor acto de rebeldía hubiera sido solo quitarse el sombrero, quizás ahora no estaríamos aquí hablando de la figura de una de las más importantes poetas de su generación. Concha Méndez no solo luchó contra la sociedad puritana de los años veinte y treinta, sino que se rebeló contra su familia y logró marcharse de casa en cuanto fue mayor de edad –en aquel entonces, a los veinticinco años–. Leemos en sus memorias: "El viaje era un deseo que nació en mi infancia cuando miré desde mi pupitre los mapas suspendidos en el muro del colegio. Viajar era viajar, pero era también liberarme de mi medio ambiente, que me impedía crear un mundo propio, propicio para la poesía. Vivir". Y, desde luego, descubrimos a Concha en estas memorias como una gran viajera y aventurera que recorrió Inglaterra, Francia, México o Argentina.



Además de aventurera, Concha se convirtió junto a su marido Manuel Altolaguirre en una de las editoras más importantes del panorama cultural español del momento. En su imprenta editaron la revista Litoral y dieron alas al sueño de Neruda con su Caballo verde para la poesía, dirigida por él pero elaborada íntegramente por ellos.

También llegó a ser agregada cultural y consiguió una credencial como periodista en sus años en Argentina. No dejó de experimentar formas literarias, combinando la escritura de poesía con la de teatro, cine, narración y ensayo. Desde el humor más inocente cuenta cómo escribía poesía mientras pelaba y cortaba cebollas porque la poesía manaba de su mente y de su corazón como un torrente imparable. Y mezclado con ese tono tierno e incluso infantil, nos narra las emociones tan dolorosas que supuso conocer en la distancia los estragos que la guerra civil iba causando en España y en sus amigos íntimos, entre ellos García Lorca.

Escribir sobre este libro sin hablar de mí misma sería una traición. Mi educación poética se basa especialmente en la lectura de los grandes autores de la generación del 27 y, aunque la antología que manejé en mis años de estudiante necesita muchas enmiendas y mejoras, también en ella descubrí la poesía de Concha Méndez, que desde entonces se convirtió para mí en un referente poético que no he dejado de enseñar en mis clases.

Al nacer cada mañana
me pongo un corazón nuevo
que me entra por la ventana.

Sensibilidad, popularismo en las rimas y el surrealismo presente en buena parte de la obra poética de los escritores y escritoras del 27 son los que vertebran la poesía de Concha. Este libro editado con tanto mimo por la editorial Renacimiento es la excusa perfecta para reconciliarnos con una de las mejores poetas de nuestro panorama literario de todo el siglo XX.



jueves, 9 de agosto de 2018

PIONEROS

Este es el primer libro que leo de Willa Cather. En los últimos cinco o seis años, editoriales como Nórdica, Impedimenta y, sobre todo, Alba, han vuelto a traducir buena parte de su obra, de forma que llevo viendo mucho tiempo los libros de Cather en las novedades y en las estanterías, poblando el paisaje de la librería, sin llegar a abrir nunca ninguno, quizá por aquello de que los clásicos están ahí para enriquecer el fondo y cazar con su anzuelo de lo canónico a algún lector respetable, pero no para satisfacer el ansia de lo novedoso que alimenta la mayoría de mis lecturas. 

Error. ¿Cómo podía yo imaginar que en la literatura de esta escritora pudiera esconderse una modernidad tan asombrosa? 

He empezado a rellenar mis lagunas catherianas con esta novela, escogida un poco al azar. ¿Qué sabía yo hace unos días de los pioneros norteamericanos? Pues prácticamente nada. Los asociaba a los indios, a la colonización forzosa, a Kevin Costner en Bailando con lobos y a una vida despiadada por la convivencia con la naturaleza salvaje. Pues bien, Cather no habla ni de indios, ni de colonización, ni de lobos, pero se explaya en la descripción de la vida del campo, con esa brutalidad que convierte a los niños de diez años en adultos recios, resistentes y duros, pero nunca faltos de ternura ni de sueños. Es una novela sobria, veteada de ironía y de una simpatía especial por estos pioneros que, generación tras generación, se hicieron un hueco en el fin del mundo y lo convirtieron en su hogar. A partir de mediados del siglo XIX, sembraron el Medio Oeste americano de diminutos hogares diseminados en la inmensidad de las llanuras azotadas por el viento glacial en invierno y por el calor inmisericorde en verano. 

En la novela aparecen suecos, noruegos, franceses checos y rusos. Gente lenta, veraz e inquebrantable. Con una inocencia que roza la candidez. Sienten un vínculo poderoso con la tierra. La tierra como raíz, como corazón del mundo. Se empeñan, con la fuerza bruta de sus músculos, en vencer la resistencia terca de las tierras salvajes, que se resiste al arado de los hombres. Son seres con imaginación. Disfrutan más de la idea de las cosas que de las cosas mismas, porque han aprendido que todo puede morir y que traspasar los límites siempre tiene una recompensa. Y cuentan con la fuerza y la inteligencia de las mujeres que no sólo trabajan en los campos al lado de los hombres, sino que a menudo son las que poseen las mentes más flexibles para idear nuevas formas de superar las adversidades.

