viernes, 6 de noviembre de 2020

ZENOBIA CAMPRUBÍ. LA LLAMA VIVA

Hace años la poesía de Juan Ramón Jiménez me deslumbró, con versos como estos de Platero: "Mira cómo el sol, pasando su agua espesa, le alumbra la honda belleza verdeoro, que los lirios de celeste frescura de la orilla contemplan extasiados... Son escaleras de terciopelo, bajando en repetido laberinto; grutas mágicas con todos los aspectos ideales que una mitología de ensueño trajese a la desbordada imaginación de un pintor interno."

Me acerqué, como hago con frecuencia, al autor, y descubrí un ser neurótico, enamoradizo, depresivo e hipocondríaco. Seguí admirando su obra, pero no a la persona. En cambio, la humanidad de Zenobia Camprubí me atrajo de inmediato. Como ya afirmaban sus contemporáneos, sin ella Juan Ramón no hubiera podido hacer su obra porque no estaba dotado para hacer frente a la vida. Ella le amó, porque sin amor habría sido imposible que hiciera todo lo que hizo por él. Fue su apoyo económico, material, emocional, lo fue todo para él. Creo que Zenobia debió de ser la compañera ideal para cualquier persona, con la que podemos soñar para transitar por la vida seguros de ser apoyados, respetados y amados.

Cuando conoció a Juan Ramón tenía veintiséis años y una vida intensa ya vivida. De una rica familia burguesa descendiente de puertorriqueños y norteamericanos, había viajado a Estados Unidos, a Francia, a Suiza. Nació en un precioso palacete de Malgrat, en Barcelona, y tuvo una maravillosa abuela materna y una madre protectora con la que contó siempre, incluso para pedirle dinero prestado cuando sus ingresos no alcanzaban para mantener su matrimonio.

Era valiente, emprendedora y muy generosa. Desde el inicio colaboró con su marido en la traducción de la obra de Tagore, inició empresas exportando artesanía española a Estados Unidos y vendía allí libros artísticos sobre los jardines en España con la única ayuda de postales y referencias que le enviaba Juan Ramón. Dependieron económicamente siempre de los ingresos de ella y tuvo carnet de conducir. Conducía por Madrid paseando a su marido, al que le encantaba, y realizó varios viajes desde Florida a Nueva York. No le gustaban el calor del sur ni el ambiente snob de Miami pero como él lo prefería se sacrificó. La última etapa de su vida transcurrió en San Juan de Puerto Rico, donde murieron ambos con una diferencia de dos años. 

A partir del año 1931 los primeros síntomas del cáncer hicieron su vida más difícil y el final, en 1956, fue un delirio. Tres días antes de su muerte tuvo la alegría de que a su marido le dieran el premio Nobel de Literatura y Juan Ramón Jiménez le dedicó ese premio diciendo que era ella la que lo merecía. Le ayudó en todo.

Esta es una biografía que me ha emocionado mucho. Me ha acercado aquella España de la guerra civil cuando en los primeros días el matrimonio acogió a doce niños a los que luego, cuando se vieron obligados a exiliarse, siguieron manteniendo. No es sólo el perfil espléndido de una mujer tan especial como Zenobia, también es un retrato del momento que le tocó vivir, la primera mitad del siglo XX, cuando una generación como la del 27 enriqueció la vida intelectual de este país, a pesar de que la cruel dictadura obligara a la mayoría de sus componentes a exiliarse.

Una llama viva sin duda que iluminará unos años oscuros de la España franquista para el lector que quiera acercarse a esta historia. 



martes, 3 de noviembre de 2020

EL LIBRO DE MIGUEL DELIBES

Hay gente que lleva muchos años viniendo a la librería con frecuencia. Sé cómo se llaman, sé qué libros prefieren, recuerdo muchos de sus gestos y reconozco su voz cuando dicen "hola, Óscar" por teléfono. Los conozco bien, o eso me digo cuando les recomiendo algún libro y se despiden con una sonrisa expectante. Sin embargo, ¿qué sé de ellos? Poca cosa, en realidad. No sé cómo se dirigen a sus madres o a sus hijos. No sé si les gusta su trabajo o si sueñan en otros idiomas. No sé qué voz ponen cuando hablan con alguien sin un mostrador de por medio. Doy por hecho quiénes son, pero lo que conozco de ellos es una esquinita de su identidad, la máscara de amante de los libros que se ponen para charlar con este librero que finge que les conoce y dejarse recomendar. 

Con algunos escritores me pasa un poco lo mismo. A fuerza de ver sus títulos con frecuencia pienso que los conozco bien. Como leí alguno de sus libros hace tiempo, hablo de ellos dándolos por hecho, como si su literatura formara ya parte de un paisaje cotidiano al que ya no interesa prestar atención, como si su belleza, al tenerla siempre a la vista, hubiera perdido su capacidad de fascinación. Los libros de Delibes forman para mí parte de ese paisaje cotidiano. Son los inmutables de la estantería de clásicos que se mueven sobre todo por imposición de los profesores de instituto y a los que llevaba años pensando que ya no hacía falta asomarme. Que ya los conocía. Qué equivocado estaba. 

He leído este Libro de Miguel Delibes del tirón, fascinado por este autor que creía conocer tan bien y que en realidad no conocía. No conocía su faceta de periodista contestatario con el régimen, de su dimisión como director del periódico El Norte de Castilla por presiones políticas, de cómo lo que no le dejaban publicar como periodista lo escribía en sus novelas (Las ratas, Cinco horas con Mario), a menudo de una forma mucho más dura y contundente. No sabía las tretas literarias tan complejas y tan inteligentes a las que recurría para eludir la censura, su avidez humilde por ver, por oír, por conocer, por ensanchar constantemente su mirada sobre el mundo, partiendo siempre de una humildad espontánea y honesta. 

Me ha gustado leer la importancia que Delibes le daba a encontrar un trabajo en el que uno pueda sentirse a gusto con quien es. Un trabajo en el que uno pueda aportar algo enriquecedor a los demás que a su vez le enriquezca. Me ha gustado sentirme identificado en esa búsqueda de un trabajo que no sólo sea un medio indispensable de subsistencia sino una fuente de satisfacción y un cincel que pueda ir perfilando los rasgos de tu identidad. Y me han emocionado las fotografías junto a Ángeles, su mujer, especialmente después de haber releído Mujer de rojo sobre fondo gris, en la que recuerda de una manera tan sencilla y emocionante a la mujer de la que toda su vida estuvo "tenazmente enamorado".  

El libro de Miguel Delibes es un rendido homenaje a uno de los escritores españoles más populares del siglo XX. Acompañados de multitud de fotografías, cartas, entrevistas y extractos de sus obras, los textos biográficos de Jesús Marchamalo me han permitido sacar los libros de Delibes de sus eternas estanterías de clásicos y quitarles el polvo de las lecturas obligatorias de instituto para empaparme de ellos, de las ganas de releerlos con otros ojos y, despojados de la máscara de la costumbre, conocerlos de verdad. 
 

lunes, 26 de octubre de 2020

EL ESPEJO DE NUESTRAS PENAS

Qué bien me lo paso con Lemaitre. Y qué final para su trilogía de entreguerras. Tras Nos vemos allá arriba y Los colores del incendio, novelas en las que la sed de venganza es el motor que espolea a los personajes a idear los planes más descabellados, me esperaba de esta tercera novela un ajuste de cuentas apoteósico. Y más aún teniendo en cuenta que el incendio premonitorio del que trataba la novela anterior era la segunda guerra mundial, cuyo fuego ya se intuía como telón de fondo, y sabiendo que toda la acción se sitúa en la invasión alemana de Francia en los meses de mayo y junio de 1940. Pues no. Lemaitre me ha vuelto a sorprender con una novela con toques picarescos, divertida y coral, una novela de redención, sí, pero en absoluto oscura y malvada como las anteriores. El espejo de nuestras penas es una novela luminosa sobre la búsqueda de un hogar, sobre cómo se transforma (y transformamos voluntariamente) nuestra identidad con el paso del tiempo y sobre cómo, en medio de un naufragio social sin precedentes, la decencia puede ser la balsa que nos salve.

