jueves, 11 de marzo de 2021

SIEMPRE HAN HABLADO POR NOSOTRAS

¡Cómo me ha gustado este libro de Najat El Hachmi! He devorado sus 131 páginas del tirón, sin pararme apenas a tomar notas, y eso que de cada capítulo pueden brotar multitud de debates de una actualidad más que candente. La premisa es muy sencilla: el feminismo es un movimiento universal que vela por la igualdad entre hombres y mujeres en todos los países, independientemente de su identidad cultural, religión o tradición. Y esto, que parece obvio, quizá está dejando de serlo en esta nueva ola de feminismos que, en su intento de no imponer un "feminismo neocolonialista", defienden el respeto a los rasgos culturales aunque estos atenten, como han atentado siempre, contra los derechos de las mujeres. 

La autora cuenta qué supuso para ella crecer en una comunidad musulmana en España a finales de los años ochenta, el choque cultural entre su familia conservadora y la libertad, aparentemente sin límites, que le ofrecía su país de acogida. Aquí encontró unos referentes feministas que la guiaron en su aspiración por labrarse una identidad alejada de la religión y sobre ese feminismo universal asentó sus principios y su forma de vivir. Ahora, treinta años después de su llegada a España, observa cómo se está resquebrajando esa idea de que los derechos de las mujeres deberían ser los mismos en todas las culturas. "Ante el peligro de que las chicas [musulmanas] criadas en Europa rompiéramos sin miramientos todas las normas de sumisión que nos han inculcado, han aparecido nuevos discursos, velos que se presentan como nuevos pero que no son más que transformaciones de las viejas, antiguas y rancias normas de conducta". 

Najat El Hachmi alerta de que, en nombre de la conservación de la identidad y del respeto por la diversidad, está regresando el viejo machismo ancestral de toda la vida, ahora recubierto de una capa de modernidad y legitimado por mujeres jóvenes que han decidido buscar en la tradición la raíz de su identidad. ¿Es respetable una cultura que niega la igualdad de género? ¿No será que en nuestro esfuerzo por que no nos acusen de racistas o de islamófobos estamos aprendiendo a aceptar que en nombre del Islam se siga maltratando a las mujeres?

Las tres religiones monoteístas siempre han coincidido en su misoginia primigenia. Las mujeres son representadas, por naturaleza, como débiles e indignas de confianza, por lo que sólo una educación represiva podrá domesticar su esencia malvada. El feminismo, por lo tanto, aunque pueda coexistir dentro de los credos monoteístas y suavizar sus postulados patriarcales, siempre excederá sus límites, pues su reivindicación universal es algo que ninguna religión monoteísta contempla, ni en su teoría ni en sus prácticas. 

Con pasión y claridad, El Hachmi señala que dejar de reivindicar la igualdad total entre hombres y mujeres por respeto a la diversidad cultural es un error. Ninguna identidad puede estar por encima de los derechos de las mujeres. Y aboga por un feminismo universal que defienda las aspiraciones de todas las mujeres en todo el mundo, el feminismo que le enseñó el camino de la libertad a una joven Najat de familia musulmana que nunca más volvió a ponerse el velo. 




lunes, 8 de marzo de 2021

LA ECONOMÍA DOBLE X

A menudo, cuando uno defiende la igualdad de género se topa con un muro de escepticismo. Un muro hecho de ideología. Muchísima gente tiene tan asumidos los roles de género sexistas que para aceptar el daño que producen tendrían que aceptarse a ellos mismos como perpetuadores de ese daño. Y esto hace que se sientan atacados por algo que no alcanzan a distinguir de su forma natural de entender la vida y que no admitan la necesidad de un cambio. 

Pero, ¿y si defendiéramos la igualdad de género no sólo por ética o justicia sino por simple interés económico? La necesidad de una economía sana es algo que hasta la persona menos receptiva a los derechos de las mujeres puede compartir. Y a menudo, es un tema que interesa especialmente a aquellos que menos inclinación tienen por las cuestiones sociales. Este ensayo es para ellos. Para todos los que piensan que la igualdad de género es una tontería o algo del pasado y que lo que importa es la economía. Ay, amigos, pero ¿qué economía puede importar si de una manera estructural desestima la participación de la mitad de la población? 

Linda Scott sostiene en La economía Doble X que la igualdad de trato económico para las mujeres pondría fin a algunos de los males más costosos que existen, y generaría al mismo tiempo prosperidad para todo el mundo. Suena improbable porque parece demasiado fácil. Suena a slogan de campaña electoral populista. Pero Linda Scott argumenta, con una cantidad abrumadora de datos, que la teoría es así de simple. Basta repartir de forma más equitativa el control económico del mundo entre hombres y mujeres para generar riqueza y resolver conflictos. Así de simple. De terriblemente simple. 

La economía es el campo más dominado por hombres en las universidades de todo el mundo. En las universidades los economistas aprenden que su especialidad está muy por encima de las desigualdades de género y tienden, a menudo inconscientemente, a menospreciar y a desestimar a las mujeres como colectivo. Teniendo en cuenta el impacto descomunal que los economistas tienen en la configuración de nuestras sociedades, esta misoginia tradicional tan arraigada sólo puede perpetuar la desigualdad. 

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y el Foro Económico Mundial han estudiado la correlación entre la igualdad de género y la viabilidad económica de las naciones, con un resultado recurrente: a mayor igualdad de género, mejor nivel de vida. Pero la igualdad no es la consecuencia de un buen nivel de vida, sino la causa: es la liberación de las mujeres la que enriquece la economía de los países, y no la prosperidad de las naciones la que trae consigo la igualdad de género. 

Linda Scott demuestra que los gastos sociales en mejorar la vida de las mujeres y equipararlas en salarios, derechos y oportunidades, no es un gasto sino una inversión. Una inversión que, además, siempre provoca unos beneficios gigantescos. Y si los economistas lo rechazan no es por falta de datos, de estadísticas y de ejemplos: es simple y llanamente por ideología. 

Como ya insistía Caroline Criado Perez en La mujer invisible, combatir la desigualdad ya no es sólo una cuestión básica de ética, justicia y dignidad. Este ensayo nos enseña que es una cuestión económica urgente. El coste económico que supone en todo el mundo la violencia contra las mujeres y no tenerlas en cuenta en la toma de decisiones a nivel público es brutal y lo puede entender cualquier hombre que entienda un gráfico con estadísticas, aunque carezca de toda moral y empatía. Ya no hay excusa. Sólo prejuicios y el deseo de permanecer en la ignorancia para perpetuar un privilegio masculino criminal.




jueves, 4 de marzo de 2021

NEGRA. LA VIDA DESCONOCIDA DE CLAUDETTE COLVIN

Alabama, 1955. 
En el autobús, los primeros diez asientos están reservados para los blancos. El resto, para los negros. Si una persona blanca se ve obligada a quedarse de pie, tendrás que cederle tu sitio. Y como legalmente un blanco no puede sentarse al lado de un negro, todos los negros que ocupan esa fila tendrán que levantarse. Si no lo hacen, el conductor puede parar el autobús y amenazarles a gritos. Si siguen sin levantarse, el conductor o cualquier otro blanco pueden llamar a la policía, que entrará y les amenazará a gritos. Y cumplirá su amenaza. 

Si eres una mujer, eres menos que un hombre. Si eres una mujer negra, eres menos que nada. Y no quieres pasar por un cárcel por desafiar a un blanco. Cualquier desafío a un blanco es un delito. Y no se respeta a las mujeres negras delincuentes. ¿Y si tienes quince años? ¿Qué pasa entonces?

Este libro ilustrado cuenta la historia de Claudette Colvin, una chica negra de quince años que, unos meses antes que Rosa Parks, se atrevió a desafiar las leyes segregacionistas en Alabama negándose a ceder su asiento en el autobús a una persona blanca. Fue condenada por ello y posteriormente olvidada. Olvidada por un embarazo temprano. Porque su "inestabilidad" mental no era buena para el movimiento. Porque el movimiento por los derechos civiles estaba destinado a proteger a todos los negros, pero sobre todo a los negros que, como Rosa Parks, fueran íntegros, intachables, virtuosos, distinguidos y profundamente comprometidos con los valores cristianos. 

