jueves, 27 de junio de 2019

LOS SALVAJES

Krim está muerto por dentro. Tiene un don excepcional para la música pero nadie lo entiende. Y la sociedad se ha encargado de hacerle saber que para lo demás no está a la altura. No es lo suficientemente inteligente, no es lo suficientemente maduro, no es lo suficientemente francés. Un día llega su primo mayor, un hombre de éxito ambiguo con un aplomo y una seguridad aplastantes, y se dirige a él de igual a igual. Recoge los añicos de su autoestima y los ensambla de nuevo a base de llamadas, de consejos, de palmadas en la espalda. Le trata como a un ser humano digno de atención. Le trata como si fuera inteligente, maduro, capaz. Le trata como si no necesitara para nada ser francés. Y a partir de ese momento, la gratitud de Krim crece y crece hasta explotarle en el pecho. Y ya siempre estará dispuesto a hacer cualquier cosa por él. Cualquier cosa. Hasta matar al presidente de su propio país.

Qué barbaridad. Ya no recuerdo cuánto tiempo hacía que no leía un libro-huracán como este. O mejor dicho, una tetralogía-huracán como esta (publicada en tres volúmenes en español). Me ha recordado al Millenium de Stieg Larsson, y también a esa brutal intensidad de los libros de Pierre Lemaitre. Genera la ansiedad por seguir leyendo de los mejores thrillers políticos. Cerrar el libro al terminar un capítulo es tan difícil como apagar la tele después del final de un episodio de Homeland.

Eso sí, un Homeland a la francesa. A la magrebí, incluso. La escena inicial del primer libro es un ejemplo salvaje de cómo una boda argelina puede ser perfectamente francesa, y al mismo tiempo no serlo nunca del todo, pues la asimilación cultural siempre se da de bruces, como en casi todos los países europeos, con la xenofobia y el clasismo. Los diálogos vuelan en todas direcciones, lanzando multitud de chispas capaces de provocar todo tipo de tragedias, y la red de personajes se extiende y se extiende como en las mejores novelas universales. 

Bajo la potencia y el lirismo, hay una rabia escondida en los personajes de Sabri Louatah. Una rabia que quiere hacer que las llamas prendan, ser el combustible que extienda hacia la sociedad el incendio que millones de árabes llevan sufriendo en sus cabezas desde que llegaron a Francia y fueron tratados como seres inferiores.

Estas cuatro novelas, que se leen de un tirón frenético, apelan a nuestras sociedades occidentales actuales con la contundencia de un puñetazo: la infiltración de la extrema derecha en las instituciones con el fin de menoscabarlas y sabotearlas desde dentro; la corrupción de una élite política que sólo gobierna para engrosar sus cuentas bancarias, extender sus redes clientelares y perpetuar su poder; el uso por parte de dirigentes políticos de los medios del Estado para espiar a rivales políticos, proteger delincuentes, borrar pruebas de sus delitos y controlar los medios de comunicación. 

Estas cuatro novelas se pueden leer como novelas de playa apasionantes. Pero dejan el regusto de que hay algo perverso y malévolo en nuestras sociedades, tejiendo hilos entre bambalinas, sirviéndose de la inteligencia y de la estupidez y de las máscaras que hagan falta para perpetuarse en el poder y seguir favoreciendo sus propios intereses. 




lunes, 24 de junio de 2019

MARÍA ANTONIETA

Clientes y amigos saben bien que uno de nuestros autores favoritos es Stefan Zweig. Este año Óscar, Patricia y yo nos dimos el placer de viajar a Viena, entre otros motivos para cenar en el Café Central, donde Zweig solía reunirse con los más importantes intelectuales de su época en la época dorada de la cultura hasta que llegó el horror del nazismo.

En ese viaje descubrimos que a mí me faltaba por leer esta biografía de María Antonieta y a Óscar la de María Estuardo, ambas de Zweig. ¡Teníamos que corregir esa omisión! Cumplimos, y después de recomendaros encarecidamente la de María Estuardo, que leí hace ya tiempo, como la mejor novela de intriga y conspiración que recuerde, os traigo ahora mi lectura de María Antonieta, con la que tantas cosas he aprendido. 

Uno de los muchos méritos que tiene la literatura de Zweig es que sabe despertar el deseo de seguir investigando sobre los temas que trata, incluso después de terminar sus libros. Después de acabar María Antonieta, la necesidad de conocer mejor el inicio y desarrollo de la Revolución Francesa me llevó al ensayo La Europa revolucionaria 1783-1815, de George Rudé.

En mayo de 1770, a una María Antonieta de tan solo catorce años la casaron con Luis XVI, un año mayor que ella. Eran dos niños sin preparación y con caracteres que no les hacían precisamente los más adecuados para ser algún día reyes de Francia. Ella, encantadora y superficial, solo buscaba diversión, sin tener la más mínima conciencia del mundo que existía fuera de su pequeño círculo de cortesanos. Jamás le interesó saber cómo vivía la gente corriente y nunca vivió fuera de sus palacios... hasta que llegó la Revolución y con ella despertó de aquel sueño. Los tres últimos años fueron aterradores para aquella reina que creyó que todo se le debía. 

Luis XVI, su marido, un Borbón de pocas luces, como han sido tantos en esa dinastía, tenía buenos sentimientos. Lo que de verdad le hubiera gustado es no ser rey y que le dejaran una parcela de tierra para dedicarse a cazar. Un pequeño problema físico, una fimosis, le impidió consumar su matrimonio hasta siete años después de casarse ¡menos mal que alguien más lúcido que él le dijo que era algo sencillo de resolver con una sencilla operación!

Su indecisión, su falta de determinación política y su cobardía le hacían oscilar de un lado a otro sin tener nunca nada claro. La población tenía la impresión de que hacía causa común con el clero y la nobleza cuando en realidad tenía al duque de Orleans como uno de sus enemigos. Con un marido y rey de estas características, María Antonieta, con más carácter pero sin implicarse en ninguno de los problemas políticos o económicos de su nueva patria, eligió vivir una vida al margen de su marido y su país, gastando enormes sumas de dinero para sus caprichos, especialmente en la construcción del palacio de Trianon que convirtió en su residencia personal, al margen de Versalles, dando la espalda a la corte.

Stefan Zweig

En una época de catástrofe económica (1787-1789) debida a las malas cosechas, la primera chispa que encendió la Revolución fue la declaración de bancarrota del gobierno después de la guerra de América. La revuelta fue aristocrática contra la Corona y el gobierno real, apoyada por el clero, también se fomentó el odio contra una reina que sentían ajena y que derrochaba a manos llenas las arcas del Estado, autorizada por su marido. Voltaire, Montesquieu y Rousseau influyeron en la opinión popular, consiguieron que se pusiera de moda ser escéptico e irreligioso. Hardy, un librero de París, recogió expresiones anticlericales en su diario de la década de 1780 y quizá fue el caldo de cultivo para que años después se iniciara, no de golpe, sino poco a poco, ese movimiento político propiciado por las clases "respetables" de Francia para reparar viejos agravios y reformar instituciones anticuadas, un levantamiento espontáneo y regenerador contra el despotismo, la miseria agobiante y la injusticia del Antiguo Régimen. Los escritos de la Ilustración minaron creencias y lealtades tradicionales, dejando el sistema debilitado y en peligro.

La Revolución Francesa ha tenido tanto impacto en la historia de la Humanidad que el personaje tan atractivo de María Antonieta ha quedado diluido y la imagen que más ha trascendido es la de la guillotina que acabó con su vida. Al final, en esos tres últimos años de su vida, tan atormentados, demostró una entereza y un carácter que nunca tuvo Luis XVI. Con un poco más de valentía y de claridad de ideas, su destino creo que hubiera sido mucho más benévolo.

Como siempre, una magnífica biografía de Zweig para disfrutar de una época que nos pilla un poco lejana pero que transformó radicalmente tantas cosas a partir de entonces.





jueves, 20 de junio de 2019

VOZDEVIEJA (firma invitada)

¡Cómo nos gustan las historias! Que nos las cuenten cuando aún no somos capaces de descifrarlas de entre el código escrito que las esconde; empezar a crearlas, de pequeños, en nuestros juegos con nuestros amigos, nuestros muñecos, nuestros coches de juguete, nuestros videojuegos; verlas en las pantallas grandes del cine y en las pequeñas de la televisión; leerlas si adquirimos el maravilloso hábito lector que nos lleva de viaje durante horas por mundos que vamos inventando gracias a la imaginación de otros... 

