lunes, 31 de julio de 2023

VIVIR PEOR QUE NUESTROS PADRES

¿Recordáis las direcciones de todas las casas en las que habéis vivido? Alguien lanzó esta pregunta hace poco en una cena familiar y algunos tratamos de hacer memoria, a duras penas, mientras que otros dijeron que desde luego que no, eran demasiadas ya. Pensando en el nomadismo de nuestra generación, asentimos, rememorando el dolor de espalda y la sensación de fracaso de las sucesivas mudanzas. Hubo varios, sin embargo, que permanecieron callados, mirándonos, quizá con extrañeza, desde la atalaya de su generación: ¿cómo no iban a recordar las direcciones de sus casas si solo habían vivido en dos: la de sus padres, en la que crecieron, y la suya propia desde su matrimonio?

He recordado esta anécdota trivial al leer este breve ensayo de Azahara Palomeque, poético y filosófico, que habla de nosotros, millennials de los ochenta y principios de los noventa, que llegamos como la generación más preparada de la historia de nuestro país para acabar siendo la más estéril. La más precaria. La de las muchas casas. Tantas, que ya ni siquiera recordamos sus direcciones. La que aprendió a considerar inconcebibles los pilares que han sustentado la forma de entender la vida de la generación de nuestros padres: un matrimonio para siempre, un trabajo para siempre, una casa para siempre. 

No pudimos salir de casa de nuestros padres hasta que no tuvimos trabajo. Pero, teniendo trabajo, nuestros padres nos dijeron que esperáramos, que pagar un alquiler era tirar el dinero, y que mamá nos seguiría haciendo la comidita y subiéndonos los bajos del pantalón hasta que reuniéramos lo suficiente para la entrada de un piso. Nos dijeron que tuviéramos hijos, que querían ser abuelos, mientras no dejaban de tratarnos como niños, riñéndonos como si tuviéramos diez años y no supiéramos navegar la vida sin su ayuda, juzgando cada decisión nuestra, cada comentario, cada novio o regalo de cumpleaños o elección de vestido de noche, como si necesitáramos que nos indicaran el rumbo a cada paso, todos los días: como si la única vida aceptable y segura estuviera bajo el ala de mamá. 

Somos una generación coleccionista de expectativas, y luego de frustraciones. Nuestros padres nunca reclamaron para sí mismos la libertad que sí quisieron para nosotros, y nunca entendieron los sueños frustrados que nos desvelaban por las noches. Desearon para nosotros lo que ellos no tuvieron, dando por supuesto que lo que sí tuvieron -hipotecas cortas y asequibles, trabajos estables, perspectiva de progreso ilimitado- nos vendría dado sin esfuerzo. Nunca pensaron que tendríamos que afrontar tantas dificultades, que los sueldos no subirían a la par que el precio de las cosas y que vivir de alquiler quizá sea tirar el dinero pero también es, a menudo, acceder a una vida propia independiente a la edad adecuada para ahorrarnos a largo plazo unos apegos familiares basados en la dependencia y la infantilización.

"Hicimos prácticamente todo lo que nos dijeron, fuimos obedientes, y la fórmula ya no funciona porque las reglas han cambiado". Y es que no hay lugar al que volver, por mucho que añoremos la estabilidad económica y laboral de nuestros padres. No hay lugar porque la fiesta del capitalismo se acabó, el crecimiento constante se demostró una falacia pueril, una falacia que seguirá asesinando nuestro planeta si no le ponemos freno. No tiene sentido volver a los marcos vitales de la generación de nuestros padres, "esa tupida tela de araña familiar que lo mismo ahoga que da cobijo". Son fósiles que ya no nos sirven para movernos en el mundo cambiante en el que vivimos. 

Azahara Palomeque escribe sobre esta fractura generacional. Y, aunque yo no la he vivido en casi ninguno de sus aspectos, la reconozco por todos lados a mi alrededor. No hay envidia, no hay nostalgia, eso se lo reservamos para la reacción conservadora: hay distanciamiento y recelo ante la idea de permanencia. Ansiamos la permanencia de aquello que nos dé calidad de vida, pero no a costa de restringir nuestras experiencias a lo mínimo para evitar sorpresas. La generación de nuestros padres pensó que casarse y trabajar era, por usar una metáfora de Palomeque, como poner un jarrón en la vitrina: un logro que se quedaría allí para siempre. Una única pareja, un único trabajo, una única vivienda, un único destino vacacional. Una vida basada en la repetición ad infinitum de una misma rutina en la que la satisfacción, al final del día, no es haber vivido o descubierto algo nuevo sino no haber tenido ningún sobresalto. Una vida pensada para durar para siempre, rodeada de muebles sólidos y aparadores de la dictadura, que se creía a sí misma tan eterna que ni siquiera concebía la posibilidad de afrontar la finitud de sus cuerpos, aunque solo fuera para nombrar la muerte y preparar a los suyos para el duelo. 

Nuestros padres nos educaron con una promesa: la promesa de la abundancia. Una promesa que no solo se reveló falsa, sino que fue la venda en los ojos que nos hizo creer que no pasaba nada por destrozar nuestro futuro porque ya habría otro después. Pero no lo había. No lo hay. Y mientras ellos se quedaron con los restos agónicos del suyo (su patrimonio, su pensión, su Imserso, su acceso sanitario ilimitado), nosotros tenemos que pensar qué vamos a hacer para construir un futuro en el que dejemos de vivir peor que ellos. 

"Vivir mejor que nuestros padres pasa por rescatarnos de un paradigma obsoleto que ha perdido toda legitimidad, ha fallado en la distribución de derechos que prometía, ha dilapidado una naturaleza de la que somos parte, y ha engendrado una soledad patologizada desde la que es difícil elevar cualquier esperanza". Pero es imprescindible sanar la fractura generacional que describe Azahara Palomeque en este breve ensayo y construir lo antes posible nuevos relatos que propicien sociedades mejores para todos, también para los que se contentan con el bienestar en quiebra que nos han dejado. 



 

jueves, 27 de julio de 2023

EL LEGADO

Como te despistes un poco, al final siempre acabas leyendo lo mismo. Historias escritas por occidentales, la mayoría hombres blancos acomodados, publicadas por editoriales grandes que te cuentan variantes (eso sí, a veces excelentes) de la misma historia de siempre. Salirse de esa burbuja requiere cierto esfuerzo. Mirar más allá de los grandes escaparates y de la publicidad en los grandes medios y apostar por otras literaturas, otros autores, otras formas de ver el mundo. A veces, simplemente leer a autores y autoras por igual exige un esfuerzo consciente. Lo dicen los datos: en 2022, el 62% de los libros publicados en español los firmaron hombres. Si a eso añadimos que solo el 25% de la literatura se publica en editoriales independientes y que, por defecto (es decir, por pereza) todos tendemos a decantarnos por aquello que nos resulta familiar, la posibilidad de que sin pretenderlo acabemos leyendo una historia ambientada en Singapur escrita por una autora singapurense y publicada por una editorial independiente que solo publica literatura asiática se vuelve muy muy remota. 

Así que llegué a esta novela guiado. Guiado por nada menos que la propia editora de Amok, que tuvo la amabilidad de venir hasta la librería para presentarme su proyecto y que me sedujo con su pasión por traer a las mesas de novedades españolas historias que aquí apenas se encuentran. Y, como llevo años siendo consciente de que o hacemos un esfuerzo por salirnos de lo de siempre o el mundo se queda reducido a un gigantesco Corte Inglés de pensamiento único, me propuse darle un pequeño espacio a sus libros. Esta es mi primera experiencia Amok. Y no será la última. 

Estamos en Singapur, desde los años sesenta hasta finales de los noventa. Tres décadas largas que transformaron el país de una manera radical hasta volverlo apenas reconocible. En esa sociedad en pleno cambio, Amrit es una adolescente que se rebela contra las normas establecidas, especialmente contra aquellas "que solo se hacen explícitas una vez que ya las ha roto". Es rebelde y temeraria. Impulsiva, hipersensible y de humor cambiante (en esto me ha recordado a Cara o cruz, un cómic maravilloso sobre la ciclotimia). Condenada a la mala reputación por salir sola de noche, beber y mezclarse con desconocidos. Pero algo en su interior la empuja a salirse de los márgenes que su cultura y su familia han trazado para ella. Una familia tradicional que no cuenta con que pueda tener problemas que no han previamente imaginado para ella. Que no entiende nada de lo que le pasa porque no la ven a ella, solo ven la hija o la hermana que debería ser. 

"Ahí fuera. Tu madre está llorando. Está ahí sentada, llorando y preguntándose: ¿Por qué? ¿Por qué actúa así mi hija? Cuando tantas otras hijas son buenas, ¿por qué la mía tiene que avergonzarme? ¿Es que nunca encontraré descanso?"

"En mi época no había la necesidad de buscar la raíz de cada problema", dice el padre. Se lo dice a Narain, su hijo díscolo, femenino, frágil. Su hijo que, ya mayor, un día le confiesa que es homosexual, y el padre se le queda mirando como si no entendiera la palabra, como si esa palabra no encajara de ninguna manera con ninguna realidad comprensible. En su época bastaban las explicaciones sencillas e inapelables para cuestiones complejas. Qué fácil era vivir sabiendo que si no conseguías sacar siempre buenas notas era simplemente porque eras un vago. Que si engordabas, era porque no te cuidabas. Que si te costaba concentrarte, eras un poco tonto. Y si no encajabas en el modelo que tus padres habían construido para ti, terminarías siendo un fracaso y una vergüenza. 

