
La maestra es un capitán. Sí, un capitán. Como el profesor Keating en El Club de los Poetas Muertos. Un capitán que, al despedirse, consigue que su tripulación se suba a sus pupitres para entonar un canto de Whitman. Un capitán que gobierna su clase con mil astucias y que, aun saliendo victoriosa de todas las mareas, llega a casa para seguir afrontando tempestades. Tempestades llamadas plancha, marido, hija, Bisolgrip, cena, correcciones, deberes. Y en el aula, el bueno de Mateo no deja de esparcir pegamento, con un cuidado de ebanista, por toda la superficie de la silla de Julia, mientras mira sonriente a su capitán en busca de aprobación.
Parece un libro infantil pero no lo es. Ni mucho menos. Las tempestades son bien reales y los sinsabores de la profesión se presentan tal cual vienen, con su crudeza y su encanto, dejándole al capitán las manos siempre sucias de pegamento, Fairy o lápices de colores para escribir poemas. Hasta que al final de curso, un día, los chicos empiezan a inventar preguntas:
"- ¿A qué huele el sol?
- ¿Con qué sueñan los perros?
- ¿Cómo duermen las ballenas?"
Preguntas que nacen como un juego divertido y que se desmandan, como animales salvajes, brotan formidables de sus jóvenes gargantas y hacen vibrar los cristales de las ventanas.
Preguntas que son el regalo de la profesión.
Como que se te suban treinta adolescentes a sus pupitres para gritar a Whitman.
Porque eres su capitán.
Y te vas, pero en alguno de ellos te quedas.
Su capitán.
Contra viento y marea.
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