Y precisamente porque nos gustan las historias, porque la vida no sería lo mismo sin las narraciones en las que nos zambullimos, creamos unas expectativas tan altas sobre lo que leemos o vemos. Por eso firmamos peticiones de Change.org para exigir que los guionistas de nuestra serie favorita cambien el final o nos indignamos si la trama no ha seguido el camino que habríamos deseado, el que habíamos ya hecho nuestro. Porque recibir historias como sujetos pacientes hace que finalmente acabemos convirtiéndonos en sus creadores.

Con todas las novelas que tienen un punto controvertido o van en contra de lo políticamente correcto ocurre como con esas series cuyos guiones se quieren cambiar. Con Vozdevieja, quizás los lectores esperen que su protagonista sea de otra manera, no se la creen o se indignan cuando la irreverencia lo inunda todo. Sin embargo, la irreverencia de Vozdevieja es lo que a mí me cautivó desde que empecé a leerla.

He de decir que siento predilección por las historias de niños, esas que los expertos denominan novelas de formación y en las que los lectores somos testigos de la evolución de los personajes. En pocas ocasiones ese personaje es una niña, así que ¡bien! Cuando empecé a leer esta novela pensé que además de estar ante uno de mis géneros favoritos, me identificaría más fácilmente con su protagonista, Marina.

Marina y yo, sin embargo, tenemos, a simple vista, muy poco en común. Y eso es lo que me atraía aún más de esta novela: ir descubriendo mi propia infancia casi olvidada, o idealizada, o pasada por el filtro del recuerdo adolescente o adulto gracias a los ojos de Marina, a esa narradora gamberra y a la vez reflexiva. Porque ese es uno de los grandes hallazgos de esta novela: la mezcla de tonos. El humor y la ironía de carácter escatológico (una niña obsesionada con cagar y con el porno), el registro coloquial (casi vulgar) del habla de la calle en la Sevilla del verano del 93, la reflexión sobre la enfermedad, las relaciones familiares y la pérdida constituyen un totum revolutum delicioso en el que quedarse a veranear de por vida.

Además del humor, que se escurre a raudales de entre las páginas de este libro, me gusta mucho su ambientación: ese verano tórrido y seco, los días de playa en Marbella, la vuelta al edificio de hormigón de Sevilla, las noches jugando “a la fresca”… Aunque sigue la línea de otras novelas clásicas sobre el paso de la infancia a la adolescencia o la adultez, Vozdevieja le ofrece al género la chispa de perversión que les falta a los otros. Contrapone esa inocencia que damos por hecho en la infancia con la picardía de su personaje, que combina a la perfección además con su carácter de repipi y niña buena ante los ojos del mundo.

En la complejidad de este personaje, Marina libra una batalla interior consigo misma: atreverse a hacer lo que desea o huir de las situaciones que le plantean algún conflicto. Y en esa batalla que libra la acompañamos y, de alguna manera, crecemos con ella. A pesar de que en nuestras expectativas de lectores con una larga experiencia en la vida, las niñas de nueve años no puedan obsesionarse con el sexo o no puedan filosofar sobre la vida y la muerte.

Enhorabuena, Elisa Victoria, por haber creado un personaje tan rico en sus contrastes y que nos ha enseñado a tirar por tierra nuestras ideas preconcebidas sobre la infancia, etapa que en el fondo no recordamos con nitidez, sino que hemos reconstruido e idealizado gracias a las miles de historias que en nuestra vida como consumidores de narraciones hemos disfrutado.



lunes, 17 de junio de 2019

JONAS FINK

Le decía a Patricia el otro día que este es un cómic para los que no leen cómics. Tiene un dibujo clásico y expresivo, con un colorido que recuerda vagamente a los años cincuenta y sesenta, la historia avanza a toda máquina sin dejar por ello de detenerse en pequeños detalles emocionantes y no puede ser más universal en sus temas: represión, injusticia, amor eterno, revolución y los libros y la cultura como tablas de salvación para un sociedad deseosa de liberarse de la dictadura. 

Sí, es un cómic que recomendaría a cualquiera que no esté acostumbrado al género. Porque lo tiene todo para gustar a cualquiera y a la vez es una de las obras gráficas más ambiciosas y apasionantes que he leído nunca. "Una de las cumbres del cómic europeo", dicen los críticos. Pues no me extraña. 

Jonas Fink es hijo de un médico condenado a prisión por negarse a ser cómplice de la dictadura comunista que se impuso en Checoslovaquia a partir de 1949. Expulsado de la escuela, condenado a trabajar para escapar de la miseria, pronto encuentra en los libros una forma de evasión y de traer a casa un sueldo de subsistencia. Entabla amistad con un pequeño grupo de chavales que se reúnen en un parque para leer en voz alta libros prohibidos, sin ser del todo consciente del peligro que eso supone en una Praga atenazada por la represión y la paranoia de las delaciones. 

Vittorio Giardino ha dedicado a esta obra más de veinte años de su vida. Una obra sobre la historia de Praga desde 1949 hasta 1968, sobre los muros que los hombres levantan entre países y entre personas, por miedo a que su idea del mundo pueda ser puesta en entredicho. Los políticos checos decían: "Los individuos pueden equivocarse, pero el Partido nunca". Y esta historia es un ejemplo magnífico de la sombra que esta religión soviética extendió sobre los países de Europa del Este a partir de 1949 y que destrozó la convivencia y la esperanza en el futuro de tres generaciones. 

Por último, es un homenaje a las librerías como focos de resistencia. Librerías como refugios, como trincheras desde las que defender la palabra y la idea de futuro. Y me ha gustado pensar que esta pequeña librería madrileña en la que trabajo, y desde la que leo y escribo, es de alguna forma heredera de la librería praguense que aparece en este cómic. Heredera en promover la libertad de expresión, en enarbolar la bandera del compromiso contra cualquier tipo de censura y en tratar de combatir, década tras década, la ignorancia y el autoritarismo. 



lunes, 10 de junio de 2019

EL MAR LO VIO

El osito de Sofía, más que un juguete, era un amigo. Con él salía al parque, con él daba largos paseos por el bosque y con él vio el mar por primera vez. Qué larga era la playa, qué suave la arena y el mar... ¡Qué día más perfecto! 

Hasta que llegó la tormenta. Su padre le cogió la mano, recogieron rápidamente sus cosas y salieron corriendo para evitar la lluvia y las ráfagas de viento. Tanta prisa tenían que ninguno de los dos se dio cuenta de que el osito de Sofía se había caído de una bolsa y se había quedado en la playa, a merced del temporal. 

Y ahí se quedó, sentado en la arena. Solo. Hasta que el mar lo vio y lo acogió con su marea para protegerlo y ayudarle, prometiéndole que lo llevaría de vuelta a casa. ¿Lo lograría? ¿Volvería Sofía a ver algún día a su amigo?

Tom Percival ha escrito una historia sencilla y emotiva sobre cómo los afectos de la infancia pueden durar una vida entera. Y la ha ilustrado con una delicadeza extraordinaria, inspirándose para alguna de las escenas en cuadros de pintores holandeses que se encuentran en el Rijksmuseum. 






jueves, 6 de junio de 2019

MI ÁNTONIA

Había leído otras novelas de esta brillante escritora que me habían gustado (Pioneros, Sapphira y la esclava, El puente de Alexander), pero en ninguna había encontrado la emoción que ha despertado en mí este personaje maravilloso, Ántonia, que me ha enamorado. Es valiente, generosa, entrañable, una cálida fuente de vida, como fueron muchos de los pioneros que poblaron el interior de Estados Unidos. Willa Cather ha creado un espacio, una atmósfera, unos personajes llenos de vida. 