Esta también es la historia de un movimiento por los derechos civiles de los negros que en buena medida dejó a las mujeres al margen. Aunque fueran ellas las que iniciaran las protestas, las que tuvieran la valentía, como Claudette Colvin y Rosa Parks, de enfrentarse a unas leyes injustas a riesgo de acabar en la cárcel, eran ellos los que después tomaban el liderazgo moral de las reivindicaciones, eran ellos los que las protegían a ellas, frágiles, débiles, y se erigían en líderes morales. 

Una historia que demuestra que cualquier movimiento político en beneficio de la sociedad que no cuente con la participación activa de las mujeres no solamente se miente a sí mismo sino que no tiene sentido. 

Claudette Colvin




lunes, 1 de marzo de 2021

LA CALLE

Lutie Johnson piensa que es joven y fuerte y que nada se le va a resistir. Confía ciegamente en el sueño americano, ese que dice que si te esfuerzas lo suficiente y planificas bien tu vida, ganarás dinero y serás feliz. Trabaja para una familia blanca y sólo ve a su hijo cuatro días al mes, pero gracias a ella salen todos adelante. Tiene agallas, tiene orgullo, responde con una mirada desafiante a los silbidos admirativos de los hombres que acompañan su paso resuelto por la calle y piensa en el futuro como un libro en blanco por escribir. Un libro en blanco que ella, con su bella mano negra, pudiera escribir. Un libro en blanco como un sueño: el sueño americano.

Pero el sueño americano, con su énfasis en el esfuerzo y la igualdad de oportunidades, desgraciadamente no está al alcance de todos los americanos. Y si no, que les pregunten a todas esas mujeres negras que se pasan todo el día limpiando y cocinando en las mansiones de los blancos, para volver a casa y seguir limpiando y cocinando toda la tarde y la noche para los suyos. Mujeres que llenan las aceras sucias y bulliciosas de Harlem, cargadas con las compras, caminando con pasos lentos y precavidos para tratar de amortiguar los pinchazos en sus pies hinchados. "Cargadas y exhaustas mientras sus maridos deambulan por el barrio bien vestidos, relajados y ociosos, o se apuestan a la entrada de algún edificio para ver cuál de las muchachas que pasa por delante ocupará el lugar de la parienta que se tira el día entero fuera de casa". Y es que, ¿qué otra cosa podía hacer una mujer cuando su marido no encontraba trabajo? ¿Dónde queda el sueño americano cuando ese libro en blanco que cada una de esas mujeres iba a escribir está ya lleno hasta los márgenes de las mismas palabras: trabajo, agotamiento, humillación, suciedad, pobreza, suciedad, pobreza, pobreza?

La historia transcurre en Harlem, el barrio negro de Manhattan, un gueto sucio, inhóspito, violento y deshumanizado. Y más concretamente, en la calle 116, el personaje principal de la novela, una calle atestada de gente dañada y herida por toda una vida de humillación y servidumbre que no sabe desahogar su frustración más que en el alcohol y la violencia. La calle se hace cargo de los niños mientras las madres trabajan. Y los educa en su escuela, la más despiadada y salvaje escuela a la que los niños tendrán la oportunidad de asistir. Una escuela que les enseñará prácticamente todo lo que necesitarán para sobrevivir en el mundo y de la que la mayoría no logrará salir jamás. 

Estamos en 1944, en plena guerra mundial, y cuando uno de los personajes blancos se pone a animar a un empleado suyo negro a unirse en la lucha por el bien de su país, no termina de entender por qué éste se encoge de hombros y le mira con rabia. Una rabia que se pregunta por qué iban a luchar ahora por un país que lleva toda la vida humillándolos y despreciándolos. Al fin y al cabo, por qué luchar contra los alemanes, si "lo que están haciendo ellos ahora en Europa se lleva haciendo en este país desde que existe". 

La calle, fantásticamente traducida por Íñigo F. Lomana, es la novela más poderosa y rotunda que he leído en muchísimo tiempo. Trata de pobreza, de racismo y de machismo. Tres violencias superpuestas contra las que es prácticamente imposible rebelarse. La realidad que describe Ann Petry es un abismo aterrador. Un abismo al que la mayoría no estamos dispuestos a asomarnos y que sigue existiendo, maquillado y embellecido por un siglo XXI de aparente progreso, pero en esencia el mismo. 

Escrita en 1947, La calle vendió más de un millón de ejemplares y se convirtió en un fenómeno social. Es un clásico estadounidense que da un puñetazo en la mesa y grita basta. Basta ya de condenar a las mujeres a esta espiral de violencia. Basta de vender un sueño americano que sólo pueden hacer realidad aquellos que nacen con la piel blanca y muchos ceros en la cuenta del banco. 



jueves, 25 de febrero de 2021

LA DESEADA

Mujer, negra y antillana. Cada palabra es una pequeña jaula dentro de otra. La protagonista de esta novela vive dentro de cada una de estas jaulas, ya esté en su isla natal, en un suburbio de París o patinando en la nieve del centro de Boston. Tres jaulas, tres identidades solapadas que la acompañan allá donde va y que la definen como inmigrante, como minoría y como débil. Tres jaulas de las que es muy difícil, quizá imposible, escapar. El color de la piel es una identidad pesada para aquellos que nacen sin privilegios. Una identidad a la que te obliga la mirada de los demás, tres jaulas superpuestas en las que te encierran porque no ven en ti a un ser humano similar a otro, sino a una mujer negra antillana. Jaulas que Maryse Condé conoce a la perfección y que describió maravillosamente en sus dos libros autobiográficos publicados por Impedimenta (Corazón que ríe, corazón que llora y La vida sin maquillaje). 

La Deseada cuenta la historia de una búsqueda anhelante del afecto materno. Y la frustración por no encontrarlo. Marie-Noëlle pasa su infancia en Guadalupe, rodeada del cariño de una madre adoptiva, y sin embargo imaginando la dulzura impensable de aquellos nueve meses en los que fueron, su madre biológica y ella, un mismo ser, una misma carne. Cuando a los diez años recibe una carta de su madre biológica invitándola a reunirse con ella en Francia, su mundo se da la vuelta. Lo pierde todo a cambio de una vida occidental, de un mundo desconocido cuya frialdad la condena a un desierto afectivo, a deambular por la vida con un agujero dentro que nada ni nadie parece poder colmar. 

Me gusta la prosa delicada y exuberante de Maryse Condé. Esa melancolía que alterna la risa y el llanto, siempre traspasada de la luz y de un sol omnipresente, del calor de una esperanza que no se rinde. Marie-Noëlle nunca se cansa de escuchar a sus amigas hablar de sus familias. Las comidas multitudinarias, los cumpleaños y las bodas, el sabor de la nata montada y el olor del vino dulce. Y no entiende sus quejas. Daría lo que fuera por un hermano un poco demasiado protector o una madre posesiva y dictadorcilla. Siente avidez por cualquier amor familiar. Escucha a sus amigas e imagina ese calor sofocante y pegajoso del cariño del que sus ellas reniegan y lo quiere para sí, todo lo que ellas aparten del plato lo quiere para sí, para saciar un hambre infinita, pobre mendiga del amor. 

La Deseada es una novela sobre los desposeídos. Los desposeídos de una tierra en la que construir su identidad y de un afecto en el que plantar sus raíces. Es una novela sobre los errantes, arrancados de su patria por la promesa de un futuro occidental, y que vagan por las periferias de nuestras ciudades, anónimos, buscando un poco de luz y calor entre nuestras sobras. 




lunes, 22 de febrero de 2021

ANTOLOGÍA POÉTICA (EDNA ST. VINCENT MILLAY)

Hace muchos años, tantos que ya no puedo asegurar si el recuerdo es real o me lo he apropiado de alguna novela, una chica me mandó este poema. A ella no la recuerdo pero el poema se me quedó grabado: maravillas de la memoria, que juega con nosotros a su antojo y a veces nos permite quedarnos con lo que de verdad merece la pena. El poema estaba en inglés y tardé años en ir depurando su significado. Fui adentrándome en él a medida que profundizaba en el idioma, y ahora, cada vez que lo leo, una emoción profunda me recorre: me reconozco en sus versos como en una fotografía de infancia o en la risa de mi madre. 

