lunes, 21 de junio de 2021

DOS CHICAS DE SHANGHAI

Siempre he sentido una atracción especial por la cultura oriental, desde mi adolescencia cuando leí La buena tierra y La madre, de Pearl S. Buck, quien ganaría el premio Pulitzer en 1932. La primera se llevó también al cine y tuvo un gran éxito en la década de los cuarenta.

A Lisa See la descubrí en el 2005 con aquel Abanico de seda que tanto me emocionó. Una historia preciosa sobre las lao-tong, las amigas unidas por las casamenteras, igual que hacían con los matrimonios concertados, y que utilizaban un lenguaje especial que solo ellas conocían. 

Dos chicas de Shanghai hace ya unos años que se publicó, pero yo la acabo de descubrir ahora y me ha permitido profundizar en esa misteriosa cultura china donde nada es lo que parece. Los matices en las relaciones familiares y su fuerza inmensa, lo más importante para ellos, pueden trastocar la vida de unas muchachas criadas entre comodidades, en la ligereza del mundo artístico donde por su belleza son modelos para calendarios y que de pronto la inconsciencia de un padre jugador las deja a la intemperie más absoluta.

La falta de oportunidades, la miseria y la barbarie de los soldados japoneses las obligan a emigrar a Los Ángeles, en California, donde viven los dos hombres con quienes las obligan a casarse en un intento por saldar las deudas del padre. Allí sufren los trámites de inmigración y las dificultades de integración en una Chinatown americana siempre con el miedo a ser investigadas, en los años en que ser comunista era lo peor de lo que te podían acusar en Estados Unidos. Lisa See mezcla ficción con historias reales en esta novela histórica que nos acerca a ese mundo tan hermético que fue durante tantos años China, y que coincidió, al inicio de los años cincuenta, con la caza de brujas que puso en marcha el senador Joseph McCarthy con acusaciones infundadas, denuncias, chantajes y toda clase de extorsiones para conseguir declaraciones a cambio de prebendas tantas veces relacionadas con la regularización de los documentos de inmigración.

Hace unos meses ya me había zambullido en la China del siglo XX con Las hermanas Soong, un ensayo biográfico apasionante escrito por Jung Chang. Y también muy recomendables para profundizar sobre este país tan inabarcable son China Fast Forward, de Sergi Vicente y Roja y gris. Andanzas y tribulaciones de un joven corresponsal en China, de Javier Borrás. 

Acercarnos a mundos ajenos nos permite abrir nuestra mirada a otras realidades y darnos cuenta de la riqueza de la diversidad, en todos los ámbitos.




jueves, 17 de junio de 2021

EL TIRANO. SHAKESPEARE Y LA POLÍTICA

Muchas obras de Shakespeare hablan de política. De la ambición política y de cómo todo un país puede caer en manos de un tirano. Le interesaban las causas sociales, las raíces psicológicas y los retorcidos efectos de la tiranía allí donde triunfaba. Como la censura de la época isabelina prohibía cualquier alusión política a la actualidad inglesa en las obras de teatro, Shakespeare eligió personajes históricos e inventados para explorar el ansia del poder absoluto y las catástrofes que provoca. Según Greenblatt, Ricardo III, Macbeth, El Rey Lear o Coriolano no son más que espejos con los que burlaba la censura para retratar indirectamente las pasiones políticas de su época, con tanto genio que su retrato es capaz de reflejar con sobrecogedora nitidez nuestra convulsa vida política. 

En Enrique VI podemos ver a rivales políticos defendiendo que su verdad es tan evidente que sólo desde la pura maldad puede ponerse en duda. Lo cual lleva a la gente a tomar partido por uno o por otro, a opinar metidos en trincheras y a convertir a los adversarios en enemigos. Shakespeare habla del odio como desestabilizador social. De la búsqueda del poder como la canalización de una ira popular. Y de cómo la ira se vuelve violencia en una espiral imparable que desemboca en la tiranía y en el reino del miedo. ¿Os suena de algo?

Para Shakespeare, político es sinónimo de hipócrita. De persona que miente por ambición, que miente para medrar. Y, sobre todo, para minar la imagen del adversario, convertido en enemigo. Describe la política como una guerra en la que es más efectivo destruir la reputación del enemigo que ganarse adeptos. Qué más da que te quieran, lo importante es lograr que el enemigo sea odiado con tal intensidad que tú te conviertas con naturalidad en su alternativa. ¿Os suena de algo?

Mentiras, bulos, indiferencia por los hechos, invención de problemas que no existen para hostigar a minorías, fe en un puñado de ideas fijas que se repiten una y otra vez, resentimiento hacia una difusa élite intelectual a la que se culpa de haber traicionado a las clases populares, ataques a la educación y a la cultura. ¿Os suena de algo?

En este ensayo delicioso, Greenblatt desmenuza la anatomía del tirano de forma que resulta inevitable no pensar en tiranos más contemporáneos. En las obras de Shakespeare hay una crítica mordaz, a veces seria, a veces paródica, de la ambición política que va de Coriolano hasta Ricardo III y cuyos dardos viajan sin esfuerzo cuatros largos siglos para acertar de lleno en la forma de pensar y de actuar de la mayoría de los políticos actuales de extrema derecha. 




lunes, 14 de junio de 2021

EL BUEN NOMBRE

Afortunadamente, nuestras vidas están hechas de accidentes. De desarraigos, de apuestas insensatas, de relaciones suicidas que, por mucho dolor y vértigo que nos produjeran, han conformado con los años lo que consideramos nuestra identidad, y sin las que no seríamos quienes somos. En su momento, esos accidentes nos enfrentaron con una desesperación aterradora, habríamos dado cualquier cosa por poder evitarlos, por seguir la vida trazada y cómoda que pensábamos que nos correspondía. Pero con el paso del tiempo, nuestra forma de superarlos, de levantarnos tras la estrepitosa caída, nos hace sonreír con orgullo: afrontamos la pérdida y el vértigo, y mira qué bien salimos adelante. 

Sobre el impacto del desarraigo en la identidad trata esta maravillosa novela de Jhumpa Lahiri, la primera que escribió, hace casi veinte años, y que ahora recupera Salamandra. El impacto del desarraigo en una pareja de bengalíes que emigran a Boston tras casarse y se establecen en un país que no es el suyo. Vuelven a Calcuta siempre que tienen oportunidad, y cuando están en Estados Unidos sólo se relacionan con bengalíes, no tanto para evitar un racismo blanco del que apenas son conscientes, sino por el afán de preservar su cultura intacta en un país cuya cultura les resulta ajena. Sus hijos, nacidos estadounidenses, ven con fastidio esa veneración de sus padres por sus orígenes, y reivindican que su cultura es la que les rodea, la de sus amigos de instituto, la de la televisión y las hamburguesas, la que les acepta como ciudadanos con pleno derecho con libertad para elegir ser quienes quieran. 

Jhumpa Lahiri escribe con una intimidad estremecedora. Consigue que las emociones emanen de la descripción, del punto de vista íntimo y delicado con el que percibimos cada pequeño detalle: la comida india, la ropa, el olor de las calles o de la cama de la novia universitaria del protagonista. Presta mucha atención a las comidas, a su significado y su forma de definir formas de ser y de cohesionar familias. Y sobrevuela toda la novela una nostalgia profunda que tiene que ver con la identidad desarraigada de los personajes: desarraigada de un lugar, Calcuta, y de un concepto de familia difuso y cambiante. 

Me ha gustado mucho cómo insiste en la pertenencia cultural. Cómo esta puede cerrar puertas en lugar de enriquecer. Los padres bengalíes eligen sus amistades en función de un pasado común mientras que sus hijos prefieren elegirlas en función de sus gustos, con la libertad de no tener que volver una y otra vez a unas raíces que no terminan de ver como propias. Se resisten, de una forma u otra, a que las raíces de sus padres les definan. A que su forma de vivir hacia dentro les impida a ellos vivir hacia fuera, abrazar lo distinto, fundirse en múltiples formas de vivir. 


Jhumpa Lahiri

La identidad cultural es un refugio donde abrazar lo conocido y sentirse a salvo, pero también puede ser una religión limitadora, unos anteojos que no permiten acceder más que a una pequeña parte de la gente y del mundo: aquella que entiende y comparte sus rituales.

