lunes, 13 de junio de 2016

CUADERNOS JAPONESES y CUADERNOS RUSOS

¿Qué tienen en común los mangas japoneses con la Rusia de Putin? ¿Y el silencio de los templos sintoístas con la brutalidad enloquecida de la guerra de Chechenia? 
Pues absolutamente nada, excepto un historietista italiano llamado Igort que ha escrito dos espléndidos cuadernos ilustrados para contar su experiencia con estas dos realidades tan opuestas. 

Japón es un sueño. Una fascinación. Tengo amigos que llevan planeando un viaje a Japón desde hace años, que fantasean con los recorridos, la gente, la comida, con el frenesí de las grandes ciudades y luego, la calma de los templos y los bosques sagrados. Tengo amigos que ya han ido y ahora sueñan con volver a pisar los mismos caminos que recorrieron, con descubrir nuevos lugares y hacer las etapas que no tuvieron tiempo de hacer. 

Japón engancha. Por la gente, las costumbres, la comida. Por miles de cosas. Y también por el arte. Para Igort, Japón encarnaba un ideal artístico. Y terminó por ceder a esa atracción y marcharse a vivir a Tokio una larga temporada a principios de los años noventa. Allí aprendió el silencio de los templos, se desprendió de todas esas cosas superfluas que creemos necesitar para vivir, adelgazó doce kilos y dibujó, dibujó y dibujó como si no hubiera un mañana. 

Con colores neutros, tonos pastel, suaves, sin brillo, Igort nos cuenta sus años japoneses, cómo se sumergió en el Japón clásico de Tanizaki y Mishima, en aquellas costumbres ancestrales de la sombra y la ambigüedad, de los monjes zen, la introspección y los barrios adormecidos en una burbuja atemporal. Pero también se introdujo en la industria del manga y experimentó en sus carnes las exigencias de un ritmo de trabajo agotador: 160 páginas cada dos semanas, con breves pausas para pasear, comer y dormir, un ritmo que produjo unas historietas infantiles que triunfaron por todo el país y lo convirtieron en un autor de manga famoso. Y durante toda la década de los noventa vivió con un pie en Europa y otro en Japón, alternando el frenesí de los ritmos de trabajo con el recogimiento de la vida solitaria, bebiendo la influencia de los grandes dibujantes de manga (Osamu Tezuka, Yoshiharu Tsuge, Shigeru Mizuki) y alimentando la idea de Japón que siempre llevó consigo, desde que germinó como un deseo en su juventud hasta que pudo probarla en sus múltiples variantes durante sus estancias allí: la idea de un misterio, febril y pausado, que se renueva constantemente. 

Otro misterio que no deja de evolucionar, en este caso a través de la violencia y su tentación totalitaria, es la Rusia de Putin. Mientras que los Cuadernos japoneses son introspectivos, íntimos, centrados en el arte y la fascinación por una cultura inaprensible, los Cuadernos rusos rinden un furioso homenaje a Anna Politkóvskaya, periodista rusa crítica con el régimen que fue asesinada en 2006 por atreverse a denunciar las violaciones de los derechos humanos en su país. Aquél era un cómic onírico. Éste es un cómic político. Rusia nunca ha sido un país que acepte las quejas. La represión de los zares dio paso a la represión de los soviets y esa aparente bocanada de aire que se respiró en medio mundo a partir de 1989 con la disolución de la URSS se ha quedado lamentablemente en un mero espejismo. 

Anna Politkóvskaya se comprometió con Chechenia, esa república caucásica musulmana que quiso independizarse de Rusia en 1993 y que fue sometida a una invasión militar durante la década siguiente en dos guerras que causaron una destrucción en su territorio como no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial. Grozni, su capital, quedó reducida a escombros, de una manera similar a Dresden tras los bombardeos aliados en 1945. Y Anna fue allí en repetidas ocasiones para denunciar desapariciones, secuestros, torturas, asesinatos, saqueos y violaciones del ejército ruso. Sus crónicas contienen tantos datos espeluznantes que parecen inverosímiles. Uno las lee y piensa: "no, no es posible, esto no puede estar pasando en pleno siglo XXI en las puertas de Europa". El gobierno ruso siempre ha jugado con la incredulidad de la gente para difamarla, para acusarla de proteger a terroristas con mentiras con el fin de hundir la moral de los soldados. Con la connivencia de los altos mandos, Anna fue retenida en el frente, interrogada durante días y sufrió una simulación de ejecución por parte de las fuerzas militares rusas. La envenenaron cuando se dirigía a mediar en el secuestro de la escuela de Beslán en 2004, pero se recuperó y siguió informando y denunciando las atrocidades del gobierno de Putin hasta que fue tiroteada en el ascensor de su piso en octubre de 2006, en circunstancias que nunca llegaron a aclararse del todo. 

Contra la difamación, el método de Anna era simple: hechos, hechos, hechos. Contar lo que oía y lo que veía y contrastar la realidad con datos incontestables. Si a su rigor periodístico le sumamos su enorme capacidad de empatizar con las víctimas de las historias que quería contar, se entiende que fuera tan admirada dentro y fuera de su país, que recibiera premios internacionales por su trabajo y que el gobierno ruso no dejara ni un solo momento de acosarla. 

Igort ha escrito un homenaje a Anna Politkóvskaya y, a través de ella, a todos los periodistas que se dejan la piel y la vida para denunciar crímenes institucionales contra las personas. Sólo espero que este cómic siga durante mucho tiempo en las estanterías de las librerías, que lleve a los lectores a buscar los propios textos de Anna, precisos y estremecedores, y que anime a todos los que lo lean a denunciar, de la forma que sea, a los gobiernos que, como el ruso, amenazan, torturan y asesinan a cualquiera que alce la voz contra sus prácticas criminales. 



viernes, 10 de junio de 2016

LA REGENTA

Por favor, acompáñenme. Cójanse un par de semanas de asueto, aparquen sus series y sus cervecitas pre-veraniegas en la terraza y vénganse conmigo a esta ciudad.
Vetusta, la llaman. Vetusta, qué nombre. Un nombre que da escalofríos, noble y perezoso, un nombre para susurrar en una esquina, con sonrisa maliciosa, al paso de una pareja que pasea sus mentiras por el parque, donde todos puedan verlas. Un nombre de siesta heroica y costumbres eclesiásticas, un nombre a la sombra de su catedral de piedra húmeda. Y ya puestos, entren y suban, suban conmigo a la torre y tomen este catalejo, desde aquí verán Vetusta como si fueran dioses manejando los hilos de esas pobres marionetas que, como hormigas ciegas, se afanan sin descanso allá abajo.

Miren, justo aquí debajo, en la plaza, ya salen los canónigos del coro, rumiando sus bostezos como buenos funcionarios. Ya sale también el magistral, don Fermín de Pas, confesor de la Regenta, manteando sus ropajes para subrayar su mística importancia, quizá de camino a una reunión en casa de la condesa, ocultando su furioso deseo de atraer a su confesante a la ambigua cercanía de su amor de clérigo. En casa de la condesa, precisamente, triunfa el bigotito fino y airoso del donjuán Álvaro Mesía, objeto de deseo de toda mujer casada o soltera, y un poco más allá, en faenas de huerta, tenemos al regente, Víctor Quintanar, dedicado a sus labores inocentes con las que tiende a olvidar que nunca ha conseguido llevar a término sus esfuerzos amorosos..., ni siquiera con su mujer. Y por último, si suben un poco la mirada y deslizan el catalejo por el balcón, se encontrarán con la bella y pálida Ana Ozores, la Regenta, vértice de un triángulo imposible, que a ratos olvida su infeliz matrimonio disfrutando de la voluptuosidad de las sábanas frías sobre su piel desnuda, placer del tacto que en su inadvertida naturalidad, nunca ha pensado que pueda llegar a ser "materia de confesión".

Vengan, bajen conmigo de la torre de la catedral y síganme hasta el caserón de los Ozores. Allí verán que de vez en cuando Ana se permite soltar el freno que sojuzga su pasión y se entrega a ensoñaciones poco virtuosas. Mientras su ingenuo esposo sale de caza, La Regenta sueña con don Álvaro cantando arias italianas, con andares mundanos, paseos y veladas, siente anhelos místicos y su pecho sufre corrientes de ternura capaces de anegar el mundo entero. Suspira con Santa Teresa y con la voz de barítono de su confesor, su amado "hermano mayor", varonil guía espiritual que siempre la salva de sus crisis nerviosas y su vida aprisionada. Ana sueña con un amor completo, un amor que no conoce pero que tiene que aspirar a ser algo más que esta vida a medias que le ha tocado. Sueña con una vida más libre donde las personas que la rodeen no estén tan concentradas en su propia estupidez, sujetas a su vulgaridad por una rutina carcelaria. Una vida libre de etiqueta, esa etiqueta que en Vetusta gobierna el mundo y garantiza el orden público, el descanso de las señoras, el correcto discurrir de las estaciones del año y hasta la armonía celeste. Porque suprimida la etiqueta, sin duda "las estrellas chocarían y se aplastarían" y aquella mujer que se atreviera a tamaña afrenta no sobreviviría a su osadía.