El amor no lo es todo: no es carne ni agua
ni lecho ni cobijo cuando la lluvia acude,
ni un madero siquiera para el náufrago
que flota y se hunde y flota y vuelve a hundirse. 

Como sucede a menudo, traducir poesía es imposible. Es como tratar de explicar un nocturno de Chopin sin música. Puedes contar de qué va, pero su esencia queda allá lejos, inexpugnable en su castillo de bruma. Y el traductor, hasta el más dotado, parece un ciego que va dando con su vara en el camino, tanteando una belleza que no puede ver. 

El amor no puede limpiar la sangre mala,
ni suelda el hueso roto, ni oxigena el pulmón. 
Y aun así hay muchos que con la muerte tratan,
mientras esto digo, sólo porque les falta amor. 

La rima queda a la derecha, las metáforas a la izquierda y el ritmo es la pendiente traicionera del camino en este laberinto sin salida en forma de soneto. 

Podría ser que en un momento crítico, 
atormentada y suplicando libertad,
o presa de un deseo que doblega el ánimo, 
vendiese yo tu amor por un poco de paz

o cambiase el recuerdo de esta noche por comida. 
Puede ser. Pero no creo que lo hiciera.


Edna St. Vincent Millay


Edna Saint Vincent Millay (1892-1950) es una poeta que me encanta. Es emotiva y provocadora. Melancólica y directa. Plantea preguntas que no trata de responder y sus poemas a menudo te llevan a lugares que no te esperarías. Su militancia feminista y su radical independencia provocaron que su obra tardara en difundirse, a pesar de haber ganado el Pulitzer por su Balada de la hilandera del arpa y de congregar a multitudes en sus lecturas y apariciones públicas. Su intensidad es cercana y su virtuosismo tan natural que consigue hablarte al oído en versos tan perfectos que parecen improvisados. 

Muchos años después de leer este poema por primera vez, ahí está la emoción intacta, en cada cadencia y cada final de estrofa. Una guía en la oscuridad. Un camino visible que cruza de luz la maleza impenetrable del bosque. 


Love is not all: it is not meat nor drink
Nor slumber nor a roof against the rain; 
Nor yet a floating spar to men that sink 
And rise and sink and rise and sink again; 

Love can not fill the thickened lung with breath, 
Nor clean the blood, nor set the fractured bone; 
Yet many a man is making friends with death 
Even as I speak, for lack of love alone. 

It well may be that in a difficult hour, 
Pinned down by pain and moaning for release, 
Or nagged by want past resolution's power, 
I might be driven to sell your love for peace, 

Or trade the memory of this night for food. 
It well may be. I do not think I would. 







jueves, 18 de febrero de 2021

EL ÚLTIMO BESO

Muchas novelas policiacas actuales se venden como exploraciones de los límites de la moral y como "tremendamente adictivas". Siempre he pensado que lo que hace que algo sea adictivo es un truco que se resume en dar un giro a la trama al final de cada capítulo. Un poco como meter un aditivo alimentario en unas patatas: de repente no puedes parar hasta que te acabas el paquete. Engulles, sí, pero la patata se convierte en porquería. 

En cuanto a los límites de la moral, pues sí, muchos autores españoles han aprendido que subrayar la violencia vende y no escatiman crueldades a la hora de sazonar sus argumentos. Pero rara vez se paran a profundizar en sus motivos, en los abismos tenebrosos en los que uno se precipita cuando decide hacer daño a otro con toda su alma. Es un poco como si hacer daño fuera un pasatiempo, un hobby un poco friki que da sabor y carácter a tal o cual personaje, como un maquillaje extravagante. Y la verdad es que siempre me quedo con una sensación como de estafa, siento que me están escamoteando la posibilidad de tratar de entender la violencia, de ver qué parte humana hay detrás de eso, qué lógica, qué espanto. Porque si convertimos la violencia en algo sencillamente monstruoso al final no hace efecto, no sirve para nada y ni siquiera da miedo. Cuando de verdad asusta es cuando la entiendes y descubres que su cara puede ser corriente y tan humana como la tuya. 

La capacidad de empatizar con lo moralmente reprobable ya no está de moda en las novelas policiacas. Parece que nos hemos vuelto simples y rehuimos los dilemas morales. No queremos protagonistas turbios, quizá porque los juzgamos como si fueran de carne y hueso. Así vamos perdiendo la capacidad de distinguir realidad de ficción, dolencia peligrosísima de la que a menudo ni siquiera los niños adolecen. Pensamos, tan adultos nosotros, que los libros son la vida y no perdonamos a los personajes nada que no podamos perdonar a nuestros amigos. Y muchos autores actuales de novela policiaca, desde Joël Dicker hasta Carmen Mola, venden millones de ejemplares insistiendo en personajes reconfortantemente planos, transparentes como vasos de agua expertamente aderezados con chorritos de aditivos para que nos parezcan irresistibles. 

Sé que estos tres párrafos suenan, cómo mínimo, insoportablemente gruñones. Pero qué le voy a hacer, un día piensas que eres joven y al siguiente te sorprendes diciéndole a un cliente que hay más literatura en una sola página de James Crumley que en cualquier trilogía policiaca española de esas que tanto se venden. Y mira qué suerte que todavía algún incauto se fía de mis recomendaciones. 

Y es que qué maravilla. El protagonista de esta novela inclasificable es todo lo que no será nunca uno de esos detectives del siglo XXI: pendenciero, ruin, borracho, ingenuo, sarcástico, impasible, resignado, divertido y brutal. Se dedica a encontrar todo tipo de objetos perdidos, incluyendo exmaridos que se han ido de juerga, y el periplo que realiza en esta novela por el oeste de Estados Unidos siguiendo el rastro de su presa es digno de pasar a la historia de la literatura junto a otros mitos del viaje. 

James Crumley
El último beso también es una novela extraña. Incómoda, a veces. Y muy divertida, también. Se nota que el autor siente una devoción especial por todos sus personajes. Creo que nunca olvidaré a esa chica llamada Betty Sue Flowers, capaz de brillar en cualquier ambiente y haciendo cualquier cosa, una chica de un atractivo irresistible que, ya desde niña, se sentía "como una princesa secuestrada por campesinos", zarandeada por una vida errática y dejando tras de sí colas de hombres dispuestos a matarse por una sonrisa suya. 


El contraste entre la belleza inaudita de algunas descripciones con la brutalidad de algunos pasajes me ha dejado con la boca abierta. Y de momento no quiero más. Necesito reponerme. Unos meses de tregua para descansar de esta sucia belleza. Unos meses de tregua para que Salamandra traduzca el siguiente título de esta serie y volver a Crumley con el cuerpo listo para otro atracón policiaco de la mejor literatura. 




lunes, 15 de febrero de 2021

LA HIJA DEL ESCRITOR

Después de que P. la disfrutara con sus ojos de profe de secundaria y mi madre la devorara con sus ojos de librera madre, esta novela cayó en mis manos casi por su propio peso. Me gusta mucho leer libros que les han gustado previamente a ellas. En cada capítulo voy rastreando las pistas, anotando mentalmente ideas que me llevan a ellas, sonriendo al descubrir el rasgo de algún personaje en el que sin duda han debido de verse reflejadas. Leyendo sus recomendaciones las leo a ellas, y así disfruto doblemente de la lectura.