El legado es la historia de dos personajes heridos por una sociedad que clasifica a las personas por su idoneidad para ser ciudadanos ejemplares. Dos personajes definidos por lo que no son, por lo que nunca podrán ser, en un Singapur donde el gobierno, con el objetivo de crear un estado social y económico avanzado y lo más perfecto posible, con el fin de "hacer avanzar al pueblo de Singapur a la misma velocidad con que van creciendo los rascacielos", pretende controlar y juzgar los aspectos más íntimos de sus ciudadanos y limitar todo aquello que se salga de la ortodoxia que se han marcado. 

Es una historia de amor y fragilidad. De homosexualidad y salud mental. Dos temas tabúes en el Singapur de finales del siglo XX. Y en tantísimas familias de nuestra España de 2023. 


Balli Kaur Jaswal








lunes, 24 de julio de 2023

BABEL

Buah, qué historión. He tenido que buscar en internet varias veces para asegurarme de que la autora de verdad lo escribió con tan solo veinticuatro años. ¡Veinticuatro años! ¡Que yo con veinticuatro años escribía poemas malos llenos de tachones sobre amores postadolescentes y encima estaba casi orgulloso! Qué barbaridad. Esta novela es una barbaridad. Y con cada búsqueda en internet para confirmar la edad de la prodigiosa Rebecca F. Kuang me he quitado un sombrero. Uno detrás de otro. Y seguiré haciéndolo cada vez que la recomiende. Que será muy a menudo. (Vaya trajín de sombreros). 

Este es un libro de fantasía histórica anticolonialista. Ya, yo tampoco tenía ni idea de que eso existía hace una semana. No sabía que un libro de fantasía pudiera estar ambientado en un Oxford real en la década de 1830, y que entrelazar historia y fantasía y manifiestos revolucionarios pudiera resultar en una historia tan fascinante. Lo he leído pensando a cada rato: qué cosa más increíble. Impresionante. Impresionante. Y seguía leyendo, entre ofuscado y maravillado por no encontrar más palabras para describirlo. 

"El robo, la matanza y la violación, a estas cosas las llaman imperio y, allí donde crean un desierto, lo llaman paz". Esta cita del Agricola de Tácito es una buena descripción de lo que han hecho los imperios a lo largo de la historia con los lugares que colonizan. Y de lo que se propuso hacer el imperio británico en concreto tras la pérdida de sus colonias norteamericanas a finales del siglo XVIII. Había que diversificar la economía. Y la India y China podían ser los perfectos súbditos semiesclavos que sustentaran el afán de riqueza inagotable de las élites gobernantes. Y sí, las citas latinas son habituales en esta novela. Y la erudición. (Más trajín de sombrero). 

Babel nos cuenta la visión de un joven chino políglota en un Londres victoriano cuyo poder está asegurado y protegido por sus reservas de plata mágica. La Ciudad de Plata, la llaman. Porque nada funcionaría realmente sin ella. Es la historia de un grupito de extranjeros elegidos por su don para los idiomas, condenados a vivir al margen, a ser la diana de todas las violencias, a pesar de su aparente privilegio. Es una historia del poder del lenguaje para cambiar la realidad. Porque la magia reside en las palabras, "más concretamente en esa parte del lenguaje que las palabras son incapaces de expresar. Eso se pierde cuando pasamos de un lenguaje a otro. La plata atrapa aquello que se pierde y lo manifiesta en el mundo real". 

He estado una semana de viaje por un Oxford real y mágico a la vez. Viviendo en una torre fabulosa en la que conviven todos los idiomas del mundo y que esconde un oscuro propósito. He acogido un amor profundo e inmediato, un dolor difuso y furioso, un ansia de justicia y rebeldía. He escuchado con admiración a unos chavales sin raíces afirmar que "la historia no es un tejido prefabricado que nos toca sufrir, un mundo cerrado sin salida. Podemos darle forma. Crearlo. Sólo tenemos que decidir hacerlo". 

Voy a recomendar mucho esta novela. Quitándome un sombrero tras otro ante su autora (¡veinticuatro años!) y ante una historia que me ha resonado dentro como si hubiera una barra de plata de por medio. Por la magia, por Oxford, por la lucha por un mundo mejor y porque la buena literatura siempre trae palabras nuevas de otro mundo para que pasen a pertenecer al tuyo. Y es que "en eso consiste la traducción. En eso consiste hablar, en escuchar al otro e intentar ver más allá de tus propios prejuicios para llegar a entender qué quiere decirte. Mostrarte al mundo y esperar que alguien te entienda". 




jueves, 20 de julio de 2023

UMBILICAL

Los clientes me recomiendan libros. Pasa muy a menudo. Algunos lo hacen para devolver el favor: tú me recomiendas a mí y yo te recomiendo a ti. Otros quizá por afán de instrucción: tú lo que tienes que hacer es leer esto si quieres estar al día de lo importante. Y otros, los menos, me recomiendan libros como un acto de amor. Con luz en los ojos, en el tono de voz con el que se cuentan secretos y se arman conspiraciones. Así me recomendó una mujer este libro de Andrés Neuman. Y fui inmediatamente a por él. A esa luz en los ojos yo nunca me resisto. 

Me imagino a Andrés Neuman escribiendo este libro, a ratitos, como quien mira por la ventana y echa a volar. Son capítulos muy cortos. Como pequeños poemas. Uno alza la mano, flexiona los dedos y ahí está, la pompa de agua. Brilla, gira. Y explota. Dura un segundo. Dos, tres. La belleza es eso. Un presente que se evapora. Y las palabras de este libro, una fotografía de lo que la belleza refleja en la sensibilidad del autor. 

Como quien mira por la ventana. De una casa, de un hospital. Pensando en la fragilidad del mundo. En cómo se tiende un diálogo con quien solo mira y manotea y se asombra. Pensando en cuál es la consistencia de ese diálogo, de ese puente. Cómo se cruza y adónde lleva. "No me atrevo a invocarte antes de tiempo, por si desapareces. ¿O la superstición trabaja en el sentido inverso, y nombrarte te confirma? Pendes de un hilo pero no eres frágil, porque aún desconoces tu fragilidad: eres más bien la nuestra. Voy naciendo al decirte". 

Uno alza la mano, flexiona los dedos y ahí está, la pompa de agua. La cabeza blanda de un niño que balbucea. Sonidos "con hambre semántica" que no dicen nada y aspiran a nombrarlo todo. Y ahí están los dos, probando vocales, "dos enamorados con todo su lenguaje por delante". 

Los clientes me recomiendan libros. Y cuando lo hacen con luz en los ojos, casi siempre aciertan. Vaya si acertaste, querida C. 



jueves, 13 de julio de 2023

GOZO

Cuando voy de viaje compro marcapáginas. Uno por viaje, dos como máximo. Algunos los pierdo y no me entero. Pero otros me acompañan siempre, cada año más ajados, en la mayoría de los libros que leo. Tengo poquísimos recuerdos físicos en casa. Pero sé que los objetos importan. Son testigos de mi memoria. Huellas de lo vivido cuyos contornos solo yo percibo. Y aunque todo se transforma y procuro saborear el presente sin aferrarme al pasado, cada día un pedacito de Manhattan, de Giverny o de Viena se cuela entre las páginas de los libros que leo. Y la memoria despierta y brilla de nuevo.

Sobre la memoria y el tiempo trata este libro de Azahara Alonso, que ha resonado profundamente en mi sensibilidad lectora. Me ha hecho pensar que, a veces, el objeto, el contenido de las cosas que hacemos y decimos es lo de menos. Y lo importante está en el gesto. En la intención. En cómo formulamos una frase, en el adjetivo preciso, en la sonrisa tímida con la que esbozamos una caricia. El gesto, la intención, es lo que después queda sellado para siempre en la memoria, mientras que el objeto queda relegado al olvido de las cosas útiles que creemos necesitar para vivir, y que no son más que andamios provisionales que desaparecen una vez queda alzado el palacio invisible de la emoción y su recuerdo.  

Gozo cuenta la estancia de su autora en la pequeña isla de Gozo, al lado de Malta. Está escrito en fragmentos breves, con la calma de quien se toma una copa o un té inglés muy despacio, alargando la tarde y prolongando el placer en cada largo intervalo entre sorbo y sorbo. Azahara Alonso estuvo largos meses en la isla sin propósito concreto, más allá de observar el paso del tiempo y tomarle las medidas con palabras, como un sastre a sus telas. Y el traje resultante es este libro, escrito con mimo, con cuidado, con la delicadeza y la perseverancia de los que encuentran tesoros constantemente allá donde la mayoría no vemos nada. 

El gozo es lo que ocurre entre dos interrupciones. La libertad del tiempo que no se dedica a otra cosa que al presente, desvinculado de un calendario y de un objetivo. Nada define mejor a las personas que lo que deciden hacer con su tiempo cuando este no está sujeto y definido por obligaciones. Este libro es un homenaje a la vida improductiva, no regida por horarios ni por utilidades, y a la felicidad y plenitud que puede provocar en una persona capaz de disfrutar de su propia compañía. Porque no tener nada que hacer te acerca peligrosamente a ti mismo. Es una forma de mirarse hacia dentro y de pactar con ese vacío para que del silencio de las horas sin objeto brote algo que les dé sentido. 





lunes, 10 de julio de 2023

MEMORIA DE LA MELANCOLÍA

Patricia y yo nos propusimos a principios de año leer durante todo este 2023 un libro al mes de alguna autora española de la primera mitad del siglo XX, la mayoría tan olvidadas. Para el mes de junio elegimos a María Teresa León, quizá la escritora más abiertamente política de su generación y su Memoria de la melancolía, una autobiografía poética que abarca toda su vida hasta los últimos años de su exilio en Roma. Escribe desde allí, desde esa orilla sin hogar que es casi siempre el exilio para los que tuvieron que marcharse de su país para no volver en décadas. En ese sentido me ha recordado a Geografías de Mario Benedetti, ese relato maravilloso sobre dos señores ya mayores que se sientan en los cafés parisinos a ver desfilar sus recuerdos de Montevideo "para de algún modo convencerse de que no se están quedando sin paisaje, sin gente, sin cielo, sin país". 