Esta novela, basada en recuerdos personales de la autora, trata sobre la memoria y sus procesos, recreados con una magistral técnica y sensibilidad. Ántonia llega a los quince años a Nebraska desde su Bohemia natal con sus padres y hermano, vive las penurias de la miseria en una tierra inhóspita, ardiente en verano y gélida en invierno. A su padre, un músico de gran sensibilidad que no conoce ninguna de las formas de cultivar la tierra, casado con una mujer mezquina y de pocas luces, le resulta imposible adaptarse al medio. En cambio, su hija es resistente y sale adelante en todas las circunstancias.

Jim Burden, un muchachito cuatro años más joven que Ántonia, es el narrador de la historia que transcurre por la etapa de juventud y llega a la madurez cuando Ántonia es madre de familia numerosa. Cuando eran jóvenes solían ir a cazar codornices y patos pero cuando se reencuentran muchos años más tarde Ántonia le confiesa que desde que empezó a tener hijos las armas le dan miedo y no es capaz de disparar a ningún ser vivo. Jim le contesta que la joven reina de Italia le dijo lo mismo a un buen amigo suyo, antes era una gran cazadora y ahora solo practica el tiro al plato. Entonces, estoy segura de que es una buena madre, le contesta Ántonia.

Willa Cather nació en Winchester, Virginia, en 1873, en una familia de origen irlandés, y pasó su infancia en Nebraska, en los años de la primera gran colonización de inmigrantes checos y escandinavos. Para poder estudiar en la universidad de su ciudad tuvo que disfrazarse de hombre y cambiar su nombre por el de William. Vivió durante cuarenta años con su pareja Edith Lewis. Se ganó la admiración de William Faulkner y Truman Capote. Ganó el Premio Pulitzer en 1922 por Uno de los nuestros. Fue viajera, periodista, maestra, dirigió diversas publicaciones y aunque su literatura está a la altura de la de Henry James, sin duda el hecho de ser mujer influyó en que siempre se la haya prestado menos atención. Es hora de recuperarla y disfrutarla. 


Willa Cather




lunes, 3 de junio de 2019

TODA LA LUZ, TODA LA SANGRE

Después de una hora abriendo libros de poesía y leyendo poemas al azar, me encuentro con este autor, que no conozco, y de pronto, al primer poema, es como comprender un paisaje después de ver pasar delante de mí multitud de planicies que no entiendo. (Un mar, un malecón, la pasión de unas olas que rompen y rompen contra el olvido y el tiempo.) Ver un paisaje. O quizá un estado de ánimo. El impulso de un poeta que le escribe a otra poeta a través de los siglos: 

"Nada ha borrado el agua, Juana, de lo que fue dictando el fuego.
Han pasado los años y los siglos, y por aquí están todavía tus ojos
ávidos, rigurosos y dulces como un puñado de estrellas". 

Sor Juana Inés de la Cruz no sabía nada de tangos pero sí de ritmos y de fuego, así que se me ocurre poner en el portátil uno de esos tangos melancólicos de Piazzolla que hace tanto que no escucho mientras sigo leyendo. El acordeón se despereza bajo la caricia insistente del piano, y los versos de este poeta cubano siguen desplegando el paisaje de su carta, tendiendo puentes entre siglos y países: 

"Lo que querías saber, todavía queremos saberlo,
y ponemos el ramo de nuestro estupor
ante la pirámide solar y lunar de tu alma..."

La música crece en síncopas que parecen adioses, homenajes a una tristeza universal:

"...como un homenaje a la niña que podía dialogar con los ancianos
de ayer y de mañana
y cuyo trino de plata alza aún su espiral
entre besos escritos y oscuridades cegadoras."

Nocturna, la música de Piazzolla. Furtiva, como el amor de los marineros cada vez que tocan tierra:

"En tu tierra sin mar, ¿qué podría el agua
contra tu devorante alfabeto de llamas?
De noche, hasta mi cama de sueños, va a escribir en mi pecho,
y sus letras, donde vienes desnuda, rehacen tu nombre sin cesar."

Termina el tango como empezó, con el fuego intermitente del acordeón y el fluir constante del agua del piano, sugiriendo que todo pervive si se enciende y se sostiene con la intensidad necesaria. Y se me queda en la memoria el paisaje de este poema de amor, dulce y abrupto como el tango de Piazzolla. El único paisaje que hoy me emociona:  

"Nada ha borrado el agua, Juana: el fuego
quema aún como entonces – hace años, hace siglos."



jueves, 30 de mayo de 2019

TENER UN CUERPO

Empiezo a leer y es como abrir una ventana. Aspirar los olores, dejarse inundar por un mundo desconocido y familiar a la vez. Abrir una ventana y tomar la mano que me tiende la narradora para seguirla hasta su piel, hasta su cuerpo. Su cuerpo de niña que no es consciente de su sexo. Su cuerpo de chica que rechaza instintivamente que las curvas en las que vive deban definirla. Su cuerpo de madre que se desdobla en un bebé que es también parte de ella. Su cuerpo de mujer que se observa y se dibuja una y otra vez para acostumbrarse a ser quien es. Para familiarizarse con sus contradicciones, para aceptarse y tomar posesión de sí misma a través de la escritura. 

Este libro de Brigitte Giraud me ha recordado a Diario de un cuerpo, de Pennac. Qué tendrán los franceses con la sensibilidad corporal y esa tendencia a sublimarla en la literatura. Aquel, creo, era más exhaustivo, más extrovertido en sus descripciones. Este es más pudoroso y me ha emocionado más, quizá porque he tenido la sensación, desde la primera página, de estar muy cerca del relato, a esa distancia de susurro sólo apta para confesiones muy íntimas o muy profundas. 

Me ha gustado el saludable ejercicio de mirarse hacia dentro y describir lo que uno ve. Pensarlo. Procesarlo. Enumerar las preguntas. Improvisar unas respuestas. Indagar en los misterios. Me ha gustado cómo la narradora afronta lo desconocido armada de metáforas y buen humor. Cómo convierte el propio cuerpo en un relato-espejo en el que otros nos podemos mirar. 

Me ha hecho pensar, por ejemplo, en que a veces fatiga tener tanta superficie de piel, tantos centímetros disponibles para el picor, la quemazón, la aspereza, el dolor. A veces no estaría mal poder descansar de tanta sensación. Armarnos de poesía y, quizá, "quitarnos la piel y tenderla en una cuerda". Me ha fascinado la descripción del cuerpo desde el punto de vista de una niña. Y he pensado en cómo la primera vez que uno mira su cuerpo como un objeto sobre el que puede (y debe) tener incidencia puede convertirse en el principio de una tortura interminable. Esa idea insidiosa de que la belleza es fruto de la voluntad, inoculada en generaciones y generaciones de mujeres a lo largo de la historia. 

Tener un cuerpo no es una novela al uso. Está construida con pequeños párrafos autónomos que se encadenan con fluidez en el conjunto, pero que son a menudo autosuficientes y brillan con luz propia. Pequeños párrafos como cuadros, imágenes detenidas, dosis de poesía en cucharaditas. Tiene una cadencia poética que arrulla e hipnotiza. Es un monólogo interior reflexivo, clarividente, que demuestra una capacidad de observación abrumadora. Una ventana a una vida entera a través de las sensaciones de un cuerpo siempre alerta.

Después de leer este libro soy consciente, de una forma nueva, de que tengo un cuerpo. La autora ha conseguido que lo obvio, lo cotidiano, incluso lo banal, se convierta por momentos en una revelación revolucionaria. 



lunes, 27 de mayo de 2019

SILENCIO ADMINISTRATIVO

Cada vez me encuentro más a menudo esa idea de que los ricos obtienen su riqueza mediante el trabajo y que, por lo tanto, los pobres son pobres porque no se esfuerzan lo suficiente. Esta idea justifica la desigualdad social y sirve para el discurso político que ataca cualquier tentativa de subir los impuestos a las rentas altas.

Dicen: Si los ricos contribuimos más con nuestros impuestos haremos que los pobres nunca se esfuercen por salir de su pobreza.
Cualquiera diría que insinúan que atajar la desigualdad mediante impuestos perjudicaría la capacidad laboral de los pobres.