Mi madre no lee a Lemaitre porque piensa, con razón, que sus novelas son violentas y crudas. Que disfruta explorando los abismos más tenebrosos y putrefactos del alma humana y que, con este mundo tan desquiciado que tenemos, una ya no está para meterse en tales inmundicias. Pero creo que esta novela le gustaría. Y lo primero que haré mañana será recomendársela. Le diré: mamá, no dejes de leerla. Sí, ya sé que es Lemaitre, sí, pero aquí no hay monstruos, o si los hay siempre se les puede salvar o convertir. Aquí hay mucho amor y muchas aventuras. Hay una infancia desgraciada por una madrastra malísima de cuento. Hay dos amistades improbables que guían hacia la luz toda la novela. Y sí, es verdad que hay guerra y un país desgarrado por millones de refugiados cuya huida del avance alemán por las carreteras del sur de París es el terrible espejo de la pena de toda una nación. Pero también hay un cocinero gordo tan encantadoramente gruñón que sólo podía ser parisino. Y hay, sobre todo, una constante voluntad de maravillar al lector con la inagotable capacidad humana para reinventarse hasta coquetear con la impostura.

Mañana, cuando la vea, se quite la mascarilla con gesto impaciente y me abrace como cada día, le diré: olvídate de todo y lee esta novela. Sé que me harás caso, mamá. Y que la empezarás con frenesí, como empiezas cada cosa en la vida, y que buscarás la flecha del escalofrío y la maravilla esa de la que hablo en cada página, y que las encontrarás. Y que a lo mejor algún pasaje se te hará largo o te faltarán capítulos de ese personaje o aquel otro tan maravilloso que sin duda podrían haber tenido más protagonismo. Y también sé que luego la comentaremos y te reconciliarás un poco con los monstruos de Lemaitre y hablaremos de las guerras y los naufragios y las balsas que nos salvan. Y del frenesí, claro que sí, hablaremos del frenesí que lleva Lemaitre en la sangre y tú también, ese que a ti te lleva volando por la vida desde hace siete décadas, y que a un personaje de este libro le empuja a hacer cosas que estoy seguro que han poblado más de una vez tus sueños más felices. 



jueves, 22 de octubre de 2020

LOS CHICOS DE LA NICKEL

Vaya novelón. 

Ya me impresionó su anterior novela, El ferrocarril subterráneo, en la que Colson Whitehead nos llevaba por las rutas clandestinas que ayudaban a los esclavos negros del sur de Estados Unidos a escapar a los estados del norte en el siglo XIX. Como aquella, Los chicos de la Nickel también es un homenaje vibrante a esa minoría de hombres y mujeres que prefirieron la muerte casi segura a una vida entera de esclavitud. Que sufrieron persecuciones, chantajes, violaciones, torturas, apaleamientos y violencias de todo tipo por el color de su piel y que, pese a todo, siguieron adelante en busca de un sueño que consideraban legítimo. Ese sueño estaba inscrito en mármol en la constitución de su país. Ese sueño decía que todos los hombres habían sido creados iguales, y que todos tenían derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Todos los hombres. ¿No eran ellos hombres, acaso?

Un homenaje vibrante y una defensa encendida de la dignidad como refugio, la dignidad como única forma de sobrevivir al infierno. Estamos en la década de los años sesenta, la década de los autobuses por la libertad, de las sentadas pacíficas, de los discursos que inspiraron a tantos, de la posibilidad, tan poderosa y tan ingenua, de que el amor pudiera triunfar contra el racismo. Elwood es un chico negro que confía en que su acceso a la universidad pueda romper con las convenciones marcadas por el color de su piel y por su clase social. Pero el día que va a hacer la matrícula, la mala suerte y el racismo institucional se cruzan en su camino y lo envían a la Nickel, un reformatorio con un método educativo que esconde una trastienda tenebrosa. 

Esta es una novela contundente, importante y durísima sobre la educación, el respeto y la memoria. Sobre la posibilidad, y a menudo sobre la necesidad, de mantener siempre la cabeza bien alta, “aunque las consecuencias acechen en esquinas oscuras al llegar a casa”.

Medio siglo después de aquella década gloriosa que parecía poner punto y final a siglos de barbarie, el color de la piel sigue determinando si un chico muere asfixiado en una detención policial o sale ileso con una reprimenda, sigue determinando el valor de una persona, su derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

Medio siglo después, aún queda mucho camino por recorrer.



lunes, 19 de octubre de 2020

LA BANDA DE LOS CALCETINES PIRATAS (firma invitada)

¿Sabías que los calcetines en busca de aventuras y libertad se escabullen por el agujero de debajo de la lavadora? ¿Y que tienen sentimientos de nostalgia, envidia y miedo como cualquiera de nosotros?

En La banda de los calcetines piratas te enteras de eso y de muchas más cosas. Es un libro desternillante que nos lleva de paseo por el planeta y nos descubre las hazañas de Negro de Felpa (que esconde un secreto) y de su banda. El libro retoma la tradición de literatura juvenil de piratas, pero también lo mejor de los clásicos griegos. Por sus páginas se pasean las sirenas y descubrimos el carácter fiero de algunos dioses y la belleza y bondad de algunas diosas. La historia que nos cuenta este libro habla de amistad, de lazos familiares irrompibles, de ansias de libertad y de la importancia de seguir los impulsos y tomar las decisiones propias.

La banda de los calcetines piratas es una aventura llena de humor y muchos guiños culturales para los adultos. Un libro lleno de personajes que recordaremos siempre: Negro de Felpa, Nico el Pálido, Frambuesa con Fresa, Pinkerton, los peces-pájaro o los malvados guantes blancos, que hacen un trabajo de lo más fino...

Ideal para lectores a partir de siete años. Ideal para las tardes de otoño frías y ventosas en las que leer bajo las mantas con los pies bien abrigados con calcetines calentitos. Ideal, sin más.

Os recomendamos mucho este genial texto de Justyna Bednarck traducido maravillosamente del polaco por Karolina Jaszecka y con las divertidas ilustraciones de Daniel de Latour. Y publicado con el mimo que caracteriza a Duomo, una delicia para todos.



viernes, 16 de octubre de 2020

LA ODISEA VISTA POR PENÉLOPE Y SUS DOCE CRIADAS

"Porque nada hay más dulce que la patria y los padres, ni siquiera cuando uno habita un hogar opulento bien lejos, en tierra extraña, alejado de su familia". 
La Odisea es una historia de añoranza. Del anhelo universal que siente aquél que desea constantemente regresar a su hogar. Una historia del poder de las raíces. Un canto bellísimo sobre las tentaciones y penalidades sin medida que logra vencer un hombre por amor a su patria y a su mujer. En un ejemplo de tenacidad y audacia, de inteligencia y camaradería, Odiseo nos enseña que hasta para afrontar la muerte uno debe mantener siempre los ojos bien abiertos y la imaginación despierta. 

Pero la Odisea que todos leemos y admiramos es sólo una versión de la historia. Es la versión heroica de Odiseo. Odiseo el valiente, Odiseo el "maestro de enredos". Incluso cuando Homero nos lo presenta como "embaucador y taimado" lo queremos como lo quiere Atenea, la de los ojos glaucos, porque ¿qué otra cosa podemos hacer con un héroe favorecido por los dioses sino admirarlo y amarlo? 

La Odisea es una historia de un hombre rodeado de otros hombres. Pero, a diferencia de la Iliada, también es la historia de un hombre rodeado de mujeres. De diosas y ninfas y sirenas que tratan de tentarlo en sus viajes, por un lado. Y de su mujer y sus criadas, por el otro, que esperan durante años y años su improbable regreso. Penélope ha sido durante veintiocho siglos un símbolo universal de fidelidad conyugal. Pero, ¿qué sabemos de ella, aparte de su inteligencia y su abnegación? Gracias a su hijo postadolescente, que la manda callar siempre que puede, tampoco sabemos lo que le gustaría decir. Y por supuesto, no tenemos ni idea de lo que se le pasa por la cabeza durante esos interminables veinte años, además de tejer, destejer y llorar. Margaret Atwood ha decidido que ya está bien de silencio, que ese personaje merecía tener por una vez una voz propia para reivindicar su papel en esta historia y dejar de encarnar esa sosa figura edificante: "un palo con el que pegar a otras mujeres", menos dignas, menos consideradas, quizá menos dispuestas a esperar veinte años el improbable regreso de su improbable héroe. 