Para Ashima, "ser extranjera es una especie de embarazo interminable: una espera perpetua, un carga constante, la continua sensación de no sentirse bien. Es una responsabilidad que no cesa, un paréntesis dentro de lo que en otro tiempo fue una vida ordinaria, que se cierra al descubrir que esa vida anterior se ha esfumado, ha sido reemplazada por algo más complejo y de una exigencia mayor. Como un embarazo, Ashima cree que ser extranjera es algo que despierta la misma curiosidad en los desconocidos, la misma combinación de lástima y respeto". 

Su marido, Ashoke, en una excursión a la playa a principios del invierno con su hijo, le dice: "Recuerda que tú y yo hicimos este viaje, que fuimos juntos a un lugar más allá del cual no quedaba ningún sitio al que ir". Ese sitio, un saliente rocoso en el océano, también es su país de acogida, un lugar de destino más allá del cual sólo podrán llegar sus hijos, libres del peso de su tradición bengalí. 

El punto de vista de esta novela no es político. La autora explica en el epílogo de una reciente edición británica que hace veinte años no veía la xenofobia como un problema candente. El conflicto no era que un país restringiera la libertad de sus minorías, sino que esas minorías no quisieran disfrutar de la libertad que ese país les ofrecía. Hoy las cosas han cambiado mucho. Y podemos hacer también una lectura política sobre la identidad desde los dos frentes. Jhumpa Lahiri defiende que nuestra identidad es dinámica y está sometida a cambios continuos. Que querer mantenerla fija y cerrada para tratar de salvaguardarla no sólo nos vuelve intransigentes e infelices, sino que la empobrece. Uno de los mayores valores de El buen nombre es que, aunque describa un mundo que en buena medida ha desaparecido, los temas que trata siguen interpelándonos con una vitalidad dolorosa en este mundo nuevo en el que vivimos. 




jueves, 10 de junio de 2021

JERUSALÉN, SANTA Y CAUTIVA

Quiero ir a Jerusalén. Quiero ir ahora, aunque todavía tiemblen las calles de la tensión por el reciente estallido de violencia. Quiero entrar en la ciudad vieja por todas sus puertas, perderme en el laberinto de sus calles, respirar el bullicio y la desconfianza, sentir cómo rezuma y se desborda y dificulta la convivencia la veneración por lo sagrado que se agolpa en ese kilómetro cuadrado atiborrado de historia. Antes no quería. No quería ver los muros, las heridas de la limpieza étnica, no quería ver las armas de los israelíes en las calles. No quería saber nada de un estado que sólo ha sabido consolidarse humillando a los que consideran extranjeros. Pero ahora sí. Ahora quiero ir. Ahora quiero descubrir la Jerusalén en la que vive Mikel Ayestaran con su familia. Quiero que todo lo que he visto, sentido, olido, escuchado y saboreado leyendo estas páginas se haga realidad. 

Este no es un libro especialmente político, aunque evidentemente es imposible escribir sobre Jerusalén sin hablar del conflicto entre israelíes y palestinos. Que, por cierto, no sólo es un conflicto religioso, como parece muchas veces después de escuchar los informativos. El hostigamiento de los cristianos de Israel y de los territorios palestinos muestra que también es un conflicto por el control de la tierra y sus recursos. Cada vez hay menos cristianos en Israel, principalmente por la crisis económica y por la ocupación israelí, que hace la vida de las minorías muy difícil. 

Jerusalén es una ciudad asfixiada por la religión y las identidades excluyentes que, sin embargo, encierra pequeños secretos llenos de luz, gracias a los perspicaces ojos de Mikel Ayestaran, que sabe ver más allá de las piedras antiguas para encontrar en lo cotidiano historias maravillosas. Como, por ejemplo, el espíritu de la navidad cristiana en la piel de un palestino vestido de Santa Claus en pleno julio. O el preciosismo de las cerámicas armenias, introducidas a principios del siglo XX por los armenios que huían del genocidio turco y que nunca han dejado de sentirse extranjeros en Jerusalén, a pesar de tener barrio propio. 

Mikel Ayestaran nos propone un recorrido por la ciudad vieja de Jerusalén a través de sus ocho puertas y sus cuatro barrios. "Una ciudad competitiva, en la que todos retroceden en el tiempo para ser los primeros en algo". Los primeros o los elegidos, como se considera a sí misma la comunidad ultraortodoxa, que ve la vida en blanco y negro. La cantidad de cosas que les parecen condenables es abrumadora e imposible de entender si no se vive dentro de sus cabezas. Un mundo cerrado, regido por normas férreas, del que es muy difícil salir, y al que es imposible regresar para los pocos que deciden escapar de él. 

Después de leer este libro sé mucho más sobre Jerusalén. Y entiendo mucho menos. Quizá por eso quiero ir. Para entender. Para tocar las piedras milenarias, probar el hummus de Abu Shukri y soportar la aspereza de los israelíes. Para tratar de descifrar qué significa Jerusalén para la gente que vive allí, qué cantidad de espacio emocional y simbólico puede ocupar una ciudad en la vida de tanta gente. 




jueves, 3 de junio de 2021

EL ESPEJO DE UN HOMBRE. VIDA, OBRA Y ÉPOCA DE WILLIAM SHAKESPEARE

No sabemos casi nada de la vida de Shakespeare a ciencia cierta. Y esto ha alimentado toda una serie de teorías conspirativas sobre si realmente fue él quien escribió las obras que se le atribuyen. Pero a pesar de la falta de manuscritos y de pruebas que confirmen directamente lo que siempre se ha dado por hecho, estudiosos de su obra como Stephen Greenblatt pueden aportar cantidades ingentes de hipótesis que ayudan a fijar la idea de Shakespeare como el autor (hermético y escurridizo como pocos) de una de las obras más brillantes y profundas de la literatura universal. 

Y es que es increíble lo herméticas que son sus obras. Incluso la intimidad de los sonetos, a simple vista, no desvela nada de quien los escribió. Shakespeare tendió un velo maravillosamente tupido entre su público y él mismo. Y aunque nunca sabremos exactamente por qué, Greenblatt tiene el don de interpretar las formas cambiantes tras el velo y darnos una serie erudita y amenísima de hipótesis sobre quién pudo ser en realidad uno de los mayores genios teatrales de todos los tiempos y qué motivos le llevaron a esconderse tras sus obras como lo hizo. 

Escepticismo, ironía, narcisismo, diversión, rebeldía, amor, fantasía. Su obra desborda emociones e ideas. Y resulta fascinante cómo Greenblatt (cuya amenidad y pasión ya me encantaron al hurgar en misterios históricos clave en El giro) las proyecta en una imagen poliédrica y profunda de un Shakespeare que pudo ser o no, pero que resulta seductoramente creíble. 

Me ha gustado descubrir un detalle que no conocía: la educación católica que probablemente recibió de sus padres, en un país protestante en pleno conflicto religioso. En una reforma de la casa natal en Stratford llevada a cabo en el siglo XVIII, se descubrió entre las vigas del tejado un documento católico clandestino firmado por John Shakespeare, el padre de William. Y esto da pie a Greenblatt para esbozar una serie de hipótesis maravillosas sobre la importancia de la clandestinidad religiosa en las obras y en la vida de Shakespeare. Y para constatar que, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, no hay religión por ninguna parte en sus obras. No hay santos ni fanáticos ni héroes ideológicos. Es una obra abiertamente profana y alejada de toda mística religiosa. De hecho, "la única santidad en la que parece que creyó apasionadamente Shakespeare toda su vida deriva precisamente del asunto y de las emociones que [los católicos] deseaban que sus discípulos evitaran a toda costa: la santidad erótica."

Greenblatt defiende que la de Shakespeare es una obra escandalosa, liberada del honor y de la religión para crear un mundo entero y legítimo. No hay ni una sola mención al dios cristiano. Y la única ocasión en que aparece el honor es en este monólogo de Falstaff, no precisamente respetuoso: 

"¿Puede el honor soldar una pierna rota? No. ¿Un abrazo? No. ¿Mitigar el dolor de una herida? No. ¿El honor carece, entonces, de habilidades quirúrgicas? Así parece. ¿Qué es el honor? Una palabra. ¿Qué hay en la palabra? Viento. ¡Bonito resultado! ¿Quién tiene honor? El que se murió el miércoles pasado. ¿Lo siente? No. ¿Lo oye? No. ¿Es el honor insensible, entonces? Para los muertos, sí. ¿Y en los vivos, no vive? No. ¿Por qué? La calumnia no lo deja vivir. Dado lo cual, yo no quiero saber nada de él". (Enrique IV). 