Como Benedetti, María Teresa León comparte el desarraigo y el cansancio. Dice: "Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? Habría que hacer tantas presentaciones de los otros muertos, que no acabaríamos nunca. Estoy cansada de hilarme hacia la muerte. Y sin embargo, ¿tenemos derecho a morir sin concluir la historia que empezamos?"

"Todo está distinto, dicen unos. Todo está igual, contestan otros. Me golpeo el pecho. Tengo una rabia en mi corazón que ya no se conmueve". A su casa de Roma llegan muchos españoles buscando la leyenda de sus nombres: María Teresa León y Rafael Alberti. Nombres que resuenan en la memoria del antifascismo, de aquella lucha que dio sentido a sus vidas y que a finales de los años sesenta en España parecía tan lejana, tan perdida. "¿Cómo preguntar a los que entran en mi casa y se sientan a mirarnos como piezas de museo?"

"Y la niña vuelve a pasar los dedos por las hojas que le han traído, deletreando, y en ninguna de ellas encuentra los relieves de la palabra patria". Esta Memoria de la melancolía parece estar escrita como en trance, sonámbula, sin orden aparente. Un fluir de conciencia, un grifo abierto de la memoria que borbotea sin parar y empapa los recuerdos de melancólica poesía. Hay un juego de narradoras que bascula entre la primera y la tercera persona. Es el reflejo de un corazón partido en dos. El yo del exilio frente al ella del pasado cuando todavía era una y no estas dos mitades desgajadas para siempre. 

"¿Tendremos que contar siempre con la muerte para solucionar los problemas de España? ¿Nunca con la justicia?". Efectivamente, solo la muerte nos libró de Franco y su dictadura y la justicia se hizo a un lado para que la transición incluyera un pacto de olvido en el que víctimas y verdugos empezaban una nueva historia de cero, como si nada hubiera pasado. Y María Teresa León, que había pasado cuarenta años soñando con ese regreso, volvió con la mente deshilachada por el Alzheimer, con los ramos de su memoria soltándose poco a poco y dejando el suelo perdido de flores, señalando el camino del olvido. 




jueves, 6 de julio de 2023

MI FEMINISMO ES GITANO. MONOGRÁFICO PIKARA

Desde La gitanilla, la novela de Cervantes, pasando por la Esmeralda de Víctor Hugo en Nuestra Señora de Notre-Dame, hasta la Carmen, de Merimée, popularizada por la ópera de Bizet, la literatura universal ha presentado a las mujeres gitanas cortadas por el mismo patrón: siempre han sido la seductora, la pícara, la traicionera y la ladrona, un arquetipo de mujer turbia y fatal que crea en el imaginario popular la idea de que las gitanas son mujeres radicalmente distintas a las demás, pertenecientes a un pueblo malvado, sucio y escandaloso, que aprovecha la oscuridad para trapichear y hasta para robar niños rubios de ojos azules, un pueblo inferior al que hay que mantener apartado de la sociedad y al que se le desprecie y se le teme. Y del miedo al odio, ya se sabe, siempre hay un paso muy pequeño. 

El estereotipo antigitano cumple una misión fundamental: justifica el sistema de opresión étnica que lleva sufriendo el pueblo gitano durante siglos. Con la invención y la leyenda se pretende dejar a los gitanos fuera de lo humano. En Estados Unidos, donde apenas hay gitanos, lo gipsy alude a menudo a algo más cercano a criaturas de los bosques, gnomos y hadas que a seres humanos. Incluso el gitanismo positivo y ensalzador de Lorca, ese que con su Romancero gitano defiende que "el gitano es el más elevado, el más profundo, el más aristocrático de mi país, y el que guarda el ascua, la sangre y el alfabeto de la verdad andaluza y universal", solo contribuye a seguir construyendo el mito del mundo gitano como algo legendario, poético, literario, espiritual, una comunidad extraordinaria fuera del mundo real de carne y hueso, radicalmente distinta a la experiencia cotidiana, a las amigas que salen de copas y se quejan de los problemas de siempre y son normales en su sencilla e integrada normalidad. 

Las creaciones estereotípicas no solo crean una ficción: impactan en la vida real de las mujeres gitanas y la destrozan. De esto tratan los textos de Silvia Agüero reunidos en este monográfico de Pikara magazine. De cómo la lactancia prolongada, el porteo, la educación en tribu o el parto no medicalizado se han vuelto a reivindicar en las dos últimas décadas como prácticas saludables que refuerzan la salud y el bienestar de las familias, con un claro sesgo antiguo como el mundo: si lo hacen mujeres blancas occidentales, nueva tendencia natural que hay que seguir; si es lo que llevan haciendo toda la vida las mujeres gitanas, costumbres bárbaras e incivilizadas que hay que erradicar. 

Estos textos llaman a luchar contra esa eterna mirada moralizante de superioridad paya que determina la vida de las personas gitanas desde las instituciones públicas y se retroalimenta en las comidas familiares, en los grupos de whatsapp, en las redes sociales y en las escuelas. El antigitanismo es el racismo blando, el que mejor se tolera. Hacer un chiste de gitanos es el recurso que les queda a los que ya no se atreven a hacerlo de negros o gays. Estos textos instan a que nos revisemos los prejuicios, que leamos las obras de Cervantes, Victor Hugo, Merimée y Lorca como lo que son: invenciones que han sustentado prejuicios muy profundos que señalan y marcan y hacen daño, invenciones preciosas que nunca deberían salir del mundo de la literatura, y mucho menos para justificar el maltrato. 





lunes, 3 de julio de 2023

MATAR AL ÁNGEL DEL HOGAR. LA TORRE INCLINADA

La igualdad de género ya existe. Eso dicen la mayoría de los hombres y casi la mitad de las mujeres en las encuestas. Es decir, los hombres ya participan en las tareas de casa, y si todavía las mujeres cargan con más trabajo doméstico y de cuidados que ellos es porque quieren, y no porque no puedan trabajar fuera o hacer otras cosas. Muchas mujeres se defienden. Dicen yo lo hago casi todo en casa por decisión mía. Y, además, mi marido me ayuda. Piensan que son libres. E iguales. La igualdad de género ya existe, afirman. Y tienen razón. Ya existe en la ley. Pero todavía no ha terminado de llegar a sus costumbres. Al espacio en sombra de la vida doméstica. De la vida más real que existe, la que vivimos todos los días, y en la que decidimos, todos los días, con los platos que preparamos, la lavadora que ponemos o la extraescolar a la que llevamos a los hijos, cómo de libres e iguales e independientes queremos ser. Y es en esa vida, la de todos los días, donde sobrevive con una resistencia asombrosa aquel "ángel del hogar" del siglo XIX que mitificó la esclavitud doméstica femenina, y donde la desigualdad sigue encadenando a millones de mujeres a una servidumbre impuesta y, lo que es peor, muchas veces autoimpuesta. 

Hace algo más de un siglo ya que Virginia Woolf decidió que, si quería ser libre, tenía que matar al ángel del hogar que vivía en ella y que había aprendido desde pequeña. No quería definirse por las tareas domésticas, los cuidados o las dependencias familiares. Quería tener una habitación propia, física y mental, en la que pudiera ser ella misma, sin ataduras ni obligaciones, y desde la que pensar el mundo y expresarse sin los estereotipos que condenaban el discurso de las mujeres a la prudencia y al recato. Su ángel del hogar, como el de tantas y tantas generaciones antes y después de ella, era el fantasma de una mujer simpática y encantadora, intensamente altruista, que se sacrificaba diariamente por los demás. "Si había pollo, tomaba el muslo; si había una corriente de aire, se sentaba en su trayectoria; en resumen, estaba hecha de tal modo que nunca tuvo una preocupación o un deseo propio". Y Virginia Woolf decidió matar a esta voz angelical en defensa propia, por pura supervivencia. Con ella dentro nunca habría podido pensar por sí misma, argumentar una idea, cuestionar una costumbre. Nunca habría podido ser escritora. Nunca habría podido hablar de sexo, de traumas, de feminismo o de locura, nunca habría podido decir su verdad sobre nada, porque el ángel del hogar no permite que la mujer que habita sea otra cosa que madre, esposa, hermana o sirvienta, no permite que la mujer se defina más que por la relación que establece con las personas por las que se sacrifica. Si no hubiera matado a su ángel del hogar, esa dama sonriente y exquisita que en la profundidad de la conciencia tiraniza y castra cualquier educación emocional, Woolf nunca habría podido liberar la mente del bozal de los prejuicios que el ángel del hogar necesita para fingir su encanto. 