Pero Atwood no sólo transforma a la aristócrata Penélope en aedo para que nos cuente su propia versión, rotunda y enojada, de la Odisea. También da voz a las doce criadas que el gran Odiseo y su hijo Telémaco asesinan al final de la historia por haber "confabulado" con el enemigo. A través de ellas la autora rescata esas voces humildes que los mitos callan, las vidas de las que no nacieron reinas ni nobles y sufrieron por ello, las vidas de las que también lloraban como Penélope, pero no de añoranza sino de dolor tras la última violación, o de hambre, escondidas en un granero vacío. Mujeres válidas para ser vendidas, usadas, canjeadas, desechadas. No engendradas con amor y esperadas con anhelo sino simplemente arrojadas a la brutalidad de la vida, espontáneamente, como las flores en los campos o los renacuajos en las charcas. 

Esta es la historia también de las famosas doce criadas, de las que Homero apenas cuenta nada. Doce criadas que, como en el teatro clásico, son el coro burlesco que desafía la nobleza trágica de la historia. Aunque aquí, más que burla, sus intervenciones son dedos acusadores que maldicen al héroe por haberlas asesinado, cuando su delito no era otro que haber sido carne gratuita a disposición de la lujuria de una panda de rufianes. Dedos acusadores que persiguen a Odiseo hasta el Hades y por los siglos de los siglos seguirán llenando sus sueños de pesadillas de sangre. 

En este libro, Atwood agarra el poema épico, lo arroja al polvo, lo despoja de su elocuencia grandilocuente y nos lo devuelve en toda su impureza y cercanía. Con un tono mordaz e irreverente, esta versión de la historia resulta mucho más creíble que la "versión oficial" de los aedos. Tanto que, después de leerla, uno se lleva las manos a la cabeza pensando cómo es posible que alguien en su sano juicio alguna vez haya podido dar crédito a esos embusteros lacayos del poder. 




martes, 13 de octubre de 2020

LA ODISEA Y SUS TRADUCCIONES

A la vuelta de vacaciones, P. me propuso leer a la vez que ella la Odisea. Un canto al día, veinte minutos de lectura, y en veinticuatro días nos hemos liquidado el clásico. Tic, otro imperdonable superado. Y a ello nos pusimos. Ella eligió la edición en verso de Gredos (traducida por José Manuel Pabón), y yo la más reciente en prosa de Alianza (perpetrada por Carlos García Gual). Ambas eruditas, ambas sin duda filológicamente fieles al original. Ambas erizadas de un vocabulario y una sintaxis capaces de disuadir a cualquier lector desarmado de penetrar en sus fortalezas. 

A mí, que he llegado a la Odisea sin haber leído prácticamente nada de literatura griega clásica, me asombran estas traducciones. ¿Por qué?, no dejaba de preguntarme mientras leía. ¿Por qué esos arcaísmos, esos retorcimientos de la gramática, esas redundancias y ese uso indistinto de tiempos verbales? Nadie escribe así en español, nadie usa la lengua así para nada, ¿por qué García Gual pensó que era buena idea traducir así la Odisea? Tardé la mitad del libro en empezar a acostumbrarse a ese español que no se parece a ningún español más que a sí mismo, en asociar la historia de Odiseo a ese lenguaje con sabor a antiguo, pero a un antiguo que no existe. ¿Por qué ese regusto arcaizante, entonces? ¿Por qué no traducir la Odisea a un español del siglo XXI que suene natural, que no venga erizado de construcciones extrañas y por el que cualquier lector pueda transitar sin tener la sensación de ir sorteando obstáculos?

Pues bien, cuando ya enfilábamos P. y yo los últimos cantos y ya se perfilaba su desenlace gore a lo Tarantino, nuestros queridos editores de Blackie Books estrenaron colección de clásicos con esta fastuosa edición de la Odisea, traducida por Miguel Temprano García de la versión inglesa de Samuel Butler. "Desde hace milenios todos leemos lo mismo", defienden en el prólogo. La Odisea ha sido la protagonista de "un club de lectura que atraviesa los siglos". Y su objetivo con esta edición no es otro que tratar de incorporar nuevos socios al club. Y vi la luz. La respuesta a mis preguntas. Ahí estaba: una Odisea fluida y sencilla, un camino despejado de obstáculos por el que internarse sin molestias por los cantos de Homero. Eso sí, los jardineros habían hecho tan bien su trabajo que no quedaba gran cosa del aliento épico ni de las grandilocuencias poéticas. El gran poema de Homero se había convertido en una deliciosa novela burguesa (en palabras de Borges sobre la versión de Butler), una versión de la historia que los ignorantes del siglo XXI, tan alérgicos a las traducciones arcaizantes, por fin podemos entender. 

Los expertos resoplarán: es una traducción del inglés. No es fiel, no es válida. Y yo me pregunto: ¿por qué la fidelidad es más importante que la naturalidad? Si al acercarte todo lo posible al texto original, tu traducción se aleja de los lectores a los que va dirigida, ¿merece la pena? Y sobre todo: ¿por qué tendríamos que elegir? ¿Por qué la precisión filológica no puede ir acompañada de una prosa fluida, eficaz y actual? 

Esta Odisea es el primer título de la colección que los editores de Blackie Books han llamado Clásicos liberados, liberados de su condición de obras para eruditos, de tesoros destinados a unos pocos elegidos. Y creo que han acertado de pleno. Pero no sólo han liberado la Odisea de su fortaleza filológica, sino que la han enriquecido con las sugestivas y divertidas ilustraciones de Calpurnio, las notas al margen que explican el origen de algunos personajes, las apariciones fugaces de Góngora, Mary Beard o Dante, y los textos al final del volumen que demuestran hasta qué punto este clásico lleva veintiocho siglos influyendo decisivamente en la cultura occidental. Entre estos últimos textos sobresale Penélope y las doce criadas, de Margaret Atwood, que me ha gustado tanto y que me ha ayudado tanto a comprender la Odisea que lo comentaré en la siguiente reseña. 

Feliz semana homérica, liberada y enriquecida, amigos. 




jueves, 8 de octubre de 2020

LA INVENCIÓN DE ESPAÑA

Que las naciones son símbolos y no realidades inmutables es un hecho más que sabido. Al igual que el dinero, las religiones o las leyes, no existen fuera de la imaginación de las personas, y, por lo tanto, están sujetas a todo tipo de interpretaciones y transformaciones. Es decir, a todo tipo de invenciones. De hecho, si no lo estuvieran (es decir, si no pudieran inventarse y, sobre todo, reinventarse), no existirían. 

Partiendo de esta premisa, no dejan de resultar sorprendentes los comentarios de ciertos políticos que alertan contra la "destrucción de España" que provocaría, por ejemplo, la posibilidad de un cambio en la estructura territorial o en la jefatura del Estado. Como si la nación hubiera brotado de la tierra tal y como está ahora y cambiar algún artículo de su Constitución significara herirla de muerte. Como si la Constitución misma no se actualizara todos los años. Cuando hablan de la "destrucción de España", estos políticos se refieren a la destrucción de lo que ellos consideran que es España, es decir, a la suma de emociones, invenciones, mitos y vínculos afectivos que han ido desarrollando a lo largo de su vida por el país en el que viven. Y que, por mucho que piensen que es la de todos, sólo les pertenece en esencia a ellos. 

Quizá porque yo no tengo ningún apego emocional al país donde vivo y porque lo que entiendo por España no creo que nunca pueda ser ni herido ni ofendido, me interesa especialmente lo que piensan los demás de nuestro país y qué les lleva a reivindicar su bandera con orgullo. Y sobre todo, cómo han desarrollado ese sentimiento y a través de qué ideas históricas se ha ido formando ese nacionalismo español que tan rápido y tan virulentamente ha vuelto a florecer en los últimos años. 

Este ensayo de Henry Kamen da muchas pistas sobre los mitos históricos que han contribuido a crear la idea de España. Desde el asedio de Numancia, pasando por la batalla de Covadonga, la conquista de América o la idea de decadencia perpetua desde el siglo XVII, nos muestra cómo la historia siempre se ha contado para dar forma a un relato, y que ese relato, cambiante e interesado, ha ido conformando los múltiples aspectos de la identidad española a través de sus invenciones. 

Las naciones no existen más que en nuestra imaginación. Y están tan vivas precisamente porque la idea que tenemos de ellas está en perpetua transformación. Alertar de la "destrucción de España" no sólo es una afirmación agresiva que canaliza el odio de la población hacia un enemigo político: es una afirmación absurda. España no puede destruirse, sólo transformarse. Y esperemos que los políticos sigan contribuyendo a transformarla activamente año tras año para que sea un lugar cada vez más pacífico y abierto y plural en el que todos podamos convivir en paz: una nación que todos podamos inventar y reinventar para darle nuevos significados. 





lunes, 5 de octubre de 2020

MI LAZARILLA, MI CAPITÁN

Cada pocas semanas, desde que volvimos a abrir tras el confinamiento de primavera, vienen una chica y su hija a buscar novelas para la primera y cuentos infantiles para las dos. Se quedan un buen rato eligiendo, ojeando con detenimiento, haciendo pequeñas pilas con sus favoritos. Hablan en voz baja y son muy cuidadosas, y si la afluencia de gente lo permite, me gusta observarlas de reojo y escuchar qué se dicen, cómo tratan el delicado hilo que se pasan todos los días una madre y una hija para ir tejiendo su convivencia. 