Leopoldo Alas "Clarín"

Y ahora, una vez que han conocido desde las alturas y desde los interiores a esta pobre Regenta, enclaustrada en la épica cárcel de Vetusta, háganme caso y déjense llevar por la prosa milagrosa de este treinteañero de seudónimo marcial, demórense en las descripciones, en la búsqueda de la psicología de cada uno, cavando más y más hondo con las palabras para alcanzar los niveles profundos, allí donde el drama se vuelve complejo y a veces ininteligible, enredado en múltiples anhelos de densidades temibles. Déjense tentar como Ana que, agarrada a los barrotes de esa jaula en la que vive, hecha de prohibiciones, acaricia la tentación como su única posesión verdadera, su único placer. Déjense deslumbrar por el virtuosismo de su lenguaje, por los juegos florales de su prosa, colorida, precisa, audaz, genial en sus metáforas suaves y crueles. Déjense seducir por este narrador que todo lo sabe, que mientras parece apiadarse de las flaquezas de sus pobres personajes, va soltando sus burlas y su sorna hasta armar una crítica irónica y despiadada de una sociedad podrida de corrupción moral e hipocresía, que "arde en el santo entusiasmo de la maledicencia".

La Regenta es una novela sobre la intimidad silenciada. Sobre los anhelos que el pudor sofoca y que permanecen siempre ocultos, detrás de cada gesto y cada palabra, creciendo y creciendo hasta volverse insoportables y llevar a una mujer sensible, que siempre ha amado más que creído, al borde del terror y la locura.
Por favor, acompáñenme en este viaje.
Les prometo dulces recompensas.



martes, 7 de junio de 2016

UN LARGO SÁBADO

Las 139 páginas de estas conversaciones con George Steiner se me han hecho muy cortas, tanto que cuando las terminé, empecé el libro de nuevo por si acaso se me había pasado alguna de las múltiples cosas interesantes que me había contado a través de la periodista Laure Adler. Casi nunca releo, en este caso lo sentí necesario, y en la segunda lectura he apreciado cosas que en la primera me pasaron desapercibidas.

El espíritu vienés lo ha heredado Steiner fundamentalmente de su madre, una gran dama que además de su lengua materna, dominaba el francés, el húngaro, el italiano y el inglés, y le inculcó el gran amor que siempre ha sentido por los idiomas, y también por la música. 

Este libro recoge entrevistas realizadas desde el año 2002 hasta el 2014 y nos va contando una infancia feliz pero marcada por una grave afección que le dejó un brazo prácticamente pegado al cuerpo y que le ocasionó gran sufrimiento por los tratamientos dolorosos. En esa época, tenía entre tres y cuatro años, su madre le dijo: "¡Tienes una suerte increíble! Gracias a esto te librarás del servicio militar". Esa conversación cambió su vida y tener una madre con esa mente privilegiada, no me cabe duda, le proporcionó la seguridad sobre la que pudo edificar una carrera y una vida de éxito.

Steiner provoca con su ironía y su inmensa cultura, con sus bromas inteligentes y mordaces, haciéndonos reflexionar sobre temas con los que no siempre estaremos de acuerdo. Analiza partes de la Biblia y coincide con Karl Kraus en que el psicoanálisis es la única cura que ha inventado su propia enfermedad.

En otros momentos confiesa: "el libro, la música o el cuadro me dicen: ¡debes cambiar tu vida! Tómame en serio. No estoy aquí para ponértelo fácil", o "la experiencia de un libro es la más apasionante y a veces la más peligrosa" o "tener libros en propiedad es necesario para poder hacer anotaciones, no hay nada más fascinante como las notas marginales que escribieron los grandes escritores".

Es un libro ameno que toca muchos temas históricos y literarios. Sobre la lectura nos dice que "donde reinó el catolicismo, la lectura nunca fue bienvenida, en Italia entre Milán y Bari, en el sur, no hay más que quioscos, ni una librería seria" (quizá exagera algo) o "la lectura requiere ciertas condiciones, presupone silencio y el silencio se ha convertido hoy en un lujo". Hace un repaso por su experiencia en las mejores universidades americanas, por esa juventud privilegiada que pudo disfrutar gracias a que su padre, con una visión anticipada, escapó de la Europa nazi como hicieron muchas familias judías que supieron prever el cataclismo que se avecinaba.

Es un recorrido más que interesante por todos los campos de la cultura de la mano de un irreverente profesor que desearíamos tener como referente en nuestra vida.


jueves, 2 de junio de 2016

Editoriales afines (IV): Impedimenta

Va a hacer ya nueve años que vimos un libro de Impedimenta por primera vez. Y siempre recordaré la sorpresa al descubrir que la sobrecubierta se podía quitar y por debajo se escondía la misma ilustración de la portada pero en vertical y sobre toda la superficie del papel. El libro ya no parecía un libro, se había transformado en algo delicado y bello, en una pequeña obra de arte. Con el tiempo alguna editorial ha intentado hacer cubiertas parecidas, sin demasiado éxito, y muchas han empezado a cuidar los materiales y los diseños, siguiendo la estela marcada por Impedimenta en la elección de una estética más cuidada como seña de identidad. 

Es difícil establecer escalas de belleza. El libro más bello hoy puede parecernos menos bello mañana porque los gustos cambian o porque aparece un diseño nuevo que desbanca la anterior idea de belleza. Antes de 2007 poca gente se preocupaba por la belleza de los libros. No hay más que ver fotos de las mesas de novedades de entonces: sobriedad monocromática y ninguna ilustración. Y apenas diez años después, las nuevas editoriales pequeñas, con Impedimenta a la cabeza, no solamente han introducido borbotones de creatividad y de color en el panorama editorial, sino que han dirigido el gusto de los lectores hacia una exigencia de tacto y estética que antes habría sido impensable. 

Nos gusta Impedimenta por muchos motivos. El sensorial es el primero. El tacto del papel, las cubiertas, las ilustraciones, los colores. Arrellanarse en el sofá, mirar bien la portada, leer la contraportada y pasar la primera página de un libro suyo es un placer comparable a muy pocos. Y por supuesto, la selección de obras que traducen, tanto los clásicos como los autores contemporáneos. Edith Wharton reina en su catálogo con cinco títulos, de los que me gustó especialmente la exquisita elegancia de La solterona. También leí con delectación La solitaria pasión de Judith Hearn, maravilla turbadora de Brian Moore, un autor irlandés menos conocido de lo que merece, que recomiendo a todo aquel que quiera adentrarse en los estragos que puede causar la soledad en una mujer débil y honesta que esconde en lo más profundo de su inocencia, como la mayoría de nosotros, una inconfesable y abrumadora necesidad de afecto. Y por último, sus libros infantiles editados en la colección La pequeña Impedimenta, de la que hace unos días reseñamos El viaje, una forma inmejorable de contar a los más pequeños las vidas de los refugiados a través de las travesías de un niño que tiene que dejar su hogar y su país.  



Impedimenta. Editorial admirada y afín como muy pocas. Por la delicadeza, exquisitez y belleza de sus diseños. Y por hacernos descubrir clásicos modernos que al instante se vuelven imprescindibles. 


martes, 31 de mayo de 2016

TEA ROOMS. MUJERES OBRERAS

Un salón de té. Madrid. Años treinta. Un grupito de dependientas se afana tras los mostradores rellenando botecitos de leche, puliendo superficies, atando paquetitos de pasteles y sonriendo solícitamente a todas las señoras, señoritas y señores que reclaman sus caprichos. Es un arte, el de la actitud obsequiosa. Sí, señora; por supuesto, señor; ahora mismo, señorita. Un arte, el de dar siempre la razón y apoyar los argumentos de cualquiera con monosílabos comprensivos, digan los disparates que digan. Diez horas diarias, cansancio y tres pesetas. Y cuando nadie escucha, murmuran, qué vergüenza, me duele todo, y ahora, media hora de metro, y en casa, la colada y la cena. No les da el sueldo para nada, pero ninguna protesta, porque total, qué van a conseguir, que las echen, y con lo difícil que es encontrar un trabajo, con esta crisis que no levanta...