La torre inclinada recoge una conferencia que Woolf dio en 1940, diez años después de las dos que reúne Matar al ángel del hogar. El tema central es la influencia de la clase social de los autores en los libros que escriben, y cómo una sociedad más igualitaria podría cambiar radicalmente la literatura que leemos. Lo que inclinó la torre de privilegios y aristocracia desde la que escribieron la inmensa mayoría de escritores hasta principios del siglo XX fue el estallido de la primera guerra mundial y la crisis económica y moral que provocó. Los escritores empezaron a escribir bajo la amenaza de un terremoto. Notaban que los cimientos de sus vidas se estaban moviendo, que su torre se estaba inclinando y había otras clases sociales llamando a sus puertas que nunca habían visto, otras formas de entender el mundo y el arte y la literatura que estaban clamando por derribar la torre y conquistar la literatura desde lugares a los que nunca parecía haber llegado. Esta nueva generación de escritores posterior a 1918 "no tenía nada firme que mirar, nada pacífico que recordar, nada cierto en su porvenir. Durante los años más impresionables de sus vidas, fueron aguijoneados en la conciencia: en la conciencia de sí mismos, en la conciencia de clase, en la conciencia de las cosas que cambian, de las cosas que caen. La mente interior estaba paralizada porque la mente superficial estaba siempre deslomándose". 

Mi generación ha vivido exactamente eso con la crisis de 2008. Hemos aprendido a vivir con incertidumbre. Asumiendo que lo sólido y perdurable iba a morir y que seguiría muriendo siempre, una y otra vez, y que ese estado de eterna provisionalidad y decadencia iba a convertirse en la norma. Y así seguimos: precarios y sin el envidiable abanico de certezas de generaciones pasadas. Pero también más libres. Más deseosos, necesitados de "pisotear las flores" y aplastar y arrancar mucha hierba vieja que nos asfixia, muchos ángeles del hogar que parecen venir del siglo XIX a dictarnos cómo vestir, cómo amar, cómo hablar y cuánta libertad e igualdad e independencia podemos permitirnos. Con Virginia Woolf, afirmamos que "la literatura no es propiedad privada de nadie, la literatura es terreno común". Sin torres, sin fincas exclusivas, sin cánones ni dictados. La literatura nos pertenece, igual que nuestras vidas. Y si no podemos proyectarlas al futuro con una razonable seguridad, al menos podemos reivindicar un presente radicalmente libre, siempre en lucha, en el que luchar contra cualquiera que pretenda volver a meternos en la jaula invisible de los prejuicios, contra cualquier ángel seductor que nos hable de represiones con voz meliflua. Contra un pasado de torres y desigualdad que no puede volver. 




jueves, 29 de junio de 2023

UN NUEVO PAÍS AL OTRO LADO DE MI VENTANA

Me interesan mucho los desarraigos. Los testimonios de personas que viven con un pie en una cultura y el otro en otra, en un extraño equilibrismo que a menudo les hace sentirse extranjeros en todas partes. Sentirte extranjero libera y duele. Libera porque la necesidad de encajar y actuar conforme a unas normas sociales rígidas se relaja y tu condición te permite excentricidad y actuar un poco como quieras. Y duele porque en el fondo todos deseamos una familia amplia que nos acoja y nos haga sentirnos parte de algo más grande que nosotros. 

Yo he sido extranjero en Francia durante el año que viví allí. Y a pesar de que aprendí el idioma y traté de imitar las costumbres, siempre fui el español, el de fuera, el que se añade pero no pertenece. Curiosamente, un año bastó para afrancesarme y, al volver, ya tampoco me sentía del todo español en España. Lo que antes me parecía natural en mi país, empecé a percibirlo como exótico e incluso un puntito escandaloso, desde la costumbre de echar la bronca por no saber dar las gracias (mira que haber traído un bizcocho, pero si no hacía falta, ¡hay que ver cómo eres!) hasta el uso de imperativos sin contemplaciones para pedir las cosas en una tienda (dame tres bolis, envuélveme esto para regalo y me das una bolsa). A veces basta con cruzar una frontera para que la campechanía se convierta en mala educación. Pero eso de no sentirme español tampoco era una percepción solo mía, siempre recordaré un intercambio con la tía de P. el día que la conocí. Ella me preguntó dónde estaba mi costilla, y yo la miré sin entender, ¿cómo? Sí, tu costilla, que dónde se ha metido. Y como yo seguía sin saber de qué hablaba, me miró fijamente por primera vez y me dijo: ¿pero tú eres español? A veces basta con no entender un coloquialismo para volverte extranjero en tu propio país. 

"El desconcierto de vivir como extranjero, que en un principio es un obstáculo por vencer, con los años se convierte en el resultado de tu vida". Theodor Kallifatides lo sabe muy bien. Griego afincado en Suecia, traductor del griego al sueco y viceversa, reflexiona en este libro autobiográfico sobre la vida del emigrante desde un punto de vista poético, psicológico y filosófico. Sobre qué significa para un griego vivir en Suecia, y cómo la identidad corre el riesgo de diluirse cuando pasa tantos años fuera de su lugar de origen. Al final, como escritor y traductor, encuentra en las palabras ese refugio universal para abrigarse ante cualquier intemperie: "No me perdería a mí mismo mientras pudiera calentarme junto al hogar de mi lengua, aunque fuera de lejos". 

Cuenta que en Grecia no parece griego ni en Suecia, sueco. Y no tiene nada que ver con el idioma. ¿Qué es lo que nos define como pertenecientes a un lugar? Quién sabe. Pero detectar al que no pertenece siempre ha sido un ejercicio inmediato (y placentero) para muchísima gente. "Quizá sea más fácil ver lo que alguien no es que lo que es". 

Me ha gustado mucho el capítulo que dedica a las diferencias entre el griego y el sueco. No se trata de las palabras, sino de la idea detrás de las palabras, del concepto que las habita. "El sol griego es masculino, de pelo corto y ensortijado. El sol sueco es femenino, de pelo largo y lacio. Para los griegos, la luna es una beldad, para los suecos, en cambio, es un viejecito cansado". Así que cuando un griego le hable de la luna a un sueco, por mucho que sepa todas las palabras necesarias para comunicar su pensamiento, su luna no tendrá nada que ver con la luna de quien escuche, y la comunicación rodará sobre una carretera llena de baches y agujeros y trampas que ninguno podrá sortear. "Se puede traducir una palabra de una lengua a otra, pero no se puede traducir un universo a otro universo. Siempre falta algo, y con mucha frecuencia lo esencial". 

Sentirte extranjero libera y duele. Siempre seré extranjero fuera de España y a menudo lo seré también dentro, por muchos coloquialismos que aprenda. Al final, pienso que es una suerte habitar más de un universo, comprender el mundo desde más de un punto de vista. Quizá entender que el sol puede ser a la vez masculino y femenino sea abrir una ventana más por la que mirar el mundo. Ver más allá de lo que podrán ver los que nunca han vivido como extranjeros en ningún sitio. 



 

lunes, 26 de junio de 2023

EL VIOLÍN DE LEV

Me gusta leer libros sobre música, porque no solo los leo, los escucho. Con 555, de Hélène Gestern, me sumergí en las sonatas de Scarlatti, y, cada vez que lo recomiendo, un clave se pone a danzar juguetón en mi cabeza. Con este Violín de Lev he escuchado a Monteverdi y a Corelli, su pasión y su serenidad, y la textura carnosa y frágil del violín me ha acompañado toda la lectura como el protagonista indiscutible que es. Helena Attlee ha escrito un libro sobre un violín. Un violín muy especial. Un violín que la cautivó hace años y que no ha podido quitarse de la cabeza. Un violín capaz de convertirse en el héroe de una historia de aventuras, de un viaje musical por bosques, ríos, mercados, talleres, museos y ese mundo esplendoroso de la imaginación que se abre como un libro cada vez que una historia comienza en nuestra cabeza. 

Todo empezó en un concierto de música klezmer en una pequeña ciudad galesa. Un violinista dio un paso al frente, el resto de instrumentos enmudecieron, y el tiempo se detuvo. Ese sonido empezó a hablar con una voz tan poderosa que los sentidos del público se agudizaron, ansiando emociones más intensas, salvajes, tristes y alegres que las que eran capaces de imaginar. "Cuando los aplausos se fueron apagando y se encendieron las luces, mi vieja amiga Rhoda se volvió hacia mí sonriendo y me dijo: "¿Cómo se atreve a hablarnos de ese modo? ¡Somos mujeres casadas!" 

El poder de seducción de este violín ocupó cuatro años de investigaciones y viajes en la vida de Helena Attlee. Como una Agatha Christie de los violines, la autora le siguió la pista por medio continente, empezando en Cremona, cuna de los mejores violines antiguos del mundo, siguiendo por todo el norte de Italia, por Praga, París, Londres, hasta acabar en Rostov, frontera entre oriente y occidente y donde la música gitana mezcló sus sonidos con instrumentos nacidos para tocar a Vivaldi en una deliciosa mezcla cultural. 

Página tras página de este fascinante festín cultural, he estado tras las rejas de un convento, mirando por encima del hombro indiscreto de Rousseau, tratando de vislumbrar el perfil de alguna de esas chicas que cantan y tocan como los ángeles en los ospedale venecianos para comprobar si su físico puede equipararse a la belleza sin igual de la música que interpretan. He vivido una época y una cultura que puso los violines en el centro de la religión y les otorgó poder para cambiar la educación estética de varias generaciones y las vidas de sus humildes instrumentistas. He conocido una liturgia que en el siglo del barroco italiano se volvió intensa, extravagante y sensual, una experiencia integral de los sentidos gracias en buena medida a la omnipresencia de los violines. 