Mientras leo este cuento de Gonzalo Moure, preciosamente ilustrado por Maria Girón, pienso en ellas. En su forma de tratarse con cuidado, de compartir ese amor por los libros de manera tan sencilla y tan alegre. Pienso en que también van por el mundo caminando de la mano, unos dedos muy pequeños aferrados al calor de una mano grande. A menudo es la pequeña la que pregunta todo el rato, la que pide permiso, la que reclama atención. Pero a veces ve cosas que su madre no ve y se las señala con el dedo. Y se ríen las dos. 

Al igual que el papá de esta historia, avanzan juntas "por una selva de luces y sombras. Y de sonidos". Y de libros. Cualquiera diría que es la madre la que guía a su hija y le compra cuentos con una espontaneidad encantadora. Pero mirándolas de cerca, me he dado cuenta de que cada una se deja guiar por la otra sin pensarlo, cada una escucha y asiente, señala y se asombra, abre los ojos y aprende. 

Cuando se marchan, como piratas con su botín al hombro en una bolsa de tela, las miro y de repente veo ardillas, lirones y monos asomando de las ramas de un árbol. Una jirafa estirándose para alcanzar la hoja más sabrosa me guiña un ojo mientras un coro de cacatúas improvisa un estribillo. Y allí van, de la mano, como salidas de este cuento, tan compenetradas cantando su canción que no sabría decir quién es la lazarilla y quién el capitán. 






jueves, 1 de octubre de 2020

UNA HABITACIÓN COMPARTIDA

Siempre me han gustado las biografías, las confesiones de otras personas con las que siento algún tipo de afinidad, especialmente en el terreno de la literatura. No en vano han sido ya más de seis décadas las que he pasado en estrecho contacto con los libros, mi pasión. Es como una pulsión por saber cómo es esa otra persona para entenderme a mí misma, quizá una necesidad de formarme un juicio de valor con respecto a mí, porque siento que nos hacemos a través de los demás. 

Inés Martín Rodrigo, una joven periodista de 37 años, ha realizado treinta y una entrevistas muy inteligentes a escritoras importantes dentro de la literatura universal actual. Las ha ordenado cronológicamente, empezando por la más joven, Carmen María Machado de 34 años, y terminando por Ida Vitale, de 97, haciendo así un recorrido de casi un siglo a través de los perfiles humanos y literarios de escritoras como Zadie Smith, Nicole Krauss, Jeanette Winterson, Siri Hustvedt, Rosa Montero, Alma Guillermoprieto, Svetlana Alexiévich, Isabel Allende, Anne Tyler, Margaret Atwood, Maryse Condé, Vivian Gornick, Elena Poniatowska o Edna O´Brien, entre otras.

Siri Hustvedt, en una de sus siempre brillantes respuestas, comenta: "Cuando las orquestas empezaron a hacer audiciones a ciegas comenzó a haber muchas más mujeres. Había un telón, escuchaban la música y las contrataban, o no, sólo por el oído. De repente, la mitad de las orquestas empezaron a ser femeninas. Es una prueba bastante evidente de cómo nuestras percepciones están sesgadas por nuestras expectativas de lo que hace un hombre o una mujer".

Sus reflexiones abarcan temas muy dispares como el feminismo, la política, la literatura, la poesía, el compromiso político, su forma de buscar el sentido de las cosas a través de sus relatos. Margaret Atwood, en este caso sobre la política de Estados Unidos, comenta: "Ahora estamos donde estamos debido, en parte, a lo que sucedió en Afganistán en 1979. Estados Unidos intervino y creó básicamente a los talibanes; luego esa gente ganó y Estados Unidos no cumplió sus promesas, les abandonó. Luego cometieron un error táctico muy importante, que fue invadir Irak en vez de ocuparse de Afganistán. Se inventaron las razones. Decidieron que el 11-S era Irak, pero no lo era".
 
Esta reflexión de Margaret me ha recordado un libro que leí recientemente (Las niñas clandestinas de Kabul, de Jenny Nordberg, Capitán Swing) sobre las niñas que hacen pasar por niños en Afganistán por el estigma que supone no tener hijos varones, una de tantas barbaridades como han instaurado los talibanes en ese país aupados por EEUU. Un lamentable episodio que ha propiciado de nuevo un retroceso y un sufrimiento y humillación de la población femenina.

Hay unanimidad en las opiniones contrarias a Trump, y la más joven de las entrevistadas, Carmen María Machado, afirma: "Existe la idea errónea de que la historia es progresiva y tiende a ser mejor, pero no es cierto. La historia es cíclica, las cosas mejoran y luego empeoran, se contraen y luego se expanden. Ahora mismo estamos en una contracción terrible, todo se está cerrando, la gente siente odio alimentado por políticos oportunistas como Trump, Bolsonaro, por el racismo...".

Me ha encantado acercarme a una escritora tan entrañable como Elena Poniatowska, que se duele tanto de la situación actual por la que pasa México, su país de adopción. La valentía de Vivian Gornick y el férreo compromiso con los más débiles de Svetlana Alexiévich los siento como un privilegio que la vida me ofrece. Me he enriquecido con todas las aportaciones de estas mujeres lúcidas e inteligentes.


lunes, 28 de septiembre de 2020

LA TREGUA

Volver a los libros es como volver a los paisajes. Uno nunca se los encuentra igual que los dejó. Este mes, en el que Mario Benedetti habría cumplido cien años, he vuelto a leer La tregua y me he encontrado con todos los relieves cambiados de sitio, con picos surgidos de la nada y heridas abiertas en donde antes sólo había laderas. Pero el valle de la ternura y de la bondad sigue ahí, intacto, perfecto, brillando en cada página con la misma luz que en mis recuerdos. 

La iniciativa surgió de P.: 
- ¿Por qué no celebramos el centenario de Benedetti con un grupo de lectura conjunta?
- ¿Un qué?
- Un grupo de lectura conjunta. Sí, hombre, como los que anuncian en Instagram, que reúnen a los integrantes en un grupo de Telegram y cada día o cada fin de semana van comentando por trozos una novela propuesta. 
- O sea, como un club de lectura telemático a plazos. 
- Lo has clavado. 
- ¿Te ocupas tú?
- Nos ocupamos los dos. 
- Mmm... Hecho. 

Y me metí en La tregua de cabeza sin pensar que desde mi primera lectura en 2003 había llovido mucho, en especial sobre mí, y que nada o casi nada sería lo mismo. Noté desde el principio una melancolía más oscura, una apatía más gris y todo un puntito más desolador de lo que recordaba. Me sentía volviendo a una casa de la infancia y descubriendo que alguien se había muerto allí en aquella esquina y lo había olvidado por completo. Sin embargo, como Martín Santomé se empeña en describirse en su diario como "un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría", poco a poco las nubes se fueron aclarando y la esquina aquella perdió su lado lúgubre, y allí estaba, Avellaneda, con ese nombre que significa tantas cosas y que enciende una luz en cada entrada en la que aparece. 

Por ahí empecé a recorrer senderos conocidos. "La agitación de asistir a mi propia conmoción". ¿Comprendería esto mi yo de hace diecisiete años? ¿Se puede entender con veintiuno lo que siente un hombre de cuarenta y nueve con el mecanismo de sus sentimientos detenido veinte años atrás? "La viudez como dolor, luego como indiferencia, luego como libertad, finalmente como tedio". Para que un día llegue una señorita que "ni siquiera es definitivamente linda" y acabe de un golpe con todo eso. Eso sí, ese flechazo inexplicable lo entendí tan bien entonces como ahora. 