Uno de los rasgos que más me gustan de las obras de Shakespeare, que Greenblatt no se cansa de explorar, es la naturalidad con la que se ríe de sí mismo. Es decir, de personajes que actúan como él en la vida real, ya sea presumiendo de escudo de armas o de riqueza en bienes inmobiliarios, o bien que dedican toda su vida al mundo del espectáculo y la actuación, fingiendo ser quienes nunca podrán ser. 

Leer este libro es una inmersión en la época isabelina para tratar de desentrañar su vida. "El deseo de explorar la vida de Shakespeare surge en su totalidad de la poderosa convicción de que sus obras y sus poemas provienen no solo de otras obras y otros poemas, sino de cosas que conocía de primera mano en su cuerpo y en su alma". Desentrañar las vivencias del autor a través de la vida sublimada en su obra es una tentación en la que han caído muchos autores. La más reciente ha sido Maggie O'Farrell recreando en Hamnet la vida familiar del escritor, con maravillosa fortuna. Hay pocas tareas más fascinantes. Aun cuando el velo nunca nos deje ver más que sombras y sueños tras la belleza de su poesía. 

"Somos de la misma materia que los sueños
y el sueño envuelve nuestra breve vida". 



lunes, 31 de mayo de 2021

GAMONAL

De Gamonal no sabía casi nada. Me quedaban un par de recuerdos borrosos de hace años, una avenida levantada y protestas callejeras donde quizá uno menos se las espera, en un barrio periférico de Burgos. Así que llegué a este cómic con la mente limpia y con ganas de profundizar en algo que siempre me ha llamado la atención: la insurrección popular contra el poder. 

Creo que todos hemos sentido alguna vez la necesidad de rebelarnos. Contra los padres, contra los profesores, contra los jefes. Contra cualquier forma de autoridad que consideremos ilegítima. Una forma de autoridad contra la que yo me he rebelado mucho es aquella que ejerce su poder en mi nombre, vendiendo sus dictados como ayudas, con la benevolencia paternalista de quien está convencido de saber mejor que yo lo que me conviene. Es un tipo de autoridad que ejercen con mucha frecuencia los políticos, y que rara vez encuentra oposición organizada entre la gente que la sufre. Por eso el caso de Gamonal abrió los telediarios durante unos días y tuvo tanto impacto en otros lugares: unos vecinos de un barrio periférico de una ciudad media habían desafiado a una autoridad política que pretendía saber mejor que ellos lo que era mejor para sus vidas y para su barrio. 

La historia es compleja y viene de atrás, pero se podría resumir en una frase: un grupo de vecinos se reunió en la calle para paralizar las obras de un bulevar porque consideraban que el resultado les perjudicaría. El barrio llevaba mucho tiempo con necesidades básicas sin cubrir y con un alto nivel de desempleo. Esto había provocado malestar e indignación entre los vecinos, cansados de sufrir la disminución del gasto social, e indignados ante los casos de corrupción urbanística entre los políticos locales que no dejaban de destaparse. Y decidieron que se había acabado. Que basta ya de sufrir y callar. Que construirían el bulevar, quizá, pero no en su nombre, no para beneficiarlos a ellos, y no con su beneplácito. 

Este cómic trata sobre el impacto nefasto del urbanismo depredador en la vida de la gente. Sobre cómo el culto al asfalto y a la privatización de suelo público nos vuelve más precarios y más desiguales. Gamonal reclamaba un urbanismo que facilitara la vida de sus vecinos, que atendiera a las necesidades reales de la gente, y no de una élite corrupta. Y en unos pocos días de enero de 2014 le echó un pulso a la clase política que hoy sigue estudiándose como ejemplo de lo que puede ocurrir cuando se usa el poder para imponer medidas que atacan la vida diaria de la gente. 

Gamonal cuenta también una historia por todos conocida. La historia de muchos de nuestros abuelos, que dejaron atrás su casa en el pueblo y se vinieron a la ciudad, o mejor dicho, a las barriadas obreras de la ciudad, que era donde había pisos que se podían permitir, unas barriadas que distaban mucho de encajar en el sueño que les hizo un día decidir abandonar sus hogares. Durante el siglo XX estos inmigrantes venían de los pueblos cercanos o de otras provincias. En el siglo XXI la historia se repite, las barriadas son las mismas y siguen igual de desatendidas, aunque muchos de sus vecinos vengan de más lejos. 





jueves, 27 de mayo de 2021

HAMNET

Qué preciosidad de novela. La leo, la releo, la saboreo despacio para que no se me acabe tan rápido. Y también, a falta de diez páginas, llego a casa y le pido a P. que me espere para comer porque necesito acabarla cuanto antes, necesito seguir a lomos de ese clímax que se estira y estira hasta la última página y me deja estremecido, exhausto, maravillado. Y agradecido por haber tenido la oportunidad de leer esta preciosidad de novela. 

La historia gira en torno a la familia de un preceptor de latín que se ha ido a Londres a ampliar el negocio de guantes de su padre y hacer fortuna. No se mencionan ni su nombre ni su apellido (de sobra conocidos por todos), quizá porque lo que importa no es él ni su carrera ni sus obras, sino la vida que ha dejado en Stratford para cumplir su sueño. La vida de su mujer, sobre todo, pero también la vida de sus hijas Susanna y Judith, y especialmente, la de su hijo Hamnet. 

Hay poesía y belleza en cada página. Parece escrita en oleadas, en ondas que giran y giran en torno a estos personajes de los que casi nada se sabe, como focos de luz que fueran iluminando cada rasgo, cada detalle de cada expresión desde ángulos distintos, captando cada leve matiz, con una precisión sobrecogedora que, a la vez, dejara la figura abierta a cualquier interpretación. Como una escena de Vermeer, que siempre oculta mucho más de lo que muestra. 

Esta es una novela histórica sin batallas ni héroes, sin gestas ni acción. Una novela histórica sin la adrenalina viril de las epopeyas. Está hecha con las entrañas de la intimidad, de lo cotidiano, del dolor de la pérdida y de las emociones salvajes y profundas que, como placas tectónicas, mueven el mundo, aunque nadie las vea, aunque se queden en bambalinas, tras el escenario, ajenas al aplauso y a la fama, cantando en silencio su poesía. 

La fantástica traducción de Concha Cardeñoso, muy cuidada e imaginativa, nos transporta allí, a los últimos años del siglo XVI, a una casa polvorienta de Stratford donde una mujer teje los hilos de un amor capaz de cambiar nuestra comprensión del mundo. 




lunes, 24 de mayo de 2021

EL DON DE LA SIESTA

¿Un libro sobre echarse la siesta? ¿En serio? ¿Con la de cosas importantes sobre las que se puede escribir? ¿Y con la que está cayendo, además? 

Pues sí. Un libro sobre la siesta. Sobre el arte de la siesta y el don de interrumpir el tiempo durante el día para dedicarse a uno mismo. Y es que cuando Miguel Ángel Hernández escribe sobre la siesta, en realidad está escribiendo sobre muchas más cosas. Porque escribir sobre la siesta, y todo lo que conlleva, es también escribir sobre las decisiones que tomamos respecto a nuestros cuerpos, nuestro tiempo y nuestras casas. Y no se me ocurren muchas cosas más importantes que estas tres. 

Contra la demanda creciente de productividad. 
Contra la necesidad de exprimir cada día en actividades enriquecedoras o trascendentes. 
Contra la obsesión por estar constantemente activos. 
Contra el pánico a desperdiciar el tiempo. 
Contra la obligación de estar a todas horas conectados y disponibles para los demás. 
Contra la pulsión de convertir nuestras redes sociales en escaparates de nuestra intimidad. 

La siesta como refugio, como paréntesis necesario en nuestros días sobrecargados. "Un reencuentro con [...] el centro, las certezas, la distancia necesaria para pensar, habitar y entender el mundo". La siesta como reivindicación de otra forma de entender el tiempo, de protegerlo de ese otro tiempo tan frenético y tan omnipresente que siempre nos dice "haz" y nunca "descansa" (y cuando nos dice "descansa" nos está diciendo en realidad "descansa para poder ser más productivo después"). 