La historia del violín de Lev, como la de la mayoría de instrumentos antiguos, "parece pertenecer a un lugar remoto en el tiempo, difuso, apenas iluminado por velas, donde el misterio todavía puede florecer y la verdad resultar aproximada". Este libro explora ese misterio y cuenta cómo los violines italianos han sugestionado a personas como Attlee durante siglos, determinando sus estados de ánimo, influyendo en su imaginación, dirigiendo sus pensamientos e incluso llevándolos a emprender viajes por toda Italia para seguir la pista del embrujo de su música. 

El violín de Lev me ha recordado a Peregrinos de la belleza, de María Belmonte (también traductora de Helena Attlee) y a Grand Hotel Europa, por esa llama atraída por la cultura mediterránea que alimenta la pasión por el arte, la historia y la música. Es la historia de una obsesión, la obsesión por un sonido capar de cambiarte la vida. Y es que, como dice el último propietario del violín de Lev: "Sentí una conexión total con su sonido. Me respondía con ese tono lúgubre en los graves que no había encontrado en ningún otro violín, y en su voz había una tristeza que aún me obsesiona. Reconozco la misma tristeza en mí mismo y puedo expresarla perfectamente a través de este violín. Siempre había deseado producir un sonido del que yo formara parte y era éste". 




jueves, 22 de junio de 2023

(YA NO) SOY ESA. MONOGRÁFICO PIKARA

Yo me he educado en la desobediencia. En el desafío a la autoridad cada vez que trataba de imponerme su criterio. Me he educado pensando instintivamente que si no te gustan los pantalones que me pongo y tuerces el gesto y me señalas esos otros modositos y normales y aburridos que tú consideras más convenientes, entonces solo me pondré estos en concreto y buscaré otros todavía menos modositos, normales y aburridos, porque ante los juicios moralizantes de los demás lo que me sale es la respuesta y la provocación. 

No tolero tutelas. No tolero que me den lecciones disfrazadas de consejos. Que me empiecen una frase con "Tú lo que tienes que hacer es" y que tenga que sonreír porque es de buena educación prestar atención a la voz de la sabiduría. No tolero que me aleccionen. Que me miren desde arriba, aunque sea para tratar de ayudarme. Especialmente si es para tratar de ayudarme. Toda la vida he intentado ser discreto y risueño, caer bien sin hacerme notar, mientras iba acumulando una rabia volcánica contra todas esas personas que viven imponiendo su discurso y ocupan todo el espacio y sojuzgan la voluntad de los demás y encima van de almas caritativas generosas cuyo admirable trabajo hay que reconocer y agradecer. 

Toda mi vida he hecho planes para la desobediencia. Así que la voz de Irantzu Varela en este monográfico de Pikara magazine ha sido una hermana, un alma gemela, un espejo al otro lado del privilegio en el que me reconozco y que me inspira para seguir desobedeciendo. Y para aprender cada día a tener menos reparos en alzar la voz ante los ataques machistas, ante los comentarios sobre los cuerpos de los demás. Ante ese conocido que le dice a una amiga: Qué delgada estás, ¿no?, has adelgazado un montón, y eso, fíjate en lo que te digo, eso seguro que es por el estrés, a qué sí, ¿eh?, claro que sí, estrés, ansiedad, o cualquier cosa de esas. Alzar la voz contra cualquier cosa que haga a las mujeres avergonzarse de su cuerpo, de su edad, de su libertad, de su naturaleza. Alzar la voz ante todos esos hombres -y algunas mujeres- que nos explican el mundo con el tono de "qué haces que no estás sacando un cuaderno para apuntar mis palabras". Que elevan la voz por encima de cualquier conversación para que solo se escuche la suya. Que necesitan atención constante, validación constante, adulación constante. Que no quieren amigos, sino fans. 

Ahora que la violencia machista vuelve a estar de actualidad, no para poner más recursos para seguir erradicándola sino, bochornosamente, para tener que volver a defender su existencia, es importantísimo recordar, todos los días, que "detrás de todos los hombres capaces de torturar y asesinar mujeres hay un montón de hombres -y de mujeres- que se ríen con los chistes sexistas, frivolizan con la violencia machista o consideran que las mujeres estamos "donde tenemos que estar". 

Gracias por tu desobediencia, Irantzu. Tus palabras son un espejo en el que la mía se reconoce y se crece. Estos textos me dicen cosas que me suenan a mí. Y al futuro de libertad desobediente en el que quiero vivir. 

 


lunes, 19 de junio de 2023

QUIJOTE EN EL CONGO

Navegar el Congo es como salir a luchar contra gigantes. Morder el polvo y volver a levantarse. Y volverse a caer en un mundo que parece detenido por una belleza salvaje salida de otro mundo, de una canción. O de una gesta de caballería. Navegar el Congo es detener el tiempo, o acelerarlo si la muerte asoma el hocico. Porque la muerte siempre está rondando, ya sea en carreteras impracticables, en selvas controladas por grupos rebeldes o en corrientes asesinas del río que te atacan como serpientes. Y los gigantes nunca vuelven a su forma de molinos, aunque sí que se pueden amansar muchas fieras si uno sabe cómo. Y Xavier Aldekoa suele saber cómo. 

Con un ejemplar de El Quijote a cuestas (grandes viajes requieren grandes libros), el autor se propuso navegar todo el río Congo, desde su nacimiento en el centro de África hasta su desembocadura, 4.700 kilómetros, algo así como de Lisboa a Moscú. Pero en canoas y barcazas atestadas, que alcanzan en sus tramos más rápidos los 17 kilómetros por hora y en las que dormir sobre una nevera durante semanas es un privilegio. La aventura de su vida. Y la de cualquiera, a tenor de las miradas que le dirigían los congoleños al enterarse de su proyecto. Su intención no era solo viajar. "Quería escuchar: que el río fuera una máquina de hacer mejores preguntas, que el avance por aquella corriente abriera una vía para entender otras realidades". 

"No se sale ileso tras recorrer el alma de una tierra golpeada durante siglos, cuya tragedia ha sido siempre tener los tesoros deseados por la economía mundial y para la que el contacto con el exterior ha sido siempre sinónimo de agresión, engaño y explotación". La historia reciente del Congo es una serie continua de brutalidades inimaginables. Desde la llegada de los primeros hombres blancos que propiciaron siglos de esclavitud y sobre los que se cimentó el capitalismo global, hasta las atrocidades del colonialismo del rey belga Leopoldo II, denunciadas por Roger Casement. Pero la violencia no acabaría ahí. Siguió la independencia en los años sesenta ante el cruel paternalismo de los belgas, las guerras civiles, la atroz violencia sexual contra las mujeres como arma de guerra, la intervención de Uganda y Ruanda en el expolio de las materias primas en los años noventa, y el estado de descontrol de todo el este del país, en manos de grupos guerrilleros que saquean la riqueza mineral del país, que hacen que la paz firmada en 2003 sea más un acuerdo que una realidad.  

"¿Cómo salir intacto de una tierra tan malherida? Coincido con el reportero salvadoreño Óscar Martínez, editor de El Faro: el oficio del periodista no es ver cosas. No es estar. Reclama otros verbos. Ir, entender, dudar, escuchar, disputar, señalar, comprometerse, cuestionar y sentir con urgencia, con el objetivo radical de exprimirse, de dejarse las tripas en el intento. El oficio exige piel. Estar alerta y desprenderse de cualquier distracción para captar lo esencial de lo que nos rodea. Ir hasta el final". 

Xavier Aldekoa


El tono de los libros de Xavier Aldekoa es humano y emocionante y siempre me reconcilia con el mundo. Me gusta cómo describe las largas horas de navegación, en las que siempre hay mucho espacio para la risa y el baile. Y su compromiso con escuchar y acompañar y su capacidad para captar los vínculos humanos. Es asombroso cómo consigue que, como lector, esté ahí con él, navegando con él, que viva una tormenta como el ataque de un dragón enfurecido y los relámpagos sean espadazos de luz que se convierten en espectros. Que ría y me conmueva y me indigne la rapacidad de las "multinacionales mineras y tecnológicas que se enriquecen con los beneficios del coltán, el oro o el cobalto manchados con la sangre de los nadie". 

"El Congo. Recorrer el gran río africano se presentaba ante mí como una empresa quijotesca. Como un viaje a un río delirante, feroz, monumental, irreal, exuberante, extremo y desvariado, que avanza ajeno a la civilización o la modernidad. Como una locura maravillosa". Y lo hizo sin aviones ni atajos, viajó como lo hacen los congoleños, aunque más de uno no se creyera que fuera capaz de hacerlo. Porque "nada iguala más que caminar junto a otro. No importa si el compañero de ruta es un soldado, un universitario, un agricultor, un nómada del Sáhara o un pigmeo de la selva: la forma de desplazarse más antigua de la humanidad se convierte a menudo en una puerta a una conversación sincera y a una complicidad que da pie a contarse la vida y las entrañas. Compartir camino es una forma de conocerse a uno mismo y de entender a los demás". 