Hace tiempo que llevo queriendo dedicarle más atención a la literatura juvenil. Y no sólo a las trilogías de literatura fantástica por las que siento una debilidad incurable, sino a la literatura más pegada a la vida actual, capaz de reflejar situaciones reales de este mundo con historias que dejen huella y que puedan llevar, además, a otros libros. La hija del escritor consigue todo esto. Es una novela en la que la intriga, la amistad, el amor y los conflictos entre padres e hijos se entrelazan con los personajes femeninos de las novelas de Galdós y se tiñen de un feminismo militante en el que no cuesta nada reconocerse. Y aunque sé que el final no apunta a que pueda haber una continuación, me he quedado con ganas de más, con ganas de seguirle la pista a este chica tímida con carácter de leona llamada María que no se arredra ante nada. 

Uno de los temas principales de la novela es el conflicto entre padres e hijos. La expectativas, las mentiras y la decepción que estas provocan. Me ha recordado a la última novela de Elena Ferrante, La vida mentirosa de los adultos, que trata el mismo tema también desde el punto de vista de una chica adolescente, aunque la autora italiana luego lo desarrolle por otro camino. Es un tema universal que siempre genera controversia. Y yo lo veo en la librería cada vez que una madre o un padre vienen con sus hijos buscándoles lecturas. Mientras que los padres buscan generalmente historias de amor o de misterio y casi siempre huyen cuando pronuncio palabras como muerte, filosofía o feminismo, los adolescentes se aferran a esas palabras con avidez, deseando que sean puertas que les permitan descubrir todo ese mundo del que sus padres se obstinan en protegerles. 

En esta novela, María es una chica de quince años que se expone a la debilidad de sus padres y se pregunta si no es injusto que ella tenga que ocuparse de ellos. ¿No son los padres los que deben ayudar a sus hijos? ¿Y qué puede hacer si esa ayuda no llega? ¿Renegar de ellos? ¿Enfurecerse, encerrarse en el victimismo? María decide que con quince años hace mucho tiempo que dejó de ser una niña, y que tratar de levantar del suelo a una madre depresiva no sólo es una muestra de amor sino una forma de reafirmar su lugar en el mundo, de decirle a todos que ya tiene la madurez suficiente para dar y no sólo recibir, y que esa entrega puede definir mejor quién es que cualquier otra decisión. 

Voy a recomendar mucho esta novela este año. Y lo haré hablando de secretos familiares, de Galdós y de feminismo. De que los adolescentes no son niños, y ni siquiera por comodidad suelen desear serlo. A ver qué cara me ponen los padres. La de sus hijos sé que con Rosa Huertas siempre será de curiosidad.




jueves, 11 de febrero de 2021

BICHOS Y DEMÁS PARIENTES

Parece facilísimo. Pasar la infancia y adolescencia junto a tu familia en una isla perdida del Mediterráneo, sin colegio, sin obligaciones, sin preocupaciones, debería ser un pasaporte directo a la felicidad y al gozo de infinitos placeres. Pero la verdad es que si no lo llevas dentro, no hay paraíso que nos transforme realmente por dentro. Hay que estar hecho de una pasta especial. Y, además, tener talento para transmitir alegría. Yo no sé cómo sería el pequeño de los Durrell en persona. Pero si poseía la mitad del encanto que se desborda de sus libros, debió de ser una persona verdaderamente excepcional. 

Al terminar hace un par de meses Mi familia y otros animales me quedé un poco huérfano. Quería más. Quería volver al sol de Corfú y sus mágicas noches cuajadas de luciérnagas. Quería reírme de nuevo con el esnobismo gruñón de Larry y las salidas extemporáneas de la inocente Margo. Oír la bocina de Spiro y las exquisitas explicaciones trufadas de puntos suspensivos de Teodoro. Quería volver a internarme en los olivos con el aliento expectante de Roger humedeciendo mis tobillos desnudos y descubrir una a una, con maravillada impaciencia, todas las maravillas que brotan de la naturaleza cada vez que Gerry abre los ojos y mira a su alrededor. 

Leer esta trilogía tiene algo de terapéutico. Es un paréntesis en nuestras vidas aceleradas, un remanso de silencio y placer. Un condensado de humor, belleza, entusiasmo, mordacidad, naturaleza, asombro, regocijo, poesía y más humor del que sales revitalizado, con nuevas energías y agradecido por el viaje.

Yo no sé cómo es Corfú hoy en día. Me muero por ir y al mismo tiempo no sé si de verdad quiero. No sé si quiero comparar ese paraíso que los libros de Durrell están construyendo en mi imaginación con los paisajes reales, temo no encontrar en ellos ningún espejo donde reconocer la belleza de esta ficción. Pero cada vez que termino un volumen de esta trilogía siento la llamada de algo que está muy lejos de aquí. La llamada de una tierra húmeda y olorosa, poblada por miles de pequeñas criaturas y bañada por un mar capaz de "tañer sus playas como un instrumento". Una llamada que me atrae como nos atraen las cosas buenas y sencillas que a veces perdemos de vista y que tanto necesitamos para ser felices. 


lunes, 8 de febrero de 2021

LAS DOS SEÑORAS GRENVILLE

"Padres suicidas, hermanos secuestrados, hijos internados en psiquiátricos, depravación, bebida, depresión, muertes en aviones estrellados, yates hundidos o caídas de caballos. Pero con cuánta elegancia se comportaban". 

Así habla de ellos Dominick Dunne, uno de los mejores cronistas de la alta sociedad norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Con admiración, con devoción y con toda la acidez que su amor por la clase inigualable de estos niños ricos le permite. Este es el tercer libro de Dominick Dunne que leo y no me canso. Nunca me canso de leer esa prosa hipnótica que envuelve a sus personajes como una bufanda de seda y les lleva en volandas de fiesta en fiesta, acercando el objetivo de su cámara lo suficiente para que cada personaje esplendoroso se convierta, como por milagro, en una persona de carne y hueso, tan vana, frágil y miserable como cualquiera. 

Esta es la historia de una chica de origen modesto (historia real, por cierto) que se casa con uno de los herederos más ricos de Nueva York, a pesar de tener a toda su familia política en contra, y que, no sólo consigue apaciguar las iras de esa suegra y esas cuñadas que la ven como una vulgar advenediza, sino que logra la hazaña de convertirse, por dentro y por fuera, en la mujer mejor vestida de Nueva York. Es decir, de convertirse en una de ellas, con el descarado atrevimiento de lograrlo por mérito propio y no por nacimiento. Lo cual, ya se sabe, es una afrenta que los que han nacido millonarios no perdonan fácilmente. 

Hace falta talento y mucha paciencia para penetrar tan rápido y tan profundamente en ese mundo tan impenetrable. "La intrusa de la familia se había convertido en su miembro más visible, eclipsando la vida social de su marido y sus cuñadas". Y Ann Grenville "ronroneaba de silencioso placer" al recortar artículo tras artículo de los cronistas de sociedad en los que reinaba ella y su glamour, ella y sus fiestas, ella y su marido, sin cuya presencia ninguna fiesta de la alta sociedad podía considerarse de verdad un éxito. 

Esta es una novela sobre la frivolidad y la elegancia. Y el arte necesario para perfeccionarlas. Dos valores despreciados por nuestra sociedad cada vez más igualitaria y utilitarista. Es una novela sobre las apariencias, también. Es fácil pensar, leyendo a Dunne, que ya no nos importan apenas las apariencias. Que la clase media se ha vuelto tan homogénea en su estética que qué más da lo que piensen los demás, ya casi nadie afortunadamente llama la atención. Pero creo que no es así. Nos preocupa muchísimo cómo nos ven, cómo nos leen y cómo nos escuchan. Y creo que seguimos siendo esclavos de la frivolidad de las apariencias, de una forma parecida a como lo son los personajes de Dunne. 

Los likes en redes determinan la vida social y los ingresos de millones de personas. Todos hemos sufrido alguna vez esa agonía llamada amor romántico (gracias, Hollywood; gracias, moral cristiana) en la que cedemos las riendas de nuestra autoestima al extraño sujeto de nuestra obsesión. Todos nos rendimos a los halagos y dejamos que modifiquen nuestra conducta y nuestros gustos porque es sencillamente adictivo que te digan cosas bonitas y cuantas más mejor. 