Me ha entusiasmado la protagonista, Alexandra, una mujer que, con catorce años, a la muerte de su padre, toma las riendas de la granja familiar y nunca se deja desanimar por las dudas de sus hermanos mayores, más tozudos y más débiles. Qué entereza y qué templanza demuestra al dirigir los negocios familiares y qué coraje al enfrentarse a sus hermanos en cada paso audaz que da para hacer florecer sus tierras y convertirlas en una apuesta segura de futuro. Se aferra a sus decisiones siguiendo los dictados de su mente y de su corazón, y no de las normas sociales de su época. Pues "en este mundo la gente tiene que aferrarse a la felicidad cuando la encuentra. Siempre es más fácil perderla que encontrarla".

Me ha recordado a Edna Ferner y su maravilloso Así de grande. Es lírico y sencillo. Honesto como las cosas básicas y necesarias para vivir. También, hasta cierto punto, podría ser una Edith Wharton rural, por la descripción de la condición de las mujeres y la profundidad psicológica de los personajes. Y de pronto, violentamente, también me ha hecho pensar en Truman Capote. Por ciertas razones que no puedo contar sin desvelar parte de la trama. 

Algo en esta literatura profunda y sencilla me hace soñar. No sólo me transporta a otro mundo y otra época, sino que me hace vibrar con cosas que desconozco, que probablemente no sentiré nunca. Voilà la magia de la literatura. 


Willa Cather


lunes, 6 de agosto de 2018

EL CAMINO DE LA BESTIA

"Mi escudo ha desaparecido. Ese estúpido cuadernillo marrón con el texto Unión Europea - República Italiana. Con él ha desaparecido también Flaviano Bianchini. Ahora soy Aymar Blanco y mi meta es el sueño americano: los Estados Unidos de América". 

Flaviano Bianchini (1982) llevaba más de diez años escribiendo sobre violaciones de derechos humanos en distintas partes del mundo, y en especial en América Latina. De sus años en México le llamó la atención el viaje de los migrantes que, viniendo de Centroamérica, cruzan cada año todo el país para intentar entrar en Estados Unidos, y cómo casi todo el mundo tenía un amigo o un pariente que lo había hecho. Se dio cuenta de que no conocía a nadie que lo hubiera contado desde dentro y decidió que quería saber cómo era y a qué sabía ese infierno particular. Así que sacó varios miles de dólares en efectivo para las distintas extorsiones, le dejó su pasaporte y su tarjeta de crédito a un amigo en Ciudad de México, se fue al norte de Guatemala, y haciéndose pasar por Aymar Blanco, de la Amazonia peruana, recorrió como un migrante más los más de 3.500 kilómetros que separan Tecún Umán (Guatemala) de Tucson (Arizona, Estados Unidos). 

El viaje duró veintiún días, de los cuales quince fueron a bordo del tren conocido como La Bestia. A bordo: es decir, encima de los vagones. La Bestia: es decir, un tren de mercancías que recorre México de norte a sur y que se lleva por delante a cientos de personas en su intento de llegar al ansiado norte. En el tren compartió hambre, sed, frío y calor con cientos de migrantes. Personas como él. Como tú y yo. Seres humanos a los que "no se los reconoce por la ropa. La mitad de los mexicanos llevan la ropa raída. Es el rostro lo que identifica de modo concluyente a un migrante. Un rostro triste, tenso, cansado. El rostro del que lo ha dejado todo atrás para emprender un viaje que no sabe dónde acabará. El rostro del que no sabe si el día siguiente será el de la derrota o si podrá seguir adelante todavía un poco más. El rostro del que no tiene nada que perder porque ya lo ha perdido todo".

Es la violencia de la policía mexicana lo que convierte a Flaviano Bianchini en Aymar Blanco. Es la brutalidad de la celda de cuatro metros cuadrados en la que le internan, junto a cuarenta migrantes, durante dos días enteros. Es el kaláshnikov que le apunta. La risa del narco al vaciarle en sus narices su única botella de agua. Y, sobre todo, la mirada de la gente que le ayuda. Esa mezcla de admiración y compasión. La que le dedicarían a enfermos terminales que todavía creen en el futuro. Esas miradas dulces e insoportables le despojan definitivamente de su condición de italiano, de europeo. Le convierten en Aymar Blanco. En la presa acosada, humillada, chantajeada y violentada que huye de sus depredadores. Y le recuerdan que la vida de Aymar Blanco es frágil e intercambiable y puede acabar en cualquier momento porque a nadie le importa.  

La Bestia

600.000 migrantes consiguen cruzar Centroamérica y llegar a Estados Unidos cada año. 
Más de la mitad de las mujeres son violadas. 
Entre 5.000 y 10.000 mueren o desaparecen. 
Está claro que no hay sueño americano para todos.

Por la descripción de las desigualdades y de la facilidad con que se deshumaniza al pobre, El camino de La Bestia me ha recordado a El Hambre, de Caparrós. Y también, cómo no, a Los niños perdidos, de Valeria Luiselli, inmigrante mexicana en Nueva York que fue intérprete de niños migrantes en la Corte Federal de Inmigración y pudo ver las consecuencias de este viaje desde el otro lado de la frontera.