Gracias por este camino, Xavi. Ha sido un viaje inolvidable. 






jueves, 15 de junio de 2023

QUÍTAME LA CULPA. MONOGRÁFICO PIKARA

Quién no ha vivido una relación secreta. Una relación especial, especialísima, tan especial que no se podía contar como cualquier otra. Tan especial que convenía mantenerla en secreto, dentro de la burbuja de la maravilla, para no contaminarla con las miradas de los demás. Quién no ha vivido una relación clandestina, y ha saboreado esa clandestinidad como si fuera un regalo, un dulce mágico y maravilloso destinado a hacerle la persona más especial del mundo. La clandestinidad como la libertad suprema de no depender de nadie, de vivir totalmente libre de ataduras y de juicios ajenos. Quién no ha vivido una relación secreta en la que el secretismo y la burbuja y la clandestinidad y el aislamiento eran el terreno perfecto para que la otra parte no se responsabilizara de nada, para que pudiera hacer y deshacer vínculos y apegos a su antojo en un tira y afloja enloquecedor, y para que fuera libre, sí, totalmente libre de romper y volver y romper y volver y ahora sí y ahora no y qué más da si tú y yo en realidad no existimos para nadie y nadie te puede proteger porque nadie nos ha visto y para nadie existimos y a nadie puedes acudir. 

Y luego, la culpa. La culpa de haber entrado ahí si ya sabías que no era sano. La culpa de haber aceptado permanecer en la burbuja cuando todo te pedía salir de ella. De haber aceptado que había que fingir, soltarse la mano en público, sonreír como maniquís y tragar la distancia impuesta y el exilio interior como el peaje imprescindible para que la otra parte estuviera bien y te aceptara. Qué más da cómo estuvieras tú. La culpa, la culpa de aceptar esa negación de ti, de tus sentimientos. La culpa de tragarte tus sentimientos, esa brutalidad diaria al mirarte en el espejo, ese automaltrato, y decirte: está bien, puedo con esto. En el fondo merece la pena. 

Con los episodios que nos quiebran construimos nuestra identidad y ponemos diques a los daños futuros. Da igual cuánta teoría feminista acumulemos, lo que nos enseña a no volver a tropezar con el machismo es haber tropezado con él y haber aprendido a levantarnos. A menudo, varias veces. Y aprendemos poco a poco. Tras muchos años de sufrirlo todos los días. Tras muchos años de negación, de recuerdos enterrados en la memoria más profunda y de normalización de conductas que hoy, por fin, nos resultan intolerables. Gracias a las heridas, luchamos contra ellas. Luchamos con la palabra, porque quedarnos en silencio y mirar para otro lado no soluciona nada y legitima el maltrato y nos convierte en cómplices. Y el tiempo de aceptar ser cómplices se acabó. 

Las voces recogidas en este monográfico de Pikara magazine cuentan historias cotidianas. Historias de maltrato, sutil a veces, brutal otras, que resultan un paisaje familiar en prácticamente todas las familias si nos atrevemos a mirar con atención y espíritu crítico. El maltrato psicológico es omnipresente. Lo hemos sufrido y lo hemos reproducido, en mayor o menor medida. Y estas voces sirven para saber reconocerlo, para vernos reflejados en otras historias, distintas pero tan iguales a las nuestras, y decir basta. Basta de control, basta de sometimiento, basta de manipulación. Basta de mirar para otro lado cuando el maltrato se asienta con su descarada normalidad una y otra vez en las comidas familiares, en los grupos de whatsapp y en las reuniones de amigos. 

Estas historias son invitaciones a contar la tuya. "Porque si crees que no tienes nada que contar, cambiarás de opinión leyendo a otras. A las tuyas. A las nuestras".





lunes, 12 de junio de 2023

LA MALA COSTUMBRE

Hay una niña que juega a enredar alrededor de su índice los mechones ensortijados de la mujer sentada delante de ella en el transporte público. Es una niña que tiene miedo de que sus padres dejen de quererla si descubren el secreto que esconde. Es una niña que no es enteramente ella, que sufre cuando su madre la abraza y la llama "mi machote" con orgullo. Que baila canciones de Madonna como si estuviera emitiendo señales luminosas en la oscuridad, "sacudidas de libertad que lanza al cielo esperando, asustada y esperanzada que alguien sepa descifrarlas". Una niña que sueña con fundirse en ese reino de las mujeres en el que siempre encuentra un lugar seguro. 

Este libro me ha acogido como un lugar seguro. Y es que hay tan pocos lugares verdaderamente seguros en cualquier vida que se salga de la norma. Escuchar a tus padres hablar de las personas diferentes, de esas "otras" que no encajan en lo que ellos consideran adecuado, correcto o decente, escucharles usar palabras que las condenan a un lugar periférico, extranjero, que se puede visitar pero que no se habita ni se comparte, puede intoxicar tu vida y tu autoestima para siempre. Y ay, esas miradas cuando te notan distinta, cuando desafías la norma y ese desafío nace de una herida que no solo no saben cuidar, sino que perciben como una amenaza. "Hay familias a las que el amor se les hace furia y negación en cuanto perciben que el suelo que pisan no es firme. Amores mal asentados que ante una herida en uno de sus miembros aplican un torniquete en lugar de limpiarla, presionarla hasta que deje de sangrar y cubrirla con gentileza. Siempre fue nuestro caso. Nos queríamos mucho, pero nos queríamos con demasiada urgencia". 

Alana S. Portero ha escrito un libro saturado de dolor y de belleza. Lo he leído llorando y riendo, con el corazón en un puño y parando a cada rato para respirar y digerir su intensidad. Nada en mi biografía me conecta aparentemente con la protagonista de esta historia, pero no recuerdo ningún libro reciente que me haya llegado más adentro, que me haya resonado con tanta fuerza. Ese anhelo de "brisas de perfume y olor a maquillaje", esa sororidad explosiva y desenfadada que le rompe a esa niña su "pequeño y travesti corazón", también me rompe a mí el mío en cada página. Y no quiero que acabe. Quiero que continúe este milagro hecho palabras. Esta bocanada de aire en un mundo que tantas veces hemos tenido que habitar conteniendo el aliento. "Un día yo dejaría de habitar las profundidades, la asfixia y el miedo, y florecería como un hada perfecta, dueña del aire".

La mala costumbre cuenta la historia de un extrañamiento: "Toda la vida sintiéndome ajena a aquellas personas, escondiéndome de ellas detrás de una mentira elaboradísima con forma de niño simpático, gordito y sabiondo, me había despojado del derecho a entenderlos". Es la historia de alguien que no pertenece, y lo sabe muy pronto, y no sabe qué hacer para ascender a la superficie y conseguir por fin respirar como ella necesita. Es una historia de clase obrera, de conciencia firme y amorosa, de un barrio violento habitado por vecinos vulnerables pero prodigiosos, "forjados en fuegos de otro mundo". Una comunidad "que había tejido algo hermoso con las sombras a las que había sido condenada". 

Llena de referentes múltiples y eclécticos, como la cultura pop, la mitología griega y las madrugadas madrileñas clandestinas, la voz protagonista emerge gloriosa y desnuda como una heroína de cuento de un mundo cruel en el que "antes de definirte tú misma, los demás te dibujaban los contornos con sus prejuicios y sus violencias". Y he sentido, a lo largo de todo el libro, cómo esa liberación me desataba nudos por dentro que apenas había percibido hasta ahora. Nudos olvidados sobre los que siempre había procurado caminar de puntillas y que conectaban todos con una masculinidad rígida de golpes en el pecho y competitividad ruidosa, de bravuconería pueril y analfabetismo emocional. Una masculinidad que yo siempre había sentido como un molde en el que no podía caber y que, desde una multitud de miradas y voces a mi alrededor, me decía: pobre de ti como te salgas de ahí. 

Y no sé qué más decir. O sí, tengo apuntadas tantas citas, tantas reflexiones que han florecido de estas páginas que no terminaría nunca. Pero este libro no acaba con la última página. Este libro es una semilla con el potencial de todo un bosque. Lo he leído llorando y asintiendo. Y cuando la lágrima daba una tregua venía la carcajada a ocupar el hueco. Es una hermosura con sabor a revolución. Está causando muchas pequeñas revoluciones tu libro, Alana. De esas que producen gratitud y brazos abiertos y curan cosas que uno ni siquiera sabía que dolían. Gracias por tanto.




jueves, 8 de junio de 2023

ACTIBISMOS: UNA MIRADA BI SOBRE LAS LUCHAS DISIDENTES. MONOGRÁFICO PIKARA

"Cuando dedico horas a transformarme y a producirme, no me estoy disfrazando. O, bueno, sí, pero no en el sentido despectivo con el que algunas personas lo dicen. No estoy enmascarando nada. Al contrario: estoy revelando mi yo más puro. ¿Por qué no me ves? ¿Alguna vez has sentido esa euforia? ¿La euforia de verte y que te vean? Es un destello que ciega". 

Este párrafo de Noemí López Trujillo habla de una euforia que nace y explota desde una oscuridad sojuzgada a base de cerrojos y desprecios. De la abuela que te dice que vas más pintada que una puerta y de la madre que te mira despectiva y te suelta delante de todos que pareces una buscona así vestida, y mirándote a los ojos, añade: o algo peor. La oscuridad de escuchar desde la infancia comentarios despectivos sobre cualquier comportamiento que se salga de la norma del género, cualquier hombre "afeminado" o mujer "masculina" inmediatamente vilipendiados, corregidos y fustigados con lenguas que se solazan en los chistes más mordaces, revelando una maldad pueril basada en el miedo a lo desconocido y a lo que se desvía del camino amurallado y único de la tradición. La oscuridad de escuchar, también desde la infancia, todo tipo de comentarios sobre nuestros cuerpos. Nuestros cuerpos como campos de batalla en los que nuestras familias tratan de imponer su dominio, diciéndonos qué ropa nos queda bien, cómo tenemos que llevar el pelo y cuál es nuestro volumen ideal. 