La novela de Dunne trascurre en los años cuarenta y cincuenta. Parece que han pasado siglos desde esas fiestas de la alta sociedad en las que hasta la forma de quitarse los guantes era analizada con lupa. Pero creo que aquella tiranía de las apariencias sigue con nosotros, rigiendo nuestra forma de vivir en sociedad: quizá nunca logremos vernos a nosotros mismos sin usar los ojos de los demás. Quizá, simplemente, no sea posible.




jueves, 4 de febrero de 2021

CLUNY BROWN (firma invitada)

“Pero ¿quién te crees que eres?” es la constante pregunta a la que se enfrenta Cluny Brown a lo largo de su corta vida. Ella cree que tiene clara la respuesta y le parece tan obvia que sigue sorprendiéndose cada vez que su entorno se la hace. Sin embargo, aunque ella sabe muy bien quién es, parece que es un enigma para sus tíos o sus patrones, cuando empieza a servir en una mansión en Devonshire.

Cluny Brown es una joven alta y desgarbada que actúa con una enternecedora inocencia y aparente ingenuidad, pero que tiene muy claro lo que quiere hacer en la vida. Por eso, no tiene inconveniente en entrar a tomar el té un día en el Ritz o acude a los avisos para arreglos de fontanería destinados a su tío. A su familia, en cambio, esto le parecen extravagancias de la joven y deciden atarla en corto.

Pero ¿cómo atrapar la ligereza y meterla en un frasco para conseguir que sea grave? ¿Cómo cortarle las alas a un pájaro que tiene tan claros sus deseos de volar? Y ¿por qué someterse a lo que todos esperan de una en lugar de tomar las riendas de la propia vida, lo que una sabe que es lo mejor para sí?

Esta novela, que termina convirtiéndose en una historia de amor inusual, es una pequeña llamada de atención sobre las libertades de su protagonista, muy bien entrado el siglo XX en Inglaterra. Retrata los últimos coletazos de una clase alta que debía ponerse el frac para la cena y en cuyos almuerzos necesitaban un mayordomo y varias sirvientas para hacerlo perfecto. Es una especie de llanto nostálgico de los antiguos usos sociales y un canto a la modernidad y a la extravagancia.

Cuando la familia Carmel recibe en su casa en el campo la visita de un profesor y escritor polaco perseguido por los nazis, extienden ante él toda la frivolidad de la clase alta británica. Él acepta encantado los halagos y el buen trato y cada vez va tomando más afición a esa casa y sus miembros, incluidas las visitas. Así, se van produciendo situaciones cómicas y la trama se va enredando poco a poco. Mientras tanto, Cluny, la genial protagonista, va descubriendo cuál es su lugar en el mundo tras haber sido expulsada, sin quererlo, de su vida londinense.

Esta novela tiene una fuerza muy especial porque sus protagonistas zarandean las costumbres establecidas y hacen tambalear el sistema de valores decimonónico ya en desuso en las grandes urbes y agonizante en los inicios de la década de los 40 en el campo. Su final, tan poco predecible, la hace fresca y chispeante y el humor que desprende toda ella es de lo mejor que me ha pasado en estos primeros días de este año que promete ser tan raro como el que dejamos atrás. 




lunes, 1 de febrero de 2021

UN AÑO DE BUENAS NOCHES

Cada estación del año tiene su personalidad. Cada una esconde una promesa, regala un tesoro y se guarda una semilla en la palma de la mano. Con ella, volverá a visitarnos cuando transcurra un año y acabe su largo sueño. 

Cada estación del año tiene un sueño distinto. La primavera sueña que da vida a raíces y semillas, y con la promesa de su aliento leve, los días de invierno se pasan más rápido. El verano sueña con que el sol le acaricie y le saque a bailar, y con su calor de flores abiertas, hace temblar de alegría las alas de las mariposas. El otoño sueña dentro de una manzana, recoge pacientemente los rayos de sol y "su pelo es una puesta de sol ardiente llena de silencio y tormenta". El invierno sueña en paisajes blancos que saben a hielo y canela y lana y madera, y sonríe porque atesora bajo su manto de nieve todo lo que el verano creía eterno. 

Cada estación del año se despierta cuando las otras tres duermen. Y se duerme cuando la siguiente recoge su relevo. Siempre es así, se van siguiendo en este juego de despertares y sueños. Como tú, que mientras escuchas esta historia estás despierto, pero pronto, muy pronto, estarás durmiendo. 



jueves, 28 de enero de 2021

INSOLACIÓN

El año pasado decidí celebrar el centenario de Galdós leyendo la primera serie de sus Episodios Nacionales y dos novelas: Doña Perfecta y Marianela. Como la obra de Galdós da para muchos años lectores, este año seguiré con la segunda serie de sus episodios y con alguna novela más que se me vaya poniendo a tiro. Pero ya en sordina, en segundo plano, porque este 2021 hay otro centenario ineludible que me apetece celebrar por todo lo alto y que merece toda mi atención: el de mi querida y admiradísima Emilia Pardo Bazán. 

Y he empezado por Insolación, una novela corta que se aleja de las descripciones naturalistas de otras novelas de la autora para narrar la psicología de un tonteo, de una seducción vertiginosa que se convierte en verdadera obsesión por las apariencias. Es el retrato de un mundo que ya no existe. No existen las criadas con su avidez por los secretos de sus señoras. No existen las señoritas viudas que no pueden ser vistas del brazo de ningún hombre sin asomarse al escarnio público. No existe la tiranía que enclaustra a las mujeres en sus casas reduciendo sus opciones de vida a dos únicos caminos: el matrimonio o el convento. Ya no existe nada de eso, afortunadamente, y sin embargo hay una pulsión interior que sigue ahí, en el miedo a entregarse a otro, en el miedo a lo desconocido y a no saber encajar el torrente de los sentimientos en el estrecho habitáculo de las convenciones sociales. 

Emilia Pardo Bazán habría adorado la libertad de nuestro siglo XXI. La libertad para hacer y deshacer afectos, para ir del brazo de quien una quiera y no tener cotillas maledicentes ni en casa ni en las tertulias que inspeccionen con celo inquisidor cada arrebato. Y me la imagino feliz en este siglo nuestro tan imperfecto porque su voz me llega cercanísima, vivaz y dicharachera como si la estuviera escuchando, aquí, al oído, en cada frase arrebatada, en cada lamento y reflexión que se desparrama de los personajes. 

Aunque el contexto ya no exista, aunque hayamos evolucionado lo suficiente como para neutralizar esa presión social sobre el comportamiento sexual de las mujeres, esta historia sigue teniendo un componente que no pasa de moda. Las tradiciones pacatas basadas en la religión siguen influyendo en las relaciones amorosas, condenando aún a muchas a la clandestinidad, y a la mujer a ser "un péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida vergüenza". 

Insolación, con su costumbrismo y su retrato de un mundo extinguido, es la historia de "un sentimiento que así, a la chitacallando, aspiraba nada menos que a tomar plenísima posesión de sus dominios, a engranar en la máquina del espíritu para ser su regulador absoluto, y dirigir su marcha con soberano imperio". Y de sentimientos así, por fortuna, sigue alimentándose nuestro mundo. 



lunes, 25 de enero de 2021

TRILOGÍA EL ARCO DE LA GUADAÑA

He recomendado mucho esta trilogía en las últimas semanas. Sobre todo a adolescentes porque trata sobre la muerte. Y creo que hay pocas cosas que fascinen más a esa edad. La vida y su sentido. Las experiencias extremas. La trascendencia del amor. Lo sublime y lo eterno. Este libro trata sobre la muerte. Más concretamente sobre qué pasaría si esta desapareciera y nos volviéramos inmortales. Y qué sentido tendría la vida si de repente ya no se acaba. 