Es una crónica fulgurante, descarnada, ansiosa. Contagia la urgencia y el peligro de un viaje escalofriante. Transmite hasta el hueso la crueldad con la que los que tienen tratan a los que no tienen. Este mundo desquiciado en el que las fronteras están abiertas a toda mercancía excepto a los seres humanos. Pero no hace falta irse a México para verlo. Esto pasa todos los días en el Mediterráneo. Este mar tan bello que tanto disfrutamos es La Bestia que engulle los sueños de los migrantes africanos. Si todo aquello que llamamos civilización nace de la capacidad de los seres humanos para migrar, ¿por qué criminalizamos las migraciones? Es absurdo. Es demencial e insoportable. Pero hasta que uno no lee libros como éste, no se da cuenta de la gravedad del sufrimiento. Y de su inutilidad.  

"Si Dante escribiese hoy su Comedia colocaría a Ugolino en alguna celda para migrantes en el desierto mexicano y Judas navegaría eternamente en una patera por el Mediterráneo".


Flaviano Bianchini


jueves, 2 de agosto de 2018

PEREGRINOS DE LA BELLEZA

Al igual que en los locos años veinte París atrajo a escritores y artistas de todo el mundo, Roma fue centro de peregrinación cultural durante la segunda mitad del siglo XVIII y buena parte del XIX. Todo aquel que quería ser alguien en el mundo del arte y de la cultura estaba obligado a hacer el Grand Tour y pasar una temporada en Roma. Pero no eran sólo los artistas los que cruzaban media Europa para empaparse de sol y de belleza. El Grand Tour fue durante dos siglos un elemento ineludible de la educación de las clases altas del norte de Europa, sobre todo de Gran Bretaña. Tras las excavaciones arqueológicas en Italia impulsadas por Winckelmann a partir de 1750, que en buena medida provocaron la irrupción del estilo neoclásico en pintura, escultura y arquitectura, el Viaje a Italia de Goethe se convirtió en la guía de viaje idealizada y romántica que todo joven llevaba en el bolsillo en su peregrinaje por el Mediterráneo. 

Este libro delicioso sobre los viajeros por Italia y Grecia desde el siglo XVIII hasta hoy en día habla de Goethe, por supuesto. Pero también de Dickens y sus estampas, de Keats y Shelley y de Henry James y sus aristócratas americanos en Italia. Le dedica un capítulo maravilloso a Axel Munthe, autor de la célebre Historia de San Micheleil dottore sueco enamorado de Italia que siempre tenía una palabra amable y nunca cobraba a los pobres. Aparece Lord Byron en Grecia, y un poco más tarde Patrick Leigh Fermor y Bruce Chatwin, dos de los mejores escritores de viajes de todos los tiempos, enamorados los dos hasta las trancas de la belleza agreste y primitiva de los paisajes griegos. Stendhal, Henry Miller, Lawrence Durrell o Curzio Malaparte encontraron en Italia y en Grecia sus patrias de elección. Buscaban un ideal antiguo de belleza, algunos huían de un clima o de una moral puritana hostiles a la imaginación y a la libertad, y todos se reconocieron en el sol, en el azul del mar, en el carácter hospitalario de la gente, en su risa, su pasión y su forma hedonista de disfrutar el aquí y el ahora.

Hay algo en los libros de María Belmonte que me crea adicción. Creo que es porque contienen un virus. El virus del viaje. Esas cosquillas en los pies que empiezan a picar al leer sobre excursiones por la costa vasca o caminatas por Corfú y que me dicen: ¿qué haces aquí leyendo? ¡Arriba, que nos vamos a caminar!

Villa San Michele en Capri, residencia de Axel Munthe
Peregrinos de la belleza me ha hecho soñar con épocas pasadas, con artistas en busca de aventuras en esos lugares en los que el tiempo tiene una densidad especial. Al contrario de lo que sucede, por ejemplo, en Nueva York, donde el tiempo pasa siempre a toda velocidad y la belleza es efímera y cambiante, propia de una ciudad con ansia de futuro que nunca mira hacia atrás, la belleza mediterránea solidifica los paisajes, los vuelve intemporales, eternos.  He olido las aceitunas, la albahaca y el tomillo. Me he dejado mecer por el sonido de las olas del mar rompiendo suavemente contra la roca. Me he acostumbrado al deslumbramiento del blanco cegador de los pueblos costeros y a la belleza hipnotizadora de todo. E incluso, siguiendo la pista de todos aquellos jóvenes aventureros, me he contagiado de su levendiá, esa hermosa palabra griega intraducible que puede definir el valor, la juventud, la salud, el humor, la agilidad, la generosidad, el gusto por el canto y la bebida o "la capacidad de volar como un pájaro en las danzas más rápidas y feroces".

Este libro erudito, entretenidísimo y admirable me ha dado ganas de leer a decenas de autores. De viajar, viajar y viajar por esos "lugares idílicos, campiñas bañadas por el sol y salpicadas de ruinas clásicas en medio de las cuales habitan todavía gentes sencillas que siguen viviendo según los ciclos de la naturaleza". Con él he buscado pueblos, ciudades, templos, bibliografías, fotografías, películas, anécdotas, historias. Me ha ensanchado la mirada a lo que ya conocía y me ha abierto los ojos a lo desconocido.

Al igual que con Los senderos del mar, María Belmonte me ha contagiado el virus del viaje y la belleza. Ya sólo me queda meter el libro en la mochila, como los románticos metían el Viaje a Italia de Goethe, y emprender el camino.