La siesta es un tiempo detenido, sin duración determinada. Una línea conscientemente torcida en el papel pautado de nuestros días. Al final, un acto de resistencia anárquica contra el afán de controlar el tiempo para explotarlo. Como dice el autor, la siesta es "una resistencia a la obligación de estar activo, de hacer algo constantemente". 

Para mí la siesta es un paréntesis y un regreso. Un paréntesis en el día laborioso y un regreso a la infancia, esa etapa ajena a horarios laborales y obligaciones adultas. Un regreso al regazo de mi madre, con el runrún del telediario de fondo, o a una cama individual y tres horas seguidas de inconsciencia con la promesa gloriosa de una merienda de nocilla y galletas. 

Yo siempre he sido muy de siesta. Y después de leer este librito,  que se lee en el tiempo de echarse una, aún más. 



jueves, 20 de mayo de 2021

LOS INTRUSOS

Una mañana, los animales del bosque se despertaron sobresaltados: ¡unos intrusos habían entrado en su tierra! Eran grandes y sus pieles eran de colores raros. Tenían que haber llegado de muy lejos porque nadie los había visto jamás. Eran extranjeros. ¡Intrusos! Y algo tendrían que hacer. 

"Deberíamos hablar con ellos y pedirles que se vayan. ¡Aquí no hay sitios para todos! -concluyó Rana. Y así lo hicieron". 

Susanna Isern y Sonja Wimmer unen palabras e ilustraciones para contar una historia universal que siempre se repite: cuando expulsamos a los que vienen de fuera con la excusa de que en nuestra tierra no hay sitio para todos, olvidamos que antes o después los intrusos podremos ser nosotros. Y siempre saldremos perdiendo. 

Un cuento precioso y profundo dedicado a "aquellos que navegan siguiendo la Estrella Polar". Para que, allá donde vayan encuentren la hospitalidad que todos merecemos, y que nunca sean recibidos como intrusos. 



lunes, 17 de mayo de 2021

BERTA ISLA

Llegué a esta novela para actualizar un prejuicio: el de que Javier Marías me parecía un escritor gruñón y cargante que no era capaz de leer. El prejuicio tenía ya una edad respetable, por no decir provecta: como mínimo quince años. Y tenía curiosidad por comprobar si él había cambiado su forma de escribir o si yo había cambiado mi forma de leer. No sé si se trata del primer caso, del segundo o de los dos, pero lo cierto es que mi lectura de esta novela ha mandado el prejuicio directo a la papelera de reciclaje, de donde no tengo ninguna intención de rescatarlo. 

Y aun así, lo sigo pensando: Javier Marías es un escritor gruñón y cargante. Brillante, eso sí, pero de una brillantez caduca, y caduca adrede, como si reivindicara no pertenecer ya a nuestro tiempo, un tiempo que no se cansa de despreciar y al que da la espalda cada vez que tiene oportunidad. De su literatura densa y rica se podría aprender indefinidamente (a mí me han dado ganas de rellenar cuadernos enteros de frases memorables), y a mí me llega como de otra época, con la universalidad y la extrañeza de un yacimiento arqueológico. 

Lo he comentado estos días con varios seguidores incondicionales de Marías en la librería. Y siempre sonríen cuando les digo, medio en broma, lo pedante y reiterativo que me parece. Es que eso forma parte de su encanto, me rebaten. Y tienen razón. Su forma de acumular adjetivos y subordinadas, como si montara bloques de lego unos encima de otros formando colosales columnas, me fastidia y me fascina en la misma medida. 

Berta Isla es una mujer que vive en la Plaza de Oriente de Madrid. Una mujer que se asoma al balcón y que espera. Espera a su marido, casi siempre ausente. A su marido espía que no le cuenta dónde está ni qué hace ni cómo vive. A su marido perdido en identidades múltiples, en la bruma del tiempo que pasa y que nos convierte a todos en recuerdos inasibles. 

Su marido, Tomás Nevinson, que protagoniza la nueva novela de Javier Marías que no dudaré en leer para volver a disfrutar de esta prosa kilométrica que tan fastidiosa y tan fascinante me resulta. 




jueves, 13 de mayo de 2021

LA MITAD EVANESCENTE

En Mallard, un pueblito de Luisiana que ni aparece en los mapas, la población negra parece blanca. Su tono de piel es tan claro que la negritud tiene más que ver con siglos de discriminación, con una costumbre ancestral, que con la apariencia física. Esa piel blanca que muchos comparten es el resultado del esfuerzo de muchas generaciones por desligarse de un pasado común de humillación y sufrimiento. Piensan que cuanto más se parezcan a los blancos, cuanto más difícil sea diferenciarlos de los culpables de su segregación, más fáciles serán sus vidas. Para ellos, las pieles claras son el progreso, y las pieles oscuras, un pasado que desean olvidar. 

Un pasado que, aun así, vuelve continuamente. Vuelve cuando un hombre aparece linchado y asesinado por escribir palabras soeces sobre una mujer blanca. Un hombre que no sabía leer ni escribir y firmaba siempre con una X. Asesinado por aceptar trabajos por poco dinero. Por trabajar demasiado bien. Por no meterse en problemas. Nunca se sabe bien por qué. Los blancos son así. Te ponen normas que luego cambian  a su antojo y por las que puedes encontrarte una noche mordiendo el polvo con todos los dientes rotos y cuatro balas en el cuerpo tirado en el porche de tu casa. 

"Incluso allí, en Mallard, donde nadie se casaba con personas de piel oscura, uno seguía siendo de color, y eso significaba que los blancos podían matarlo por negarse a morir. Las gemelas Vignes eran recordatorios de eso, niñas pequeñas vestidas de luto que se criarían sin padre porque los blancos así lo habían decidido". 

Stella y Desiree Vignes son gemelas con la piel especialmente clara. Sus deseos de ver mundo y escapar a las vidas sin horizontes que la década de los sesenta les depara en Mallard, las impulsan a huir a Nueva Orleans, la gran ciudad, para buscar fortuna. Y pronto se dan cuenta de que su negritud a menudo se reduce a una cuestión de actitud, que para convertirse en blancas de verdad quizá baste con levantar bien la barbilla, mirar a los ojos y taconear fuerte, entrar a la biblioteca pública por la puerta principal como si llevaran toda la vida haciéndolo, vivir como si la segregación fuera un detalle que no les incumbiera. Si para dejar de ser negras basta con fingir que lo son, quizá la tentación de dejar de ser discriminadas acabe siendo demasiado fuerte. 

Esta novela cuenta lo que sucede cuando alguien decide ocultar una parte fundamental de su identidad para huir del dolor. Cuando decide sacrificar la libertad de mostrarse tal cual es para salvarse de la discriminación. Es un dedo en una llaga poco habitual del racismo: la que lleva a sus víctimas a asimilarse con quienes las oprimen, a huir de su identidad para salvarse, a pesar del altísimo precio que pagan por hacerlo. 

Stella y Desiree son dos hermanas gemelas rotas por una mentira, dos mitades partidas por el racismo que define la identidad estadounidense. Para protegerse de una vida de humillación, para poder amar y ser amada por lo que ella cree que es y no por lo que los demás ven en ella cuando se dan cuenta de que es negra, una de las dos construirá su futuro sobre una mentira. Pero ¿se puede dejar atrás el pasado para siempre para alcanzar paz, amor y riqueza? 




lunes, 10 de mayo de 2021

EL GRUPO

Los años treinta fueron una década de renacimiento para Nueva York. Mientras los rascacielos crecían hasta las nubes, proliferaban las galerías y los museos en una efervescencia social y cultural que contrastaba con la crisis económica tras el crack de 1929. Los magnates que no lo habían perdido todo en la Bolsa competían con las esferas públicas para crear una Florencia moderna que pronto tomaría el relevo de la vanguardia artística y cultural tras la debacle europea de la Segunda Guerra Mundial. 