Pero de esta oscuridad se sale. Se sale con mucho esfuerzo y dolor, con un atrevimiento que mezcla el pánico y el éxtasis, como cuentan las voces que aparecen en este monográfico de Pikara magazine sobre las experiencias bisexuales y su lucha por afirmar su identidad, plantando cara a cada prejuicio y cada discriminación. 

Me ha gustado mucho cómo se describe la necesidad de identificarse no solo a través de la violencia o discriminación recibidas, no solo a través de ese rol de víctima acostumbrada al desprecio y a la desconfianza, o, en el mejor de los casos, a la compasión, sino también a través de la euforia, la alegría y la convivencia con otras personas afines con las que afirmar vidas plenas, completas y diversas.

"El género no es solo lo que nos han dicho que es. No es solo esa cajita de expectativas, definiciones y obligaciones. Es la reapropiación, pero no solo. Es la creación en un lugar devastado. Es inventar mundos encima de otro mundo que no te convence. Y hacer un ejército para defender lo creado". 

Este monográfico dedicado a la bisexualidad reúne textos valientes e inspiradores, textos como manos que van abriendo puertas y ventanas para airear nuestras vidas, limpiar el polvo y las telarañas rancias de las tradiciones de siempre y que en cada rincón huela a aire y a flores ya nunca más prohibidas. 




lunes, 5 de junio de 2023

BILLY SUMMERS

"Hay libros-submarinos que te descubren profundidades adultas insospechadas. Y hay libros-lanchas motoras con los que vuelas por la superficie del agua como un niño". Esto escribía yo sobre los libros de Stephen King en 2018, después de leer la Trilogía del Mercedes, con la que pasé tan buenos ratos. Y lo mismo sigo pensando cinco años después, tras terminar Billy Summers, una novela que he leído con la alegría despreocupada de quien no tiene tiempo de tomar notas de nada ni darles vueltas filosóficas a las frases porque está demasiado ocupado disfrutando como un niño del presente. 

Billy Summers es un veterano de Irak que lleva una década dedicado al silencioso oficio de asesino a sueldo. Eso sí, con un código ético particular: solo acepta matar a quien él piensa que se lo merece. Cuando le ofrecen un trabajo que encaja perfectamente con su perfil y tan bien pagado que podría retirarse del negocio para siempre, no se lo piensa. Lo que no sabe es que lo que siempre ha salido a la perfección puede empezar a torcerse, por los motivos más insospechados. A torcerse y a torcerse hasta que la historia se vuelva totalmente imprevisible. 

Esta es una novela construida como una trampa que se va cerrando. Cada capítulo es una cucharadita más de arroz en una balanza que se va inclinando e inclinando cada vez más hacia el lado más oscuro. En el que, por cierto, no falta su colmillito mordaz a la política estadounidense: "En un mundo donde un timador puede ser elegido presidente todo es posible". O sus homenajes literarios explícitos e implícitos, como cuando habla de la esperanza, "esa cosa con alas", pero también esa cosa que duele, y Emily Dickinson asoma la cabecita por detrás del hombro de un asesino a sueldo y guiña un ojo cómplice. 

Hay algo en las novelas de Stephen King que me produce una satisfacción profunda. Una calma moral. Será que los personajes me caen bien. Me siento en el asiento trasero de sus coches en sus largos viajes por Estados Unidos y les escucho hablar y me río con sus bromas y disfruto del sol sobre los maizales y hasta pillo las referencias a Cormac McCarthy y duermo a pierna suelta en sus moteles de tres al cuarto, como si esa fuera mi vida soñada. Quizá sea eso. Que consigue meterme de lleno en una historia totalmente ajena a mi vida y durante lo que dura la novela estoy ahí dentro de lleno, casi más presente en la historia que en la ajetreada vida real de todos los días. Un chute de presente para leer como un niño, eso es Stephen King. 




jueves, 1 de junio de 2023

ODIOS. MONOGRÁFICO PIKARA

"Son regalos, no os pertenecen". "Escucha la llamada de tu conciencia". "Asesinas". "Es el nuevo holocausto". "Aquí se matan niños". Estas y otras lindezas tienen que escuchar y ver escritas en pancartas con mucha frecuencia las mujeres que van a abortar a las puertas de las clínicas que ofrecen este derecho. Fetos de plástico, pequeños ataúdes puestos en la acerca, soflamas de todo tipo, chavales de rodillas sobre el asfalto rezando, cualquier acción es válida con el fin de acosar a las mujeres que van a interrumpir su embarazo y tratar de hacerles cambiar de opinión. A pesar de que, según la ley aprobada en 2022, este tipo de actos están penados en España con hasta un año de cárcel, la policía aún no suele tomar cartas en el asunto ni identificar a nadie. Es un ejemplo más de la ola reaccionaria que nos está invadiendo con el objetivo de arrebatarnos derechos fundamentales y socavar la pluralidad, la libertad y la independencia de las personas. 

Sobre estos derechos fundamentales y su defensa a ultranza van los monográficos de Pikara Magazine, revista digital de divulgación de la teoría y la práctica feminista que practica un periodismo "crítico, transgresor y disfrutón", y este en concreto, sobre el impacto de las políticas del odio en la ciudadanía, y en especial en las mujeres. En apenas 70 páginas hace un repaso por distintos temas que ofrecen nuevas perspectivas para desarrollar un espíritu crítico y poder posicionarse con argumentos en contra de todo aquello que atente contra nuestra libertad, nuestra independencia y nuestra dignidad como personas. 

Posicionarse contra el racismo cruel que, mediante concertinas y devoluciones en caliente, vulnera los derechos fundamentales de los migrantes en nuestra frontera sur. 
Posicionarse contra la misoginia que ataca los derechos reproductivos y sociales de las mujeres a las puertas de las clínicas y en las tribunas políticas. 
Posicionarse contra la ola reaccionaria que, enarbolando la defensa de la familia tradicional como el único modelo de familia posible, amenaza, no solo en España sino en todo el mundo, los derechos de todas las minorías y contribuyen a sostener el actual régimen de desigualdad. 
Posicionarse contra el acoso y la violencia contra las mujeres en los medios digitales y redes sociales, sobre el que recientemente escribió un ensayo brillante Laura Bates (Los hombres que odian a las mujeres). 
Posicionarse contra los modelos de mujer que quieren llevar a las familias a estereotipos de los años 50, pero doblando las jornadas de las mujeres trabajadoras. 
Contra ciertas influencers cuquis de Instagram, que no tienen reparos en meter publicidad de extrema derecha en medio de cupcakes perfectos en tonos pastel. 
Contra las terapias de reconversión que, espoleadas por la iglesia católica, buscan un tipo de genocidio al pretender borrar y eliminar la identidad de las personas LGTBI. 

Posicionarse contra todo lo que nos degrada como seres humanos e intenta retrotraernos a épocas oscuras ya superadas, y a favor de una convivencia más libre, más diversa y disfrutona, como defienden en Pikara, que nos permita seguir construyendo un futuro que defender con orgullo. 




lunes, 29 de mayo de 2023

JUNTOS

Hace unos minutos un conocido decía que en las elecciones de este año ganarán las derechas porque el péndulo de la historia siempre vuelve a traernos lo que toca. Es una visión de la política como algo inmutable, un péndulo, que siempre alternará entre los mismos puntos, girando imperceptiblemente hasta volver siempre a su origen. Qué tranquilidad, pienso, creer que la política es eso. Algo inamovible. Qué confianza saber que pase lo que pase todo volverá siempre a su sitio, que cualquier pérdida de derechos ya se recuperará más tarde. Me encantaría saber qué opinan los demócratas turcos de esto, que llevan más de dos décadas esperando a un péndulo que parece que olvidó su labor pendular y se quedó ya para siempre en el regazo del autoritarismo. O los demócratas rusos, para los que quejarse de que el péndulo no vuelve les puede llevar directamente a la cárcel. O los demócratas italianos, que llevan treinta años con un péndulo loco que gira para donde quiere y ahora mira hacia el fascismo como una mosca enamorada de una llama mortal. O a los propios madrileños, cuyo péndulo lleva sin moverse desde 1995 en su comunidad, extasiado ante la soberbia de quien no tiene más discurso que la chulería y el odio clasista. 

Los péndulos no existen en política. Y pensar que sí, que la política se rige por ciclos y que basta con esperar para que todas las opciones terminen teniendo su oportunidad, es negarse a ver la realidad para vivir tranquilos y ajenos desde el acomodo de nuestros salones burgueses, libres de responsabilidades. La política es movimiento impredecible, es un combate de ideas que se libra en muchos terrenos resbaladizos e impenetrables y en las arenas movedizas de la palabra y el activismo. Pero un breve vistazo a la realidad de los últimos veinte años basta para saber que quedarse esperando de brazos cruzados a que pase el chaparrón solo sirve para terminar calados hasta los huesos e indefinidamente. 

Ece Temelkuran lo sabe muy bien. Sus años de exilio en Zagreb hablan por sí mismos de un péndulo que para ella, y para millones de turcos, nunca acaba de volver. Y en este libro esperanzador nos habla de que sólo nos puede salvar la determinación feroz de preservar el diálogo con los que no piensan como nosotros y de crear belleza allá donde vayamos. 