Corfú, isla de residencia de la familia Durrell



lunes, 30 de julio de 2018

PALABRAS DE CARAMELO (Firma invitada)

Imagina que tienes ocho años y nunca has oído hablar a nadie, pero entiendes que se comunican contigo y reconoces tu nombre en los labios de quienes te nombran, porque lees "labios redondeados, labios estirados", y así surge la magia de la palabra.

Imagina que vives en un campo de refugiados en el Sahara, abrasado por el calor del verano y sin entender qué hace tanta gente en tantas jaimas en medio del desierto.

Imagina que tu discapacidad te impide comunicarte con el mundo y que el mundo se comunique contigo. Quizás los niños no quieran jugar contigo porque creen que eres muy raro. Es posible, incluso, que te acosen y te tiren piedras. Intuyes por qué hacen eso, pero no quieres pensarlo mucho.

Imagina que el camello recién nacido en el pequeño establo de tus tíos se convierte en tu único amigo, en tu mejor amigo. Y que entre los dos conseguís entablar una forma de comunicación a través de la lectura de sus labios, tú, y del cariño que le regalas con tus caricias, él.

Imagina que por fin convences a tu profesora del colegio especial al que acudes cada mañana para que te enseñe a escribir. ¿Cómo enseñar a leer y a escribir a un niño sordo del Sahara? Con cariño y paciencia.

Imagina que la palabra y la poesía son tus nuevos instrumentos de creación del mundo y de tu realidad; y que en las horas que pasas con tu dulce amigo camello, a quien has llamado Caramelo, él te habla con su boca incansable de rumiante y tú escribes las cosas que vas leyendo en sus labios.

¿Lo has imaginado todo? Entonces ya casi estás en la piel de Kori, el protagonista de esta entrañable novelita juvenil para lectores entre ocho y doce años; la que Gonzalo Moure escribió basándose en la historia de su pequeña amiga saharaui Fatimetsu. Esta historia de amistad, discapacidad, superación y poesía nos ha llegado tan hondo que no queremos que ningún niño ni ningún adulto se la pierdan este verano.

¿Estás preparado para imaginar y vivir la aventura de Kori?



jueves, 26 de julio de 2018

BELLEZA DORADA

Las preguntas que David Trueba se hace en el librito La tiranía sin tiranoque Óscar reseñó hace unos días vienen muy bien para hacérselas también en esta novela histórica que transcurre en dos épocas bien diferenciadas, a pesar de los pocos años que las separan: principios del siglo XX y los años oscuros del nazismo en la década de los treinta.

¿Cómo pudieron cambiar de forma tan drástica y dramática la vida de la gente unos gobernantes votados por la población alemana? El nazismo nunca será suficientemente estudiado, analizado, desentrañado, porque se sale de cualquier lógica humana, pero fue una realidad apoyada por millones de personas. Hoy estamos en una deriva mundial que da miedo, conociendo lo que pasó no hace tanto.

En 1886 nace Adèle Bloch-Bauer, una niña con una gran curiosidad en una familia de la burguesía vienesa. Su hermano apoyaba que Adèle pudiera estudiar, pero desgraciadamente murió siendo adolescente y en su familia, como en la mayoría de su época, no estaba bien visto que las mujeres estudiaran. Para escapar de las prohibiciones familiares, se casó muy joven con la condición de poder viajar a París y a aquellos lugares donde pudiera relacionarse con el arte.

Adèle era bella, rica, de ascendencia judía y muy brillante. Gracias a su interés por las vanguardias pictóricas conoció a Klimt, un pintor nada convencional, discutido y controvertido. Ejerció un gran magnetismo en una Adèle aún muy joven, y le pidió que posara para él en varias ocasiones. Tardó tres años en terminar el cuadro que la hizo famosa, en el que utilizó oro y plata, financiado por Ferdinand, su marido, que se convirtió en el mecenas del pintor.

Paralelamente, a partir de 1938 asistimos a los avatares de María, la sobrina predilecta de Adèle, heredera de ese cuadro maravilloso que alcanzó el segundo mayor precio que se ha pagado por un cuadro en la historia, 135 millones de dólares. En aquel año fue confiscado por los nazis y, muchos años más tarde, María, asesorada por un abogado amigo, consiguió ya como ciudadana estadounidense recuperarlo. 

Esta novela nos traslada primero a esa Viena maravillosa que tan bien describió Stefan Zweig, con sus tertulias en el Café Central y esa constante ebullición cultural, y luego nos va llevando por los entresijos de unos años difíciles, desde el lujo de la burguesía vienesa hasta ese terrible fracaso del fascismo.

Una historia apasionante y cautivadora que nos trae los ecos de los titulares actuales. ¿No hemos aprendido nada en tantos años transcurridos? Siento que estamos en un momento de retroceso inquietante, con tantos derechos perdidos por los más vulnerables, dominado por la falta de solidaridad de los gobiernos que fracasan a la hora de representar los intereses de la mayoría.



lunes, 23 de julio de 2018

LA TIRANÍA SIN TIRANOS

Vivimos preguntando y respondiendo. Así aprendemos y así nos relacionamos con los demás. Preguntando y respondiendo accedemos a la comida, al alfabeto, a los juegos, al cariño, al amor, al sexo, a la rebeldía, a los trabajos, al dolor, a la memoria, a la diversión y al compromiso. Las preguntas nos hacen humanos. Pero, curiosamente, la pregunta más humana de todas, por qué, la pregunta que exige siempre una respuesta elaborada, la más incómoda y poderosa de todas las preguntas, es, con diferencia, la que menos nos atrevemos a usar. 