Bajan la cabeza pero no pierden la sonrisa, y cumplen joviales y alegres sus jornadas agotadoras. Muchachitas obreras, acostumbradas a la dureza de una vida precaria, apenas empiezan a ser conscientes de que los sindicatos, lejos de ser esos centros de corrupción donde nacen los terroristas - que dicen los curas y las beatas -, pueden protegerlas y hacer de portavoces para sus penas cotidianas. Apenas empiezan a vivir y aún se resisten a creer que la sociedad pronto vaya a obligarlas a elegir entre el matrimonio y la prostitución, entre la sumisión al marido o la sumisión al amo explotador. Y sueñan, en las pausas sin gente detrás de los mostradores, quizá con las miradas de algún cliente guapo que dice ser actor, o incluso alguna fantasea con la posibilidad de estudiar, de emanciparse a través de la cultura, sin darse cuenta de que las únicas que realmente pueden hacerlo son las hijas de los propietarios, de los empresarios, de los ricos, precisamente las únicas a las que no suele preocuparles en absoluto eso de la emancipación. 

A veces contemplan manifestaciones tras los escaparates. Huelgas de obreros, incluso, siempre reprimidas a golpes por "los de asalto". Se palpa la tensión, entre puddings y pastelitos. Se lanzan discursos. Se pone el acento en palabras como proletariado, esperanza, pueblo, revolución. Se exaltan los ánimos. Brillan los ojos cuando se habla de Rusia. Y ya las palabras se convierten en símbolos, en contraseñas, en armas arrojadizas o en contenidos nuevos y modernos para un nuevo credo, aunque ninguna se entienda mucho mejor que las del credo viejo, ni se correspondan con ninguna verdad demostrable. Pero al fin y al cabo, la sociedad se divide entre los que cogen el ascensor y los que utilizan la escalera trasera. Y estos últimos han decidido que ya está bien de ver el ascensor siempre desde abajo. 

Luisa Carnés
Luisa Carnés. ¿Les suena? 
A mí tampoco. Lo primero que me gustó de ella fue esa ceja levantada con la que expresa tantas cosas sugerentes en la foto. Ceja altiva, seductora, irónica. Ceja resabiada, petulante y encantadora. Ceja de mujer que sabe que no quiere sumisiones. Después me gustó que fuera una escritora y periodista de la generación del 27, esa generación estelar de la literatura española en la que nunca supimos que también había habido mujeres. Me gustaron la edición de Hoja de Lata, estos editores estupendos que no me canso de elogiar, y el tema de la novela: la lucha obrera en unos años de convulsiones sociales que desembocarían en la guerra. Y cuando ya me puse a leerlo, me enamoró el decorado, ese salón de té refinado de la capital, un verdadero personaje más de la novela en el que caben todas las intrigas, los dramas y las alegrías cotidianas de un grupito de dependientas que sobreviven alegremente a sus esclavizantes condiciones laborales. Y me enamoró la narradora, cuya voz, preciosista en sus adjetivos y chispeante en los diálogos, se entremezcla con la de Matilde, su protagonista, para armar una historia coral femenina de mujeres obreras en los albores de una revolución que apenas empiezan a intuir. 

Últimamente han salido a la luz las vidas de muchas mujeres creadoras que convivieron con la generación masculina del 27 pero que por diversas circunstancias no llegaron a conocerse. Si todos los textos que se van a rescatar de estas creadoras tienen la calidad de esta novela de Luisa Carnés, nos vamos a dar un festín literario colosal. 



lunes, 30 de mayo de 2016

EL VIAJE

La Pequeña Impedimenta nos trae un regalo muy especial, El viaje, de Francesca Sanna, un álbum infantil precioso con unas ilustraciones que serán la admiración de todos los niños que tengan la suerte de disfrutar de este libro. Pero ese, con ser grande, no es el mayor mérito de este viaje. Su principal valor está en la historia que nos cuenta.


De forma delicada, unos niños en zona de guerra van relatando el viaje que su madre les presenta como una gran aventura en busca de la paz que en su país no tienen. Es la peripecia de una familia para escapar de la tragedia y el caos. La autora escuchó el relato de dos muchachas que se encontraban en un campo de refugiados de Italia y de sus palabras dedujo una historia profunda que le llevó a hacer infinidad de entrevistas a inmigrantes de diversas nacionalidades. Este libro pretende ser una síntesis de todas las historias que escuchó de aquellos que tuvieron que abandonar su hogar, realidad que todos los días desde hace más de un año contemplamos con impotencia.

Más de un millón de personas, solo en 2015, se vieron obligadas a arriesgar su vida para emigrar, en la mayor crisis migratoria y humana que ha habido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, principalmente de Oriente Medio por conflictos armados, pobreza o violaciones masivas de los derechos humanos. La explotación de los más vulnerables, mujeres y niños, por las mafias es una constante. 

Este maravilloso libro nos ayuda a tomar conciencia y es un instrumento perfecto para contar a los niños ciertas realidades, con una gran ternura.


jueves, 26 de mayo de 2016

AQUÍ VIVIÓ. HISTORIA DE UN DESAHUCIO

Esta es la primera novela gráfica de Isaac Rosa y Cristina Bueno, una historia necesaria que denuncia uno de los problemas más graves que ha desatado la crisis financiera: la lucha por el derecho a una vivienda digna. El dibujo es sencillo, emotivo, me recuerda, en mi incultura gráfica, a mis cómics de infancia, con cierto aire a Tintín, con esos trazos esquemáticos e infantiles. Sin embargo, no hay nada infantil en lo que transmiten, van directos a la emoción y a la tragedia. El uso masivo de un color azul verdoso da la sensación de ver la historia a través de un cristal de botella, como desde lejos en el tiempo, y uno acaba leyendo la novela como una narración intemporal. 

La historia es conocida. Ramón y Ana piden una hipoteca para comprar una casa. Tienen una hija, Alicia. Se quedan en paro. No encuentran trabajo. Al cabo de un tiempo, ya no pueden pagar la hipoteca. El banco se queda con el piso, y ellos, con la deuda. Se van a vivir con la abuela Carmen, que no había dudado en avalarles con su casa cuando pidieron la hipoteca. Como siguen sin poder pagar la deuda, el banco se queda también con el piso de Carmen. Y todos, Alicia, Ramón, Ana y Carmen, a la calle. Pero la familia de esta historia es tenaz. Obstinada. Y van a ver al cerrajero que cambió la cerradura del piso de Carmen, le plantan un montoncito de billetes de veinte y consiguen una copia de la nueva llave de su antiguo piso. Vuelven a su casa. Sin luz. Sin calefacción. Sin teléfono. Escondidos. Esperando que el banco tarde mucho tiempo en volver a prestar atención a ese piso vacío. Que ellos aún consideran suyo. Así podrían pasar muchos meses. Años, incluso. Ya se sabe que los bancos no tienen problema en tener miles de pisos vacíos mientras la gente no tiene dónde vivir.

Todo esto de vivir encerrados, sin hacer ruido, a Carmen le recuerda la historia de su padre, uno de los llamados "topos", soldado republicano que, al volver de la guerra, se escondió en una buhardilla durante dos años por miedo a las represalias. Y cuando salió, no pudo librarse de una paliza y tres años de cárcel. Cuenta la historia con una sonrisa triste, recordando el aislamiento y el miedo, tan parecidos a estos de hoy, esperando un final menos cruel para su familia desahuciada. 

"Cuando uno camina por la calle no lo ve, a veces no sabes ni lo que pasa en tu propio edificio". Las historias terribles que se esconden tras las paredes. Historias de dramas invisibles. Porque, ¿cómo contar la humillación que supone que te echen de tu propia casa? ¿Aceptar la miseria, la expulsión de la sociedad en la que vivías, las miradas de recelo o de compasión que establecen distancias insalvables, la condición de desahuciado, de paria?

Cuando uno camina por la calle no lo ve, pero todas las ciudades de España están salpicadas de puntos que marcan los desahucios, puntos como heridas por las que una parte de la sociedad se rompe. Unir todos esos puntos y hacerlos visibles es una labor difícil y sensible, una labor necesaria para entender cómo funcionan los bancos, cómo naufraga el derecho de las personas a una vivienda digna (artículo 47 de nuestra Constitución) cuando los intereses económicos están por encima de los derechos de las personas. Una labor que hacen las redes de los afectados por la hipoteca e historias como esta. Y tú, y yo, cuando hablamos de ellas y las denunciamos. 



lunes, 23 de mayo de 2016

ANTE TODO NO HAGAS DAÑO

Con una franqueza a veces aterradora, uno de los mejores neurocirujanos británicos, Henry Marsh, ha escrito una fascinante autobiografía profesional, en clave de confesión, que nos acerca a ese misterio que es el cerebro humano, sustrato de todo pensamiento y sentimiento, de todo lo que es importante en la vida humana, misterio que a Marsh se le antoja tan grande como las estrellas por la noche y el universo que nos rodea.