Este argumento lo he leído en declaraciones de políticos, lo he escuchado en la librería y aparece con frecuencia en las redacciones de los chavales en los institutos. Y da igual que les respondas con cifras: que si el 26% de la población española está en riesgo de pobreza y exclusión, que si más de dos millones de personas sobreviven con menos de 342€ al mes... Vagos todos, responden. Parásitos todos. La única solución es que se pongan de una vez a trabajar, como hacemos todos.

Todo esto se puede rebatir desde un punto de vista lógico y desde un punto de vista emocional. Pero si la desigualdad empieza a considerarse no sólo inevitable sino incluso deseable, si cambian los valores hasta el punto de que el bien común ya sólo se asocie, como máximo, con una comunidad de vecinos, entonces quizá la lógica y la empatía no sean suficientes y haya que idear nuevas estrategias para poder seguir viviendo en sociedades habitables para la mayoría.

En esta breve crónica personal, Sara Mesa cuenta la historia real de una mujer discapacitada y pobre que no logra la ayuda social a la que tiene derecho debido a las trabas burocráticas de un sistema laberíntico e inhumano. Demuestra que "la administración y algunos medios de comunicación contribuyen indirectamente a la existencia de la aporofobia al crear una imagen distorsionada y magnificada de las ayudas y partidas públicas destinadas a erradicar la pobreza, al tiempo que silencian o maquillan sus graves limitaciones y deficiencias". Y mete el dedo en una llaga invisible para la gran mayoría que no para de crecer.

Es un libro que advierte sobre la deshumanización de los excluidos y la crueldad de una administración cuya burocracia niega lo que sus representantes se enorgullecen de ofrecer. Es un libro urgente, visceral, que incendia por dentro. 




jueves, 23 de mayo de 2019

CONTRA LAS ELECCIONES

En todo el mundo existe una inclinación tan favorable hacia la noción de democracia que parece que ya no concebimos otra forma de gobierno. Sin embargo, en este principio del siglo XXI, cada vez confiamos menos en las instituciones que la sustentan. Basta con preguntar al vecino qué opina de la justicia, de la educación o de la política para que broten como la mala hierba expresiones de rechazo. 

"En la actualidad, entre dos tercios y tres cuartas partes de la población europea recela de las instituciones más importantes de su ecosistema político". Mientras tanto, en los últimos años ha aumentado el interés por la política, espoleado por las redes sociales, hasta el punto de convertirse en frustración diaria. Si el recelo, mezclado con un entusiasmo frustrado, se asienta y degenera en aversión, es posible que la salud de nuestras democracias, o incluso su supervivencia, empiecen a estar seriamente amenazadas. 

Para conjurar esta amenaza y tratar de salvar el que quizá sea el menos malo de los sistemas políticos conocidos, David van Reybrouck propone en este ensayo cambiar las elecciones por otros sistemas de participación ciudadana más efectivos. Porque, aunque pensemos que las elecciones son nuestra forma de controlar a los gobiernos y de participar en la vida política de nuestro país, lo cierto es que nuestro voto tiene una influencia muy limitada. Lo elegimos en virtud de unas promesas que a menudo no se cumplen, confiando en unos candidatos que traicionan nuestra confianza una y otra vez. 

"Nuestro fundamentalismo electoral adquiere la forma de una nueva evangelización mundial. Las elecciones son el sacramento de esa nueva fe, un ritual esencial cuya forma tiene más importancia que su contenido". Vivimos en democracias oligarquizadas. Elegimos a representantes que detentan todo el poder. Debido a la distancia abismal entre gobernantes y gobernados, nuestro sistema electoral fomenta el monopolio del poder, la corrupción y el eterno descrédito de la clase política. 

El objetivo inicial de las elecciones siempre fue excluir a la ciudadanía del poder mediante la selección de una élite que decidiera en su lugar. Y lo hemos interiorizado como el único sistema posible de participación. Pero durante la mayor parte de los tres mil años de historia de la democracia, las elecciones no existían y los cargos se repartían mediante una combinación de sorteos y voluntariado. 

Si el sistema actual demuestra claros síntomas de fatiga, ¿por qué no buscar en el pasado otras formas de participación ciudadana que hayan funcionado? 

Mediante comparaciones agudas y pintorescas, con un estilo conciso y brillantemente pedagógico, David van Reybrouck expone modelos de participación que ya se están usando en Canadá, Islandia, Irlanda, Holanda y otros países para demostrar que hay otras formas de gobierno posibles, más participativas, más inclusivas, más pacíficas, que, a la vez que fomentan una mayor igualdad de oportunidades y justicia social, educan a sus participantes en la convivencia y la responsabilidad ciudadana. 

"Dos siglos de sistema representativo electoral han instalado en nuestra mente la creencia de que los asuntos de Estado sólo pueden ser derimidos por una élite de seres excepcionales". ¿Cuántos políticos incapaces, cuántos fracasos estrepitosos en la búsqueda del bien común tenemos que soportar para darnos cuenta de que dejar tanto poder en manos de unos pocos durante tanto tiempo no puede ser la solución?


David van Reybrouck



lunes, 20 de mayo de 2019

UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD

Este libro me ha ido tentando a lo largo de mucho tiempo. Lo había ojeado, había leído algún capítulo suelto y siempre me había quedado con la sensación de que tenía que esperar el momento oportuno para dedicar toda mi atención a sus setecientas páginas. Me parecía demasiado importante para tratarlo como un libro más, sentía que era algo especial.

Ahora ha sido el momento y ha merecido la pena la espera. Ay, Amos Oz, qué lástima que muriera el año pasado con setenta y nueve años, podía haber seguido aportándonos tanta sabiduría, tanto conocimiento sobre la realidad de Israel. Fue un lector compulsivo desde la niñez y consiguió esa riqueza humana e intelectual que proporcionan las buenas lecturas. Nos habla de la influencia que tuvieron en él tantos libros (Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla misteriosa,  El señor de las moscas, Peer Gynt), y nos menciona decenas de escritores que enriquecieron su vida (uno de mis preferidos, Stefan Zweig, también fue uno de los suyos).

Me gusta la reflexión que hace sobre las lágrimas de Miguel Strogoff, las que le salvaron del hierro candente que le aplicaron a sus ojos, las lágrimas que también le salvaron a él y a toda Rusia porque permitieron que llegara a su destino: "¡Pero en casa las lágrimas estaban prohibidas a los hombres! ¡Eran una deshonra! El llanto era propio única y exclusivamente de las mujeres y los niños. Con cinco años ya me avergonzaba llorar y con ocho o nueve aprendí a ahogar el llanto para poder ser admitido en la orden de los hombres... y resulta que Miguel Strogoff, un héroe impertérrito, un hombre de hierro capaz de superar cualquier adversidad y tormento, cuando de pronto piensa en el amor, no se contiene: llora. No de miedo ni de dolor, Miguel Strogoff llora por la fuerza de sus sentimientos... y así ese hombre, el más viril de los hombres, venció a todos sus enemigos gracias al "lado femenino" que surgió de lo más profundo de su alma en el momento decisivo y ese "lado femenino" no anuló ni debilitó su "lado masculino" (algo con lo que en aquella época nos lavaban el cerebro) sino todo lo contrario, lo completó y se reconcilió con él." 

Su madre, personaje muy importante en este libro que acabaría suicidándose con 39 años, le contaba de niño leyendas sobre milagros y demonios, misterios, la Caja de Pandora, en las que, tras todas las desgracias, aún había esperanza en el fondo de la desesperación. Su primera maestra, la Maestrazelda como la llamaban y el profesor Mijaeli ya en la secundaria también le aportaron un sistema de valores opuesto de principio a fin al racionalismo de su padre, un erudito.

Con ocho y nueve años vivió la creación del estado israelí y cuenta el día a día de aquel acontecimiento que podía haber sido el inicio de un ejemplo de convivencia entre israelíes y palestinos. Una convivencia que nunca se materializó por la violencia que hasta hoy sigue instalada en todo Oriente Próximo, especialmente en los territorios ocupados en los que Israel, por la fuerza, cada día va restringiendo y atenazando la vida de millones de personas aprisionadas en guetos como cárceles.