Preguntar por qué demuestra voluntad de escarbar, de indagar en la profundidad de algo o de alguien. Preguntar por qué conlleva el riesgo de internarse por senderos del conocimiento que pueden llevar a lugares inciertos. Y, también, ponen contra las cuerdas de su propia ignorancia y honestidad a la persona interpelada, le obligan a buscar dentro de sí argumentos lógicos y válidos, le obligan a posicionarse respecto a una cuestión, a situarse en relación a los demás y al mundo. 

Este librito mínimo (88 páginas) de David Trueba es una galería amplia de preguntas que utilizan el por qué para mirar el mundo: 

¿Por qué si el siglo XXI es el siglo de la ternura globalizada, nuestras sociedades se están volviendo cada vez más insolidarias?
¿Por qué si la última generación es la mejor preparada de la historia, todo indica que sus condiciones de vida serán peores que las de sus padres?
¿Por qué si el mayor triunfo europeo de la segunda mitad del siglo XX fue la sociedad del bienestar, estamos dejando que nuestros gobiernos la desmantelen?
¿Por qué si las libertades de nuestra cultura democrática están tan asentadas, nos inventamos constantemente nuevas formas de someternos a nuevas tiranías sin tiranos?

Estas y otras muchas preguntas sobre nuestra sociedad actual vertebran este breve ensayo. David Trueba no pretende responderlas todas. Tampoco deberíamos pretenderlo nosotros al leerlo. La necesidad de encontrar una respuesta para cada pregunta lleva a huir de la duda, y la duda suele ser un antídoto fiel contra los dogmas y las tiranías. Lo importante, a menudo, no es encontrar una buena respuesta para cada pregunta. Sino una buena pregunta para cada problema. Este libro lo demuestra. 



jueves, 19 de julio de 2018

LEJOS DEL CORAZÓN

Los libros de Lorenzo Silva me reconfortan. Podría decir que me entretienen, que me emocionan o que me enseñan cosas que no sabía. Y estaría en lo cierto. Pero creo que esa sensación reconfortante es la más importante, la que más define mi forma de leer a este autor. 

Hay libros que me descolocan, que me expulsan de este lugar más o menos conocido desde el que me he acostumbrado a vivir mi vida y me arrastran a un viaje sin billete de vuelta. Hay libros que, a cambio de alguna certeza arduamente conquistada, me dejan varias dudas al borde de un abismo. En los libros de Silva, sin embargo, siempre me siento en casa. Tanto en sus novelas policíacas como, por ejemplo, en Música para feos, hay una brújula moral y emocional que marca el mismo norte que la mía. Y eso es tan raro. Tan raro como recibir una llamada y que sepan quitarte el peso entero de una jornada difícil con la entonación de una sola palabra. Tan raro como compartir cinco horas de coche con alguien y que los largos ratos de silencio no sólo no sean incómodos, sino que contengan más confianza e intimidad y paz que cualquier conversación. 

Pero, por supuesto, no sólo recomiendo los libros de Lorenzo Silva porque me hagan sentir en casa, sino porque son apasionantes. Y, en concreto, la serie protagonizada por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro no tiene desperdicio. 

Después de llevar a nuestros protagonistas hasta Afganistán en Donde los escorpiones, esta nueva entrega nos sumerge en la Bahía de Algeciras, un lugar donde la ley sólo es una referencia aproximada. Narcotráfico, inmigración, pobreza, paro, pateras, mafias que trafican con personas, con tabaco, con droga, y hasta con bitcoins. Cada uno intenta salir adelante como puede en un mundo en el que la moral se pliega a la posibilidad de un beneficio. Y como dice Chamorro: "De un modo u otro, esto vale para todo el país, incluidos sus dirigentes, o sobre todo ellos. Por eso te encuentras todos los días a gente con una excusa para infringir las normas".

Tenemos un secuestro. Tenemos una zona, el Estrecho, donde las fuerzas del orden no dan abasto para imponer la ley. Y tenemos a nuestros protagonistas, con sus pasados turbulentos y la intimidad a veces turbadora que comparten, dirigiéndose a intentar desenredar el entuerto en ese lugar fronterizo, lejos del corazón, donde nadie sabe nada y cualquier cosa es posible. 