Son confesiones que perturban porque nos hacen experimentar la angustia del camino que los cirujanos tienen que recorrer para conseguir una destreza y aptitud que en tantos casos salvan la vida y, quizá más importante, la calidad de esa vida, pero en su trayectoria de iniciación dejan terribles secuelas por errores milimétricos que suponen la diferencia entre vidas autónomas y discapacidades a veces gravísimas, como nos detalla en algunos de los relatos.

La burocracia en el Servicio Nacional de Salud inglés le da para muchas anécdotas, algunas de humor negro y otras de enfados sonados.

Palabras del Dr. Marsh que suscitan reflexión: "La neurociencia nos dice que es altamente improbable que tengamos alma, pues cuanto pensamos y sentimos no es ni más ni menos que el parloteo electroquímico de nuestras neuronas. Nuestro sentido de la identidad, nuestros sentimientos y pensamientos, el amor que mostramos a los demás, nuestras esperanzas y ambiciones, nuestros odios y temores, todo eso muere cuando el cerebro muere. Mucha gente se niega a admitir este punto de vista, pues no solo nos priva de una vida más allá de la muerte, sino que parece reducir el pensamiento a mera electroquímica, convirtiendo nuestros cuerpos en simples autómatas, en máquinas de carne y hueso. Esa gente se equivoca de medio a medio, pues lo que hace en realidad es elevar la materia a cimas infinitamente misteriosas que no comprendemos". Palabras de alguien que conoce mejor que la mayoría los entresijos de nuestro cerebro.

¡Apasionante el relato y todo lo que de él extraemos al cerrar sus páginas! 



viernes, 20 de mayo de 2016

LOS AMORES DIVERSOS

Es bonito leer un libro, conocer a su autor y que la admiración nacida de la lectura se mezcle con la admiración producida por la conversación. No sucede a menudo. Es un raro privilegio. Que la persona que escribe esté a la altura de la persona que habla. Y al revés. Y no solamente que esté a la altura, sino que una complemente a la otra y la enriquezca y ya no puedas elegir cuál prefieres porque ambas forman parte de un todo. Lo que me admira de Fernando J López es precisamente la variedad de voces que posee. En cada libro parece un escritor nuevo, radicalmente distinto a los anteriores. Es como si cada historia suya fuera una fiesta que requiriera un disfraz distinto, un tono, un lenguaje, un armazón literario nuevo y original. De dónde sacará tantas voces distintas, me pregunto a veces, cuando termino de leer Los amores diversos y recuerdo La edad de la ira, el primer libro suyo que leí, sin lograr reconocer la esencia que une los dos libros, la misma piel bajo los dos disfraces. Qué camino le lleva de imaginar un reino con tres lunas a describir la vida de una adolescente en Tenochtitlán, de lanzarse a bucear en las aguas más turbias de la comunidad educativa a meterse en la piel desgarrada de una mujer que acaba de perder a su padre. Porque tiene que haber un camino, algo que una sus historias, un origen común. Quizá algún día se lo pregunte.

Los amores diversos es un monólogo teatral, interpretado por la actriz Rocío Vidal, en cartelera hasta finales de junio los lunes a las 20h en el Teatro Lara de Madrid. Es un monólogo íntimo, dirigido hacia dentro, hacia el interior de una mujer rota y perdida, que camina como una funambulista por la cuerda de su dolor, siempre a punto de caer. A través de su voz, el padre ausente va creciendo y creciendo como una sombra que lo envuelve todo, una sombra contra la que ella lucha, un enemigo al que ama y odia a partes iguales. Lucha con sus palabras, porque no le queda nada más. Una copa de vino, libros por el suelo, y un río de palabras para tratar de poner un dique a tanto desasosiego. Lucha contra el peso de su nombre, Ariadna, abandonada por Teseo en el laberinto, siempre perdida y encerrada, esperando la muerte. Lucha contra el peso de la literatura, de los libros que su padre le hacía leer, Cernuda, Flaubert, Lorca, Baudelaire, poetas oscuros de versos opacos que fueron moldeando una relación cada vez más compleja y asfixiante. 

Rocío Vidal interpretando "Los amores diversos"
Las palabras de Ariadna son como un estilete que va sajando la carne infectada de una familia, de una relación padre-hija construida desde la culpa y la dependencia, hecha de expectativas frustradas. Son palabras afiladas que pretenden aliviar la pérdida y que se enroscan en el dolor, escarbando en sus razones, buscando consuelo y un futuro menos amargo. Son palabras, también, que se dirigen a una mujer amada, Emma, tristemente casada como la heroína de Flaubert, con la que vive un amor escondido, prohibido y relegado a una obcecada clandestinidad. Uno de esos amores diversos que nos hacen vivir más vidas que los demás, los únicos que de verdad importan, en palabras del padre de Ariadna, amores diversos, múltiples, que de noche son verdad y de día se vuelven mentira, que no se pueden decir, que se mantienen con vida gracias a su invisibilidad, a su dependencia de las sombras y de las largas ausencias. Amores que no mueren cuando no se pronuncian pero que la oscuridad que necesitan para vivir va devorando, poco a poco, asfixiando su fuego, relegándolos a la eterna represión y al silencio. 

Este monólogo cuenta una historia compleja y llena de matices. Pero tiene la virtud de que la historia es lo de menos. Ariadna somos nosotros, nos habla a nosotros. Cualquiera que no esté hecho exclusivamente de luz puede hablar por su boca, reconocerse en sus palabras. A través de ella pensamos y sentimos, nos desesperamos y nos maravillamos. A través de ella vivimos en las palabras que conforman nuestra identidad, que nos hacen salir de nosotros mismos para vivir más vidas y elegir qué tipo de amores diversos queremos para nosotros.

He leído este texto con un nudo en la garganta, con la espalda en tensión y los ojos ensanchados. Fernando ha encontrado una voz prodigiosa, otra vez más. Más frágil y perturbadora que en sus otros libros. Más directa a las entrañas. Quizá Ariadna sea su personaje más íntimo. El disfraz literario que menos piel disfraza. Quizá sea de aquí de donde parten los caminos de sus novelas: de la pasión de Ariadna, de la emoción arrolladora que le hace vivir con esa asombrosa intensidad. De las palabras henchidas de significado, con su peso y su luz, del grito y del susurro, de convertir cualquier cosa en algo múltiple, plural, "caricia por caricia, abrazo por volcán". 


Fernando J. López


martes, 17 de mayo de 2016

LA MAESTRA ES UN CAPITÁN

Se acerca la época del año en la que vienen adolescentes a pedirnos libros para regalar a sus profes. Entran en la librería con paso reticente, y nunca sé si es timidez por no venir acompañados o vergüenza por tener que regalar a quien no terminan de sentir próximos. Casi siempre piden recomendación y vamos afinando las sugerencias en función de cada uno: para una profe de matemáticas dicharachera y viajera, este; para un profe de historia chapado a la antigua y a punto de jubilarse, este otro. Pero este año creo que no voy a hacer distinciones, voy a poner una pila bien alta de ejemplares de este libro y lo voy a administrar como píldoras literarias para cualquier profe, sean cuales sean su especialidad, carácter, edad o aficiones. 

La maestra es un capitán. Sí, un capitán. Como el profesor Keating en El Club de los Poetas Muertos. Un capitán que, al despedirse, consigue que su tripulación se suba a sus pupitres para entonar un canto de Whitman. Un capitán que gobierna su clase con mil astucias y que, aun saliendo victoriosa de todas las mareas, llega a casa para seguir afrontando tempestades. Tempestades llamadas plancha, marido, hija, Bisolgrip, cena, correcciones, deberes. Y en el aula, el bueno de Mateo no deja de esparcir pegamento, con un cuidado de ebanista, por toda la superficie de la silla de Julia, mientras mira sonriente a su capitán en busca de aprobación. 