Amos Oz escribe, aludiendo a la oportunidad que en 1947 tuvo Israel: "Me conduelo por lo que nunca existió, por los bellos cuadros que nos hacíamos y que ya se han borrado, por un Israel que ya no existe y que posiblemente nunca existió más que en nuestros sueños juveniles".

Hablando de los palestinos, un compañero del kibutz donde estuvo trabajando más de treinta años le dice: "¿Asesinos? ¿Pero qué esperas de ellos? Desde su punto de vista, nosotros somos extraterrestres que hemos aterrizado aquí y hemos invadido su tierra, poco a poco hemos ido apoderándonos de ella y, mientras les asegurábamos que habíamos venido para ayudarlos, para curarles la tiña y el tracoma, para liberarlos del atraso y la ignorancia y del yugo de la opresión feudal, con artimañas nos íbamos quedando con su tierra pedazo a pedazo. Así pues, ¿qué pensabas?  ¿Que nos iban a agradecer nuestra bondad? ¿Que iban a salir a recibirnos con tambores y cámaras fotográficas? ¿Que nos iban a entregar respetuosamente las llaves de todo el país solo porque nuestros antepasados estuvieron alguna vez? ¿Qué tiene de raro que se hayan alzado contra nosotros? Y ahora que les hemos infligido una derrota aplastante y cientos de miles viven en campos de refugiados, ¿qué quieres? ¿Esperas quizá que compartan nuestra alegría y nos deseen lo mejor?

Amos Oz
Tuvo a un magnífico profesor, "que con su acento alemán-checo caminaba por la lengua hebrea no con naturalidad y propiedad sino con cierta solemnidad festiva, como un pretendiente feliz cuya amada por fin lo correspondía y ya podía enorgullecerse y demostrarle que no se había equivocado con él. Casi el único tema que trataba nuestro maestro en los encuentros privados que tenía con nosotros era la pervivencia del alma, o la posibilidad, si es que existía alguna posibilidad, de una existencia después de la muerte... A veces nos pedía nuestra opinión y escuchaba atentamente, no como un maestro paciente vigilando los pasos de sus alumnos, sino como alguien que estuviera oyendo una obra musical muy compleja y entre todos los sonidos tuviese que localizar uno especial, menor, y determinar su autenticidad".

Una joya de libro en cuya lectura hay que demorarse, necesita de un lector atento, dispuesto a encontrar entre sus líneas pequeños diamantes que, distribuidos en su camino, nos proporcionan intensos momentos de felicidad.




jueves, 16 de mayo de 2019

NUEVO DESTINO

En uno de los relatos de este libro, un personaje es contratado por el ejército para proferir por un altavoz insultos en árabe lo suficientemente soeces y ofensivos como para que los insurgentes iraquíes se cabreen de verdad, salgan de sus escondites y mueran abatidos por los francotiradores estadounidenses. Sin apretar un gatillo, sin sostener un arma, sin acercarse demasiado a ningún peligro, este hombre sin rostro es responsable de decenas, quizá centenares de muertes a través de sus palabras. 

¿Qué hace en una persona un trabajo como ese? 
¿Qué hace la guerra con las personas que la llevan a cabo?

Esta es la pregunta que sobrevuela este magnífico libro y que Phil Klay, exmarine durante la guerra de Irak, trata de responder desde la multitud de puntos de vista que pueblan estos relatos de ficción.

Con algunos relatos he recordado los primeros capítulos de la primera temporada de Homeland y el regreso del marine protagonista a Estados Unidos tras muchos años en Irak. La manera en que el contraste de formas de vida altera su percepción de la realidad. La mucho que les cuesta acostumbrarse a la ausencia del peligro. Lo difícil que les resulta salir a la calle y no buscar francotiradores en las esquinas del centro comercial, bombas improvisadas en las bolsas de basura que descansan juntos a los contenedores. Lo desnudos y frágiles que se sienten sin el peso reconfortante de un arma en la mano. Lo inútiles sin la posibilidad de salvarles la vida a los compañeros. La impotencia de saber que ya nunca más podrán decidir si otro ser humano debe vivir o morir. 

Siempre me ha llamado la atención la avidez con la que consumimos la guerra como entretenimiento en occidente. Esa fábrica de héroes. De acciones legendarias. El subidón que nos produce ver cómo unos hombres llevan al límite la resistencia humana para defender una causa vendida como justa. Sin embargo, basta leer libros como este para darnos cuenta de que la guerra a menudo es sentarte en una oficina a cinco kilómetros de los tiroteos y pasarte siete meses rellenando formularios; trabajar diez horas diarias seis días a la semana asfaltando carreteras; pisar una mina al empezar tu primera patrulla y terminar volviendo a casa, cinco meses y cincuenta operaciones después, con el cuerpo desfigurado por el fuego y la metralla mientras todos te aclaman como a un héroe. 

Phil Klay
La guerra es un infierno. Una locura, una droga. Una profesión, también, que no tiene nada de heroica. Está llena de hombres que, equipados para la batalla, se convierten en guerreros aterradores. Sin embargo, en el dolor siguen siendo niños asustados que sólo desean que todo acabe cuanto antes. 

La guerra es un infierno. Bien lo sabía Wilfred Owen, uno de mis poetas favoritos, cuando escribió sus poemas de trinchera, describiendo la muerte del entusiasmo guerrero. Bien lo sabe Phil Klay, como lo demuestra en estos relatos. 




lunes, 13 de mayo de 2019

TERROR

Un terrorista secuestra un avión con ciento sesenta y cuatro pasajeros a bordo y anuncia que lo va a estrellar contra un estadio en el que hay más de setenta mil personas. Un piloto es enviado con un caza a interceptar el avión y, al no conseguir cambiar su rumbo ni hacer desistir al terrorista de su intención, decide abatir la aeronave. Ha matado a ciento sesenta y cuatro personas para salvar a setenta mil. ¿Qué pensáis? ¿Su decisión es correcta o equivocada?

Muchos responderemos de manera inmediata y esa será nuestra opinión. Sí o no. Así de rápido solemos formar nuestro criterio sobre casi todas las cosas. En la librería lo vemos casi todos los días. La gente tiene muy claro qué está mal y qué está bien sin necesidad de plantearse nada. Y más si hablamos de política, de creencias o de moral. La conversación se reduce a un mundo bicromático, a dos bandos opuestos, a dos ideas. Los matices han desaparecido. 

Esta obra teatral de Ferdinand von Schirach no da ninguna respuesta, no toma partido por ninguna idea. Se limita a plantear un dilema moral, antiguo como el mundo: ¿es lícito acabar con ciento sesenta y cuatro vidas para salvar de una muerte probable a setenta mil? Y sus variantes: ¿dispararías si en el avión viajaran tu mujer y tu hijo? ¿Es lícito matar a personas inocentes en un caso de extrema necesidad? ¿Pueden la moral o la conciencia estar por encima de la ley? Si partimos de la idea de que todas las vidas humanas tienen el mismo valor, ¿cómo podemos decidir acabar con unas pocas para salvar a otras muchas?

La inmensa mayoría de nosotros seríamos incapaces de matar con nuestras propias manos. Sin embargo, ¿no nos resultaría más fácil pulsar un botón para matar a unos pocos, si con ello salváramos a muchos más?

Una cuestión que parece sencilla se complica desde el mismo momento en que empezamos a pensar en ella y profundizamos en su alcance. Es algo que deberíamos hacer todos los días con muchas cuestiones pero que, por pereza, falta de hábito o conformismo, generalmente no hacemos. Esta pieza expone un problema para el que todas las respuestas parecen erróneas. Y me ha gustado precisamente porque me parece vital para la salud mental de todos que podamos convivir alegremente con dilemas morales.

No existe la certeza en cuestiones morales. No puede existir. Por eso son tan necesarias estas cuestiones. Porque obligan al debate. A plantearse qué lugar ocupamos en relación con el mundo y los demás.