Los libros de Lorenzo Silva me reconfortan. Los leo con el placer del que se reencuentra cada cierto tiempo con un viejo amigo y sabe, desde el primer abrazo de bienvenida, que la corriente subterránea de complicidad es más fuerte que el tiempo, la edad y los vaivenes de la vida. Son sencillos, transparentes y de una honestidad que me desarma. Son pequeños fuegos que han aprendido el difícil arte de alumbrar lo necesario sin llegar a quemar nunca. 



lunes, 16 de julio de 2018

PAPER FISH

Estamos en la Little Italy del Chicago de los años cuarenta. Carmolina tiene ocho años y todos los días escucha las historias de su abuela Doria mientras le ayuda a machacar pimientos. "Historias sobre Italia, un país escondido en el otro extremo del mundo, la tierra que había perdido para siempre al otro lado del mar". En la voz de Doria cabe todo lo hermoso, sabroso y cálido que una pueda imaginar. Allí está el calor asfixiante de los veranos, el azul del mar, la salsa de tomate, los pimientos machacados, el rojo que impregna las manos y que ningún jabón logra sacar, las risas, las mujeres, los sueños por encontrar un lugar mejor, un futuro mejor, y la felicidad de vivir cada día, cada segundo, entre esas cuatro paredes pobres que contienen el universo entero.

Italia es un hogar que permanece intacto en sus recuerdos, nítido y cercano en su memoria cuando cierra los ojos y se pone a recrearlo a través de sus historias. Un hogar que, cuando sale a la calle en enero y el frío cruel del invierno le azota su frágil piel acostumbrada a la suave brisa del mar, parece soltarse de la tierra firme de sus recuerdos para desvanecerse a la deriva de la corriente de ese inmenso océano glacial que las separa.

Esta es una novela lenta, contemplativa. Se detiene con fruición en la belleza de las cosas cotidianas, la luz del sol descubriendo reflejos azulados en el negro de una melena suelta, la textura concreta de unas manos ásperas tras años de lavar con agua helada que sin embargo siguen conociendo los gestos más suaves de la ternura. Es un libro para aquellos que se sientan en la playa a disfrutar de la deliciosa lentitud del paso del tiempo. Y aunque hay una desaparición y un rastro de misterio, lo que pasa no es lo importante. Lo importante es lo que ocurre mientras no pasa nada: los detalles, la luz del sol, los recuerdos, la risa, el amor, el hogar, la pobreza, la felicidad.

Hay momentos de felicidad estática. Escenas de la vida invisible de todos los días en las que nadie repara. Doria sale al porche a dar de comer a los pájaros. Se ríe y todo su cuerpo tiembla bajo la luz cegadora del sol. El sol lo inunda todo, es una mano gigante que acaricia y despierta y cosquillea. Un fulgor en el que la abuela es aún más hermosa, dueña de todo lo que vive y ríe, mientras habla con los pájaros y enseña a vivir a su nieta. También está su madre, esa mujer extraordinaria, fuerte y vigorosa, de manos ásperas, pechos imponentes y ojos y cabello negros como el azabache. Y la historia familiar que ambas transmiten a través del amor, de la comida, de la condición femenina, de los recuerdos y de la lucha por una forma de vida digna.

Aunque no todo es risa y felicidad. La vida es dura en el gueto italiano de Chicago. Y las familias esconden grietas que las van descomponiendo, poco a poco, en pequeños pedacitos. "Por las noches marido y mujer se miraban en silencio mientras compartían una taza de café ralo e insípido, y la ciudad los observaba amenazante a través de los cristales". Los silencios acogedores se vuelven, a veces, finas láminas de cristal, y la tristeza aletea en los ojos cansados de las mujeres con la delicadeza de un pájaro. 

Tina de Rosa

Esta novela de Tina de Rosa me ha recordado a Virginia Woolf por el lenguaje preciosista lleno de metáforas insólitas y delicadas, y por esos detalles que, como teselas diminutas, van dando forma al dibujo de la historia. También he encontrado ecos de Un árbol crece en Brooklyn, por la descripción de la pobreza en las grandes ciudades americanas desde el punto de vista de una niña. Y también, cómo no, me ha hecho pensar en ese monumento que dedicó Gay Talese a la historia de los italianos en América titulado Los hijos.

Es una joyita íntima y femenina que fue olvidada poco después de su publicación en 1980, y que tras su rescate por The Feminist Press en 1996, se ha acabado convirtiendo en un clásico de la literatura norteamericana. 



jueves, 12 de julio de 2018

SAGA MALAUSSÈNE

Hace diecisiete años estaba yo examinándome por libre de francés en la Escuela de Idiomas. Recuerdo que estaba tan inmerso en esta saga de Pennac que me llevaba los libros a todas partes. Desayunaba con la tribu Malaussène, me iba al baño con la tribu Malaussène y hablaba con ese argot brutal y desternillante que utilizan los miembros de la tribu Malaussène para tirarse los trastos a la cabeza o decirse a gritos que se quieren. Estaba tan felizmente intoxicado de esta tribu que escribí la redacción del examen usando, inconscientemente, nombres, lugares y situaciones que estaba leyendo en los libros. Describí viejitos que ponen bombas, perros cuyo aliento aterra más que sus colmillos, madres que sólo vuelven a casa para encasquetarles a sus hijos sus bebés recién nacidos y adolescentes feroces y tiernos que cuentan historias como si les fuera la vida en ello. La profesora que me corrigió el examen llenó mi redacción de INVRAISEMBLABLE!!! (¡¡¡INVEROSÍMIL!!!), así, en mayúsculas rojas exclamativas, y parece que estaba tan furiosa que se le pasaron por alto todas mis faltas de ortografía porque me regaló un diez. Años más tarde me enteré de que puso el primer libro de la saga Malaussène de lectura obligatoria para sus alumnos de último curso. La verosimilitud perdió la batalla contra el ironía y el regocijo. 