Si la función de la literatura consiste en extender los límites de la realidad en nuestra imaginación, esta novela cumple sobradamente su función. Neal Shusterman plantea dilemas morales que me han recordado a los de Saramago en Las intermitencias de la muerte. ¿Qué le pasa a una sociedad cuando deja de sufrir, cuando deja de estar insatisfecha y, sobre todo, cuando deja de tener miedo a la muerte? ¿Puede disfrutarse un placer que no se acaba? ¿Cómo devalúa un deseo el hecho de que siempre se cumpla? ¿Somos humanos porque algún día moriremos? 

Esta trilogía de ciencia ficción plantea los límites que debería tener una inteligencia artificial para servir a la humanidad sin someterla, y desarrolla una historia adictiva en la que no faltan crisis de conciencia, corrupción política, abusos de poder, religiones fanáticas, resistencia a la autoridad, catástrofes espectaculares, persecuciones, ambición, engaño y una historia de amor enrevesada por la que no apostaría ni el algoritmo más optimista. Shusterman te saca de tu realidad para hacerte pensar en el sentido que le das a aquello en lo que nunca piensas. Te señala la oscuridad para que veas los límites de la luz y te muestra lo fácil que es poner en peligro la vida de todos si sólo piensas en salvaguardar la tuya. 

Últimamente he recomendado mucho esta trilogía y me he dado cuenta de que su premisa atrae mucho a los adolescentes mientras que a sus padres les causa recelo. Sus ojos de alarma me dicen que sus "niños" de catorce o quince años no están preparados para leer sobre temas tan profundos o tan duros. Y yo siempre pienso que a esa edad son precisamente esos temas los que más les atraen porque ya no son niños, porque sus cuerpos están cambiando, sus mentes bullen de actividad febril y anhelan explorar lo desconocido hasta el final. Los adolescentes están llenos de vida, así que ¿cómo no iba a atraerles la muerte, cuando es la otra cara de la misma moneda?



jueves, 21 de enero de 2021

UNA GUÍA SOBRE EL ARTE DE PERDERSE

"No perderse nunca es no vivir, no saber cómo perderse acaba con uno". 

Perderse es malo. La propia palabra y su familia (perder, pérdida, perdido) proyectan inconvenientes o desgracias en nuestra imaginación. Perder el rumbo, perder el equilibrio, perder la confianza. Estar perdidos es una situación de la que todo el mundo quiere escapar. Porque perderse es dejarse llevar y nuestras vidas hipercontroladas nos señalan que la incertidumbre y lo imprevisible son amenazas. Que perderse siempre es un error. 

Pero, ¿quién no ha sentido alguna vez la necesidad de estar solo, de relacionarse con desconocidos para dejar de actuar según lo que la gente de siempre espera de ti? ¿Quién no ha deseado alguna vez dejar de calcular lo que va a pasar, dejar de tener la mente siempre puesta en la incerteza del futuro para abrazar con los ojos cerrados la maravilla de lo imprevisible?

Rebecca Solnit ha escrito un pequeño ensayo sobre lo que significa perderse para el ser humano, sobre sus peligros y sus bondades, sobre la inmensa libertad que proporciona y sobre la necesidad de aprender a estar perdidos para que la experiencia nos enriquezca y para poder volver sanos y salvos a nuestras vidas sometidas a las brújulas. En capítulos independientes sobre todo tipo de temas, nos habla sobre el miedo a lo desconocido, ese miedo que nos atenaza cada vez que nos enfrentamos a una situación inédita y ante el que a menudo reaccionamos con recelo. Cualquier tarea nueva, desde envolver paquetes para regalo hasta viajar solos al extranjero, se nos hace un mundo hasta que la hemos realizado dos o tres veces; a partir de la cuarta, ya forma parte de nuestra vida y la hacemos con los ojos cerrados. Solnit nos habla de nuestro miedo visceral al cambio, de nuestro rechazo total a abandonar las costumbres en las que nos hemos educado para adoptar otras nuevas y de cómo este recelo por la mezcla y la experimentación nos cierra la mente, nos priva de libertad y nos vuelve intolerantes. 

Tomando como ejemplo las vidas de exploradores como Cabeza de Vaca así como de personas cercanas a la propia autora, este libro es un homenaje a todos aquellos que nos enseñan la costumbre de transitar por senderos a los que no estamos acostumbrados y la necesidad de dejar la puerta abierta a lo desconocido. Dejemos de desconfiar de todo aquello que no nos resultar familiar, dejemos de fruncir el ceño ante todo lo que no entra dentro del estrecho marco de nuestras expectativas, y aprendamos que perderse y entregarse a lo desconocido es un arte necesario para vivir y convivir en paz. 



lunes, 18 de enero de 2021

DANIEL. VOCES EN DUELO

"Pido al dolor que persevere. 
Que no se rinda al tiempo, que se incruste
como una larva eterna en mi costado

para que de su mano cada día
con tus ojos intactos resucites,
con tu luz y tu pena resucites
dentro de mí. 

Para que no te mueras doblemente
pido al dolor que sea mi alimento,
el aire de mi llama, de la lumbre

donde vengas a diario a consolarte
de los fríos paisajes de la muerte". 


Este libro habla de dolor. Del dolor de una pérdida. De la pérdida de un hijo: la más atroz, dicen, que puede sufrir un ser humano. Dos mujeres, dos poetas, dos madres perdieron a su hijo de la misma manera. Ambos se llamaban Daniel y ambos se suicidaron. De esta improbable y terrible coincidencia nace este libro, un poemario a dos voces en el que Chantal Maillard y Piedad Bonnett nos hablan del dolor y de la pérdida, de esa cuerda tensa que cada una sujeta con una mano y al final de la cual sólo hay oscuridad. Y una feroz, muy feroz esperanza. 

Yo no puedo entender ese dolor. Pero estos poemas abren una rendija en mi intuición con la precisión brutal con la que un cirujano interna un bisturí entre dos costillas para buscar la herida, para sacar la bala, para tratar de paliar el daño, bañado el intento de sangre. 

Este libro no se puede entender. ¿Cómo entender la náusea y el miedo, "la marea del miedo / subiendo entre los juncos"? La incredulidad de "un pez que salta y ya no encuentra el agua". No, no se puede entender. Sólo cabe internarse en él sin brújula y leerlo con las manos abiertas, manos afortunadas las nuestras que no sujetan ninguna cuerda tensa hasta el abismo, para aprender que la oscuridad más profunda también tiene sus caminos, sus senderos, sus precipicios. Y que todos están hechos de lo que se esconde detrás de las palabras. 



 

jueves, 14 de enero de 2021

USOS AMOROSOS DE LA POSTGUERRA ESPAÑOLA

Me gusta muchísimo cómo escribía Carmen Martín Gaite. Su elegancia, su ironía y su perspicacia psicológica. Hay pocas novelas de la literatura española de finales del siglo XX que haya disfrutado tanto como Nubosidad variable y cada vez que vuelvo a sus libros siento que regreso a un lugar conocido que me hace feliz y que nunca me canso de explorar. 

Martín Gaite escribió este libro como una tesis, un trabajo académico con el que se proponía investigar la influencia de la guerra civil y, sobre todo, del régimen político posterior, en las relaciones amorosas. Es decir, la influencia de la política en la vida privada de los afectos. Es un ensayo al que no le falta la ironía y que parece escrito con la distancia de quien ha superado hace tiempo todos aquellas costumbres y las rescata para enseñárselas al mundo con un gesto amable y un puntito condescendiente que dice: mirad qué cosas más bárbaras nos inculcaban de pequeñas. Y lo entiendo, entiendo esa distancia. El libro se publicó en plena década de los ochenta, unos años de ruptura y libertad, y aquellas mojigaterías franquistas parecía que quedaban no sólo muy lejos, sino enterradas para siempre. Sin embargo, bien entrado ya el siglo XXI, reconozco muchas actitudes actuales en las descritas en este ensayo, y no puedo evitar leerlo no sólo como un rescate arqueológico, sino como una advertencia que parece decir: de aquí salieron la mayoría de vuestros traumas emocionales, no volváis a cometer los mismos errores. 