Ferdinand von Schirach ya me encandiló con Crímenes, un libro de relatos cortos inspirados en su profesión de abogado criminalista. Con Terror propone al lector subirse al escenario y formar parte de un jurado popular para tratar de resolver este dilema sobre la vida, la dignidad y la muerte. Para ejercitar nuestra conciencia crítica. 


jueves, 9 de mayo de 2019

LA HIJA DE LA ESPAÑOLA

"En aquel país en el que todos estaban hechos de alguien más, nosotras no teníamos a nadie".
Se tenían a sí mismas. Pero ahora ya ni eso. La madre ha muerto y la hija se ha quedado sin hogar en esa ciudad llamada Caracas que sigue en llamas, empeñada en seguir hundiendo en sus entrañas los cuchillos del hambre, la violencia y la impunidad. 

"Todos nos convertimos en sospechosos y vigilantes, travestimos la solidaridad en depredación". La ciudad es una fiera que se devora a sí misma, y devora a todos aquellos que pretenden seguir viviendo en ella ignorando la violencia. Vivir es encerrarse en casa y sellar las ventanas para que no se cuele el gas lacrimógeno. Vivir es tirar un cadáver por la ventana e incendiarlo. "Vivir se había convertido en salir a cazar y regresar vivo". 

El vínculo entre la madre muerta y la hija está descrito con ferocidad. La intensidad del relato es una cuerda tensa que descarna al tacto. Esa prosa sin florituras, áspera, destilada en la inmediatez y la rudeza, brilla sin embargo con vetas poéticas y se ilumina en instantes aislados con una dulzura inesperada, como cuando la narradora recuerda a su madre, "esa mujer discreta y sin lágrimas que al abrazarme levantaba un paraíso entre ambas". 

Qué novela. No sé muy bien qué esperaba, pero sin duda no esta sacudida. Este borbotón de densidad literaria y de vida herida. Me ha impresionado la pasión desesperada de muchas páginas, la descripción de ese "país mestizo y extraño, hermoso en sus psicopatías", país literario y a la vez real, sumido en la oscuridad y en los lamentos de los desposeídos: "en medio de la oscuridad, peino con una escoba mi propia tierra hasta hacerla sangrar". 

Abrirle la puerta a esta novela entraña cierto riesgo. Su voz, esa voz de una conciencia que relata la crónica de un derrumbe social, araña y desgarra, no se está nunca quieta. Permanece en la memoria, una vez acabada la historia, como el lamento profundo y universal de los supervivientes. 

"Vivir, un milagro que aún no llego a entender y que muerde con la dentellada de la culpa. Sobrevivir es parte del horror que viaja con quien escapa. Una alimaña que busca derrotarnos cuando nos encuentra sanos, para hacernos saber que alguien merecía más que tú seguir viviendo". 



lunes, 6 de mayo de 2019

IRMINA

Si hubiéramos respondido aquella carta que llegó en el momento más inoportuno. 
Si hubiéramos aceptado aquella ausencia como otra forma de amar más sutil e igual de válida.
Si hubiéramos hecho menos caso a las convenciones y más a lo que sabíamos íntimamente que era correcto. 
Si hubiéramos...

Este es un cómic sobre las posibilidades perdidas. Sobre los "qué habría pasado si..." que pueblan la biografía de todos nosotros y que en algunos casos determinan quiénes somos y en qué nos convertimos. 

Irmina, la joven alemana protagonista de esta historia, se enamora de un universitario negro llamado Howard en el Londres de los años treinta, y ve cómo la situación política de su país, junto a su situación personal, la alejan con fuerza de él. Cuando un día el correo le devuelve la última carta dirigida a Howard, se da por vencida y, poco a poco, empieza a dejarse llevar por el torbellino social de su país. Hasta entonces nunca se había interesado por la política. Había decidido no querer ver ni saber las consecuencias del terror nazi. Se había puesto la venda que voluntariamente se pusieron millones de alemanes hasta el final de la guerra para no tener que cargar después con el peso del horror del que de alguna manera habían sido cómplices. 

El personaje de Howard, estudiante negro de Oxford, muestra que la Alemania del Tercer Reich formaba parte de una Europa que nunca fue tan blanca (ni tan aria ni homogénea) como los nazis la imaginaban. Y a través de Irmina la historia profundiza en las razones de ese pacto de silencio tras la guerra de una sociedad incapaz de aceptar su parte de responsabilidad en lo ocurrido. 

Irmina está inspirado en la historia de la abuela de la autora. Indaga en cómo personas corrientes se dejaron llevar por la deriva sangrienta de su país y posibilitaron con su silencio la muerte de tantos millones de personas. Es una historia interesantísima potenciada, además, por unas ilustraciones sencillamente maravillosas. Ante algunas me he quedado embobado, totalmente inmerso en una calle londinense inundada de bruma y oscuridad, o subido a la bicicleta de Howard, con Irmina, agarrado a su cintura mientras el viento de la excitación y lo desconocido me hace volar de alegría.

Pocas veces se encuentra tanta fuerza narrativa acompañada de un lápiz y una acuarela tan expresivos y delicados. 



lunes, 29 de abril de 2019

TUS PASOS EN LA ESCALERA

Un hombre llega a Lisboa desde Nueva York. Huye de un clima apocalíptico, del agobio de una ciudad que de tan dinámica se ha vuelto invivible. Busca en Lisboa la calma que necesita para afrontar su vida, ahora que ha sido despedido de su empresa y no se plantea volver a trabajar. Y junto a la calma, en esa "ciudad de belleza y de pesadumbre, de magnificencia y de ruina", encuentra similitudes insospechadas con Nueva York: la anchura del río con olor a océano, el puente sobre las aguas, las campanadas de las iglesias. Los aviones surcan el cielo sin descanso, las temperaturas no paran de subir y allí está él, en la ciudad más tranquila y resguardada del derrumbe del mundo. 

Ha llegado de avanzadilla para organizar la mudanza mientras su mujer termina ciertos asuntos laborales. Se mueve despacio por los nuevos lugares bajo la atenta mirada de Luria que, con su hocico alzado y sus orejas atentas, siempre acoge con fascinación hasta la más humilde de las peripecias humanas. Lleva un diario desordenado en el que apunta sus pensamientos. En él hay ternura. Delicadeza. Una inocencia de hombre dispuesto a dedicarse en cuerpo y alma a amar a su mujer. "Si el mundo va a acabarse, no hay mejor sitio que este para esperar el fin". Y se dispone a esperar una llamada, un taxi parando en su calle. Sus pasos en la escalera. 

Esta es una novela sobre la espera. Está construida con piezas pequeñas que van añadiendo colores y una tensión imperceptible a los días en apariencia iguales del protagonista. Tras la normalidad del quehacer diario, algo no está bien. El mundo está desordenado. El mundo está roto. Hay una amenaza en el ambiente, en la vibración continua del aire que provocan los aviones. Y ya sólo se puede vivir "esperando un cambio, una presencia recobrada, un regreso".

Es una carta de amor. Un amor que vive en las palabras que ensaya el narrador y que, poco a poco, va perdiendo el aire, como un animalito asustado que se fuera quedando poco a poco sin espacio para respirar. Un amor, también, por Nueva York y Lisboa, que están lejos de ser meros decorados. Vibran con la intensidad de ciudades imán, sufren, resisten. Son dos de los personajes cruciales en la historia. 

Es un sueño. Una ilusión a la que aferrarse con la desesperación de un náufrago. Es una bruma enturbiada de una intimidad electrificada por un conflicto que no se nombra. Es la historia de una voz secreta, profunda y vibrante que busca y busca en su pasado para moldearlo a la medida de su añoranza y de su deseo, a riesgo de perder la noción de la realidad, del tiempo y de aquello que aún le une con la mujer a la que ama. 



jueves, 25 de abril de 2019

EL VENDEDOR DE TABACO

Esta novela derrocha inocencia y buen humor. Tiene el ímpetu de la juventud, con su ilusión arrebatada, y una energía infatigable que encuentra en el amor su alimento y su camino. El protagonista, un joven austriaco de provincias llamado Franz, llega a Viena a mediados de 1937 empujado por su madre, que desea que vea el mundo que se agita más allá de las montañas y los lagos de su infancia. Empieza a trabajar en un estanco y bajo la guía malhumorada pero íntegra del estanquero empieza a adentrarse en los misterios de la vida urbana. Entre las páginas crujientes de los periódicos descubre las infinitas posibilidades que se abren como flores maduras en la gran ciudad, y en las avenidas del Prater descubre el latigazo del deseo en los labios de sonrisa mellada de una joven y misteriosa bohemia. 