Diecisiete años después de la publicación del sexto y último libro de la serie original, Pennac ha decidido retomar aquellos maravillosos y estrambóticos personajes para escribir una nueva serie con los mismos personajes, diecisiete años más viejos. Mientras termina de escribir el segundo, yo he decidido releerlos todos para refrescar la memoria y he descubierto que ahí siguen, igual de frescos y bulliciosos que entonces, todos los miembros de la tribu tan vivos que han vuelto a saltar de las páginas para besarme, ponerme bombas en colegios o centros comerciales, ganarme al ajedrez mientras me enseñan filosofía y exigir historias, historias, historias locas e inverosímiles para irse a dormir y poder soñar y descansar y vivir felices. 

¿Cómo describir de qué van estos libros? No sé, es..., es..., uff, hay que leerlos. Son novelas policíacas, sin duda, pero no he leído nunca policíacas como estas. Son novelas surrealistas, también. Brillantes, inteligentes, sólidas. E hilarantes. Novelas de cerrar el libro porque las carcajadas te impiden seguir las líneas. Son brutales. Tiernas. Críticas con la sociedad, con el abuso infantil, el narcotráfico, la miseria, el racismo, los desahucios, la violencia policial, la corrupción política. Son un homenaje exaltado a la multiculturalidad y a un barrio parisino, Belleville, que en los años ochenta y noventa fue un microcosmos de etnias pobre y marginal con un grado de cooperación y solidaridad inaudito, microcosmos desgraciadamente desaparecido por la gentrificación de las últimas dos décadas. Son novelas, todas, con un ritmo frenético, ligeras y alocadas, en las que Pennac se divirtió dándoles la vuelta a todos los estereotipos imaginables y que han sembrado una verdadera legión de fieles que, a la mínima mención de la palabra Malaussène, sonríen cómplices, se acercan y te dicen, conspiradores: dime, ¿cuál es tu personaje favorito?

No concibo París sin Pennac igual que no concibo el humor literario sin la tribu Malaussène. Al releer toda la serie para empezar su nuevo libro, me he reído con los mismos chistes de hace diecisiete años y he podido oler, otra vez, como si lo tuviera delante, ese perro llamado Julius que apesta tanto que hasta su propio olor se niega a seguirlo y va siempre varios metros por delante de él, anunciando a todos su llegada.

Daniel Pennac
Estos libros están dentro de mí como una marca indeleble. Me pertenecen como el recuerdo del primer amor, como el primer viaje al extranjero para descubrir el mundo, como la primera sonrisa adolescente femenina que me llevó inesperadamente al borde de un abismo delicioso. No puedo hablar mucho de ellos porque me vuelvo cursi e ininteligible. No sé de qué van. No sé qué son. Para explicarlo tendría que imaginarlos leídos por otros, y me es imposible. Son demasiado míos para poder verlos desde fuera. 

Sólo puedo decir: leedlos. Si os cambian, si os emocionan, si os tumban de risa u os asombran la mitad de lo que lo han hecho conmigo, seréis lectores más felices, os lo prometo. 



lunes, 9 de julio de 2018

LOS PUENTES DE MOSCÚ

"Para la gente que construye puentes, los vascos tienen una palabra: zubigileak." Es una palabra muy bonita. Una palabra que no existe en castellano. Una palabra para llevar bien fija en la memoria cuando la gente intente zarandear la convivencia con su odio. Una palabra para las víctimas del terrorismo que no quisieron ver que el dolor y la pérdida también se sobrellevan dialogando. Una palabra para los que creyeron que la única opción política y vital era matar a los que pensaban diferente. Una palabra para los que respondieron a la violencia con más violencia, para los que mataron indiscriminadamente y para los que amedrentaron y torturaron en nombre de la ley. Una palabra para una región de gente maravillosa que está saliendo de décadas de silencio y violencia gracias a los valientes que se han atrevido y se siguen atreviendo a hablar, a tender la mano, a indagar en el pasado y a construir puentes. 

Eduardo Madina militaba en las juventudes socialistas vascas cuando en 2002 una bomba lapa en su coche estuvo a punto de acabar con su vida. El atentado, en el que perdió una pierna, no le impidió continuar su carrera política y abogar por la negociación para una salida pacífica a la violencia en Euskadi. 

Fermin Muguruza es el líder histórico de Kortatu, referente musical en Euskadi y activista por la independencia vasca. Su carrera musical ha estado siempre ligada a la lucha política y ha defendido en multitud de ocasiones la necesidad de que ETA dejara las armas para llegar a una solución política del conflicto. 

Ambos se reunieron en Irun en 2016 para realizar una entrevista para el magazine Jot Down. Alfonso Zapico se les unió con sus cuadernos y sus lápices y, mientras ellos hablaban, él los dibujaba y tomaba notas para una historia. Esta historia. Este cómic que, con la cercanía y el desparpajo habituales en Zapico, enfoca la violencia en Euskadi desde la perspectiva del diálogo y de la necesidad de construir puentes para desterrar de una vez por todas el miedo, el silencio y la desconfianza de la vida de la gente, dentro y fuera del País Vasco.  





jueves, 5 de julio de 2018

MATRIOSKA


Andrei era un fabricante de juguetes que vivía en una lejana aldea rusa. De sus manos expertas salían caballos de madera, carritos de ruedas, peonas, casitas en miniatura, trenes, puzles y todo tipo de animales. Pero su especialidad eran las muñecas. Sus muñecas de madera eran preciosas. Con sus ropas de colores y sus grandes ojos inocentes, todas lucían una expresión alegre y contenida. Andrei ponía tal dedicación y amor en sus muñecas que, sin darse cuenta, también talló una voz y un alma en cada una de ellas. 