En este contexto irrumpen como un vendaval el grupo de universitarias que protagonizan esta novela coral de Mary McCarthy, todo un clásico de la literatura estadounidense del siglo XX. Hijas de familias de clase media-alta con ambiciones culturales, su paso por el Vassar College ha supuesto para todas una verdadera revolución. Con un tono mordaz, vivaz y chispeante que derrocha ingenio e ideas, la autora retrata a estas chicas en el momento de dar el gran salto a la vida adulta. Todas laten en cada diálogo, llenas de vida, en una serie de escenas memorables, como personajes de Edith Wharton o Rebecca West que se hubieran desprendido de todos los recelos y ansiedades de las generaciones previas. Una de ellas lo describe como "una experiencia casi demasiado rica. Se sentía llena de ideas interesantes que solo podía comentar con mamá; desde luego no con un hombre, quien supondría que estabas chalada si empezabas a hablarle de la Doncella de Maíz (figura mitológica de los indios de América del Norte) cuando estabas a punto de perder la virginidad". 

Los primeros capítulos describen esa generación de hijas de las primeras sufragistas de tal forma que cualquiera querría pertenecer a ella. Derrochan encanto, inteligencia y vitalidad. Cualquiera diría que sólo por haber compartido pupitre y confidencias con ellas, ya estaba una preparada para comerse el mundo. Por supuesto, luego la realidad llega con sus imposiciones y sus desencantos, pero algo de esa primera impresión permanece. Ojalá haber sido una chica Vassar en esos años. 


Mary McCarthy


De El grupo me han gustado muchas cosas. Me ha impresionado que una novela escrita en 1963 y ambientada treinta años antes resulte tan escandalosamente moderna. Trata sobre la igualdad en las tareas domésticas, sobre la naturalidad a la hora de hablar de métodos anticonceptivos y de todo lo relacionado con el sexo, incluso como actividad desvinculada del amor. En los años sesenta fue un escándalo que los personajes femeninos hablaran de sexo así. Y sospecho que hoy en día muchos lectores se escandalizarían igual. 

Me ha gustado también que cada capítulo contenga el germen para una novela entera. La autora se detiene en cada detalle, psicológico y físico, de los personajes, como una maga que preparara a sus actores en bambalinas, maquillándolos y vistiéndolos hasta dejarlos listos para recibir un último empujón de su varita y aparecer bajo los focos ante el público, radiantes y perfectos. 

En El grupo hay de todo. Vida conyugal. Vida de solteras. Vidas con padres dependientes. Amas de casa y trabajadoras. Lactancia. Adulterios. Hombres que las quieren y las respetan. Hombres que las manipulan, las pegan e intentan violarlas. Alegrías y tristezas. Convulsiones políticas. Desolación. Y por encima de todo, el sentimiento de pertenecer a una misma generación, feliz y desdichada a la vez, pero unida por el privilegio de compartir un vínculo irrompible. 


 

miércoles, 5 de mayo de 2021

CELIA EN LA REVOLUCIÓN (firma invitada)

El noviembre pasado, la editorial Renacimiento publicó una versión revisada de Celia en la revolución, de Elena Fortún, cuyos avatares librescos han sido variados desde que se escribió en los primeros años de la década de los cuarenta del siglo pasado, quedó inédita hasta los ochenta y fue recuperada a mediados de la década pasada. No puedo dejar de dar las gracias por este rescate editorial, ya que se trata de una novela muy importante.

Leer Celia en la revolución es como venir de la guerra. Y la guerra hay que contarla.

La guerra que vive Celia, que es nuestra guerra, no puede enterrarse sin más tras cuarenta años de dictadura, unos pocos de transición y nuestra actual democracia. Las democracias se hacen fuertes cuando conocen sus pasados totalitarios y sus guerras. Y nuestra democracia debe saber los horrores de la guerra para no volver a caer en ellos. Especialmente, cuando algunos grupos se empeñan en desestabilizarla. 

Nunca había leído un relato de la guerra que no fuera partidista. En realidad la guerra fue un asunto de partidos, o más bien de facciones políticas, y se entiende que los relatos posteriores también fueran partidistas, pero la mayoría de la gente que vivió nuestra guerra no era de ningún bando. Un día, de repente, se encontró frente a un pelotón de fusilamiento o no pudo despedirse de los familiares que acabaron así. Unos meses más tarde sufrió el hambre hasta unos niveles tales que a mí me parece obsceno ahora, tras su lectura, ver caducar los productos en las estanterías de los supermercados y saber que muchos de ellos no se van a aprovechar.

La guerra transformó la sociedad en algo peor. Y todos perdieron. Sobre todo perdieron quienes legítimamente ostentaban el poder y a quienes un grupo de militares insatisfechos se lo arrebataron por la fuerza en nombre de unos valores e ideas que ellos mismos pisotearon. La guerra, nuestra guerra, hizo a quienes la vivieron peores y mejores personas. Esencialmente peores, porque el hambre, la necesidad, la ausencia y la injusticia no puede traer consigo nada bueno. Para muestra, la literatura de posguerra posterior.

Leer Celia en la revolución es venir de pasear por el Madrid de la guerra. Es viajar en trenes hacinados hasta Valencia. Es sufrir el terror de los bombardeos en Barcelona. Y sobre todo venir de la incomprensión de un final que acabó con las esperanzas de muchas personas. De un final que se alargó décadas y que fue antidemocrático. Y pienso en por qué el resto de democracias no miraron hacia aquí más. Y pienso en por qué ahora hay personas a quienes no les da miedo poner en peligro nuestra ansiada democracia. Una democracia que, como muchas otras, tiene sus luces y sus sombras, por supuesto, pero que es democracia al fin y al cabo. Una en la que debemos caber todos y todas.

Ochenta y pico años después sigo sin comprender por qué ahora nosotros dejamos de mirar hacia los lugares en guerra. Por qué esta inhumanidad en medio de la humanidad.

Una recomendación absoluta para comprender nuestra humanidad o nuestra falta de ella.




jueves, 29 de abril de 2021

SOBRE EL DUELO

La muerte de un ser querido te desarraiga. Te priva de esa tierra firme que somos todos para las personas que nos quieren, te deja de repente en mar abierto, a merced de una soledad inimaginable. Una parte de ti mismo ha dejado de existir y no sabes qué hacer con ese vacío. 

La muerte de los padres nos desconecta con nuestra infancia. De repente perdemos la fuente más fiable de nuestros primeros años de vida y nuestra identidad se tambalea, como una iglesia a la que privan de sus contrafuertes. A partir de ese momento ya no podremos recurrir a nadie para que afiance nuestros recuerdos, para que añada detalles coloridos a nuestras mejores anécdotas infantiles, y empezaremos a inventar esos recuerdos, a crear el mito de nuestra infancia, una época perdida ya del todo ahora que los padres no están para mantener la llama viva de su memoria. 

"La pena es un tipo de enseñanza cruel. Aprendes lo poco amable que puede ser el duelo, lo lleno de rabia que puede estar. Aprendes lo insustancial que puede resultarte el pésame. Aprendes lo mucho que tiene que ver la pena con el lenguaje, con la incapacidad del lenguaje y con la necesidad del lenguaje". 

No hay palabras para la muerte. Para lo que nos queda a los que la contemplamos. Y, sin embargo, son las palabras las que nos salvan. Esas palabras imposibles que no existen. Son las palabras las que nos agarran del brazo y nos llevan hacia la superficie, hacia el aire y la luz y la vida que siguen su curso, cruelmente, como si nada hubiera pasado. Incluso hacia la risa, hacia la alegría, esa monstruosidad que espera, pacientemente, a que acabemos de llorar para volver a abrazarnos con su ligereza imprescindible. 

También lloramos a través de la risa. El mismo día de la muerte hablamos con nuestros amigos o hermanos y bromeamos. Nos reímos. Recordamos momentos graciosos. Ahuyentamos a la muerte. Aunque la tristeza aguarda siempre ahí, en cada sombra, en cada risa que se apaga al agotarse la broma. La tristeza que también es rabia. Ira profunda. ¿Por qué ahora? ¿Por qué ella? ¿Por qué él? ¿Por qué yo? El duelo no tiene que ver con quien muere. Tiene que ver con quien sobrevive. Con los cuerpos vivos que laten, inflamados de pérdida, y que pasarán el resto de su vida tratando de alcanzar una realidad que ya no existe. 

"¿Es posible volverse posesiva con el propio dolor? Quiero llegar a conocerlo, quiero que me conozca. El vínculo con mi padre me era tan preciado que no puedo exponer mi sufrimiento hasta que haya delimitado su contorno". 