Decía que los relieves de este paisaje me los he encontrado todos cambiados de sitio. Y es verdad. ¿Cómo no me di cuenta entonces del paternalismo, de la misoginia enmascarada o "machismo asintomático" de Santomé -como apuntó una colega del grupo de lectura-? ¿Cómo pasé por alto su homofobia militante y con todos sus síntomas? Ni idea. Ha llovido demasiado. Pero en el fondo, al terminar la novela, todavía estremecido, me digo: ¿qué importancia tiene, si el tono permanece intacto? El tono, ese tono. Esa ironía mezclada con humor y con sonrisa triste y con astucia ingenua. Me quedaría a vivir en ese tono. Y en las últimas páginas también, que me han vuelto a dejar la misma huella (o quizá otra muy distinta pero igual de profunda). No voy a dejar que llueva mucho tiempo antes de volver a ellas.  

Con el corazón roto he terminado mi relectura de La tregua, sintiendo desbocada esa "cosa enorme que empieza en el estómago y acaba en la garganta". Alguien dijo hace poco que Benedetti le había dado un valor nuevo a algo tan poco prestigioso como la ternura. Y pienso que no sólo a la ternura, querido Mario. No sólo a la ternura. 



jueves, 24 de septiembre de 2020

NO CERRAMOS EN AGOSTO

En ciertas novelas hay lugares de los que me cuesta salir. Pongo el marcapáginas, cierro el libro y me olvido de la trama sin problema, pero ay cómo echo de menos ciertas calles, ciertas playas, ciertos olores. Me ha pasado recientemente con La Habana de Padura y con Toulouse y Plasencia en la última novela de Martínez de Pisón. Pero el lugar donde me he sentido más vivo últimamente ha sido la Barcelona cosmopolita y trepidante de esta novela policiaca de Eduard Palomares. Una Barcelona inundada de turistas, precaria y vibrante, con su zona alta que siempre se enfunda los guantes blancos para no mancharse al mezclarse con la plebe del resto de la ciudad. Una ciudad efervescente que Jordi, nuestro joven detective en prácticas, conoce al dedillo de recorrérsela casi siempre a pie por falta de pasta.

Porque, ¿quién tiene pasta en Barcelona?
No los jóvenes, desde luego. No esos millenials, jovenzuelos de mamá, cuya única patria es internet, que al terminar la carrera van dando tumbos con contratos basura, viviendo con sus padres porque no pueden pagar los precios imposibles de los alquileres, y acarreando esa fama de ser la generación mejor preparada de la democracia que dilapida su talento en fiestas golfas. No, ni Jordi ni sus amigos tienen pasta ni casa ni curro decente. Y aunque desearían muchas cosas con las que apenas alcanzan a soñar, quizá ninguna prosperidad les arrancaría de su bar de siempre, el Pirineus, un hogar con mesas de madera rústica y paredes decoradas con posters de esquiadores, el típico bar de los de antes que diez años atrás compró la familia Huang, manteniendo la cerveza y las bravas más baratas del barrio pero eso sí, cocinando la tortilla de patata con palillos. 

De Barcelona y de dinero va esta novela que se lee en un suspiro y que me ha parecido de las más divertidas, frescas e ingeniosas policiacas que he leído en mucho tiempo. Es un retrato mordaz de una generación en el que me he visto muy reflejado, una generación desorientada que tiene muy claras ciertas cosas, aunque nunca queden a su alcance. Es un retrato de una ciudad explosiva y maravillosa cuyas calles nunca me cansaré de patear. Y es el retrato de una época cínica y sin escrúpulos en la que campan a sus anchas la especulación inmobiliaria y la corrupción hipotecaria y en la que carroñeros vestidos de etiqueta se dan festines con el derecho de la gente a una vivienda y a una vida dignas. 

Quiero más aventuras de este Jordi, becario o no becario, detective en busca de una chica que no se ría de sus ínfulas novelescas. Aunque sólo sea para volver a esa Barcelona de mil caras y volver a sentir el corazón "como si quisiera desprenderse de mi caja torácica para irse a vivir su propia vida". 

 


lunes, 21 de septiembre de 2020

UNORTHODOX

En los últimos años han tenido mucho éxito los libros de memorias sobre vivencias en comunidades religiosas fanáticas. Libros como Una educación, de Tara Westover, Boy erased, de Garrard Conley, o este de Deborah Feldman nos llaman la atención porque nos muestran qué sofisticadas maneras puede idear la gente para torturar y humillar a sus semejantes en nombre de una tradición religiosa. Es decir, nos llaman la atención precisamente porque son extremos, radicales, porque su brutalidad es tan salvaje que la repulsión que sentimos rozaría casi con la hilaridad si sus principios no resultaran tan aterradores. En definitiva: nos gustan porque nos muestran una realidad radicalmente distinta a la nuestra. 

Pero yo a veces me pregunto: ¿de verdad esa realidad es tan distinta? ¿No será que sus expresiones más llamativas no nos dejan ver que en el fondo a todos nos han educado en base a algún tipo de tradición fanática, tan interiorizada en nuestra forma de ser que nunca la asociaríamos con nada claramente reprochable?

Deborah Feldman nos cuenta en Unorthodox que su comunidad jasidí satmar de Brooklyn está llena de "gente arrastrada por la impetuosa corriente de unas tradiciones ancestrales". Gente a la que le enseñan que todo lo que viene de fuera de su comunidad es peligroso porque "vuelve el espíritu vulnerable, como un felpudo de bienvenida para el demonio". Gente que sólo se relaciona, se casa y se reproduce con miembros de su comunidad porque cualquier mezcla puede alterar su "pureza". Gente que, a fuerza de tener miedo de poner en entredicho la opinión mayoritaria, reprimen sus opiniones hasta que estas poco a poco desaparecen y terminan por volvérseles inimaginables. Gente encerrada en la cárcel del decoro y de la obediencia. Gente a la que le enseñan que "la asimilación fue lo que condujo al Holocausto. Intentamos integrarnos y Dios siempre castiga a quienes lo traicionan". 

Si retiro la capa externa de extravagancia local de cada libro, me doy cuenta de que estas vivencias extremas de Unorthodox, Una educación y Boy erased se dan todos los días en nuestra sociedad bajo las distintas formas de un mismo cóctel incendiario, al que tristemente ya vamos acostumbrándonos, hecho de nacionalismo, xenofobia y pensamiento mágico. Al final, todos los fanatismos identitarios se parecen, pero cada uno expresa sus locuras a su manera. 

Deborah Feldman

Me ha gustado mucho la descripción de Deborah Feldman de niña, una Matilda traviesa y revoltosa con ganas de descubrir su poder mágico para cambiar el mundo. Curiosidad y apetito por experiencias nuevas en una comunidad ultraortodoxa: ¿qué podría salir mal? Me ha hecho pensar también en todas esas chicas que alcanzan la edad adulta deseando experiencias que socavarían los propios cimientos de la comunidad en la que se han criado, que, a falta de otras experiencias, son los propios cimientos de su existencia. Qué bien contaba el eterno dilema de elegir entre la felicidad y la pertenencia Jeanette Wintersen en su maravilloso Por qué ser feliz cuando puedes ser normal

¿De verdad se puede abandonar el lugar, la gente y la cultura de la que procedes?
Deborah Feldman y el resto de autores citados en esta reseña escribieron libros para decir que sí. Que sí se puede. Y que aunque siempre merece la pena, el precio a pagar por tamaña osadía desgraciadamente nunca termina de pagarse. 




jueves, 17 de septiembre de 2020

LA CASA LA PLAYA

Yo nunca he tenido una casa de la playa. Una casa que sea un poco mía y un poco también de mi familia, a la que vayamos todos juntos o por partes cada verano y donde me sienta a gusto y a salvo. Una casa con su jardín y su barbacoa, con su olor a mar en cada cortina, que pida una mano de pintura o la visita de un fontanero cada verano y en la que se depositen poco a poco los recuerdos familiares como los estratos de tierra que forman los paisajes. Una casa que sea un símbolo de pertenencia, un espejo en el que todos nos miremos y digamos, sonriendo: ese soy yo. 

Yo nunca he tenido una casa de la playa. Hasta ahora. Porque después de leer este cómic he decidido que mi casa de la playa es esta: una casa en la costa atlántica francesa, desde la que no se ve el mar pero se sienten y se huelen su humedad y su temperatura, y que todos los veranos reúne a una familia en torno a una mesa y unos recuerdos y va dejando su huella en el relieve del paisaje emocional de cada uno. 

He leído este cómic con una sonrisa melancólica. Hay una tristeza suave (y no tan suave) en los primeros trazos de la protagonista, cuando llega a su casa de la playa y empieza a recordar. Una presencia nueva va haciéndose notar en su vientre mientras que una ausencia ha llegado abruptamente a su vida para siempre. Y la casa de la playa, esa ancla a la que se aferra para remar contracorriente, de repente parece a punto de perder agarre y dejarla a la deriva. 