Cierto día, una de ellas le habló: 
"Tengo demasiada vida, demasiado amor y demasiada madera en mi interior. No puedo guardar todo esto para mí. Quiero tener una hija".

Así que con la madera de esta muñeca, a la que a partir de entonces llamó Matrioska, Andrei fabricó otra muñeca un poco más pequeña: Trioska. Y de esta forma dio inicio a la genealogía de muñecas pintadas más bonita y alegre de la historia de las muñecas pintadas. 

La historia de este espectacular álbum ilustrado está basada en una leyenda rusa sobre el origen de las matrioskas, y también sobre el poder del amor y de la imaginación para hacer del arte una razón de vivir.




lunes, 2 de julio de 2018

EL VESTIDO AZUL

Camille Claudel es una mujer mayor que ha dejado de hablar. Todos los días, si no llueve, sale al jardín de su manicomio a esperar. Observa los árboles, la luz intermitente entre las hojas. Observa el jardín, siempre en movimiento y sin embargo inmutable, indiferente al paso del tiempo. Observa el mundo y no observa nada. Sólo espera. Espera a aquel que nunca llega. Aquel que la metió allí a la fuerza y siguió de peregrinaje por esos países tan lejanos. Él, su hermano, su amado Paul, tan tierno y tan indiferente. Tan ausente. 

Camille Claudel es una chica de veinte años que estudia escultura. Todos los días va al taller de su venerado Rodin, el famoso Rodin, a trabajar en lo que el maestro necesite: unos pies, unas manos, un cuello. Con sus manos moldea rostros y torsos, figuras palpitantes que parece arrancar de la piedra como si esta fuera el sueño que las tuviera presas. Rodin la observa, esa fuerza de la naturaleza, ese ímpetu alborozado, y se pone a moldearla a su vez, y el rostro de esa Camille, tan firme y despejado, empieza a aparecer en todos sus dibujos y esculturas. El maestro la corteja y ella cae rendida a su violencia y su pasión. Se aman, viajan, pasean, siempre a escondidas, clandestinos, consumiendo su amor en escondites, sofocando su pasión en un idilio torturador y destructivo. Él está acostumbrado a doblegar la voluntad de los demás y ella no sabe cómo canalizar su rebeldía. Amar así es perderse, le dice su hermano Paul, pero cómo no amar así, cómo callarse, cómo domesticar la rebeldía y la cólera y ese amor frondoso y violento como una jungla que le nace de los dedos cuando toca la piedra y de toda su piel enfebrecida cuando el maestro está cerca. 

Camille Claudel es una mujer rota de casi cincuenta años. Vive en pleno centro de París, en una casa destartalada llena de gatos que hace años que no limpia ni ventila. Se pasa los días esculpiendo y las noches destrozando a martillazos todo lo que crea. Sobrevive con las sobras que la gente le deja en la puerta y no habla con nadie. Incluso su querido Debussy, que la amó tanto, la ha olvidado. Así, sucia y perdida en sus propios laberintos, "atrincherada allí como un combatiente sitiado por el enemigo", la encuentran los enfermeros contratados por su madre y su hermano, hombres indiferentes que la levantan como si fuera una maleta y la introducen en un coche de caballos camino de ese manicomio de donde ya nunca saldrá. 

Camille Claudel es una mujer mayor que ha dejado de hablar. Cubre su desnudez dolorida con un velo de eso que los demás llaman locura y que ella simplemente siente como resignación. Su vida se detuvo hace más de treinta años y desde entonces está aquí, en este jardín, sentada en una silla, bajo los árboles, esperando. A veces recuerda cuando Paul venía a verla, una vez cada varios años, su querido Paul. Entonces hablaban de los viajes que hacía, Brasil, Japón, China, de los libros que escribía y del daño que a ambos les hacía recordar. Disfrutaban de la luz azul y de la dulzura de las tardes de verano, y a veces toda esa belleza se volvía áspera, mentirosa, no servía para nada y dolía hasta dejarla sin aliento porque era la prueba de que algunos seres afortunados, quizá la mayoría, quizá todos menos ella y su hermano, podían sustraerse al desastre y al desgarrador final de todas las cosas. A veces recuerda, también, que Paul no ha muerto, que sigue vivo, aunque ya nunca viene. Ya nunca viene. 

Camille Claudel es una fotografía antigua, ajada por el paso del tiempo, que en las palabras de esta novela poética y melancólica cobra vida, y de repente siente y se ríe y goza y ama y desespera y sufre y se pierde y calla y se resigna y espera sin perder el tono evocador, ese tono sepia de toda una vida susurrada una tarde bajo los árboles del jardín de un manicomio, mientras los recuerdos se deshacen lentamente entre las sombras. 


Última foto conocida de Camille Claudel