Leer las palabras de Temelkuran es salir de la apatía que generan las redes sociales, con su polarización indiscriminada a base de odio y memes, y renovar la ilusión necesaria para seguir combatiendo la lógica perversa de la maquinaria política que lleva dos décadas generando miedo, confusión y desesperación en todo el mundo. «Ningún país es inmune a la paralizante plaga política y moral de nuestro tiempo». Y no sirve de nada quedarse de brazos cruzados esperando que nos pase por encima la ofensiva global contra el razonamiento y la dignidad básicas. 

Las últimas generaciones vivimos aplastadas por el presente, como si fuera una condena. Un presente de predicciones funestas y de unos logros que se ven empañados constantemente por una oposición feroz y ciega que se identifica con la totalidad de la población y solo lucha para tumbar a un adversario que considera ilegítimo. Y hay que recordar cada día todo lo bueno que nos ha traído hasta aquí y mirar hacia el futuro desde la imaginación transformadora. 

No somos lo que proyectan los políticos. No somos la indignidad diaria, la soberbia y la chulería. Cualquiera que esté en contacto diario con gente que no conoce se da cuenta: la inmensa mayoría de la gente es agradable y educada y está dispuesta a reaccionar con humanidad en las circunstancias más variadas. Aunque traten de contaminarnos a diario, y más en campaña electoral, con mensajes de odio, de inquina y de desprecio, la inmensa mayoría seguimos manteniendo intacta la dignidad que nos hace querer vivir juntos y respetarnos en lo esencial. 

Y de esto va la lucha. No de partidos políticos, ni siquiera a menudo trata ya de ideologías. Va de dignidad. De reclamarla y reivindicarla. Contra el conformismo y el derrotismo del "todos son iguales", elijamos la dignidad antes que el orgullo. "El orgullo divide a las masas entre "nosotros y ellos", mientras que la dignidad alude a un "nosotros" que no excluye a nadie". "La dignidad tiene que ver con una autoestima que no requiere ninguna evaluación externa, mientras que el orgullo está relacionado con el valor que nos otorgan los demás". 

Elijamos la confianza, también. Y nunca más tratemos como extraños a nuestros semejantes. De esto va la convivencia fructífera y el futuro. De tenderle la mano al frutero y dejar de llamarle "el moro" porque tiene nombre y apellido y una historia y un lugar a nuestro lado por derecho propio, y su acento y su origen y el color de su piel nos enriquecen demasiado como para convertirlo en excepción. De la necesidad de estar abiertos a lo inesperado y a lo nuevo, y no cerrarse con mil candados y alarmas como si el mundo exterior fuera en esencia amenazante. De estar abiertos para entender y ser entendidos. Para abrazar y ser abrazados y vivir cerca de los demás, porque la cercanía, a través de la palabra, desactiva la amenaza. 

Defender la dignidad necesaria para un futuro más justo es una necesidad física y emocional, y también política, para que la soberbia y el desprecio que fomentan la desigualdad nos reconozca como seres humanos. Todas las dictaduras han temido y prohibido que la gente se uniera. De la unión nace la rebeldía, la lucha y la posibilidad de liberarse del poder que nos quiere sumisos. Para desafiar al autoritarismo es imprescindible unirnos. Y para mantener la cordura y la alegría de vivir en estos tiempos desquiciantes, olvidémonos de péndulos y de metáforas anestesiantes que nos recluyen a todos en casa por separado y salgamos a la calle y a la vida juntos con la palabra armada para defender nuestra dignidad. 








jueves, 25 de mayo de 2023

CÓMO PERDER UN PAÍS

A veces siento que pierdo mi país. Creo que la primera vez fue en 2010, cuando empezaron a proponerme tocar el piano gratis en conciertos por los que hasta entonces había estado cobrando. La crisis, decían. La cultura era el primer barco que se iba a pique. Lo sentí muy fuerte, aunque afortunadamente no en mi piel, con los miles de jóvenes que tuvieron que salir de España en esos años para buscar trabajo en el extranjero. Muchos de ellos perdieron su país. Y para siempre. Y lo llevo sintiendo desde que la extrema derecha se ha vuelto una realidad cotidiana, no solo en los exabruptos escandalosos de sus representantes políticos, sino también en círculos cercanos como los grupos de whatsapp donde familiares y amigos se han dejado deshumanizar por la diversión de someter a cualquier persona que piense diferente al más zafio escarnio público. 

Yo pierdo mi país cuando una librería amiga amanece con una esvástica pintada en su puerta o el escaparate roto por una pedrada porque sus libreras se atreven a defender públicamente los derechos humanos de las minorías. Pierdo mi país cuando un político defiende que la riqueza, el éxito y la prosperidad son aspiraciones exclusivas de los españoles blancos y, dentro de ellos, solo de los que verdaderamente se esfuerzan. Es decir, cuando la xenofobia y el mito de la meritocracia son los únicos futuros que nos proponen. Pierdo mi país cuando constato, cada día al leer ciertas noticias, que la vergüenza y la compasión se han convertido en responsabilidad exclusiva de cada uno, dejando de ser brújulas morales compartidas por la sociedad y el conjunto de las instituciones públicas. Pierdo mi país cuando veo a tantos millones, en las urnas y en los grupos de whatsapp, saludando como a sus salvadores a los políticos que legislan para perpetuar su precariedad. 

En este ensayo sobre los paralelismos entre la deriva autoritaria de los últimos veinte años en Turquía y el auge de la extrema derecha en todo el mundo, Ece Temelkuran describe cómo, curiosamente, a la gente ya no le importa que la humillen, siempre y cuando le ofrezcan a cambio una sensación de pertenencia, de refugio ante un mundo imprevisible. Habla de la extrema derecha. Desde Erdogan a Trump, pasando por los defensores del Brexit y los gobiernos húngaro y polaco, la era autoritaria es un veneno político y social que parece haber llegado para quedarse. "Su misión no es debatir un tema o refutar un argumento, sino aterrorizar el espacio de la comunicación con una hostilidad y agresividad sin precedentes con el fin de obligar a las ideas opuestas a retirarse". 

En la era de la posverdad, en la que cualquier causa puede ser verdad o mentira, a las víctimas de la violencia autoritaria ni siquiera se las etiqueta de "enemigos del pueblo", un título que al menos uno podía exhibir como distintivo de honor en las dictaduras, sino que se las convierte meramente en un chiste público. El conjunto de valores morales compartidos ha sido torpedeado por la práctica extensiva del escarnio público. Ese escarnio que prolifera en forma de memes y que es el pozo insondable en el que las personas sensatas se convierten en monstruos riéndose desde su sofá. 

Los políticos de extrema derecha defienden una comunicación política diseñada para generar hostilidad, con el fin de crear un espacio de inmoralidad cada vez más grande donde quepa cualquier iniciativa política hasta entonces impensable. "Ya no disponemos de la certeza de un sistema de valores compartidos que nos permite probar, sin lugar a dudas, que se ha cometido un crimen moral". Todo está permitido. Mientras no se prohíba, cualquiera puede hacer lo que quiera, decir lo que quiera, maltratar psicológicamente a cualquiera en prime time. Y los políticos de extrema derecha hacen uso de esa laxitud moral dominante para tensar más y más el límite de lo aceptable, como los adolescentes que desafían con su insolencia a sus padres y a cualquier autoridad para comprobar hasta dónde puede llegar su ansia arrogante de ser el centro de atención. 


Ece Temelkuran


La moralidad se ha exiliado por la fuerza de la vida pública y la vergüenza y la compasión ya no son conceptos compartidos por todos. Por eso la creciente desigualdad no es un problema para tanta gente mientras a cambio sientan que son especiales. Especiales por españoles, por blancos, por católicos, por militantes de un partido. Especiales por la certeza de que, por más terrible que sea su situación, siempre habrá otro colectivo que esté peor. Ya se encargarán sus políticos favoritos de que lo haya. 

Ece Temelkuran escribe desde el exilio, no puede volver a Turquía. Escribe con un tono sugestivo y apasionado sobre líderes tan convencidos de que su propuesta es la única propuesta deseable que ni siquiera conciben ya la política como un juego de pactos en los que a través del diálogo se aspira a llegar a un consenso, sino como una guerra en la que no cabe otro vencedor posible que ellos mismos. Se identifican con "el pueblo" o con "las gentes de bien" para poder quejarse de cualquier ataque que reciban como de un ataque a todo el país. 

La experiencia turca de los últimos veinte años nos enseña a las democracias occidentales que "la usurpación definitiva del poder no se produce mediante un espectacular incendio del Reichstag, sino que, por el contrario, constituye un proceso terrible que se prolonga a lo largo de muchos años, integrado por numerosos pequeños incendios dispersos, aparentemente insignificantes, que arden sin llama". 

Luchar contra la extrema derecha es preservar "una sala oculta en el corazón humano indiferente a los conceptos de jerarquía, poder, posesión y todos los demás apéndices milenarios que reducen la esencia de la vida y sofocan su alegría". Es mantener la cordura cuando tus representantes públicos llaman paz a la violencia, concordia al odio, prosperidad a la creciente desigualdad, tolerancia a la xenofobia y tensan la cuerda de lo razonable esperando que todos los que no piensan como ellos agoten sus reservas de indignación y de ira y ya solo les quede reírse de pura desesperación. Luchar contra la extrema derecha es conservar el sentido de la vergüenza y de la compasión, proteger la conciencia cívica contra las continuas agresiones de los que no creen en la justicia social y defender los derechos de las minorías contra cualquier piedra o esvástica salida de un pasado infame que no tiene cabida en nuestro presente.