Parece un libro infantil pero no lo es. Ni mucho menos. Las tempestades son bien reales y los sinsabores de la profesión se presentan tal cual vienen, con su crudeza y su encanto, dejándole al capitán las manos siempre sucias de pegamento, Fairy o lápices de colores para escribir poemas. Hasta que al final de curso, un día, los chicos empiezan a inventar preguntas: 
"- ¿A qué huele el sol?
- ¿Con qué sueñan los perros?
- ¿Cómo duermen las ballenas?"
Preguntas que nacen como un juego divertido y que se desmandan, como animales salvajes, brotan formidables de sus jóvenes gargantas y hacen vibrar los cristales de las ventanas. 
Preguntas que son el regalo de la profesión. 
Como que se te suban treinta adolescentes a sus pupitres para gritar a Whitman.
Porque eres su capitán. 
Y te vas, pero en alguno de ellos te quedas. 
Su capitán.
Contra viento y marea. 



miércoles, 11 de mayo de 2016

VICTORIA KENT Y LOUISE CRANE EN NUEVA YORK

Carmen de la Guardia, profesora de Historia de la Universidad Autónoma de Madrid, nos ha hecho un regalo más que interesante con esta biografía de dos mujeres, Victoria Kent y Louise Crane, de las que sabíamos pocas cosas. Por ejemplo, en el caso de Victoria, su trayectoria política en la Segunda República, especialmente al frente de la Dirección General de Prisiones, donde hizo una labor magnífica.

Quizá el hecho por el que más se conoce a Victoria Kent, debido a la repercusión mediática que tuvo, fue su voto contrario en las Cortes, tan controvertido, a la ley que permitía el voto a las mujeres, en contra de la opinión de Clara Campoamor, que consiguió ese codiciado derecho. Victoria era una mujer muy preparada e inteligente, pero de educación conservadora, y consideraba que las mujeres, con una tasa de analfabetismo del 38% en 1931, estaban muy condicionadas por la influencia de la Iglesia y de sus maridos, motivos por los que ella entendía que su voto no era libre.

Louise Crane, quince años más joven que Victoria, fue una multimillonaria neoyorkina, lesbiana, que había tenido varias relaciones sentimentales con mujeres intelectuales tan conocidas como Elizabeth Bishop. Louise había heredado mucho dinero de su padre y, más importante aún, el espíritu generoso de su madre, mecenas de multitud de artistas a los que ayudaron y promocionaron. Fue una de las más importantes colaboradoras del Museo de Arte Moderno (Moma) de New York. Conoció a Victoria en 1950 y ya no se separaron nunca, hasta su muerte. 

Victoria Kent tuvo que exiliarse en París en 1940 tras la Guerra Civil, donde se ocupó de los refugiados españoles, en especial de los niños, colaborando con la Cruz Roja. Los cuatro años que vivió allí los reflejó en su libro Cuatro años en París, publicado en España después del franquismo. Avisada por un amigo, se refugió durante diez meses en la embajada mexicana en París y de allí consiguió llegar a México, donde estuvo dos años dando clases en la universidad. En 1950 llegó a Nueva York y hasta el final de sus días, durante 37 años, publicó la revista Iberia con difusión internacional. Entre ella y Louise consiguieron tejer una red de protección que llegó a miles de refugiados españoles en el exilio, en especial a las mujeres. 

Se relación con personas tan interesantes como Gabriela Mistral, premio Nobel de Literatura, Victoria Ocampo, en Buenos Aires, o Carmen Conde nos sitúa en terrenos que la dictadura franquista silenció, prohibiendo cualquier información relacionada con los movimientos de los republicanos.

Para todos los que amamos la historia y deseamos conocer los hechos ocurridos para situarnos en realidades que nos fueron vedadas, esta biografía es más que interesante.



viernes, 6 de mayo de 2016

Editoriales afines (III): Hoja de Lata

¿Quién no lo ha pensado? Una carta de despido, el paro, un montón de dinero de golpe que, si te descuidas, se esfumará igual de rápido que ha venido, y de repente nada que hacer. Nada obligatorio. Ni responsabilidades ni obligaciones. Y todo lo que frenaba tus impulsos de gastar una pasta en ese sueño largamente alimentado, de pronto desaparece. Así que te lanzas. A tu sueño. A hacer realidad alguna cosa pura y bonita, ya que no te dejan hacer tu labor eficaz y rutinaria de siempre. Alguna cosa pura y bonita como montar una editorial. Diseñar el logo para ese nombre con el que has fantaseado durante meses o años. Los colores. El espacio que ocupará en las portadas, en el lomo. El papel. Y luego los títulos, las traducciones, pedir favores a amigos y parientes filólogos o diseñadores o impresores, tan adictos a los sueños como tú, que retuitean, comparten, difunden, te traen pizzas y te sacan de cañas hasta las tantas cuando mandas el primer libro a imprenta. 

Vale, me estoy dejando llevar, pero hasta la última frase todo era una descripción casi exacta de lo que hicieron en 2013 los ex-libreros Daniel Álvarez y Laura Sandoval. Y tres años y una treintena de títulos después, su sueño se ha convertido en Hoja de Lata, una editorial fantástica a la que le tengo un cariño enorme. Me gustan los diseños de sus portadas, delicados, coloridos, con los marcos rojos para los autores y blancos para los títulos. Me gusta que escojan autores de procedencias impredecibles: Palestina, Argelia, Alemania, Italia, Rusia, y que no se arredren ante los desafíos de encontrar buenos traductores de idiomas menos habituales. Me gusta el tacto de sus libros, el papel de las portadas (al que yo quizá le quitaría el brillo del texto de las contras) y los márgenes interiores, cuya anchura deja una sensación de limpieza y claridad sólo igualable al placer de entrar a cocinar en una cocina reluciente. Y claro, me gustan los libros que publican. Me gustan a priori, cuando los recibo y les echo un vistazo rápido para ficharlos e ir pensando cuál quiero leer ya y cuál me iré dejando para más adelante.

Me gustan, por ejemplo, Una trilogía palestina, novela lírica y combativa de los años sesenta contra la ocupación israelí, y Choque de civilizaciones, una tragicomedia deliciosa sobre los problemas que puede causar la multiculturalidad en torno a un ascensor italiano. Me gustan por todo lo que conté en las reseñas para este blog, y porque yo también sueño con convertir un pasado laboral en un montoncito de dinero que a su vez haga realidad un sueño como este. De momento, son sólo sueños, conversaciones con P. durante nuestros paseos por el campo en las que damos vueltas a un nombre y a un proyecto como quien mira a su enamorada furtivamente y de muy lejos. Acariciando el momento. Sin prisa. Dando forma a una idea que cuando nazca, sea para quedarse. Una idea como la de Daniel y Laura. Pura y bonita. Que ya se ha quedado. 


lunes, 2 de mayo de 2016

CEROCEROCERO

Hay un río que corre bajo las grandes ciudades del mundo, un río que nace en Sudamérica, pasa por África y se ramifica hacia todas partes. Es un río blanco, invisible para los que nunca hemos buceado en sus adicciones. Es un río más poderoso que los movimientos migratorios y que las políticas económicas. Su corriente subterránea arrastra miles de millones de dólares manchados de sangre y ahoga en espirales de violencia y de locura a todo ser humano que osa adentrarse en sus aguas. Hay un río que corre bajo tu ciudad y bajo la mía, un río que no vemos, que apenas aparece en las noticias pero cuya corriente deja más miseria y más muertos que los tsunamis, las guerras y las políticas de austeridad. Es un río blanco, imparable, infinito. Es el río de la cocaína.

Hay historias sencillas que se dejan leer de cualquier manera y a cualquier distancia. Sentados en un banco de un parque al sol de primavera, escuchando música, comiendo pipas. O bien ovillados en el sofá, conteniendo el aliento a las tantas de la madrugada. Esta historia es difícil, pide ser leída de cerca, estrecha el vínculo con tu empatía o tu curiosidad y no te deja alejarte hasta una distancia de lectura confortable. Y es peligrosa esa cercanía, porque el contacto con lo que cuenta conlleva el riesgo de dejarse contaminar por la violencia, y volver a la vida cotidiana con sus civilizadas e inocuas costumbres puede producir extrañamiento. Saviano lo sabe, porque para él no es posible tomar distancia, mantener "una mirada límpida entre uno mismo y el objeto". No. Él toma partido. Se contamina. Desde las palabras, pero también desde los sentimientos, desde la obsesión por conocer más hechos, más horrores, de sumergirse cada vez más hondo en el río blanco que conecta la violencia con el éxtasis. 

Sumergirse, por ejemplo, en el dinero. Todo el mundo sabe lo que mueven los manejos financieros de los bancos. Tú compras un par de acciones de una empresa prometedora y, si tienes suerte, al cabo de un tiempo es posible que tu dinero haya reproducido. Si, por ejemplo, fuiste uno de los afortunados accionistas de Apple en 2012, visto como tus 1.000 euros tardarían poco más de un año en convertirse en 1.670. Un 67%. No está mal. "Pero si hubieras invertido 1.000 euros en coca a principios de 2012, un año después tendrías 182.000: ¡cien veces más que invirtiendo en el título bursátil récord del año!"