El padre de Chimamanda Ngozi Adichie murió en junio de 2020. Fue una muerte repentina, ella había hablado con él el día anterior. Vio su cuerpo inmóvil en una cama de un hospital nigeriano a través de la pantalla de su ordenador desde su casa en Estados Unidos. Y se rompió. Este librito es su homenaje.  





lunes, 26 de abril de 2021

LA HIJA ÚNICA

Hay una mujer embarazada a la que le anuncian que su hija no podrá sobrevivir al nacimiento. 
Hay una madre que ve en cada grito y pataleta de su hijo los gritos y los golpes de su exmarido. 
Hay dos palomas que incuban en un nido improvisado un huevo que quizá no sea suyo. 
Y hay una mujer mexicana que, decidida a no ser madre, y después de disfrutar de los sabores, olores y costumbres de medio mundo, vuelve a Ciudad de México para escribir una tesis y asentarse, y observar estas tres facetas de la maternidad, tres caras muy diferentes de un mismo prisma que quizá cambie su forma de ver su propia vida. 

La maternidad siempre está enredada en una maraña de emociones encontradas. Alegría, miedo, incertidumbre, dudas y culpa pueden teñir el amor de colores indescifrables. Y esta novela tiene el don de mostrarnos ese cuadro de colores imposibles desde la distancia adecuada para poder diferenciarlos, ponerles nombre e identificarlos con sabiduría y delicadeza. 

Me ha impactado la forma en que Alina, la mujer embarazada, acepta el diagnóstico que sentencia a su hija, y cómo empieza el duelo antes incluso de que nazca. Si va a morir nada más nacer, si el nacimiento va a ser también una muerte, quizá lo mejor sea prepararse cuanto antes. El dolor y el amor se mezclan aquí para llevarnos por caminos insospechados. 

He leído esta novela con una mezcla de calma y sobrecogimiento. Calma por el tono sosegado y sencillo de la prosa de Guadalupe Nettel. Y sobrecogimiento por esta historia tan tremenda, tan llena de aristas y de abismos por la que avanzan a tientas los personajes, buscando una luz al final del camino. 






jueves, 22 de abril de 2021

OLIVIA Y LAS PLUMAS

Hay algo en las ilustraciones de Esther Gili que me atrae sin remedio. Me sucede lo mismo que con ciertas personas: es verlas y me pongo contento, diluyen las preocupaciones como la luz del sol las pesadillas. Y lo mejor es que la Olivia de este cuento, creada por Susanna Isern, consigue lo mismo: con su búsqueda de plumas para unos peces en apuros aligera el corazón. 

¿Y para qué querrán unos peces tantas plumas? Pues quién sabe. Pero lo cierto es que en la charca donde viven y donde juegan a mordisquearle los pies a Olivia, cada vez hay menos agua. Y cualquier método es bueno para tratar de llegar al mar. Plumas, eso es lo que le pide el pez plateado a Olivia. Plumas, cuantas más mejor. Y allá va ella, en búsqueda de plumas para sus peces en apuros. 

Plumas rosas de flamenco, blancas de lechuza y negras de cuervo.
Plumas saladas de gaviota, mojadas de pingüino, charlatanas de cotorra. 
Plumas largas, cortas, rectangulares y redondas...

Plumas para que vuelen la imaginación... Y los peces. 



lunes, 19 de abril de 2021

LA NOCHE DE LA USINA

Hueles el polvo. La sequedad de la tierra. La llanura que te rodea como un mar quieto y amarillo sin olas ni mareas. Ves esa gasolinera aislada, una isla a punto de hundirse en la llanura que, sin embargo, insiste en mantenerse a flote año tras año. Tocas los billetes usados, traídos por amigos que se han puesto de acuerdo en ese proyecto loco, un grupito de boludos sin nada que perder que van a apostarlo todo a una carta la víspera de la tempestad del siglo. Un grupito de boludos en la pampa argentina que saben arrimar el hombro cuando hace falta. Hasta cuando el plan es tan descabellado que ni en las películas americanas parece verosímil. 

Sacheri tiene el poder de hacerte oler, ver y tocar. Y oír en cada página ese acento que a mí siempre me dibuja una sonrisa. Inmediatamente me voy allá, a ese país de gramática luminosa capaz de sufrir un corralito y de abrigar personajes con una humanidad que desarma y emociona. 

La Noche de la Usina es un secreto. Casi nadie me pide ya esta novela, a pesar de ser un Premio Alfaguara no muy lejano, y por eso guardo los ejemplares como en secreto, medio escondidos, como un licor dulce de contrabando. Y sólo lo saco cuando hay confianza, cuando alguien me pide recomendación de un libro que te atrape y te haga reír y no te deje hecho polvo y no sea la típica novela superficial de usar y tirar y con el que puedas aprender algo. Algo como qué hacer cuando un banquero te estafa y se va con la ilusión de tu vida y la de todos tus amigos más cercanos. Algo como respirar el duelo como si fuera líquido, líquido de un mar que cada día te arrastra más hacia el fondo. Algo como la idea loca de volver a levantarse y reunir al grupito de boludos que lo perdieron todo y decirles eh, lo apostamos todo a una carta y nos la jugaron. Pero la partida no acaba hasta que nosotros lo digamos. Algo tan dulce y embriagador como la venganza. 

La Noche de la Usina es un thriller, un western, una comedia negra y la mejor historia de una venganza después de El Conde de Montecristo. Nunca la épica tuvo un sabor tan cotidiano y nunca sonó tan alegre la búsqueda de la justicia social. 




jueves, 15 de abril de 2021

MISERICORDIA

En 1897, año de publicación de esta novela, la idea de igualdad era poco más que una palabra en las fachadas de los ayuntamientos franceses. Una palabra acompañada de otras dos (libertad, fraternidad) que seguían alimentando los sueños de muchos y los discursos de unos pocos pero que ya nadie creía que se pudieran reivindicar de una forma integral y creíble para mejorar ninguna sociedad. Nuestra constitución de 1978 le habría parecido un sueño al más revolucionario de los contemporáneos de Galdós. ¿Los ricos y los pobres son iguales ante la ley? ¿La vivienda es un derecho? Venga ya. Sueños y utopías. Y tendrían razón: tristemente, una constitución no garantiza que todo lo que dice tenga que aplicarse si otros intereses más poderosos están en juego. 

De la igualdad entre seres humanos, y de esos otros intereses que siempre han luchado contra ella, trata, entre otras cosas, este clásico de uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos. 

"Miseria, vergüenza, humillación, deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas y embustes, no encontrar quien te fíe valor de dos reales". 

Ya bien entrados en el siglo XXI pensamos que casi nada de esto existe ya. Que las calles de Madrid llenas de mendigos y de pobreza extrema que describe Galdós son agua pasada, y que la modernidad ha pasado la bayeta a la miseria antigua para hacer brillar la pulcritud de esta nueva sociedad globalizada. Pero más que pasar ninguna bayeta, parece que lo que ha hecho en realidad es barrer esa miseria hacia donde no la veamos, hacia los rincones oscuros bajo los muebles donde no nos duela y se convierta en poco más que una frase que ya a nadie sobresalta pero que nunca está de más recordar: uno de cada cuatro españoles en 2020 sigue en riesgo de pobreza y exclusión. 

"-Es que tú no tienes vergüenza, Nina; quiero decir decoro, quiero decir dignidad. 
-Yo no sé si tengo eso, pero tengo boca y estómago natural, y sé también que Dios me ha puesto en el mundo para que viva y no para que me deje morir de hambre". 

Y de esto trata también esta novela. De la falta de dignidad que asociamos con la mendicidad, como si hubiera algo indigno en querer sobrevivir y tener el valor de pedir ayuda para conseguirlo. Y de aquellos que, acostumbrados a vivir de las rentas o de sus apellidos o de la consideración que creen que merecen de los demás, miran con repugnancia el esfuerzo diario de todos los que no tienen rentas ni apellidos ni consideración que exigir a nadie para salir adelante. 

Y, como siempre, aunque en las páginas de Misericordia desfilan multitudes ladrando de hambre y la piedad por su sufrimiento es el motor de toda la historia, Galdós no deja de reservar reflejos brillantes para el humor y esa inigualable ironía marca de la casa con la que dibuja a sus personajes y que convierte cada novela suya, incluso las menos logradas, en galerías de personajes inolvidables.