Este libro trata sobre el daño que la moral católica infligió en el desarrollo emocional de la generación de la postguerra. "Restringir y racionar" era la consigna que aplicó la dictadura de Franco para instruir a la gente sobre la manera correcta de gestionar su economía. Y, por extensión, de gestionar sus emociones. La manera correcta de vivir pasaba por mutilar la expresión de sus emociones con aquellas instrucciones que a casi todos nos han intentado enseñar de alguna manera: los hombres no lloran ni se muestran vulnerables ni hablan abiertamente de lo que sienten; las mujeres no alzan la voz, aspiran a un único amor para toda la vida y cargan con todo el peso del trabajo doméstico. (Hay un capítulo muy significativo en el que la autora describe cómo a los hombres la promiscuidad les vuelve sabios mientras que a las mujeres las vuelve golfas. Hoy quizá usaríamos otros adjetivos pero seguimos juzgando la actividad afectiva y sexual de hombres y mujeres por raseros bien distintos). 

A partir de los años 50 la economía prosperó y empezó a olvidarse paulatinamente del sufrimiento causado por aquella sádica doctrina del "restringir y racionar", sin embargo, aquella moral perduró en la mentalidad de amplias capas de la sociedad, millones de hombres y mujeres que siguieron transmitiendo a sus hijos la idea de que "restringir y racionar" la expresión de sus emociones (en especial si se salen de la norma o tienen que ver con su sexualidad) era la forma correcta de vivir. 

Esta educación la veo yo todos los días en la librería. Aplicada a la economía particular, a la inteligencia emocional y a todo tipo de situaciones. Es una educación basada en el sermón, en los dogmas y en los mandamientos, que dice que para casi todo hay una sola forma de hacer las cosas correctamente, una única solución buena para cada problema, y que sigue creando generaciones enteras que piensan con naturalidad que su forma de entender la vida, desde su libertad para morir dignamente hasta sus elecciones culinarias de los domingos, no sólo es la mejor, sino la única correcta. 

No sé si era el propósito último de Carmen Martín Gaite al escribir este ensayo, pero yo lo he leído como una denuncia demoledora de lo que un estado doctrinario puede hacer con la educación afectiva de la gente y cómo puede encadenar al sufrimiento a decenas de millones de personas para tratar de salvarlos de una serie alucinada de peligros imaginarios. 

Es cierto que en setenta años hemos progresado bastante. Nuestra forma de entender las relaciones amorosas en 2020 se habría considerado un insulto a la decencia y a la buena educación en 1950. Y sin embargo, parte de aquella represión emocional que era la norma entonces sigue rigiendo la educación de muchas familias setenta años después. El sexo como tabú, el gran amor único y para siempre, la maternidad como destino, la insinceridad al hablar de las emociones y la pervivencia de los roles de género siguen estando muy presentes. La sombra de este puritanismo castrador tan nacional y tan católico es muy alargada. Pero me consuela imaginar el escándalo con que juzgarán nuestras mojigaterías dentro de setenta años, cuando algún lector lea sobre nuestros usos amorosos de la era digital y se eche saludablemente las manos a la cabeza. 




lunes, 11 de enero de 2021

IRRESISTIBLE (firma invitada)

Irresistible es un ensayo que no se puede parar de leer. Lo conocimos gracias al pedido de una clienta y la premisa nos gustó tanto que le hicimos un huequito entre las lecturas de ese momento.

En esta reflexión sobre las adicciones del comportamiento, su autor, Adam Alter, psicólogo y profesor, nos muestra las claves del éxito de los videojuegos, de la tecnología vestible o de diferentes aplicaciones de nuestros smartphones para mantenernos enganchados igual que las sustancias adictivas lo hacen con quienes las consumen. De hecho, a lo largo del ensayo, en más de una ocasión se comparan algunas aplicaciones móviles con el poder adicto o de la heroína.

Si pasamos horas pendientes de nuestro correo electrónico, o tratando de pasar de nivel en nuestro videojuego favorito, no se trata de una mera casualidad. Detrás de nuestra adicción hay mucha investigación del comportamiento para mantenernos ahí y ocupar buena parte de nuestra vida en una ilusión de socialización que no es más que eso.

Alter dedica la segunda parte de su ensayo a enumerar y explicar qué ingredientes son los esenciales para “diseñar” una experiencia adictiva, entre los que se encuentran los objetivos, las recompensas, la interacción social o el progreso. Ya nos advierte en el prólogo de que los grandes creadores de “experiencias adictivas” son los primeros en no consumirlas ni dejárselas consumir a sus hijos e hijas. Como dirían nuestras abuelas: “quien evita la ocasión –yo diría la tentación–, evita el peligro”.

Este libro me ha hecho recapacitar sobre el uso abusivo que hacemos de los diversos dispositivos tecnológicos que el mercado pone a nuestro alcance para ayudarnos a vivir vidas más cómodas -contadores de pasos o calorías, correo electrónico, pequeños videojuegos que nos ayudan a desconectar–. Alter cita un estudio en el que se concluye que buena parte de los usuarios de esta tecnología no son capaces de estimar el tiempo de uso que hacen de ella y tienden a pensar que la utilizan la mitad del tiempo que en realidad emplean. Haz la prueba. Yo la hice y me sorprendí tanto que decidí dejar por unos días mi propia cuenta de Instagram e indagar en aquellos mecanismos tecnológicos en cuyas redes (nunca mejor dicho) me he dejado atrapar. 

Afortunadamente, también el autor, en la última parte de su ensayo, da pistas para aprender a hacer un uso responsable de la tecnología y evitar caer en la necesidad de las clínicas de desintoxicación tecnológica, cada vez más extendidas por nuestro enganchadísimo y "ultratecnologizado" Occidente.

Este ensayo puede ser el mejor empujón para poner en práctica uno de los más repetidos propósitos de nuevo año: pasar menos tiempo enganchados a las redes sociales y más a las relaciones sociales del contacto directo, las de las miradas a los ojos y la sonrisa sin pose. Ahora bien, ¿estamos realmente decididos a dar el paso?



lunes, 4 de enero de 2021

MANIFIESTO POR LA LECTURA

Hay tantos motivos para leer como motivos para no hacerlo. Ser librero es abrazar con devoción los primeros y aprender a respetar los segundos. A respetar y a no cejar nunca en el empeño de seducir sibilinamente a los que no leen con nuestro entusiasmo, alimentado día tras día con nuevas lecturas que nos abren las puertas de vidas siempre insospechadas. Hay muchas formas de seducción posibles. Y este manifiesto por la lectura es de las más irresistibles que han caído en mis manos en mucho tiempo. 

Irene Vallejo tiene una forma elegante y pausada de estar en el mundo. Transmite entusiasmo con una facilidad encantadora y no tiene que esforzarse mucho para atraer a cualquiera a la magia de sus palabras. No sé lo que es, en realidad. No sé qué extraña mezcla de fragilidad y pasión, de sencillez y resistencia, consigue este extraño sortilegio. Pero cuando uno la escucha se siente reconfortado y admirado. Y convencido de que las palabras, sobre todo si las pronuncia ella, no pueden ser sino un "hechizo cargado de futuro". 

La poesía y la belleza son los mimbres con los que está hecho este manifiesto por la lectura, por una forma de vivir que con cada libro cambia y se enriquece: la única forma que los lectores conocemos e imaginamos. En los libros aprendemos que lo imposible debe ser soñado para convertirse en realidad. Sin sueños no seríamos capaces de amar, de aspirar a algo mejor, de superarnos, de tratar de alcanzar algún tipo de felicidad. Sin sueños sólo aspiraríamos a lo posible y nuestra vida estaría cerrada a cal y canto por la estrechez de la realidad. Sin sueños no podríamos vivir como vivimos. Y no se me ocurre medio guardián ni mejor medio de transporte para los sueños que los libros. 