Y pensarás: pero eso sería ilegal, ¿cómo voy a invertir en coca? Y claro que es ilegal. Pero ya sabemos todos que las transacciones financieras se mueven siempre por los márgenes de la ley y se pasan al otro lado siempre que tienen ocasión. Los bancos, capaces de conseguir que los estados, es decir, en última instancia tú y yo y otros millones como nosotros, les regale miles de millones y que a cambio nos reduzcan el crédito o nos siembren las cuentas de comisiones, los bancos también se bañan en el río blanco. Y no sólo se bañan, se nutren de él. Colosos financieros como el Bank of America o el HSBC, con presencia en 85 países y sucursales en cada pueblecito de Gran Bretaña y Estados Unidos, son responsables de blanquear miles de millones de dólares del narcotráfico anualmente. En concreto, 352.000 millones, solamente en 2009. Esconden a sus clientes, dificultan las investigaciones, permiten los desvíos de capitales y consiguen que otros bancos más pequeños se mantengan a flote inyectando liquidez proveniente de los cárteles mexicanos. Claro que es ilegal invertir en coca. Pero los bancos lo hacen. Todos los días. Algunos con dinero público. Y para muchos, es su única forma de mantenerse a flote. 

Roberto Saviano

Investigar un infierno se convierte en un viaje sin retorno. Ya no vuelves. O vuelves con otros ojos. Más turbios. Más viejos. Cuando pasas años tras las huellas de los narcotraficantes acabas por ver las cosas de otra forma, "no ya en función de lo que son, sino de lo que estos podrían hacer con ellas. Ya no soy capaz de mirar un mapa del mundo sin ver rutas de transporte, estrategias de distribución. Ya no veo la belleza de una plaza en la ciudad, sino que me pregunto si puede ser una buena base para la venta al por menor. Ya no viajo en avión, sino que miro a mi alrededor y calculo cuántas mulas puede haber a bordo con el estómago cargado de bolitas de coca. Así razonan los capos del narcotráfico, y así he acabado por razonar también yo, tratando de entenderlos". Y aunque no merezca la pena renunciar a tu vida, a tus deseos de una minúscula y humilde felicidad, las palabras son el único antídoto contra la violencia. Para desactivar las amenazas de muerte, las palabras. Para alejar los fantasmas del río blanco, las palabras. 

A Saviano se le escucha porque sus palabras le han llevado a vivir amenazado de muerte. Diez años lleva así. Y los que le quedan por vivir. Y creo que merece la pena leer lo que escribe por muchas razones. Por ejemplo, porque existen mafias en el mundo que no quieren que hable, que están dispuestas a matarlo para que yo no sepa lo que él sabe, y comprar un libro suyo y leerlo se convierte así en un acto de resistencia y de rebeldía contra quienes quieren imponer la ley del miedo y la muerte. Y también, y sobre todo, porque tiene una capacidad asombrosa de análisis y una valentía que le llevan a hurgar en lugares donde nadie quiere hurgar y desvelar horrores que nadie quiere nombrar. Siento una admiración absoluta por este hombre. No querría estar en su piel por nada del mundo, pero compraré y leeré todos los libros y artículos que publique porque siempre, en cualquier situación, es un ejemplo de integridad y de fortaleza que no encuentro en nadie más.



jueves, 28 de abril de 2016

Abuelo Tomás celebra con nosotros el Día del Libro

Imaginad un abuelo cascarrabias pero encantador, un abuelo al que no le importa mojarse con el agua de la lluvia, al que otra abuelita toma por demente y avisa a la policía y cuando un agente llega, lo reconoce y se ponen a hablar de la vida. Imaginad un abuelo que necesita un bastón, su hija se lo compra pero a él la idea no le entusiasma, discute con el artilugio y, poco a poco, se va haciendo amigo de él. Imaginad un abuelo que tiene dos gatos, Epi y Blas, que son unos granujillas que siempre se salen con la suya: caricias, comer y dormir. Un día a Epi y Blas se les ocurre colarse en la nevera y zamparse una fuente de huevos rellenos. Imaginad un abuelo que es un caballero de los de antes, de los de siempre, y le regala un ramo de flores a una dama desconocida que esperaba sentada en el parque. Imaginad un abuelo solidario que cada miércoles de madrugada sale a colaborar en un comedor para gente sin recursos hasta donde lleva su eterno buen humor a los niños que ya no tienen muchas sonrisas que ofrecer.

Ese es el abuelo Tomás.

María Neila, autora de Abuelo Tomás.
Y nosotros tuvimos la suerte de saber más de él el pasado 23 de abril, Día del Libro, porque la autora de este personaje tan encantador, María Neila, vino a hablar sobre su creación y a deleitarnos con un concierto precioso al final de la presentación.

El acto lo inició nuestra librera madre. Presentó a María Neila, clienta de la librería de toda la vida, y vio en ella a la protagonista de un cuento infantil que al final lograba alcanzar el sueño de que sus palabras se leyeran. En su ópera prima, María ha escogido a un protagonista fundamental en la vida de todo niño, el abuelo. E Isabel no dejó de resaltar la importancia social de los abuelos en la actualidad, en la que son recuerdo, sustento, sabiduría y enseñanza.

Tras las palabras introductorias de Isabel, María le cedió la palabra a Iván, su compañero, quien con todo el cariño del mundo y mucho amor por Abuelo Tomás, la novela y el personaje, nos trató de contar qué era eso por lo que nos habíamos reunido en una mañana festiva de sábado. Abuelo Tomás, nos dijo, se define por lo que no es. Nació como una serie de cuentos cortos y autoconclusivos, como en una serie de televisión, y se convirtió en algo así como una novela que cuenta las anécdotas de un personaje casi mítico, que podría recordar a otros ancianos sabios como Chanquete y David el Gnomo, tal y como citó Iván. Historias con un punto cómico y extravagante que nos hacen querer ir conociendo más y más a este abuelo que ya está en todos nosotros. María nos advirtió de que hay abuelo para rato. Ya ha preparado la segunda parte de la novela y en ella nos contará no solo su presente, sino también anécdotas de su pasado. Nos dijo: "el abuelo se me sentó en el sillón de casa y me ha ido contando su historia; tiene todavía vida para seguir disfrutando de aventuras".

Además de Iván y María, vino invitado también el ilustrador de la portada, un amigo de siempre de María, Gonzalo Muiño, profesional del diseño gráfico de muy largo recorrido y que, a pesar de las indicaciones de María de no incluir en portada al abuelo, ni dibujarlo de frente, hizo un primer boceto en el que aparecía un abuelo con sombrero, bastón y de frente; un abuelo al que se le adivinaban los ojos y la sonrisa, un abuelo que mira al lector y lo saluda con la mano. Justo todo lo contrario de lo que quería María. Sin embargo, nos dijo Gonzalo, al leer el libro supo que la humanidad del personaje tenía que salir en la portada. Creo que a María le gustó tanto como a nosotros ese abuelo Tomás de portada. Y ahí se quedó.

El acto continuó hablando de memoria, de anécdotas, de una página web sobre bancos de recuerdos o la iniciativa Adopta un Abuelo, y la propuesta de Isabel de enviarle anécdotas de abuelos a María, para seguir ampliando el repertorio de su abuelo Tomás.

Una parte interesante de la presentación fue el turno de palabras, cuando a María le preguntaron cómo había logrado, siendo tan joven, alcanzar tan bien la voz del abuelo, que resultaba tan creíble. María nos contó que ni siquiera ella lo sabía; que no se había inspirado en sus abuelos, y que quizá ella en otra vida había sido abuela. Más que en el pasado, nos dijo que ella miraba al futuro, eso que a ella le gustaría vivir es lo que ha servido de fuente de ideas para sus libros.

El acto se cerró con la presentación del proyecto solidario de Kelele África y con un concierto a cargo de María e Iván con varias canciones que nos hicieron cantar, bailar y sentir más de cerca al que desde ahora también es ya nuestro abuelo gruñón. Para finalizar la presentación, María recitó un cuento infantil que nos emocionó muchísimo, presentó a su sobrina de once años, que ya sigue sus pasos como escritora, y firmó ejemplares de su novela a todos los lectores que tuvimos la suerte de pasar la mañana del Día del Libro con ella en la librería Benedetti. Una fiesta para todos.