El dibujo de trazos juveniles, con líneas claras y planas, subraya la inocencia de la infancia, de esa infancia del papel pintado de globos de colores que nadie se atreve a cambiar, de esa infancia que todos rememoran porque sus júbilos y dudas laten en cada rincón de la casa. Más de medio siglo de familias y esperanzas se encuentran en las páginas de este cómic que me ha regalado un sentimiento de pertenencia a una casa, a un lugar. Algo que, quizá porque nunca lo he tenido, comprendo muy bien y siempre me emociona. 



lunes, 14 de septiembre de 2020

CIEN AÑOS YA, QUERIDO MARIO

A veces nuestros autores favoritos envejecen tan mal dentro de nosotros como el fuego de los amores más apasionados. Los versos que hace diez años nos hacían llorar hoy nos dejan indiferentes (o incluso nos dan un poco de pena). Las frases que copiábamos con buena letra en papeles y cartas ya no nos dicen nada nuevo del mundo. Crecer es también ir tapiando las puertas del asombro viejo para mudarnos a otras casas donde nos asombren estímulos nuevos.

"Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras". 

Sin embargo, algunos pocos escritores, muy pocos, siguen colando su música por mis puertas tapiadas y reivindican su lugar, su asombro, con cada relectura a lo largo de los años.

"Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha cómo ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades".

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Mario Benedetti, el autor al que dedicamos nuestra librería, un señor con bigote en un trabajo de oficina que con sus manos manchadas y su bondad tan sencilla imaginó un mundo capaz de emocionarme como la primera vez:

"Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico".


Mario Benedetti



jueves, 10 de septiembre de 2020

EL ÁRBOL DE LA LENGUA

Todos nos hemos pasado la mayor parte de la infancia aprendiendo normas. Aprendiendo a obedecer. A la calle salimos calzados, antes de comer nos lavamos las manos, uno se queda en casa de los padres hasta que puede comprarse un piso, y si una palabra no está en el diccionario no existe. Con el tiempo aceptamos que algunas de esas normas nos protegen, otras nos enseñan a respetar a los demás y otras no sirven más que para perpetuar una tradición. La tradición de que vivir de alquiler es tirar el dinero. O la tradición de que los límites de la lengua los definen los académicos.

Este libro de Lola Pons es perfecto para revisar ciertas tradiciones, en este caso lingüísticas, y sacudirnos de encima ese polvo de la obediencia que se nos ha ido quedando desde la infancia en ciertas actitudes y que muchas veces no nos hace bien.

"Tendemos a pensar que la lengua es como el tiempo, que cambia por ciclos que no dominamos y que actúa por caprichos fuera de nuestro control. Y se trata de lo contrario: la lengua no existe sino dentro de nosotros, y es lo que es porque queremos, acordamos y aceptamos que sea así. El límite para la lengua no está en el diccionario sino en nosotros".

En estos artículos, con elegancia e ironía deliciosas, Lola Pons habla de esa quimera llamada pureza lingüística, que algunos usan como arma política para apuntalar su discurso nacionalista y que es tan falsa, y tan peligrosa, como la idea de la pureza racial. Habla de estar vigilantes y no dejarse llevar por los clichés que asociamos en la lengua con la pulcritud -conservadora- y con la creatividad -progresista-. Defiende que el plurilingüismo siempre enriquece, que la lengua que no está constantemente cambiando es una lengua muerta. Que no hay lenguas bellas o feas, sino lenguas ricas y lenguas pobres. Y que cualquier lengua viva y que esté en perpetuo cambio nunca será una lengua pobre.

Lola Pons
Saber explicarse con palabras propias es uno de los síntomas más evidentes de que uno está vivo. Por eso es un fracaso colectivo cuando una persona dice, rendida: bah, no pasa nada, no sé explicarme. Sin las palabras no somos, no existimos. El lenguaje es lo que nos hace humanos, y con cada palabra que perdemos nos morimos un poco. La típica frase "Lo entiendo pero no sé explicarlo" es una excusa un poco mentirosilla. Si no sabes explicar algo, es que no lo has entendido de verdad: el pensamiento que no se puede materializar en palabras no es pensamiento, como mucho es intuición.

"La palabra tiene la capacidad tanto de prender como de apagar el fuego". Es decir, nuestra responsabilidad a la hora de elegir las palabras para comunicarnos es enorme. Y este libro es un festín de erudición y buen humor para que sintamos que nuestra lengua es ante todo una patria que cobija. Y que nunca debería usarse como jaula ni como ariete.



lunes, 7 de septiembre de 2020

COMO POLVO EN EL VIENTO

A veces creemos que pertenecemos a un lugar. Y nos aferramos a él aunque este se marchite o se revuelva mandándonos al exilio. A veces recreamos nuestro hogar en ensoñaciones lejanas y lo convertimos en algo frágil y hermoso, como una pompa de agua iluminada al sol, frágil y etérea, una maravilla de la naturaleza que quepa en la palma de nuestra mano y sea sólo nuestra. 

A veces creemos que pertenecemos a un lugar y pensamos que nuestra distancia física y emocional de ese lugar determina no sólo nuestro estado de ánimo sino también nuestra identidad. Y de eso trata esta novela: de los hilos invisibles que atan a sus personajes a su hogar y de la fuerza de la amistad a lo largo de los años, capaz de soportar el peso de cualquier desarraigo e incluso suplantar a la patria como hogar de acogida. 

Ya conocía la Cuba de Leonardo Padura por sus novelas policiacas (leí la última hace apenas tres meses), pero no me esperaba la explosión de color, amor, sufrimiento y vida que derrocha su nueva novela. A través de un grupo de amigos, conocido como el Clan, a lo largo de casi treinta años, el autor explora las mil caras del exilio. Del exilio físico y del exilio interior. De los que se van y no vuelven, o vuelven ya sólo de visita, como extranjeros en su propia tierra, que ya no es suya. Y de los que nunca pudieron o quisieron irse, pero una parte de ellos huyó de allí para protegerse, para salvarse, o parar preservar la cordura.

Como polvo en el viento (alusión a la mítica canción de Kansas), trata sobre las vidas clandestinas que intentan huir bajo nombres falsos de un pasado insoportable. Secretos guardados en viejos baúles que un día salen a la luz e implosionan. Vidas enteras guardadas bajo las dobleces humanas. Imposturas enormes, monstruosas, que sin embargo permiten salir adelante, sobrevivir y hacer felices a los demás. 

Leonardo Padura
Padura describe muy bien la sensación de muchos cubanos de nadar contra una corriente excesiva, y a menudo absurda. La sensación de tener que esforzarse tres veces más que cualquier extranjero para conseguir la mitad. Y la certeza de que es imposible vivir así toda una vida si uno no tiene fe en que ese sistema es superior a los demás, si uno no cree en el final de la historia y la redención del hombre por el socialismo y el fin de la lucha de clases. Solamente si uno cree de veras, si uno acepta besar la mano que le lanza esa corriente, puede quizá resignarse a pasarse la vida braceando, con el agua al cuello, resistiendo por un ideal de vida revolucionaria. 

Esta es una novela monumental sobre la memoria y los afectos. Sobre cómo se mantiene el profundo amor por los amigos pese al paso de los años, la distancia, el dolor y los exilios. Cómo se preservan los códigos de la complicidad pese a todo. Una novela sobre la pertenencia a un lugar, esa pompa de agua iluminada por el sol, hermosa y frágil como todo deseo, una hermosa ensoñación que nos da la vida y sin embargo no aguanta ni la más leve caricia sin romperse y desaparecer.




jueves, 3 de septiembre de 2020

EL LOBO EN CALZONCILLOS

"En el bosque hay un lobo de mirada fiera y colmillo afilado, por lo que conviene esconderse, animalillos. 
Pero, ¿de verdad puede ser malvado si lleva calzoncillos?"

Todos los animales del bosque se organizan contra el lobo. Los jabalíes levantan vallas antilobo, el oso enseña kárate antilobo, el ciervo vende novelas policiacas sobre lobos, incluso hay una brigada especial de tejones dispuestos a todo para enfrentarse al lobo. ¿A todo? Bueno, bueno, a todo, a todo... Vale, admitámoslo, sólo de imaginar su nariz interminable, sus dientes de sable y su mirada abominable a todos les tiemblan las rodillas como bailarines de claqué. 