Ya tengo a Benina, la maravillosa protagonista de esta novela, conviviendo con Doña Perfecta, Marianela y Miss Fly en mi cabeza. Diciéndome, con su sonrisa bondadosa y libre de rencor, que los únicos que ven indignos e indecorosos a los mendigos son aquellos que piensan que si piden para comer es por su culpa. Los únicos, en fin, que no los conocen. 




lunes, 12 de abril de 2021

ALMA MAHLER

Se ha escrito muchísimo sobre esta fascinante mujer, incluso se han hecho películas, y esta biografía creo que nos ofrece una visión muy completa de sus luces y sus sombras. Estudió para ser compositora y pianista pero, por la presión social de su época y también de Gustav Mahler, su primer marido, sacrificó una carrera musical que prometía muchísimo para dedicarse a ser la musa e inspiración de hombres tan destacados como Gustav Klimt, Gustav Mahler, Walter Gropius (segundo marido y arquitecto fundador de la Bauhaus), Franz Werfel (escritor y tercer marido) y Oskar Kokoschka, con quien mantuvo una relación apasionada y tormentosa (cuando dejaron la relación, Kokoschka se hizo construir una muñeca exactamente igual a Alma con la que convivía. Fue una paranoia, pero Alma recurría con frecuencia a seguir relacionándose con él incluso estando casada con Mahler). 

Alma Mahler nació en 1879 en Viena y murió en Nueva York en 1964. Vivió una época que comprende las dos guerras mundiales y la guerra civil de España, en la que su último marido, Franz Werfel, tomó claro partido por la República y en cambio Alma sentía mayor afinidad por los fascismos, tanto de Italia como de España. Aunque no de forma clara, también se dejó influir por simpatizantes de los nazis, y, a pesar de que se casó con dos judíos, Mahler y Werfel, manifestó en muchas ocasiones un antisemitismo relativo, tan extendido en Austria en los años treinta. En 1938, cuando se percataron del gravísimo peligro que corrían, en una huida rocambolesca por el sur de Francia atravesaron a pie los Pirineos para pasar a España y llegar a Lisboa, desde donde embarcaron hacia Nueva York y su exilio dorado. 

Fue contemporánea de brillantes intelectuales y artistas con los que se relacionaba en los salones de sus casas, donde recibía de forma habitual a personajes como Thomas Mann, Elías Canetti, Joseph Roth, Erich María Remarque, Bruno Walter o Marlène Dietrich. Fue conservadora y monárquica, vivió el final del Imperio Austrohúngaro como una tragedia y tuvo la suerte de tener una infancia feliz al lado de su padre, el pintor Emil Jakob Schindler, protegido por la Corte, aunque en sus inicios pasara muchas penurias. Su padre murió cuando Alma tenía solo trece años, y su madre, cantante, se casó de nuevo con Carl Moll, un nazi que al final de la Segunda Guerra Mundial se suicidó junto a dos familiares más, al ver derrotado el nazismo. Alma nunca congenió con su padrastro, tuvo a su padre en el altar de su memoria.

Alma Mahler

El recorrido de esta biografía me ha llevado a recordar a otro insigne vienés, Stefan Zweig, contemporáneo de Alma y uno de mis escritores favoritos, que se exilió cuatro años antes que Alma y que no pudo soportar la idea de que el nazismo fuera a conquistar toda Europa. Después de trasladarse a Inglaterra y Estados Unidos, se fue a Petrópolis, Brasil, donde el 22 de febrero de 1942 se suicidó a los sesenta años. Si hubiera podido resistir tres años más, los que tardó en ser derrotado Hitler, habríamos podido disfrutar de muchas obras literarias más de este gran escritor. Sus biografías son maravillosos retratos que nos acercan no solo al alma de la persona biografiada sino, de una forma magistral, a su entorno. Fueron muchas, solo por poner tres ejemplos, las de María Estuardo, María Antonietta y Fouché. Su ensayo El mundo de ayer retrató esa primera mitad del siglo XX en ciudades como Viena, Berlín, París de una forma inigualable.

He disfrutado mucho con esta biografía siguiendo los pasos de Alma por una ciudad, Viena, que he visitado dos veces muy distintas. En la primera ocasión, hace varios años fue una visita rápida dentro de un recorrido por toda Austria llegando al Tirol, Baviera, Nuremberg, Munich y acabar en Praga, una ciudad que me deslumbró. No hacía mucho que tenía el recuerdo de París que sí he visitado varias veces y que siempre me ha parecido una de las ciudades más bellas del mundo.

Quizá no le presté la atención debida porque fui con una licenciada en Arte que me hizo disfrutar muchísimo de todo el viaje en su conjunto, arte y naturaleza. El segundo viaje lo dedicamos exclusivamente a Viena, sus cafés, sus museos, el precioso Prater, las dos orillas del Danubio, las huellas de Mozart, Beethoven, Goethe, Freud, los palacios imperiales, la catedral de San Esteban, el tranvía de la Ringstrasse. En la época de Alma, Viena era la capital cultural de Europa y hoy, por décimo año consecutivo, consigue el primer puesto como la mejor ciudad para vivir gracias a su calidad de vida.




jueves, 8 de abril de 2021

LAS LEALTADES

Todas las relaciones se basan en la lealtad. O, al menos, en una cierta idea de lealtad. Porque la lealtad se puede entender de muchas formas. Hay parejas para las que la lealtad consiste en compartirlo todo hasta tal punto que se olvidan de que su individualidad existe fuera del otro. Hay otras que consideran que la deslealtad sólo es un problema cuando deja de poder mantenerse en secreto. La lealtad rige cualquier vínculo afectivo y define nuestra forma de vivir en sociedad. Y, aunque hay tantas formas de entenderla como tipos de relaciones en el mundo, muchos de sus códigos se repiten una y otra vez y nos permiten entendernos desde el primer momento sin necesidad de firmar contratos llenos de cláusulas. 

En esta novela de Delphine de Vigan, elegante y terrible, Théo es un chico de doce años cuya lealtad hacia sus padres consiste en protegerlos de las miradas ajenas. Proteger la dejadez vital de su padre de la mirada rencorosa de su madre. Y protegerlos a los dos de la preocupación de sus profesores, aunque ese encubrimiento lo lleve directo a una soledad aterradora. En torno a este chico pálido y tímido, hermético ante la curiosidad de los demás, orbita el resto de personajes: dos parejas que esconden secretos inconfesables, su mejor amigo, dispuesto a asomarse a lo prohibido con tal de acompañarle, y su profesora, que arrastra un pasado que nunca deja de perseguirla. 

Delphine de Vigan escribe sobre los secretos. Sobre cómo compartirlo todo puede llegar a anular tu independencia, tu libertad y hasta tu identidad. Sobre cómo ocultar ciertas cosas puede llevarte a traicionar la confianza y el pacto implícito sobre el que se sustentan todos los vínculos afectivos. ¿Hasta dónde llega nuestra lealtad? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a ser cómplices del otro? ¿Hasta dónde estamos comprometidos a seguirlo, protegerlo, cubrirlo o encubrirlo? Todos escondemos algo innombrable susceptible de revelarse un día y poner a prueba la lealtad de las personas que nos rodean y obligarles a asumir tu vergüenza como suya si quieren quedarse a tu lado. 

Me encanta la capacidad de Delphine de Vigan para describir, con muy pocas palabras, los mecanismos de nuestra vulnerabilidad. Bajo una luz tamizada y delicada, nos muestra en toda su terrible crudeza la fragilidad que escondemos a los demás y a nosotros mismos y la lealtad necesaria para sostener nuestros inestables vínculos con los demás. 



lunes, 5 de abril de 2021

LAS GRATITUDES

Temblor. Fragilidad. Dulzura. Un cuerpo que antes era firme y resuelto ahora se ha convertido en esto. En este amigo poco fiable. Vulnerable, débil, vacilante. Se ha convertido en otro cuerpo. Otro cuerpo que es el mismo, pero transformado, a veces, en la sombra de aquel. En su recuerdo. 

Marie y Jérôme van a visitar a Michka a la residencia. Marie es su vecina, la nieta que nunca tuvo. Jérôme es un ortofonista que ayuda a Michka a no perder las palabras. Ambos saben que sus visitas no se deben sólo al deber ni al trabajo. Que hay algo más. Algo en la forma que tiene Michka de moverse, de mirar atentamente cuando le cuentan una historia. Algo que se parece a la gratitud. 