Por Patricia Bejarano




lunes, 25 de abril de 2016

AMERICANAH

La trayectoria literaria de Chimamanda Ngozi Adichie no puede ser más exitosa. Con 26 años publicó La flor púrpura, con la que consiguió el premio al mejor primer libro de la Commonwealth, reseñado en este mismo blog. Tres años más tarde, su segunda novela, Medio sol amarillo, se alzó con el Orange Prize for Fiction. En 2013 se publica Americanah, que sólo en español lleva ya tres ediciones.

En 2015 el contenido de una conferencia suya se viralizó con más de dos millones de entradas en YouTube y poco después se convirtió en el libro Todos deberíamos ser feministas, que el gobierno sueco ha puesto de lectura obligada en los institutos. En este breve texto, Chimamanda cuenta de forma clara y con sentido del humor lo que significa ser feminista en el siglo XXI, apuntando ideas para hacer de este mundo un lugar más justo, un mundo de hombres y mujeres más felices y más honestos.

Americanah es un relato de 600 páginas que nos introduce en la cultura de Nigeria, donde la falta de salidas profesionales aboca a los estudiantes universitarios a intentar conseguir visados para EEUU o Inglaterra, en un afán por resolver un futuro incierto. Son los años 90 en Lagos, en el marco de una dictadura militar que no ofrece soluciones, y dos personajes espléndidos, Ifemelu y Obinze, a lo largo de tres décadas y tres continentes, que de forma magistral nos introducen en sus vidas.

A través del blog que Ifemelu publica en EEUU, la autora nos ofrece un análisis exhaustivo de las diferencias por causas raciales que se dan en aquel país, siempre con un punto de humor cáustico que denota la inteligencia de esta escritora, de la que espero que podamos seguir disfrutando muchas más historias. 


martes, 19 de abril de 2016

ABUELO TOMÁS

Tenemos una autora en Las Rozas, María Neila Martín, que además de ser joven, canta y escribe relatos positivos y frescos con un lenguaje sencillo y cercano, tan sencillo y cercano como el personaje principal de sus anécdotas: un abuelo entrañable que tiene la suerte de merecer a una hija y a un nieto tan inocentes y bellas personas como él.

La intención de María Neila, una vez publicada esta primera novela, es seguir escribiendo relatos del Abuelo Tomás, ese abuelo que a todos nos gustaría tener y al que ha conseguido dotar de una voz espontánea que consigue la cercanía en situaciones cotidianas muy actuales. Es un libro breve que deja un buen sabor de boca, y más cuando miramos alrededor y vemos la cantidad de desavenencias familiares que existen, quizá debidas a que la situación social por la que pasan tantas familias no propicia esas mejores relaciones que todos quisiéramos poder disfrutar. Un mensaje positivo para mayores y jóvenes que tienen la suerte de contar con abuelos.

Haremos una presentación de este libro en nuestra librería el próximo 23 de abril, Día del Libro, a las 12 del mediodía, con la presencia de su autora, que ha creado una canción dedicada al abuelo Tomás y que la interpretará en directo. 

lunes, 18 de abril de 2016

UNA ENTRE MUCHAS

Coloco este libro en el mostrador, mirando hacia mí. Visible, ahí, sobre el cristal. Lo cojo y lo dejo siguiendo el ritmo fluctuante de la gente que entra, escoge un libro, me pide consejo o curiosea. Para muchos es un libro invisible, no existe. Como tampoco existo yo, más allá de mi función de recibir y entregar una suma determinada de dinero. Una mirada lo acaricia y pasa de largo. Otra lo acaricia y se detiene y sube hacia mí para vincular el libro a la persona que lo lee. Luego vuelve a bajar, lee de nuevo el título, se queda prendida un último segundo del color rojo de la niña, y se suelta para, quizá, olvidarlo al instante. 
Un libro sobre el mostrador de una librería, vuelto hacia dentro con un marcapáginas sobresaliendo, es invisible. Una entre muchas es invisible. Me quedo unos segundos pensando en esa invisibilidad, y en la cantidad de cosas que no vemos, por falta de atención o por no saber interpretar un lenguaje. 
De esto trata, en parte, el libro que ha estado esta tarde en el mostrador de la librería: de una violencia invisibilizada por la vergüenza y el miedo y perpetuada siglo tras siglo por la incapacidad de la sociedad para quitarse la venda y mirarla de frente.

La autora del libro es sólo una, una entre muchas. Una chica de Yorkshire nacida a finales de los sesenta que empieza muy pronto a acumular secretos. Se siente culpable, y su culpa la enmudece. Se ve guapa con un vestido tomado prestado de su hermana mayor, un vestido blanco con la espalda desnuda que no esconde los diez años que tiene. Pero él (un ser invisible, una sombra) finge creer que la ve mayor, que el vestido la convierte en algo que puede tocar, probar, coger. 
Secretos. Una guarda secretos. Y empieza a tener miedo. Como si alguien viniera a por ella. Por las noches. Como si alguien la amenazara. Una sombra. Alguien que repta en la oscuridad. Una mano invisible que la toca. Miedo. Y los psicólogos preguntan. Y los psiquiatras preguntan. Alguno sólo escucha. Callado. Atento. Pero cómo hablar. Qué palabras pueden abrir la vergüenza. Qué decir cuando insinuar lo que le pasa provoca incomodidad y vergüenza en su familia. Un profundo rechazo, incluso ira. Qué decir ante su silencio. Quieren saber lo que le pasa, pero no quieren que les cuente eso. Eso no. Cualquier cosa menos eso. Y su rechazo la frustra. Y se recluye en el silencio. Se aísla. Se protege en sus secretos. 

Y la gente piensa: pobrecilla, qué trauma más terrible. Piensa: cómo va a salir adelante. Piensa: nunca lo superará, quedará perturbada para siempre. O bien: exagera, seguro que no fue para tanto, algo habría hecho para que le hicieran eso, y ahora mírala, antes tan guarra y ahora tan loca. Y da igual la compasión que el asco, las palabras vienen de la misma ceguera y todas las miradas que penetran alguna capa de su historia hacen que se sienta culpable, culpable por sentirse mal, por vomitar por las noches, por la ansiedad, por reírse descontroladamente de cualquier cosa, por el descontrol de las emociones, por el miedo pegado al cuerpo como una segunda piel y por la idea que da vueltas y vueltas en su cabeza como un virus fuera de control: cómo va a creer alguien los traumas de una loca.




"Películas, libros, cómics, series de televisión, óperas, cuadros, canciones, chistes... Hay muchas formas culturales que utilizan la violación y asesinato de las mujeres como artefacto narrativo, principalmente por diversión y para causar un efecto dramático. Tal vez se crea que el público se relaciona con eso de forma parecida a como lo hace con el horror imaginario. Porque a pesar de su naturaleza cotidiana, la violencia sexual sigue pareciendo algo hipotético. 
Vivir siendo sensible a ello se convierte en una lucha cotidiana".

La lucha cotidiana de Una está en este libro: un testimonio ilustrado con imágenes delicadas, brutales y simbólicas, casi siempre en blanco y negro, que demuestran un dominio admirable de múltiples lenguajes visuales para contar una historia que se resiste a ser tratada de una sola forma y mediante un solo lenguaje. Su lucha cotidiana es la lucha por visibilizar lo invisible, por ponerle un altavoz a una historia que ha permanecido en silencio durante muchos años y que nos afecta a todos. 
Visibilizar lo invisible: un libro en un mostrador, una niña roja sobre fondo gris, la vida rota de una entre muchas. 



jueves, 14 de abril de 2016

CHOQUE DE CIVILIZACIONES POR UN ASCENSOR EN PIAZZA VITTORIO

Me encantan los libros de tono ligero que esconden congojas profundas y reales. Tragicomedia, llaman a esta delicia los amigos editores de Hoja de Lata. Y no debe de ser fácil, ese tono. Caminar por el finísimo hilo que separa la ironía de la parodia, el humor inteligente de la burda caricatura.
Los personajes de esta obra coral comparten edificio de la Piazza Vittorio de Roma y encarnan, cada uno a su modo, los dramas de la multiculturalidad que crece a un ritmo imparable en las capitales europeas. Parviz, el refugiado de guerra iraní, María Cristina, asistenta peruana, Iqbal, inmigrante bengalí, Benedetta, la portera xenófoba y conspiranoica y por último Amedeo, el hilo conductor de la novela, un caballero de origen enigmático, "más bueno que el zumo de mango", al que todos respetan y veneran por su amabilidad y su capacidad de ofrecer consuelo, no juzgar y tratar de desenredar los malentendidos que tejen la vida cotidiana de estos personajes tan dispares.