Hasta que un día aparece el lobo fiero y terrible, ¡con unos calzoncillos de rayas! Unos calzoncillos calentitos, para sentarse en la fría roca y poder cruzar el bosque mojado sin ponerse a temblar de frío. Pero, ¿aceptarán los animalitos miedicas del bosque que el lobo monstruoso de sus sueños sea este buenazo enclenque de culo frío? ¿Qué van a hacer ahora sin miedo (y sin convertirse en bailarines de claqué al primer aullido)?

El lobo en calzoncillos tiene ya cuatro aventuras y con cada una me río como un niño. O como un animalillo acostumbrado a temer a lobos feroces que ha aprendido que el truco es mirar si lleva o no lleva unos bonitos calzoncillos. 





lunes, 31 de agosto de 2020

EL ÚLTIMO VERANO

Qué sorpresa. Qué maravillosa sorpresa. Al club de mis admiradísimas Willa Cather, Edith Wharton e Irene Némirovsky acabo de añadir a Ricarda Huch, una autora de la que, después de leer esta novela, lo quiero leer todo. La pena es que, a diferencia de estas otras autoras, y de otros contemporáneos suyos que la admiraban profundamente (como Thomas Mann o Stefan Zweig), de momento no hay nada disponible en español. Amigos de Duomo, Alba, Acantilado, Contraseña, Impedimenta, esta escritora os va a enamorar, por favor, traducidla más. 

Estamos en 1906 en Rusia. Año de revolución fallida, de revueltas estudiantiles. Un gobernador recibe amenazas de muerte y decide recluirse en su casa de campo con su familia. Para su comodidad y seguridad personal contrata a un secretario, un hombre enigmático del que pronto quedará prendada toda la familia, sin que ninguno sospeche la motivación oculta que le ha llevado a aceptar el trabajo. A través de las cartas que intercambian los miembros de la familia con otros personajes y entre ellos mismos, la autora consigue trasladar al lector un ritmo trepidante, un aire de premonición y una tensión que va creciendo y creciendo hasta su explosión final. 

Thomas Mann dijo que Ricarda Huch era la mujer más inteligente de Alemania, e incluso de toda Europa. Y la verdad es que después de leer esta novela lo que aflora a los labios es un elogio superlativo tras otro. Me ha encandilado su ironía y su vivacidad a la hora de describir a los personajes, usando las cartas de unos y otros para ir perfilando su carácter. La familia protagonista derrocha simpatía a la vez que una innata arrogancia que nace de la inocencia más que de la voluntad de dominio. Son aristócratas hasta la médula, embebidos de buenas maneras y frivolidad, hasta el punto de aguantar cualquier salida de tono sin inmutarse, pues consideran que "ofenderse es muy de pequeñoburgués". Es una familia encantadora y fascinante que, a ojos de Liu, el secretario, quizá sólo tenga un defecto: "pertenece a una época que debe desaparecer y constituye un obstáculo para el desarrollo de una nueva". 

Ricarda Huch
Mediante un tono epistolar aparentemente ligero, la autora indaga en temas profundos como el amor dependiente entre padres e hijos, la tradición frente a la desobediencia, el anarquismo como movimiento de cambio, el derecho a estudiar, la conciencia de clase y la libertad de expresión en un estado autoritario. Al igual que Willa Cather con la América profunda o Edith Wharton con la América cosmopolita, aquí Ricarda Huch hace un retrato de la aristocracia rusa con una finura, una chispa y una penetración psicológicas cautivadoras. 






jueves, 27 de agosto de 2020

LA PIEL

De adolescente me pidieron que escribiera un poema y elegí que tuviera rima y forma concreta: dentro de la camisa de fuerza de un soneto me sentía seguro, a salvo de desparramar mi torpeza por los versos libres. En el conservatorio me pidieron que compusiera una obra para orquesta y elegí un tema con variaciones. Tardé una semana en escribir los dieciséis compases del tema, y los doscientos de las variaciones me los ventilé en apenas un día: me costaba horrores encontrar caminos, pero una vez trazado uno, y delimitadas las fronteras de mi reino, el resto del mapa me salía sólo. 

Siempre me ha costado nadar en mar abierto. En la seguridad de la piscina me siento a salvo de tiburones y flatos e improvisaciones constantes. Por eso me admira la capacidad de Sergio del Molino para salirse del tema y nadar y nadar alejándose de las boyas y del agua conocida, despistándome con digresiones y cerros de Úbeda sin por ello perder de vista la costa. Frente a mi soneto y mis variaciones, intuyo que él habría escogido un romance y una rapsodia, formas laxas donde la improvisación es un juego de luces que despista y no deja ver con claridad los andamios de la estructura y la forma. Como en este libro, hecho de capítulos en forma de cuentos que un padre le cuenta a su hijo para hablarle de monstruos y de brujas, para hablarle de sí mismo. 

La premisa es contundente: la piel es un pasaporte. Si tenemos el color adecuado, la uniformidad adecuada y la textura adecuada, cruzaremos sin sospecha todas las fronteras. Pero ay si no es así. 

Nuestra forma de ver la piel ajena siempre está cargada de prejuicios: ¿piel oscura?, extranjero; ¿piel tatuada?, delincuente; ¿piel escamada?, falta de higiene. A través de la piel nos expresamos. Y a través de la piel nos juzgan. Si uno no tiene la piel adecuada, en algún momento recibirá miradas cargadas de prejucios, acusaciones, violencia, racismo o asco. Sergio del Molino cuenta en primera persona cómo nuestra piel y sus impurezas determinan nuestra relación con el mundo. 

Mi lectura de este libro ha estado punteada de carcajadas y de bolígrafos desenfundados a toda prisa para apuntar tal o cual frase memorable. Y es que la prosa de Sergio es divertida e ingeniosa, y lo que nunca deja de maravillarme: revela una cercanía y una franqueza emocionantes. A veces da un poco de vértigo la desnudez con la que cuenta ciertas cosas. Aunque luego advierta que no todo tiene que ser cierto y que ha inventado hechos y retocado personajes ("la verdad nunca está en los datos, y eso lo sabe cualquier lector"), hay capítulos como "Conversaciones con un rey de piedra" que estremecen y dejan la piel de gallina, esa piel cuya vulnerabilidad aflora en cada capítulo y que nos identifica como seres humanos. 

Me han gustado especialmente el capítulo sobre Nabokov y "Mariposa en vasco". Me encanta cómo Sergio escribe sobre sus escritores favoritos. Después de leer el retrato personal que hizo de Baroja en En el país de Bidasoa, daría unos añitos de librero por seguir leyendo sus homenajes íntimos a sus escritores favoritos. 

Una de las cosas que más le agradezco a Sergio es que consiga tan fácilmente que me interese lo que antes no me interesaba y que sepa proyectar tantas ideas y emociones nuevas en mi pared blanca de lector. Con La piel me ha llevado en volandas a base de ingenio, de historias curiosas y de lágrimas. ¿Cómo puede un tío tan bruto hacerte llorar?, me dijo un día con sorna una amiga en la librería. Quizá porque las historias que a ti te hacen llorar a mí me dan un poquito de risa, le respondí con mirada airada. Y por cierto, ¿a que no has leído su La hora violeta? Pues no, me contestó, pero con sus posts de... Entonces basta de pullitas absurdas y a leer. Y luego hablamos lo que quieras de lágrimas y emociones. 



lunes, 24 de agosto de 2020

PROGENIE

El verano es ligereza. Será porque la ropa nos sobra y el calor nos atonta. Será porque queremos pensar que todo va a ir bien, aunque la realidad despreocupada se mantenga enmascarada y a distancia. El verano es ligereza. Y no hay nada que acompañe mejor que una buena novela policiaca. 

Sevilla, mes de julio, ola de calor. El asfalto abrasado se pega a las zapatillas de los agentes mientras un asesino se dedica a matar a mujeres embarazadas. ¿Venganza personal? ¿Locura transitoria? ¿O un fanático que no soporta la idea de que las mujeres puedan ser madres como quieran?

Con capítulos cortitos y directos como puñetazos empieza esta novela impecable de Susana Martín Gijón que plantea temas importantes y muy actuales en torno a la maternidad, y que me ha tenido sentado al borde del sofá cuatro días de calor castigador que apenas he notado. 