He seguido con verdadero placer las andanzas del joven Franz por las calles de Viena, cruzando la ciudad en los traqueteantes tranvías en busca de las sombras perdidas de su amor. Y me ha maravillado cómo, de la forma más natural y azarosa, el viejo doctor Freud entra en su vida para plantar en su mente enfebrecida pequeñas ideas sobre el deseo y la vida que florecerán cuando menos se lo espere. "En los acantilados de lo femenino se estrellan incluso los mejores, había dicho el profesor. Si ha de ser así, que así sea, pensó Franz".

Viena no sólo es el escenario de esta historia: es un personaje más. Sus calles vibran de alegría y de miedo. Los parques, las avenidas y los edificios configuran la historia de la misma forma que las montañas de los Alpes determinaban la historia y eran también personaje fundamental en la magnífica Toda una vida, la primera novela de Seethaler que pudimos disfrutar en español y que reseñamos aquí. 

Pero no todo es pasión y alegría en esta historia. La sonrisa, ligera y curiosa, pronto se va tornando amarga, conforme la sombra del nazismo empieza a extenderse sobre Austria y Viena como una mancha de tinta sobre el papel. Amarga y triste. Triste por lo que hace la violencia y el miedo en una sociedad, por cómo intoxica sus vínculos vitales y dinamita la convivencia. Triste por lo que una ideología basada en la mentira y el odio puede hacer con las ganas de vivir de las buenas personas. 

Termino el libro un poco desorientado. Como si hubiera estado dentro de un espejismo. Como si todo, la efervescencia y la novela, se hubiera acabado demasiado pronto. En sus conversaciones en el parque, compartiendo el tabaco y las confidencias, el viejo profesor le dice a Franz: "Llegamos al mundo no para encontrar respuestas, sino para formular preguntas". Y las preguntas de esta novela, con sus escenas memorables y sus personajes inolvidables, se me han quedado flotando en la cabeza como luces parpadeando en la oscuridad.



lunes, 22 de abril de 2019

EL ÚLTIMO BARCO

Con este libro me ha pasado lo que nunca me había pasado con una novela policiaca: me ha transmitido calma. Supongo que sólo un gallego podía escribir una novela de intriga llena de diálogos basada en la investigación de una mujer desaparecida y provocar en el lector la sensación apacible que transmiten las largas descripciones de las novelas decimonónicas. Muchos dirán que le sobran páginas, que hasta la mitad del libro no pasa nada y que el ritmo es exasperantemente lento para una novela policial. De acuerdo en todo. Pero no pasa nada. Incluso ciertas policiacas pueden disfrutarse despacio, como degustando un Albariño mientras se contemplan tranquilamente las estrellas en una noche de otoño. 

Sutileza. Calma. Introspección. Eso transmite esta novela. Me encanta cuando el inspector Caldas responde con silencios acompañados de gestos ambiguos a las preguntas que le hacen, convirtiéndolas en preguntas retóricas de pronto recubiertas de una pátina inesperada de filosofía. Acompañar a este protagonista en sus pesquisas es una forma de aprender que cierto laconismo puede muy bien ser una forma de vida, no exenta de emoción y significado. Y que toda palabra o idea puede tener, al menos, tantas interpretaciones como acepciones caben en cada entrada del diccionario.

Vigo. La ría. El salitre siempre presente, recubriendo de una fina capa de humedad todas las superficies. Los temporales repentinos. No sé, a lo mejor es el escenario el culpable de mi fascinación por las novelas de Domingo Villar. El placer insustituible de degustar un pedacito de Galicia en la agreste estepa de Madrid. 

El último barco trata sobre la destrucción del patrimonio arquitectónico de Vigo en los años sesenta y setenta. Sobre la invasión de turistas ingleses en enormes transatlánticos. Sobre la siempre compleja relación entre padres e hijos. Sobre la aceptación de que, llegada una edad, la vida ofrece cada vez menos barcos atractivos a los que subirse y que no hay que dejar pasar las oportunidades. Y es un homenaje emocionado a los que se dedican a crear arte con sus manos construyendo instrumentos antiguos o modelando tierra con las manos. 

Prefiero no contar mucho más. Contagiarme del laconismo de Caldas y recomendar esta novela discretamente, dejando los argumentos "bailar al borde de la mesa para que terminen cayendo ellos solos por su propio peso".



viernes, 12 de abril de 2019

TIERRA DE MUJERES

Empiezo este libro maravillado. El primer capítulo me contagia una serenidad hecha de sensibilidad exquisita y un apego profundo a la tierra y a los seres que la habitan. Me conmueve la descripción íntima de un contacto con los animales y las plantas que los que vivimos en zonas urbanas hemos perdido. Me digo que buscarse de esta manera a través de la naturaleza es un propósito de vida hermoso como pocos. Y sigo leyendo, con la sensación de haber encontrado un tesoro, de esos que uno recomienda con cariño y en secreto a gente escogida y muy afín. 

La autora escribe para que "las historias de su familia salgan del encierro de su miedo y su pudor". Y es que es tan fácil dejar pasar la vida en silencio, sin prestar atención a la gente que más quieres. Dejar pasar la vida sin pensar en sus historias, sin recordarlas, sin buscar en ellas lo misterioso y especial que también te define a ti. Sin prestarle mucha atención. Sin reconocerla.

"No todo el mundo tiene pueblo. No todo el mundo puede volver a un trocito de tierra y doblarse la falda para recoger los alimentos del huerto. Llamar al rebaño y que acuda corriendo a la voz". 

Yo no tengo pueblo. Ningún apego veraniego por el campo y la naturaleza. Y por primera vez, quizá, he sentido esa añoranza extraña que a veces sentimos por las cosas que nunca hemos tenido y nunca hemos echado en falta. Un pueblo al que volver, un lugar al que llamar hogar, aunque no se viva siempre en él. Una infancia poblada de alcornoques, encinas y olivos, como la de la autora, de la que ha surgido este mundo literario poético y cercano que me ha hecho acariciar la tierra y sentir la naturaleza en la piel y más adentro. 

Me parece que este libro es, al menos, tres libros. El primero está descrito en el subtítulo: "una mirada intima y familiar al mundo rural". El segundo, un manifiesto feminista que denuncia la doble discriminación de la mujer en el campo (por mujer y por rural). Y el tercero, una exhortación política para exigir un cambio en el modo en que la sociedad urbana trata a esa España vacía que la autora prefiere llamar España vaciada. Los tres libros están más o menos delimitados por los capítulos, y aunque a mí me han resultado radicalmente diferentes, me imagino que para la autora son tres facetas de una misma intención. 

Me ha maravillado el primero, me ha interesado el segundo y me ha extrañado mucho el tercero. Supongo que tras la delicadeza poética de las primeras páginas, no me esperaba un tono de mitin político, enfático y a veces abiertamente enfadado cuya hostilidad no he terminado de entender. 

En fin, no siempre los libros son como esperábamos. Y también se agradece a veces ese desajuste entre las expectativas y lo que terminamos encontrando. Me quedo con la maravilla poética y feminista de la mayor parte de este ensayo, que me ha abierto los ojos a una forma profunda y emocionante de percibir la naturaleza y el mundo rural. 



miércoles, 10 de abril de 2019

ELÉTRICO 28


En Lisboa hay un tranvía diferente a los demás,
es amarillo, redondito y sube y baja sin parar,
date prisa, ya salimos, el viaje va a empezar,
si eres tímido, ¡avisamos!, aquí te vas a enamorar.

Amadeo es un conductor excepcional. Se sabe todos los trucos para hacer que sus viajeros pierdan la timidez y muestren sus verdaderos sentimientos. Acelerones en cuesta, frenazos en curvas, sustos al parar, el bueno de Amadeo se las sabe todas y nunca nunca falla: casi todos los trayectos terminan en abrazo o en beso.