"Los libros son albergues de la memoria, espejos donde mirarnos para poder parecernos más a lo que deseamos ser. Estos frágiles universos son nuestra fortaleza". Hay tantos motivos para leer como motivos para no hacerlo. Pero leyendo a Irene Vallejo, uno rápidamente se olvida de los segundos y llega a preguntarse, con genuino asombro, si en realidad alguna vez existieron. 



miércoles, 30 de diciembre de 2020

EPISODIOS NACIONALES, PRIMERA SERIE

Empecé en enero. Me dije: es el año de Galdós, vamos a empezar por el principio. Y como Galdós es demasiado bueno para tener un principio, decidí que había que ser valientes y empezar a hincarle el diente a su obra más grande. Uno al mes, con dos meses de comodín para descansar, y en cuatro años me liquido sus episodios nacionales. Y aquí estoy, a un día de terminar este 2020 de infausto recuerdo para rendir cuentas de cómo Galdós ha contribuido a volver menos infausto y más especial. 
Mi madre siempre dice que ella empezó a amar la historia gracias a los episodios de Galdós. Ya, pero eran otros tiempos, dirán algunos, hoy no hay nada que pueda meterles a los jóvenes en sus duras molleras audiovisuales el amor por la historia sin pasar por un videojuego. Pues no lo creo, oye. Galdós me sigue inyectando en vena la misma exaltación que la primera vez que leí Trafalgar, siguiendo el consejo materno, con veinte años. La misma pasión, la misma adrenalina. Y ahora, además, una admiración adulta rendida a la capacidad de este hombre para transmitir no ya pasión por la historia, sino asombro por la infinita variedad de las conductas humanas. 

¿Por qué me gusta Galdós? Porque no soporta la guerra aunque le fascinen sus héroes. Porque ama su país y no soporta verlo en manos de corruptos. Porque es capaz de mantener la saludable ironía siempre alejada del sarcasmo. Porque es cosmopolita y carga contra los gobernantes que "impulsan a odiar a los extranjeros, que convierten a los diferentes en enemigos y siembran la envidia entre semejantes". Porque sus libros consigan que problemas políticos e ideológicos de hace ciento cincuenta años suenen dolorosamente actuales. 

Si tuviera que quedarme con un episodio, en realidad me quedaría con dos. El segundo, La corte de Carlos IV, por ese retrato acidísimo de las intrigas palaciegas de una corte decadente y miserable a través de la representación de una obra de teatro. Y el último, La batalla de los Arapiles, en el que la batalla es lo de menos, y lo de más, sin duda alguna, Miss Fly, una inglesa aventurera ("mujer relámpago, hechicera, lindísima") con la cabeza llena de novelas de aventuras, libre de ataduras masculinas, que recorre una España en guerra buscando la realidad de sus sueños románticos y cuyo mayor defecto es que no haya aparecido antes.  

Estos diez primeros episodios que componen la primera serie van de 1805 hasta 1814 y relatan los principales hechos históricos de la guerra de la independencia desde el punto de vista de Gabriel de Araceli, un chico humilde con un porvenir inimaginable por delante. Hay aventuras y hay amor, como en toda narración histórica que se precie. Hay mucha crítica social y mucha guasa. Hay agudeza psicológica y desparpajo. Y una mirada tan inteligente y generosa que no tengo duda alguna de que 2021 me sorprenderá con el mismo propósito que este año: un libro al mes de la segunda serie para seguir disfrutando de uno de mis escritores favoritos y de su inigualable punto de vista sobre nuestra apasionante y desdichada historia. 



 

lunes, 28 de diciembre de 2020

LOS EUROPEOS

¿Cuándo fue la primera vez que nos sentimos europeos, que pensamos que podíamos formar parte de algo más grande que nuestro pueblo, nuestra ciudad o nuestro país? Orlando Figes defiende en este ensayo que fue a partir de la década de 1840, gracias a la capacidad del ferrocarril para conectar a personas de distintos países en muy poco tiempo, y que fue a través de la cultura, que derribó las fronteras que los nacientes nacionalismos estaban intentando levantar y creó una forma común e internacional de entender el arte, la civilización y los valores. 

Damos por hecho la existencia de los trenes, pero la revolución social y económica que trajeron a la vida cotidiana de las personas es casi equiparable a la invención de internet. En 1840 se tardaban tres días en diligencia para ir de París a Bruselas. Diez años más tarde, la misma distancia se recorría en apenas doce horas. Esto abrió el comercio internacional a un mundo de posibilidades inconcebible unos años antes, y también permitió a un número considerable de europeos recorrer otros países con facilidad, conocer formas de vida distintas, ampliar sus horizontes culturales y, en definitiva, reconocerse en sus rasgos comunes.

Orlando Figes ha elegido las vidas del escritor ruso Iván Turguénev, la cantante Pauline Viardot y su marido y empresario cultural Louis Viardot para ejemplificar este nacimiento de la cultura europea común. Los tres encarnan el espíritu de esta Europa abierta y cosmopolita que se nutrió de las aportaciones culturales de muchos países. Los tres vivieron en Francia, España, Rusia, Reino Unido y Alemania y viajaron ampliamente por el resto del continente. Actuaron como intermediarios culturales y promovieron la obra y la carrera de artistas, escritores y músicos de toda Europa. Y los tres, además, formaron un triángulo amoroso intenso y apasionado que duró toda su vida y se basó en un respeto y admiración mutuas que pocos en su época llegaron a entender. 

Los tres tenían la capacidad de sentirse como en casa en Berlín, París, Londres, Roma o San Petersburgo. La Europa que habitaban "era una civilización internacional, una república de las letras basada en los ideales ilustrados de razón, progreso y democracia. Eso era lo que quiso decir Turguénev cuando proclamó: "soy europeo y amo a Europa; pongo mi fe en su insignia, que he portado desde mi juventud"". 

A finales del siglo XIX, y a pesar de la guerra franco-prusiana de 1870, que avivó los nacionalismos y destruyó parte de la confianza en la cultura abierta y cosmopolita que tanto había enriquecido al continente en las tres décadas anteriores, se había producido tal grado de intercambio cultural entre los países europeos que a menudo no era posible distinguir lo que era "auténticamente nacional" de lo que era foráneo o internacional. En la década de 1880 se terminó de fijar el canon cultural. La música que había que escuchar, el arte que había que ver y la literatura que había que leer para acceder a la alta cultura se volvieron comunes en buena parte del continente y se han mantenido hasta hoy. 

La ilusión por una cultura europea universal que se olvidara definitivamente de sus fronteras se vino definitivamente abajo con el estallido de la primera guerra mundial. Europa se volvió a dividir en dos bandos y la xenofobia volvió a regir las relaciones humanas y a estrangular el cosmopolitismo, ese mundo cultural esplendoroso en el que se educó Stefan Zweig y que con tanta nostalgia retrató en El mundo de ayer

Turguénev pensaba que, ante todo, los rusos eran europeos. La expresión de su carácter nacional debía estar subordinada a su cosmopolitismo, interiorizada en su arte, no ondeando como un estandarte. Esa era la razón por la que consideraba grande el arte de Pushkin, de Tolstói o de Chaikovsky, porque poseían un carácter ruso que no militaba contra su propio carácter europeo". 

Y creo que hacía mucho tiempo que no me identificaba políticamente con un escritor tanto como me he identificado con estas ideas de Turguénev. Siempre me he sentido sobre todo europeo. Siempre he pensado que mi nacionalidad era una circunstancia menor, un detalle administrativo y lingüístico, y que ninguna bandera podía definirme si no incluía también un ramillete de al menos diez banderas más con cuyos países me identifico. Siempre he pensado que no sólo es la mezcla lo que nos enriquece, sino que sin mezclarnos nos volveríamos locos y nos extinguiríamos. Y, como Turguénev, siempre defenderé que es el intercambio cultural lo que nos permite ser quienes somos, convivir con los demás de una forma civilizada y aspirar a una vida feliz. 

En estos tiempos de nacionalismos en auge y de millones de personas entregándose sin pensar a la furia xenófoba, este libro es una celebración a la vez que una advertencia: contemplad la gloria que creamos cuando nos olvidamos de las fronteras y miramos a los demás con curiosidad; y recordad que toda gloria se acaba cuando nos olvidamos de que necesitamos a los que no son como nosotros para vivir.