Hay algo en la coquetería instintiva de Michka que conmociona a Jérôme. Algo en esas señoras que se miran en el espejo y se recolocan un mechón rebelde y se frotan una mancha invisible de la chaqueta para recibirle con dignidad en ese lugar sin intimidad donde es tan fácil olvidarla. Con esos gestos Michka intenta mantener a raya la realidad. Que no se le escape. Porque lo cierto es que cada día nota que pierde cosas, ideas, frases, palabras. Nota que las mezcla, que las confunde. Tiene la sensación recurrente de haber extraviado algo y se pone a buscar, sin darse cuenta de que no sabe qué ha perdido. Guiada por esa sensación de pérdida, de extravío, busca algo sin saber qué es. 

Cada vez que Marie la visita lo nota. Las palabras de Michka se tropiezan, se confunden. Parten de su cabeza de una manera pero al pasar por su boca salen transformadas, rebeldes, desordenadas. Palabras que necesitan ser controladas, domesticadas de nuevo, acariciadas, para que obedezcan a una voluntad que está siendo asaltada por la revolución de la enfermedad. Asaltada y desertada. Las palabras se rebelan y abandonan sus puestos. Se van. Desaparecen. Y Jérôme sabe que su tarea no consiste en vencer la enfermedad ni en tratar de recuperar todas esas palabras en desbandada, sino en retrasar la pérdida, en contener el silencio, en conseguir darle a Michka más días, más semanas de palabras antes de que todas terminen por abandonarla. 

Delphine de Vigan ha escrito una novela emocionante, de una sensibilidad exquisita, sobre la pérdida y sobre la necesidad de expresar la gratitud. Sobre la urgencia de rescatar las palabras que nunca nos decimos, esas que siempre se quedan mudas y desordenadas en el borde del pudor, para tendernos las manos y tocarnos y decirnos, al final de todo: gracias.  




jueves, 25 de marzo de 2021

INVISIBLE

Cuando tenía siete u ocho años, un niño de nuestra clase se dedicaba a aterrorizar a los demás. Era el típico matoncillo de recreo, el que levantaba las faldas a las niñas, te tiraba un vaso de agua en tu dibujo justo antes de entrar en clase o te arrinconaba en el baño amenazándote con pegarte y no te dejaba salir hasta haberte obligado a suplicárselo entre lágrimas. 

Un día, para consolarme de alguna fechoría sufrida en mis tiernas carnes, no recuerdo qué adulto me dijo que en realidad el muy bribón era muy débil. Muy frágil. Que necesitaba amedrentar a los demás para no sentirse inferior, para ocultar su fragilidad. No lo entendí del todo pero sé que me hizo bien. Le perdí parte del miedo. Y, sobre todo, el respeto que se había ganado en toda la clase a base de golpes. 

Esta novela está dedicada a todos aquellos que han sido humillados públicamente en el colegio. Aquellos que han recibido golpes, zancadillas, empujones. Que han sido forzados a meter la cabeza en un váter sucio lleno de pis y que han pasado media hora después tratando de limpiarse la cara y la ropa para tratar de volver a clase con algo de dignidad. Aquellos que han recibido amenazas delante de todo el mundo y han visto cómo nadie salía a defenderles, por miedo a convertirse ellos en víctimas también. Aquellos que han preferido pensar que se habían vuelto invisibles y que los demás no los veían para tratar de explicar que sus amigos no reaccionaran a su sufrimiento. 

Abusones los hay por todas partes. En la librería también, qué remedio. Su violencia se transmite en el tono de voz, en el uso de imperativos, en los gestos y miradas. Yo procuro fijarme bien para que la cordialidad con que se envuelven no me despiste. Hay pocas cosas que me molesten más que reírle las gracias a un matón de patio de escuela. Y a partir de ahora voy a recomendar mucho esta novela, sobre todo para chicos y chicas de entre doce y quince años, porque de una manera tremendamente entretenida señala una realidad que la mayoría de nosotros hemos vivido y ante la que pocos hemos sabido reaccionar a esas edades. 

Cuando hace unos años reapareció aquel abusón de mi infancia en un grupo de whatsapp de antiguos alumnos, con la misma actitud chulesca y avasalladora, todo el mundo le hizo el vacío hasta que uno de los administradores se hartó y le bloqueó. Fue algo natural, compartimos todos un silencioso suspiro de alivio. Y me alegré. Me alegré mucho. En algún momento de nuestras vidas todos habíamos interiorizado lo que señala Eloy Moreno en esta novela, todos habíamos aprendido a desconfiar de la violencia de los débiles y a ponerle freno sin dudar.




lunes, 22 de marzo de 2021

LLÉVAME A CASA

"Ellos habían venido al mundo no a hacer florecer sus respectivas individualidades, sino a pasar un testigo, proyectando así su linaje campesino hacia un futuro abstracto pero, para el padre y la madre, incuestionable. Y llegó Juan, sin hijos a la vista, y les dijo que se quedaran con el testigo. Que lo dejaran encima del televisor, sobre el paño de ganchillo. Que hicieran con el testigo lo que les diera la gana, que él se marchaba". 

Con este simple párrafo, Jesús Carrasco describe la fractura que han vivido tantos miles de familias españolas con la emigración del campo a la ciudad en los últimos sesenta años y que ha cambiado radicalmente la forma de entender las relaciones entre padres e hijos y toda la idea de responsabilidad dentro de la familia. 

Esta novela te sacude, te zarandea. Te dice: mira, ahí están tus padres, tan sólidos, tan inamovibles y ancestrales como las montañas y los árboles milenarios. Y tan necesitados de tu apoyo y tu cariño, aunque su forma de entender el mundo te parezca que haya caducado, aunque su lenguaje y su obstinación no los entienda ya nadie que no sea de su generación, igual que ya nadie excepto ellos dicen perras y duros como si el siglo XXI no hubiera terminado de llegar para ellos. Aunque necesites romper los vínculos cuando se vuelvan asfixiantes y airear tus raíces en tierras menos compactas, menos duras y pesadas. Ellos envejecen, enferman, se repliegan, y es responsabilidad tuya cuidarles, y poner tu proyecto de vida en pausa, si es preciso, para devolverles lo que en su día recibiste. Saldar esa deuda. 

Esta novela de Jesús Carrasco abandona los escenarios apocalípticos y extraños de Intemperie y La tierra que pisamos y nos sitúa en un pueblo de la provincia de Toledo, uno de esos pueblos de los que la juventud ha desertado y cuyos habitantes ven pasar su vejez rumiando sus reproches hacia esos hijos que no les visitan. Esos hijos que no se sienten interpelados por el bienestar emocional de sus padres. Que no se sienten responsables porque han aprendido a verlos como discapacitados emocionales. Esos padres, educados en la guerra y en el hambre, "entregados al trabajo en las fábricas, en las tierras y en la casa como única manera de estar en el mundo, sin espacio para otra cosa que no sea asegurar primero el pan y luego algo de herencia". 

Padres que no saben dirigirse a los demás "con la limpieza franca del amor, sino a través de los laberintos del miedo". Y que educaron a sus hijos en la rudeza de no dar nunca las gracias ni pedir las cosas por favor, porque en la familia hay confianza. Una confianza hecha de pudor, de contención, de silencios, de mirar hacia otro lado con disgusto cuando alguno se sale del guion y suelta una lágrima o expresa imprudentemente una emoción con palabras. 

Esta novela te sacude, te zarandea. Porque tras los padres que describe están los padres o los abuelos de casi todos nosotros, hombres y mujeres que esconden tras su natural brusquedad la necesidad de saber que cuando empiecen a perder pie sus hijos van a acudir a sostenerlos, una ilimitada necesidad de apoyo y de cariño que a las generaciones más jóvenes a menudo nos cuesta mucho ver. 

Me ha parecido maravillosa la poesía de esta novela. Poesía contenida y precisa, que cincela las escenas y perfila lo cotidiano con una belleza profunda y sencilla. Y convierte esta turbia historia de familia y enfermedad en una historia de amor, amor contra el silencio y la represión emocional, porque aunque la vida se diluya a la par que la memoria "hay que revolcarse por el suelo en la pelea, gritar para espantar el miedo, romperse la voz y los puños defendiendo lo que amas".