Cada uno de ellos nos cuenta sus alegrías y miserias con un tono en apariencia cómico, directo, desprovisto de reflexión, que sin embargo no oculta el dolor y la frustración que sienten por el desarraigo, por sentirse fuera de su lugar, rodeados de extraños que no pueden entenderlos. Así, Parviz, cocinero iraní, odia la pizza de una manera furibunda y llega a pedir en comisaría que prohíban a la gente comerla en lugares públicos por constituir una afrenta a la salud, al paladar y a la estética. Leo su indignación con una sonrisa irónica y me cae simpática su forma de contarla (a mí, un amante incondicional de la pizza) hasta que de repente, sin variar el tono, cuenta que al recibir la denegación oficial de su estatus de refugiado, no puede más y decide, ya que le acusan de inventarse su desgracia, coserse la boca con hilo y aguja en un acto de desesperación y rebeldía. Y se me borra la sonrisa, y me quedo serio y dolorido ante tamaña brutalidad, y emocionado cuando aparece Amedeo, el único amigo de todos, para abrazarle y hacerle volver a la razón.

Esta es una novela sobre la inmigración, sobre europeos miopes y racistas que han perdido (o quizá nunca lo tuvieron) el don de la sonrisa y por lo tanto no tienen sonrisas (ni nada) que ofrecer, sobre vidas huidas e identidades heridas que llevan a la gente a la desesperación y a la ruina. Es una novela agridulce sobre la Europa de hoy, la nuestra, la que cierra sus fronteras exteriores e interiores y deniega a los extranjeros esa misma humanidad que se está negando a sí misma. Una novela, también, sobre el amor, que no es otra cosa que nuestro futuro compartido, quizá el único posible.

Amara Lakhous




lunes, 11 de abril de 2016

CENTENARIOS, AFINIDADES Y ENTRADA 300

Abril tiene un espíritu festivo así que vamos a celebrar cosas.
Hace cuatrocientos años morían un soldado manco llamado Miguel de Cervantes y un empresario sin estudios llamado William Shakespeare. El primero más bien pobre. El segundo más bien rico. Poco o nada sabían uno del otro, pero casualmente ambos escribían para el teatro, dedicaban poemas poco conocidos a musas enigmáticas y nunca tuvieron ni idea de la fama que alcanzarían una vez muertos.

El soldado
Hoy todo el mundo los conoce, aunque poca gente los disfruta. Perviven en las lecturas de los jóvenes a través de adaptaciones con dibujitos y películas que siempre olvidan la razón por la que se hicieron famosos: la maestría apabullante de su escritura. Los molinos de viento, en un lugar de La Mancha y Sancho Panza son casi tan universalmente conocidos como Romeo, Ofelia y Macbeth. Y digo casi porque mientras que en España el patrimonio cultural ha sufrido un desprecio altivo y persistente a lo largo de toda nuestra historia, en Inglaterra lo exponen y lo exportan con orgullo desde que tienen memoria de nación. En cualquier caso, lo shakesperiano y lo cervantino pululan por miles de libros y series de televisión, otorgando a las tragedias y a los dramas dimensiones épicas, cubriendo de una pátina de prestigio aquello que acompañan. Y todo a pesar de que tanto el soldado como el empresario basaron la mayoría de sus historias en obras anteriores, reciclando argumentos y mezclando tramas, ya para burlarse de ellas, ya para satisfacer las expectativas de su público. Pero lo hicieron de una manera inigualable, inventando géneros nuevos o dotando a los antiguos de nuevas formas, y pese a que sus nombres llevan cuatrocientos años siendo manoseados de manera constante para los fines más disparatados, Miguel y William siguen impertérritos en sus respectivos pedestales, ajenos a todo, geniales y a salvo.

El empresario
Debo reconocer que me siento mucho más cerca del empresario que del soldado, quizá porque los personajes del inglés me parecen humanos, terrible y deliciosamente humanos, mientras que a los del español me cuesta verlos como algo más que caricaturas (y aquí es cuando mis profesoras de literatura se arrepienten amargamente de aquellos aprobados y notables con que obsequiaban mis exámenes de lengua y desearían con toda su alma atizarme con un buen Quijote en tapa dura). Hamlet, Julieta y Shylock me parecen escandalosamente cercanos y actuales y creo que gozan de una actualidad y una universalidad que nunca desaparecerán. Y además, prueba irrefutable del genio de su autor, no recurren nunca a la religión ni al honor para legitimarse. Eso me parece sencillamente maravilloso. Casi escalofriante.

Que hace cuatrocientos años un autor de éxito no nombrara nunca al dios católico en sus obras (ni una sola mención, señores, ni una), y la única ocasión en que aparece el honor sea en un monólogo irónico (Falstaff), es para hacerle una reverencia tras otra. Mientras tanto, en España, nuestros genios del Siglo de Oro llevaban a dios y al honor por bandera en cada obra, tanto que los convertían casi en protagonistas, firmando así la fecha de caducidad de su interés. Bien es cierto que la Inglaterra isabelina había roto con la iglesia católica y vivía en una especie de humanismo pagano mientras que en España la Inquisición hacía de la quema de herejes el espectáculo más exitoso del reino, pero aun así, obras como La Tempestad o Sueño de una noche de verano son producto de una libertad de credo y una inventiva lírica que creo que están fuera del alcance de cualquier genio español contemporáneo. 

Pero mi predilección por el empresario inglés también se debe a mi afinidad por todo lo que venga del norte: desde Asturias, Inglaterra y Escandinavia hasta los caminantes blancos más allá del muro en Juego de Tronos. Y fruto de esta afinidad, hemos elegido a Nórdica como editorial del mes de marzo, con un espacio propio y el mimo que sale espontáneamente cuando uno se dedica a aquello que sólo da placer. Y así hemos vivido el inicio de la primavera, chapoteando en autores escandinavos, en pequeños libros de poesía ilustrados con primor, especialidad de nuestros amigos nórdicos, y recomendando a diestro y siniestro una joyita de Edna Ferber llamada ¡Así de grande! que ya reseñamos por aquí y que sin duda se va a convertir en nuestro libro del 23 de abril y del día de la madre. 

Y por último, termino con un agradecimiento para todos aquellos que hayan tenido la bendita paciencia de llegar hasta aquí: esta es la entrada 300 de este blog y la verdad es que nunca habríamos tenido la osadía de escribir esta cantidad obscena de recomendaciones literarias sin vuestros clics, comentarios y entradas triunfales a la librería exclamando: "dame el libro ese que has recomendado en el blog". Gracias, de corazón. 


jueves, 7 de abril de 2016

TÚ NO ERES COMO OTRAS MADRES

Angelika Schrobsdorff ha construido a lo largo de casi 600 páginas la vida de su madre Else, una mujer controvertida, adelantada a su tiempo, que vivió la primera mitad del siglo XX entre Alemania y Bulgaria. Los alegres y divertidos años veinte los disfrutó en un ambiente distendido, dentro de una familia judía acogedora que le ofreció todo el amor que necesitaba.

Se casó con el hombre del que se enamoró, rechazando al candidato de su familia, con él tuvo un hijo y cuando descubrió que su marido le era infiel, aunque seguía queriéndola, su reacción fue imitarle, algo completamente inusual en aquella época (yo diría que incluso en ésta). 

En ese escenario, qué fácil fue para ella volver a enamorarse de otro hombre, sin dejar de convivir con su marido. Tuvo una hija con su nueva pareja, compartiendo hogar con su marido que también había encontrado otra pareja, viviendo todos juntos en armonía.

Años más tarde, de nuevo la pasión y el amor llamaron a su puerta y su tercera pareja fue el padre de Angelika, la autora de esta narración, un personaje complejo y valiente que se retrata a sí misma en las condiciones más dispares. En su infancia, viviendo en la superficialidad y el amor que le ofrecieron sus padres y sus abuelos, y cuando en 1933 Hitler llegó al poder y empezaron las dificultades para los judíos, compartiendo con su madre y hermana el exilio en Bulgaria.

Muy interesante el ambiente de Berlín antes de la Segunda Guerra Mundial, un mundo como el que describió Stefan Zweig en su inolvidable El mundo de ayer y todavía más interesante el relato de las calamidades que tuvieron que soportar a partir de la deportación de los judíos. Se han escrito infinidad de experiencias de esa terrible época pero ésta es una variante distinta, desde la perspectiva de quien no fue internada en ningún campo y consiguió gracias a mil triquiñuelas escapar en el momento oportuno, pero no por ello dejó de sufrir consecuencias nefastas. Un testimonio importante para añadir a los ya existentes sobre el peor acontecimiento de la Historia.