Ay, pero tras el último día de trabajo de Amadeo, una duda le entristece: ¿qué va a ser de todos los tímidos enamorados cuando él deje de conducir el Elétrico 28? ¿Cómo encontrarán el valor de dar el primer paso sin sus acelerones y sus frenazos? Lo que no puede imaginar es que el mejor viaje de todos está a punto de llegar. ¡Y con él de pasajero! 

En Lisboa hay un tranvía diferente a los demás,
es amarillo, redondito y sube y baja sin parar,
date prisa, ya salimos, el viaje va a empezar,
si eres tímido, ¡avisamos!, aquí te vas a enamorar.



lunes, 8 de abril de 2019

JERUSALÉN. UN RETRATO DE FAMILIA

Dos hermanos a los que sólo une un lazo de sangre. Dos hermanos enfrentados por una herencia, y una forma de entender la política y su lugar en el mundo. Dos familias que representan, en su constante disputa, los dos pueblos que llevan más de un siglo peleándose por una estrecha franja de tierra sin encontrar una forma de convivir sin desconfianza y resentimiento.

Las historias de estos dos hermanos y sus familias que narra este cómic comienzan en abril de 1945, en las últimas semanas de la segunda guerra mundial. Palestina está gobernada por los británicos, pero la masiva afluencia de refugiados judíos en la década anterior ha convertido la zona en un hervidero de gente desesperada por encontrar por fin un lugar donde vivir en paz. Inspirado en historias reales de tres generaciones de judíos aferrados a una tierra disputada desde hace milenios, Jerusalén muestra cómo la división de la familia judía protagonista es un reflejo de la división entre judíos y árabes y su pugna por reclamar como suya una tierra que ambos pueblos consideran sagrada.

Este es un cómic brutal, cinematográfico. Rebosa tensión y drama. Y se lee con avidez y horror, por la crudeza de la guerra y la facilidad con la que se recurre a la violencia y a la muerte de los que son considerados enemigos. 

Este retrato de familia cuenta historias personales zarandeadas por el conflicto permanente entre judíos y palestinos, por el trauma nunca curado del holocausto y también por la violencia interna entre israelíes, reflejo de una sociedad que nunca ha podido acostumbrarse a vivir en paz. Es un ejemplo de lo que ocurre cuando un pueblo considera que aquellos que no comparten su origen, su religión o su forma de ver el mundo deben ser expulsados de su país. Esta intransigencia produjo una guerra y una limpieza étnica de la que el pueblo palestino nunca se ha recuperado. Y sigue latente, más viva que nunca, en un estado próspero cuya democracia se está convirtiendo en la oligarquía de unos pocos, en el gobierno de "los elegidos". 



jueves, 4 de abril de 2019

LA MISMA RAMA

Pongo la Romanza para violín y orquesta de Dvorak y leo un poema de Concepción de Estevarena. Dvorak publicó esta pieza tres años después de que muriera la poeta sevillana, pero hay algo en la voz de ese violín que veo reflejado en sus poemas. Una inocencia alegre, una melancolía sin afectación, espontánea. Versos y música impregnados de un romanticismo sereno, de una "eterna aspiración a la belleza". 

Concepción de Estevarena (1854-1876) murió con apenas veintidós años, alejada de su Sevilla natal por las deudas que, a la muerte de su padre, la obligaron a vender la casa familiar. Su juventud estuvo rasgada por las despedidas, el duelo y el traslado forzoso a la casa de un pariente en Jaca, donde moriría de una tuberculosis contraída en el viaje. Algo de esa tragedia que la rodeada aparece también en sus versos, cuyo ímpetu a veces amortigua el presentimiento de la muerte.

"Yo sin poderte hablar, tú sin mirarme,
protestábamos ambos de la suerte;
tú queriendo vivir por no dejarme,
yo queriendo morir por no perderte".

Aunque comparte ciudad de origen e influencias con Bécquer, la estética de sus versos está a años luz del sentimentalismo y el melodrama del más famoso de los poetas románticos españoles. Y me asombra esa falta de afectación, esa sencillez conmovedora del sentimiento expresado con una naturalidad que desarma. 

"Quiero que mi patria sea
toda la extensión del mundo".

Me pregunto qué habría pensado esta poeta de la música de Dvorak. Qué habría sentido en las calles de Praga, qué emociones le habría suscitado la calidez de ese violín llevado en volandas por el impulso de la orquesta. Me conmueve esa curiosidad que bulle en sus poemas, el afán por ser parte de algo más grande que su tierra, más grande que Sevilla, más grande que todo lo que conoce, que los libros que ha leído y los lugares que ha visto. El deseo de un corazón inquieto de ampliar el espacio soñado, la capacidad de movimiento de su imaginación.

Termina la romanza con una felicidad tranquila que probablemente Concepción de Estevarena nunca llegó a experimentar. Y le doy las gracias a Elena Medel y a la editorial La Bella Varsovia por el descubrimiento de esta poeta excepcional. Una mujer que se mira hacia dentro y encuentra un borbotón constante de inspiración y de vida. Y el deseo de permanecer, de resistirse al desarraigo, a la ausencia, y no dejarse llevar por el viento que la aleja de las personas amadas, hojas verdes que brotaron de su misma rama. Y que a ella pertenecen. 


Concepción de Estevarena


lunes, 1 de abril de 2019

FORMAS DE ESTAR LEJOS

Él espera en el pasillo y la oye respirar al otro lado de la puerta, muerta de miedo. Disfruta de esa sensación. Tras la firma de los papeles del divorcio, es el último resquicio de poder que le queda. Presionar así, en silencio. Su sombra en la imaginación de ella. Su presencia invisible tras la puerta. Piensa en cómo ha conseguido que ella no sea capaz de imaginar su vida de otra manera. Y suspira. Nunca quiso llegar a esto. Pero al menos todavía es capaz de provocarle algún sentimiento. Que sea miedo, en lugar de deseo o amor, quizá sea lo de menos. 

Esta es una novela que exige mucho al lector. Si uno no presta atención, si uno no está dispuesto a empujar la puerta y entrar en la historia con todas las consecuencias, es muy fácil quedarse fuera. La autora propone una conversación con el lector en la que predomina el silencio. Todo lo que no se dice, aquí, es fundamental para entender la profundidad. Y las palabras, al final, son sólo el andamiaje sobre el que se sostiene todo lo demás, como las notas en una canción minimalista, como los tres trazos sueltos de carboncillo que convierten una hoja en blanco en la belleza de un grito. 

Me ha gustado cómo Edurne Portela describe la violencia psicológica. Esa grieta en la quilla del barco que al principio nadie nota y que poco a poco va empapando la relación de angustia, inseguridad, miedo y asfixia hasta que no queda ya nada del esplendor de los comienzos. Me han gustado la descripción de los síntomas desde distintos puntos de vista, las historias secundarias que desvían la atención a otros dramas paralelos, como instrumentos invitados infiltrados en la orquesta. Y me ha conmovido esa indefensión de las víctimas cuando no son capaces de anticipar las maneras que tienen sus maltratadores (a los que a menudo siguen queriendo, en los que siguen confiando) de hacerles daño.

Edurne Portela nos enseña a pensar sobre la violencia y sus víctimas. Su anterior novela, Mejor la ausencia, me deslumbró  y me sigue pareciendo una obra de arte literaria contundente y delicadísima. Con Formas de estar lejos rellena, de alguna manera, un vacío que dejó con la anterior. Y profundiza en la aterradora normalidad con la que tantas veces aceptamos la violencia como forma de relacionarnos con la gente que amamos. 

¿Y qué hacer cuando ya no queda nada, cuando la grieta en la quilla ha dejado pasar dentro todo el océano y ya sólo queda nadar cada uno por su cuenta a la intemperie para salvarse? ¿Qué hacer con toda la vida rota? ¿Olvidarla? ¿Enterrarla? 

La protagonista de esta novela decide tratar de conservarla: "Me llevo mis ruinas conmigo, las respetaré y las interpretaré, haré de ellas un lugar hospitalario y atenderé a los mensajes que me comuniquen sus fantasmas. Y tal vez, quizá, llegará el día en el que sobre ellas construya mi nueva ciudad".