¿Cómo puede una elegir entre el sueño de ser madre y el de una vida junto a la mujer de la que está enamorada? ¿Cómo alguien puede ver con malos ojos que una mujer quiera ser madre sin necesidad de un hombre a su lado? ¿Cómo la inseminación artificial puede seguir siendo en el siglo XXI "uno de esos temas de mujeres de los que es mejor no hablar"?

La investigación policial dirigida por la inspectora Camino Vargas (jefa accidental, cabezota, disfrutona, brusca y arrolladora) va sorteando estas preguntas en un circuito de pistas falsas en el que también se cuelan la ideología y la política. El aborto y la maternidad elegida en solitario son opciones todavía intolerables para muchos hombres, entre otros motivos porque dan un poder a las mujeres que ellos nunca tendrán. Y todo en una Sevilla que bulle de calor y de actividades nocturnas y sugerentes, que revolotean tentadoras alrededor de los agentes como ideas y promesas que no se atreven a posarse. 

El verano es ligereza. Y esta novela es justo lo que cualquier amante de la novela policiaca necesita: una buena historia que acelere las horas y te dispare los niveles de adrenalina. 




viernes, 7 de agosto de 2020

CALYPSO

Un señor me ha pillado doblado en dos de la risa con este libro en la mano y me ha dicho: venía a por otra cosa pero ahora mismo YA SÓLO QUIERO ESO QUE ESTÁS LEYENDO. 

Es imposible controlarse. Yo no puedo leer las tres primeras páginas de Calypso sin partirme de risa. Una risa sonora y descontrolada. Estentórea, como la mejor felicidad. 
Mientras lo leía me quedé sin ejemplares de tanto reírme tras el mostrador y tuve que dejar de hacerlo y dejar mi ejemplar en casa porque quién sabe qué instintos asesinos habría despertado en mis dulces clientes si me hubiera atrevido a decirles que no les vendía mi ejemplar porque era mío y me estaba haciendo tan feliz que mientras no lo terminara lo quería para mí. 

Sí, es cierto. Si leéis este libro os pueden pasar cosas raras: podéis enamoraros de una tortuga gigante y cancerosa, podéis aprender a leer un capítulo entero con el culo apretado (nada de spoiler aquí, ya descubriréis por qué), o también podéis aprender a caeros de la silla de la risa -he estado a punto dos veces, ya-. Pero nunca os pasará nada tan raro como lo que le pasa a Sedaris, creedme. Por el consuelo que esto aporta, ya merece la pena leer el libro. 

Tras cada punto y aparte, levantaba los ojos del libro con el ceño bien fruncido de indignación y exclamaba por dentro: ¿qué cojones es esto que estoy leyendo? Y acto seguido: ¿y cómo es posible que me esté matando tanto de la risa?

Sedaris tiene unas ocurrencias ingeniosísimas sobre todo tipo de temas. Y no duda en repartir bromas como puñales a diestro y siniestro. No se libra ni dios. Desde los fanáticos del veganismo, convencidos de que serán los únicos que sobrevivan a la Gran Pandemia del Cáncer, hasta esas parejas que cuando les preguntas si tienen hijos te enseñan sus tres terriers y gritan jubilosos: ¡son adoptados! 

Me chiflan las ideas que se le ocurren para tratar de descubrir si las recepcionistas de los hoteles o los dependientes en general son realmente humanos o sólo buscan vaciarte la cuenta del banco un poco más. ¿Qué cantidad de amabilidad puede esconder una pregunta a la que le da lo mismo la respuesta? A veces sólo queremos un mínimo de interacción. Dos seres humanos que se cruzan y se reconocen en una rareza, en una fragilidad, en una broma que vaya más allá de la careta de cortesía, que diga: "Yo también me doy cuenta, socorro".

David Sedaris
Y sí, no todo son risas en esta juerga. Bueno, no todo todo. Calypso está compuesto de capítulos independientes que tratan distintos aspectos o momentos de la vida del autor, con sus cinco hermanos siempre listos para unirse a cualquier expedición estrafalaria, con el suicidio de su hermana sobrevolando las páginas no siempre exento de su humor particular, y a su lado siempre su paciente y extraordinariamente apuesto marido Hugh, resoplando como un santo ante las excentricidades de esta familia de locos.

Calypso es una mirada descacharrante (y de refilón) a una vejez que asoma la patita. La mirada golosa de un hombre que "no se puede comer un pastel si no le echa helado y nata por encima". Y también es una carta de amor (y otros sentimientos menos amorosos pero igual de conmovedores) a su padre de noventa y dos años (ferviente votante de Trump) y a su devoción por el jazz. "El chasqueo de sus dedos al ritmo de una pieza de John Coltrane tiene la misma función que el ronroneo de un gato: quiere decir que puedes acercarte a él. Que todo va a salir bien. "Queridos míos -dirá dentro de mi cabeza siempre que me acuerde de él mientras levanta su copa y nos invita a reunirnos a su lado-, ¿no es maravilloso estar juntos?""





miércoles, 5 de agosto de 2020

ETERNO ANOCHECER. POESÍA COMPLETA

En buena parte del mundo en los años cincuenta, el deseo era cosa de hombres. Sólo ellos podían sentirlo, sólo ellos podían nombrarlo. Y por supuesto, sólo ellos podían escribir sobre él. Que una mujer sintiera deseo les parecía un incordio fuera de lugar. Que lo nombrara, una vulgaridad. Y que escribiera sobre ello era simplemente inaceptable. La iraní Forugh Farrojzad se atrevió a ponerle palabras a su deseo y quiso que el mundo las leyera. Y tuvo que aceptar el oprobio de tamaña transgresión. 

"Mira hasta dónde he llegado,
a las galaxias, al infinito, a lo eterno.
Ahora que hemos alcanzado las alturas
lávame con el vino espumoso de las olas. 
Cúbreme con las sedas de tus besos. 
Deséame en las largas noches". 

Farrojzad reclamó el derecho de las mujeres al placer del sexo y a tener una voz pública para expresarlo y compartirlo. Con sus poemas expresó la voluntad de romper los barrotes de la prisión familiar para poder decidir libremente sobre su vida. Por ello fue repudiada por su padre, fue acusada de corromper la moral social, la llamaron degenerada, inmoral, sucia. ¿Una mujer escribiendo sobre sexo, sobre libertad, sobre deseo femenino? ¿Una mujer usurpando una voz que no le pertenece?

"Feliz de arder en tu abandono. Feliz
de llorar con tus recuerdos.
Feliz de que después de alcanzarte siga
llorando este amor, que aún vive aquí dentro".

Escribió sobre el deseo, y también sobre sus amantes. Sobre su masculinidad, sobre sus cuerpos, sus celos y su actitud frente a las mujeres. Pocos hombres podían soportar ser analizados tan de cerca, sin miramientos, por una mujer. Ante el foco de esa mirada se volvían frágiles, inseguros, y su poder se resquebrajaba. Su poder basado en unas tradiciones que ella cuestionaba:

"¡Ay de este anillo, que aún conserva
su resplandor, su brillo,
siendo, como es, soga de esclavitud y obediencia!".

Farugh Farrojzad
A su padre le escribió: "Al contrario de lo que usted opina, yo no soy una mujer callejera, sólo soy yo misma: una mujer a la que le gusta sentarse a la mesa, leer, escribir poesía y pensar". Farrojzad fue una mujer que vivió cautiva de una cultura patriarcal y que se debatió toda su vida contra las ataduras física y morales de su país, parecidas en muchos aspectos a las que oprimían a las mujeres en España en la misma época. El ansia de libertad condena a la soledad a aquellos que la abrazan, y Forugh Farrojzad no fue una excepción. Sus poemas luchan por un amor compartido, un amor universal, incluso, que impregne la conciencia colectiva de placer y tolerancia. Sus poemas cantan como pájaros solitarios buscando un eco, un reflejo femenino en el que reconocerse.

"Y aquí estoy,
una mujer sola
en el umbral de la estación del frío,
empezando a entender la contaminada existencia de la Tierra,
y la sencilla y triste desesperación del cielo
y la incapacidad de estas manos petrificadas."

Farrojzad murió en 1967, a los 32 años, en un accidente. Fue la voz del feminismo iraní, una conciencia rompedora que iluminó toda una época. Escribió sobre las mujeres sometidas a la violencia de los hombres, muñecas "que miran el mundo con dos ojos de cristal", obedientes y enterradas en una mortaja llamada matrimonio. En un mundo en que esa era la norma, ella decidió romperla. Y hoy, medio siglo después, sus poemas siguen emocionando en todo el mundo por su fuerza y su lirismo, reclamando libertad y dignidad.